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Julia 952 ¿Era Claire Morgan una mujer fatal? Alec Mason nunca hubiera imaginado que Claire era una chica apasionada, hasta que comenzó a hacerse pasar por su prometido. ¡Y empezó a competir contra sus posibles pretendientes! Se suponía que él y Claire trabajarían juntos para obtener la verdadera historia de Miranda Craig, la protagonista indiscutible de la taquilla. Solo que Miranda tenía la costumbre de robarle a Claire sus futuros maridos. Por lo que a Alec le gustaría ser la próxima conquista de Miranda. Entonces, ¿por qué Claire no estaba celosa? ¿Y por qué Alec deseaba que ella luchara por su hombre, él?
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1996 Tracy Jones
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Ladrona de corazones, n.º 952- nov-22
Título original: The Fiance Thief
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1141-329-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
ALEC Mason intuía que algo se estaba cociendo delante de sus propias narices. No era de los que aseguraba poseer un sexto sentido ni poderes extrasensoriales, y ni siquiera admitía tener olfato para las noticias, pues se trataba de un hombre que despreciaba los clichés. Pero era innegable que, justo en esos momentos, algo inusual iba a ocurrir. Y fuera lo que fuera, sucedería precisamente en la redacción de su periódico.
Traspasó la puerta de la oficina con sigilo y observó a sus tres periodistas. Desde luego, ninguno parecía más inspirado que de costumbre. Hank estaba atento al teclado de su ordenador, con aquella expresión impertérrita de calma que lo caracterizaba. Lissa estaba poniéndole caras raras a su monitor; acababa de escribir una palabra y no daba la impresión de estar satisfecha con ella. Para Lissa, cada frase era una auténtica tortura y, si bien Alec no compartía su agonía, sí admiraba las dotes melodramáticas de tan esforzada reportera.
Luego dirigió la mirada a Claire, que estaba sentada en su mesa, a unos pocos metros de distancia de Hank y Lissa… Impasible: Claire Morgan era siempre y sin excepción la seriedad por excelencia. La miró teclear a gran velocidad, con el ceño fruncido y concentrado en el monitor. Se había recogido el pelo por detrás, en una coleta, y las gafas se le escurrían un poco sobre la nariz.
Le parecía todo un misterio cómo una mujer tan aburrida podía poseer un estilo tan sumamente ingenioso. La había contratado, sin previa entrevista, por un artículo que le había enviado a la redacción. Nunca antes se había dejado guiar así por su instinto; pero se había quedado tan impresionado que le había dado miedo que otro periódico se la robara, y la había llamado en seguida para ofrecerle un puesto de trabajo. Entre el estilo rabioso con que escribía y el tono de seguridad con que le había hablado durante la conversación telefónica, Alec se había formado la imagen de una periodista experimentada y aventurera. Sin embargo, desde que había llegado a la redacción hacía cuatro meses, se había mostrado más retraída que un ratoncillo rodeado de gatos.
Hasta entonces, le había encargado artículos de poca monta, aunque al contratarla sus intenciones habían sido muy diferentes. Pero estaba claro que no podía mandarla a cazar auténticas noticias, pues le faltaba madera para ello.
El otro periódico se haría con el artículo y lo tendría impreso antes de que Claire terminara de presentarse.
Hank y Lissa no parecían haber advertido la presencia de Alec; pero Claire sí había notado que él los estaba mirando. Aun así, al girarse y verlo en la puerta, dio un pequeño grito. Luego, sonrojada, se volvió hacia su ordenador de nuevo.
—¿He olvidado afeitarme, Claire? —preguntó Alec, rompiendo el silencio de la oficina—. Mi aspecto no suele horrorizar a las mujeres.
—Lo siento —respondió sin mirarlo—. No te había visto.
—¿Nos espiabas, Alec? —preguntó Lissa.
—Intentaba ver cuántas palabras seguidas eras capaz de escribir antes de desmayarte —repuso él—. Veo que aún no has alcanzado tu límite.
—El día es joven —apuntó Lissa—. Sólo llevo setenta y cinco palabras.
—¿En qué estás trabajando, Claire? —inquirió Alec.
