Laberinto de farsantes - Antonio Meroño - E-Book

Laberinto de farsantes E-Book

Antonio Meroño

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Beschreibung

A Octavio, un sencillo empleado de banca, se le complica la vida cuando su empresa lo despide con una buena indemnización y pasa a engrosar la interminable lista de prejubilados. Tanto tiempo de ocio le lleva a dilapidar en poco tiempo sus ahorros, realizando viajes y comprando caprichosamente. Le ayuda Eva, una mujer de la que esta perdidamente enamorado. Al borde de la depresión, acude a una profesional que le aconseja que se busque algún hobby. Se hace con una máquina de fotografiar que compra a plazos y se lanza a captar amaneceres. En su primer día de hobby, viaja de madrugada hasta La Mnaga del Mar Menor y apostado en un lugar estratégico, a la espera del sol naciente, observa como no muy lejos desde un Jeep Cherokee, dos hombres transportan hasta una lancha un fardo que le resulta sospechoso. Realiza varias fotografias del instante y se instala en su mente la sola idea de que el fardo es una alfombra que oculta el cuerpo de un delito. Inesperadamente aquel mismo día, cuando vuelve a su casa, encuentra una escueta nota a traves de la cual su compañera le comunica que le abandona, desapareciendo sin dejar rastro. La búsqueda de su compañera se convierte en una obsesión, e inicia una investigación que le pondrá tras la pista de un conocido empresarion del sector inmobiliario. Toda una sucesión de acontecimientos y situaciones inesperadas, a veces surrealistas, que incorporan nuevos personajes, creando entre ellos en extraña simbiosis una combinación de engaño, codicia y asesinatos que desembocaran en un incierto final.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2019

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© Antonio Meroño Meroño

© Laberinto de farsantes

Diseño de cubierta: Jorge Meroño Gallut

ISBN papel: 978-84-685-3867-9

ISBN ePub:

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Índice

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1

Tres veces se oyó el timbre del teléfono… Octavio acomodó el cuerpo contra el respaldo del viejo sillón de escay rojo de su despacho y, con gesto incómodo y resignado, descolgó el auricular para atender la llamada.

Llevaba un buen rato esperando aquella llamada y conocía muy bien el motivo de la misma. Por tanto, estaba preparado para recibir una andanada de reproches que, en otro tiempo, le hubiesen molestado mucho más. Pero a sus 51 años no pasaba de ser algo incómodo. Pocas cosas podían llegar a ofenderle, y la admonición de su jefe no era precisamente una de ellas. Pese a ello, tenía que aparentar cierto tono de malestar para simular que el mensaje le había calado, y, así, evitar escucharlo repetido varias veces como si de un disco rayado se tratase. Su desinterés le llevaba a fingir sin trabajo alguno, y mostraba, penitente, su predisposición para enmendar las faltas exigidas por aquel superior que solía importunarle. Tanto, que una vez terminado el monólogo, y nada más colgar el teléfono, abandonaba el despacho para ir al cercano bar de la esquina donde, al verle entrar, el camarero, sin preguntarle, le servía un tapón de 100 Pipers. Octavio, tras beberlo de un solo trago, suspiraba aliviado.

—¿Dígame? —preguntó con la habitual rutina al descolgar.

Por respuesta recibió un escueto y seco —buenos días— y, a continuación, vino la andanada esperada de reproches y descalificaciones. Octavio se mantuvo impasible, con el oído pegado al teléfono, sin prestar atención alguna a lo que escuchaba, abstraído en los curiosos movimientos de una araña que se descolgaba suavemente desde el techo con la intención de alcanzar el suelo.

— ¡Me has entendido! ¡Porque estoy cansado de repetirte siempre lo mismo! Y luego tú vas y haces lo que te sale de los cojones… ¡Pero esto se ha acabado! —bramaba su jefe, que estaba para que le diera algo malo.

Hacía bastante calor dentro del despacho para ser marzo, y Octavio se restregó un clínex por la frente para secarse el sudor. —Mierda de calefacción—, pensó.

—Lo he entendido perfectamente, Sepúlveda… En una hora tendrás ese informe, aunque se ha roto el aire acondicionado y en este despacho no hay quien viva. Y sabes que pega el sol que te cagas —suspiró de sofoco.

—¡Como si estuvieses en el mismísimo infierno! —gritó Sepúlveda—. ¡Quiero ese informe dentro de una hora o tu suerte conmigo se habrá terminado para siempre! — la comunicación se cortó repentinamente; el jefe le había colgado el teléfono.

Octavio se quedó con el auricular pegado a la oreja, recibiendo el sonido continuado de la señal del corte de conexión, ensimismado con el descenso de la araña, que no terminaba de aterrizar en el suelo… La aplastó de un pisotón con tal fuerza que apenas quedaron restos pegados a la suela del zapato. A continuación, con el auricular del teléfono aún pegado a la oreja, marcó el número interior de uno de sus subordinados.

—¡Sí! —contestó una voz femenina.

—¡Celeste, por favor, ven a mi despacho! —pidió educadamente.

Pocos segundos más tarde se presentó en el despacho una joven de unos veinticinco años, alta y delgada, de cara huesuda y blanquecina; llevaba el pelo tintado de color panocha, cortado a lo parisién. Unas modernas gafas de alta graduación ocultaban sus verdes ojos. Vestía un chaleco de color verde pistacho sobre una camisa blanca de manga corta, y una falda negra entubada hasta la rodilla. Tenía las medidas perfectas para haber sido una modelo tipo.

Se situó de pie frente a la mesa llena de papeles desordenados que ocupaba el sudoroso Octavio, y esperó a que este la invitara a tomar asiento.

—Siéntate, tengo que pedirte un favor. No me malinterpretes, pero necesito que hagas algo por mí —le dijo mientras cerraba apresuradamente en su ordenador varios archivos de internet que tenía abiertos.

La joven obedeció al instante y se sentó frente a él, al otro lado de la mesa, en uno de los sillones destinados a los clientes. Cruzó sus delgadas piernas y se estiró la falda para que no se le viese por encima de la rótula. Octavio la siguió con la vista disimuladamente.

—¿De qué se trata? —preguntó la joven con voz temerosa, propia del nerviosismo de quien acababa de llegar a la organización y aún no tiene asegurado el puesto. La había pillado por sorpresa; no era normal que el director la llamase a ella. Nunca antes, en el poco tiempo que llevaba en la oficina, le había encargado nada personalmente. Ni siquiera se había dirigido a ella para saludarla en alguna ocasión; diríase que la había ignorado. Y, de repente, había solicitado su presencia nada menos que para pedirle un favor; estaba como un flan. Por los altavoces de la música ambiental comenzó a sonar la melodía de una canción de Roberto Carlos que la hizo enrojecer. Su turbación se producía al recordar un cercano romance mal acabado: su primer novio y le salió rana (se había quedado en el armario). Aún no lo había superado. Emocionada, agachó la cabeza para disimular su sonrojo, y Octavio interpretó erróneamente que la tenía intimidada; por eso intentó despreocuparla:

—¡Tranquila! No te voy a pedir que hagas nada raro —le dijo, mientras observaba asombrado cómo a la joven le crecía una mancha de sudor bajo la axila que mojaba por completo la manga de la camisa. Esta suspiró avergonzada y, sin decir nada, asintió con la cabeza, reponiéndose de la emoción producida por la canción.

