Las dos muertes de Aramburu - Alejandro Tarruella - E-Book

Las dos muertes de Aramburu E-Book

Alejandro Tarruella

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Beschreibung

Uno siempre carga con sus obsesiones. Una de las que arrastré durante muchos años fue la muerte de Aramburu, que se convirtió para mí en un camino de ripio, envolvente, insumiso y a veces tedioso.    Lisandro es un joven militante que vive el final de los años 60 con la intensidad y la ingenuidad que marcaron a su generación. Una casualidad lo arrastra a ser parte de la Historia con mayúscula cuando por una circunstancia banal queda involucrado para siempre en uno de los magnicidios que torcieron el rumbo de la Argentina: el fusilamiento del general Pedro Eugenio Aramburu.    Alejandro C. Tarruella, de la mano de su alter ego juvenil Lisandro, construye una fascinante trama política donde las certezas van cayendo una a una y las verdades son callejones sin salida. En el borde de la novela de intriga y de la investigación de denuncia, desfilan por las páginas de este libro los personajes políticos más importantes de la Argentina: el almirante Rojas, el general Perón, Frondizi, Onganía, Firmenich. Y una colección de personajes secundarios de la política, el espionaje, el periodismo, la militancia y la cultura.   Las preguntas que obsesionan a Lisandro se repiten, aunque se formulen de distintas maneras: ¿Fue fusilado el general Aramburu? ¿El juicio y la ejecución de Montoneros fue una puesta en escena? ¿Qué papel jugó Perón desde Madrid? ¿Por qué murieron misteriosamente los testigos que aseguraron haber visto el cuerpo de Aramburu muy lejos de Timote? ¿Puede una sola persona cargar con un secreto que cambia lo que la historia grabó en piedra?

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Seitenzahl: 316

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Contenido

Advertencia al lector

PRIMERA PARTE - La reconstrucción de los silencios

CAPÍTULO 1 - Perico Montiel, Frondizi e Illia

APUNTE I

CAPÍTULO 2 - Confesiones de octubre

CAPÍTULO 3 - El Marinero Loco del Dock Sud

CAPÍTULO 4 -El General secuestrado y la carpa de Elina

APUNTE II

CAPÍTULO 5 - El pibe Vega no secuestró a Aramburu

APUNTE III

CAPÍTULO 6 - Ni Dios sabía dónde estaba

CAPÍTULO 7 - Sandoval vio a Aramburu muerto y fue asesinado

APUNTE IV

CAPÍTULO 8 - No hay peor sordo que el que no puede ver

APUNTE V

CAPÍTULO 9 - Relato naif para fusilamiento ad hoc

APUNTE VI

CAPÍTULO 10 - El relato naif y el desenlace

APUNTE VII

CAPÍTULO 11 - Perón-Onganía-Aramburu y el juego de las incógnitas

APUNTE VIII

CAPÍTULO 12 - Ricardo Rojo, el preso que viajaba

APUNTE IX

CAPÍTULO 13 - Perón, Aramburu y Frondizi eran el PAF

APUNTE X

CAPÍTULO 14 - Los peronistas y el secuestro

APUNTE XI

CAPÍTULO 15 - Perico en camino a la hoguera

SEGUNDA PARTE - Los ríos del presente

APUNTE XII

CAPÍTULO 16 - Florencia, Juan Manuel y la fraternidad de las metáforas

APUNTE XIII

CAPÍTULO 17 - Informe Rojo

APUNTE XIV

CAPÍTULO 18 - La Flaca Liliana

CAPÍTULO 19 - El diario personal de Goyo Selser

CAPÍTULO 20 - Fermín Chávez y el pensamiento “corporativo fósil”

CAPÍTULO 21 - Imaz sigue a Miori, Molinari busca, Rojo sabe

CAPÍTULO 22 - Los fusilados

CAPÍTULO 23 - Pocho Zicaldes dice lo que calla

CAPÍTULO 24 - Noches de whisky y jazz japonés

CAPÍTULO 25 - Ramón Landajo: qué dijo Miori Pereyra

APUNTE XV

CAPÍTULO 26 - Un adiós en el dolor

APUNTE XVI

PRIMER CAPÍTULO TENTATIVO DE UNA NOVELA - Meditaciones de un General ante una de sus muertes

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Puntos de Interés

Portada

Tarruella, Alejandro C.

Las dos muertes de Aramburu : el general que nunca fue fusilado / Alejandro C.

Tarruella. 1a ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2025.

Libro digital, EPUB (Narrativa)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-823-080-1

1. Narrativa Argentina. 2. Historia Argentina. I. Título.

CDD 982

Dirección editorial: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Asistencia editorial: Carmela Pavesi

Comunicación: Verónica Abdala

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Corrección: Marisa Corgatelli

Fotografía de tapa: Biblioteca Nacional Mariano Moreno (Argentina).