De nuevo se sonrojó. Alec había tratado con otras mujeres tímidas; pero nunca se había encontrado con ninguna que se pusiera como un tomate cada vez que la miraba. Sin darle oportunidad de responder, prosiguió:
—¿Sabes? Mientras venía para acá, tenía la sensación de que iba a ocurrir algo importante. ¿Es posible que tenga algo que ver con lo que estás escribiendo, Claire?
—No —respondió ella en un tono que pareció sincero, si bien su mirada se desvió hacia una esquina de su mesa. Hank y Lissa también miraron hacia dicha esquina. Entonces, Alec se acercó al pupitre de Claire y tomó una carta certificada que había sobre un par de revistas.
—Dime que esta carta no me interesa y te creeré —le dijo a Claire, intrigado.
—No puedes leerla —Claire se levantó e intentó arrebatarle la carta, dejando de lado la cuestión de si ésta le interesaría a Alec o no. Tal como sospechaba Alec, Claire era muy mala mintiendo; otro motivo por el que nunca podría ser una buena periodista.
—Dime que no me interesa —insistió él, sin soltar la carta.
—Es un delito leer la correspondencia de los demás —protestó Claire Morgan.
Alec miró a Hank, que tenía una memoria prodigiosa, y éste negó con la cabeza.
—Sólo es delito interferir en la entrega de la correspondencia —matizó Hank mientras Alec empezaba a sacar la carta del sobre—. Sin embargo, lo que hizo Lissa, fingir que era Claire y firmar por ella, sí podría considerarse un delito.
Alec se detuvo, sin terminar de sacar la carta, y miró a Lissa. Ésta se encogió de hombros:
—Me pareció oír que el cartero decía Lissa Barnard. Ya había leído la mitad de la carta cuando me di cuenta de que no era para mí. Y como ya estaba llegando a la parte interesante… —suspendió la frase y sonrió, como pidiendo disculpas.
Alec introdujo la carta en el sobre y se la devolvió a Claire. Colocó una mano sobre su hombro para confortarla.
—¿Cómo has podido siquiera imaginar que iba a leer una carta dirigida a tu nombre? —le preguntó Alec, con tono jocoso—. ¿Cómo se te ha podido ocurrir que iba a abusar de esa manera? No sabes cuánto me duele tu desconfianza… ¿Qué decía la carta? —añadió de repente, dirigiéndose a Lissa con la mirada.
—¡Lissa, no! —exclamó Claire.
—Lo siento, Alec, no puedo —dijo poco convencida. Tres segundos después, cambió de opinión—. ¿Qué quieres que haga, Claire? Al fin y al cabo, él es nuestro jefe. Y aunque sólo llevas unos meses trabajando aquí, ya sabes cómo se lo tomaría, ¿verdad?
Alec estaba sumamente intrigado; pero no hizo falta que forzara a Lissa para que ésta le hablara con detalle del contenido de la carta.
—¿Has leído la autobiografía de Miranda Craig, la famosa actriz? —le preguntó Lissa.
—No. Sólo leeré su libro en el caso improbable de que nos deje entrevistarla.
—Es que resulta que nuestra Claire —prosiguió Lissa— tiene cierto protagonismo en el libro de Miranda Craig.
—¿Claire? —Alec se giró hacia ella, que se había quitado las gafas y se había soltado el pelo. De repente, Alec tuvo la impresión de que Claire podría competir con la mujer más excitante del planeta. Luego, Claire volvió a ponerse las gafas y a recogerse el pelo en una coleta.
—Missy Craig, de acuerdo con el nombre con que yo la conocía, fue mi mejor amiga.
—Miranda, o como diablos quiera que se llamara, ¿fue tu mejor amiga?, ¿y nunca me lo habías dicho? —Claire se encogió de hombros, no muy arrepentida—. ¿Sabes lo que significaría para este periódico conseguir una exclusiva suya? —Alec empezó a dar vueltas mientras la sangre se le subía a las orejas. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, volvía a sentir que el corazón le daba un vuelco, como cuando trabajaba de periodista en Atlanta.
—¿Has terminado? —le preguntó Claire cuando por fin Alec cerró la boca —. No te había hablado de mi amistad con Missy porque no tiene ninguna relevancia.
