La vida invita - Federico Arlla - E-Book

La vida invita E-Book

Federico Arlla

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Beschreibung

¿Alguna vez te pusiste a pensar en la influencia que tiene cada mínimo detalle en tu vida? ¿Qué hubiera pasado si ese día te hubieses quedado en tu casa? ¿Y si no hubieses saludado a esa persona? ¿Si no hubieses aceptado esa invitación? Muchas veces la rutina nos encierra en un camino del que no somos conscientes, hasta que de repente algo o alguien llega y nos rompe el molde. A partir de ahí, lo que llamamos ¨vivir¨ puede cambiar de significado unos 360º, llevándonos a descubrir una nueva realidad, o incluso descubrir un nuevo yo. A partir de ahí, tantas preguntas nos invaden: ¿Qué hice hasta ahora? ¿Estoy donde quiero? ¿Di lo mejor? ¿Qué pasa si doy un volantazo? El protagonista de esta novela experimenta todas estas dudas sin encontrar respuestas. Una vez que sale a buscarlas, la vida misma le presenta distintos caminos y oportunidades, invitándolo a decidir; pero, sobre todo, a vivir el trayecto hasta encontrar el sentido.

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Arlla, Federico

La vida invita : nuestra deuda personal / Federico Arlla. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

210 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-720-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Arlla, Federico

© 2021. Tinta Libre Ediciones

La vida invita

Capítulo 1

11 abril de 1993

“Damas y caballeros, VARIG AIRLINES les da la bienvenida al Aeropuerto Internacional Galeão, en la Ciudad de Río de Janeiro, Brasil. Son las 15.35, hora local, y la temperatura es de aproximadamente 24° C. Por favor permanezcan en sus asientos con los cinturones de seguridad abrochados hasta que el avión se haya detenido por completo y el capitán haya apagado la señal de los cinturones. Les solicitamos sumo cuidado al retirar el equipaje de los compartimientos superiores, ya que estos pueden haber sido desplazados a lo largo del viaje o durante el aterrizaje. Nuevamente, damas y caballeros, de parte de toda la tripulación a bordo, queremos darles las gracias por haber escogido VARIG AIRLINES. Ha sido un placer acompañarlos hasta Río de Janeiro y esperamos volver a verlos pronto.

Ladies and gentlemen, VARIG AIRLINES…”.

Y yo espero no volver a verlos nunca más. No es nada personal con la tripulación, que bastante me tuvieron que aguantar durante las tres horas y cincuenta minutos que tardó el vuelo desde Buenos Aires. Mucho menos con la joven azafata que tuvo la paciencia de un monje conmigo. No debe haber cumplido ni 22 años y yo en menos de cuatro horas la envejecí otros tantos con mis mareos, mis reclamos por el dolor de oídos y por el rechazo de los tres platos de comida que me hice preparar especialmente, los cuales apenas degusté argumentando que estaban muy fríos o muy salados, como fue el caso de la ensalada César. Realmente ni siquiera probé los platos, pero mi mal humor y mi miedo al advertir que me encontraba encerrado en una cabina a miles de metros de la tierra, me hacían sentir mareos por tan solo olfatear la comida, seguramente recalentada.

Dormir tampoco fue una opción. ¿Cómo puede una madre ser tan desconsiderada con el resto de los pasajeros y dejar que su hijo llore durante todo el vuelo, por no querer darle con el gusto de permitirle comer un dulce? O tal vez era una hija, no sé. Con ese llanto hasta dudaría si no era una gata en celo. En fin. Llegamos vivos, que no es poco.

Ni bien logro recoger mi equipaje, me dirijo a la central de taxis que se encuentra en el mismo aeropuerto. Espero que pedir uno no me sea muy complicado. Realmente no sé hablar bien el portugués. Directamente no lo hablo. Casi ni recuerdo una palabra. Hace dieciséis años que no vengo a Brasil, cuando papá y mamá eligieron venir a veranear a Maceió. Tengo muy vagos recuerdos. Una pelota de fútbol que me compró mi papá para que dejara de molestarlo con la arena y lo dejara tomar caipiroska tranquilo.

