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En las aventuras de Max en las Crónicas de Leyendario: Heraldo, la leyenda del elegido continúan después de intentar dar aviso a su región.Max, junto con Morgana, Darust y Orión, se dirigen al puerto naviero Blasus con el fin de conseguir una nave que los lleve a la Atlántida, hogar de Morgana. Sin embargo, en el trascurso de su viaje ambos se separan y cada uno toma rumbos diferentes. Max es llevado a las profundidades de Océanus donde deberá enfrentar peligros que amenazan su vida y lo obligarán a demostrar por qué fue el elegido de Diano; mientras, Morgana, junto con los demás compañeros tratará de descubrir quién intenta usurpar el trono de la Atlántida y a su vez evitar el peligro que amenaza su destrucción. Ambos intentarán reunirse mientras Lord Andalexus viaja por la región Gales para hacer un trato con Soortes, maestro de la moneda, y formar una nueva alianza.¿Lograrán Max y Morgana reencontrarse de nuevo y continuar juntos su viaje?
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Seitenzahl: 838
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Las crónicas de Leyendario
Atlántida
Reino de cristales
Alejandro M. Ledesma Herrera
Copyright © 2019 Alejandro M. Ledesma Herrera
Safe creative: 2304274160506
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Aviso legal: Este libro está protegido por derechos de autor. El solo para uso personal. No puede modificar, distribuir, vender, usar, citar o parafrasear ninguna parte o el contenido de este libro sin el consentimiento del autor.
Todos los derechos reservados.
ISBN: 978-607-29-5352-9
ISBN Obra Completa: 978-607-29-5131-0
Dedico este libro a mi familia por estar a mi lado en los momentos difíciles y sobre todo en los más felices de mi vida.
A mi editor y amigo, Javier Prado Brabata, quien me enseñó con su taller "Atrévete a escribir" y con sus instrucciones a mejorar mi redacción, y sobre todo a realizar la corrección de estilo de esta novela.
Para entender la verdad debes comprender primero la mentira
Antes de comenzar debiste leer la entrega anterior para poder entender la historia.
1er. libro
Las crónicas de Leyendario: Heraldo, Las antiguas Guerras
Max, un joven Erudito, tiene la tarea de restaurar su mundo al liberar a Lord Andalexus, un ser maligno y poderoso causante de una gran guerra y ahora, libre de nuevo, intentará retomar sus planes de conquistar el mundo de Diano. La tarea de Max será capturar los “atributos” –pequeños contenedores con singulares poderes que le ayudarán a detenerlo– y que a su vez le servirán para enfrentar a los “Arcanos”, los poderosos y antiguos seres que se encargarán de juzgarlo para determinar si es Leyendario el auténtico Elegido. Ardua labor por la que enfrentará a poderosos enemigos que intentarán detenerlo y contará con aliados que lo acompañarán en su viaje para lograr reestablecer la libertad, la esperanza y la paz en todo Diano.
¿Logrará Max detener los planes de Lord Andalexus y advertir a las demás regiones de su regreso?
(Si ya lo has hecho, puedes continuar)
Nota: Los números entre paréntesis indican el orden correspondiente de los capítulos en el libro anterior.
Prólogo
Capítulo 1 (Cap18) El alzarse de un rey
Capítulo 2 (Cap19) Blasus, el cuerpo comercial
Capítulo 3 (Cap20) Una visita al mercado
Capítulo 4 (Cap21) un pequeño tropiezo
Capítulo 5 (Cap22) Habilis
Capítulo 6 (Cap23) Héroes y ladrones
Capítulo 7 (Cap24) En el muelle más lejano
Capítulo 8 (Cap25) El Leviatán
Capítulo 9 (Cap26) La batalla en el mar azul
Capítulo 10 (Cap27) Pacto de bestia
Capítulo 11 (Cap28) La forja del imperio
Capítulo 12 (Cap29) Los diez reyes
Capítulo 13 (Cap30) Bienvenido a mi reino de cristales
Capítulo 14 (Cap31) El Arcano de los mares
Capítulo 15 (Cap32) Un acuerdo, una alianza
Capítulo 16 (Cap33) Elegido para gobernar
Capítulo 17 (Cap34) Remcapú
Capítulo 18 (Cap35) Garido, El cristal de luz
Capítulo 19 (Cap36) Damnati
Capítulo 20 (Cap37) En la prisión de los condenados
Capítulo 21 (Cap38) Soortes, maestro de monedas
Capítulo 22 (Cap39) En la oscuridad del laberinto
Capítulo 23 (Cap40) El dios de los mares
Capítulo 24 (Cap41) Elegido para gobernar
Capítulo 25 (Cap42) El camino del Elegido
Epílogo
Glosario
Historia de los atributos
Historia de los Atenicos
Acerca del autor
Sinopsis
—¿A dónde me llevan? —preguntó Max a las doncellas mientras se apoyaba contra la burbuja, pero no recibió respuesta.
En eso, pasaron unos corales y, sorprendido, vio algo que nunca había visto: un palacio con altas columnas dentro del cual cientos de criaturas nadaban y se perdían entre sus paredes; desde lo alto, estas criaturas producían sombras que dejaban todo en una profunda oscuridad. Un momento después, Max se encontraba en el interior de aquel palacio de grandes paredes cubiertas de corales, donde pequeñas criaturas de los mares posaron sus miradas sobre él.
Pasó poco tiempo para que llegara a un gran salón donde fue asentado en un pedestal. Una gigantesca mancha en el fondo del lugar se encontraba presente, y Max pensó que solo era un efecto de la escasa luz, hasta que vio algo pequeño brillar de color dorado. Se dio cuenta que era una criatura oculta en las sombras que levantó su cuerpo y agitó la arena. Vio primero un brazo tan grande que lo confundió con una de las columnas. Una poderosa garra asentó batiendo la arena hasta cubrirle parcialmente. Entre la cortina de arena dejó ver su largo cuello, moviéndolo, y su cabeza coronada con escamas. La vio mover su hocico y mostrar una hilera de afilados dientes que parecían espadas. Vio cómo agitaba su cola y rodearle como si intentara evitar que escapara. Se sintió indefenso dentro de la burbuja, como si fuera un prisionero sin escapatoria del terrible destino que se imaginó sufriría en cuanto le viera.
—¿Qué debo hacer? —se preguntó al verlo y ver las escamas de su pecho resplandecer en dorado. —¿Qué puedo hacer? —volvió a preguntarse al divisar a lo que se enfrentaría si hacían contacto sus miradas —¡Lucharé! —se dijo, con esperanza e intención de prepararse para lo que ocurriera. —De ser devorado le causaré más de un dolor en el estómago —dijo al momento que las gemas de sus manos resplandecieron y un símbolo apareció brillando con un rojo fuego.
Sintió vibrar el suelo y pensó por un instante que su esfera se reventaría en cualquier momento y sería aplastado por el agua antes de poder hacer algo para defenderse.
El hocico de la criatura se acercó tanto que pudo ver los orificios de su nariz, y como si lo hiciera en la superficie aspiró como si intentara captar su olor. Abrió el hocicó y lo primero que Max vio fueron los colmillos y pensó en lo que haría la pequeña punta de cualquiera de ellos si rozara su pequeña capsula. Notó la enorme y larga lengua bifurcada como la de una serpiente.
—¡Mira lo que trajo la marea! —dijo la voz de la criatura que entendía y hablaba— Así que tú eres Leyendario, el elegido al que debo de juzgar —dijo nuevamente mientras le señaló con su larga garra a unos cuantos metros de su jaula y soltando grandes risas.
—¿Quién es usted? —preguntó Max con miedo al principio, para enseguida ponerse firme frente a la criatura que le hablaba como un igual.
