Las bestias - Gijs Wilbrink - E-Book

Las bestias E-Book

Gijs Wilbrink

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Beschreibung

«No quiero decir mucho, pero creo que las cosas empezaron a irle mal a Tom Keller cuando esos dos tíos lo llevaron al bosque por la noche y lo obligaron a hacer cosas que un niño de nueve años no debería hacer» Así comienza Las Bestias, ópera prima de Gijs Wilbrink. Tiene lugar en Achterhoek, entre motocicletas, cazadores furtivos, granjas de visones y negocios que no toleran la luz del día. En esta mística frontera llena de secretos, crece Tom Keller, el miembro más joven de la familia más turbia de la región, bendecido con un talento divino para el motocross. Cuando este desaparece repentinamente, su hija pródiga regresa al hogar para buscarlo, lo que deriva en una dramática reunión familiar. Gijs Wilbrink ha sido la gran sorpresa de la nueva literatura neerlandesa con esta novela, Las bestias, que en apenas un año va ya por su 16ª edición en Países Bajos.

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Seitenzahl: 540

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Las bestias

Gijs Wilbrink

Las bestias

Traducción de Catalina Ginard Féron

El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido

fabricado a partir de madera procedente de bosques y

plantaciones gestionadas con los más altos estándares ambientales,

garantizando una explotación de los recursos sostenible

con el medio ambiente y beneficiosa para las personas.

Este libro fue publicado con el apoyo de la Fundación Neerlandesa de las Letras.

Título original: De beesten

© 2022 Gijs Wilbrink, originalmente publicado con Uitgeverij Thomas Rap, Amsterdam

© De la edición en castellano: Bunker Books, 2024

© De la traducción: Catalina Ginard Féron, 2024

Ilustración de cubierta: © Rubén Jiménez Martín «El Rubencio»Diseño de cubierta: © Bunker Books

Bunker Books S.L.

Cardenal Cisneros, 39, 2º - 15007 A Coruña

www.bunkerbooks.es

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,

http://www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-127254-6-9Depósito legal: CO 2133-2023

Esta novela es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, lugares y sucesos son fruto de la imaginación de un escritor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos o trasfondos reales es pura coincidencia.

Para Arja y Sasha y para Janneke

La niebla ocultaba el pie de los árboles en la otra orilla. La humedad que caía me acariciaba la calva y la cara. La hojarasca cubría el suelo que pisaba con mis zapatos. Quien no se fijara no vería movimiento alguno, quien no estuviera atento no oiría sonido alguno. Sin embargo, unas pequeñas ondas recorrían la superficie del agua quieta; parecían surgir así sin más, aunque por supuesto procedían de la humedad que caía. A fin de cuentas, nada existe que no roce otra cosa.

Jeroen Brouwers,

Kroniek van een karakter

Una sonrisa, un beso de despedida, te vuelves un par de veces, y entonces, entonces estás seguro: volverás algún día.

Joop Wilbrink,

Ulft blif Ulft

Take me from this place I know

The ruined landscapes that I once called home

Conrad Keely,

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Primera parte

LO QUE ANTE TODO DEBO CONTAR SOBRE TOM KELLER

A mí no me gusta hablar, pero en mi opinión, todo empezó a torcerse para Tom Keller aquella noche en la que sus dos tíos se lo llevaron al bosque y lo obligaron a hacer cosas que un niño de nueve años no debería hacer nunca. Era imposible que Frank, el padre del pequeño, lo hubiese permitido. Aunque, en realidad, creo que Frank no estaba al corriente, a pesar de que por aquel entonces aún no lo habían metido en chirona.

Sin embargo, no tardaría en enterarse y acabaría sabiendo lo que todos supimos: que Johan y Charles se llevaron consigo a aquel pobre chaval durante la noche más larga del invierno. Se fueron con él al bosque en su apestoso y desvencijado Volvo, entre cuyas ruedas habían tensado un alambre, de esa guisa cruzaron a todo trapo los helados senderos forestales y cuando llegaron al final del camino dejaron que aquel niño —su propia sangre, su sobrino— regresara a pie para recoger del suelo los conejos decapitados.

Aquellos dos ni siquiera se volvieron para mirarlo. Estaban de un humor de perros; aquella noche las bestias estaban inquietas, se avecinaba una tormenta.

El interior caldeado y húmedo del Volvo debía de apestar a sudor y a tabaco de liar, mezclados con el tufo de unos cuantos faisanes, liebres y turones muertos y desollados que los hermanos habían dejado sobre la bandeja trasera. En la oscuridad, los cadáveres parecían el viscoso pedazo de carne de un animal con seis patas delanteras y tres colas. Tenían por costumbre meter los cuerpos dentro de fundas de almohada que luego cerraban con un nudo, pero aquella noche todo estaba manga por hombro.

Durante el día, le habían enseñado a Tom a desollar. Le indicaron que debía dejar la piel que cubría la parte inferior de las patas, para que los clientes del pueblo pudieran ver que no les daban gato por liebre, que se trataba de un conejo o de un turón, y no del gato perdido de los vecinos. Que debía cortar el pellejo alrededor de los tobillos, cogerlo entre el pulgar y el índice y tirar de él hacia arriba desde las patas. Que bastaba con hacer otro tajo a lo largo del coxis, sin tocar la carne, para sacar todo lo demás como quien da la vuelta a un abrigo.

A la luz del día, Tom le había pillado el tranquillo bastante rápido; sin embargo, a la cenicienta luz de la luna, no tardó en hacer una carnicería.

Sus tíos no movieron ni un dedo para ayudarle. Se quedaron dentro del coche mirando absortos el parabrisas empañado, en completo silencio. A veces, Johan y Charles podían salir juntos y pasarse una noche entera de correría sin decir otra cosa que no fuera «me cago en la hostia». Si uno de ellos se caía en un charco de agua profundo, era me cago en la hostia. Si una bestia lograba escaparse antes de que ellos la destrozaran de un tiro con el fusil Lee-Enfield que Frank le había comprado a un canadiense después de la guerra: me cago en la hostia. Y ahora al ver que, tras un cuarto de hora, Tom aún no había regresado con los conejos decapitados, también me cago en la hostia.

me cago en la hostia.

Charles, el menor, cogió el Lee-Enfield y el faro de moto que habían reconvertido en foco, saltó del coche y cerró la puerta de golpe. Johan, su hermano mayor, asintió y se fue tras él con su habitual lentitud y torpeza.

Aquellos dos no se parecían en nada. Bueno, sí, tenían los ojos muy separados, eso era lo que todos decían de ellos, pero aparte de eso nada. A sus veintisiete años, Johan ya tenía la expresión de un tipo que, después de toda una vida de duro trabajo, no hace más que mirar al frente, callado y amargado. Un rostro surcado de arrugas, marcas y rasguños, y cubierto por una incipiente barba de pelos hirsutos y desiguales. Charles era cinco años menor y tenía un cuerpo más fibroso; su espeso y rebelde mostacho era lo único que le permitía aparentar más años y más independencia, cuando en realidad no era más que un pelagatos, un canalla que siempre iba a la zaga de su hermano mayor, su gran ídolo y mentor. En el pueblo lo llamaban Sharrel y él había adoptado ese nombre, como si un Keller no pudiera llevar un nombre francés tan elegante como Charles ni pronunciarlo a la elegante manera francesa sin avergonzarse. Era un granuja de pelo largo y desgreñado, que por detrás recordaba a una cortina de tiras; nada que ver con la carnosa nuca rapada de Johan. Sin embargo, si algo delataba que pertenecían a la misma familia eran aquellos ojos, o los mugrientos monos vaqueros bien metidos en las botas, las gorras azul oscuro y el constante maldecir entre dientes. Así regresaban caminando por el sendero del bosque.

