La vida sin mí - Jackson Bellami - E-Book

La vida sin mí E-Book

Jackson Bellami

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Beschreibung

Un día cualquiera, de repente, la humanidad no es capaz de mentir. Si alguien lo intenta, su cuerpo se sacude y sufre de tal manera que podría provocarle la muerte. Y la verdad se convierte en dueña de vuestras vidas. El amor se quiebra, las familias se disuelven, la amistad se resiente, los empleos se pierden... El caos toma las calles y el odio los hogares. Pero no todo está perdido cuando aparecen los primeros invulnerables a tanta sinceridad. Hay esperanza para una sociedad hundida bajo el peso de la certeza. ¿A quién le importa si los inmunes son perseguidos, rechazados y atacados? A nadie le preocupa que los gobiernos agoten sus recursos para encontrar el modo de mentir de nuevo. No se preguntan por qué un mundo de verdades es un lugar horrible. Nadie piensa que todo ocurre por una razón. Porque no estáis preparados para la gran evidencia tras el más cruel de los engaños. Un nuevo motivo para creer que vuestra especie está condenada al fracaso más absoluto. Soy la mentira y lo que voy a narrar es totalmente cierto. Os mostraré lo desgraciada que sería la vida sin mí.

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Seitenzahl: 527

Veröffentlichungsjahr: 2023

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LA VIDA SIN MÍ

Título: La vida sin mí

Autor: Jackson Bellami

© Jackson Bellami, 2022

© de esta edición, EDICIONES LABNAR, 2022

Corrector: Israel Sánchez Vicente

Imagen y diseño de cubierta e interiores por Ediciones Labnar

LABNAR HOLDING S.L.

B-90158460

Calle Virgen del Rocío 23, 41989, La Algaba, Sevilla

www.edicioneslabnar.com

[email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra; (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

ISBN: 9788416366644

Depósito Legal: SE 2368-2022

Código Thema: YFE 5AT

Primera Edición: Diciembre 2022

Impreso en España

Impreso y encuadernado por Ulzama

Índice

Lawton: OKLAHOMA

Great Falls: MONTANA

New Haven: CONNECTICUT

Sacramento: CALIFORNIA

Primer año

Segundo año

Tercer año

Jordan

Grace

Brandon

Mia

Jordan

Brandon

Grace

Mia

Jordan

Brandon

Grace

Mia

Jordan

Brandon

Grace

Mia

Jordan

Ricky

Brandon

Grace

Jordan

Randall

Mia

Grace

Brandon

Jordan

Mia

Grace

Lila

Ricky

Brandon

Jordan

Mia

Grace

Randall

Brandon

Jordan

Ricky

Mia

Grace

Jordan

Brandon

Mia

Jordan

Lila

Grace

Jordan

Brandon

Mia

Lila

Watonga: Condado de Blain: OKLAHOMA

Norfolk: VIRGINIA

Espacio aéreo de Baltimore: MARYLAND

Union Square: WASHINGTON DC

Agradecimientos

Para quienes creen que al mentir son más felices.

Para quienes afirman decir siempre la verdad.

Los dos mienten.

Los dos se mienten.

Para una experiencia completa, se recomienda acudir a la lista de reproducción de la novela (La vida sin mí Novel) en los momentos de referencia musical que encontrarás a lo largo de la lectura:

Spotify

Yotube

Lawton

OKLAHOMA

La berlina se detiene frente a la entrada del aparcamiento subterráneo del edificio. Mientras la puerta se eleva, el único ocupante del vehículo piensa en la tragedia que envuelve su vida desde hace unos días. No ha sido complicado ocultarlo a través del teléfono, pero ahora regresa a casa.

Se adentra en la oscuridad de la planta de aparcamientos y los faros delanteros se encienden de manera automática. Tras un corto recorrido, maniobra hasta dejar estacionado el coche que no puede pagar en la plaza asignada al apartamento que, desde hace un par de días, tampoco puede permitirse.

Baja del habitáculo para sacar la maleta del asiento trasero. No precisaba más que unas mudas para el viaje de negocios que lo ha mantenido tres días alejado de casa. Camina con la chaqueta en el brazo derecho mientras tira de la maleta con el izquierdo. Espera a que el ascensor baje, lo que le otorga el tiempo necesario para ensayar alguna expresión que le permita simular un cansancio que no sufre.

Durante el ascenso, comprueba que nada en su aspecto le delate.

Todo está bien.

Recorre la sexta planta del edificio hasta la puerta de su vivienda. No se entretiene en utilizar las llaves. En su lugar, pulsa el timbre.

—Un segundo —se oye al otro lado.

Madelaine, su esposa, abre la puerta con una sonrisa de bienvenida.

—Odio que no uses las llaves. ¿Cómo ha ido el viaje? —pregunta, mientras él pasa dentro, suelta el equipaje y cuelga la chaqueta en el mueble recibidor de la entrada.

La besa para despejar toda duda, pero no responde. Sabe que, si lo hace, se descubrirá la verdad, así que se limita a levantar el pulgar.

La mujer sonríe, feliz.

—Eso es maravilloso, Trevor. ¿Han aceptado tu idea? —quiere saber.

—No había ninguna idea.

Se cubre la boca con una mano, arrepentido. Decir eso ha sido una idiotez. Y no ha podido evitarlo.

Madelaine le mira con atención.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir?

Trata de responder, de verdad que lo hace, pero solo es capaz de transmitir una mueca congestionada. No tiene forma humana de hacer que la secuencia de palabras que acaba de pensar salga de su boca.

—¿Trevor?

El rostro se le arruga por el esfuerzo.

—Es-u-na-bro-ma —balbucea.

—¿Qué te ocurre? ¿Y dónde está tu anillo?

Solo Dios sabe lo mucho que ha estado temiendo esa pregunta, porque, aunque su vida se ha derrumbado por completo, eso no ha evitado que se evadiera de los problemas tirándose a su compañera de oficina.

Un creciente dolor le atraviesa la cabeza y un pitido punzante le perfora los tímpanos.

No quiere decir nada más.

—¡Contesta de una maldita vez!

Las muecas vuelven, el dolor aumenta. Tanto, que solo puede rendirse.

—Estamos arruinados —suelta como una bomba.

Le sorprende comprobar que la liberación suaviza su padecimiento.

Hay un instante de calma, de digestión de la nueva realidad conyugal, que en cierto modo supone un alivio. No dura mucho.

—¿Por qué nos haces esto?

Trevor apenas oye las palabras de su mujer. Se lleva la mano a la nariz. Siente la sangre caliente fluir hasta el labio.

—¿Qué ocurre? —se pregunta.

—¡Yo te diré lo que ocurre! Vas a salir por esa puerta y no vas a volver hasta que me aclares todo esto. ¡¿Qué diablos has hecho para arruinarnos?!

—¿Qué me está pasando, Madelaine?

—¡¿Qué más me has ocultado?!

Intenta no contestar a las preguntas, pero el dolor, el pitido de sus oídos… Todo se calma cuando responde con la verdad.

—¡Habla!

Las demandas de una esposa confusa y furibunda le persiguen a través del salón. Se mueve sin rumbo. Busca una salida que sabe que no existe. Está perdido, atrapado en el cepo de sus propias mentiras. Se sujeta la cabeza con ambas manos. El dolor…

—¡Cállate! —grita con toda su desesperación.

—Te dije que no arriesgaras nuestro dinero. ¡Se trata de nuestra maldita vida!

—Pues lo hice, y ya no tenemos nada.

Madelaine se dirige hacia la maleta. La abre y saca el portapapeles que su marido utiliza en la oficina. Hurga en el interior, donde encuentra el anillo de casado.

—¿Quién es ella? —pregunta.

