Las ciudades de Irma - Petra Dindinger - E-Book

Las ciudades de Irma E-Book

Petra Dindinger

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Beschreibung

Irma nació en un humilde hogar de Sajonia. Creció con la ambición de acumular saberes, cuando menos, los mismos que su maestro de escuela. Muy pronto se dio cuenta de que para salir de la pobreza había que estudiar mucho y tener metas. No quiso ser como su madre, que se conformaba con su vida, ni ser tan depresiva como su padre, que llevaba los papeles y cuentas de la estación de Olbernhau. El destino la confrontó con duras pruebas en Chemnitz, que hicieron que huyera a Leipzig. Allí conoció a una mujer muy importante que le abrió el camino hacia la universidad y a los mejores valores de la República de Weimar, justo cuando la libertad se truncó con la subida de Hitler al poder. El amor y la situación del país la empujaron al momento más oscuro de su vida. Recuperada, volvió a su profesión en el hospital universitario y llegó a Hamburgo, donde la esperaba la Segunda Guerra Mundial con su Operación Gomorra. Las ciudades de Irma refleja los años veinte, treinta y comienzo de los cuarenta de una Alemania entre crimen y castigo político, de manera sencilla y comprensible, tal como es su protagonista.

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Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Las ciudades de Irma

Petra Dindinger

© Las ciudades de Irma

© Petra Dindinger

Editado por Tregolam (España)

© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid

Av. Ciudad de Barcelona, 11, 1º Izq. - 28007 - Madrid

[email protected]

Todos los derechos reservados. All rights reserved.

Ilustración de portada: La autora

Diseño de portada: Tregolam

1ª edición: 2023

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Dedico esta novela a mis hijos Juan José y Ángeles,

a mis hermanas Evelyn y Dagmar

y a la familia Biermann en conjunto

Olbernhau (Sajonia), 1920

Los cristales de la ventana se habían llenado aquella noche con dibujos fantásticos de hielo. Siempre me sorprendía el arte de la naturaleza en invierno. Era inexplicable cómo algo podía ser capaz de transformar el vaho en hielo cincelado con finísima herramienta. Salté de la cama y, tiritando, puse el dedo índice encima de uno de los vegetales helados. De inmediato se disolvió la flor que había tocado; comprendí que era la temperatura de mi dedo la asesina de la imagen.

Volví a la cama unos minutos más, hacía tanto frío que necesitaba caldear hasta mi pensamiento, el cual se dirigía a la desgastada mochila de piel que varias generaciones habían utilizado para ir al colegio. No tenía ningunas ganas, pero mi hermano Helmut, que dormía a mi lado, se había despertado y me empujó para fuera. Rudi, que yacía a nuestros pies, era pequeño y se perdía entre el edredón. Lo dejamos porque si se despertaba, lloraba; seguro que, con razón, por llevar los pañales mojados.

Saqué el orinal por debajo de la cama. Helmut era más valiente, salió al retrete junto al establo, separado por una puerta perforada en lo alto con forma de corazón. El retrete tenía dos puertas iguales, una daba al establo y la otra a la cocina-comedor. No teníamos animales en el pesebre en aquel momento. Años antes se resguardaban por la noche un par de ovejas o una cabra, pero mi madre decía que con la guerra todo se fue a pique, también la cabra que unos soldados hambrientos robaron sin que mis padres se diesen cuenta.

Con el agua a punto de congelarse en la jofaina ya preparada la noche anterior, solo me mojé los ojos con miedo a quedarme como los flecos de hielo que colgaban del tejado. Pasé los dedos apenas mojados por la boca. No toqué las orejas. «Esta mañana no, tal vez a la tarde». Mi madre estaba de espaldas y no me veía, miraba por la ventana y me esperaba para peinarme en el rincón cercano con un taburete rectangular en la mano. El olor a leche caliente me reconfortó. El cazo estaba ya apartado de los anillos que cubrían el fogón. Lo había colocado en un extremo de la cocina de hierro donde la leche se mantenía caliente sin hervir de continuo.

—Hoy no hay pan para llevaros, solo una rebanada para tomar con la leche; tampoco queda azúcar, a ver si luego me pagan la semana y puedo ir a comprar. Queda un poco de aceite de lino que guardó papá de la última cosecha.

