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En el esplendor gótico del reino de Luxannia, Alicie de Saint Lake es una joven atrapada entre las expectativas de la nobleza y sus propios sueños. Ella ha encontrado consuelo en una biblioteca, con relatos de elfos casi extintos y anillos que desatan guerras. Su vida parece destinada a la tranquilidad, hasta que llega su decimoquinto cumpleaños. Surge el caos, su vida se desmorona en un abismo de secretos. Pero todavía queda esperanza. Un enigmático hombre de negro y su dragón la llevarán a recorrer un camino peligroso, mostrándole el otro lado de la moneda. Oscuros poderes amenazan con resurgir en el horizonte. Descubre un mundo cargado de fantasía, combates inolvidables y juegos de poder. La magia solo está prohibida para quienes obedecen las reglas.
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Las Doce Cruces de Bellevue
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Marzo 2025
© Pedro Godoy
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: José Canales
Corrección de textos: Francisca Garcia
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-92-6
ISBN digital: 978-956-6420-37-8
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
La fantasía es, como muchas otras cosas, un derecho legítimo de todo ser humano,
pues a través de ella se halla una completa libertad y satisfacción.
—J. R. R. Tolkien.
Para ella era un placer leer. La lectura la transportaba fuera de su palacio, del que se sentía prisionera. Sin darse cuenta, aprendió idiomas de otros lugares, historia y geografía, vio paisajes hechos por artistas y soñaba con conocer el mundo, sus paisajes y peligros latentes. En su mente aventurera, su imaginación no conocía límites.
Estaba oscuro como boca de lobo dentro de la olvidada biblioteca familiar. El polvo apilado sobre cada libro generaba capas que revelaban la incalculable antigüedad de los libreros de madera crujiente, alineados uno frente a otro, dibujando pasillos interminables. Allí, al final de aquel sótano, estaba ella iluminándose con la escaza luz de un candelabro antiguo. Se protegía del polvo, insectos y arácnidos con un manto gris que escondía todo su cuerpo salvo sus ojos azules y unos cuantos cabellos negros que escapaban de su improvisada cofia. En sus manos silbaban las páginas de un libro encuadernado en cuero, más viejo que su padre y escrito a mano en un idioma diferente al suyo, sin suponerle problema alguno. Cual rata de biblioteca, estudiaba lenguas ya olvidadas en los cuatro continentes. Con diccionario en mano, desentrañaba los secretos de aquellos libros olvidados. Se podría decir que estaba en su santuario. El libro trataba sobre una raza que casi no se veía en Terra; era un resumen de porqué habían decidido emprender viaje hacia tierras desconocidas para los humanos. Hablaba de los elfos.
«… siempre se diferenciaron de los seres humanos, no porque se trate de una raza diferente a nosotros, sino porque (y por muy obvio que resulte) representan a otra especie, con la cual compartimos similitudes, de la misma forma que nosotros las compartimos con los chimpancés.
Estos orejudos y enigmáticos seres pueden vivir cientos de años, a diferencia de nosotros, y no veremos un solo cambio en su aspecto físico. Para ponerlo en perspectiva, tomemos a un perro o un gato: pueden ver su vida pasar en diez o quince años y jamás percibirán que nosotros tuvimos cambios muy importantes. Si nos ponemos a pensar, para estos animales nosotros seríamos lo mismo que los elfos. No tienen la capacidad de entender nuestras ideas, inventos y nuestra inteligencia superior. Ellos no entienden cómo o cuál es el proceso para encender fuego, para ellos es magia. Podemos enseñarles a hacer trucos, del mismo modo que podemos enseñarle a un chimpancé a reconocer patrones o lenguaje de signos para que cumpla con objetivos sencillos. Los elfos hicieron lo mismo con nosotros en su tiempo, nos enseñaron un manojo de actividades con las cuales podríamos sobrevivir en este mundo lleno de monstruos. Aprendimos a comunicarnos, a defendernos, a utilizar el hierro para crear armas. Nos otorgaron anillos bañados con su sangre, con los que lográbamos algunas de sus facultades, como crear fuego, sin una fuente de ignición, para abrigarnos o cocinar nuestros alimentos, juntar la humedad del ambiente hasta tener suficiente agua para regar nuestros cultivos, usar el viento para secar nuestra ropa, o mover a mayor velocidad los botes a vela. Suena de ensueño, no obstante, jamás fuimos capaces de aprender esas facultades sin estos anillos que ellos entregaban, por lo que entendimos que como especie no podríamos lograrlo. Pensamos que podíamos vivir felices, pero lamentablemente, somos humanos. Tercos, avaros y hambrientos de poder.