Los Keller llevaban instalados aquí al menos ciento cincuenta años (parece mucho, pero no es nada comparado, por ejemplo, con mi familia que vive en el centro del pueblo desde hace siglos; nosotros en el café Teeking a la sombra de la iglesia, mientras que ellos, desde que llegaron aquí —y de pronto ya solo se hablaba de ellos y nunca más de los siglos anteriores—, vivían escondidos en las profundidades de las afueras, al otro lado del bosque), en aquella casona sin cortinas que tampoco las necesitaba porque de todos modos nadie miraba en su interior, puesto que nadie se acercaba nunca a su lado del bosque, y si alguna vez se acercaba alguien a su lado del bosque, esa alma perdida no volvía nunca la vista hacia su jardín, sino que pasaba siempre de largo, para no captar conscientemente todo lo que sucedía en los pequeños cuartos de aquella casona sin cortinas. Se podría decir que era una granja, aunque la familia Keller nunca había tenido ganado allí: el único olor de animal detectable procedía de los cadáveres que Johan y Charles dejaban secar al aire libre. No obstante, el olor a muerte quedaba en cierto modo enmascarado por el nauseabundo hedor de la gasolina y el aceite para motores, una peste que después de una rara visita a aquellos parajes permanecía una hora en las fosas nasales.

Ya casi empezaba a clarear cuando Johan y Charles se pusieron a registrar el sendero en busca de su sobrino. Con la luz del día llegaría el guardabosque y con él también la Policía, si llegaban a sospechar que habían estado haciendo de las suyas con el Volvo. A cada paso, la capa de barro que recubría sus botas se volvía más gruesa y pesada. Frank los mataría si regresaban sin Tom. Ojalá lo hubiese hecho —¡oh, ojalá les hubiese retorcido el pescuezo!—, pues entonces nada de esto habría pasado y todo el mundo se habría librado del drama que vendría después y tal vez nadie habría tenido que contar esta historia. Sin embargo, dieron con él, lo captaron con la intensa luz del faro de motocicleta, al borde del camino, entre los cardos y las ortigas, tiritando y sollozando como uno espera encontrarse a un niño de nueve años en semejante situación.

Johan vio las piernas temblorosas del chico sobresalir de entre la mala hierba, se le acercó de unas cuantas zancadas y se quedó observando a Tom, que yacía boca abajo. Su mano había quedado apresada en una trampa de lazo en la que también había caído un conejo. El animal, de tamaño mediano con un pellejo de un blanco sucio, estaba medio muerto. Aún se movía débilmente y el alambre le había seccionado la casi totalidad de la pata trasera izquierda.

Nadie sabe si Tom había querido liberarlo o redimirlo de su sufrimiento, pues nunca habló de ello, ni siquiera más tarde después de que dejara atrás a toda su familia y menos aun cuando, tras el accidente, se vio obligado a regresar e irse a vivir con ellos con el rabo entre las piernas como un perro, para que lo cuidaran y alimentaran tres veces al día como un perro, para quedarse confinado en el patio hasta que alguien lo sacara a pasear, como un perro. Sin embargo, algo en aquel conejo medio muerto en la trampa de lazo le produjo una sensación distinta a los conejos completamente muertos que había visto hasta entonces, algo por lo que tras aquella noche no volvió a acompañar nunca más a sus tíos, a pesar de lo importante que era para él que aquellos dos lo apreciaran.

cuanto más tires, más se tensará, le advirtió Charles.

El niño se quedó allí tumbado sin moverse durante unos cuantos segundos, tiritando sobre la tierra mojada.

Johan sacó las tenazas que llevaba en el mono y cortó el lazo, la mano de Tom se soltó. Él se la metió bajo la axila, rodó sobre su espalda y desde allí abajo miró a aquellos dos ogros. Poco a poco consiguió reprimir sus sollozos y reducirlos a un suave gemido. El conejo se alejó tambaleándose por el sendero, arrastrando su pata suelta sobre un charco helado.

Johan agarró a Tom por la mano libre y lo levantó. Entonces, Charles le hundió la culata del Lee-Enfield en el estómago y lo observó un buen rato con aquellos ojos separados e inyectados en sangre cuya mirada parecía golpear más fuerte la cara de Tom que el fusil sus tripas. Un chorro caliente corrió por sus piernas. Se echó a llorar de nuevo.

remátalo.

Involuntariamente, Charles clavó la vista en la boca de su fusil, lo que pareció desconcertarlo por un instante, como si fuera capaz de ver su propia muerte. Eso lo enfureció aún más. Volvió a darle un golpe de culata a su sobrino en el estómago.

Tom cayó hacia atrás, entre los cardos, pero se apresuró a ponerse en pie. Dejó de sollozar. Agarró el Lee-Enfield y lo levantó, intentando tiritar lo menos posible mientras encañonaba al conejo que se había arrastrado bastante lejos: era un luchador. Tom gemía en voz baja.

me cago en la hostia remátalo ya. Charles apagó el faro. Los primeros albores de la mañana empezaban a filtrarse entre las ramas desnudas de los árboles.

La luz lo teñía todo de gris —los cardos, la fina capa de hielo que cubría los charcos, el largo sendero del bosque, los interminables prados detrás de los árboles, las lejanas avenidas de alisos y los setos de arbustos—, todo se fue tiñendo de un gris insoportable y desolador, más aún aquellas tres figuras y el conejo tambaleante, que se miraban en un insoportable y desolador atolladero: el mayor impaciente, el mediano agresivo como un perro lebrel y el menor muerto de miedo.

Y fue en aquel momento, lo sé, tal como podía saberlo cualquiera a quien Johan contó la historia aquella semana en el cross, fue en aquel momento cuando se selló la maldición del niño. Lo juro. Tom miró una vez más a Charles con sus tristes ojos azules, luego volvió la vista hacia el conejo y por último cerró los ojos cuando sucedió.

Por primera vez en su vida, Tom Keller mataba algo con un gran fusil.

31 DE DICIEMBRE

—El siguiente tema se titula Libertad para todos los animales.

Feedback de guitarra. El viejo y sombrío edificio okupa conocido como el Beurskrach ruge como la cavidad torácica de una ternera enferma: su resonancia quejumbrosa, las costillas de acero que brotan del hormigón armado destrozado a golpes, el tufo a rastas viejas, orina y cerveza rancia. La bestia ya ha empezado a pudrirse, los abrigos negros cubiertos de símbolos escritos con típex llenan sus pasillos como moscas y sus larvas. Punks, okupas. Isa intenta descubrir una cara conocida en ese enjambre, el rostro familiar de Erva, Dex o alguno de los otros que en los últimos cuatro meses, y por primera vez en mucho tiempo, la han hecho sentirse como en casa. Isa entorna los ojos para escrutar el local, pero todo está en movimiento. Entonces decide bajar la mirada.

Por lo visto ha encendido un pitillo.

¿Sabrá Erva que sigue fumando? Isa suelta el cigarrillo y hunde los puños en las cuencas de los ojos. Unas manchas caleidoscópicas se mecen en su retina, bailan al son de la guitarra que se ha apoderado de todo el espacio. Cuando por fin desaparecen, el pitillo en el suelo ha vuelto a la vida, se desliza por el piso, convertido ahora en una de las larvas.

Sí, ahora lo recuerda: Erva sabe lo de los cigarrillos y lo de la bebida. Lo que Erva no sabe es que sigue fumando porros, ni tampoco sabe de dónde viene Isa.

