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"Las estrellas es una despedida literaria de una hija a una madre, en detalles y al mismo tiempo despojada; un ejercicio espiritual laico, aunque no ateo —abundan los fetiches sincréticos, el ritual pagano, la confesión sin penitencias—. Es también el cuento sobre una vida, de esas de las que se dice que no cuentan, que muestra cómo la hija no acompaña el último suspiro, ni las largas horas de espera en salas de hospital destinadas a convertir la muerte inminente en una prórroga, la que sabe que se puede llorar en una isla de ensueño en lugar de en un cuarto triste de reclusión; es la que mejor ha leído en la madre, la ha escuchado. Si la narradora dice haber tenido el lapsus de decir "vuelo" en lugar de "duelo", debería reconocer en ese lapsus una verdad profunda: el vuelo hacia la escritura como suplemento soberano del dolor; y que entre la madre narrada y la hija, ambas pertenecientes a mundos opuestos, existe el legado de una autonomía orgullosa, esa que hace siempre de una vida algo completo y pleno. «El duelo suele ser más largo que su relato: Carta a mi madre de George Simenon, Una muerte muy dulce de Simone de Beauvoir y Desgracia indeseada de Peter Handke son nouvelles, como si el relato de la muerte materna exigiera cierta síntesis ascética en el estilo, cierto laconismo en la pena. Las estrellas se merece formar parte de esa serie entrañable». —María Moreno «Esta historia se inscribe en las benditas "literaturas del yo", pero es mucho más que eso: es poesía de la buena, es inteligencia, es economía, es ver hasta dónde la capacidad de amar puede estar ligada a la capacidad de escribir. El tono es tan sobrio, tan poco estridente —me recuerda a El año del pensamiento mágico, de Joan Didion— que el efecto es inverso: te aniquila». —Josefina Licitra «La escritora argentina abre una vía nueva, imaginativa pero severa, tierna y claroscura, en el género del duelo filial. [...] Las estrellas consigue algo más parecido a una fotografía casual, tomada sin avisar, que a una estatua solemne. La voluntad del libro es, a su modo, pequeña, y de ahí su éxito final, tan notable». —Juan Marqués «Un relato hermosísimo sobre el duelo, la maternidad, la angustia y el tiempo. A través de la enfermedad y la muerte de su madre, nos habla de llenar vacíos, ocupar huecos, curar heridas y destruir estereotipos. Parece mentira que sea su primera novela». —Loreto Sánchez Seoane «Este libro nos conecta con una humanidad profunda, con ese reducto atávico que nos hace hijos, madres, personas». —José Ignacio Carnero «Si este país no estuviese tan hipotecado por el servicio de novedades editoriales, [Las estrellas] sería con certeza un long seller». —Belén Rubiano
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Seitenzahl: 164
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Las estrellas © Paula Vázquez
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2019
DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama
DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama
FOTOGRAFÍA DE LA SOLAPA: © Catalina Bartolomé
IBIC: FA
eISBN: 978-84-121980-0-3
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paula vázquez
A mi mamá
«Encontrar ahora profundidad, no tiempo, puesto queno podemos, / sino profundidad».
GEORGE OPPEN
Lunas opuestas
Intimidad
Esto no es dolor
La serie final
La Habana
Gibellina
Temporada de despedidas
Luna llena en Escorpio
Jagüey Grande
Los anillos de mamá
Palermo
24 de mayo
Lugares en los que dormí (durante la enfermedad de mi mamá)
Un lugar bajo los árboles
Cuidados integrales
Milán
Jardín de muertos
El último día que llevé a mi mamá al médico hablamos de su carta astral. Como cada vez que tenía turno con el oncólogo, la espera fue de varias horas. La enfermedad es agotamiento orgánico pero también carencia, trastorno, desequilibrio, la imagen propia frente al abismo. Nunca entendí qué clase de problema de agenda podía justificar que personas con graves dolores se vieran obligadas a pasar gran parte del día en pasillos de hospital, donde la luz es escasa y los asientos no abundan.
El tratamiento hace doler los huesos, el cuerpo se vacía como para morir casi despojado de peso terrestre y, en ocasiones, también cura. Así es desde siempre. El arsénico se usaba para tratar enfermedades como el asma o la leucemia. La serpiente es el dios de la medicina. Una serpiente sobre un cáliz, o dos serpientes enroscadas como hélices de adn. Un médico es a la vez envenenador y el que puede sanar.
La quimioterapia también se presenta como esa posibilidad alquímica, un tiro al blanco con una toxina capaz de activar el opuesto que contiene como potencia. Del mismo modo, para nosotras esas largas horas de espera eran una forma de bendición.
El tiempo pasaba mientras yo trabajaba de a ratos en mi computadora, le contaba una anécdota de mi estudio jurídico, leía un poema sobre el dolor en el cuerpo de una madre primeriza o iba hasta la máquina expendedora a comprar una gaseosa baja en calorías, ella contestaba mensajes de mis hermanos o sus amigas y me mostraba con orgullo cómo el pelo volvía a crecerle, hacía siempre el mismo chiste comparándose con un personaje de unos dibujos animados extraños que tuvieron éxito en mi infancia, como si su capacidad de buen humor hubiese quedado fijada en aquella época.