También recuerdo a Luiz, un amigo brasileño que me hice jugando con esa pelota. Luiz jugaba realmente bien al fútbol en la playa, como todo brasileño. Aunque con sus quince años, contra mis diez, tenía bastante ventaja. Recuerdo que los dos nos íbamos a pedir helados al quiosco que estaba al lado de la entrada del condominio donde paraba mi familia cuando el sol empezaba a bajar, y nos quedábamos hasta la hora de la cena jugando a mantener la pelota en la cabeza. Gracias a esos días aprendí cómo se pide un helado… sorvete. Pero no aprendí a pedir un taxi. Quizás se dice igual que en Argentina. De todos modos, seguro están acostumbrado a recibir turistas de mi país y me entenderán.

Me acerco a una oficina que tiene un auto amarillo y negro dibujado en su letrero y me dirijo a un hombre que está parado del lado de afuera de la ventanilla de atención. Está vestido de traje y tiene unos zapatos charolados. Además, tiene un pin con el mismo logo del cartel, por lo que intuyo que es empleado de esa empresa.

—Un taxi por favor —digo en voz baja y simulando que busco algo en mi billetera para evitar ponerme más nervioso al generar un contacto visual con el señor que me atiende.

—Sí, por supuesto, por favor sígame—. Al fin de cuentas habla bastante bien el español, y es él mismo quien será mi chofer—. Mi nombre es Luan.

Es un hombre muy alto y moreno. Tiene los ojos saltones, de esos que parecen que te están por caer encima cuando te miran. Me da un poco de miedo. Me dijeron que Río de Janeiro no es una ciudad muy segura, y que los argentinos no son los extranjeros más queridos justamente, pero estaba de traje, en una central supuestamente habilitada, en un aeropuerto de los más importantes de Sudamérica. Intuyo que un delincuente o un secuestrador no sería tan descuidado de armar un plan de captura donde hay muchos policías y testigos, o cámaras que me graben en el momento de pedir el servicio. Igualmente, tampoco conozco a otras personas acá, así que no me queda más remedio que dejar de lado la paranoia y empezar a confiar en mi suerte y en mi chofer. Lo sigo hasta su automóvil. Un Ford Escort en muy buen estado.

—¿Rua? —me pregunta Luan.

—¿Perdón?

—Disculpe —me dice, mientras me mira por el retrovisor y se ríe parsimoniosamente—. Quise decir, ¿calle?, ¿dirección? — me aclara y ahora sí comprendo.

—Ah. Sí. Barata Ribeiro 222. Hotel Copacabana Suites —respondo, también riendo mientras leo la tarjeta del hotel.

Llego al hotel. Pago el taxi y bajo con mis valijas. Por suerte el recepcionista habla bien el español, acostumbrado a recibir gente del resto de Sudamérica. Me recibe muy amablemente y me acompaña hasta la habitación. Me dieron la 505. Balcón al patio, con una vista peor que la de mi casa. Está bien, ahora no es lo más importante. Mientras cuente con una cama para descansar cómodamente sin los llantos del nene (o nena) del avión, un inodoro y una ducha, me conformo.

12 de abril

Me despierto temprano, como es costumbre. A las ocho de la mañana suena mi despertador, calculando que tardo unos cincuenta minutos aproximadamente en despabilarme, darme una ducha de agua tibia, afeitarme, y cambiarme. El desayuno es hasta las diez, así que con bajar a las nueve tengo tiempo de sobra. Me demoro unos minutos más de lo previsto porque me corté mientras me afeitaba, por lo que tuve que buscar en mi botiquín el alcohol y algodón. ¡Cómo arde esto, mierda! Que gran forma de empezar el día. Para variar.

Bajo al desayunador y veo que están levantando todo. Las sandías cortadas en triangulitos, los mini potecitos de mermelada y de manteca, las tostadas, los termos de leche y de café, y las jarras de jugos y yogur. Todo.

—Espere. ¿El desayuno no es hasta las diez de la mañana?

—Claro, señor. Son las diez de la mañana

—Debe tener adelantado su reloj. Son las 09:05 exactamente.

