La vida de Kostas Venetis - Octavian Soviany - E-Book
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La vida de Kostas Venetis E-Book

Octavian Soviany

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Beschreibung

La historia de Kostas Venetis, viejo pícaro resabiado, comienza en la decadente Venecia. Allí, al borde de la muerte, cuenta, cual exhausta Sherezade, las peripecias de una vida apasionante. El que escucha y anota sus palabras lo más fielmente posible es su joven amante, apodado Alemana por sus largas pestañas. A través del irreverente relato de Kostas, el lector es conducido desde la ciudad de los canales hasta las bulliciosas calles de la fascinante Estambul y, desde allí, al Bucarest de los tiempos del príncipe Cuza, al París revolucionario y a la Viena consumida por sus propios excesos. En su descenso a los infiernos, el protagonista será testigo de un mundo en plena transformación que anticipa el crepúsculo que envolvería la totalidad de Europa a finales del siglo XIX. Saludada por la crítica como "una de las cumbres de la literatura rumana" (Luminiţa Corneanu) y "una obra superlativa" (Rita Chirian), 'La vida de Kostas Venetis' es una inagotable y exuberante "novela de novelas" que nos remite tanto a 'Las mil y una noches' y al 'Decamerón' de Boccaccio como al espíritu libertino del Marqués de Sade. Con un realismo sórdido y violento, Octavian Soviany ha escrito un original tratado del decadentismo que no desdeña ni los componentes filosóficos y religiosos ni el erotismo más escabroso. Un libro por el que desfilan algunos de los personajes fundamentales de la historia europea y en el que las aventuras del protagonista, singular encarnación del Diablo, se suceden a un ritmo vertiginoso.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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La vida de Kostas Venetis(una hagiografía)

La vida deKostas Venetis(una hagiografía)

Octavian Soviany

Primera edición: octubre de 2016

Título original: Viata lui Kostas Venetis

VIATA LUI KOSTAS VENETIS © 2011, 2013 by Editura POLIROM

© de la traducción: Doina Făgădaru

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

[email protected]

ISBN: 978-84-945170-9-9

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

This book has been published with the support of the Romanian Cultural Institute (through the TPS programme)

Este libro ha sido publicado con el apoyo del Instituto de Cultura Rumano (mediante el programa TPS)

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

A Nora, que me regaló a Kostas Venetis.

«Si el narrador no se convierte en el amante de su madredesde el instante en el que esta lo trajo al mundo,entonces que no cuente nunca nada»

Índice de contenido
Algunas notas explicativas del autor
I. Las piernas
II. El vientre
III. El corazón
IV. La cabeza
V. La corona

Algunas notas explicativas del autor

Me topé por primera vez con el nombre de Kostas Venetis en una carta de mi amiga, N. I., que lo había descubierto entre las cruces de un cementerio en Viena.

Algunos años más tarde, revolviendo en los estantes de un anticuario de Bruselas, encontré un extraño libro, titulado La vie de Kostas Venetis. En la cubierta no figuraba ni el nombre del autor ni tampoco el año de publicación.

El libro, escrito en un francés rudimentario, con imperdonables errores de estilo para un artesano de la pluma, parecía más bien un volumen de memorias que una obra de ficción.

Con el tiempo, el nombre de Kostas Venetis empezó a perseguirme insistentemente y el azar lo puso en mi camino varias veces en las subastas de libros antiguos, a las que me llevaba mi incansable amor por todo tipo de antigüedades.

Kostas Venetis estaba tanto en las agendas de un oficial austriaco, probablemente enfermo de esquizofrenia, como en el voluminoso manuscrito de algún monje muerto poco antes en los monasterios de Meteora.

Después de muchas dudas, decidí volcarlo a otro idioma y publicar una parte de mi pequeño archivo sobre Kostas Venetis. Mi empeño ha sido traducirlo lo más fielmente posible, dejando incluso sin corregir los fallos de estilo más burdos.

De modo que el único mérito de las páginas que siguen es el de ser, de alguna manera, una obra de archivo.

 

I. Las piernas

 

Kostas apestó a muerto toda la noche.

Se despertó un par de veces y me pidió que le colocara mejor la manta, quejándose del frío con voz desgañitada aunque fuera hacía, después de la bochornosa jornada, una noche blanda, con olor a ciénaga y a moho.

Le miré, reprimiendo un suspiro de dolor, las frías piernas, las uñas que se habían vuelto de un amarillento insano, la mandíbula que le temblaba ligeramente mientras pronunciaba con dificultad las palabras, la negra y desdentada boca que empezaba a parecerse al agujero de un marica. Acostumbraba a dormir con la boca abierta y desde el fondo de la garganta le salía un ronquido pesado que me hacía creer que se podía ahogar de un instante a otro.

Kostas había envejecido terriblemente en unas pocas semanas. Ahora salía a mendigar solo de vez en cuando y no era capaz de llevar a cabo ninguno de sus trucos de magia con los cuales, en otro tiempo, conseguía llenar de calderilla su sombrero.

Vivíamos al día de mis pequeños robos, bastante escasos porque nunca tenía el valor de meter la mano en la faltriquera de ningún ricachón. El pobre bolsillo de un gondolero borracho no daba más que para pan y pescado, rara vez para un trago de vino o alguna chuleta de cordero comprada en la carnicería más barata, donde la carne estaba casi siempre en mal estado.

Nunca me acostaba atiborrado de comida y Kostas apenas podía masticar con esas encías melladas de las que asomaban, entre muñones de dientes ennegrecidos, pedazos de rodaballo chamuscado sobre las brasas.

Me deseaba cada vez menos y nuestras fornicaciones eran cada día más cortas y fatigosas. Antes de dormirse, a veces me pedía que cogiera entre las manos su negro y enorme miembro de semental, ahora medio inútil. Un pedazo de carne tibia que hedía a orina y me provocaba un nudo en el estómago.

Entonces recordaba al Kostas de antaño, el que me poseía salvajemente en cualquier yacija llena de chinches.

Hacía casi tres años que era la mujer de Kostas Venetis.

Me recogió una noche lluviosa en uno de los diques de Génova y pagó al proxeneta napolitano, en cuyas manos había caído después de un sinfín de meses de hambre y miseria, con un puñado de billetes arrugados que este ni se molestó en contar.

Kostas vivía en un sótano no lejos de la taberna donde me cebó de pescado frito y vino ácido, que según decía revitaliza la sangre. Por aquel entonces yo era un chaval esmirriado, ojeroso y con pestañas doradas de alemana, de manera que los maricas de Génova me habían apodado la Alemana.

Cuando vio que mi amarillenta cara adquiría un ligero rubor, Kostas me dio un empujón en el costado y masculló un juramento en griego. Luego me llevó a su madriguera del subsuelo, donde me pidió que le calentara los huesos doloridos por la humedad. Sus dedos empezaron a deslizarse a lo largo de mis muslos y sentí que me acariciaba las nalgas con mucha suavidad.

Kostas Venetis tiene unas manos de una inusual belleza, con dedos largos y ágiles, cuyo contacto me hizo tantas veces romper en tumultuosos llantos. Varios cuchitriles de Italia fueron testigos de nuestros desenfrenos. A veces participaban también otros chicos, recogidos de las tabernas de mala fama de las ciudades donde nos hospedábamos, incluso mujeres de la calle con los labios pintados de un color llamativo, a las cuales el miembro de Kostas penetraba sin contemplación el agujero trasero, desgarrándolas y rajándoles sin piedad sus partes todavía vírgenes con fiereza de carnicero.

Yo observaba sus convulsiones, escuchaba sus gemidos y esperaba impaciente el momento en el que Kostas asía con sus largos dedos mi pequeña virilidad empalmada.

Los misterios del cuerpo humano fascinaban a mi compañero, al que había sorprendido no una vez, sino varias, ojeando gruesos tratados de medicina y estudiando las láminas anatómicas.

