Las ceremonias del verano - Marta Traba - E-Book

Las ceremonias del verano E-Book

Marta Traba

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En 1966, un jurado compuesto por Alejo Carpentier, Mario Benedetti, Manuel Rojas y Juan García Ponce otorgaba el Premio Casa de las Américas a Las ceremonias del verano, de Marta Traba, «por su alta calidad literaria, que considera a la vez los problemas de expresión y estructura; por la constancia de su ritmo poético, la inteligencia para equilibrar las situaciones y el logro de una difícil unidad de composición». Por medio de secuencias fragmentarias que evocan cuatro etapas en la vida de la protagonista, entre sus catorce y sus cuarenta años, y que determinarán su entrada en la adultez y el despliegue de su identidad como mujer, la autora emprende un viaje teñido de ironía, lirismo y desencanto por los abismos de la subjetividad femenina, en una intensa novela con ecos de James Joyce o Clarice Lispector en la que ya alentaban los elementos e intereses definitorios de su obra posterior. Un pequeño pueblo a las afueras de Buenos Aires, París, Castelgandolfo y una ciudad sin nombre que bien podría ser Bogotá o Nueva York conforman las teselas -independientes, pero no autónomas- de ese vasto mosaico emocional. Siempre con el verano de fondo, asistimos a las transformaciones sucesivas de un personaje que asume el papel de Ulises al tiempo que el de Penélope en sus diversas facetas: la adolescente rebelde, la joven desengañada por la pérdida amorosa, la madre soltera que se debate entre la huida y la autoafirmación y, por último, la mujer en crisis, asendereada y solitaria que contempla el derrumbe de sus mitos y a duras penas encuentra su lugar en un mundo que le ha cerrado las puertas.

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Seitenzahl: 216

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Marta Traba

Las ceremonias del verano

Las ceremonias del verano

primera edición digital:

Febrero de 2023

© Del texto: Herederos de Marta Traba, 2021

© De esta edición: Firmamento Editores s. l., 2021

[email protected]

www.firmamentoeditores.com

rrss: @firmamentoed

isbn epub: 978-84-126630-7-5

diseño y composición: Firmamento

Este libro no puede ser reproducido sin

la autorización expresa del editor.

Todos los derechos reservados.

A Antonia Palacios, quien me

Numerosas son las maravillas del mundo, pero la más grande maravilla sigue siendo el hombre

iil trovatore

Yo soy esa muchacha que llora sin parar, en el fondo de un cuarto oscuro. El calor entra por las hendijas, se cuela el pegajoso, enervante y turbio calor; exaspera las lágrimas, las calienta y la sal se hace más evidente: pero ya no son lágrimas, es algo más hondo y también ridículo. Me doy cuenta de esto al callarme un instante y comprender que ya he llegado al hipo, al gemido e incluso que lo estoy prolongando con desgano. Con desgano nunca, al contrario, cada vez más fuerte para que ojalá alguien, en alguna parte, lo escuche. No un ser humano sino algo distinto que debe de haber, que tiene que haber, en alguna parte del mundo, tal vez un ángel, ángeles, pero aquí no hay vida posible para los ángeles. Todo este mundo es sol y horno, sol líquido, chorreante, derretido, y los ángeles tienen alas sensibles: aquí las alas gotean, se escurren por estas estúpidas paredes Tudor o cualquier cosa y poco a poco pierden su carácter radiante; el nimbo cae, se desfleca la trenza; van deformándose, contrayéndose sus rostros perfectos y aparece siempre alguien determinado, la familia. Sin embargo, en otra parte del mundo, ¿bajo qué cielo fue anoche que silbó tan largo, tan extraño, un pito? La única cosa posible y bella de esta ciudad horrible son los silbatos, siempre estamos al borde (estoy, porque ellos viven anclados y rubicundos), estoy al borde de la despedida en esa única parte fresca de este mundo calcinado, el muelle.