Los anillos sirvieron para destruirnos separamos en naciones y dejar una estela de muerte y ríos de sangre que nos otorgaron una inútil pero orgullosa nacionalidad. Toda esta muerte y usos de fuerzas desconocidas para nuestra especie durante tantos años, provocó que las aguas dividieran la tierra en cuatro continentes, los que conoceríamos como Lux, Exter, Rubhan y Ernst.
Los elfos se culparon por la destrucción ya que, si no les hubieran entregado estos anillos a los humanos, jamás habría empezado una guerra por ellos. Guiados por una especie de gracia divina a la que llamaban El Supremo, emprendieron su éxodo a tierras lejanas; los que quedaron perdieron la capacidad de reproducirse y, poco a poco, costaba ver a alguno, vagando de lugar en lugar. Los anillos, como si tuvieran una obsolescencia programada, dejaron de servir una vez que la sangre que utilizaron se acababa. Los restantes se volvieron reliquias atesoradas por reyes y castas poderosas.
Lo curioso y significativo de los elfos es que, por extraño que parezca y a pesar de tener la capacidad de crear tormentas, ventiscas e incendios, jamás se les vio intentarlo. Ellos creen que, si no hacen daño, nada se les devolverá. Creyentes del karma en todo su esplendor, El Supremo les otorgaría una vida a su lado, una vez que exhalasen su último aliento…»
Ella quiso seguir leyendo, pero sus sirvientas habían entrado a su santuario personal, se podían ver las lámparas de aceite acercándose a su posición, así que, con un poco de saliva en sus dedos, apagó las velas del candelabro para esconder la estela humo. Escondiéndose entre las estanterías con sigilo, y escabulléndose de las sirvientas, tomó el pasadizo secreto hacia su alcoba, volviendo a su cama sin preocupaciones, salvo una, un evento que estaba por ocurrir: cumpliría quince años.
Terra, el nombre del planeta, está dividido en cuatro continentes. Lux, Exter, Rubhan, Ernst.
Lux, el viejo continente y el más grande de los cuatro. Constaba de ocho grandes reinos y otras regiones independientes, siendo Luxannia el reino principal, y corazón de la gigantesca masa de tierra, un territorio con gran poder militar gobernado por una línea de reinas. La actual era Victoria XIX de Lux.
La tecnología y arquitectura del reino era tan exuberante y majestuosa que era imitada por los demás reinos, gracias a la globalización impulsada por la reina Victoria, se vivía en paz. La arquitectura gótica predominaba en el reino: esplendorosas catedrales, castillos y mansiones con techos que desafiaban el cielo. Y gracias a un salto tecnológico, vivían un cambio de era, debido a la invención de lo que se conocía como “electricidad”; tecnología élfica que ayudaba en el avance de muchos inventos como, por ejemplo, unos pequeños artefactos que mantenían iluminada la noche casi como si fuese día. No obstante, la electricidad se encontraba en una primera etapa en Luxannia, faltaba el tiempo y recursos para expandirse a otros rincones del continente.
Pese a que los nobles de otras regiones visitaban la capital para ver cómo funcionaba la electricidad, muchos no tuvieron los recursos para comprarla, ni la inteligencia para intentar robarse la idea. Las ciudades aledañas a la capital de Luxannia utilizaban la energía a vapor, y otros reinos vecinos, con menor poder adquisitivo, siguieron viviendo de la dendroenergía. Utilizaban antorchas, velas o faroles para iluminar calles, plazas y casas.
