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¿Puede una inteligencia artificial amar?
En Brin, un mundo virtual, un joven descubre que la magia es real. Una espía, convencida de saberlo todo, se enfrenta a un amor inesperado. Mientras tanto, una nueva forma de vida surge en un planeta superpoblado y sin esperanza, destinada a cambiar el futuro de la humanidad.
En otro rincón de la galaxia, una adolescente superdotada lucha por encontrar su lugar en una sociedad que la rechaza.
Tres historias de amor, en tres mundos diferentes, se entrelazan, desafiando los límites del thriller, el ciberpunk, la fantasía y el romance.
Embárcate en este viaje hacia las estrellas y redescubre lo que significa amar en un universo de posibilidades infinitas.
Reseñas editoriales
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Veröffentlichungsjahr: 2021
Índice de capítulos
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Titulo de portada
Contraportada
Dedicatoria
Página en blanco
Mapa de brin
Página en blanco
Parte 1. Génesis
Grimm
Maese Dario
Pian
Data sapper
Alanna
Nuevos amos
Vida en espera
Una bolsa de monedas
Veterra
La fuerza de la magia
Sueños anónimos
Espejos sin fondo
La muerte no es el fin
Nikka
Juego de espías
El camino de la espada
Más allá del cielo
Roona
El precio de la libertad
Sin deudas ni rencores
Fuera de casa
Servir o servirse
Nuevas compañías
Soberno
Dobbin
La muerte
Regalos
Allí donde todo acaba
Camino a Khirldan
El príncipe
Todos sus muertos
Rosa y azul
Dragones
Fuego y piedra
Redención en Brin
Kalead
Piel de mandarina
El pasado siempre vuelve
Algo más que magia
Amigos de otra vida
Viejos compañeros
Un nuevo mundo
El convenio de Turing
Parte 2. Exégesis
Mariposas de hojalata
Pájaros de hierro
Ricardo
Halcones de cromo
Fuera de Brin
Un lugar en el mundo
Carlos Vega
Roh
Alternativas
Teaghlach
Valerie
Ascension
Uisge-beatha
Planes de futuro
Atajos
Carlos Vega
2%
Jardin de Brin
Camino inverso
Cerrando heridas
Laura McKenzie
Parte 3. Utopía
Primera cita
Fundacion
Mil mitades
La semilla
Gaillac
Cerebro
Mannheim
Volutas de humo
Política
El despertar
Sólo amigos
Apagón
Marcas del pasado
Señor ciudadano.
Brin 2.0
Doble o nada
Larga vida a Eme
El fin de la inocencia
Humano, demasiado humano
Tres mas uno
Genética
Armisticio
Astillas familiares
Ensanchando los límites
Hijos de Brin
Rabia
En caliente
Dieciséis razones
La despedida de Laura
Andelain
Epilogo
Un mensaje final
Página en blanco
Cover
Contents
Start of Content
Lágrimas negras de Brin
(c) 2018 Nicholas Avedon
http://NicholasAvedon.com
Primera edición, 11 de Abril de 2018
Segunda revisión, 22 Julio 2018
Edición de tapas duras, Mayo 2021
Tercera edición 11 mayo 2024
Todos los derechos reservados.
Prohibida cualquier distribución, copia o difusión no autorizada explícitamente por el autor.
Obra inscrita en el registro de la propiedad intelectual.
Corrección: Rosa A. Pérez Gisbert y Antonio Rivas.
Mapa de Brin: Muriel Dal Bo.
Para S, la quinta fuerza de mi universo.
Gracias a Rosa y Antonio, mis correctores, y también a mis lectores cero Silvia, Jorge, Lily, Icíar, Mayte, Marta, Luis, Marcos, Alicia, Alexandre, Vex, JASC, Rafael, Raquel, Natalia, Carlos, Lázara, Lucía y Esther. Muchas gracias por vuestro tiempo, ánimos y correcciones, sin ellos este libro no sería lo que es.
Valerie, lo siento, pero me enamoré de ti cuando ya no había vuelta atrás.
Tendría no más de cuatro años y su primer recuerdo era el rostro de su madre, una mujer joven y hermosa de pelo azabache en una tarde plomiza bajo la lluvia. En la bruma de aquella memoria lejana, veía su cabeza clavada en una pica; tenía los ojos abiertos e inexpresivos, llenos de lágrimas negras que caían por su rostro en línea recta, goteando hacia el suelo.
Su madre fue una bruja, o eso decían de ella. Del orfanato de su infancia recordaba poco; solo el dolor, los gritos y los empujones. Aún podía escuchar en su cabeza el sonido de las piedras volando por el aire y el chasquido que hacían al golpear su cráneo. Nunca pudo olvidar el agudo crujir en sus oídos de los gritos de los otros niños cuando le pegaban, ni tampoco el daño lacerante de las mantas acartonadas que levantaban las costras de sus heridas. Durante su infancia, solo pensó en el dolor. Sin embargo, el color de la sangre, del cielo o de su propia piel era algo que no logró fijar en su memoria, ni tampoco los nombres de aquellos niños que se reían de él. No sentía odio ni miedo, y cuando el dolor lo cegaba y todo se volvía negro, regresaba a él la imagen de su madre, como el recuerdo de lo que él era: el hijo de una bruja.
Cuando aún era un niño entró en su vida el primer adulto que le enseñaría lo más importante que aprendió jamás. Su primer mentor: Darío, un hombre enjuto y calvo que ya había sobrepasado la madurez. Caminaba despacio, como si le doliera algo o tuviera una pierna más larga que la otra. Cuando llegó al orfanato, todos los niños callaron y miraron al suelo. Él no supo por qué. Aquel hombre los observó de cerca, uno por uno, levantándoles la barbilla y examinándolos tan de cerca que podían aspirar el rancio aliento del viejo. Repitió el ritual con cada uno de los niños, hasta que llegó al más mayor de todos. Grimm no recordaba su nombre; era el niño que disponía de los demás, el más alto, el más fuerte y el más brutal de todos ellos. Disfrutaba haciendo sufrir a Grimm. Pero el anciano también lo ignoró.
Llegó el turno de Grimm, y no bajó la vista cuando aquel hombre se puso delante. Grimm, casi tan alto como él, lo miró desafiante. Darío no se inmutó; le agarró la cara y, sin miramientos, le ladeó la cabeza y examinó ambos oídos del muchacho. Sonrió con satisfacción, pero cuando Grimm creyó que ya había terminado, el desconocido clavó su mirada en él. No sintió miedo de aquel hombre, pero bajó la vista igual que habían hecho los otros niños. Esta vez, el viejo no tomó su barbilla, aunque Grimm sabía que estaba pegado a él porque podía verle los pies y sentir el olor pestilente de su respiración. El extraño aguardó unos instantes hasta que, finalmente, habló con una voz sorprendentemente joven:
—¿Es que no me tienes miedo, muchacho? —preguntó.
—No —respondió Grimm.
—Eso está bien —respondió, sacando un pequeño puñal del bolsillo.
Grimm miró inquieto a su alrededor, sabiendo que no podría impedir que aquel hombre hiciera lo que quisiera con él. Acostumbrado ya a que cualquiera dispusiera a su antojo de su vida. Cerró los ojos y esperó el pinchazo.