—¿Que no tiene ninguna relevancia? —Alec estaba perdiendo los nervios—. Jugaste a las muñecas con la mujer más influyente de Hollywood, ¿y crees que no tiene ninguna relevancia? Ése es tu problema, Claire: que no piensas como una periodista.
—Por supuesto que pienso como una periodista —repuso Claire, de nuevo sofocada—. El problema es que tú no me consideras una periodista.
Alec no tuvo tiempo de negar esa innegable verdad, pues Lissa, que no estaba acostumbrada a no ocupar el centro de atención, intervino para recuperar su protagonismo:
—Lo que Claire intenta decirte es que no tiene intención de hablar con Miranda.
—¿Tú no tienes intención de hablar con Miranda? —le preguntó a Claire—. ¿Ella sí quiere y tú no?
—Una de las cosas que a Miranda más le duele es que Claire se niegue a perdonarla —prosiguió Lissa, con tono dramático—. Dice que perdió a su mejor amiga por un joven que no merecía el sacrificio. En concreto, por el ex novio de Claire.
—¿Estuviste prometida? —aquello no encajaba con la imagen que Alec tenía de Claire.
—Tuvo varios pretendientes —aportó Lissa.
—Alec no tiene por qué saber nada de esto —aseguró Claire, a la que Alec miraba con renovado interés.
—Claire —Lissa suspiró, impaciente—. El libro de Miranda ha estado el tercero en la lista de ventas durante varias semanas. No se trata de ningún secreto.
—No será un secreto, pero yo no estoy al corriente —dijo Alec—. Cuéntame.
Lissa empezó a hablar, pero Claire la interrumpió con una firmeza inquebrantable, nada usual en ella:
—Estuve medio prometida un par de veces durante la universidad; creo que Missy ha exagerado un tanto en su libro. Pero da igual los novios que tuviera, porque Missy siempre me venía con planes para librarme de ellos: en algunas ocasiones lograba que se enamoraran de ella y luego los abandonaba y les rompía el corazón… Entonces conocí a Scott y me pidió que me casara con él —se detuvo y dejó que la mirada se le perdiera más allá de la ventana—. Missy decidió que también tenía que rescatarme de él y se largó con Scott a Nueva York. Lo siguiente que supe de ellos fue que habían roto; que Miranda se había convertido en una gran estrella y que quería hacer las paces conmigo por haberme robado a mi novio.
Alec estaba absorto con aquella historia y quería saber qué relación tenía con la carta que Claire había recibido por la mañana.
—Entonces, ¿esa carta es de Miranda Craig?
—Christine Colby va a rodar un reportaje sobre Miranda el fin de semana que viene —volvió a entrometerse Lissa—, pues quiere tenerlo acabado coincidiendo con el estreno de la siguiente película de Miranda, El corazón de una mujer. Van a rodarlo en la casa que Miranda les compró a sus padres y quieren que la familia y sus amigos más íntimos se reúnan allí. La carta es de la productora, Christine Colby, y en ella le piden a Claire que, por favor, acepte la invitación.
—Yo iré contigo —dijo Alec inmediatamente.
—¿No pensarás que voy a ir a casa de Miranda?
—Por supuesto que vas a ir. Y yo te acompañaré. Escribiremos un buen artículo al respecto —Alec le lanzó una sonrisa amable—. Bueno, yo escribiré el artículo; pero tú podrás ayudarme. Puede que a ti te diga cosas que a mí no quiera contarme.
—No nos dirá nada a ninguno, porque no pienso ir —sentenció Claire—. Y si fuera, tú no vendrías conmigo. E incluso si vinieras, ¿qué te hace pensar que Miranda iba a hablar contigo? Ella no va a ir confesándole sus secretos al primer periodista con que me presentara.
—En primer lugar, soy editor, no periodista —Alec se aclaró la voz—. Y en segundo lugar, no estaré allí como periodista, sino como tu prometido.
Los tres lo miraron sin saber cómo reaccionar. Lissa y Claire se habían quedado con la boca abierta, y hasta el impasible de Hank parecía desconcertado.