—¡Oh! Mis disculpas, joven —dijo— es solo que no pude resistir reírme; es que nunca imaginé que un ser como tú fuera el elegido; creí que serias otro tipo de ser; tal vez un humano; o quizás un ángel; pero… ¿un Erudito? —dijo con una voz imponente, y luego volvió a reírse a carcajadas mientras salían burbujas de su boca.
—Perdone usted, pero, ¿qué tiene de malo que yo sea un Erudito? —dijo Max molesto al mirarlo fijamente y con el entrecejo fruncido.
—Mil perdones, mi pequeño joven —volvió a dirigirse a Max— es sólo que nunca esperé que un ser dedicado al conocimiento le gustara este trabajo. ¡Es extraño! Como verás, cada una de las razas se encarga de alguna disciplina y pues, los Eruditos, son seres que les gusta aprender y guardar el conocimiento; y el ver frente a mí al que es el elegido, es realmente para sorprenderse.
—Aún no me has respondido quién eres —preguntó nuevamente Max, dirigiéndose enfadado a la criatura.
El alzarse de un rey
Un vimana descendió a gran velocidad sobre una montaña estrellándose al tocar la superficie rocosa y produciendo una enorme explosión. Dos ejércitos colisionaron entre sí. Militer se enfrentaban con espadas y diversos hechizos. Cientos de muertos y montículos de cadáveres se apilaban conforme la batalla se alargaba. En el cielo criaturas aladas y de otras clases se enfrentaban en duelo a muerte.
En la colina más alta, Lord Andalexus, sentado junto a sus generales de mayor rango, miraba un mapa con sus tropas al frente mientras el enemigo numeroso se dirigía a su encuentro. Una doncella de cabellera larga, esbelta figura con tiara y vestido provocador en purpura y blanco, parada a su costado, observaba silenciosa y con interés el combate. Vio a lo lejos una explosión y se asombró cuando a un costado dos vimanas se cruzaron como barcos de guerra atacándose entre sí hasta ver caer a uno en una gigantesca explosión y al otro dirigirse a enfrentar a otros tres a la distancia.
—La batalla se pone difícil maestro Andalexus —dijo la doncella algo melancólica al ver a los militer caer por las espadas y los cañones de los vimanas de menor tamaño.
—Estos son los últimos brotes de rebeldes que existen en la región. Cuando estos caigan el control de la región será absoluto.
—¡Nuestros aliados caen, maestro! Aunque nuestro ejército es numeroso no están aún en condiciones de pelear; están cansados después de tantos combates. Si continúa así perderemos territorios conquistados.
Lord Andalexus se levantó de su asiento y dio un paso al frente. Vio el combate y los mapas de los territorios conquistados. Pensó por un momento y estaba seguro de no ceder lo que ya había conseguido. Sin voltear a verlos notó a dos generales levantarse rápido de sus asientos. (Uno al que le habían servido una copa de vino la tiró y vio con esmero el combate)
—Nuestras fuerzas están retrocediendo —dijo enojado el general al ver al enemigo dominar el combate—. A este paso caerán, maestro Andalexus. Debemos enviar las reservas.
—Lo que ves son las reservas —le respondió un general al otro—. Este combate se vuelve más complicado de lo que hubiéramos esperado. Si no hacemos algo las tropas y los territorios que hemos obtenido los perderemos en un instante.
—Basta de pláticas. Iré yo mismo a animar a las tropas.
El general de inmediato con un movimiento de mano creó una espada de luz y al instante aparecieron unos grandes anillos dorados en sus piernas que lentamente lo hicieron levitar por el cielo.
—¡Mantén tu lugar, Zifer Itzamná! No es tú momento. No aún.
—Mi Lord, debemos pelear. De lo contrario…
—¡Sé bien lo que ocurrirá! —aclaró con voz queda Lord Andalexus—. Pero esta batalla es mía.
—Maestro, no pensará en ir… Aún no están sus poderes completamente recuperados.
Lord Andalexus lo miró por un momento y después dijo sonriendo:
—Por el contrario. Nunca he estado mejor. El poder fluye a través de mí —dijo al mirar sus dedos y ver cómo la energía empezaba a recorrer por todo su cuerpo. Lentamente empezó a elevarse y a flotar en el aire. Sus prendas se ondeaban con la brisa y sintió el olor de la sangre mezclada con cenizas. Notó a cientos de militer verle volar y las armas enemigas le apuntaron cuando lo reconocieron. Vio a lo lejos a varios vimanas cambiar de dirección y dirigirse a su encuentro con los cañones preparados al responder con un ataque. Extendió el brazo colocándose en medio de los ataques y vio a un vimana hacer el primer lanzamiento. Recibió el impacto con la palma descubierta desintegrándose por completo. Otros vimanas trataron de impactar sus tiros sobre él y ninguno alcanzó a darle. En cuanto el humo se disipó y los cañones cesaron sus actividades en ambas manos formó dos esferas de energía que brillaron como soles. Calculó la distancia entre cada vimana y tan pronto extendió los brazos nuevamente lanzó un poderoso disparo contra cada uno. Estallaron en el aire y se estrellaron al impactarse por los costados. Destruyó a otro al lanzar un poderoso rayo y dirigió lo que quedaba del vimana sobre el ejército enemigo hasta verlo arder.
Descendió con violencia al suelo hasta quedar arrodillado y luego se levantó con lentitud. Miró al ejercito enemigo acercársele. Se concentró de nuevo en la batalla mientras respiraba agitado por el esfuerzo. Se secó el sudor con la mano y después se preparó al ver al enemigo al frente. Una esfera negra apareció a su lado y sacó del interior su espada que blandió contra el primero que se le puso al frente hasta verlo caer a su costado. Al siguiente en acercársele le dio muerte cuando su espada golpeó el casco, y enfrentó a tres más con un rápido movimiento. Aventó su espada al frente hasta verla incrustarse en el pecho del enemigo, y con un movimiento de su mano extendió un látigo que brillaba en azul eléctrico, para recuperarla y ondearla contra las tropas enemigas. Al frente vio cómo se acercaba el enemigo, y en cuanto recuperó su espada la asentó en el suelo y descansó ambas manos en la burladera. Aspiró profundo y después sintió la tierra temblar. Vio al ejército contrario acercarse y en seguida sus tropas pasaron a su costado para ir contra el enemigo.
«Las tropas están de nuevo motivadas —pensó por un momento mientras respiraba para recuperar el aliento—. Es momento de que esto concluya de una buena vez.»
Se dio la vuelta lentamente y vio a la doncella que antes le acompañaba; ésta se le acercó con una cantimplora que le entregó. La aceptó y sació su sed hasta derramar el resto del contenido en su frente.
—Está débil, maestro. Ha usado mucho de su poder —dijo la doncella al tomar su brazo y verlo entre sus hombros.
Lord Andalexus la soltó con suavidad y le entregó la cantimplora. Le agarró el antebrazo y con un salto largo ambos regresaron a la colina donde vio a sus generales mirarle con asombro cuando se encontraba entre ellos.
—Dile a las tropas que avancen y envía a aquellos que aún puedan luchar. Que los últimos rebeldes de la región caigan. Captura a los Zifer responsables de esta atrocidad y a los demás tómenlos como prisioneros.
—Sí, maestro —dijo la doncella y efectuó una reverencia mientras se retiraba y se unía a la batalla. Al instante apareció una espada de energía en su mano.
—Mi Lord —dijo uno de los generales al verlo regresar y guardar su espada en una esfera negra —las tropas están…
—Motivadas. Las tropas recuperaron lo que les hacía falta. Nunca les obligaré a hacer algo que yo no haría y no estaría dispuesto a realizar. La prioridad ahora es detener a aquellos que dividen nuestra región. Que tus tropas avancen. Necesitamos terminar esto de una vez.
La batalla continuó y cientos de muertos más surgieron.