—Necesito que hagas un trabajo por mí —precisó Octavio—. Acaba de llamarme el jefe Sepúlveda reclamándome un informe que debía haberle enviado hace un mes. Estaba muy cabreado y me ha amenazado con echarme a la calle; lo cual no me importa, aunque aún no es el momento ideal para irme. Por eso necesito que hagas ese informe... ¡Ah! Y debe ser un buen informe, que deje bien a la oficina.

Se pasó otro clínex por la frente; no conseguía secarse el sudor.

—El aire aquí no llega —volvió a suspirar.

Celeste aún intentaba desengancharse de la interminable canción. Se quitó las gafas empañadas por la acuosidad del lagrimal y las limpió con su propio jersey. A continuación usó las manos para secarse las lágrimas que aún colgaban de sus húmedos ojos. Octavio, demasiado confundido para adivinar el porqué de aquel lloriqueo, intentó quitarle presión.

—¡Pero no te pongas así, mujer! La cosa no es para tanto; solo es un informe de nada.

Ella gimoteó.

—¡Lo siento! —se volvió a disculpar—, pero ha sido la canción de Roberto Carlos; me ha tocado en lo más profundo.

Octavio miró al techo, hacia el altavoz de donde salía la melodía. No se había percatado de ello.

—¿Te refieres a esa música? —señaló con el dedo hacia el altavoz.

Celeste asintió con la cabeza mientras se sonaba la nariz con un clínex que le había ofrecido Octavio.

—“Detalles—, de Roberto Carlos, era nuestra canción preferida. Es decir… al arrullo de esta melodía me enamoré de él —dijo, suspirando como una boba encelada, mientras se colocaba de nuevo las gafas.

—¡Anda, coño! —exclamó Octavio—. Y yo que creía que estabas llorando porque tenías que hacerme el informe. ¡Qué coincidencia! Yo también me enamoré con una canción de Roberto Carlos: “la distancia” se llamaba, y fue mi primer ligue. Solo bailábamos agarrados, y ya me entiendes… ¡Vaya tiempo aquel! —Suspiró con nostalgia—. Bueno, dejemos esto, que yo también me emociono; a lo que estamos.

Octavio pulsó el botón que desconectaba la música justo cuando la canción había terminado. La joven intentó hacerle ver que no tenía ni pajolera idea de cómo hacer aquel informe. No sabía qué poner para justificar unos números tan malos como los que presentaba el balance del último mes. Ni siquiera contaba con datos para inventárselo basándose en otros períodos. No veía nada claro aquello y así se lo expuso:

—No puedo hacer lo que me pides; no estoy preparada para ello. ¿Por qué me has llamado a mí? —preguntó preocupada e intrigada.

Octavio apoyó los codos sobre la mesa, cruzando las manos y estirando los dos índices para sujetarse la barbilla. Se puso tenso, la miró fijamente unos instantes y alzó la cabeza al cielo para justificar su decisión:

—Ninguno de tus compañeros se prestaría para esto; son unos cobardes de mierda. Sin embargo, tú tienes coraje; te vi el otro día enfrentarte a don Julián cuando vino a reclamar los intereses que le faltaban. Le dijiste que, si no estaba contento con nosotros, se marchara a otra entidad. Eso me gustó, porque no se lo esperaba y se quedó boquiabierto. Ninguno de tus compañeros se hubiese atrevido a hacerlo; solo tienes que ver que son unos lameculos. Por eso confío en ti y entiendo tus temores. Pero no debes preocuparte; solo debes inventarte un informe que yo firmaré como director. Nadie sabrá que lo has hecho tú. Y te estaré eternamente agradecido; me caes muy bien.

La joven se ajustó las gafas a la nariz mientras intentaba entender aquella extraña situación.

—¿Y por qué no lo haces tú? —preguntó descruzando las piernas con sumo cuidado al cambiar de posición.

Octavio puso las manos abiertas con las palmas bocarriba y las elevó un palmo sobre la mesa como un orador. No conseguía mantenerlas quietas; le temblaban demasiado. Celeste seguía sin entender nada, pero se atrevió a especular con el nombre de una seria enfermedad.

—Pero… ¿tienes Parkinson?

—¡No, coño! —reaccionó Octavio incorporándose del sillón—. ¡Es ansiedad! Se ha apoderado de mí y no me deja hacer el puto informe… Seguramente sea inexplicable para ti, pero lo he intentado varias veces… Solo es ponerme a ello y un estado de desazón me pone al borde del infarto; las pulsaciones suben a ciento cincuenta; sufro arritmia y necesito tomarme un güisqui. Siempre lo soluciono con güisqui, pero, cuando estoy bebido, no puedo pensar en nada serio —los ojos de Octavio enrojecieron y sus pupilas, dilatadas, brillaban; parecía que fuese a llorar.

Celeste le miraba sorprendida; no sabía qué decir. Era la última de la plantilla, la de menos antigüedad, y estaba asistiendo al desmoronamiento de su jefe. Aquello le resultaba inesperado e increíble.

— —Piensa, Celeste— —se dijo intentando estar a la altura de aquella situación tan surrealista.

Entonces sonó el teléfono; lo cogió Octavio. Era el subdirector, que reclamaba a Celeste en el patio de operaciones para atender a un cliente que preguntaba por ella. Octavio le comunicó que no iba a salir pues estaba realizando un trabajo encargado con urgencia por el jefe Sepúlveda, y durante una hora no estaba para nadie. La joven, al hilo de la conversación, se vio sin escapatoria, y no quiso entrar a valorar si era o no ético lo planteado por Octavio; simplemente, se atrevió a pedirle que la dejara ocupar el sillón de director. Octavio aceptó.

Hora y cuarto más tarde, a pesar de su inexperiencia, había fabricado un informe totalmente inventado, aunque realista, que Octavio firmó sin leerlo; y, tras recibir el agradecimiento de este, volvió a su mesa. Escondida detrás de la columna del patio de operaciones, sus compañeros la miraban, impacientes por conocer qué había estado haciendo tanto tiempo en el despacho del director. Ella se limitó a sonreírles, dando pábulo a toda clase de bromas y especulaciones.

Unos meses más tarde Octavio, inesperadamente, fue cesado, despedido y muy bien indemnizado. Tras cuarenta y pico años de servicio, por fin lo habían echado a la puta calle. Se lo tomó tan bien que tuvo que acudir varias veces a la consulta de un psicólogo para que le convenciese de que no estaba soñando.

