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Peretur crece salvaje, aislada en la naturaleza junto a su madre, envuelta en leyendas antiguas y secretos prohibidos. Llegará el día en que parta en busca de Caer Leon soñando con convertirse en uno de los caballeros del rey Artos. En el camino realizará gestas, derrotará bandidos y enamorará doncellas, pero en su pasión por la vida olvidará el peligro del que su madre la protegía, y cuyo destino es hacer frente. Un lírico retelling de los mitos artúricos en el que Nicola Griffith crea una atmósfera de leyenda para dar paso a una aventura épica e inolvidable. Novela finalista del premio Nebula, Locus y Ursula K Le Guin, y ganadora del Premio Ray Bradbury.
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Seitenzahl: 287
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Título original: Spear
© Nicola Griffith, 2022
Todos los derechos reservados
© de la traducción: Arrate Hidalgo, 2023
© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2023
Calle Acebal y Rato, 3, 33205, Gijón
www.duermevelaediciones.es
Primera edición: septiembre de 2023
Ilustración de cubierta e interiores © Rovina Cai, 2022
Corrección: Rebeca Cardeñoso
Diseño y maquetación: Almudena Martínez
Revisión de galeradas: Daniel Pérez Castrillón
ISBN: 978-84-127011-7-3
Producción del ePub: booqlab
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Para Kelley, mi amor y mi lago
Lanza
Nota de la autora
Agradecimientos
Posfaciopor Vicky Guerra
En el yermo salvaje, una niña que crece. Una niña que tiene por hogar la espesura, el matorral deshojado de retoños flacos y grises en uno de cuyos flancos crece, verde, el musgo. En este matorral, el flanco musgoso no da al norte, sino que se curva formando un círculo y dando la espalda al mundo; y en el centro, ahí donde las ramas forman más inhóspita maraña, se alza un cerro. En la cara del cerro, siempre oculta al mundo, está la boca oscura de la cueva donde la niña mora con su madre.
Que la niña sepa, nadie de dos piernas salvo su madre y ella misma ha pisado nunca este lugar. Su madre no sale de la cueva más que para ir a los huertos en el lindero del matorral, y si lo hace es solo en verano, cuando las hojas prestan velo suficiente para cubrir el bronce bruñido por el sol de las copiosas ondas de su pelo, cuando el duro esmalte azul de sus ojos podría tomarse por nomeolvides. En cambio, la niña tiene por hogar la espesura entera. Deambula por todo Ystrad Tywi, el valle de los Tywi que huyeron de Dyfed en el Hace Mucho. En este valle, no hay árbol al que no se encarame. El árbol le dará refugio, y los pájaros que en él anidan cada primavera le cantarán, advirtiéndola de cualquier par de piernas que se acerque. En mayo, cuando caen las flores de los árboles y florecen las hierbas del sotobosque, la niña distingue por el perfume de cada una el gusto que tendrá con según qué carne, si es cura de algo, a quién puede matar. Por su néctar sabrá de las polillas que vienen a beber de ellas; también de los murciélagos que cazan a las polillas, y los recovecos a los que regresan para quedar suspendidos, envueltos en sudarios de cuero, con el sol del verano elevándose alto, tan alto que ilumina hasta el mismo centro del matorral. Antes de la cosecha, cuando el zumbido de las abejas se extiende aletargado y denso como la miel, la niña percibe en su vibrar ajetreado el sabor de su vuelo a ras del arroyo, las cascadas por las que fluye a raudales la corriente, las riberas por las que serpentea el agua, donde los juncos crecen apretados y muge el avetoro otoñal. Y cuando empieza a caer la nieve una vez más, la niña atrapa un copo con la lengua y siente en el vientre el lamido del lago del que el copo fue arrancado por el sol estival, muy lejos: un lago como una promesa que algún día conocerá. Entonces, así como el mundo se repliega para el invierno, tal se recogen la niña y su madre, escuchando el crepitar del fuego y, tras la cortina de cuero de la entrada, el suave siseo de la nieve que se asienta sobre las lomas y hondonadas como fieltro blanco.
