3,99 €
Una fábula conmovedora en la que se ofrece una visión novedosa del viaje del héroe. Un viaje a contracorriente en el que no podrás dar nada por hecho... ¿Alguna vez deseaste vivir una gran aventura? ¿Te has preguntado de qué madera están hechos los héroes? Sumérgete junto a Gunter para atravesar la difícil senda de las aguas: desde los más bellos parajes del río hasta los más recónditos lugares del inmenso océano. Una travesía en la que hallarás grandes amigos…, aunque también te cruzarás con algún que otro adversario que pondrá a prueba tus conocimientos y habilidades. Este libro es una herramienta didáctica con la que trabajar la educación emocional y en valores, además de inspirar una conciencia y responsabilidad ambiental hacia los medios fluvial y marino. Pequeños y grandes se entusiasmarán y sensibilizarán sobre la vida allá abajo… en las profundidades de las aguas.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Alicia B. Torres Muñoz
© Alfonso F. Quero González
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17965-37-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
-
A nuestro hijo,
para que llegue a ser un buen pez.
PRÓLOGO
Todos estamos conectados… Formamos parte de un ciclo que raras veces se rompe, aunque a veces peligra, sobre todo por el descuido de los humanos. Somos eslabones de una gran cadena, unidos unos a otros firmemente, como lo están el río al mar y este al inmenso océano. El agua, en cualquiera de sus estados, es una energía que mantiene el equilibrio de todo nuestro mundo. Se trata de una entidad sensible, con vida propia, que marca el destino de los seres que habitan en su seno.
Prosperar en el río de la vida no es tarea sencilla. Para ello nadie nos prepara y raras veces nos previene, salvo que tengas la suerte de cruzarte en tu camino con un sabio mentor; sin embargo, también a base de tormentas, caídas desde saltos de agua, ataques de enemigos, colisiones contra rocas, y otros muchos reveses del destino, acabas aprendiendo.
Así que… no descuides tener una buena actitud ante las embestidas de la vida y un recto proceder en toda empresa que te propongas llevar a cabo. No arrolles a nadie en tu bajada del río, pues a la hora de subir puede ser que te los vuelvas a cruzar... Nunca sabes a quién podrías precisar...
Tampoco olvides que por encima de tus cincos sentidos hay otro... No, no se trata del sexto sentido del que todos hablan, sino del sentido del humor. Nunca pierdas la sonrisa y si es que lo haces, procura que no tarde demasiado en regresar a tu rostro.
No dejes de soñar. Lucha para que tus deseos se cumplan. No te rindas ni permitas que nadie te diga que no puedes lograrlos. Nada a contracorriente hasta alcanzar tu meta. Avanza con aplomo, no te detengas. No hay mayor energía que tu fuerza de voluntad, pues ella te puede llevar por caminos que parecían insondables.
Y, sobre todo, ama. Hazlo de forma apasionada, sin poner cotas, barreras ni límites. Solo los que así lo hacen consiguen progresar a través de la difícil senda del río.
Primera parteEL ENCUENTRO
-
—¡Señor Henry, se lo ruego, acabo de llegar y lo primero que he hecho ha sido venir a buscarlo! ¡Necesito respuestas!
De repente, vi como la cabeza de mi respetado amigo salía de su escondrijo. Hubiera dicho que era él, pues se parecía sobremanera, sin embargo...
—Lo siento, el señor Henry ya no vive aquí... ¿Precisas algo? —dijo la lechuza.
Aquella noticia me derrumbó, no podía ser, me mostraba incrédulo ante lo que estaba oyendo. ¡Eran tan similares…! Llegué a pensar por un instante si estaría siendo víctima de una pesada broma.
—¿Estás seguro de que no eres el señor Henry? —cuestioné, mientras formulaba la que quizá se acabaría convirtiendo en la pregunta más absurda de toda la historia.
—¿Cómo no voy a saber quién soy? ¡Qué cosas tienes! ¡Hasta ahí podíamos llegar, no conocer ni mi propio nombre!
—Lo lamento, pero he estado años esperando reencontrarme con él y ahora mira la situación... Mi gozo en un pozo.
—Quizá lo que veas como un contratiempo no sea más que una oportunidad. Mi padre decía que había que saber aprovechar todo lo que la vida te iba poniendo por delante y, ¿quién sabe…?, puede que nuestro encuentro no haya sido fruto de una casualidad.