♦♦♦
En el palacio de Lord Andalexus se celebraba la victoria obtenida. Sus Zifer y los militer brindaban y se divertían contando sus encuentros y cómo algunos estuvieron a punto de morir degollados. Lord Andalexus miraba a sus súbditos celebrar mientras el festín se repartía entre sus invitados. Miró el fondo de su copa por unos instantes y se vio reflejado hasta ser interrumpido cuando un general se paró junto a él. Efectuó una reverencia antes de volver a incorporarse por completo.
—Lord Andalexus, lo tenemos listo. Dé la orden y lo traeremos.
—No, Zifer Fergus —le respondió y un momento después bebió el resto de la copa antes de continuar –Haremos un pequeño cambio en los planes. Vamos. Sígame.
—Maestro, pero…
Lord Andalexus se retiró de la celebración. Notó como sus invitados percibieron que se retiraba y lentamente la música se disipó en el aire con un sonido melancólico. Los murmullos dieron comienzo mientras lo veían retirarse del lugar. La doncella de cabello largo se acercó a los músicos y dio órdenes de continuar. Inmediatamente se pusieron a tocar mientras la celebración continuaba y eran agasajados con grandes platos colmados de delicias.
♦♦♦
Lord Andalexus caminó entre los grandes pasillos del palacio seguido por sus Zifer y la doncella de cabello negro. Durante un largo rato sólo los escuchó murmurar como si trataran de averiguar qué era lo que pensaba, a diferencia de su acompañante que con la mirada baja y las manos juntas hacia adelante le seguía.
Bajó escaleras y caminó por pasillos húmedos y poco iluminados hasta que llegó a la entrada donde dos militer se movieron de sus lugares y le permitieron pasar. Tan pronto vio el lugar notó que era medianamente más iluminado y el aire era añejo. Vio cientos de celdas en un camino largo que se perdía en medio de la oscuridad, donde escuchó lamentos y murmullos de cientos de prisioneros quejándose con palabras impronunciables y en variados lenguajes.
—Maestro, no debería estar en este lugar. No son dignos estos prisioneros de verlo.
—No estamos aquí para que me admiren, Zifer Itzamná. Vinimos para interrogarlo y averiguar qué fue lo que ocurrió.
—Sí, mi Lord. Mis disculpas —aclaró Itzamná con vehemencia —Está por aquí. Si usted gusta seguirme lo llevaré a su celda.
Mientras caminaba observó las celdas y a cada uno de los prisioneros que albergaban. Vio a varios tan delgados que estaban casi en los huesos y a otros recostados con las miradas tan perdidas que parecían muertos.
—¿Estos prisioneros por qué están en este lugar? —indagó y se detuvo un momento al ver a varios de estos sacar las manos como si pidieran algo —No parecen los que participaron en la reciente batalla; es más, parecen llevar mucho tiempo en este lugar.
—Muchos de estos fueron enviados por Econuco durante su reinado, maestro Andalexus —dijo el Zifer Aetius con voz pausada—. Algunos se revelaron a su mandato y fueron traídos a este lugar; otros son simples prisioneros que pagan diversas condenas.
Lord Andalexus pensó por un momento antes de responder; miró de un lado a otro a los prisioneros y después se dirigió a su general.
—Si es así, quiero que sean revisados sus casos. Uno por uno. Quiero un equipo encargado de llevar a cabo esta tarea.
—Pero maestro, ellos son prisioneros. Sus vidas ya no valen nada —dijo, y cuando vio el rostro de su maestro tan serio sintió un escalofrió recorrerle por toda la espalda, en especial cuando vio emanar un poder oscuro alrededor de su cuerpo —Sí, maestro, revisaré cada uno de sus casos personalmente.
—Quiero que caso por caso sea revisado y que cada uno tenga un juicio. Aquellos que fueron sentenciados por Econuco, deseo saber cuáles fueron sus crímenes.
Continuó su recorrido, y momentos después llegó a una celda poco iluminada donde un ser en medio del lugar se ejercitaba levantando su cuerpo recostado en el suelo.
—Deja de hacer eso, Lakkar —exclamó un Zifer al golpear la celda.
—2,345… 2,346… 2,347… 2,348… 2,349… 2,350 —dijo Lakkar, mientras se detenía y lentamente se incorporaba. Estaba medio desnudo y se acomodaba nuevamente para hacer otra actividad —Qué gran honor —dijo al ver a Lord Andalexus mientras se colocaba en su ventana y levantaba las piernas—. A qué debo que el mismísimo Andalexus esté en mi… aposento.
—¡Insolente! —dijo el Zifer Itzamná quien rápidamente había creado una esfera de energía para estirarla y dirigirla a su cuello, tomándolo y ahogando su aliento mientras acercaba su cuerpo a las barras hasta estrellarlo.
Lord Andalexus detuvo a Itzamná mientras lo ahogaba. Cayó al suelo con un fuerte aporreón mientras jadeaba con dificultad.
—Lakkar, ¿sabes la razón por la que estás aquí, ¿verdad? —Indagó Andalexus con serenidad.
—Sí —dijo con dificultad el preso mientras se sobaba el cuello y recobraba el aliento —Escapé del combate. Logré escapar de la estación flotante de Tesla. Huí del Zafer, quiero decir, del Zifer Vespasiano.
—Huiste de tu Zifer. Debiste apoyarlo —agregó Andalexus.
—Él estaba obsesionado… Obsesionado en complacerlo. Realizó muchos actos que son poco honorables. Mató a inocentes y destruyó vidas con el fin de complacerlo.
—¿Qué fue lo que ocurrió en la estación flotante? —indagó Andalexus con el fin de conocer un poco más de lo ocurrido. Recordó por un momento la información que le proporcionó Tesla a la muerte de Vespasiano y los daños que sufrió la estación durante el escape del elegido.
Vio a Lakkar secarse el sudor de la frente que le caía entre los ojos y pensar por un momento antes de responder.
—El maestro Vespasiano nos guio a Heraldo con el fin de buscar a los responsables de su atentado. Pero todo fue una mentira. No había culpables. Ni responsables. Él mismo fue el responsable de implantar la evidencia e hizo todo lo posible por obtener la misión de capturar al elegido y todo por fines personales. Pero creo que eso usted ya lo sabía, ¿verdad?
Lord Andalexus no dijo nada. Lo miraba sin parpadear mientras sus dos generales aún miraban con sospecha a Lakkar.
—Cuando se enteró que Tesla estaba en la cercanía dañó intencionalmente los motores del vimana obligándonos a buscar ayuda de él. Sabía bien de la habilidad de los Eruditos para encontrar a sus propios familiares, por lo que decidió buscar asilo en la propia estación. Pero Tesla se negó a ayudarlo, como era de esperarse. Se comprometió a reparar el vimana que utilicé para regresar. Cuando capturaron al muchacho y lo recompensaron fue donde enloqueció por el poder. No dudaría que fuera capaz de traicionarlo en su momento. Cuando el elegido escapó supe de inmediato que él le haría frente en la menor oportunidad y fue entonces cuando vi sus habilidades; no esperaba que un joven como él tuviera esas grandes dotes. Peleaba al mismo nivel que Vespasiano. Tanto con la espada como con hechizos. Podía ver un gran poder fluir a través de él. Uno que es equiparable al suyo, mi Lord Andalexus. Cuando vi que la batalla se tornaba desigual abandoné a Vespasiano. Estaba obsesionado, mi señor. No podía seguir a alguien que ya había perdido el rumbo y la visión de su objetivo.
—¿Cuál es ese objetivo, si puedo saberlo? —exclamó con interés Andalexus y vio a Lakkar tomarse su tiempo en responderle.
