Las niñas del coro - Patricia Gibney - E-Book
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Las niñas del coro E-Book

Patricia Gibney

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Beschreibung

Allí se sentían seguras…, pero alguien quería acabar con ellas Se acerca la Navidad y la ciudad de Ragmullin está sepultada bajo un manto de nieve que ha obligado a cerrar las escuelas. Cuando la inspectora Lottie Parker recibe el aviso de que han encontrado el cuerpo de una niña junto a la catedral, teme que pueda tratarse de Willow Devine, una niña de ocho años cuya desaparición se ha denunciado esa misma mañana. Pero el cuerpo, envuelto en un sudario y con una partitura y un rosario entre las manos, pertenece a otra niña, Naomi. Antes de que Lottie pueda encontrar a Willow, el cuerpo de la niña aparece en el pesebre de la iglesia de Ragmullin. ¿Qué conexión había entre Willow y Naomi? Cuando otro niño desaparece, Lottie deberá enfrentarse a un asesino retorcido y despiadado para intentar salvarle la vida al pequeño.

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Seitenzahl: 610

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Las niñas del coro

Patricia Gibney

Libro 13 de la inspectora Lottie Parker

Traducción de Auxiliadora Figueroa para Principal Noir

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Lunes

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Martes

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Miércoles

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Jueves

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Viernes

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Epílogo

Carta de la autora

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos

Las niñas del coro

V.1: octubre de 2024

Título original: The Altar Girls

© Patricia Gibney, 2023

© de la traducción, Auxiliadora Figueroa, 2024

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2024

Todos los derechos reservados.

Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imágenes de cubierta: Freepik - CGCutout - fouziastock - wirestock - Nawa | Shutterstock - Aleksey Matrenin - faestock | Wikimedia Commons

Corrección: Gemma Benavent

Publicado por Principal de los Libros

C/ Roger de Flor, n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10

08013, Barcelona

[email protected]

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-10424-06-7

THEMA: FFP

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Las niñas del coro

Allí se sentían seguras…, pero alguien quería acabar con ellas

Se acerca la Navidad y la ciudad de Ragmullin está sepultada bajo un manto de nieve que ha obligado a cerrar las escuelas. Cuando la inspectora Lottie Parker recibe el aviso de que han encontrado el cuerpo de una niña junto a la catedral, teme que pueda tratarse de Willow Devine, una niña de ocho años cuya desaparición se ha denunciado esa misma mañana. Pero el cuerpo, envuelto en un sudario y con una partitura y un rosario entre las manos, pertenece a otra niña, Naomi.

Antes de que Lottie pueda encontrar a Willow, el cuerpo de la niña aparece en el pesebre de la iglesia de Ragmullin. ¿Qué conexión había entre Willow y Naomi? Cuando otro niño desaparece, Lottie deberá enfrentarse a un asesino retorcido y despiadado para intentar salvarle la vida al pequeño.

«Con más de dos millones de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»

The Times

El nuevo fenómeno del thriller internacional

Más de dos millones de ejemplares vendidos

Best seller del Wall Street Journal y del USA Today

Para Sonny Lambden,

mi nuevo y adorable nieto

Lunes

Capítulo 1

Willow Devine, de ocho años, no había visto tanta nieve en su corta existencia, y los dedos de los pies se le estremecieron de la emoción. Había nevado un día y una noche antes de que el hielo se asentase y, después, cayó más nieve sobre este.

Se puso el polar y se abrochó el abrigo de plumas de flores encima, luego se encasquetó el gorro y gritó por las escaleras:

—Mamá, voy a salir.

Acto seguido, abrió la puerta de golpe, bajó saltando los escalones de la entrada y derrapó hasta el césped inmaculado. A la pequeña le maravilló la profundidad de las huellas que dejaba a su paso. Qué divertido. Empezaba a amanecer, incluso a pesar de que el cielo siguiera más oscuro que luminoso, y se preguntó si le daría tiempo a hacer un muñeco de nieve. Puede que no. Mamá se enfadaba si no estaba preparada cuando la llamaba, y ella sabía que no era una buena decisión portarse mal las mañanas después de que esta pasara la noche fuera.

No le daba tiempo a hacer un muñeco de nieve, pero le sobraba para hacer un ángel. Saltó a una parte del césped en la que todavía no había dejado ninguna huella y se tumbó para subir y bajar los brazos y abrir y cerrar las piernas mientras notaba cómo los copos se le derretían en la boca abierta.

Casi se le congelaron las piernas del frío debajo de las finas mallas. Oh, oh. No había caído en la cuenta de que se las mojaría. Ya era demasiado tarde, aunque estaba segura de que mamá se enfadaría por eso. Pero ¿la nieve no le levantaría el ánimo? A veces, casi siempre, los adultos podían ser aburridos, pero seguro que la preciosa nieve blanca y mullida dibujaba una sonrisa incluso en el rostro más sombrío.

Mientras pensaba en caras largas, avistó a Harper, su hermana pequeña, en la ventana del dormitorio. Willow la saludó con la mano y la niña se dio media vuelta. Ya era hora de dejar la diversión y prepararse para ir al colegio. Uf.

Cuando se levantó con cuidado de no deshacer el bonito ángel de nieve, la pequeña vio a alguien abrigado y de pie junto a la verja de la casa que se encontraba al otro lado de la carretera. Levantó la mano para saludar, pero fuese quien fuese había desaparecido entre las sombras. Supuso que era un adulto, y los adultos eran criaturas extrañas. «Eso no es nada nuevo», pensó, y entró corriendo.

Capítulo 2

El interior de la ventana estaba tan helado que en cuanto el chico lo tocó, se le quedó el dedo pegado a él. Mientras analizaba las siluetas, pensó que parecían un tapiz de personajes y se descubrió inventando historias sobre ellos. Figuritas congeladas atrapadas en un millón de telarañas. ¿Acaso él no era una de ellas?

Estaba oscuro, así que no era fácil ver mucho del exterior, pero las luces del pueblo casi le permitían descifrar la espuma de la superficie de las olas y la escarcha sobre el césped repleto de cañas que rodeaba la caravana que se había convertido en su hogar.

Suspiró y abrió el libro. Ya lo había leído veintidós veces porque solo tenía tres. Ojalá tuviese más. Uno nuevo de cuentos. A lo mejor incluso hasta un Lego. Había hecho todo lo que había podido con lo poco que tenía. Echaba de menos jugar con sus Legos. Crear cosas con ladrillitos de plástico. Construir casas y ciudades e imaginar un mundo en el que pudiese vivir. Uno falso. Uno en el que sus padres se querían y no estaban divorciados. En el que tenía amigos con los que jugar. Alguien con quien hablar. Algún sitio donde no hiciera frío ni hubiera humedad, y donde no se congelara constantemente.

Las olas continuaron rompiendo mientras las lágrimas se resbalaban sin parar por las mejillas pálidas del niño para instalarse en las comisuras de sus labios resquebrajados.

Capítulo 3

A pesar de que se hubiera hecho un buen pronóstico de la gran helada y hubiesen decretado la alerta naranja por hielo, cuando llegó el mal tiempo nadie estaba preparado. Las carreteras parecían una pista de hielo después de la nieve que había caído la noche anterior seguida de la lluvia helada; los motores de los coches se paraban y las lunas se resquebrajaban bajo el agua hirviendo de las teteras eléctricas. Las fracturas y roturas desbordaban las urgencias de los centros médicos. Se había advertido a los ancianos de que se quedaran en casa, pero la madre de Alfie le había comentado que nadie podía decirle a un octogenario qué hacer. Solo tenía que mirar a su abuela. El chico sonrió. Ella solía hacer lo contrario a lo que le pedía todo el mundo con una sonrisa sibilina en la cara.

