Las Aventuras de Kimi - Homero Centonzio - E-Book

Las Aventuras de Kimi E-Book

Homero Centonzio

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Beschreibung

Las alegres andanzas y chiquilladas de un joven chileno en los años setenta. Descubre el mundo a través de los ojos de Kimi. Desde esas largas caminatas al colegio de Chuquicamata, hasta ese amor platónico por una profesora, pasando por esos bailes de curso con pedida de pololeo, peleas entre hermanos, ese vecino que detestaba las pelotas de fútbol, las artes oscuras de las vecinas, e incluso esa vez que casi quemamos la pieza. Las aventuras de Kimi es mucho más que una ventana a otros tiempos: representa una celebración de la vida, de esos amigos que se convierten en familia y de los sueños que nacen en los patios de juego. Cada día es una aventura.

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Seitenzahl: 364

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Las aventuras de Kimi

Sello: Golondrina

Primera edición digital: Mayo 2024

© Homero Centonzio M

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Claudia Riquelme

Ilustraciones interiores Claudia Riquelme

Corrección de textos: Virginia Gutiérrez

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

© Áurea Ediciones

Errázuriz 1178 of #75, Valparaíso, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6183-83-9

ISBN digital: 978-956-6386-07-0

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

~ Carta a mis amigos de infancia ~

Si hay algo sobre lo que casi todos podemos estar de acuerdo es que de las etapas de la vida, la que más perdura en la memoria es la de la infancia. No porque nos mantengamos niños por más tiempo, sino porque la llevamos en nuestros corazones y reflexionamos sobre ella por el resto de nuestras vidas.

Un lugar, una palabra, una canción, un gesto, nos puede llevar a nuestra niñez mágicamente y nos permite recrear una situación, una sensación o sentimiento profundo. Puede ser el reverbero de un amor, la nostalgia por una caricia, un beso, o un contratiempo que se vuelve memorable.

La resistencia que algunos tenemos a crecer y a madurar puede estar relacionada con la intuitiva convicción de que jamás volveremos a vivir en esa inocencia. Y esa inocencia nos permitió soñar, jugar o imaginar un mundo increíble; nos dejó fantasear con que nuestros padres nunca envejecerían, que la calle en que jugábamos nunca iba a desaparecer o que la vida nunca tendría un vuelco inesperado y rotundo.

Por esto, el relato que está frente a tus ojos no tiene otra intención que recoger lo que mis evocaciones, ordenadas o no, han ido acumulando en mi memoria. Es lo que a lo largo de décadas, de manera imperfecta a veces, incompleta o definitivamente inexacta, se ha ido fijando en mi mente como un remolino de recuerdos o invenciones.

Pido perdón cuando la memoria no me ha podido ayudar para rescatar con exactitud algún hecho. He recurrido entonces a la memoria colectiva, a lo que he supuesto como creíble o imaginable, al testimonio de quienes recuerdan ese tiempo o a lo que me hubiera gustado que ocurriera.

Por lo demás, y como suele suceder, al igual que con la memoria, esta historia está escrita intencionadamente casi en todo su recorrido. Es una trabada narración que parece desordenada, pero si la tomamos como un todo, al final de su lectura parecerá, como tus propios recuerdos de la infancia, un anecdotario vivencial que se viene sin que uno lo llame en cualquier momento de la vida.

Después de todo, es la historia de un niño.

Los que me conocen sabrán distinguir los distintos sabores de una torta cuyos ingredientes se traslapan y se mezclan desde los siete a los catorce años, dejando una profunda huella en mi vida: mi infinita gratitud de haber recibido tanto en los casi primeros tres lustros de mi breve existencia en la tierra.

Kimi

~ 1 - Mi profesora Alba en el John F. Kennedy ~

El camino comienza en una mañana soleada pero fría de un pequeño campamento minero a finales de los sesenta.

Su nombre irrevocable, aunque ya no esté habitada, era Chuquicamata, la hermosa ciudad de mi primera infancia.

La imagen todavía es nítida.

Era un muchacho no mayor de diez años que no sabía mucho de la vida, excepto que tenía que caminar hacia una escuela con el nombre de un presidente norteamericano al que no conocía muy bien en ese momento y que, alternadamente, admiraría o evitaría admirar en las siguientes décadas, ya tristemente desvestido de la inocencia pueril.

Era el colegio John F. Kennedy o Escuela 31, según el que la nombrara.

«¡Pucha, que hace frío hoy día!», reclamaba mientras apuraba el paso, tratando de acomodarme el gran bolsón cuadrado de cuero café que me colgaba.

Bolsón de cuero olvidado

En mi esquina del recuerdo

De una mañana, rodeado,

Bajo el sol de Chuqui amado.

Esa mañana, el frío calaba hondo en mi cuerpo que, aunque había sido generosamente abrigado por mi madre, se enfriaba a cada paso.

Un grueso guardapolvo de color crema, bata protectora típica contra las manchas en el colegio, protegía este pequeño y delgado cuerpecillo de niño.

Me frotaba las manos para calentármelas y arreglaba de tanto en tanto mi gorro de lana, tejido por mi mamá.

Brusco, me froto las manos

Y el aire matinal muerdo.

Camino, corro, me afano

Del sol tibio no me acuerdo.

«¡Vamos, ánimo, ya voy a llegar!», me decía.

La escuela quedaba lejos, pero no era un problema. En un pueblo como aquel se caminaba mucho. Solo un par de años antes, cuando vivíamos en un conjunto habitacional llamado «Los 300», teníamos que salir de casa y caminar incluso para ir al baño. Eran baños públicos y podían ser utilizados con libertad hasta un poco más de mediodía, pues en la tarde eran privilegiadamente usados por los trabajadores de la mina, que bajaban de sus faenas a bañarse.