Trevor no se atreve a contestar. Detenido frente a la ventana, perdido en su propio reflejo, se mira la nariz ensangrentada y el rostro amoratado por los extraños ataques. Es entonces cuando ve a Madelaine en el cristal, con expresión de rabia y la alianza en la mano. Gira la cabeza para mirarle a los ojos.

—Quiero el divorcio, maldito cerdo —la ve escupir con infinito desprecio—. Voy a desplumarte.

En ese instante, una voz inocente pregunta a su espalda:

—¿Qué está pasando?

El niño observa a sus padres con lágrimas en los ojos. A sus doce años, no comprende nada.

No se le puede culpar por eso. Trevor es adulto y tampoco lo entiende.

Mira a su hijo.

Abre la ventana.

Son seis pisos de caída hasta la calle.

Se pregunta cuánto dolerá.

Y salta.

Great Falls

MONTANA

Mia despierta agradecida de haber podido dormir en una cama que no le provoca dolores de espalda. La de la residencia de estudiantes es un instrumento de tortura, y quizá su regreso a casa no haya sido lo que esperaba después de tantos meses, pero una discusión durante la cena no va a impedir que disfrute del descanso que tanto necesita. Se levanta y, mientras se cepilla los dientes, piensa en lo que su padre decía la pasada noche sobre el miedo que recorre el vecindario. Ya había oído rumores absurdos en la universidad, pero ella no ha notado cambio alguno. Ella sigue mintiendo.

Lo hizo ayer a su llegada, cuando abrazó a su madre y le dijo que todo iba genial con las clases. También mintió a su padre, al responderle sobre tontear con chicos en el campus. Los Logan son una familia demasiado recta, moral y comprometida con el mundo. Si algo se puede hacer en beneficio de la comunidad, ellos son los primeros. Donan sangre, pasan el cepillo en la iglesia, ceden ropa usada, ayudan en el albergue… No son buenos cristianos —la idea de un Dios Todopoderoso no les quita el sueño—, pero sí miembros perfectos de una sociedad en constante cambio. La idea de no poder fingir una mentira piadosa para evitar una verdad incómoda tiene al señor y a la señora Logan con las emociones alteradas. No piensan con claridad, ni siquiera cuando se trata de su hija.

Mia escupe la pasta de dientes y sonríe al espejo creyéndoles a todos unos chiflados. Incluso le demostró a su familia que ella faltaba a la verdad en cualquier momento. Mordió una zanahoria y le dijo a su madre lo deliciosa que estaba.

Mia odia las zanahorias.

Baja a la cocina, pero no hay nadie en casa. Se prepara un café bien cargado y se sienta para echar un vistazo al teléfono. Esta noche piensa quedar con sus viejos amigos del instituto y reírse de un mundo enloquecido por idioteces sobre virus, enfermedades y castigos divinos.

—Buenos días, cariño —saluda su madre al entrar en la cocina.

—Buenos días, mamá.

Pero su madre no la mira. Ni siquiera para criticar que no se haya cambiado de ropa antes de desayunar.

—¿Dónde está papá?

—Ha salido —dice Katherine Logan.

—Debe ser verdad, porque al parecer nadie puede mentir… —se burla la chica.

La madre deja la cocina sin dirigirle una última mirada.

Entonces, suena el timbre de la puerta. La señora Logan abre, no sin antes dudar de lo que ella y su marido han hecho a espaldas de su hija.

Un tipo con mascarilla entra en la casa. Muestra a la mujer su identificación del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades.

—Está en la cocina —susurra Katherine tratando de ocultar el llanto.

Al tipo le acompañan dos hombres más, también protegidos con material sanitario.

Mia se gira al verlos entrar en la cocina.

—¿Qué…?

—Mia Logan, soy Anthony Brewer, del CDC. Tiene que acompañarnos.

—¿Mamá? ¿Qué es todo esto?

Se levanta en busca de su madre cuando uno de los desconocidos la sujeta del brazo.

—Tiene que acompañarnos. Lo hará de cualquier modo —le advierten a la joven.

—¡Mamá!

Katherine llora en el salón mientras se llevan por la fuerza a su hija. Soporta lo que su marido no ha querido soportar.

Los miembros de la Agencia Nacional de Salud Pública introducen a Mia en el furgón.

Los Logan no esperan volver a ver a su hija.

New Haven

CONNECTICUT

La horda de periodistas acecha a las puertas del ayuntamiento mientras los ciudadanos se congregan enfrente, en los jardines de New Haven Green. La candidata a senadora Grace Langford no tardará en comparecer. Está en el interior del edificio, debatiendo con el alcalde los inconvenientes de hablar en público sobre el incidente que parece afectar a todo el mundo.

—Es un suicidio salir ahí sin poder decir abiertamente lo que uno desea, Grace. Solo quedan unas semanas para las elecciones al Senado. Te lo juegas todo.

—No tengo miedo a la opinión pública —responde Langford—. Temo lo que puedan pensar si no salgo.

El alcalde Billmore se retuerce en el sillón de su despacho.

—Por el amor de Dios, ni siquiera puedo decir que soy dos años más joven —brama.

—Vamos, Richard. Nos esperan.

Se levanta de la silla con decisión. Camina altiva, orgullosa de ser la candidata más popular de todo Connecticut. Cruza el vestíbulo con Richard Billmore tratando de seguirle los pasos.

—Solo tienes que permanecer a mi lado —le tranquiliza ella—. Yo hablaré.

Las puertas del edificio se abren. Salen por ellas hacia la columnata de la entrada. Las cámaras comienzan a estallar en destellos blancos que ciegan a los políticos antes de que lleguen a detenerse ante el atril con el sello del Estado de Connecticut.

Decenas de voces se dirigen a Grace al mismo tiempo. Ella alza los brazos para sosegar el desconcierto.

—Buenos días a todos —saluda—. Como sabéis, nos azota un extraño trastorno, al que no podemos dar nombre aún, que nos impide manifestar todo aquello que no sea sincero. Los expertos estudian desde hace días los efectos de esta afección en las personas, este «síndrome de la verdad». No es motivo de alarma. Nuestras vidas siguen adelante sin mayor problema siempre que seamos francos con los demás y, por supuesto, con nosotros mismos…

—Candidata, se habla ya de pandemia. ¿Es eso cierto? —interrumpe un periodista.

—Ya les he dicho que todo está en estudio. No hay que apresurarse con las etiquetas…

—Langford, ¿cree que esto afectará a su carrera política, al ser incapaz de mentir?

El alcalde Billmore, a su lado, enrojece ante la pregunta.

—Yo jamás he mentido —señala con contundencia Grace, y da un golpe con el puño sobre el atril—. Saben que no podría pronunciar estas palabras si así fuese.

—Hay fuentes que confirman la mano del hombre en esto. ¿Qué tiene que decir?

—Hoy comparezco sin miedo a decir la verdad, pues nada tengo que ocultar. Debemos tener paciencia durante el proceso de investigación y análisis de nuestros expertos. Aún no disponemos de información suficiente para calmar a la sociedad. A medida que sepamos más, lo iremos compartiendo con todos. Por ahora, lo único que puedo deciros es que un mundo sin mentiras no debería ser un mundo horrible. Tratemos de hacerlo posible entre todos.

—Pero, candidata Langford…

—Buenos días y sed sinceros —se despide.

—Grace…

—Señora Langford…

Deja atrás un avispero de preguntas y flases para adentrarse de nuevo en el ayuntamiento en compañía del enmudecido alcalde Billmore.

Entonces, la próxima senadora por Connecticut recibe una llamada a su teléfono particular.

—Langford —responde.

—Hola, preciosa. Te sienta bien el verde.

Coloca la mano sobre el altavoz y le dice al alcalde:

—Es mi madre. Discúlpame, Richard.