Superado el feliz trance, y creyéndose curado de su ansiedad post-trabajo, se dedicó a viajar junto a su compañera, con la que no estaba casado, aunque tenía intención de proponérselo pasadas las elecciones municipales, para las que faltaban menos de dos años. Recorrieron varios países de Europa, EEUU y alguno de África, sin escatimar en gastos. Solo pensaba en recuperar algo de lo que le habían quitado aquellos cuarenta años de trabajo indeseado y para el que no había nacido. Pero la felicidad, que no es eterna y es falsa como un mal sueño del mes de agosto, trajo sus consecuencias: engordó veinte kilos y comenzó a tener problemas con su compañera cuando el dinero de la indemnización estaba prácticamente agotado. En menos de dos años estaba casi a cero, había gastado como un descerebrado. Infectado por el virus del amor, creyó estar fortaleciendo su relación con ella a base de satisfacerla en sus caros caprichos —era una adicta a los viajes—, y no tuvo en cuenta que el dinero, en aquellas circunstancias, circula aún más rápido que el tiempo; y para cuando trató de atenuar aquel maravilloso ritmo de vida, ya era demasiado tarde: la ruina le visitaba.

Volvió la ansiedad, que nunca se va para siempre, y tuvo que retomar las visitas al psicólogo de la Seguridad Social —media hora cada quince días—, que no bastaban por si solas, añadiendo un psiquiatra, también de la Seguridad Social, que le recetó unas milagrosas pastillas para conciliar el sueño. Ambos profesionales le recomendaron que se entretuviese, que se buscase algún hobby, algo que le llenase la vida y el tiempo sin mucho costo. Pero su cabeza, mal asentada desde joven, no le ayudaba a encontrarlo. Hasta que un día, a instancias de un amigo suyo al que siempre había menospreciado por insignificante y tacaño, aceptó una máquina de fotos prestada: una Leica del 57 comprada en Canarias; para probar con la fotografía era perfecta.

No le pareció mala idea. Siempre, desde pequeño, se había sentido atraído por el arte de la instantánea, y llegó a usar alguna Kodak desechable, barajando en varias ocasiones la idea de hacerse con una máquina profesional.

Con la Leica prestada inició el hobby de la fotografía con bastante pasión, aunque el resultado fue nefasto: todas las fotografías salieron dañadas por exceso de exposición. Él lo achacó a que estaba fabricada en Rusia, donde hay poca luz. Lo comentó con su pareja, pero esta no quiso saber nada de aquello.

Estaba sin blanca, no tenía dinero ni para echar gasolina, y decidió acudir a una financiera con la intención de conseguir la financiación necesaria para hacerse con la máquina a plazos.

Su compañera era contraria a dicha compra, poniendo por delante la prioridad de una liposucción de caderas que tenía pendiente por falta de fondos. Tuvieron una pequeña discusión, nada del otro mundo, aunque durante unos días hablaron lo justo y ella comenzó a tomar demasiados cafés fuera de casa.

Octavio no quería dar el primer paso, aunque lo estaba deseando, y pensaba que solo era cuestión de tiempo el que todo volviese a la normalidad. Miraba ilusionado su nueva cámara, deseando estrenarla.

Así, el miércoles 6 de Marzo de 2013, a las cinco de la madrugada, se levantó con cuidado para no despertarla y abandonó la habitación a oscuras, yendo a vestirse al cuarto de baño, donde ya se había dejado preparada la ropa el día anterior. Acarició al perro, que lo seguía jadeante hasta la puerta, esperando un premio como de costumbre; le dio una mini galleta con forma de hueso y abandonó la casa.

Subió a su Seat León de color rojo que estaba aparcado en la calle, justo enfrente de la misma puerta, y partió hacia La Manga, pertrechado con su nueva cámara y un viejo trípode.

El trayecto se le hizo corto. Pasó sin enterarse por Los Belones y enseguida se encontró a la altura de Cabo de Palos. Recorrió la Gran Vía de sur a norte, o de este a oeste —según se mire—, hasta cruzar el puente del Estacio. Siguió un par de kilómetros más, hasta llegar a la zona conocida como la Veneziola —urbanización de inspiración veneciana, como no podía ser de otra manera, donde los chalés estaban construidos dentro de islas y acceder a ellos solo era posible en barco o nadando—. Una vez allí, decidió apostarse en la orilla del Mediterráneo, a espaldas del Mar Menor. Eran casi las seis de la madrugada y aún no había atisbo de claridad en el horizonte. La oscuridad lo envolvía todo. Condujo el coche por una calle cortada que desembocaba justo en la misma playa. Era una zona virgen, donde las casas más cercanas estaban a más de cien metros, llena de restos de posidonia en estado de descomposición. Preparó su equipo de trabajo: sacó el trípode, lo colocó sobre una superficie segura y apretó los tornillos de sujeción. Colocó la cámara sobre él… Hacía frío.

Se resguardó en el coche y encendió la radio mientras esperaba. Echaba de menos un güisqui. Miró el reloj y calculó que en veinte minutos comenzaría a salir el sol.

En la radio sonaba una de sus canciones favoritas: —leaving las Vegas—, de Elvis Presley —su gran ídolo de toda la vida—. La tarareó chapurreando palabrejas en inglés, que solo coincidían con el original en el tono, mientras golpeaba con sus manos el salpicadero como si fuera un bongo. Estaba disfrutando el momento. A su derecha una hilera de luces que brillaban con fuerza, proyectándose a lo largo de la costa; algunas resultaban ser muy reconocibles para Octavio.

A las seis y media en su reloj, frente a su cámara, comenzaba a divisarse la cima de la isla Grosa, que, como un fantasma, emergía imponente sobre la bruma de aquel marzo húmedo de nubes bajas. Como una difusa mancha en el horizonte, precisaba de la luz del sol para mostrar toda su belleza.

Las luces de un coche, al cruzar el puente levadizo del Estacio, deslumbraban —llevaba la larga puesta—. Se acercaba por la única carretera posible y, un poco antes de llegar a la altura donde se encontraba apostado Octavio, se desvío hacia la izquierda, yéndose hacia la orilla del Mar Menor, a la zona conocida con el nombre de urbanización Ancla Azul.

Octavio tenía su cámara preparada y la giró para satisfacer su curiosidad mientras esperaba que llegasen las luces del amanecer. Cambió el objetivo 18-55 por un 55-250 para tener más alcance y apuntó hacia el coche.

Era un Jeep Cheroqui —el vehículo deseado por Octavio y que nunca llegó a tener—. Había parado justo al llegar a la playa, pisando la arena, en el límite de la urbanización.

—¡Vaya, debe de ser alguna pareja con ganas de pegarse el lote!— exclamó mientras crecía su curiosidad por averiguarlo, aunque la oscuridad no le permitía ver el interior del coche.Permaneció entretenido un rato, hasta que se atisbó una ligera claridad. Los primeros rayos de sol estaban a punto de asomar en el horizonte; la bruma parecía alejarse mar adentro. El mar comenzaba a tomar un color rojizo y amarillento —como la bandera de España—. Pronto asomaría la cresta de la corona solar, el momento que esperaba para comenzar a disparar la cámara y sacar las fotos deseadas.

