Las Crónicas De La Belle - Alessandro Cadoni - E-Book

Las Crónicas De La Belle E-Book

Alessandro Cadoni

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Beschreibung

Emmanuelle La Belle, con tan solo 15 años, se despierta después de 20 años de hibernación en un París que ya no reconoce, en un mundo dividido en dos, con un hemisferio enfrentado al otro. Tras la Tercera Guerra Mundial, un virus creado para combatir a los alienígenas presentes en el planeta se revela letal para la raza humana. Huérfana de madre y sin noticias de su padre desde temprana edad, se encuentra, a su pesar, reclutada en el ejército de los Estados Unidos del hemisferio norte. Un descubrimiento desconcertante la pondrá en contra de los servicios secretos y del mismo ejército del que formaba parte. En un París casi completamente deshabitado, se verá sola, luchando contra los infectados y escapando hacia el ecuador en busca de una amarga verdad.

En el año 2050, el mundo descubre la presencia de extraterrestres. Estos habían estado entre los humanos durante varias generaciones, y los mayores descubrimientos e invenciones en los campos científico y tecnológico fueron atribuidos a ellos. Esto llevó a que las grandes potencias intentaran asegurarse su colaboración, pero los alienígenas, sintiéndose acosados, formaron una alianza llamada ”La Alianza Alienígena”, lo que desencadenó conflictos que culminaron en la Tercera Guerra Mundial. Durante esta guerra, se crearon virus destinados a exterminar a la raza alienígena, pero resultaron inútiles contra ellos, y del que los científicos llamaban ”caldo viral” surgió el virus Apocalipsis, que solo afectaba a los humanos, pero no a los que vivían al sur del ecuador.
El mundo se dividió en dos: los Estados Unidos del Hemisferio Boreal y los Estados Confederados del Hemisferio Austral, mientras que a lo largo de la línea del ecuador se erigió una barrera controlada por la Alianza Alienígena.
Emmanuelle La Belle pierde a su padre, quien es dado por desaparecido cuando ella tiene solo 8 años. Su madre, infectada por el virus Apocalipsis, elige la eutanasia legal e hiberna a Emmanuelle durante un periodo de veinte años.
La Belle se despierta en París en 2145 con la obligación de unirse al ejército del U.S.N.H. (Estados Unidos del Hemisferio Norte) durante diez años, periodo que cumplirá en Marsella. Diez años después, es trasladada a París, su ciudad natal, donde en su primera misión salva al gobernador Blanc. Este, además de ser el gobernador de la colonia francesa, es un agente de la N.I.A. (antigua C.I.A.), y descubre que La Belle, sin saberlo, es una híbrida del tipo más raro: hija de un alienígena y una mujer terrestre. Blanc intenta retenerla para sus experimentos, revelando que su padre sigue vivo y es un senador de la Alianza Alienígena en la barrera del ecuador.
Emmanuelle logra escapar en busca de su padre, utilizando armas y medios no convencionales, con la ayuda de su equipo y de un joven que vive al otro lado del mundo.
A través de diversas vicisitudes, Emmanuelle atravesará Francia, España y el desierto del Sahara hasta llegar a la barrera, donde descubrirá que su padre ya no es el hombre que recordaba, sino un villano aliado con la N.I.A. Pero será allí donde descubrirá que su sangre tiene el poder de salvar a toda la humanidad.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2025

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LAS CRÓNICAS DE LA BELLE
La involución de la especie
por Alessandro Cadoni
Traducción de Victor Manuel Alva Coras
THE CHRONICLES OF LA BELLE©copyright 2018
Todos los nombres comerciales mencionados en este libro pertenecen a sus respectivos propietarios legítimos.
Notas del autor:
Si no hubiera estímulos, si no hubiera emociones, la vida podría ser plana o incluso inútil, pero a veces hay demasiados estímulos, demasiados pensamientos que nos trastornan y emociones que a veces pueden traducirse de una manera inesperada.
La vida es extraña y, a veces, un evento fortuito, en apariencia insignificante, puede incluso cambiar su curso.
¿Quién soy? Además de decirles mi nombre, no lo sé, pero puedo decirles quién o, mejor dicho, qué no soy.
Como en el pasado no fui cantante, pero con el rap encontré la manera de gritar al mundo mis pensamientos y hacer tangibles mis palabras, hoy de la misma manera no soy escritor, pero soy una persona que escribe porque de este modo hago realidad mis sueños, mis pensamientos, mis fantasías y mis miedos.