Se desvía hacia los baños. Entra.

—Me alegra escuchar tu voz, cariño —comenta al apoyar la espalda en la puerta—. Tengo que quitarme todo este estrés de encima.

—Esta noche soy todo tuyo, mentirosa.

Sacramento

CALIFORNIA

El abogado espera nervioso a que aparezca su cliente minutos antes del juicio. Las circunstancias han cambiado desde la última vista, pues solo puede jugar con la verdad para conseguir la victoria en el caso.

Peter Pherrys aparece esposado en la sala de reuniones de los Juzgados de Sacramento, California. Los agentes que le acompañan lo liberan de sus ataduras y le dejan a solas con su letrado.

—No puedo decir que me alegre de verle —comenta Pherrys.

—Ya le he dicho que no tiene de qué preocuparse. Solo precisamos la verdad para ganar.

—La verdad. ¿Ha leído algún periódico últimamente, letrado Fuller? Porque resulta que nadie puede mentir.

—Exacto —afirma Brandon Fuller—. Eso quiere decir que su socio tampoco puede hacerlo y, si todo lo que me ha contado es cierto, no hay de qué preocuparse.

—¿Y si no lo he hecho?

—Si me ha mentido, Pherrys, deberá confiar en mí para salir de esta.

—Claro, todos saben que los abogados son las personas más…

Cuando el detenido intenta decir la palabra «honradas» para mofarse de Fuller, su rostro se contrae en una dolorosa expresión que no le permite continuar.

—Ni siquiera puedo decir una gilipollez como esa.

La puerta se abre y el alguacil anuncia el comienzo de la vista oral.

—Confíe en mí.

—¿Acaso ha comprado al juez? —pregunta Pherrys.

—No, maldito estafador. No he comprado al juez —susurra Brandon con enfado y mira a su cliente de arriba a abajo—. Bonito traje amarillo.

Pherrys se queda boquiabierto con la respuesta del letrado. Baja la vista hacia sus zapatos y repasa su traje negro con asombro al decir:

—Qué hijo de perra…

Es curioso, pero nadie aprecia aquello de lo que dispone sin límite alguno. Hasta que lo pierde. Porque, siendo sincera…

Vale, esa palabra debería estar vetada en todo esto.

Lo que quiero decir es que no somos conscientes de lo que tenemos hasta que se nos priva de algo a lo que estamos acostumbrados a recurrir. Es como el chocolate. Si alguien decide no volver a comer chocolate, solo tiene que eliminarlo de su dieta y tratar de no pensar en ello, o encontrar un sustituto para el sustituto de lo que todos saben. Sin embargo, un día cualquiera, el chocolate desaparece de la vida de una persona que jamás había decidido dejar de comerlo. Ahí comienzan los problemas. Porque no es lo mismo tener la libertad de tomar esa decisión a que sea impuesta. El ser humano, entre otras muchas cualidades, buenas y malas, tiende a ser caprichoso con aquello que le es prohibido, negado o arrebatado. Y basta con un simple no para desencadenar un irrefrenable deseo sobre lo negado en el interior de sus duras cabezas.

La cuestión es la siguiente: ¿Qué le ocurriría a esa persona amante del chocolate si la deliciosa textura del cacao fuese eliminada de las vidas de la mayoría, pero accesible para unos pocos?

¡Bingo! El nacimiento del conflicto más humano de todos. Comienza con la envidia, un arma de la que muchos se valen para disfrazarla de desigualdad, cuando lo que sufren es un poderoso rencor, tan fuerte que convierte la envidia en celos, lo que no tarda, a su vez, en transformarse en odio. Y así, una emoción tras otra, cada cuál más peligrosa que la anterior, se da paso a lo inevitable: la deshumanización. Cuando se pierde toda deferencia para con el prójimo, cuando se recurre a la violencia para sofocar esos sentimientos que torturan, ¿qué importa ya el chocolate? Apuesto a que, llegados a ese punto, nadie sería capaz de recordar qué lo ha provocado todo. Porque hay un pequeño ingrediente que adereza el proceso desde sus inicios y sin el que resultaría imposible la consecución de la tragedia. Me refiero llanamente a mí.

Exacto. Sin mí nada de todo esto llegaría a ocurrir. Se precisa de malicia, picardía, falsedad. Hay tantos apelativos para llamarme que podría estar citándolos hasta el día del juicio final. Pero no estoy aquí para hablar de mi participación en la historia de la humanidad, sino todo lo contrario. He venido a mostrar un mundo sin mi sombra, sin intervenciones que mi simple presencia tornaría más cómodas, sin comentarios afortunados para esquivar situaciones desafortunadas; una sociedad condenada al fracaso por su incapacidad para olvidarse de mi influencia.

Soy la mentira. Y esta es la realidad de la que fui extirpada.

Primer año

Los primeros meses de mi ausencia podrían describirse como una sucesión de disparates, errores y locuras que jamás se había presenciado en conjunto en una misma fecha.

La primera víctima fue la libertad, como siempre en estos casos. Con los rumores de una nueva pandemia, las personas fueron recluidas en sus hogares durante meses. ¿Es una buena idea confinar a familias enteras en casa sin que sus miembros puedan pronunciar una simple mentira? Al parecer, era lo mejor que se les ocurrió a los líderes mundiales. Porque todos los países llegaron a la misma conclusión. Lo que provocó el segundo damnificado por mi ausencia del mundo: el amor.

Podría citar cientos, miles de situaciones en las que una pequeña mentira piadosa habría sido la solución a un número incalculable de problemas. Sin embargo, conmigo fuera de la receta, los divorcios aumentaron un trescientos por cien el primer año de lo que llamaron, y aún llaman, el Evento. Ni siquiera las medidas sanitarias que impusieron, como si se tratara de una gripe más, pudo evitar el contagio de la enfermedad del desamor. Así comenzó a caldearse el ambiente nacional, lo que dio paso a los disturbios.

Tras tres meses de confinamientos, discusiones y verdades, el Gobierno de los Estados Unidos decidió declarar la ley marcial para frenar la oleada de saqueos, revueltas y un crecimiento de la delincuencia jamás registrado en este y otros países del mundo. En medio del caos general y una sociedad encolerizada por la verdad, pocos advirtieron lo que se escondía tras el velo de la criminalidad: las desapariciones.

Hasta dos mil desaparecidos al día llegaron a denunciarse en todo el territorio nacional. La caza de inmunes había comenzado cuando aún no se había cumplido el primer aniversario de mi adiós.

El año terminó con el reinado del desconocimiento. Sin información sobre qué provocó aquello, todos lanzaban sus especulaciones. Designios de Dios, virus fabricados en China —otra vez—, una toxina que emitían las plantas, cambios en la atmósfera por radiaciones solares, alteraciones químicas del aire por la contaminación, una bacteria de tiempos inmemoriales liberada por la descongelación de los casquetes polares… Todos se preocupaban por el motivo y nadie lo hacía por aprender a vivir con ello.

Segundo año

Si el primer año sin mí fue un periodo de desconcierto y anarquía, el segundo se caracterizó por los épicos tropiezos de los gobiernos.

Al igual que ocurrió con el alcohol durante la época de la ley seca, los inmunes se convirtieron en el bien más cotizado de las principales potencias mundiales. Este nuevo material de contrabando provocó el negocio más cruel de todos. Comenzaron a formarse los primeros clanes de lo que más adelante recibieron el nombre de Cazadores. Seres sin alma que recorrían el país como cazarrecompensas para capturar a inmunes que vendían al mejor postor, ya fuesen empresas privadas u organizaciones del Gobierno. Además de la experimentación en la carrera por alcanzar una cura entre el sector privado y el público, traficaban con sus órganos, pues se creía que el receptor podría adquirir la inmunidad del donante tras el trasplante. Muchos presumían de esta tendencia en las redes sociales.