—Perdone. Pero el reloj atrasado debe ser el suyo. Son las 10:05.

Como para seguir esta hermosa mañana. Ahora estoy con la cara cortada y sin desayunar. ¿No podía alguien avisarme que en Brasil el horario está adelantado en una hora con respecto a Argentina?

15 de abril

Falta menos de una semana para el día del referéndum constitucional. Todavía no conozco la playa de Copacabana, no probé ni una sola caipiriña, no conozco un solo bar de Río y, aun así, no llego con el trabajo. ¿Quién me mandó a estudiar periodismo? Sí, ya sé. Yo mismo. Mi papá quería que siguiera la tradición familiar y estudiara derecho. Quería tener otro abogado en la familia. “El Doctor Leonardo Russo, ese es mi hijo”, era lo que siempre soñaba decirle a la barra de amigos en la confitería. Mi mamá, en cambio, quería que estudiara ingeniería industrial, porque decía que era la carrera del futuro y que iba a tener amplia salida laboral.

Un día tuve una fuerte discusión con mi papá. Mi viejo es hijo de italianos, y su carácter es el típico de un tano. La pelea se tornó bastante fuerte entonces, aunque ni me acuerdo el motivo. Creo que era porque no me dejaba salir con mis amigos a un bolichito nuevo que había cerca de Barrio Tolosa. No sé bien. Pero ese día tenía tanta bronca que me juré no seguirle los pasos. Qué boludo, y qué exagerado que fui. Pero bueno, a los diecisiete años creés que sos un rebelde que se las sabe todas y puede todo solo. Que se lleva el mundo por delante. Enfrentar a mi papá fue un error, pero a veces juraría que fue el error más positivo de mi vida.

Igual ya está. Estoy acá y todavía me falta redactar tres columnas para mañana. Hoy me desvelo.

16 de abril

Anoche terminé tarde. Hoy me volví a perder el desayuno. Igual me desperté casi para el almuerzo, así que me fui directo a un buffet de comida libre que hay a dos cuadras del hotel. Siempre pasaba y el olor me empujaba para que entre y me instale todo el día comiendo rabas y camarones fritos, pero no me daba el tiempo. Hoy es el día justo. No desayuné y tengo una entrevista con un diario local recién a las seis de la tarde, así que entré.

Hice valer los veintitrés reales que salía el tenedor libre. Comí más bichos de mar de los que un pesquero puede juntar en una mañana. La cama me está esperando para una siesta, y no la quiero hacer esperar.

Ya descansado, llamo a Luan para que pase a buscarme y me lleve a las oficinas del diario. Ya lo llamé unas tres veces desde que me trajo del aeropuerto. No sé si lo llamo a él porque ya le tengo confianza o porque de alguna forma me hace sentir que tengo un amigo acá. Conocer a una persona en este país, para un tipo como yo, seco y complicado para socializar, es suficiente para llamarlo “amigo”.

Mientras voy en el Ford Escort de Luan voy mirando la ciudad por la ventanilla. No me imaginaba cómo podía llegar a ser Río. La Plata es una ciudad grande, pero esto es mucho más imponente. Lógicamente, el movimiento de autos y personas también es mucho mayor, como era de esperar en una de las ciudades más importantes de Latinoamérica y una de las capitales de la fiesta en el mundo entero.

Me estresaría vivir acá, con tantas personas, con tanto ruido, tanta samba, tanto carnaval. Sueno un tanto amargado. Debería estar entusiasmado por tener la posibilidad de visitar Río de Janeiro, como un niño que visita Disney, pero es que no puedo ver a ningún Mickey en los morochos que tocan sus tambores y panderetas en plena calle a las cinco de la tarde, ni en las garotas que mueven sus enormes colas al compás de la música. Más bien veo mi maletín con los informes que tengo que preparar para el diario, repaso los días y horarios de entrevistas que quedan en mi agenda y empiezo a fastidiarme con pensar que voy a tener que hablar lentamente y repetir cada oración unas tres o cuatro veces para que me entiendan los periodistas brasileños. Qué estrés.

