La versallesca - Juan Rivas Santisteban - E-Book

La versallesca E-Book

Juan Rivas Santisteban

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André Le Roy es un niño amable y contemplativo que nace en Nanterre bajo comprometidas circunstancias. A pesar de que su suerte no mejora, las inteligentes elecciones que toma pronto le hacen valedor de una posición de poder. Basada en la historia de la Revolución Francesa, La Versallesca es una historia que no busca moralizar, sino confrontar dialécticamente los vanos odios de sus personajes a través de una historia de amor introspectiva de dos jóvenes enfrentados por las circunstancias. Utilizando el calendario Republicano Francés se logra cierta atmósfera onírica, que unida a lo convulso del periodo histórico en el que se enmarca el relato y a la formalidad del lenguaje, adquiere un matiz de fantasía distópica ligeramente orwelliano, sin abandonar la belleza de la narrativa provenzal.

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Seitenzahl: 262

Veröffentlichungsjahr: 2022

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La Versallesca

 

Juan Rivas Santisteban

 

Primera edición: mayo de 2022

© Copyright de la obra: Juan Rivas Santisteban

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-125103-2-4

Código ISBN digital: 978-84-125103-3-1

Depósito legal: B 3941-2022

Corrección: Teresa Ponce

Maquetación: Celia Valero

 

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

 

Derechos reservados para todos los países

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

 

 

 

 

A los desamparados de tierra y época,

pues vuestro esfuerzo de leer justifica el mío de escribir.

 

LIBRO I

De la historia de ambas infancias

 

 

 

 

I

Un prólogo

 

 

En el fulgor de la esperanza, de lo promiscuo del humano y en la desazón del errante; en la hojarasca del barro retozado, de la calavera putrefacta y del aguardiente amable (es posible, quizá); en las horas afectuosas donde el amor templa mi ánimo, posponiendo el horror y renunciando a la dura exigencia cotidiana; en todo esto es en lo que podríais percibir algún atisbo de la fuerza que me impele ―o que me exhorta― a relatar los eventos que acontecieron a la más desgraciada y triste de las personas.

La acechante muerte siempre pugna por desbaratar ese sentido lábil que los vivos construyen en torno a su temporal ausencia.

En el tiempo donde se busca el mal ajeno y los pastorcillos azuzan sus bienes, afloró en el seno de una familia burguesa venida a menos el lozano y paupérrimo don André Le Roy, uno de los personajes menos dichosos que la nodriza tuvo la obligación de amamantar ―aunque tal hazaña no era impropia de aquella urbanidad asimétrica, crecida entre los meandros del Sena―. El día que nació, los callejones que lo guarnecían, y que estaban repletos de musgo y delincuencia, parecían resonar con una dulcísima melodía triunfal, pues el destino de muchos franceses pronto estaría entrelazado con el caprichoso devenir de André.

En el primer estertor vital de la criatura, su madre, la sonrojada Mariette, se deshizo en primorosas miradas que el ambiente, a pesar de su naturaleza hostil, no era ya capaz de atenuar. Las pisadas del transeúnte no eran más que prodigiosos atropellos auditivos, las luces del burdel no albergaban más pecado que la propia pulsión de vida, y los carruajes ya no tenían aquella febril prisa por averiguar el inminente futuro. La cuadra donde alumbró al benjamín ya no era hedionda e infecta, la sequía de los campos era el caballo de Apolo lavando el cielo. La pobreza no era sino la ausencia de lo amado y la riqueza ahora residía en sus tenues brazos.

El día era gracioso, pues permitía admirar todo cuanto tiene uno, y la noche le seguía igualmente hermosa, pues da esa añoranza de lo que no podemos ya ver.

La vida del joven muchacho floreció entre los esfuerzos de sus familiares por mostrarle lo bello que ellos veían del mundo, a pesar de que este parecía esforzarse en no verlos. La destartalada casucha en la que malvivían permitía algunos recuerdos de infancia sosegada, rodeado de sus hermanos y otros vecinitos hacinados en un salón crujiente, que, de tanto crujir, alguno podría pensar que las almas de los árboles eran lamentosas, expresándose con ondulantes alaridos y astillando los viejos maderos.