Departamento de Archivos. Fondo Editorial Sarmiento.

Archivo de redacción Crónica. AR00018520

© 2025 Alejandro C. Tarruella

© 2025 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-823-080-1

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

A Mercedes, siempre, a Luna,

a Eloísa, a Juan Matías y a Ramón.

Por ellos llegué a este lugar de la vida.

A Pocho Descalzi, in memoriam

Advertencia al lector

Es de destacar que esta novela hace un homenaje a miles de militantes de la organización Montoneros, los que están con vida, los que perdieron la vida, los que están desaparecidos, a los familiares y, entre ellos, a los hijos y a los nietos. Los militantes de todo tipo creyeron en un proyecto político que sufrió traiciones y dieron lo mejor de sí para hacer una Argentina mejor. Si se señala a la cúpula, hay en particular ciertos miembros de ella a quienes se cuestiona por entregar los ideales de quienes fueron parte de aquella histórica “juventud maravillosa”. Y se incluye en el reconocimiento al sector Lealtad que, como Norma Arrostito, Rodolfo Walsh, Carlón Pereyra Rossi y muchos otros, comprendió finalmente que había errores graves y que sus principios estaban siendo desviados a otros fines. En ese reconocimiento están las mujeres, que sufrieron, además, incomprensiones a su condición y marginaciones cuestionables. Errores y traiciones se conjugaban así en lo que significaba una entrega del ideario que los había llevado a asumir la militancia política para la transformación del país. Nada ni nadie podrá quitar el reconocimiento histórico a quienes dieron todo de sí mismas y de sí mismos, en su pasión por su país, su tiempo histórico y sus sentimientos.

El autor

Nada de lo que recordamos es verdad, nada de

lo que imaginamos es mentira.

–Clara Obligado

Es sencillo. No lo mates.

Vuelve a hablar con él. Puede que esté asustado,

si recuerda que murió ambas veces.

–JOe Haldeman (El engaño Hemingway)

Hay dos historias, la oficial, embustera,

que se enseña ad usum delfini (“para uso del delfín”)

y la real, secreta, en la que están las verdaderas causas

de los acontecimientos: una historia vergonzosa.

–Balzac

PRIMERA PARTE

La reconstrucción de los silencios

CAPÍTULO 1

Perico Montiel, Frondizi e Illia

Uno siempre carga con sus obsesiones. Una de las que arrastré durante muchos años fue la muerte de Aramburu, que se convirtió para mí en una camino de ripio, envolvente, insumiso y a veces tedioso. Pero antes de vincularme a ese episodio controversial, viví años en experiencias diversas e inquietantes para un joven que aprendía a conocer Buenos Aires. Había que atravesar calendarios, ritos, la vida bajo una dictadura cerrada, las carencias, y en medio de toda esa rutina, debía aprender a caminar. Lo más difícil de todo.

A principios de 1966, en Buenos Aires, cuando tenía diecisiete años llevaba una vida rutinaria aunque inquietante por mis necesidades económicas al asumir la ciudad solo, lejos de mis viejos. Lo que ocurría a mi alrededor, en los sótanos de la ciudad, fugaba en la percepción de las personas. A las oficinas públicas llegaban por la mañana hombres de mediana edad de saco y corbata, y por la tarde, los que rondaban los cincuenta y algunos más viejos, que además calzaban sombrero alado, llevaban La Razón bajo el brazo, y se internaban a leer en un bar. Recuerdo una manifestación contra el envío de tropas a la República Dominicana que atravesaba Lavalle, la calle de los cines donde La novicia rebelde llevaba algunos años y varios meses llenando una sala. Los transeúntes seguían la marcha como si se tratara de un espectáculo que iba cobrando tensión en la medida en que llegaba la Policía. Nadie imaginaba que en pocos años la tolerancia común iba a caerse sobre el ánimo de la población, entre una maraña de hechos políticos. Había cierta ingenuidad pueblerina en la caminata armoniosa del hombre de la media tarde, que leía vespertinos en los bares, bebía un cortado y su vaso de agua y alternaba su búsqueda del mundo echando una mirada a través del cristal de la ventana.

En ese mismo tono naif de colores pastel que vivía Buenos Aires, Perico Montiel me contó muy serio, a mediados de junio de 1966: “En unos días, Lisandro, se cae el presidente Illia como ‘calzón de puta’”. Yo vivía desde principios de ese año en un hotelito de laburantes en Defensa 121, al lado de la central de Entel, la empresa telefónica del Estado. Antes de caer en ese tugurio, había estado en un hotelucho de Moreno 321, donde lo conocí al negro Montiel. Perico Montiel era entrerriano, comunista y delegado de los muchachos de Entel de la calle Defensa, al lado de mi hotel. Allí, todos los días en la madrugada y la mañana, Perico tenía que cruzar los llamados que iban a la Casa Rosada. Uno de esos días, me llamó cuando salía para mi trabajo en una oficina de Corrientes y San Martín, donde era cadete.