No soy obrero, pero lo he sido durante muchos años, lo hago para vivir. Mi trabajo es por turnos e implica despertarme a las 3:00 de la mañana durante semanas enteras o pasar noches en vela, a menudo se bromea sobre estos horarios, porque tal vez hay muchas cosas que hacer incluso después de un turno de noche, y entonces uno se toma el turno siguiente en condiciones desastrosas porque ha descansado poco o nada.
¡Banalidades!
Sí, estoy de acuerdo, pero yo de mi vida banal saco inspiración para mis historias, que quiero compartir con ustedes.
Bienvenidos a este nuevo viaje, mi segunda novela.
Buena lectura.
LAS CRÓNICAS DE LA BELLE
La involución de la especie
por Alessandro Cadoni
Prólogo
En la década de 2050 (2050-2059 D.C.) se descubrió que los alienígenas habían habitado nuestro planeta durante siglos, la opinión pública quedó conmocionada, pero los jefes de estado buscaron sacar provecho de la situación, mientras que quienes estaban al mando de los mayores ejércitos del planeta o de los servicios secretos más importantes, lo vieron como un arma que, si no estaba en sus manos, podría convertirse en un problema o, peor aún, en una amenaza, ya que las invenciones más innovadoras en los campos científico, tecnológico y bélico, fueron atribuidas precisamente a los alienígenas.
La verdad era que después del G.G.C. (the Great Genetic Control – Gran Control Genético), se catalogaron, en una gran base de datos mundial, los ADN de todas las personas de origen extraterrestre, pero muchas, es más, la mayoría de ellas no sabían ni siquiera que lo eran, porque sus antepasados lo habían mantenido en secreto; al igual que había permanecido en secreto el lugar de donde venían y cómo habían llegado a nuestro planeta.
Comenzaron a surgir nuevas diferencias raciales, y junto con el currículum vitae, la gente, para poder trabajar, tenía que mostrar también la certificación de su ADN. Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, los beneficiados fueron precisamente los alienígenas, quienes asumían roles cada vez más prestigiosos debido a sus supuestas capacidades intelectuales superiores a las humanas, mientras que los humanos eran cada vez más marginados y relegados a trabajos más humildes y mal pagados.
Los atentados terroristas de tipo religioso y racial aumentaron exponencialmente, haciendo imposible asistir a eventos culturales, deportivos y musicales, tanto que fueron declarados ilegales en casi todo el planeta; también se prohibieron todos los cultos religiosos. Esto sucedió en 2087 cuando, en una reunión conjunta entre el Papa, el Ayatolá, el Dalai Lama, el Patriarca Ortodoxo y el Gran Rabino de Israel, una explosión puso fin a sus vidas, desatando una ola de violencia incontrolable.
Hasta el año 2100, internet también fue cerrado, quedando en uso solo para fines militares y el intercambio de datos para transacciones de criptomonedas.
En el desesperado intento de apoderarse de las mejores mentes extraterrestres presentes en la Tierra, los estados iniciaron una nueva guerra fría que en marzo de 2097 desembocó en la tercera guerra mundial. El conflicto duró 3 años, pero se desarrolló de la peor manera; después de pocos meses de bombardeos en varias partes del planeta, el conflicto se transformó en una guerra bacteriológica y virológica, ya que los alienígenas no quisieron aliarse con nadie excepto entre ellos mismos. Se intentó exterminarlos, pero los alienígenas resultaron inmunes a todo tipo de enfermedad, bacteria y virus existente.
En medio de esa mezcla de virus esparcidos por el planeta, a la que muchos llamaron "el caldo viral", nació el peor de todos: el virus Apocalipsis.
Este virus penetraba en el sistema nervioso causando una regresión cerebral del huésped, hasta alcanzar un estado mental desprovisto de razón, que era completamente sustituido por el instinto de matar.
Partiendo de la obsoleta teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin, que comenzaba con el Homo Habilis, pasaba por el Homo Erectus y llegaba hasta el Homo Sapiens, los científicos anunciaron el virus Apocalipsis como el declive de la evolución, es decir, una verdadera involución de la especie humana. Quienes se enfermaban a causa de este virus eran llamados Homo Zed (o Homo Z).
El virus Apocalipsis diezmó la población humana del hemisferio norte, causando nuevas divisiones políticas.
A pesar de que durante el conflicto Rusia parecía tener ventaja, una alianza entre Estados Unidos, Europa Occidental, China y Corea, dio un golpe final que obligó a Rusia a rendirse.