La pólvora era escasa. Las armas de fuego, como las pistolas o los mosquetes fueron inventos patentados por la reina Victoria, estaban recién en etapas de prueba, siendo la pólvora un recurso inicialmente utilizado para crear fuegos de artificio que eran muy bien vendidos a otros reinos. La pólvora era para reinos como el de Sumeria o Beauchene un recurso superfluo. La veían como un material inútil, ya que bastaba con mojarla un poco para que perdiera su utilidad. Pero, servía como recurso para entablar negocios con Victoria y mantenerla interesada con ella, para así mantener la economía.
La reina Victoria ascendió el poder doce años después de que su anciana madre, con quien compartía el mismo nombre, falleciera en paz en su cama a los ochenta años. La niña siempre estuvo resguardada con recelo por orden de su madre, y se dio a conocer cuando fue coronada. Cualquiera se imaginaría que era la clásica niña cuya piel no ha visto la luz del día y que las venas bajo su epidermis se transparentarían con la luz del sol. O que fuera diferente a la anciana, porque era prácticamente imposible que tuviera una hija a tan avanzada edad. Esto se alejaba de la realidad.
En realidad, es una joven que disfrutaba salir a terreno sin temer ensuciarse las manos o su cabellera, y que solía mostrarse desde su balcón, mientras el viento acaricia sus largos y lisos cabellos terminados en sus puntas por unos rizos anchos. A veces, un cabello se escapaba desde su alcoba y los fieles que tenían la suerte de recoger alguno, lo atesoraban como si se tratase de un bien preciado.
Debido al milagro de haber nacido tan perfecta y de una anciana, la gente de su reino la veía como una enviada del Dios de los humanos: Rex Gloria.
Se cree que con cada acción que realiza Victoria, apoya a la paz dentro del continente y contribuye al cuidado del planeta. Los que han tenido el gozo de verla de cerca dicen que su piel no posee imperfecciones o marcas de nacimiento, y donde quiera que vaya, siempre ilumina el lugar con su sonrisa. Muchos artistas observaron su perfecta y larga cabellera castaña, ondulada en las puntas. Este peinado resaltaba su personalidad agraciada, pulcra y de alta clase, motivo por el cual suelen retratarla para que haya una pintura de su rostro en todas las casas del continente, adorándola casi como a una santa.
Su corona estaba forjada en oro blanco, y en medio de esta se podía ver una cruz heráldica cuyo centro contenía una rara piedra de Alejandrita que hacía juego con el enigmático color de sus ojos. La plebe, al verla de lejos, solía pensar que esta piedra era un tercer ojo y que se trataba de una señal de la confirmación irrefutable de la presencia de un ser angelical.
Siempre aparecía en público escoltada por su guardia personal de orejas puntiagudas, que evitaban que cualquier persona con intenciones sospechosas se acercara. Ella y sus colaboradores se hicieron conocidos por su llamativa manera de vestir para la época; los modistas de los demás reinos quisieron seguir esta corriente, llamándola moda Victoriana, en honor a la reina.
Una moda llamativa que todos usaban para sorprender u ostentar y que servía para segregar las clases sociales.
La nobleza siempre resaltaba por sus atavíos caros y brillantes joyas, destacando bien arriba los duques y marqueses, títulos entregados por los diferentes monarcas de los reinos que existían en el viejo continente. Sin embargo, los que eran llamados de esta manera por la reina de Luxannia eran considerados superiores, cualquier título entregado por ella era incuestionablemente mejor valorado.
Había guardias armados hasta los dientes en cada esquina de las ciudades, portando armaduras, blasones y estandartes que diferían según el territorio. En caso de ver a alguien utilizando sus armas para otro propósito que no sea defenderse dentro de las murallas, o en duelos donde ambas partes hayan aceptado, ellos no dudaban en encarcelar a quienes rompan la ley.
