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Manhattan, 1899. Mientras Louis Comfort Tiffany, que dio el nombre a las famosas lámparas Tiffany, prepara la exhibición más ambiciosa de su carrera, un grupo de mujeres talentosas trabaja en las sombras para dar vida a sus vitrales. Son invisibles para el mundo, pero sin ellas, su arte no existiría. Emilie Pascal escapa de París luego de un escándalo. Con la esperanza de cumplir sus sueños como artista, falsifica una carta de recomendación para trabajar con Tiffany. Grace Griffith es la mejor copista del taller. Pero nadie sabe su secreto: vive una doble vida como caricaturista política de un periódico. Clara Driscoll es la gerente. En los días previos a la exposición más importante de su carrera, se obsesiona con un diseño que se convertirá en la pieza insignia de la casa. Reunidas por casualidad, impulsadas por el sueño de ser artistas en una de las pocas formas aceptables para las mujeres en su época, estas "Chicas de Tiffany" romperán el techo de cristal de su era y abrirán el camino a las trabajadoras del futuro.
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Seitenzahl: 577
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Título original: The Tiffany Girls
Edición original: Publicado en acuerdo con William Morrow Paperbacks, un sello de HarperCollins Publishers.
© 2023 Shelley Noble
© 2025 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2025 Vidis Histórica
www.vidishistorica.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-19767-82-0
Dedicado a las ignotas chicas Tiffany que ayudaron a romper el techo de cristal para las que vendrían después.
Portadilla
Legales
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Nota de la autora
Agradecimientos
Novelas históricas en Vidis
Shelley Noble
Manifiesto Vidis
Julio de 1899
Montmartre,
París
Emilie Pascal se limpia las manos con el paño más limpio que encuentra y coloca con sumo cuidado la hoja de papel en el escritorio.
Es la última que le queda. Había logrado sustraer dos hojas del escritorio de d’Evereaux el otoño anterior, cuando su padre terminaba el retrato del caballero.
Ya había tenido que usar una.
Esta será para ella.
Alinea la hoja con precisión, acerca el tintero. Toma aire y se toca lentamente la mejilla. El moratón habrá desaparecido antes de que llegue a Nueva York con su carta.
Pero debe darse prisa.
Y también ser extremadamente precisa, algo que ha aprendido con los años. Un solo error podría echarlo todo a perder.
Emilie imagina la carta que escribirá como un cuadro que visualiza en su mente antes de empezar a pintar. Una caligrafía florida pero masculina. La explicación justa, sin excederse en alabanzas. Apoya la punta de la pluma sobre la hoja de papel.
Mi estimado señor Tiffany…
Los golpes en la puerta llegan justo cuando está a punto de firmar la falsificación casi perfecta. Levanta instintivamente la pluma del papel y Dieu merci, no lo mancha.
Con cuidado, ahora.
Mes sincères salutations,
Le Chevalier d’Evereaux
La puerta empieza a sacudirse bajo los golpes cada vez más fuertes. No tiene secante. Emilie sopla sobre la firma y dobla la hoja con rapidez. No la sellará con lacre. Un toque de menos o uno de más siempre delatan el engaño.
Se levanta a toda prisa, va hasta la cama y coge el portafolio negro que espera su última obra de arte.
Entonces comienzan los gritos.
—¡Dominique André Pascal! ¡Abra la puerta en nombre de la Sûreté de París!
Emilie guarda la carta dentro del portafolio.
La puerta cederá pronto. No lo encontrarán aquí. Se ha ido. Ella no sabe dónde, pero no le importa, es un alivio. Se coloca una capa sobre los hombros, coge el portafolio de la cama y echa una última mirada para asegurarse de que no se olvida nada. Luego corre hacia la ventana.
Ha planeado este momento. Siente que toda su vida ha planeado este momento. La ventana está abierta y coloca su pertenencia más preciada sobre el pequeño balcón. Se levanta las faldas del vestido —oscuras, pero ligeras— y se prepara para escapar. Una pierna por el alféizar, luego la otra. Cierra la ventana justo cuando la puerta cede.
Recoge el maletín negro, lo arroja al balcón contiguo y se lanza tras él.
Jean y Marie la esperan para ayudarla a entrar. Han oído a los gendarmes en el pasillo. Sin decir palabra, Marie la ayuda a colocarse bien la capa; la conducen hasta la escalera que lleva al tejado y Emilie comienza a trepar, aferrada al asa de su portafolio como si este pudiera sostenerla en todo. Y lo hará.
Jean quiere acompañarla y cerciorarse de que escape, pero Emilie niega con la cabeza.
—Non, tu dois m’oublier.
—Mais je t’aime!
—Non.
Marie le entrega la pequeña maleta que habían guardado.
—Te enviaremos tu baúl cuando estés instalada.
Emilie asiente. No puede hablar.
Marie empieza a llorar. Jean le lanza una mirada de advertencia. Marie se seca las lágrimas, por si los gendarmes vienen a interrogarlos sobre sus vecinos.
Emilie solo mira hacia fuera lo necesario para asegurarse de que está sola, luego sube al tejado.
Jean la mira con ojos intensos a través de la abertura cuadrada. Así es como ella lo recordará. Enmarcado por la luz.
Entonces la oscuridad lo envuelve y Emilie echa a correr por los tejados de París.
Solo le queda una última parada de camino al puerto y al barco que la llevará lejos de allí. Lejos de sus recuerdos, buenos y malos, de sus amigos y enemigos, y, sobre todo, lejos de su padre.
Desciende en la rue Suger. Las luces brillan sobre los adoquines silenciosos; no hay nadie a la vista. No oye ruidos que indiquen que la policía la está buscando.
Aferrando sus pertenencias, Emilie se dirige al norte, en dirección al río.
Es una noche calurosa, incluso para julio, y tiene la piel empapada por el sudor, fruto tanto del esfuerzo como del miedo. Todavía le queda bastante camino por recorrer.
Ya comienzan a aparecer sombras de hombres y mujeres en los portales: trabajadores que se dirigen a las fábricas, a las barcazas del río, a los talleres de costura, al mercado de flores donde venderán sus productos a las pocas almas que se atrevan a salir con esa temperatura.
Emilie acelera el paso, aunque su cuerpo se resiste. Quiere sentarse, hundir el rostro entre las manos, pero eso tendrá que esperar.
Entonces la ve: la pequeña vendedora de flores al pie del Pont des Arts.
La mujer la mira acercarse y le sonríe. Son viejas conocidas. Mira su cubo lleno de crisantemos, lilas y margaritas y saca de entre las flores una rosa de tallo largo.
En la tenue luz del amanecer, Emilie distingue que ese día es roja, un símbolo perfecto para una despedida.
Deja caer una moneda en la mano de la mujer y coge la rosa. Ni siquiera sabe el nombre de la vendedora.
Avanza con cautela hacia lo alto del puente. Reduce la velocidad al cruzarse con dos hombres que vuelven de una noche de juerga y pasan deprisa junto a ella. Luego se detiene y mira las aguas profundas del Sena. No va a llorar.
—Me marcho de Francia esta noche, maman. Puede que no vuelva a visitarte por mucho tiempo. Ne m’oublie pas. —Y deja caer la rosa en la oscuridad.
Julio de 1899
Compañía Tiffany de Vidrio y Decoración
Manhattan
Clara Driscoll estaba sentada en su escritorio, inspeccionando con ojos entrecerrados los gastos semanales y pensando en libélulas. “Libélulas”. Suspendidas en el aire, con el sol reflejado en sus alas iridiscentes durante un segundo antes de alejarse volando para reaparecer en un lugar inesperado.
Las había visto cuando iba en bicicleta por Central Park el domingo y no podía quitárselas de la cabeza.
Se echó hacia atrás en la silla y se pellizcó el puente de la nariz. Ya sentía los ojos cansados, aunque todavía era por la mañana; intuía que se acercaba una de sus migrañas.
