Las 4 muertes de Ernesto - Martin Bertolotti - E-Book

Las 4 muertes de Ernesto E-Book

Martin Bertolotti

0,0
5,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Qué es la familia para vos? ¿Y la muerte y la vida? Nos acercamos a los sentimientos y planteos de estos personajes los cuales te podemos asegurar, tienen mucho parecido a la realidad. Cuatro formas de narrar y vivir una historia en donde los fantasmas del pasado se hacen presentes.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 142

Veröffentlichungsjahr: 2019

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Fotografía de tapa: Santiago Vittar y Jimena Montenegro.

Bertolotti, Martin Diego Enrique

Las cuatro muertes de Ernesto / Martin Diego Enrique Bertolotti ; Guillermo Erwin Hevia ; Jimena Montenegro. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

126 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-480-1

1. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Novela. I. Hevia, Guillermo Erwin II. Montenegro , Jimena III. Título

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. Bertolotti. Hevia. Montenegro.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Las cuatro muertesde Ernesto

Prólogo

Corregir un libro, para mí, es una tarea sencilla, no porque sea fácil estar atenta y no perder detalle, sino porque es algo que estoy acostumbrada a hacer y me gusta. Esta vez, la “tarea sencilla” vino acompañada de otro pedido y, en ese momento, se complicó.

Escribir el prólogo de un libro conlleva otra responsabilidad y otros miedos, ¿qué pasa si el libro no te gusta? ¿O si la historia no te atrapa? Y un miedo, muy millenial por cierto, ¿cómo hablar de algo, antes que el resto lo conozca, sin spoilearlo? Quédense tranquilos, el libro me gustó, la historia me atrapó y haré mi mejor esfuerzo para no adelantarles nada.

Queridos lectores de Las cuatro muertes de Ernesto, debo decirles que este libro es una síntesis magnífica sobre lo difícil que es relacionarse, no solo con una pareja, sino lo complicado que es encontrarse con un otre en todos los espacios vinculares que podamos tener, familia, trabajo, amores, encuentros fugaces, etc.

Ernestina, Carlos, Corina, Luis, somos todes. A medida que iba leyendo y conociendo la perspectiva de cada personaje, me fui sintiendo, un poco, cada uno. Sus angustias, sus miserias, sus logros, su humanidad y la incertidumbre por aquello no resuelto, reflejan lo que a todes nos ha pasado, nos pasa y nos seguirá pasando. Sí, lamento decirles, que la vida no está resuelta de una vez y para siempre.

En última instancia, quiero destacar el hecho de que este libro es una creación colectiva, nada más y nada menos que de tres autores. Tarea que me parece invaluable, ya que si vincularse no es simple, ni quiero imaginarme escribir un libro y, encima, llegar a tan buen resultado.

Espero que disfruten esta lectura y la vida que, aunque no esté resuelta, puede ser muy divertida. Al igual que el libro, es cuestión de perspectiva, depende de quién cuenta la historia.

Nanü GibaudantCorrectora Literaria

Domingo de Ramos

Él leía el diario en la mesita de la galería. Ella lo miraba desde la ventana. El almuerzo se había retrasado porque el cura del pueblo insistía en hacer la misa del Domingo de Ramos al mediodía.

—¿Querés un poquito de terma? —Él asintió sin despegar los ojos del diario—. Yo le dije a la Susana que había que decirle a este padre nuevo que haga la misa más temprano. ¡Mirá la hora que es! ¡La una y cuarto! Y nosotros sin miras de comer. ¿Qué querés que te diga? A mí la verdad que no me cambia mucho porque estamos vos y yo solitos nomás, vos te comés un pedazo de queso y tirás hasta la una y media pero, ¿y la gente que tiene chicos? Pobres criaturas sin comer hasta las dos de la tarde. Todo porque al cura se le ocurre hacer la misa a las once y media. —Él pasó de página y asintió.

Una montaña de harina, huevos a ojo, agua lo que haga falta y sal, poca, por la presión de Ernesto. Hizo una masa larga y plana y la puso al sol. Caminó un poco por el patio, dejando que el sol le calentara los hombros y el cuello. Era inevitable pensar en toda la pasta que iba a guardar, setenta y cinco años y no había aprendido a hacer comida para pocos. Pensó en los chicos y le brotó una lágrima. Su hija hace años que vivía en el sur, así que cuando quedó viuda, su única compañía y toda su dedicación fue a su hermano Ernesto. Juntó la masa, le echó harina, la arrolló como una viborita y le dio rápido con la cuchilla y así, cual milagro de la creación, surgieron pilas de tallarines.

