Las chicas de Mali - Mali Fariña - E-Book

Las chicas de Mali E-Book

Mali Fariña

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Beschreibung

Aunque su corazón está lleno de cicatrices del pasado, Amaia vive feliz en su piso con su perro Lian (acabado en n, por liante). Mujer trabajadora e independiente, disfruta de sus noches de juerga con sus amigas del alma, The Five Sisters, sin pensar en el amor. Una mañana, un coche deportivo conducido por un hombre de bandera se cruza delante de ella. Mientras camina hacia la oficina, no deja de pensar en el bombón que acaba de ver y en cómo se vería ella sentada en el asiento del copiloto. Sus fantasías aterrizan cuando, de repente, lo ve entrar en el despacho y su jefe lo presenta como su nuevo compañero. Pum, pum, pumba. Todo hubiese sido perfecto si una de las secretarias no hubiera puesto sus ojos también en él... Adéntrate en las páginas de Las chicas de Mali, donde el amor, los celos, la envidia y las falsas apariencias harán latir tu corazón.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Las chicas de Mali

Me gusta tu coche

Mali Fariña

 

Primera edición: junio de 2022© Copyright de la obra: Mali Fariña© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-125198-8-4Código ISBN digital: 978-84-125198-9-1Depósito legal: B-11355-2022Corrección: Anna AlberolaDiseño y maquetación: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.comwww.angelsfortune.com

Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

 

 

 

Dedicado a tod@s mis chic@s.

PRÓLOGO

 

Había oído cantar un rap que empezaba así: «Me gusta tu coche porque tiene ruedas goldas…». Y sí, me gustaba mucho ese coche. Atraía mi mirada no solo por su línea clásica, el color azul marino y los cristales tintados, sino también porque siempre estaba reluciente, como recién salido del concesionario. Y, además, su matrícula era JJJ (como el buen jamón) y yo me decía que, para más inri, ¡tenía pedigrí!

¿Quién lo conduciría? ¿La clásica mujer trofeo de algún ricachón?, ¿un hombre joven con buen gusto y dinero?, ¿una ejecutiva?… No tardaría en descubrirlo.

 

 

1

2

VUELTA AL TRABAJO

Regreso y recuerdo que es lunes y, además, un lunes tedioso sin mucho trabajo. Ya en mi silla, me concentro en los papeles que ocupan mi mesa. Mi jefe y director de la Cía., un gallego cincuentón aún atractivo, con betas grises en su pelo oscuro, muy alto y bien vestido, se acerca a mi mesa y me comenta que un nuevo empleado, Yago, vendrá para trabajar en la empresa, pero que empezará por abajo antes de hacerse cargo de todo.

—Soy de la vieja escuela —me comenta—, y el puesto hay que ganárselo. No basta con tener unas buenas notas. Conozco a verdaderos inútiles con sus empleados y con sobresalientes en la carrera. Que empiece por ir a cobrar estas facturas pendientes.

Pasados unos treinta minutos, más o menos, entra en mi pequeño espacio él, vestido informal pero elegante, muy alto, con sus gafas de espejo verdes, su barbita corta y su pelo negro hacia atrás en una coleta... ¡mmm! Pum, pum, pumba. ¡Por fin ya lo tengo frente a mí! Me trabo al empezar a hablar y, antes de terminar mi saludo, él me interrumpe:

—Hola, Amaia, soy Yago, ¿tienes algo para mí?

Otra vez pum, pum, pumba. Tiene una sonrisa preciooosa y está para comérselo, ¡cómo se parece al actor Sebastián Rulli! Le tiendo la carpeta con las facturas y solo me sale una vocecita aguda para decirle:

—Ten, es lo que el señor Marín ha dejado para ti. Tendrás que despachar conmigo lo que traigas cuando regreses.

Toma la carpeta y me responde:

—Ya volveré.

—¿Cuándo? —pregunto.

No hay respuesta. Solo queda en el aire una fragancia que me resulta fresca, masculina y deliciosa. Y como soy un perro de presa a lo que olores se refiere, no pararé hasta dar con esa marca.

 

3

OTRO DÍA DE TRABAJO

Ya es jueves, 8:30 de la mañana y no hay rastro de Yago. El señor Marín pregunta si las facturas ya están cobradas y repite el mantra de siempre:

—Se acercan los pagos, es importante no fallar con esto.

Nos dedicamos a hacer cajas de cartón para todo tipo de mercancías, desde zapatos hasta electrodomésticos.

—No ha pasado a verme, pero puede que se las haya dejado a usted en su mesa sin decirnos nada.

—Lo dudo, Amaia, es un niño mimado y piensa que puede hacer lo que le dé la gana. Te paso su teléfono y le llamas.

Madre mía. Marco. ¡Qué agobio! Suena un gruñido. Y me presento.

—¿Amaia? ¿Qué Amaia?

Mi cabeza aún está llena de ruidos… Y me cuelga.

