Las tres viudas - Patricia Gibney - E-Book
SONDERANGEBOT

Las tres viudas E-Book

Patricia Gibney

0,0
8,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 8,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

El silencio de las viudas puede ser una sentencia de muerte… La joven viuda Éilis Lawlor desaparece en mitad de la noche mientras sus dos hijos duermen plácidamente. Sus llaves y su móvil están en la cocina, lo que no presagia nada bueno: la inspectora Lottie Parker sabe que este no será un caso fácil. No mucho después, el cadáver de Jennifer, amiga íntima de Éilis, a quien conoció en un grupo de apoyo entre viudas, aparece destrozado en un solar. Desesperada por encontrar al autor del brutal crimen, Lottie jurará hacer justicia. En su investigación, descubrirá que Jennifer había llevado una vida solitaria desde la muerte de su marido y solo salía de casa para reunirse con el grupo de viudas. Lottie está segura de que las demás viudas ocultan algo. ¿Podrá encontrar la verdad antes de que el asesino ataque de nuevo? El nuevo fenómeno del thriller internacional Más de dos millones de ejemplares vendidos Best seller del Wall Street Journal y del USA Today

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 599

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.

Queremos invitarle a que se suscriba a lanewsletterde Principal de los Libros. Recibirá información sobre ofertas, promociones exclusivas y será el primero en conocer nuestras novedades. Tan solo tiene que clicar en este botón.

Las tres viudas

Patricia Gibney

Libro 12 de la inspectora Lottie Parker

Traducción de Auxiliadora Figueroa para Principal Noir

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Día 1

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Día 2

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Día 3

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Día 4

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Epílogo

Carta de la autora

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos

Las tres viudas

V.1: junio de 2024

Título original: Three Widows

© Patricia Gibney, 2023

© de la traducción, Auxiliadora Figueroa, 2024

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2024

Todos los derechos reservados.

Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Shutterstock: Aleksey Matrenin - Yevhen Rehulian - Mikael Damkier | iStock: Dariusz Banaszuk | Freepik: jomphon, k-krailas.1203

Corrección: Gemma Benavent, Sara Barquinero

Publicado por Principal de los Libros

C/ Roger de Flor, n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10

08013, Barcelona

[email protected]

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-18216-86-2

THEMA: FFP

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Las tres viudas

El silencio de las viudas puede ser una sentencia de muerte…

La joven viuda Éilis Lawlor desaparece en mitad de la noche mientras sus dos hijos duermen plácidamente. Sus llaves y su móvil están en la cocina, lo que no presagia nada bueno: la inspectora Lottie Parker sabe que este no será un caso fácil.

No mucho después, el cadáver de Jennifer, amiga íntima de Éilis, a quien conoció en un grupo de apoyo entre viudas, aparece destrozado en un solar. Desesperada por encontrar al autor del brutal crimen, Lottie jurará hacer justicia. En su investigación, descubrirá que Jennifer había llevado una vida solitaria desde la muerte de su marido y solo salía de casa para reunirse con el grupo de viudas. Lottie está segura de que las demás viudas ocultan algo. ¿Podrá encontrar la verdad antes de que el asesino ataque de nuevo?

«Con más de dos millones de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»

The Times

El nuevo fenómeno del thriller internacional

Más de dos millones de ejemplares vendidos

Best seller del Wall Street Journal y del USA Today

En recuerdo de Louis Collins sénior.

Descanse en paz.

Prólogo

El barro me cubre las manos, se me mete debajo de las uñas y forma una costra alrededor de las cutículas. Los dedos se me han puesto de color marrón sucio. Cuanto más cavo, más me mojo y más se me ennegrecen las manos.

Las ciénagas anegadas son pedazos de tierra ricos en nutrientes que se usan como fuente de energía, un ecosistema para la vida silvestre y vegetal. El lugar ideal para enterrar un cuerpo en esta fría y silenciosa noche.

Debajo de mis manos que cavan se encuentra la palita desechada. Es el lugar perfecto para una tumba. Espero que tarden cientos de años en encontrar el cuerpo que estoy plantando. He coqueteado con la idea de cortarlo en pedazos para transportarlo con más facilidad, pero no me entusiasmaba la idea de tener que limpiar toda esa sangre. En su lugar, lo he atado a un carrito para transportar briquetas, he apoyado una plancha de madera en el maletero del todoterreno, lo he subido con su carga y lo he volcado dentro.

Aunque he acercado el coche todo lo que he podido al sitio donde quería enterrarlo, me queda otra caminata hasta el angosto carril donde he aparcado. Luego tendré que arrastrarlo por la blanda turba. Y todo por mi cuenta. Es mi trabajo. Mi crimen. Mi responsabilidad.

La eliminación es sinónimo de final. Deshacerse del cuerpo. Olvidar toda la pena. Seguir adelante mientras se disuelve en su sepultura acuosa.

Estoy cumpliendo con lo que hay que hacer.

Librar al mundo de una mala persona.

Lo conozco todo sobre el mal. He vivido con él. Se enraizó en mi alma. Luché contra él. Ay, si luché, hasta que ya no soporté compartir dormitorio con él. Tuve que librar al mundo de esta persona horrible que hacía daño a la gente buena y me convertía en cómplice de los crímenes.

Continúo con mi labor, consciente de que solo quedan unas horas para el alba. Me doy prisa en sacar la tierra empapada que queda. Me ha poseído una necesidad. La necesidad de cumplir con lo correcto después de todo este tiempo. La necesidad de hacerlo de la única forma que soy capaz: asesinando a otro ser humano. Y que quede claro, no estoy de acuerdo con usar la palabra «humano» aplicada a la persona a la que he quitado la vida.

Me concentro. Cavo. Entierro el cuerpo en la ciénaga.

En ese instante, me siento libre.

Desconozco que pasará casi un año antes de que alguien más sea asesinado.

Capítulo 1

Orla Keating se quedó petrificada al cruzar la puerta del lounge bar Fallon por el hedor a ternera y fritanga que acababa de estrellarse contra sus sentidos. Una televisión zumbaba en una esquina. Había unas cuantas mesas ocupadas y una camarera con cara de aburrimiento charlaba con un chaval en un extremo de la barra.

El día que conoció a las demás, esperaba que fuesen vestidas de negro. Las viudas de antes iban de luto para llorar a sus maridos, aunque ella no creía haber visto a ninguna. ¿Qué iba a saber ella, con treinta y tres años? Un esposo desaparecido no equivale a uno muerto, incluso si hacía casi un año que no estaba. Se le ocurrió que unirse a aquel grupo le vendría bien. Los agentes no encontraron ni rastro de él. No se subió a aquel vuelo a Liverpool. Su coche no se hallaba en ninguno de los aparcamientos del aeropuerto. Hasta la fecha, no habían aparecido ni el vehículo ni él. La mujer se convenció de que estaba muerto. El resto de viudas del grupo, Jennifer, Éilis y Helena, estaban de acuerdo con ella.

Dos de las mujeres se encontraban sentadas en la salita cuando llegó. Ahora, esas eran sus amigas.

Pidió una ginebra con tónica cero y esperó mientras la chica se entretenía buscando qué alcohol servirle.

—Para la ginebra, Hendrick’s —dijo.

—Muy bien.

¿Es que no iba a darse prisa?

—Ahí tienes.