Y aunque ahora vivíamos en otro sector, llamado Las Normac, igualmente teníamos que caminar para ir al centro del pueblo. No era un trecho muy largo, pero no existía un medio de transporte local, y recorrerlo varias veces al día podía ser abrumador para un niño.

—¡Mamá! ¡Ya estoy cansado! —reclamaba yo.

—¡Ya, caminen, nomás, si no queda muy lejos! —respondía, pero no me convencía ni a mí ni a mis hermanas Rossana, Karina y Javiera.

Gotas de dicha serena,

De a tres se esparcen plácidas.

Dos blancas, otra morena

Por la vida, tres ávidas.

Para nosotros, se convirtió en una aventura… al comienzo. Luego se transformó en un desencanto.

Por ejemplo, era un sacrificio muy grande ir a la pulpería, una especie de mercado de abarrotes y verduras bien abastecido, o a La Verbena, un almacén muy bien aprovisionado de todo lo que se necesitaba en el hogar.

Era un alivio cuando mi mamá se decidía a tomar un taxi, pero generalmente esto era solo para ir al hospital.

—Mamá, ¿podemos quedarnos en la casa? ¡No queremos ir a la pulpería! —le decíamos.

Cuando teníamos que ir a la Pulpería Dos, algo así como un supermercado, pero al estilo de gran almacén, se respiraba más tranquilo.

Además, mi mamá le pedía a un carretonero que nos llevara la mercadería a la casa.

Más de alguna vez me había subido al carretón, sin que ella se diera cuenta, solo para admirar el entorno desde las alturas. Era un pirata, subido en el mástil del barco, gritando: ¡tierra! O era un alpinista que en la cúspide de la montaña colocaba la bandera chilena en todo su esplendor.

Pero era un carretón de madera y amplio. Cabía todo, incluso yo.

El dueño era un señor con su cara curtida por el sol de la pampa. El desierto, seco y polvoriento, hacía estragos en los cuerpos de los hombres y las mujeres.

—¿Mamá, me puedo subir al carretón? —preguntaba, aunque ya sabía la respuesta.

—¡No, Kimi! ¡Camina, nomás! ¡Tú puedes! —me animaba.

Carretón de pulpería

Voy como Aquiles montado.

Verbena o almacén amado

Por ti, el llano cruzaría.

En fin, el único lugar al que podíamos ir sin tener que caminar tanto era al Roy H. Glover, el hospital.

Quedaba demasiado lejos y solo íbamos cuando alguna de mis hermanas estaba enferma.

El hospital era, sin duda, el mejor lugar del pueblo. Era el único en que podíamos pisar el pasto, que no existía en ningún otro sitio. Y el único para el cual llegar implicaba pasar por debajo de un paso nivel. Eso era un gran acontecimiento.

—¿Cómo hicieron ese hoyo, mamá? —preguntaba.

Y me imaginaba a la Pala Mundial de la compañía minera, traída en el año 1949 a Chuqui, que, con un solo movimiento de su gran cuchara, hacía ese horadado gigantesco para puro divertir a los hijos de los mineros.

—¡Hurra! —gritábamos cuando pasábamos por debajo.

A veces pensábamos que la mole de piedra dispuesta sobre nuestras cabezas caería justo en el momento en que pasáramos.

Pero el puente nunca cayó; no entonces. Medio siglo después, ya quizás está bajo los escombros por la extensión del hoyo de la mina a tajo abierto más grande del mundo

Nadie más podría pasar por debajo de ese breve tramo subterráneo oscuro, sufriendo y gozando la hazaña del paseo en auto.

Césped de lozanos brazos

Que del cerro el café quitas.

Del puente miro asombrado,

Cuando me besa mamita.

Recuerdo cuando, con la cabeza rota por un piedrazo de una amiga de la calle, llegué a la casa llorando.

—¡Te dije que tuvierai cuidado con ella! —me retó mi mamá esa vez.

—Sí, mamá —dije yo, bien pavo.

—La próxima vez que vengái llorando te voy a dar un par de palmazos en el trasero más encima, por ser tan tonto que te pega una niña —me amenazó.

—Sí, mamá —repetí con el mismo alelamiento.

«¿Y si me pega un niño?», pensé, pero no lo dije.

Estarán pensando que mi mamá era machista. Obviamente, sí. Todos lo eran, hombres y mujeres. Así funcionaba la cosa en ese tiempo.

***

Con estos recuerdos en mi cabeza, seguía caminando a la escuela. A lo lejos lograba divisar el Colegio John F. Kennedy. Me encantaba entrar por el portón trasero, pintado con un intenso color verde.

Lo primero que veía, a la derecha, era la gran cancha de fútbol de tierra mezclada con piedrecillas que nos rompían las rodillas cuando una zancadilla, inocente o interesada, se atravesaba en pleno partido de fútbol.

Y a la izquierda, la cancha de baby fútbol encementada.

Escuelita de mi infancia

Cómo adornas mis recuerdos

De miradas, de sonrisas

Y a mis profes, puedo verlos.

La Álamos, una compañera de curso, estaba en la puerta de la sala.

Era una muchacha de mi misma edad y muy alta, lo que hacía que su apellido concordara con su aspecto.

En la fila, al momento de entrar, sobresalía claramente.

Siempre era de las últimas cuando nos formábamos y a veces le decíamos que tuviera cuidado con el dintel de la puerta, una exageración deliberada. Graciosos, nosotros.

—Hola, Álamos —dije.

—Hola, Kimi —contestó.

—Cuando escuchaba el apellido Álamos, se me venía inmediatamente a la mente la imagen del árbol.

Josefa, mi amiga del alma

Compañera hermosa y esbelta

Te recuerdo siempre alta

Cual si fueras diosa celta.