Otro día, por ejemplo, recuerdo como un jovencísimo don André intentó imitar la costumbre de algunos conciudadanos más favorecidos por el capricho de Fortuna y se dirigió ávidamente al parque del Areté para nada en concreto. A sus cinco años, André no tenía inquietudes ni otro tipo de intereses más allá de los impuestos, o bien por sus progenitores, o bien por su propia naturaleza: gustaba de comer un plato que no fuera solo mendrugo, también disfrutaba del equilibrado parfum que usaba Mariette o con el inocente juego fraternal. Había muchos placeres que ya conocía. Lo que no sabía hasta aquel agradable día era que, a pesar de lo que sus padres o genes le dictaran, había cosas de las que uno podía disfrutar en soslayo, cosas que eventualmente llegaría a estudiar en profundidad.

A pesar de su nula familiaridad con las principales áreas del conocimiento humano ―aún estaba limpio de prejuicios, como una tabula rasa―, se solazaba en una materia que había tenido la agudeza de desarrollar: la contemplación. Paseó por entre los árboles repletos del miasma solar que embargaba todos los sentidos del veleidoso caminante, hasta que llegó a una veranda más interna y algo lóbrega del parque. Lo que primero allí captó fue un bello patrón sonoro, el cual ya era mucho más remarcable que toda imagen en la memoria de su corta vida.

Replicaba el agua rezumante en un continuo delirio circular que, sin ser consciente de ello, la contenía en el laberinto de estanques cuya envergadura se extendía hasta conformar una recta línea de final indistinguible. Entonces, la distancia de los montes, antes infinita a sus tiernos ojos, le pareció acortarse súbitamente. Corrió pronto hacia un estético balcón desde el que se veían multitud de lugares escarpados que nunca tendría la oportunidad de visitar, solo para darse cuenta de cuánto le gustaría poder hacerlo. Nadie puede pisar cada imagen que ve en la lejanía, pues en una vida no hay tiempo ni motivaciones suficientes.

Había un hombre de espalda severamente ajada labrando la tierra, y los campos que se amontonaban en el horizonte del incipiente atardecer daban paso a la majestuosidad de las colinas ―ya doradas de secas, pues tuvieron que soportar un estío anómalo en Nanterre―. El pequeño André no tenía aún las facultades para entender la profundidad de lo que vio ese día, pero aquella escena anidaría muy dentro en sus sienes. Años después, la estampa emergía a la superficie de su consciencia mediante una recurrente pregunta: ¿acaso ese labrador sabría que trabajaba infructuosamente unos suelos estériles?

He de confesar que yo soy el mismo André Le Roy del que hablo, aunque no faltaría un ápice a la verdad si digo que ahora también soy otro. La historia que me aventuro a escribir no está exenta de sesgos y otras abducciones de lo real, y aun así siento que no es un error narrarla. Desde esa calmosa tarde mantuve una difusa convicción de que me aguardaba un destino elevado o, al menos, mucho más remarcable que el de aquel anciano, un honesto y sin embargo simple dueño de suelos ingratos e infecundos por igual.

 

II

 

 

De los siempre entrañables años de la niñez no recuerdo mucho ni bien. La escolarización fue tardía y algo precaria, y puede decirse que no aprendí nada de utilidad en la escuela. Hice algunos amigos de los que ninguno el tiempo mantendría, a pesar de haber compartido tantos momentos de diversión nerviosa y fútil.

El colegio tenía un aire sombrío, ladrillesco y poco amable con los que allí se internaban. La fachada emanaba aquella fragancia que uno siempre encuentra en las cosas torcidas y rocambolescas, que junto al aspecto mortuorio y monumental de sus aulas me persuadían cada mañana a huir de aquella institución. El profesorado estaba compuesto por ilustres y nobilísimos incompetentes de bigotes airados y grandilocuentes, además de torpes en las materias relacionadas con la bondad humana. Recuerdo de forma muy precisa la contrariedad que aquellas personas manifestaban cuando un alumno hacía gala de la inocencia propia del infante. No obstante, en vez de hastiarme como la mayoría de los desafortunados niñitos que coincidieron conmigo, pude estudiar durante largas sesiones en la biblioteca. El dantesco hedor también era perceptible allí, pero los quebradizos tablones de roble que conformaban el piso me fueron casi amigables, por familiaridad.