Y es que, cuando hay sangre en las calles… funda una empresa. Ese parecía ser el lema de aquel segundo año de dolorosa sinceridad. La imaginación no tenía límites si de lucrarse se trataba. Se abrieron negocios de todo tipo relacionados con las mentiras que nadie podía manifestar: gabinetes de hipnotismo, en los que aseguraban que el cliente podría volver a mentir tras una sesión de mesmerismo tremendamente cara; gimnasios emocionales, donde la gente pagaba una pasta por gritarle a una persona contratada las verdades que debía callar en casa o en su trabajo… Negocios sin sentido que no pudieron eludir un problema mayor que crecía y crecía por todo el país: los suicidios.

La tasa de muerte por suicidio quintuplicó su cifra en cuestión de meses. Los servicios de psicología eran incapaces de abarcar una necesidad que no preocupaba a nadie, salvo a quien no veía otra salida posible. Los que no tuvieron semejante problema fueron los adictos.

De la nada surgió el Flamer, una nueva sustancia química que permitía faltar a la verdad a quienes pudieran costeársela. La droga de la mentira se convirtió en aquel segundo año en la sustancia más consumida en Estados Unidos, incluso más que el tabaco. Y eso acabó sintiéndose en las calles, en los hogares y en cada rincón del país. Por esa razón se puso el foco en los estatutos. Con mi presencia eliminada de la vida había reglamentos, leyes y normas que debían revisarse y adaptarse a un mundo en el que solo unos pocos podían continuar mintiendo. Reformaron la Ley de Acción Judicial y ciertos protocolos que abarcaban las actuaciones policiales, bajo los cuales se podía detener a una persona sin prueba alguna, solo con la respuesta que diera a una pregunta: ¿Ha cometido algún delito por el que no haya sido juzgado?

Un final de fiesta que abría las puertas a un desastroso año nuevo.

Tercer año

Por fortuna, la primera medida de este último año de Evento es, quizá, de las pocas que merece cierto reconocimiento. A consecuencia de los hechos, delitos y tragedias relacionados con el consumo de la droga de la mentira, se abren centros de ayuda para los adictos. Y no es la única disposición que la sociedad sin rumbo aplaude. También retoman los estudios de las causas que provocaron mi ausencia en vista de una posible vacuna. Aunque las primeras investigaciones no hayan dado los resultados esperados, los ciudadanos mantienen la esperanza de volver a mentir algún día.

Sin embargo, para los escépticos que dudan que una cura sea posible, la reforma de la Ley de Seguridad Sanitaria Nacional indica todo lo contrario, pues en ella se incluyen artículos que atentan contra el orgullo nacional: la libertad.

Con la sociedad tratando de acomodarse a una nueva normalidad, los derechos de los ciudadanos son sacudidos en silencio como una vieja alfombra colgada de un cordel al sol. Y nadie se percata de nada. Porque solo importa una cosa en el mundo de la verdad, una pregunta que todos se hacían, y aún se hacen: ¿Cuándo volveremos a mentir?

Si la verdad se expresase fácilmente, la mentira sería el culto de los audaces.

Y, como se podrá apreciar a continuación, la realidad es justo la contraria.

Jordan

Jordan Clayton jamás se ha sentido afortunado, ni siquiera cuando entró a formar parte del Club de Debate el curso pasado. Hoy ya es su líder, y a sus quince años solo se siente feliz si al llegar a casa no tiene que ocuparse de hacer la cena, lavar la ropa, limpiar el baño, recoger la cocina, estudiar, llamar a su madre porque hace dos horas que debía haber llegado de trabajar, salir con la bicicleta en su busca porque no contesta las llamadas, pedirle a algún desconocido que lleve el coche de su madre a casa… Y eso ocurre en demasiadas ocasiones desde que tiene edad para ver que su vida nunca será la de alguien afortunado.

Como cada maldita mañana desde que todo cambió para el mundo, baja las escaleras con el ánimo por los suelos. Sabe lo que va a encontrar en el salón. Ha sido así desde hace tres años, cuando dejaron aquel caro apartamento en el que su padre se arrojó al vacío para no afrontar una realidad sin mentiras. Incluso antes de poner un pie en la habitación ya puede oler el perfume favorito de su madre: bourbon de Kentucky. La escena siempre es la misma: una mujer de mediana edad, a quien no suelen durarle los empleos, duerme abrazada a una botella de whisky mientras excreta baba sobre el cojín de los Sooners de Oklahoma, el equipo universitario de football en el que jugó su padre.

—Maldita sea… —murmura el chico.

Se deshace de la botella y los restos de patatas que hay esparcidos por la alfombra. Extiende una manta sobre su madre. Lleva puesto el llamativo uniforme rosa, así que descansa después de un día duro en la cafetería.

—Mejor así —dice.

Se prepara un desayuno rápido: cereales con leche y un vaso de zumo. Mientras come, anota en el cuaderno de clase lo que debe comprar al volver a casa. Si él no lo hace, nadie lo hará. Luego, se coloca unos auriculares inalámbricos, el mejor regalo que le podían haber hecho. Desde aquel día en que su padre hizo de un Peter Pan mentiroso e infiel por la ventana un ruido se instaló en su cabeza. Él lo describió, ante la psicóloga que le obligaron visitar dos veces por semana, como un murmullo de cientos de personas que, en los achaques más fuertes, apenas le permite oír al resto del mundo. Aquello vino seguido de un poco de terapia, unas pastillas que acabó vendiendo a sus compañeros de clase para las fiestas y la indiferencia de una madre demasiado ebria para ver más allá de sus problemas de autoestima y su alcoholismo. Solo la música acalla esas voces. Siempre lleva encima el reproductor de su padre, con miles de canciones que se niega a actualizar porque cree que sería una falta el respeto a su memoria. Y está listo para disfrutar de su desayuno sin más ruido que el de sus temas favoritos. Con un dedo activa los auriculares y comienza a sonar My Life de Imagine Dragons.

Jordan se pierde en esa canción que tanto aporta a sus mañanas mientras mira a su madre. Esos instantes despiertan una sensación en el joven que ni la música puede aplacar. Cuando le asalta no logra librarse de ella. Le ocurre en clase, en casa o mientras trata de dormir. No importa nada, salvo lo que su cabeza grita por encima de la música. Porque el muchacho cree que todo habría sido diferente para ellos.

«Ojalá hubiese sido papá y no yo —piensa en voz alta para lograr oírse—. Ojalá tuviera el valor de decírselo a mamá». Esa es la razón que consume las energías del muchacho. Porque está convencido de que su madre lo compararía con su padre si supiese que puede mentir. Las mentiras ya han hecho mucho daño a su familia.

Lo último que hace antes de salir hacia el Instituto MacArthur es darle un beso a su madre.

Salta sobre la bicicleta, se ajusta la mochila y engancha el casco en el manillar. Llegar a clase con el pelo aplastado le costó unas semanas de insultos en su primer curso allí. Pedalea con la furia del tema Blind Leading The Blind de Mumford & Sons, olvidando así lo que aquel policía con pinta de oso grizzly le dijo una vez sobre seguridad vial. Maldice por el hecho de vivir al final del vecindario Sullivan Village, un lugar que odia profundamente por encontrarse fuera de la ciudad. Vivir en las afueras de Lawton se traduce en menos amigos, menos entretenimiento y demasiado tiempo libre para pensar en su mala suerte.