EN LA CUEVA hay un gran cuenco colgante. «Mi copa», la llama su madre, cuando le cuenta historias. Los días cálidos, días radiantes y preciosos en los que su madre se aventura a salir a la luz del sol —atrae a un pájaro para que se le pose en el dedo y entona su canto—, la copa es un regalo para una Elen garza y risueña de parte de su amante, el padre de la niña, de ojos del color gris verde del mar. Esos días, su madre la llama Dawnged: su bendición, su dádiva y merced. A la niña le gusta ese nombre, le gustan esos días en los que el cuenco no es más que un cuenco, y trabajan juntas en el huerto mientras su madre le cuenta historias de los Tuatha Dé, los dioses de los sidhe que llegaron a Eiru-por-sobre-el-mar con cuatro grandes tesoros, uno por cada una de las cuatro islas del Allende que se hundió. Los Tuatha están en eterna riña a cuenta de estos tesoros.
—Está el Dagda, con su corcel de medianoche. Su tesoro era el mejor de todos: la copa de oro… No, las alubias no las hundas tanto, Dawnged. —Y la niña empujaba menos la siguiente alubia en la hilera de tierra amontonada—. Pues bien: esa copa… ¿La recuerdas, regalito?
Y la niña decía «¡Sí!» y la madre le hablaba de la Morrigan, cuyo corcel era gris, y de como le había robado la copa al Dagda para quedársela ella, y como después su amante, Manandán, hijo del mar y creador de brumas, se la había robado a su vez. Y después la niña preguntaba: «¿De qué otra forma llaman a la Morrigan?», o «¿Qué otro nombre tiene el Dagda?». Pero su madre la abrazaba sin contestarle, la advertía de no robar nunca, pues robar desgasta el alma, y después se echaba a reír, le desordenaba el pelo y le besaba los ojos —«Igualitos que los de ambos»— y se prometían mutuamente que se quedarían siempre juntas en la cueva.
Esos días de buen tiempo en que su madre era ella misma, la niña escuchaba también los cuentos de Lugh el de la lanza resplandeciente, y de Elatha, el guardián de la piedra. Escuchaba la historia de Núada el rey, que fue dueño de la espada de luz; hasta que Bres, hijo de Elatha, se la arrebató, y Núada hubo de contentarse con un brazo de plata. Y Bres, Núada y Lugh tenían solo un nombre cada uno.
Pero las historias mudaban con los cambios del tiempo. Los días lóbregos de otoño, cuando el viento gemía y arrancaba las últimas hojas solitarias de los árboles y jugueteaba inquieto con la paz de madre e hija, metiendo la lengua hasta el fondo de su cueva cálida —intentando sacarlas a lenguaradas como la niña había visto hacer a un tejón con las hormigas de un árbol—, esos días, su madre se tornaba sombría y extraña. La niña se despertaba por las noches con los gritos de su madre que soñaba: un hombre venía a robar, venía a robarle a su hija, robarle su pago. Esos días su madre no comía, sino que encorvada sobre el cuenco no hacía más que atisbar el futuro y seguir a la niña con ojos torturados. Le gritaba, despotricaba, confundía a la niña y los cuentos también, pues entonces la propia Elen aparecía en ellos. En esos cuentos la copa no era una dádiva: era algo robado tres veces, era un pago cobrado. En esos cuentos Manandán era un cruel embaucador que llegó con su copa a Dyfed siguiendo a los hombres saqueadores de Eiru, y se encontró a Elen, Elen cuya magia era frágil y humana contra el poder de los Tuatha Dé, y allí Manandán la tomó por la fuerza y la hizo prisionera, su esclava deseosa — no, deseosa no; forzada a desear—, hasta el día que ella escapó llevándose la copa de oro como pago. Huyó y se escondió en el interior de la cueva de los trofeos robados: el primero, la copa que robó a su primer ladrón; el segundo, ella misma, que había sido robada y se robó a sí misma de nuevo; por último, el regalo que robó y del que él no sabe nada. Esos días, Elen la llama Tâl: su pago.
—Porque se me debe, Tâl, se me debe. Me lo debe, sí, por poseer mi alma y mi mente; y el otro también me lo debe, porque él lo sabía. Vaya si sabía lo que haría Manandán. Pero nunca nos encontrarán, no. Seguiremos así, escondidas, a salvo, y nunca sabrán cuál es tu verdadero nombre.
Nunca quiere decir cuál es el verdadero nombre de la niña, ni quién es ese otro, y las historias siempre cambian. Y la cueva permanece siempre oculta.