—Servirle, mi Lord. Con usted guiándonos lograremos unificar las regiones y alcanzar el poder. Le ofrezco mis servicios y le aseguro que los cumpliré. Si traicioné a Vespasiano fue por perder ese rumbo, pero a usted le ofrezco mis servicios y mi lealtad. Cumpliré cualquier tarea que me mande y la llevaré a cabo sin importar el tiempo que me tome.
—¿En verdad eso piensas? —indagó con sospecha cuando lo vio arrodillarse a sus pies.
—¡Traidor! —dijo el Zifer Aetius junto a él— Harías lo que fuera con tal de salvar tu vida.
Lakkar bajó la cabeza y asentó las manos en el suelo.
—Yo le serviré a usted, Lord Andalexus —dijo e ignoró al Zifer— Si ha de ejecutarme, que así sea. Nuestras leyes son claras y no tengo miedo a morir si con eso demuestro lo tan comprometido que estoy con sus ideas. Haga su juicio, mi Lord, que aceptaré la decisión que usted tome.
—Permítame, mi señor —dijo Itzamná al momento que una espada de luz apareció en su mano y ya apuntaba al cuello de Lakkar—. No manche sus manos con la sangre de traidores; permítanos a nosotros cumplir esa tarea.
Lord Andalexus lo miró con desconfianza. Vio a su Zifer con la espada en mano abrir la celda, entrar y colocarse a su costado.
—Muy bien, Lakkar. Como gustes. Zifer Aetius, ¡hazte a un lado! Daré mi veredicto en este momento.
—Mi Lord, usted… —antes de que pudiera decir algo, notó la mano de Andalexus moverse y efectuar un ademan indicándole que aguardara.
Lakkar aguardó y vio la sombra de Andalexus cubrirle. Se sentó y dejó descansar las manos sobre sus piernas y con los ojos cerrados en espera de su sentencia.
—Te libero en este momento, Lakkar. Desde ahora me servirás y formarás parte de mi ejército. Cumplirás mis tareas y responderás y acudirás a mi llamado.
—Maestro Andalexus. ¡¿Usted…?! —escuchó a un Zifer con tono enojado quejarse por la decisión que acaba de tomar.
—Letania —dijo al aire. Fue cuando avanzó hacia la doncella de larga cabellera entre sus Zifer que notó cómo quedaron asombrados al verla pasar—, desde hoy me servirás y morirás por mí o en batalla cuando ese momento llegue. —La doncella se paró junto a él al momento que señalaba las funciones de Lakkar, efectuó una pequeña reverencia y se colocó al costado de su maestro sin hacer el menor ruido— Letania, él será tu Zafer hasta que yo lo necesite. Lo vigilarás y a su vez él te servirá. Cualquier rastro de traición tienes permitido matarlo sin dudarlo y sin preguntarme.
—¿Lord Andalexus está de acuerdo en esto? —dijo un Zifer junto a él al intentar justificar con las manos que era una mala idea.
—Agradezco la oportunidad que me ofrece, maestro. Pero al igual que los Zifer que desean mi cabeza, debo morir. He matado a inocentes por seguir ciegamente las órdenes de Vespasiano y el traicionarle hace aún más grave mi crimen. Ningún guerrero que se respete hace eso. No soy un asesino a sangre fría.
—Si así lo prefieres seguiré tus deseos. Pero piensa esto: ¿cómo vas a servirme y demostrar tu lealtad si estás muerto?
Vio cómo Lakkar pensó su respuesta. Reflexionaba lo que le dijo y luego se incorporó hasta ver a la doncella a su costado.
—¿Qué es lo que desea de mí entonces, Lord Andalexus? —dijo incorporándose sin intentar verle a los ojos a su maestro.
—No, Lakkar —le interrumpió con suaves palabras—. ¿Qué es lo que tú puedes hacer por mí? —dijo con una pausa—. Ya tienen sus órdenes. Letania, encárgate de él.
Blasus, el puerto comercial
En una habitación oscura, Max miraba buscando la forma de distinguir su entorno sin poder hacerse más visible en el lugar. Pensó por un momento en su hermano y cómo era manipulado de alguna forma y que quizás había aprendido a mentir. Le parecía descabellada la idea y por momentos se decía: «un Erudito no puede mentir, es imposible». La sola idea de pensar que alguno había encontrado la forma de hacerlo le resultaba tonta; únicamente podían ignorar la pregunta y estaba en su propia decisión responder o no. Soñaba en lo que se había convertido y el legado que estaba formando, en especial al acordarse de la monumental estación que se deslizaba en el aire con forma de corazón negro, guiando a un grupo de seres de diferentes regiones. Miró de un lado a otro y escuchó en principio murmullos. Dirigió su mirada hacia donde los escuchaba con mayor fuerza hasta notar que el lugar se iluminó en una segunda sección donde los sonidos eran más claros, y fue cuando vio a su hermano sobre el barandal que no dejaba de mirarlo.
—Hermano —dijo al verlo—. Tesla, ¿en verdad esto quieres? ¿En verdad intentas entregarme a Lord Andalexus? ¿Cuál es el motivo? ¿Qué es lo que te está ofreciendo para que traiciones a tu propia familia?
No escuchó respuesta en Tesla y un silencio incómodo surgió en el lugar hasta que vio aparecer atrás de él a los X´s; a cada uno de ellos vio mostrar sonrisas de satisfacción. Le pareció extraño que tuvieran ese rostro, hasta que se dio cuenta de que estaba en desventaja al verse rodeado por cientos de autómatas, cuando sus luces se encendieron y vio al frente a Exis que con una espada en mano se preparaba para atacarlo.
Dio un paso atrás y de nuevo vio a su hermano que no reaccionó o dio orden alguna. Tan sólo lo miraba como si esperara hacerle algo. Intentó defenderse, y cuando hizo uso de la gema en su mano no hubo reacción. El cetro no apareció como esperaba que ocurriera y no podía escuchar a ningún atributo atrás de las orejas. Fue entonces cuando notó a Exis moverse y hacer el primer movimiento con el brazoespada e incrustárselo en el centro de su pecho.
—¡Hermano! —dijo en un último lamento hasta verlo desaparecer en la oscuridad y en un mar de sangre.
Se despertó abruptamente y al abrir los ojos un fuerte resplandor le cegó por un momento. Se cubrió y lentamente empezó a captar su entorno hasta recordar que se encontraba sobre una gran mano en forma de garra.
—Has despertado, Max —dijo Morgana al verlo abrir los ojos.
—Sí, he despertado —aclaró y se restregó los ojos hasta sentarse en su lugar—. Tuve un mal sueño, pero estoy bien ahora.
—¿Que soñabas? —indagó al escucharlo.
—Bueno, pues… —cuando iba a contar lo que había soñado prestó atención al entorno donde se encontraban. Se dio cuenta al ver en el horizonte un mar azul fundirse con el cielo y nubes vagabundas, blancas como algodones, ser movidas por una brisa salada que golpeó su cara, así como el cabello de Morgana que movió para poder ver mejor cuando le golpeó el rostro. Una sombra les cubrió por un momento, y vio a Orión batir las alas y perseguir pequeñas aves que cazaba hasta descender y posarse sobre el hombro de la máquina como si fuera un pajarito descansando por momentos para luego tomar impulso, adelantándoseles seguramente para confirmar que el camino era seguro.
El mecha bajó una pequeña pendiente y causó que Morgana y Max saltaran de su lugar.
—¡Lo siento! —gritó Darust desde el interior de la cabina, disculpándose al no avisarles con anticipación. Max notó aves y pequeños animales entre los árboles que corrían por la amenazante máquina y por el temblor que causaban sus pisadas.
—¿Estás bien, Morgana? —preguntó al ver que cayó sobre él y trató de incorporarla hasta ver que estaba bien.
—Sí —respondió—. Fue divertido.