—¡Las dos menos cuarto! ¡Ernesto vení a comer! —Le gritó por la ventana. Nunca fue más difícil levantarse de esa silla, la fuerza de la gravedad a la enésima potencia, de repente el dolor, el frío, los sonidos, el color. Se destiñó, frente a sus ojos, ese día soleado de otoño y Ernesto cayó al suelo.

Ellas esperaban en el hospital que alguien les dijera algo. Dejaban enfriar el café sin beberlo, solo necesitaban tener algo en las manos para descargar la tensión.

—¿Señora Aprile? —la voz del médico cortó el diálogo entre Luisa y Susana.

—Aprile de Bobadilla, sí, soy yo. ¿Cómo está mi hermano doctor?

—El señor Aprile ahora está estable, aunque inconsciente, pero como usted sabe la situación es crítica, la salud de su hermano se ha ido deteriorando mucho estos últimos años. —Si bien el médico intentó usar la mayor suavidad al hablar, sus palabras fueron como una puñalada para ella.

—¿Qué hago, doctor?

—No hay mucho que podamos hacer ahora, le recomiendo que se prepare porque lo que viene no es fácil. Más allá de lo profesional, ya no como médico sino como persona, le recomiendo que no esté sola, si el señor tiene más familia debería comunicarse con ellos.

—Sí, ahora mismo llamo a sus hijos.

Ernestina1

Y sí. Obvio que me lo iba a olvidar. ¡Ahg! ¿Puede ser? Lo último que veía sobre la mesa antes de irme y lo dejé ahí. Simplemente no lo agarré. Siempre igual.

Palanca de reclinado, aquí. Ah sí, así mejor.

¡Qué cantidad de vacas!

Bue, entonces, además de tarjeta para el teléfono tendré que buscar eso. «Nota mental» Y primero que nada, sí. Busco eso y después recién aparezco. Que esperen. Macana que van a rezongar por cualquier cosa. Que cruel pensar así en esta situación.

Bueno, esperá. ¿Cruel? Es que si llego ya, chau, ya no me puedo ir. Por más esencial que sea. Zafar va a ser difícil. Y cruel va a ser todo lo que voy a tener que aguantarme. Ya lo veo venir. Cantadas todas las situaciones, mirá. Cantadas todas las conversaciones, los comentarios, las miradas, las lágrimas, los abrazos y los no abrazos que se aprietan para que parezcan abrazos, pero alejan más de lo que unen. Si conoceré de esos.

¿Y si se despierta? ¿Y si se pone mejor y todo esto queda aquí? Regio, fin de semana en familia, como hace treinta años no tenemos. Ay sí, todos somos felices y volvemos a vernos contentos.

No, no, no. No lo abrazo. Decidido. Sería falso, sería una pobre arrepentida que ante la casi muerte reblandece. El susto si es susto, pero es por el miedo a la propia muerte. ¿Sabés qué? Ni así. No te abrazo. Lo prometí.

Vacas. ¿Será que están mejorando las exportaciones? Van diez kilómetros y no paran. ¿Será que la memoria me falla y los años que hace que no veo este paisaje me afectan la percepción? No, seguro políticas de exportaciones. Seguro algún nuevo rico en el pueblo. «Averiguar».

Bue. Entonces, cepillo de dientes, crema de manos, rímel, toallitas desmaquillantes y aspirinetas. O mejor: cepillo de dientes de esa marca que me gusta, la que tiene el cosito rojo, «crema» de manos, rímel del que tengan mientras no se me quede pegado el pincelito a las pestañas y… toallitas desmaquillantes ya es mucho pedir. Pueblo quedado en el tiempo, mira si van a tener «toallitas desmaquillantes». Capaz en la farmacia directamente porque en la YPF seguro que no. ¡Agh! Doña Bessone me va a encuestar para ver si me reconoce. Cantadas todas las situaciones, mirá. «Ponerme lentes antes de entrar a la farmacia».

Avisar a Lía que las fotocopias del expediente de López-Anniston quedaron en el estante. Anexar. Porque se los va a llevar sin eso y ya sé que no le va a importar llamar «por más que entiendo que estás en una situación delicada y personal» para preguntar. ¡Bah! Preguntar... re-cla-mar.

¡Qué loco! Como si no hubiera otra opción que reclamos. Alguna vez dice cosas positivas che. Alguna vez sí. Entrar, entra todos los días diciendo un «buenos días» que suena sincero.