—¿Tu padre? ¿Quién es tu padre?
—Debería haber empezado por ahí… Mi nombre es Roger y soy hijo de Henry.
Quedé conmocionado ante la noticia. Pensaba que los años solo habrían pasado para mí, y que los habitantes que moraban en el río seguirían ahí a mi vuelta, como si no tuvieran otra cosa que hacer que esperarme. ¡Qué iluso fui! Enseguida comprendí que el tiempo transcurría inexorablemente para todos por igual, sin hacer excepciones… Sentí la necesidad de continuar preguntando…
—¿Qué ha sido de tu padre?
—Partió hace un tiempo. Me reveló que iba hacia un bello lugar desde el que me podría contemplar y ayudar. Dijo que siempre estaría a mi lado, aunque no lo viera. Nuestros últimos años juntos los vivimos intensamente; me legó sus sabios consejos, pero estos eran tan solo una mínima parte del dilatado saber que había logrado atesorar a lo largo de su extensa vida. Para mi desgracia, no pudo acabar su tarea, ya que no tuvo ocasión de enseñármelo todo.
Entonces, sin saber muy bien qué hacer, caí en la cuenta de que aún no me había presentado y a ello me dispuse:
—Mi nombre es Gunter y hace unos años…
—No hace falta que continúes… —me interrumpió—. Ahora que me has revelado tu nombre sé quién eres… ¡No me lo puedo creer! ¡No consigo salir de mi asombro! ¿Eres tú de verdad? Mi padre me habló mucho sobre ti. Estaba convencido de que algún día vendrías a buscarlo. ¡Papá llevaba razón cuando me decía que creyera en los milagros! Mira si estaba seguro de ello que te dejó una tarea para cuando volvieses.
—¿A mí? ¿Es cierto lo que dices?
—Por supuesto. Insistió en que me narraras, con todo lujo de detalles, qué había sido de tu vida durante todos estos años y, además, me tranquilizó diciendo que te encargarías de completar mi aprendizaje. Gunter, tú me ilustrarás sobre los entresijos de la vida. Me explicarás todo lo que esta oculta. Estoy presto para escucharte.
—¿Tan loable misión me ha sido encargada? Nunca pensé que el señor Henry me tuviera en tan alta estima… ¡Acepto la encomienda!
»Una vez te muestre todo lo que he logrado aprender a lo largo de los años, el círculo estará cerrado y la voluntad de tu padre se habrá cumplido. Abre bien los oídos, pequeño Roger, porque este río guarda los más bellos tesoros que jamás puedas imaginar. Escucha con atención porque dispongo de poco tiempo y, además, no es de buena educación hacer esperar a una dama.
»Embargado por la emoción y en recuerdo a tu padre, al que tanto quise; en honor a las tantas y tantas historias que él mismo me contó cuando yo era joven, es por lo que, fiel a sus instrucciones, te brindo la oportunidad de que conozcas la mía. La aventura que te voy a relatar trata de un viaje cuando menos sorprendente; comenzó hace muchos años atrás, aquí, en este mismo sitio desde el que te estoy hablando. Y empieza así…
Segunda parteLA HISTORIA
ILos primeros coletazos
Nací en este río, un bonito día de primavera, hace ya algunos años. Ese momento queda ya muy lejano y los recuerdos que guardo de aquella época son pocos y borrosos. Conservo sobre todo sensaciones... Estas nunca se olvidan, pues quedan grabadas en nuestro interior, y es ahí donde permanecen aun después de haber pasado tanto tiempo.
Todavía rememoro vivazmente cuando me sentía prisionero dentro de un huevo, mientras empujaba con todas mis fuerzas para vencer mi encierro. Una vez este eclosionó, salí al exterior y moví mi diminuto cuerpo. Curiosamente no estaba solo… Me vi rodeado de otros muchos que eran muy parecidos a mí, aunque no conseguía verlos nítidamente.
Poco a poco, mis ojitos se fueron acostumbrando a la luz y pasé de vislumbrar el entorno a poder distinguirlo con claridad. Nuestro miedo a lo desconocido motivó que, unos a otros, comenzáramos a juntarnos sin siquiera conocernos… Por la noche nos acurrucábamos muy pegados y ello ayudaba a que pudiéramos dormir calentitos. Solíamos hacerlo escondidos entre las rocas o calados en el lecho de grava.