EL CUENCO NO es de oro, no es de plata, ni de bronce batido siquiera; es esmalte sobre hierro negro que nunca se mella ni se abolla, aunque a veces el hierro brilla con una luz trémula reflejada desde otro lugar. Aun recién sacado del fuego nunca quema la mano que lo sostiene, y quienquiera que beba de él sanará. O eso cuenta Elen a la niña. La niña no sabría decir si es cierto porque bebe y come del cuenco cada día, pero cada día está más y más alta, más y más fuerte; su pelo tiene la misma onda pesada que el de su madre, pero es más pálido —latón en lugar del bronce de su madre—; sus ojos son de color gris mar con un toque de verde. Con los dedos recorre las asombrosas bestias que se entrelazan en el bronce incrustado, recorre sus alas izadas, sus ojos de vidrio brillante; toca los fríos blasones esmaltados por los que unos grandes garfios sujetan el cuenco cuando está suspendido, empuja con la palma de la mano los cuatro pequeños bultos de hierro de la base sobre la que se sostiene junto al fuego; suaviza las puntas afiladas de las lanzas de los caballeros grabados en la superficie, las líneas limpias de las espadas que empuñan en una batalla eterna.
La niña es cada vez más veloz. Corre con los corzos. Aprende a cazar con Cath Linx, el de las orejas copetudas, empapada del placer de acechar y abalanzarse. También caza con trampas, con honda y piedra y con su único cuchillo, que afila hasta dejarlo agudo como una esquirla de cristal; ya no llora al cobrar el corcino o la liebre, pues su madre y ella han de comer; aunque más de una vez ha dejado al lebrato en su nido y deseado a la liebre de ojos endrinos lo mejor para sus crías. Cuanto más crece y se le estiran las piernas, más se aleja en su vagar; abarca una milla, una legua, tres leguas, diez. Es una tierra baldía, largo tiempo abandonada a merced de la humedad y el frío, y desde la marcha de los Crestas Rojas no hay rey que la haya reclamado para sí, aunque en su día sí lo hubo, y algún día lo volverá a haber. Se encarama a un olmo cuyas hojas nuevas saben a acedera, un olmo que no tiene más nombre que Olmo. A veces Olmo la acuna suavemente hasta que se duerme en la brisa de la primavera tardía, o en susurros le explica cómo es crecer a partir de un retoño, absorber agua de las profundidades de la tierra, sentir el mundo que muda con cada estación, y en una ocasión le muestra el gavilán que espera con ojos de caléndula a que el zorzal charlo abandone el amparo de su nido. La niña sigue la corriente de un riachuelo hasta un pequeño estanque, un escondite donde una pata ha puesto sus huevos, y la niña mantiene este estanque escondido de los zorros y de Cath Linx, y a veces lo visita para disfrutar viendo a los patitos que chapotean por primera vez, agitan las alas bien abiertas, se pierden y oyen que su madre los llama para que vuelvan a salvo con ella, la pata que no tiene más nombre que Pata.
Y cuando ella también regresa con su madre, mejillas en flor, frescas de tanto campear, su madre llora y le implora que no se aleje, que tenga cuidado —pues la niña es suya, su dádiva, su tesoro, su pago, lo único que tiene—, pero la niña nota que su fuerza va en aumento: tiene que correr, escalar, poner a prueba su potencia.
Una de las veces que se aleja mucho sigue una voluta de humo gris azulado que serpentea al sur, bajando por donde el valle empieza a abrirse, y llega a una nueva granja, construida junto a las ruinas de otra abandonada en el Hace Mucho a la humedad y el frío. Pero ahora la tierra vuelve a ser cada vez menos húmeda y más cálida, y la gente está volviendo poco a poco: no es gente sacada de los cuentos, sino de verdad. Agazapada en un soto de avellanos, escucha y observa el movimiento de la gente alrededor de la casa circular, recién construida, por cuyo techo puntiagudo se escapa el humo azul. Hablan una lengua que se parece a la suya, aunque no es exactamente igual: es más roma y de tallado tosco, desdibujada por el tiempo. Tienen nombres; cada uno tiene uno diferente que no es de nadie más. Un nombre, piensa, es lo que hace de las personas lo que son. Un nombre es como se conocen a sí mismas. Estas gentes no son como ella ni son como su madre; algunas tienen una forma distinta, sus voces son ásperas y graves como la de una vaca que muge. Sigue sigilosamente a dos de ellas, que han dejado su seto de zarzas atrás y caminan hasta una aliseda, junto al arroyo que corre cerca de su casa. Hacen mucho ruido: con pies descuidados parten ramitas y patean piedras sin prestar atención por si alguien pudiera estar escuchando. Hablan, pero las cosas que dicen —vellón, esquila, esposas— no tienen ningún significado para ella. Uno es más grande que el otro, y más viejo, si bien ambos tienen pelo dorado rojizo en la cara, ralo como la barba de un cabro. Tienen la piel como cuero curtido y su olor es distinto al de su madre y ella, que en invierno huelen a humo de leña y pieles gruesas, grasa y ceniza, y en verano a las hierbas que trituran en el estanque para bañarse y al vino amarillo pálido que preparan el mes de la miel. Estos huelen a sudor y hierro y piel de oveja.