17 de abril

Trabajé durante toda la mañana y la tarde. Me informaron que se canceló la reunión de mañana por la mañana con un compañero que viene desde Argentina. Su vuelo se atrasó así que hay que reprogramarla para más tarde.

Está cayendo la noche y salgo al balcón. Aunque no tenga vista al mar, un poco de aire me va a hacer bien, y más si lo acompaño con una cerveza bien fría que tengo en el mini bar de la habitación. Todavía se hace desear la caipiriña. Empiezo a escuchar samba brasileña en las calles, mucha gente riendo y cantando. No sé si es eso. No sé si es el clima tropical de Río de Janeiro, con ese olor a sal marina y humedad tan especial. O tal vez sea que es sábado. Quizás sea la cerveza que me está pegando un poquito. ¡Qué poco aguante el mío! Una sola lata de alcohol es suficiente para emborracharme. En fin, sea cual sea la razón, o sean todas juntas, pero siento ganas de salir. Raro en mí. Rarísimo. Pero el cuerpo pide y mañana puedo dormir hasta más tarde de lo que creía.

Me doy una ducha, me perfumo, me pongo una linda chomba rosada que guardaba para estrenar en una situación como ésta, y salgo por ahí.

Después de caminar unos veinticinco minutos en línea recta encuentro un barcito. Está lindo. Nada muy grande. Además, la música no está muy fuerte y no voy a andar con el sonido de un timbre intermitente en mis oídos mañana cuando me levante. Mucha onda bohemia, que me gusta, aunque no sea mi onda. Bah, en realidad, ninguna es mi onda. O sí, pero sería más bien la de un poco de música tranquila, un libro y un sillón. Igual, por hoy puedo hacer un sacrificio y adaptarme.

Entro y me siento en una mesita que da a la vereda, así puedo ver la gente que pasa. Me gusta la sensación de ver cientos de personas pasar cerca de mí y ser un completo desconocido. Me motiva poder evitar el esfuerzo de sacar una sonrisa fingida desde lo más profundo de mi rostro para cumplir con el formalismo típico de la sociedad y saludar a vecinos, colegas o excompañeros de la secundaria.

Se acerca el mozo y me quiere dejar una carta para que lea los tragos y bebidas disponibles. No hace falta. Hace días sé lo que voy a pedir en un momento como este.

—Una caipiriña, por favor —le digo mientras le devuelvo la carta sin siquiera abrirla.

—Una caipiriña —afirma el mozo y asiente con la cabeza.

Después de todo, no está tan mal este trabajo. Viajo mucho, y eso es lo que siempre quise. Aunque no es lo mismo viajar por vacaciones que por trabajo. Mi exnovia me decía que vivía mucho tiempo amargado. Que incluso los domingos los pasaba estresado por lo que iba a tener que hacer al día siguiente. También me decía que nunca sonreía y que, cuando sonreía, no se me veían los dientes, lo que mostraba que en realidad no estaba tan contento. Es difícil estar contento y mantener una sonrisa de oreja a oreja cuando el sistema te va llevando a cumplir con tantas obligaciones, a tener que trabajar sin descanso para llegar a fin de mes o a sentir que, cuando sos feliz, algo malo va a llegar para arruinar el momento. Qué pesimista me volví con el tiempo. O qué pesimista me volvió la sociedad. O qué melancólico me puso el alcohol de esta caipiriña.

No hay demasiadas personas en este lugar, pero hay una chica que estoy seguro de que me está mirando desde hace un rato. Está sola también, pero puede estar esperando a alguien. Es linda. No tanto, pero linda. Si todavía estuviera en la secundaria del Colegio Bosque del Plata, con Mauro, mi compañero de banco, jugaríamos a ponerle puntaje, como hacíamos con cada compañera y profesora que se cruzaba enfrente de nosotros. Creo que un siete le quedaría bien a esta chica. Juego internamente también a adivinar un poco sobre ella. Tiene una remerita escotada, blanca, bastante suelta, y una pollera larga floreada. Tiene el cabello negro y recogido, pero no tan perfectamente. Se la ve descontracturada. Arriesgo a que es artista, de cualquier tipo de arte. Aunque si tengo que elegir una sola opción me inclino por la música. Debe tocar sambas o algo así, como todos acá. ¿La edad? Mmm, entre veintiocho y treinta años. Soltera, pero con un prontuario extenso. No debe ser pobre, pero probablemente vive al día.