Aunque a él, en realidad, aquello no le molestaba nada. Iba de camino al ensayo del coro. Mamá le había dicho que no podía perdérselo. Era su gran oportunidad de destacar. Una actuación solista en la catedral en Nochebuena. Debía practicar hasta el último minuto que Dios le brindase. Todavía faltaban dos semanas, pero ya se sabía todas las notas y había memorizado las frases en latín de uno de los cánticos sin comprender ni una palabra. Su madre le había comentado que la práctica hacía al maestro, y para su Alfie solo bastaba la maestría. «Cualquiera diría que tengo dos años en lugar de casi doce», pensó.

Las palabras de la mujer resonaron en sus oídos cuando empujó la puerta de la sacristía antes de girarse para despedirse de ella con la mano mientras esta se alejaba en coche. El chico dio por hecho que le había devuelto el gesto, pero la manta de nieve que azotaba en diagonal el camposanto teñido por la luz amarilla del muro exterior le nublaba la visión.

El frío helador que tenía en la calle desapareció en cuanto entró en la catedral climatizada. Luego, se quitó de un tirón el gorro de canalé —«lo tejió tu abuela, así que no lo pierdas»— y se lo metió en el bolsillo. Un radiador hizo clic y clac en algún lugar cerca de allí mientras avanzaba por el santuario en silencio.

—Mmm. ¿Dónde está todo el mundo? —susurró mientras se sentía como Kevin en Solo en casa.

Casi nunca era el primero en nada, incluso a pesar de que su madre se esforzaba al máximo con él y trabajaba muchas horas, por lo que no siempre resultaba fácil, pero, al parecer, esa noche era el primero en llegar.

Entonces, echó un vistazo a su alrededor. El padre Maguire no se encontraba sentado en el órgano; de hecho, la tapa estaba bien cerrada. Las luces resplandecían brillantes tras el altar y el asfixiante olor a incienso flotaba en el aire.

—¿Hola?

Su voz volvió a resonar en el silencio cavernoso. ¿Se había equivocado de tarde? Cabía esa posibilidad, pero mamá era como un reloj en lo que a los ensayos del coro respectaba, y eso que nunca acertaba cuando en verano se trataba del fútbol.

Ni siquiera estaban por allí Naomi y Willow, las dos lameculos, y ellas solían llegar antes que él.

Al final, atravesó de nuevo el santuario para volver a la sacristía. El viejo radiador de hierro seguía emitiendo ruiditos metálicos en la esquina a lo lejos cuando abrió la puerta maciza y salió a la ventisca. Tendría que ir andando hasta casa. Si su madre le hubiera permitido tener un teléfono móvil igual que sus amigos, podría haberla llamado para que lo fuera a recoger. Aunque no estaba tan lejos para ir a pie. Su apartamento estaba atravesando Main Street y al final de Gaol Street, junto al nuevo juzgado.

No se encontraba lejos en absoluto. Si no se caía en el hielo, claro. Además, la nieve podía retrasarlo un poco.

Alfie volvió a taparse bien las orejas con el gorro. Estaba a punto de regresar a casa cuando alguien apareció tras él. Alfie se giró sobre la almohadilla de los pies, listo para volverse y ver de quién se trataba. No estaba asustado. Ya tenía casi doce años, y los chicos de doce años eran más valientes que los de once, ¿no? Aun así, un poquito de inquietud se deslizó por su nuca, debajo de la lana del gorro y la bufanda de punto, para instalarse a lo largo del cuello de la camiseta de la selección de rugby irlandesa.

Al final, el muchacho se dio la vuelta mientras contenía la respiración.

—Ay, señora Coyne, es usted. —Y una sensación de alivio lo inundó igual que si hubiera explotado una presa. Acto seguido, sonrió a la anciana—. No debería estar fuera con este tiempo. Mi madre dice que hace tanto frío que uno puede congelarse. Usted no quiere eso, ¿verdad?

La mujer negó con la cabeza y unas gotitas salieron disparadas por el aire helado cuando agitó los rizos canosos. Luego, se ciñó el abrigo abierto por el pecho con una mano tensa y señaló detrás de la iglesia con la otra. Tenía los ojos como platos. «Como balones de fútbol», pensó. Estúpida vieja bruja.

—¿Qué ocurre, señora Coyne? ¿Ha perdido algo? ¿Quiere que vaya a echar un vistazo? Puedo hacerlo, pero, ya sabe, hace tan mal tiempo…

La voz se le apagó poco a poco cuando la anciana lo apartó a un lado de un empujón. A un paso que parecía incluso más estable que el suyo, la mujer casi echó a correr por el camposanto y desapareció en la ventisca.

Alfie trató de seguirla mientras negaba con la cabeza. Ya se estaba resbalando y deseó haberse puesto las botas Timberland. Algo en los ojos de la anciana lo había asustado. Mamá decía que la señora Coyne trabajaba en el despacho de la iglesia antes de convertirse en la adulta acompañante del coro. «Ya no tiene la cabeza como antes», añadió. Pero ¿qué hacía fuera en medio de una tormenta de nieve?

En ese instante, volvió a echar un vistazo a donde había señalado la mujer. Llevaba la curiosidad en los genes. El resto de niños llamaban a su madre metomentodo. Eso fue después de la vez que le contó a su vecina, la señora Walsh, que su marido estaba abajo en el Cafferty con una muchacha a la que le doblaba la edad. Alfie sonrió al pensar que tuvo gracia la forma en la que la señora Walsh le gritó a su madre, pero luego frunció el ceño. Lo que hizo su madre no había estado bien, ¿verdad?

Aun así, le picó la curiosidad y siguió las huellas de la señora Coyne mientras se desvanecían rápidamente bajo la nevada.

Detrás de la catedral estaba oscuro; la única luz que había era la que procedía de la ventana de vitral de la sacristía, que lanzaba sombras multicolores a la nieve blanca.

Entonces, el chico vio lo que había asustado a la señora Coyne. Al principio, quedó fascinado por la imagen, pero luego pensó que debería gritar. Aunque, sin saber cómo, el aullido se le atascó en la garganta, y de la boca solo le salió un ladrido quedo que recordaba al de un cachorro. El aliento que exhaló coloreó el aire a la luz de la ventana de la sacristía mientras oía unos pasos que giraban la esquina tras él.

En ese momento, al fin gritó.

Capítulo 4

Aquella no era la forma ideal de pasar una noche gélida. Pronto darían las ocho de la tarde, los radiadores del despacho volvían a estar estropeados y la escarcha resplandecía en el interior de la ventana. La inspectora de policía Lottie Parker se ciñó la bufanda del Liverpool FC alrededor del cuello y se sopló en los dedos, que los tenía como los de un muerto.

—Cuando piensas en la fortuna que se gastó en reformar el edificio —comentó—, podrían haber aumentado el presupuesto para mejorar el sistema de calefacción.

—Siempre pasa lo mismo con el clima extremo —le contestó el detective Larry Kirby—. Ponte el abrigo, así no cogerás frío.