Se agazapa en el mantillo húmedo del sotobosque y los observa talar los alisos y colocar los leños en pilas. No se fija en la madera ni en las piernas que se curvan y flexionan con cada golpe, sino en las herramientas: el destral pequeño y afilado y el hacha larga. Una vez apilada la leña, los dos se sientan un rato; ella espera, paciente. Cuando con un suspiro se ponen en pie, sigue sus pasos de vuelta al seto de zarzas que cerca su casa. Los ve atravesar el hueco que hace de puerta y asegurar una reja de zarzas para taparlo. Ella se sube a un avellano del soto y ve que uno cuelga su hacha de un clavo junto a la jamba de la puerta y el otro hinca el destral en el tocón de la entrada. Entran.
La casa protege de la creciente oscuridad. O eso creen. En el avellanar ella espera, silenciosa como una piedra, a que caiga la cortina de la noche. Entonces se cuela por el seto de zarzas, libera el destral del tocón, se lo fija al cinto y se echa el hacha al hombro. Tiene un buen mango de olmo, ya alisado por un año de uso. Toca el hierro frío. Una buena hoja. Una hora más tarde vuelve y del clavo cuelga un par de liebres y sobre el tocón deja un panal de miel.
Los meses siguientes se corre la voz entre las nuevas granjas: las hadas campan a sus anchas, invisibles, claro está, igual que en los cuentos y al mismo tiempo diferentes, pues lo que buscan es brillante hierro. Ella los escucha, inadvertida, y se sonríe al oír a las gentes susurrar que como un hombre descuide un punzón o un cincel por un momento, se esfumarán; que como una mujer desatienda su cesto, el ovillo, con agujas, cizalla y todo, se desvanecerá en el aire como niebla al sol. Y a veces dejan fuera un trozo de queso, o una hogaza de pan de cebada, y piden un favor en voz alta, y ella encuentra la cabra que se les ha perdido, o arranca de un terreno el tocón que se les resiste antes del alba. Mientras tanto, en la cueva, el mobiliario de ramas que fuera suficiente para una mujer menuda y desesperada con un bebé se ve reemplazado por sillas robustas y una mesa de madera talada de un árbol, cortada y labrada. Ya no duermen en el suelo junto al fuego, sino en una hermosa cama con un soporte de cuero entretejido. Y la niña ya lleva tanto tiempo escuchando el habla de quienes nunca la vieron que a veces sus palabras toscas se le cuelan en la boca, y su madre se encoge al oír el sonido del mundo exterior. Esas ocasiones suplica una vez más a la niña, a Dawnged, su bendición, su dádiva, que le dé la espalda al mundo que se extiende más allá. A lo que la niña responde: «Pero ese mundo está lleno de personas que tienen un lugar, que se tienen entre ellas, que se tienen a sí mismas. ¡Y tienen nombres! ¡Ahí fuera, en el mundo, todo es nuevo y diferente!».
ASÍ PUES, su madre, para que no perdiera el interés, le enseñó el lenguaje de los libros y con gran reticencia le mostró su arcón de pergaminos. «Estos cuentos tratan del mundo —le dijo—. Aquí están todas las aventuras, todo lo nuevo y diferente que te pueda hacer falta». Los cuentos de héroes y grandes hazañas, los acertijos y tragedias sí interesaban a la niña, pero muchas de las historias hablaban de cómo vendar una herida y cultivar un huerto, criar un rebaño y preparar para guisar un ave recién cobrada, y todo eso ella ya lo sabía. Y todas las personas que aparecían en las historias tenían nombres, y ella no; y nunca daría con su nombre quedándose en la cueva.