Como jefa de la división femenina de la Compañía Tiffany de Vidrio y Decoración, era responsabilidad suya asegurarse de que las cuentas de la semana cuadraran. Por lo general podía separar sin demasiada dificultad su trabajo como encargada del de diseñadora, pero esa mañana no era el caso. El gerente de negocios, el señor Pringle Mitchell, acababa de imponer una lista de nuevos requisitos que acrecentaba la irritación de Clara: tareas adicionales que consumían más tiempo sin ser realmente útiles.
El señor Mitchell y ella siempre estaban en desacuerdo por los gastos. El señor Tiffany quería piezas de arte únicas. Al señor Mitchell, en cambio, solo le interesaba mantener bajos los costes. Por lo general, Clara solía lograr un equilibrio entre ambos, pero esto…
La regla más absurda de todas era cobrarle a la división femenina un alquiler de cincuenta dólares mensuales por el espacio que utilizaban trabajando para la empresa. ¡Cincuenta dólares! Era un despropósito, sobre todo porque sabía que el señor Mitchell lo había hecho solo para fastidiarla.
El señor Tiffany le dijo que lo pagara una vez y no se preocupara más; él lo resolvería. Era fácil para él decirlo, claro, pero había partido con su familia a Europa. Allí se reuniría con el señor Bing para tratar sobre la exposición en la galería Grafton que tendría lugar en octubre. Conocía al señor Tiffany, por lo que no dudaba de que estaría entusiasmado con los rumores sobre la próxima Exposición Universal de París, programada para abril.
Ella se consideraba una mujer racional, comprensiva y moderna, y le gustaba dirigir la nave, por decirlo así, y además orientar a las mujeres que aprendían el oficio bajo su supervisión, mientras al mismo tiempo trabajaba en sus propios diseños. Pero era difícil concentrarse cuando las libélulas exigían atención, especialmente en un día de migraña. Entre las cuentas, la pérdida de dos empleadas que habían renunciado el mes anterior para casarse, y el calor sofocante que invadía el taller del quinto piso, aquel era, sin duda, un mal día.
Dejó caer la cabeza hacia atrás, cerró los ojos. Les daría un momento de descanso, nada más. Su vista nunca había sido demasiado buena y las migrañas no hacían más que empeorarla.
Y ahí estaban otra vez las libélulas. Revoloteando por encima de su cabeza, posándose sobre el montón de acuarelas y dibujos que todavía no había archivado. Planeando sobre el molde de madera para la pantalla de lámpara que acababa de terminar. Zambulléndose en la bandeja de trabajo con recortes de vidrio y herramientas que había apartado para dejar sitio a los libros de contabilidad.
“Cuentas”. Abrió los ojos y se enderezó. El sol entraba por la ventana, iluminando como un reflector las columnas de números que la esperaban.
Clara se colocó las mangas de trabajo de muselina, cogió la pluma y reanudó su trabajo desde donde lo había dejado.
“Dos planchas grandes de vidrio opalescente verde, nº 2435B”. Había tenido que pedirlas directamente a los hornos de Tiffany en Corona, en el barrio de Queens, ya que el tríptico había consumido buena parte de las existencias del almacén de vidrios en el sótano. Ella misma había ido a los hornos a recogerlas.
“Billete de tranvía, ferry y tren de ida y vuelta”. Le parecía injusto que su departamento tuviera que pagar el viaje solo porque los hombres no podían mantener al día las existencias de vidrio.
Clara suspiró. Entre la cantidad habitual de encargos y el trabajo adicional generado por las piezas destinadas a la Exposición de París, ya estaban peligrosamente cerca de exceder el presupuesto mensual y no estaban más que a mitad de julio.
Pero no iban a escatimar en materiales ni en la calidad de la construcción. El señor Tiffany estaba obsesionado con la Exposición. Había decidido no participar en la última feria mundial de París, diez años atrás, y John La Farge, su competidor más feroz, se había alzado con todas las medallas que Tiffany estaba convencido de que habrían sido suyas.
Esta vez, se estaba preparando para asombrar al mundo como nunca antes y ser reconocido —por fin— como el rey indiscutible del arte en vidrio.
Clara no se oponía a la idea. El señor Tiffany era un genio con una visión extraordinaria. El hecho de que dar vida a esa visión —ya fuera en vitrales, jarrones, lámparas, mosaicos u otros encargos que asumía el estudio Tiffany— requiriera del trabajo conjunto de varios departamentos y una multitud de artesanos y artistas individuales no importaba en absoluto.
Él era la fuerza que los guiaba. Y todos lo sabían.
Clara nunca había conocido a nadie como él. No creía que existiera alguien que pudiera compararse con Louis Comfort Tiffany. Y Clara Wolcott Driscoll y sus chicas Tiffany eran una parte indispensable de su proceso.
Acababa de terminar de sumar la primera columna de cifras cuando sonaron unos golpecitos suaves en la puerta. Clara se secó el sudor del labio superior con un pañuelo que luego deslizó dentro de la manga.
—Adelante.
Annie Phillips apareció tímidamente en el umbral.
—Bueno, entra, señorita Phillips. ¿Hay algún problema?
—No, señora. No se trata de un problema… Es solo que…, bueno… —Alargó el brazo, mostrando un anillo barato con un cristal de imitación montado en una banda dorada.
Clara sintió que el alma se le caía a los pies; un latido comenzó a martillarle las sienes. Annie era una de sus mejores cortadoras de vidrio. Era el tercer compromiso que sacudía a su departamento ese mes. Y cuando una chica se comprometía y se casaba (o peor aún, se quedaba embarazada sin estar casada) se quedaba sin trabajo inmediatamente.
El señor Tiffany era un excelente empleador que pagaba a sus “chicas” lo mismo que a los hombres, e incluso afirmaba que eran mejores que ellos para seleccionar y cortar el vidrio. Pero en algo estaba alineado con los demás empresarios y con la ley: ninguna mujer casada podía trabajar en el taller. Cosa que a Clara le parecía una postura miope por parte de él y de la ley. La mayoría de las mujeres casadas tenían aún más razones para conservar su empleo.
—¿Y quién es el joven?
—Jack Mills, señora. Es respetable, de una familia trabajadora y honrada.
Lo que seguramente significaba que eran pobres como ratones de iglesia.
—Y es muy guapo, señora Driscoll.
—Ajá.
¿Cuántas veces había escuchado esa historia, o alguna variación de ella? ¿Cuántas chicas se habían marchado persiguiendo sus sueños de matrimonio, hogar y familia, sin que volviera a saber de ellas?
Antes solía intentar disuadirlas. Su propia experiencia le había enseñado que la promesa de amor y seguridad podía transformarse en una realidad amarga.
—¿Y a qué se dedica el señor Mills?
—Es repartidor, señora Driscoll. En el distrito textil. Planea ascender a encargado.
“Todos lo hacen”, pensó Clara con desánimo. Y sin duda ganaba menos que la muchacha que estaba frente a ella llena de ilusiones.
Clara, ante todo, era una mujer práctica. Y aunque simpatizaba con las ideas de la mujer moderna, comprendía la atracción de delegar responsabilidades en unas espaldas más anchas. Después de todo, ella también había hecho lo mismo en su momento.
—Bueno, si estás segura de que estás tomando la mejor decisión…
—Lo estoy, señora Driscoll, lo estoy.
—En tal caso, lamentamos mucho tu partida, pero te deseamos toda la felicidad del mundo. —Clara se puso de pie, dando por concluidos la entrevista y el empleo de Annie Phillips.
Annie hizo pucheros.
—Vamos, vamos —dijo Clara, rodeando el escritorio—. Levanta esa cabeza. Vas a embarcarte en una aventura maravillosa.