Al pasar junto a la iglesia, una gran cantidad de feligreses ocupa ya buena parte del parque. El miedo al castigo divino crece en tiempos extraños. Salta con la bicicleta en la esquina del 7-Eleven y logra hacer una pirueta demasiado cerca del coche del dueño de la tienda. El tipo sale a la puerta hinchado de rabia, aunque no dice nada. Quizá por eso parece que vaya a explotar, por lo que calla y desea gritar. Jordan se disculpa sin detenerse.

Enfila la recta que le lleva hasta el MacArthur y decide aumentar el ritmo llevado por la canción. Y aparece la chica de todos los días. Ella pedalea tan rápido como puede; él la desafía con una sonrisa. Ambos se afanan en ganar la carrera sin prestar demasiada atención al tráfico de East Gore Boulevard, la carretera que los separa del edificio. La chica, que lleva «Drama Queen» pintado en el casco, intenta chocar con Jordan antes de cruzar a toda velocidad por la carretera.

—¡Hoy no vas a ganar, Clayton! —le advierte convencida o le sería imposible expresarlo.

—¡Lo que tu digas, Queen!

Clarice, la mujer de chaleco reflectante y señal de STOP encargada del tráfico en el cruce, se deja los pulmones al soplar por el silbato cuando los ve. Su rostro se infla como un pez globo mientras sacude la señal de un lado a otro para que se detengan. Pero ninguno piensa hacerlo. Clarice intenta golpearles con el STOP de plástico cuando cruzan a su lado.

—¡Gamberros! —grita, y tira la señal al suelo.

Las bicicletas entran en el aparcamiento, donde Jordan derrapa para evitar al profesor de Filosofía. Divisa la meta, el muro con el nombre del centro educativo para que nadie lo confunda con lo que realmente parece, una comisaría de Policía. Bajo el nombre de MacArthur hay dispuesto un panel como el de la iglesia que permite cambiar el mensaje a placer. La frase de hoy reza: «La casa de los Highlanders». Rodean vehículos aparcados, esquivan a sus compañeros, saltan por el césped y…

Queen se topa con un arbusto que no logra sortear y acaba rodando por la hierba húmeda.

Jordan continúa hacia su destino sin piedad alguna. No volverá a engañarle como aquella vez en la que la chica fingió el accidente para dejarle atrás cuando acudió a ayudarla. Primero toca con la mano el muro y después corre hasta ella.

—¿Estás bien? —le pregunta al apartarle la bicicleta de encima.

—S-s-s-s… —intenta decir ella.

—Vamos, Queen, no trates de fingir.

—Ayúdame y cállate —le reprocha la chica.

Jordan tira de ella hacia arriba.

—Creo que con esta ya son veintitrés… —aclara él— a cuatro.

—¡Maldito arbusto! —Queen la emprende a golpes con el matorral.

—Deberíamos entrar —observa Jordan, que señala a la espalda de Queen.

Clarice camina con expresión iracunda hacia ellos sujetando la señal de tráfico como si fuese un bate de béisbol.

—Sí, huyamos.

—¡Clayton, Queen! ¡Esperad ahí, temerarios! —brama la mujer.

Los jóvenes corren hasta el edificio y se mezclan con sus compañeros bajo el porche de entrada. No se dicen nada más, se expresan a través de gestos. Él le saca la lengua y ella le muestra su dedo favorito. Jordan no quiere pensar en ello, pero está colado por Sarah Queen.

Los pasillos son austeros, paredes de ladrillos y pancartas de ánimo a todos los clubes y asociaciones que hay en el centro: Tiro con arco, Football, Atletismo, Ajedrez, Alianza Gay/Heterosexual, la Banda, el Club de Robótica, Unión Afroamericana, el Periódico, Pokemon Go, Asociación de Nativos, Teatro, Coro… Si alguien no encuentra su lugar entre los alumnos del MacArthur, no tiene rincón en este planeta.

Entra en clase en el instante que la campana le taladra los oídos. La profesora de Literatura ya se encuentra en la pizarra que solo ella usa. Los demás profesores suelen dar clase con proyector y ordenador. Dalton, el mejor amigo de Jordan, le lanza una bola de papel cuando se acerca a su asiento.

—¿Quién ha ganado? —le pregunta.

—La duda ofende —sonríe Jordan.

—Bienvenidos un día más a la etapa que nos ha tocado vivir, jóvenes —saluda la profesora Newton tratando de recoger su teñido pelo rojo en un enredo con dos lápices—. Empecemos cuanto antes. ¿Quién no ha leído Las uvas de la ira? Vamos, chicos, como siempre. Responded de uno en uno. Así no habrá trampas.

—Yo sí —dice Stacey, la primera de la clase.

—Sí, profesora Newton —responde el chico siguiente.

Jordan mira a Dalton con los ojos tan abiertos que su amigo duda de que sea capaz de volver a cerrarlos jamás. Dalton pregunta sin voz. Jordan responde con la cabeza un rotundo no. Si esto se convierte en un nuevo castigo, las amenazas de su madre se harán realidad. Tenerle en clase supone un desperdicio de dinero y mano de obra según ella, por esa razón le apercibió con mandarle con su abuelo Henry a la granja familiar si no aprovechaba su paso por el MacArthur.

—En la granja del abuelo te harás un hombre —las palabras de su madre vibran en su cabeza—. Yo ya ganaba dinero a tu edad. Es tu última oportunidad.

Mientras tanto, el sí de todos sus compañeros recorre la clase hasta llegar a Jordan, que actúa como si nada fuese con él y busca en su mochila sin prestar atención.

—Clayton —le llama la profesora—. Jordan Clayton, responde.

—Eh… Sí, lo he leído —dice.

—Si no fuese porque es inviable, diría que no has abierto el libro… —comenta—. Jeremy Dalton, adelante.

—Sí, profesora —responde su amigo sin quitarle la vista de encima.

Dalton confía en él. Es su único amigo y no son demasiado populares, pero después de lo que ha dicho Jordan el chico solo puede pensar en dos cosas: o ha mentido a la profesora o le ha mentido a él. Y eso lo cambia todo.

—Bien, chicos, comentemos un poco la historia —anuncia Newton—. Clayton, háblanos sobre la familia Joad. ¿Qué te ha parecido su viaje desde que dejan Oklahoma?

Jordan mira hacia delante con la boca abierta y una larga «aaaaa» escapa de su garganta.

—Vamos, no tenemos todo el día, Clayton.

—Opino… que deberían haberse quedado…

La respuesta queda suspendida en el aire como las flatulencias de Frankie, quien se encuentra al fondo de la clase con el dedo en la nariz.

—¿Por qué crees que deberían haberse quedado en Oklahoma? Aquí habrían muerto de hambre o de algo peor. ¿Qué motiva tu respuesta?

De repente, acuden a su memoria las frases de su abuelo sobre trabajar en el campo.

—A ver… La tierra es de quien la trabaja. Si se hubiesen esforzado en trabajarla… Supongo que no lucharon lo suficiente por salir adelante —responde.

Y la clase entera le observa sin creerlo.

La profesora Newton deja la comodidad de su sillón y se levanta para mirarle a los ojos.

—Clayton, ¿de verdad has leído el libro?

Lo que le lanza no es una pregunta, sino una acusación, porque la respuesta del chico puede hacer pedazos toda su realidad.

—Sí —repite—. Claro que lo he leído.

—¿Hacia dónde viajan los Joad en la historia? —cuestiona Newton.

—Fuera de Oklahoma…

El sudor pobla la cabeza de Jordan. Los nervios toman su voz.

—¿Hacia dónde? —insiste la profesora.

—¿Co-Co-Colorado?

La clase entera aguanta la respiración con su respuesta. Lo siguiente son los susurros entre compañeros. Todos miran a Jordan sin razonar el significado de lo que está ocurriendo. Tampoco él piensa en ello. Lo único que oye es ese ruido que acude a su cabeza para afirmar una vez más que su vida es una mierda, que no debería haber mentido y que la música no va a salvarle. Mientras, la profesora no puede evitar seguir mirando al chico.