Entonces, la mujer se dio cuenta de que su compañero estaba envuelto en un gran abrigo de plumas.

—Eso no me servirá de nada cuando tenga que salir —le respondió ella al recordar uno de los muchos dichos antiguos de su madre, antes de que Rose desarrollara demencia. Aún tenía algunos días buenos, pero cada vez eran menos. A menudo, la anciana habitaba un mundo que Lottie no era capaz de entender. Se le rompía el corazón al pensar en su madre y en su hija de veinte años, Chloe, quien había aceptado vivir con ella. Solo a corto plazo, le recordaba la chica con frecuencia.

La epopeya en curso con su madre era una de las razones por las que la inspectora se zambullía de lleno en el trabajo. Además, había otro motivo para que siguiera en el despacho aquella fría noche. Un poco antes ese mismo día, habían informado de la desaparición de una niña de ocho años: Willow Devine. En ese momento, echó un vistazo a la fotografía de la pequeña. Tenía la cabeza echada hacia atrás de la risa, le faltaban dos dientes de delante y el aire le revolvía el cabello rubio. Maldición.

—¿McKeown ha visto algo en las imágenes de las cámaras de videovigilancia de la escuela?

Aunque fuera insoportable, Lottie dependía del detective Sam McKeown para ese tipo de labores. Aun así, seguía intentando que volvieran a asignarlo a la comisaría de Athlone, pero hasta entonces la comisaria Deborah Farrell se había resistido. Aún tenía que descubrir por qué la jefa había defendido al detective.

—De momento, nada. El director del colegio ha enviado un mensaje de texto a todos los padres hacia las ocho de esta mañana para decirles que no iban a abrir, pero la madre de Willow dice que no lo ha visto hasta que ha vuelto a casa después de dejar a su hija en la callejuela que lleva al colegio. Eso ha sido a las nueve menos veinte, más o menos. Según ha dicho, para cuando ha visto el mensaje y ha vuelto, ya eran casi las nueve y no había ni rastro de la niña.

—No entiendo cómo no se ha dado cuenta de que no había nadie más por allí antes de abandonar a su niña en la puerta.

—Ahí ha sido un poco dura, jefa. La hermana de Willow, Harper, que tiene tres años, estaba montando un numerito en el coche en ese momento, así que estaba distraída.

—Eso según ella.

Lottie se recostó en su asiento, estiró los brazos y, al bostezar, tragó aire colmado del aroma rancio de unos nuggets de pollo de McDonald’s. ¿Había, aunque fuese una hora al día, en la que Kirby no estuviera comiendo?

Había sido un infructífero día de callejones sin salida. La niñita parecía haber desaparecido de golpe. En medio de una ventisca.

Casi se cayó de la silla cuando volvió a estirarse y esta se movió. Entonces cayó en la cuenta de que tenía ruedas y que en realidad se encontraba sentada en el escritorio de Boyd. El sargento se había tomado unos días libres. Otra vez. Seguía concentrando su energía cada vez más menguada en buscar a su hijo de ocho años. Su exmujer, Jackie, se lo había arrebatado hacía más de tres meses y no se había producido ningún avistamiento fiable de ninguno de los dos desde entonces. Lottie sabía que aquello lo estaba comiendo por dentro.

—¿Jefa? —Kirby masticó algo que la mujer habría clasificado como incomestible—. Vete a casa.

—¿Por qué no te vas tú a casa? —El largo día insufló el mal humor en su tono—. Estoy segura de que a Amy no le gusta que te pases todo el día y toda la noche fuera.

—Ayer por la noche tuve que volver a llevarla al hospital de rehabilitación en Dun Laoghaire.

—Ay, ¿ha tenido alguna complicación?

En agosto, una asesina demente le infligió a la nueva novia del detective unas heridas terribles que resultaron en una pierna gravemente rota. Lottie no contaba con las agallas de preguntarle por el tormento mental que la joven debía de estar pasando.

Kirby suspiró, se limpió las manos grasientas en los pantalones y luego se dio unas palmaditas nerviosas en el bolsillo de la camisa para buscar el puro que guardaba ahí.

—La pierna le causa muchísimo dolor y el frío lo empeora. Ha llegado al punto en que todo el progreso que ha logrado corre peligro de revertirse. La ingresarán allí una semana para ver qué se puede hacer.

—Qué duro.

Al hombre se le dibujó una sonrisa triste en la cara.

—Podría ser mucho peor. —Entonces, volvió a darse unos toquecitos en el bolsillo y dejó una mancha en el algodón rosa—. ¿Voy a hablar con la madre de Willow?

Antes de que Lottie pudiera responder, sonó el teléfono del escritorio de Kirby y, por el cambio en la expresión de su cara, supo que no se trataba de buenas noticias.

Cuando colgó, la mujer dijo:

—¿Amy?

—No, pero tenemos un cadáver. Todo esto se está convirtiendo en un infierno, jefa —anunció el detective mientras se frotaba los ojos con unos dedos largos y manchados de nicotina—. Es una niña.

La inspectora cogió la chaqueta acolchada negra de su despacho mientras un hormigueo de terror tocaba una canción fúnebre en cada vértebra de su columna y empezó a temblar de manera incontrolable. Aquello iba a ser malo.

Ya hacía mucho tiempo que la religión institucionalizada había disminuido su fe en Dios, pero, de todas formas, rezó una oración en silencio para no estar a punto de entrar en una escena del crimen con el cuerpo de Willow Devine, de ocho años, en el centro.

Sorprendentemente, sus oraciones tuvieron respuesta.

* * *

Hacía calor en su apartamento, pero, aun así, Mark Boyd se había envuelto en una manta polar con el dibujo de un personaje de Lego tejido en la cara exterior. Se la compró a Sergio cuando se lo trajo a vivir con él desde España a finales de junio. Cuando llegó, el pequeño se quejó del frío de Ragmullin, y eso que el clima era templado. Lo que su hijo echaba de menos era el calor mediterráneo. El mismo hijo cuya existencia ignoró durante los primeros ocho años de su vida. Todo por la sádica de su exmujer. La misma zorra que se había vuelto a llevar al niño y se había desvanecido sin dejar rastro.

Cada hora que pasaba despierto rastreaba páginas web, foros de internet, canales de redes sociales, cualquier puñetera cosa para intentar dar con Sergio. Se había recorrido todo el país a pie tratando de encontrarlo. Se había determinado que no habían salido de Irlanda. Bueno, no mediante medios legales. Su fuente en la policía de Málaga también estaba buscando por allí, pero por el momento no había dado con nada.

Caminó hasta la ventana, levantó la persiana y se ciñó la manta alrededor del cuerpo todavía más. Vio que, fuera, la nieve que acababa de caer había cubierto la calle. Esperó que el mal tiempo mantuviera el índice de criminalidad bajo. Normalmente, era así. No tenía tiempo para ir detrás de criminales cuando quería perseguir a su exmujer.

Después de tumbar al detective McKeown, lo suspendieron durante un mes. Su excusa de que el cabrón se lo merecía no se sostuvo ante la ira de la comisaria Farrell. Durante aquel mes se había dedicado a buscar, pero en vano. Después de aquello, cogió días de aquí y allí y recorrió las carreteras sin un rumbo fijo. En ese momento, se encontraba en un permiso de tres días. Lottie no iba a tolerar sus ausencias mucho más. En especial si aparecía un caso importante.