Pero Octavio se había distraído con el jeep Cheroqui y no prestaba atención a otra cosa. No conseguía ver quién iba dentro del coche, pero sí advirtió que alguien se aproximaba al vehículo por el lado de la puerta del conductor y parecía decirle algo. A renglón seguido, tras unos aspavientos con las manos entre uno y otro, el que acababa de llegar se alejaba lo suficiente para que el conductor pudiera abrir la puerta y bajar. Ahora los veía mejor; eran dos hombres, con toda seguridad, que, tras una corta conversación, se dirigieron hacia la parte trasera del Cheroqui, abrieron la puerta y bajaron algo parecido a una alfombra enrollada. Octavio dio rienda suelta a su imaginación y pensó que ocultaban algo en aquella alfombra… —Quizás un cadáver—, pensó, y disparo su cámara.

La extraña curvatura que presentaba el bulto, prácticamente a la mitad, mientras lo transportaron, era el motivo de la sospecha. Siguió observando con mucho interés toda aquella operación, y se olvidó definitivamente de fotografiar el amanecer. Vio cómo llevaban la alfombra hasta una pequeña lancha, que tenía la proa y parte de su quilla sobre la arena, y la depositaban dentro; a continuación empujaron la embarcación lo suficiente para que pudiera navegar y desapareció mar adentro. El hombre del Cheroqui, durante unos segundos, permaneció en la playa, siguiendo con la mirada la lancha que se alejaba. Luego volvió al coche y se marchó por donde había venido.

Octavio no perdió detalle y, según vio venir de frente al Cheroqui en su retirada, apuntó con su teleobjetivo y disparó hasta quince veces sobre la imagen del conductor, intentando captar alguna foto lo suficientemente buena como para identificarle. El Cheroqui pronto alcanzó la carretera principal y se perdió a toda velocidad cruzando sobre el puente del Estacio.

Ya era tarde para amaneceres; el sol se había elevado demasiado sobre el horizonte. Resignado, Octavio disparó algunas fotos a sabiendas de que no valían para nada, recogió los bártulos y puso en marcha el coche.

El camino de vuelta a casa lo hizo sin dejar de darle vueltas a la cabeza; aquel bulto le pareció demasiado sospechoso. ¿Por qué embarcar una alfombra de noche y en una playa desierta? ¿Qué sentido tenía aquello?

La idea de que la alfombra ocultase el cuerpo de una persona muerta o secuestrada cobraba fuerza dentro de la imaginativa y tortuosa mente de Octavio.

Entremezclando cosas, pensó en cómo decirle a Eva que la situación económica estaba peor de lo que ella creía. Solo le quedaban tres mil euros en el plan de pensiones —ni para aguantar tres meses— y, tal como estaba la relación últimamente, temía una agria discusión.

La ansiedad pareció volver, y se vio obligado a realizar unos de esos ejercicios de relajación que le había enseñado su psicólogo para intentar controlarse.

Paró el coche en la entrada de un camping, al que accedió desde la autovía, y se tumbó en el suelo, con los ojos cerrados y una piedra sobre el estómago, durante media hora o más, hasta que una imaginaria luz azul descendió desde el cielo y entró en su cuerpo a través de la piedra, provocándole un estado de bienestar que le dejó dormido.

Sobre las diez y media de la mañana llegó de vuelta a casa. No sabía por qué, pero se sentía raro, no se sentía estresado a pesar de que tenía que enfrentarse a Eva y explicarle cómo estaba la situación.

Aparcó con nerviosismo, pellizcando uno de los neumáticos delanteros contra el bordillo de la inexistente acera —solo estaban puestos los bordillos—, y bajó del vehículo sin pararse siquiera a ver el daño causado a la rueda —tenía prisa—. Tocó al timbre dos veces seguidas y, al no obtener respuesta, repitió con insistencia; no hubo resultado y comenzó a cabrearse.

— ¡Estará por ahí tomando café; toma demasiado café! —exclamó rabioso.

Se registró los bolsillos buscando la llave para abrir la puerta a pesar de que sabía que no la llevaba. Recordó que había una bajo el felpudo. La tenían allí escondida por si surgía alguna emergencia. Se agachó y la recogió.

Estaba algo oxidada por el desuso, pero no era obstáculo para abrir la puerta y, por fin, consiguió entrar en la casa. Percibió un fuerte olor a pino… Inspiró profundamente, dejó su cámara colgada en el perchero del pasillo y el trípode apoyado contra la pared, detrás de la puerta; se volvió, quitó la llave de la cerradura y la colocó de nuevo bajo el felpudo. Cerró la puerta por dentro y, al volverse, advirtió la presencia de un sobre encima del comodín. Lo cogió con impaciencia y comprobó que no tenía franqueo, ni tampoco remite; iba dirigido a su persona, con nombre y apellidos: “Octavio Belmonte Castellón”. Lo abrió y sacó de dentro una cuartilla doblada por la mitad donde aparecía escrita una escueta nota. Tras leerla, su rostro se transformó de una forma inesperada.

—¡Debe de ser una broma!— exclamó sorprendido.

Pero no era ninguna broma. Su pareja le había abandonado, así de claro.

Releyó de nuevo la nota, dejándose caer de espaldas sobre el sillón.

—¡Y se ha llevado al perro! —exclamó desolado —. ¿Por qué?

Un gran malestar se apoderó de él. Se sintió aturdido, la cabeza la daba vueltas y el corazón quería fallarle, aunque no lo hacía; solo una leve taquicardia de carácter emocional. Por un instante creyó perder el conocimiento, aunque no llegó a sucederle. Poco a poco, tumbado en el sofá, fue recuperándose. Había sufrido el impacto de un golpe inesperado; estaba K.O. Jamás hubiese pensado que ella le abandonaría de aquella manera tan despreciable y traicionera, después de todo lo que le había dado. Tendido en el sofá miró a su alrededor buscando una explicación, pero solo restos del pasado quedaban reflejados en un portarretratos que había sobre una pequeña mesa, desde el que ella parecía mirarle con una extraña sonrisa. Durante unos segundos lo miró consternado, pero, repentinamente, como impulsado por un resorte, se levantó del sofá y fue directo al dormitorio. Abrió y cerró cajones y armarios impulsivamente, buscando una señal de esperanza, pero, de nuevo, no la encontró; todo estaba vacío, ni una prenda de ella, ningún objeto personal. Se lo había llevado todo, incluso aquel elefante de loza que compraron en Marruecos para ocultar chocolate, siempre visible sobre la repisa de la chimenea.

—¡No hay duda, me ha puesto los cuernos—exclamó para colmo de su desdicha.

Octavio estaba desesperado, arruinado, sin trabajo y abandonado por su pareja. Durante varios días intentó comunicarse con ella a través del teléfono, la llamó multitud de veces al móvil, pero siempre estaba apagado o fuera de cobertura. Destrozado, se refugió en su güisqui preferido —100 Pipers—, que no le curó pero le alivió el mal. En soledad, comenzó a alimentarse a base de palomitas de maíz y patatas fritas, pasando el día tirado en el sofá, manejando distintas manera de suicidarse —por supuesto, ninguna era de su agrado—. El hundimiento fue total.

En el culmen de su desesperación, recibió la oportuna llamada de un antiguo compañero de trabajo con el que tenía una deuda de juego ya hacía más de cinco años. Aquel, que le llamaba para cobrarle, al escuchar sus lamentos, intentó ayudarle contándole su experiencia personal.