–Vení, nene, a vos que te gusta la política, te cuento algo que no se lee en un broli. –Reía con dientes enormes y blancos que contrastaban con el aire mestizo y oscuro de su piel; ese día me sorprendió su afán maestro.

Fuimos a un barcito a mitad de cuadra, antes de llegar a Alsina, y pedimos café con leche y medialunas. El rumor de los empleados y las personas que iban a hacer trámites rondaba el aire como un pájaro feliz. Eran días de versiones y diarios escritos en el precario lenguaje de la incertidumbre. Las personas asimilaban con distancia la realidad en una rara velocidad interior que se consumía en un tembladeral.

–¿Por qué lo quieren echar al viejo Illia, Perico? –pregunté adelantándome.

–Escuchá, nene, sos un pibe y aquí aprendés política en serio, si no, no se habla, ¿me captás? En ese clima raro de estos días vas a conocer un golpe de Estado. –Perico se acomodó acercando su cabeza, le gustaba mostrar sus uñas frente a un muchachito que desangraba su interés sobre la desesperación.

–Vi los aviones de los bombardeos del 55, Perico, pero

¿cómo sabés que viene un golpe? No te lo pregunto porque dude, sino porque quiero saber cómo te las arreglás para conseguir la información. –Eso me intrigaba.

–Vos sabés que como soy uno de los telefonistas que pasan las conversaciones a la Rosada, cuando paso la llamada a un capo, puede ser el presidente o un ministro, me quedo escuchando lo que hablan. Por eso, me enteré de que Frondizi se caía el 29 de marzo de 1962, pibe.

–O sea que los tipos se comunican con la central donde estás vos, conectás al personaje, le pasás el llamado, y te quedás escuchando como si nada.

–Te lo voy a explicar, nene. Hay tipos de los servicios en la central escuchando y hay otros que graban. No toman en cuenta, todavía, que nosotros podemos estar en medio de la comunicación meta cablear. Mirá, con Frondizi en el 62, yo escuché cuando hablaba con el general Toranzo Montero y el tipo le pedía que renunciara. Una vez hablaban dos milicos, y uno le contaba al otro que Severo Toranzo era tan gil, que lo habían bochado para entrar al Colegio Militar. Su viejo, otro general, lo cagó a trompadas y lo hizo entrar de prepo. Era severo el hijo de puta –se reía–. Cuando fue mayor y también general, lo levantaba en peso a Frondizi, que se negaba a largarse. “No renunciaré, no me iré, no me suicidaré”, gritaba Frondizi y unos días después le metieron una patada en el culo. Las llamadas eran una tras otra y todos los días. Como los milicos se levantan al pedo, pero temprano, conspiran cuando canta el gallo. A las seis de la mañana llamaban de un cuartel a Frondizi y empezaban los reclamos. Acordate que tuvo más de treinta intentos de golpe antes de que lo echaran. Los únicos que no le pidieron la renuncia fuimos nosotros, los laburantes –tenía una sonrisa canchera. Los boliches de Plaza de Mayo eran lugares pasajeros, uno entraba, dos salían. Algunos conocían a los mozos, tomaban un café y avisaban que lo cargaran a su cuenta. La seña era un brazo en alto y un “mañana arreglamos”, la tolerancia de la deuda y el afán por cumplir superaba a la ingratitud del sistema político.

–Y al viejo Illia, Perico, ¿ya le hicieron los treinta planteos como a Frondizi?

–No son tantos, pobre viejo, pero lo quieren ver hocicar. Los golpistas son el general Julio Alsogaray con Juan Carlos Onganía por detrás y un loco, el coronel Perlinger, y algunos radicales en las sombras. Faltan horas. Mientras, yo los escucho en el teléfono y me entero de todo; ellos no se avivan porque te subestiman. Esa es una razón de Estado. Los gauchos somos vagos y malentretenidos, pero algunos escuchamos cuando arman las cagadas.

–Si los tipos se avivan de lo que hacés, ¿qué te puede pasar? –me preocupé.

–Si se avivan, me agarran de los huevos y me cuelgan en la plaza en acto público.