Tal vez no fue anoche, sí. ¿O lo soñó? Para de llorar y quisiera mirarse al espejo para ver el monstruo en que se ha convertido; pero no, resiste y no se mira, entreabre la persiana y esa luz como un cuchillo, esa ola invasora, ardiente, le quema los dedos. Hay que cerrar, rápido, aunque no lo bastante para impedir que se hayan formado de nuevo todas las imágenes, la estación, la llegada; todo se recorta de nuevo en la memoria, aprieta los ojos pero la pupila está llena de negativos, impresas, fijas las imágenes en blanco y negro. No fue anoche el pito, fue ahora, quiero decir, ayer, cuando el tren pasó ya somnoliento, chirriando, por el primer cartel del andén que decía: «Vicente López», y a ella le entró esa especie de lentitud siempre igual y misteriosa y confortable de acceder a otro mundo, al agua y la playa y las casas con teja española y al específico olor a madera nueva del trinchante y el aparador del comedor en la casa de Vicente López. El tren va disminuyendo su velocidad y todos sus goznes chirrían, sube del andén esa niebla caliente que distorsiona la visión. ¡Oh, mundo nítido, atroz y blanco, atroz! ¡Blanco! ¡Atroz! ¡Blanco! ¡Deslíete y desvanece tus formas brutales! ¿Ana Karenina se hubiera tirado bajo el tren en este verano de Buenos Aires? Pobre rostro puro de Vivien Leigh, y, de pensar ahora en su auténtica, irreprimible desesperación en la oscuridad de la platea del cine Lucía, ya se le oprime y estruja de nuevo el corazón. ¡Qué cosa tan absurda! Hace un minuto vibraba de alegría deletreando el amado cartel v- i- c- e- n- t- e- l- ó- p- e- z y ahora, de nuevo el pánico: Ana Karenina entre las brumas, en la trampa, apresada por la soledad. O el desamparo en la platea oscura del cine Lucía, para colmo sin pañuelo y pasándose el dorso de la mano por los ojos sin poder parar de llorar. No puede llorar en este momento; sin embargo, un hombre taciturno no le quita los ojos de encima desde el asiento de enfrente. Trenes repugnantes los argentinos, los asientos no debían estar hechos para poder voltearse. El tren, el vagón vacío, y el hombre llega y voltea el asiento justo frente a mí y se sienta, y yo sin poder bajar los ojos de su cara —pánico, asco irracional—, pero él levanta lentamente la mano y la coloca sobre la ventanilla que tiene el cristal bajo, y hay que mirar fijamente esa mano velluda que tiene de pronto leves contracciones. Así debió de viajar Ana Karenina, sí —¡qué horrible opresión!—, cuando tenía catorce años. No puede llorar pensando en ella. Ridículo; el hombre creería que llora por él: piensa entonces en la doble columna de Leoplán y recuerda que cuando uno, ella, está enfrascado, perdido, en los momentos más dramáticos de la lectura, hay siempre un pequeño recuadro en negrita que dice «suscríbase a Leoplán, el mejor medio de conocer económicamente la literatura universal», y abajo, más grande, $ 20 moneda nacional, etc., y todos, ella, los demás que seguramente leen Leoplán, caemos en el vacío, la nada. Le da risa, se acuerda de que en el momento en que Raskólnikov levanta la mano para matar apareció el cartel de «suscríbase», etc., pero tampoco se puede reír ahora, no puede nada, paralizada ante el hombre, y acaso es apenas un inofensivo vendedor de seguros; pero por qué se sentó enfrente, en el vagón vacío y se puso la gabardina sobre las piernas (con este calor espantoso y un cielo irreductible, sin asomo de lluvia), el inspector le echó al pasar una mirada recelosa y marcó el boleto con evidente ira. Sabrá por qué, todos pertenecen al mismo mundo siniestro y el tren se detuvo entonces de golpe. Casi me doy contra el hombre. De un salto desciendo frente al segundo cartel. Enorme, Vicente López, húmedo de calor, recocidas y tambaleantes letras negras sobre el fondo blanco donde alguien ha dibujado, a la carrera y sin mucha convicción, dos letras: p. s. El mundo es blanco y negro en este andén, habría que correr por la estación hacia la única franja de sombra, debajo del techo a dos aguas de zinc, pero está llena de jubilados dormitando en sus largos bancos. Estas estaciones como asilos, veraneaderos de los jubilados, ya ni hablan, yacen con las cabezas caídas hacia atrás y las bocas abiertas, desdentadas, sostenidos sólo por la angustia de no perder el bastón. Serán derretidos lentamente bajo el techo de zinc, exorcizados por el sol; algún día el sol se meterá por la rendija y morirán todos, dulcemente, carbonizados bajo los carteles múltiples, banderas, largos pendones, estandartes flameando en un aire espeso las mismas letras, v- i- c- e- n- t- e- l- ó- p- e- z.