Nunca faltaba a las ejecuciones que tenían lugar en las ciudades por donde pasábamos y jamás olvidaré esos ojos, dilatados por la curiosidad, con los que contemplaba las últimas convulsiones de los cuerpos decapitados, lo que me arrastraba a mí también a no apartar la vista del cadalso.

Si una semana se hacía con algo más de dinero, empezaba a husmear por tiendas de anticuarios en busca de manuales de tortura medieval, que conseguía a bajo precio después de largos y descarados regateos y se llevaba a sus pringosas madrigueras donde los leía con emoción enfermiza.

Cuando le daba por leer, Kostas se olvidaba completamente de mí. Recuerdo que al principio zangoloteaba a su alrededor, intentando buscar algún quehacer y asombrándome de que Venetis supiera leer aquellos vetustos libros en latín, cuyas páginas parecían estar a punto de desintegrarse bajo el estremecimiento de sus nerviosos dedos.

Una vez miré por encima de su hombro los grabados, que mostraban horrores inimaginables: miembros rotos por la rueda, molleras desolladas, cuerpos cortados con la sierra o con los intestinos fuera.

Molesto por mi agitación, Kostas me tiró una moneda de plata y me mandó a por paté de conejo y un cuarto de vino dulce.

Así empecé a deambular solo y a conocer al dedillo el hampa de las ciudades de Italia, y entablé amistad con ladrones y prostitutas en oscuros tugurios que un hombre honrado no pisaría bajo ningún concepto.

Alguna vez birlaba el dinerillo de algún mozo o de alguna furcia embrutecida por la bebida.

En una ocasión me colé en un burdel barato e intenté acostarme con una mujer de piel negruzca, que olía fuertemente a sudor y que miró con desprecio mi miembro, al que intentó en vano devolverle la vida utilizando la lengua y los labios.

Estas solitarias orgías acababan cuando Venetis, harto de leer, se abalanzaba sobre mí, me arrancaba los pantalones y me penetraba con crueldad.

Se reanudaban entonces las interminables marchas por los polvorientos caminos de Italia, los números de magia improvisados en una plazoleta del quattrocento o sobre la esquina de alguna mesa de abeto, en alguna de aquellas trattorias que venden vino barato y salami boloñés, y volvían a comenzar nuestras noches de voluptuosidad.

La mayoría de las veces nos deteníamos en Venecia.

En cada ocasión, Kostas encargaba una góndola y ordenaba que lo llevaran por apartados canalettos, flanqueados por muros descascarillados, repletos de algas y dañados por la humedad. Adoraba estos lugares bañados siempre por una triste penumbra, donde el olor a cieno podrido de Venecia azotaba con tanta fuerza que mi estómago acababa preso de dolorosas contracciones.

A menudo, Venetis le pedía al gondolero que se parase a la sombra de un muro roñoso y dejaba que sus pensamientos errasen a sus anchas mientras exhalaba lentamente bocanadas de humo de su puro.

Durante estos paseos estaba siempre compungido y callado. Parecía que el edificio de la cárcel lo atraía de manera especial y, a veces, rodeábamos los oscuros muros, coronados de almenas a través de las cuales se podían vislumbrar las desmejoradas siluetas de los centinelas.

La ruinosa casa donde Kostas Venetis estaba a las puertas de la muerte se hallaba también a dos pasos del edificio de la cárcel.

Una vez, cuando le pedí que fuéramos a ver las palomas de la plaza San Marcos (creo que fue cuando estuvimos por primera vez en Venecia), Kostas me lanzó una mirada de desprecio. No obstante, mascullando todo tipo de palabrotas en griego, me dio el gusto y después me llevó a rastras a una tasca de la periferia, donde tuve que beber codo con codo con él hasta la madrugada siguiente. Entonces nos echó a la calle un taciturno camarero con bigote, en cuya presencia Kostas había empezado a manosearme sin pudor antes de morderme los labios hasta hacerme sangrar, con la consiguiente sarta de improperios desde las mesas vecinas.

Me percaté bastante pronto de que el repudio de la gente honesta le hacía eyacular. Incluso sus números de magia eran diferentes de los de otros ilusionistas: sapos y escorpiones, ratas y cangrejos como la cabeza de un niño, negras mariposas nocturnas y víboras con cuernos no faltaban en estos espectáculos, durante los cuales Kostas Venetis mantenía un semblante apesadumbrado y despectivo, pestañeando por debajo del sombrero pintado en bronce dorado y mirando con ira a los espectadores.

Nunca se inclinaba delante de la turba de curiosos que contemplaba con dilatados ojos de horror sus extrañas brujerías, que llevaba a cabo en silencio, sin recurrir a las habituales lisonjas con las que los de su profesión acostumbran, por lo general, a ganarse la generosidad de los presentes.

A pesar de ello, el sombrero que paseaba entre la multitud boquiabierta y atraída por su fama se llenaba casi siempre de calderilla. Con su actitud distante y altiva, mi amigo sabía cómo ganarse el respeto y quizás el miedo de nuestro público, compuesto por artesanos y pequeños negociantes, por pechugonas amas de casa, meretrices y mangantes.

Ahora Kostas había acabado para siempre con sus números de magia y se había convertido en apenas unos meses, como si sus adentros hubieran sido devorados por un gusano, en un despojo del que fuera antaño.

Así que me quedé bastante extrañado cuando, al despertar de su agitado sueño y en apariencia mucho más animado de lo que estaba últimamente, me mandó a comprar tinta y papel para escribir.

A la vuelta lo encontré al borde de la cama, sorbiendo de una botella que llevaba mucho tiempo sin abrir un vino ligero del color del pórfido.

Su semblante hundido había cobrado un rubor enfermizo: el color de los que padecen de los pulmones.

Me miró largo rato desde detrás de las pestañas (¿dónde estaba la mirada de odio que había sorprendido tantas veces brotando de sus pupilas negras como el alquitrán?), retorciéndose sus poblados bigotes que le daban un aire de gitano.

Me dijo que no tenía que dejarme engañar por aquellos dudosos signos de salud. Dentro de algunos días íbamos a separarnos para siempre.

Yo miraba como hipnotizado sus descoloridos labios, de donde salían palabras cada vez más extrañas, palabras que nunca había oído en boca de Kostas Venetis:

Alemana, ¿piensas acaso que antes de ir a criar malvas me quiero arrepentir de mis infames actos?

Si es así, te equivocas, hijo.

Sin embargo, quiero que sepas que yo, Kostas Venetis, hallándome muy cerca del fin de mis días, quiero honrar y agradecer a Dios, quien, con Su Misericordia, hizo de mí una de aquellas malditas almas llamadas también a dar testimonio, según sus fuerzas y ciencia, del honor y de la gloria del Todopoderoso.

Sé que te sorprende oír de mi boca tales palabras, acostumbrada más bien a las injurias.

Pero has de saber que los antiguos libros de sabiduría dicen que existe un infinito del comienzo y un infinito del final, un infinito del bien y un infinito del mal, un infinito de la altura y un infinito de la profundidad, un infinito del amanecer y un infinito del atardecer, un infinito del sur y otro del norte.

Todos hemos salido del espíritu y del aliento de Dios y todos somos espíritu.

El círculo que abarca todo esto se mueve hacia delante y hacia atrás. Así nacen la vida y la muerte, la paz y el desorden, la sabiduría y la estupidez, la riqueza y la pobreza, los jardines y los desiertos, la belleza y la fealdad, el señorío y la servidumbre, la vista y la ceguera, el oído y la sordera, el olor y la falta de él, el gusto y la falta de él, el habla y la mudez, la saciedad y el hambre, el amancebamiento y la impotencia, el trabajo y la pereza, el andar y la cojera, el descanso y la languidez.

Para mí el círculo rodó hacia atrás y, por el mal que cometí, atestigüé sobre el bien e, infringiéndola siempre, atestigüé sobre la ley.