A menudo, se asomaban al agua unos largos y afilados dientes o algún que otro gran pico, lo cual nos provocaba auténtico pavor. También, allí guarecidos, sentíamos cómo el río a veces nos mecía de manera suave y otras de forma impetuosa. Este nunca se detenía, pues siempre estaba en movimiento.
Los peces adultos aprovechaban las corrientes para ir más rápido de un lugar a otro, en cambio, a nosotros, que por aquel entonces éramos tan poquita cosa, eso nos causaba mucho respeto. Ya llegaría el día en que pudiéramos montar en ellas…
Tenía pegado a mí, un saco de sabrosa comida que mamá dejó preparada para que, durante las primeras semanas, no pasara hambre. Estaba riquísima, notaba el cariño y esmero que mi madre había dedicado en cocinarla. Jamás olvidaré esos sabores que todavía hoy me recuerdan a ella, a pesar de no haberla visto nunca. No conocí a mis padres, pero me dijeron que fueron magníficos. De papá tampoco sé demasiado, únicamente que me parecía bastante a él y que tenía sus mismos ojos.
Aquel incómodo y pesado saco fue mermando y las reservas comenzaron a desaparecer. Mi estómago hacía ruidos extraños, supongo que de hambre.
Todos nos sentíamos igual. Fue así como la necesidad nos empujó a abandonar el que fue nuestro hogar durante las primeras semanas: las graveras. Emocionados, comenzamos a explorar el nuevo entorno. Por fin nadábamos libres; no nos costó mucho trabajo aprender, aunque quizá lo complicado no fuera nadar, sino saber en qué dirección había que hacerlo. Quedamos maravillados cuando salimos de nuestro escondrijo y pudimos ver el río en todo su esplendor. Sin duda, todo un mundo nos esperaba fuera…
De forma gradual, nuestros cuerpos también cambiaron; estábamos más estilizados, nos sentíamos ágiles y nos movíamos por el agua de forma más fluida.
Lo primero que decidimos hacer fue buscar alimento. Algunos peces adultos nos indicaron que comiéramos unos pequeños insectos o larvas que había por allí y, dada nuestra inexperiencia, solo pudimos hacer una cosa: confiar. Al principio resultaba algo repugnante, ya que me había acostumbrado a la suculenta comida de mamá, pero, con el tiempo, me familiaricé con los nuevos sabores.
Una vez teníamos los estómagos llenos, solo queríamos divertirnos. Solíamos jugar al escondite y lo pasábamos genial, hasta que… un día tuvimos que dejar de hacerlo, pues hubo una partida que no conseguimos acabar… Al menos, puedo afirmar que tuve la suerte y el honor de conocer al campeón «Inter-Ríos» de escondite; se llamaba Fred y mira si se escondió bien que todavía hoy continúan buscando al muy pillo.
Fue de esta manera como nuestra imaginación se puso en marcha, la dejamos volar y encontramos nuevos entretenimientos. Comenzamos a hacer carreras. Me encantaba competir y la verdad es que no se me daba del todo mal. Así conocí al que acabaría convirtiéndose en mi gran amigo Chimo; era rápido como él solo, no había quien le alcanzara y casi siempre ganaba. Era mucho mejor que yo, tengo que reconocerlo, pero eso no me importaba, ya que nunca alardeaba de ello, es más, muchas veces me daba consejos sobre cómo mover la cola y las aletas para poder ser más veloz. Se forjó un vínculo especial entre los dos y fue este, sin duda alguna, el origen de lo que sería una bonita amistad.
Más adelante me presentaron a Mina, era el pez capitán del equipo de animadoras. Estas iban a todas las carreras y ayudaban a que el ambiente fuera único. Coreaban canciones, hacían coreografías y gritaban.
Chimo, Mina y yo congeniamos a las mil maravillas, y no tardamos en hacer miles de cosas juntos…
*
De repente, interrumpí mi relato y dirigí la mirada a Roger. La pequeña lechuza estaba absorta escuchándome.
—Por cierto… ¿Tú tienes amigos? —pregunté.
—Pues… —me contestó lacónicamente en actitud pensante.