Su procedencia no es tan difícil de ocultar en esta ciudad a kilómetros de distancia del pueblo fronterizo en el que se crio. Sin embargo, en lo que respecta a las drogas, la diferencia entre que te descubran o no suele depender de detalles insignificantes, minúsculos como un rimshot en un tambor; como esa misma tarde cuando Isa realizaba la ceremonia de exorcismo que siempre lleva a cabo cuando su mejor amiga va a buscarla, el ritual de la adicta en secreto: ducharse y frotar, usar pasta de dientes, incienso y colirio, masticar un chicle Wrigley’s que ya había perdido su sabor cuando lo sacó del envoltorio, beber suficientes vasos de agua como para eliminar cualquier color de la orina. Abrir las ventanas de par en par —ponerse tres sudaderas descoloridas una encima de la otra, y helarse de frío por el viento gélido de la Nochevieja que llena la estancia— hasta ahuyentar por fin el pestazo a hachís, humo y espray corporal Impulse que apenas logra camuflar nada, hasta recuperar el olor del ratón muerto que lleva días buscando sin encontrar. Y rezar, no de verdad, pero aun así rezar para que Erva no llegue demasiado pronto y que cuando llegue, no se pongan a filosofar bajo ningún concepto.

Erva se hacía esperar, a veces llegaba demasiado pronto, otras demasiado tarde. Entonces a Isa le entró el picor y empezó a dar vueltas por el cuarto, a mirar fijamente las manecillas del reloj de plástico de ikea sin distraerse, ni por la aguja del tocadiscos que se había quedado atascada en el último surco de Raw Power y cada tantos segundos emitía un suave prlpup, ni por la absurdidad de su propio comportamiento, y menos aún por el cuadro detrás del cual había escondido su marihuana; ese calor relajante en la pared, que casi podía sentir físicamente chamuscarse sobre su piel y que le susurraba que la respuesta a su picazón se encontraba justo allí: detrás de ese cuadro, en la bolsita de plástico llena de maría.

—El siguiente tema se titula Amordazado y enjaulado.

El Beurskrach chilla, sus costillas se estremecen, la caja torácica se balancea. Sobre un escenario improvisado con pallets y cajas de cerveza, dos cantantes berrean a más no poder, intentando seguir el ritmo de un batería que parece pensar que siempre será 1995 con tal de que golpee con suficiente rapidez. La manía con la que ataca la batería resulta excitante, casi poética. Para celebrar una Nochevieja memorable, los dos cantantes se han disfrazado vagamente como los personajes de televisión Bassie y Adriaan: un payaso macabro con el maquillaje corrido y un acróbata que rueda asustado sobre el suelo.

En el bar, venden latas de cerveza Schultenbräu y bebidas alcohólicas en vasos de cartón, Isa ya no recuerda cuántas veces se ha dirigido hacia allí esta noche, con el paso cada vez menos seguro. Agarra el paquete de tabaco para liar. A pesar de que casi no le queda nada, apenas hay unas cuantas hebras resecas entre las peladuras de patatas, consigue liarse algo parecido a un pitillo.

¿Qué diablos está haciendo aquí sola? Sin Erva, la oscuridad del edificio okupa es un poco más oscura y a Isa le resulta más difícil distinguir los rincones y las sombras, tal como le sucedía de niña en su cuarto, que empezó a adquirir formas cada vez más alucinantes después de que madre le prohibiera a padre sentarse en la cama de Isa para arrullarla. En algún lugar de la zona nebulosa entre la conciencia y el sueño, los muebles empezaban a mecerse, las puertas de los armarios se abrían con suavidad y al poco rato empezaba a oír a las bestias, sus chillidos deformados y los ruidos que hacían, como si corrieran sobre el tejado. Cuando Isa encendía su lamparilla de noche, las cosas volvían a estar en su sitio y los ruidos sonaban muy lejanos.

Esta noche no tiene lámpara. Desde el primer instante en que Isa entró en el edificio, perdió a Erva, o al menos eso cree; la niebla en su cabeza solo le permite tener retazos de recuerdos. Lo más probable es que vinieran juntas y que enseguida Erva se sumara al enjambre de tíos apiñados justo delante del escenario, como hace siempre en los conciertos. Y, no obstante, la sensación amarga que Isa nota en su vientre no puede deberse solo a la bebida. ¿Se han peleado? Isa se tapa los oídos con las manos para no oír las chirriantes guitarras, de pronto nota quemazón en la sien derecha y aparta la mano de golpe y, por segunda vez esa noche, deja caer el cigarrillo recién encendido al suel...

La entrada. Sí, allí estaban antes de que perdiera de vista a Erva, entraron juntas y en un determinado momento fueron a parar al pasillo cubierto de pegatinas, Erva le dio un codazo y con cautela señaló con sus grandes ojos marrones a una mujer en un rincón: treinta y muchos, el pelo corto a lo Pat Benatar, una barbilla prominente que resultaba atractiva, un jersey negro de cuello alto que le daba un no sé qué parisino. La mujer hablaba con un corpulento skinhead que llevaba una telaraña negruzca tatuada seguramente dos vidas antes en su brillante cabezota.

—Esa es Hanne van der Kaa —susurró Erva—, antes pertenecía al r.a.t.

Isa no sabía si debía mirar o no.

—¿No fueron ellos los que incendiaron una oficina de impuestos?

—¡Tía! —Erva le tapó la boca con la mano, olía bien—. No, no fueron ellos, al menos Hanne no, oficialmente no. Pero, en cualquier caso, una noche pasaron por un montón de gasolineras para cortar las mangueras de bombeo y tapar las salidas. Y ella misma ha liberado a más animales de laboratorio de los que puedas contar. Nunca la han pillado.

No se le notaba. Por su aspecto, Hanne van der Kaa podría pasar por la persona menos extremista de todo aquel edificio, por lo que Isa se preguntó qué no habrían hecho los demás. ¿O son precisamente las intelectuales de cuello de cisne las que pasan al activismo directo y el resto se limita a mirar? ¿Y a cuál de las dos categorías pertenecía la propia Isa?

—Es una maldita vendida —dijo Erva.

—¿Qué?

—Esa Hanne. Antes, una mujer como ella marcaba la diferencia. Pero ahora solo viene a hacerse la interesante en un concierto aquí o allá. Y mira a lo que se dedica ahora.

La mujer se estaba sacando algo del bolsillo trasero para entregárselo al oso tatuado, una bolsita transparente llena de pastillas.

—Es una vulgar camella —concluyó Erva—. Tía, te aseguro que acabaremos jodidos por culpa de esa mierda, y, encima, las personas como ella nos dan un empujoncito en dirección al precipicio. Mira lo que les hace a nuestros amigos. De un día para otro, pasan de estar decididos a cambiar esta jodida sociedad a convertirse en yonquis incapaces de levantarse de la cama. ¿Cómo se puede mejorar lo más mínimo el mundo si te pasas todo el puto día en otro planeta?

Esa era la ideología que Erva había sacado directamente de sus bandas norteamericanas favoritas: el mundo se dividía en dos clases de personas, drogadictos y revolucionarios, sin término medio. Isa tragó saliva, sabía a azufre.