—Ve a la iglesia y reza —le dijo.

Pero Octavio, aunque creía firmemente en la existencia de Dios, no era hombre de iglesia ni de curas, así que no estaba dispuesto a explorar aquella vía y pedirle ayuda a la Iglesia. Necesitaba otro tipo de ayuda, pero tampoco de la Seguridad Social como hasta ahora. La situación requería que fuese a un profesional de pago.

Agradeciendo el consejo a su amigo, le prometió pagarle la deuda lo antes posible y quedaron en verse otro día sin fecha fija. Tras colgar el teléfono se puso a buscar en las páginas amarillas un psicólogo, preferentemente mujer, que siempre le daría una solución más acertada para justificar lo que había hecho otra mujer.

No encontró mucho donde escoger en las páginas amarillas. Se decidió por una psicóloga extranjera, al parecer por el apellido —eso creyó—, y la llamó por teléfono para pedirle cita. Fue la psicóloga en persona la que cogió el teléfono, y, al oírle decir que necesitaba la cita urgente, porque estaba barajando varias opciones de suicidio, creyó oportuno darle hora para el día siguiente; eso sí, le pidió, por favor, que no se suicidase sin antes hablar con ella. Precisamente estaba escribiendo un libro sobre las causas que invitan al suicidio y estaba muy interesada en su opinión. Octavio le avisó de que estaba sin blanca. Ella le tranquilizó diciéndole que no tenía por qué preocuparse; llegarían a un acuerdo.

La cita con la psicóloga le calmó momentáneamente, aunque aquella misma tarde volvieron los pensamientos suicidas: colgado de un almendro —la idea le aterraba—; ahogado en un aljibe —horroroso, odiaba el agua—; envenenado —peor, había leído que se suelen sufrir dolorosas convulsiones antes de reventar por dentro—. Así, hasta veinte maneras de suicidarse descartó. Aún no estaba preparado.

Al día siguiente, a la hora convenida, estaba frente al portón de acceso. Había tenido que viajar en autobús hasta Torrevieja, y no le había costado mucho trabajo encontrar la consulta, ya que estaba en el primer piso de un conocido edificio de apartamentos, cuyo bajo comercial estaba ocupado por otro conocido supermercado que no vamos a nombrar para no dar más pistas.

En la fachada del edificio, junto a la puerta de acceso al portón número 15, había una plaquita de metacrilato muy coqueta: María Sorokina, psicóloga 1º A, horario: tardes de 15 a 21 horas.

—¡Aquí es! — exclamó gozoso.

Subió las escaleras y llegó al rellano del primer piso, donde encontró varias puertas; buscó la que tenía una chapita con la letra A, miró el reloj —eran las 5 de la tarde— y pulsó el timbre. No tardaron en abrirle; lo hizo una joven de rasgos caucásicos: pelo claro y ojos azules, embutida en vaqueros ajustados y camiseta blanca con estrellas rojas que le resaltaba los senos —para Octavio una autentica rusa—. Le invitó a pasar.

—Ha sido usted puntual —dijo ella.

—Acostumbro a serlo —dijo Octavio correctamente.

Una vez dentro se presentó como el desesperado que la había llamado con tanto apremio —ella ya lo sabía, no podía ser otro—. Lo estaba esperando, y le hizo pasar a una habitación contigua donde tenía el despacho-consulta. Antes de comenzar con otra cosa, la joven le dejó muy claro que le iba a atender fiado aquella primera vez porque lo iba a usar para el estudio que estaba realizando, pero en ningún caso y bajo ningún concepto el resto de las consultas serían gratis; tendrían que acordar una forma de pago. Octavio aceptó sin poner ninguna traba.

—¡Pero tiene usted que comprometerse a pagarme! —le repitió antes de comenzar.

—Sí, por supuesto; no lo dude. Estoy pendiente de una venta; solo será cosa de un mes. Claro está, si no me suicido antes. De ser así, usted no cobraría; así que espero que haga un buen trabajo conmigo.

La psicóloga puso cara de ornitorrinco ofendido.

—¡Ese riesgo lo asumo yo; no hace falta que me lo recuerde! —dijo tajante.

Octavio, sin más demora, se tendió bocarriba sobre lo que entendía que era el recostadero con forma de diván de película antigua. La seguridad de la psicóloga le había insuflado confianza. Ella cogió un bloc y un bolígrafo, se puso unas gafas que debían de ser para leer de cerca y comenzaron la sesión.

Primero le hizo un interrogatorio buscando las claves que activaban aquella intención de suicidio; luego un examen a modo de test: le enseñó varias fichas con figuras y caracteres que Octavio tenía que interpretar tal como los veía. Ella anotaba las respuestas con una puntuación. Una hora después, tras más de cincuenta fichas, concluyó la sesión y la psicóloga hizo su primera valoración.

—Ya puede incorporarse. Por favor, siéntese aquí —le señaló el sillón que tenía destinado a los pacientes frente a su mesa—, y agárrese los machos porque le voy a poner a trabajar.

—¡Trabajar! —exclamó sorprendido.

—Usted no sabe lo mal que está —indicó ella mientras se quitaba las gafas para mirarle a la cara.

—Dígamelo a mí, que no encuentro la manera de abandonar esta vida tan absurda —apuntó cabizbajo.

—Los resultados de los test indican que usted no quiere suicidarse —añadió ella.

—¿Cómo? ¡Usted no sabe lo que dice! Estoy destrozado; ahora mismo sería capaz de cualquier cosa; mire que por la cabeza me pasan ideas muy raras… ¡Usted también debería hacer que la mirasen!

—Repito, usted está muy mal, pero no es un suicida. Usted es un peligro público, un maníaco con trazas de psicópata.

Se produjo un inquietante silencio que duró hasta que fue roto por el ruidoso impacto de una golondrina corta de vista que se estampó contra el cristal de la ventana por la que pretendía colarse.

—¿Eso es un mal presagio? —preguntó Octavio.

—No sé, es la primera vez que sucede —contestó ella mirando el cerco empañado sobre el cristal.

—Si eso es cierto me quita un peso de encima; ahora me comprendo mejor. ¿Y qué tengo que hacer para no matar a nadie, incluido a mí mismo?

La psicóloga, antes de seguir, le dejó claro que cada sesión le costaría 100 euros. Octavio aceptó encantado —ver aquella tía tan imponente le parecía barato.

—Hay que darle un cambio radical a su vida. De ahora en adelante tendrá que hacer ejercicio para mejorar su aspecto físico; saldrá por las noches para hacer amigos, sin abusar del güisqui; claro está, y olvidará a la mujer que le abandonó, borrando toda referencia a ella. Para empezar: su número de móvil. No vuelva a llamarla nunca más; bórrela de su agenda.

Octavio miró a la psicóloga, asintiendo en todo. —Está como un tren, lástima que esté enrollada con el tipo de la foto—, pensó. Y se marchó convencido de que la sesión había sido demasiado corta. La próxima cita la tendría en dos semanas.