—¿Acaso me vas a decir que no tienes amigos? Eso sería muy triste.
—Sí que tengo, lo que ocurre es que saludo a tantos animales que no sabría decir bien quiénes son en realidad amigos y quiénes meros conocidos.
—¿Meros conocidos…? En una ocasión me encontré con un mero y no fue simplemente un «mero conocido», ya que luego nos hicimos muy amigos… ¡Ja, ja, ja! —dije sin parar de reír; acababa de «tomarle la pluma» a la joven lechuza—. No te preocupes, Roger, era solo una broma… Es importante tener camaradas en esta vida y sabrás quiénes son cuando estés en apuros.
—¿Por qué en esos momentos, Gunter? —me preguntó.
—Ante los problemas, los amigos estarán a tu lado para ayudarte. A veces, incluso aparecerán sin ni siquiera haberlos llamado. Es algo casi mágico. Debes rodearte de buenos amigos; a tu padre le gustaban mucho los refranes y solía decir: «El que a buen nenúfar se arrima, buena sombra le cobija».
—¿Y qué quiere decir eso?
—Ya lo sabrás más adelante. Cuando seas mayor seguro lo entenderás… pero, mientras tanto, no olvides nunca estas sabias palabras.
II¿Trucha o salmón?
Aquella, nuestra primera primavera, continúo transcurriendo. Recuerdo especialmente lo que nos pasó una mañana al despertar; fue algo que quizá podría haber resquebrajado mi amistad con Chimo, si no hubiera sido porque ambos supimos gestionar nuestro miedo…
—Buenos días —dije a Chimo.
—Buenos días —me contestó—. ¿Qué tal? ¿Cómo has pasado la noche? —añadió de forma cortés.
—Pues bien, aunque todavía sigo teniendo algo de sueño —respondí bostezando.
—¡Oye, Gunter! Por cierto, ¿te has fijado? ¿Qué son esas manchas que te han salido?
—¡No lo sé! —contesté preocupado—. Pero ¿acaso no te has mirado las tuyas, Chimo?
—¡Vaya, si yo también las tengo! ¡Qué cosa más extraña! ¿Qué será? ¿Habremos comido algo que nos ha sentado mal?
—Lo dudo. ¡Observa! Mina las tiene y los demás también; sin embargo, las tuyas, Chimo, son distintas y tienes bastantes más que nosotros, diría incluso que muchísimas más.
—Por favor, Gunter, no me asustes. ¿Qué puedo hacer? Si, según tú, no se trata de una intoxicación…, quizás alguna criatura me picara durante la noche.
—¡Con tanto jaleo ya me habéis despertado! —vociferó Mina enfadada—. ¡Vaya, si estáis repletos de manchas!
—Mira bonita, antes de abrir la boca podrías fijarte en cómo estás tú —replicó Chimo, señalando con su aleta.
—¡Llevas razón! ¡Yo también las tengo! ¡Anda, y los demás! Pero ¿por qué las tuyas son diferentes, Chimo?
—Gracias por darte cuenta, Mina —contestó Chimo con acritud—. ¡No sé qué hacer! ¡Esto es horrible! ¡Soy un bicho raro!
—¡Ya sé qué haremos! —dijo Mina muy segura de sí—. Me han comentado que en la orilla de enfrente hay un árbol en el que duerme un ave muy inteligente; de hecho, aunque se llama Henry, es conocido como la Lechuza de la Sabiduría… Por algo será, digo yo… Podemos intentar despertarlo para ver qué nos dice. Seguro que tiene que saber de qué va todo esto.
—¡Buena idea! —respondimos al unísono Chimo y yo.
—¡Venga, no perdamos ni un solo instante! ¡Rápido, seguidme! —dijo Mina.