Dios nos hace a algunos rectos y a otros torcidos y deformes. Pero ¿cómo saldría a la luz la razón si no existiera la sinrazón? Y ¿cómo se podrían reconocer las cosas bellas sino solamente por el modo en que se diferencian de las más retorcidas?

Desde niño, yo, Kostas Venetis, me conocí torcido y torcido me quedé hasta la vejez. La gente no me pudo enderezar ni con el bien ni con el mal. ¿Y cómo podría haberlo hecho si —tal y como señala el libro del Eclesiastés— solo Dios puede enderezar lo que Dios torció? ¿Por qué endereza a unos y tuerce a otros? Este es un misterio que solamente el Único Dios sabe y conoce.

Te mandé a comprar tinta y papel porque te contaré mi vida y tú te cuidarás de ponerlo todo por escrito, sin quitar ni añadir nada tuyo.

En vez de confesarme a los curas, me confesaré a ti, que eres un alma inocente, porque en el Santo Libro se dice que tenemos que confesar los pecados los unos a los otros.

No me arrepiento de ninguno de los hechos que te voy a contar. Si el bien se hace por la voluntad de Dios, también el mal se hace por sus designios.

El rosal es un pensamiento de Dios, pero también lo es la serpiente de cascabel.

Y si la serpiente de cascabel tiene un sentido y un significado, entonces también Kostas Venetis tiene un sentido y un significado, y lo demás, hijo, son palabrerías de los curas.

No puedes obtener de la mano de los curas la misericordia de Dios. Su misericordia la da solamente Él, que ha hecho el rosal y la serpiente, que endereza a algunos y tuerce a otros.

Coge, hijo, la pluma y escribe:

Yo, Kostas Venetis, soy de padre y madre griegos, nacido en un pueblo cercano a Salónica. Allí estaban todavía bajo el poder de los turcos, pero por nuestro pueblo no se perdía casi nunca ningún soldado de rostro cetrino, con fez rojo y bigotes caídos.

Cuando nací, mi padre tenía cuarenta y cuatro años y era dueño de un pequeño olivar, cuyos beneficios, cambiantes de un año a otro, no le ayudaron para nada a ser un hombre acomodado. Mi padre era de llanto fácil, por este motivo nunca le tuve respeto.

Lo consideraban pobre de espíritu porque no fumaba, no bebía ouzo, ni vino, y tampoco tenía, como los demás hombres, ninguna querida en los pueblos cercanos. En cambio —como una vez al año—, soñaba con la Madre de Dios y contaba sus sueños a los hombres del pueblo, que se reían de él lanzándole finas pullas (porque el griego suele ser fino), y también al padre Makarios, que lo escuchaba en silencio, moviendo la cabeza con gravedad.

Si es verdad que los hijos pagan por los pecados de los padres, no sé qué habrá hecho el mío, pero sé que él también pertenece a las filas de los marcados con enfermedades raras, de las que se dice que son el espejo de algunos pecados cometidos en esta vida o en una de las anteriores. Porque has de saber, hijo, que todo hombre tiene una serie de vidas innumerables y que cada vez que nuestro corazón se descarrila se nos permite volver a empezar, así que existe un tiempo de salida, pero también uno de vuelta, un tiempo de la muerte, pero también de la resurrección, un tiempo de la siembra y un tiempo de la cosecha.

 

La peculiaridad de mi padre era que hasta los treinta años había hablado con voz de mujer. Así lo conoció la gente de Salónica cuando fue a arreglar la herencia de un pariente lejano: un olivar, una bonita casa de piedra y algunas ovejas. Su rara forma de hablar hacía que las mujeres del pueblo se burlasen de él y lo apodasen el Mariquita, mientras que los hombres, a su vez, le lanzaban por debajo de sus cejas bellamente arqueadas (como tienen todos los griegos) miradas reveladoras y evitaban cruzarse con él por miedo a que fuera portador de una maldición que les pudiera hacer perder la hombría para siempre.

Más curioso aún fue que, exactamente a los treinta años, la voz de mi padre se volvió de repente grave, y de golpe y porrazo empezó a hablar como todos los hombres del pueblo, se casó y se hizo amigo del padre Makarios, que era considerado el más sabio del lugar.

De él aprendí, como te diré más adelante, el latín y el hebreo.

Quizás por el hecho de que había hablado hasta los treinta años con voz de mujer, mi padre se sentía más atraído por la compañía de estas que por la de los hombres. Cada vez que tenía la oportunidad de mezclarse con algún grupo de mujeres, su cara se iluminaba con una tímida sonrisa, y cuando mi madre (de armas tomar y gran bebedora de ouzo) se mofaba con chistes desvergonzados a cuenta de esa flaqueza indigna de un hombre que tiene las criadillas bien puestas, mi padre (que considero que no las tenía así) se ruborizaba hasta en el blanco de los ojos y empezaba a tartamudear.

Yo siempre lo desprecié y no creo que mi madre (que era objeto de los chismorreos de las vecinas del pueblo) me engendrara con su semen.

 

Sus parientes de la ciudad se le parecían en todo: tíos esmirriados con caras harinosas y sin fuerza en las caderas, tías enfermas que tosían todo el rato y escupían sangre, primos escuálidos a los que podías partir la cara de un solo puñetazo.

Visitaba a estos familiares unas cuantas veces al año y les llevaba como regalo algunos cántaros de aceite de oliva, algún pavo cebado o algunas docenas de huevos frescos atados en un pañuelo.

Vivían en casas feas, llenas de polvo, donde apenas se podía respirar, puestas en fila a lo largo de calles marginales, con huertos donde las gallinas cacareaban ateridas por el frío y con la cresta descolorida y donde crecían diminutas ristras de azafrán y albahaca.

Mis tías (a las que no conseguía distinguir ni por el nombre ni por la cara) me lanzaban melosas sonrisas, me acariciaban la cabeza con sus dedos afilados y me invitaban a tomar alguna confitura ya cristalizada, olvidada al borde de algún estante por aquellos primos llenos de lombrices a los que me habitué a zurrar.

Delante de mi madre había una garrafa de ouzo y un vasito de plata del tamaño de un dedal, mientras mi pobre padre se acurrucaba en algún banquillo alejado, contento de poder aguzar el oído, sin que nadie se diera cuenta, a las mujeriegas chácharas animadas por el dulce aguardiente al que mis tías nunca hacían ascos.

Por costumbre, mi madre se pasaba con la bebida. Cuando oía que se le trababa la lengua, que soltaba chiflados improperios o que le echaba la bronca a mi padre, agazapado en su banquillo como un ratón, sentía las mejillas encendidas por la vergüenza. A veces sucedía que mi padre, al final, también perdía la paciencia y entonces se dirigían palabras malsonantes, sin avergonzarse ante aquellas mujeres enfermas de los pulmones que se deslizaban como sombras a lo largo de las paredes y a veces tosían en tono de reprimenda desde el fondo de sus estropeados bronquios y luego se limpiaban los labios descoloridos con una esquina del pañuelo.

Ves, Alemana, Dios nos manda honrar a nuestros padres pero pocos padres son dignos de ser honrados de verdad. Tienes que saber que no solamente mis padres, sino los padres de la mayoría de los chicos con los que vagaba por los andurriales del pueblo y a los que a menudo hacía sangrar porque era más fuerte que ellos, eran unos mamarrachos. Unos padres así te mutilan el alma, y esto ocurre, hijo, por la voluntad de Dios, que endereza a unos y tuerce a otros. A mí me torció más, pero nunca tuve la altanería de considerarme recto, y ahora, cuando estoy en mi lecho de muerte, ha llegado la hora de honrar a mis padres, justamente porque mi naturaleza pecaminosa nació de la suya y fue por la voluntad de Dios.

Cuando se enfadaba, mi padre se golpeaba la cabeza y amenazaba con acabar con su vida.