¿Por qué había dicho eso? Era una tontería pensar que esa muchacha tendría algo más que una vida común y corriente de trabajo agotador, criando un hijo tras otro mientras su marido ascendía en el mundo… o no.
Debían de ser el dolor de cabeza y el calor los que la volvían tan pesimista. Por norma, no se permitía ser negativa. No servía para nada ni ayudaba a nadie.
—¿Las otras chicas ya han visto tu anillo? —Era una pregunta innecesaria. Claro que lo habían visto. En ocasiones, sentía que el estudio no era más que una estación de tren, un lugar transitorio donde las jóvenes esperaban el inicio de su siguiente viaje.
Sonrió con amabilidad y la acompañó hasta la puerta. La vio regresar deprisa con las demás y luego cerró la puerta.
Casi no se había sentado en su escritorio cuando sonó otro golpecito a la puerta. Soltó un gemido. “Por Dios, que no sea otra”.
Julio de 1899
Pensión de la señora Bertolucci
Manhattan
Grace Griffith llegó justo a tiempo para las once de la noche, hora en que se cerraba la puerta. La señora Bertolucci estaba en el umbral, llave en mano, cuando Grace entró a toda prisa.
—¡Uf! —exclamó Grace—. Pensé que iba a tener que trepar por la ventana de la cocina.
Doña Berto, como la llamaban todas las huéspedes, la miró con expresión traviesa.
—Espero que no hayas estado por ahí de juerga con algún muchacho.
—Claro que no —respondió Grace con sinceridad.
—¿Qué ha sido esta vez?
—Quién, mejor dicho. Una mujer llamada Emma Goldman. Dio una charla sobre control de natalidad, amor libre y la emancipación de la mujer. Era magnética.
Doña Berto se persignó.
—Esa mujer. Es una conocida anarquista y donde va, causa problemas. No te involucres con esas tonterías. Son gente violenta, esos anarquistas. Lo he visto con mis propios ojos en mi tierra. Dio mio!
—Jamás lo haría —declaró Grace—. Estoy a favor del derecho al voto para las mujeres, de salarios justos, de que podamos tener propiedades y no ser hostigadas por nuestros maridos, pero la señorita Goldman… —Grace levantó los hombros—. Es excelente material para caricaturas.
Doña Berto la cortó agitando ambas manos en el aire.
—Puede ser, pero ten cuidado de no meterte en cosas que no puedas controlar.
Su vehemencia tomó por sorpresa a Grace.
—Se lo prometo. Nada de violencia en mi vida. Me paso el día haciendo vidrieras para iglesias.
—Y te despedirán si te quedas dormida sobre el vidrio.
—Si encuentro marido primero, no —bromeó Grace.
—Eres una chica bonita, Grace. Lista, tal vez demasiado lista. Puede que seas un poco demasiado alta para algunos hombres, pero búscate uno bien alto y bien rico.
Grace abrió la boca…
—Lo sé. No quieres dejar tu trabajo, tus dos trabajos. Pero me preocupo por ti.
—Y se lo agradezco. Pero usted también es una mujer moderna, doña Berto. Un modelo para todas nosotras, aunque no lo quiera admitir.
Doña Berto podría haberse casado de nuevo después de enviudar. Era una viuda respetable, con una herencia cómoda y una pensión en un vecindario tranquilo y seguro. Pero no lo había hecho, a pesar de tener muchas oportunidades.
—Bah… Tu cena está en el horno, pero si está dura como la suela de un zapato no será por culpa mía.
—Claro que no. Es usted un encanto, doña Berto.
Grace se inclinó y plantó un beso en la redonda mejilla de la mujer.
—Vete ya, y apaga las luces de la cocina cuando termines.
—Lo haré, gracias. —Grace se alejó por el pasillo, aliviada y agradecida. Estaba famélica y la idea de irse a dormir con el estómago vacío con ese calor era desalentadora.
Sacó con cuidado el plato del horno y lo colocó sobre la mesa. Levantó la tapa y aspiró el aroma celestial: chuletas de cerdo, patatas asadas y repollo.
Sacó su cuaderno de dibujo de la mochila y alternando entre el tenedor y el lápiz, hizo desaparecer las chuletas y las patatas, mientras daba vida a la caricatura reconocible de Emma Goldman, la anarquista incendiaria.
Y bastante bien, la verdad. Allí estaban las gafas con montura dorada, la nariz prominente y algo bulbosa, y el cabello que parecía un hongo sobre su frente, todo exagerado bajo el trazo del lápiz de Grace. Debía admitir que no era halagadora, pero captaba bien su esencia y sus rasgos.
Se echó hacia atrás, satisfecha. Ahora solo faltaba un título ingenioso y vendérsela a algún periódico.
Mientras tanto, acudiría todas las mañanas a su otro trabajo. Qué ironía que los dibujos a gran escala que hacía de los diseños en acuarela para los vitrales en la empresa Tiffany se llamaran cartones. Supuso que era por los trazos lineales, aunque no podían ser más diferentes de lo que dibujaba para sus caricaturas.
Con los diseños de vitrales, ayudaba a que el arte y la belleza llegaran a cientos de personas, pero con sus caricaturas políticas, Grace Griffith pretendía cambiar el mundo.
Emilie estaba sentada en el camarote de segunda clase, con la maleta aún cerrada a sus pies y el portafolio junto a ella sobre el borde del estrecho camastro. Como si creyera que podría escapar si la descubrían. ¿Estarían buscándola las autoridades? No había hecho nada malo. Al menos, no intencionadamente. Pero tal vez quisieran interrogarla, obligarla a confirmar la culpabilidad de su padre. No habría llegado a eso, aunque desde el principio supo que algún día tendría que detenerlo.
Pero de momento, se sentía segura. Nadie le había impedido subir al tren hasta Le Havre ni abordar el Gascognia justo antes de que zarpara. Aun así, había tomado una decisión. Su futuro estaba en Nueva York, en el estudio de Louis C. Tiffany. Convertiría la luz en arte a su manera, según su propia visión.
El sonido de los motores del barco cambió de un traqueteo rítmico a un zumbido constante que anunciaba que ya estaban en alta mar, lejos del puerto y del peligro. Solo entonces Emilie respiró despacio, como si temiera que un suspiro apresurado pudiera desencadenar eventos fuera de su control.
La última vez que había estado en un barco, viajaba con su padre en un camarote de primera clase, rodeada de personal atento a cada capricho. Recordaba un elegante comedor y una biblioteca; tumbonas donde beber limonada o champán antes de vestirse para la cena o un baile o una velada literaria. Por supuesto, en aquel entonces su padre había sido un retratista afamado y solicitado.
Eso fue antes de que el mundo descubriera cómo financiaba su lujoso estilo de vida: copiando a maestros antiguos poco conocidos —y a algunos contemporáneos— para luego vender las obras como originales a coleccionistas ingenuos, en su mayoría extranjeros.
Era un pintor competente, sin duda, pero su aparente prosperidad convencía a la gente de que debía de ser un genio para estar tan solicitado. Eso atraía a más clientes dispuestos a pagar para que un artista de moda les pintara un retrato.
Ella detestaba todo eso. Detestaba los retratos. Pero más que nada, detestaba a su padre.
Esos mismos clientes no veían las noches en las que huían porque no podían pagar el alquiler, ni las veces en que él regresaba a casa enfurecido y se desquitaba con su esposa y su hija. Y más tarde, cuando su madre no pudo soportarlo más, solo con Emilie.
Se estremeció. No recordaba cuando había dormido tranquila por última vez. Estaba agotada, pero sabía que no podría conciliar el sueño. Dormiría cuando estuviera a salvo en Norteamérica.
Permaneció sentada en su camarote, tan diminuto que casi podía tocar la pared del lado opuesto. Se quedó allí, sintiendo los temblores y vaivenes del barco debajo de ella. Se quedó allí hasta que oyó movimiento fuera de la puerta. Debía de ser el mediodía o incluso más tarde.