De esta forma, los tres nos encaminamos, con más temor que ilusión, para descubrir qué ocurrió aquella noche mientras dormíamos; qué nos hizo despertar de esa guisa. Chimo no paraba de lamentarse y cuanto más tiempo pasaba, más disparatadas eran las ideas que le venían a la cabeza: decía que a lo mejor eran manchas propias de la pubertad o que quizá le habrían salido más a él que a nosotros por haber tomado mucho el sol el día de antes, o que a lo mejor se trataba de una maldición…
Arribamos por fin al lugar. Asomamos nuestras cabezas y, efectivamente, tal y como por ahí se decía, enfrente había un majestuoso árbol en el que dentro de un agujero descansaba una gran lechuza; se erguía inmóvil, como si de una auténtica estatua se tratara. Tengo que reconocer que era un ave muy bella: su cabeza dibujaba la forma de un corazón, con un pico ganchudo y unos enormes ojos que mantenía cerrados en tanto dormía y que, más tarde, cuando despertó, los pudimos ver en todo su esplendor. Resultaron ser de color negro, y tan grandes que apenas los podía mover. Este era el motivo por el que giraba tanto su cuello para mirar de un lado a otro. Aunque quizá lo más extraordinario que poseyera, fuera su plumaje de color blanco puro, salpicado de alguna que otra mancha grisácea, que hacía que luciera hermosa.
Imponía ver cómo dormía profundamente dentro del hueco del árbol; si bien, más que eso, parecía que estuviese en estado de meditación. La situación requería de valentía, ya que no sabíamos cuán arriesgado sería despertar a una lechuza en pleno sueño. Ni cortos ni perezosos empezamos a gritar: «¡Señor Henry! ¡Señor Henry!», pero no nos hizo ni caso. Fue entonces cuando Mina bajó al lecho del río y cogió una piedra; acto seguido, subió a la superficie y la lanzó hacia el agujero del árbol. En un primer intento falló. A continuación, volvió a bajar, cogió otra piedra y repitió la misma acción, esta vez, en cambio, con mejor fortuna que antes… o no, pues dio de pleno a la lechuza entre los ojos.
Obviamente, ante tal golpe, el ave despertó de su letargo. Miró alrededor girando su cuello y cuando vio nuestras cabezas asomadas sobre la superficie del agua, se acercó volando hasta la orilla. Su fino plumaje hacía que se moviera de una forma completamente silenciosa. Se posó en una roca y se dirigió hacia nosotros con «cara» de pocos amigos.
—A ver… ¿Sois vosotros los que me habéis golpeado con un chinarro?
—Bueno… Yo he sido quien lo ha lanzado, ellos dos solo miraban —confesó Mina—. Lo sentimos, pero es que nos habían dicho que a este lado del río vivía una lechuza muy sabia… Hemos de consultarle algo importante… Tenemos aquí a nuestro amigo Chimo que «anda» apesadumbrado porque le han salido unas manchas diferentes a las nuestras. El pobre está que no vive. Usted comprenderá que nosotros, como buenos compañeros, no podíamos dejarlo así.
—¿Es qué no os han dicho que tengo un horario para las consultas? Además, ¿habéis pedido cita o sacado número? ¿No sabéis que las lechuzas dormimos por las mañanas? ¡Vaya desconsideración!
—Lo lamentamos, señor Henry, no sabíamos nada de eso y dada la envergadura del caso, tampoco nos dio por preguntar a ningún otro pez —dijo Mina.
—A ver, Chimo, acércate un poco más hasta la orilla para que te examine y pueda ver mejor a través del agua —dijo la lechuza.
Todos quedamos perplejos, pues aquel animal, rebosante de conocimiento, escudriñó a Chimo de arriba a abajo, por delante y por detrás. Estábamos expectantes por ver qué nos iba a decir… «¿Qué gran lección impartirá? ¿Qué enseñanza magistral nos aguarda?», me preguntaba. Finalmente, la lechuza tosió hacia un lado, como si se dispusiera a decir algo importante…
—Entiendo tu malestar, pero, más que de las manchas, yo me preocuparía por otra cosa que no sé si tendrá arreglo a estas alturas… —dijo a Chimo.
—¡Por favor, señor Henry, no me asuste! ¿De qué se trata? ¿Sobreviviré?
—Resulta ser algo que, por desgracia, es muy común en estos tiempos, más de lo que debiera: la ignorancia… Chimo, «andas» más despistado que un tiburón en un río. ¡Eso sí que no sé cómo lo vamos a solucionar! ¿Acaso no te has dado cuenta de que eres una trucha y no un salmón? ¿Pero dónde has dejado los ojos, hijo mío? ¿Es que no te habías percatado de ello? ¿Para este gran problema me habéis despertado? ¡Venga, jóvenes peces, ahuecando la aleta que yo me voy de nuevo a dormir!