Durante los primeros meses de este calvario fortuito, definiría mi entrenamiento intelectual como difuso y forzado. Sin ninguna figura a la que admirar, mis contemplaciones y reflexiones se guarnecían tan lejos de los dogmas vertidos en clase que no podía verle importancia a la vida. Nacemos sin ser preguntados, arrojándonos a una singladura sufrida y miserable. Puedo decir, una vez que ya soy viejo y he errado tanto de pies como de espíritu, que jamás conocí alma alguna verdaderamente en paz con su existencia. Aunque reconozco que una vez sentí este milagro ocurrir, es un ánimo eternamente temporal. Más eterno que la primavera.

Recuerdo de manera atropellada algunos de mis encuentros con los que yo llamaba amigos necesarios. Si bien es cierto que ninguno perduró, su compañía hizo que mis ansiedades no ocuparan un mayor lugar en mis reflexiones taciturnas.

«¡Siempre dices cosas tan raras!...», me decía Francesco, un individuo aborrecible de nueve años que resultó ser mi compañero de clase y también mi amigo. Luego de su acometida (pues siempre era rápido en el agravio), todos reíamos al secundar nuestras réplicas elocuentes e ingeniosas, tanto que cualquier novelista falto de ideas iría raudo al patio de aquel infame colegio.

Finalmente, obtuve cierto refugio en algunos volúmenes de la biblioteca que no tocaban el tema religioso o, mejor dicho, lo evitaban inteligentemente. Durante este periodo me abstraje de mi suerte y terminé volcándome en el riguroso estudio de las leyes naturales. Hacía no demasiados años que un ilustrado Isaac había conseguido refutar la intuición humana en lo que al movimiento de los cuerpos respecta, y mi mente siempre juvenil devoraba todos los postulados recopilados en su trabajo. Naturalmente, mi individualidad y mis ambiciones comenzaron a florecer en este punto, pues es bien sabido que el humano que posee algo siempre requiere más cosas que poseer. Tanto me desvirtué de mis originales pretensiones contemplativas e inocentes que nunca más volví a pensar como cuando tuve tierna edad.

En cuanto la Tierra hubo completado trece veces su ciclo mayor, y a pesar de llevar tan solo cuatro años escolarizado, mis notables progresos académicos eran ya tan prominentes que fui recompensado con una beca de estudios. Sin mucho tiempo para pensar y agradecido con el mundo por poder librarme del suplicio de hospedarme una noche más en aquel lugar, empaqué mis breves pertenencias y me dirigí a la biblioteca. Mi incipiente pubertad hacía que buscara con ahínco algo en lo que gastar mi esfuerzo, y entre los libros de aquel lugar había descubierto en días previos una interesante lectura del duque La Rochefoucauld que incendiaba los rebeldes deseos de cualquier joven desgraciado ―aunque yo no lo era todavía por completo, mi atracción por él fue clarividencia premonitoria―. Esta obra abiertamente manifestaba la necesidad de guiarnos bajo unos preceptos morales comunes a nobles y a pobres. En ese entonces, estoy seguro de que no comprendí ninguna de las intenciones del autor, pero me sedujo algo del misticismo en torno a su vida. Multitud de contradicciones y circunstancias variadas terminaron por hacerlo tomar parte en la Fronda ―así es como se conoce a ciertas insurrecciones contra el creciente poder de la monarquía francesa― a pesar de su relación amistosa con Ana de Austria. Ojeé una vez más el tomo antes de irme y, aunque estuve muy tentado de sustraerlo de aquella colección polvorienta, terminé arrepentido en el último instante. Me fui de aquel odiado colegio con cierta inquietud en el pecho. No deja de sorprenderme cómo de vívidas se tornan las cosas en el momento en que las abandonamos, aunque sea para mejorar nuestra circunstancia y por buenos motivos.