Afortunadamente, mi familia y compañeros de curso me conocían por mi sobrenombre, Kimi.

¿Había sido intencionado por parte de mis padres no referirse a mí por mi nombre? ¿Les parecía quizás muy añejo o ajeno?

Mi nombre es Homero Augusto. Tal cual. Un griego y un romano. Un poeta y un emperador. Mucho nombre para un niño.

Pero entonces solo sabía que mi nombre y apodo eran producto del recuerdo de mi padre de uno de sus hermanos, que había fallecido a temprana edad. Aquel que de grande podría haber sido mi tío se había estado mojando la cabeza por mucho rato debajo de un grifo en María Elena, un pequeño centro minero en las llamadas Salitreras en Chile de donde eran oriundos, mientras los demás hermanos jugaban a la pelota.

Eso recordaba de lo que mi papá me había dicho, aunque el relato parecía irreal y aparentemente la situación había sido de otra manera.

—¡Niños, no se mojen mucho la cabeza! ¡Es peligroso, miren que el agua está helada! —decía a veces mi papá, como rememorando ese momento real o ficticio.

Homero nunca me llaman.

Y Kimi aparece siempre.

El primero me reclama,

El segundo me apetece.

Entré a la sala de clase. Mi puesto me esperaba en la segunda fila, en el sector del escritorio del profe.

Era marzo y no podía ocurrir otra cosa que en la clase de Castellano se nos pidiera escribir una composición sobre nuestras vacaciones.

Sentado casi al frente del profesor y recibiendo el exquisito calor del sol por los ventanales a mi izquierda, yo había escrito sobre los viajes que hacíamos a la playa Los Metales, en Antofagasta.

Conté lo bien que lo había pasado con mis primos y primas, Luis, Irene, Ximena, Juan Alberto y Alberto Juan. A este último lo llamamos cariñosamente, hasta el día de hoy, «Gusanito».

También se me ocurrió escribir una reflexión a propósito de la gran diferencia entre vivir en mi pequeño pueblo, Chuquicamata, y la gran ciudad de Antofagasta.

«En Antofagasta hay muchos robones; en cambio, en Chuqui no hay ninguno».

Era una frase a la pasada, sin otra intención de hacer notar lo grato que se sentía vivir en Chuqui. Pero mi profe reparó en la palabra «robones» y encontró oportuno aclararle mi error a todo el curso, generosamente.

—¡Homerito, Homerito!… ¡Niños, escuchen, por favor! ¿Existe la palabra «robones»?

Algunos de mis compañeros ni siquiera oyeron, y siguieron con su composición.

Los que sí, unos pocos sabihondos de la clase, levantaron la mano.

—¡No, profe! ¡La palabra es ladrón, no robón! —gritó riéndose desde el fondo del salón el más pinganilla, Ilich.

Era mi mejor amigo y quería embromarme, como decía mi abuelo Cututo.

Ilich le había escuchado la respuesta correcta a una de las mellizas Sabattini, que parecían dos hermosas damiselas de pelo cobrizo.

Ellas, sin duda, estaban fuera del estereotipo del chuquicamatino o del calameño, con sus hermosas caras y sus refinados y medidos modales.

Ilich había querido destacarse y, de pasadita, burlarse de mí.

Era mi turno de ser molestado, la víctima del momento, porque la carcajada se escuchó en todos los rincones de la sala.

Luego, en el recreo, en las graderías de la cancha, mis compañeros continuaron el festín gritándome cosas.

—¡Cuidado con los robones; cierra la puerta, que viene un robón! —decían mientras se desternillaban de la risa.

Palabra desatinada

Que lacera mi honra tenue.

Palabra hermosa y amada

No hay otra que me emocione.

Duró un tiempo el alboroto por este impasse léxico, hasta que la Álamos me dijo que la profe Alba me estaba buscando.

—¡Dice que vayái a la sala de profes! —espetó y se fue a jugar con sus otras compañeras, que se divertían con el juego del luche.

Mi alta, hermosa Josefa

Que me trajo la noticia

Que el blanco amor me acaricia:

Kimialba son sinalefa.

Y comenzó otro festín.

—¡Al Kimi le gusta la profe Alba! ¡El Kimi se va a casar con la profe Alba! —bromeaba Brady Brizuela, otro de mis amigos, cuyo nombre pronunciábamos en español.

¡Pero era verdad! ¡Me gustaba esa profe!

Además, el nombre de mi profe Alba era tan dulce y concordaba con su hermosa y jovial cara. Cuando encontraba una flor en la plaza, no podía sino ver cómo estaba mi suerte.

«¡Me quiere mucho, poquito o nada! ¡Me quiere mucho, poquito o nada! ¡Me quiere…!» Y saltaba de emoción, pensando que la flor era mi gran señal.

Me ruboricé y mis compañeros se dieron cuenta.

—¡Miren! —dijo el Chino Ying—. ¡El Kimi se puso rojo!

Risas y burlas de nuevo.

—¡Al Kimi le gusta la profe! ¡Al Kimi le gusta la profe! ¡El Kimi se va a casar con la profe! —me molestaban en todas las clases.

Mi blanca ilusión de niño

Mi alba esperanza de amor

Mi ingenua confianza ciño

En mi alma muere el temor.

Los que más se burlaban eran Ilich Veloso, Guevara y el Chino Yipi.

Ilich y Guevara eran nombres muy comunes para mí en ese entonces.

Muchos años después, décadas quizás, comprendería el significado que escondían y las historias que sus padres podrían haber tenido para ponérselos.

Nombres tan icónicos para muchas personas, amados y odiados.

Hoy no son comunes.

Sin embargo y más allá de eso, eran mis mejores amigos y ahí estaban, riéndose de mí. Eso no era un gran problema: en muchas otras oportunidades, yo era el que se reía de sus tonteras y desaciertos.