Sintió como se le clavaba la punta del cuchillo en las costillas, y el raspón del metal contra el hueso. Sin decir palabra, la mano que manejaba el puñal lo retorció lentamente. Grimm podía sentir el calor pegajoso que emanaba del cuerpo del viejo. Se mordió los labios para no gritar de dolor y notó que, de nuevo, perdía la visión en aquella niebla negra espesa que le impedía oír, ver o sentir otra cosa que no fuera dolor. Pasó un rato y se encontró en la misma postura, tiritando y con un hilillo de sangre que manchaba los andrajos que llevaba como camisa. La vista volvió a él y pudo distinguir brevemente al director del orfanato contando monedas de oro de una pequeña bolsa. Los niños ya no estaban, y su nuevo maestro sonreía, regocijándose por el buen trato que había hecho. Grimm notó caliente la pierna, empapada de sangre.
Su nuevo amo lo llevó en un carro tirado por bueyes en lo que resultó un viaje largo, el más largo que había hecho en su corta vida, pero no pudo ver nada porque durante todo el trayecto estuvo tapado con una manta y atado de pies y manos. No pensó ni en gritar, pues no se le ocurrió que podría pedir ayuda. Aún no sabía lo que significaba esa palabra.
Cuando llegó a su nuevo hogar, el viejo no le explicó nada. Lo desató, y Grimm pudo ver fugazmente un patio entre edificios altos de piedra. El viejo lo dejó en el borde de un pozo. Con una sola orden, seca, le pidió que bajara.
Se asomó y vio un gran agujero en la roca, con el fondo lleno de agua, que se ensanchaba hacia un lado, donde pudo entrever lo que parecía una pequeña gruta al resguardo del agua de un poco más abajo. Sin avisar, el amo lo empujó de una patada, y Grimm cayó varios metros hasta el agua. No sabía nadar, pero su sangre fría le sirvió para agarrarse al borde y salir tiritando de frío. Se hizo una pelota y, encogido, aguardó a que el sueño lo venciera. Así durmió, acurrucado en su nueva casa.
El inicio de su adolescencia transcurrió en la oscuridad y el frío húmedo del pozo. Vivía allí dentro y solo salía de noche, subiendo por una escala de cuerda que le tiraba su amo. Hablaba poco, y siempre que lo hacía sonaba seco y áspero. Comía una vez al día, siempre por la noche. Desde el pozo no podía ver nada, ya que desde el rellano que estaba fuera del alcance del agua apenas abarcaba un trozo de cielo y algunas estrellas. No obstante, encerrado en aquellas paredes húmedas y oscuras, vivía algo mejor que en el orfanato donde era el blanco de los ataques de sus compañeros. No lo echó de menos, y como no conocía otra vida, se limitó a dejar pasar los días sin pensar en nada más.
Por las noches, la luz de la luna se reflejaba durante unas pocas horas en el agua. De día, el sol tardaba otras tantas en entrar en el pozo, hasta que al mediodía lo llenaba de luz; era el único momento en que podía examinar aquel lugar. Tenía el espacio justo para tumbarse, aunque la mayor parte del tiempo estaba sentado, apoyado contra la pared mientras observaba el agua. A veces, aburrido, dejaba los pies dentro del agua, preguntándose cómo de profundo sería el pozo. Cuando se asomaba, solo veía negrura en tonos verdes.
El hueco de piedra donde vivía confinado estaba cubierto de musgo seco, con algunas hebras ya viejas de paja. Sobre ellas estaba extendida una manta que olía a moho y sobre la cual dormía. Sus otras posesiones se limitaban a un vaso de cobre, abollado y demasiado pequeño para acallar de un solo trago la sed, y un cubo donde satisfacía sus necesidades. Su amo se lo dejó claro el primer día: «Harás tus necesidades en el cubo y lo subirás contigo cada noche por la escala». Así lo había hecho desde entonces.
El tiempo transcurría despacio, y lo único que tenía a mano para entretenerse se limitaba al agua y las marcas de las paredes. Rayajos, inscripciones con forma de escritura. En el colegio le enseñaron a leer, pero no supo interpretar los símbolos que poblaban las paredes. Sin embargo, comprendió que alguien antes que él había vivido en ese lugar. Por el aspecto de las marcas, diferentes personas a lo largo del tiempo habían pasado por aquel encierro. Algunas piedras estaban redondeadas y gastadas por el roce de innumerables cuerpos tibios como el suyo.
El viejo lo tuvo tres días en el pozo. Después la rutina fue siempre la misma: cada noche le tiraba una escala y le ordenaba que subiera con el cubo. Al quinto día ya se sabía de memoria el número de escalones que necesitaba para salir de aquel pozo: dieciocho. Las primeras dos semanas fueron iguales: el viejo le daba de comer un plato de gachas con carne y lo observaba, sin preguntar nada. Grimm no sabía qué esperaba aquel hombre de él, y se limitó a comer y mirar a su alrededor. El lugar parecía un almacén lleno de trastos, algunos viejos, otros incluso hermosos. Lo que más le llamó la atención fue una enorme arpa dorada. También vio esculturas y cuadros de tonos apagados; en una estantería, colgadas con cuidado, una panoplia heterogénea: espadas, puñales, dagas, estiletes e incluso un par de arcos. Cerca de las armas creyó ver armaduras, o al menos parte de ellas: petos, polainas, brazales y un par de yelmos. También vio calzado, ropa de todo tipo y muchos libros. Aunque algunos objetos estaban cubiertos de polvo, otros parecían nuevos, o por lo menos recién llegados. La estancia parecía muy grande, y además de la puerta que había empleado para entrar, había algo más allá de unas tupidas cortinas. Lo supo porque una luz diferente se filtraba desde allí, más dorada y clara que la que venía del angosto patio rodeado de edificios.
Cada noche, después de cenar, su amo le mostraba imágenes de un libro, ilustraciones en color de diferentes escenas: una mujer desnuda, un hombre atravesando a otro de lado a lado con una lanza, un caballo corriendo al galope, con las crines al viento..., y como esas, un sinfín de imágenes. Grimm no sabía si debía hablar o no, así que se limitaba a dejar que el hombre pasara las hojas. Su nuevo maestro no tenía prisa y tampoco abría la boca, tan solo observaba la reacción de Grimm.
El viejo tenía paciencia y muchos libros. Más de veinte, llenos de ilustraciones que, pacientemente, pasaba hoja a hoja mientras se concentraba en observar las reacciones de Grimm. A la decimotercera noche, ya no quedaban más libros. El rostro del amo no podía expresar más satisfacción. Sus ojos brillaban, febriles. Sin dar explicaciones, ató al chico a la pesada silla. A pesar de la edad de las cuerdas, seguían siendo sólidas. Grimm no se fijó en el oscuro color de la soga. Ni tampoco en las manchas de sangre seca sobre la vieja silla. Cuando Grimm estuvo atado, el viejo miró a su alrededor. Se levantó y, con un ataque de furia, dio un par de zancadas hasta la ventana, que estaba entreabierta. La cerró y la tapó con una gruesa cortina, que al moverse dejó durante unos segundos un brillo oscilante a su alrededor.
Aquella fue la primera vez que Grimm vio un objeto con magia viva, pero no supo de qué se trataba. El viejo volvió, ansioso, y se sentó al lado de Grimm. Sacó de un cajón de la mesa algo envuelto en una tela negra aterciopelada. Lo puso sobre el mueble y desplegó la tela con sumo cuidado. Dentro, perfectamente ordenadas, dispuso varias herramientas de brillante metal sobre el trapo negro. Parecían cuchillos, sacacorchos, alicates y otros útiles cortantes y punzantes. Tomó el objeto más sencillo de todos, una navaja de afeitar. La empuñadura de madera estaba muy gastada, y el metal había sido afilado muchas veces. La contempló abstraído y luego miró a Grimm, que imaginaba su suerte sin inmutarse. El viejo, que había callado hasta ese momento, empezó a murmurar unas palabras que Grimm no entendió: «Mħaigħisŧir ŧħoir đħomħ đo þiaŋ ŋì mi beaŧħa». Como un mantra, empezó a repetir aquellas palabras una y otra vez. Tomó la navaja, y sin decir más, cortó a Grimm con un tajo superficial en el antebrazo. Grimm apretó los dientes.