Mis tías, que conocían sus manías desde hacía tiempo, recogían entonces todos los cuchillos de la mesa y los escondían lo mejor que podían, pese a que mi padre no había matado ni siquiera un pollo en su vida. Los primos asomaban sus demudadas caritas desde la puerta o desde la ventana tras llegar con el corazón en un puño desde los rincones donde se divertían con sus juegos de chicas. Sus ojos azules de ternero parpadeaban mirándonos con miedo y asombro. A mí me tenían pavor, nunca me invitaban a jugar con ellos y, hasta nuestra marcha, solían ocultarse en los cobertizos, desde donde se podían oír sus tímidas voces canturreando toda clase de alocadas canciones.

He aquí, hijo, el tipo de parentela de la que proviene Kostas Venetis.

De todos aquellos primos, el único con el que entablé cierta amistad fue Iannis, un chaval regordete y sonrosado, algo menor que yo. Iannis comía de todo: hojas, flores, tierra, trozos de cal raspados de las paredes, hasta caca de perro. Pero lo que más le gustaba era mascar tallos de albahaca.

Hablaba poco, apenas nada, y como yo tampoco soy de conversar mucho, nos entendíamos más bien por señas y por los empujones que nos propinábamos entre las costillas cada vez que nos asombrábamos por algo.

Improvisó un escondite en un arca grande de la barraca, que había forrado de paja y andrajos. Algunas veces me metía al lado de Iannis en aquel amplio cajón, que se podía cubrir con una cortina antigua de terciopelo, apolillada y casi podrida. Nos quedábamos pegados el uno contra el otro, resoplando como después de hacer un gran esfuerzo. Y de repente, Iannis metía su mano en mi bragueta y me cogía el miembro, que empezaba a endurecerse entre sus rechonchos dedos con olor a albahaca. Le gustaba jugar con aquel trozo de carne que podía crecer y endurecerse como la piedra, y lo tocaba y amasaba con sus manos de niño mientras emitía un ronquido apagado, parecido al ronroneo de un gato. Pienso que para Iannis mi miembro era un juguete algo raro, mientras que, a mí, sus tocamientos me trastornaban hasta estremecerme y, como todavía era pequeño para vaciar mi semen, al final le mordía las orejas o la nariz, le pellizcaba con ira sus gordos brazos o, sencillamente, lo golpeaba hasta sangrar.

Mis tocamientos con Iannis fueron los primeros desenfrenos de la vida de Kostas Venetis.

Creo que por aquel entonces tenía seis o siete años y era un niño peleón y algo chiflado al que los azotes con la vara de sauco, propinados diariamente con generosidad por mi madre (mi padre nunca me pegó), no conseguían enderezar.

La vida de cada ser es un gran misterio, Alemana, y todo lo que hace lo hace siguiendo un plan oculto a través del cual Dios reparte la justicia y la injusticia.

Seguramente Iannis tenía también su secreto, que se llevaría a la tumba porque feneció de meningitis antes de los ocho años, como si hubiera venido al mundo solamente para esconderse conmigo en el arca del almacén y para infiltrar en mis miembros el dulce sabor del desenfreno. Tenía las mejillas como pétalos de rosa y las pestañas doradas como las tuyas, Alemana. A veces se me aparece en sueños, con sus brazos gorditos llenos de moretones provocados por mis pellizcos, pero en vano intento adivinar en su mirada algún signo de remordimiento. Creo que era un alma inocente, tal como eres tú, hijo. Y me enteré de que, antes de morir, murmuró mi nombre decenas de veces, con los labios cubiertos de sarpullido por la fiebre.

Iannis tenía una naturaleza de flor o de mariposa, igual que otra gente la tiene de fiera salvaje.

En el arca del almacén guardaba una cajita donde tenía una cruz de plata, algunas monedas de cobre, dos o tres conchas, una tapa antigua de reloj y varias piedras brillantes. Esos eran sus tesoros, que tuvo la bondad de enseñarme pues me consideraba digno de mirarlos pese a que yo fui concebido torcido desde el nacimiento. Recuerdo cómo lustraba cada mañana sus moneditas con la manga de la camisa, hasta que lograba que brillaran como el oro a la luz del sol.

Después de la muerte de Iannis nunca jamás pisé la casa de nuestros parientes de la ciudad. Y no he vuelto a pisar suelo griego desde hace más de treinta años. No tengo ni idea de qué fue del olivar de mis padres, cuyas tumbas no he visto jamás. He recorrido Europa a lo largo y a lo ancho, he saqueado y he matado, estuve en la cárcel y en el manicomio. El aprendizaje que obtuve con el padre Makarios me hizo comprender el sentido de las cosas y sé que no debo arrepentirme por mis pecados.

Buenos o malos, todos somos hijos de Dios.

 

Kostas tragó otro sorbo de vino, se quedó pensativo un tiempo, cabizbajo, y luego retomó el hilo de su historia:

No lejos de nuestro pueblo se alzaba un monasterio de la Orden de la Santísima Trinidad. Levantado sobre el pedregoso pico de una colina, era un edificio triste, más bien un cúmulo de chamizos en medio del cual se elevaba la cúpula de la iglesia pulida por las lluvias. Una iglesia de centenares de años de antigüedad, con las pinturas ahumadas y desconchadas, donde hacía frío hasta en pleno verano, como si fuera un almacén de hielo.

Allí íbamos a misa en los días de fiesta y allí me confesaba cuatro veces al año, según las reglas de mi Iglesia.

En la víspera del día señalado me bañaban, me despiojaban y me daban una muda limpia. Por la mañana me ponía la vestimenta de gala que mi padre había traído de la ciudad, que desprendía un agradable olor a espliego y provocaba miradas de envidia en los hijos de los vecinos. Debía tener mucho cuidado para no mancharla con cera y tratar de no engancharme en los clavos oxidados que sobresalían de la gastada madera de la sillería. Mi padre vestía una bonita levita y un elegante fez que no encajaban para nada con sus rasgos bastos y con sus labios gruesos y caídos. Iba a la iglesia cada domingo y se quedaba después un buen rato en la celda del padre Makarios, que era el confesor del monasterio. Mi madre, en cambio, aparecía por allí pocas veces, solo durante las fiestas importantes, porque no era nada devota, motivo por el cual las vecinas del pueblo chismorreaban que tenía relaciones con el diablo, cuyas partes vergonzosas besaba cada noche de sábado para que le diera el poder de atraer a los varones. Se decía también de ella que era maestra en atar la faja que priva de virilidad a los hombres, que sabía sacar la leche de las vacas y de las ovejas y que, al proferir ciertos hechizos, podía llevar a los mozos a la cama montados sobre un palo de escoba o sobre una cuchara de madera.

No tengo ni la menor idea de si mi madre practicaba de verdad el arte de la brujería, pero no se llevaba bien ni con los curas ni con la Iglesia, y nunca le besaba ni la mano ni la estola al padre Makarios. Mi padre se sonrojaba de vergüenza y de amargura cada vez que el padre venía a casa con la cruz o con el icono (porque nuestro pueblo no tenía otra iglesia que la del monasterio) y, si no llegaba a cobijarse en algún escondite, mi madre apenas se santiguaba apresuradamente y fingía no ver la mano blanca y seca que este le tendía.

Y eso era más raro todavía, hijo, porque las mujeres de mi pueblo pululaban como moscas alrededor del padre Makarios.

El padre era un hombre joven y fuerte, con la piel blanca como la leche y los ojos de color castaño. Tenía una voz de querubín que a menudo se oía resonar como un cornetín en la fría iglesia del monasterio, porque pastoreaba su rebaño con aspereza, apelando una y otra vez al arrepentimiento.

