Las almas rotas - Patricia Gibney - E-Book
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Las almas rotas E-Book

Patricia Gibney

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Beschreibung

  Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro.  Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte. La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable. "Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año." The Times

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Seitenzahl: 548

Veröffentlichungsjahr: 2020

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LAS ALMAS ROTAS

Patricia Gibney

Libro 7 de la inspectora Lottie Parker

Traducción de Luz Achával para Principal Noir

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Prólogo

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Carta al lector

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos

Las almas rotas

V.1: diciembre de 2020

Título original: Broken Souls

© Patricia Gibney, 2019

© de la traducción, Luz Achával Barral, 2020

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020

Todos los derechos reservados.

Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Maria Heyens - Arcangel | Jan Lambert Photography - Shutterstock

Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

[email protected]

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-18216-07-7

THEMA: FH

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

LAS ALMAS ROTAS

Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro

Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.

La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable.

«Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»

The Times

El nuevo fenómeno del thriller internacional

Más de un millón y medio de ejemplares vendidos

Best seller del Wall Street Journal y del USA Today

A Marie Brennan,por todo.

Prólogo

El pequeño de cuatro años arrancó el papel y se metió el caramelo en la boca. El tofe se le adhirió a los dientes de leche. Trató de sacarlo con un dedo, pero se le quedó pegado y comenzó a llorar.

El golpe de la regla en los nudillos lo cogió por sorpresa y, durante un momento, el llanto cesó. Cuando sintió el dolor que le subía por la mano, gritó.

—¡Quiero irme a casa!

—Cállate, no digas ni una palabra más. Molestas a los demás. Mira a tu alrededor. Eres un niño malo y, si no paras, te quedarás fuera bajo la lluvia. Ya sabes que hay gente malvada, y esa gente viene a llevarse a los niños que se portan mal. ¿Quieres que te pase a ti?

El pequeño sorbió, contuvo las lágrimas y se mordió el labio; aún tenía el caramelo pegado en el diente.

—Te he hecho una pregunta, contéstame. —Otro golpe de regla, esta vez sobre el pupitre.

—No. —Sacudió la cabeza vigorosamente. No quería sentir la regla en la mano de nuevo o en ninguna otra parte. Sería un niño bueno.

—Tira ese papel en la papelera y abre el silabario.

El pequeño no tenía ni idea de cuál era su silabario.

—¡Ven aquí!

Mientras avanzaba hacia el frente de la clase, trató sin éxito de despegarse el papel del caramelo de la mano.

—Está pegado. —Con el trozo de papel adherido a sus dedos palpitantes, miró a la profesora.

Una vez más, la regla cayó con fuerza sobre su mano.

—Vuelve a tu silla.

Su primer día de colegio era incluso peor que la vida en casa. Mientras regresaba al pupitre, sintió que algo cálido le goteaba por la pierna y se encharcaba en su calcetín blanco. Sin duda, la regla volvería a visitarlo muchas veces, hoy y en los días venideros. No quería quedarse allí a esperarla. Pero ¿dónde más podía ir?

Se pasó la mañana sentado sobre los pantalones mojados; ni siquiera salió al patio cuando los demás niños se marcharon al recreo. Permaneció en el pupitre, abrió la fiambrera y mordisqueó el plátano maduro. La profesora estaba en su escritorio a la cabeza del aula; sus ojos parpadeaban con cada movimiento de la mandíbula del pequeño.

—Ven aquí —ordenó cuando regresaron los demás.

El niño levantó la vista con temor; el plátano se le atascó en la garganta.

No quería sentir de nuevo la madera de la regla, así que dejó la fruta y fue hacia la profesora. Cuando llegó al escritorio, tan alto que casi no veía por encima del borde, la mujer se inclinó hacia delante y lo agarró del pelo. El pequeño chilló al ver las largas tijeras que tenía en la mano.

—Tienes el pelo demasiado largo, casi no ves nada. Necesitas un corte.

Intentó decir que no, pero las palabras se le pegaron al paladar como el caramelo a los dedos. Le encantaba su pelo, largo hasta los hombros. Le recordaba a la foto de su madre. Tenían la misma melena.

La profesora agitó las tijeras frente a él antes de tirarle del flequillo. Lo miró triunfante mientras sostenía un mechón de pelo en la mano.

—Ahora puedo ver tu horrible carita.

En silencio, el pequeño deseó que el día llegara a su fin.

Noviembre

¿Existe un buen día para morir?

En silencio, el hombre respondió que no a su propia pregunta. El cielo tenía un color azul grisáceo. Tenebroso. Las nubes en el horizonte advertían que se acercaba un chaparrón. Aparte de eso, el día no estaba mal.

Se movió lentamente y avanzó por el bosque que bordeaba la carretera que, a su vez, rodeaba el lago. Quería ver el agua antes de hacer lo que tenía que hacer. Era tarde, casi de noche, y estaba seguro de que los pescadores se habrían marchado. No es que en noviembre hubiera mucho que pescar, pensó con ironía.

El follaje del suelo del bosque era verde, frondoso y oloroso. Sobre su cabeza, las ramas estaban desnudas. Bajo sus pies, crujían ramitas rotas y helechos. ¿Había pasado alguien por ese mismo camino hacía poco? Su cerebro estaba abarrotado de tantas preguntas sin respuesta que parecía una burbuja a la espera de que la pincharan. Además, sabía que no había nadie en el mundo a quien le importase; nadie que de verdad se preocupara por él. Estaba completamente solo; desolado como las ramas, en paz consigo mismo. Casi.

Una rama nudosa se le enredó en el pelo mientras se adentraba aún más en el denso bosque, hacia una zona más oscura y húmeda. Se detuvo y escuchó los sonidos de los animales invisibles que se escabullían entre la hierba alta. «Ya no tengo miedo —pensó—. Ya no tengo miedo a nada».

Se agachó y se abrió paso entre espinas y zarzas, prácticamente a gatas. El ruido del agua llegó a sus oídos. El graznido de los cisnes cortó el aire.

Se detuvo una vez más y prestó atención. Siguió el sonido.

Llegó a un claro y encontró la fuente del agua. No era el lago, sino un montón de piedras de entre las que brotaba agua fresca por una grieta. El hombre se inclinó hacia delante, tomó un trago y se deleitó con el sabor. Tomó una decisión. Iba a luchar.

Fue entonces cuando escuchó otro sonido.

Al girar la cabeza, una mano le tapó la boca y otra le apretó la garganta con fuerza. Su último pensamiento fue: «Es un buen día para morir».

Diciembre

1

Miércoles

En diciembre, Ragmullin se descubría como un lugar hermoso. Desde la distancia.

Lottie contemplaba el cielo de la madrugada al otro lado de la ventana. Ni una pizca de azul, solo gris. Incluso la nieve parecía plomiza. El muñeco de nieve que su hijo Sean había hecho para su nieto Louis, de quince meses, estaba en el jardín, duro como una roca.

Era demasiado temprano para ir a trabajar. Se obligó a llenar la lavadora y el lavavajillas. Fue hasta el recibidor y se detuvo a escuchar al pie de la escalera. No se oía ningún ruido en el piso de arriba, así que regresó a la cocina y encendió el hervidor.