El viejo pronto hizo otro tajo paralelo al anterior, y otro, y luego otro. Hasta que después de repetir la operación al menos una docena de veces, Grimm gritó de dolor. El viejo amo no hizo caso de sus llantos y repitió la misma frase una y otra vez, como una letanía: «Mħaigħisŧir ŧħoir đħomħ đo þiaŋ ŋì mi beaŧħa». Por sus padecimientos anteriores, Grimm creyó que perdería el conocimiento, pero esta vez permaneció lúcido y experimentó un dolor atroz que casi no le permitía respirar. Aquel dolor era tan extremo que ignoró todo lo demás. Todo aquella agonía, toda aquella sangre, fue lo único con sentido para él. Vio una neblina negra flotando a su alrededor, una neblina que poco a poco inundó la estancia y lo cegó por completo. Su visión se nubló hasta fundirse en el negro absoluto. Aún así, tuvo que pasar mucho tiempo para que los gritos dejaran de salir de su garganta, sus muñecas desolladas cesaran su resistencia, y que sintiera, por fin, que su cuerpo se rendía.
Con Grimm desmayado en la silla, el viejo terminó su invocación. Murmuró otras palabras en el mismo idioma desconocido y sobre la mesa se materializaron unos pequeños frascos de cristal llenos de bruma negra. Seis frascos en total. Exhausto, el viejo cogió uno de ellos y sonrió, consciente del tesoro que había descubierto. Se volvió hacia Grimm. Ya no respiraba y su cuerpo tenía heridas, cortes rectos, paralelos, en brazos y antebrazos. Yacía inmóvil en la silla, a cuyos pies ya se había formado un charco de sangre que se filtraba a través del viejo empedrado del suelo. Un reguero de lágrimas negras había dejado su paso en el rostro, y sus ojos, abiertos e inexpresivos, eran negros, brillantes y húmedos.
El viejo murmuró otras palabras: «Cruŧħacħaiđħ, a 'cłeacħđađħ mo bħeaŧħa a łeigħeas aŋ ŧ-aŋam». Puso sus manos sobre el chico y este tembló unos instantes. Al cabo de unos segundos, sus heridas se cerraron, lo justo para que dejara de brotar sangre de ellas, pero dejando unas feas cicatrices. Grimm se removió en la silla, aún inconsciente. El viejo lo dejó atado y guardó su instrumental con mimo. Antes lo limpió y afiló despacio, sin dejar de mirar con ojos golosos aquellos seis frascos llenos de humo negro. Cuando terminó, recogió cada uno de los botes y los guardó con exquisito cuidado en un cesto pequeño. Se llevó el cesto con él, tras una cortina. Grimm pasó la noche sumido en un sueño donde todo estaba teñido de negro excepto una voz, que parecía la de su madre. No entendía lo que decía, pero sonaba triste en su cabeza.
Pian fue la primera palabra que aprendió del maestro. La repetía en la mayoría de sus letanías. De alguna forma que no alcanzaba a comprender, llegó a su mente su significado: dolor.
El viejo maestro lo torturaba una vez a la semana. Daba tiempo a que su cuerpo se recuperase, y cada sábado lo sacaba del pozo y lo ataba a una silla. El resto de la semana, Grimm recibía su comida puntualmente cada noche a la misma hora. No le dirigía la palabra ni lo miraba a la cara más allá de lo imprescindible. Para extrañeza de Grimm, la semana se le hacía agradable. No sentía dolor, ni hambre, ni frío. Durante una semana entera estaba aislado del mundo, casi hasta de la luz. Prefería aquello a su pasado en el orfanato. Aunque el dolor fuera mucho más intenso, más concentrado, no estaba a expensas de cualquiera que le quisiera pegar. El viejo satisfacía sus necesidades y no le faltaba una manta por las noches. A la tercera semana empezó a acostumbrarse a la resaca de dolor de los dos primeros días después de cada sesión y al plácido aburrimiento que sufría el resto del tiempo. Procuraba no moverse demasiado para que no se le abrieran las heridas, que curaban muy rápido.
El viejo utilizaba casi siempre la vieja navaja de afeitar. A veces probaba otros instrumentos, pero no causaban más dolor en el chico. Eran herramientas que provocaban más inquietud que dolor: largos escalpelos con formas helicoidales, extraños pinchos con forma de insecto. Otras herramientas, como tenazas o agujas para debajo de las uñas, eran capaces de provocar daños permanentes. El viejo las había usado a lo largo de los años con otras personas como Grimm, pero sabía que provocar daños superficiales funcionaba mejor para lograr que su víctima aguantara mucho tiempo procurándole la esencia de aquel dolor, esa niebla negra que atesoraba en pequeños frascos de cristal. Había perfeccionado hasta el extremo aquel arte de provocar dolor sin secuelas permanentes. Echaba sal en las heridas y cortaba solo en aquellas zonas donde el dolor resultara más fuerte e intenso: rodillas, tobillos, empeine de los pies, zona lumbar, muñecas y manos o allí donde la piel y el hueso se tocaban. Como Grimm estaba muy delgado, el dolor fluía rápido de todo su cuerpo, incluyendo rostro, cuello y orejas. El viejo le echaba sal en las heridas. Luego las limpiaba con agua para que no se cerraran y volvía a echar sal. Aunque el chico perdía mucha sangre en cada sesión, nunca fue la suficiente para matarlo. Al principio pensó que moriría si gritaba y se resistía. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero eso no hacía más que agradar al viejo, que disfrutaba cuando finalmente se rompía y gemía, incapaz de soportar el dolor, hasta quedar inconsciente.
Pasaban las semanas y Grimm soportaba hasta el desmayo aquellas torturas. Gritaba hasta quedarse afónico, pero para su extrañeza, el resto de días flotaba en una nube neutra, sin dolor, sin tener que preocuparse de nada. Dormía cuanto quería, comía, bebía agua fresca y, por las noches, pasaba las horas contemplando las estrellas, sacando la cabeza hasta el borde la plataforma que colindaba con el agua del pozo. Una pregunta le rondaba la cabeza constantemente: ¿morir sería doloroso? Ya en el orfanato se hacía esa pregunta casi todas las noches. Para él, la vida solo significaba dolor y soledad, y aunque la soledad fuera parte de su persona, no lo molestaba. Pero sabía que podía haber sido de otra manera. Sabía que, para otras personas, la vida debía de ser algo diferente, pero Grimm no conocía el significado de la palabra placer, ni menos aún cómo pronunciar la palabra felicidad.