—Mira —dijo y apuntó al frente—. Al fin Blasus: hemos llegado —dijo alegre, al mismo tiempo que recibía leves golpes del cabello plateado dificultándole ver, hasta que lo hizo a un lado para lograr apreciar la maravillosa ciudad cerca del mar junto a una gran estructura en la costa.
El mecha se detuvo con lentitud. Darust inicio el frenado y accionó algunos comandos dentro de la unidad. Agitó la cola por un momento pensando en su próximo movimiento mientras observaba a los muchachos. Abrió la cabina, se levantó de su asiento y observó al igual que ellos el lugar y sintió su pelaje moverse por un momento.
—Qué interesante —dijo al ver el lugar.
—Miren. Eso que ven allá es Flamus y la ciudad Blasus rodeada por baluartes construidos durante la guerra Melnut.
—¿Eso lo leíste en algún libro? —indagó Morgana al escuchar algo nuevo.
—En realidad es historia general que me contó mi hermano hace algún tiempo. Fue cuando la región Atlante y Heraldo estaban en guerra por los territorios marinos. Ahora hay paz en ambas regiones. Este lugar se volvió un puerto comercial muy importante desde hace más de diez mil años. Miren —dijo al momento que apuntó a los vimanas con forma de peces y mamíferos marinos, y a los distintos barcos provenir de varias regiones, como las naves Shide, a las que vio con sus característicos decorados en hojas doradas y vivos colores en tono hoja, y sus velas arcus que producían una delicada melodía mientras descendían hasta acariciar el mar. A la derecha pudo notar naves de los Econis y sus fortificados navíos construidos con rocas flotantes que asemejaban grandes globos. Se imaginó por un momento que tendrían, como había visto en algunos dibujos, grabados de varias de sus antiguas deidades y criaturas místicas. —Todos son guiados por el faro de la región que ilumina el mar Athanasius.
—¿Has estado alguna vez en este puerto, Max? —indagó Morgana con interés al mirar el mar y notar que sonreía mientras contaba todo lo que observaba. Le alegró, pues hacía mucho tiempo que no lo veía tan feliz.
—No —señaló Max un poco desanimado—, nunca llegué hasta este lugar. Blasón fue la ciudad más lejana que he visitado. Ésta para mí es nueva. Me parece interesante, en verdad.
—Sí, después de tanto tiempo conseguimos llegar —señaló Orión caminando en todo el brazo del mecha, manteniendo el equilibrio hasta llegar a la garra y ver a Max y a Morgana. Vio, al igual que ellos, la entrada.
Estaba feliz, lo notaban en su rostro, y la manera de expresarse era calmada; después de tanto tiempo ahora lo veían más relajado.
El mecha se movió de nuevo, arrodillándose, y bajó el brazo hasta el nivel del suelo. Max y los demás bajaron de la garra y escucharon un sonido que duró unos instantes hasta que dedujeron que eran las válvulas enfriándose. Miraron al pecho del Lycan y a Darust accionar algunos comandos hasta apagarlo por completo.
—Debemos detenernos aquí —exclamó firme en su decisión. Salió de la cabina y acechó como si buscara algo—. Tenemos que ocultarlo de momento antes de llegar a la ciudad.
—¿Por qué, Darust? ¿Qué ocurre? —indagó Morgana sorprendida por esa decisión imprevista.
—Es un mecha de batalla sin región o alguna forma de identificación, tomada a la fuerza de un vimana. El entrar a la ciudad como si nada alterará a los guardias e iniciaremos una batalla sin dudarlo. Debemos seguir a pie desde este punto y buscar un transporte —la cabina se cerró y dio un salto hasta llegar al suelo; se estiró un poco desde los brazos y las patas que ya se le habían entumecido, hasta terminar por sacudir la cola.
Max vio a los demás y analizaron la situación. Pensaron por un momento si era la decisión correcta y poco más de un instante comprendieron sus palabras. Sabían que el mecha se lo robó de Tesla desde la estación flotante y les ha servido hasta ahora para transportarlos.
«No podemos dejarlo —pensó Max—, posiblemente lo necesitaremos más adelante por si tuviéramos que enfrentarnos con algún mecha de mi hermano.»
«Llama mucho la atención —caviló Morgana al ver la inusual apariencia de lobo que tenía—. La única opción sería dejarlo, pero Darust no querrá. Nos podría ayudar por si enfrentamos algún peligro.»
«Necesitamos defendernos —examinó Orión—, la única manera es con esta máquina. Necesitamos llegar a Gaia, y si él puede ayudarnos conseguiremos llegar en una sola pieza.»
Todos accedieron con la cabeza al estar de acuerdo en conservarlo y encontrar la forma de llevarlo con ellos.
Darust accionó unos cuantos comandos a un costado de la pata y una proyección creó un bosque artificial hasta proteger la unidad por completo.
—Bien, con eso bastará; vendré por él cuándo hayamos conseguido un transporte. Por ahora debemos explorar el lugar —exclamó y sacó un pequeño paquete a un costado de la unidad.
—¡Bien! —afirmaron todos y emprendieron rumbo a las puertas más cercanas a la ciudad.
Por un rato estuvieron caminando, atravesaron el bosque y los matorrales. Max se percató de que el suelo era una pendiente y escarpado. De momentos se sujetaba a lo más cercano que encontraba. Trataba de ser lo más silencioso que podía y dudaba de si el bosque estaba vacío. Escuchaban a veces el sonido de algún animal y en ocasiones aves que piaban en alguna rama. Se percató que Darust y Orión afinaron sus oídos y movían las orejas en cada dirección, como si trataran de escuchar hasta el más sutil sonido.
Llegaron a un camino llano y notó las marcas de las ruedas de los vehículos y varias pisadas que iban en dirección a la ciudad y unas cuantas en sentido opuesto.
Acechó en un matorral y miró a un par de viajeros entrar por las puertas de la ciudad. Fue cuando vio pasar a algunos sobre sus carros tirados por los palalamus y a otros a pie llevando varias de sus pertenencias. A lo lejos vieron pasar a todo un regimiento de guardias de armaduras grises y capas blancas marchar hacia la ciudad hasta desaparecer en la entrada.
—¡Lo conseguimos! —exclamó Max feliz, y con ancha sonrisa de lado a lado del rostro llegó a la ciudad—. Llegamos por fin a Blasus. Una vez que hayamos atravesado las puertas conseguiremos un transporte y podremos ir a la Atlántida. ¡Vamos! ¡¿Quién me sigue?!
Dio un primer paso y un instante después cayó de espaldas. Al darse la vuelta vio a Darust tirar de sus ropas. Rápidamente se agachó y vio pasar a otro grupo de guardias salir de la ciudad. Morgana comenzó a revisarlo mientras Orión se puso en guardia sin agradarle lo que hizo. Mostró los colmillos y abrió un poco las alas. Miró con enojo al lobo que aún miraba al frente, sin prestarle atención.
—Darust, ¿por qué me tiraste? ¿Qué te ocurre? —preguntó Max irritado. Se sobó la cabeza y se quitó el polvo de la ropa.
Darust le pidió guardar silencio con la garra. Miró entre los matorrales y observó a los guardias desaparecer. Sacó al instante unos prismáticos y observó interesado el camino.
—No podemos pasar como si nada, Max —respondió Darust con voz firme. Miró fijamente el lugar. Puso en acto su habilidad de cazador.
Max escuchó a los viajeros pasar y a algunos logró entenderles. Otros hablaban de ellos al mencionar a una doncella de cabello de plata y a un león con el particular color rojo. Escuchó otro rumor que decía que Lord Andalexus daría una buena recompensa a quien conociera el paradero de un Erudito. Se percató de que Darust olfateaba el aire y arrugaba la nariz cada vez que recibía un olor nuevo.
—¿Por qué? ¿A qué se debe eso, Darust? —preguntó Morgana sin comprenderlo bien. Se ocultó cuando vio pasar a unos viajeros vestidos con togas largas, algo fúnebres, y tirar una carreta con una enorme caja.