Esos días prefería un té al café. Un exceso de cafeína la ponía nerviosa. Mientras esperaba a que el agua hirviera, dobló distraída una pila de ropa limpia y la separó en tres montones para sus tres hijos. Las chicas ya eran oficialmente adultas. Habían celebrado el decimoctavo cumpleaños de Chloe hacía unas semanas. Katie, que tenía veintiún años, y Sean, de quince, habían organizado la fiesta. Sean ya era más alto que Lottie y poseía los mismos ojos de ese azul deslumbrante que había tenido su padre. Por un momento, Lottie se vio catapultada a la época anterior a la muerte de Adam, cinco años atrás. Cáncer. Demasiado joven, demasiado rápido. Demasiado difícil de creer. Demasiado tiempo llorándolo hasta que Mark Boyd le había pedido que se casara con él. Titubeó durante un tiempo, sin estar segura de qué hacer, pero sabía que lo amaba. La noche de la fiesta de Chloe le había dicho que sí, aunque aún tenían que concretar los detalles, como fijar una fecha y contárselo a la gente. De momento, era su secreto. Decisión de Lottie.

El hervidor silbó. La inspectora cogió una taza y metió una rebanada de pan caducado en la tostadora. Anotó pan en la lista de la compra en la pizarra que colgaba en la nevera. Con suerte, Katie iría a la tienda más tarde. «Ya sería suerte», se dijo a sí misma, y tomó una foto de la lista en caso de que tuviera que ir ella después del trabajo.

Cuando la tostadora saltó, cogió el pan y lo mordió. Estaba seco. El té sabía a serrín. A la mierda. Decidió que pasaría por el McDonald’s de camino al trabajo a por un café, y al diablo con los nervios.

Se puso la chaqueta, se recogió el pelo desgreñado en una coleta y lo colocó bajo la capucha. Mientras salía de casa, se preguntó de qué humor estaría Boyd ese día.

* * *

Mark Boyd se ajustó el nudo de la corbata y evaluó el resultado en el diminuto espejo del baño. La imagen que le devolvió la mirada no lo entusiasmó. Su pelo, muy corto, era ahora más gris que negro, y sus ojos delataban que había bebido de la noche anterior. Las mejillas demacradas enfatizaban los pómulos. Sabía que, a su edad, la piel del cuello no debería colgarle. Le convendría salir un poco con la bici, pero hacía demasiado frío para hacer deporte al aire libre, pensó, e ignoró el hecho de que tenía una bicicleta estática plegada en una esquina de la pequeña cocina. No, tenía que hacerse cargo de los problemas tangibles en su vida. Para eso había pedido medio día libre en el trabajo. Esperaba que Lottie lo aprobara, de lo contrario, tendría que ausentarse sin permiso.

En el salón del apartamento de una sola habitación oyó a su amigo Larry Kirby que roncaba con fuerza tirado en el sofá con los pies sobre la abarrotada mesita de café. Latas de cerveza y botellas ocupaban toda la superficie disponible. Boyd sintió que le crujían los huesos y se le erizaba la piel. Odiaba el desorden. Recogió las latas y botellas y las metió en una bolsa para reciclar.

Kirby se removió y se incorporó con dificultad.

—¿Dónde diablos estoy? —Miró a su alrededor, amodorrado, y se pasó la mano por la mata de pelo despeinado—. Oh, Boyd, eres tú. Menuda farra la de anoche. ¿Dónde está McKeown?

Boyd se encogió de hombros y pensó un momento. Habían abandonado a Sam McKeown, el miembro más nuevo del equipo, en el pub Cafferty cuando se habían ido a las… Mierda, no tenía ni idea de a qué hora había sido.

—Solo Dios sabe dónde habrá acabado. —Dejó la bolsa del reciclaje en el suelo junto a la bicicleta estática—. ¿Te apetece tomar un café? Hay una toalla limpia en el armario de la caldera por si quieres darte una ducha. —Encontró un blíster de paracetamol y se tragó dos pastillas.

Kirby se olisqueó los sobacos.

—Imagino que no tendrás una camisa que me pueda poner.

Boyd sonrió con sorna. Kirby era el doble de ancho que él.

—¿Tú qué crees?

—Bueno, me tomaré ese café.

Mientras Boyd preparaba el café, Kirby preguntó:

—¿Estás bien?

—Aparte de tener una resaca tremenda, estoy estupendamente.

—Anoche estuviste muy intenso; todo sensiblero y deprimido.

—Según tú, siempre estoy igual. —Boyd se preguntó qué habría dicho hacia el final de la noche.

Kirby bostezó sonoramente.

—La mitad de las palabras que te salían de la boca eran Lottie esto y Lottie aquello. Dios, no sé qué habrá pensado McKeown de ti.

Boyd llevó dos tazas de café al salón y se sentó frente a Kirby.

—¿Tan mal estuve?

—Peor.

—Mierda.

—¿Por qué no le pides ya que se case contigo? Cualquiera con ojos en la cara ve que estáis hechos el uno para el otro.

Boyd sintió el calor que le subía a las mejillas. Se había puesto contentísimo cuando Lottie había accedido a casarse con él, pero habían decidido —no, pensó, ella había decidido— no contar nada todavía, ya que trabajar juntos lo hacía incómodo. Aunque eso había sido antes de todo lo demás.

—No sé qué hacer —admitió.

—Todavía tengo un anillo de compromiso, si lo quieres. —Kirby rio, y luego hizo un gesto de dolor.

—Lo puedo comprar yo mismo cuando lo necesite, gracias. Si es que lo necesito. —Boyd cerró los ojos y se pasó la mano por la frente palpitante. El paracetamol tardaba en hacer efecto.

—Como quieras. —Kirby dejó la taza sobre la mesa. Metió las manos entre las rodillas y se quedó con la mirada perdida—. A mí ya no me sirve para nada ahora que Gilly… Ya sabes…

—Lo sé, es muy duro. Date tiempo para llorarla. —Boyd pensó en la garda Gilly O’Donoghue, que había sido asesinada durante el verano. Gilly fue la primera mujer de la que Larry Kirby se había enamorado desde su divorcio.

—Eso es lo que me dice todo el mundo. —Kirby se levantó, acompañado del crujir de sus rodillas y una tos áspera, resultado de demasiados cigarros—. Joder, huelo fatal. Te veo en la oficina. ¿Qué hora es?

—Las seis y media.

—Ah, por el amor de Dios. ¿Por qué me has hecho levantar a una hora tan intempestiva? Tengo tiempo de echar una cabezadita antes del trabajo. Me voy; te veo luego.

Mientras Boyd bebía su café lentamente, descubrió una botella de whisky tirada bajo el sofá. Se puso de rodillas y la recogió; sacudió la cabeza y fue a buscar su Dyson.

2

Los cerdos hacían un ruido infernal en los cobertizos. El viento agitaba las ventanas con violencia mientras la nieve atravesaba el patio en diagonal, empujada por otra ventisca.

Beth Clarke cogió una taza del armario de la cocina y abrió el grifo. Nada. Lo probó de nuevo, con el mismo resultado.

—¡Papá! —gritó en dirección al salón, donde su padre apretaba con furia las teclas de una calculadora anticuada—. ¿Qué pasa con el agua?

—Se han congelado las tuberías, seguro. —El golpeteo casi ahogaba su voz.

—¿Qué vas a hacer al respecto? —Beth dejó la taza en el fregadero con un golpe y comprobó si había suficiente agua en el hervidor para que su padre se preparara el té más tarde. Probablemente. Apenas.

—Por el amor de Dios —gruñó el hombre.