Nos sentamos sobre el banco junto a la estufa y escuchamos el chisporroteo de la leña, crac, crac, crac. Helmut decía por lo bajo que parecían pedos y se reía. Antes de entrar nosotros, nuestra madre había apartado los cacharros del banco. Los había colocado en el estante de debajo. El banco servía tanto para sentarse como de armario de utensilios. Así nos calentábamos, aunque junto a la mesa se desayunaba con más comodidad. Yo apretaba la taza de esmalte y mis dedos se aliviaron tras el escueto lavado de manos. Metía el pan desmigado a trozos dentro del tazón y con la cuchara los sacaba, de este modo sabía mejor. Helmut mantenía su rebanada untada de aceite en una mano y con la otra sostenía la taza y sorbía ruidoso la leche caliente. Mamá lo reñía, no soportaba ese sonido, decía que era de maleducados. Yo lo miraba burlándome de él con un gesto, sabía que no se vengaría después con algún empujón.

—Tú tampoco eres ninguna dama fina —dijo al verme sacar el pan con la cuchara. Entonces me atraganté y me dio un ataque de tos. Mi madre me alivió con pequeños golpecitos sobre la espalda.

—¿Es que no podéis parar de hacer tonterías?

Helmut volvía a reírse como un ganso graznando y su risa boba me contagió. Riéndonos no pensábamos en la escasez de alimentos tan habitual de aquellos años y la comarca. Volvía la presencia del hambre en la pausa entre clases, cuando solía espiar a mis compañeras para ver qué llevaban de almuerzo, muy pocas comían sus rebanadas de pan con manteca de cerdo, lleno de trocitos de cebolla frita o tocino a taquitos, que descubría a través de mis fosas nasales por su extraordinario olor. Muchos días me tenía que conformar con eso, con la imaginación de que el olor también alimentaba.

Mi madre fregaba los suelos de la estación de Olbernhau, limpiaba las muchas ventanas y ella era apreciada por su finura y su saber estar. Todas sus hermanas estaban en mejor posición, eso me parecía porque llevaban buenas ropas. Al casarse Olga con mi padre, siempre enfermo, y tras la terrible guerra con las inevitables carencias, tuvo que dedicarse a la limpieza. Puede que fuese suerte haber encontrado empleo en la estación, o puede que no, porque mi padre era muy celoso y ella muy guapa. Todo eso lo descubrí con los años. Él era escribiente en las oficinas de la estación y recelaba porque alrededor del edificio pululaban muchos hombres, tanto empleados como viajeros. Y es que mi madre era una mujer de muy buen ver a pesar de haber tenido muchos hijos y poco que comer. Aun con su esmerada educación, no se le cayeron los anillos cuando le propusieron el trabajo, aceptó sin dudarlo un instante. Mi padre no ganaba un gran sueldo con las contabilidades y las correspondencias.

Yo disfrutaba en el colegio, quería aprender y llegar a alcanzar el mismo saber que el señor Koch, nuestro maestro. Sus cejas arqueadas, sus gafas redondas y su figura algo encorvada le hacían parecer un poco tristón. Explicaba las asignaturas muy bien, no alababa nunca, pero yo veía cómo asentía con sus ojos ante mi letra cuidada, como la de mi hermano mayor. En casa no faltaba un trozo de papel de los de la estación y me podía entrenar copiando textos del periódico local. Confieso que todas las alumnas teníamos miedo al maestro cuando nos amenazaba con que nuestra vida iba a ser un desastre si no nos aplicábamos. Repetía, creo con gusto, ese odioso sermón:

«Niñas, futuras mujeres de nuestra amada Sajonia libre, es vuestro deber esforzaros más para ser ejemplo de la nación entera. Tenéis que ser estandarte y modelo del buen hacer, levantar la nación ahora tras el fin de la guerra. Estamos en 1920 y tenemos que recuperar el bienestar de antes. Sois vosotras las responsables del éxito o del fracaso de la gran labor reconstructora».

No entendía en absoluto eso de levantar la nación, prefería levantarme de la silla y salir corriendo a jugar, tampoco supe interpretar lo del bienestar. Yo estaba bien en verano, cuando el sol calentaba, o hasta en el invierno delante de la estufa. ¿Qué podía hacer yo para levantar la nación? Ni siquiera tenía mucha fuerza y lo peor de todo eran las garras del hambre arañando mi estómago. Cuando faltaba poco para que acabase la clase no soportaba más esa sensación, empezaba a marearme y a soñar con una tripa llena de peras, con un trozo de tocino, una rebanada de pan de centeno con mantequilla. Con solo pensarlo, se me acumulaba la saliva hasta formar un pequeño charco debajo de la lengua.

—Irma, no te duermas —soltó el maestro con severidad.

Me asusté, no me dormía, estaba a punto de desfallecer. Enderecé mi espalda, replegué mis dedos sobre el pupitre y miré al señor Koch con la poca atención que me quedaba desde una condición física deplorable y con el miedo de que él me pegara con esa terrible vara delgada que tanto daño hacía.

