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Los cuentos que se reúnen en esta colección narran hechos sencillos como montar en bicicleta, ir a la iglesia o el paso de la vida en un salón de clase. El narrador poetiza desde el territorio feliz de la infancia y la primera juventud, pasando por el dolor de la soledad de un matrimonio mal avenido hasta la aventura de un par jóvenes que deben cumplir una tarea escolar en plena pandemia. Cuentos en los que, sin pretensiones, el autor reelabora los temas universales del arte y la literatura: la vida, el amor y la muerte.
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Seitenzahl: 96
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Las cosas prestadas y otros cuentos
Las cosas prestadas y otros cuentos
Joaquín Arango R.
Arango R., Joaquín
Las cosas prestadas y otros cuentos / Joaquín Arango R. – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2022.
114 páginas – Colección Literaria
ISBN impreso: 978-628-7601-05-5
ISBN pdf: 978-628-7601-06-2
ISBN epub: 978-628-7601-07-9
1. Cuentos colombianos – 2. Literatura colombiana
C863.5 (SCDD ed.22)
Colección Literaria
Las cosas prestadas y otros cuentos
© Joaquín Arango R.
© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)
Edición: octubre 2022
Publicación electrónica: diciembre 2022
Publicación impresa: diciembre 2022
Rectora
Blanca Libia Echeverri Londoño
Director de Publicaciones
Jorge Hernando Restrepo Quirós
Coordinadora de Publicaciones
Lina Marcela Patiño Olarte
Asistente editorial
Nube Úsuga Cifuentes
Corrección de texto
Gustavo Otalvaro
Fotografía autor y portada
Joaquín Arango R. Serie «Bicicletas en el campus»
Diseño y diagramación
Leonardo Sánchez Perea
Impresión y terminado
Divegráficas S.A.S.
Edición
Sello Editorial Institución Universitaria de Envigado
Fondo Editorial IUE
Institución Universitaria de Envigado
Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia
www.iue.edu.co
Tel: (57) 604 339 1010 ext. 1524
Los autores son moral y legalmente responsables de la información expresada en este libro, así como del respeto a los derechos de autor. Por lo tanto, no comprometen en ningún sentido a la Institución Universitaria de Envigado.
Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE.
Dedicatoria
A mis padres, in memoriam
A Patricia, Laura y Camila
Agradecimientos
A mis hermanos.
A la Institución Universitaria de Envigado y a su Fondo Editorial.
No sé qué mano sobre la mano
del cartógrafo la orienta
para que las calles de mi barrio
en la punta de su lápiz dancen.
J. Arango R.
Prólogo
El eterno ir y venir de las palabras, como el péndulo de los relojes de la casa de los abuelos, pero que alguna vez se detuvo, como el cuento, ese instante eternizado en una imagen o en una palabra que oscila entre la historia y el poema.
El cuento nació probablemente al frente de una hoguera para eternizar los instantes vividos en un día. La eternidad está en la palabra que recrea el instante, actúa como el epígrafe de lo que se vive en las calles de un barrio cualquiera en donde tiempo y palabra son una danza.
Con el primer cuento empieza a deshilvanarse el nudo de todas las historias. Primero la muerte, ese aullido en la madrugada que solo comprendió el tendero, que de pronto es mi padre. Luego viene la guerra que está en todas las cosas y manifestaciones mínimas de una voz, de la palabra que se dijo en un parque, en un bus, en la cafetería de un colegio y que alguien escuchó. Después los cuentos de las luchas de un maestro. En su oficio se enfrenta a los abismos de la vida, unos poderes que no son estatales, pero que vigilan, esculcan, desentrañan, persiguen y hasta matan. Un paso en falso puede ser una palabra; un simple juego de muchachos o la experiencia de vivir un asesinato puede enloquecer a cualquiera.
Están también los cuentos del amor. En los intersticios de las palabras de los personajes, la voz de mi madre. Un abrazode dos seres a los que no solo une el amor, sino también la soledad. Es tanto el amor mutuo, que los personajes son capaces de entregar lo más profundo de sí para que el otro sea feliz. Una historia influenciada por un clásico de la literatura que me palpita en el inconsciente. Además, en Las cosas prestadas se escucha el sutil secreto que poseen una danza, la voz de los adultos, la superstición o la amistad. Es un juego entre la velocidad, el verano, las flores y el amor adolescente.
En esta danza de las palabras están los cuentos que narran el doble juego de la vida, el adentro y el afuera, lo que ven los otros y ese interno que descubrimos cuando entramos en el laberinto del personaje que nos cuenta sus dolores y alegrías. Eso son «Las dos caras del gato» y «El amor también es una guerra».
En toda esta fanfarria están las vivencias de la escuela, ese universo que llevaremos siempre hasta la tumba. Instantes eternos de una guerra de papelitos en un salón de clases, los tormentos por los que atravesamos cuando otro nos doblega y nos hace cómplices de un atraco, porque la inocencia nos dirige. Y, ¿por qué no? Un vampiro que encuentra en la lectura la esencia de su ser y hasta la ascendencia familiar que descubre mediante un cuento de Oscar Wilde. Al final, la tarea escolar en medio de la pandemia. Un cuento intencionalmente paralelo a uno de Edgar Allan Poe.
Estos cuentos son un ir y venir entre el oficio de maestro, las vivencias cotidianas, y los instantes eternos con los amigos de un barrio cualquiera.
El autor
La noche es una máscara que ríe
«Cinco ecos rompieron la madrugada. Fueron cinco. Después un correteo y luego unos gritos. Más tardecito fue el silencio. Casi era la hora de levantarme a recibir el carro de la leche».
Eso dicen que dice el tendero cuando le preguntan por el muerto.