Si eso pasaba, tendría que pensar en algo, pero de momento su hijo consumía hasta el último de sus pensamientos. Sería un largo invierno si no lo encontraba.

Mientras contemplaba por la ventana cómo la ventisca ganaba fuerza, esperó que, estuviese donde estuviese, Sergio no tuviera frío.

Capítulo 5

El cuerpo de la pequeña parecía el de un ángel. Se confundía con la tierra, y la nieve que caía le rozaba la piel como si se tratara de suave algodón. Llevaba un vestido fino y blanco bañado por un brillo níveo, y le habían desplegado el largo cabello negro alrededor de la cabeza de manera que parecía un halo oscuro. Las manos le descansaban sobre el pecho con los deditos entrelazados como si se hubiera quedado dormida mientras rezaba. A primera vista, Lottie no fue capaz de localizar ninguna herida visible, pero el vestido podía ocultar una multitud de horrores.

Parecía encontrarse en paz. La piel blanca recordaba a un huevo de Fabergé: frágil y surcada por venitas azules que daban la sensación de que se las habían pintado. Bajo aquella capa exterior yacían los secretos de lo que le había sucedido. La pequeña tenía los ojos cerrados. Bien. La inspectora no quería que una niña a la que habían fallado todos los que la conocían le dedicase una mirada acusatoria. En ese momento, un diminuto copo de nieve aterrizó en las largas pestañas oscuras de la chiquilla y titiló, pero no se derritió. «Son minúsculas estrellitas de nieve», pensó Lottie.

—No es Willow.

Ni siquiera podía sentirse aliviada porque no fuera la pequeña. Aquella era otra niña, morena en vez de rubia, y dentro de poco tendría que llamar a la puerta de un padre que no sospechaba nada; la parca con sus noticias fatales. Pero ¿por qué nadie había informado de la desaparición de esa niña?

La inspectora se agachó mientras se quitaba el guante de lana empapado y tocó la mejilla de la niña. Fría como el hielo. ¿Cuánto tiempo llevaba tumbada detrás de la catedral sin que nadie la hubiese descubierto? ¿Cuánto hacía que había muerto? Esas preguntas eran para la patóloga, pero Lottie quería las respuestas de inmediato. Una ola de rabia amenazó con superarla, así que inhaló el aire frío de la noche y el aroma a muerte le llenó los pulmones.

—No deberías haber hecho eso —comentó Kirby.

—¿El qué?

—Tocarla sin los guantes de protección.

La mujer se tragó la réplica airada.

—¿Dónde está la policía científica? ¿Por qué los agentes no se encuentran bajo una tienda? Necesitamos conservar las pruebas, si es que hay alguna.

La mujer deseó ir a buscar una manta al maletero del coche y envolver a la pequeña con ella para protegerla del frío. Las lágrimas se le estaban helando en los rabillos de los ojos, y se las secó enseguida. Casi nunca lloraba en una escena del crimen, pero, Señor todopoderoso, era una niña. Entonces, echó un vistazo al cielo para ocultar su pena y notó que un ligero copo de nieve se deslizaba sobre su rostro.

Al final, recobró la compostura y miró a su alrededor como una loca.

—¿Quién la ha encontrado?

El agente Lei se hallaba en el perímetro de la zona protegida acordonada con prisa y dio un paso adelante.

—Un chico. Alfie Nally. Llegó al ensayo del coro sin saber que se había cancelado. Está con su madre en la sacristía. El pobre chaval está conmocionado. El padre Maguire les ha preparado un té y…

—Vale, vale, agente Lei. Asegúrate de que todo está protegido aquí fuera hasta que llegue la científica. Quiero saber quién es la pequeña, cómo acabó y cuánto lleva aquí, y me muero por saber cuándo y cómo murió. Luego, quiero al cabrón que ha hecho esto entre rejas.

—¿La han asesinado?

—Es muy probable.

La forma en que la niña se hallaba tumbada en el suelo no era una casualidad. Alguien la había colocado ahí de esa manera.

Intentó volver a ponerse el guante a la fuerza, admitió la derrota, se lo metió en el bolsillo y rodeó el lateral de la iglesia junto a Kirby.

Lottie no fue capaz de acoger la ola de calor que salió del interior del lugar cuando empujó la puerta maciza. Tenía el corazón lleno de una ira roja por la muerte de la niña. Quería arremeter contra alguien, algo, lo que fuera. En ese momento, notó la mano de su compañero en la espalda y agradeció el roce. Sería mejor si Boyd estuviera con ella, pero él ya tenía sus propios problemas.

Un chaval, puede que de once o doce años, se encontraba acurrucado sobre la rodilla de una mujer. Su madre, presumiblemente. Parecía un poco mayor para estar ahí sentado, pero la conmoción por lo que había descubierto debía de ser enorme. Un cura revoloteaba junto a ellos con una tetera de plata ya inútil en la mano. Llevaba el cabello negro como el carbón peinado hacia atrás para despejarse los ojos y resultaba la viva imagen de un Robert de Niro más joven. Calculó que tendría más o menos su edad, cuarenta y tantos. Vestía un jersey negro de cuello vuelto, unos pantalones de pana tostados y unas zapatillas de estar en casa azul marino empapadas le calzaban los pies.

—¿Padre Maguire? —inquirió Lottie.

El cuerpo del hombre se relajó de forma notable y los ojos le brillaron con alivio.

—¿Sí?

—Inspectora Lottie Parker.

—Gracias a Dios que está aquí. Es una tragedia de proporciones bíblicas. Una absoluta pesadilla. —Entonces, pareció darse cuenta de algo—. El pobre Alfie ha sufrido una conmoción terrible. ¿Pasaría algo si su madre se lo lleva ya a casa?

El hombre soltó la tetera en una mesa estrecha tras él mientras la inspectora ocupaba su lugar junto a la madre y el hijo afligidos. Después se arrodilló en el suelo de madera con un crujido de las rodillas y los tobillos y posó una mano sobre la del chico. Estaba helado hasta los huesos.

—Hola, Alfie, me llamo Lottie.

—Necesita un baño caliente y el abrigo de su cama. Queremos irnos a casa, por favor.

Lottie alzó la vista hasta los ojos afligidos de la madre del joven.

—Señora Nally, yo…

—Jacinta.

La mujer parecía rondar los treinta y pocos, tenía la piel perfecta, el cabello recogido bajo un gorro de lana gruesa y unos rizos pelirrojos yacían pegados a las mejillas surcadas de lágrimas.

—Necesito hacerle unas cuantas preguntas a Alfie y luego podrán marcharse. ¿Les parece bien?

—Lo que sea con tal de irnos de aquí. Es demasiado traumático para él.

—¿No estaba al tanto de que se había cancelado el ensayo del coro?

—La red telefónica ha estado fuera de servicio durante un rato y, en cuanto me ha entrado el mensaje, he venido directamente en coche. Tendría que haberme esperado con él, pero estaba cansada después de un largo día de trabajo y necesitaba una ducha y… Lo siento.

El sacerdote dio un paso adelante. Con las manos ya libres, posó una en el hombro de Jacinta con delicadeza.

—No te fustigues por eso. Son cosas que pasan. Debería haber enviado el aviso antes, pero el tiempo había amainado y luego ha vuelto a empeorar.

—¿A qué hora lo ha mandado? —preguntó Lottie.