Hasta este momento, ninguna experiencia grandiosa había acontecido en mi vida, y sus etapas grises no dejaban un resquicio para que una vicisitud mayor me atormentara. Sin embargo, desde el reencuentro con mi amada madre y hermanos, previo a la marcha hacia París, el mundo ahora era de color eleusino; sospecho que fue la primera vez que sentí tener verdadero arbitrio sobre las decisiones de mi vida. Pero, como sea que las cosas buenas se quieren retener para siempre siendo esto imposible, cuando se nos arrebatan sufrimos por el deseo de tenerlas.

 

III

 

 

Durante el 26 de mesidor del año III a. R., día de la salvia, el modesto carruaje en el que viajaba fue interceptado ―ya muy cercano al final de su trayecto― por fuerzas revolucionarias populares. El clima político en la capital no parecía nada sosegado y, según lo que pude escuchar, estaba a punto de acontecer un gran enfrentamiento. Habían logrado robar toneladas en armamento gracias a la permisividad de algunos colaboradores de la guardia. Recuerdo cómo, en mi jovencísima mentalidad, no entendí por qué querrían matar a los que, según los rebeldes, mataban. Uno termina por comprender que la imposición a los demás siempre puede justificarse si se buscan razones con suficiente alevosía. Sea como fuere, finalmente decidimos volver por recomendación de las milicias francesas. Hablo en plural porque mi tutor, que me acompañaba, decidió por mí. Yo acaté y fingí estar contrariado. Fue este mi primer contacto con personas disidentes, y tan razonables como erradas.

La eterna travesía de vuelta comprometió mi ánimo por parsimoniosa y absurda. Me habían robado una ilusión, y también mis horas. Pero, a pesar de perderlas y no encontrarlas nunca, tuve tiempo suficiente de observar el mismo paisaje lineal con distinta iluminación, en contraria dirección y opuesto sentido. Era la misma lejanía que esa mañana, pero la imagen era otra. ¿Y si fueran aquellos páramos, ya escabrosos a la puesta de sol, los que no pude pisar ocho años atrás? Tampoco serían ya los mismos, pues el tiempo mantiene celosamente el mismo desapego con todas las entidades naturales. Esta fue la primera vez que pensé en lo abominable de la muerte y lo injusto de la vida. Imaginé entonces que cada elemento de mi anatomía se lividecía, y que a cada jalón equino sufrido en la cabina mi pálpito vital perdía su firme ritmo, mientras mis ojos se cerraban con la última de las luces de la tarde, de un verdor intenso y fugaz.

Puesto que mi consciencia estaba a medio camino de lo onírico, la percepción del cuerpo había cambiado por completo. Lo describiría como una palidez de lo vivo frente a lo inerte, como el irremediable triunfo de la muerte sobre el orden cárnico y como un rechazo a tu propio ser. No pude encontrar ninguna razón para volver, aunque terminé volviendo. A eso es a lo que se le llama vivir, por supuesto.

Desperté muy lentamente en completa oscuridad, aliviada únicamente por los astros mayores de la noche. Al estar aún muy entumecido, mis sentidos no terminaban de encontrar la vigilia. Todos a excepción del oído, pues el jadeo deshonroso de los caballos era a todas luces lo más llamativo de la escena. Pude comprobar a lo largo de mi vida cómo los fenómenos menos inteligentes son los más ruidosos. Por ejemplo, la erupción de un volcán o el estruendo de una tormenta son procesos carentes de libertad, que se ven abocados a ser, por lo que no pueden ser inteligentes. Después, las bestias y los estúpidos compiten, sin saberlo, por ser el animal más molestoso. Por último, la entidad más silenciosa suele ser aquella que es buena conocedora de las consecuencias del ruido. Pero no se confundan: los inteligentes jamás seremos nosotros, pues, por más que aprendí y estudié, en toda mi vida dejé de sentirme como aquel caballo tirando de una cabina; sin siquiera saber por qué estoy haciéndolo. Todos nosotros estamos sometidos a las mismas leyes biológicas y de la física, que nos delimitan y que de mil variadas maneras mutilan nuestra libertad. No creo que seamos tan diferentes de otras calamidades. De todas formas, eso es lo que pienso ahora que la muerte acecha en mi hombro. En aquel entonces, solo la contemplación parecía ensombrecer mi ánimo y el objetivo de conocer más del mundo y de los mecanismos que lo rigen se mantenía muy vital en mí.