Un camarero llamó a la puerta para preguntar si deseaba almorzar en el camarote. Emilie aceptó, aunque sabía que eso tendría un coste adicional que los de primera clase no tenían que pagar. Apartó ese pensamiento; debía cuidar el dinero, pero también necesitaba comer. Todavía no estaba lista para enfrentarse al mundo.
Cuando llegó la bandeja, abrió la puerta y miró hacia otro lado mientras el camarero la dejaba sobre la mesa y se retiraba. Bebió un poco de agua, mojó un trozo de pan en el vino, pero su estómago no aceptaba nada. Tal vez fueran los nervios o el movimiento del mar, pero no podía comer.
Hizo a un lado la bandeja, puso la maleta sobre la cama y sacó una llave que llevaba colgada al cuello. Abrió la maleta con cuidado, escuchando —sin ninguna lógica— por si llegaban los pasos de una persecución. Pero no hubo ruidos.
Había metido dos faldas resistentes, varias blusas y dos delantales de trabajo que esperaba la hicieran encajar con las demás. Sacudió las faldas y las colgó en el estrecho armario. Le siguió un vestido de calle que le serviría hasta que se instalara y pudiera pedirle a Marie que le enviara su baúl; guardó la ropa interior y el camisón en los cajones de la pared.
En el fondo de la maleta estaba lo que más le importaba: su cuaderno de dibujo y algunos catálogos de galerías y revistas de arte. De ellos seguía aprendiendo sobre la técnica del vidrio de colores. Llevaba meses leyendo y practicando desde que descubrió el trabajo de Tiffany en la Maison de L’Art Nouveau de Monsieur Bing.
Nunca se había atrevido a entrar en aquella galería; sabía que no podía comprar nada y los miembros de la Académie des Beaux-Arts, donde estudiaba, ridiculizaban esas muestras de arte nuevo. Su padre, además, lo despreciaba y ella le temía demasiado.
Pero un día, al pasar frente al escaparate, un destello de color captó su atención. En un acto de desafío y curiosidad, Emilie entró con paso firme para descubrir qué lo había provocado.
Y se quedó paralizada al encontrarse cara a cara con una vidriera enmarcada, hecha de un vidrio como ningún otro que hubiera visto antes. Vidrio Favrile lo llamaban. Un vidrio con patrones y colores tan asombrosos que parecía tener vida propia, surgidos del interior del material, no pintados ni esmaltados en la superficie. No tenían nada que ver con las lúgubres vidrieras de las catedrales e innumerables iglesias antiguas que salpicaban los barrios de París.
Sobre pedestales, jarrones de una fragilidad inverosímil, vibrantes, en movimiento, vivos, parecían abrazar el aire que los rodeaba. Y mientras Emilie observaba maravillada, el sol cambió de posición al otro lado del escaparate, haciendo que agujas de luz mágica se refractaran en todas direcciones, inundando el suelo y las paredes con colores en movimiento.
Louis C. Tiffany
Después de eso, volvió una y otra vez. Recorrió París buscando más ejemplos de su obra y descubrió que Tiffany tenía un gran taller en Nueva York, donde decenas de artistas y artesanos diseñaban, creaban y ensamblaban esas maravillas. Y que uno de esos talleres estaba compuesto exclusivamente por mujeres.
Emilie se sumergió en revistas y catálogos buscando más muestras de ese vidrio y leyó sobre cómo se fabricaba. Jean se las arregló para “confiscar” varios de la biblioteca de la Académiedonde trabajaba para mantenerse a él y a Marie mientras luchaban por abrirse camino como pintores.
El querido Jean, tan honesto y talentoso; su amor por Emilie lo había convertido en un ladrón. La necesidad de ella había contaminado también la vida de él.
Entre aquellos hallazgos, había un ejemplar de The Art Journal, una revista estadounidense que explicaba el proceso de creación del vidrio Favrile. Emilie decidió que lo aprendería.
Y entonces su mundo explotó.
No importaba. Tendría que aprender por su cuenta durante el viaje. Aprender lo suficiente para conseguir un pequeño espacio en el taller de Tiffany. Podría lograrlo si se lo proponía. Teníaque lograrlo. Solo necesitaba saber lo suficiente para conseguir una entrevista con el mismísimo señor Tiffany y lo convencería de que la contratara. Trabajaría con todo su empeño.
Emilie cerró la maleta, pero no la bajó de la cama. La superficie rígida serviría como un escritorio improvisado para el trabajo que debía hacer durante el viaje.
Sin embargo, el trabajo se desvaneció casi de inmediato de su mente. Bostezó una vez, luego otra y se acurrucó junto a la maleta y el portafolio. Con el brazo extendido sobre ellos como si quisiera protegerlos, se quedó dormida.
Cuando se despertó de nuevo, todo estaba en calma, salvo por el rítmico zumbido de los motores. Fue hacia la puerta, tambaleándose y apoyándose en la pared cuando el oleaje particularmente fuerte amenazó con hacerle perder el equilibrio. Asomó la cabeza al pasillo y, al no ver a nadie, salió a la cubierta de segunda clase en busca de aire fresco.
Había caído la noche y estaba oscuro. En París nunca estaba tan oscuro. En París, alguien siempre estaba despierto, celebrando e iluminando el cielo. Aquí no se veía ni el más leve rastro de las luces del puerto de Le Havre, ni la silueta de la costa francesa contra el cielo. Y eso era bueno.
Le dio la espalda al pasado, sabiendo que la oscuridad la seguiría hacia el oeste como una sombra que se negaba a abandonarla. Pero de momento, trabajaría y trabajaría hasta estar tan cansada que no le quedaría más remedio que dormir. Y cuando despertara, no importaría si era de día o de noche.
La cubierta se balanceaba bajo sus pies; se le revolvió el estómago. Tendría que ir al comedor al día siguiente; de lo contrario, estaría demasiado débil cuando llegaran a Nueva York.
¿Cómo había llegado a este exilio? Todo comenzó con una acusación lanzada al calor del alcohol, repetida días después en el salón de madame Hubert. “Un rumor, entiéndase bien. Nada más”. Pero el daño ya estaba hecho y la noticia se propagó, primero en susurros, descreída por algunos, descartada por otros como habladurías nacidas de la envidia.
Sí, eran comentarios envidiosos, pero también eran ciertos.
Dominique Pascal era un falsificador de arte.
Pronto, las miradas se volvieron hacia Emilie. Lo notó primero en la Académie, donde estudiaba para ser artista y, en ocasiones, posaba para pintores ya consolidados. Algunas personas hacían comentarios en voz baja y le lanzaban miradas furtivas, que se apartaban enseguida si ella las devolvía.
Se preguntaban si lo sabía. Si lo había ayudado. Si era tan culpable como él. Y todo confirmaba lo que muchos habían sostenido desde un comienzo: las mujeres no tenían cabida en la Académie des Beaux-Arts.
Al principio, Emilie trató de ignorarlos. Su orgullo la obligaba a levantar la barbilla y seguir estudiando, incluso mientras la aislaban, se burlaban de ella o protestaban cuando entraba en una clase. Así continuó, día tras día, aunque le destrozaba el alma.
Y entonces Dominique Pascal desapareció, dejando a su única hija (al menos, a la única que reconocía) para que se enfrentara sola a la sociedad parisina y a la policía. Si hubiera tenido una familia o amigos influyentes, quizás habría resistido la tormenta, pero no los tenía. Así que, como su padre, Emilie huyó.
Ahora, por fin, era libre.
Durante los siguientes cuatro días, permaneció en su camarote, evitando la luz del día y los ojos curiosos. A veces iba al comedor y se obligaba a conversar con otros pasajeros para practicar el inglés. Otras veces llevaba su cuaderno de dibujo a la cubierta, aunque el movimiento del barco no favorecía el trabajo cuidadoso que necesitaba hacer. La mayor parte del tiempo se quedaba en su camarote dibujando, copiando las fotografías de los catálogos de galerías y revistas.