Se dio cuenta de que la estoy mirando, así que basta de jugar a las adivinanzas. De todos modos, no voy a poder saber nunca si tuve algún acierto o no.

...

Son las cuatro. Mañana no tengo la reunión temprano, pero tampoco puedo emborracharme tanto, a la tarde se vuelve a trabajar y no estoy acostumbrado a trasnochar.

Me levanto y me acerco hasta la barra donde está la cajera para pagar mi cuenta. Cinco caipiriñas, y mi cabeza ya las siente. En el momento en que termino de pagar y me empiezo a alejar de la caja, una mujer llama en un tono de voz bastante alto.

—¡Oiga, hombre! —Al girar, veo que es la chica de mi juego. Me estaba hablando a mí. —¡Sonría, hombre! Sea feliz que es gratis, la vida invita.

18 de abril

Me despierto cerca de las doce del mediodía. Me despertó la sed. Tengo la boca reseca y pidiendo agua fría a gritos. En el mini bar hay un par de botellitas, por suerte, las que me tomo como si recién terminara de correr una maratón y estuviese por caer deshidratado al cruzar la línea de llegada, salvando la diferencia de que yo no corrí ni un solo metro. El aliento rancio de la mañana es más fuerte por la cachaza y el limón. ¡Por Dios! De solo pensar en esa mezcla siento ganas de vomitar. Aunque debo reconocer que la resaca me está haciendo precio con el dolor de cabeza. Me duele, pero la opresión sobre mis sienes no es tan intensa como me merezco.

Después de almorzar, llamo al hotel donde se hospeda Miguel Gonzáles, mi compañero (y según mi intuición, futuro jefe) para saber si ya llegó, y acordar una hora y lugar de encuentro. Me confirman que ya está en su habitación y me comunican con él. Como era de esperar, me contesta con aires de campeón.

—A ver, Leíto. ¿Vos creés en serio que yo voy a trabajar un domingo? ¿Creés que no me voy a tomar un día para ir a la playa de Copacabana, a tomarme una Skol helada mientras desfilan garotas en bikini? ¡Relajate, viejito! Mañana nos juntamos.

“Relajate, viejito. Relajate, viejito”. No tiene la más pálida idea de la cantidad de cosas que hay que hacer. No está al tanto de cuáles son las directivas que nos enviaron desde las oficinas en Argentina. Juraría que ni siquiera sabe lo que venimos a cubrir. Llega una semana después y se da el lujo de ir a broncear su pelada cabeza a la playa. ¿Qué carajo le pasa a este tipo? “Relajate, viejito”. ¡Por favor!

...

Empiezo a sentir cansancio, y el dolor en mis sienes emula a las dos manos de un gigante queriendo quebrarme el cráneo hasta reventarme los sesos. Ahora sí estoy pagando el precio justo que debe pagar alguien de veintiséis años que nunca sale, y no acostumbró su hígado a consumir alcohol en exceso, ni siquiera en su adolescencia. Ahora sí la resaca es inversamente proporcional a mi experiencia en la vida nocturna.

Empieza a anochecer y me doy una ducha tibia y me acuesto temprano. No cené. Ahora no es lo que más necesito. Tengo que tranquilizarme. “Relajarme”, como me dijo hoy Miguel Gonzáles. Ahora más tranquilo, reconozco que no me molestó tanto su actitud. Ya lo conozco bien y era de esperar su desdén ante la situación. Más bien, creo que lo que me molestó fue solo la frase “relajate, viejito”. La primera palabra de esa frase más específicamente. Esa palabra que me hizo acordar tanto a Verónica fue lo que me molestó. Justo me viene a decir esto un domingo, el día predilecto que tenía Verónica para pedirme que me relaje.