Darust se dio la vuelta y le pasó los prismáticos a Max y señaló con su garra al frente.
—Nos pueden identificar —aclaró de nuevo.
—¿A qué se debe eso? Nadie aquí nos conoce —dijo Orión y miró con detenimiento el lugar. No vio nada sospechoso y tampoco distinguía algún olor extraño en el aire. Identificó los diferentes aromas y olfateó el olor del ultimo carro en pasar. Pudo sentir el aroma de diferentes esencias florales fundiéndose con el olor del agua de mar.
—No, no es por eso —exclamó al interrumpir su impaciencia—. Max, mira a través de los prismáticos y dime lo que ves en el costado de la puerta.
Max no comprendió de momento lo que decía. Vio a través de los prismáticos y reaccionó con sorpresa. Se percató de los diversos afiches por todo el baluarte, que cambiaban en diferentes lenguas con el símbolo Ascur en letras grandes. Trató de identificar a los que buscaban y cambió la lente de los prismáticos. Dudó por un momento en lo que veían sus ojos. Se los restregó y luego volvió a mirar. Vio uno de los dibujos y su asombro fue grande al ver la mirada penetrante de quien estaba retratado: los ojos ensombrecidos, el cabello alborotado y una sonrisa maliciosa. Le pareció tanto divertido como sorpresivo que aquel quien estaba dibujado era él con una apariencia algo descuidada. Intentó leer las letras que eran pequeñas a la distancia. Cambió de nuevo los lentes del prismático y leyó en voz alta el mensaje debajo de la foto. Allí estaba tanto la descripción y el motivo de su captura como la recompensa. Le sorprendió la gran suma de runas de oro que ofrecían; nunca se imaginó que algún día fuera un criminal y que ofrecieran cincuenta mil por él.
Pasó los prismáticos a Morgana y también vio un afiche de ella. La apariencia también lucia descuidada: su largo cabello de plata era negro, la mirada más fría y una sonrisa de demencia. Miró otro afiche cercano y vio a Orión, tan amenazante como se podía esperar de un felino, y diferente en algunos detalles como las franjas de su melena que eran negras y el color de su piel el de un león normal.
Miró la entrada y vio a varios guardias inspeccionar a cada viajero, quitándoles las capuchas para verlos mejor y hurgar en sus pertenencias, como si buscaran algo que se les perdió.
—¡Somos nosotros! —respondió.
Max miró a Morgana con asombro y luego a Orión. Pensó por un momento en cómo salir de esta nueva situación a la que se enfrentaban aun sin haber pisado la ciudad. En su cabeza surgieron diferentes pensamientos: regresar de inmediato y buscar algún otro puerto cercano donde pudieran conseguir algún transporte o usar a Illudere; pero usarlo tan seguido consumía demasiado poder y se corría el riesgo de que se agotara. Al momento buscó en su bolsa sin fondo y sacó el mapa en el suelo. Mostró en el mapa dónde se encontraban y apuntó a un pequeño espacio con una flama minúscula dibujada y una gran muralla rodeándole. Arrastró el dedo y continuó hasta un siguiente punto.
—Estamos aquí —dijo—. Flamus, si nos dirigimos a este lugar avanzando al sureste, ¿llegaremos a Cimera?. Nos tomará algunas semanas llegar, pero…
—No tenemos suficientes provisiones para el viaje —aclaró Morgana—. Se supone que al llegar a Flamus también nos servirían para abastecernos. Además, los barcos Atlantes no desembarcan en esas costas.
Por un momento pensaron en búsqueda de una solución viable.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Orión? Es el único puerto cercano a la región Atlante —indicó Max al mirarlo.
—¡¿Por qué me miras a mí como si yo tuviera la solución al problema?!—Aclaró y cambió rápidamente la expresión de su rostro, ahora confundido y acosado también por Morgana—. Yo solo puedo detectar los atributos cercanos. No es mi deber encargarme de resolver estos problemas; además, ninguno de los planes que tuvimos funciona correctamente como lo imaginamos.
Max y Morgana se miraron mutuamente. Dedujeron que tenía razón. Todos los planes que elaboraron con premeditación no resultaban conforme a lo esperado y siempre terminaban improvisando y saliendo adelante de pura suerte. Max pensó por un momento que desde que salieron de Telao han tenido muchos contratiempos en su viaje: batallas en la ciudad y en poblados, tener que escapar de la estación flotante más las luchas que tuvieron que librar con toda clase de criaturas.
—Quizás y estés en lo cierto, Orión, disculpa. Es que no sé cómo vamos a entrar a la ciudad sin causar sospechas —al pensar en la forma de ingresar de inmediato varias ideas se le ocurrieron: «entrar por la playa quizás y sería una buena idea», fue un primer pensamiento. «No», se respondió a sí mismo ocurriéndosele la posibilidad de que podría haber afiches por toda la metrópoli y mayor seguridad. «Entrar por el drenaje —fue otra idea» y negó con la cabeza rápidamente. —El olor sería difícil de soportar —volvió a responderse. «Saltar los baluartes sería una buena idea» Finalmente, concluyó. Se imaginó utilizar a Saltare y cruzar el baluarte sin que fueran vistos. Sería tan rápido como un saltamontes y nadie lo notaria.
Darust hurgaba en la bolsa que tomó del Lycan y sacó varias telas. Las pasó entre ellos, las extendieron en sus manos y después se colocó la tercera hasta cubrir por completo su cuerpo.
—Si queremos pasar sin problemas deberemos confiar un poco en la suerte. Pónganse esto y permitan que yo hable —exclamó al acechar entre los matorrales y afinó las orejas para escuchar el camino. No vio a nadie cruzar de momento por lo que consideró que era el momento ideal para salir.
Max se colocó las prendas y esperó que Darust tuviera razón. Se dio cuenta de que el plan no funcionaría del todo bien al notar a Orión y preguntarse cómo lo ocultarían.
—¿Cómo haremos para pasar a Orión? —indagó Morgana preocupada colocándole un momento después un collar, lo único que confirmaba tener dueño—. Aunque en la foto aparezca un león normal, tiene alas, ¿qué vamos a hacer? Nos descubrirán…
Orión se carcajeó por un instante; le pareció divertido el comentario tan inocente de Morgana. Al momento extendió sus alas elegantes y delicadas por encima de su cabeza, mismas que cubrieron el sol por un instante, y en un momento quedaron trasparentes para luego desaparecer.
Al ver Max lo ocurrido se sorprendió al verlo como un simple león rojo, únicamente con su melena blanca y sin sus alas blancas que desaparecieron en un parpadeo.
—Orión. ¿Qué ha sucedido con tus alas? —indagó Max al mirar su lomo y pasar su mano entre sus omóplatos al creer que eran invisibles. No las sentía como lo hubiera imaginado; ausentes por completo, como si nunca las hubiera tenido.
—¡Ja, ja, ja! —carcajeó divirtiéndose por un momento—. ¿Por qué te sorprendes, Max? Soy de Gaia; puedo hacer un escudo para protegerme, lanzar fuego y también puedo desaparecer mis alas cuando las áreas que ingreso son demasiado pequeñas. Ahora podemos pasar inadvertidos; claro si… el plan de Darust funciona —afirmó con un suspiro largo.
—Funcionará —exclamó Darust con seguridad—. Podremos pasar si hacen lo que les digo. ¡Vayamos! —agregó.