Al salir busqué a Helmut, él iba a una clase de chicos, pero ya se había marchado a casa sin esperarme. Creo que era más por despiste y hambre que por falta de querer darme protección, siempre me sentía arropada por él. Con mi hermano Artur no tenía apenas conversaciones, me llevaba cinco años, son muchos para que tuviese una empatía especial por esa renacuaja que era yo. Kurt era de otra pasta, por no sé qué enfermedad era más bajito y cojeaba ligeramente. Era tan cariñoso como Helmut. Veía a mis dos hermanos mayores solo los domingos, esperando el turno para entrar al barreño de estaño y cumplir así con un aseo completo. Después ya estábamos todos juntos durante la comida ese día.

Una vez por semana se empleaban todas las ollas disponibles para calentar el agua del baño. El jabón era de pastilla, llamado de Marsella. Siempre me pareció un nombre muy exótico, aunque entonces siquiera sabía el significado de exótico. Solo sabía que sonaba muy atractivo. Mi abuela lo pronunciaba en francés, Marseille, y todavía resultaba más distinguido a mis oídos.

—¿Otra vez sin nada más que ortiga y harina en la sopa? —se quejaba Artur buscando los vestigios de grasa que no aparecían. Y es que mi madre utilizaba varias veces los mismos huesos que estaban más que roídos para el caldo. Una vez hecho, sacaba los huesos y los guardaba, los colgaba en una bolsa de tela detrás de la puerta de la minúscula despensa. Con suerte no se enmohecían.

Verdura también faltaba durante el invierno, en aquellos terrenos abundaban las coles, las patatas y la ortiga. Zanahorias ya no quedaban hasta el mes de mayo siguiente en el pequeño huertecito. No podía imaginarme la vida sin estrecheces, como en los cuentos, donde en los castillos no faltaba de nada. Al menos eso leía en el libro de los hermanos Grimm que era de mi madre. Cuando ella era pequeña se lo regalaron y lo guardaba como un tesoro, aunque nos dejaba leerlo.

¡Cuánto me hubiese gustado tener una cabrita de pocas semanas! Me parecía un tesoro, como signo de riqueza, además de ser un animalito muy lindo. Tampoco teníamos ninguna vaca, como muchos vecinos que hacían mantequilla y cuajada de la leche de sus katis, como llamaban a la mayoría de rumiantes.

Las cabritas y ovejillas solían dormir en el establo del edificio, que se componía de una sola planta. A la izquierda se situaba el establo y a la derecha la vivienda. En los pueblos o barrios colindantes de las ciudades todas las casas tenían esa fisonomía. Nuestro establo estaba vacío, pues. Yo esperaba que volviese a ser habitado por un animalillo y siempre lo pedía para San Nicolás o Navidades. Nunca me hicieron caso, también San Nicolás y Papá Noel sufrían por lo visto la gran crisis. Lo oíamos de los mayores. «Crisis, crisis, crisis, devaluación…», eran palabras que se repetían en cuanto se juntaban los adultos.

—Irma y Helmut, antes de empezar con los deberes de ortografía hay que buscar ortigas, ramitas y piñas en el bosque. Hale, a espabilarse, ahora que habéis terminado de comer os viene bien un paseo. Coged la cesta entre los dos —ordenó mi madre.

Helmut me miró con burla, sabía que a mí no me gustaba levantarme de la mesa nada más comer. Me encantaba hacerme un ratito la remolona sobre el sofá junto a la pared; él, sin embargo, era un manojo de nervios y nunca se estaba quieto. Se balanceaba sobre su taburete debajo de la ventana mientras comía y a veces perdía el equilibrio cayéndose hacia atrás. Como premio recibía en el acto un tirón de orejas de mi padre.

—Si con este cabezón que tienes nos rompes el cristal de la ventana, te vas a enterar. Hala, a ayudar a vuestra madre.

—Yo también quiero ir —berreaba Rudi.

—Eres demasiado pequeño. En cuanto crezcas un poco, irás a ayudar a tus hermanos, ahora te podrías perder en el bosque.

—No soy pequeño, mira, ya llego a la mesa —seguía lloriqueando— y además soy fuerte.

—Tú te quedas conmigo aquí, Rudi. Ellos no saben cuidar de ti mientras buscan las ramas y piñas. Y, además, desaparecen muchos niños en el bosque, es peligroso.