Empezó a vagar otra vez. Ahora que sabía lo que significaban las marcas, empezó a verlas talladas en las piedras, nombres que se decía a sí misma en voz alta: De la hija de Cunignos, Avittoriga, o Aquí puesta por la mano de Maglicunos, hombre de Elmet. Y a partir de estas aprendió otro lenguaje, uno que no le había enseñado su madre: el lenguaje de los cortes que eran como arañazos en el canto de los cotos, incisiones profundas que una a una hizo casar con las letras que formaban las palabras sacadas de ese otro lenguaje, el de los libros, tallado en la cara de los cotos. Una lengua aparte, secreta, tallada no por los hombres de Dyfed, sino por los de Eiru-por-sobre-el-mar. Pasó las yemas de los dedos sobre la piedra cubierta de liquen. Cuando fuera momento de tallar su nombre, ¿sería Dawnged, chica de Ystrad Tywi, o Tâl, pago de Elen? ¿O encontraría su verdadero nombre algún día?
Un invierno —tan crudo que raras veces se aventuró lejos, pues las huellas de sus pasos en la nieve acumulada conducirían a cualquiera con ojos a su cueva—, cuando los lobos aullaban merodeando por doquier, vio hombres extraños en los senderos viejos. Hombres harapientos, hombres sombríos con heridas supurantes a los que les faltaban dientes, a veces con mujeres, prietas y delgadas como látigos. Los siguió, levantando bien las piernas para caminar por la nieve espesa, callada como una corza, y escuchó. Estas gentes no solían usar nombres. Solían atacar brutalmente a los campesinos, y quemaban y robaban, y a veces se mataban entre ellos por una corteza de pan, y a veces los lobos mataban a uno o a dos de ellos, y otras veces dos o tres mataban a un lobo. Vio más sangre en la nieve aquel invierno de la que había visto en toda su vida.
También aquel invierno vio sangre en sus calzones —y no sabía ácida y penetrante como la sangre fresca, sino extrañamente dulce— y en primavera el mundo empezó a oler distinto. Sus ansias de salir a campear crecieron como la sed.
Ahora, al espiar a mujeres y hombres, se arrimaba cada vez más, peligrosamente cerca, atraída por la curva de una cadera, el destello del sudor sobre una garganta, y anhelaba sentir el peso de pelo lustroso sobre la piel. Para una joven y bonita granjera encontró una piedra perfecta y se la dejó donde la fuera a encontrar. Al volver y comprobar que había desparecido, arrancó y dejó una fragante violeta y después se escondió a mirar. La joven granjera vio la flor y, jugando con ella en la mano, esbozó una sonrisa secreta y con labios cual ciruelas lanzó un beso al bosque. La chica pasó un mes soñando con ella.
El verano transcurrió como un vasto sueño azul; la chica durmió poco y vagó por valle y altozano, bosque y ladera. Un mediodía miraba su reflejo en el estanque de los patitos —que habían alzado el vuelo hacía mucho—, en la parte junto a los juncos donde el agua estaba quieta. Se miraba el pelo de latón y los ojos grises teñidos del verde del mar. ¿Quién soy? No se parecía en nada a aquella mujer de la flor, en nada a los hombres de pelo en la cara. Su cabello era casi el de su madre, pero no lo ojos. Tocó el estanque y sintió el eco de aquel lago lejano, la promesa de todo lo que era extenso y luminoso y cristalino y que algún día encontraría. Pero hoy no. Hoy la iba a embestir un carnero.
Estaba arriba en la ladera donde se había subido el rebaño de la primera granja, viendo sin ver las ovejas y borregos ya crecidos, colmada del recuerdo del canto del lago, cuando una mosca pasó a toda prisa rozándole el brazo y supo en un instante que había salido volando de la costra de tierra que cubría las patas de un carnero: un morueco que embestía contra ella por haberse acercado demasiado a sus ovejas. De ordinario habría corrido, se habría apartado de un salto y riendo habría reñido al carnero hasta que parase, pero hoy estaba llena de fuerza y de sueños; hoy giró sobre sus talones, agarró al carnero por los cuernos y lo obligó a arrodillarse. Y cuando el animal empezó a embestir otra vez, volvió a asirle los cuernos y lo lanzó a un lado. Después se alzó sobre el carnero, que seguía en la tierra, aturdido, y dijo: «¡Te he superado en combate!». Y así era: una batalla tan feroz como cualquiera librada entre caballero y dragón.