Nunca sentí lo que hoy llaman bullying. Entiendo que estas burlas y sarcasmos tienen un efecto muy negativo en la generación presente. En nuestro tiempo, las burlas eran lo que nos tocaba recibir o producir frente a nuestros compañeros. Nada más que eso. Nada menos. No sé si nuestros padres nos preparaban mejor para ellas o si nosotros resultamos lo suficientemente resilientes a tanta burla cotidiana y escolar. Me gustaría que los niños de ahora pudieran ser inmunes a ellas como creo que éramos nosotros, aunque nadie puede dimensionar el efecto de estas en aquellos que las sufrían. Quizás a mí no me importaron y a algún compañero sí, y yo simplemente no lo supe.

Ilich, corazón gigante.

Chino Ying, flaco adorable.

Brady, sabio caminante.

Guevara, amigo entrañable.

Lo cierto es que salí rapidísimo del lugar en busca de mi profesora querida.

—¡Miren cómo corre el Kimi! ¡Como peo espanta‘o! —vociferó Ilich, y todos se pusieron a reír de nuevo.

Yo ya no los escuchaba. Solo veía a algunas de mis compañeras de curso cantar mientras saltaban la cuerda.

«Manzanita del Perú, cuántos años tienes tú, todavía no lo sé, pero pronto lo sabré, uno, dos y tres…», pensaba que decían.

Y luego, en mi mente, solo aparecía la imagen de la hermosa cara de mi profe.

Llegué a la sala de los maestros. El profesor Aguilar, mi profe jefe, me miró y preguntó qué estaba haciendo ahí.

—¡Es que me mandó a llamar la profe Alba! —dije.

—¡No está acá! ¡Está en el quiosco!

Me disponía a salir del lugar, cuando se cruzó el mismísimo director del colegio, el señor Pastrana.

—Hola, Homero. ¿En qué andas?

El señor Pastrana era un hombre fornido y el de mayor altura de la escuela.

Era muy respetado por todos. Era de voz muy grave, pero cálido, cercano, familiar.

—¡Es que me está llamando la profe Alba! —le contesté al director—. El profe Aguilar me dice que está en el quiosco. Voy para allá.

—Ya, muy bien —dijo y volvió de donde había venido.

¿Se había aparecido el director a saber qué estaba haciendo allí? ¿Era solo casualidad? ¿Había escuchado de mis cosas? ¿O yo me perseguía solo?

Al salir, me encontré con otro grupo de niñas que también cantaban mientras saltaban la cuerda: «Chascona, chascona, date una vuelta; chascona, chascona, salta en un pie…».

Pero no esperé a que las niñas que saltaban fueran golpeadas por la cuerda por no llevar el ritmo.

En cambio, caminé raudo, casi corriendo, a encontrarme con mi profe. Sentía que era como una cita, pero sabía que no. Aunque, por supuesto, ni sabía lo que realmente era una cita.

Cuando me acerqué al lugar, la vi. Estaba de espaldas. Riendo. Tomándose el pelo largo y liso, brillante al sol. Su cabellera se desplegaba libremente como cascada rubia, amarilla, danzante entre sus manos. Y sus manos eran suaves, y se entrelazaban con gracia infinita sus dedos largos y dulces.

¡Era mi profesora!

Alba, de sonrisa amable

Linda, de cabello ondeado

Dulce dulzura inefable

Un cristal fino admirado.

En un instante, volteó la cara y me miró.

Mantuvo la sonrisa y movió su hermosa faz hacia su hombro, suave, lenta y coqueta.

La palabra «coquetería» no la conocía entonces, pero luego entendí que en ella era natural, espontánea, sin fingimiento ni intención. Y yo la percibía.

Se acercó a mí. Se agachó y volvió a sonreír.

—¡Kimi! ¡Te andaba buscando! ¿Josefa Álamos te avisó?

Y yo, parado ahí. Frente a frente. Muy cerca, muy feliz. Muy conmovido por saber que era cierto que me buscaba.

Y me llamaba por mi sobrenombre. Era cercanía, familiaridad. Era todo lo que quería de ella.

—¡Mira, Kimi! ¡Quiero pedirte un favor! —dijo, manteniéndose en cuclillas, para estar frente a frente.

Yo seguía callado. No sé qué esperaba. Solo pensé en la imagen de Lo que el viento se llevó, la película que mis papás habían estado viendo el día anterior.

Un hombre viejo y una mujer joven mirándose frente a frente.

En la siguiente fracción de segundo, llegó la imagen de un avión a punto de despegar.

Delante, otro viejo de nuevo y una mujer más joven. Casablanca.

En ese momento, solo tenía las imágenes. No sabía el nombre de las películas. Ni siquiera sabía de qué se trataban.

Como no dije nada, la profe pasó a detallarme su petición.

—Quiero que vayas a mi departamento. Tú sabes dónde queda. Te paso la llave. Quiero que me traigas el cuaderno de Castellano que está encima la cama. Me lo entregas en el próximo recreo.

No cuestioné nada. ¡Cómo podía!

Hoy esa petición se vería extrema, imprudente, improcedente; en los sesenta, en mi pueblo, no tenía nada de particular.

El edificio de departamentos, con nombre de un señor Aguilar, parece, y de dos niveles, estaba solo a pasos de la escuela. No tenía que cruzar ninguna calle, que hubiera sido el gran peligro para un niño de corta edad en ese momento. Caminar solo hacia el lugar y desde él no era para nada complicado. Todos caminábamos distancias mucho más largas.

Hasta el día de hoy siento que no tenía nada de malo, no en ese tiempo. A todas luces sería imprudente por estos días; de hecho, sería peligroso. Pueden pasar cosas peores que tener que cruzar una calle.