Empezó con los pósteres de art nouveau, cuyos acentuados contrastes eran ideales para aprender a convertir una pintura en un rompecabezas de piezas de vidrio. Al principio, Emilie copiaba directamente del papel al cuaderno, luego dividía una sección más pequeña en cuadrículas para dibujarla a mayor escala. Por último, elegía un fragmento aún menor y lo ampliaba todavía más.
Era un trabajo meticuloso y, a veces, Emilie sentía deseos de estallar en líneas y colores que se derramaran por la página y flotaran en el aire como los jarrones que había visto. Pero mantenía su disciplina. La precisión y la atención a cada detalle superarían algún día cualquier impulso creativo que pudiera tener en ese momento.
Algún día, sí. Ya podía visualizar su obra en su mente. Algún día.
Agachó la cabeza y se dio cuenta de que movía el lápiz al compás del balanceo del barco. Rara vez perdía el control de la línea, salvo cuando un movimiento repentino y brusco hacía que la punta del lápiz resbalara por la página.
Una noche hubo una tormenta; el barco se sacudió con tal violencia que Emilie tuvo que dejar de dibujar e incluso de leer. Esa noche había muy pocas personas en el comedor. Le costaba pensar en comer, pero se obligó a tragar unos pocos bocados de carne y pudín. Solo para eliminarlos un rato después en el camarote, tras oleadas y oleadas de náuseas.
Durante los siguientes dos días no intentó ingerir nada que no fueran líquidos y luego, milagrosamente, el mar se calmó. Y un día después los motores se detuvieron y el barco entró a remolque en el puerto de Nueva York.
Débil y temblorosa por el ayuno, los nervios y la emoción, Emilie se vistió con su mejor falda y blusa de trabajo. Prestó especial atención a su cabello, que trenzó y recogió en un moño en la nuca. No era el estilo habitual en que solía llevar sus rizos castaño rojizo, pero el peinado la favorecía lo suficiente, era formal y remarcaba su seriedad.
Se dirigió al comedor decidida a desayunar bien antes de abandonar el barco. Pero cuando llegó la comida, no pudo comer más que un panecillo y tomar un poco de café solo.
No importaba. Tan pronto como consiguiera empleo, se daría el lujo de cenar un buen filete en un restaurante elegante donde no tuviera que preocuparse de que los cubiertos resbalaran por toda la mesa con el movimiento.
De pronto el barco desaceleró, los motores se apagaron por completo y los pasajeros salieron a cubierta. Lo primero que notó fue el calor. Mucho más calor que en París. Llevaba la misma capa que se había puesto la noche de su huida. No tenía sitio en la maleta y era demasiado pesada para llevarla en la mano, junto con el equipaje y el portafolio. Estaba sudando cuando le tocó su turno en la fila y presentó su carte de visite al funcionario de aduanas.
—¿Viaja sola? —le preguntó.
No era asunto suyo, pero Emilie le respondió de todos modos:
—Sí.
Él volvió a examinar su documento.
El miedo que Emilie creía haber dejado atrás la invadió de golpe. Se tambaleó ligeramente sobre los pies. Pero el hombre le devolvió el permiso y la dejó pasar.
—¿Puede indicarme el camino hacia la Cuarta Avenida?
—Tome la calle Catorce hacia el otro lado de la ciudad. Es esa de ahí —dijo, señalando con un dedo en dirección a la calle—. Son unas siete manzanas. Si nadie la está esperando, será mejor que coja el tranvía o un carruaje de alquiler. Ni se le ocurra ir caminando con esta temperatura. Estamos en medio de una ola de calor, la peor en años, en mi opinión. Y con tanto equipaje y esa capa…
Emilie le dio las gracias y se apresuró a alejarse mientras las palabras murmuradas por el funcionario resonaban en sus oídos: “Estos extranjeros…”.
Siete manzanas hasta la Cuarta Avenida, luego desde la calle Catorce hasta la Veinticinco, donde estaba ubicado el estudio de Tiffany. Un largo trayecto a pie, y el calor era insoportable. Emilie no quería que la primera impresión que tuvieran de ella fuera de una joven desaliñada y abatida. Pero un carruaje de alquiler… era demasiado caro. Si el calor se tornaba inaguantable, se detendría en una fuente para refrescarse la cara.
Nunca había estado en Nueva York, pero su madre, inglesa de nacimiento, se había asegurado de que su hija se criara con modales ingleses además de franceses. Aunque eso fue solo hasta que Emilie cumplió once años, cuando el río se la llevó.
Sin embargo, incluso a los once años, Emilie supo que no había sido culpa del río. Fue su madre, en un acto de desesperación, la que eligió el río.
Ahora, de pronto, temía que su inglés no fuera lo suficientemente bueno. Que su acento incomodara a la gente. Que no hubiera llevado ropa lo suficientemente buena. Tal vez pensarían que era una inmigrante pobre y sin educación, como las almas a bordo del Gascognia que miraban desde la cubierta inferior mientras desembarcaban los pasajeros de primera y segunda clase. Sabían que serían llevados a Inmigración, donde los revisarían de mala manera y cambiarían sus nombres; algunos serían admitidos en cuarentena, mientras que otros serían enviados de regreso sin pisar tierra estadounidense.
Había sentido su energía mientras la miraban: una de las afortunadas. La esperanza y el miedo de esa gente perforaban su espalda como una daga. Había escuchado historias en su vecindario, en los bares donde su padre pasaba muchas noches y donde Emilie era, a veces, una compañera involuntaria. Por eso había gastado gran parte de sus pocos ahorros en un pasaje de segunda clase. Estaba allí, con los pies firmes en el suelo. Y allí se quedaría.
Se le llenaron los ojos de lágrimas de alivio, esperanza y miedo de no saber cómo sobrevivir sola.
Pero no estaba sola. Tenía su portafolio, su talento y su ambición.
Sin más, cogió la maleta y el portafolio y echó a andar por la calle Catorce. Lamentaba no poder hacer una entrada triunfal, pero había vendido la mayoría de sus sombreros y vestidos para juntar dinero para el viaje.
No tenía importancia, todo eso había quedado atrás. Ahora era una trabajadora. Miró hacia ambos lados y luego cruzó la calle. Tras esquivar carretas, carros de reparto y carruajes tirados por caballos, llegó al otro lado.
Levantó la barbilla y avanzó con determinación hacia su futuro.
Bastó con recorrer media manzana bajo el sol, empujada por la prisa de los transeúntes y sintiendo el olor a estiércol de caballo y sudor humano en la nariz, para que se diera cuenta de que las manzanas en esta ciudad eran más largas de lo que había imaginado. Y el calor era abrumador.
Se detuvo bajo el toldo de una tienda de comestibles, pero el alivio era mínimo. Si se quitaba la capa, tendría que dejar la maleta y el portafolio en el suelo y alguien podría llevárselos. Y aunque eso no sucediera, tendría que cargar la capa además de sus otras pertenencias, que ya eran lo suficientemente pesadas.
Si todas las manzanas eran tan largas como esta, no llegaría nunca. Estaba sudando y se sentía algo débil; la falda le colgaba, suelta, de la cintura. Y se hacía tarde.
Pasó un tranvía junto a ella en dirección a los muelles. Comprendió que si no quería presentarse ante el señor Tiffany con el bajo de la capa cubierto de polvo, la blusa pegada a la espalda y el pelo mojado contra la cara, tendría que coger el tranvía. No se atrevía a derrochar en un carruaje.
Pensando en el poco dinero que le quedaba, Emilie cambió el equipaje de mano para aliviar sus hombros y cruzó la calle. Tras esperar unos minutos, subió al siguiente tranvía que iba hacia el este.