El sol me alcanza el cuello, me quemaré mal, bajo las escaleras de la estación corriendo y ya. ¡Ya! Ya empieza el olor. Éste es el mundo de verdad, caen sobre mí los árboles, un fragor oloroso me circunda. Aquí todo deja de ser barrio, repulsivo y desértico barrio. Aquí es comarca. Muere al fin, despanzurrado, mi desdichado mundo real, no quiero ni pensar en él pero me persigue; sin embargo, lo venceré, sé que cada cuadra que camine bajo los aromos lo iré desterrando, hasta que llegue a la casa de Vicente López desembarazada de él, libre de él. Por ejemplo: ahora, caminando la primera cuadra, logro abandonar la imagen de aquel jardincito repugnante detrás de la verja, iguales todas las verjas, inútil pintarla de azul, de un azul vergonzante para distinguirla de la del vecino.

¿Nunca vivió usted en casas colectivas? Para qué, todo es inútil, la misma puerta cancel, la misma ventana del mismo baño donde usted imagina sin ningún inconveniente que entra su vecino en camiseta a afeitarse, de pronto se equivoca y entra al mío, estamos al fin y al cabo todos uniformados, nadie se sorprendería. Llego a la esquina y he liquidado aquel jardín reseco. Ahora cruzo y comienzo a borrar la imagen que sigue. ¿Pero es que sigue algo? La casa está vacía, hay un corredor tétrico con dos cuartos a la izquierda, en el primero alguien compró un comedor provenzal después de ganarse un premio en la lotería. Pero el comedor dejó de ser nuevo apenas se instaló en la habi-tación, tal vez porque la fragancia de la madera se perdió entre la cantidad de polvo insecticida que hay que echar siempre en los zócalos y rincones por las cucarachas; no hay niños pequeños, no hay peligro de que unten el pan con manteca con el polvo para las cucarachas. El comedor provenzal quedó en la mitad de la sala, súbitamente marchitado, como si pronto volvieran a recogerlo para llevárselo de nuevo a la mueblería y es que nunca se sabe, han embargado tantas cosas, tantas veces. Entonces nadie entra, nadie se sienta, por si acaso: las cosas no se apoyan, aguardan un interminable trasteo. De modo que. Ya se está desdibujando. Alcanzo la otra esquina y queda borrado también el comedor.

Está contenta porque nada le causa mayor placer que ir asesinando a fuego lento la imagen de su casa. Entonces da un salto y la emprende con una rama baja de aromo hasta que arranca un manojo; los capullos amarillos, opulentos, se desparraman, los estruja entre los dedos, la mano queda amarilla como si tuviera guantes, pero los guantes no van bien con el vestido rojo; da igual, tan horrible vestido rígido, duro, y qué decir de los zapatos de lagarto. Se queda pensativa, tal vez refregando las flores de aromo en el vestido para que se manche para siempre de amarillo, pero ¿quién se daría cuenta?; trabajo perdido. Sin embargo, no, claro que Ada se daría cuenta, hay que arruinar el vestido como única forma de librarse de él, mira hacia todos lados y se restriega rápidamente las manos amarillas contra la seda. Le da una risa incontenible.

Ya ni aquella casa lóbrega, colectiva, de Gualeguaychú (barrio y no comarca), pesa. No pesa pero está. Todas las puertas exactamente iguales y ni un árbol, ¿para qué?, aunque el verano raje las piedras no hay derecho a los árboles en los barrios colectivos.