Quizás aquella fue la única vez que vi al señor Henry malhumorado, pues en todas las ocasiones que lo visité, jamás se volvió a mostrar así. Con el paso del tiempo tuve oportunidad de conocerlo bien… Lo suficientemente bien como para descubrir que no eran de su agrado los malos modales, así como tampoco ser despertado durante las horas en las que lucía el sol.
En cualquier caso, los tres quedamos sin palabras. No esperábamos aquella fatal noticia. Fue un auténtico varapalo. Pensábamos que daría una explicación más trascendental. Algo que solo la Lechuza de la Sabiduría supiera y nosotros no alcanzáramos a entender, sin embargo… nos equivocamos.
Ante tal revelación, Chimo rompió a llorar. En ese momento Mina y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. Acto seguido huyó, al tiempo que entre sollozos se lamentaba: «¿Por qué yo, por qué yo?».
Aquel descubrimiento sentó como «un jarro de agua caliente» entre la comunidad de salmones, sobre todo por dos cosas: la primera y más importante, porque le habían cogido cariño; y la segunda, porque quizás era el pez más rápido del río y cuando llegaran las competiciones no tendríamos muchas posibilidades de que los nuestros, es decir, los salmones, saliéramos victoriosos. Las truchas habían vencido en las últimas carreras y, por el giro de los acontecimientos, eso parecía que no iba a cambiar.
Aquella tarde fui a buscar a Chimo para poder charlar con él. No lo encontré por ninguno de los sitios que últimamente solíamos frecuentar. Entonces tuve una corazonada: decidí acercarme a las rocas en las que nos guarecíamos cuando éramos más pequeños.
Y… efectivamente, mis presagios se cumplieron. Se encontraba en el lugar que yo supuse. Yacía tendido con la mirada perdida. Estaba pensativo, meditabundo…
—Chimo, no quiero que continúes así y, menos aún, aquí solo. Nosotros siempre seremos grandes amigos… No me importa que seas una trucha; de hecho, me da igual… Incluso me seguiría dando igual si fueras una tortuga, una rana o cualquier otro animal… Bueno, cualquier otro no…, ya que no me gustaría que fueras un oso… Tienen muy mala reputación entre los salmones.
—Puede que pienses así, pero ¿qué dirán los demás cuando nos vean juntos? ¡Habrá rumores! Los peces dirán que te estoy pasando información sobre los métodos de entrenamiento para las carreras… ¡Inventarán de todo! Ya sabes cómo son…
—Chimo, te digo y te repito que eso me trae sin cuidado. Siento no haber estado a la altura… La verdad es que antes no supe muy bien qué decirte… La noticia a mí también me cogió por sorpresa.
—Lo comprendo, no tienes que excusarte…
—A ver Chimo… ¡Arriba esos ánimos! ¡Mirada al frente! ¡Alarga tu aleta y acepta que eres una trucha! ¡Grítalo a los cuatro vientos!
Chimo escuchó mis palabras y menos mal que me hizo caso; miró al frente, llenó sus branquias y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Soy una truchaaaa! ¡Soy una truchaaaa!
—Muy bien hecho, eso es; y ahora, repite conmigo: Aleta con aleta.
—Aleta con aleta —repitió Chimo.
—Siempre amigos, siempre alerta.
—Siempre amigos, siempre alerta —volvió a repetir.
—El uno cuidando del otro.
—El uno cuidando del otro —continuó repitiendo.
—En los días buenos y en los de tormenta.
—En los días buenos y en los de tormenta —concluyó Chimo.
Ese fue el solemne momento en el que los dos hicimos el juramento de amistad por el que siempre nos ayudaríamos y miraríamos el uno por el otro. Tras pronunciarlo, chocamos nuestras aletas y lo sellamos; desde entonces fue ya inquebrantable y se mantuvo en el tiempo.
*
—Roger, aquella fue la primera vez que vimos a tu padre, aunque no sería la última.
—Y después de tanto jaleo, ¿sacasteis algo en claro?