La gente vivía tiempos de paz, sin preocupaciones por el mañana. Una nación que no sabe lo que le depara el futuro, y que no le interesa informarse mientras tuvieran su plato de comida caliente frente a ellos. Y casi ni se preocupaban por quién estuviera al su lado. De esta forma, la mayoría de las veces, personas y seres mágicos pasaban desapercibidos incluso estando frente a frente.
Lejos de la Reino de Victoria, yendo al suroeste unos dos años a pie, y atravesando las fronteras del reino de los Sumerios, se sitúa un vasto territorio, conocido como Free Valleys, un territorio que no vive en una monarquía como en los reinos, sino que está constituido por regiones independientes. En Free Valleys hay una región portuaria llamada Falaise de Rocheuse, lugar que los demás reinos utilizan como punto estratégico mercantil, corredor marítimo y zona neutral para sus actividades económicas con otros continentes. Y, adentrándose en aguas saladas, a un día en barco desde aquel puerto, existía una conocida isla donde ocurriría un evento que marcaría el inicio de un cambio a escala global que cambiaría los tratados y traería problemas a todos los reinos en el futuro.
Bel et Lumière, esa pequeña isla ubicada en el continente Lux, donde se juntaba la nobleza y la plebe una vez al año a celebrar una de las fiestas más grandes de la mano del duque Bartholomew de Saint Lake, el líder más ostentoso que ha tenido la isla y uno de los más conocidos en el continente por su prominente estatura y notorio cuerpo. La gente de la isla, cuando hablaba de él, solía visualizar a la avaricia y la gula personificadas en un solo hombre, aunque esta vez el motivo de la fiesta no era mostrar todo su dinero o sus ostentosas ropas, como solía hacerlo. Su objetivo era mostrar a su hija, cuya belleza podía compararse a la de la reina de Luxannia y, además, ambas cumplían quince años el mismo día. Este acaudalado padre ya planeaba arreglar su matrimonio, que se celebraría en tres años más, cuando cumpliese la mayoría de edad.
Por este motivo, muchos duques, marqueses y postulantes a reyes del continente presentarían por conveniencia a sus hijos ante ella, para tener acceso total al corredor marítimo, a la isla y sus riquezas. La conexión de su hija con uno de ellos lo haría muchísimo más rico de lo que ya era y eso lo tenía bastante feliz.
Alicie de Saint Lake, hija del duque, muy por el contrario, rechazaba la idea de su padre.
El astro rey daba la bienvenida a un nuevo amanecer en Bel et Lumière, reconocida isla por su belleza sin igual. Lo curioso es que, sin importar cuál estación del año fuera, la isla siempre se mostraba alegre y primaveral; los humanos abundaban en mayoría y algunos elfos errantes solían visitarla para probar el licor de flores que tanto les llamaba la atención.
Al ser una isla fortificada por murallas avejentadas, pero gruesas e inexpugnables, las bestias no son una amenaza habitual, transformándose en un lugar seguro para vivir. La ciudad no ha visto ataques de bandidos debido a su posición estratégica, cualquier ataque de piratería era detenido por los demás reinos con sus propios barcos.
El valor de la isla se acrecentaba gracias a sus diferentes biomas, asegurando puestos de trabajo para su gente en la ganadería, agricultura, la pesca y minería; siendo esta última la más importante para la ciudad, además de la creación del preciado alcohol. Esto debido a un mineral: el platino, además del oro y otras piedras preciosas, era comprado a altos precios entre los reinos. Aunque para el reino de Luxannia era casi tan necesario como el agua, por lo que redoblaban lo que otros pagasen para asegurarse una mayor cantidad del mineral.
Construida de estilo arquitectónico similar al reino gótico de Luxannia. Las mansiones y casas rodeaban el castillo del duque por el este, norte y oeste. Por el sur, a espaldas de la fortaleza, se encuentra el lago bautizado como Saint Lake, donde las parejas hacen paseos en bote para contemplar el ocaso.
El castillo de piedra estaba cubierto de enredaderas y flores importadas que desprendían fragancias trayendo recuerdos de viajes por diferentes reinos. De tamaño imponente, de cinco pisos, color piedra caliza y techos color rojo envejecido, con muchas tomas de luz y vitrales para permitir una buena vista durante el día, o ayudar a la luz de la luna a iluminar sus pasillos en los primeros tres pisos. A los demás pisos era posible entrar usando sus anchos y hermosos torreones decorados con la misma enredadera que subía en espiral.