El vecino plantó uno y los chicos saltan sobre él, descaradamente frente al hombre que matea, impotente, sentado en el umbral y aniquilado por el calor: un árbol que nunca alcanzará a tener una rama, ni un mínimo capullo. La solidaridad de los barrios colectivos es el odio, un odio explicable por vivir en las mismas cocinas, en los mismos dormitorios, sin misterio. Usted no tiene vida privada, todos saben cómo es su dormitorio y hacia dónde va al levantarse.

La imagen de la casa se resiste a atenuarse, a desaparecer. Hay que borrar la escalera de madera para que no cruja más en el séptimo escalón, sí, un crujido inexorable, la noche que entró un ladrón yo contaba los pasos de mi padre con el corazón sofocado en la boca, eran doce bajando y siete subiendo para que crujiera y claro, crujió exactamente en el peldaño preciso y se oyó un vago suspiro, anhelante, terrible, de alguien que esperaba en una oscuridad desconocida, y luego la carrera, una y otra, y las maldiciones, aunque ella sólo oía, metida hasta la cabeza entre las sábanas, su propio largo ruego para que el hombre huyera y nadie pudiera alcanzarlo, hasta que al fin así fue, lo cual prueba que existen los ángeles, aunque sólo en invierno cuando el frío congela las alas y las torna vibrantes y traslúcidas. Ya me separé de la escalera con el asunto del ladrón, qué distracción, debo borrar la escalera antes que nada, porque es el más agobiante, el más obsesivo elemento de la casa que derrumbo.

Hace tiempo. Cuando llegaron a la casa, ella compró un mi-kinito: algo de nada, veinte centavos en el almacén de la esquina y lo entregan con cuatro películas de repuesto. La mica por donde hay que mirar es ligeramente amarilla y todo cambia de color al apoyar el ojo. Al principio cerraba el ojo que no era y por supuesto no veía nada. Por fin pudo, emocionada, ir colocando correctamente los cuatro diminutos fragmentos de película en la caja del mi-kinito y buscó un buen ángulo de luz. Entonces vio la escalera, la misma, igual a la de su propia casa: de madera, con el pasamanos gastado y el rellano en la mitad. La puerta cerrada que daba hacia el rellano era la misma. Sólo que en la película la escalera y el ámbito entero eran amarillentos, como instalados en otro tiempo. En la segunda película se veía la parte superior de la escalera, igual de nuevo, con una baranda tan sombría como la suya: pero en lo alto aparecía sentado un hombre infinitamente triste, con la cabeza entre las manos. Su corazón se contrajo y luego empezó a latir como una tromba. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué la cabeza entre las manos? Esta película no era amarilla sino muy gris y rayada, y tal vez por eso parecía el fin de la tarde. O quizás no hubo nunca luz en esa casa, nadie bajó ni subió las escaleras nunca, por eso el hombre desconocido yacía en la desesperación. Temblando, puso la tercera película en la rendija de la caja del mi-kinito. Ahora una mujer estaba parada frente al hombre, que también se había puesto de pie. Ambos tenían las manos apoyadas en la baranda, pero no miraban hacia abajo, sino hacia adelante. ¿Qué miraban? ¿Qué oían? Posiblemente no fuera así, pero ella se los imaginaba alertas, crispados. La película era aún más oscura y rayada que la anterior y la parte baja de la escalera estaba oculta por una espesa sombra. Sin embargo, la toma era distinta. A través de la puerta abierta detrás de ellos se veía, solo, absolutamente desamparado, el frente de un catre antiguo de bronce. El hombre y la mujer permanecían inmóviles. La cara del hombre estaba atravesada por una raya de la película y no había manera de desentrañarla. La mujer aparecía vestida como los figurines de 1920, con un traje grotesco y el pelo ensortijado y despavorido. Estaba claro que temían algo, que esperaban algo. Cuando puso la cuarta película las manos le temblaban tanto que no daba con la hendidura del mi-kinito. Al fin se atrevió a mirar y una escena insólita, radiante, estalló ante sus ojos. Frente a ella se abría un desierto devastado por el sol: lejos, lejísimo, un árbol rodaba por el paisaje, la escena tenía un tal exceso de luz que al principio parecía una película dañada, blanca. Nada que ver con las anteriores. Si ese mundo explota, cae en el sol, jamás se sabrá por qué esperaban en la escalera. Las miró de nuevo una a una. La numeración era correcta. Serie de cuatro con número escrito a máquina en el ángulo superior izquierdo: una, dos, tres, cuatro: pero el misterio había sido violado, estafado, a menos que alguna vez subiendo la escalera, la verdadera, la de la casa, ellos estuvieran, primero él, sentado con las manos sosteniéndose la cabeza, luego él sin cara, rayado, pero expectante. O tal vez nunca, porque el crujido del séptimo escalón ahuyentaba los fantasmas, y el sol, y el desierto, y ese modo brutal de morir, de desaparecer todo, escalera, casa, hombre y mujer, de ahogarse, de perecer todo en el verano.