Aquel otoño, su madre enloqueció de pena, desgarrada por la rabia. No comía nada; no hablaba a la chica más que para gritar su nombre, Tâl, como una maldición, una advertencia. «¡Me está buscando, me busca!». La chica la apaciguaba como bien podía y, despierta en la cama, sentía su cuerpo zarandeado por los mismos vientos que sacudían a las bandadas de gansos surcando el río de aire en las alturas. El otoño reverberaba como una corriente de magia salvaje. Su destino estaba cerca: lo notaba en la sangre, en los huesos, en los latidos de su corazón, en el remolino de hojas pardas y húmedas, en el batir de alas sobre su cabeza.
Aquel invierno fue más crudo que el anterior. De los pájaros, tejones, zorros y armiños le llegaron rumores de una nueva gran horda de bandidos. Sombríos y feroces, dijo el tejón; astutos y de vista aguda, dijo el zorro. Se acordó del carnero. Ella podía superarlos en combate, ¡claro que podía! Y ansió huir de la cueva y de su madre al encuentro de la aventura. Al encuentro de sí misma.
Una mañana, al despertar, vio que el frío claro y rutilante había dado paso a un gris encapotado en el que los carámbanos se derretían gota a gota. Por la eriza que, en sueños, gruñía y cambiaba de postura dentro de su madriguera, supo que aquel deshielo no duraría mucho. Pero de momento sus pisadas se confundirían con la nieve derretida y pasarían desapercibidas. Cogió su hacha y salió en busca de un combate.
Remontó las colinas a grandes pasos, luego se dirigió al sur valle abajo, husmeando el aire, preguntando a las lombrices que vivían en las profundidades de la tierra: «¿Dónde están?». No halló nada hasta que en la pendiente oriental del valle, más al sur de lo que nunca había llegado, pisó nieve que no cedió como cede la nieve, se le trastornó el paso y tropezó. Cavó en la nieve y encontró un brazo cubierto de vello negro que asomaba ensortijado por el puño de la camisa. Cavando más, descubrió a un hombre que llevaba mucho tiempo muerto, muy comido por las bestias. Se acuclilló en la nieve y, al posar una mano sobre el hueso destrozado del muslo izquierdo, atrapó el recuerdo, fugaz y triste, de una caída de la silla de montar; una oración en una lengua ahumada y espinosa que casi entendió; la sangre encharcándose sobre la hierba, hierba parduzca de finales del verano. Rebuscó un poco más, pero el recuerdo, débil como era, se disipó en el viento. Volvió la atención al cuerpo que tenía ante sí. Sobre una cota reluciente —que tenía cosidas brillantes piezas de metal superpuestas como las escamas de un pez—, el hombre llevaba puesto un cinto ancho de cuero que le cruzaba el pecho en diagonal. De él colgaba una espada dentro de su vaina.
Vio que la vaina podía desengancharse. La soltó y desenvainó la hoja con dificultad: estaba oxidada en algunas partes y le faltaba la punta, pero no dejaba de ser una espada, igual que las de los caballeros que perseguían a los dragones alrededor del cuenco. La blandió en una mano y luego en la otra. No era muy grande. Volvió a envainarla y la dejó apartada en el suelo. Atados a un cinturón más pequeño en las caderas había un hermoso monedero y un buen cuchillo. El mango estaba cincelado con incrustaciones de plata. En la mano izquierda, el hombre tenía un anillo con una piedra rojiza tallada en forma de una bestia extraña, quizás un pez, aunque se erguía en equilibrio sobre la cola. La chica siguió escarbando. Encontró una lanza, dos. Eran iguales que las que había visto a los caballeros llevar amarradas a las sillas de sus caballos. Pero no había caballo, ni escudo. Tampoco vio talega de provisiones, ni petate para dormir, ni manto de viaje alguno. Apiló su botín, pronunció una bendición, como haría para una liebre muerta, y dejó al hombre expuesto para que las bestias hambrientas pudieran encontrar sus huesos y alimentar a sus crías.