Me asomé al ventanuco con la esperanza de que aquella sensación trágica se me metiera por los ojos un rato más, pues así hablar de la fatídica jornada frente a mi madre sería más llevadero. No hubo suerte y la ciudad era ya bastante reconocible en la noche, todavía a media legua de camino por delante. Entonces pensé en mi dulce progenitora. Las atenciones de Mariette suponían desde mi niñez un bálsamo sagrado frente a la hostilidad cotidiana. Últimamente no había tenido la ocasión de demostrar un afecto filial sincero, pues desde que adquirí ambiciones mis metas transmutaban continuamente alejándome de los pensamientos inocentes de la niñez. Pensé que ya era un adulto y quise ver más aún a mi madre al llegar a casa.

Realmente quise que eso aconteciera.

Lamentablemente, esa noche no pude verla. Y jamás volví a encontrar en su rostro las vivezas, pues había perecido bajo el mortal influjo de una súbita enfermedad médicamente inexplicable, pero que todos temían; la flaqueante pobreza del espíritu.

Cuando recibí la noticia, la sensación sobrecogedora de entumecimiento y de muerte volvió a mí, esta vez como un perentorio recuerdo, y me enemisté con la vida y, probablemente, conmigo mismo.

 

IV

13 de pluvioso del año I, día del laurel Savigny, en una villa de Beaumont

Cuatro años después de la muerte de Mariette

 

 

Si mis sentidos no me traicionan, si el flujo del mundo no es realmente cruel, entonces puedo concluir que en el día de hoy me he enamorado de un siniestro hombre…

 

Detuvo su lectura ilícita devolviendo la carta al diván, no sin cierta delicadeza reflexiva. Era claro que su cándida hija empezaba a tener ideas propias sobre el misterioso mundo, ideas que resultan siempre ajenas a los designios de un padre. Había escrito una grandilocuente confesión, de eso no cabía ya duda alguna. No obstante, en las circunstancias actuales, añadir más incertidumbre a su futuro podría traducirse en un desenlace fatal o, cuando menos, indeseado.

Él era don Enrik Beaumont, gentilhombre de la homónima casa noble y ahora también un enemigo público de Robespierre, el más destacado republicano de la nación. Como cualquier cortesano de espíritu, los actos revolucionarios causaban estragos en su ánimo, e incluso en ocasiones temió por su vida. No obstante, su condición de patriarca y negociante nato le hicieron ignorar su orgullo para intentar sacar rédito de aquella situación tan atípica. Inteligente como pocos de su prosapia, Enrik dilapidó su fortuna en atender los estragos urbanísticos que los enfrentamientos armados habían dejado en París. Contrató centenares de trabajadores que marchaban contentos cada jornada, pues el trabajo era breve y bien pagado. Resulta que, en realidad, los daños no eran ni abundantes ni graves. Esto, sumado a su carisma regio y una bondad aparentemente simple, terminaron por hacerle un hueco en la escena política revolucionaria. Incluso el Club de los Jacobinos, partidarios de una revolución más social, lo consideraron una rara excepción entre los privilegiados, como aquella inocente plántula que se abre paso entre la dura grava y el alquitrán parisino.