Max y los demás miraron una vez más de un lado a otro. Vieron pasar un carro tirado por dos grandes toros guiado por un anciano fortachón. Se colocaron atrás del carro al dar un salto. Se percataron de que el anciano acechó al escuchar las ramas moverse y volvió a sus asuntos al presionar a sus animales a continuar al agitar su látigo. La enorme carga que llevaba les favoreció al pasar inadvertidos, tal y como lo esperó. Caminaron atrás del carro y vieron las frutas que llevaban protegidas por una manta y con paso lento cuidaron su distancia. Cada paso los ponía más nerviosos. Acechaban y miraban de un lado a otro, y conforme más cerca se encontraban de la ciudad más carros y seres de diferentes regiones empezaban a concentrarse en la entrada.
Max admiró por un momento los grandes baluartes y el arco a cruzar. Miró el grabado en piedra en escritura de Erudito y en Atlante: «bienvenido a Blasus» decorado en azul, en honor y como un monumento más al finalizar la guerra Melnut para recordar la paz en las regiones.
Al llegar al cruce notó que los guardias vigilaban la entrada. A pocos metros, y al verlos bien, notó que eran de Xanur y que se encargaban de inspeccionar a cada viajero que cruzaba. También se dio cuenta de que empleaban un extraño aparato de energía que escaneaba a cada individuo que lo atravesaba. Y que los guardias revisaban las pertenencias hasta detenerse cuando no hallaban algo sospechoso.
Morgana estaba nerviosa. Le temblaban las manos bajo su prenda. Max se percató al momento y la tranquilizó al pasar su brazo a su espalda. Esperaba que Darust tuviera un plan adicional en caso de que éste no funcionara.
Miró al frente y se percató de que faltaban algunos individuos por cruzar. Trató de distraer su mente y miró por un momento a los afiches en la pared. Notó a muchos seres de diferentes razas y lugares pegados por todo lo ancho. Algunos eran tan antiguos que apenas lograba distinguir de quién se trataba. Notó el suyo y constató lo tosco que fue diseñado, y aunque no se parecía en totalidad, sabía que era él.
—Nunca imaginé que sería buscado como un criminal —se dijo a sí mismo y con desánimo—. Si mi padre viera esto, ignoro cómo reaccionaría. Es humillante; no es digno de un caballero—. Notó a otro de los afiches y vio a Orión, y otro más parecerse a Morgana.
Notó vio a Darust ser el primero en pasar y presentar unas credenciales. Los militer de inmediato miraron a sus acompañantes y dio instrucciones a otros guardias de permitirles el paso sin revisar. Luego vio a Darust hacer una señal con la cabeza y a Morgana que pasó rápido sin que repararan en ella y atravesó el costado del aparato. Se sintió más tranquilo cuando ya había cruzado hasta que un momento después escuchó a los militer hablar con su otro igual.
—¡Hey, ustedes! —exclamó deteniéndolos en su avance—. Su mascota, no se les olvide llevársela.
Al bajar la vista notó que Orión estaba parado en una esquina y leía el afiche del león buscado. Rápidamente Max lo tomó disculpándose. Tomó una cuerda que sacó de la bolsa sin fondo y la ató a su cuello para alejarse del guardia lo más rápido que podían. Varios metros avanzaron antes de perderlos, ocultándose en un callejón. Estaban alterados, se quitaron rápidamente las capuchas y trataron de calmarse. Esperaban no tener que llevar a cabo una situación semejante en otro momento.
—¡Les dije que funcionaría! —dijo Darust. Al mirar de un lado a otro la calle observó a varios Eruditos pasar sin que lo notaran. Varios guardias efectuaron su marcha perdiéndose a la distancia.
—¿Cómo lo hiciste, Darust? ¿Qué fue lo que le mostraste? —exclamó Max confundido cuando le vio al rostro. Darust se quitó la capucha y lo miró por un momento hasta mostrar una sonrisa.
—Soy un cazarrecompensas. Debo estar preparado para todo y eso incluye contar con las credenciales que me fueron entregadas en Xanadú. Aún tenía una misión más y era la búsqueda de dos hermanos y su mascota. Convenientemente ustedes coincidieron en esas características y fue como pasamos sin cuestionamientos, además de asegurar el paso del mecha.
—Pero, ¿por qué están vigilando los Xanur las puertas? ¿En dónde están las tropas de Heraldo?
—No lo sé —agregó—. No pregunté. Apenas salimos de manera conveniente de esa situación.
—Lo importante es que ya superamos este obstáculo. Lo que necesitamos es conseguir una nave y salir rápido de la región. Ya no estamos seguros en este lugar —dijo Max y luego agregó—. Debemos pensar nuestro próximo movimiento.
—Sí —dijo Darust y sacó sus prismáticos para ver el lugar—. La ciudad es vigilada, pero nada que no podamos controlar. Lo mejor es que ya pudimos pasar, así que debemos seguir adelante.
Max acechó la calle y escuchó a los transeúntes hablar. Por un momento prestó atención a las conversaciones; algunos hablaban de Xanadú y la reciente batalla que aconteció para que Lord Andalexus ganara el control total de la región.
—Hay mucho ruido —dijo Orión enojado—. Me cuesta un poco de trabajo acostumbrarme cada vez que llegamos a una ciudad.
—Lo sé, Orión —le respondió Max—. Pero lo importante es que llegamos. Nunca he estado en esta ciudad. Será interesante explorar este lugar. ¿No lo crees? —los miró por un momento y trató de ver sus expresiones.
Darust se acercó y miró al igual que Max el lugar, las calles y los altos edificios. Al fondo distinguió el mar y varias naves viajeras arribar en el puerto, las grandes velas de algunas naves y las detalladas corazas indicando su origen. Todo le resultaba pintoresco aun careciendo de la habilidad de distinguir colores.
—Es mejor que continuemos. Debemos buscar una nave que nos lleve a la Atlántida —exclamó iniciando la marcha. Se colocó de nuevo la capucha y con su garra les hizo la señal para continuar. Al instante notó que se pusieron de nuevo la capucha y le siguieron.
Max pensaba en Darust y sus habilidades como cazarrecompensas. Constantemente se reparaba en lo capaz que era en ayudarlos sacándolos de diferentes apuros. Su gran conocimiento y experiencia lo volvían un ser formidable al igual que interesante. Por un momento dudó de él cuando lo entregó a su hermano. Cuando los rescató y ofreció su vida para ayudarlo vio la verdad en sus ojos y pese a todo lo ocurrido aún le creía el hecho de no tener memoria. Confiaba en que con su ayuda conseguirían un transporte que los llevara directo a la Atlántida.
—Buscaré un transporte lo antes posible. Los esperaré cerca de los almacenes al medio día. Hasta entonces recomiendo que tengan cuidado, y si ven peligro, no duden en escapar —aclaró Darust y después se retiró del lugar.
Max vio alejarse a Darust y entremezclarse hasta verlo desaparecer. Esperaba que tuviera éxito y consiguiera alguna nave para poder salir de la región. Miró de nuevo y sintió curiosidad por conocer el lugar; como Erudito, el conocer estaba en su naturaleza.
—Debemos ver un poco más este sitio. ¿No lo creen? —dijo Max y aspiró profundo. Sintió el olor a pescado por donde pasaba su nariz, resultándole por momentos molesto.
—¡¿Explorar?! —indicó Orión con sorpresa—. Debemos…
—Sí. Será interesante —dijo Morgana algo desmotivada, colocándose a su costado.
—¿Acaso no piensan escucharme? ¡Rayos! —dijo enojado.
—Deberíamos…
—No —respondió Orión de inmediato—. Sugiero que busquemos un lugar seguro primero. Después actuaremos según las circunstancias. Vamos, síganme. Creo que vi los muelles en esta dirección. Necesitamos prepararnos, aún somos perseguidos por tu hermano y debemos tomar nuestras precauciones. Dime, ¿has sentido su presencia en este lugar?
Max se concentró e intentó sentir la presencia de su hermano como si tuviera una brújula en su interior. Nada. No sintió nada por ninguna dirección sin importar qué tanto se concentrara.