Unos largos minutos más tarde, Newton toma una decisión.

—Stacey, encárgate de la clase. Ahora vuelvo.

Deja el aula, nerviosa, sin volver a mirar a Jordan ni a nadie.

Stacey se ajusta la falda de cuadros, se pone al frente de la clase y demanda la atención de sus compañeros. Nadie piensa continuar hablando de Las uvas de la ira, ni siquiera cuando la chica les ruega que dejen de juzgar a Jordan, aunque ella tampoco puede centrarse en la maldita novela que ha provocado esto.

—¿Qué? —cuestiona el chico—. Dejad de mirarme así.

Lo que no alcanza a pensar es que no está siendo justo con el sistema, o eso dice la Ley sobre Educación que fue redactada y publicada a principios de este mismo año. En sus artículos se explican de manera irrisoria las razones por las que inmunes y no inmunes deben formarse en centros diferentes. Algo sobre la diferente capacidad de memorizar un contenido que no se cree del todo. Un argumento que nadie sabe comprender y mucho menos explicar.

La profesora Newton no tarda en volver, en compañía del director Manning.

—Clayton, por favor, venga a mi despacho —le pide o, más bien, le exige.

—Esto es una mierda —murmura él al coger sus cosas.

Salen al pasillo, donde Manning le pregunta:

—¿Es cierto lo que dice la profesora Newton?

—Está bien, no he leído el estúpido libro.

—No me refiero a eso, chico. —Manning se detiene y le agarra del brazo—. Jordan, ¿puedes mentir?

Newton espera a su lado con expresión incierta.

—No, director.

—Clayton, has dicho que has leído el libro —interviene la profesora—. No una, sino dos veces.

Jordan piensa en una respuesta para salir de aquel agujero. Una respuesta imposible.

—De acuerdo, esperaremos en mi despacho. Ellos sabrán qué hacer.

—¿Ellos? —inquiere Jordan.

—Esto escapa de nuestro control —dice Newton—. Lo siento, Clayton.

El sonido vuelve y deja sordo al muchacho.

Grace

El gabinete al completo se encuentra reunido en la sede de la exitosa campaña que le otorgó a Grace Langford su asiento en el Senado, un viejo local que antes de ser adquirido por el equipo de Grace era una clínica dental. Aún huele a productos desinfectantes. Allí debaten sobre los pormenores de un almuerzo benéfico en el que la senadora candidata a presidenta de la Cámara de Representantes sirva comida a los sintecho de New Heaven. Un acto público convertido en circo para convencer a los miembros más indecisos de la cámara de que ella es la aspirante perfecta.

—Podríamos hacerlo en los jardines de Broadway Squares, frente al teatro —sugiere Grace—. Queda cerca del cementerio. Sabemos que muchos de ellos duermen por allí.

—El problema es que nos quedaríamos sin recursos para Acción de Gracias —comenta su jefe de campaña, Alfred «Lameculos» Williams.

—Ya pensaremos algo. Aún quedan un par de semanas.

—¿Qué tal un baile benéfico para recaudar los fondos? —propone Cindy, becaria y protegida de la senadora Langford.

—Me gusta. Me desenvuelvo mejor entre el Chardonnay —comenta Grace entre risas—. Hagamos que los favorecidos se rasquen el bolsillo. ¿Qué te parece, Alfred?

—Creo que tendrá una mayor difusión. Haremos campaña en las redes sociales y lo transmitiremos en directo al día siguiente, cuando entreguemos el cheque de lo recaudado en el albergue de la ciudad.

—Olvídate de las malditas redes sociales —dice Grace airada—. Ya nadie cree las mentiras que la gente vomita en esas publicaciones.

A la senadora no le falta razón. El eco de mi existencia solo sobrevivió en el formato más odiado del mundo. La gente no puede mentir, eso está claro, pero escribir mentiras es otra historia. En cuanto se supo que la falta de sinceridad solo ataca a la expresión oral, todos, absolutamente todo individuo de este planeta, acudieron a las redes sociales para volcar allí sus mayores mentiras. Es mi gran reino, aunque nunca ha sido el escaparate de la verdad. Ni antes ni ahora. Incluso los terapeutas aconsejan a sus pacientes más indomables desahogarse en las redes sociales al menos una vez por semana. Entrar, gritar todo tipo de falsedades, opinar sobre todo sin tener idea alguna, insultar, señalar, criticar… y después volver a la realidad, donde la verdad está en el trono de manera tiránica.

La reunión acaba antes de lo previsto. Grace se entretiene organizando sus próximas reuniones y entrevistas. El despacho, que perteneció al jefe del departamento de prótesis y ortodoncias, está cubierto de carteles con su imagen, banderas que ondean bajo el lema de la vieja campaña que la llevó al Senado: «La verdad es de todos - Yo os haré libres», y folletos sobre las propuestas que presentará a la cámara. Promesas vacías que dependen de demasiadas personas llevarlas a cabo.

—Grace, tu marido al teléfono —le anuncia Cindy.

La senadora descuelga y se lleva el teléfono a la oreja con una sonrisa.

—Dime que has conseguido mesa en el restaurante.

—Enciende la televisión —pide él—. Esto tiene fecha de caducidad.

Grace busca el mando a distancia del pequeño monitor que tiene en su despacho. Antes de encontrarlo, Alfred entra.

—Tienes que ver esto —dice, y coge el mando a distancia de encima de una pila de pegatinas con el rostro de Grace.

En un canal nacional de noticias están entrevistando a un doctor.

—Sube el maldito volumen, Alfred —ordena la senadora, aún con el teléfono en la oreja.

—Han encontrado una manera de arreglar esta pesadilla que ya dura tres años —comenta su marido.

Grace Langford escucha la noticia sin entusiasmo.

—… se trata del cerebro y la médula, Phill. Ahí está la clave, en los sujetos inmunes a esta especie de alergia, para que me entiendas. Después de tres años estudiando a las personas invulnerables al Síndrome de la Verdad, resulta que la solución se aloja en el tejido cerebral. Esta… enfermedad reduce la sustancia blanca del lóbulo frontal del cerebro y aumenta la sustancia gris. Al mismo tiempo, hay una mayor actividad en la corteza prefrontal ventromedial y dorsolateral. Además, cuando un sujeto intenta mentir, su amígdala actúa incluso antes de que trate de soltar la mentira. Se inflama y provoca un fuerte dolor que produce hemorragias internas y podría causar la muerte del individuo.

—Pero eso ya se estudió durante el primer año, doctor. Háblenos del nuevo procedimiento. Ese por el que asegura que la realidad de una vacuna es inminente. Según nos ha dado a entender antes, podría ser mortal para la persona inmune, ¿no es cierto, doctor Millburn?

—No es tan sencillo de expresar, aunque puedo afirmar que el riesgo es alto. Debemos estudiar al mayor número de inmunes posibles. Los organismos no actúan de un mismo modo, ni siquiera el de ellos. No todos reaccionan igual para eludir la verdad. Por esa razón necesitamos que las personas no afectadas por el Evento den un paso al frente. Deben escoger el futuro de sus congéneres y no mirar hacia otro lado mientras la sociedad se pudre un poco más cada día. Tenemos que alzarnos como siempre lo hemos hecho. Reponernos de todo daño, Phill. Ya ocurrió en el pasado, durante las guerras. Los ciudadanos norteamericanos se ofrecían voluntarios para luchar por la libertad del mundo entero. Necesitamos ese espíritu de sacrificio. Necesitamos a esos ciudadanos.