Sin saber nadie cómo de distante era la opinión pública de los verdaderos pensamientos e intenciones de Enrik, pasaba sus días trabajando a favor de una transformación republicana, mientras conspiraba junto a otros poderosos durante las noches. Las jacqueries o revueltas ciudadanas en contra de la República estaban instigadas desde la tiniebla por estos individuos. Incluso se jactaba de haberse inspirado en ellas para el nombre de su hija, en pos de restituir el orden monárquico. «¡Dichoso nombre tienes, Jacqueline!», repetía, siempre convencido de hacer lo correcto para él y su familia. Nunca llegó a plantearse que los republicanos pudieran amar a sus familias tanto o más que él, y tampoco llegó a discernir la diferencia entre el amor puro y el regocijo de pertenecer a la casa Beaumont, si es que había alguna.

Sin embargo, más pronto que tarde, los intentos de restitución del Antiguo Régimen fueron acallados con ejecuciones tan súbitas como públicas. Tanto fue así que Robespierre y Danton ―ministro de Justicia de la Administración republicana― se verían más tarde forzados a constituir un nuevo órgano de gobierno al que bautizaron como el Comité de Salvación Pública. A partir de este período, ejecutarían a miles de personas en los cadalsos mediante un artefacto de muerte instantánea, reimaginado por el médico y diputado Guillotin en un ejemplo perfecto de cómo la ironía hace burla de nuestros planes. El bondadoso político pretendía que la pena de muerte fuera abolida, pero en vistas de que la sociedad aún no podría aceptar el argumento ético, el muy infeliz trató de perfeccionar la muerte para evitar este gran e innecesario padecimiento. Con este hecho se aliviaba en las noches que pudo todavía dormir; eventos cada vez más infrecuentes y esporádicos, sometidos al caprichoso alarido de los decapitados que gritaban sin aire su injusticia eternamente silenciada.

Al principio solo ejecutaron a los más vehementes opositores al régimen, en un estertor de implacabilidad y diligencia inesperado en estos nuevos gobernantes de apariencia civil. Tanta sorpresa hubo al respecto que entre los restos ajusticiados se podían aún averiguar caras arrugadas de incredulidad.

Hubo un brevísimo tiempo de serenidad después de los primeros guillotinados, pero el filo de la mortal plancha iba alargándose poco a poco. Se dice que, llegados a un punto, la envergadura de la fatal máquina era tal que podría separar todas las cabezas de París en una sola y monstruosa caída. A estos miedos y rumores son a los que respondió Beaumont, pues su condición de aristócrata colaboracionista no lo salvaría de la purga ideológica que se estaba cometiendo. Incitó al pueblo en contra de Robespierre e intentó difamarlo de muchas maneras. Si bien sus estrategias probaron ser, a priori, fútiles y de consecuencias indeseadas ―pues tuvo a bien el huir precipitadamente de la capital―, intuía que la simiente ponzoñosa de sus ideas germinaría bien pronto incluso entre aquellos que se sabían asaz republicanos, pues la repulsa a la injusticia medra cuantiosamente el espíritu, ya que ataca a lo más visceral del género humano: la supervivencia. De esta forma, sectores cada vez más afines al Gobierno comenzarían a pronunciar aquellas palabras pensadas, que, entre los clandestinos rincones umbrosos de la capital, ya proferían desde el odio y la devoción por evitar la gran cuchilla.

Así, fue en esta preventiva tesitura de fugitivo que conoció don Beaumont los sentimientos acallados de su hija, mientras degustaba un borgoña que le supo agrio.

 

V

Un día antes

Un lujoso carruaje de camino a Savigny

 

 

Después de un preparativo frenético y un ánimo silencioso, la hasta ahora cómoda vida de la primogénita Beaumont se diluía en un océano de sentimientos azorados que las circunstancias impedían achicar.

A los dieciocho años y siguiendo la costumbre de ensalzar la femenil figura valiéndose únicamente de las virtudes vegetales, podría decirse que Jacqueline era como la flor de lis, el lirio de color más profundo y delicado de entre todas las flores que nacían en la campiña francesa. A pesar de su incipiente rebeldía, la beldad le acompañaba a donde quiera que ella fuese, y, como si se tratara de una fuerza sobrenatural, iba sin pretenderlo infundiendo paz y valentía en los corazones que la admiraban al pasar.