Orla miró con detenimiento la generosa dosis de ginebra antes de añadirle la botellita de tónica y pagó con tarjeta. Luego se giró y estudió a las dos mujeres en la salita, que estaban charlando con las cabezas pegadas para que nadie las escuchara. Eran las siete de la tarde pasadas. Los parroquianos del mediodía ya se habían marchado a casa y la multitud nocturna todavía no se había decidido entre si salir o no. Conclusión: el Fallon estaba tranquilo.

La mujer se acercó a la mesa con la copa en la mano.

—Hola, chicas —las saludó—. Perdón por llegar tarde.

Helena se rio y se le sacudieron los rizos de color cobre.

—Has venido y eso es lo único que importa.

Acto seguido, Éilis añadió:

—Dios, estás guapísima. Me encanta la falda. Un color precioso. Te favorece.

Orla estaba segura de que la mujer sabía que la había sacado de una tienda solidaria y que la miraba por encima del hombro por ello, pero lo dejó pasar, igual que siempre. Después, metió el bolso debajo de la mesa y se sentó en el banco acolchado. Sin soltar el pie de la copa de balón, forzó una sonrisa en los labios para ocultar su nerviosismo. No podía evitarlo. Ese fin de semana era el aniversario de la desaparición de Tyler.

—¿Qué me he perdido?

—Nada de nada —contestó Éilis.

Había intentado caerle bien con todas sus fuerzas, pero se parecían demasiado para convertirse en amigas de verdad. Éilis no tenía pelos en la lengua, decía las cosas como eran. Igual que ella. La viuda era la fundadora del grupo «Vida después de la pérdida», creado en Facebook inicialmente. Habían pasado tres años desde la muerte de su marido, Oisín, y ella seguía esforzándose en hallar el equilibrio entre sus dos hijos y el trabajo. Orla sabía que tenía una buena canguro, así que ¿por qué llevaba esa cara de Virgen de las Angustias todo el tiempo? Aunque ella no era madre ni viuda, así que ¿cómo iba a tener idea de por lo que estaba pasando?

—¿Seguimos sin saber nada de Jennifer? —preguntó para empezar una conversación sobre la otra integrante del grupo.

—Ni pío —le contestó Éilis—. Espero que esté bien. Ya hace un mes.

—¿La has llamado?

—Muchas veces. Al parecer, tiene el móvil apagado.

—No queremos presionarla —intervino Helena, a la vez que se apartaba los rizos rebeldes de los ojos con un manotazo y le daba un sorbo a su copa.

Orla sabía, por experiencia, que la mujer se esforzaba todo lo posible por mantener el control con el alcohol, y con su vida en general.

—Supongo que tenemos que darle espacio —comentó.

—Recuerdo cuando murió Damien y se descarriló durante un tiempo —añadió Helena mientras dejaba su copa en la mesa—. Es la consecuencia de perder a tu marido. Volverá con nosotras. Solo necesita tiempo para procesarlo todo.

—No me gusta hablar de gente que no está presente —dijo Éilis con una mueca que enseguida cambió por una sonrisa—. Qué bien que hayas podido venir esta noche, Orla. ¿Llevas bien lo del finde?

—¿El finde? —La mujer paseó la mirada entre las dos viudas a la vez que levantaba una ceja—. Ah, te refieres a Tyler. Sí, de hecho, lo estoy llevando superbién.

—Lo siento. Por lo menos nosotras hemos tenido un final, por el hecho de que nuestros esposos están muertos y todo eso —comenzó Éilis, y susurró para añadir—: Para ti tiene que ser terrible, sin saber…

—Me estoy acostumbrando. —Bajó la vista para mirarse las uñas—. Lo que me afecta es la soledad, solo tengo cuatro paredes por compañía. —Esperó que su expresión proyectase aflicción, aunque en realidad disfrutaba de la tranquilidad de la casa.

—Eso es muy triste.

La viuda se alisó el pelo oscuro detrás de la oreja y por un instante mostró las esmeraldas más grandes que había visto en su vida. Hacían juego con su ropa. Llamativa y colorida. ¿Tanto para una noche de jueves en el Fallon?

—¿Me recordáis cuánto tiempo hace que murieron vuestros maridos? —Dirigió la pregunta a las dos mujeres.

Éilis fue la primera en contestar.

—De mi Oisín hace tres años y, Helena, ¿cuándo fue lo de tu Gerald?

—Ay, ya han pasado tres, no, cuatro años. Parece que fue ayer.

Orla esperó a las lágrimas, pero no se derramó ni una. Con Helena nunca aparecían. En cambio, Jennifer era como un globo de agua en constante explosión. Lloraba por todo. Su marido fallecido, su trabajo, un sándwich tostado con el queso que no era. No le costaba mucho activar el botón del llanto.

—Como ya he dicho muchas veces, lo siento por ambas. —La mujer observó su ginebra sin levantar la copa de la mesa—. ¿Creéis que deberíamos buscar nuevas integrantes? Otras que hayan perdido a sus esposos. —Al ver la expresión de horror que, durante un instante, atravesó el rostro de Éilis, añadió a toda prisa—: No me refiero a deshacernos de maridos para conseguir más viudas…

¿Qué intentaba decir?

Éilis dio una palmada y soltó una carcajada.

—Qué graciosa eres. Este grupo es para mujeres que entienden lo que es perder a alguien, pasar por la muerte, la separación, el divorcio. No perder en el sentido de que no puedan encontrarlos. Ay, lo siento. No quería decir que hayas perdido al tuyo en plan…

—No pasa nada. Es un chiste inteligente. —Puso una mueca.

—No estaba bromeando con tu situación. Voy a callarme antes de meter la pata otra vez.

Después, Éilis le dio un delicado sorbo a su copa, como si estuviese envenenada.

Helena le dio un trago a la pinta de Guinness; al parecer se había quedado sin palabras. ¡Una pinta! «¿Dónde está tu clase?», se preguntó Orla. La mujer llevaba unos vaqueros azul marino oscuro y una blusa negra de raso con un escote pronunciado. Iba sin sujetador, pero probablemente se había cubierto las generosas curvas con cinta adhesiva. Además, tenía el pelo envuelto en un halo de magníficos rizos caoba. Debía de tener el nuevo rizador de Dyson.

—¿Creéis que deberíamos organizar una salida? —quiso saber—. Como el día que fuimos al zoo. ¿Quizá una excursión a la galería Hugh Lane, en Dublín?

Sabía que a Éilis le gustaría aquello. ¿A Helena? No tanto.

—No lo creo —contestó la primera, que se sonrojó mientras la segunda se quedaba boquiabierta—. La última vez en el zoo fue un poco duro, con Roman y Becky.

—Claro, lo siento.

Señor, era como estar en el velatorio de tu peor enemigo.

Éilis recuperó la compostura y sus ojos verdes emitieron un destello.

—Orla, sé que aquella vez te molestaron. Los niños. No quiero que vuelva a pasar.

—No me molestaron, es solo que no estoy acostumbrada a estar cerca de los pequeños. Soy más de gatos.

—Oh, nunca has mencionado que tuvieras un gato —dijo Helena—. ¿Cómo se llama?

Ella no tenía gato. ¿Podía decir que le había puesto Conejo, o eso era pasarse?

—George es un anaranjado, como Garfield.

—A mi Noah le encanta Garfield. ¿Te he contado que tenemos un perro? Mutt. Gerald, mi marido…, mi difunto marido… —La abatida caída de pestañas de Helena le dio ganas de vomitar a Orla—. Gerald le puso el nombre.

—Es un buen nombre para un perro. —Fingió una sonrisa. Aquella conversación la estaba matando del aburrimiento—. Éilis, ¿cómo está tu peludito?