Llegó a la tercera cuadra. Ya no quedaba sino su cuarto para borrar. Porque yo vivo en casa sola. ¿Qué son los demás, quiénes son? Nadie cuenta, todos entran y salen sin alcanzar nunca el contorno de una imagen precisa como la de la pareja del mi-kinito. Ella sola entonces, catorce años y esos tremendos zapatos de lagarto, defendiéndose contra las cosas anodinas, neutras y horribles, contra la camiseta y el mate del vecino, contra todo lo que no esté bajo el cartel de v- i- c- e- n- t- e- l- ó- p- e- z. Contra el mundo inodoro, incoloro e insípido. h2o. Ya no falta más que una cuadra pero es tan intenso el perfume de los aromos que casi no puede caminar de dicha. Además un perfume caliente se pega, se adhiere bajo el vestido rojo de seda artificial, y crece el deseo de ponerse ya el traje de baño y dormir sobre la tosca, con el ruidito leve, emplumado, del agua del río que, si no se la mira, sólo se la escucha, hasta podría ser azul, como debe de ser, seguro, la del mar. O mejor dormir aquí, bajo esta lluvia, diluvio, inundación amarilla. Pero antes hay que borrar el último vestigio de la casa, verdaderamente el último, su cuarto. Es bien fácil, no hay más que una cama y una ventana. La cama es un catre de metal, pero no uno de esos catres retorcidos, con cobre o bronce opulentos, que suenan musicalmente, como campanas, al golpearlos con la uña: éste no tañe, apenas un catre de hospital y se le ha saltado el esmalte por algún lado que escondo cuidadosamente bajo el cubrecama y el borde del mosquitero, porque entran miles de mosquitos por la ventana abierta con el agravante de que si se cierra se muere uno asfixiado. Da lo mismo, el mosquitero es un engaño más, los mosquitos entran siempre y lo más atormentador, lo inaguantable, es el zumbido que se está aguardando en la oscuridad, en una expectativa absurda; jamás se acierta al dar el golpe hasta que después de varias tentativas la cara comienza a arder y el mosquito sigue zumbando; es el símbolo de la noche atroz del verano en Gualeguaychú. Abrir entonces la ventana y comprender, estupefacta, que esto no es la noche de verano, que es el vacío del barrio colectivo. El pozo, la hondonada sin un solo grillo. El eclipse total, el naufragio, la noche extraída de su verdad, del rumor, del murmullo atonal, inmenso, que la vuelve carne y hueso de la oscuridad.

Ahora piensa que esta noche rescatará la noche, la que descubrió en Vicente López cuando se asomó por primera vez a la ventana y supo que la noche no era, no, ese morir total sino algo increíblemente, dolorosamente vivo y sintió que se sofocaba y le corrían las lágrimas, siempre lo mismo, absurdo, hasta que el recurso de las cuatro columnas y los avisos estúpidos del Leoplán volvió a tranquilizarla y oyó el murmullo, hasta que se durmió sobre el marco de la ventana.