El 28 de junio de 1966, muy temprano, me acordé de Perico Montiel. Me levanté a eso de las seis y media de la mañana, me di un baño de agua fría y salí a la calle a buscar leche para prepararme un café Arlistán instantáneo, una invocación al suicidio a la que sobreviví. Sobre la calle Defensa, tapando la puerta para que nadie saliera, se habían instalado soldados vestidos de verde hosco y con cascos, provistos de fusiles Mauser desvencijados que a veces disparaban. La Plaza de Mayo estaba ocupada por soldados y vehículos militares. Ya habían echado al Presidente y fue como un trámite para la tranquilidad ciudadana. Julio Alsogaray, Prémoli y Perlinger entraron en la Rosada con la infantería de la Policía en diferentes embestidas y lo echaron como si fuera un intruso. Cuando pude, me acerqué a la oficina de Entel, llena de soldados. No pude entrar y esperé hasta que vi venir a Perico, traje gris, camisa blanca, corbata azul marino, sonrisa de oreja a oreja en su rostro mixturado en charrúas que al reír era una imagen que solo Florencio Molina Campos podría reconstruir como se merece.

–Cuando precisés una información posta, posta, preguntás por el negro Montiel –susurró, luego me aleccionó–: Ahora rajá que estamos intervenidos y tenemos espías de todos los colores pisándonos la lengua.

Cuando llegué a la oficina la vida seguía como si nada. Mis compañeros miraban por las ventanas, querían asegurarse de que la vida de la ciudad se normalizara, pero desconocían que las turbulencias de la existencia caerían en un remolino y la velocidad de época se devoraría las certezas.

APUNTE I

CAPÍTULO 2

Confesiones de octubre

Luego de la muerte del Che Guevara, el 9 de octubre de 1967, en La Higuera, Ñacanguazú, sobrevino la desolación en muchos de nosotros. Me negaba a reconocer la muerte del Che. En el atardecer del 10 de octubre, compré La Razón en Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen, y leí que el hermano del Che, Roberto, abogado con años en la Marina, había visto su cuerpo en Bolivia y reconocía a su hermano aquel día de octubre que atisbaba en blanco y negro. Recuerdo que caminé hacia el Bajo en medio de una llovizna, y lloraba en silencio; tenía dieciocho años y llevaba un año largo esperando que nos llamaran para ir a Bolivia. Me había juntado con un grupo de bolivianos que me prepararon para luchar y aguardaba el momento, un secreto que resguardaría muchos años. No hubo una explicación lógica acerca de por qué era imposible realizar el camino a la revolución en Sudamérica. Esa revolución en hipótesis nos lanzaba a la nada; las conversaciones con amigos y compañeros no daban para mitigar el dolor de la pérdida del comandante, ni para remediar que la vida no nos acercara a los trapos de la gloria. El Che estaba muerto y nuestras lágrimas no alcanzaban para recuperarlo; no podíamos saber si había ido a Ñacanguazú a una resignación, a morir en la fe de un acto a la altura de sus sentimientos, o a hacer una revolución que era ahora un capítulo vano del vacío. Habían fracasado Guillermo Lobatón y Luis de la Puente Uceda en el Perú –donde mataron al poeta Javier Heraud en el río Madre de Dios–, Masetti en Salta y ahora el Che. Luego, Cacho El Kadri y las FAP habían caído en Tucumán. No sabíamos para dónde correr, pero corríamos; desconocíamos el camino, pero caminábamos. Se acabó el grupo de Reginaldo Torres y los bolivianos, con los que entrenaba en aquel hotelucho de la Avenida de Mayo, y en las costas de Sarandí y de Wilde; dos años de salir a montes de cercanías, recibir instrucción para las contiendas, leer textos varios, debatir y partir hacia ese nunca más. Así que deambulé por San Telmo, La Boca, recorrí las calles adyacentes al Riachuelo en las noches, allí donde no se debía caminar debido a los riesgos invisibles, la luna llena y los mendigos, según los policías que varias noches me sacaron hacia Barracas para alejarme de las aguas intratables del viejo río. Buscaba lo que desconocía.