Nada más adentrarse en el matorral, a escondidas del mundo y también de su madre, dispuso sus hallazgos a la débil luz acuosa del invierno. El monedero, aunque brillante y colorido, estaba vacío salvo por una desgastada moneda de plata acuñada con la cabeza de un rey de los Crestas Rojas —lo que en la lengua de los pergaminos era un emperador—. El cinturón pequeño no era mejor que el suyo, así que lo reservó para usarlo en el corral que tenía pensado construir cuando los patitos rompieran el cascarón y pudiera capturar algunos para su madre. La cota de escamas era de cuero fino y flexible; llevaba cada escama cosida con fibras de tendón. Se la probó. Le apretaba a la altura de los hombros, aún más en el pecho, y las mangas le quedaban cortas. ¿Funcionaría su magia? No pudo salvar al hombre que la llevaba puesta. Quizá no existiera magia capaz de protegerte de caer de tu propia montura y morir sola y sin marcar. Quizá la magia de la cota solo protegiera de los filos. El cuero tenía un desgarrón en el lado derecho, que alguien había remendado y escondido ingeniosamente bajo las escamas. Las lanzas eran de fresno, buena madera de grano recto. Una era de asta gruesa, con un hierro amplio en forma de hoja y, en la base de la moharra, dos pestañas anchas. La otra, de asta más fina, no terminaba en una hoja, sino en una punta alargada y tan gruesa como su dedo corazón, en la que se veían claramente las marcas donde se iba afinando por los golpes de un martillo. La punta todavía estaba afilada, aun después de tanto tiempo. Cabezas diferentes para diferentes usos, aunque todavía no supiera cuáles eran. El cuchillo tenía una buena hoja, pero prefería el suyo. El tahalí era de cuero robusto y, aunque se había quedado rígido de estar bajo la nieve, parecía resistente.
Por último, la espada. La vaina era de madera con forro de lana y estaba cubierta de cuero tallado, rematado por una punta maciza de plata. En la punta había labradas lo que parecían figuras de bordes difusos, borrosas y gastadas por el paso del tiempo. El cuero parecía haber sido verde en su día —o quizás azul, como el que envolvía la empuñadura— y alrededor tenía enroscado alambre negro: un cuero áspero, extraño, como graneado. El pomo tenía un hueco vacío donde antes hubo una gema engastada. La chica desenvainó la hoja y agitó la vaina por si caía la punta del interior. Nada. Le gustaba la sensación de tener aquella empuñadura de cuero y alambre en la mano, ligera y estable. Pero no blandió la espada. La puso sobre la cota de escamas y la observó detenidamente. El metal formaba ondas y corrientes donde no había herrumbre. Se trataba de un objeto de gran belleza, una cosa herida pero no muerta. Si trabajaba con dedicación, podría ayudarla a recobrarse para primavera.
PASÓ AQUEL ÚLTIMO mes de invierno afanándose en espada y vaina mientras su madre, con persuasión y súplicas, intentaba lograr que Dawnged desistiera. Cuando la chica no le hacía caso, Elen guardaba silencio con ojos que se oscurecían en el centro, negros como tinta derramada en tinte azul, anillados de carbón. Cuanto más trabajaba la chica, más se agitaba Elen; plañía y farfullaba, y en sueños llamaba a Tâl a gritos. Pero la chica siguió entregada a la tarea: limpió la hoja de óxido; asentó el filo; lubricó el metal con lo que les quedaba de grasa de pato; cambió el forro de la vaina por uno nuevo de vellón robado de una granja; reemplazó los finos amarres de cuero y en sustitución de los dos cairns de esmalte, que estaban rotos, colocó en los extremos dos glóbulos de cobre que aprendió a fundir en su crisol casero.
La chica sabía que su madre escudriñaba el futuro y tejía hechizos cuando ella salía de la cueva con las lanzas para aprender a arrojarlas, pero no le importaba. Ella lanzó y lanzó hasta que ambas acabaron por dar siempre en el blanco. Aprendió que la de cabeza ancha no se desprendía de un corzo a la carrera, sino que conseguía fatigarlo hasta hacerlo detenerse, y que la otra era capaz de perforar el metal, igual que había perforado el brazo de la cota de escamas. Una lanza de caza y otra para cazar hombres, hombres armados: una lanza de batalla. No sabía cómo remendar las escamas de pez, que había partido en dos. Así que cortó la cota de cuero por la espalda, de arriba abajo, para ensancharla a su medida, quitó las escamas rotas y cosió al cuero nuevo pequeñas piezas oblongas de madera, recubiertas de cuero hervido y teñidas de oscuro con agallas de roble. El tahalí de cuero lo metió en grasa de jabalí una y otra vez hasta que quedó tan flexible como una tira de paño.