Por aquel entonces yo no entendía gran cosa de los sermones del padre Makarios y en la iglesia siempre me entraba sueño. Durante la misa, mi padre se arrodillaba y me animaba a hacer lo mismo. El suelo de piedra me raspaba las rodillas, la columna vertebral se me quedaba tiesa y me costaba cada vez más mantener recta la espalda, pero me esmeraba, según mis fuerzas, en imitar a mi padre, no por piedad (porque por entonces no tenía ni una pizca de fe) sino por altanería. Luchaba por no quedarme dormido e intentaba no despegar la vista del severo rostro del cura, parecido al semblante alargado por los ayunos de los santos de nuestros iconos. Las viejas del pueblo pensaban que era muy devoto, me acariciaban la cabeza y al terminar la misa me atiborraban los bolsillos de manzanas arrugadas, panecillos duros como piedras, pasas y algarrobas. También me daban siempre algunos vasos de vino suave, traído a la iglesia para brindar por las almas de los muertos.

Un día, el padre Makarios le ordenó a un monje mayor y afable, el hermano Minas, que me enseñara a hacer sonar lagran toaca de madera, cuyos apagados tañidos llaman a misa en las iglesias ortodoxas. El hermano Minas demostró ser un buen maestro y yo conseguí desenvolverme muy rápido. Incluso conseguí una inusual habilidad que arrancó una frágil sonrisa al padre Makarios. Fue entonces cuando me acarició por primera vez y me regaló un racimo de uvas.

La demacrada mano del padre olía a albahaca, igual que los rechonchos dedos de Iannis.

Siempre que mi padre y yo nos deteníamos en su celda repleta de polvorientos libros, el padre Makarios me miraba por debajo de sus bonitas cejas arqueadas.

En poco tiempo llegué a tañer la toaca mejor que el hermano Minas.

Las viejas devotas me miraban como si fuera un milagro. A mi madre le decían que estaba hecho para la Iglesia y mi padre empezó a presumir de mí y hasta me compró una levita nueva, de terciopelo, que solo tenía permiso para ponerme cuando iba a misa. Mi madre me miraba de reojo y decía que vestido con un traje de cura me podía parecer a un diablo.

Llegué a estar muy orgulloso de mí mismo y, cuando una vieja escuálida me besó una vez la mano a la entrada de la iglesia, vi en ello una señal de Dios. Empecé a ayunar con rigor, comiendo tan solo pan y agua. Jamás salía a jugar y a veces le pedía a mi padre que me leyera La vida de los Santos.

Al ver el interés que tenía, mi padre me enseñó las letras del alfabeto griego. Y, después de adentrarme en los secretos de la lectura, me volví más engreído todavía; creía en mi fuero interno que era un elegido de Dios. Era frío y despectivo hasta con mi padre, que por aquel entonces se afanaba en concederme todos mis caprichos: me traía de la ciudad libritos de oraciones e iconos pequeños de vivos colores, se esforzaba en templar la vara de sauco con la que mi madre seguía pegándome y empezó a llevarme a sus asuntos de negocios, donde se ufanaba de que tenía un hijo beato como un monje.

Pero, Alemana, toda mi devoción era más bien mojigatería.

Me importaba poco el afecto de los demás, no amaba a nadie y nadie me amaba, quizás mi padre me tenía un poco de cariño. No deseaba otra cosa que ser considerado una criatura excepcional, con un destino superior al de la gente corriente. Si hasta aquel momento no había conocido otra cosa que la fuerza de los puños y los brazos, esta vez sentía en mí una fuerza interior, una fuerza que había visto también en la adusta cara del padre Makarios. Y esa fuerza me ayudaba a aguantar fácilmente los tormentos a los que me sometía yo mismo y los de los demás. Podía aguantar días enteros con un mendrugo de pan y un puñado de aceitunas, sin caer en la tentación de los productos lácteos que bullían en las ollas de mi madre. Podía aguantar sin rechistar la vara de sauco, sin emitir el más mínimo gemido, cosa que hacía montar en cólera a mi madre y decía que estaba endemoniado.

Había conseguido, hijo, un autocontrol inusual para un niño y mi maldad se había forjado y refinado.

Andaba siempre cabizbajo y trataba de pasar inadvertido pegado a las paredes, tal como andan los monjes, pero mi alma hervía de arrogancia.

 

Lo que me arrancó por un tiempo de mis endiabladas devociones fue el misterio del cuerpo femenino.

Tienes que saber, hijo, que yo, Kostas Venetis, no solo sentí disgusto hacia la mujer.

Dios quiso que no me emparejase con ninguna mujer y que viviera según las leyes de los antiguos hombres de Sodoma. Incluso cuando penetré el agujero trasero de alguna mujer se puede decir que también cometí sodomía. Y por muy resabiado que me mostré en mi cariño hacia los hombres, con las mujeres era más bien blandengue.

Mucho antes de enterarme de cómo se llevaba a cabo el apareamiento entre el hombre y la mujer, observé que, al ver ciertas partes del cuerpo femenino, mi pequeña verga se hinchaba y se endurecía y que este hecho me causaba mucho placer.

Empecé a mirar con disimulo por debajo de las faldas de mi madre, y me estremecía al ver sus blancas y gordas piernas que se parecían a la masa del pastel. Cuando yacía, agotada por el ouzo, en el lecho de la alcoba, sus faldas se levantaban hasta arriba y, una vez, hasta me atreví a tocarle el muslo izquierdo que estaba demasiado destapado por encima de la rodilla.

Mis sueños estaban repletos de blancas y gordas piernas que tocaba con las palmas, examinaba con los labios y la lengua, chupaba y mordía como un perro rabioso.

Tampoco me abandonaron estos sueños cuando empecé a castigar mi cuerpo con ayunos. Me avergonzaba de esta flaqueza mía porque había oído en los sermones del padre Makarios que la mujer es una criatura débil y despreciable. Pero la tentación había calado profundamente en mis carnes y la atracción por la desnudez me venía a menudo a la mente y sentía el miembro como un clavo enrojecido.

Durante las misas en la iglesia, miraba de soslayo hacia el lugar donde estaban las mujeres, al acecho de alguna falda que se levantara por casualidad y dejara al descubierto, como en un relampagueo, un tobillo o la mitad de una pantorrilla. Y allí, en los bancos de las mujeres, una mañana descubrí a Kiva.

Kiva (también mi madre se llamaba así) era una muchacha de unos trece años que cuidaba las ovejas de Kir Apostolis (un campesino rico y rechoncho como un cerdo y muy tacaño que, además, era mi padrino). Por debajo del vestido negro y áspero como de monja, se podían intuir unas tetas duras y fuertescaderas. Era alta, mucho más que las otras muchachas de su edad, y andaba con la cabeza erguida, como una criatura predestinada a mandar. Sus mejillas, igual que las de Iannis, tenían el color de un pétalo de rosa. Mi mirada la devoraba con avidez e intentaba colarse por debajo de su vestimenta de iglesia. Vi en mi imaginación sus pantorrillas duras y redondas, y mi verga empezó a menearse y a endurecerse.

Desde entonces y durante mucho tiempo el imponente cuerpo de Kiva invadió todos mis sueños de niño. Soñaba que le enjabonaba las piernas de arriba abajo con el perfumado jabón de mi madre, traído desde la ciudad por mi padre y que se utilizaba solo en ciertos días festivos. Luego lamía la plateada espuma que le cubría las pantorrillas, que era dulce como el azúcar y olía a lilo, mientras las manos de Kiva se colaban en mi bragueta e inspeccionaban mi miembro. Preso del trastorno, levantaba sus faldas más arriba aún, hasta enseñar su liso vientre. Mis dedos buscaban trémulos el agujero que sabía que tenían las mujeres entre las piernas.