Cuando oía eso se me ponían los pelos de punta. Los mayores siempre hablaban de los peligros. A mí me daba algo de repelús entrar en el bosque, pero con Helmut me encontraba a salvo. Solíamos cantar para asustar a los posibles seres maléficos de los que hablaban los adultos cuando estábamos rodeando la estufa en invierno y mi madre nos contaba historias, no sé si verdaderas o inventadas. A mis nueve años me lo creía todo. Los padres también nombraban los muchos atracos del siglo pasado, cuando Olbernhau pertenecía a la ruta de plata por sus abundantes minas. Entonces había bandas que se dedicaban a atacar a los transportistas, les robaban los caballos y los pedruscos de plata; salían desde dentro de los bosques. Me entraba miedo con esa clase de historias.

Menos mal que los troncos más gordos caídos de los árboles los recogía mi padre con la carretilla, aunque él tampoco era muy fuerte. Nunca faltaron troncos, nuestro pueblo estaba rodeado por espesos bosques de abetos y hayas.

La dichosa cesta era más bien un cubo grande de mimbre con dos asas en cuyo fondo se colocaban primero las piñas, luego las ramitas y las ortigas encima de todo. Procuraba no pensar en atracadores ni en elfos maléficos. Por si acaso, comenzaba a cantar y Helmut me acompañaba con su voz aguda.

Cuando nos venía a visitar tía Anna, era fiesta. Esa mujer siempre reía y contaba cosas divertidas, aunque su vida tampoco fuera sosegada. Su marido había fallecido en Somme tras entregar una carta al correo militar que llegó un mes después de su muerte, ocurrida durante uno de los ataques. Esa fue su única herencia, comentaba ella con amargura. Decía que guardaba la carta como un tesoro. Según mi madre, ella recibía una pequeña pensión porque su Gerd solo había sido soldado raso. Nunca quiso indagar qué fue de su cuerpo ni de qué forma había acabado. En otras cartas él había nombrado alguna penuria, pero tía Anna le había dicho a mi madre que ellos tenían prohibido decir la verdad de la crudeza vivida a diario. Controlaban las cartas de los soldados, cogían algunas al azar y las leían. Además, de este modo sabían quiénes estaban a favor de la defensa de su país con la invasión a terrenos ajenos.

—Anna, la gente ya se imaginaba bastantes calamidades con ver tanto inválido sin piernas o brazos, ciegos o síquicamente trastornados.

—La guerra ha sido un gran error, nos quisieron vender algo que no existe. Era injusta y por eso es conveniente mirar al presente y no volver la vista atrás. Bastante hemos sufrido ya. No sirve de nada lamentarse —contestaba tía Anna para darse ánimo.

Su casa en Roitzsch era más grande que la nuestra. Mi madre sabía que durante los últimos dos años de guerra tuvo que alojar, obligada por orden del Gobierno, a militares. Una vez instaurada la paz y acostumbrada a tener huéspedes, Anna decidió alquilar dos habitaciones a trabajadores eventuales de la cercana fábrica de cristal para ganarse unos chavos. Recuerdo esos comentarios por boca de mis padres. Yo solía escuchar a los mayores, aun cuando en aquel momento no los entendía. Años después oigo todavía el eco de sus palabras dentro de mí.

Tía Anna era risueña por naturaleza, hablaba bien francés, tenía maneras exquisitas y su gran fallo, según entiendo ahora, era haber nacido con una sensibilidad y empatía fuera de lo común. Un día escuché una conversación entre las hermanas:

—Olga, tú vives como una esclava, muy por debajo de tu nivel. Max no se esfuerza lo suficiente para que podáis tirar adelante, y siempre está triste y deprimido. ¿No te ama? ¿Tenéis problemas aparte de los económicos? ¿Qué hiciste con tus joyas?

—Las cambié durante la guerra por alimentos. Max me quiere, y tanto, pero padece de nervios y es un poco celoso. Estamos hundidos en el mal de muchos, en la miseria de esta comarca. No hay mucho de qué reírse. También tú has perdido la guerra, como casi toda la nación, no sabría decir quién no. Y no comprendo tus risas y alegrías. Ni cómo olvidaste tan pronto a Gerd. Tampoco comprendo los flirteos con tus inquilinos.

—Hala, ¿te quieres desahogar conmigo? —se burló Anna—. Olga, a mal tiempo, buena cara. No me voy a enterrar viva. He perdido a mi querido esposo como tributo a la nación, ¿qué quedaba ya? Me enamoré del militar que me dejó preñada. No supe nada de él hasta que volvió de la guerra. Estuvo meses buscándome, se sorprendió de tener una hija, no esperaba ser padre, y marchó a su pueblo. Venía a verme de cuando en cuando, ya te conté la historia. Pero no me debe vencer el desánimo. Mientras el corazón bombee, estoy viva. Y sí, cuando alguien me trata con amabilidad y me aprecia, lo agradezco. Qué quieres que te diga… Mi último inquilino me regaló el otro día un libro que compró en Leipzig, cuando lo termine te lo daré para que lo leas. Por cierto, ¿sabes cuál es el libro más delgadito jamás editado a nivel mundial?