Langford deja de prestar atención a la noticia cuando oye la parte de entregar su vida a cambio de que todos puedan hacer lo que ella no ha dejado de hacer. Porque en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Pero ¿qué ocurre si a todos les otorgan un ojo?

La senadora reflexiona de manera fugaz en las vidas que se habrán llevado por delante aquellos estudios. Personas como ella, capaces de mentir, a quienes nadie les ha dado opción de sacrificio. Tomaron sus cuerpos como ratas de un laboratorio para encontrar una cura a la enfermedad de la hipocresía mundial.

Eso piensa mientras su marido intenta que responda.

—Grace, cielo —insiste.

—Sí, disculpa. Estaba viendo…

—Tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

—Creo que puedes hacer más por este país que presidir la Cámara de Representantes.

Langford sabe lo que su marido le está pidiendo. El rumbo de la conversación requiere la confidencialidad más absoluta, así que le pide a Alfred que la deje a solas.

En la intimidad de su despacho, la senadora responde a su marido con una sinceridad lacerante.

—Llevo sirviendo a este país desde que acabé los estudios hace casi veinte años. Le he entregado mi tiempo, mis sueños, ¡todo! No es justo que me pidas algo así. No pienso entregar mi vida por nadie, Howard.

—No puedo seguir adelante sabiendo que hay una alternativa.

—Por el amor de Dios, es mi vida —repite ella.

—Tú no sabes lo que se siente al pensar que todo lo que digo es cierto, sin poder ocultarte nada. ¡Tú no puedes decir lo mismo! Solo tienes que preguntar y sabrás la verdad. En mi caso, tengo que creerte. Confiar en que sigues amándome, que no has estado con otro hombre y que no seré otra pieza más de tu puzle de poder. ¡No me hables a mí de vivir, Grace! Me entrego cada día a una relación con tal desigualdad que duele pensar en ello. ¿Habrías aguantado a mi lado si estuvieras en mi lugar? —Howard respira un instante para poder seguir—. Yo responderé por ti, porque puedo asegurarte que no. Sí, no habrías permanecido a mi lado, y puedo decirlo porque es la puñetera verdad.

La senadora permanece en silencio. Mira su imagen en los carteles de la campaña. Sabe que incluso su rostro es falso en la propaganda. Tiene un equipo que ha eliminado el paso del tiempo por su piel. Arrugas, manchas, maquillaje… No es necesario que abra la boca para mentir. Todo se ha convertido en una mentira para ella, y su matrimonio no supone una excepción. Ya nada es real.

—La respuesta es no, Howard.

—Lamento que digas eso, Grace.

En las palabras que ponen fin a la conversación hay una amenaza latente.

Aquello comenzó como un juego entre ellos. Ya lo decía Howard en casa: la escogida por los dioses para guiar al mundo a través de la verdad. Ahora el juego ha terminado. No hay premios ni galardones. En su lugar quedan los celos de un hombre y la ambición de una mujer.

Dos de las cosas más peligrosas de este mundo.

Brandon

Sacramento amanece con la noticia de la que todos hablan, la cercana cura a un mal de sinceridad que pone en jaque a toda la humanidad. Decir la verdad no debería ser tan arriesgado.

A sus cuarenta y dos años, Brandon Fuller es consciente de que su vida depende de mentiras y verdades. Desde que todo comenzó se ha convertido en el letrado más exitoso del norte de California. Siempre pensó que su lento ascenso se debía al oscuro tono de su piel, pero él no era un buen abogado antes y tampoco lo es ahora. Su único mérito reside en poder mentir mientras el resto del mundo es incapaz. Nada más. Una cualidad que explota desde hace tres años y de la que nadie tiene conocimiento. Al menos, nadie en libertad, y pocos creen a los criminales que han acabado en prisión tras sus escasas derrotas.

Brandon afronta el día como otro cualquiera en su nuevo apartamento de lujo. Desayuna con su mascota, un ejemplar de gato callejero que no le pide demasiado a su dueño. Descarga las tensiones del trabajo después de cada jornada con caricias a su fiel compañero peludo. Fue la mejor opción después de que Tina le abandonara, puesto que no pensaba meterse de cabeza en otra relación plagada de una franqueza cáustica. Nadie es capaz de soportar tal cantidad de verdad. Y si hay algo con las patas más cortas que la mentira, es el cariño fingido.

El abogado llega puntual a su cita con la justicia. Por primera vez en el mes consigue un aparcamiento en la puerta de los Juzgados Penales del Condado de Sacramento. Aunque la suerte está a punto de abandonarle.

Tras la inspección de seguridad de la entrada, el letrado Fuller se dirige a la sala común de la abogacía, un lugar de descanso/cafetería donde los letrados deciden sobre el futuro de las personas sin sus clientes. No les importan demasiado las consecuencias de tales acuerdos, tan solo el hecho de ganar en la negociación. Cuantas más victorias, mayor salario. Y así es como hacen de mí el negocio perfecto. ¿Qué más da que dejen el alma al entrar, si pueden ir a los juzgados en un Porsche? Es un precio que pagan con las vidas de otros.

Brandon saluda a su viejo compañero Sully con un leve gesto de cabeza. Desde que el caso de West Coast Gas & Electric comenzó a enjuiciarse, Charles Sullivan ya no toma cervezas con él los jueves al terminar la jornada legal. Sully ha dejado de lado la amistad por el caso más importante de su vida. El éxito de Brandon es una espina en su garganta que espera poder extirpar hoy al enfrentarse a él en el juicio. El pueblo de Small Canyon contra una de las empresas más importantes del norte de California. Razones suficientes para que alguien que no puede mentir olvide saludar a un viejo amigo que derrocha mentiras por doquier. Aunque eso Sully no lo sabe.

—¿Preparado para la batalla? —cuestiona Brandon al servirse un café.

—Deberías haber aceptado el acuerdo, Fuller. De hecho, aún puedes hacerlo.

—Es una indemnización demasiado alta, colega. No represento a la estúpida lotería de Powerball.

—Es el diablo quien paga. —Sully se gira hacia él—. Estamos hablando de una docena de personas envenenadas y dos víctimas mortales.

—Conozco los detalles, Charly. He hecho los deberes. Buena suerte.

Brandon deja a su excompañero con la sensación de estar traicionando a la razón por la que se hizo abogado. Le ha ocurrido a menudo desde que comenzó a labrarse cierta fama entre los delincuentes más pudientes de Sacramento y San Francisco. Solo tiene que mirar el llavero de su Porsche para calmar el sentimiento de culpa que trata de abrirse paso a través de su maltrecho sentido de la moral.

Entra en la sala del juicio con un empleado de seguridad privada a su lado. No es la primera vez que precisa de protección para ejercer su labor. Brandon no suele defender a buenas personas y eso lo pone en la diana de muchos ciudadanos frustrados.

La bancada está ocupada al completo por los vecinos de Small Canyon, el pequeño pueblo que aún sufre las consecuencias de la contaminación de sus aguas por parte de la sede más occidental de West Coast Gas & Electric. Los murmullos crecen hasta convertirse en abucheos; los insultos no tardan en seguirlos. Brandon ocupa su lugar junto a los representantes de la corporación WG & E y Sully se sienta en la zona opuesta con los ciudadanos demandantes. El jurado, compuesto por doce miembros, aguarda a la derecha de la sala, junto al estrado.

Aparece el juez.

—Juicio del expediente 2034S875. Small Canyon contra West Coast Gas & Electric. Preside el ho-ho-ho… —Cuando intenta decir «honorable», el secretario sufre las consecuencias de faltar a la verdad—. Preside el juez Anderson. Se abre la sesión —corrige bajo a la atenta mirada de exasperación del letrado.