Me despertaba, después de sueños así, agotado y empapado en sudor, con los labios agrietados por el sofoco. Las imágenes del sueño se quedaban por mucho tiempo clavadas en el fondo de mis ojos, torturando mi imaginación. Me iba a tientas al vestíbulo y me lavaba con agua fría la cara roja como el fuego. Imploraba en voz alta a Dios que alejara de mí la tentación del cuerpo de la mujer. Pero también estaba orgulloso de mí, Alemana, y me comparaba para mis adentros con los santos sometidos a la tentación carnal, de los que tenía conocimiento por los sermones del padre Makarios. Las pruebas por las que pasaba me parecían señales de Dios y me decía a mí mismo que tenía que vencer la carne a toda costa.

Me ensañaba con mi cuerpo, al que consideré no haber hecho sufrir bastante. Entonces empecé a flagelarme.

Mi padre tenía un cinturón gordo de piel, con remaches grandes de cobre, que un día conseguí esconder y con el cual, furtivamente, comencé a fustigarme el pecho, los brazos y las piernas hasta hacerme sangre. El dolor despertaba en mí algo parecido a una borrachera. Esperaba impaciente para ver brotar la sangre de las heridas que me provocaba y, al verla, sentía un deleite endiablado y azotaba mis miembros con más crueldad todavía. Algunas veces perdía el conocimiento y yacía la mitad de la noche en un charco de sangre.

Así me encontró mi padre una mañana y difundió por todo el pueblo la historia de los suplicios a los que sometía mis carnes. Desde entonces nadie dudaba de que fuera un elegido de Dios. Cuando me dejaba ver por las calles del pueblo con mis andares de monje arrepentido y con los ojos dirigidos con hipocresía al suelo, las mujeres me lanzaban lánguidas y misericordiosas miradas y los hombres me observaban con ojos como platos, como si fuese un extraño. A veces alguna mujer más atrevida me acariciaba la cara o me cogía el mentón con dos dedos, y entonces mi verga despertaba, porque las flagelaciones no habían apaciguado para nada mis desaforados arrebatos.

Durante mis desmayos nocturnos, el olor a sangre se entremezclaba con la visión de las fuertes piernas de Kiva.

Luchaba contra la tentación de la carne pero no podía reprimirla, aunque había llegado a ser solamente piel y hueso y mi piel llevaba las huellas ensangrentadas de los remaches de cobre.

Luego, un día, el padre Makarios me llamó a su celda y me echó un buen rapapolvo, tras lo cual me ordenó poner fin a las pruebas a las que sometía mi cuerpo. Parecía que su mirada me atravesaba la piel y escudriñaba hasta el fondo de mis entrañas. Sus reprimendas me mortificaban porque me daba cuenta de que el padre conocía muy bien lo que se escondía bajo mi barniz de piedad. Bajé la mirada y eché a correr, lo más rápido que pude, con las mejillas encendidas por la vergüenza.

En aquel instante odié a muerte al padre Makarios, hijo, y al llegar a casa tiré a la letrina el cinturón de piel de mi padre.

Hoy comprendo que mi temprana inclinación hacia el desenfreno era un designio de Dios.

Dicen los monjes que el hombre, en su vida en la tierra, puede cometer doscientos cuarenta pecados y que puede tener cuatro destinos: la muerte, el juicio, el paraíso y el infierno. Pero, por muy débil que sea, ninguna criatura humana puede enfangarse en toda la multitud de pecados. Algunos nacen con inclinación hacia la ira, otros hacia la lujuria. Existen mezquinos y despilfarradores, hombres rencorosos y hombres gandules, hombres altaneros y hombres ávidos, ladrones y matones, borrachos y mujeriegos... Cada uno al nacer tiene más propensión hacia un cierto pecado y solamente Dios sabe por qué ocurre así. Y cuando nos tuerce no lo hace por igual, nos carga con distintos tipos de imperfecciones, aunque algunos estén más torcidos que otros.

A mí, Kostas Venetis, me ha hecho más torcido que a ti, Alemana, pero no soy culpable de mi naturaleza porque nací con ella, así como otros nacen ciegos, mudos o tullidos, por la misma voluntad de Dios.

Hoy me considero igual que un ciego de nacimiento y, si el ciego no es culpable de su ceguera, tampoco Kostas Venetis es culpable de su falta de amor y de humildad.

Porque has de saber, hijo, que la inclinación hacia el desenfreno demuestra la imposibilidad de amar. La lujuria se cura por medio del amor y el amor puede ser superado a través del libertinaje.

Yo, Kostas Venetis, no disfruté del amor de nadie y nadie gozó de mi amor porque así lo quiso Dios.

 

Échame un trago más de vino, que noto que las fuerzas me flaquean y siento que la sangre se me pone espesa y se enfría. Si me miras las uñas, te darás cuenta de que se han vuelto moradas, en señal de que la hora de nuestra despedida está muy cerca. Pero no me quiero ir de aquí sin antes contarte lo que tengo que contarte y dejarte una migaja de sabiduría.

Kostas bebió pausadamente y con avidez, y luego siguió con el relato:

Mi padre conoció a mi madre en casa de Kir Apostolis, adonde había llegado como una niña abandonada.

Criada por la compasión de la dueña de la casa, mujer buena y piadosa, de la que hasta las lenguas más viperinas de las ancianas hablaban siempre bien, llegó a ser con el tiempo la patrona de las criadas y de los mozos, que temían más su deslenguada boca que la vara de Kir Apostolis.

También se rumoreaba que antes de llegar al aposento del dueño, sensible a sus redondas pantorrillas y a sus robustos pechos, la arpía de mi madre (¡maldita sea su tumba!) se había revolcado con más de la mitad de los zagales de nuestro pueblo, incluso con niños, a los que enseñaba todo tipo de fechorías, puesto que era una mujerzuela sin temor de Dios.

Cuando mi padre se hizo cargo de la herencia, un olivar y una bonita casa de piedra, mi madre había cumplido los treinta y había llegado a ser la mano derecha de Kir Apostolis. Entonces presumía mucho, llevaba ropa de ciudad y cuando pasaba de punta en blanco por la calle mayor del pueblo, los hombres se quitaban el sombrero al verla como si de una ricachona en toda regla se tratara.

No sé con qué encantos engatusó al torpe de mi padre, pero sé que tenía embrujos a raudales y, si hubiera querido, podía haber desquiciado hasta al mismísimo Makarios, respetado por su santidad a lo largo y ancho de la comarca.

Lo cierto es que mi padre comenzó a hacer negocios con Kir Apostolis —el hombre más rico de los aledaños—, que al parecer se había cansado de mi madre y deseaba verla instalada en su casa, quizás también a insistencia de la Dueña, o quizás solo porque había puesto la mirada en otra más joven. Le prometió buena dote, cincuenta ovejas, y mi padre —a decir verdad, un poco tacaño— se dio prisa en cerrar el trato con el rico gordinflón, el muy pánfilo, y se apresuró a desempeñar el papel de yerno sin preocuparse por cómo se llevaría con la pécora de mi madre, acostumbrada a la buena vida en casa de Kir Apostolis.

Que ese trato no fue del gusto de mi madre lo adiviné pronto. A menudo, después de tomarse el vasito de ouzo, la escuchaba maldiciendo a Kir Apostolis, cuyo patio nunca jamás pisó desde entonces, aunque mi padre (en su estupidez con voz de pito) lo consideraba el benefactor de la familia.

Llegué a creer, hijo, que tanto el matrimonio de mis padres como mi nacimiento fueron desde el principio maldecidos por Dios.

En el sacramento del Bautismo que había recibido de las manos del padre Makarios, Kir Apostolis tuvo la bondad de rezar el Credo en mi nombre. Era el padrino idóneo para mí, yo, al que Dios hizo de naturaleza pecaminosa y quiso que engordara las filas de las almas malditas que pueden confesar lo bueno solamente obrando mal.

Nunca fue de mi agrado y —una vez al año, el día de mi santo, cuando mi padre me llevaba a casa de Kir Apostolis para besar la mano de nuestro benefactor, que me tiraba con desprecio una moneda de plata— maldecía para mis adentros la hora en que nací y la de mi bautismo.