Unos días más tarde, atendiendo a las instrucciones de la psicóloga, intentó ordenar su vida, aunque no encontró la manera de hacerlo: de trabajar, nada, que ya trabajó bastante, y los amigos no fueron tarea fácil, ya que los lugares que frecuentó eran poco apropiados para ello —en su mayoría clubes nocturnos de baja reputación—, y, como no tenía dinero, se convirtió en un gorrón al que todos rehuían. Solo le fiaban en un pub donde trabaja de camarero un muchacho al que una vez concedió un préstamo para que se comprase su primera moto. El muchacho, a pesar de que tuvo un accidente en el que perdió la moto y ganó una cojera que lucía con chulería, le estaba eternamente agradecido, ya que solo Octavio se atrevió a financiarlo. Por supuesto, tras el desgraciado accidente, como no tenía seguro y era insolvente, siguiendo sus consejos, nunca llegó a pagar el préstamo. Le estaba tan agradecido que, cuando le veía entrar, se iba hacia él dándole un trato preferente, aunque tenía que tener cuidado con que su jefe no estuviese vigilando.

La situación se convirtió en crítica; aumentaron los acreedores que buscaban a Octavio y era raro el día en que no recibía la carta de algún gabinete de abogados reclamándole deudas pendientes. Entre ellos se encontraba su antigua empresa, el banco que le concedió el préstamo para la compra de la vivienda cuando aún era empleado y persona de absoluta confianza para ellos. Pero aquello quedo atrás y ahora le amenazaban con ejecutarle la hipoteca si no se ponía al corriente —debía varios recibos—, algo difícil para un hombre en su estado de desesperación.

Siguió especulando con diversas maneras de acabar con su infecta vida: pegarse un tiro —no supo cómo y temió fallar y quedar mal herido—; arrojarse desde un puente —le pareció demasiado romántico—. Su deseo de desaparecer de este mundo, donde se sentía acosado, le llevó, recordando el dictamen de la psiquiatra, a pensar en eliminar a todo aquel que le hostigase con las deudas. Necesitaba otras soluciones.

Decidió ver al nuevo director, aquel que le sucedió en el cargo tras su fulgurante despido. La sucursal no le pillaba lejos, apenas a quince minutos andando desde su casa. Mientras cruzaba las calles de aquella parte del pueblo —ya casi convertido en ciudad—, tan pisado y desconocido para él, observó que, una tras otra, estaban vacías y silenciosas, como pueblos del oeste abandonados en el desierto tras la fiebre del oro. Volvió a su memoria, emergiendo como un submarino con problemas de oxígeno, la figura de la mujer de su vida, huida y desaparecida. Seguía echándola de menos a pesar de la visita a la psicóloga aunque, a la vez, crecía un nuevo sentimiento de odio hacia ella. No estaba seguro de sus sentimientos y entraba fácilmente en contradicción. El odio retrasaba sus ideas de autodestrucción y le hacía esperar el momento de la venganza.

El cartel con el nombre de la entidad bancaria le espabiló, había llegado a su antiguo lugar de trabajo: la sucursal bancaria de la que fue máximo responsable —eran otros tiempos—. Sin pensarlo dos veces entró y fue directo al despacho del director —llevaba los ojos encendidos de rojo sangre—. Este, al verle, no le hizo esperar ni un minuto, le invito a pasar y sentarse, cerrando tras de sí la puerta —seguramente pensó que iba con la intención de ponerse al día con el préstamo—. Octavio le pidió refinanciación para la deuda y un par de años de carencia, hasta que cobrase la pensión de jubilación. Pero aquello no era posible —la respuesta fue negativa—. Con su edad, debía buscar otras alternativas, por ejemplo: que algún amigo le dejase el dinero. Por la cabeza de Octavio pasó la idea de contratar un seguro de vida con la compañía del banco para después suicidarse y joderlos vivos; pero solo fue un pensamiento, sabía el trabajo que le costaría hacerlo… Se cagó en los muertos y en los vivos de todo bicho viviente y abandonó el despacho con un portazo que sobresaltó al resto del personal, incluida la joven Celeste, a la que vio arrinconada en una pequeña mesa, tras una columna empapelada con carteles de una oferta de cubertería.

Se dirigió hacia ella y le dio un par de cariñosos besos.

—¡Tu llegarás lejos! —le dijo tras acariciarle la cara. Ella, boquiabierta, sonrió mientras le veía caminar hacia la salida.

Ya en la calle, cabreado y sin soluciones, se registró los bolsillos para ver si le quedaba algún euro suelto, encontrando algo más de tres. Decidió gastárselos en el bar de Fran, a pocos metros de la sucursal, donde tiempo atrás solía desayunar. El bar seguía manteniendo el nombre aunque ya no lo llevaba Fran; el pobre había muerto de cirrosis a pesar de que no había sido un hombre dado a la bebida. Octavio, que se acababa de enterar de la desgracia, le dio el pésame a la señora que lo atendió, que vestía jersey negro, creyendo era su viuda. Esta, que no sabía de qué va iba aquello, le siguió la corriente y le dio las gracias, aunque no tardó mucho en aclarar la situación.

—Mire, creo que usted me ha confundido con algún familiar del dueño del bar —dijo con marcado acento del este.

Octavio se volvió hacia ella.

—¿No es usted la viuda de Fran? —preguntó.

—No, y tengo entendido que Fran era soltero —contestó ella.

—¡Ya! Usted no es española por lo que veo.

La mujer pasó una bayeta por la vieja barra de madera, ennegrecida por las quemaduras de los cigarrillos.

—En efecto ¿Qué desea tomar? —preguntó.

—Un 100 Pipers sin hielo —respondió Octavio.

La mujer hizo una señal a un hombre que ojeaba el periódico, sentado en una mesa mientras tomaba una caña, y este se levantó, acercándose al mostrador. Ella le murmuró algo casi al oído y el hombre se dirigió a Octavio para pedirle disculpas; no tenían aquella marca de güisqui. Octavio señaló la primera botella de güisqui que había a la vista y lo pidió solo, sin hielo. La mujer, sin más palabras, bajó la botella de Dyc y le sirvió medio vaso. Octavio se lo bebió de un solo trago.

—¡Otro, por favor! —solicitó señalando el vaso vacío.

La mujer, interesada en el programa que estaba ofreciendo la televisión, le pidió que esperase un momento. Octavio, ansioso por la tardanza y con la cabeza dándole vueltas, decidió marcharse.

—Mejor no me lo pongas, ¿Cuánto te debo? —se registró el bolsillo.

—Cuatro euros —contestó la mujer.

—¡Hostia! —exclamó Octavio. Solo llevaba tres euros y unos céntimos, le cambio el color, no esperaba tal estacazo.

—¿Estás segura de que son cuatro euros? Me has puesto Dyc.

La mujer, sin alterar el gesto, se ratificó.

—Son cuatro euros —afirmó tajante.

Octavio se registró de nuevo todos los bolsillos, pero no encontró más dinero. La mujer le observaba con mala cara y, justo en aquel instante, entró Celeste. Octavio no pudo esconder su alegría y, a pesar de que era la segunda vez que la veía en menos de una hora, se fue hacia ella y le dio dos besos en plena cara, ante el estupor de la camarera. Celeste sonrió.