Las estaciones se sucedieron, y poco a poco, el cuerpo de Grimm se llenó de cicatrices, hasta el punto de que no quedó apenas un centímetro de su piel sin rastro de ellas. El viejo le rapó la cabeza para trabajar también en su cuero cabelludo, sus orejas y su rostro. Exploró todas las formas posibles de proporcionar dolor a su cuerpo. Las torturas lo transportaron al borde de la muerte y, a veces, incluso traspasaron ese límite. Pero el maestro siempre sabía traerlo de vuelta; curaba sus heridas justo hasta el punto de que no resultaran fatales, mejorando su recuperación para que estuviera listo a la semana siguiente. Como un preso condenado a la pena de muerte, Grimm vivía en su pequeña celda, apartado del mundo, del tiempo. Procuraba no pensar, no sentir. Los sueños, las pocas veces que los recordaba, eran su mayor fuente de tormento. Soñaba con campos verdes, con el viento sobre la piel y con el olor a jabón de la ropa limpia, tendida en una cuerda entre dos árboles. Soñaba sensaciones que no había experimentado jamás, como el tacto de un animal que le lamía la mano y lo miraba alegre. Se atormentaba y se convencía a sí mismo de que aquel perro había sido propiedad de su madre, aunque no lo recordaba, pero que en sueños volvía a él. Aunque no sabía lo que significaba la alegría o la felicidad, aquellas imágenes eran los únicos recuerdos que se le parecían, y aun así, se desvanecían a los pocos minutos de despertar. Se levantaba con la cara húmeda y salada por las lágrimas, con un vacío en su interior que lo alteraba y que no podía identificar. Por eso, cada vez que volvía a soñar con aquel perro, se atormentaba sabiendo que perdería aquella sensación, como si intentara atrapar las gotas de lluvia con las manos.
Pasaron varios años sin que Grimm advirtiera que después del verano comenzaba el otoño y que, un tiempo después, llegaba el invierno. Ajeno a todo, su cuerpo, rajado y curado más de mil veces, creció y se hizo fuerte. Al margen de las heridas de su carne, sus huesos eran recios y sanos, y los cuidados de su amo para preservarle la salud surtían efecto. Para pasar las horas muertas intentaba escalar las paredes de su prisión, agarrándose con los dedos de las manos y los pies a las piedras, cayendo una y otra vez al interior. También intentó bucear hasta el fondo, y aunque había aprendido a aguantar sumergido durante minutos, nunca pudo llegar al final del pozo. En la oscuridad absoluta percibió otras corrientes subterráneas, que intuía que debían de venir de otras cuevas conectadas con la suya, pero no tuvo el valor suficiente para adentrarse en ellas en la total oscuridad. Su cuerpo se hizo fuerte y flexible, y su resistencia al dolor fue aumentando día a día, hasta el punto de que el viejo tenía que emplearse cada vez con más saña.
Era un niño la primera vez que conoció a maese Darío, pero años después había crecido varios palmos, tanto que ya casi no cabía en su pequeño habitáculo. Su cuerpo fibroso, herido y pálido se había desarrollado como el de un adolescente que no ha visto la luz del sol. Su piel, de un rosa claro, estaba jalonada por cicatrices de todos los tipos y formas. Su mente, sin embargo, seguía siendo la de un niño atrapado en un pozo. Solo las estrellas variaban con cada estación, y Grimm había reducido a un rincón de su mente los sueños que lo atormentaban de tanto en tanto.
Odiaba el transporte subterráneo. Con toda su alma. Igual que el resto de pasajeros. Por eso evitaban mirarse a la cara unos a otros, recordatorio de lo desagradable que era el mundo, apretados en una masa informe. Prisioneros de los olores ajenos, de los ruidos. Se preguntaba cómo lo podrían soportar aquellos sin implante neural, sin una segunda realidad que suavizara lo que sus ojos veían, mitigando el nauseabundo olor a ser humano. Encerrada en su retícula, todavía quedaban decenas de paradas hasta llegar a la suya.
Como data sapper debería estar acostumbrada a la mierda de todo tipo, que siempre tenía un componente humano. Por eso mismo necesitaba que en su vida personal hubiera reglas claras: la mierda se quedaba fuera. Pero resultaba imposible que la realidad no violara su intimidad a través de sus fosas nasales o forzando su inteligencia, asediada por continuas ofertas comerciales que interferían en su córtex visual a través del neuroimplante que le permitía ganarse la vida.
Al margen de ese implante, nada tecnológico mancillaba su cuerpo. Estaba orgullosa de ello. A pesar de los años, seguía tal como su madre la había traído al mundo. Sin tatuajes, sin nanos corriendo debajo de su piel, ni tan siquiera arreglos genéticos. Tenía un ADN imperfecto, pero no tenía enfermedades congénitas. Sus abuelos ya se habían preocupado de ello. Hasta sus dientes eran los originales.
A su tercer marido nunca le gustó, aunque pocas veces se lo dijo de forma directa; no tenía valor para hacerlo. Pese a ello, no cedió, y su cuerpo, en aquella época, bien entrado en los cuarenta, sometido a una dieta sana y ejercicio constante, no sufrió más cambio que el de la gravedad. Estaba orgullosa de su físico, diferente de cualquier otro cuerpo de catálogo.
Después de tres matrimonios fallidos había decidido que no seguiría buscando la aprobación de nadie. De aquello habían pasado siete años y todavía se despertaba por las noches con la sensación de un olor que ya no estaba en la almohada, y a veces, al meterse en la cama, tenía la sensación de que iba a encontrarse una pierna o un brazo tibio bajo las sábanas. Otras veces escuchaba un rumor inexistente en el cuarto de baño. Sus amigas llevaban años tomando trank para pasar de puntillas sobre los agujeros de sus vidas, pero ella sabía que todo tenía un precio y que por encima de todo no quería cometer los mismos errores; si los minimizaba o camuflaba, volvería a caer de nuevo. Necesitaba no olvidar.
Extinguió el último anuncio que se colaba siempre con el mismo olor desagradable a curry. Desconectó la mejora de realidad y se preparó para una oleada de mundo directa a través de sus sentidos orgánicos. Eso sí, no desconectó la música que fluía directamente de su pod a su cerebro a través del implante. Sonrió al pensar en que la música que estaba escuchando se había grabado mucho antes de que su tatarabuela naciera. Y a pesar de ello, el grupo de quinceañeras que recorría su nervio auditivo era lo más cercano que tenía a su estado de ánimo. «¡Oh, oh, ohoh!», cantaba en su interior, esquivando los cuerpos de los demás viajeros. «¡Oh, oh, dancing with myself, oh, oh!», repetía en su interior, sonriendo sin querer y meneando las caderas de forma imperceptible.
«¿Otra vez se ha puesto de moda ese maquillaje negro alrededor de los ojos?», pensó. Entre lo siniestro y lo brutal, con los ojos inyectados en sangre y el pelo aplastado sobre el cráneo, la chica que tenía enfrente daba miedo, aunque sonreía con inocencia infantil al notarse observada. Bajó la vista al suelo de nuevo y siguió esperando a llegar a su parada. «Pese a todo, todavía hay seres humanos dentro de los monstruos en que nos hemos convertido», pensó. Lo sabía bien.
Cuando salió del vagón, todavía seguía desorientada por el cambio al desconectar la realidad mejorada a través de su neuroimplante. Estaba acostumbrada a la transición, pero era imposible evitar que el cerebro tardara en sincronizarse tras el cambio. Su mente todavía intentaba compensar la pérdida de referencia. Cientos de hologramas flotaban sobre el andén como un enjambre de estímulos visuales de todas las formas y los colores. Tan solo el suelo, gris y ajado de heridas en el cemento, permanecía como recordatorio de que aquel seguía siendo el viejo mundo real. La ciudad subterránea de Montreal no había cambiado demasiado en más de cien años, y nada parecía presagiar que fuera a cambiar. Nuevos anunciantes, mejor iluminación y más gente aún en sus ya repletos corredores. Nada nuevo. Subió al nivel superior y lo que sintió fue aún peor. Estaba atestado de compradores saliendo de las tiendas.