Todos los países del hemisferio norte se unieron y se convirtieron en los U.S.N.H. (United States of the Northern Hemisphere – Estados Unidos del Hemisferio Boreal), aunque, a pesar del nombre, los que antes eran "estados" ahora eran colonias de la unión y tenían su centro en Washington
Finalmente, pero solo después de que el mundo quedó reducido a escombros, el Movimiento Popular para la Defensa de la Vida ascendió al gobierno.
Al sur del ecuador, la otra mitad del planeta se convirtió en los C.S.S.H. (Confederate States of the Southern Hemisphere – Estados Confederados del Hemisferio Austral) con tres capitales conjuntas: Johannesburgo en Sudáfrica, Buenos Aires en Argentina y Canberra en Australia.
Mientras tanto, los alienígenas se organizaron política y militarmente, formando la Alianza Alienígena.
Cuando se descubrió que el virus Apocalipsis no contagiaba a las personas al sur del ecuador, hubo un verdadero éxodo; los refugiados se dirigían al sur por cientos de miles, tanto que los C.S.S.H., en acuerdo con la Alianza Alienígena, levantaron muros de división a lo largo de toda la línea del ecuador, llamada la Barrera, y controles estrictos por mar. Una tecnología alienígena impedía el lanzamiento de satélites por parte de los U.S.N.H., y el mundo quedó dividido en dos.
Capítulo 1
El Despertar
Francia, colonia de los U.S.N.H.
Una extraña luz casi me cegaba, quería cerrar los párpados, pero no podía, y luego oscuridad.
Otra vez esa luz, detrás de ella me pareció ver el rostro de alguien que parecía hablarme.
Las voces eran amortiguadas, las palabras indistinguibles, tal vez lograba captar alguna, pero ahora no recuerdo.
Estrujé los ojos con fuerza y pude distinguir la pequeña linterna de metal satinado que esa mano seguía apuntando a mis ojos.
“¿Me escuchas?” decía esa voz, “¿Puedes entender lo que estoy diciendo?”
La persona que hablaba era un hombre con el cabello blanco, ojos celestes y vestía una especie de traje de trabajo gris con una identificación en el pecho.
“Sí” respondí. En ese momento me di cuenta de que mi voz era ronca y mi respiración agitada.
“Soy el doctor Lambért, ¿puedes decirme tu nombre?”
“Me llamo Emmanuelle” dije con dificultad.
Ese hombre continuó con las preguntas, “¿Recuerdas tu apellido?”
“Lab...” tosí. Dudé un momento, “La Belle. Me llamo Emmanuelle La Belle. ¿Dónde estoy?”
“¿No lo recuerdas?” dijo el doctor Lambért, “Intenta pensar un momento”.
“¿París? Nací en París. Vivo allí”.
“Sí, estamos en París”, dijo el doctor, quien finalmente dejó de apuntarme con la luz en los ojos.
Miré alrededor, sentía frío, había vapor en la habitación, muchos tubos y computadoras, y había una guardia armada cerca de la puerta. Era una mujer también vestida de gris con dos bandas negras que partían desde el hombro izquierdo y descendían por el frente hasta el interior de la bota. Tenía el cabello corto, con un corte masculino y llevaba un sombrero azul; la luz blanca entraba intensamente por la gran ventana, pero el sol estaba oculto por la niebla.
Al final de la calle que se veía desde la ventana se alzaba un castillo similar al de Disneyland, en realidad, era exactamente ese.
“¿Estamos en Disneyland?” pregunté sorprendida, mientras al mismo tiempo trataba de recordar, pero no lograba asociar nada que me conectara exactamente con ese lugar.
El doctor vaciló, se giró para echar un vistazo al castillo, luego se volvió hacia mí, levantó la mirada hacia alguien que estaba detrás de mí, como pidiendo permiso para hablar, luego volvió su mirada hacia mí y dijo: “Nos encontramos en el Instituto Criogénico La Croix De La Vie”.
En ese momento sentí un sobresalto dentro de mí, miles de voces y palabras llenaron mi mente, pero solo una pregunta surgió, “¿Dónde está mi madre?”
El doctor Lambért suspiró, se echó un poco hacia atrás en la silla giratoria como para dar espacio a otra persona.
Lo miré, mi expresión cambió, de interrogativa se transformó en una mezcla de desprecio y miedo.
Me miré y solo en ese momento noté que tenía correas que me sujetaban las muñecas y los tobillos a una silla, y agujas insertadas en mis brazos y piernas, conectadas a unos tubos que salían de una máquina. Estaba aterrada.