En el tercer piso de esta magnífica obra de arquitectura, en una habitación lo suficientemente grande como para meter a veinte personas, se escuchaba un cuchicheo. Dentro, se hallaban tres sirvientas; dos aseando cada rincón y librero, la otra empuñaba una cinta de medir mientras anotaba en una pequeña libreta, y una muchacha. Discutían sobre lo que estaba próximo a suceder en la siguiente noche.
—¿De verdad tengo que hacer esto? —refunfuñó la jovencita cuya piel pertenecía a la de alguien que no solía tomar el sol, y sus cabellos negros eran tan lisos y brillantes que pareciera que, al momento de levantarse de su cama, con un solo movimiento de su peine ya estaba peinada a la perfección. Su delicada figura y manos delataban a una señorita que acostumbraba a que sus sirvientes hicieran todo por ella. Endeble y taciturna en su aspecto físico, manifestaba un fuerte carácter debido a su mirada penetrante; el iris de sus ojos era de color azul zafiro, enmarcados en párpados almendrados. Utilizaba su mirada a sabiendas de que su interlocutor no se atrevería a mirarla directamente si había cometido alguna falta. Lo que le daba la habilidad de leer a las personas, de saber quién era sincero o no tan solo con una corta conversación.
La joven se quejaba, rodeada de artesanías de oro y plata, y finas obras de arte. Por doquier se veían libros en las estanterías, y una cama que siempre consideró innecesaria puesto que ella podía caber hasta seis veces en ella y le seguiría sobrando espacio. Los hermosos vitrales en sus ventanas estaban cubiertos con cortinas rojas y terminaciones bordadas en oro y la alfombra estaba cubierta con pétalos de rosas blancas.
— ¡No quiero! —gritó enojada con voz de niña mimada.
—No puede quejarse, señorita Alicie —contestó con voz suave sirvienta que tomaba medidas. De apariencia delicada, a pesar de aparentar treinta años, su actitud era como la de una bisabuela. Tomaba las medidas del brazo de la jovencita con una cinta verde que hacía juego con sus ojos mientras anotaba todos los detalles en una vieja pero útil libreta—. Cualquiera de nosotras querría casarse con un joven marqués y…
—Sé que te hubiera gustado casarte, Camille —interrumpió Alicie cruzando sus brazos—. Has estado toda tu vida ayudándome, enseñándome cosas que no entendía, ¡si incluso considero que eres mi madre! Pero, debes entenderme. Ese viejo testarudo me ve como otro de sus trofeos y, lo que quiere para mí no es lo que yo necesito, es lo que él quiere para conveniencia de su propio trasero —confesó Alicie bajando la voz mientras miraba por el ventanal para evitar que vieran debilidad en su mirada.
La vista era preciosa; palomas blancas volaban hacia las mansiones aledañas, se podía ver todo el pueblo decorado con rosas blancas, azules y rojas, y a lo lejos el mar y unos barcos llegando a puerto.
—Si tan solo se me diera la oportunidad, me iría sin dudarlo, ya lo he hecho antes, pero esos sujetos —murmuró fijando la mirada en los guardias afuera del palacio, se veía inundada de melancolía— no me dejan ni hablar con la gente.
—Y así es como debe ser, señorita. Usted debe mantener la etiqueta en todo momento ¡sin excepción! —espetó Camille con una mueca irónica.
—Pues, así como vosotros queréis que hable, permitidme deciros que no es la vaca que grita más fuerte la que da más leche… —sonrió Alicie con rostro malicioso—. La mayor parte del vocabulario que aprendí, Camille, fue escuchándolos a ustedes a escondidas, puesto que el profesor que pusieron para enseñarme modales era tan aburrido como oír a dos hombres ricos hablar de cuál de los dos tiene más grande su…
—¡Señorita! —interrumpió Camille, sin poder disimular una pequeña sonrisa que escondió luego con una expresión de disgusto. Expresión que no pasó desapercibida para la jovencita.