Beth se volvió y lo encontró de pie en la puerta, con la calculadora en una mano y en la otra, un fajo de papeles llenos de columnas torcidas de números escritos a mano. Todavía llevaba la ropa del día anterior.

—¿Has estado despierto toda la noche?

—Sí, por desgracia. No consigo que cuadre la declaración de IVA. Supongo que no podrás hacerla con el portátil, ¿verdad? —Una tos le cortó la voz y el hombre se dobló, resollando.

—Supones bien. —Beth se agachó, recogió la mochila de debajo de la mesa y se la colocó en la espalda. Se alisó las perneras de los estrechos tejanos negros y ató un cordón de las botas rojas brillantes—. Me voy a trabajar.

—¿A trabajar? No esperarán que vayas con este tiempo.

—Tengo que ir al encendido de las luces de Navidad esta tarde. Pero primero debo visitar los mercadillos navideños en la ciudad. —Sintió emoción. Le encantaba escribir artículos para el periódico local.

—No puedes conducir por la carretera con este tiempo. Son casi quince kilómetros.

—Como si no lo supiera —repuso entre dientes.

—Deja que me ponga el abrigo. Te dejaré en la ciudad.

—No me pasará nada. —Beth cogió el plumífero negro del respaldo de la silla y se lo puso antes de darse cuenta de que no se había quitado la mochila—. Maldita sea.

Mientras se arreglaba, oyó el sonido de los pies descalzos de su padre, que se dirigía a la oficina improvisada en la esquina del salón. «Es un caso perdido», pensó.

Al abrir la puerta trasera, se vio asaltada de inmediato por el gruñido agudo de los cerdos.

—No te olvides de dar de comer a los animales —gritó. El viento se llevó sus palabras.

Con cuidado, cruzó el patio hacia el Volkswagen Golf azul brillante. Su madre lo había comprado poco antes de largarse a un lugar donde nunca nevaba. Hacía cinco años, cuando Beth tenía solo diecinueve. Se detuvo. Había oído que su madre había regresado a Ragmullin, pero no sentía ningún deseo de buscarla.

La puerta del coche estaba congelada. Echó el aliento en la manecilla con la esperanza de descongelar la cerradura. No hubo suerte. Tendría que usar la última gota de agua del hervidor. Tal vez su padre cuando le resultara imposible hacerse una taza de té, encontraría la motivación para arreglar unas cuantas cosas en la granja.

Dios, cómo odiaba vivir en el pueblo de Ballydoon.

Estaba absolutamente convencida de que era el culo del mundo.

* * *

Pasaron siete minutos enteros antes de que Christy escuchara a Beth alejarse conduciendo despacio por la carretera helada.

—Desde luego, esa chica se parece a su madre —masculló para sí mismo. Su mujer (o exmujer, si quería ser pedante) siempre había tenido una mirada diabólica, y hacía lo que quería cuando se le antojaba. Rogaba a Dios que Beth no lo dejara también.

Un vistazo al libro de cuentas confirmó que no había la más mínima esperanza de cuadrar las cifras. Intentar mantener la granja en marcha era demasiado para él. Había cerrado el garaje que tenía en el pueblo, aunque no por voluntad propia. Maldijo el trato que había hecho, a pesar de que era necesario. Aun así, no conseguía arreglárselas. Dejó caer las facturas y fue a la cocina a preparar el desayuno. 

Agitó el hervidor. Vacío. Abrió el grifo. Nada. Las cañerías se habían congelado durante la noche.

—Que se vaya todo al infierno —masculló.

Tomó la leche de la nevera y se la sirvió en un vaso. Mientras tragaba el líquido frío, estudió el patio a través de la ventana. Los cerdos estaban inusitadamente ruidosos esa mañana. Christy Clarke se puso las katiuskas mientras sentía el peso del mundo sobre sus hombros de sesenta y cinco años. Descolgó el abrigo del gancho de detrás de la puerta y salió a comprobar el estado de las cañerías.

—Cerrad el pico, capullos —gritó a los cerdos al pasar frente a la puerta del cobertizo.

* * *

Las escaleras siempre podían con ella. No era la cantidad; había veintiún escalones. No, era su por estrechez y la falta de profundidad. Se golpeaba los dedos escalón sí, escalón no, y en un par de ocasiones, aunque se encontraba sobria, había subido los últimos tres a cuatro patas. Hoy, como el ascensor volvía a estar averiado, se lo tomó con calma, sentía todo el peso de su vida en las plantas de los pies.

Al llegar a su apartamento, Cara Dunne metió la llave en la cerradura. Una vez dentro, se apoyó contra la puerta y observó el vaho de su aliento que flotaba en el aire. Se deshizo de los zapatos mojados y sacudió el abrigo antes de colgarlo. Pasó por delante del baño de camino al salón. Un lado estaba iluminado y el otro, donde no había ventana, a oscuras; solo una pared verde con un cuadro anodino.

Dejó el gorro sobre el radiador y se dio cuenta de que estaba helado. Maldición. Comprobó el termostato; estaba al máximo. Algo no funcionaba. Tenía que pasar justo hoy.

Se sentó en el sillón y desbloqueó el teléfono para localizar el número del encargado. No recordaba su nombre. Mills o Wills, algo así. Tenía el cerebro adormecido por el dolor que había experimentado los últimos meses. Y debía reconocer que la mayor parte de ese dolor estaba en su corazón, a pesar de que se había metamorfoseado en un cáncer metastásico, que la sacudía con espasmos sin previo aviso. Había solicitado la baja en el trabajo. Tenía que volver la próxima semana, pero no podía. Todavía no. Nada se había resuelto. Y él todavía seguía ahí fuera, se partía de risa y contaba mentiras sobre ella. Sintió otra punzada de dolor en el pecho y trató de controlar la respiración.

Su mirada se vio atraída hacia la vieja maleta marrón encajada en la estantería bajo el televisor. Una maleta con los recuerdos de otra persona. Una maleta que había ido con ella a todas partes desde que se había marchado a Dublín a estudiar para ser profesora. Una maleta maltrecha y rota. Como ella misma. «Dios —pensó—, soy un cliché».

Fue hasta el dormitorio, se quitó los vaqueros mojados y los colocó sobre el radiador. Frío. Ah, el encargado.

Al abrir el armario vio el vestido, bajo el plástico transparente, al final de la barra. Se burlaba de ella. ¿Por qué lo había guardado si nunca se lo pondría? Ya no sabía nada. Él había robado hasta el último pensamiento original de su cerebro y, luego, la había abandonado con una carcajada. Sintió el ácido alojarse en su garganta y pensó que iba a vomitar, pero se lo tragó, como tendría que tragarse el orgullo para enfrentarse a sus amigos y colegas. Algún día. Pronto. ¿O nunca? 

Desechó ese pensamiento y sacó la percha con el vestido cubierto por el plástico. Se lo probaría una última vez y, luego, lo pondría a la venta en eBay.

Sonó un crujido en algún lugar del apartamento.

Se detuvo; el vestido le pesaba en el brazo. ¿Qué había oído? Prestó atención. Nada. Serían los radiadores.

—Ahora sí que me estoy volviendo loca —dijo en voz alta.

Dejó el vestido sobre la cama y se quitó la camisa. Bajó la cremallera de la funda de plástico y sacó la prenda de satén salpicado de diamantes. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el día que nunca llegaría. Sostuvo el vestido y se lo puso. La tela fría le cubrió el cuerpo como una segunda piel mientras se lo colocaba con delicadeza sobre los hombros y se estiraba para subir la cremallera del costado.