—¡No hay problema, profe! —contesté, seguro.

Y yo sonreía satisfecho, como si lo que me pedía fuera que nos sentáramos y conversáramos un rato de la escuela, de las tareas, de mis profes, de ella y de mí.

—El número del departamento es el 21 —continuó mi profe Alba y me entregó las llaves, poniéndolas suavemente en mi mano derecha.

Las recibí como a quien le entregan el tesoro más grande de la vida.

Estábamos en pleno recreo, por lo que tenía suficiente tiempo para ir y volver. El trayecto no tomaría más de diez minutos.

Salí hacia la calle y seguí la gran vereda, por la que caminaba diariamente desde mi casa.

Camino alegre, dichoso

Entonando melodías.

En la senda de tus ojos

Invento mil poesías.

Prontamente estuve en la puerta del departamento.

La abrí y se desplegó una visión doméstica, normal.

Era de un solo ambiente, típico de los departamentos que la empresa Chilex Exploration Company entregaba a sus trabajadores solteros.

La cama sin hacer. El cuaderno arriba.

Lo tomé y le eché una mirada furtiva al resto de la habitación.

Un pequeño librero con una docena de libros y cuadernos. Un portalápiz con muchos bolígrafos de colores, gomas y hojas sobre un pequeño escritorio. Una mesa pequeña que, junto a un par de sillas, conformaban un conjunto a modo de comedor.

En una esquina, una cocinilla pequeña. Una radio. La imagen de dos hombres en moto pegada sobre la pared. Uno de ellos, con sombrero. La frase «Busco mi destino» en la parte inferior del póster.

Seguramente era una película. No la conocía.

En la otra pared, la imagen de un señor joven, vital, de boina negra con una estrella al frente, y barba frondosa. Abajo, la palabra «Che». No sabía quién era este personaje. Otra película que no conocía.

Años después iba a saber la importancia que tuvo este señor joven, para bien de muchos y para mal de otros. También supe que la foto se la habían sacado cuando asistió a un funeral, antes de que yo naciera.

Miré nuevamente el cuaderno y, en ese momento, reparé en una pequeña foto en el suelo que, al parecer, se había caído del mismo cuaderno.

La levanté.

Era la imagen de un hombre joven, de pelo largo sujeto por un cintillo multicolor y de camisa abierta, igualmente colorida. Verdes, celestes, amarillos, casi manchas de colores, unos sobrepuestos a otros.

En su pecho lleno de vellos colgaba un gran collar plateado, con un medallón con puntas de color verde claro.

Estaba en posición del loto.

Sus pantalones tenían la misma textura y diseño multicolor de su camisa. Eran pantalones sueltos, casi como una falda ajustada hasta los pies.

La di vuelta y vi escrito al reverso la frase «¡Qué bonito!».

Dejé la foto en el cuaderno y cerré la puerta.

Predeciblemente, sería la primera y última vez que entraría a esa habitación.

Desgastadas fotos de amor

De osadía agazapada

Liberadas del temor

De una vida emancipada.

***

Cuando ya estaba entrando a mi escuela, no había nadie en los patios.

Me acerqué a mi sala de puerta azul y me puse a escuchar, afuera.

—¡Bue-nos-dí-as-se-ño-ri-ta! —decían a coro mis compañeros.

Me los imaginaba a todos parados, como siempre, y esperando el saludo de la profe para poder sentarnos.

Pero no era fácil.

Mis profes se tomaban su tiempo antes de saludar, esperando que se hiciera un silencio muy profundo en la sala.

Por exactamente un segundo se sintió el sosiego.

—¡Buenos días, niños, tomen asiento! —respondió mi profesora, disfrutando el breve silencio, me imagino ahora.

—Mu-chas-gra-cias-se-ño-ri-ta —vocearon de nuevo mis compañeros, sílaba por sílaba, a todo pulmón, y se sentaron, metiendo mucha bulla al mover las sillas y mesas.

Entré a la sala.

Le conté a mi profe de inglés lo sucedido.

Me pidió que fuera a mi puesto.

Yo venía feliz. Nadie más podía decir que había estado en la casa de una profesora.

Nadie podía saber qué imágenes estaban en las paredes de las habitaciones de sus profesores. Piensa tú si sabes qué había en las paredes de las habitaciones de tus profes cuando niño.

Y justo eran las paredes de mi profe preferida. Mi hermosa profe Alba.

En la clase, mi maestra de inglés ejercitaba los pronombres.

Y yo estaba tan feliz que se me ocurrió preguntar en voz alta por qué no enseñaba otros pronombres personales en inglés.

—¿Sí, Homero? ¿Cómo cuáles, por ejemplo? —interrogó la miss entre enojada y curiosa: no esperaba una intervención mía.

Pocas veces preguntábamos en clases. Mis compañeros quedaron en silencio, observando.

No era una clase para hacer preguntas frente a todo el curso, ni menos con un cierto tono de soberbia. Es que me sentía en las nubes. ¡Volvería a ver a mi profesora en el próximo recreo!

—¡No, nada, profe! ¡Perdón, perdón, perdón! —me apresuré a recular.

Pero ya era tarde.

Algunos compañeros se empezaron a reír.

Mi profesora había cambiado el semblante. Se había puesto sombrío, y a pesar de que me sentía cierta simpatía, porque me sacaba buenas notas, no esperaba una interrupción.

Además, y creo que era la mayor razón, podía suponer que yo, un mocoso, le estaba diciendo que no era acuciosa con los contenidos o que no manejaba completamente el tema.

Solo algo muy importante podía justificar la interrupción frente al curso.

—¡No, Homero! ¡Dile a todos qué otros pronombres debería enseñarles!... ¡Ahora!

El adverbio de tiempo lo enfatizó claramente: ¡Ahora!