Ya por la tarde, doce piernas acompasadas hicieron que un ataúd levitara. El silencio era un eco en esa cuadra. Nadie se imaginaba que Quico llegara ahí. Él se creía invencible y así lo veían todos: iba a clase, pero siempre tenía que ir antes a Rectoría para desarmarse y desarmar su espíritu. Si iba al colegio era porque alguien interfería en su negocio o el negocio se le estaba perdiendo. Las muchachas eran las caletas: entre los cinturones del uniforme, en las medias o en algún vericueto de los bolsos. Ellas eran intocables. Los muchachos, los distribuidores. Cada revés era un triunfo para él y su gallada.
De pronto desaparecía de todas partes y a los días, cuando llegaba, decía que todo lo conseguía por medio del padrino. El padrino tenía un corazón grande y la mamá lo confirmaba. «Pero si su padre no sirvió sino para engendrarlo, porque ni un tarro de leche llevó para los muchachos, él y su hermanita. Igualitos: ojos negros y grandes que se perdían entre los días de ausencia». La hermana, linda, pero boba, creía en el cuento de cualquier muchacho que le hiciera las tareas: pagaba favores con besos. Igual a su madre, se metió con un policía y despuesito de graduarse de secundaria, a los mesecitos, se graduó de mamá y Quico iba detrás, en décimo.
Antes de terminar el año, estuvimos en la misma fiesta. Vi que él y sus dos amigos se fueron antes. También quise irme más temprano. Una corazonada me decía que era mejor partir que quedarse. Siempre que Quico quería hacer de las suyas, se hacía el que «yo no fui». Y como me decía mi madre: «Si algo se huele, algo hiede». Entonces, le dije a Jairo que algo olía mal. Si faltaban los pillos, cualquier cosa estaban tramando. Repartieron los regalos y entre trago y trago, Jairo ya caminaba despacio. Le dije que nos fuéramos. Aunque tuve que decirle varias veces, hasta que mis ruegos lo sacaron de la fiesta. Tres cuadras caminamos, por todo el centro de la calle, ni una más. A tres postes de donde estábamos se movió una sombra. «¡Quieto, Jairo!», le dije. «Algo se movió detrás del poste». Nos quedamos quietos hasta que la sombra se moviera. Primero se cansó la sombra que nosotros. De ahí surgieron Quico y Mauricio. Los dientes blancos y grandes de Mauricio rompieron la noche, los turbantes de ambos salían como rollos sobre sus cabezas. «No era fiesta de disfraces», les dije. La risa de ambos era una máscara, los ojos rojos de fumar marihuana encendieron las luces que no había. «¿Qué tal esos turbantes? Ustedes no son árabes». «Tranquilo, son para el frío. Esto calienta las cabezas».
«Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde…», así cantó siempre, a toda hora. Hasta me la aprendí de tanto oírla en sus labios y así tuve que aguantármela desde que llegaron con el féretro. El tercero del trío llegó a donde yo manejaba el sonido y me dijo: «La ponés, que ese es su himno». No tuve otra opción porque en la pretina del pantalón me mostró la cacha de un revólver. Así eran las cosas con ellos tres, nada fáciles. «…Mi destino es muy parejo, yo lo quiero como venga, soportando una tristeza…». Cuando llegaba a esos tres versos le daba por hablar de su papá, de ese viejo que lo dejó a la deriva, sin soporte, sin imagen, sin recuerdos. De su hermanita que había nacido un año antes, y claro, tenía que hablar de la fortaleza de su madre.
Pasamos parte de la noche ahí sentados, mientras Mauricio se movía con el paso de cada carro, con cualquier sonido se alertaba como un animal enjaulado. «No está haciendo mucho frío como para tener esos turbantes», les dije. «Necesitamos la cabeza caliente», me dijeron. Nos desbordaron las palabras, mientras escuchábamos la noche. Rompí el cerco de los dos cuando les dije que me prestaran los turbantes, porque también quise verme como un árabe. Insistí tantas veces que al fin Quico hizo el movimiento que Jairo ni vio, porque los tragos lo tenían casi dormido. De pronto, ese turbante se desenrolló, cayó sobre la cara de Quico. No quedaron más que dos ojos grandes asomados por dos huecos. Comprendí la sombra, comprendí el silencio, el movimiento detrás del poste. Entendí la noche; es una máscara que ríe.
«Pero cuántos millonarios quisieran vivir mi vida pa´cantarle a la pobreza sin sentir ningún dolor…». Igual a la noche fueron sus días. Decía que no había otro camino que el que siguió siempre, sin normas, sin orden, a lo que trajera el día. Nadie quería comprender que la noche anterior se había metido en Los Globos. Aunque nadie quiso abrirle, él destruyó la puerta con la moto porque quería encontrarse con la jovencita que había llegado la semana anterior a trabajar con doña Resfa, la dueña del prostíbulo. Fueron cinco tiros certeros en el cuello. Casi a quemarropa. Cinco ecos que rompieron la madrugada. Él nunca quiso entender: una prostituta tiene su hombre, como una sombra, donde llega.
Y la tarde se hizo silencio para que el féretro levitara en medio de doce pasos acompasados que entraron por la esquina de la cuadra y luego, cuando pusieron el ataúd en el centro del salón, uno de sus amigos llegó con dos perros del tamaño de terneros de tres meses, olfatearon el ataúd. El muchacho que estaba conmigo en el sonido le roció al cadáver dos botellas de aguardiente. De igual forma como entró, flotando entre doce piernas acompasadas, salieron con el ataúd al cementerio «Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde…»
Cinco ecos rompieron la madrugada. Cinco. Después un correteo y luego unos gritos. Más tardecito fue el silencio…
P/B
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