—Debes ser mi ángel de la guarda, siempre apareces cuando me encuentro en apuros —le dijo mientras miraba de reojo a la camarera que estaba esperando los cuatro euros. Celeste, que desconocía la situación económica de Octavio, bromeó con él.

—Bueno, Octavio, ya está bien que te pagues ese café que me debes desde hace tres años —le dijo entre risas.

Octavio le siguió la broma y sonrió falsamente, mientras intentaba evitar la mirada de la camarera, que seguía frente a él, esperando con los brazos cruzados.

—¡Natalia, lo de siempre! —pidió Celeste sentándose en un taburete junto a Octavio. Este no paraba de sudar, a pesar de que el ambiente era algo gélido. No sabía cómo decirle que no llevaba ni un chavo para invitarla y, además, necesitaba que ella le prestase al menos un euro para pagar su consumición. La muchacha, ajena a todo esto, le preguntó que qué tal le iba la vida de prejubilado. Y es entonces cuando Octavio acercó su boca al oído de la joven y le susurró, sin que le oyese la camarera, que no podía pagar porque se ha había olvidado la cartera en casa. La muchacha se estremeció por efecto del susurro y, a continuación, sonrío tranquilizándole, pues ella estaba dispuesta a invitarle. Octavio disimuló, negándose rotundamente a ser invitado, apelando a su caballerosidad, y solicitó de ella un préstamo de veinte euros con los que deseaba invitarla, pagando él. Tardó un poco pero, finalmente, Celeste le entendió y, disimuladamente, abrió su bolso y le entregó un billete de veinte euros, sin que la camarera se percatase de ello. Octavio los cogió y sonrío disimuladamente.

—¡Gracias, no tardaré en devolvértelos! — le dijo en voz baja metiéndoselos en el bolsillo.

La camarera sirvió a Celeste unas tostadas con mermelada y mantequilla, y un zumo de piña. Octavio repitió tapón de güisqui y puso los veinte euros sobre la barra.

—Cóbratelo todo —indicó señalando el desayuno de Celeste.

La camarera, bastante mosqueada, cogió los veinte euros y miró a Celeste haciéndole un gesto negativo con la cabeza, como diciéndole: ¡qué tonta eres! Y se fue hacia la caja registradora, que estaba en la otra punta de la barra, para volver enseguida con las vueltas. Octavio agradeció de nuevo a Celeste que le hubiese sacado de aquella situación tan embarazosa. Ella quitó importancia al hecho e insistió en conocer cómo le iba la vida de prejubilado.

Octavio, más relajado, dejó de sudar y comenzó a sentirse a gusto junto a la joven; por primera vez desde que desapareciese su pareja, estaba junto a alguien con quien poder hablar de sus problemas sin tener que pagar por ello. Estaba harto de psicólogos, prefería hablar con alguien como Celeste, que le escuchaba fascinada —al menos eso parecía, ya que Celeste era un pelín bizca—, sin percatarse de que parte del aceite de la tostada había resbalado sobre el pan, cayéndole encima de la falda; cuando se dio cuenta ya tenía un indisimulable lamparón. No se inquietó, lo tomó con filosofía y, tranquilamente, pidió el quitamanchas sin dejar de prestar atención a Octavio. Este no paró de nombrarle todo sus males: la mala situación económica, la huida de su pareja, la negativa del banco a refinanciarle la deuda y, como no, sus pensamientos suicidas. Celeste se interesó por el préstamo de la vivienda y le preguntó si también lo había firmado su mujer, ya que, de ser así, a ella también le estarían reclamando. Aquello último dio una idea a Octavio, pidiéndole a Celeste que hiciese las pesquisas que pudiera para saber si el Banco se había puesto de alguna manera en contacto con Eva —pensaba que podría ser una manera de volver a verla—. Celeste se comprometió a hacer lo que pudiese. Desde la distancia, la camarera disimulaba, mirando la televisión, mientras se enteraba de todo lo que hablaban.

Media hora después abandonaron el bar. Celeste entró en el banco mientras Octavio se quedó fuera; diez minutos más tarde, esta salió con malas noticias: Eva, aún no ha había sido localizada y no tenían otra dirección que la que compartía con él. Afligido de nuevo por la decepcionante noticia, que no le aportaba ninguna pista, agradeció a Celeste el interés mostrado y prometió devolverle lo prestado lo antes posible. Esta le insistió que no debía preocuparse puesto que se trataba de un préstamo sin vencimiento, y quedaron en volver a verse otro día, intercambiando los números de teléfono. Octavio le dio su fijo; seguía negándose a tener móvil.

Decepcionado por la gestión del préstamo, vagueó como un zombi entre la niebla del solitario parque de Almansa —otrora zona de aparcamientos para los magrebíes y hoy reservado a la conservación de la flora autóctona—. Se sentó en un banco, al cobijo de un enorme ficus que amenazaba con desprenderse de alguna de las gigantescas ramas que lo lastraban, y pensó que no sería una mala suerte morir aplastado por una rama que cayese de improviso, sin avisar. Desafío al gigante con la mirada y el pensamiento, pero no sucedió nada. Sacó del bolsillo, medio arrugada, la pequeña libreta de trabajo encargado por la psicóloga y anotó una nueva forma de suicidio: “aplastado por la rama de un ficus enfermo”. Ya llevaba anotados veintitrés tipos de suicidio diferentes, aunque ninguno lo suficiente atractivo como para que le cuadrase. Para colmo, ahora ya no solo pensaba como un suicida, sino también como un peligroso maniaco depresivo capaz de matar por placer. Anotó en el bloc: —quiero morir, y no sé cómo hacerlo, y comienza a atraerme la idea de matar, pero no sé por dónde comenzar ¿sobre quién debo cargar esta pena que arrastro?—. Justo en aquel momento recibió sobre su hombro el impacto de una cagada de paloma que volaba por encima de su cabeza; miró con asco el blanquecino excremento esparcido sobre su jersey y, con resignación, intentó limpiárselo con un clínex.

—¡Eso es suerte! Lo demás son gilipolleces —Le dijo un imbécil que lo había presenciado todo.

Octavio se volvió hacia él para mirarle con cara de pocos amigos.

—¡Ojalá te mueras, hijo puta! —le dijo cuándo aquel se había alejado lo suficiente como para no oírle.

Pensó en su casa; se la iba a quitar el banco porque jamás lograría reunir el dinero que necesitaba para pagar la deuda acumulada; y sabía con certeza que los de la plataforma anti desahucio no le iban a ayudar porque no era comunista.

Lo que realmente le preocupaba era que ella aún no hubiese dado señales de vida, ni siquiera para tratar lo de la casa; cada vez la odiaba más.

De repente, entre tanto pensamiento negativo, un halo de luz emergió en su caótico cerebro.