Durante el forzoso trayecto auspiciado por imperio de su padre, proyectó sus pensamientos hacia el horizonte púdicamente enmarcado en la pequeña fenestra. Al cambio de dirección, una ráfaga de viento primaveral evitó chocar violentamente contra su faz, acariciándola en cambio muy dulcemente. El candor de su alma pura se entretuvo en apreciar el verdor cada vez más evidente de la naturaleza viva, aquellas piezas del mundo tan irregulares, pero tan armoniosas como la mayor de las obras magníficas, esos artificios construidos por un designio mundano. Pensó entonces que las catedrales más célebres nada tenían que envidiarle al eucalipto retorcido y que el ojaranzo era un bello mercado donde los abejorros uniformados conducían los víveres que nutren la propia grandeza connatural.

El día se aventuraba raudo al íntimo encuentro con las copas de los árboles cuando detuvieron la marcha para aliviar la fatiga causada por el intempestivo traqueteo, incomodidad que suele ser inusual o evitable para los personajes acomodados de la sociedad.

Todavía en el esplendor del prado verdeante, decidieron improvisar una francachela silvestre, cediendo al impulso estético de tan memorable día y olvidando el motivo de tan urgente viaje. Allí se reunieron los serviles criados, los escoltas y la familia Beaumont en una simpática comedia, pues cada uno terminó por intervenir con su papel social, representando el estamento al que cada uno creía pertenecer por derecho.

―Hija mía, ven con nosotros a celebrar este hermoso día con el que solamente nos bendice Dios a los justos, a aquellos que no dudamos en recobrar la gloria de su nación predilecta ―interpeló a viva voz Enrik, en un intento de alienar los pensamientos de cuantos le escuchaban.

―No se cuentan entre mis defectos el desobedecer al padre y, sin embargo, he de preguntaros: ¿han de ser todos los hombres que no actúan conforme a vuestra razón necesariamente enemigos de Dios? Admiro la Creación, que es perfecta, y me debato internamente: ¿no es la discordia producto del ingenio humano, y no del divino afecto? Las resoluciones contrarias de los hombres poco o nada tienen que ver con la verité ―replicó de graciosa manera la doncella virtuosa a través del ventanuco, pues no había salido aún de la cabina.

―En el ímpetu de la juventud hallamos por primera vez síntomas de intelecto ―reprendió con jocosidad su padre―, pero, de ser como vuestra impertinencia vitorea, no habría verdad ni justicia en el mundo, esa que tan largamente hemos disfrutado en nuestra familia. ¡Ay de mí! Incluso si nuestras tribulaciones no fueran fundadas en el superior arbitrio del Altísimo, capitular y aceptar esta República son los actos de un necio, uno que atenta contra el orden y la tradición.

―Y aun así…, ¿huir de ella no equivale a capitular? ―repuso con habilidad Jacqueline.

―Basta ya de disquisiciones y blasfemias, mis queridos ángeles de la disputa. Intentemos conciliar las ideas, al menos, con un poco de vino ―sugirió Joanne Victoire, la amable esposa de Beaumont.

Cedieron a la sonriente matriarca los ánimos, impelidos de un nuevo sentimiento crepuscular. Es en esta rutinaria fase del sol cuando las almas buscan el recogimiento de un hogar, y la intempestiva Jacqueline fue vencida por la vana imagen de una familia unida.

―¡Un momento! Señores, prestad atención ―exclamó uno de los escoltas.

―¡Se acerca un solo hombre a caballo, envuelto en manto de misterio! ―dijo otro.

Apareció entonces un sombrío individuo, de porte tan exótico como extravagante, haciendo de su figura severa una presencia atractiva a la mirada de todos aquellos infelices, hombres y mujeres, que, reunidos en la inesperada merendola, le observaban encandilados.

―Le exhorto a que nos acompañe en esta reunión, caballero. ¡Detenga su galante trote! Acérquese y háblenos largamente de sus viajes ―propuso la hechizada madama Beaumont.