Mi madre se encogía de hombros, contestaba con un «no» algo tímido, mientras yo espiaba la conversación entre las hermanas.

—Pues, pues… —Anna reía a carcajadas—, pues Dos mil años de historia deAlemania.

—No le veo la gracia, Anna, aunque es verdad, Alemania como nación no existía hace dos mil años, ni siquiera hace trescientos ¿no fue Lessing el que ayudó a inyectar un sentimiento nacional a los mil pequeños principados?

—Fuera de los feudos y la nobleza, el país siempre ha sido miseria y compañía entre interminables guerras. Por eso hay que intentar vivir lo mejor y lo más divertido posible, hay que bailar, cantar y disfrutar de los placeres. Volver, en definitiva, a los años dorados de épocas mejores.

—Anna, contente. Con hambre, ¿qué placeres hay?

—Comer, y si te invitan con buenos modales, querida Olga, no diré nunca que no.

—Ya, supongo que habrá una parte posterior que no me cuentas.

—Hermanita, las intimidades con un hombre no significan precisamente amor y pretensión matrimonial, solo son eso: intimidades para soñar y relajarse ante una vida tantas veces insoportable. El miedo, Olga, el miedo ante un incierto mañana hace que nos sintamos desdichadas. Yo veo el miedo en tus ojos y en tu cara. Hay que procurar vivir con una sonrisa en la boca, creer en nuestra propia estrella.

No entendía nada de la conversación, pero el tono de sus voces me delató que estaban en desacuerdo. Anna cambió de conversación. Preguntó si su hermana también iría a votar el 1 de diciembre.

—Max no me perdonaría no ir, ahora que podemos las mujeres. Hemos de luchar por nuestra voluntad de reconstruir Sajonia tras la monarquía. Hemos de conseguir derechos, al menos el derecho a poder comer —soltó mi madre con un rictus en la comisura derecha de sus labios. Le ocurría cuando estaba camino a enfadarse.

—Sí, yo también votaré a la SPD con Julius Frässdorf, ya simplemente por su apellido…

Mi madre se reía, yo no sabía de qué, pero contestaba:

—Vaya, Frässdorf, el nombre ya lo dice todo: pueblo donde zampar… Pero eso no es ninguna garantía, hermana. No sé si Max no se inclina más hacia los comunistas.

—¿De veras? Son tan radicales que no me fío de ellos, y de la derecha menos, ya la tuvieron nuestros antepasados con tanto reinado.

—Pero era bonito, aunque no dio de comer.

Yo me aburría, me deslicé sin hacer ruido hacia la cocina para estar junto al lar y poner los platos sobre la mesa con cuidado para no romper ninguno. Mi madre había dicho que cada plato de loza valía setenta y cinco pfennigs. Una barbaridad, según ella. Siempre hablaban de precios, del poco dinero disponible y de que faltaban tantas cosas en casa.

Hace días que me lavo los dientes solo con agua, pienso que para Navidad pediré un tubo de pasta de dientes para todos. El último se acabó unas semanas atrás, me gustaba mucho, era de la marca Hekodent, que dejaba la boca muy fresca, aunque apenas hubiésemos comido. Pero ese sabor duraba mucho rato, yo me deleitaba con él. Solo nos poníamos media uña de pasta o menos, a veces mi madre escondía el tubo para que durase más. Como buena pizpireta siempre lo encontraba, porque no había muchos escondites en casa.

Cuando venía tía Anna a casa, se procuraba que hubiese algo más que una sopita, mi madre preparaba el dansch con requesón. Si no había siquiera cuajo, lo que ocurría con frecuencia, pues se hacía sin él; igualmente estaba muy bueno. Yo le ayudaba a rallar las patatas, ella cogía las crudas y yo, por ser más fácil, las hervidas. Las mezclábamos, añadíamos cominos enteros, el requesón o suero de leche. La masa bien elaborada la extendía sobre una fuente para horno y se cocía en él. Intentábamos poner encima trozos de tocino o arándanos cogidos del bosque… Ambas cosas me encantaban. Lástima que solo lo saboreaba en contadísimas ocasiones.

No sé por qué mi padre enfermaba a menudo, mi madre decía que eran los nervios; que venía de familia, que los Biermann padecían de tristezas. En verdad él no era muy divertido y su bigote no ayudaba a verlo sonreír. Sin embargo, Olga tenía una sonrisa muy bonita cuando algo le agradaba, sobre todo cuando hablaba con mi hermano Artur. La hacía reír contándole sus anhelos para ser maquinista de tren y viajar de norte a sur y de este a oeste. Ella le decía divertida:

—De momento tendrás que conformarte con pegar y pintar los trenecitos de madera en el taller.