Desde detrás de mi silla sentí llegar a una persona, al pasar a mi lado vi que era una mujer también vestida con ese traje gris. No pude ver sus pies, pero pensé que debía llevar botas de tipo militar, a juzgar por el ruido que hacían; llevaba una identificación con una X azul y la inscripción “Institut Cryogénique La Croix De La Vie” pegada al traje en el lado izquierdo del pecho.
Se acercó frente a mí, era una mujer hermosa, con el cabello negro no muy largo, ojos marrón oscuro y piel muy pálida, como si nunca hubiera visto un rayo de sol. Luego miré mis propios brazos y me di cuenta de que mi piel era aún más pálida que la suya, casi gris. El doctor Lambért se levantó, dejando su lugar a esa mujer que, con una sonrisa y una expresión reconfortante, se dirigió a mí, “Hola Emmanuelle, bienvenida al despertar”.
La miré, mi tensión disminuyó, volví a mirar al doctor Lambért que estaba de pie detrás de ella con las manos detrás de la espalda.
Luego, la mujer continuó, “Soy Adèle Martin, trabajo para el gobierno, soy la directora de este instituto, soy médico criogénico, ¿sabes lo que significa?”
“Sí, hacen mucha publicidad en la televisión. Prometen a la gente enferma encontrarles una cura dentro de cien años”.
Adèle esbozó una sonrisa, “¿Cuáles son las últimas cosas que recuerdas?”
“Estaba con mi madre. Ella estaba enferma”, abrí los ojos de par en par, “¿le ha pasado algo?”
La doctora Adèle quitó esa sonrisa de su rostro, “¿Recuerdas la tercera guerra mundial?”
“¿Por qué no quiere responder? ¿Dónde está mi madre? ¿Está bien? ¿Le ha pasado algo malo? ¿Qué tiene que ver la tercera guerra mundial? ¡Yo ni siquiera había nacido! ¿Está contenta? ¿Dónde está mi madre?”
La doctora suspiró, “¿En qué año naciste?”
Resoplé. Me giré para mirar el suelo. Esperé unos segundos antes de responder, “2110”.
“¿Cuántos años tienes ahora?”
“15”.
La doctora siguió con las preguntas, “¿Sabes qué es el Apocalipsis?”
“Sí”, respondí con voz baja y cansada, “es una enfermedad que surgió hace cuatro o cinco años, vuelve a los hombres locos”.
La doctora Adèle Martin intervino, “El primer caso conocido data de 2120. Ahora a los enfermos de Apocalipsis se les llama “Homo Zeta” o...”
La interrumpí con una mirada llena de rabia, “No me interesa”, luego pregunté, pronunciando bien las palabras, “¿Dónde está mi madre?”
La doctora Martin me tomó la mano, emitiendo un largo suspiro oculto tras una tierna pero dolorosa sonrisa temblorosa, “No debes temer, aquí estás a salvo, te contaré todo. Pero primero...”, se giró hacia el doctor Lambért, “Bertrand, ¿puedes quitarle todos los catéteres y desatarla, por favor?”
“Claro, doctora Martin”, respondió con una sonrisa.
El doctor Lambért se acercó y comenzó a quitarme uno a uno los tubos de plástico que tenía insertados en brazos y piernas, “Son solo soluciones de vitaminas, proteínas y fluidificantes para la sangre que sirven para evitar trombosis o embolias. Las correas eran solo por tu seguridad, nunca se sabe qué reacciones puede tener una persona al despertar”.
Terminó de desatarme, pero me sentía sin fuerzas.
“Ahora estarás débil por unos días, es normal, pero en poco tiempo te recuperarás al 100%”, dijo el doctor Lambért mientras se alejaba.
Adèle volvió a mi lado, me tomó suavemente las manos, sus ojos se humedecieron, “Nunca es fácil decirlo”, dijo, “especialmente a una chica tan joven como tú”.
Respiró hondo.
Yo no respiré en absoluto.
Me centró los ojos con su mirada triste, “Tu madre, Marie, contrajo el Apocalipsis”.
“¡No!” grité con todas las fuerzas que tenía en la garganta, que eran realmente pocas.
Y otra vez, “¡Nooo!” usé todas las fuerzas que tenía en el cuerpo, pero fue más una sílaba dicha con jadeos que un verdadero grito.
Lloré, sollozé, pero no salieron lágrimas, tal vez no estaba lo suficientemente hidratada como para producir lágrimas.
“¿Dónde está ahora?” pregunté con voz rota.
“Ya no está”, respondió la doctora con aire compasivo.
“¿Por qué no me lo dijo?”
“Porque de lo contrario le habrías impedido hacer lo que hizo”, respondió Adèle.