Pasaron ya cuatro años desde que estábamos juntos, pero todavía me acuerdo cada cosa. Todavía siento sus suaves dedos cuando, sin decirme nada, empezaban a acariciarme la espalda mientras yo preparaba mis primeros informes para cumplir con las exigencias de la pasantía del diario. Todavía me acuerdo de mis respuestas de viejo amargado: “Vero, estoy trabajando ahora”. Y pensar que solo tenía veintidós años. Cualquier chico a esa edad, hubiese girado y besado apasionadamente a su novia, tirándola sobre la mesa con todos los informes a medias y haciéndole el amor como loco. A veces creo que no lo supero, y que no lo voy a hacer nunca más. Por eso, una simple palabra de otra persona, como hoy fue “relajate”, me molestó y me sacó… Me dolió.

Y duele reconocer que me dolió. Y lo peor de todo, es que en este momento de dolor estoy solo, y eso es peligroso. Pero no me refiero a encontrarme solo en esta habitación, o a estar solo en Brasil, lejos de amigos y familia. Me refiero a sentirme solo, y el peligro que representa esa sensación. El peligro de pensar, de ponerse a recordar. A recordar, y que ese recuerdo duela. De recordar a una persona. No a cualquiera, sino a ESA persona. Al riesgo de caer en la tentadora trampa de querer buscar algo malo en ese baúl de memorias, que entre los trapos viejos que contiene, ya no se encuentran discusiones, y que tampoco guarda rencores. Tal vez, a modo de autodefensa, pero decidió desechar la causa del alejamiento y se quedó solamente con imágenes de felicidad. Porque ya no están esas fotos de miradas de decepción y silencios de dolor. En cambio, conserva y expone todos los retratos de miradas de complicidad y ausencia de palabras, entendiendo que los ojos ya decían todo.

Qué arriesgado es recurrir a la infantil estrategia de escudarse en las peores peleas, si son las mismas que terminaban en las más intensas reconciliaciones. Querer convencerse con el típico “Ya está, pienso en otra cosa”, y esa fuerza de voluntad que no alcanzaba a durar un solo minuto. Qué peligroso y qué triste cerrar la pesada tapa de ese baúl y pensar “Así que esto se siente extrañar”.

19 de abril

Me despierto temprano para aprovechar el desayuno. Mi estómago acusa la ausencia de la cena de anoche. Siente un vacío (no solo por no haber comido). Tengo que juntarme temprano con Miguel. Tengo que ponerlo al día con todo. Faltan dos días para el referéndum y todavía hay mucho que hacer. Esta vez sí accede a una reunión.

Nos encontramos temprano, ni bien terminamos de almorzar, en una cafetería que está ubicada casi a la mitad del recorrido entre su hotel y el mío. Para mi grata sorpresa, Miguel está predispuesto. Es más, me comentó que anoche cenó con un periodista brasileño, el cual le contó varios chismes sobre el backstage de la política del país. Me da repugnancia ver cómo en la política se manejan tantos negocios sucios, cómo hay tanta corrupción, cómo se cagan en la gente que los eligió y que ellos mismos se comprometieron a proteger. Cuánta mierda hay dando vuelta en ese ambiente.

Después de cuatro horas de trabajo, de terminar columnas para el diario y de defraudarnos con los gobernantes, llegó el comentario que se hacía desear en mi compañero, y que me extrañaba que todavía no llegara: su observación sobre las mujeres.

—Che, Leo, ¿viste la cantidad de mininas que hay acá? Están todas para partirlas como un queso. Supongo que ya anduviste por algún cabarute de Río. Dale, contame. Mirá que podemos enganchar un par y quedarnos en esta ciudad que es un paraíso. ¿Qué opinas?

Le sonrío. Pero es una de esas sonrisas que no me gustan, que son forzadas y falsas. Pero no le puedo decir lo que pienso realmente. No puedo decirle que me parece un boludo y un arrogante, que siempre rebaja a las personas que lo rodean y que tiene unos mini rollos en la pelada de la nuca que me causan mucha gracia. No puedo, primero porque, aunque suene raro, se ve que el tipo me quiere. Soy una de las pocas personas que él trata siempre bien y respeta. Un día me confesó borracho que yo era alguien que él admiraba dentro de las oficinas del diario, y uno de los pocos en los que confiaba. Y, en segundo lugar, porque sigo pensando que va a ser mi próximo jefe.