Al tocar el timbre de la casa de Ada, ya había borrado totalmente la suya. Ada estaba en el piso de arriba y abrió la puerta una sirvienta santiagueña, enana y deforme, a la que nadie consideraba persona. El fresco del hall la hizo estremecer. El enorme vestíbulo de baldosas negras y blancas, brillantes, permanecía en la penumbra con todas las persianas entornadas. No había nadie ni se oían, cosa extraña, los gritos habituales. Le parecía maravilloso que su tía Esperanza, cuya vocación y profesión más constante era la de hablar imperiosamente, dar órdenes y montar en perpetua cólera si se la contradecía, no apareciera por ningún lado y pudiera así, sin interferencia alguna, hacer su inventario. Comenzó por sentarse en cada sofá y hundirse voluptuosamente, cerrando los ojos con fruición, apretándolos, hasta poder alcanzar a fondo la sensación de bienestar físico. Enseguida se acostó en el sofá y miró gravemente las vigas del techo destacadas con violencia contra el cielo raso blanco. Las contó una por una. Estaban todas y no había arañas. Tranquilizada, caminó resbalando sin ruido por las baldosas hasta desembocar en el comedor principal, el que no se usaba nunca sino para las grandes fiestas. Cada mueble estaba en su lugar, plantado en tierra, maravillosamente estable. Rozó la mesa de caoba con la punta de los dedos y después de asegurarse de que no venía nadie, abrió uno a uno los cajones del aparador y luego los del trinchante. Se puso de rodillas para estar más cómoda. Hundió la cabeza entera en el cajón de los manteles de hilo: un vaho refrescante, crujiente, subió dulcemente hacia su cara, rozando los ojos cerrados, el pelo colgante, negro, tumbado sobre las servilletas bordadas. ¿No era eso el hogar, la casa, lo que une para siempre los seres? Cerró cuidadosamente el cajón y abrió el contiguo, allí donde estaba la caja forrada en terciopelo con todos los cubiertos alineados. Maldición, la habían cerrado con llave. Quedó pensativa, los brazos inertes, imaginándose los tenedores de plata maciza. Los cubiertos alineados, cada uno en su sitio preciso. Luego se paró, entreabrió silenciosamente el trinchante y pasó el pulgar sobre las copas de cristal. Un sonido frágil, casi imperceptible, se fue debilitando en aire tibio. Ya había entrado en la atmósfera de las cosas seguras, en la atmósfera melodiosa. Un ruido en la cocina la hizo salir de su ensimismamiento. Una puerta golpeó con furor y estallaron, vertiginosos, rompiéndose y paralizándose en el aire, los idus de marzo. La tía Esperanza entraba, segura, infalible hecatombe. Al fin y al cabo, pensó con aprensión, el mundo perfecto de los tenedores, las copas de cristal, las baldosas blancas y negras, los sillones espesos y blancos, podía ser corrompido, flagelado, destruido. Se sintió menos desamparada en su infinito desamparo. Y corrió a la cocina atenaceada por un hambre voraz.