—A las ocho menos veinticinco.

—No se me pasó por la cabeza que el coro pudiera suspenderse —añadió la mujer—. Aunque debería haberlo imaginado, teniendo en cuenta que el colegio se ha cancelado esta mañana.

En ese momento, la inspectora le dio un apretón a Alfie en la mano y este alzó la vista hasta ella; las pecas que le cubrían la nariz y la frente le recordaron a las galletas de jengibre. Estaba tiritando bajo el abrigo de plumas que llevaba encima de una sudadera con capucha negra; le temblaban hasta los párpados. Se había empapado los pantalones de chándal grises hasta las rodillas y le caían gotas de nieve derretida de las zapatillas de deporte al suelo.

—Alfie, esto es algo horrible para ti, pero necesito hacerte varias preguntas para poder descubrir qué le pasó a la pequeña. ¿Crees que eres capaz de hablar conmigo? Un minuto o dos y ya está.

El chico asintió lentamente con el cabello pelirrojo pegado al cuero cabelludo. ¿Sudor o nieve? Ni idea.

—¿Por qué estabas fuera, en la parte trasera de la catedral, Alfie?

—Fue culpa de la señora mayor. Ha girado la esquina corriendo. Yo solo he ido a ver por qué se había asustado.

—¿Qué señora mayor?

—La señora Coyne —contestó—. Ni siquiera se había abrochado los botones del abrigo. Estaba nevando con fuerza y el suelo estaba helado. Es mayor.

Lottie echó un vistazo a Jacinta, que miró al padre Maguire.

Entonces, el cura intervino.

—Betty Coyne trabajaba para nosotros en el despacho de la parroquia. Básicamente, contestaba el teléfono, pero se jubiló hará unos cinco años después de una apoplejía. Se veía superada. Ahora me ayuda como adulto acompañante en el coro.

—¿Qué edad tiene? —preguntó la inspectora a sabiendas de que los niños pensaban que cualquiera de más de dieciocho años era anciano.

—Diría que setenta y muchos.

Más o menos como la madre de Lottie, a quien le daría un infarto cerebral si alguien la llamaba vieja.

—¿Sabe dónde vive la señora Coyne?

—En John’s Terrace. Puedo darle la dirección completa.

—Gracias. ¿Hay alguna razón para que estuviese paseándose por aquí a esa hora de la tarde?

«Y durante una tormenta de nieve», pensó, pero no lo dijo.

—Imagino que no debió de recibir el mensaje a tiempo por el problema con la red telefónica.

Lottie devolvió la vista al chico.

—Alfie, ¿puedes contarme qué pasó después de que fueras detrás de la iglesia?

—Estaba oscuro, pero había una luz que brillaba en esa ventana. —Y señaló con la cabeza la enorme figura de vitral al final del muro—. Hacía que la nieve pareciese un arcoíris en el suelo. Luego la he visto. Tumbada en el arcoíris. —Entonces, sollozó, se pasó la mano por debajo de la nariz y la mujer se dio cuenta de que tenía las uñas mordidas y los labios agrietados—. Creía que estaba haciendo el tonto. Ya sabe, jugando a hacer ángeles en la nieve. Pero no se movía.

—¿Te has acercado directamente a ella?

—No demasiado. No la he tocado ni nada de eso. Solo la he mirado y… y luego mamá ya estaba aquí.

—Eso es —comentó Jacinta—. He vuelto corriendo y primero he echado un vistazo aquí dentro para buscarlo. Luego he salido y he encontrado a mi pobre niño ahí de pie, y la pequeña Naomi solo…

—¿Naomi? —preguntó Lottie.

—Sí, la… la niña fallecida es… era Naomi Kiernan. Ay, Dios, qué pesadilla.

Jacinta comenzó a temblar entre sollozos y se aferró a su hijo con más fuerza.

—Ya pasó —intervino el padre Maguire—. Voy a preparar más té.

—No, gracias, padre. Quiero llevarme a mi hijo a casa. —Y los ojos inundados de lágrimas de la mujer lanzaron una súplica a la inspectora.

Pero ella deseaba más información sobre la pequeña, así que preguntó:

—¿Naomi formaba parte del coro?

—Sí —contestó el sacerdote—. Vive en Carberry Grove.

—Jacinta, ¿la conoce a ella o a su familia?

—No mucho. Por favor, ¿podemos irnos ya?

—De acuerdo —cedió Lottie—. Voy a necesitar su dirección y su número de teléfono. Mañana tendremos que continuar con más preguntas. El detective Kirby les acompañará a su coche. Que duermas bien, Alfie.

Aunque en el fondo sabía que, posiblemente, el chico no volvería a dormir bien en su vida.

Capítulo 6

El padre Maguire empezó a apilar las tazas en una bandeja armando bastante jaleo.

—Esto debe de ser duro para usted —le comentó Lottie—. ¿Cómo ha acabado aquí con Jacinta Nally y su hijo?

—He oído un grito. Estaba en mi dormitorio, en la primera planta. —Y señaló a su izquierda para apuntar a la casa del cura, en el edificio contiguo—. Tenía la ventana un poco abierta; el sistema de calefacción es antiguo y parecía un invernadero.

—Nosotros también tenemos uno disfuncional en la comisaría. ¿Cuánto tiempo lleva aquí en Ragmullin, padre Maguire?

—Dos años. Antes trabajaba en el noroeste.

—Entonces está muy lejos de casa.

—No demasiado. Mi familia vive justo a las afueras. Yo nací en Gaddstown.

—¿Es poco común que le manden tan cerca de donde creció?

—En absoluto. El obispo me envió aquí y yo me alegré por el traslado.

—Lleva dos años aquí, pero ha mencionado que la señora Coyne dejó de trabajar para la congregación hace cinco.

—¿Me está interrogando, inspectora?

—Una niña pequeña ha aparecido muerta dentro del recinto de una iglesia, así que, sí, voy a tener que preguntarle a todo el mundo hasta que consiga respuestas. Dígame qué sabe sobre la señora Coyne.

—Tal y como he dicho, ejerce como adulto acompañante del coro. Eso le da algo que hacer. Desde la apoplejía, llama a la casa a menudo. Se confunde con facilidad, y de vez en cuando cree que sigue trabajando para nosotros. Uno de mis compañeros aquí, el padre Pearse, me puso al tanto de sus circunstancias.

Lottie se acercó con paso pesado a la vez que se arrepentía de no haber aceptado la oferta del té. A pesar del calor que hacía en la sacristía, tenía las manos y los pies entumecidos.

—¿Cuánto tiempo lleva encargándose del coro?

—Desde que llegué. En mi antigua parroquia hacía lo mismo. Para mí, resultó natural crear uno aquí.

—¿Es solo de niños?

—Sí, es un coro infantil.

—¿De qué grupo de edad?

—De ocho a doce años.

—¿Podría darme la información de contacto de los padres? Doy por hecho que tiene relación con ellos.

—Así es, pero tendré que pedirles permiso antes de compartir con usted sus datos personales.

La mujer estuvo a punto de discutir, pero sabía que él estaba en su derecho de negarse, a pesar de que hubiera aparecido una niña pequeña asesinada.

—¿Por qué se dedica a esto?

—¿Dedicarme a qué? ¿A enseñar en el coro?

—A ser cura.

—Qué pregunta más rara.

—Sígame el rollo.