Tenía el feed de Instagram atestado de fotos de un perro blanco que podía ser un terrier.

—Mozart es perfecto en todos los sentidos.

—Parece que tus hijos lo adoran.

Orla se inclinó hacia delante con interés fingido. El hijo de Éilis tenía ocho años y la pequeña, cinco. La familia perfecta con el perro perfecto. ¡Puaj!

—¿Le puso el nombre tu marido?

—Lo compré después de la muerte de Oisín. Mi terapeuta me dijo que a los niños les vendría bien tener un perro en casa.

—¿Para reemplazar a su padre?

El gesto en el rostro de las dos mujeres le indicó que se había pasado.

—Estaba de broma. Lo siento. No quería ofenderte.

—Si te soy sincera, eso ha sido un poco desconsiderado —comentó Éilis a la vez que enderezaba la espalda—. A ti no te gustaría que hablase de tu Tyler así.

Orla jugueteó con su copa y le dio un sorbo a la ginebra mientras forzaba unas lágrimas en los ojos.

—Lo siento muchísimo. El sábado es el aniversario de su desaparición… Ya lo hemos comentado. —No quería tratar aquello en ese momento.

—Hablar de tu vida con él ayuda —dijo Éilis.

¿Lo de su mirada era un destello de complicidad? No estaba segura. Mientras tanto, Helena mantuvo la cabeza agachada. Seguramente se preguntaba quién iría a la barra. Tenía el vaso vacío.

—Ya sabéis que estuvimos casados cinco años, y siento haber abordado vuestras situaciones con tan poca sensibilidad. He estado tan confusa desde su desaparición que he perdido los modales en público. Esta es mi única vía de escape, y es genial estar con mujeres que comprenden la situación.

Forzó una lágrima y la instó a que serpenteara por su mejilla, con la suerte de que arrastraría algo de rímel con ella. Fingir pena era un rollo.

Helena alargó el brazo y le agarró la mano.

—Eres una de las nuestras, Orla. ¿A que nos alegramos de tenerla con nosotras?

Éilis abrió ligeramente la boca, como si aquel esfuerzo la superase, y dijo:

—Desde luego.

Y, así, la mujer supo que se había salido de rositas. 

—¿Otra Guinness, Helena? Y ¿tú qué estás tomando, Éilis? ¿Vodka?

La mujer puso la misma expresión que si se hubiese tragado un huevo y se le hubiese quedado atascado en la garganta.

—¡No, por Dios! No algo tan vulgar. Tomaré otro sauvignon chileno. Vino blanco —añadió, como si Orla fuese una completa inexperta en lo que al alcohol respectaba.

Acto seguido, se acabó su ginebra y fue a la barra. Aliviada.

Capítulo 2

Éilis se quitó los zapatos mientras entraba a su dúplex reformado. Fuera hacía frío y el calor del suelo radiante viajó desde sus pies hasta las rodillas para calentarla al instante. Le pagó a Bianca, la canguro de la casa de al lado que hacía horas extra como niñera de vez en cuando, a pesar de que tenía un trabajo de verano en el supermercado de Dolan. Cuando la chica se marchó, la mujer corrió el pestillo de la puerta y colocó la cadena de seguridad.

Ya en la cocina, puso el móvil a cargar y dejó las llaves en el plato de la encimera. A continuación, tiró otro tronco a la estufa de leña del salón y cerró la puerta de cristal sin hacer ruido. No se escuchaba nada en la planta de arriba. Roman y Becky debían de estar dormidos.

A continuación, se sentó en el sofá de dos plazas y ahuecó los cojines de terciopelo naranja y blanco. El color la calmaba, y la casa estaba salpicada con explosiones de este. Utilizó el mando a distancia para atenuar las luces y colocó las piernas debajo del trasero, pero, en cuanto notó que se le cerraban los ojos, decidió irse a la cama antes de abrir la botella de sauvignon. Eso sería peligroso. No quería seguir el mismo camino que Helena. Luego, cerró el regulador del tiro de la estufa y se dirigió a la planta superior.

En ese instante, se detuvo con los pies descalzos sobre la suave alfombra de rayas en el último escalón. ¿Había oído un ruido abajo? Escuchó con atención y volvió a oírlo. ¿Puede que fuesen los troncos acomodándose en la estufa? Había cerrado el pestillo de la puerta de entrada. ¿Bianca había hecho lo mismo con la del patio? No lo había comprobado. Era posible que la adolescente hubiese salido al jardín a fumar.

—Mierda —musitó, y volvió a dirigirse escaleras abajo.

Encendió las luces mientras atravesaba la cocina pintada de rojo y de tipo galera para entrar en la extensión de planta abierta con los techos altos. Nunca fue de las que se amoldaban a la serenidad, por lo que las paredes rezumaban color a través de un amasijo de cuadros abstractos. Su lema era: «Si tu vida es sosa, dale un chute de alegría». Ser decoradora de interiores ayudaba.

Al tirar de la puerta corredera de cristal, se dio cuenta de que no estaba cerrada.

—Bianca, por el amor del cielo.

Acto seguido, echó el pestillo y clavó la mirada en su reflejo en el cristal. Un chillido hizo que se diese la vuelta sobre los metatarsos, pero la enorme habitación estaba desierta.

Entonces recordó que no había visto ni oído al perro desde que había llegado a casa.

—¿Mozart? —lo llamó en voz baja, pues no quería despertar a los niños.

El animal no fue corriendo como solía hacer. ¿Bianca lo había dejado salir al jardín? No le gustaba la oscuridad, así que habría vuelto a entrar directamente. Pensó en llevarse el teléfono arriba, pero se estaba cargando. Al final, volvió y apagó las luces por el camino.

Entonces, lo escuchó de nuevo. En la planta de arriba. ¡Roman y Becky!

Subió las escaleras de dos en dos, y estuvo a punto de caerse cuando el vestido se le enredó con las piernas. El miedo se acumuló en su pecho como si fuese una bola de pelo y, sin pensar en si despertaría a sus hijos o no, irrumpió en el dormitorio de Becky y encendió la luz.

La pequeña se incorporó de golpe y entornó los ojos ante la claridad.

—¿Mami?

—No pasa nada, cariño. Vuelve a dormirte.

Después, le dio un beso a su hija, la arropó hasta la barbilla con el edredón, volvió a apagar la luz y se dirigió al cuarto de Roman. Al asomar la cabeza por la puerta, permitió que la luz del pasillo entrase a raudales en la habitación. El niño estaba profundamente dormido. Al final, cerró con un tirón y se deslizó hasta el suelo, aliviada, mientras escuchaba cómo el latido de su corazón le zumbaba en los oídos. El ruido había hecho que perdiese los nervios. ¿Dónde estaba Mozart?

Agotada, se puso en pie, se agarró el dobladillo del vestido con las manos y entró en su dormitorio.

Ahí estaba, durmiendo en su cama. El perrito sabía que tenía prohibido subirse. La mujer estaba a punto de despertarlo y espantarlo para que bajase las escaleras cuando notó una energía negativa en la habitación. Ya era muy tarde para huir y, además, se quedó petrificada cuando una figura salió de detrás de la puerta.

Fue a gritar, pero una mano envuelta en un guante le tapó la boca y la arrastró de espaldas hasta la pared.

—No digas ni una palabra o mato a tus hijos. —Escuchó una voz amortiguada por el pasamontañas que le cubría la cara.