El picor que sentía apenas una hora antes. El ritual al que se sometía una y otra vez en su cuarto —mirar fijamente las manecillas del reloj, morderse las uñas—, una escena absurda y patética en la que, mientras los minutos pasan a rastras, Isa se va observando cada vez más desde fuera, como si se hubiese elevado y convertido en una mancha de humedad en el techo. Después se ve a sí misma (a la verdadera Isa, no la mancha de humedad) sentada en el deslucido sofá o en el suelo, entre los calcetines, las bragas y los pantalones sucios, los platos sin fregar llenos de curry, ceniza, picadura de tabaco y un sándwich de queso olvidado, entre fanzines, libros de arte amarillentos y discos de los Ramones, Lärm, nra y Bikini Kill (y el álbum de los Waterboys que le pidió prestado hace un montón de tiempo a Dex), nerviosa, con las pupilas dilatadas sin apartar la vista del reloj porque una vez más no ha podido resistirse a la tentación de fumarse otro canuto justo antes de que alguien viniera —o pudiera venir— a visitarla. En esos momentos estúpidos, su adormecido colocón se transforma en paranoia, e Isa no logra pensar en otra cosa más que en todas esas personas importantes en su vida que recorren el pasillo de un lado a otro, vestidas con ropa de camuflaje y que pueden derribar la puerta en cualquier momento para pillarla in fraganti, y entonces, por fin, consigue recuperar la serenidad, envuelve los últimos restos de hachís que aún le quedan en una cantidad exagerada de bolsas de basura que cierra con una cantidad exagerada de cinta americana para luego lanzarlo todo a un contenedor exageradamente lejos de su piso de estudiante, durante un paseo nocturno en el que Isa frena el paso en cada callejón y cada portal para explorar los alrededores en busca de la presencia de todas esas Personas Importantes: amigos, enemigos, profesores y familiares, a pesar de que su familia vive lejos de aquí, a una hora y media de carretera en dirección este, al otro lado del río IJssel.

Sin embargo, esta noche en cuestión no era el momento de dar un paseo nocturno, puesto que Erva ya estaba de camino. Cancelar la cita antes de que alguien salga de casa tiene un pase, pero dejar que una amiga haga todo el trayecto hasta tu casa para luego despacharla con una nota ruin en la puerta es ir demasiado lejos, incluso para Isa en este estado. Además, en realidad le apetecía salir con Erva esa noche; ir a ver la primera actuación de Dex y su banda de powerviolence Sound The Alarm en el Beurskrach, para celebrar el flamante año nuevo, cargado de buenas intenciones de hacerlo todo mejor. Y por consiguiente, en esta ocasión, Isa tuvo que limitar su ritual de exorcismo a eliminar los olores de su boca y su habitación, y por consiguiente escondió la bolsa de hierba, no a kilómetros de distancia, sino detrás de ese cuadro, la reproducción de Van Gogh que compró unos años antes, durante el Día de la Reina, en un mercadillo de su ciudad natal, y que colgaba entre los pósteres encima de su sofá.

Calavera con cigarrillo encendido, Vincent van Gogh, Amberes, 1886.

Cuando Isa vio el cuadro en ese mercadillo, pensó: «Así acabaré yo, así iré a parar al ataúd, con un pitillo encendido apretado entre los dientes». Van Gogh pintó la calavera a modo de broma estudiantil cuando asistía a clase en la Academia de Arte de Amberes, la ciudad a la que se trasladó con expectativas de porcelana, solo para descubrir que la realidad cotidiana pisotea sin piedad precisamente los tesoros más frágiles hasta hacerlos añicos: apenas tres meses después prosiguió su viaje hacia Francia. Qué sabía él de que le darían su nombre a un museo o que en ese museo colgarían su calavera con cigarrillo. El tenderete en el que Isa descubrió la reproducción encajaba mucho más con la intención original del pintor, mucho más que un museo; el cuadro atrajo su mirada entre las cadenitas de plástico para chupete y las camisetas con el logotipo de Shell sin ese. No obstante, Isa se sentía atraída por la calavera, fuera o no una broma; parecía obra de un maniaco que la había plasmado con pinceladas furiosas sobre un fondo amenazador, y era como si, desde aquella oscuridad ominosa, la calavera flirteara con ella y le guiñara un ojo, sin que la ausencia de globos oculares en sus cuencas vacías fuera un inconveniente. Era una pícara. Como si quisiera decir: «Exacto, mocosa, soy un cadáver descompuesto que fuma un cigarrillo. ¿Y tú quién eres?».

Esa fue la primera vez que Isa se dio cuenta de que el arte podía molar.

Se sacó un billete de diez florines del bolsillo del pantalón y, después de colocar aquel armatoste sobre el manillar de la bicicleta, pedaleó hasta casa tambaleándose y suspirando bajo el frío sol de primavera, a lo largo de cada kilómetro de prado, de brazo de río y de bosque de pájaros que había que pasar para llegar desde el pueblo hasta el lugar donde se encontraba la granja de la familia. Una distancia que ya odiaba recorrer en bicicleta sin cargar con un cuadro pesado. En cuanto cumpliera dieciocho años se agenciaría un coche, un Golf o un Polo o algo por el estilo, y se marcharía lejos de la granja y de las bestias que le impedían dormir.

Las bestias —varios cientos de visones— ni siquiera eran de sus padres sino de su padrino que, desde que ella tenía recuerdo, vivía en el anexo al fondo del patio (o los parasitaba, como decía su madre, aunque jamás utilizaría esas palabras delante de él). Era un hombre huesudo, pero con la fuerza de un buey, la piel como un balón de fútbol ajado, alguien que conseguía su dinero con diez proyectos a la vez y que, de una u otra manera, siempre andaba necesitado.

De niña, Isa lo consideraba el hombre más chulo del mundo, muy diferente a sus padres, porque era un bocazas y tenía un humor negro. A veces, la dejaba acompañarlo al centro del pueblo o al mercado de ganado y en esas ocasiones Isa se percataba de la cautela con la que lo trataba la gente y del silencio que se hacía cuando entraba en algún lugar. Poseía una superioridad natural —habría sido un líder estupendo— que contrastaba con el carácter de su padre, al que todos ignoraban cuando entraba en algún sitio.

No, en aquella época no había nadie a quien ella admirara tanto como a su padrino. Sin embargo, los visones empezaron a asquearla cada vez más, aquel cobertizo en la parte trasera, aquel oscuro almacén de sufrimiento. El proyecto más duradero de su padrino empezó de forma inocente como un pequeño entretenimiento (en la época en que la propia Isa era pequeña e inocente), pero fue creciendo como un tumor hasta convertirse en un maltrato animal que se le fue de las manos y que Isa a duras penas podía seguir ignorando. A sus padres no parecía molestarlos; a veces, su padre incluso ayudaba en el cobertizo, como buenamente podía con su pierna, así al menos hacía algo. En una ocasión, Isa entró y las vio. Regresaba de la escuela cuando, desde el otro lado del patio, oyó un chillido tan desgarrador que soltó las llaves de la bicicleta y, sin pensarlo, echó a correr hacia allí. La puerta del cobertizo estaba abierta; algo insólito, seguro que su padrino había olvidado cerrarla con llave al salir a pasear con el perro. Lo que más recuerda es la terrible, la absurda cantidad de bestias amontonadas en jaulas de malla de alambre y cómo luchaban entre sí a vida o muerte. El piso estaba cubierto de excrementos y pedazos de pieles. Isa sintió que le fallaban las piernas, buscó apoyo en una gran caja situada a su izquierda y entonces cometió el error de volver la vista para ver qué había dentro: decenas de visones sin vida, amontonados de cualquier manera, con las bocas abiertas y unos ojillos muertos y angustiados que la miraban fijamente. Isa dio media vuelta y salió corriendo del cobertizo con ganas de vomitar. Algo había cambiado aquella tarde, de eso se dio cuenta enseguida. Tendría que ponerse a buscar un coche y una casa muy lejos de allí. Solo le faltaba un cumpleaños, un permiso de conducir y algo parecido a un plan.