Ahí estaba otra vez. Un crujido. Una puerta que se abría.

Había cerrado la puerta de entrada, ¿verdad? Aparte de su dormitorio, la única otra puerta que había en el apartamento de un solo ambiente era la del baño. En el espejo del armario vio su rostro palidecer y su boca abrirse; tenía un grito ahogado atascado en la garganta.

Avanzó lentamente hasta el salón, el vestido se le enredaba a los pies.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, esperando que nadie contestara.

Nada. Nadie.

Miró en la pequeña cocina. Estaba vacía.

Otro crujido, y la puerta del baño se abrió.

Retrocedió contra el radiador helado.

Había alguien en el apartamento.

3

Lottie estaba sentada delante de la pantalla llena de hojas de cálculo, volviéndose loca. Las devoluciones de presupuesto de fin de año eran inminentes. Ni siquiera había completado las hojas de rendimiento de noviembre. Odiaba los números. Odiaba los informes, los archivos y los ordenadores. Pero también sabía que era una parte integral de su trabajo como inspectora de la ciudad de Ragmullin, algo que el comisario en funciones David McMahon le recordaba constantemente.

—Concéntrate —se dijo, con la esperanza de que su propia voz consiguiera infundir motivación y convicción en su cerebro.

—¿Otra vez estás hablando sola? —El sargento Mark Boyd estaba de pie en la puerta del cuchitril que era su despacho.

—Buenos días. —Lottie apartó el teclado—. Parece que anoche te bebiste hasta el agua de los floreros.

—Deberías ver cómo está Kirby. —Boyd se apoyó contra el marco de la puerta.

Lottie tenía que admitir que no presentaba muy mal aspecto, pero era lo bastante astuta como para atisbar los círculos oscuros bajo sus ojos.

—¿Qué le ha pasado?

—Nada que no se cure con una cerveza más.

La inspectora miró por encima del hombro de Boyd hacia la oficina principal.

—Aún no ha llegado. No habrá encontrado un pub abierto a estas horas de la mañana, ¿verdad?

La zona donde trabajaba Kirby estaba desbordada de papeles, carpetas y envoltorios de comida, pero no había ni rastro del detective. La detective Maria Lynch estaría de baja por maternidad como mínimo hasta enero, así que habían transferido al detective Sam McKeown desde Athlone. El hombretón de cabeza afeitada estaba sentado en su escritorio y aporreaba el teclado. A Lottie le gustaba Sam, aunque todavía tenía que averiguar más cosas sobre él. Esperaba que permaneciera en el equipo cuando Maria regresara al trabajo.

—Diría que está de camino —comentó Boyd—. Esta mañana se ha ido de mi casa antes que yo.

—Entonces habrá sido una buena juerga. —Una punzada de celos se coló en la voz de Lottie. No la habían invitado a salir. Pero ¿por qué deberían hacerlo? Ella era la jefa y, tal vez, querían una noche de chicos. De todos modos, se sintió molesta.

—¿A qué viene ese mal humor? —Boyd cruzó los brazos y apoyó un pie contra la pared.

—Será de verte ahí plantado sin hacer nada.

—¡Ja! Es porque no te invitamos a venir con nosotros, ¿verdad?

—¡No, no lo es! —replicó Lottie, pero sonrió. Boyd siempre le leía el pensamiento y, aunque sorprendente, también era un poco inquietante.

—Fuimos a Cafferty a ver un partido, y ya sabes cómo es, una pinta llevó a otra y luego a otra… 

—Recuerdo muy bien esos días —interrumpió, rememorando los años posteriores a la muerte de Adam en que se había dado a la bebida. Había tardado un tiempo, pero ahora estaba sobria. Casi. Solo tenía que mantener el control para cuidar y proteger a su familia.

—¿Qué tenemos hoy? —preguntó el detective.

—Vamos atrasados con los informes de noviembre.

—Yo ya he enviado el mío —respondió Boyd, con una sonrisa de suficiencia.

—Por supuesto que sí. —Si tuviera la mitad de la capacidad de organización de Boyd, a esas alturas ya sería comisaria jefe.

—¿Quieres que te eche una mano? —El detective separó los brazos y avanzó hacia el escritorio de Lottie.

—No, gracias.

—Puedo terminarlos el doble de rápido. Deja que te ayude.

—Me las arreglo sola, muchas gracias. —Su intención no era sonar tan brusca, pero algunos días no podía evitarlo. Se disponía a añadir algo más cuando sonó el teléfono.

Al terminar la llamada, se levantó y se puso la chaqueta.

—Coge tu abrigo —indicó.

—¿Adónde vamos?

—Ha habido otro suicidio.

—¿Para qué nos necesitan?

—Este es el segundo en tres semanas, Boyd. Tal vez ocurre  algo extraño.

—Donde ocurre algo es en ese cerebro tuyo. Ahora crees en teorías conspiratorias.

—No te preocupes. Me llevaré a McKeown. —Lottie cogió el bolso y se lo colgó del hombro.

—Vale, vale —dijo Boyd—. Iré contigo.

—Bien, pero será mejor que dejes los comentarios de listillo.

Lottie pasó junto a él y captó el brillo en su mirada cuando sus manos se rozaron. Ella lo había sentido y él, también. La súbita emoción provocada por el contacto físico. No importaba que fuera fugaz y casual. Estaba allí. Y a Lottie, tenía que admitirlo, le encantaba.

* * *

Kirby metió la bolsa bajo la mesa y trató de aplastar su pelo rebelde con los dedos temblorosos. La ducha de los vestuarios solo escupía agua fría, y ni siquiera eso había conseguido aplacar demasiado sus tripas revueltas ni el dolor que le atenazaba la cabeza. Miró a McKeown para comprobar si había oído los ruidos que su estómago profería. Pero tenía la cabeza gacha y parecía no haber escuchado nada. Bien.

Apoyó un pie sobre la bolsa y al sentir el dolor subirle por el otro, esperó que los excesos de la noche anterior no hubieran despertado su gota. Era un condenado dolor de muelas; o, mejor dicho, de pies.

—¿Dónde está la jefa? —Esperó a que McKeown levantara la cabeza para mirar por encima del ordenador. Dios, se lo veía lozano, y ahí estaba el propio Kirby, con aspecto de algo pasado que hay que tirar a la basura.

—Ha salido.

—Ya lo suponía. ¿A dónde?

—Ha mencionado un suicidio.

—¿No trabajaste en un suicidio hace unas semanas? —Kirby entrecerró los ojos, e hizo memoria del caso.

—Así es. Nada sospechoso.

—¿De quién se trata esta vez?

McKeown dejó lo que estaba haciendo y se puso en pie. Se inclinó sobre el escritorio de Kirby y respondió:

—No sé quién es porque no me lo han dicho y, para que lo sepas, tengo una pila de informes que llega hasta el techo que me mantienen más que ocupado, sin necesidad de que me involucre en asuntos en los que no se me requiere.

Tomó asiento. Kirby cambió de opinión; su colega, como él mismo, estaba en plena resaca.