No podía gritar ni chillar. La mano le sujetaba la boca con firmeza y casi le tapaba la nariz. Tomó un par de respiraciones agitadas a la vez que pateaba las piernas de su asaltante, detrás de ella, pero, acto seguido, le apretó más la boca y le bloqueó la nariz por completo.

Intentó retirar un brazo con la intención de golpearlo, pero se estaba debilitando por momentos. El terror fue tal que notó cómo se le abría la vejiga, incapaz de parar el chorro caliente que le bajaba por las piernas. Pero aquello no disuadió a su atacante. La mano la volvió a apretar. El miedo era una bomba en su pecho a punto de explotar.

Sus hijos.

Ya habían perdido a su padre, no podían quedarse sin ella también. Se preguntó por qué Mozart no estaba ladrando.

Sin ninguna oportunidad, dejó que el asaltante la llevase escaleras abajo y hasta el otro lado de la puerta de entrada. Notó que la empujaban dentro de un vehículo. Algo afilado se hundió en un lado de su cuello. Daba igual lo mucho que intentase impedirlo, iba a perder el conocimiento.

Ya no podía formar un pensamiento coherente: tenía la mente confusa. Y era incapaz de frenar la oscuridad que eliminaba el color de su vida.

* * *

Una capa de muerte se desliza sobre sus ojos; dos estanques moribundos llenos de lágrimas. Ya no es capaz de abrirlos de par en par, de rogarme en silencio para que la libere. Cuando me convenga, le entregaré la liberación que ansía, pero jamás la libertad.

No oigo nada de lo que quiere decir porque tiene unos pedazos de cinta adhesiva pegados a la boca.

Los graznidos parecidos a los de las ranas que le ascienden desde las profundidades de la garganta ya no escapan de sus labios cerrados. El sonido recuerda al de un ratón chillando. Me saca de quicio. Me crispa los nervios. Aumenta la tensión de mis músculos.

Me gusta que la presa ponga un poco de resistencia, la suficiente para presentar un débil desafío. «Débil» es la palabra clave. Todos lo son. Luego, observo a mi segunda conquista, dormida, aunque no por mucho más. Solo lo suficiente para ganar tiempo y poder deshacerme de ella.

Camino sin zapatos por el dormitorio y noto cómo la gravedad me arrastra al infierno. No me importa. Perdí la fe en el cielo hace mucho. La alfombra bajo mis pies fue suave un día, pero ahora, escondida bajo la capa de plástico, resulta áspera y está desgastada. Me paro junto a la repisa de la chimenea y contemplo los adornos de bronce, hechos a mano en la localidad de Ragmullin. A lo largo de los años, he adquirido otros, pero al final los dejé en una tienda de caridad del pueblo. Me quedé estos dos. Por una razón.

Tomo el de una niña pequeña sentada encima de una pila de libros. Doy por hecho que es incapaz de leer porque no tiene ojos. Donde deberían encontrarse, solo hay bronce liso. ¿El escultor estaba haciendo una declaración? ¿No ve la maldad? Es algo que sopeso cuando estoy a solas. Luego, vuelvo a colocarlo en el círculo, donde permanece rodeada de polvo.

A continuación, le doy la espalda a la repisa de la chimenea con el fuego sin encender y la veo ahí sentada, esquelética, atada a la silla. Ha cumplido con su propósito. Ha llegado el momento de que me vista para la escena final. Alzo el paquete de plástico que contiene el traje blanco de forense. Es el último y, mientras lo rasgo para abrirlo, lo añado a mi lista mental junto con la cinta americana. Sé que los necesitaré. Tengo otro objetivo en mi cepo. Y eso me emociona más si cabe.

Día uno

Capítulo 3

En la rotonda, el conductor del camión articulado activó el intermitente para señalar que iba a girar hacia la izquierda. No había mucho tráfico a las seis de la mañana. Luego, metió la marcha y se dirigió al centro de distribución. Más allá, a su derecha, la dársena 13 estaba abierta y preparada.

—Hay quien cree que da mala suerte —murmuró.

Antes de girar para entrar en las instalaciones, miró hacia la derecha, más allá de la pequeña rotonda, para asegurarse de que el camino estaba despejado. Ragmullin estaba plagado de dichosas rotondas. Algún ingeniero sabelotodo del ayuntamiento pensó que serían perfectas para echarse unas risas. Pero Graham Ward no se estaba riendo. Había tenido que sortear cuatro después de abandonar la autovía.

A continuación, echó un vistazo al páramo de su izquierda. Algo le llamó la atención. Una bandera amarilla brillaba en la brisa de las primeras horas de la mañana. Seguramente se tratase de un despojo de la feria. Aquella semana había sido una pesadilla. Las caravanas y los tráileres habían formado una hilera en la estrecha carretera que llevaba al centro de distribución. Dos veces le había dado un toquecito al culo del camión mientras rodeaba aquel peñazo de rotonda.

El hombre se acercó a la puerta de la dársena marcha atrás, bajó de un salto de la cabina y se encendió un cigarrillo. Su trabajo no consistía en cargar ni descargar, así que cruzó la carretera y se detuvo en la valla. Entonces, le dio una fuerte calada al cigarro y avistó aquello que le había alertado mientras conducía. Acto seguido, expulsó un aro de humo.

¿Qué era aquello? ¿Algo amarillo con una cosa negra en la parte de arriba? Parecía tela. Expulsó más humo por los orificios nasales. Una tos seca le estrujó los pulmones. Dos cuervos levantaron el vuelo desde el montón amarillo y dieron una vuelta a su alrededor antes de marcharse.

Graham pisó el cigarrillo y observó. El aire era tranquilo y lo único que se oía eran el zumbido del tráfico en la autovía y el elevador hidráulico en la dársena 13. 

—Mierda —musitó, y levantó la pierna por encima de la fina vaya de alambre.

El terreno estaba blando bajo sus pies y las huellas de neumáticos de los vehículos de la feria habían dejado surcos de casi tres centímetros en algunas zonas. La lluvia no había cesado durante la feria. Aunque en ese momento hacía buen tiempo, las nubes abultaban con un mal presagio.

Mientras se acercaba al objeto de su interés, otro cuervo se lanzó en picado hacia abajo y graznó con fuerza, pero él agitó las manos para espantarlo. Cuanto más se aproximaba, más le costaba respirar, y sintió cómo un dedo de terror le dibujaba una línea por la nuca. No era posible, ¿verdad? No. Quería dar media vuelta y volver corriendo a su camión, conducir hasta casa, en Dublín, y meterse en la cama junto a su novia. A lo mejor el calor de su cuerpo dispersaría el miedo helador que se había acurrucado en la base de su cráneo y que hacía que se le erizase el vello del cuello.

Estaba alargando las manos para sacar el móvil que llevaba en el bolsillo trasero cuando se paró. Una melena larga y roja yacía dispersa sobre un rostro de porcelana que, según pudo ver, se encontraba muy magullado. ¿Los pájaros? Los brazos y las piernas estaban dispuestos en ángulos bastante difíciles, como si la chica se hubiese caído desde cierta altura. No atisbó sangre, lo que no significaba que no se hubiese derramado. Sencillamente, no se había aproximado lo suficiente. Aun así, sentía que se había acercado demasiado como para estar cómodo. Era joven. ¿Rondaría su edad? Graham tenía veintisiete años, y aquella criatura desafortunada no parecía mayor. Aunque había oído que la muerte te devolvía la juventud.

El amarillo que había visto desde la cabina del camión era un ligero vestido de algodón. De tirantes finos, que llevaba medio bajados por los brazos. Iba descalza. Tenía los pies sucios, como si hubiese corrido por el barro. ¿O la habían arrastrado? Entonces, vio el agujerito redondo en el lado de la sien.