Un gato biónico le rozó la pantorrilla izquierda. Se suponía que nunca lo hacían, que su instinto había sido suprimido, que solo eran plataformas biológicas para portar cámaras y sensores. Pero a veces pasaba: el viejo ADN, siglos de frotamiento y ronroneo se abrían paso desde la carne, entre los cables y las interfases. Sus ojos mantenían la pupila vertical, y su pelo, el aspecto suave y esponjoso de un felino. Pelo sintético conformado por cientos de sensores, y holocámaras que no necesitaban parpadear, aunque lo hicieran de vez en cuando, concediendo al animal un poco de honestidad.
Podrían estar observándola, pensó. Deberían estar haciéndolo. Porque era quien era y hacía lo que hacía. Entró en la tienda y sonrió al androide recepcionista que la atendió. Odiaba a los androides más que nada en el mundo.
—Buenos días, ciudadana... —El androide esperó inútilmente a leer alguna identificación pública, pero no recibió ninguna, así que siguió hablando—. Hoy tenemos fruta de la reserva de Nunavut. ¿Desea ver el catálogo?
—No, gracias —replicó; lo esquivó y entró en la tienda.
Rodeó las mesas, observando y, sobre todo, olfateando. Disfrutaba los colores de aquel templo a los sentidos. Buscó con la mirada el lugar adecuado y caminó hacia él.
Alargó la mano hacia una de las cajitas que contenían aquel lujo. La acercó a sus fosas nasales y la boca se le hizo agua. Una fresa recién cosechada, orgánica y, quizás, hasta con algo de tierra oscura adherida. Se fijó bien en la fecha de recogida: 15 abril de 2206.
Pagó con gusto aquel excéntrico lujo y lo guardó con cuidado en su bolso. Volvió a bajar al nivel inferior y esperó a tomar otro transporte a su casa, por fin. Como casi todos los habitantes de aquella urbe, de día se sentía más cómoda en su casa que en los atestados callejones subterráneos. De noche, la situación a veces cambiaba.
Cuando llegó a su diminuto apartamento, se quitó los zapatos y dejó el bolso en la mesa de cristal. Sacó la cajita y dejó la fresa con cuidado en la encimera de la cocina, en un plato limpio. Tomó la caja y le dio la vuelta hasta que encontró el diminuto código que identificaba la fecha de recogida y otros datos biológicos de la fresa. Lo leyó con su pod y buscó uno de los códigos hexadecimales que identificaban el lote. Lo apunto con un lápiz en un papel, y lo tapó con la otra mano. Luego arrugó el papel y lo guardó en el bolsillo de los pantalones. Apagó las luces, dejando únicamente encendida una tenue lámpara encima del sofá, y se tumbó encima.
Activó la interfaz neural con su holoconsola, y con los dedos manipuló en el aire algo que solo su cerebro podía ver. Se aseguró de que la interfaz estaba aislada e introdujo el código mentalmente tras una lectura a hurtadillas del papel arrugado que había vuelto a sacar. Cuando el código funcionó, hizo una bolita con el papel y se la tragó. La consola tardó varios segundos en descifrar el mensaje y todo su contenido. Cuando lo abrió y leyó los detalles, sonrió. Aquel era un encargo que tocaba algo familiar y conocido. Sería mucho más fácil así. Hizo unas consultas para averiguar quién estaba detrás del encargo. No fue nada difícil para alguien con sus contactos y su experiencia: Damyo, una de las cinco grandes corporaciones que dominaban el planeta. Pagaban bien y jamás jugaban con las condiciones de rescisión del contrato. Si algo había llevado a las grandes metacorporaciones a donde estaban era su escrupulosidad a la hora de respetar los tratos comerciales. Aunque fueran a través de terceros.
Al hacer un gesto, los datos se derritieron delante de su pupila, desapareciendo de su cerebro a la vez que se sobrescribía la memoria de su consola. Si el resultado de su investigación diera fruto, demostrando la veracidad de aquella información, sería una bomba. Solo tendría que confirmar a la subsidiaria de Damyo que aceptaba el encargo. En su propio cerebro estaba lo único que necesitaba conocer para empezar su trabajo. Y sabía dónde encontrarlo. Firmó digitalmente con su nombre: Andelain Dauvin. Oficialmente, el trabajo ya era suyo.
Grimm no sabía exactamente qué día tocaba su martirio, pero había contado la sucesión de noches y días y estaba seguro de que ocurría cada siete vigilias. Usando varias piedras pequeñas y colocándolas de diferente manera, contaba las fases de la luna y los días de la semana, aunque tardó años en pensar en hacerlo, de forma que nunca supo con exactitud el tiempo total que llevaba en el pozo; sin embargo, conocía muy bien el día preciso en que su amo tiraba la escala y lo subía para torturarlo hasta el borde de la muerte.
Sin embargo, aquel día, el viejo faltó a la cita, y eso lo inquietó. En su vida solo existía la certeza de la inminente tortura. Si su amo no volvía a por él, moriría de hambre, solo y abandonado en el pozo. Los primeros años había intentado todo para salir de él, pero las paredes de piedra estaban lisas y húmedas y nunca pudo escalar los muchos metros que lo separaban de la superficie. Aunque lo intentó durante meses y eso contribuyó a fortalecer su delgado cuerpo adolescente.
Esperó.
Pasaron días hasta que el viejo amo volvió a dar señales de vida. Lo despertó su voz desde lo alto del pozo. Pocas veces la había oído, y tan solo para darle órdenes secas.
—Chico, ¿estás bien? —preguntó el viejo.
—Sí —contestó Grimm.
Su propia voz sonaba extraña. Rara vez hablaba; de pequeño lo hacía consigo mismo y los niños se burlaban de él y lo llamaban loco. Al principio de su encierro en el pozo lo hacía sin poder evitarlo, pero con el tiempo, su conversación dejó de tener sentido, ya que no había posibles respuestas, ni nuevas preguntas. Se limitó a escuchar el sonido del viento entrando en el pozo y los pocos murmullos de la ciudad que se colaban bajo la tierra. El olor del pan lo despertaba por las mañanas. Cuando el viejo lo sacaba del pozo, su vista tardaba en acostumbrarse a la luz, y sus sentidos se sobrecargaban: ladridos, olor a excrementos de caballo, la luz de las lámparas de aceite, las velas en la mesa del maestro Darío...
No siempre encontraba lo mismo y aquel era el único momento en el que Grimm podía observar algo diferente, así que memorizaba todo lo que veía y lo diseccionaba mentalmente durante el resto de la semana en su prisión subterránea. Así averiguó cómo su maestro disponía de aquellas botellitas vacías de cristal, que clasificaba en un viejo aparador de madera oscurecida por el paso del tiempo. Casi todas las botellas contenían niebla negra, aunque también existían algunas con un líquido brumoso de otros colores: ámbar, rojo y verde. Las pequeñas botellas negras de cristal eran todas iguales, el mismo tipo de frasco, mientras que las de otros colores eran más pequeñas y de formas más bonitas. En la gran habitación del viejo, la única que conocía Grimm, había una estantería con varios libros de gruesos tomos. Apenas recordaba cómo se leía. Pero las horas muertas obraban milagros. Una y otra vez repasaba los títulos de aquellos libros en su memoria. Para él no significaban nada, pero no olvidaba aquellas palabras: Sortilegios de poder, Conjuros de retención, Poderes del dolor, Transferencia de poder. Había más, pero en caracteres ilegibles para él, otros idiomas.