El Día de la Reina, cuando descubrió el cuadro, por fin llegó ese plan: iría a estudiar Historia del Arte. En el instituto ningún profesor la había inspirado, ninguna visita al museo Kröller-Müller o a uno de los pequeños museos a este lado del IJssel; sus padres no eran de los que visitaban museos, eran más bien de los de quedarse-en-el-sofá-bebiendo-cerveza-y-haciéndose-reproches-hasta-la-mañana-siguiente. No, Isa dejaría que su futuro lo decidiera ni más ni menos que un esqueleto con un cigarrillo. Las decisiones más importantes en la vida no son en absoluto decisiones.

Fue el primer objeto al que le dio un lugar cuando se marchó a vivir a la ciudad, cuatro meses antes. El primer objeto en su primer piso de estudiantes, su nuevo hogar. ¡Cuatro meses! Eso significa que ya ha aguantado más que Van Gogh en Amberes.

El primer día había pillado un colocón. Apenas había deshecho el equipaje, se había contentado con colgar el abrigo del pomo de la puerta y el cuadro en la pared, antes de tumbarse en el sofá con un porro: aquella noche dio su primer paseo para tirar el hachís que acababa de comprar. Era el Decimoctavo Intento de dejarlo, pero el primero en su recién estrenada vida, como la hoja inmaculada de un paquete nuevo de papel de fumar. A la mañana siguiente, Isa tenía realmente la sensación de que el Decimoctavo Intento sería el bueno, que no había sido un intento sino un triunfo. Con fervor, se puso a vaciar cajas, a arrastrar muebles a su sitio y a colgar carteles y espejos en las paredes. Unas horas más tarde se sentó, agotada, en el alféizar de la ventana y miró la Voorstraat, una calle que durante su paseo nocturno le había parecido invadida por yonquis y prostitutas como zombis; ahora, Isa vio a estudiantes bebiendo café sobre los adoquines rojos irregulares, un skater practicaba kickflips sobre las rejillas de drenaje. Entre los tejados puntiagudos de las casas señoriales brillaba una serena luz rosada. Se sentía rebosante de optimismo, a punto de estallar; le gustaba esta ciudad, aunque solo conociera una calle.

Sin embargo, esta noche Isa estallaba por otras cosas, esta noche volvía a estar sentada en su habitación, presa de temblores y picores, sin apartar los ojos del reloj para no mirar por error al Van Gogh. El Decimoctavo Intento de dejarlo había quedado en eso: un intento y no un triunfo; a estas alturas ya va por él Vigesimoctavo Intento.

Fuera se había puesto a nevar. Los copos blancos entraban por la ventana abierta y se arremolinaban desconcertados por la habitación antes de convertirse en manchas de humedad en la moqueta. Hacía tanto frío en su cuarto que Isa pensó que también podía esperar fuera en la nieve, a pesar de que no tenía ni gorro ni guantes.

Y ya que salía a la calle para esperar a Erva, si cerraba la puerta con decisión detrás de sí y echaba la llave, impidiendo las miradas entrometidas del exterior, bien podría fumarse un último pitillo antes de salir.

Y bueno, ya que iba a fumarse un cigarrillo, bien podía añadirle algo de hachís.

Y armada de esa convicción, Isa se levantó, se acercó a la calavera, sacó la bolsa de hierba de detrás del cuadro y, antes de darse cuenta, ya estaba en medio del cuarto pegando el porro a lengüetazos (el pegajoso papel de liar se llevó un trozo de labio inferior frío y azulado) y, después de dar una primera calada, se rio de la ridiculez de la última hora, se rio de la manera en que, poco antes en el sofá, se había dejado zarandear entre la autocompasión y el autodesprecio, mientras que, por primera vez esa noche, la nube en su cabeza le permitía ver claramente que sus conatos por dejar de fumar eran un intento de romper con algo que siempre había sido, de dominar la inseguridad que sentía en este nuevo entorno, el miedo profundo de que la desenmascararan como una farsante, como una charlatana provinciana salida de un nido de maltratadores de animales, como una mentirosa, mientras que sus razones para dejar de fumar porros ponían al descubierto justo la misma inseguridad, pues en realidad solo quería dejar los porros para ser aceptada: por Erva, por Dex, por todo ese mundillo, por la ciudad que aún era nueva para ella después de cuatro meses, por sus compañeros de clase, sus profesores y las personas que ahora mismo no podía ponerse a clasificar en categorías específicas, ni darles taxonomías de acuerdo con criterios considerados y reconsiderados, pues mientras ella estaba allí, fumándose su porro y gozando de su gloriosa epifanía de autoconocimiento, su intento de llevar a buen puerto esta corriente de pensamientos se vio interrumpida por unos fuertes golpes en la puerta.

—El siguiente tema se titula Entonces, usa la cabeza.

Uno de los cantantes, el acróbata, tropieza con el cable del micrófono y se abre la rodilla con un clavo oxidado que sobresale de un pallet. La música chapotea contra el cemento y lucha por abrirse paso hacia arriba. La sala es vertiginosamente alta: por lo que se ve, los okupas han arrancado a martillazos los suelos de las primeras plantas. En el rincón, hay una escalera de caracol de acero que está sujeta con eslingas al techo de lo que debe de ser el cuarto piso. En una ocasión, Dex le contó que los okupas vivían allí arriba con sus pastores alemanes y que se pasaban las noches más despiertos que dormidos, preparados en todo momento para echar abajo la escalera si la Policía trataba de sacarlos a la fuerza. Y añadió que estaban dispuestos a luchar hasta el final para impedir que el edificio acabara siendo un bar para yupis.

Ahí arriba han reconvertido una habitación en almacén para cuando llegue el momento: un arsenal con bombas de pintura, bengalas y cócteles molotov. Isa recorre la sala con la mirada en busca de una salida de emergencia. Las imágenes en su retina se quedan rezagadas detrás de los movimientos de su cabeza.

Una vez acabado el tema, el payaso cantante se levanta con esfuerzo, suelta un asmático «gracias» por el micrófono. El enjambre de punks se tranquiliza, el hormigueo de larvas ha cesado, el batería lanza las baquetas a la sala y los miembros de la banda bajan del escenario, no entre bastidores, puesto que no los hay, sino bajando torpemente por los pallets y abriéndose camino entre la multitud. Los cuerpos se frotan contra los cuerpos, el sudor se mezcla con el sudor.

El acróbata es el único en deambular un poco confuso por el escenario. Se mira la pierna y hace una mueca, se acaba de percatar de que su rodilla está sangrando. La adrenalina alivia más el dolor que mil jodidos porros, diría Erva.

A lo largo de los últimos cuatro meses, Isa ha acabado conociendo de verdad la ciudad que le gustó desde el primer instante, y todo Gracias a Erva. Son inseparables desde su primer encuentro, en un puente sobre el canal Oudegracht, donde Erva repartía ejemplares gratuitos de Cleangrrrls, su revista autoeditada, rodeada del humo dulzón y sulfuroso del coffee shop. En la portada de papel reciclado granulado se veía una foto en blanco y negro de la creadora tensando sus músculos en un gesto irónico, con el cabello negro rizado, los ojos oscuros perfilados con kajal, las inequívocas palabras don’t drink don’t smoke don’t fuck desafiantes sobre su camiseta sin mangas. Erva era una abstemia con la imperiosa necesidad de incendiar el mundo, empezando por el patriarcado. Después del Decimoctavo Intento, eso era justo lo que Isa necesitaba: normas, estructura. Algo en lo que creer mientras no creyera en sí misma.