—Dios santo —musitó, y marcó el número de emergencias en su teléfono con los dedos temblorosos, que se le pegaban a la pantalla por el sudor.

—¿Hola? Sí. Me llamo Graham Ward. He encontrado a una mujer muerta. Creo que le han disparado.

En aquel instante, las nubes se abrieron y la lluvia se derramó desde el cielo en forma de gotas grandes y pesadas.

Capítulo 4

Lottie Parker se despertó a las cinco de la mañana. Después de una ducha rápida, se vistió mientras se preguntaba qué tiempo haría. Echó un vistazo por la ventana. Parecía que iba a llover, así que se puso un par de botines, solo por si tenía que entrar en alguna escena del crimen embarrada. Mejor estar preparada para lo peor.

Su madre, Rose, se encontraba en la cocina.

—¡Madre! ¿Qué haces levantada a esta hora?

—He puesto una lavadora. Ya sé lo liada que estás.

—Hice la colada anoche.

—Tenía que lavar mis sábanas. Ya deberían estar listas.

La mujer observó cómo su madre se acercaba tranquilamente a la lavadora para sacar unas sábanas, la colcha y unos almohadones. Hechos una sopa. Había usado el programa equivocado. Ahora ella tendría que programar un centrifugado largo.

—Ya termino yo —le dijo con tono irritado.

—¡Sé cómo lavar unas cuantas sábanas!

—¿Por qué no preparas una tetera? Voy a tenderlo todo.

—Soy capaz de colgarlos en la cuerda, señorita.

Lottie odiaba que la llamasen así.

—Vale.

No pudo ocultar el enfado en su voz porque estaba muy molesta, maldita sea. Eran las 5:30 de la mañana (su momento para sí misma) y odiaba la confrontación, en especial tan temprano.

—Si quieres hacerlo mal, adelante. —Rose soltó la cesta.

Pero, cuando la mujer la recogió, se dio cuenta de que no olía a limpio.

—¿Le has puesto detergente?

—Ah, así que ahora no solo crees que soy estúpida, sino que además se me está yendo la cabeza. Trae aquí. —Y, acto seguido, la anciana le arrancó el canasto y salió airada por la puerta trasera.

Lottie encendió la tetera eléctrica con un chasquido mientras apoyaba la cabeza en el armario de la pared. No era capaz de descifrar si la mente de su madre se había deteriorado más todavía o si era su falta de paciencia lo que alimentaba la tensión entre las dos. Fuese lo que fuese, el trabajo solo podía ser mejor que el conflicto en casa.

A la vez que abandonaba la idea de hacerse un café, tomó el bolso y llamó a Boyd de camino a la calle.

La mujer se encontraba en la puerta de la estación de servicio de Millie, sentada en el coche con el oficial de policía Mark Boyd. Las ventanas se estaban empañando mientras la lluvia los azotaba sin piedad. La colada que su madre había colgado del tendedero no había servido de nada.

—¿Qué le has echado a tu sándwich? —preguntó con la boca llena.

—No vas ni a probarlo, si es lo que pretendes —le contestó.

Ella negó con la cabeza, cansada, mientras tragaba.

—¿Es que no puedo pedirle nada a nadie esta mañana sin que se me arranque la cabeza de un mordisco? —Luego, enrolló las cortezas dentro del envoltorio lleno de grasa y lo tiró en el hueco de los pies—. Pareces una gallina clueca desde que volviste de Málaga.

El hombre se quedó callado.

Ella observó las gotas que surcaban el cristal a toda velocidad. Julio había sido brutal en lo que al tiempo respectaba; ahora era mediados de agosto, y no había mejorado mucho. Dos días de sol, tres de lluvia. Experimentar las cuatro estaciones en un día era típico en Ragmullin. Y frustrante.

Antes, al salir de casa, como caían chispas, había cogido una de las sudaderas de Sean del perchero y, al ponérsela ya en el coche, había visto con horror que tenía una imagen de Batman en la parte delantera. No podía ir por ahí con los brazos cruzados encima del pecho todo el día, así que tendría que aguantar los comentarios graciosos. Para Boyd era peor, porque ella sabía que lo llamarían Robin. Durante un instante, una sonrisita apareció en el rostro de la inspectora, pero luego sintió cómo el enorme peso de la seriedad que había en el coche le caía sobre los hombros. Boyd era miserable, y que su madre estuviese viviendo con ella la ponía de peor humor que él. Vaya par.

Lo que necesitaban era un gran caso. Algo a lo que engancharse. Que el equipo trabajase con diligencia y mucha concentración. Todos estaban hartos de las gestiones y el papeleo. Si veía otra columna de Excel con un presupuesto con desajustes, iba a gritar. Un caso le daría una excusa auténtica para no completar las liquidaciones y una distracción de su vida doméstica. La comisaria Deborah Farrell estaba de una mala leche de narices y aquel estado de ánimo había medrado poco a poco en el oficial encargado de la atención al público.

Entonces, echó un vistazo a Boyd y leyó la irritación que llevaba escrita en la firme silueta de la mandíbula. Hacía falta mucho para exasperarlo. A lo mejor necesitaban unas vacaciones juntos en vez de un nuevo caso, pero tenía una vida complicada. Y se había vuelto más compleja todavía desde que él había vuelto de Málaga con Sergio, su hijo de ocho años. Solo hacía unos meses que había descubierto la existencia del chico antes de ir a conocerlo en junio. Estaba segura de que aquello era lo que le reconcomía. Y quería que lo admitiese. Pero, como no parecía que fuese a suceder pronto, decidió que lo diría ella.

Acto seguido, se giró para mirarlo.

—Es Jackie, ¿no? ¿Has tenido noticias de ella?

—No tiene nada que ver con mi exmujer.

—Por supuesto que sí. No soy tonta. Cuéntamelo. Boyd, por favor.

Estaba tan delgado como siempre. El sutil bronceado que le había otorgado un resplandor saludable se había desvanecido. Tenía la mandíbula afilada e implacable. Y las orejas de soplillo se le habían puesto coloradas. Lottie se esforzó en encontrar la forma de reconfortarlo.

El hombre colocó su sándwich entero en el envoltorio, lo cubrió a la perfección con el papel y volvió a colocar la pegatina en su sitio.

—Puedes comértelo, si quieres. Solo le he dado un bocado.

—Deja de utilizar tácticas de distracción.

—Me agotas mentalmente, Lottie Parker.

A continuación, le quitó el sándwich para dejarlo en el salpicadero. Luego, le agarró la mano y le dio un apretón.

—Cuéntamelo cuando te sientas cómodo.

El hombre liberó la mano, contempló la lluvia en la calle y el silencio les inundó antes de que él hablase.

—Va a venir a Irlanda.

—¡Joder! Ay, mierda, Boyd.

—Justo cuando tengo a Sergio en casa conmigo. Tu familia y tú os habéis portado increíble con él, sobre todo Chloe y Sean. No lo habría conseguido sin vosotros. Y, ahora, este bombazo.

Con su hija Chloe cuidando de Sergio durante el día mientras Boyd trabajaba, Sean, su hijo de diecisiete años, había salido de su cueva, según le había dicho su madre.

—Los niños se lo pasaron genial la semana pasada en la feria —contestó—. Sean hasta se llevó a Sergio a su entrenamiento de hurling la otra tarde. Hacía siglos que no iba. Son buenos el uno para el otro.