Algunos de mis amigos de la Avenida de Mayo tenían una dimensión a veces incomprensible, desorbitada para mis años. Acudía a ellos porque necesitaba revelaciones, palabras para asistir mi desconcierto. Uno de mis amigos era Carlos Mastronardi, poeta entrerriano que se sentaba a leer mis débiles versos de iniciación y me recomendaba leer Alcoholes de Apollinaire para arrebatar sus monstruos a la angustia y llevarlos al papel. Me decía que no diera pelota a la militancia, que la poesía era una elección que precisaba de la indiferencia, estarse por dentro y salir a veces en el viento de las ciudades que mienten tu pertenencia. Una tarde, tomando café en El Tortoni me regaló Luz de provincia, y me habló de Valery, de su obra El cementerio marino, me dijo que de él aprendió la necesidad de reescribir un poema todos los días porque era tan solo una puerta abierta que jamás se terminaba de dibujar. Si el libro se publicaba, sugería, había que quebrarle las palabras, disolverlas en papel y guardar letra por letra para recomponer una nueva versión de esa humanidad a ras de ellas, que expusiera por fin la metáfora de cada día. Lo encontré tiempo después en la Galería Güemes, estaba desmejorado y muy viejo. Mastronardi escribía noticias municipales en el diario El Mundo, y ahora andaba con sus anteojos verde botella, su chambergo gris y un pantalón que se le caía. Había desmejorado como los años del país, perdía las percepciones de la realidad, no le interesaba mantenerla ordenada, en la soledad de una sabiduría de orden que no le expresaba nada, quería estar paciente y elusivo como en sus años entrerrianos. “He visto esta mañana una linda calle cuyo nombre olvidé”, parecía decirme con la voz de Apollinaire. Aquel día me acerqué y tuve que repetirle quién era, se lo veía perdido en la bruma de los años. No alcanzaba a describir su mirada detrás de las gafas verde oscuro. Le costaba recordarme, luego me alargó su mano para que nos saludáramos como siempre; balbuceaba palabras como si quisiera retenerlas para volver a usarlas y reescribirlas, como le susurraba Valery, “¡Se alza el viento!… ¡Tratemos de vivir!”, pero se le iban solas con promesas de no retorno a algún lugar del espacio que concentraba voces humanas; sus dientes habían perdido el escaso nácar y mostraban el verdín de los mates. Entonces le dije que tenía su bragueta abierta y sin pedir permiso, me acerqué, lo arreglé, le puse la camisa en el pantalón. Luego le acomodé las gafas; él giró con esfuerzo y se fue hacia San Martín con pasos desiguales. Quedé mirando su andar irregular en el declive de la existencia. Es penoso aceptar que algo ha comenzado, escribió Mario Trejo, aunque fuera el final.

Tal vez, eso explique mi errancia de noches ajenas en territorios ásperos de fe cuando había transcurrido menos de una semana de la muerte del Che, alucinando esa realidad irrecuperable. En eso, escuché a Guarany cantar a garganta llena en una peña que había abierto en la Avenida de Mayo, cerca de la 9 de Julio, un lugar con mesas de pino donde los parroquianos comían empanadas santiagueñas y asado, entre guitarras y bombos que resonaban al rumor moroso de los automóviles mientras se lo escuchaba cantar No sé por qué piensas tú, el poema de Nicolás Guillén que musicalizó. Cuando crucé la puerta y entré furtivo en la peña, frente a mí se hizo una línea de luz, di dos pasos y descubrí una sombra. Un muchacho alto de rostro impreciso, enfundado un traje negro con chaleco, camisa y corbata, se acercó.

–Pase, chango –escuché en la penumbra; era un hombre moreno de más de treinta años que me sonreía amable.

–No puedo entrar, no tengo plata, señor –atiné a responder mientras de fondo escuchaba a Horacio.

–Hazme caso, chango, pasa, siéntate y no me andes haciendo ruido. Eres mi invitado –repitió.

Lo miré sorprendido; era de habla lenta, con tonada, un rastro de brisa le empujaba las palabras.

Me sentó a una mesa como si fuera un comensal caracterizado de Buenos Aires que iba a entretenerse, era una artimaña del absurdo, ¿cómo un muchacho de 19 años, arrojado de Ñacanguazú por imperio de una muerte sin cálculo posible, que no tenía un mango, iba a aparecer de pronto sentado a una mesa de manteles blancos, esperando ser servido? Escuchaba ese rasguido de guitarras en el escenario donde un cantor con poncho rojo entonaba sus zambas cuando mi anfitrión apareció con un mozo que me traía un pedazo de costilla de asado, una empanada, pan y ensalada. Estaba solo en una ceremonia de fe; “porque un asado en mi pago, no es de naides y es de todos”, cantaba Yupanqui.

–Traele un vaso de vino al amigo –ordenó al mozo que regresó con una jarrita y medio litro de tinto; en la oscuridad sentí una rara satisfacción y recordé mi niñez, largos días de hambres anchas y presuntuosas.

Me hice amigo de ese hombre. Le conté quién era, qué hacía, le dije que también escribía poemas y relatos. Que no me conocía casi nadie en ese mundo de cantores. Cuando me confesó que era Agustín Carabajal me emocioné; era el autor de la letra de La Telesita, y me había invitado a comer cuando no tenía para pagar un plato de comida, el mismo al que había escuchado en la radio, que leí en los diarios, un personaje de los más importantes de la canción folklórica. Estaba ahí para ser mi amigo, para escuchar luego –en un silencio de cómplices–, mis confesiones de octubre.

Un día le conté a Agustín mi dolor por la muerte del Che y se inquietó, se pasó la mano izquierda por la pera y me habló con palabras precisas.