Fueron inseparables desde el momento en que Isa aceptó el fanzine. Una amistad intensa e inmediata, ese tipo de amistad que se desea durante la infancia con igual fervor que el primer enamoramiento. Juntas ignoraban las fiestas estudiantiles en la plaza Neude y la plaza Janskerkhof y se divertían en cuevas de okupas como Vismarkt 4 y Ubica y aquí, detrás del complejo del Palacio de congresos, en el Beurskrach. Latas de cerveza de cincuenta céntimos para Isa, gaseosa para Erva. Isa se tronchaba de risa con las muletillas de Erva y su mal genio —un día le dio un cabezazo a un pijo por llamarla «Morticia»— y, a su vez, a Erva le hacía mucha gracia el acento provinciano de Isa. Ambas se mantenían en perfecto equilibrio. Isa le prestaba libros de arte y a cambio le pedía prestados discos y ropa; lo que más necesitaba era la ropa, pues llevaba años apañándoselas con dos viejos tejanos, unas cuantas camisetas desgastadas y ropa interior ajada. De tanto en tanto, se encontraba sus viejos harapos en el fondo del armario y en esos momentos se daba cuenta de que llamaba muy poco a sus padres. Sin embargo, ahora era una persona distinta, era como Erva. Con su pelo azabache y sus camisetas negras intercambiables a veces daban la impresión de ser dos gemelas a las que habían separado y que por fin se habían vuelto a reencontrar en un mundo al que era mejor enfrentarse con un aliado fiel.

Dex y los demás miembros de Sound The Alarm suben al escenario. Nadie diría que esta será su primera actuación; los punks presentes en la sala se apretujan frente al escenario como si fueran a ver una banda a la que han sido leales durante años. El edificio okupa vuelve a rugir.

En las últimas semanas, la máquina promocional de Sound The Alarm ha estado funcionando sin descanso. En su local de ensayo, Dex grabó una demo que luego ha ido repartiendo gratis en los conciertos. La campaña ha funcionado: desde el primer blast beat, el enjambre empieza a zumbar de nuevo. Los chicos saltan del escenario, entrechocan sus cuerpos, agitan sus puños al aire.

Hace unos días, Isa y Erva fueron a ver el ensayo de la banda. El local se llenó de acordes discordantes y de los berridos de Dex, el robusto amplificador de bajo Ampeg al que se habían subido Isa y Erva, rugía bajo sus traseros. Dex resultó ser un líder nato con su carisma, el pelo corto encrespado, los músculos del cuello tensos y aquellos penetrantes ojos de un azul intenso que, debido al contraste con su piel oscura, parecían centellear como el flúor. De su boca salía un dolor hermoso. En la cabeza de Isa las imágenes se sucedían al ritmo de la música: un callejón mugriento, unas sombras fugaces, Dex que la apretaba contra la pared mientras le metía la mano en el pantalón. Imágenes que últimamente la acosan cada vez más. Miró a Erva, sentada a su lado sobre el amplificador y trató en vano de entablar contacto con ella. Erva también estaba hipnotizada, no apartaba sus grandes ojos marrones de Dex y de los músculos de su cuello, era una mirada que Isa creía reservada a preadolescentes cuando observaban a los chicos del curso superior jugar al fútbol. Ruborizadas, escribían los nombres de Niels, Dave y Jeffrey en la mochila de la otra, se besaban en el aparcamiento de bicicletas y dejaban que les metieran mano en las cuadras que había junto a la discoteca de ’t Olde Wiel.

Erva y Dex. Por lo visto, Isa no era la única que no lo contaba todo.

En el Beurskrach, Dex no es el único que impresiona, también lo hace la música que en esta sala tiene mucho más espacio para respirar que en un sofocante local de ensayo. El apasionado estruendo se sucede sin ton ni son, como una variante sónica de sentimientos reprimidos que se estrellan en mil pedazos contra un suelo de hormigón. Dex da vueltas por el escenario, se enrolla el cable del micrófono alrededor del cuello, sus hechizantes ojos parecen salirse de las órbitas.

Un punk con la barba llena de restos de comida se acerca a Isa, huele a rastas y perro mojado. Cuando abre su lata de cerveza, la espuma le mancha la camiseta y le moja la barriga a través de los agujeros de las polillas. Toma un sorbo y, cargado de buenas intenciones, sostiene la lata delante de la cara de Isa. Ella se lo agradece amablemente, vuelve a bajar la vista, hacia la sudadera que le ha prestado Erva y que lleva estampadas las palabras animal liberation front. ¿Qué dirían sus padres, y su padrino? Le da un codazo al perro mojado, le quita la cerveza de la mano y toma un gran trago.

¿Dónde está Erva? ¿Estará cerca del escenario, sacándose sus frustraciones del cuerpo a base de golpes y patadas, o estará mirando hechizada a Dex? ¿Dónde está, dónde está y qué diablos ha pasado? Isa cierra los ojos y por unos instantes se siente ingrávida. Le falla la concentración. Concéntrate, joder. Estaba con Erva en el pasillo cerca de la entrada, antes de eso oyó golpes en la puerta de su habitación, y entre ambas cosas un largo y brumoso agujero en su memoria. Sin embargo, tuvieron que llegar desde su cuarto hasta aquí de alguna mane…

Nieve.

Sí, llegaron hasta aquí caminando juntas en la nieve, después de que Erva hubiese aporreado su puerta sin contemplaciones; por el camino, las palabras de reproche de Erva se extinguían en la manta blanca extendida sobre la desierta Voorstraat.

—En realidad, estoy harta.

Isa casi había olvidado qué efecto tiene la nieve en los sonidos que te rodean, que de pronto los oyes tal como son, que oyes lo que oyen tus oídos. Con sus Dr. Martens, Erva iba dejando unas huellas profundas en la suave capa blanca que cubría la calle mientras le soltaba uno de sus temibles sermones a Isa.

—¿Sabes? Esta noche he estado dudando una hora si debía ir a buscarte y si debíamos ir al concierto. Me parece tan jodidamente hipócrita decir una cosa y luego no hacer nada de nada.

Isa asintió, pese a que solo había entendido a medias las afirmaciones con las que acababa de mostrarse de acuerdo; nunca hubiese imaginado que la ciudad pudiera ser tan silenciosa y fría como su pueblo, en cambio ahora, con aquel manto de nieve en una noche en la que la mayoría de los estudiantes había vuelto a casa para estar con la familia, era como si Erva y ella avanzaran por los senderos de su niñez.

—Las bandas denuncian el sexismo, pero mientras tanto en el escenario todos me miran como si fuera un marimacho cuando coreo a gritos las letras —siguió sermoneando Erva—. Y, por muy marimacho que les parezca, si me dejo llevar en volandas, les falta tiempo para sobarme el culo y las tetas.

Tal vez Erva no se había dado cuenta de nada cuando llamó a la puerta. No se había olido que, presa del pánico, Isa había lanzado el porro por la ventana, ni de que abrió lo mínimo la puerta de su cuarto, ni que se retorció con torpeza para salir de ahí y cerrar la puerta tras de sí. «Vámonos» —había murmurado Isa—, «que llegamos tardísimo». Al menos, Erva no dijo nada al respecto, por lo pronto solo hablaba de lo mucho que la decepcionaban todos los demás.

—Y luego está Dex.

Isa se quedó parada.

—¿Qué pasa con Dex?

—Se suponía que la semana pasada iba a sumarse a nosotros. Estuve tres días preparando una acción de protesta en una granja de animales de peletería, y él va y no se presenta. Y esta noche en el escenario seguro que ventilará a los cuatro vientos la pena que le dan esos animalillos.

Isa tragó saliva.

—¿Qué tipo de granja dices que era?

—Una en el sur del país. ¿Por?

Isa se relajó. Aunque la posibilidad de que Erva y Dex y el resto de la pandilla se presentaran en casa de sus padres con antorchas encendidas era muy pequeña, Isa quiso apartar esa idea de su cabeza tan rápido como se le había metido dentro. Sin embargo, ese breve e involuntario recuerdo le devolvió el olor de las bestias, el nauseabundo hedor del miedo. El siguiente tema se titula: demasiados secretos.