—Por supuesto que sí, en toda vivencia hay escondida una lección… Aquel día tanto Chimo como yo aprendimos algo: yo, por un lado, comprendí que, en la vida, más que fijarnos en lo que nos diferencia y nos separa, tenemos que poner énfasis en aquello que nos aproxima. Es necesario buscar el nexo que nos vincula para mantenernos unidos ante la adversidad. Eso es lo relevante, no lo olvides. Por otro lado, Chimo entendió que lo que realmente dolía no era el cambio, sino la resistencia a él… Es necesario aceptar, asumir…, para poder seguir adelante. Mi amigo Chimo lo hizo hasta el punto de sentirse privilegiado de ser lo que era: una gran trucha.
IIILas carreras
Al principio nos gustaba competir para ver quién era el pez más rápido. Por aquel entonces lo hacíamos simplemente para pasarlo bien; sin embargo, desde que mi amigo resultó ser una trucha y yo un salmón, las cosas se pusieron muy serias, ya que estaba en juego más de lo que nosotros pudiéramos imaginar.
Pronto se celebraría el campeonato anual; era uno de los acontecimientos más importantes del río. Tanto salmones como truchas nos lo tomábamos muy en serio, pues en ello iba nuestro prestigio. Resultaba ser el evento que cada año congregaba a todos los habitantes de las aguas. Ambas clases de peces rivalizábamos más que de costumbre. Lo hacíamos por casi todo… Surgía una contienda cada dos por tres, inclusive por las cosas más nimias que se te pudieran pasar por la cabeza… Pero la sangre nunca llegaba al río… Truchas y salmones estábamos emparentados y, aunque la convivencia por regla general era buena, venía a ocurrir lo mismito que pasaba en la mayoría de las familias, es decir, que teníamos nuestros más y nuestros menos… Como se suele decir: «En todas las familias se cuecen algas».
En aquellas delicadas circunstancias, Chimo y yo entrenábamos por separado, aunque sin que nadie lo supiera nos seguíamos viendo. Sacábamos hueco de donde hiciera falta con tal de compartir algún que otro rato, frecuentemente también junto a Mina. Nuestra amistad estaba muy por encima de todo lo que estaba ocurriendo.
Los entrenadores de cada grupo exigían una gran disposición. Los salmones teníamos que pasar más períodos juntos, concentrados, atentos a nuestro objetivo. Diseñábamos tácticas y examinábamos las posibles debilidades de las truchas. A mí eso me resultaba muy complicado y más teniendo en cuenta el estrecho vínculo que me unía a Chimo. A veces, me preguntaban con recelo si sabía qué estrategias iban a usar nuestros oponentes. Pensaban que quizá me reservara alguna información. En más de una ocasión me sentí tratado como un rival más que como un aliado; sin embargo, siempre me mantuve fiel a los míos y con el tiempo, ellos se dieron cuenta.
Nos preparaban tanto mental como físicamente: por las mañanas salíamos a nadar para repasar el circuito de la carrera, mientras que, por las tardes nos daban directrices y consignas para motivarnos y aumentar la autoestima.
*
De forma súbita interrumpí el relato e intenté animar un poco a la pequeña lechuza, ya que parecía que se iba a quedar dormida, acostumbrada como estaba a descansar por las mañanas.
—Te estoy mareando mucho con lo de las carreras... Que si campeonatos para arriba, que si campeonatos para abajo; pero, por cierto, ¿conoces su origen?
—Pues la verdad es que no. Nadie me habló jamás sobre eso —contestó Roger.
—Las carreras tuvieron un nacimiento muy curioso, incluso roza lo fantástico —dije para llamar su atención—. Un ceniciento día, lluvioso y de atronadora tormenta, un vetusto barco que navegaba a la deriva, mar a través, como consecuencia de un fuerte temporal, encalló en la costa, con tan mala fortuna que la tempestad lo arrastró hacia unas grandes rocas contra las que su proa chocó hasta quedar hecha añicos. La nave, que dicen perteneció a un temido pirata, era portadora de un magnífico tesoro. El bravío oleaje se encargó de dispersar este por doquier. Solo se pudo rescatar una pequeña ánfora que, un salmón y una trucha, ¡mira qué casualidad!, fueron a encontrar al mismo tiempo en la desembocadura del río. Dado que los dos peces no se ponían de acuerdo sobre quién se lo iba a quedar en propiedad, tomaron una decisión salmonónica: celebrar anualmente una carrera entre ambas clases de peces, de forma que, el que resultara vencedor, custodiaría tan preciado objeto.