–Chango –comenzó alargando las sílabas–, eso que te ocurre es la esperanza, tu esperanza herida. Le has dado demasiado sobre un punto único que es frágil; un hombre debe caminar tomando en cuenta un punto central y otros que se mueven como satélites, no uno solo, es demasiado peso y exigencia en un solo lugar. ¿Comprendes, Lisandro? ¿Sabes?, hay un camino largo para encontrar el lugar de esa esperanza y yo siento que te equivocas si la tomas cuando solo es un alarde de paciencia; no es ahí donde la debes plantar. La esperanza es como un objeto de plata, y si no es cuidado, se percude y se opaca. La tuya entonces se resiente porque es en presente. Y en lo que me cuentas hay hombres que por lo común opacan lo que sientes, lo dejan a un lado de tu paso ofreciendo futuros sin certeza. Entonces, te sientes desposeído y azotado por una irreparable soledad. Hazme caso, vive tu desilusión como si estuvieras en el último día, porque el siguiente, será tan diferente que deberás esforzarte para encontrarla una vez más. Y tendrás que cuidarla hoy para que no se pierda mañana.

Cuando cerró la peña vi algunas veces más a Agustín, luego regresó a Santiago del Estero, y pocos años después me enteré de que había muerto muy joven por una enfermedad. Guardé sus palabras; no desconocía la soberbia cuando repetía los pasos que me llevaban a la violencia, la revulsión del sexo juvenil que iba por un cuerpo donde encallar. Recordaría siempre su paciencia, su palabra irrepetible. Con él se fueron mis confesiones de octubre y pensé que habían partido y que regresarían en otros vientos y otras lluvias.

CAPÍTULO 3

El Marinero Loco del Dock Sud

Descubrir Avellaneda, en realidad, fue para mí un encuentro en mis búsquedas, un año antes del episodio del fusilamiento de Aramburu. Era una ciudad proletaria de una actividad elocuente, con un estudiantado febril y una acción política que flotaba en el oxígeno furtivo de la vida. Se activaba la política en las calles, las fábricas, la Universidad Tecnológica, los bodegones, los bares, algunas iglesias, y en las librerías. El Dock Sud era un espacio de obreros, reclamos y viajes interminables de miles de personas que combinaban colectivos, trenes, barcos, bicicletas, motos, carros tirados a caballo y botes que llevaban a La Boca. Había allí algo de neorrealismo, Vittorio de Sica o Rossellini.

El último resplandor de la tarde en aquellos días de fines de la década de los 60 tenía el tono de una yema de huevo de campo cruzada por las nubes. Miles de trabajadores y empleados que regresaban a sus hogares atravesaban nerviosos la avenida Mitre, en Avellaneda. Bajé del colectivo 10 en Mitre y 12 de Octubre para buscar unas fotos en un negocio. Después fui por Mitre hacia Ocantos adonde me había mudado, hice tres cuadras y llegué a Roca, en el fondo del Dock Sud, y en el paso a nivel de Olavarría escuché silbar con espíritu dramático al tren de trocha angosta suspendido del viejo terraplén.

Su locomotora oscura e impenetrable se arrastraba lenta sobre los fierros como un fantasma a leña manejado por nadie. Me detuve antes de alcanzar el túnel y observé cuatro vagones de carga sin pasajeros que trotaban sobre los antiguos rieles. La máquina volvió a silbar, y el humo surgió en una bocanada blanca y gris de su chimenea como si un hombre sin rostro fumara una pipa en penumbras. El último vagón era de madera, y allí un viejo ferroviario de mameluco azul y quepis agitaba un antiguo farol inglés de petróleo. El tren iba hacia el Docke y se fundía en la niebla de la primera noche.

Al rato, en el bar El Paraguayo, de Mitre y Ocantos, pedí un submarino; no tenía plata para cenar. En esos días, dividía mi sueldo en cuotas para comer, comprar algunos diarios y ropa. El boliche era amplio y estaba abierto todo el día para los camioneros que iban y venían de Buenos Aires. Tomaba la leche con dos barritas de chocolate Águila cuando entró el “Marinero Loco”, compañero de militancia en Avellaneda. Me lo había presentado el Flaco Farías, un compañero del armado político al que me uní, un rejunte de perdidos que rechazábamos la dictadura de Onganía. El Marinero se hizo conocer por una huida de la comisaría del Dock Sud una madrugada, cuando lo detuvo una patrulla mientras pintaba una pared con consignas políticas. A eso de las cinco de la mañana, los policías habían salido a cazar giles para la estadística, borrachos, pobres de la calle, parias de la madrugada; los detenían por horas en la comisaría para tomarles los datos y los echaban con la alborada. Cuando agarraron al Marinero pegando carteles, los policías se pusieron nerviosos, temían a los militantes y a su palabra.

–Vea, sargento, a mí me contrató un tipo que no conozco, y me pidió que escribiera esto –el Marinero le mostró un papel donde estaba escrita la consigna, la hoz y el martillo–. Yo no soy político, ¿me entiende? Tengo que comer, que comer, ¿me sigue? El tipo me pagó con esto.