¡Qué dura que soy! Nunca me faltó mi regalo de cumpleaños. Nunca me faltó el de Navidad ni escatimó en los pagos. Nunca demoró. Salvo aquella vez que era la situación del país y que «puedo sacar $250 por semana, tenemos que entender eso todos». ¡Qué país!

Nunca le pido el aumento. ¡Qué falta de coraje! «Comentar a Silvia en la próxima sesión».

La escapada del año pasado fue la más linda, qué dura que soy. Volvería a repetirla. Suite con vista al mar y al bosque. La Lucila, volvería. Dos días no alcanzan. «Decirle, como quién no quiere la cosa, que volverías con él».

Vacas, lagunitas, árboles sueltos entre lo plantado, casita. Tranquera. Tubos de cemento para que pase el agua mientras por arriba pasan camionetas 4x4 que podrían pasar por la acequia tranquilamente.

Ese juego, ¡qué bobeza! «¿De qué color será el próximo auto?» Rojo, verde, negro. ¿Qué más da? Pérdida de tiempo y alimento del desorden en un auto, ya superpoblado. Ahora ni por casualidad podríamos viajar así. Apiñados en el Falcon 256 km. Más los 256 km de la vuelta.

«Cancelar el turno de la osteópata. Cuando haya señal».

«Avisarle a Lía que compre cápsulas de macchiato. Si vuelve, va a querer ese y ya le conozco».

La más grande. La que iba a comerse el mundo. La que «se casó muy bien con el abogado de San Isidro». Ingenuos. Treinta años y siguen ingenuos. Treinta y dos si quieren contar el «noviazgo». La mentira tiene patas cortas, decían. Conmigo no verifica.

Llego en micro. Y siguen ingenuos.

«Sacar turno con Emma para que me cambie el color a algo más chocolate». Mirá estas raíces. Al otoño le quedan mejor los chocolates. Y si llega a inventar otra escapada, mejor estar lista. En el López - Anniston se podría necesitar una visita a la planta de Federación. «Sugerir si hay cabida».

Treinta años. No, no te lo presentaría. Porque no. Porque es mi vida y no quiero compartírsela a ninguno de ustedes. No, decidimos no tener hijos. No tenés nietos que reclamar. No. No soy cruel, soy dueña de decidir sobre mi vida. En ese pueblo no iba a crecer. Por supuesto que crecí. ¡Por supuesto!

Bien. Me siento bien. Mucho trabajo y todo muy bien. Excelente con él. Es todo lo que siempre quise encontrar. Sí, sí. No, imagínate que es imposible que venga en medio de la semana, así, de imprevisto. Ya sé, pero el jueves allá se trabaja igual.

No, no, no cargo fotos. Jajaja, no, no. Sigo sin caer en el Facebook y esas cosas. Soy de la generación de la resistencia. Mi vida privada es mía, ¿qué le importa al resto? Me horrorizan esas cosas. Amigos son los que veo cara a cara, no me interesa actualizarme sobre sus vidas por la computadora. No. No.

Mi casa está en San Telmo, pero en la parte linda, obvio. Nuestra, nuestra casa está en San Telmo, pero en la parte linda, obvio.

Y ahí debería decir: «Si vas por Buenos Aires nos podemos encontrar a tomar un café en el barrio, así lo conoces». Y no tengo que invitar a mi «casa en San Telmo». «Nota mental». Excelente recurso. Puros recursos. Va a ser un deleite ver las falsedades y un sufrimiento poner en juego todos esos recursos.

No seas tan exigente con vos misma. No. Bajá los hombros, sonrisa. Se van a dar cuenta de la tensión sino. Aflojá. Respirá. Eso, eso. El cuerpo habla. Relajá.

Casi 18:30hs. ¡Qué calvario es viajar en micro! Seguro los otros caen en autos. Seguro todos en pareja. Y críos. Porque obvio, «papá se está muriendo». La más grande cae en micro. ¡Qué curioso!

Es que estoy tomando una medicación con la que no me permiten manejar. Sí, estoy bien. Es transitoria. Gracias por preguntar. «Llamar a Silvia que me diga qué medicación podría ser».

¿Quién viaja el lunes? No entiendo a la gente, ¿no es mejor descansar bien y viajar el Jueves Santo? O viajás el jueves o viajás el sábado. Tremendo tráfico en esta ruta vieja. Si tenés la autopista terminada, ¿para qué vendrías por acá?