—¿Es que no lo veis? —preguntó Alec. Los tres denegaron con la cabeza—. ¿Has vuelto a tener otro novio desde… como quiera que se llamara?
—Scott —le recordó Claire.
—O sea, que no has vuelto a salir con ningún hombre desde entonces —insistió Alec—. Tú me llevarás allí y dirás que soy tu prometido para que tu amiga Missy se crea que todo está perdonado. Después de todo, si ella no te hubiera robado a Scott, no habrías acabado con un hombre tan irresistible como yo —explicó Alec con una lógica cuestionable.
—Es la cosa más despreciable que he oído en mi vida. Me niego a colaborar.
—¿Por qué no? —preguntó Lissa, a la que el plan sí parecía atraerla—. Sería divertido.
Claire no dijo nada. Simplemente, se limitó a meter la carta en su bolso. Sin embargo, Alec no estaba dispuesto a darse por vencido y decidió emplear otra estrategia.
—Claire, un buen periodista tiene que saber trabajar en equipo. Ya veo que tú no lo eres. Lo habríamos pasado muy bien con esta exclusiva; pero está claro que tendremos que seguir relegados mientras otros periódicos se llevan las mejores noticias —Alec simuló un bostezo—. En fin, continuaremos ganando lo justo para comer y nos aburriremos como hasta ahora. Mick se pondría contentísimo si se enterara de tu gran espíritu de equipo —concluyó Alec, refiriéndose al propietario del periódico.
—¿Le pediste a Mick su opinión acerca del artículo que escribí?, ¿el de la fábrica que estaba contaminando con residuos tóxicos el sur de Ridgeville? —le preguntó Claire entonces. Alec se había olvidado por completo de aquel artículo; pero ella prosiguió antes de que él tuviera tiempo para confesar—. Harlan Edwards, un vecino de la comunidad afectada…
—Harlan Edwards es un borracho de categoría —la interrumpió Alec—. Y a nadie le importa lo que un borracho pueda decir.
En ese instante, la puerta de la oficina se abrió y Mick Regan apareció:
—Hora de comer —anunció Mick con suavidad.
—Hola, Mick —Claire alzó la voz para ganarse la atención de éste—. Precisamente le estaba diciendo a Alec que he entrevistado a Harlan Edwards.
—¿Estaba sobrio? —preguntó Mick.
—Es curioso —Claire sonrió—. La gente siempre me pregunta lo mismo cuando les hablo de ti.
Alec, Hank y Lissa se quedaron sin respiración al oír aquella respuesta tan ofensiva, pero Mick se echó a reír:
—Chica, está claro que no te faltan agallas. Pero eso no basta para escribir un buen artículo con las declaraciones de un borracho —luego salió de la oficina y entró en el ascensor, mientras Alec y Hank lo miraban con admiración.
—En su día fue un periodista sensacional —dijo Alec.
—Pero qué poco duraron esas veinticuatro horas —observó Claire.
—Claire, me dejas asombrado —sonrió Alec mientras la miraba recoger el bolso y ponérselo sobre un hombro—. ¿Adónde vas?
—A comer.
—No hasta que me des una respuesta respecto a lo de Miranda Craig —le bloqueó el paso.
—Ya te he dicho cuál es mi decisión —Claire le golpeó con el bolso en la entrepierna—. Pero, si quieres, te la repito: no pienso ir a esa fiesta.
—Piénsatelo mientras comes —insistió Alec, mientras se recuperaba de tan doloroso golpe.
—No tengo nada que pensar —dijo Claire—, porque no voy a cambiar de opinión.
Alec la había mandado a que cubriera manifestaciones en contra de los microondas y conciertos de chiquillos que apenas conocían los más mínimos rudimentos musicales, y Claire siempre había obedecido sin protestar. En esos casos, pensó Alec, no le habría importado ceder, pero ése no era el mejor momento para que ella se pusiera respondona:
—Entonces puede que no necesites volver después de comer —la amenazó—. A menos que estés dispuesta a sacar adelante este reportaje —añadió, para sorpresa de Hank y Lissa.
—¡Alec! —exclamó ésta—. Tranquila, Claire: no lo dice en serio. A mí también me solía dar este tipo de ultimátums. Tú finge que no lo has oído y él comprenderá que no se ha salido con la suya.