Cuando pasó el cobrador, Emilie se irguió y con su mejor inglés, preguntó si ese era el tranvía correcto para llegar “al número 333 de la Cuarta Avenida, la Compañía Tiffany de Vidrio y Decoración”.
—Cambie en Union Square por el que va hacia el norte —respondió el hombre, y le entregó un billete—. Enséñeselo al próximo cobrador.
—Mer… digo, gracias.
Se dejó caer en el asiento y respiró profundamente varias veces. Pronto, muy pronto, estaría allí. A medida que avanzaba el tranvía, intentó acostumbrarse a Estados Unidos.
Sin embargo, no era una gran bienvenida. La calle Catorce era ancha y estaba sucia; la arquitectura no era notable en ningún sentido. Filas de edificios bajos, de piedra marrón, se veían interrumpidos de vez en cuando por almacenes o fábricas. Uno esperaría algo más impresionante como primer vistazo de la famosa ciudad. En París, las grandes avenidas estaban bordeadas de árboles y edificios majestuosos… “Pero ya no estás en París”, se recordó. Y tal vez no volvería a estarlo jamás.
Tras varios minutos, el conductor anunció Union Square junto con otros nombres que Emilie no conocía.
Habían llegado a un parque, un bonito respiro entre la multitud y el calor.
En condiciones normales habría disfrutado de un paseo debajo de los árboles. Pero siguió a los otros pasajeros que también parecían encaminados hacia el tranvía con dirección norte.
La parada estaba llena, y si un caballero de corta estatura no le hubiera cedido su asiento, Emilie habría tenido que quedarse de pie con su equipaje mientras el vehículo se acercaba traqueteando por la avenida.
Estiró el cuello en cada parada, buscando los nombres de las calles. Dieciocho, Diecinueve…, ya faltaba poco. Subían más pasajeros, y casi no podía ver más allá de sus cabezas. Veintiuno… Veintidós… Veintitrés. Casi no prestaba atención a lo que la rodeaba, tan temerosa estaba de no bajar en su parada, aunque el tranvía parecía detenerse en todas las esquinas.
En la calle Veinticuatro se puso de pie. Se abrió camino entre los otros pasajeros, obstaculizada por su equipaje. Cuando el conductor gritó “¡Veinticinco!” ya se encontraba lista para descender.
Esperó a que el tranvía se alejara y miró a su alrededor.
Estaba en otra avenida ancha, pero a diferencia de la calle Catorce, esta estaba flanqueada por grandes edificios comerciales y de apartamentos. Se veía menos gente caminando por las aceras.
Emilie observó los edificios del otro lado de la calle, luego hizo lo mismo con los de su lado. Justo cuando comenzaba a sentir pánico, lo vio, a un edificio de distancia: el letrero de bronce sobre una puerta doble. Compañía Tiffany de Vidrio y Decoración.
Los nervios le aceleraron el pulso. “Con calma. Sé profesional”. Dejó la maleta y el portafolio en la acera para colocarse el cabello, abotonarse la capa que se había desabrochado en el tranvía y secarse el sudor de la cara con la manga.
Con eso tendría que bastar. Recogió sus pertenencias y se dirigió a la puerta.
—La entrada está en la calle Veinticinco —le indicó un portero uniformado, señalándole la dirección con un gesto.
Emilie rodeó la esquina hasta llegar a una puerta menos ostentosa, aunque también imponente. Una vez más, se recompuso y entró. El portero de allí llevaba pantalones de trabajo, una camisa sin cuello y tirantes. Levantó la vista desde su taburete cuando Emilie se detuvo ante él.
—Buenos días, señorita —saludó con un leve tono interrogativo en la voz.
Emilie suspiró, deseando no estar tan acalorada, tan débil, tan desaliñada, pero no se había atrevido a pasar la noche en un hotel o en la YWCA, la Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes, como alguien a bordo del barco le había sugerido. Seguramente, un gran artista no le daría importancia a que estuviera agotada y despeinada tras el viaje, aunque el portero sí lo hiciese. Su aspecto convencería al señor Tiffany de que iba en serio, y que estaba ansiosa por comenzar. No podría rechazarla. Tenía la carta. La carta lo convencería. Por más que fuera tan falsa como los cuadros que su padre vendía como originales.
—¿Sí, señorita? —repitió el portero.
—Yo… —Emilie se armó de valor y lo intentó de nuevo—. Tengo una cita con el señor Tiffany.
No era del todo cierto, pero ¿qué importaba otra pequeña mentira después de tantas? Sería la última. O al menos, lo sería en cuanto consiguiera el trabajo.
—Eso no es posible, señorita.
—Claro que sí. Tengo una cita.
—Pues entonces debe de haber algún error —dijo el hombre. La miraba con amabilidad, aunque con cautela, como si pensara que podría estar loca—. Lamento decirle que el señor Tiffany zarpó hacia Europa… como hace una semana, más o menos.
Emilie sintió que se le aflojaban las piernas.
El portero se levantó de un salto. Era alto y anguloso.
—¿Se encuentra bien, señorita?
Sus palabras sonaban muy lejanas. “Zarpó hacia Europa”.
—Pero yo… yo…
El hombre miró su portafolio.
—¿Es usted artista, señorita?
Emilie asintió mientras el mundo volvía a su lugar; trató de contener el pánico que amenazaba con desbordarla. ¿Dónde se quedaría hasta que él regresara? ¿Cómo sobreviviría con el poco dinero que le quedaba? De todas las cosas que había imaginado que podían salir mal, esta no se le había ocurrido nunca.
—¿Ha venido a solicitar trabajo?
—Sí…, el señor Tiffany…
—Entonces tal vez debería hablar con la señora Driscoll. Es la encargada de la sección de mujeres. Está en el quinto piso. El ascensor está justo al fondo. —Frunció el ceño, y su boca se curvó en una expresión casi cómica.
—Espere, le diré a Alfred que vigile la puerta y la acompañaré yo mismo.
—Gracias.
Emilie dejó su equipaje en el suelo y estiró la espalda. “Tendría que hablar con la señora Driscoll”.
Le pareció una eternidad hasta que el portero regresó con un muchachito que vestía un traje gastado, demasiado grande para él. Asintió y ocupó su lugar sobre el taburete.
—Por aquí, señorita. —El portero la acompañó hasta un gran ascensor y cerró la reja.
—Las damas están en el quinto piso. Sé con certeza que están buscando cortadoras. Así que ha llegado en buen momento.
Emilie asintió; estaba concentrada en lo que le diría a la mujer que no era el señor Tiffany.
El ascensor se detuvo, el portero abrió la reja y salieron.
—Espere aquí. —El hombre levantó la mano y llamó en voz baja—: Señorita Griffith…
Una joven que estaba de pie sobre un taburete, trabajando en uno de los dibujos a gran escala —“se llaman cartones”, se recordó Emilie—, se volvió hacia ellos y bajó al suelo. Apoyó su mazo contra el caballete, guardó el lápiz y se acercó.
—Aquí hay una joven que busca empleo.
La señorita Griffith la evaluó rápidamente con la mirada. Era más o menos de la misma edad que Emilie, quizás un poco mayor y un poco más alta, con grueso cabello castaño y un rostro bien formado.
—Voy a avisar a la señora Driscoll —dijo con una sonrisa. Se dirigió deprisa al otro extremo de la sala y llamó a una puerta estrecha.
—Espere aquí. La señora Driscoll no tardará en atenderla. —El portero asintió y regresó al ascensor.
Mareada y presa de alivio y ansiedad, Emilie se sentía al borde de una nueva vida. Tenía miedo de soltar la maleta o el portafolio y que toda la escena desapareciera como un truco de magia.