4

Los bloques de apartamentos de Hill Point se construyeron durante lo que se conoció como los años del boom del Tigre Celta. Había sido un proyecto excitante para la ciudad de Ragmullin, en la región central de Irlanda. Sin embargo, una vez el complejo estuvo construido y pese al hecho de que ofrecía muchas viviendas, se hizo evidente que a Ragmullin no le hacía falta esa mancha en el paisaje. Lo salvaba el hecho de ser el único rascacielos de la ciudad, si no se contaba la catedral de 1930 con los dos capiteles que arrojaban su sombra en todas direcciones, visible estuvieras donde estuvieras.

El bloque que buscaban era fácil de encontrar, con dos coches de policía y una ambulancia estacionados delante de cualquier manera.

Boyd aparcó el coche. Lottie salió de un salto y se adelantó. Dentro, se encontró con que el ascensor no funcionaba, y subió por las escaleras de cemento hasta el tercer piso.

En el estrecho pasillo, dos paramédicos redundantes estaban apoyados contra una pared con una camilla plegada entre ellos. Un policía se encontraba frente a la puerta del apartamento.

—Buenos días, garda Thornton. Ponme al tanto —pidió Lottie en cuanto hubo recuperado el aliento. Se puso los guantes y patucos protectores.

—Buenos días, inspectora. —El garda no necesitó consultar sus notas; era lo que Lottie llamaba un perro viejo del cuerpo—. La vecina del piso contiguo a la izquierda ha denunciado el suceso. La he enviado de regreso a su apartamento con un agente. He echado un vistazo dentro y hay algo extraño.

—¿Extraño?

—Cuando entre, usted misma lo verá.

—¿Habéis llamado a los forenses?

—He pensado que querría evaluarlo usted primero. A estas alturas, ya ha pasado todo quisqui por aquí. Quizá sea un simple suicidio, pero… no lo sé. La difunta se llama Cara Dunne. El cuerpo está en el baño.

—¿Ha venido un médico?

—Ya se ha marchado.

—¿Lo has interrogado?

—Sí. Afirma que la mujer está muerta.

Lottie esperó a que Boyd llegara. Estaba sin aliento, cosa inusual en él ya que era un adicto al deporte. Mientras su compañero se ponía los guantes, la inspectora empujó la puerta. Al primer vistazo, notó que era un apartamento pequeño. Un abrigo azul marino colgaba de un gancho en el estrecho pasillo. Pasó la mano por la prenda. Estaba húmeda.

Entró. Postergando lo inevitable, pasó por delante del baño, donde se encontraba el cadáver, y se quedó quieta sobre un trozo cuadrado de moqueta marrón que designaba un salón sin paredes interiores, con una pequeña cocina americana a la derecha. Abrió la puerta más cercana y echó un vistazo. Una habitación compacta. La cama estaba hecha con pulcritud y un camisón de algodón estaba doblado sobre la almohada. Una mesita de noche y un armario. Las persianas venecianas oscurecían la ventana. Sobre el radiador había un par de vaqueros, y habían arrojado una camisa roja sobre la cama. En el suelo vio, arrugado, un plástico de los que se usan para proteger la ropa.

Regresó al baño. La puerta estaba entreabierta. La empujó con la punta del dedo y se movió solo un poco. Espió a través de la rendija. Una bañera de cerámica blanca con una alcachofa de ducha oxidada, un retrete y un lavabo. Las baldosas color crema del suelo estaban mojadas. Aparte de eso, nada parecía fuera de lugar. Pero… el olor. Lottie retrocedió al notar el olor ácido de la orina.

—No veo el cuerpo —dijo.

—Detrás de la puerta —indicó Boyd.

Rodeó la puerta medio abierta y entró en el reducido espacio. Al girar, se quedó inmóvil. Se llevó la mano a la boca y sintió que se le aflojaban las rodillas. Un grito ahogado escapó entre sus dedos.

Detrás de la puerta, colgado por el cuello de un cinturón de cuero negro, estaba el cuerpo de la mujer. Tenía la boca abierta, al igual que los ojos, inyectados en sangre. En el cuello se veían arañazos intermitentes donde el cinturón le había cortado la piel. Los brazos colgaban a los costados; los puños habían quedado apretados al morir. Lottie había visto las cosas inimaginables que la muerte puede hacer al cuerpo humano, pero esto era grotesco. Se sacudió para mantener la profesionalidad.

Estimar la edad de la difunta no era fácil; no obstante, para su mirada experta, Cara Dunne parecía tener poco más de treinta y cinco años.

Un vestido de satén blanco, salpicado de diamantes que brillaban bajo la luz, envolvía la figura como un sudario. Le llegaba hasta los tobillos, donde asomaban los pies descalzos. Por el charco en el suelo, era evidente que Cara Dunne se había orinado mientras agonizaba.

Lottie estudió el vestido. Era un vestido de novia. Nuevo, sin usar. Hasta ahora. De la cremallera bajo el brazo de la víctima colgaba la etiqueta con el precio. Quería tocarlo, sentir la suavidad de la tela entre los dedos, pero no movió ni un músculo. Solo permitió que sus sentidos especularan qué habría ocurrido en ese baño pequeño y anodino, donde el moho negro se expandía por los azulejos sobre la bañera.

El olor a muerte era tan intenso en el diminuto recinto que Lottie lo notaba en la lengua. Examinó el rostro de Cara Dunne. La piel era suave, sin arrugas. ¿Era producto de la muerte o su piel había sido siempre así? Tenía el pelo rubio, corto y liso. Mientras subía la mirada, Lottie se fijó en que el otro extremo del cinturón estaba fuertemente atado a una válvula cromada que sobresalía de la pared encima de la puerta, a la derecha. Un taburete de tres patas de quince centímetros de altura yacía de costado en la esquina detrás de la misma.

Una pregunta ardía en el cerebro de Lottie. ¿Era posible que la mujer se hubiera colgado? A primera vista, parecía probable. ¿La habían dejado plantada? ¿O había cambiado de opinión y decidido que esta era la única manera de escapar de la boda? Lottie tenía la sospecha de que no todo era lo que parecía. El garda Thornton tenía razón. Había algo extraño.

Se oyó un golpe en la puerta y Boyd dijo:

—¿Puedo entrar?

—No hay espacio, espera a que salga. Llama a los forenses. Pregunta por Jim McGlynn.

Con dificultad, salió al pasillo. Mientras Boyd hacía la llamada, echó otro vistazo al salón en busca de señales de pelea, pero no encontró nada fuera de lugar. Sobre el radiador había un gorro, como si lo hubieran dejado allí para que se secara. Puso la mano sobre el aparato; descubrió que estaba apagado y sintió el frío en el aire. Sobre el respaldo de la silla colgaba una manta y en el asiento, encontró un teléfono móvil. Sin cogerlo, apretó el botón de inicio. No hacía falta pin. La pantalla mostraba una aplicación para contactos e iconos para llamadas y mensajes. Nada más. A Lottie le pareció un poco extraño. Toda la gente que conocía tenía varias aplicaciones, incluso su madre usaba el correo electrónico en el móvil.

El único otro mueble era una televisión sobre una mesita, bajo la cual descansaba una vieja maleta marrón. En la cocina todo estaba limpio y ordenado. No había platos en el fregadero ni en el escurridor. El frigorífico estaba bien abastecido. El cartón de leche no estaba caducado, ni tampoco la bandeja de filetes de pollo.

—No encuentro ninguna nota de suicidio —anunció—. Tendré que echar otro vistazo al dormitorio.

Boyd la siguió.