Les explicaba sereno, sin darles tiempo, y les mostró unos billetes que el policía más cercano le arrebató de inmediato antes de darle unos sopapos y encerrarlo en una celda común. El dinero lo incorporaban al patrimonio policial. A las cinco de la mañana, un policía llevó a los apresados a la entrada y comenzó a devolverles los documentos.

–¡De aquí a la casa, si los agarro de vuelta, los traigo y les doy como en la guerra! –gritaba.

El Marinero escuchó la consigna y salió corriendo de la celda para buscar su documento. Dio su nombre y, cuando el policía semidormido se lo entregó, corrió a la puerta. Al alcanzar la calle, escuchó a sus espaldas una voz gruesa, destemplada y violenta.

–¡Al zurdo no me lo larguen, muchachos, ese se queda, carajo! ¡A los comunistas los queremos en casa!

–¡Se está escapando, boludos! –gritó uno de los policías.

El Marinero encaró hacia dentro del Docke y comenzó a correr. No menos de seis policías salieron a buscarlo y, al no hallarlo, regresaron, se subieron a dos patrulleros y comenzaron a rastrillar el barrio; se detenían en algunas casas a las que apuntaban con las luces del vehículo. Los vecinos despertaban por las sirenas, los perros ladraban y el Marinero, lejos de allí, saltaba paredones, corría a los fondos de las casas sin darse un segundo de respiro. Con las sirenas a su espalda había saltado una tapia de madera, corrió hasta un gallinero y se parapetó, agachándose detrás de unos cajones de madera.

–Levantate despacito con las manos arriba, negro, y no te hagás el boludo que te atravieso –escuchó a sus espaldas.

El Marinero giró lentamente y se encontró con que su captor tenía un cuchillo de carnicero en la mano; no alcanzó a verlo porque su mirada quedó paralizada en el cuchillo.

–¡Negrito!, ¿qué hacés acá?, ¿qué te pasó? –dijo de pronto el hombre retirando el cuchillo, y el Marinero levantó la vista.

–¡Lucio, hermano, me confundieron con un chorro y me les escapé de la comisaría! –Al levantar la cabeza el Marinero se encontró con un amigo, obrero del frigorífico Anglo.

–Agachate y seguime, que no nos vean –le indicó Lucio de inmediato, y lo llevó a la cocina, donde permaneció hasta media mañana tomando mate; el fondo de sirenas se disolvía en los sonidos y el rumor de los vehículos.

La historia corrió como reguero de pólvora entre el activismo de Avellaneda y algunos vecinos; uno de ellos lo llamó el Marinero Loco porque creyó que quien se había rajado era un embarcado. Entre nosotros, el apodo se convirtió en su nombre de guerra. El subcomisario Etchecolatz, de Avellaneda, sumó su descripción a la lista de sus enemigos.

–Lisandro, ¿me aguantás algo para comer? No tengo un mango –me pidió esa noche en El Paraguayo; se veía cansado y ojeroso–. Le pedí al Wence Orue y no tenía un mango ni pa’ caerse muerto.

Orue era un militante del Dock Sud que vivía en Villa Domínico y formaba parte de la “Armada Brancaleone” con la que nos movíamos.

–Te puedo pagar un submarino, tiene chocolate y te alimenta.

–Metele. Sabés que iba a entrar en el frigorífico Anglo, pero me sigue buscando la policía del Docke, así que vengo jodido. Manejo unos días un taxi de unos compañeros y es todo lo que hago.

El Marinero le alquilaba una habitación a don Ramón Molina en la casa pensión donde yo vivía en la calle Ocantos casi avenida Roca, en Crucecita. Una tarde, al volver de la calle, me pidió que lo acompañara a su habitación, al fondo de la casa tipo chorizo. Allí encontré que con él había una mujer joven muy bonita, que le daba la teta a un bebé.

–Te presento a Juliana, Lisandro, mi mujer, y a mi hijo, Blas –me sorprendió–; por favor, no se lo cuentes a don Ramón, que no quiere familias en la pensión, porque en unos días dejamos la casa y vamos a una más grande.

–No, loco, no voy a decir nada, pero se va a avivar –le respondí preocupado; yo no tenía responsabilidad en la casa, pero don Ramón me tenía confianza.

A la mañana me fui a trabajar nervioso. Estaba entre dos fuegos, y para sostener uno debía callar ante el otro. Al llegar a la esquina de la pensión estaba, como todos los días, Pascasio Britos, que vendía frutas con su carrito y era obrero del puerto. Aquel día se había calado una gorra más grande que la habitual y estaba metido detrás de unas gafas oscuras.

–¿Qué le pasa, Pascasio? ¿Va a actuar en una película? –le pregunté, cachador.