—Eso hacen las mujeres y chicas. Irma ya podría comenzar a ayudar a los Goldschmitt de enfrente. Necesitan manos pequeñas pero firmes para pintar las caras de las figuritas. Yo ahora ya sé hacer ruedas con el torno, el viejo Jonathan me enseña muy bien, aunque apenas me pagan calderilla para sacar a bailar a Anita.

—Confío en que respetes a esa novia tuya, es buena chica y me agrada. Pero sois muy jóvenes y tú eres un tanto fogoso. No te pierdas, hijo.

¿Perderse mi hermano? ¿Cómo puede perderse un chico tan grande? Me nombraba para ir a trabajar… eso me enorgullecía. Significaba que me tomaba en serio, me veía capaz. Muchas niñas de mi edad ayudaban en sus hogares, donde se participaba en las faenas de la producción miniaturista. Al menos para pegar las piezas entre sí. Ojalá pudiese ir al taller de los Goldschmitt algún rato, así aprendería a poner ojos y bocas a las caras porque dibujar me gustaba mucho.

No obstante, quería obtener el bachiller y estudiar para ser alguien. Me lo inculcaba mi abuela materna, que hablaba francés y era una mujer elegante. Ella también vivía en Roitzsch, como tía Anna, y venía a vernos de cuando en cuando. Creo que se entristecía al ver la situación de mis padres. Mi abuela traía cosas prácticas cuando nos visitaba: pañales para Rudi, que todavía se mojaba de noche, calcetines blancos de hilo o de lana para mí, y alguna bufanda o gorra tricotadas por ella para los chicos. Me decía que ya dejaban trabajar a las mujeres en otros menesteres más cultos y la modernidad ofrecía a las jóvenes más preparadas trabajar en oficinas.

—¿Cómo en la de papá? —pregunté impresionada.

—Esa es estatal y no lo sé, pero en empresas, sí.

—¿Empresas? ¿Qué son?

—Donde se organiza la producción, venta y distribución de los artículos que se venden en las tiendas. Si estudias mucho y sigues escribiendo con esa letra tan bonita que tienes, también vas a tener opción de poder ocupar un puesto tan importante. Podrás utilizar lo que tiene papá en su oficina, el hectógrafo, que me parece una cosa mágica.

—¿Hectógrafo? Le preguntaré a papá, no sé lo que es.

—Eso, que te lo enseñe y te haga tener ganas de estudiar mucho.

Un día mamá comentaba a una amiga con la que iba los domingos a la iglesia que sus antepasados maternos habían sido hugonotes, esos que tuvieron que huir de Francia siglos atrás. No me atreví a preguntar qué eran los hugonotes, sonaba a algo terrible y pude aguantar mi natural curiosidad. ¡Qué palabra tan fúnebre! Si ella hubiese dicho que eran calvinistas, ya hubiese relacionado esa palabra con algún partido político, aunque no lo fuera. Me dejó muy impresionada lo de los hugonotes. Me sentí como heredera de las brujas medievales que habíamos leído en algún cuento, y eso me lo tenía que callar, no fuera a ser que se enteraran mis colegas de clase. Además de pobre, también bruja; era un peso tremendo sobre mi conciencia. Tenía que informarme en la biblioteca popular.

Faltaban solo seis semanas para las fiestas navideñas y la actividad de los torneros estaba en su punto álgido. Artur había hablado con los Goldschmitt para colocarme a mí por unas horas sin remuneración, solo para aprender, y así fue que estuve cada tarde un rato sentada al lado de la señora sobre un banco delante de la mesa de trabajo. Me encantaba el olor de las lacas y de la cola para pegar. Las hijas de la familia también colaboraban, estábamos sentadas cuatro personas sobre el banco de madera. El calor que desprendían los gruesos muslos de la señora Goldschmitt se me asemejaba a una bolsa de agua caliente en mi lado derecho. Era un calorcillo muy agradable y ella era muy paciente conmigo. Decía que yo aprendía muy deprisa. En realidad disfrutaba, ya que en el invierno era placentero estar en aquel taller cálido. La señora cantaba canciones navideñas con voz bajita, siempre estaba contenta, me contagiaba su alegría. Yo pensaba que era porque eran ricos, al menos eso decía mi madre.

El día antes de Nochebuena la señora me dio un paquete con un stollen hecho por ella misma como pago por mi ayuda en el taller. No me lo podía creer. Tan contenta estaba que balbuceé un «gracias» con una genuflexión y lágrimas en los ojos.