Dos filas de largas mesas de trabajo se extendían desde la entrada hasta la puerta por donde había desaparecido la señorita Griffith. En cada mesa, dos o tres mujeres, vestidas con delantales sobre sus blusas y faldas, estaban sentadas o de pie, inclinadas sobre bandejas repletas de trozos de vidrio de colores.
Otras dos, como la señorita Griffith, trabajaban de pie ante grandes caballetes, reproduciendo dibujos que se convertirían en vitrales.
La sala tenía ventanas en tres lados que llenaban de luz hasta los rincones más alejados. Delante de varias de ellas había grandes rectángulos de vidrio, vitrales sin terminar. Aunque no estaban acabados, reflejaban la luz del sol en un caleidoscopio de verdes, rojos, amarillos y colores que Emilie había imaginado, pero nunca visto; un espectáculo deslumbrante que teñía las paredes, el suelo y a las trabajadoras con destellos de color.
Era casi demasiado para asimilarlo.
Desde la puerta al final del taller, que parecía mucho más lejana que antes, se acercaba una mujer alta, de huesos grandes, con aspecto muy serio.
El nombre, señora Driscoll, flotaba en la mente de Emilie. La seguían la señorita Griffith y otra mujer, más baja y de apariencia menos intimidante. Emilie centró su atención en ella hasta que tuvo delante a la señora Driscoll.
—¿Sí?
—J’ai… Eh…, yo… tengo una car… —Emilie no podía pronunciar la palabra.
Una carta. Tiene una carta. Apretó el portafolio con más fuerza. La señora Driscoll ladeó la cabeza y frunció el entrecejo.
Emilie intentó abrir con torpeza las hebillas del portafolio.
—Tengo una… —No encuentra la carta. Empuja el portafolio hacia delante. Se le resbala de las manos, los dibujos caen al suelo y Emilie con ellos.
—¡Santo cielo, se ha desmayado! —exclamó la señorita Gouvy. La señora Driscoll ya se había arrodillado junto a la figura tendida y comenzó a dar órdenes rápidamente—: Sales aromáticas, señorita Evans. Están en la repisa superior del botiquín de mi oficina. Señorita Hodgins, un vaso de agua. Alice, quitémosle esta capa.
Era la primera vez que Grace oía a la señora Driscoll romper la regla del “señorita”, una forma de trato en el taller que aseguraba que se mantuviera el profesionalismo en todo momento.
La señorita Gouvy no parpadeó, sino que se arrodilló al otro lado de la joven y comenzó a desabotonar el abrigo con eficacia.
Por un momento, Grace permaneció inmóvil, hipnotizada por la escena. Deseaba plasmar a la joven en papel, no como una dama exagerada, sino como Ofelia, pintada por John Everett Millais, con los dibujos esparcidos a su alrededor, al igual que las flores en la tumba acuática de la desdichada Ofelia. Había algo de sobrenatural en ella, la piel tan pálida que parecía casi transparente, una belleza serena que casi no lograba ocultar el torbellino interior.
“Sería un vitral magnífico”,pensó.
En todo el taller, las miradas se habían posado sobre la escena y muy pronto todas las mujeres abandonaron sus puestos y se acercaron para observar mejor.
Grace estaba tan cautivada por la escena que no vio los pies que se aproximaban hasta que apareció ante ella la desproporcionada bota de la señorita Kruger. Solo logró salvar un puñado de dibujos antes de que los pisotearan todas las que intentaban ayudar. Los apiló sobre la mesa de trabajo más cercana y volvió para recoger los restantes.
Todas se habían reunido alrededor de la joven caída. Esta suspiró, se agitó, gimió e intentó incorporarse.
La señora Driscoll la sujetó con firmeza y le dijo con su característico tono autoritario:
—No se levante. Se ha desmayado, pero estará bien en un momento. ¡Señorita Hodgins!
—¡Voy, señora Driscoll! —Dora Hodgins regresó a toda prisa con un vaso de agua que se le derramaba mientras corría.
La señora Driscoll levantó la cabeza de la joven y la ayudó a beber, luego devolvió el vaso a Dora. Grace aprovechó el momento para recoger los dibujos, enderezarlos y echarles un vistazo más detenido. Lo que vio le cortó la respiración.
Eran detalles meticulosamente dibujados, probablemente de ilustraciones más grandes: pluma y tinta, acuarelas de flores perfectamente formadas, campos de lupinos y figuras tomadas de carteles de galerías, todo copiado y transformado con líneas oscuras que representaban piezas de vitrales. Eran miniaturas de cartones. Y muy buenos. Un trabajo de esa calidad sería una incorporación bienvenida al Departamento de Corte de Vidrio de las mujeres.
Comenzó a guardarlos en el portafolio cuando un destello de color vivo llamó su atención. No todo se había caído. Con cuidado, metió la mano y sacó dos pinturas más grandes montadas sobre cartón.
“Vaya —pensó Grace—, ¿tenía intención de enseñar esto?”. El señor Tiffany detestaba la pintura moderna. Y estas obras lo eran, sin lugar a dudas. Una era un retrato de una mujer, no en los tonos pastel de los anteriores, sino representada con colores chillones y gruesas pinceladas aplicadas con rudeza.
La otra pintura mostraba una escena callejera: dos mujeres sentadas en una pequeña mesa de un café al aire libre. Aquí también, en lugar de los suaves tonos melocotón de los impresionistas, las figuras estaban pintadas en azul cobalto, rojo y amarillo. Una silla era de un morado intenso, la otra de un naranja vibrante y las pinceladas parecían haber sido hechas como al azar, con movimientos frenéticos.
Estas obras estaban a años luz de los dibujos más clásicos que había en el portafolio. Eran fuertes, audaces y a ojos de Grace, un poco irreverentes. Le vino a la cabeza la palabra “estridente”.
Así que no se había equivocado. Ofelia tenía un espíritu rebelde.
Grace no había visto nada así antes. Tampoco era una experta en movimientos artísticos, claro. Cuando estudiaba arte por placer, se centraba en caricaturistas de periódicos.
La señora Driscoll y la señorita Gouvy finalmente ayudaron a la joven a ponerse de pie, pero ella retiró su brazo y se giró hacia Grace.
—Mes croquis.
Hablaba en voz baja, débil, pero sin timidez.
Sus miradas se encontraron. La joven pareció darse cuenta al mismo tiempo que Grace —y probablemente también que las demás— de que había hablado en francés.
—Mis dibujos —repitió.
Rápidamente, Grace deslizó las pinturas modernas debajo de los otros dibujos.
—Aquí están, sobre la mesa. No les ha pasado nada.
—Nada le ocurrirá a su trabajo —aseguró la señora Driscoll—. Ahora venga, siéntese aquí hasta que se recupere un poco. Es esta monstruosa ola de calor.
Entre las dos, la señora Driscoll y la señorita Gouvy, la guiaron al otro lado del salón y la ayudaron a sentarse en un banco junto a la pared. La señorita Gouvy aprovechó para quitarle discretamente la capa.
Dora le dio el vaso de agua.
Emilie bebió un sorbo y pareció recobrar algo de fuerza.
—He venido a trabajar para el señor Tiffany. Tengo una carta de recomendación.
Intentó levantarse, pero la señora Driscoll la detuvo con suavidad, ejerciendo una ligera presión sobre su hombro.
—Tendrá tiempo para eso cuando se haya recuperado.
—Está en mi portafolio —insistió la joven, mirando a su alrededor.
—Aquí está —anunció Grace, levantando el portafolio vacío del suelo. Lo colocó sobre los dibujos que había recogido y se acercó al grupo con pasos decididos.
—Disculpen. Es el calor. Acabo de bajar del barco y he tenido que coger varios tranvías —explicó Emilie, con la voz algo entrecortada.
Las demás contuvieron el aliento, y algunas se llevaron instintivamente una mano al pecho.
—No quería llegar tarde, así que no desayuné como debería, pero ahora estoy bien. Lista para trabajar.