—Si hubiese sido en la zona oriental, habríais podido desayunar en casa de mis padres —contestó.

Erva por fin se rio. Su risa suena a relincho, es una que recuerda más a Beavis and Butt-head que a un modelo del activismo. Quizá sea por eso por lo que casi nunca ríe.

—Pero Ies, tía. ¿Te vienes con nosotros pasado mañana?

—¿Adónde? —La cabeza de Isa empezó a llenarse de niebla, era como si su voz saliera de un pozo de arena.

—A Arnhem. Tenemos que lanzar un mensaje claro contra las pruebas nucleares francesas. Con o sin Dex.

Preferiblemente con Dex.

—No sé —contestó Isa—, tengo que entregar un ensayo antes de que acaben las vacaciones de Navidad. Si la cago, no aprobaré primero de carrera.

—No me vas a dejar colgada tú también, ¿verdad?

—Todavía no he escrito nada.

—Quizá deba ir sola.

—Es de verdad el peor plan de la historia.

—¿Y no te bastaría con entregar tu columna?

Los zapatones de Erva surcaban la nieve, a Isa le costaba seguirla.

—¿Lo que escribí para Cleangrrrls? Un ensayo científico es otra cosa, Erva.

—Vale, perdona, siento que mi revista no cumpla tus estándares académicos. —Alzó la barbilla y lanzó un escupitajo contra un escaparate.

El artículo de Cleangrrrls era bueno. «Gritar a la noche estrellada: lo que puede aprender cualquier banda underground de Vincent van Gogh». Isa lo escribió de un tirón, después de fumarse dos porros y pasarse una hora tumbada, contemplando Noche estrellada,Retrato de Eugène Boch y Noche estrellada sobre el Ródano en su libro sobre Van Gogh. Las pinceladas azules y amarillas de las ilustraciones bailaban ante sus ojos, los cielos estrellados y arremolinados le provocaban una mezcla de esperanza y tristeza. Aquella noche, escribió tres mil palabras, gracias a una inspiración soñadora que le gusta comparar con la furia soñadora con la que su ídolo arrojaba sus emociones sobre el lienzo: emoción por encima de técnica, así debería ser toda la vida, y ese debía ser en cualquier caso el punto de encuentro entre Van Gogh y los punks. Después de dudar mucho rato le había mostrado el texto a Erva, sin tener demasiadas expectativas sobre lo que esta opinaría de él y mucho menos sobre lo que querría hacer con él. Una semana más tarde, aquellas palabras —las tres mil— estaban impresas en Cleangrrrls. Y el nombre de Isa figuraba al pie. Isa tocó el papel, el grano grueso, las sutiles diferencias de grosor de la tinta seca. Esto era real, había creado algo. Y a Erva le parecía bueno.

Isa se quitó un copo de nieve del ojo. Ya iba un paso por detrás de Erva. Se apresuró a dar un salto para acercarse, la agarró por los hombros y le susurró al oído.

—Ya se me ocurrirá algo. Por supuesto que te acompaño.

—¡Qué mujer! —Erva cogió la mano de Isa y se la apretó contra la mejilla—. La única con la que puedo contar.

Y eso fue todo. Nada de descubrimientos ni reproches. Lo demás es paranoia.

La música se ralentiza, la banda inicia lentamente un titubeante intermezzo. Dex se acerca con los brazos extendidos a la parte delantera del podio y mira a la sala, Isa se pregunta si la ve, lo más seguro es que no. Lo más seguro es que, visto desde el escenario, el público no sea más que una masa oscura y pululante, sombras confusas sin verdaderos rostros, un agujero negro al que el cantante intenta mirar de la forma más carismática posible sin tener nunca la certeza de que alguien capte o admire su endemoniada mirada, por no hablar de que se la devuelva. Isa cree detectar inseguridad en la expresión de Dex, una vulnerabilidad que, por primera vez esa noche, suaviza algo los horribles retortijones que ella siente desde hace horas en el vientre. Isa se da cuenta de que está incómodo, de que es consciente de que se las está dando de mesías delante de un público de… ¿cuántas serán: ciento cincuenta? ¿Doscientas personas? Una minoría dentro de una subcultura, en la que siempre te preguntas qué piensa realmente la gente: en el caso de Dex eso se traduce en apartar la vista y retroceder; en el de Erva en arrebatos de cólera, un cartucho de dinamita con una mecha más corta que una vela. Dex baja los brazos y vuelve a su rutina hiperactiva. Sus ojos recorren la sala, las paredes desnudas, la podredumbre del hormigón, pasan por los miembros de su banda, el lío de cables de guitarra en el escenario y acaban en la oscuridad. Sus tímidos movimientos causan sensación entre los punks que bailan el pogo. Les parecen auténticos. Apasionados. Urgentes. Pero en los nerviosos ojos azules de Dex, Isa detecta más que nada desesperación; desesperación por evitar el agujero negro anónimo: la ceguera que deja al artista desnudo sobre el escenario, como si se encontrara en un combate de boxeo ante un contrincante que no puede ver. Como si luchara contra sí mismo.

Eso hace que las inseguridades de la propia Isa se vuelvan de pronto muy pequeñas. Lo único que debe hacer es quedarse aquí, al fondo de la sala, con la espalda apoyada contra la pared y las manos en los bolsillos, en actitud indiferente. Ni siquiera lo bastante valiente como para sumarse como Erva a los tíos que se están dando codazos y patadas justo delante del escenario. Los moratones no son el problema, pues se acostumbró a ellos en la escuela. El problema es llamar la atención...

—Menudo exhibicionista, ¿no?

Jop Kistemaker se ha plantado a su lado; es un toro carnoso al que Isa se ha presentado tres veces este año, una de ellas incluso después de haber pasado media noche de marcha con él y Dex. Su cabeza rojiza es demasiado grande para su cuerpo y cuando habla sus movimientos lerdos recuerdan a los de un animal de dibujos animados. Todo el mundo conoce a Jop Kistemaker, Jop Kistemaker conoce a todo el mundo; o mejor dicho: a todos los que considera interesantes.

—Es Ilona, ¿verdad?

Ya empezamos.

—No. Isa.

—¿Lisa?

—Isa.

—No me entero de nada con esos aullidos de Dex. —Jop Kistemaker agita los brazos, gesticula a los del escenario, el aro que lleva en la nariz se mece suavemente—. ¡Tíos, bajad un poco el volumen!

Una chica con el pelo teñido de verde se vuelve y le lanza una mirada hostil, los demás no se percatan de nada. La cazadora vaquera de Jop tiene las mangas cortadas, sin duda porque ya no le entraban los bíceps. Isa observa los bordes deshilachados, el movimiento de los brazos, y cientos de pecas le devuelven la mirada, puntitos naranjas que parpadean a la luz estroboscópica. La marean. Jop baja el brazo, lo pone alrededor del hombro de Isa, ella nota el calor del bíceps sudado en su nuca. Isa toma una bocanada de aire. El aire que entra en su boca parece estar a cien grados.

Isa sabe que Dex admira a Jop Kistemaker. Y que admira su fanzine, el sello discográfico que dirige, las acciones y los conciertos benéficos que organiza.

—Ya suenan mejor que en la maqueta. —Le grita las palabras al oído, la única manera de hacerse oír por encima de la música.

—Seguro que a Dex le alegrará saberlo.

—Sí, seguro que le alegrará sabeeelo.

—Venga ya, yo no hablo así.

—No eres de aquí, ¿verdad que no?