Me reconozco poco en ese espejo dorado, turbio, de las ollas y sartenes relucientes que están colgadas en la cocina: pero sí, la cara se distorsiona, se borra y regresa, ahí estoy, haciendo visajes con una cara insignificante, el pelo lacio y pegado por el calor y ya no hay modo de tener tranquilidad porque mi tía vio, claro, las manchas amarillas en el vestido y ha puesto el grito en el cielo; ha dicho —criatura, ¡hasta cuándo!, ¡no te fijas en nada!—, siempre me sobresalta su pronunciación española y que diga «fijas» y no «fijás», me parece a ratos que está fingiendo y a veces me da nostalgia imaginándola en la orilla de un río con un pañuelo en la cabeza exhalando esos suspiros profundos que parten el alma y que parecen más bien el resuello de un buey, espantado, que va al matadero. Ella y también la abuela que no conocí. Son como otro mundo para mí, algo seductor y perturbador al mismo tiempo, algo clavado en un paisaje tan insólito, tan solitario, como el desierto del mi-kinito. Y ella piensa una vez más que no reconocerá, no, nunca, otra familia distinta a esa abuela que cuentan que se murió de saudade, de morriña, porque la trasplantaron de Galicia a un agujero negro en los barrios del sur, que llaman pudorosamente «departamento», pero debió de ser sin duda un conventillo donde todos entraban, y salían y gritaban, mientras ella permanecía pegada a la ventana, con unos ojos grises licuados, perdidos, aferrada quién sabe a qué amanecer perpetuo congelado en su memoria, quién sabe a cuál madrugada lechosa de donde la arrancaron a la fuerza para desembarcarla en una ciudad —como si esta muerte apestosa de los barrios fuese alguna vida, como si al barrio sur se le pudiera llamar ciudad, como si los zaguanes pudieran considerarse casas—: nada, mentira, debió entrar con su silencio tierno y definitivo en aquel conventillo sombrío y mirar las cortinas floreadas de separación entre las camas y asomarse púdicamente por la única ventana con reja para ver el cartel de la vereda de enfrente, lo cual es un modo de decir, porque lo correcto sería confesar lisa y llanamente «la vereda de encima»; mirar el cartel, repito, donde decía «Almacén El Pibe», despacho de bebidas, hoy no se fía, mañana sí, ¿total, para qué?, si no sabía leer y ese cartel debía de antojársele la suma teológica; pero al fin, así derrotada y agonizante, infinita, sólo a ella reconozco como familia, porque sólo los incomprendidos y solitarios somos familia, lo demás es recua, están bien en la ciudad, comen brutalmente en los cubículos negros donde viven, salen a las puertas con sus destartaladas sillas de mimbre como espías satisfechos que se alimentan de las sangrías de los demás: salen en piyama, gordos, relucientes, armados de sus signos de ignominia, el palillo entre los dientes, el mate, la palmeta de paja deshilachada para abanicarse las moscas; salen para hablar del fútbol y del «torito», mientras ella no entiende nada, ni comprende nada, ni reclama, claro, porque ¿qué es un gallego, o peor, una gallega, en Buenos Aires? Nada, ¡menos que un portero! ¿Quién se detendría, qué poeta, qué ser humano inexistente, a oírle decir detrás de la reja que aquí no se oye la lluvia ni se ve el amanecer? Mejor callarse, extinguirse, la ciudad está llena de muertos desconocidos que exige en holocausto para poder seguir bullendo, alborotando, manteniendo su prestigio de gran capital del sur, ofreciendo interminables chocolates con churros en la avenida de mayo. También la tía Esperanza, cuando resuella como un buey, pero sólo así, agónica, pertenece a alguna raza; por desgracia enseguida se repone y aúlla metódicamente. No se cansa de mirarme con reprobación y lástima por los manchones amarillos —¿y ahora con qué vestido irás esta noche a la fiesta?, valiente idea, ridícula, una mocosa en la fiesta, solamente a Ada se le tienen que ocurrir esas cosas...—, y ella no entiende, al principio no le importa nada, oye el clamor y mira los enormes tomates, sensacionales, seguro que serán rellenos con atún y siente el fresco del atún correr por todo su cuerpo como una vertiente, hasta que comienza a despavorirse, ¿al fin qué dice la bruja, el torrente, de qué fiesta habla, qué cosa debo hacer esta noche?, y comienza a sentirse desasosegada y perdida, la sirvienta santiagueña la está mirando de frente como un tótem hasta que un alarido de tía Esperanza la manda al fregadero. Entra Ada con la cara contraída diciendo la frase inútilmente clave: —mamá, por dios, callate, aturdís a todo el mundo—, pero ahí mismo ve las manchas y también se conduele aunque y antes que nadie se dé cuenta de lo que pasa, ya está enfrente con el costurero y el metro tomando las medidas del caso —qué cuerpito, nena, no te dan de comer en tu casa… pero estás raquítica—, y sigue, hasta que la humillación se instala, así, dolorosamente, en cada centímetro del cuerpo y hay que acordarse de las columnas del Leoplán