Ella estaba pensando en su amigo, el padre Joe Burke. Ya le había ayudado en un caso de asesinato que terminó con el descubrimiento de los huesos de su hermano pequeño desaparecido y, en ese momento, se encontraba en un periodo sabático prolongado.

—¿Fue una visión de parte de Dios o un rayo que venía de los cielos?

Entonces, oyó a Kirby arrastrar los pies. No se había percatado de que había vuelto. Bueno, ¿y qué si sonaba con malicia? El padre Maguire le estaba tocando mucho las narices. Pero ¿por qué?

Acto seguido, el hombre soltó una carcajada que se extendió hasta sus ojos y se apartó el exuberante pelo oscuro de estos con unos dedos finos.

—¿Por qué se convirtió en policía?

—Mi padre era policía.

Ahora ella le estaba siguiendo el juego a él. Mierda.

—Podría decir que mi padre era cura y no me creería.

—¿Lo era?

«Venga ya», pensó.

—Sí, así es. Y mi madre fue su ama de llaves. Yo era el sucio secreto.

La mujer intentó recogerse la barbilla del suelo.

—¿En serio?

—En serio.

—Cualquiera pensaría que huiría a un millón de kilómetros de la Iglesia si ese hubiese sido el caso.

—Ah, lo intenté. El odio y la vergüenza fueron de la mano con mi llamada, pero no pude luchar contra ella. Alguna fuerza de ahí arriba me arrastró hacia la Iglesia y aquí estoy ahora.

—¿Hay algo, lo que sea, que pueda contarme y que ayude con este caso?

—Naomi era una niña dulce con una voz preciosa. Era un poco tímida, pero no había nada que llamase la atención como para señalarla como un blanco para un homicida. Lo siento, pero me cuesta pensar en condiciones. ¿Puedo ponerme en contacto con usted si se me ocurre algo que pueda ser de ayuda?

Lottie le entregó una tarjeta.

—Por supuesto, pero de todos modos tendremos que interrogarle de manera formal. Como testigo —añadió al ver que un destello de preocupación le pasaba a toda velocidad por el rostro.

—Está bien. ¿Puedo preguntar si hay alguna novedad sobre Willow Devine?

—¿Ella también es miembro del coro?

—Así es, y es una monaguilla muy dedicada. Naomi también ayuda en la misa. Willow es como un pequeño incendio descontrolado. Puede pasar cualquier cosa cuando ella está sirviendo. Le encanta tocar la campana de la eucaristía en cualquier momento que le apetezca. —Y sonrió—. Creo que le gusta crear caos, pero de una forma divertida.

Los pelitos de la nuca de Lottie parecían las cerdas de un cepillo de alambre.

—Una chica muerta y otra desaparecida tienen relación con esta catedral.

—Igual que más de la mitad de Ragmullin.

—Pero dos niñas de ocho años…

—Espero que encuentre a la pequeña Willow antes de que sea demasiado tarde.

En ese momento, la mujer notó que volvía a surgir la ira.

—¿Qué sabe de las dos niñas?

—Ni más ni menos que cualquier otra persona, supongo. No soy un secuestrador ni un asesino, inspectora. No hay necesidad de despilfarrar sus recursos con mi iglesia o conmigo.

—Seré yo quien juzgue eso.

Luego giró sobre sus talones y ya había salido por la puerta antes de que el silencioso Kirby supiera lo que pasaba. Tenía la clara impresión de que el padre Maguire sabía más de lo que había revelado. Por la mañana, lo primero que haría sería volver allí.

Capítulo 7

La responsable de la policía científica, Grainne Nixon, había llegado cuando Lottie salió de la iglesia. Entonces, se dio cuenta de que la escena del crimen ya se había visto comprometida por culpa de una sucesión de huellas de zapatos. Habían instalado las luces provisionales, y el cuerpecito lo cubría una tienda, que se estaba hundiendo por la nieve que en ese momento caía con fuerza.

Apenas se atrevía a mirar. Luego, llamó la atención de su compañera, y la agente de la policía científica agachó la cabeza en un gesto de respeto antes de entrar en la tienda y recopilar pruebas.

Parada fuera, junto a la solapa abierta, Lottie vio la figura congelada del interior y sintió que unas pequeñas esquirlas de su corazón se desprendían para atormentar su sangre con ira y tristeza. Se dio la vuelta cuando las lágrimas levaron anclas y surcaron sus mejillas como una riada. Cegada, se apoyó en el muro de la iglesia mientras los hombros le temblaban igual que un volcán a punto de entrar en erupción y, en aquel instante, apareció una sombra que oscureció el espacio que la rodeaba.

—Kirby, dame un minuto.

—Necesitas marcharte a casa, jefa.

—Necesito encontrar al cabrón que le ha hecho esto a una niña pequeña e inocente, eso es lo que necesito.

—No, esta noche no. Ya has tenido un largo día de trabajo.

Después, le posó las manos en los hombros, tiró de ella para abrazarla, y la mujer permitió su roce por la necesidad de sentir el calor de otro ser humano.

—Estaré bien dentro de un momento. —Y ella notó que la soltaba.

—Entonces no te vayas a casa. Ve a la de Boyd. Esta noche lo necesitas. —Y le dio un apretón en el hombro—. Y me apuesto lo que sea a que él también te necesita a ti.

No podía confiar en sí misma para hablar, pero negó con la cabeza.

—No, yo no necesito a Boyd y él a mí tampoco. Mis niños me necesitan más.

—Con el debido respeto, tus hijos son jóvenes prácticamente adultos.

—Sean solo tiene diecisiete años, no es adulto…

—Para. —Y sostuvo una mano en alto—. Hacía mucho tiempo que no te veía tan hecha polvo. Pasa algo de tiempo con Boyd. Entra en calor y que te dé un abrazo.

—¿Quién te ha nominado para ser mi ángel de la guarda?

Luego, intentó dibujar una sonrisa burlona y saboreó las lágrimas en sus labios.

—Sé cuándo alguien está sufriendo —respondió con aire pesimista.

—Vale, pero todavía nos queda trabajo que hacer. Consigue que la agente Martina Brennan se pase por casa de Willow Devine. Alguien debería estar con su madre cuando las noticias de la muerte de Naomi salgan a la luz. Y envía a alguien para que hable con Betty Coyne.

—Veré si puedo despertar a McKeown para eso.

La mujer levantó una ceja.

—Me refería a alguien sensible. Alguien con más tacto y compasión. Y tenemos que dar la noticia a los padres de esta pequeña. Después de eso, veré qué quiero hacer.

Antes de que Lottie y Kirby abandonasen el recinto de la catedral, tuvieron que abrirse paso entre la multitud de gente que se había reunido en la nieve junto al cordón exterior. Entre ellos, la inspectora avistó a Sinead Healy, la corresponsal de las midlands para la televisión nacional. No llevaba cámara ni un séquito mediático. Menos mal.

—Inspectora, ¿puede confirmar que ha aparecido el cuerpo de una niña?

—Sin comentarios por el momento.

Acto seguido, Lottie se ciñó la capucha alrededor de la cara y agachó la cabeza para conseguir pasar.

—Por lo que he oído, se rumorea que es Willow Devine.

La mujer se preguntó cómo demonios había comenzado ese rumor.

—Se llevará a cabo una rueda de prensa por la mañana —contestó con brusquedad—. Hasta entonces, no puedo confirmar nada.