—¡Me queda el barco! Si pierdo la casa siempre puedo irme a vivir al barco, aunque tendré que comprarme un traje de agua. ¡Joder! ¡Lo tengo en el quinto coño! ¿Por qué no me decidí en su día a alquilar un punto de amarre? Al menos podría llegar hasta él sin tener que mojarme… Bueno, y pensándolo bien, de la casa aún no me he ido; tendrán que sacarme a hostias.

Cerró el bloc, lo introdujo en el bolsillo y se marchó a casa.

 

 

 

 

2

 

 

 

Se había quedado dormido, echado en el sofá, cuando despertó sobresaltado, atacado por una extraña pesadilla: gente armada con metralletas intentan acabar con su vida disparando a discreción, mientras se refugiaba en el sótano de una casa desconocida. Sudoroso, fue al cuarto de baño a echarse agua por la cara, se miró en el espejo y no se reconoció. Tenía unas grandes ojeras que le colgaban varios centímetros hasta casi alcanzar el vello de una barba de varios días. Se mesó la barba para ordenarla, humedeció con saliva la yema de los dedos y peinó las cejas antes de hacer gárgaras con un enjuague bucal con sabor a menta. Aseado a su manera, volvió al salón y se planteó como solución a su situación económica la posibilidad de atracar un banco; eso sí, como último recurso. Antes debería encontrar algo menos expuesto al riesgo. A la memoria le vinieron las fotos que había sacado en La Manga, aún no las había visto, y le entró prisa por hacerlo. Conectó la cámara al portátil y se dispuso a traspasarlas al ordenador. Poco después las visionaba con detenimiento, una tras otra; primero una serie de imágenes de un bancal de girasoles secos que no pasaban por ser muy buenas; y, a continuación, aparecieron las de La Manga, con el Jeep Cheroqui.

Octavio se sobreexcitó al verlas. Con todo lo que había pasado, se había olvidado de aquello. La huida de Eva le había anulado casi por completo; pero aquellas fotos estaban cargadas de misterio.

Con sumo interés, las repasó una a una varias veces, terminando por desechar once que no decían nada, y centró su interés en cuatro de ellas; sobre todo en dos en las que había captado el transporte de aquel bulto, que estaba seguro se trataba de una alfombra, y que tanta intriga le había despertado. —¿Qué escondería aquella alfombra?—, se preguntaba. Demasiado henchida y curvada por el peso, aunque sospechaba que podía ocultar un cuerpo humano, pues estaba cansado de verlo en las películas: —una buena alfombra para enrollar un cadáver, su rigidez facilita el transporte—.

Amplió las cuatro fotos todo lo que pudo, buscando alguna pista que reforzase su teoría, sin encontrar nada nuevo. Las había tomado con muy poca luz y a duras penas podía intuir que, en el costado de la lancha donde depositaron el bulto, figuraba escrita la palabra —Isla—. La lancha no era muy grande: de unos cuatro metros de eslora, con una pequeña cabina y un potente motor fuera borda. Recordaba que habían colocado el fardo con mucho cuidado, como si contuviese algo muy frágil, aunque no había captado con su cámara aquel preciso momento.

Se centró en los dos hombres que aparecían realizando el traslado del fardo —porque eran dos hombres, se adivinaba fácilmente—. El que operaba con la lancha era un poco más bajo que el otro, aunque los dos eran bastante altos, y llevaba una gorra de visera larga. La poca luz existente no le había permitido captar muchos detalles y, al ampliar la foto, se pixelaba y todo quedaba muy difuso. Las caras no eran identificables en aquellas dos fotografías donde se les podía ver transportando la alfombra hasta la lancha. Sin embargo, las otras dos eran más nítidas y cercanas y, en una ellas, se podía leer con claridad la matrícula del Jeep Cheroqui: 9999AZB, y en otra el primer plano de la cara del conductor.

La sorpresa de Octavio fue mayúscula.

— ¡No puede ser! —exclamó al verla ampliada.

— Si es Maximiliano, el cubano —dijo sorprendido.

Maximiliano Rivas era un sudamericano que llevaba varios años asentado en la zona, conocido como Maxi, el cubano. Aunque había nacido en Uruguay, se dedicaba a los negocios inmobiliarios. Octavio solo le conocía de vista, aunque había coincidido algunas veces en el bar de la Martinica, durante sus vacaciones en La Manga, teniendo que soportar el continuo alabamiento por parte de los camareros hacia su persona. Incluso una vez, cuando pidió la cuenta para pagar su café, había sido invitado por el conocido empresario. Maximiliano era un hombre alto, cercano al 1,90, delgado, de piel morena, pelo castaño pintando canas; solía llevar sombrero panameño y vestía de blanco hasta en invierno.

Dudó unos instantes, y remiró la fotografía… No había ninguna duda, era él. Pero, ¿qué estaba haciendo allí?

Mil ideas pasaron por su maltrecha mente y, lo que para otra persona hubiese supuesto un verdadero quebradero de cabeza, para Octavio fue pan comido. Su afición detectivesca de novela barata le hizo descartar en un santiamén todas las ideas menos una. Y hete aquí que fue algo momentáneo que le hizo olvidar su desdicha.

—Tengo que hacer algo con esto —se refería a las fotos—, pero no sé qué es lo que puedo hacer. Si hay delito de por medio, podrían servir como prueba. Pero no me atrevo a ir con esto a la Guardia Civil, seguro que me hacen perder la mañana. Me tendrán dos horas esperando para luego dar poca o ninguna credibilidad a mis suposiciones. ¿Y si después de todo no hay nada? A ver cómo lo arreglo con el cubano. No puedo implicarle en un presunto delito, de momento indemostrable. Somos conocidos, o al menos yo le conozco a él. ¿Y si la Guardia Civil me marea con multitud de preguntas que no voy a poder responder?. Igualmente, todo esto termina volviéndose contra mi… No sé qué hacer.

Aquella duda, bastante razonable, le llevó a desistir de informar sin pruebas. No tenía nada que avalase su teoría, salvo aquella fotografía de mala calidad que no aclaraba nada; solo dos hombres transportando una alfombra.

Como buen aficionado a las novelas de misterio, quiso ser el investigador principal —no tenía otra cosa mejor que hacer—, y definió su propia estrategia para averiguar algo más sobre aquello: copió las fotos en un pincho —pendrive— y se dirigió al establecimiento de un fotógrafo profesional que tenía una de esas máquinas donde tú mismo te puedes sacar las fotos.

Metió el pincho, selecciónó las fotos que quería sacar (eran 4), el formato, en brillo y dos copias de cada una. Pulsó print —imprimir, en español— y las 8 fotos fueron saliendo de la máquina. Volvió a casa y el azar le hizo encontrase en plena calle con un antiguo compañero del banco —uno al que aún no habían echado—, curiosamente un poco mayor que él.

— ¡Eh! ¡Sebastián! —le gritó, llamando su atención.

El otro se volvió al oírlo.

— ¡Coño, Octavio! Eres tú —exclamó alegrándose de verle.

Se dieron un fuerte abrazo, de esos que aparentan más de lo que realmente entrañan, pues no esconden ningún sentimiento más allá de unas cuantas palmadas en la espalda.

— ¡Qué envidia me das! —le dijo el tal Sebastián tras el abrazo.