Vuelvo a marcar por si me había equivocado, pero otra vez esa voz aguardentosa vuelve a contestar cabreada y, simplemente, me manda a la mierda y vuelve a colgar. ¡Huuuy! ¡Lo que ha hecho! Despertar a la fiera que hay debajo de esta gatita melosa y que él no conoce. Cuando vuelva tendrá un drama que contar. Yo me encargo. A mí no me insultan ni mis amigas. Me conocen y no se atreven. Ya han sufrido mis «arañazos». Y Niño Mimado no va a ser menos.

 

4

LLEGA LIAN

Vivo en un pueblo de la provincia de Barcelona. Tenemos playa, puerto recreativo y hasta un castillo. Vivo en un edificio de alquiler social. Eso es barato y pequeño, muy pequeño. La ventaja es que, además de ser económico, tiene parking justo debajo y desde casa llego a mi trabajo en 15 minutos. Lo comparto con mi gran amor, Lian.

Lian es un encanto. Es mi perro. Es pequeño, de apenas 3 kilos, y en su genética, según la veterinaria, hay chihuahua, pomerano y no sé cuántos más. No me importa, pues fue amor a primera vista. Se escondía entre la basura acumulada en el polígono donde trabajo, en el edificio que tenemos detrás del nuestro, que está abandonado. No era más que un pequeño pompón negro salpicado de puntitos blancos, sucio y herido. En cuanto se acercó temblando hasta mí, lo puse en una de las cajas que llevo en el maletero y fui derechita al veterinario más cercano a mi casa. Llegué tarde el primer día después de vacaciones y me cayó una pequeña bronca, pero no me importó y mi explicación fue que me quedé dormida.

La veterinaria limpió las heridas de la pata, tuvo que darle unos puntos en la oreja y me dio algunas instrucciones de cómo cuidarlo. Sobre todo, mucho cariño y paciencia, pues todavía era cachorro. No llegaba a los tres meses y ya había sufrido la maldad del hombre.

Ya llevamos tres años juntos y cada 1 de septiembre (día en el que lo encontré) pasamos por ese lugar y preparo para cada uno nuestro menú favorito. Además, mi cumpleaños es un día antes, el 31 de agosto, y en su momento fue un buen regalo de cumpleaños.

 

5

MIS ARAÑAZOS

Ha pasado toda la mañana y el señorito sigue sin aparecer. Termina mi jornada y me voy a casa. Le pongo su comida a Lian, tomo algo ligero, descanso viendo un capítulo de la serie que sigo en estos momentos (me encantan las series y poder hacer una maratón de capítulos los fines de semana caseros) y me cambio para salir a caminar.

Salgo con Lian todos los días y vamos hasta la playa; y en este recorrido de unos tres kilómetros desde casa es donde encontré el coche. Suele estar delante de una pequeña casita con jardín cerca del paseo marítimo. Caigo en la cuenta de que, si el coche está aquí, Niño Mimado también. Y mi cabecita empieza a tramar mis arañazos.

El Sr. Marín no me pregunta nada, pero ya es otro lunes a punto de fichar para irme y Niño Mimado sigue sin aparecer.

Vuelvo a ver el coche en el sitio de siempre. Terminamos nuestro paseo, una ducha y me pongo a preparar el almuerzo y comida de mañana y la cena para esta noche. Mientras, mi venganza está casi lista. Mañana, si no viene, la pongo en marcha. Tengo el material en casa.

Un día más y sigue sin dar señales ni por teléfono, y yo por la tarde cargo una mochila con mi artillería. Llego a la altura de la casita, no veo a nadie. Persianas bajadas. No se oye nada. Como sería un sacrilegio dañar el coche, pongo en marcha el plan B: saco el tubo de silicona y la extiendo por todo el lateral donde está la cerradura. Si quiere quedarse en casa, le doy una razón bien potente. Tendrá que pedir ayuda. Qué satisfacción. Aunque nadie sabrá que fui yo, estoy eufórica.

Pasan dos días sin noticias y yo sigo divertida con mi trastada, hasta que el Sr. Marín viene a mi mesa hecho un basilisco y me pide que llame a la policía y a un cerrajero para la dirección que yo conozco bien.

—¿Qué ha pasado?

—Mi madre regresa del hospital, donde ha estado esta semana ingresada por una gripe que derivó en una neumonía, y se encuentra la puerta sellada con silicona. Yago sigue con su madre en el campo y mi mujer está histérica. Haz la llamada, que yo voy para allá.

Tierra trágame, no vive solo o, lo que es peor, no vive allí y yo me pasé tres pueblos con una abuelita que no tiene culpa de nada y que, además, es la madre de mi jefe. Merezco dos medallas, una por cabeza de chorlito y otra por si pierdo la primera.

Si lo pienso un poco, recuerdo que el coche no se movió del sitio ni un centímetro. Pude deducir que no se utilizaba esos días. Solo pensaba en bajarle los humos a Niño Mimado. ¿Está con su madre? ¿Por qué? ¿Desde cuándo? Seguro que el Sr. Marín lo sabía, por eso no volvió a preguntar por él. Deduzco que Niño Mimado es familia de mi jefe. No tiene hijos (que se sepa). ¿Qué los une?