—Acabaron empapados con los chaparrones —señaló el hombre.

—Yo diría que Sergio estaba contento.

Él sonrió.

—Le pareció graciosísimo pasearse por la caja de cerillas que es mi apartamento para llenarlo todo de agua. Nuestra vida se está asentando y mi exmujer aparece igual que la mala hierba del refrán.

Lottie le devolvió la sonrisa, pero se estremeció para sus adentros. Una pepita de ansiedad había echado raíces. Temía preguntar, pero necesitaba saberlo.

—¿Cuándo llega?

—Ni idea. Recibí un mensaje que decía: «No puedo esperar a ver a mi niñito pronto». Seguramente haya reservado el vuelo y aparezca en cualquier momento.

—No dejes que te afecte. No puede alejarlo de ti.

Boyd se giró en su asiento para mirarla a la cara.

—Es justo eso. Sí que puede, y lo hará.

—Pero tienes una prueba de ADN que demuestra que es tuyo.

—¿Qué juez alejaría a un niño de la madre que lo ha criado durante ocho años? Sergio ha estado con ella desde el día que nació. Hasta hace unos meses, yo ni siquiera sabía de su existencia. ¿Qué demuestra eso? ¿En qué tipo de padre me convierte?

—En uno bueno. Tu ex tiene un historial de tonteo con criminales y, en cuanto te reveló la existencia de Sergio, volaste a España para conocerlo. —Aquel era un argumento poco sólido, pero tenía que calmarlo de alguna manera—. Deja de preocuparte. Estoy segura de que solo quiere dinero.

—¿Y de dónde voy a sacarlo? Estoy intentando comprar un apartamento más grande… Y no vuelvas a decirme que puedo mudarme contigo. Ya tienes que lidiar con Rose, además de con tus tres hijos y tu nieto.

—La combinación de familias intergeneracionales son la última moda. —Forzó una sonrisa esperanzadora.

Pero él negó con la cabeza sin un atisbo de frivolidad.

—Te agradezco la oferta, Lottie, pero ya tienes bastante entre manos.

La mujer se recostó, cruzó los brazos y subió un pie en el salpicadero, igual que si fuese un niño malhumorado.

—Cuesta creer que estuviéramos a punto de casarnos y ahora ni siquiera podamos mantener una conversación normal.

No pretendía sonar cortante, pero tenía que decirlo.

—A lo mejor eso nos convierte en una pareja casada de verdad.

—Dios sabe que ya discutimos bastante.

—Lo siento, Lottie. Déjame resolver esto por mi cuenta. ¿Puedes hacerlo por mí?

¿Podía? Las presiones de su vida doméstica aumentaban a diario. Quería que Boyd estuviese a su lado en casa, igual que en el trabajo, aunque no parecía que eso fuese a suceder de un momento a otro. Ya le había costado bastante aceptar que lo quería y ahora corría el peligro de perderlo. Todo por su dichosa exmujer.

Abrió la boca para comenzar a despotricar, pero se salvó cuando la radio de la Policía Nacional cobró vida de golpe.

* * *

La clase de yoga de primera hora de la mañana le despejaba la mente a Orla Keating. Hoy esperaba poder librarse del dolor que le punzaba detrás de los ojos.

No dejó de mirar por encima del hombro mientras caminaba desde su casa, por la calle del cementerio, al estudio, en la otra punta del pueblo. En ese instante, se le erizó el vello del cuello. No había nadie detrás de ella. De hecho, no había mucho movimiento de gente a aquella hora de la mañana. Le gustaba caminar. Le ayudaba a despejar la mente de las cosas de las que prefería no preocuparse. Además, se trataba de una oportunidad para usar todos sus sentidos.

Inspiró y espiró al tomar un desvío por el camino del canal. Tenía todo el tiempo del mundo. Miró el cielo y, a continuación, las flores y la maleza de los setos. Se maravilló con el sonido que hacía el agua al formar olitas y con el piar de los pájaros en los árboles. Se paró un momento a tocar los juncos y se inclinó para oler el frescor… Y, entonces, el cielo se abrió. Se puso la capucha y continuó cuesta arriba, por el puente y hasta la calle.

Al pasar por la estación de servicio de Millie, avistó a dos personas que comían dentro de un coche. ¿Cómo podían consumir comida de gasolinera, y más a esa hora? Mientras atravesaba la calle Friar, volvió a mirar tras de sí.

¡Para! Nadie la seguía. Aunque era incapaz de deshacerse de esa sensación de inquietud. Orla sabía que era astuta y sensible. Así que tenía que haber una razón por la que se sentía así.

Luego, se estremeció, se cambió la esterilla de yoga de hombro y se enderezó la mochilita en la que llevaba la toalla y la botella de agua. A pesar del dolor de cabeza, esa mañana se sentía bien con su equipo morado de licra y las zapatillas de correr nuevas de Asics. Tyler la habría obligado a devolverlo por el precio. Pero él ya no la controlaba. Aunque hoy aquello no le proporcionaba la satisfacción que sabía que debía sentir.

Fue en ese momento cuando volvió a sentirlos. Unos ojos fijos en su espalda. La mujer se giró a toda prisa y le pareció ver una sombra arrastrarse en el callejón de detrás. ¿Tenía que detenerse y esperar? ¿Echar un vistazo? ¿Debería salir huyendo? No, ya estaba harta de huir. Aquello no la había llevado a ninguna parte.

Acto seguido, escuchó el tronar de unas sirenas. Dos coches patrulla pasaron como un rayo y salpicaron cuando atravesaron los charcos cada vez más llenos.

Alguien había muerto.

No le cabía duda.

Notó cómo se le cerraba la boca del estómago de la misma forma que el día en que Tyler desapareció.

Él estaba de pie, frente al fregadero de la diminuta cocina, de espaldas a ella, con los hombros encorvados, y sabía que estaba sujetando el móvil en la mano.

—¿A quién le estás escribiendo a estas horas de la mañana? 

Echó un vistazo al reloj digital del horno: las 4:05 de la madrugada.

Él se giró, pero su rostro permaneció velado por las sombras que derramaba la tenue luz de la bombilla que colgaba del techo. Había olvidado contratar un vataje mayor.

—Lo que haga no es asunto tuyo. Y, si quieres saberlo, estoy confirmando la hora de mi vuelo.

Ella se encogió del miedo y encendió la tetera eléctrica.

—¿Has comprobado siquiera si tiene agua? —La fulminó con la mirada antes de volver a darle la espalda y seguir escribiendo el mensaje con una mano.

La tetera aulló y la mujer se dio cuenta de que llevaba razón. Estaba vacía. ¿Debía abrir el grifo o eso lo enfurecería más todavía? ¿De verdad quería una taza de té? La respuesta a ambas preguntas era no. Podía irse sin hacer ruido y dejarlo con sus misteriosos mensajes. O mantenerse firme. Entonces, se estremeció y retrocedió hasta la puerta.

—¿Vas a llenarla o la vas a dejar así? —Se giró lentamente—. No sé ni por qué estás despierta. Nunca hago ruido.

—Solo iba a prepararte una taza de té antes de que te fueras.

—¿Y obligarme a parar en la autopista para mear? Vuelve a la cama y déjame en paz. Te veo en unos días, y más vale que tengas la casa reluciente. Es un consejo. Ni un perro viviría en esta pocilga.