El enorme magistrado sacude la toga antes de sentarse y, ya en el sillón, se pasa las manos sobre la despoblada cabeza.

—Bienvenidos a todos. Por favor, díganme que están listos para comenzar.

—Estamos listos, señoría —responde Brandon.

Sully solo asiente hacia el estrado.

—Perfecto. Alguacil, proceda con el test.

El funcionario se acerca en primer lugar al juez y le hace soplar a través de un pequeño conducto hacia el detector de drogas. El protocolo se instauró durante el segundo año del Evento, con la reforma de la Ley de Acción Judicial como salvaguarda de la igualdad de condiciones durante los testimonios judiciales frente al uso de Flamer, un estupefaciente de aplicación ocular o en pastillas que permite desinhibir la incapacidad de mentir. Todos creen que fue la industria cinematográfica la instigadora de su existencia, pues las artes escénicas estuvieron a punto de desaparecer el primer año desde mi marcha. ¿Es posible actuar o interpretar sin mentir? Pues… lo es. Siempre se ha dicho que un verdadero actor debe creerse su papel, entrar en el personaje y vivir en su piel. No obstante, pocos son capaces de algo así. Por esa razón hoy debes someterte a un test de drogas para que te tomen en serio. Ocurre incluso en televisión, durante esos realities sensacionalistas a los que acuden las celebridades cuando necesitan llenarse los bolsillos, o en los programas de entrevistas. No existe confianza alguna si no se tiene una prueba negativa. ¡Por todas las mentiras del mundo, si los venden en cualquier parte! Farmacias, supermercados, quioscos, restaurantes… Hace poco más de un año, toda la sociedad soplaba en un pequeño tubo a la espera del azul o rojo de moda, y presumían tanto de los resultados negativos como de los positivos en las redes sociales. Se hizo popular un reto estúpido mediante el cual debían emitir en directo mientras revelaban un gran secreto para después someterse a un test sin interrumpir la emisión. Absurdo desde todas las perspectivas. Por suerte, esa fiebre ya pasó. Hoy, la sinceridad no es tendencia, a nadie le importa. La raza humana dispensa banalidad a discreción.

Uno a uno, los citados descargan el aliento en el instrumento creado para detectar un susurro temporal de mi existencia. Todos pasan la prueba. Todos serán sinceros en sus manifestaciones, salvo uno.

—Está bien, solo voy a repetir esto una vez —aclara el juez—. Hay unas cien personas en esta sala. Comprendo que hayan venido a apoyar a sus vecinos de Small Canyon. No obstante, si me obligan a atender al orden en más de una ocasión, haré que despejen la sala. Letrado Sullivan, adelante.

—Con la venia, juez Anderson. Como ya sabrán, la empresa representada por estos señores de mi izquierda —Señala Sullivan con el brazo para despejar toda duda del jurado— ha ocultado durante años las consecuencias medioambientales que su sede de Small Canyon ha provocado mediante vertidos residuales tóxicos a los vecinos del citado pueblo. Efectos que ha sufrido toda una comunidad, a la que West Coast Gas & Electric ha envenenado, enfermado y matado. Recuerden estos nombres, señoras y señores del jurado: Jeremy Clifford y Edith Swansson. Dos personas que hoy no podrán defenderse de nada, pues murieron hace seis meses como fatal resultado de la ingesta del cromo hexavalente que aún contiene el suministro de agua corriente en Small Canyon…

—¡Asesinos! —se oye entre el público.

El magistrado Anderson lanza una mirada de reproche hacia los asistentes.

—Estas son sus autopsias. —Sully reparte copias de los informes entre los miembros del Jurado—. También tendrán la desgracia de conocer a las víctimas que al menos hoy sí pueden defenderse. Todos ellos sufren dolencias y enfermedades provocadas por el veneno que la fábrica de West Coast Gas & Electric no dudaba en arrojar al río y los acuíferos de la zona, como manifiestan los análisis realizados a diferentes muestras de aguas y tierra cercanos a caudales y pozos.

El abogado detiene su discurso para seguir con el reparto de informes.

Brandon observa el teatro de su rival ante un jurado curioso que no duda en mostrar expresiones de horror. Incluso se le escapa algún resoplido que es reprimido por la mirada acusadora del juez.

—Esos señores de ahí —vuelve a señalar Sully con el dedo— fueron advertidos de la contaminación de las aguas y no movieron un solo dedo. Continuaron con los vertidos, la actividad de sus instalaciones no cesó en ningún momento. Dicho de otro modo, no les importaba que la gente enfermara y muriera. Demostraremos además la falsedad de sus afirmaciones por escrito y el dominio criminal que impera en su administración. Sin embargo, ustedes tienen hoy la oportunidad de hacer justicia. Hoy, señoras y señores del jurado, tienen el poder de honrar la memoria de Edith y Jeremy y conseguir el bienestar de un pueblo entero. Gracias.

Tras la presentación de Sully el público aplaude el breve instante que les permite el juez Anderson.

—Letrado Fuller, su turno —indica el magistrado.

—Con la venia, señoría —saluda Brandon mientras se deshace de su chaqueta—. Señores del jurado, han escuchado lo que solemos llamar inexpugnabilis causa. Para que lo entiendan, el abogado Sullivan les ha presentado un caso perfecto. —Brandon deja su silla para acercarse al Jurado—. Y en esta vida nada es perfecto. Los hechos que les han teatralizado son verídicos de una manera un tanto general. Sí, hubo un problema en la sección de residuos en la sede de Small Canyon de la empresa West Coast Gas & Electric que nadie supo detectar. No obstante, en cuanto se tuvo conocimiento, la corporación a la que represento puso solución a la incidencia. Y no solo eso. Contactó con aquellas familias afectadas por las consecuencias que derivaron de aquel problema y les ofreció no solo una compensación económica, sino también la atención de los mejores centros hospitalarios y el trato de excelentes profesionales. Y saben que no me invento nada, o no podría expresarlo de este modo.

Brandon observa que los miembros del Jurado aún tienen los informes de Sully en la mano.

—Si prefieren verlo por escrito, sigamos con la manera de proceder de mi compañero Sullivan —dice el abogado acercándose a su mesa, donde se hace con unos documentos y los reparte entre el Jurado—. Aquí verán que los informes de muestras realizados por la EPA indican que ya no hay sustancias tóxicas en el suministro de aguas de Small Canyon. Como les he informado, todo quedó solucionado en cuanto se detectó el problema. —Brandon mira a los vecinos enfermos sentados junto a Sully. No desea utilizar esa carta, pero sabe que no ganará sin mancharse las manos—. Lo que deben cuestionarse es por qué estamos aquí hoy. Yo puedo responder a esa pregunta, porque no tiene nada que ver con vertidos o contaminación. Este juicio se celebra por dinero. Esta es la carta que mi cliente envió con un representante a cada persona afectada por el problema de la sección de residuos. —Brandon entrega al jurado una copia en papel mientras mira a Sully—. En la carta, además de asumir la responsabilidad por la gravedad de lo ocurrido, West Coast Gas & Electric les ofrece una indemnización económica más que justa. No se trata del precio de una vida, señores del jurado, sino de las intenciones de ambas partes. Mientras mi cliente entonaba el mea culpa y ofrecía dinero, servicios y atención a las víctimas, los vecinos de Small Canyon exigían más, más y más a una corporación que da empleo a la mayoría del pueblo. Por no mencionar que el problema de los residuos podría haber sido ocasionado por un trabajador de la propia localidad por negligencia en…

El público estalla con quejas e insultos.

El juez Anderson golpea el mallete y ordena a viva voz que los presentes vuelvan al orden.

—¡SILENCIO! ¡No permitiré un solo susurro más!

La calma regresa a la sala y Brandon se ajusta la corbata antes de continuar.