Aunque más bien parecía algo así como un ¡Ahora, ya!

No tenía escapatoria.

Decidí aceptar la realidad y admitir lo que siempre sabíamos: el profesor sabe lo que hace, aunque no lo sepa. El profesor tiene la razón, aunque no la tenga. El que manda en la clase es el profesor. ¿Cuándo se me ocurrió pensar algo diferente?

Era el efecto Profe Alba, seguramente.

Sabía todo de ella: sus ideales, sus recuerdos, sus anhelos. Hasta su ideal de hombre, quizás. Su estilo preferido. Su vestuario. Todo estaba en las paredes y yo lo había conocido de manera cercana, íntima. Por eso, me había atrevido ir más allá de lo prudente en plena década de los 60.

—Bueno, miss —dije bajito.

De la soberbia pasé rápidamente a la sumisión. De querer adentrarme a lo inescrutable, pasé a querer ser nuevamente un anónimo más entre los anónimos de mi curso.

Siempre es mejor ser así cuando no eres más que uno entre tus pares.

—Pensaba, miss, si era bueno aprender, miss, los pronombres Thou y Thee en inglés, miss —contesté, diciendo tres veces la palabra miss.

Y lo que era silencio se volvió risa rotunda en la sala, pero luego silencio nuevamente.

—Thou y Thee… Ehmmm… Thou y Thee —repitió mi profe.

Se acercó y se puso enfrente. Y yo bajé la vista.

Me sonrojé de nuevo, como cuando me dijeron que me estaba llamando mi profe Alba. Y el silencio continuaba. Bajé aún más la vista y por mi visión periférica solo divisaba la delgada correa violeta, rojo y azul de cuero entrelazado de mi miss, que se ajustaba a su cintura, con una hebilla con las iniciales CG, que no sabía si se referían a su nombre y apellido, Miss Clara Gallardo, o a la marca o quizás qué.

Volví a subir la vista cuando la miss se decidió a hablar.

—¡Bien, Homero! ¡Muy bien! ¡¿De dónde sacaste esas palabras?! —dijo fuerte, frente al curso, caminando por las hileras de la sala, como si yo estuviera en cada asiento.

Pero no sabía si me estaba felicitando o estaba siendo sarcástica, como otras veces.

—Es que tengo un libro de inglés, miss. Se llama Inglés Básico, miss, y es de Augusto Ghio. Mi papá me lo compró y ahí aparece, miss —dije, no sabiendo exactamente si lo había visto ahí o en otra parte.

Nuevamente había repetido la palabra miss. Parecía que era la única palabra en inglés que usábamos en esa clase.

—¡Muy bien, Homero! ¡Estas palabras efectivamente existen en inglés, pero están obsoletas! —sentenció.

¿Y qué era eso? Yo no sabía lo que era «obsoleta».

Y siguió hablando a todos los Homeros que estaban en la clase. ¿No hubiera sido menos estresante que me las dijera solo a mí? Además, algunos ya no ponían atención, porque la palabra obsoleta era tan difícil como thou para ellos.

—¿Y qué significan, Homero? —volvió a preguntar, como si la clase ahora la hiciera conmigo. Yo no quería y contesté que no sabía, aunque sí sabía.

Se alejó y no reparó en mi respuesta, porque decidió hacer historia del inglés y hasta las palabras Shakespeare y Hamlet aparecieron en su perorata.

Estos nombres hermosos se me aparecerían nuevamente años después, nombrados por un extraordinario profesor de literatura inglesa, el Señor Guido Mutis, gran primer director y fundador del Festival de Cine de Valdivia.

BARNARDO: ’Tis now struck twelve. Get thee to bed, Francisco.

FRANCISCO: For this relief much thanks. ’Tis bitter cold,

And I am sick at heart.

BARNARDO: Have you had quiet guard?

(Hamlet)

BERNARDO: Ya han dado las doce. Retiraos a vuestro aposento, Francisco.

FRANCISCO: Por el relevo, os agradezco. Cala el frío.

Y estoy miserablemente desalentado.

BERNARDO: ¿Habéis tenido una guardia tranquila?

[Mi traducción]

Y pasó el momento de zozobra. Nada más dije en la clase. Dejé que pasara todo. Fui un espectador silencioso cuando una de las mellizas casi se cae de su silla y todos se pusieron a reír.

No quería que mi profe se percatara que aún estaba ahí.

Logré ser invisible de nuevo.

Yo solo quería que la clase terminara pronto. Las miradas se habían disipado y ya no era más el punto de referencia, hasta que sonó la campana. Y nuestros juegos, Cebollita con Pelo o Tirar la Moneda a la Pita, nos esperaban, aunque yo tenía algo mejor que hacer.

—¡Niños, cuando salgan, recuerden que deben ir a la parte trasera de la Dirección para sacarse la foto! —dijo la profe.

***

No recordaba el detalle de la foto. ¡Y cómo se me había olvidado!

Temprano en la mañana se había cortado la luz y mi mamá andaba furiosa, porque mi camisa no estaba planchada y la foto era sin vestón ni chaleco.

—¡Espérame un rato, hijo! ¡Voy y vuelvo! —me había dicho y salió de casa.

No sabía dónde había ido. ¿A hablar con la sección de electricidad de la Compañía? No lo creía.

Yo me dedicaba a ver la camisa, que parecía un repollo, y la estiraba con las manos, pensando que se podía alisar así.

De repente, llegó con una pequeña plancha de fierro.

—¿Una plancha de fierro?

—¡Es mejor tener amigos que plata, hijo! —respondió mi mamá, contándome que un viejito que vivía en la esquina le había prestado esa reliquia.

Colocó la mentada plancha de fierro sobre una lámina gruesa que había puesto sobre el plato de la cocina a gas.