En la mesita de noche había un volumen forrado en cuero negro que parecía una Biblia. Al abrirlo, Lottie descubrió que era un libro de oraciones. Las páginas eran suaves y livianas al tacto, como plumas, y sintió que pasarlas era reconfortante. Dejó el libro y abrió el cajón. Contenía una botella de pastillas para dormir y un paquete de paracetamol. Si Cara había querido suicidarse, ¿por qué no se había tomado las pastillas? Habría sido mucho más fácil.

Fue hasta el armario, que tenía la puerta abierta. El olor a lavanda flotaba en el aire. De la barra colgaban vaqueros, camisas y blusas. En el suelo había un par de zapatillas Nike. La funda de plástico sería del vestido, pensó.

Boyd se arrodilló, levantó la colcha de la cama de patas de acero y buscó debajo.

—Aquí no hay nada.

Lottie regresó al salón y abrió la hoja lateral de la ventana. Los sonidos llenaron de vida la habitación. Abajo, el canal estaba congelado. Un tren salió de la estación con fuertes chirridos. Junto al puente había un bote amarrado, en algún lugar a su derecha se oía un claxon y escuchaba el ruido característico de los albañiles que trabajaban cerca de allí. Aspiró el frescor de la mañana.

—Si hubiera querido suicidarme sin una sobredosis, habría saltado por la ventana. ¿Qué opinas? 

—No te gustan las alturas —apuntó Boyd, con los brazos cruzados—, así que no lo habrías hecho.

—No me dan miedo las alturas.

—Estoy hablando hipotéticamente. Pensaba que tú también.

—Estamos en una tercera planta… Oh, bueno, no importa. —Cerró la ventana y se volvió hacia Boyd—. ¿Has llamado a McGlynn?

—Está de camino. —El sargento bostezó y separó los brazos—. ¿Hace falta avisar a la patóloga forense?

Lottie pensó un momento. ¿Necesitaban a Jane Dore? Pese a que todo indicaba que había sido un suicidio, la ausencia de nota le molestaba, al igual que los arañazos en el cuello de Cara.

—Llama a su asistente. Si mi intuición falla, me haré cargo de las consecuencias.

—La puerta no ha sido forzada. ¿Crees que dejó entrar a alguien?

—Si lo hizo, entonces tal vez conocía a la persona que la mató.

Boyd suspiró.

—Eso es si alguien la mató.

Lottie sacudió la cabeza y pasó junto a él.

—Voy a charlar con la vecina. Comprueba si puedes encontrar algo que indique una muerte sospechosa… y trata de quitarte la resaca de encima, te está volviendo lento. ¿De acuerdo?

Lo dejó allí, con la boca abierta, en el reducido y abarrotado pasillo, con una mujer vestida de novia colgada detrás de la puerta.

5

Aunque en la oficina hacía tanto calor como de costumbre, Beth no tenía permitido apagar el radiador. Su superior, el jefe de redacción Nick Downes, estaba sentado con una bufanda al cuello y el abrigo sobre los hombros. «Ese hombre siempre tiene frío», criticó.

Escribir el informe sobre la inauguración oficial de los mercados navideños le había llevado cinco minutos. Tendría que inventarse algo para llenar las cuatro columnas de la página principal. A menos que Ryan hubiera sacado una foto decente, estaba jodida. ¿Qué más podía escribir? Distraída, miró el móvil. Más le valía acordarse de llevar un par de botellas de agua a casa, por si su padre no había arreglado las tuberías congeladas.

Cuando estaba a punto de redactar una nota, recibió un mensaje en el teléfono. Lo leyó y miró a su alrededor en busca  de Ryan. Sus miradas se encontraron cuando el fotógrafo entraba por la puerta.

—Déjate el abrigo puesto y coge la cámara —indicó Beth.

—¿Por qué?

—Tenemos trabajo. —Se volvió hacia el editor—. Nick, hay un posible suicidio. ¿Te parece bien si vamos a echar un vistazo y tal vez sacar algunas fotos?

Nick giró su silla mientras chupaba ruidosamente el extremo de un bolígrafo. La barba ocultaba sus labios delgados.

—No creo que tenga mucho que ver con el espíritu navideño violar la privacidad de la familia de una víctima de suicidio, ¿no te parece?

Beth se quedó pasmada en medio de la atestada oficina, con las mangas de la chaqueta a medio poner y el bolso entre las piernas.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Ten un poco de compasión.

¿De qué diablos hablaba?

—Es el segundo en tres semanas. Tal vez esté ocurriendo algo sospechoso.

—¿Segundo qué?

Beligerante era una palabra que Beth usaba a menudo para describir a su padre, y ahora su jefe se estaba ganando la misma distinción.

—El segundo suicidio —explicó.

—Ya causaste bastante revuelo con el artículo sobre el primero hace unas semanas. No debería haberte dado el visto bueno —arguyó Nick—. ¿Y quién te ha dicho que ha habido otro?

Beth se subió la cremallera de la chaqueta, evitando su mirada, y contuvo la réplica malsonante que quería lanzarle mientras consideraba su situación. Tenía un contrato renovable de seis meses. Necesitaba el trabajo y no podía permitirse cagarla por enfadar al jefe. Pero no podía decir que había sido un mensaje anónimo.

—Lo he visto en Twitter —mintió.

—Enséñamelo.

Buscó en su teléfono.

—Oh, lo han quitado.

—¿Qué quieres decir con «quitado»?

Era un dinosaurio.

—A veces los administradores de Twitter borran contenido inapropiado. Ya sabes, si alguien pone una queja.

—¡Ajá! Ves, y tú querías difundir contenido inapropiado en la primera página de nuestra próxima edición. Quítate el abrigo y siéntate. Termina el artículo sobre los mercadillos navideños. Eso es lo que quieren nuestros lectores, una historia alegre en la primera página. No olvides que más tarde tienes que cubrir el encendido de las luces.

Beth hizo lo que le mandaban.

—¿Nos vamos o no? —preguntó Ryan, y se pasó la tira de la cámara sobre el hombro.

—Cierra el pico y siéntate —respondieron Beth y Nick al unísono.

* * *

Ryan Slevin metió su chaqueta enrollada bajo el escritorio, tratando de disimular su irritación, y dio un empujoncito al ratón para encender el ordenador. Tras conectar la cámara a la consola, esperó y observó la pantalla mientras se cargaban las fotos de los mercadillos navideños que había sacado antes.

Evaluó las imágenes mientras se mordía el labio, y decidió que tendría que usar Photoshop para que fueran dignas del periódico. La mayoría estaban oscuras y llenas de sombras, sacadas bajo los toldos que colgaban sobre las casetas colocadas a lo largo de la calle. Revisó el resto de las fotografías. Al menos había capturado a algunos niños en ellas: Nick siempre decía que los niños vendían periódicos. Ryan esperaba que usar sus nombres no supusiera un problema. La mayoría de ellos estaban de camino a la biblioteca. Sin el permiso de los padres, tendría que improvisar. El profesor había dicho que no pasaba nada, así que qué diablos. Los niños vendían periódicos.

Sintió una sombra junto a su hombro mientras trabajaba. Luego revoloteó sobre el escritorio y oscureció la pantalla.

—¿Buscas niños en pelotas, Ryan?

Slevin activó automáticamente el salvapantallas antes de levantar la vista hacia Beth, con su enorme sonrisa, ojos centelleantes y pelo negro y brillante.

—Pírate —respondió Ryan.