Alberto Mazzola es el encargado del área de edición en nuestro trabajo y es gay. Está en pareja hace años con un chico mucho menor que él, pero yo juraría que lo mira a Miguel con más cariño que al resto. Alberto dijo en reiteradas oportunidades que se va a tomar sabático el año que viene y que va a designar él mismo a su reemplazante. Si mi intuición no falla, Miguel va sacándonos un par de cabezas en la carrera por el puesto. Igualmente, de ser así, por más que no sea de mi mayor agrado, Miguel se lo merecería. Para ocupar un cargo como ese, hay que tener carisma y manejo de personas, y si hay alguien que maneja la seducción y la persuasión mejor que nadie, es él. Lo conozco bien.

Fuimos compañeros desde los catorce años en la secundaria. Nos graduamos los dos, y nos inscribimos juntos en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. A pesar de haber compartido muchos años juntos, nunca fuimos amigos, ni siquiera compañeros de grupo en algún trabajo. Recién a partir de nuestra experiencia como pasantes empezamos a acercarnos. Yo ya sabía muchas cosas de él. Sabía que detrás de ese ego y esa autoestima alta usada como mascara social, existía un adolescente que fue rechazado más de una decena de veces por mujeres.

Recuerdo un viernes por la noche, cuando teníamos creo que quince o dieciséis años, fuimos a un baile que organizaban algunos padres y profesores del colegio. Noemí era la compañerita más linda y buscada de toda la secundaria, pero estaba ocupada. Salía con un grandulón que estaba repitiendo quinto año por segunda vez, y Miguelito no tuvo mejor idea que querer sacar a bailar a su novia. Todavía me duele a mí mismo acordarme de tantos moretones amontonados en una sola cara y un tabique partido. Pero lo que más le dolía a Miguel Gonzáles no fueron los golpes, sino la burla de todos los compañeros durante los días siguientes en el colegio, donde casi no tenía amigos.

Tal vez por estos recuerdos y un poco de pena fue que decidí acercarme a él durante nuestra pasantía y darle una oportunidad de conocerlo más en profundidad, aunque no llegáramos a ser amigos. Lo cierto es que, a partir de tanto sufrimiento, mi ahora compañero debió desarrollar habilidades sobre dinámicas sociales para ser aceptado. Y claro que lo consiguió, si ahora es el centro de atención de cada lugar y tiene mujeres de sobra para elegir (y creo que un hombre).

...

Una vez que terminamos la reunión, Gonzáles parece querer arrancar con su plan de conquista de mujeres brasileñas. No sé todavía si lo de quedarse acá con ellas después de terminar nuestros días de trabajo fue una broma, o fue de esas verdades a medias que insinúan por las dudas se abra alguna puerta.

—Mucho laburo, viejito. Esta noche salgamos a cenar algo por ahí. ¿Te parece? —me pregunta mientras sonríe con ojos pícaros.

— La verdad es que tenemos mucho que hacer todavía. No sé si es buena idea.

—¿Dónde quedó esa juventud, che? Vamos hasta temprano. Promesa.

— Dale, vamos. —Acepto, al tiempo que me encojo de hombros. No estoy convencido, pero sé que no va a parar hasta que no le dé con el gusto.

— ¡Epa, epa! Me tomó solo dos intentos que aceptaras. Pensé que me iba a costar más trabajo convencerte. Pero qué bueno que accediste. Vos que estuviste más tiempo acá, ¿se te ocurre algún lugar donde podamos ir?

—Mirá, yo el otro día fui hasta un barcito a tomar algo. La verdad que no es nada muy lujoso, pero está bueno. Es tranquilo, la música es agradable, se puede charlar sin tener que estar a los gritos. Qué se yo, a mí me gustó. Ah, y podemos sentarnos en unas mesitas que están sobre la vereda, para ver la gente pasar.