Es algo que le sucede todos los días: por mucho que se esmere en hablar el neerlandés que se supone es estándar y culto, y mantenerlo durante conversaciones enteras, basta con que se relaje para que de repente salga de su boca una eee demasiado larga, o que se trague una erre, para que de repente la pillen. «No eres de aquí». «¿Qué estás haciendo aquí, si puede saberse?».

Jop Kistemaker tiene la boca tan cerca de la oreja de Isa que su lengua está a punto de perderse en su cóclea.

—Musicalmente, nadie lo diría, pero Dex y los chicos me recuerdan en intensidad y desparpajo a ese disco de Sonic Youth con J Mascis y Mike Waters de los Minutemen al que le entró una depresión después de que falleciera su cantante, aunque aquel disco suena todavía más amorfo y a veces es como si estuvieras escuchando el golpeteo de unos ladrillos contra una plancha metálica, pero justo cuando crees que no hacen más que perder el tiempo, de repente salen con la fantástica versión de Addicted to Love y entonces recuerdas que saben muy bien lo que se hacen.

—Watt.

—What?

—No. Watt, el bajista de los Minutemen se llama Mike Watt.

—Eso he dicho, ¿no?

—Has dicho Waters.

—Whatever. Dime, Isa, ¿no eras artista?

—Estudio Historia del Arte.

—Ya, la enésima carrera para acabar en el desempleo.

—Al igual que la mayoría de los que están en esta cueva. Y esos ni siquiera estudian para llegar hasta ahí.

—¡Ja, ja, ja! —Con cada «ja», el brazo de Jop Kistemaker extiende un poco más la mancha de sudor en la nuca de Isa—. Sí, menuda pandilla de pobres miserables.

—Están sin un duro, pero no son pobres.

Isa coge su tabaco para liar, intenta hacerse un mísero pitillo con las últimas hebras de tabaco. Tal vez a Jop Kistemaker fumar le parezca tan asqueroso como a Erva.

—¿Conoces a Edvard Munch? —le grita Jop por encima de la música—. Ese sí que era cojonudo, la anterior portada del álbum de Darkthrone estuvo inspirada en su cuadro El grito.

—Estudio Historia del Arte, por supuesto que conozco a Edvard Munch.

Isa lame el papel, pega el cigarrillo y lo enciende. El bíceps no retrocede ni un centímetro.

—Me fascina el vínculo entre música extrema y arte clásico, hace poco leí un artículo con buenísimas comparaciones entre Van Gogh y el hardcore punk.

Por un momento, Isa considera en serio la posibilidad de que otra persona haya escrito un artículo sobre ese mismo tema, sobre «su» tema, se pregunta si habrá cometido plagio, si aquella noche había estado mirando realmente los cuadros en su libro sobre Van Gogh, o si quizá estaba tan colocada que se puso a copiar otro artículo. Jop Kistemaker sigue con su inspirado discurso sobre las interesantes comparaciones entre el pintor preferido de Isa y la música favorita de Isa, y al cabo de unas pocas frases queda claro que le está explicando su propio artículo. Isa le da una calada al cigarrillo y luego le suelta el humo en plena cara. Él sigue hablando como si nada.

—Y el propio Van Gogh se inspiraba constantemente por la música, fue a clase de piano para comprender mejor la gradación de tonos y en sus cartas a su hermano escribió que quería crear pinceladas que se fusionaran como la música tocada con sentimiento. —Mientras habla va produciendo cada vez más saliva—. Y ahora observa bien a Dex en el escenario, ¿no te parece que es música tocada con sentimiento? ¿Conoces una interpretación más directa de los sentimientos que esta?

—Yo escribí ese artículo.

—¿Qué dices? Espera, mira, mira a ese exhibicionista retozar por todo el escenario, es fantástico, ¿no?

—El artículo del que me estás hablando, sobre Van Gogh, lo escribí yo. En el fanzine de Erva.

Lo ha oído, no cabe la menor duda, puesto que Isa se lo ha gritado al oído, tal como lleva haciendo él desde hace largos minutos. Sin embargo, Jop Kistemaker no aparta la mirada de la banda, de Dex que se ha quitado la camiseta y ahora está tumbado de espaldas sobre el escenario, contorsionándose. «No more», grita en el micrófono, «no more no more no more». Y de repente, Isa ve por fin a su mejor amiga, llevada en volandas por una decena de manos, por cientos de dedos hormigueantes. Los grandes ojos de Erva no se apartan ni un solo instante de Dex, como si estuviera observando una obra de arte abrumadora. No puede ayudar a Isa, nadie puede ayudarla.

Por fin, Jop Kistemaker aparta el bíceps de su nuca. Durante todo ese tiempo, Isa ha estado tan obsesionada con ese brazo pegajoso que no se había percatado de que él había ido deslizando cada vez más su mano hacia abajo. Se estremece cuando se la mete en el pantalón, en sus braguitas y le soba la nalga desnuda.

—Con esa boquita tuya, seguro que haces unas mamadas cojonudas.

El siguiente tema se titula: te voy a arrancar tu jodida nariz de un mordisco.

La imagen es cutre a más no poder: está sentada sobre una torre improvisada de cajas de cerveza, intentando reprimir las náuseas con un Jack Daniels serbio de imitación en vaso de cartón; para parecerse un poco al arquetipo de espíritu-atormentado-en-la-barra, se necesita al menos un vaso de cristal, un taburete de nogal macizo y tal vez unos cubitos de hielo. Sin embargo, no le queda más remedio que apañárselas con eso. Isa vacía de un trago el tercer vaso y enseguida pide dos más. La cabeza le chirría y no está segura de que sea por las guitarras.

Menudo cretino.

Ojalá lo hubiese hecho de verdad, arrancarle la nariz de un mordisco, ojalá lo hubiese hecho. Antes, en casa, habría sacado a un tipo como Jop Kistemaker por los pelos del local, sin que le importara el tamaño de ese cretino, pero aquí no: aquí, Isa había balbuceado algo así como «tengo que ir al baño» y se había ido directa a la barra para desinfectar su asco con mucho, muchísimo alcohol.

Debajo de la barra hay un pastor alemán que tirita, Isa cree oler que ha cagado en el suelo. Con tal de que haya apreciado los himnos animalistas de la primera banda. En la pared hay clavado un tablero de madera, en el que se indican las normas de la casa okupa con letras sinuosas escritas con pintura. no animal abuse, no fascisme, no rascism, no sexisme, no homophobia, no blaming the victim, no doble standards. La vida anarquista y antiautoritaria está repleta de mandamientos. Ni siquiera han incluido los «don’t drink don’t smoke don’t fuck» de Erva; seguramente estarán en un anexo.

No blaming-the-victim. Pero ¿qué pasa si eres víctima de un sobón, icono de la movida, y qué pasa si le echas la culpa a tu propia respuesta cobarde? ¿Puede una culparse a sí misma como víctima o va eso en contra del último mandamiento: la doble moral? ¿Y cuál es entonces la alternativa: darle un puñetazo a un tipo como Jop Kistemaker y gritar que te han agredido? ¿Cuántas personas van a creerla, a ella, una recién llegada que se limita a aceptar dócilmente lo que predica su amiga, una veleta que gira con cada viento políticamente correcto, frente a un tipo que puede ser el mismo que ha colgado ese tablero sobre la barra? Isa intenta volver a leer las normas de la casa, las letras se mueven como un hervidero de gusanos rastreros.

Falta poco para las doce. Dex y los miembros de Sound The Alarm descienden del escenario sin ni siquiera tomarse la molestia de desconectar los amplificadores de sus guitarras. La sala se vuelve a llenar de un insoportable feedback. El DJ, que justo se disponía a preparar el set del after party