Capítulo 8

Las luces de la urbanización Carberry Grove eran tenues, amarillas y teñían la nieve de un ocre que recordaba al pis. No había que esforzarse para ver que se trataba de una zona oprimida. En su tiempo, Lottie había estado en algunas casas deplorables, pero todavía no se había topado con una que pareciese un narcopiso por fuera mientras que por dentro estaba perfectamente bien. Limpia y ordenada. Con el suelo fregado. Olía a limón fresco. Habían limpiado las encimeras a fondo. El bebé estaba bañado y peinado, con el pelo todavía húmedo. Un pequeño pesebre de madera descansaba en el alféizar con unas figuritas de plástico y una cuna vacía. Todavía no había niño Jesús. Aquella era la única prueba cerca de la cocina de que era Navidad.

La madre de la niña fallecida les dejó pasar y se sentó a la mesa. No parecía preocupada ni molesta, solo cansada.

—Señora Kiernan, tiene la casa preciosa.

Trivialidades.

—Puede llamarme Ruth, y ya sé que fuera parece un vertedero, pero hago todo lo que puedo con lo que tengo.

La mujer acunó al pequeño entre sus brazos. Estaba delgada y llevaba el cabello negro con toques canosos en las sienes recogido en una trenza larga sujeta en el cinturón de los vaqueros de talle alto. A Lottie le pareció que tendría treinta y pocos, pero su piel le recordaba al cemento cuando se está secando, y las arrugas marcadas que le rodeaban los ojos delataban una vida dura hasta la fecha.

—¿Su marido está por aquí? —preguntó.

Algo sombrío cruzó sus ojos azul intenso.

—No, a no ser que haya salido de prisión.

—Ah. —La inspectora quiso morirse por no haber llevado a cabo una comprobación de la familia, aunque las cosas avanzaban muy deprisa cuando se encontraba un cadáver—. Lo siento.

—Yo no. Isaac está donde merece. El que peca, paga las consecuencias.

Resultaba una opinión rara para ser su esposa, pero ya obtendría información sobre Isaac Kiernan cuando volviera a la comisaría.

—¿Tienen novedades sobre él? —preguntó Ruth—. Porque si lo han soltado, no le digan dónde vivo. Nos mudamos aquí después de la sentencia y no quiero volver a ver a ese descarriado en mi vida.

No podían verse.

—¿Hay alguien a quien pueda contactar para que venga a quedarse con usted? No he venido por su marido, sino por su hija, Naomi.

—¿Naomi? ¿Por qué? ¿Ha hecho algo? Solo tiene ocho años, aunque puede parecer una adolescente cuando se pone insolente. —Y Ruth les brindó una sonrisa burlona—. Dejen que les diga que mi hija es un pedazo de pan. Les prometo que sea lo que sea lo que creen que ha hecho, no es cierto.

Tendrían que tratar el tema con tacto. Entonces, Lottie tomó aliento y exhaló.

—Ruth, lamento decirle que tengo unas noticias terribles. No hay una forma fácil de decir esto, pero esta noche se ha encontrado el cuerpo de una niña pequeña. Tengo razones para creer que se trata de Naomi.

La mujer pareció no inmutarse.

—No puede ser ella. La he visto esta mañana. Iba a ayudar a la misa de las ocho en punto. Es monaguilla. Luego tenía colegio. Debe de haber ido a casa de una amiga después de eso y luego al ensayo del coro. —Entonces, echó un vistazo al móvil que estaba cargando en la mesa, dio un toquecito a la pantalla resquebrajada y la hora apareció en unos números gigantes—. Ay, no, ¿ya es tan tarde? Santo Dios que está en los cielos, ya tendría que haber llegado a casa.

Lottie se dio cuenta de las tácticas que usaba Ruth para desviarse y no tener que enfrentarse a la horrible verdad.

—¿Naomi ha salido de casa sola esta mañana?

Decidió guardarse la información de que se había cancelado el colegio y se preguntó por qué la mujer no lo había mencionado, aunque era evidente que se encontraba en un estado de incredulidad.

—Tengo dos hijos más y, en el mejor de los casos, el coche funciona cuando le da la gana, además, ¿ha visto cómo está el tiempo ahí fuera? Así que, sí, se ha ido sola. Normalmente va andando al colegio directamente desde la catedral. —Entonces, se le cayó la careta del rostro cansado y se vio reemplazado por una expresión imposible de leer. ¿Miedo o enfado?—. Pero debería haber llegado a casa hace un siglo. Tiene que haberse ido con alguna amiga. Está bien, ¿verdad? —Y el niño en brazos de Ruth chilló cuando su madre lo estrujó con demasiada fuerza—. ¡Díganme que está bien!

—Lo siento, Ruth. Tiene que creerme, hemos encontrado el cuerpo de Naomi. Lo siento de veras, pero…

—No, no, no. ¡Pare! Fuera. Ya.

La mujer se levantó de un salto a la vez que empezaba a ser consciente de lo que sucedía y movió la cabeza de izquierda a derecha en numerosas ocasiones mientras el bebé que tenía en brazos lloraba de forma descontrolada.

La inspectora escuchó otro sonido, un lamento agudo que salió de debajo de la mesa. En ese momento, se agachó y vio a una niña pequeña de unos cuatro años vestida con un pijama de algodón hecho jirones y formando un ovillo en el suelo, con los brazos abrazándose las rodillas y los ojos cerrados con fuerza.

—¡Bethany! Para. Vete a tu dormitorio. ¡Ahora mismo!

La niña se apresuró a salir a gatas y entró de un salto en el vestíbulo para luego subir las estrechas escaleras como un rayo acompañada del crujido de estas.

Por fin, los chillidos del bebé disminuyeron, Ruth paró de dar vueltas y su voz perdió la histeria que había mostrado hacía un momento.

—Dígame, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está?

—Siéntese, Ruth. El detective Kirby puede prepararle una taza de té.

La mujer miró al policía con los ojos entornados, y este se dirigió a Lottie encogiéndose de hombros, como si no hubiera preparado la infusión en su vida.

—No quiero té —dijo Ruth, más tranquila ya. Demasiado tranquila—. Díganme por qué están aquí de verdad. ¿Tiene que ver con Isaac?

La frialdad de su tono podría tratarse de una fachada elaborada y perfeccionada a lo largo de los años en que había tenido que lidiar con su marido, así que la inspectora le contestó con suavidad.

—No, solo tiene que ver Naomi. Necesitaremos que haga una identificación formal, Ruth, pero me temo que estamos seguros de que el cuerpo pertenece a su hija. La han descubierto tumbada en la nieve tras la catedral alrededor de las ocho de la tarde y…

—¿Las ocho? No… No puede ser ella… Está equivocada. No es mi pequeña.

—Lo siento, Ruth. Enviaré a un agente de enlace con la familia para que se quede con usted, aunque puede que para cuando consiga a alguien ya sea por la mañana.

Lottie se estrujó el cerebro y se preguntó cómo lidiaría la detective Maria Lynch con estas noticias, aunque siempre podría volver a contar con Martina Brennan para eso. Mierda, ya había pedido que fuera con la familia de Willow Devine.

—No necesito a nadie que me coja de la mano. La chica de la que están hablando no es mi hija.

La inspectora negó con la cabeza, agotada, sin saber cómo convencer a la mujer. Decidió cambiar de estrategia.