—Necesito una foto bastante grande, o tal vez un montaje con cuatro o cinco, para cubrir cuatro columnas en la portada. —Se sentó en el borde del escritorio. El fotógrafo sintió como si violara su espacio personal.

—¿Por qué?

—Porque no tengo qué coño escribir. Además, los niños venden…

—Periódicos. —Ryan rio—. Déjamelo a mí. —Cuando Beth regresó a su escritorio, añadió—: ¿Ya has escrito el artículo?

—¿Qué se puede escribir? Un tío vestido de Santa Claus que canta «Rudolph» desafinando mientras enciende un interruptor de mentira para iluminar las casetas. Por la mañana. Por el amor de Dios.

—Estaba bastante oscuro. —Sabía que era un argumento patético.

—Sonrisas anchas en rostros felices, Ryan. Es todo lo que necesitamos para que el jefe esté contento.

Ryan encendió la pantalla y revisó las fotos. Entonces fue cuando lo vio. En una fotografía. Hizo clic con el ratón y amplió la imagen. No podía ser. ¿O sí?

—Mierda.

—¿Qué? —dijo Beth.

—Nada.

—No las estropees.

—Llevo aquí mucho más tiempo que tú, así que no me des órdenes. —Solo bromeaba a medias, y fijó de nuevo la vista en la pantalla.

Mientras golpeaba nerviosamente el suelo con el pie, pensó en la instantánea que había sacado, y un escalofrío le recorrió la columna.

6

El contraste entre el apartamento de Eve Clarke y el de Cara Dunne era notable. La pintura en intensos colores primarios de los llamativos muebles le daba un aire moderno. Eve sirvió dos tazas de café de una jarra. El aroma no cubría un olor que Lottie reconoció como alcohol y cigarrillos. Se sentó en una silla de color amarillo chillón con cojines rojos y cogió la taza que la mujer le ofrecía.

—Lo de Cara es horrible —comentó Eve mientras se sentaba frente a ella.

El café estaba bueno. Lottie sintió que le calentaba los dedos de los pies. Eve la miraba fijamente, con los ojos muy abiertos tras unas gafas con montura dorada. Sus vaqueros negros estaban planchados, su camisa blanca inmaculada, con dos botones abiertos a la altura del cuello que no ocultaban un anillo de arrugas. Era delgada como un palo, y tendría unos cincuenta y cinco años. Las manos también la delataban. Una quebrada de manchas provocadas por el sol salpicaba su piel.

—¿La conocía bien?

—Solo de vista. —El rostro de Eve no denotaba expresión alguna. No había lágrimas por su vecina muerta.

—Pero sospechó que le había ocurrido algo. ¿Por qué?

—Las paredes en estos apartamentos son como de papel. Si el bebé de mi vecina del otro lado llora, lo oigo. Esos son los Cullen. Nunca escucho nada del lado de Cara. Ni siquiera la televisión.

—Entonces, ¿qué la alertó?

—Oí voces y, luego, nada durante diez minutos. Hasta que escuché un portazo.

—¿Era inusual que Cara tuviera visitas?

—En los últimos meses, sí.

—¿Y usted está en casa todo el día, cada día?

Eve se sonrojó.

—Solía trabajar, pero entonces mi matrimonio se fue a pique. Me fui al extranjero durante unos años. Desde que regresé a Ragmullin, no he conseguido un trabajo.

—¿Cuánto lleva viviendo aquí? —Lottie recorrió con la mirada el ordenado apartamento.

—Casi un año.

—¿Y Cara ha vivido en el piso contiguo todo ese tiempo?

—Estaba aquí antes de que yo llegara.

—¿Vive usted sola? —Lottie pensó que, por el aspecto del apartamento, parecía que nadie viviera allí. Aunque, pensándolo mejor, el olor rancio indicaba lo contrario.

—Sí.

—¿Puede decirme cómo era Cara?

—Inspectora, ¿es esto realmente necesario? Yo solo encontré su cuerpo, no le hice nada.

—Al comienzo de una investigación necesito toda la información posible.

—¿Investigación? Entonces, ¿cree que la han asesinado?

—Yo no he dicho eso. ¿Cara tenía familia?

—No lo sé.

—Bien. —Lottie sentía que la conversación no iba a ninguna parte. Dejó su taza en la mesita de café—. ¿Había estado alguna vez en el apartamento de su vecina antes de esta mañana?

—Nunca.

—¿Y cómo entró?

—Cara llamó a mi puerta unas semanas después de que me mudara. Me preguntó si podía guardarle una llave de repuesto en caso de que se quedase fuera. Acepté. Después de eso, solo hablábamos en el pasillo cuando nos cruzábamos.

—A ver si lo he entendido. Oyó voces y un portazo, así que fue a investigar. ¿Qué hizo exactamente?

—Llamé a la puerta, pero no respondió. Pensé que tal vez había salido. Regresé aquí y fue entonces cuando caí en que había oído dos voces. Me pareció extraño, sabe, porque normalmente no escucho nada.

—¿Qué pasó en ese momento?

—Cogí las llaves y volví a su puerta. Como seguía sin contestar, me convencí a mí misma de que no había nada que perder. Abrí la puerta y la llamé por su nombre. Entonces vi el abrigo colgado en el pasillo. Con este tiempo, nadie sale sin abrigo. Me fijé en que la puerta del baño estaba entreabierta. Pensé, ¿y si se ha caído en la ducha? Decidí echar un vistazo rápido. Fue entonces cuando… Ya sabe… —La mujer soltó un largo suspiro al terminar su discurso.

Lottie estimó que sonaba preparado. Como si Eve hubiera pasado la última hora recitándolo frente al espejo. Por ahora, lo dejaría pasar.

—¿Qué hizo a continuación?

—Volví corriendo, cogí el teléfono y llamé al número de emergencias.

—¿Comprobó si estaba muerta?

El rostro de Eve se cerró aún más.

—Recordé que hay una consulta médica en la planta baja. Bajé deprisa las escaleras y le pedí al doctor que subiera. La revisó y sugirió que esperáramos a la ambulancia y la policía.

Más ADN y huellas, rumió Lottie, si se convertía en una investigación de asesinato.

—De acuerdo —acotó, con un tono de voz neutral.

—¿He hecho algo mal?

—No hay bien o mal. Hizo lo correcto al avisar al médico antes de que llegaran los servicios de emergencia.

Eve exhaló, y una arruga apareció en su frente

—Parecía muerta. Está muerta, ¿no?

—Sí.

—Oh, gracias a Dios. —Eve se sonrojó—. No me refiero a que esté muerta, sino a que no dejé a una mujer moribunda ahí colgada.

—Sé lo que quiere decir. —Lottie se puso en pie—. ¿Cara tenía trabajo?

—Por lo que sé, era profesora.

—¿En qué escuela?

—No tengo ni idea. Como he dicho, no la conocía mucho.

—Una cosa más. Su abrigo y su gorro estaban mojados. ¿Sabe dónde estuvo esta mañana temprano?

—En misa, probablemente. Creo que iba cada mañana.

—¿Era religiosa?

Eve dejó la taza y se levantó para acompañar a Lottie a la puerta.

—¿No lo sabe?

—¿Saber qué?

—Cara estaba prometida, pero lo último que supe es que la boda se había cancelado. Desde entonces, no había vuelto al trabajo e iba a misa cada día. Creo que rezaba para que él regresara.

—¿Quién?

—Su exprometido.

—¿Quién era?

Eve titubeó.