Abrí los ojos de par en par esperando una explicación.
“¿Sabes cómo se contrae el virus y qué sucede después?” La doctora no esperó mi respuesta y continuó, “Se contagia por la sangre, basta con que una gota llegue a las mucosas, como en la boca, los ojos o una herida, y tienes el 100% de probabilidades de haber contraído el virus. Hay unas 24 horas de incubación y los primeros síntomas se sienten después de 48 horas: vómitos y ardor en los ojos, la esclerótica del globo ocular se vuelve amarilla como cuando se contrae la hepatitis. Desde la aparición de los primeros síntomas, en poco menos de dos horas se pierde totalmente la razón”.
Mientras la doctora hablaba, cerré los ojos e intenté imaginar el rostro de mi madre, hermosa y sonriente.
Mientras la doctora hablaba, cerré los ojos e intenté imaginar el rostro de mi madre, hermosa y sonriente.
Levanté la mirada y con voz calma pregunté, “¿Qué significa eso? ¿Estuvo aquí hoy?”
La doctora suspiró, “No, Emmanuelle. Los costos para este tipo de procedimientos son muy elevados, es más, diría prohibitivos para la mayoría de la población. Por eso, el gobierno de los Estados Boreales del Hemisferio Norte ha concedido a los jóvenes de entre 15 y 20 años la posibilidad de ser criogenizados por un máximo de 20 años a cambio de un reclutamiento obligatorio en el ejército gubernamental por un período de 10 años. Hoy es el 28 de julio de 2145”.
Rimé sin aliento por un instante, “¿He estado congelada durante veinte años?”
“Sí. Tu madre no quería que te quedaras sola, así que te confió a nosotros con la esperanza de que, en ausencia de familiares, el ejército se haría cargo de ti. Y que en el transcurso de estos veinte años alguien encontrara una cura y despertaras en un mundo mejor” respondió Adèle.
“Pero eso no sucedió” añadí.
“Así es, no sucedió” confirmó Adèle.
“¿Cuántos años tengo ahora?”
La doctora dijo con tono tranquilizador (en la medida en que podía ser tranquilizador en ese contexto), “Sigues teniendo 15 años, la criogenización se registra en el censo y no se cuenta ese período”.
“¿Mi... madre?”
“Cerré los ojos con fuerza y crucé los brazos sobre el pecho, como si eso pudiera ayudarme a mantener la imagen de mi madre grabada en mi mente, junto con todo el dolor en mi corazón. No quería perder ni la más mínima parte de ese dolor que formaba parte de todo lo que me quedaba de ella, ni siquiera tenía una lápida sobre la cual llorar.
Capítulo 2
La Recluta
La tarde de ese mismo día me dieron un uniforme gris con botas negras, me subieron a un vehículo blindado del ejército de los U.S.N.H. (United States of the Northern Hemisphere), luego a un viejo tren Hyperloop de Tesla que en menos de media hora me llevó al sur de Francia, y finalmente a otro vehículo blindado que me llevó al Centro de Entrenamiento de Reclutas de Marsella.
Desde el exterior parecía una prisión de máxima seguridad y quizá lo había sido en el pasado, pero ahora sobre la puerta de entrada había un gran cartel que decía: MARSEILLE RECRUITING TRAINING CENTER.
Miré al cielo, aunque estábamos mucho más al sur de París y a pesar de estar en pleno verano, el cielo siempre estaba cubierto por una capa homogénea de neblina que lo hacía blanco y no se podía ver el sol, como mucho, se podía entrever.
Desde el final de la guerra, el idioma oficial de todo el hemisferio norte era el inglés, pero en el oeste de lo que una vez se llamaba la Unión Europea, especialmente las personas mayores aún hablaban su idioma de origen, incluso mi madre siempre me hablaba en francés.
Aunque para mí había sido ayer, en realidad habían pasado veinte años desde la última vez que escuché la voz de mi madre, cuanto más lo comprendía, más difícil era aceptarlo.
El enorme portón se cerró detrás del vehículo blindado, me hicieron bajar, dos guardias con uniforme gris se acercaron, uno estaba armado, el otro tenía un escáner médico biométrico en la mano, servía para realizar otro examen diagnóstico y para comprobar que no hubiera agentes patógenos en mi cuerpo, incluido el virus Apocalipsis.
Me llevaron a una sala con un escritorio y una computadora antigua que aún funcionaba con teclado físico y no holográfico, entró un chico con una carpeta digital en la mano, me miró, no debía tener más que un par de años más que yo, le daría dieciocho.