 

Kostas respiraba con dificultad.

Parecía que el relato lo había agotado sobremanera, pero seguía con la historia, intentando resistir a más no poder la flaqueza que lo invadía:

Nunca en mi vida, hijo, vi una cara tan asquerosa como la de Kir Apostolis.

Tenía unos ojos grandes y astutos, de color avellana, incrustados en el fondo de una capa de grasa, una nariz aguileña, con las fosas nasales hinchadas de las que salían gruesos pelos, las mejillas infladas como gaitas, salpicadas por un montón de granitos, y una boca grande y glotona que dejaba al descubierto unas encías donde le crecían dientes de jabalí.

Las cercas más altas del pueblo eran las de Kir Apostolis.

Su casa estaba repleta de mullidos sofás, donde holgazaneaba días enteros ataviado con largas camisas de seda mientras alguna de las muchachas que le servían le frotaba ligeramente las enormes plantas de los pies. Así nos recibía siempre el día de mi santo, cuando se molestaba en escuchar, con una mueca de asco, las melosas palabras de gratitud que mi padre se veía obligado a pronunciar mientras besaba sus gordas manos cargadas de valiosísimos anillos.

Puede que a Kir Apostolis le gustasen en demasía los adornos femeninos, porque llevaba todo tipo de colgantes y pulseras que nunca honran a un hombre y de sus caídas orejas colgaban un par de enormes pendientes de oro con piedras de cornalina.

Cuando me llegaba el turno de besarle la mano, empujado por la espalda por el titubeante brazo de mi padre, el dulce tufo de los perfumes de la ciudad, que se entremezclaba con el rancio hedor de cabra, me llevaba hasta el borde del desmayo.

El amo nunca me dirigía la palabra, pero le tiraba de la lengua a mi padre sobre mi educación, recordándole que el padre que reprime su garrote no quiere a su prole. Y cuando se enteró de que podría tener el don de santidad (esto ocurrió cuando los ayunos con pan y agua y las flagelaciones) me miró como si fuera una aparición, me dio unos capirotazos y balbuceó que tal vez debería estudiar.

Se me helaba la sangre al pensar que tendría que ir a la ciudad, donde el turco había permitido que hubiera una escuela griega.

Kir Apostolis mandó traer un abultado joyero, del que sacó algo de calderilla tintineante con una mano mientras decía a mi padre que él se haría cargo de los gastos de mis estudios.

No sabía que fuera tan espléndido el gorrino de Kir Apostolis.

Puse el grito en el cielo, clamando que no me hacía falta ni escuela ni enseñanza, pero mi padre se mostró implacable. Por nada del mundo se saltaría a la torera ni las palabras ni las órdenes del amo.

 

No tuve la suerte de quedarme mucho tiempo en la escuela de Salónica, donde, durante unas semanas, fui el cabecilla de todas las travesuras.

El maestro, un carcamal desdentado y calvo que apestaba a orujo y a vejez, empezó a temerme. Me había despojado del barniz de humildad y, como mal vástago que era, no paraba de hacer disparates.

Pensaba que mi padre me había abandonado y me afanaba ahora en desprestigiar su nombre con todas mis fuerzas.

Había encontrado un alojamiento barato, en una casa llena de gatos escuchimizados de una vieja escuálida a quien tenía que servir.

Me abandonó también Dios, así que maldije su nombre.

No aprendí apenas porque nuestro maestro había caído tanto en el pecado de la bebida que no era capaz de enseñar nada. Nunca empezaba la clase sin una botella de orujo junto a sus piernas, y después de unos tragos los ojos se le enturbiaban y equivocaba las letras. Por otro lado, tenía un carácter tranquilo, no nos castigaba jamás y nos dejaba correr lo que nos diera la gana por el patio polvoriento de la escuela, incluso por las calles aledañas.

Así empecé a perderme por los arrabales de Salónica y a entablar amistad con todo tipo de maleantes. Conocí a los mendigos de las iglesias, me fijé en los trucos de los timadores, miraba de reojo el arte de los ladrones, que eran capaces hasta de robar el polluelo a una gallina de debajo del ala. Y todo eso hizo las veces de la gramática y de la aritmética. Porque has de saberlo, hijo: los griegos son maestros en trampas y engaños, y si llegué a mostrar habilidad en la profesión de mago, es gracias a mi sangre griega, que heredé de mis padres, al igual que sus pecaminosas naturalezas.

No podía existir mejor escuela para alguien como yo que las madrigueras de los ladrones, donde me colaba tímidamente en un intento de adquirir más conocimientos. Y lo conseguía con facilidad, porque tenía la mente ágil y los dedos habilidosos, y con el tiempo llegué a manejar los dados igual que un tramposo experimentado, para el asombro de mis maestros de virtud, que predecían para mí gran dote de dinero y soga de esparto al final.

Iba a la escuela solamente para probar la destreza de mis manos. Robaba como una urraca: los trozos de cecina de las bolsas de mis compañeros de clase desaparecían sin dejar rastro, igual que las monedas del chaleco de piel del maestro, donde había llegado a rebuscar como si practicara desde siempre el arte de los mangantes. Todos lo suponían, pero nadie se atrevía a acusarme abiertamente después de que mis puños hubieran destrozado algunas inocentes caritas.

La única a la que no podía robar nada era la vieja casera, porque era pobre de solemnidad.

Había atado todos mis ahorros en un pañuelo y gastaba con mucha tacañería. Después de mi fervor de santidad, ahora sufría de un fervor de avaricia, y en cuanto a la honradez, me importaba un pepino.

Empecé a mendigar para aumentar mi puñado de monedas. Todavía no me atrevía a meter la mano en las abultadas bolsas de los comerciantes, que me seducían mucho más que las pantorrillas de mi madre. Y el dinero se acumulaba con dificultad porque el griego es por naturaleza agarrado y muy apegado a cada moneda.

Algunas veces, los hombres de la jefatura de Salónica me echaban de los lugares donde mendigaba con una patada en el culo.

Mi único amigo era uno de los mininos de la casera: un gato amarillo y esmirriado que por la noche se hacía un ovillo a mis pies.

Creo que también Mamulos —un imponente mendigo del que se rumoreaba que había saqueado en su juventud todo el mar Egeo y que la jefatura de Estambul había puesto a su pelada calavera el precio de mil libras turcas— me tenía algo de cariño.

Ahora mataba el tiempo en el vestíbulo de Hagi Dimitrios, la iglesia más bonita de nuestra Salónica, repleta de preciosos templos, donde su pata de madera tenía mucho éxito entre los mendigos que lo eligieron como jefe.

Mamulos me inició en el oficio de la mendicidad. De él aprendí cómo torcerme las manos y las piernas, cómo poner los ojos en blanco y hacer espuma en la boca con un trozo de jabón para parecer enfermo de epilepsia.

Él me enseñó también algunos trucos más fáciles que me ayudaron a aumentar mi colección de monedas.

Me pidió unas cuantas veces que le resucitara el imposibilitado miembro y al tocarle la verga, que se resistía, sentí de nuevo los escalofríos de la lujuria. Lo ayudaba a vaciarse entre los espinosos arbustos de la periferia de Salónica y por ello fui recompensado con la historia de sus aventuras de mujeriego: Mamulos se vanagloriaba de haberse follado, por todo el Mediterráneo, desde inmaduras niñas hasta vetustas octogenarias.

Hasta presumía de que, una vez, después de haberse tomado varios botijos de fuerte ouzo, había soltado su semen en el agujero de una mona. Estuvo a punto de ser capado por el dueño del animal, un gran ladrón de Argel, y se libró al ofrecerle su ojete trasero.

Por Mamulos me enteré de las costumbres de los viejos de Sodoma, cuyos defectos había heredado.

Nunca le dejé que me magreara porque la boca le apestaba más que una letrina. Y cuando me ordenó chupársela, lo abandoné para siempre.