—No tengo ni idea.

—¿Está segura?

La mujer parecía incómoda al asentir. Y Lottie supo que mentía.

* * *

Fuera, en el pasillo, un Jim McGlynn de aspecto furioso confrontó a Lottie.

—En mi opinión, es una pérdida de tiempo llamar a los forenses para un suicidio. Ya tenemos suficiente trabajo. —Estaba vestido acorde a la tarea que le esperaba. Por encima de la mascarilla, un par de ojos esmeralda taladraban a Lottie.

La inspectora ignoró las quejas y dijo:

—¿Has echado un vistazo?

—Acabo de llegar. ¿Me das un momento?

—Cuando lo hayas examinado, quiero ver el cinturón que Cara tiene al cuello. —Se hizo a un lado para dejarlo pasar justo cuando otro hombre aparecía por las escaleras.

El desconocido le tendió la mano.

—Usted debe de ser la inspectora Lottie Parker.

—Así es. —Lottie le devolvió el saludo—. ¿Y usted es…?

—Tim Jones, asistente de la patóloga forense. Creo que tiene una muerte sospechosa a la que quiere que eche un vistazo.

Tras comprobar su identificación, Lottie le señaló la puerta abierta del apartamento.

—Cara Dunne. Colgada de un cinturón atado a una válvula sobre la puerta del baño. He evaluado la escena y no estoy segura de que pueda haberlo hecho ella misma. Necesitamos su opinión de experto.

—Yo me encargo de ella —dijo Jones, y entró en el apartamento detrás de McGlynn.

Lottie intercambió una mirada con Boyd, que estaba de pie junto a la salida de emergencia en el extremo opuesto del pasillo. El sargento se encogió de hombros.

—Una frase poco afortunada —comentó, y se puso a su lado.

—Nada que no te haya oído decir antes —sonrió burlón.

Lottie señaló hacia la puerta.

—¿Ya has salido?

—Te estaba esperando. —El sargento empujó hacia abajo la barra de metal y la puerta se abrió. Unas escaleras de cemento llevaban hacia los pisos superiores e inferiores—. Aunque diría que estoy de acuerdo contigo.

—¿Respecto a qué? —Lottie subió por las escaleras detrás de su compañero.

—Que la muerte parece sospechosa. Si tenemos en cuenta la corta estatura de la víctima y que el taburete era bajo, la cosa no cuadra. Creo que alguien la mató. —Salieron a la azotea del edificio, asegurándose de dejar la puerta entreabierta.

Lottie se apoyó sobre la barandilla metálica y contempló el canal helado y los raíles del ferrocarril. Un tren cambió de vía al entrar en la estación; una estela de vapor quedó flotando a su paso.

—Era profesora. Tenemos que averiguar dónde daba clases, hablar con sus compañeros y localizar a sus amigos.

—De acuerdo.

—Estaba prometida, habían roto hacía poco.

—Interesante. Arroja una luz nueva sobre el hecho de que fuera vestida de novia.

—Y pone a su exprometido en el punto de mira.

Lottie apartó las manos de la barandilla, se quitó los guantes de látex y se echó el aliento en las manos en un intento de transferir algo de calor a sus dedos. Se fijó en una escalera de metal oxidada que bajaba desde el techo por el lateral del edificio. La fuerte nevada había cubierto cualquier huella que pudiera haber.

—¿Sabe la vecina quién es el prometido? —Boyd metió las manos en las profundidades de sus bolsillos mientras la nieve, llevada por el viento, formaba remolinos a su alrededor.

—No. Asegura que no conocía demasiado a Cara Dunne.

—Pero pudo entrar en el apartamento.

Lottie suspiró.

—Tenía una llave de repuesto para emergencias. Entró porque oyó gritos. Tenemos que interrogar al médico de la planta baja.

—Yo me encargo.

—Y tómale las huellas y una muestra de ADN, para descartarlo de la investigación.

—Así lo haré —convino Boyd.

Lottie estudió la línea dura de su mandíbula.

—¿Va todo bien?

—¿Qué quieres decir?

—Pareces distante.

El detective rio.

—Solo estoy cansado de anoche.

—Ah, vale. —Lottie fue hasta la puerta abierta—. Si Cara fue asesinada, su atacante podría haber usado esta salida de emergencia para escapar.

—No hay manera de entrar en el edificio a menos que se deje la puerta abierta, así que o bien el asesino entró por la puerta principal o vive en el edificio.

—O alguien la dejó abierta y le permitió entrar por la puerta de emergencia.

—Les diré a los forenses que busquen huellas —dijo Boyd—, y empezaré con los interrogatorios puerta a puerta. —Pasó junto a Lottie, adelantándola. 

Lottie dejó atrás el aire frío para entrar en la relativa calidez del pasillo, pero un escalofrío recorrió su piel. A Boyd le pasaba algo, y sentía que iba más allá del mal humor provocado por la resaca.

—Pueden trasladar el cuerpo a la morgue. —Tim Jones se había quitado el traje protector y lo metía en una bolsa marrón de pruebas. El garda Tom Thornton anotó los detalles en la bolsa con un rotulador y la selló.

—¿Puede decirnos algo, doctor Jones? ¿Cree que se trata de un asesinato? —quiso saber Lottie, contenta de hablar de trabajo en vez de sentimientos.

—Parece sospechoso.

—¿En qué sentido?

—En muchos, pero, para empezar, no sé cómo una mujer de constitución tan delgada habría atado el cinturón a esa altura con tanta fuerza. Aunque se hubiera puesto de pie en el taburete, sigue siendo demasiado baja, y necesitaría más fuerza en la parte superior del cuerpo.

—¿Algo más? —inquirió Lottie.

—Tiene arañazos en el cuello. Hay que practicarle la autopsia.

—¿Hora de la muerte? —La inspectora presionó en un intento de conseguir más información.

—Diría que ha fallecido en las últimas seis horas. De momento no puedo ser más concreto.

—¿Se encargará Jane Dore del post mortem? —indagó Lottie.

—Estoy seguro de que sí, si considero que la muerte es sospechosa. —Jones fue hacia las escaleras.

—Bueno, tenía razón —dijo Boyd.

—¿Sobre qué?

—No es posible que la víctima se haya colgado.

—Cosas más raras han ocurrido. —Pero Lottie estaba de acuerdo con él—. No he visto ningún otro objeto relacionado con la boda en el apartamento, aparte del vestido. Tú interroga al médico, y luego tenemos que conseguir más información sobre la señorita Cara Dunne.

7

Fiona Heffernan acabó sus rondas en el pabellón y recorrió apresuradamente el largo pasillo hasta los vestuarios, en la parte más antigua de la abadía. Sentía que la emoción aumentaba y comenzaba a ganar terreno al miedo. Mañana su vida cambiaría para siempre. Mañana iba a ser el primer día del resto de su vida. Mañana sería libre.

Hizo una pequeña danza, descalza sobre el frío suelo de piedra, antes de librarse de los pantalones de algodón azul marino y quitarse la túnica blanca. Colgó los pantalones en una percha de alambre y dobló la túnica sobre el suelo del vestuario. Un escalofrío erizó su piel y los pelitos negros de sus brazos se pusieron de punta mientras cogía una toalla y miraba por encima del hombro. Pese a que no había nadie más, tenía la desagradable sensación de que la observaban. El miedo regresó con toda su potencia y le sacudió la piel como una tormenta ártica.