—¿Le ha llegado un mensaje a las ocho de la mañana para decirle que hoy el colegio permanecería cerrado debido al mal tiempo?

—¿Cómo me iba a llegar? El teléfono lleva muerto todo el día y acabo de acordarme de cargarlo. Aquí hay dos niños de los que cuidar, así que no tengo tiempo para estar con el dichoso móvil.

—¿Y no ha sabido nada de Naomi en todo el día?

—No. Ella no tiene teléfono. El dinero apenas me llega para alimentarles. El pecador de mi marido me dejó en la miseria.

—Pero ya son más de las diez, ¿no estaba preocupada?

—No… No me he parado a pensar. Bethany no se encontraba bien hoy, así que he estado cuidándola, y Jacob también es un trasto.

El cerebro de Lottie captó enseguida los nombres bíblicos, pero decidió ignorarlos por el momento.

—Su hija se ha marchado esta mañana temprano y no ha vuelto a casa, ¿pero no estaba nada preocupada?

—¡Esta tarde tenía ensayo con el coro!

—Así que ha servido en la misa de la mañana, luego tenía que ir a clase y después al ensayo del coro por la tarde. ¿Qué iba a hacer entre el colegio y el coro…? Que, por cierto, también se ha cancelado.

—¡Se lo he dicho! Suele ir a casa de una amiga.

—¿Qué amiga?

—No me acuerdo. ¿A qué vienen todas estas preguntas? ¿Qué es esto? Me dice que mi hija está muerta y luego me hace el tercer grado.

Lottie no iba a dar su brazo a torcer.

—¿Era propio de Naomi no volver a casa en todo el día?

—Era normal cuando tenía cosas que hacer.

—Solo tiene ocho años.

La inspectora apretó los puños sobre el regazo y deseó no haber sonado tan cortante, pero, Dios, estaba enfadada.

—No tiene teléfono ni manera de contactar con usted. Cualquier madre se habría preocupado a esta hora de la noche, pero parece que usted no.

—¡No me diga cómo criar a mis hijos! No sabe nada de mí ni de mi familia. Somos gente temerosa de Dios, aunque…

—¿Aunque qué?

—Jamás consideré que Él fuera a quitarme a uno de mis niños.

—¿De quién habla?

—No lo entendería.

—Póngame a prueba.

—Cuando Isaac pecó, creí que Dios nos había dado la espalda. Por eso Él se ha llevado a Naomi.

A Ruth se le quebró la voz y comenzó a tragar saliva con fuerza.

Lottie pensó que se estaba engañando. O puede que se encontrase en shock. Sí, tenía que atribuírselo a la conmoción.

—¿Qué hizo Isaac para acabar en la cárcel?

—Usted es la inspectora, averígüelo.

Lottie se quedó estupefacta. Acababan de informar a Ruth de que su hija estaba muerta y tenía una mueca de desdén en el rostro. Definitivamente, se trataba de un estado de shock, así que no era el momento de hacerle preguntas más minuciosas.

—Ahora vamos a marcharnos, pero volveremos mañana. ¿Está segura de que no necesita que alguien la acompañe esta noche? ¿Hay alguien con quien pueda ponerme en contacto de su parte?

—Ya no hay nadie. Y no quiero uno de esos agentes como se llamen. Me gustaría que me dejaran sola. —Y enterró el rostro en el cabello de su hijo.

Mientras salía detrás de Kirby por el vestíbulo en dirección a la puerta de entrada, Lottie creyó oír un lamento en la planta de arriba. Sonaba como si viniera de un lugar oscuro y hueco, y nunca se sintió tan aliviada de salir a una ventisca.

* * *

Ruth fue a buscar a Bethany una vez Jacob estuvo tranquilo, tumbado en el suelo del salón y sujetando un biberón con la boca.

Había oído a su hija mediana golpear la puerta de su dormitorio mientras calmaba al bebé y puso toda su voluntad en cada partícula de autocontrol para no subir las escaleras corriendo. Luego, dio con lo que necesitaba en el cajón de la cocina y fue a la planta de arriba.

—Bethany Magdalene, más te vale no estar fuera de esa caja. Voy a por ti.

Entonces, llegó al descansillo cuadrado y se golpeó el muslo con la cuchara de madera antes de entrar en el dormitorio que la niña compartía con su hermana mayor.

Parecía vacío. La cama de Naomi estaba hecha con una precisión militar. Isaac la había adiestrado bien.

La de Bethany era un revoltijo de mantas y sábanas amontonadas a los pies de la cama. Una mancha húmeda y amarilla destacaba en el centro del colchón. Anoche mojó la cama. Otra vez. Cuatro noches seguidas. «¿Se cree que tengo reservas infinitas de sábanas limpias?».

La almohada albergaba mechones largos de pelo oscuro. Había retrocedido a la etapa de arrancar. «¿Cuándo va a terminar esto?».

Ruth levantó la tapa de la caja de madera para la ropa de cama y bajó la vista hasta clavarla en el amasijo de extremidades hechas una bolita.

—Sal y recibe tu castigo.

La niña no se movió.

Su madre metió la mano y agarró el cuello de la camiseta del pijama demasiado pequeño. Luego, lo retorció con fuerza y levantó y sacó a su hija de un tirón. La tela se clavó en la garganta de la pequeña y le dejó una marca roja bastante fea.

Esta obligó a la niña a levantarse y ponerse recta dándole un empujón en los hombros, lo que hizo que Bethany se tambaleara sobre los pies descalzos. Después, cuando levantó el arma de madera, se sorprendió de que Bethany ni pestañeara y, en ese momento, ya no quiso pelear y se dejó caer de rodillas para sollozar mientras su hija permanecía como una estatua, con los ojos cerrados y llorando junto a su madre.

Capítulo 9

El padre Keith Maguire iba de acá para allá dando zancadas por el pequeño dormitorio sobrepasado por la sensación de claustrofobia. Había abierto la ventana y corría un frío invernal. En lugar de cerrarla, la abrió todavía más y sacó la cabeza al exterior, abrió la boca y exhaló un grito quedo.

A sus pies, los agentes de criminalística trabajaban sin parar bajo unas luces halógenas provisionales. Una tienda protegía el cuerpo de Naomi. A su izquierda, la multitud junto a la cinta policial ya se había dispersado, pero una mujer permanecía allí. Aunque fuera incapaz de ver lo que sucedía al volver la esquina, más allá del segundo precinto, ahí seguía, abrigada con un chaquetón de color oscuro. ¿Quién era? No la reconocía como un miembro de su congregación, aunque no es que fuera una sorpresa. El número de personas que asistían a misa había disminuido a lo largo de los últimos años. Ni siquiera inscribir a los niños en su coro había tenido el efecto deseado de atraer a sus padres a la iglesia. Los progenitores se limitaban a dejarlos en la puerta y volvían cuando la sesión había terminado.

Al final cerró la ventana y se sentó en la silla del pequeño escritorio. Tenía otro en su salón, pero en aquel se encargaba de cosas que no quería que viese nadie.

Entonces, apretó un puño y abrió un cajón con la otra mano para sacar el manojo de fotografías. A continuación, las dispuso frente a él, cogió una y la sostuvo a la luz. La emoción contenida que había mantenido enterrada en las profundidades de su ser durante demasiado tiempo estalló en un gemido.

Y sus lágrimas cayeron sobre el rostro angelical de Naomi Kiernan.

* * *