La mujer se tragó las lágrimas en silencio, una proeza que había dominado a lo largo de los cinco años que llevaba viviendo con Tyler Keating. La casa estaba resplandeciente. No había nada fuera de su sitio. Ni una mota de polvo. Ella sabía todo eso, pero aun así fregaba, pulía y frotaba cuando él estaba fuera. No tenía sentido no hacerlo. Pensar en las consecuencias la asustaba demasiado.

No se despidió ni le deseó un buen viaje, solo salió de la cocina y, sin hacer ruido, subió las escaleras hasta el dormitorio. Cuando se tumbó en la cama, esperó a que los minutos pasaran hasta que escuchó que la puerta de entrada se cerraba y el estallido del motor mientras se alejaba.

Ahora se preguntaba si todo aquello no era más que un recuerdo inventado. ¿De verdad fue aquello lo que sucedió esa mañana?

Aceleró el paso entre temblores, consciente de que era imposible huir del pasado.

Capítulo 5

Una resaca del demonio se había arraigado en Kirby, y no era capaz de levantar la cabeza de la almohada. Saboreó el whisky rancio en el fondo de la boca y se preguntó cómo podría conseguir un vaso de agua sin salir de la cama. Imposible.

Alargó la mano para coger el móvil de la mesita de noche y, mientras los dedos escarbaban en su búsqueda, lo tiró al suelo. El hombre se inclinó sobre el borde de la cama y entornó un ojo; abrir los dos resultaba demasiado doloroso. El teléfono había aterrizado junto a un zapato negro resplandeciente. Entonces, abrió los dos ojos de golpe y vio con nitidez otro zapato, además de un sujetador blanco de encaje.

—¿Qué co…?

Cada sílaba le golpeó tras los ojos igual que un principiante aporreando las teclas de una máquina de escribir. Agonía. A la vez que volvía a recostarse en la almohada, mareado, sintió que una mano serpenteaba sobre su rechoncha barriga.

—Hola. Estás despierto —dijo ella.

En los pocos segundos que pasaron desde que registró en su mente que había llevado a una mujer a casa, una parte de él deseó que se tratase de la encantadora agente Martina Brennan, aunque sabía que jamás contaría con tanta suerte. El inspector Sam McKeown había hundido por completo sus garras en la policía, a pesar de que su mujer había descubierto la aventura.

Se giró y clavó las pupilas en la coronilla de la cabeza rubia que se encontraba bocabajo en la almohada junto a él. La chica alzó lentamente la vista hasta él.

¡Joder, era despampanante!

Kirby agitó la cabeza, lo que le provocó más dolor fulgurante.

—Buenos días —consiguió contestar.

—No te acuerdas de anoche, ¿verdad? —Una sonrisita se dibujó en esos labios en forma de corazón, y quiso besarlos de inmediato.

—¿Que si me acuerdo? Por supuesto. —Mentía.

No tenía ni idea de cómo había conseguido meterla en su cama.

La joven se rio y volvió a hundir la cara en la almohada. Su mano extendida le estaba haciendo cosas terribles. Terribles no, maravillosas, excepto porque notaba que iba a vomitar en cualquier momento por todo el alcohol que había ingerido. Entonces, el sabor le ascendió por la garganta. ¡Whisky! Después de todas las promesas que se había hecho, había salido y había tomado el whisky de las narices.

Necesitaba ir al baño. ¿Cómo podría zafarse sin ofenderla? No quería que sus dedos parasen de dejar su rastro mágico, pero hacer pis era una necesidad real.

—Oye, tengo que ir al baño. Puedes… sabes… ¿esperar hasta que vuelva?

Ella se rio de nuevo, y el sonido le resultó tan musical que habría bailado si no se hubiese estado muriendo.

—No me voy a ir a ninguna parte aún.

Acto seguido, se puso bocarriba y tiró de las sábanas para ocultar su desnudez.

En ese momento, el hombre sufrió un aterrador destello de conciencia. ¿Las sábanas estaban limpias? ¿Cómo iban a estarlo? Hacía siglos que no iba a la lavandería. Y ¿dónde estaban sus calzoncillos? Ni de broma iba pasear su culo gordo y desnudo por el dormitorio.

—No te preocupes —lo tranquilizó ella—. Anoche ya lo vi todo.

Pero, aun así, se giró y lo ayudó a preservar parte de la dignidad que le quedaba.

Ya en el baño hizo pis, tiró de la cisterna y se lavó las manos. Luego, encontró un par de bóxers en el suelo y se los puso enseguida antes de echarse un vistazo en el espejo. El rostro flácido y colorado que le devolvió la mirada era ciertamente el suyo y, por una vez, el espeso cabello descansaba aplastado en unos rizos sudorosos pegados al cuero cabelludo. ¿Era momento para una ducha rápida? No, la chica podría desaparecer.

Se pasó un cepillo por los dientes, se salpicó agua fría en las mejillas y se enjuagó el sueño de los ojos. Después de secarse la cara, revolvió en el armario en busca de algo agradable con lo que rociarse. Necesitaba librarse del hedor rancio a alcohol, sudor y sexo. Al final, encontró un bote de Old Spice que había olvidado que tenía, se empapó generosamente y volvió al dormitorio.

Solo había tardado dos minutos, pero ella ya estaba vestida, sentada en el borde de la cama y recogiéndose el pelo.

—No te vayas todavía —le pidió—. Podemos ir a algún sitio a desayunar. ¿Te apetece? Que le den al trabajo.

—Tengo que ir a trabajar y, por lo que tu móvil dice, tú también deberías estar en otro sitio.

El hombre notó cómo la sangre se le drenaba de la cara. ¿Había estado husmeando? No es que tuviese nada que esconder, pero, igualmente, le gustaba poder confiar en las personas.

—Y no lo he mirado, si es lo que estás pensando. Es que está vibrando como si hubiese una gallina cacareando debajo de la cama.

—Dios, no, no había pensado nada de eso. Es solo que estoy un poco atontado.

El móvil podía esperar. No se fiaba de ser capaz de volver a incorporarse si se agachaba a por él.

—No pasa nada, Larry. Encantada de conocerte. —Le tendió una mano.

Durante un instante, pensó que le pedía dinero. No había sido tan estúpido, ¿verdad? Pero, a continuación, la muchacha se acercó a él, le rodeó la cintura con los brazos y se estiró para darle un beso en la barbilla. Madre mía, qué bajita. No le cabía duda de por qué necesitaba los tacones de aguja que había visto en el suelo.

—¿Dónde están mis zapatos?

Kirby se los señaló y acto seguido se sonrojó al ver el sujetador junto a ellos en el suelo. La mujer lo recogió y lo metió en un diminuto bolso de mano que descansaba al lado de la pata de la cama.

—¿Te volveré a ver? —quiso saber él.

La joven se colocó el bolso de mano en el hombro y deslizó los pies en los tacones.

—Me has invitado a cenar el sábado por la noche. ¿Te acuerdas?

—En realidad…

—No te preocupes. Los dos estábamos bastante borrachos. Tengo tu número.

—¿Cómo?

—Anoche me obligaste a guardarlo en el móvil. Espero que sea el correcto; me sentiré como una completa imbécil si llamo a otro tío.

Él sonrió.

—¿Y me diste el tuyo?

—Sí. Luego te escribo. —Fue hacia la puerta—. Por si se te ha olvidado, me llamo Amy.

El hombre se sentó en el filo de la cama durante cinco minutos completos después de que ella se marchara mientras intentaba desenterrar algún recuerdo de aquella noche. Le iban y venían flashes. El bar Fallon, el Danny y el Cafferty. Luego el hotel Brook. Bailar. Beber. Beber mucho. Para una noche de jueves, ¡además! Iba a pasarse la semana sin un duro. Después de aquello, había un vacío de alcohol. Definitivamente, había llegado el momento de dejar el whisky.