Sin señal, sin señal. Obvio. ¡El libro! También me olvidé el libro. ¡Agh! ¡Te olvidás todo, mujer! Trabajás haciendo acordar cosas, cuidando todos los detalles y con lo propio, siempre un desastre. ¿Cómo no voy a traer el libro? Estaba en la mesa de luz. Bien a la vista en la mesa de luz.

Podría haberle pedido que me acompañe. Ya son treinta y pico de años y no tendría porqué incomodarle traer a su secretaria. Su mano derecha. Bien que soy su mano derecha. Bien más cercana que María Martha. Podría haberle confesado quién es en realidad en el camino. Y dada la situación, me hubiera llevado igual. Sería el momento ideal. Blanquearnos las cosas, conversar un poco. Y al fin pedirle que se decida. María Martha va a estar bien y Fito ya está bien crecido. Sería el momento ideal.

Y aquí me tienen. Volviendo al pueblo, treinta y pico de años después. Sin el «esposo». En micro. Sola. En micro. Sin anillo.

—Buenos días, al hospital por favor.

El único remisse que estaba en la terminal del pueblo aceleró y frenó a dos cuadras

—Llegamos, señora.

—Gracias, aquí tiene. ¿Podría bajarme el equipaje usted? Soy una dama. —«El anillo. ¿¡Cómo no pensaste en buscar un anillo, mujer!?»

Carlos

Había estado corrigiendo toda la mañana, intercalando varios cursos y exámenes con algunas lecturas de historia argentina. Disfrutaba del mate y del pucho antes de desayunar, costumbres poco saludables pero sin las cuales no podía trabajar. Le gustaba hacer su trabajo despacio y con mucho tiempo por delante y así estuvo concentrado hasta que el estómago le exigió combustible. Era un poco vago para cocinar así que simplemente fritó una milanesa y cortó un tomate en rodajas. Le encantaba dormir la siesta, especialmente los domingos y si era sobre la cama destendida y llena de ropa, mejor. Cuando despertó prendió un cigarrillo y puso la pava para el mate. En un bucle interminable, la siesta se le confundía con la mañana y la noche con la siesta, total, hacía de sus fines de semana siempre lo mismo: corregir exámenes, leer historia argentina, fumar y tomar mate.

Carlos tenía el mal crónico de no comprometerse con nada. Era un tipo dubitativo e inseguro, aunque sus alumnos no lo notaran porque veían en él una persona seria, resuelta y con autoridad; esa era una de las caretas de Carlos. Pero Julia sí que lo había notado y eso había sido un motivo de disputa constante. Para ella había sido muy difícil llevar adelante proyectos con él y hasta en las elecciones más ordinarias (¿arroz o fideos?) la cosa se complicaba. Carlos aplazaba las decisiones hasta último momento, hasta que alguien o algo elegía por él.

Se disgustó mucho cuando escuchó el timbre del teléfono. Le molestaba ser interrumpido, incluso, si no estaba trabajando. En general, era el banco para ofrecer alguna tarjeta, un vendedor de seguros o un estafador virtual; casi siempre un call center. Volvió a decirse que tenía que darle de baja al fijo. Impaciente, descolgó el tubo cuando sonaba por cuarta vez. Al oír la voz del otro lado, una oleada de adrenalina le recorrió el pecho: era la tía Luisa.

Se quedó sentado al lado de la mesa del comedor por un rato, aún con el tubo del teléfono en la mano. Miró, como sin ver, por la ventana, con la mirada al vacío. La gata pedía comida, caminando de un lado al otro, arañando el vidrio y maullando sin sonido. No le prestó atención. La voz de Luisa y el motivo de la llamada lo habían trastornado. Recordó la última vez que había visto a su padre. Había sido antes que naciera Carolina y mientras estaba separándose de Julia. Recordó con dolor las palabras del viejo, lo tildaba de fracasado y lo responsabilizaba de su ruptura, echándole en cara que ella se quedaba con la mitad de todo y, lo que le daba más rabia, que se quedaba con las chicas. Ella dejándolo victoriosa. Viejo querido, viejo de mierda, por eso no volví a verte, por esas cosas nadie iba a verte. Su corazón se aceleró, las manos le sudaron, la boca se le secó, pero no se dio cuenta de nada de eso. Carlos atenuaba la angustia como quien echa baldazos de agua fría en las brasas encendidas y luego se ahoga con el humo resultante. Tosió amargamente.