Había muchos otros objetos en la habitación, pero cada vez que subía a la sala cambiaban de lugar; algunos desaparecían y otros nuevos los reemplazaban. Lo único familiar que permanecía en el mismo sitio eran las cortinas brillantes, el aparador lleno de frasquitos de color, la estantería con los libros y la gran mesa de madera llena de trastos. Aquellos objetos también se apilaban en el suelo, en cajas, cestas y todo tipo de contenedores. Los de gran tamaño estaban colocados en el suelo, unos encima de otros. Grimm nunca tuvo un favorito, porque al cabo del tiempo todos desaparecían. Podían tardar semanas o meses, pero siempre cambiaban de lugar.
Por eso, cuando entró en la sala, supo que algo estaba pasando. El viejo nunca lo sacó del pozo a plena luz del día. Subió con algo de miedo. Muchas veces se había preguntado cómo sería su último momento. El día que el viejo decidiera terminar con él. Porque sabía que aquel día llegaría tarde o temprano, había dedicado años a pensar sobre ello. Aquella cárcel subterránea estaba hecha para un niño, y él ya apenas cabía en el hueco. La luz del sol le impedía abrir los ojos, una luz que lo cegaba casi por completo, y tuvo que sujetarse de la mano del maestro hasta llegar a la habitación, que afortunadamente se mantenía a oscuras, tal como la recordaba. Pero, esta vez, todo estaba cambiado. Todos los objetos habían desaparecido y la alacena estaba vacía de botes de cristal. Cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la falta de luz, pudo observar con más detalle la cara amoratada del viejo. Tenía varios golpes y un corte en el labio inferior.
El viejo comenzó su liturgia habitual; puso el hatillo de tela negra sobre la mesa y sujetó a Grimm a la silla. Estaba terminando de atarle el brazo izquierdo cuando una voz de mujer, desde fuera de la estancia, interrumpió la labor de su amo.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —preguntó la voz.
El maestro gruñó algo sobre las cortinas y con un gesto airado, salió de la habitación. Por unos instantes, un rayo de luz cegador atravesó la cortina, y Grimm sintió un fogonazo de dolor en las pupilas. Acostumbrado a no gritar, cerró los ojos con fuerza y soportó el dolor, tal como había aprendido a hacer durante años. En su mente, apagada a todos los estímulos, la conversación que tenía lugar en el exterior no tenía sentido. Tampoco aquellas palabras extrañas en boca de aquella mujer.
—Cađał, cađał, gus a 'għeałacħ a đħùsgađħ ŧħu łe guŧħ biŋŋ aice.
En una lenta letanía, se sucedieron tres veces. Al terminar, un sonido sordo y pesado retumbó hasta la sala donde esperaba Grimm sentado en la silla, atado solo por los pies y el brazo derecho. Ante él podía observar los instrumentos de tortura que tan bien conocía, especialmente la cortante navaja de afeitar, cuya hoja era ya casi inexistente de tanto afilarla. Pasaron unos segundos hasta que la cortina se descorrió de nuevo. Instintivamente cerró los ojos, pero no pudo evitar el restallido de dolor momentáneo al recibir toda aquella luz, aunque fueran unos fugaces instantes.
—Vaya, vaya, vaya. Tal como imaginaba. Cumħacħđ sòŋraicħŧe —dijo la mujer al entrar en la sala.
Grimm solo podía oír su voz, pues tenía los ojos cerrados con fuerza. Un olor a madera, tierra húmeda y humo le vino a la mente casi con la misma intensidad que el tono de la voz, el de una mujer madura, fuerte y segura de sí misma. No supo qué decir.
—¿Quieres quedarte con tu maestro o prefieres venir conmigo?
Grimm no se movió. Parpadeó un par de veces hasta poder ver a la mujer, entrecerrando sus doloridos ojos. Ella, paciente, lo observaba con curiosidad. Le pareció ver a una mujer de mediana edad, cabello moreno, muy alta y delgada. El pelo le caía recogido en una coleta sobre uno de los hombros. Sus ojos claros lo atravesaban sin miramientos; cada ojo era de un color. Su rostro no se inmutó cuando repitió por segunda vez el ofrecimiento:
—¿Quieres quedarte con tu maestro o prefieres venir conmigo?
—Soy Grimm.
—Yo soy Alanna. Puedo sacarte de aquí, chico. ¿Quieres venir conmigo?
—Sí —contestó, mirando por última vez la navaja de afeitar.
Para Grimm sucedió todo muy rápido. Dejaron el cuerpo inconsciente de su antiguo amo en la tienda, y Alanna le pidió ayuda para encontrar todas las pequeñas botellas de colores que hubiera escondidas en la sala. Grimm le dijo todo lo que sabía, que resultó de poca ayuda. No quiso saber si su amo estaba muerto, así que no hizo preguntas. No le importaba. Cuando escuchó sus desagradables ronquidos supo que solo estaba dormido.
Alanna revolvió toda la trastienda -la habitación que Grimm conocía- y también la parte frontal de la tienda. El chico tardó casi una hora en acostumbrarse a la luz, y aun así no enfocaba la vista del todo bien, de modo que no pudo ser de mucha ayuda. Cargó con los objetos que Alanna le dio y los metió en varios sacos de lona. Cuando atravesaron la puerta de la tienda, no estaba preparado para enfrentarse al mundo. Decenas de personas cruzaban la calle, ajenos a ellos. El sol, en lo alto del cielo, le calentaba la piel de forma molesta e insidiosa. Una bofetada de fuertes olores lo agredió nada más salir. Barro, caballos, orines de perro y comida de infinitos aromas que hicieron que la boca se le hiciera agua inmediatamente. Los sonidos que le llegaron del mundo exterior también le aturdieron. Voces. Relinchos. Risas y conversaciones tan rápidas que no podía seguirlas. Cuando logró enfocar la mirada, Alanna estaba cerca de él, observándolo. Lo tomó del brazo con suavidad y lo guio por las calles. Embobado, absorbía todo lo que había a su alrededor. Hombres, animales, pájaros. Estaba en una ciudad; los edificios de piedra, de dos y tres pisos, atestaban una calle jalonada por árboles y aceras. Algunas personas caminaban, otras iban a caballo y otras flotaban por el aire. Los pájaros hablaban con las personas, y estas les respondían. Y nadie agredía a nadie. El sonido de las risas y las miradas de curiosidad de la gente lo hicieron llorar sin saber qué estaba pasando.
Alanna lo llevó hasta una calle secundaria donde aguardaba su caballo, un animal de crines amarillas y pelo blanco. Grimm nunca había visto una criatura tan hermosa. Quiso decirlo con palabras, pero su cuerpo actuaba movido por el instinto y su mente estaba demasiado ocupada procesando el entorno. El animal giró la cabeza y sus enormes ojos azules lo observaron, como si supieran lo que estaba pensando. Siguió un impulso repentino que le urgió a acariciar a aquel animal con la mano, y en las yemas de los dedos sintió algo diferente, algo para lo que no tenía nombre. Algo que le recordaba sus sueños.
La mujer lo trató amablemente y en ningún momento sintió hostilidad por parte de ella. Le habló despacio y se tomó su tiempo para observarlo con irreprimible curiosidad. Cuando le sonreía, él no sabía qué hacer, así que bajaba la vista. Los pies de la mujer le fascinaron por su pequeña perfección. Las uñas, pintadas con pequeñas flores de colores, sobresalían de las sandalias de cuero. Siguiendo sus instrucciones, colocó los sacos en un pequeño caballo atado al lado del alazán. Ella montó con una agilidad pasmosa al grande y le dio la mano para ayudarlo a subir. El caballo, que no estaba atado, echó a caminar por la calle principal, y Grimm pudo ver con detalle la ciudad donde había vivido. Había pasado cinco años entre aquellas calles sin que nadie supiera de su existencia, ni él la del mundo que lo rodeaba. Al poco tiempo, la ciudad se fue dispersando, y los edificios dejaron de ser impresionantes y hermosos para convertirse en pequeños y anodinos. El campo dio paso a la ciudad, y finalmente, el bosque y las colinas reemplazaron a la bulliciosa civilización.