Después de un rato, la plancha se calentó y mi mamá estiró la camisa con ese viejo y anacrónico adminículo, pero que me había salvado la vida. Bueno, quizás exagero. Digamos que solo había socorrido a mi camisa.

Y ahora recién recordaba que teníamos que tomarnos la famosa foto y entendía que me iba a retrasar para entregarle el cuaderno a mi profe Alba.

Pero no tenía alternativa.

Al salir, la miss de inglés me miró, me sonrió y me agarró la cabeza.

—¡Bien, Homero! —y supe que, después de todo, había ganado un punto con la intervención de los famosos pronombres.

Era muy grato recibir las felicitaciones de mis profes, aunque en muchas oportunidades estaba involucrado mi papá. En Artes Plásticas, el profe Aguilar me felicitó por el barco de madera que había llevado a propósito del Combate Naval de Iquique.

—¡Pucha que trabaja bien la madera tu papá! —me había dicho, riéndose—. ¡Dale mis felicitaciones, por favor!

Y, efectivamente, el barco en cuestión era una gran obra de un maestro de la madera. Yo sí había trabajado, por cierto, pero solo puliendo por horas las imperfecciones con una lija de grano extrafina que me había pasado mi papá.

O cuando mi papá me hizo colocar en mi máquina de escribir, unos años después, el nombre de todos los que estaban a bordo ese 21 de mayo con Arturo Prat al mando.

Eran un poco más de doscientos nombres que demoré todo un día en pasar al papel, sentado frente a las teclas en una habitación convertida en almacén, en la calle Lima 642 de Antofagasta, la casa de los abuelos, después de la clausura del quiosco que había frente a la casa.

—¡Muy bien! —dijo mi profe jefe—. ¡Lo que hiciste es casi tan heroico como los que murieron ese día!

Su voz tenía, además de la ironía, un cierto dejo de patriotismo quizás animado por los desfiles a los que estábamos invitados como escuela.

Plancha de fierro obsoleta

Que navega como barco

En mi camisa arrugada

De doscientos héroes santos.

***

Con todas esas cosas en mi cabeza, corrí para ser el primero en la fila de la foto. Ahí estaba un señor con una cámara muy grande, parecida a la del retratista que le sacó las tres fotos a mi hermana Javiera en la población Los 600 y que mi mamá había colgado en la pared.

Ni a la Kari, ni a la Rossana ni a mí nos sacaron foto ese día.

—¡Qué injusticia! —había reclamado la Karina.

—Sí, ¡qué fome! —la secundó la Rossana.

—¡Siempre ella! —continuó Karina.

—¡Ay, mi niña linda, preciosa, colita de pavo! —decía burlonamente la Rossana, riéndose, con una muñeca en la mano y haciendo la mímica de cómo actuaba nuestro papá cuando tomaba en brazos a mi hermana chica, la Java, para mimarla.

Era una forma de burlarse también de él, que siempre le daba en el gusto en desmedro de sus hermanas y de mí, según pensábamos todos, equivocadamente.

—¡Ya, si después nos van a sacar una foto a nosotros! —dije yo, lelo.

—¡Ay, sí, poh, el chupamedia! —me retó la Karina.

Pero no podía pensar en esa foto de la Javiera. Tenía que pensar en mi foto para ir donde mi profe.

—Ya, tú serás el primero —me dijo el señor con la cámara.

El sol me pegaba justo frente a la cara. Ya era media mañana, por lo que no solo alumbraba, sino que también daba mucho calor.

Era mi primera foto solo y por no sé qué razón supuse que, si me mojaba los labios antes de que me la sacaran, el flash no me los partiría.

Pensaba que un flash era tan potente como un destello de sol.

Y nosotros sabíamos lo desagradable que era tener los labios partidos por el astro rey chuquicamatino y la sequedad del ambiente.

Clic, sonó la máquina. El flash ni lo vi.

Al llegar la foto a la casa, hubo sorpresa y risas.

—Kimi, ¿y por qué apareces pasándote la lengua por los labios? —preguntó mi mamá.

—Es que el flash me los iba a partir y eso duele —dije, inocente.

Después de todo, era el primer flash de la vida.

Siempre las primeras experiencias son un misterio y mi primer retrato personal no salió como hubiera querido.

—No sé qué foto es más chistosa, si esta o en la que sale mi papá sujetando al Kimi como si fuera un diario dobla’o debajo del brazo —dijo la Kari.

Efectivamente, había una foto así, cuando bebé. Realmente parezco un diario debajo del brazo de mi papá: mi cuerpo está en posición horizontal y tengo la cabeza levemente levantada.

En una foto olvidada

Yace el pasado sublime

De un pequeño atolondrado

Con cierta mirada sensible.

¡Ya basta de fotos!

Me fui de nuevo al patio y empecé a recorrer la vista para ver si encontraba a mi profe Alba.

Ahí estaba como siempre: sonriendo.

Era la característica que más me gustaba de ella.

Me acerqué con el cuaderno en la mano.

—¡Señorita Alba! ¡Señorita Alba! ¡Aquí está el cuaderno! ¡Y la llave! —le dije, estirando la mano para entregarle lo encomendado.

Me miró, sonrió y me acercó a ella.

—¡Muchas gracias, Homero! ¡Me salvaste!

«¿Homero?», me dije. ¿Homero? Y no comprendí.

Me pasó un pequeño chocolate Trencito de Hucke.

—Te dejo ahora, porque me están esperando. —Dio media vuelta y salió hacia las rejas de la escuela.

Me detuve a observar con el chocolate en la mano, premio por haber sido obediente y diligente en la solicitud de mi profe.

¿Esperaba otra cosa? ¿Un abrazo? ¿Un beso?

Pero pronto vi la razón del apuro.