En uno de los terrenos baldíos de las afueras de Salónica se levantaba la horca de la ciudad.

Una de mis diversiones era mirar de hito en hito las ejecuciones. Mamulos me había hablado de la última alegría del ahorcado y mis ojos, que gustaban de ver todo lo feo y lo deformado, no despegaban la mirada de aquellas braguetas intentando ver la mancha de esperma.

Cuando el condenado empezaba a agitarse en el aire, rompía en una maliciosa risa mientras me imaginaba en la soga de la horca la enorme panza de Kir Apostolis y le deseaba para mis adentros que tuviera un placentero orgasmo.

Mi corazón de piedra (aunque todavía era un cachorro) encontraba placer solamente en diabluras.

Una noche intenté ahorcar a uno de los gatos de la casera y me llenó la cara de arañazos.

En este estado me encontró mi padre, a quien el maestro había informado sobre mis devaneos sin ponerme sobre aviso. No me dio tiempo ni de recoger mi pequeño tesoro acumulado de robos y mendicidad, así que la anciana lo heredó y yo acabé para siempre con los estudios y con la estancia en Salónica.

 

Mi padre trabajaba su olivar con la ayuda de un mozo de campo llamado Vanghelis. Este tenía la piel negruzca, un gran bigote de hombre valiente y ojos risueños. Llevaba poco tiempo en nuestra casa. Llegó al enterarse de que mi padre necesitaba un mozo y cerraron el trato enseguida, y mi padre no se mostró tacaño con el sueldo porque le gustó la mirada torva de Vanghelis y apreció su fuerte musculatura, que se adivinaba por debajo de la camisa de cáñamo.

Vanghelis vivía en un chamizo en un extremo del olivar atiborrado de jaulas en cuyo interior volaba una multitud de pájaros: estorninos, carboneros, pinzones, jilgueros amarillos, alondras y ruiseñores que el mozo de mi padre llegó a atrapar con la ayuda de unas inteligentes trampas cuyo arte solo conocía él. Imitaba muy bien sus cantos y sus trinos, y antes de caer en la enfermedad de la piedad, uno de mis pocos placeres era escuchar a Van-ghelis gorjear junto a sus aves voladoras, igual que un pajarraco negro con la cara arrugada siempre por una sonrisa.

Hacia el anochecer, cuando Vanghelis acababa sus tareas, los chavales se reunían, con el permiso de mi padre, bajo nuestros viejos olivos. Sentado en el umbral de su chamizo de madera, el mozo de piel morena fingía no vernos y cortaba lentamente un trozo de queso de oveja y sorbía de vez en cuando del botijo un trago de orujo. Pasaba mucho tiempo hasta que, por fin, Vanghelis se levantaba, sacudía las migas de sus pantalones y nos enseñaba sus blancos y fuertes dientes parecidos a los de un animal salvaje. Sin prisa traía después las jaulas de alambre y las apilaba en la terraza de barro al tiempo que nos dirigía un amistoso guiño.

Era un actor nato y posiblemente podría haber ganado mucho dinero en las ferias italianas, mucho más de lo que tú y yo hemos juntado últimamente.

Unos agudos silbidos señalaban el comienzo de la representación. Se escuchaba primero el canto del carbonero, luego el del jilguero y el sonido de los pinzones que Vanghelis conseguía armonizar como los instrumentos de una orquesta, silbando una vez fuerte, otra vez más bajo, cambiando de tonalidad y pasando de un timbre a otro.

Los trinos de la alondra se escuchaban hacia el final, claros, mezclados con los silbidos llenos de dulzura de Vanghelis en una sublime armonía.

Y no puedo ocultarte que mientras los chicos aplaudían hechizados al mozo de mi padre, sobre mi rostro se deslizaban amargas lágrimas de odio, porque por aquel entonces aborrecía a todo ser que demostrara poseer algún extraño poder.

Alguna vez, cuando mi padre estaba fuera, mi madre invitaba a la cocina a Vanghelis y en la mesa aparecían chuletas doradas y la jarra de ouzo.

Vanghelis disfrutaba en silencio y, de vez en cuando, restregaba sus dedos sucios de sebo por sus oscuros mechones.

Yo los miraba con malos ojos desde un rincón de la cocina.

Los dos trasegaban con ahínco vaciando sus vasos de una tacada. Luego, a un ademán mi madre, Vanghelis sacaba la armónica de su bolsillo. Siempre empezaba con canciones tristes, que hacían que ella se derrumbara con la frente sobre el borde de la mesa y conseguían sacar largos suspiros del fondo de su garganta. Otras veces veía como sus hombros grandes y huesudos se movían debajo de la camisa, mientras la armónica de Van-ghelis soltaba una especie de llanto ahogado que te estremecía la columna vertebral.

A menudo, la voz ronca de mi madre acompañaba el canto de la armónica. Eran canciones que hablaban de cementerios llenos de cipreses, de tumbas abandonadas, de marineros ahogados y de chicas ataviadas de negro que esperaban en balde la llegada de los navíos en los muelles del Pireo.

De vez en cuando mi madre paraba de cantar, vaciaba su vasito de ouzo y me dirigía una mirada llena de odio.

Cuando veía a mi madre vencida por el sopor, Vanghelis templaba su armónica, arrugaba la frente y miraba perplejo al vacío. Luego, de repente, tocaba una canción de baile y su pie descalzo empezaba a golpear el suelo de barro de la cocina.

Mi madre escuchaba un rato en silencio, luego se levantaba de la silla y se acercaba a Vanghelis con movimientos de lunática. Sus dedos sujetaban el pañuelo rojo del cuello del mozo y empezaban a desatarlo. Agitaba unas cuantas veces el pañuelo por el aire y luego lo cogía de los dos extremos, con ambas manos, como si estuviera abrazando los hombros de un varón.

Vanghelis la miraba con picardía y debajo de su poblado bigote mostraba dos hileras de dientes blancos.

De repente, las piernas de mi madre empezaban a brincar al son del canto de la armónica. Después, con la cabeza inclinada hacia atrás, soltaba un agudo chillido que me helaba la sangre.

Vanghelis respondía con otro chillido prolongado. Y, como un resorte, mi madre empezaba a bailar sujetando el pañuelo rojo de Vanghelis y, de vez en cuando, gritaba como si la hubiera picado un tábano. Su enorme cuerpo saltaba de una pierna a otra y se retorcía torpemente haciendo resonar la vajilla y los vasos sobre la mesa, se le subían las faldas, que dejaban al descubierto sus blancas piernas, y la cara se le cubría de gotas de sudor.

Yo le miraba las piernas mientras me apretaba las mejillas y alguna vez me mordía la lengua hasta hacerme sangre.

En mis fervorosos sueños de aquellos tiempos, las piernas de mi madre y las de Kiva se entremezclaban y se confundían. Noche tras noche, soñaba con piernas sin tronco que aparecían de repente tras una cortina o entre las ramas de una mata, encorvándose hacia mí y provocándome con descaro.

Después de haber dejado de flagelarme y de haber puesto fin a mis ayunos de pan y agua, estos sueños me invadieron con más crueldad aún.

Muchas veces pensé confesarme al padre Makarios, pero la vergüenza me ataba la lengua.

Los lugareños empezaron a chismorrear sobre mi mirada perdida, que asustaba a las mujeres. Me esquivaban desde lejos y se extendió el rumor de que estaba poseído por el diablo; llegué a alejarme hasta de mi padre, que me miraba despechado y balbuceaba que lo había defraudado.

Ni las oraciones de San Basilio el Grande, leídas por el padre Makarios a petición de mi padre, sirvieron de nada. Entonces el cura le aconsejó llevarme donde los viejos de Athos, así que, bajo la mirada irónica de mi madre, que parecía haber adivinado la causa de mis trastornos, empezamos a preparar el viaje.