—Entiendo, Camille. ¡Pero que sepas que esa frase la aprendí también de ti hace años!
—No tengo problemas de que usted hable de esa manera con nosotros, Alicie. Pero mañana en la noche, deberá mantener la compostura y ser muy educada con quienes vengan a visitarla —acotó Camille mostrando preocupación.
—Está bien Camille, lo haré por ti. Dejaré que me vean como el brillante trofeo que siempre he sido para mi padre —dijo mientras tomaba el peine decorado con piedras del color de sus ojos, sin evitar realizar un movimiento con su ceja izquierda, disconforme.
Pasó un día después de eso. El puente que separaba Saint Lake del feudo bajó centímetro a centímetro para recibir a sus invitados.
Juglares saltaban por las plazas divirtiendo a los más pequeños, y los bardos cantaban canciones en honor al duque y a su hija por su cumpleaños número quince. En las calles las caras sonrientes abundaban, el aroma a comida recién hecha en los restaurantes y la bebida fría estaba más barata. De Saint Lake subsidió muchos de los puestos por el día tan especial, para así sorprender a los visitantes que llegaban desde el continente. Le importaba mucho la isla y mantener las apariencias sobre su riqueza. Por lo que no escatimó en gastos y quiso que todo fuera perfecto ese día. Su hija sería desposada por alguien quizás más rico que él y esto le traería más riqueza en el futuro, ensanchando sus arcas más de lo que ya eran.
Durante el día llegaron de diferentes lugares del continente, los duques y sus hijos, escoltados por la lujosa guardia personal del anfitrión. Los invitados ostentaban lujosas joyas y regalos, cada uno diferente del otro en sus vestimentas, que variaban en colores y fragancias debido a sus perfumes. A medida que avanzaba del día, fueron recibidos por el pueblo que lanzaba guirnaldas y pétalos de rosas a su paso. Los juglares y bardos se encargaban del espectáculo musical y artístico para darle más alegría a los recibimientos.
Con la sensación de una bienvenida abrumadora; el pueblo los trataba como verdaderas estrellas, los invitados caminaron recto hasta al final del recorrido, para finalmente llegar al palacio del duque. Poco a poco avanzaron las horas, y el último grupo de nobles arribó antes de que la fiesta comenzara al atardecer.
Llegando en su barco, acompañados de su propia orquesta sinfónica, que se ofrecieron a tocar gratis para el anfitrión, hacía su entrada triunfal uno de los duques más acaudalados del reino Beauchene, acompañado de su hijo. Beauchene, el reino de la lluvia eterna.
El reino invernal de Beauchene se divide en varios ducados y cada diez años se celebra una reunión donde la sociedad se encarga de elegir a un nuevo rey que gobierne como vecino de la reina Victoria. Bartholomew se limpiaba la comisura de sus labios babosos de solo imaginar todo el dinero que podría obtener si alguno de sus duques desposaba a su hija.
La escolta llegó rápido al castillo, donde estaba su anfitrión esperándolos con un banquete protocolar antes de empezar la fiesta de la noche.
—¡Duque Albert de Beauchene! —gritó Bartholomew extendiendo sus brazos como bienvenida, señal para que sus trompetistas hicieran su trabajo.
—¡Bartholomew! —respondió el invitado. El padre de Alicie tenía en frente a un sujeto que era la mitad de él en envergadura, delgado y con la mirada de un zorro. Entre la nobleza es importante llamarse con su título antes de mencionarse y parecía que Albert lo llamó sin decirle “duque” a propósito. De Saint Lake lo tomó como una ofensa. Pero su codicia por casar a su hija con un duque cercano a Luxannia era más grande, así que dejó pasar la falta de respeto con una sonrisa cínica—. ¡Esta es la primera vez que te veo y entiendo por qué en el continente hablan de que tus arcas nunca se agotan!
—¡Así es, duque! —respondió orgulloso y enfatizando el título