El estado de las sábanas le dijo que ahí había más que recordar, pero necesitaba mirar el móvil y ponerse manos a la obra.

—Bueno, ¿qué hora es? —musitó mientras se sostenía la cabeza y sacaba el teléfono de debajo de la cama—. ¡Madre del amor hermoso!

Diecisiete llamadas perdidas y nueve mensajes.

Ahora sí que estaba en la mierda.

Pero, entonces, sonrió. Hoy aguantaría todo lo que le echasen.

Volvió a tumbarse en la cama, acomodó la almohada y cerró los ojos. Por primera vez en siglos, puede que desde que asesinaron a su novia Gilly, Kirby se encontraba cerca de lo que él llamaba felicidad. Y todo debido a aquel suspirito de mujer llamada Amy.

Capítulo 6

El polígono industrial Ballyglass era el hogar de concesionarios con coches tan pulidos que parecían espejos, centros de fitness y el mayor centro de distribución de supermercados del país. Según mirabas a la derecha, había un páramo atrapado en una disputa de planificación. Aquel era el lugar designado para los circos y ferias cuando estos llegaban a entretener a los ciudadanos de Ragmullin.

La lluvia estaba amainando, pero Lottie notó cómo las botas se le hundían en la tierra revuelta. En aquel momento, vio las placas que había colocado la policía científica para no pisar la escena del crimen y se subió a una de un salto, antes de que nadie se diese cuenta de su error.

Grainne Nixon se encontraba al cargo de los agentes de criminalística y la mujer se acercó a la inspectora por detrás, mientras se afanaba por caminar cargando con el peso del estuche de metal que contenía las herramientas forenses.

—Buenos días, inspectora.

—¿Qué tal, Grainne? No te lo vas a creer, pero estaba deseando que algo me aliviase de la semana de hojas de cálculo; me tenía mentalmente agotada. Aunque, para serte sincera, no quería que nadie acabase asesinado.

—Yo acabo de llegar. ¿Se trata de un asesinato?

—El informe no oficial indica que tiene una herida de bala en la cabeza.

—Mierda.

La forense soltó el estuche sobre una de las placas y se metió la melena pelirroja debajo de la capucha. A continuación, se tapó la boca con la mascarilla.

—¿Te acompaña el sargento Boyd?

—Está vistiéndose de blanco. Después de ti.

Lottie se hizo a un lado para dejar entrar a la agente de la científica en la tienda. La habían levantado encima del cuerpo a toda prisa para proteger las pruebas potenciales de la lluvia. «Un poco tarde para eso», pensó la inspectora.

Otro agente de criminalística se encontraba junto a la cabeza de la chica fallecida, donde esperaba instrucciones de su superior. Lo único que se oía era el repiqueteo de la lluvia contra la lona.

—No la asesinaron aquí —dijo Grainne de inmediato.

—¿Porque no hay sangre? —preguntó.

—Exacto. —La mujer se arrodilló sobre la tela de plástico.

—¿Es posible que se la haya llevado el agua?

—Es posible. Ha llovido durante la noche y, además, está este chaparrón más reciente. Aun así, esperaría ver alguna decoloración en la tierra.

Lottie se inclinó por encima del hombro de su compañera para estudiar a la víctima. El rostro de la joven era bonito en un sentido sencillo y a su constitución no le sobraba ni un gramo de carne. Estaba esquelética. Tenía el cuello largo, esbelto y amoratado. A lo mejor podían probar suerte en esa zona para el ADN. Llevaba un vestido escotado y era obvio que no llevaba sujetador. El cabello pelirrojo le recordó a los rizos de la forense. Podrían ser hermanas.

Se permitió mantener la mirada en la cara demacrada de la víctima. Los pájaros le habían picado la piel pálida y daba la sensación de que le habían arrancado los ojos de las cuencas. Notó una avalancha de bilis, pero enseguida volvió a tragársela.

—Treinta y pocos, estimo —dijo—. Señor, es espantoso. Es la hija, la hermana, la pareja o la esposa de alguien. Incluso podría ser madre. —La inspectora se lamentó por la mujer sin nombre, cuya familia estaba a punto de hundirse en una pesadilla tortuosa.

—Disparo. En la sien izquierda. Si no me equivoco, tiene ambos brazos y una pierna rotos.

Lottie se había dado cuenta de los ángulos tan difíciles de los brazos y de la carne desgarrada.

—¿Se cayó desde un lugar alto? ¿La tiraron? ¿La empujaron?

Grainne le echó un vistazo.

—Espera hasta que el patólogo forense…

—Sí, lo sé. —Pero estaba impaciente por descubrir más—. Una cosa está clara, y es que no vino caminando y se tumbó en el suelo mientras alguien le pegaba un tiro en la cabeza.

—Tiene los pies arañados y desgarrados —comentó la forense.

En ese instante, la inspectora se puso en cuclillas y entornó los ojos para mirar el delicado piececito, probablemente una talla 38. Su compañera llevaba razón.

—¿Es posible que alguien la trajera hasta aquí, le partiese las extremidades y le disparase?

—Como he dicho, no hay sangre visible. Puede que la arrastraran hasta aquí, pero el terreno se ha convertido en un baño de lodo y, como la feria ha abandonado la zona, ha dejado un montón de huellas de neumáticos.

—¿Qué tiene alrededor de la boca?

Lottie escudriñó la sustancia negra y pegajosa que la víctima tenía en los labios y las mejillas.

—Diría que la amordazaron con cinta. Posiblemente americana, aunque el negro me hace pensar en que podría tratarse de cinta aislante. A lo mejor tenemos suerte y podemos sacar alguna huella del residuo.

La inspectora se disponía a darse la vuelta cuando comentó:

—El vestido parece de algodón ligero.

—Un vestido de fiesta. —Boyd entró en el espacio confinado—. ¿Le dispararon en otro sitio?

—Eso parece —dijo Grainne mientras abría su maletín para ponerse manos a la obra.

Lottie salió de la tienda. Luego, se quitó la mascarilla e inspiró el aire húmedo de la mañana para deshacerse del aroma a muerte del que se había impregnado.

El oficial se unió a ella.

—Hay cámaras de seguridad en ese almacén de ahí, pero todos los concesionarios con cámaras de alta resolución se encuentran al otro lado del parque comercial.

La mujer volvió a zambullir la cabeza en la tienda.

—Grainne, ¿tienes idea de cuánto lleva muerta?

—Puede que cinco o seis horas, y ha pasado el tiempo suficiente a la intemperie como para que los pájaros la desfiguren. El patólogo os dará una respuesta más definitiva.

Luego, Lottie volvió andando con Boyd a través de las placas para proteger la escena del crimen.

—Necesitamos averiguar de quién se trata. Eso nos dará un punto de partida.

—¿Por qué dejarla aquí? —quiso saber él—. ¿Tendría algún significado para el homicida?

—No la asesinaron aquí, eso es evidente. Alguien se tomó la molestia de trasladar el cadáver y dejarlo a la intemperie para que lo encontraran. ¿Por qué?

—Espera a la autop…

—Ya, ya. —La inspectora se acercó al extremo del cordón—. Pero me da que la colocaron en esa pose y la dejaron para que alguien diese con ella. ¿Quién hace eso?

—Un hijo de puta arrogante.

La mujer se quitó los cubrezapatos.

—¿Dónde está el chico que ha llamado?