Su acento era marcado, inconfundiblemente francés. Claro, pensó Grace, por eso había llegado con una maleta y un portafolio lleno. ¿Había cruzado el océano para trabajar con el señor Tiffany? Fantástico. Siempre venía bien otra artista con experiencia, y si además sabía cortar vidrio, mucho mejor.
—Quédese aquí sentada —ordenó la señora Driscoll—. ¿Alguien puede traerle algo de comer?
—Tengo una manzana —ofreció Maggie Wilson.
—Gracias, señorita Wilson, será un buen comienzo.
Poco a poco, las demás comenzaron a aportar trozos de queso, un pedazo de pan, mientras que la señorita Evans, al ver que las sales aromáticas no serían necesarias, se apresuró a preparar té.
—Es usted francesa —comentó la señora Driscoll a modo de constatación.
—Sí, pero mi madre era inglesa. Y tengo formación en óleos, acuarelas, pasteles y tinta china.
“Ya lo creo”, pensó Grace.
—¿Y su nombre?
—Emilie… Pascal.
Su nombre fluyó como una melodía y al menos una de las chicas suspiró. Grace se imaginó a todas practicando ese acento francés antes de que terminara el día, estirando vocales donde no correspondía.
—¿Dice que el señor Tiffany la esperaba?
—Tengo una carta. Y también muestras de mi trabajo en el portafolio.
La señora Driscoll dirigió una mirada a la señorita Gouvy. Ambas compartían una complicidad que trascendía las palabras, nacida de una amistad que se remontaba a la infancia. Grace estaba convencida de que podían comunicarse con un simple intercambio de miradas.
Como ahora, cuando se apartaron del grupo, dejando a las demás con la oportunidad de acercarse más a Emilie.
Grace se les acercó.
—¿Señora Driscoll?
—Sí, señorita Griffith.
—Antes de que decida qué hacer con ella, creo que debería ver esto. —Grace hizo un gesto hacia el portafolio y apartó para revelar los dibujos.
Ambas mujeres bajaron las miradas a las pinturas.
—¿Todo esto es suyo? —preguntó la señora Driscoll.
—Sí. Estaban en el suelo. Los recogí para que no se estropearan.
—Buena iniciativa de su parte, señorita Griffith —asintió la señora Driscoll.
Se inclinó para observar con atención el dibujo a escala de una peonía solitaria. Movió algunos papeles hasta dar con el original: una acuarela de un arbusto de peonías contra una pared de ladrillo. Sacó una lupa del bolsillo y examinó ambos dibujos, alternando entre el original y la escala.
—Impresionante —murmuró, echando una mirada a la joven francesa, que ahora estaba rodeada por un círculo de muchachas que no dejaban de preguntarle detalles sobre su vida—. No cabe duda de que es una copista con mucho talento. Su escala es prácticamente perfecta. —Siguió revisando las hojas hasta que llegó a la pintura de las mujeres en el café.
—¡Santo cielo!
—Es modernista —dijo la señorita Gouvy, sin poder disimular un ligero desdén.
—Desde luego, interesante —comentó la señora Driscoll, inclinándose sobre las pinturas.
—No deberíamos estar mirando esto sin su permiso —dijo la señorita Gouvy con voz firme.
—Es cierto —admitió la señora Driscoll, aunque no hizo el menor ademán de guardarlas. Dirigió una mirada a Grace.
—Señorita Griffith, ¿podría quedarse con la señorita Pascal mientras la señorita Gouvy y yo hablamos de este asunto?
—Claro. Estoy segura de que sería una gran incorporación al taller.
La señora Driscoll esbozó una sonrisa.
—¿Se ofrece usted para enseñarle el oficio, como suele decirse?
—Con mucho gusto —respondió Grace, aunque internamente se reprochó haberse ofrecido. Ya tenía más trabajo del que podía manejar, pero si aquello significaba sumar al equipo una diseñadora, copista o incluso una cortadora, valdría la pena.
Desde su posición, Grace observó a la recién llegada. Emilie estaba sentada muy erguida, e iba recuperando la confianza con cada minuto que pasaba. Se había recogido algunos mechones sueltos detrás de las orejas, pero ya comenzaban a escaparse otra vez, como reclamando libertad, y le enmarcaban el rostro. La falda y la blusa que vestía no estaban en las mejores condiciones, ni eran prendas de primera ni segunda categoría, pero encajaban con el estilo del resto de las muchachas. Incluso tenía una mancha de pintura en el puño de una manga. Sin embargo, la capa que llevaba, completamente inadecuada para el calor sofocante del verano, era de calidad, aunque necesitaba limpieza urgente.
“Interesante”, pensó Grace. Ropa de trabajadora, un abrigo de primavera digno de una debutante. La precisión en la copia de los detalles y las figuras de estilo art nouveau mostraban una admirable disciplina. Pero esas pinturas de colores salvajes… Esas provenían de un lugar profundo, quizá un poco perturbador.
¿Quién era, en realidad, Emilie Pascal? Tenía que haber una historia detrás y Grace ya empezaba a imaginársela.
—En ese caso, venga conmigo.
La voz de la señora Driscoll la sacó de su ensimismamiento. Había estado tan absorta en sus pensamientos que dio un pequeño respingo. Se apresuró a seguir a la encargada, quien se dirigía con paso firme hacia el grupo que rodeaba a Emilie.
—¡Señoritas! —exclamó la señora Driscoll y dio unas palmadas para captar su atención—. Volvamos al trabajo, por favor, antes de que el día se vuelva aún más sofocante. Le pedí al señor Mitchell que enviara más ventiladores. Pero recuerden, no los apunten directamente hacia el vidrio sobre el que trabajan. El polvo del vidrio causa estragos en los ojos y la garganta.
Con un suspiro colectivo, todas regresaron a sus tareas, excepto Maggie Wilson, quien seguía mirando a Emilie con adoración.
Maggie, de veintitrés años, tenía la mente de una niña. Había sido contratada para barrer y hacer encargos sencillos cuando su hermana Lotte entró a trabajar en el taller. Aunque cumplía con sus tareas, se distraía fácilmente, sobre todo con las “joyas” de vidrio que la rodeaban. Ahora tenía la misma expresión de asombro al mirar a Emilie que cuando se paseaba entre las muestras de vidrio.
—Maggie, vuelve al trabajo —le susurró Grace. Maggie dio un brinco.
—Mucho gusto —dijo a Emilie, haciendo una torpe reverencia antes de salir corriendo.
Grace se sorprendió al ver cómo la francesa le sonreía con ternura y parpadeaba rápidamente, conteniendo unas lágrimas inesperadas.
—Señorita Pascal —intervino la señora Driscoll—. Esta es la señorita Griffith, quien se ha ofrecido a acompañarla mientras reviso su portafolio, si le parece bien. —Emilie hizo ademán de levantarse, pero la señora Driscoll la detuvo con un gesto—. No es necesario. Su trabajo estará perfectamente seguro conmigo, y parece que le han preparado un auténtico festín. Disfrútelo mientras espera. Y beba más agua, debe de estar sedienta.
La joven miró a ambos lados del banco donde estaba sentada. Parecía que cada una había contribuido con algo para completar su almuerzo. Asintió con timidez hacia la señora Driscoll.
—Excelente. Estaremos en mi oficina, al final del taller. Hay menos polvo allí —añadió antes de alejarse, dejando a Emilie mirándola con algo de aprensión.
La chica estaba tensa como un caballo de carreras. Grace esperaba, por el bien de todos, que no estuviera siempre al borde de un desmayo ni rompiera vidrios por los nervios, si es que finalmente la contrataban.
Se sentó a su lado.
—Me alegro de que se haya sentado aquí. Me salva de tener que volver a subirme al taburete por un rato. Me chorreaba sudor por la nariz tan rápido que creí que me derretiría.