—¿Quieres callarte, Lissa? —bramó Alec, mirándola con disgusto. Cuando volvió a girarse hacia la puerta, Claire se había marchado.
Los otros dos periodistas miraron a Alec acusadoramente
—Volverá —le dijo a Lissa, que se dio media vuelta para darle la espalda—. Confía en mí —se dirigió a Hank, que tampoco le prestó atención.
Alec fue hacia su mesa y pasó la mano por un montón de revistas y periódicos locales.
—Tengo que leerme todo esto cuanto antes —prosiguió Alec, aún hablando solo—. Así que voy a sentarme a leer hasta que Claire regrese.
—Entonces dejaré una nota para que el servicio de limpieza te pase el plumero y te quite el polvo cuando venga —espetó Lissa.
—Claire volverá —aseguró Alec—. Necesita el trabajo —añadió, aunque no estaba seguro de que tal afirmación se correspondiera con la realidad.
Descubrir su relación con Miranda Craig lo había hecho darse cuenta de que no conocía a Claire en absoluto. Sólo sabía que, hasta cinco minutos atrás, aquella mujer se había echado a temblar cada vez que él le había dirigido la palabra.
—¿Tú también te marchas a comer? —le preguntó Alec a Lissa.
—Las personas comen, Alec. Es natural, ¿no lo sabías? —replicó ella.
—¿Por qué no me habías contado nada de lo de Claire antes, habiendo leído la autobiografía de Miranda?
—Hasta que no leí la carta que hoy le ha llegado, no imaginé que se tratara de la misma Claire Morgan.
—No tendrás todavía un ejemplar de esa biografía, ¿no?
—No lo sé —Lissa fue hacia la puerta y pulsó el botón del ascensor—. Puede que la tenga en algún sitio. Búscala tú si te interesa.
De modo que Mick pensaba que tenía agallas, pero que no era capaz de escribir un buen artículo…
Claire sabía que no tenía sentido enfadarse con Mick, pues, en el fondo, era un hombre inofensivo y famoso por su falta de tacto, que se pasaba los días en una modorra neblinosa. Pero, tal y como Alec y Hank solían resaltar, en algún lugar de su cerebro se escondían los secretos de un magnífico periodista. Lissa le había contado a Claire que Mick había ganado tanto dinero con sus artículos que había podido montar su propio periódico y que, desde entonces, no había vuelto a escribir apenas. Respecto a los beneficios del periódico, había delegado en Alec para que él lo dirigiera e hiciera rentable.
Alec: Claire clavó el tenedor en una hoja de lechuga mientras pensaba en la cara de su jefe; en su lamentablemente atractiva cara. Cuando él la llamó para ofrecerle el trabajo, Claire se había imaginado su rostro con claridad, como si alguien le hubiera prestado una fotografía. Lo imaginó, equivocadamente, con pelo corto y ceniciento, de porte modesto y con un constante subir y bajar de la nuez. Dos días después, Claire se había dado de bruces con la realidad. De hecho, había tropezado con él y lo había pisado en el ascensor. Alec se había mostrado amable ante las disculpas de ella, pero Claire se pasó el resto del trayecto en ascensor deseando no volver a encontrarse con aquel hombre. Algo en él la inquietaba: su pelo negro y rizado, sus fabulosos ojos azules, su cuerpo fibroso, su presencia, en fin, que parecía llenar el ascensor entero… Había notado que entre ambos se daba ese tipo de química que podía explotar en cualquier laboratorio. Cuando salieron juntos del ascensor, Claire deseó que se tratara de un vendedor que iba de visita y cuando, finalmente, preguntó por Alec Mason y éste se identificó, Claire vio en los ojos de él el mismo desconcierto que Alec habría leído en la mirada de ella. Desde aquel desafortunado encuentro, su relación había ido de mal en peor.
—¿Ahogando tus penas en un batido? —le preguntó Lissa, que acababa de entrar en el restaurante donde estaba comiendo Claire.