El viaje hasta la torre de Alanna fue largo, y Grimm no sabía montar a caballo. Al principio, Alanna lo llevó en la grupa de su hermoso corcel blanco, pero en cuanto pudo, le enseñó cómo montar sin caerse en la yegua que los acompañaba. Aprendió que dirigirse al animal por su nombre era importante. Se llamaba Näim. Siempre que la tratara con respeto, obedecería sus órdenes sin que tuviera que articularlas siquiera, pues los caballos escuchaban la mente de sus amos. No hacía falta hacerles daño para que obedecieran. No eran bestias.
Grimm se preguntó qué significaba bestia. Habían pasado ya nueve días desde la última sesión de tortura con su amo y sentía que algo ardía en su interior. El sol dejó de picarle en la piel, y antes de que la noche cayera, llegaron a un bosque de pinos. El olor intenso y fresco llegó a las fosas nasales de Grimm mucho antes de que los árboles estuvieran a la vista. Se internaron en él siguiendo un sendero imperceptible para el muchacho. Antes de que Alanna dijera nada, Grimm supo que existía un río cercano. Podía oír el sonido del agua y sentir la humedad en la piel. Incluso rodeado de sonidos de animales y olores de todo tipo, Grimm estaba cada vez más despierto.
—Tengo sed —dijo por primera vez.
—Hay un río un poco más adelante —contestó Alanna.
—Lo sé —replicó sin más.
En los ojos de la mujer asomaba un brillo que Grimm no supo interpretar.
Llegaron al río y detuvieron los caballos. Alanna miró alrededor y se cercioró de que no hubiese nadie acechando. Bajó del caballo e invitó al muchacho a hacer lo mismo. Bebió del agua del río, esperando que él la imitara. Cuando saciaron la sed, Grimm se enfrentó a la mirada de la mujer. De nuevo no supo qué decir.
—Deberías asearte. Tus andrajos están destrozados y apestas. Te conseguiré unas ropas nuevas, pero primero lávate —dijo ella.
Grimm asintió con la cabeza.
La mujer le dio un trapo seco para que se frotara y un frasco con un líquido que olía bien, y le pidió que se lo echara por el cuerpo, lo frotara y después lo aclarara con agua. Grimm así lo hizo, desprendiéndose primero de sus ropas. En su inocencia, no se percató de la manera en que ella contemplaba su joven cuerpo desnudo. Sin embargo, se mantuvo a distancia todo el rato, contando cada una de las cicatrices de la piel del muchacho. Aquel cuerpo parecía un mapa grabado por un demente. Cuando el chico terminó, la mujer se acercó a las ropas sucias que había dejado en la orilla. Sin tocarlas, movió las manos con gestos rápidos y complejos, pronunciando unas palabras cuyo sonido musical le resultó vagamente similar al que ya había oído en boca de su maestro: «Łorg carboiŋ głaŋ beaŧħa agus ŧħa reborŋ ŋas bòiđħcħe».
Los harapos de color marrón, acartonados y rotos por cientos de sitios, pronto se transformaron en una fina camisa blanca con ribetes y unos pantalones cortos de color azul claro. Todavía en el agua, Grimm parpadeó perplejo ante aquella demostración de magia; la primera, pero no la última que vería en su vida. Se preguntó si aquella mujer sería una bruja, como su madre.
Alanna le pidió que volviera a la orilla y se secara. Le entregó una toalla que sacó de sus alforjas y le indicó con paciencia que se pusiera la ropa nueva. Grimm obedeció, bajo la atenta mirada de la mujer.
Volvieron al camino tras aquel fugaz descanso, pero pronto se hizo de noche. Tras buscar un sitio adecuado, Alanna hizo parar a Grimm, que, obediente, descargó los sacos de su caballo y después, siguiendo las indicaciones de la mujer, hizo lo propio con las sillas de montar. Los animales no se fueron muy lejos, pero les dejaron espacio. La mujer colocó en el suelo una fina esterilla de fibras vegetales y, sobre esta, una manta mullida. Buscó entre sus pertenencias una bolsa y sacó algunas viandas. Le indicó con un gesto a Grimm que se sentara a su lado y no dejó de observarlo. Al final rompió el silencio:
—Hablas poco. Eso me gusta. Imagino que tendrás hambre.
Grimm asintió levemente con la cabeza.
—Coge de lo que tengo, y si te quedas con hambre, dímelo y conjuraré algo más de comida.
Grimm volvió a asentir y empezó a comer.
Debía de ser una bruja, una bruja poderosa, pero no sabía si preguntárselo sería inteligente.
—¿Cuánto tiempo estuviste con el viejo? —preguntó ella. Su manera de mirarlo era la de alguien que no tenía prisa.
—No lo sé —respondió, pensando en lo que significaba aquello. «¿Cuantos años tengo?», se preguntó a sí mismo.
—Pobre —musitó la mujer. Grimm no entendió a qué se refería y siguió comiendo.
Con la tripa llena y el cuerpo descansado, no pudo evitar lanzar la pregunta que llevaba horas rondándole la cabeza.
—¿Eres una bruja?
La mujer rio escandalosamente un buen rato y finalmente respondió:
—Depende de lo que entiendas por bruja. Supongo que te refieres a que si sé hacer magia, ¿no?
—Sí —confirmó Grimm. Miró a su alrededor y solo vio siluetas oscuras de árboles y las dos lunas de Grub y la luna de Taal, azulada, tal como la veía desde su pozo.
—En Brin todos podemos hacer magia. Tú también, ¿no lo sabías?
Grimm callaba sin ser consciente de ello, ya que durante años se había acostumbrado a no existir más que dentro de su cabeza. Tuvo que ser la insistente mirada de Alanna la que hizo que contestara.
—No sé nada.
—No importa. Yo te enseñaré, pero ahora vamos a dormir. Tú aquí —dijo señalando el suelo, a unos metros de su manta.
Grimm obedeció, no sin antes recoger la bolsa de comida, estirar de nuevo la manta de su nueva ama y, con una manta vieja, improvisar un lecho.
Aquella fue la primera noche que Grimm pasó al raso. El cielo plagado de estrellas y el sonido del bosque, lleno de animales, eran como un libro abierto ante él. Maravillado por todo aquello, no supo cuándo se quedó dormido.
La recepción de acero, cristal y cemento era suficiente aviso para cualquiera que no supiera dónde se estaba metiendo. El nombre del lugar resultaba innecesario; ese tipo de instalaciones debería tener solo un número de serie. Las residencias de juego siempre le dieron escalofríos. Aquellos edificios estaban repletos de seres humanos que entraban pero que nunca salían. La ceniza resultante de incinerar sus cuerpos se tiraba por el desagüe. Resultaba más barato y cómodo. No se engañaba, sabía que ella, algún día, también terminaría en un lugar como aquel. Una torre gigantesca bajo tierra, como un aparcamiento de larga permanencia para seres humanos que ya no quieren seguir siéndolo en la realidad. No hacían falta pintura, ni muebles, ni ventanas, ni cuartos de baño. Las habitaciones eran apenas un nicho de dos metros cúbicos donde el cuerpo de cada residente yacía conectado a la red, inconsciente en el mundo físico pero lleno de vitalidad en otro mundo.