—¡Me encantó! Sobre todo lo de las mesitas afuera. Che, pero date una ducha, ponete unos calzoncillos limpios y perfumate bien que esta noche puede sorprendernos, ¿eh?

—No te ilusiones. No hay mucha gente y el ambiente es medio bohemio. Pero igualmente, tenía pensado ducharme y ponerme un calzoncillo limpio. Como siempre.

—Como decía mi madre: uno nunca sabe para dónde va a saltar la liebre.

Linda frase elegida para querer motivarme. Pero para darme confianza a la hora de encarar una mujer se necesita mucho más que eso. Todavía no aprendí ni cinco palabras en portugués. Le doy la dirección a Gonzáles y acordamos encontrarnos a las diez y media.

Cuando salgo de bañarme me acerco a la valija (todavía tiene toda la ropa doblada ahí porque no me acostumbro a usar los armarios de los hoteles) y elijo el calzoncillo para ponerme. Me rio por dentro acordándome del consejo de mi compañero maestro en seducción. Me rio, pero al mismo tiempo accedo inconscientemente a seguir su orden, casi como si fuera su alumno. Elijo un slip azul a estrenar. No es que lo eligiera por algún estampado o algún dibujo que tenga, sino porque el algodón está todavía suave, y eso lo hace superior a los otros dentro de mi valija. El perfume es el único que tengo, y repito la prenda de la salida del sábado anterior, solo que esta vez la chomba que uso es de color celeste y no rosada.

...

Llego al bar yo primero, así que me siento en una de las mesas de afuera para reservarla. A los veinte minutos llega mi compañero. Él está con una camisa negra y un pantalón de gabardina gris. Tiene un fuerte olor a perfume amaderado, como el que usan los viejos en invierno, y la pelada recién afeitada para mantener el brillo de un diamante. Pedimos una pizza de mariscos para cenar, y después nos quedamos tomando un par de cervezas frías.

Cerca de las dos de la mañana, las cuatro latitas ya se empiezan a sentir en mi cabeza y en mi vejiga, por lo que me levanto para ir al baño. Cuando vuelvo, veo que Miguel, ni lerdo ni perezoso, ya había invitado a dos mujeres a nuestra mesa. Siento nervios, adrenalina y me transpiran las manos. Me siento un adolescente. Sé que tengo que sentarme, pero ¿de qué puedo hablarles a dos mujeres que recién conozco? Estoy expuesto y mis deficiencias como conquistador quedan todavía más al descubierto al verme intimidado por la presencia de mi compañero galán.

—¡Ahí está! —dice Miguel en voz alta, y las dos nuevas acompañantes giran hacia mí—. Vení, Leo. Te quiero presentar a dos amigas. Ellas son Isabel y Laura.

Me acerco tímidamente, y les ofrezco la mano al tiempo de un clásico y aburrido “Mucho gusto”.

—Dejate de formalismos, que no estás en una reunión de trabajo. Saludalas con un beso —me reta mi nuevo profesor de seducción. Vuelvo a someterme a su orden y me agacho a besarlas en el cachete.

—Creo que ya lo conozco a tu amigo. Me parece que es un habitué de este lugar —dice la mujer que había sido presentada con el nombre de Laura.

La miro fijo, sonrío para evitar caer antipático, pero no puedo acordarme de ella. Tal vez era la cajera. No digo nada para no meter la pata. No quiero delatar que esa noche estuve borracho.

—Miralo vos a mi compañero. Te la tenías bien guardada a esa, Leíto, ¿eh?

—En realidad, él tal vez ni se acuerda. De hecho, no sé ni siquiera si me escuchó cuando le hablé. Se estaba yendo con cara amargada, y le sugerí que le regalase una sonrisa a ese rostro —dice Laura.

Ahora sí me doy cuenta. Es la mujer que me dijo que sonría. Es la mujer de mi juego imaginario. La del puntaje de siete. Así que se llama Laura. Ahora voy a poder saber si acerté con la edad, y si es artista o no.

...