—No. No puedo sentirlo. Hay demasiada gente en este lugar, y aunque pudiera sería demasiado tarde para que podamos escapar.
Orión pensó por un momento y después comenzó a caminar.
—Será mejor que continuemos. Sin importar si está lejos o cerca debemos tener cuidado.
Max vio a Morgana y ambos lo siguieron por el lugar. Pensó de nuevo en su hermano y el porqué de su traición. Eran preguntas que al menos una vez al día regresaban a su mente.
♦♦♦
Una visita al mercado
Por un tiempo caminaron por la ciudad y atravesaron un mercado cercano. Tenían dificultades al pasar y les molestaba en momentos la insistencia de los vendedores por ofrecer sus mercancías.
—No gracias —decía Max cada vez que un vendedor se cruzaba para ofrecer sus productos—. No necesitamos de gelgelif ni tulés y mucho menos de meputs. Gracias. —dijo, y al momento observó a un ser con tentáculos en la boca tragarse por completo un pescado y molestar al vendedor quien dedujo que no le había pagado. Escuchó después a varios marinos cantar una canción a una doncella, exclamando: «mi tesoro, tu corazón… búscate otro puerto, amor donde encontrar calor… quiero ser tu capitán…»; la melodía le resultó alegre y notó que algunos tocando sus viles y arcus alegraban a los paseantes para pedir a cambio una runa por el favor.
—¿Cuánto por tu mascota, muchacho? —le dijo alguien a quien distinguió como un marinero al mostrarle un garfio en lugar de una mano.
—¡No está en venta! —dijo Max molesto.
—Max —le corrigió Morgana—, eso no fue muy amable.
—Lo siento —respondió—. Aún recuerdo cuando fuimos a aquel poblado e intentaron comprar a Orión. Me resulta molesto que me lo pregunten.
—No te debes preocupar por mí, Max —indicó Orión sin mirarlo—. Me parece en cierta manera halagador el que quieran tomar mi piel como un trofeo.
—¡Orión! —indicó Max con sorpresa al escucharlo decir eso. Miró a los marinos contar runas; no le pareció nada extraño hasta que se dio cuenta de que estaban apostando, y se percató de que dos terminaron por pelear hasta advertir que uno perdió un diente y otro salpicó con su sangre cuando cayó al suelo—. Deberías tener cuidado.
—Tú eres más transcendental que yo en esto. Al menos por ahora —aclaró.
Max no entendió esas palabras hasta que se le adelantó cuando dio la vuelta. Se dio cuenta de que llegaron a los almacenes donde vio varios barcos sacar grandes cajas e introducirlas dentro del lugar. Vio a lo lejos a unos barcos con forma de atún recoger sus redes.
—¡Mira! —dijo Morgana y apuntó a un barco— Es un London.
—¿Un London? —indagó Max, quien vio moverse a una nave con forma de tiburón por el mar y a los Atlantes manejarla—. He leído «barcos y naves del escritor Skiper, de ciudad Autokhthon de Atlántida». Los barcos que más me gustan tienen forma de delfín y hay uno con forma de lobo de mar que resulta interesante. Aún no deseas ir a tu región, ¿verdad?
Morgana bajó la cabeza y se sobó el brazo izquierdo por un momento sintiéndose culpable.
—No lo deseo, pero es por un bien mayor. Si Orión tiene razón, entonces debemos llegar y cruzar el mar tan rápido como podamos. Solo así podrá llevarte a Gaia.
—Morgana, debo saber qué es lo que temes tanto. Quizás y podemos ayudarte. Ya somos más los que podemos defenderte, de ser necesario. —acercó su brazo y lo puso en su hombro y con un movimiento suave intentó calmarla.
Morgana no dijo nada. Una fuerte corriente de aire le batió el cabello hondeándoselo. Tomó su cristal y lo miró por un momento para admirar los detalles de su joya. La acercó a su pecho y cerró los ojos abriéndolos nuevamente.
—Te lo diré, Max. Pero no ahora. Aún no es el momento.
Max la soltó y se sintió un poco decepcionado. No esperaba que le diera esa respuesta, en especial por todo lo que pasaron y vivieron hace un mes.
—Max —dijo Orión en voz alta—. Ven aquí. Debemos entrenar mientras esperamos.
—Iré en un momento —aclaró—. Siempre he confiado en ti, Morgana. No sé por qué dudas en confiarme tu secreto. Te ayudaré incluso aunque no me lo pidas. Soy tu amigo.
Max se retiró y estaba enojado. Enojado de no poder ayudarla e incluso de casi perderla por causa de Pyro. Aún le molestaba que no le dijera los motivos por abandonar su región. Trató de despejar su mente con cualquier otra cosa que lo mantuviera entretenido.
—¿Qué es lo que debo de hacer, Orión? —preguntó Max tan pronto lo tuvo frente a él. Notó que se daba un pequeño baño antes de empezar—. ¿Interrumpo algo? —indagó al verlo lamerse la pata.
—No —aclaró y se compuso hasta pararse—. Es necesario que practiques para mejorar tus habilidades, en especial cuando no sabemos los peligros a los que nos enfrentaremos. El prepararnos antes que el enemigo es la regla básica en la batalla.
—Bien —aclaró Max y miró al mar. Aspiró profundo y tiró de la gema de su mano con fuerza. El cetro apareció en mano y lo sostuvo en alto hasta ver cómo resplandeció con los rayos del sol. Miró por un momento las gemas y lo brillante que lucían. Aunque sabía que no eran de oro, resplandecían como si lo fueran y el cetro, aunque parecía pesado, era tan ligero como una pluma.
—¡Tienes que practicar más, Max! —exclamó Orión en cuanto lo vio estar listo para iniciar—. Mientras más practiques verás que podrás realizar con los atributos diversas maravillas que nunca imaginaste. Podrás combinarlos con los poderes de los Arcanos.
—¿Podré combinarlos? —sintió curiosidad en cómo hacerlo y con cuáles.
—Claro que podrás hacerlo. Por ejemplo: tu gusto por el atributo Xifos, claro ejemplo de una espada con el poder de Pyro, te permitirá hacer una espada de fuego capaz de arder sin consumirse. Capaz de levantar los ánimos de los caídos y hacer arder sus corazones de emoción y pasión. Considéralo. ¿No es algo que te gustaría hacer cuando estés en una verdadera batalla?
Max exhaló desanimado. No estaba tan alegre como esperaba Orión. Deseaba descansar de las extensas persecuciones y tomarse el día libre. Pensar en otra cosa que no tuviera relación con los atributos y despejar la mente de los secretos de Morgana. Miró al león que ya tenía puesta la mirada en él a menos de un pie. Se puso nervioso. No sabía qué responderle o si lo tomaría a mal. Aceptó, resultándole interesante, el poder hacer una espada de fuego. Se imaginaba sosteniendo a Xifos como un hábil esgrimista, y esa idea le agradó. Pensó en las diversas maneras que podría hacer al estocar e imponer mandobles.
—¡Me gustaría intentarlo de una vez! —afirmó con voz temblorosa e impaciente por empezar—. Ya tengo casi dominado el poder de Pyro; sería muy útil en caso de volver a enfrentarnos a los X’s o incluso al centauro y la gárgola. ¿No lo crees?
Orión lo miró firme como si aquello fuera una mala broma. Cerró los ojos y movió la cabeza de un lado a otro indignado por aquel comentario tan impulsivo. Se dio la vuelta y se sentó mirando al mar.
—¡El poder de Pyro no es fácil de controlar! Sus poderes son grandes. Como un animal hambriento, el fuego se esparce sin control consumiéndolo todo a su paso sin que nadie lo detenga. Yo he pasado mi vida tratando de controlar mis poderes y aun no sé si he conseguido llegar a mi límite. Por eso practico cada vez que puedo.