—Hale, a disfrutar la llegada del Niño Jesús, que nos alumbre a todos y nos traiga mucha paz y recogimiento. Sigue siendo una buena niña, Irma, aplicada y graciosa. El año que viene te llamaremos otra vez para que nos ayudes. Que Dios te bendiga, pequeña. Saluda a tus padres y hermanos.

Asentí mientras mi corazón daba saltos de alegría. «Un stollen entero… —pensé— ganado por mí». Me despedí de nuevo con otra genuflexión y salí corriendo con el paquete entre manos.

Cuando llegué a casa resoplando por el frío y el entusiasmo, mi madre no estaba. Solo estaban mi padre y Helmut, que me miraron como si fuera una aparición.

—¿Qué pasa, Irma? Vienes encendida como una locomotora llena de carbón. ¿Qué traes?

Tuve que coger aire para responder y coloqué el stollen, ese pastel navideño envuelto en papel de estraza, sobre la mesa. Lo abrí con cuidado, apenas llevaba azúcar glas encima, pero olía a gloria.

—Me lo ha dado la señora Goldschmitt. Me lo ha regalado por mi ayuda —dije con todo mi orgullo.

—Vaya, eso sí es un buen sueldo. Tu madre se alegrará y tus hermanos más —sonrió mi padre con un extraño brillo en los ojos—. Lo guardaremos hasta después de la misa de Nochebuena, y nos tiene que durar todas las Navidades. Cada día comeremos un pequeño trozo. ¿Le diste las gracias, Irma?

Algo contrariada contesté que sí, que claro. ¿Cómo ante tan gran regalo no iba a dar las gracias?

—¿Dónde está Rudi? —pregunté ansiosa y con ganas de jugar con ese pequeño gordinflón para ver su carita al enseñarle el pastel.

—Mamá se lo ha llevado a la estación.

Me senté junto a la estufa con el pensamiento en el pastel que no podía probar todavía. Papá lo había cogido para esconderlo en el baúl del rincón, donde se guardaba el pan y otros pocos comestibles, como el aceite de lino y la harina. Al rato oí la voz de mi madre cantando El viento me cantó una canción de una suerte tan bonita, que solía entonar cuando estaba muy cansada para animarse a sí misma. Rudi repetía las palabras y entraron cerrando la puerta con rapidez.

—¡Qué bien se está aquí dentro! Hace un frío afuera…

—Papá, papá, enséñale lo que he ganado —pronuncié toda contenta.

A mamá se le cayeron unas lágrimas cuando vio el pastel.

—Significa que están contentos contigo, ¡qué bien, Irma! ¡Ya sabía yo que eres aplicada cuando quieres! A ver si nos dura el pastel para todos estos días. Que a nadie se le ocurra tocarlo hasta que yo reparta los trozos. Que os conozco, manada de hambrientos.

Miraba a Helmut con un gesto adivinatorio. Él era insaciable, el pobre nunca tenía bastante, y también yo comería siempre más de lo que me daban.

Con el periódico bajo el brazo entró papá una fría tarde. Su expresión era la de ir a un entierro. No es que fuera algo nuevo, ya que él era un tristón por naturaleza. No se entusiasmaba con facilidad por nada, menos por lo moderno. Esa tarde hubo revuelo en la ciudad. Hablaban de los medios de transporte, pero no de los trenes. Él comentó con mamá, y con cierto desprecio, que la nueva línea del ómnibus que se iba a inaugurar aquel año, 1920, iba a hacer desaparecer definitivamente la diligencia postal.

—Se acabó lo que duró siglos enteros y así acabaremos un buen día también, cuando menos lo esperemos —se lamentó con un sentimiento nostálgico.

—Pero Max, ha sido muy incómodo y peligroso para los conductores, significaba mucho trabajo con los caballos y tenemos que dar la bienvenida a la nueva mecánica. Los buses circulan sin dificultad y con mucho menos peligro. Eso sí, pueden llegar a ser la competencia del transporte ferroviario, pero creo nunca va a ser superado. No perderás tu trabajo, querido, si piensas que un día puedan desaparecer también los trenes…

—Quién sabe, quién sabe… —murmuró malhumorado.