De cerca, la poderosa presencia del fornido errante sorprendía doblemente, pues su vigor no era inferior a la juventud que sus rasgos faciales permitían averiguar. Con más seguridad que vehemencia, se detuvo frente a la aristocrática comitiva del camino y pronunció:

―No tengo nada que contarle de mis desdichas a vuecencia, y mucho menos tomar parte en este prosaico coloquio, que, sin quererlo, mancha este camino con la mayor de las miserias.

―¡Insolente jayón! ―espetó Enrik notablemente airado―. ¡Nunca supe de alguna réplica tan brava y estulta en toda la historia de Francia!

El joven pretendió no escuchar la algarabía rabiosa que se erguía frente a él, pues su belicoso comentario había transmutado de manera magistral los sentimientos amables y curiosos de aquella recámara campestre en aversión sincera. Sin embargo, cuando su senda estaba ya enderezándose y todos dejaron de reparar en la perturbación de sus bríos, el chico percibió un jalón apresurado y sutil, tan dispar y torpe que tuvo que detener su marcha delicadamente, obedeciendo una vez más a las circunstancias inevitables.

―Nada que yo tenga o haga se parece a lo que tan vilmente tus labios han sentenciado ―dijo Jacqueline con una dulzura inesperada por ambos partícipes―; entonces, ¿por qué me incluyes en el desmerecido agravio?, ¿qué tienes en contra de mi familia?

Esta retahíla inesperada de preguntas se hizo notar en la compostura del errante. Relajó por fin los hombros, miró hacia su interlocutora y, con apariencia impertérrita, contestó de manera oscura:

―Es toda una muestra de devoción religiosa lo que pretendes con tus gentiles preguntas. En consideración a la grandeza de espíritu y al poco conocimiento del que haces gala, solo puedo marchar y no turbar más el ánimo de quien no nos quiere mal ―repuso enigmático el jinete, algo resquemado y con semblante grave.

Después de una mirada pausada entre ambos interlocutores, el protagonista de este peculiar episodio no dudó en azuzar a su corcel tan apriesa como pudo, contestando solo para sí mismo la pregunta que aquella dama viva y sonrosada lanzó al viento tras él: «Yo no tengo un nombre».

 

VI

De la infancia de Jacqueline

 

 

Si todas las fuerzas que rigen el mundo supieran de la infancia de Jacqueline, dos eternos enemigos ya no encontrarían motivos suficientes para odiarse.

Nació como nacen los astros del empíreo, con una gran pompa digna de los señores del cielo; no por su altura ni talante mundanos, sino por el íntimo regocijo que todos sus familiares y allegados padecieron al ver la criatura emerger del abismo maternal para respirar por vez primera.

A medida que esta cría caminaba torpemente por entre los días de su existencia, la pura inocencia de su alma infante se introducía en los henchidos pechos que la admiraban, insuflando un vigor que no podía ser entendido sino más allá del orden humano, como fruto del rechazo a todas las cosas malas que ocurren y que no tenían cabida alrededor de este armonioso ser.

A la vejez de cinco años, era ya muy notoria la virtud calmosa de la niña por mera comparación a sus hermanas, siempre tan inquietas como volubles en sus determinaciones ―como cualquier prímula de esta edad―. Sin embargo, Jacqueline gustaba de hábitos estrafalarios como la puntualidad a la mesa, realizar pulcramente sus deberes formativos y religiosos, así como la práctica de la contrición y regirse como la mayor de los ascetas.

Es precisamente en lo veleidoso de los niños donde siempre se abren puertas para que el mal anide en el seno de su signo, permitiendo a un brote endeble retorcerse sobre sí mismo en busca de un sentido vital, unas veces encontrándolo en alturas conformistas que limitan su potencial y otras abriéndose camino en el reino oscuro, aquel que yace bajo lo grotesco de entre las grietas de lo torvo y lo podrido tiempo ha. Esto, como comprobará el lector, se aplica a casi todos los seres humanos, de la misma manera que casi todas las plantas han encontrado dificultades para crecer perpendiculares al suelo y a la luz del sol. Es una ley de la vida que aquellas menos afortunadas sean más modestas en cuanto a la elevación de su parte más apical, de su cénit floreal.