Detrás de las rejas, por fuera de la escuela, se encontraba el caballero de la foto del cuaderno, esa foto que estaba en la habitación de mi profe. Se veía mucho más delgado y con el pelo más largo. Además, le había crecido la barba.

Se acercó a mi profe, la abrazó fuertemente, la besó en la boca, la tomó de la mano y se la llevó.

—¡Le dio un beso! —dije en voz alta, y me entristecí.

Di media vuelta. No quise mirar más. Caminé hacia la sala. Me quedé parado por un buen rato.

¡Le dio un beso! Me quise morir.

Una pequeña lágrima bajó por mi mejilla. La limpié. Nadie debía verla. Otra cayó al suelo.

Miré hacia la reja de nuevo. Ya no había nadie.

Después de un largo rato sentado en una banca, mirando a todos correr, saltar la cuerda, jugar y reírse, supe que ella sería para el resto de mi vida mi amor, mi querida profe Alba, que la recordaría hasta mi último día y que jamás podría olvidarme de su hermosa cara, aunque ella se olvidara de mí para siempre.

De hecho, en mi mente ella aún se encuentra en el quiosco, riéndose, mientras toma su pelo con sus delgados dedos de terciopelo. En mi mente siempre se voltea y me pide, sonriendo, que vaya a su departamento a buscar su cuaderno de Castellano; y yo, regocijado, corro, me apresuro a mantener en mi memoria la breve historia de mi primer amor.

—¡Chao, profe! —dije, cabizbajo, y se fue para siempre.

Raudo alzó el primer recuerdo

El vuelo desde el pasado

De imágenes que no pierdo

Y que siempre he amado.

~ 2 - Paralizado ~

Al siguiente año, los días pasaban rápidamente entre tareas escolares, caminatas a la escuela, frío gélido, pasamontañas, guantes, calcetas de lana y calzoncillos largos.

Mi mamá se dedicaba a tejer por esos días. Era habilidosa, rápida y dedicada, y se empeñaba en que estuviéramos preparados para el invierno chuquicamatino.

Esa mañana el ambiente estaba especialmente frígido, con una temperatura que puedo estimar ahora de dos o tres grados bajo cero.

El Director Pastrana pasó por las salas, cerciorándose que el sistema de calefacción central, a base de calderas, pudiera estar funcionando bien.

Realmente era muy agradable estar en el aula: a pesar del frío exterior, adentro la temperatura era más que temperada.

—¿A ver? ¿Funciona este radiador? —y colocaba la mano sobre la fuente de calor, que estaba adherida a la pared.

—Sí, director, creo que funciona perfecto —contestaba nuestro profe Aguilar.

—¡Uf! ¡Está calientísima! —exclamó el señor Pastrana, sacudiendo su mano, como si se hubiera quemado—. ¡Cuidado con la estufa, muchachos! ¡No se vayan a quemar! —e hizo una mueca de dolor, casi imperceptible para nosotros.

Salió de la sala con la satisfacción de poder proveer de un ambiente tibio a los niños de la escuela.

Para nosotros era normal y hasta obvio. Después entendería que, a finales de los sesenta e inicio de los setenta, era una situación inusual en el sistema educacional chileno tener calefacción en todas las salas.

Mi clase fluía perfecto. Tareas, dibujos, risas y conversaciones furtivas para que no nos pillara el profe de turno.

Después salíamos al recreo a jugar al Paco y Ladrón o a chutear la pelota.

Era la niñez.

Ese día, después de salir de clases en la tarde, mi mamá me había ido a buscar a la escuela.

Cuando me vio, me preguntó qué me pasaba, si me sentía enfermo o si me dolía algo.

—¡No, mamá! ¡Vámonos, ya estoy cansado! ¡Quiero ver si mi papá arregló el televisor! —Y apresuraba el paso.

—¡Hijo, el televisor no está malo! Solo que aún no hay señal. El televisor es nuevo —explicaba mi mamá.

—¡Pucha! Pero mi papá dice que se puede ver lo que ven en Perú —repetía lo que él nos había dicho.

Solo veíamos un millón de puntos en una pantalla completamente blanca, y hasta creíamos ver alguna imagen, pero no era del televisor, sino solo nuestra imaginación.

No sabíamos en ese momento lo que era realmente ver televisión.

Luego, cuando las imágenes llegaron, como muchos de nuestros compañeros, comenzamos a revisar los tubos que se encontraban en la parte trasera, para ver si ahí se escondían las personitas que veíamos.

Pude por fin ver en Chuqui mis monos preferidos: el Lagarto Juancho y Leoncio el León, el Oso Yogui y otros.

Con mi papá veíamos películas y siempre nos hacía enojar diciendo lo que iba a ocurrir.

—¡Y ahora le va a caer un piano en la cabeza al protagonista!

Y nosotros nos quedábamos pendientes de ese momento en que, desde lo alto, cayera un piano. Obviamente, nunca cayó.

—¡Mamá, mi papá es más pesado! —reclamaba la Javi.

—¿Y ahora te vení a dar cuenta? —le respondía mi mamá, riéndose.

Pensando en el televisor, caminé hacia la salida. Mi mamá me seguía y miraba de tanto en tanto.

—¿Estái seguro que no te duele nada? —insistía—. ¡A ver! ¡Para!

Me tomó la cara con su mano derecha, moviéndola de aquí a allá, varias veces.

Yo me preguntaba qué le pasaba a mi mamá que estaba tan extraña.

Luego de un buen rato, dio su veredicto.

—¡Te dio aire! —diagnosticó.

—¡Qué! ¿Qué es eso? —pregunté y maquinalmente me tomé la cara y protegí mi cuello con una bufanda azul.

—¡Te dio aire, niño! ¡Mírate la cara! —volvió a decir.

Evidentemente, era solo una expresión: no había ningún espejo.