Una tarde, con el invierno ya agotado y el mundo que empezaba a volverse hacia la luz, cuando los brotes verdes comenzaban abrirse paso a través de la tierra oscura, la chica subió a merodear por el páramo al norte del valle, que era su cara más empinada. Incluso aquí estaban volviendo ya los hombres, que venían con sus ovejas: la chica encontró excrementos y siguió su rastro: siguió al viejo castrón de dientes desgastados que se quejaba de la pastora, pensando que quizás esta vez podía dejarles conservar la lana hasta que empezara a hacer más calor. Oveja vieja e ingenua, pensó la chica, sonriendo para sí, y estaba avisándola de dónde podía encontrar hierba tierna para su dentadura cuando de pronto oyó un gruñido salvaje y echó a correr. Al saltar por encima de una maraña de tojo, dio con una oveja descarriada que, con un cordero a la zaga, retrocedía ante un perro asilvestrado que parecía medio lobo. El perro tenía a los pies un cordero ya muerto y con los pelos del pescuezo erizados pensaba Mátalos a todos, mata mata mata. La chica arrojó la lanza de caza, que acertó al animal en un costado y le desgarró el corazón. «Callaos», dijo a la oveja y su cordero aún con vida, prometió que aprovecharía el cordero muerto con la mayor reverencia y les mostró el camino de vuelta al rebaño.
Una vez oveja y cría estuvieron contra el viento, limpió el cordero de vísceras, le drenó la sangre y enterró las entrañas para evitar atraer a más depredadores hacia el rebaño. Después se echó el animal faenado al hombro —era una buena pieza, engordada por la hierba fresca, y daría alimento a madre e hija durante una semana. La pastora podía permitirse un cordero menos, habiendo podido perder dos— y puso rumbo a casa. Pero al llegar a la vereda de abajo oyó algo que no había oído nunca: un tintineo. Un tintineo y cascos. Paró en seco. Quieta como un tocón se perdió entre la confusión de hojas perennes, ramas desnudas y flores blancas de los majuelos que discurrían a lo largo de la vereda. Una compañía de hombres, una veintena de ellos o quizá más, pasó junto a ella a medio galope. Vestían cotas de malla —algunas de anillas, otras de placas cosidas, otras de escamas de pez—, y cascos, y espadas, y escudos con emblemas pintados, y sus cabalgaduras centelleaban con el oro de grupera, brida y silla de montar. Dos hombres llevaban sendas lanzas a modo de estandartes, rematadas en pendonetes que se agitaban al viento. Uno llevaba el casco bajo el brazo, apretado contra el cuero azul y castaño de la túnica. Tenía la piel brillante y oscura, casi tan oscura como el cuenco de su madre, el mentón lampiño y los cabellos mullidos y de rizo tan cerrado como el de una oveja. El otro era pálido como la leche y estaba moteado como el pecho de un zorzal. Un tercero, sutil y esbelto, llevaba ropas negras que dejaban entrever el tono cálido de la nuez en tez y cuello. Otro tenía los hombros caídos y el vientre redondo como un huevo de pato, la piel igual de lisa que el cascarón. Todos eran diferentes y, sin embargo, se parecían en cierto modo: sin ser parientes, a la vista estaba su mutua simpatía, y hablaban a voces, reían y cantaban, limpios y luminosos. Recordaba esa sensación: igual de limpio y luminoso era el aroma del lago prometido. El corazón se le elevó en el pecho: ¡era un cuento que había cobrado vida, caballeros de leyenda a la caza de dragones!
Cuando se hubieron alejado a una distancia prudencial, extendió su cordero sobre un hito fronterizo y con un trozo de caliza escribió Mío, ¡no tocar! en la lengua de los libros en una faz de la piedra. Después repitió el mensaje en las marcas de trazos rectos de la lengua de Eiru y corrió tras los caballeros.