“¿Hoy solo una recluta?”
“Sí, señor” respondió uno de los guardias.
“Bien” dijo el chico dirigiéndose al guardia que me había acompañado.
Luego se dirigió a mí, “¿Código de registro?”
No sabía de qué estaba hablando, luego intervino el guardia, “Es un contrato gubernamental, señor”.
“¡Ah! Entiendo” dijo el chico, que seguía siendo llamado señor, “así que eres un regalito del pasado. ¿De qué año vienes, 2140? ¿2035 tal vez?”
“’25” respondí, “2125”.
“El máximo contrato, felicidades. ¿Qué hiciste?” dijo el chico.
“Mi madre se enfermó y firmó un contrato con el gobierno”.
“¿Apocalipsis?”
“Sí”.
El chico hizo una mueca acompañada de un suspiro, “C’est la vie. También mis padres y mis dos hermanos mayores se contagiaron”.
“Lo... lo siento” dije.
El chico se quedó un momento absorto en la carpeta digital, “Sí”.
Luego levantó la vista hacia mí, me miró a los ojos, se acercó y en voz baja dijo: “Me pidieron que los matara a todos antes de que se manifestara la peor parte de la enfermedad”.
”¡Oh, rayos!” exclamé..
Él hizo otra mueca. ”¡Agua pasada!”.
Se acercó extendiendo la mano. ”Soy el Sargento Mayor Rousseau. Alain Rousseau, pero de ahora en adelante puedes llamarme simplemente señor”.
Eché la cabeza hacia atrás y abrí los ojos de par en par, luego dije: ”Sí, señor”.
“Perfecto, así estamos bien. ¿Nombre?... ¿Tu nombre?”.
“Emmanuelle. Emmanuelle La Belle”.
Él hizo otra mueca, pero esta vez fue una de complacencia. ”Nunca hubo un nombre más apropiado”.
No dije nada.
“¿Edad?”.
“15”.
”Ok, ahora haré que me envíen tu expediente completo desde el Instituto Criogénico. ¿Doux Sommeil o La Croix de la Vie?”.
“La Croix”, respondí. ”¿Puedo hacer una pregunta?... ¿Señor?”.
”Adelante”, dijo casi con indiferencia mientras llenaba el formulario. ”Aquí está tu expediente”.
”¿Cuándo podré recoger mis cosas de la casa de mi madre en París?”.
Alain levantó las cejas y luego siguió su mirada. ”Lo siento, pero ahora eres propiedad del gobierno por los próximos diez años y también tu casa ha pasado a ser propiedad del gobierno. Así funciona cuando no tienes más parientes vivos”.
“Pero mi padre no está muerto”.
”¿Estás segura? Aquí consta una denuncia de desaparición en 2117 y nunca más se supo de él, han pasado casi treinta años. Hazme caso, con el Apocalipsis rondando... debes aceptarlo. Ahora te acompañarán a la vestimenta donde te darán lo necesario y luego a tu alojamiento. Te advierto que esto no es un cuartel femenino, así que nada de coqueteos, ¿entendido?”.
Asentí con la cabeza. ”Sí, señor, entendido”.
“¡Ah!” dijo el Sargento Mayor Rousseau como si estuviera olvidando algo. ”Lo siento por tu hermoso cabello castaño, aquí está prohibido llevar el cabello largo”.
Luego se dirigió al guardia. ”Llévala también con el italiano”.
Por un momento me sobresalté, luego decidí preguntar. ”¿Quién es el italiano?”.
”No entendí la pregunta, ¿puedes repetir?” dijo frunciendo el ceño.
Entendí dónde estaba fallando. ”Disculpe, señor. Solo preguntaba quién es el italiano, señor”.
”Aprendes rápido”, dijo complacido. ”No te preocupes, el italiano es solo el barbero”.
”Vamos”, dijo el guardia extendiendo la mano para tomar el expediente que le estaba entregando el Sargento Mayor.
Me guió y yo lo seguí. La primera parada fue con el italiano.
Toqué la puerta.
”Adelante”, dijo una voz.
Entré y vi a un soldado sentado en la silla del barbero con los pies apoyados en el lavamanos, manos cruzadas detrás de la nuca y un visor VR en la cara.
“Un momento”, dijo el soldado, ”estoy viendo las noticias del frente con el Ecuador. ¡Wow! Hoy hubo una masacre”.
“Hay una recluta”, dijo el guardia, ”apúrate, debo volver a la puerta”.