Mamá iba a traer otro hermano o hermana a casa, no parecía muy feliz cuando nos lo dijo, pero yo estaba expectante. Ojalá fuese una hermanita, porque ya estaba harta de tanto chico, parecían mandamases conmigo. Mi madre me consolaba y decía que las chicas y mujeres llevábamos siempre las de perder. Eso me hizo cavilar; entonces ¿no sería mejor que naciera otro chico? Desde luego no me gustaba ser la única niña en casa, parecía que me utilizaban como sirvienta, menos Kurt, mi hermano periodista, como lo llamaba yo, que era el más tranquilo y bueno entre ellos. Decidí que era mejor que naciera una niña, sería mi consuelo. Era evidente que por ser niña no tenía derecho a protestar y ese pensamiento ya me condujo al siguiente. Tal vez no era tan conveniente otra niña, sería tratada como yo y tampoco deseaba eso a alguien que aún no había nacido. Ese sabor amargo de tener que obedecer sí o sí cuando lo creía injusto me acompañó durante mucho tiempo.

Nació una niña, le pusieron de nombre Charlotte y le quitamos la primera sílaba, la llamamos simplemente Lotte. Ya había otra niña en casa con la que compartir ciertas obligaciones.

11 de septiembre de 1925

Mi cumpleaños no era mejor que los anteriores. Ni siquiera unas galletitas como regalo de casa, pero no faltaba la consabida bolsita de tres peras solo para mí… Helmut y yo nos intercambiábamos una pequeña parte de nuestro regalo comestible antes de dormir. Ese día no fue diferente, le regalé una de mis peras, porque él hacía lo mismo conmigo. Solo teníamos que evitar que se enterara Rudi, él tenía la carita redonda y siempre pensamos que comía a escondidas, con lo cual ya tenía suficiente. No nos planteamos que «a escondidas» no había nada tampoco, pero nuestras mentes no iban tan lejos. A la pequeña Lotte le dábamos algún trocito, porque ver su carita de felicidad era casi un regalo y nos reíamos al verla disfrutar. Las peras duraban tan poco…

«La gente apenas salía de la gran inflación cuando el dinero no valía ni un misto y la cantidad de trabajadores de las minas se había encogido a la décima parte de lo que fue antes de la guerra», leía en un artículo del periódico mientras me deleitaba con la última de las peras.

En resumidas cuentas, nuestras estrecheces habían aumentado desde agosto del año anterior. Bueno, nosotros únicamente nos enteramos de que ya no circulaban los billetes con infinitos ceros detrás de los otros números, del uno al nueve. Ni se sabía nombrar los millones que valía cualquier cosa y nadie quería vender nada por tal barbaridad.

Yo ya entendía un poquitín más de la vida a mis catorce años. Siempre me gustó estar enterada de las cosas que pasaban en el mundo. Leía la prensa que traía mi padre de la estación, oía a la gente gritar «esto es el caos, el mundo se hunde, nos hemos de comer los unos a los otros» y las personas deambulaban hambrientas por las orillas del río, se adentraban en los bosques y hubo más de un ahogado o ahorcado. Todo era triste y gris, y ya solo tenía dos vestidos remendados para ir al colegio.

Desde que repartieron los billetes de la rentenmark y la convirtieron en la actual reichsmark,parecía un respiro a través de una grieta profunda. Y solo hacía un año y un mes. Se notaba que la gente tenía ganas de renacer como el sistema monetario. El comercio salió de su tumba y me dolían los ojos de leer todas las noticias de cabo a rabo para saber qué pasaba. Ni me preguntaba por qué me interesaba tanto el mundo fuera de mi piel, una inquietud interior necesitaba esa extensión. Seguramente, era para combatir la estrechez de ese mundo minúsculo de mi casa. Mi padre traía la prensa del día anterior que le facilitaban en su trabajo. Era un regalo muy apreciado en casa. Cuando ya no servía para nada más por pasado de fecha, se cortaba a cuadritos y se utilizaba en el retrete.

En mi casa no se produjo ninguna mejoría, mis padres seguían trabajando con sus sueldos bajos y muchas bocas que alimentar. Sin embargo, Artur ya se había colocado como aprendiz en Chemnitz en su ansiadaReichsbahn, la empresa ferroviaria.Se necesitaba mucha gente para la ampliación de la red viaria, y como mi padre conocía a algún jefazo en la estación, hablando de la gran afición de su hijo pudo conseguir un puesto de aprendiz para mi hermano. Al menos de momento era una boca menos, comentaba mi madre con un tono lastimero, porque Artur era su hijo preferido y lo echaría de menos. Tal vez por haber sido el primero, pensaba yo. Nuestra vecina siempre decía que como el primero, ninguno. A mí me molestaba esa sentencia, me hacía sentir menospreciada.

Yo soñaba con poder asistir a alguna función de teatro en el Tivoli. Me habían dicho que era una maravilla. Ese sueño utópico me rondaba muchas noches por la cabeza. Me veía vestida con un traje de baile como el que aparecía en alguna crónica de sociedad en la prensa. De día me gustaba pasear por delante de ese edificio tan bonito, decían que era modernista.