–No me nombrés, pibe –me dijo mientras miraba con desconfianza a su alrededor–; estamos de huelga en el puerto, ayer tuvimos una trifulca y nos andan buscando.

–¡A la mierda!, ¿fue muy pesado? –repliqué.

Pascasio le vendió unas bananas a una mujer, esperó que se distanciara siguiéndola con la mirada y prosiguió:

–Nos mandamo’ una cagada grande, pibe –dijo, y había dolor en su voz–; ayer a la madrugada aparecieron los carneros que venían a ocupar los puestos de los que hacemos huelga en el puerto. Vos sabés que nuestro jefe gremial, Eustaquio Tolosa, está preso, no tenemo’ diresión. La cosa es que cagamos a palos a varios carneros. Con uno se nos fue la mano: estaba en el piso mientras peleabamo’ con otros; le echamos un bidón de nafta y le prendimos fuego. No sabés lo mal que me siento, los compañeros te dicen que ahora no viene uno más, pero la cosa es que te cargaste un cristiano y ahora sos otro pa’ siempre. De’sa cagada no se vuelve…

–Pascasio, van a tener que cuidarse, porque si los agarran los van a hacer papilla. –No supe que decir mientras me convertía en su cómplice. –¿Por qué no se raja?

–¡No me nombres! Vamo’ a ver, pibe, mientras, comprame fruta que no estoy cobrando por el puerto. –Se despidió sin dejar de mirar a todos lados; días después desapareció del barrio y no volví a verlo nunca más.

No pasó mucho tiempo antes de que don Ramón descubriera a la familia del Marinero y, luego de reprocharle el episodio, como era un caballero, le diera unos días para irse.

–Usted sabía lo que pasaba en la habitación de su amigo, Lisandro –me encaró una mañana antes de salir para la oficina.

–No sabía, don Ramón, pero lo vi –le respondí con pausas.

–Lo supuse. –Se quedó pensando detrás de sus gafas oscuras, gastadas por años de trabajo. –Quiero que me entienda, la casa es para mis hijos y tengo que cuidarla, si no se las dejaría. A usted no le reprocho, pero no lo felicito.

Don Ramón Molina era una buena persona, tucumano y socialista. Me compraba revistas políticas y bonos para las huelgas. Volví a encontrar al Marinero Loco en El Paraguayo, y me invitó a comer un guiso de lentejas.

–Gracias por callar lo de la piba, Lisandro. Sabés: el viejo Ramón Molina, buen tipo, casi me pedía perdón por tener que decirme que me fuera y me dio unos días para irme; solo quería asegurarse de que no iba a quedarme.

–¿Y ahora dónde vas a ir con tu mujer y tu hijo?

–Tengo que confesarte algo –sonreía con picardía mientras se mandaba una cucharada de guiso y el humo le flotaba en la frente–, Juliana y Blas no son mi familia, me encantaría que lo fueran, no es bueno andar siempre solo.

Me dejó sin palabras.

–Te cuento: una mañana, como siempre, yo no tenía un mango… igual que en la noche que me invitaste a tomar un submarino. Caminaba por el mercado, detrás de la cancha de Racing, buscando fruta, papas, algo para comer porque no había podido cobrar una changa. Entonces la vi a Juliana, era hermosa, una flor en lágrimas sentada en la vereda, abrazada a su bebé. Le pregunté qué le pasaba y me contó que había quedado embarazada de un novio y que, al nacer Blas, sus viejos la echaron de la casa y el tipo se borró. Vos sabés, las mujeres que cuentan esas historias te dan vuelta. Yo no tenía un cobre pa’ ayudarla y ahí se me ocurrió que igual podía hacer algo por ella. Así que me la llevé a la pensión y te engañé con que eran mi mujer y mi hijo, una mentira piadosa; ahora están con una amiga. La verdad es que te metí en un problema.

En las manifestaciones, el Marinero era bravísimo. Me acuerdo de haberlo visto pelear con la Policía en Once, en una marcha contra Onganía. Nos juntábamos en el bar de Alberti y Rivadavia, y en la manifestación siempre estaba levantando el ánimo de los otros, dando pelea. Eso sucedía poco antes de la desaparición de Aramburu, porque en adelante, las cosas fueron cambiando mucho. Los actos fueron más duros, inclementes, la represión se volvió implacable y también algunos compañeros de las direcciones políticas se creyeron patrones de una empresa que daban órdenes a la chusma. La Policía se puso difícil y comenzaron a matar y a torturar sin límites ni treguas. Así llegarían a la masacre de Trelew y otras atrocidades. Algo oscuro y violento estaba transformando la luz de cada día, una vez que se trazó la línea filosa que marcó el antes y el después con el caso Aramburu. Allí, en cierto modo, cambió bastante el color de la historia.

CAPÍTULO 4

El General secuestrado y la carpa de Elina