”¡Aquí estoy! ¡Cuánta prisa!” dijo el soldado levantándose de la silla. ”Entonces, ¿a quién tenemos aquí? Oh, qué bella joven. ¿Cómo te llamas?”.
“Emmanuelle”.
“Adelante, siéntate Emmanuelle”, dijo el soldado mientras sacaba una capa blanca de un cajón. Me la puso alrededor del cuello sacando el cabello. ”Emmanuelle, ¿y luego?”.
”La Belle”.
”¡Wow! ¡Ese sí que es un apellido! Desde hoy te llamaré La Belle. Yo soy Tony el peluquero, pero todos me llaman el italiano. ¿Qué corte hacemos?”.
No tuve tiempo de abrir la boca que ya estaba usando la máquina de cortar al nivel más bajo.
Cuando terminó, me miré al espejo, apenas pude contener las lágrimas.
”¡Listo! Diría que es una obra maestra”, me quitó la capa del cuello. ”La Belle, nos vemos pronto, recuerda venir a darle un repaso al menos una vez por semana, afuera está el tablero de citas”.
”Ok”, respondí.
Nos detuvimos frente a una puerta con cerradura de escaneo de retina, encima estaba escrito “DEPARTAMENTO BIOMÉDICO”, el guardia acercó su rostro al escáner, un lector láser se activó y la puerta se abrió.
“¿Qué debemos hacer aquí?” pregunté temerosa, aunque sabía que no tenía opción y que cualquier cosa a la que me sometiera no podría rechazarla.
”Aquí te harán el implante del chip para los Créditos de Vida”, dijo el guardia mientras cruzábamos la puerta.
”¿De qué se trata?” pregunté.
En ese momento apareció el médico del departamento. ”Hola Wolf, ¿a quién tenemos?”.
”Buenos días, doctor. Necesitamos un chip, aquí está el expediente”, dijo entregando el formulario que le había dado el Sargento Mayor Rousseau.
Wolf se volvió hacia mí. ”El chip sirve para todo. En los últimos veinte años, muchas cosas han cambiado. Con el incremento de la automatización, el desempleo global alcanzó niveles comprometedores para la supervivencia de gran parte de la población…”.
Mientras tanto, el doctor preparaba una jeringa con una aguja grande que contenía una pequeña, pero no tan pequeña, cápsula con el chip adentro.
Wolf continuó hablando. ”…la pobreza había llegado a un nivel inverosímil. Llegó el virus Apocalipsis que diezmó la población de muchas grandes ciudades. Luego ocurrió lo de los alienígenas”.
“¿Qué?” estaba intrigada.
”La Alianza Alienígena y el hecho de que casi todos se trasladaron al sur del planeta. Con la llegada al poder del gobierno del Movimiento Popular por la Defensa de la Vida en los E.E.U.N.H. (Estados Unidos del Hemisferio Norte), el parlamento decidió que todo esto debía cambiar. Se instituyó el Crédito de Vida, es decir, el derecho a un crédito mensual que supere el umbral de pobreza, utilizable desde el nacimiento con ajustes anuales basados en las necesidades reales de cada individuo. Las criptomonedas fueron prohibidas, su continua fluctuación de valor se había convertido en un negocio para las multinacionales y los bancos, pero sucedía con demasiada frecuencia que las criptomonedas más accesibles desaparecían en el aire, dejando a los ciudadanos comunes en la ruina y elevando exponencialmente la criminalidad…”
Mientras tanto, el doctor comenzó a desinfectar el dorso de mi mano izquierda entre el pulgar y el índice. ”Dolerá un poco”, dijo mientras ya me estaba inyectando el chip.
”¡Ah!” apreté los dientes.
”Con este chip tienes derecho a los Créditos de Vida a partir de hoy, además del salario gubernamental que se te acreditará mientras prestes servicio. Pero no podrás gastar ni un crédito hasta alcanzar la mayoría de edad, a menos que tengas un tutor legal, pero me parece que no. De todas formas, no debes preocuparte, el ejército te proporcionará todo lo que necesites”.
Luego puso mi mano bajo una especie de láser, presionó un botón, sentí un ligero ardor y vi que en la posición del chip ahora había tatuado un código QR. En este punto, vendó mi mano. ”Una firma aquí y puedes irte. Si necesitas la enfermería, aquí siempre hay alguien de servicio. Si te sientes mal dentro del edificio y estás sola, solo debes llegar a uno de los botones amarillos que se encuentran al inicio de cada pasillo o tramo de escaleras. El chip transmite tu ubicación gracias a un sistema de radio de baja frecuencia que solo funciona en tierra firme y solo en los estados del hemisferio boreal. Llevan años sin intentar lanzar un satélite al espacio porque es constantemente derribado por el ejército del Sur. Estas son las instrucciones, hay poco que recordar. Encima está tu número de matrícula 30012017, que también corresponde al número del chip. Debes aprenderlo de memoria y no olvidarlo nunca, muchos se lo tatúan, de hecho, prácticamente todos. Ok, ahora eres libre de irte”.