—Un batido bajo en calorías —puntualizó ésta. Le gustaba Lissa; sobre todo, porque, en muchos sentidos, le recordaba a Missy, o a Miranda, como podía ir acostumbrándose a llamarla. Las dos eran un poco superficiales y ninguna era capaz de guardar un secreto más de dos segundos; pero ambas tenían un encanto particular que lograba hacer olvidar lo poco que se podía confiar en ellas.
—No merece la pena —dijo Lissa—. En realidad, no merece la pena apurarse por ningún hombre.
—Ya lo sé. Es ridículo tener que pasar por esto. Incluso si no pudiera conseguir trabajo en otro periódico, podría volver a estudiar para abrirme más puertas luego. Y, mientras tanto, siempre me queda volver a trabajar de camarera.
—¿Piensas que me refería a Alec?
—¿Y no es así?
—Por supuesto que no. Necesitas escribir ese artículo con Alec. Pero no, yo me refería a Scott.
Era la primera vez que alguien le hablaba de él desde hacía mucho tiempo, y se vio desbordaba por los recuerdos. Entonces, con apenas veinte años, Claire tenía una gran confianza en sí misma: la confianza de una mujer que se sentía y se sabía amada. Sin embargo, ahora, con veintiséis, se sentía insegura, tras la experiencia de haber sido engañada y traicionada.
—Claire —Lissa chasqueó los dedos—. Baja de las nubes y decide qué vas a hacer. No puedes dejar que un tipo arrogante y rastrero como Scott te prive de participar en una de las experiencias más singulares de esta vida.
—Scott no es… Bueno, en realidad sí es rastrero y arrogante. Pero tenía algo más que lo hacía irresistible —añadió Claire, sabedora de que no podría hacerle entender a Lissa el secreto encanto de Scott. ¿Cómo iba a describirle su arrebatadora sonrisa, o el brillo que resplandecía en sus ojos cada vez que la miraba? Además, él siempre le había concedido todos sus caprichos. Nunca encontró motivo alguno para criticarla. Parecía amarla perdidamente… hasta que se marchó con Miranda.
—Estoy segura de que tenía sus cosas buenas —suavizó Lissa—. Pero deberías haberlas olvidado después de que te traicionara. En mi opinión, ahora tienes una oportunidad con la que muchos soñarían… Veamos, imagínate que estás viendo una foto de tus compañeros de colegio.
Claire obedeció, sin comprender adónde quería llegar Lissa.
—¿Cómo se llamaban?
—Shelly, Darrell, Starr, Kelly… —suspendió la enumeración—. ¿A qué viene esto?
—Estén donde estén tus antiguos compañeros, estarán diciéndole a todo el mundo que ellos fueron al colegio con Miranda Craig. En esta ciudad, ahora mismo, seguro que hay alguien que está presumiendo de haberle tirado a Miranda de la coleta.
—Ése sería Joey Bradley —Claire sonrió.
—Bien, pues Joey estará contándoles a sus vecinos que él fue el novio de la infancia de Miranda. Y Shelly y Kelly estarán chismorreando acerca de ella en la lavandería. Pero ninguno de ellos tiene una invitación para ir a su fiesta este fin de semana.
—Ya te entiendo —dijo Claire—. Pero no puedo ir. No quiero volver a ver a Miranda nunca más.
—No tienes por qué perdonarla. Eso no forma parte de la invitación.
—Si te digo la verdad —confesó Claire—, tampoco quiero ver a Scott. No es que siga enamorada de él; pero no me apetece nada encontrármelo.
—Scott no estará allí —aseguró Lissa.
—Él ha sido importante en la vida de Miranda —objetó Claire.
—No. Tú has sido importante en su vida. Tú has sido su mejor amiga durante muchos años. Estoy convencida de que Miranda no lo ha invitado. Venga, vamos a trabajar.
Claire se despidió de su compañera y, de pronto, tuvo una idea sensacional: volvería al trabajo; pero, en esa ocasión, no ocurriría como en el primer encuentro con Alec. En esa ocasión, sabría cómo actuar.
TE he traído algo, Alec —dijo Lissa, al tiempo que le dejaba un sandwich sobre su mesa. Alec, que había localizado el ejemplar que Lissa tenía de la autobiografía de Miranda, lo dejó con disimulo y echó mano a toda velocidad del Wall Street Journal.