Frank seguía siendo alguien especial para ella. Lo conoció en la red, y cuando investigó algo más sobre aquel personaje mítico, lo que averiguó le sirvió para aprender algo más sobre el ser humano. Una historia triste, pero que mostraba que más allá del dolor y la pérdida siempre existe la posibilidad de la esperanza. Un accidente deportivo dejó postrado a Frank hacía ya muchos años. Tantos, que su cuerpo casi ya no recordaba lo que significaba sentir. Pero todavía tenía esa capacidad, y Andelain se lo recordaba una vez al mes.
Cuando Frank despertó, tardó una eternidad en abrir los ojos y enfocar a la mujer que lo observaba, de pie. Dentro de la residencia no existían sillas ni mobiliario alguno. No era habitual recibir visitas, y el androide que se encargaba de atenderlas estaba programado tan solo para indicar el camino y avisar al residente de que tenía una. No había cordialidad ni empatía en su programación. No era necesario. La mayoría de las veces, las visitas eran de agentes judiciales que acudían en persona al no encontrar otra manera de comunicar una orden oficial.
Frank no podía hablar. Pero no hacía falta. Andelain acarició su rostro y sonrió cuando él parpadeó. Aquella cabeza rapada, blanca y sin cejas podía ser la de cualquiera. Por el código tatuado en la frente, pensado para lecturas digitales, tampoco podía saber si ese ser era Frank o no, pero aquella serenidad en la mirada solo podía pertenecer a un individuo por el que tenía mucho respeto.
Y Andelain sentía respeto por muy pocas personas, hombres o mujeres.
Como otras veces, leyó en voz alta algunos poemas en francés. Frank decía que siempre le había gustado cómo sonaban en los labios de una mujer enfadada. Leyó una traducción de Lorca y se concentró en no hacerlo demasiado deprisa.
Cuando terminó, besó su fría frente y le susurró lo mismo que le había dicho cientos de veces:
—Te veo al otro lado.
Grimm soñaba cada noche, y todas las noches se repetía la misma escena. Luces de colores como líneas quebradizas que se cruzaban en rápida sucesión sobre un fondo negro. Unas más gruesas que otras, algunas se partían y cambiaban ligeramente de dirección. En sus sueños solo había un rumor de fondo, como el agua de un arroyo fluyendo a varias velocidades. Todas las mañanas se despertaba con la sensación de un aroma en su interior, entre su lengua y su nariz; un olor que no podía descifrar, pero que lo acercaba a la infancia, a su madre. Aquella sensación a veces duraba unos segundos y en otras ocasiones se desvanecía casi al instante.
Ese día lo despertó el roce del viento en su rostro. El bosque y los animales que vivían en él bullían, y sus sonidos lo animaron aún más. Terminó de abrir los ojos y escuchó el rumor de las ramas de los árboles mecerse bajo la fresca brisa; era la primera vez que sentía algo así y no tenía palabras para describirlo. Su cuerpo reaccionaba por él, y las emociones se revolvían en su interior sin que pudiera articularlas en conceptos. Los pájaros, alegres, cantaban y brincaban de rama en rama. La luz del amanecer inundaba de vida la foresta al pasar entre los troncos de los árboles. En lo alto, las nubes desplegaban sus masas esponjosas con parsimonia. Cada movimiento funcionaba de manera independiente de los demás, como un baile desordenado pero armonioso. Grimm disfrutaba de cada sensación tras su primera noche a cielo abierto.
Giró la cabeza a la izquierda y se sorprendió al ver a Alanna observándolo en silencio. Hasta aquel momento, Grimm no había reparado en que había algo en su mirada. Su pelo, largo y enredado, ocultaba la mitad de su rostro y era igual de negro que sus ropas, por lo que su figura difusa solo dejaba entrever un rostro de piel pálida y perfecta. Ahora, ese rostro estaba concentrado en observarlo con sus enormes ojos. Uno azul, frío y terrible. Otro marrón, cálido y lleno de vida. Tenía las cejas finas y puntiagudas. Parpadeó y, tras un rato, su rostro se transformó en una sonrisa perezosa.
—¿Has dormido bien? —preguntó con voz seca.
—Sí —dijo Grimm; se incorporó sobre los codos sin poder dejar de fijar la vista en aquellos ojos de colores dispares.
—Es hora de ponerse en camino —dijo Alanna, levantándose sin más.
Grimm la imitó y se incorporó.
—¿Adónde vamos?
—A tu nuevo hogar. A mi casa. No está muy lejos de aquí, llegaremos al final del día.
Grimm no supo qué más decir. Tampoco Alanna quiso añadir nada. Recogieron las mantas del suelo y tomaron un frugal desayuno compuesto principalmente de queso, pan duro y algunos frutos secos. Grimm comía poco. Bebieron agua fresca del río. El agua le supo diferente al agua del pozo donde había estado encerrado tantos años.
La mujer subió al caballo de un salto ágil y observó cómo trataba de imitarla Grimm. Torpe e inexperto, lo intentó varias veces sin conseguirlo. Alanna no se impacientó y esperó a que consiguiera subir al animal. Cuando por fin lo logró, la mujer hizo girar a su montura e inició el camino. El caballo de Grimm siguió al otro y la monótona marcha comenzó.
Tras abandonar el bosque, llegaron a unas colinas verdes ribeteadas de colores. Fragantes flores jalonaban el paisaje de amarillos, rojos, blancos y azules. Olores nuevos y desconocidos para Grimm, quien los percibía por primera vez en su vida. El viaje por aquellos caminos sirvió para que descubriera el verdadero uso de los sentidos que se habían embotado durante años. Dejaron atrás los frondosos bosques, las praderas de colores y otras maravillas como lagunas, prados repletos de ganado y cañones azules de tamaños colosales. Aunque hicieron varias pausas para descansar, apenas intercambiaron palabra. Pasaban varias horas del mediodía cuando llegaron a un cruce de caminos; allí los esperaban cuatro hombres en mitad del paso.
Antes de que pudieran ver sus rostros con detalle, uno de ellos desenvainó la espada y se plantó en mitad del camino. Los otros dos hombres, a unos metros detrás de él, clavaron varias flechas en el suelo, prepararon una en sus arcos y los apuntaron. El otro hombre, sin armas a la vista, esperaba al lado de los arqueros.
—Alto ahí —gritó el espadachín.
Alana no pareció preocuparse, aunque hizo detenerse a su caballo. Grimm examinó los rostros de aquellos hombres. En ellos lucían cicatrices que cortaban sus cejas y dejaban marcas en sus barbas. El espadachín tenía un ojo blanco, ciego por un corte que le atravesaba verticalmente la mitad de la cara. La cicatriz se extendía a su cuero cabelludo. Tenía una sonrisa lobuna.
—Danos todo lo que tengas de valor, mujer. Evitemos un problema mayor.
—De acuerdo —dijo Alanna. Rebuscó en el saco que llevaba a un lado del caballo y le tiró una bolsa que, por el sonido que hizo al aterrizar en las manos del hombre, debía de contener monedas. Este echó un vistazo al interior y no pareció entusiasmado.
—Eh, chico. ¿Tú que llevas? —preguntó.
El espadachín se fijó por primera vez en Grimm. Algo no le cuadró porque silbó dos veces y dio un paso atrás, guardando la bolsa. Una flecha pasó rozando la cabeza de Grimm, que parpadeó sorprendido.
—No me gusta. Erdin, ¿qué diablos le pasa a este tipo? ¡No me gusta! —preguntó el espadachín, que entornaba los ojos sin perder de vista a Alanna.
—No lo sé —respondió el hombre desarmado al lado de los arqueros.