”Gracias, doctor”.
”Soy el doctor Hamilton”.
Me ofreció la mano, se la estreché. ”Emmanuelle La Belle”.
Él asintió.
Salimos.
Wolf retomó la conversación. ”…ahora la pobreza ya no existe y si encuentras un trabajo, también puedes permitirte lo superfluo”.
“Recuerdo la Alianza Alienígena, se hablaba de ella desde que era pequeña”.
”Sí”, continuó Wolf, ”solo que ahora ha crecido y tiene su propio ejército. Defienden la línea de frontera del Ecuador. La gente quiere escapar al sur del planeta, a pesar de que en el norte se garantiza a todos una vida más que digna, porque todos tienen miedo del contagio y no se sabe por qué, en el hemisferio sur nunca se ha registrado un caso de Apocalipsis”.
Dejó de caminar y se giró hacia mí. ”Pero, quien no muere por el contagio, muere intentando cruzar la frontera”.
Me quedé inmóvil mirándolo, pensando que debía decirme algo más.
Wolf levantó la mano izquierda señalando otra puerta. ”Hemos llegado”.
Leí el letrero en la puerta: "VESTIMENTA".
Entré. Cinco minutos después, salí con un saco enorme lleno de cosas: uniformes, sábanas, zapatillas deportivas, cepillo de dientes e incluso diferentes tipos de productos de higiene femenina. Era tan pesado que apenas podía arrastrarlo.
Llegamos a un amplio espacio dentro del edificio, el techo era muy alto, a los lados, lo que antes eran las celdas de la prisión, se elevaban por cuatro pisos y se accedía a ellas a través de pasarelas que sobresalían del muro perimetral interior. Las celdas habían sido acondicionadas como habitaciones individuales para las reclutas, las rejas habían sido reemplazadas por paredes de yeso y puertas corredizas que se abrían acercando la mano con el chip a un lector magnético.
“Esto es La Place o la “Plaza””, dijo Wolf.
”Aquí se hacen las asambleas y a menudo también el entrenamiento. Aquello de allí es la tienda”, dijo señalando con el dedo una sala al otro lado de la “Plaza”. ”Allí puedes conseguir champú, pasta de dientes y todo lo que necesites, pero no más de uno cada dos semanas, así que raciona tus cosas si no quieres empezar a oler como una cabra. También hay refrescos, pero nada de alcohol dentro del cuartel. Tienes derecho a un paquete de cigarrillos al día, te recomiendo que los tomes aunque no fumes, puedes usarlos como moneda de cambio, por ejemplo, si te quedas sin gel de baño antes de tiempo; hay quienes prefieren oler mal antes que quedarse sin cigarrillos”.
Se detuvo frente a un escritorio similar a los de la escuela, detrás estaba sentada una mujer de unos treinta años, un poco robusta, con el cabello rubio platino de longitud estándar militar. Estaba de espaldas charlando con otras dos chicas: una era de color, mientras que la otra era blanca con algunas pecas sobre la nariz y tenía el cabello rojo, ambas mostraban cuerpos atléticos bien esculpidos.
“Una de ellas dijo: “Tienes visitas, Lisa”.
Y la otra: “¡Wow, Wolf, qué guapo estás!”.
“Hola, Lisa, ella es Emmanuelle La Belle, recluta 30012017. Te la dejo a tu cargo”, dijo él mientras ponía la carpeta digital sobre el escritorio.
“Está bien, Wolf. ¿Qué harás esta noche? ¿Nos tomamos algo en la ciudadela?” dijo Lisa con una sonrisa maliciosa.
“Lo siento, pero no esta noche, Lisa. Tengo turno en la carraia”, respondió Wolf sin inmutarse.
“Está bien, hasta la próxima”, dijo Lisa.
Wolf me miró y dijo: “Estás en buenas manos, haz lo que te diga.”
“Está bien”.
Cuando me giré hacia Lisa, vi que tanto ella como sus dos amigas inclinaban la cabeza hacia un lado y miraban con mucha atención el trasero de Wolf mientras se alejaba. Permanecieron así hasta que él dobló en el pasillo de la izquierda, luego, entre risitas, se chocaron las manos.