Estábamos juntas y hablábamos o nos quedábamos en silencio, pero juntas. Fueron pocas veces. Tres o cuatro, en total, desde que pude quebrar los años de distancia y agresión que nos habían separado. Desde que supe que mi mamá se iba a morir pronto.
Ese día habíamos esperado primero en el subsuelo, hasta que nos avisaron que debíamos subir al tercer piso. Estábamos apretadas en un sillón de una de las salas de espera. Un pasillo largo, sillas y sillones, un vagón de un tren abandonado, un tren que no avanza hacia ninguna parte pero que sin embargo tiene un único destino para todos. La muerte de mi mamá me hizo sentir que todos pasamos por esa experiencia. Hablo de la muerte propia pero, también y sobre todo, de que se nos muera la madre. Porque la madre siempre se nos muere, es una muerte que se inscribe en la propia existencia a la vez que pone fin a la vida de esa mujer que es más allá de su rol materno. Antes lo sabía, pero no me había dado cuenta.
La tierra da un salto, hay una nueva versión de la vida y de los objetos en la que mi mamá ya no está. La tierra se abre y la tierra se cierra. Estamos de pie frente al agujero. Atravesar esa experiencia es llegar a la zona en la que el misterio hace raíz. De pronto sentimos sobre los hombros el osario común de todos los muertos. Los propios. Los ajenos. Nos obliga a mirarlos, a ver lo que tenemos en común.
¿Qué es lo que queda de esas vidas? ¿Qué quedará de la propia?
Hablábamos de cualquier cosa: una foto de mi sobrina que mi hermana había publicado en alguna red social, una novela que yo le había prestado pero que ella no podía concentrarse para leer. Entonces se me ocurrió preguntarle si sabía a qué hora había nacido. Mi mamá nació el seis de octubre de 1958 en Escobar, provincia de Buenos Aires, a las ocho en punto de la mañana. Mandé las referencias y unos minutos más tarde me devolvieron la carta astral. Mi mamá tenía luna en Cáncer. Se lo conté. No dijo nada de la palabra cáncer. No decía nada de la palabra cáncer ni del cáncer, en general. Pero sí quiso saber qué significaba su luna en Cáncer.
Busqué en los archivos de mi computadora un libro que habla de las lunas, y leímos juntas que el bebé nacido con luna en Cáncer permanece envuelto en una energía suave y mullida, donde reina la calma más profunda. Apenas algo lo toca se cierra sobre sí, ovillándose: o se encoge como un caracol, replegándose hacia adentro. Mientras yo leía mi mamá se tocaba las manos, una sobre la otra, de forma circular, movía los anillos con un dedo, achicaba los hombros, como si buscara crear un espacio dentro de sí misma. Tenía puesta una camisa verde a rayas que habíamos ido a comprar la semana anterior. «Es fea pero total, es para mí»: ascendente en Capricornio.
Mi mamá, antes del cáncer, dos operaciones de columna, placa de titanio, dolores insoportables, no podía caminar más de dos cuadras sin buscar donde sentarse. La imagen de Capricornio es la cabra: la cabra carga con todos los pesos de la humanidad sobre su lomo. Ascendente en Capricornio, luna en Cáncer. Seguí la lectura: en este caso el vínculo con la madre es muy estrecho, íntimo y sin intermediaciones, por eso es necesario cerrarse casi herméticamente al mundo externo.
La astrología relaciona los cielos externos con los internos. Es un lenguaje sagrado. Suena extraño, pero es simple: los lenguajes sagrados son aquellos en los que cada parte está integrada al todo y todos los elementos participan de cada parte. Dicho así, tenemos cielo interno, tenemos mares internos, tenemos mareas que suben y bajan en nuestro interior.
El mar es la imagen de la fuente. Mare, meer, mer, madre, la fuente, la cueva, la casa, la luna, el cuerpo celeste más cercano a nuestra Tierra, espejo y reflejo, la mare, la madre, las mareas, la luna que rige también la fertilidad, la concepción, el embarazo y el nacimiento, todos somos un lado oscuro y uno luminoso, todos somos luna, a perpetuidad. En sánscrito «amor» y «memoria» se dicen con la misma palabra: smara. La lengua. La lengua madre.
Después de leer sobre la luna en Cáncer mi mamá quiso saber sobre mi luna. Esta vez no leí el capítulo del libro, sólo le conté lo que ya sabía, casi de memoria. Luna en Capricornio: enorme capacidad de contracción, el autosustento es la forma que adopta, con una solidez que termina por aislarla. El talento que tiene es propio de un adulto pero por eso en el extremo opuesto de las necesidades de un bebé. Mientras lo habitual es recibir la protección de la madre en los primeros meses de vida, su calor, su alimento, la energía lunar de Capricornio señala que este bebé nacerá del cuerpo de una madre poco inclinada al vínculo emocional, que pondrá distancia incluso física con el bebé. El mensaje dominante es serás amado si cumples con tu deber y te bastas a ti mismo.
Pienso en que me gusta habitar lugares en los que puedo sentirme chiquita, el placer de cerrar la puerta de mi casa, los hombres de brazos capaces de contener mi cuerpo con facilidad. Mi nombre es un adjetivo latino, significa pequeña, de baja estatura, chiquita. Puede decirse: «Paula paula est». Muchos de los que me conocen dirían que esa frase no expresa ninguna verdad reconocible en lo que soy. Pero quizás mi mamá tuvo la sabiduría de nombrarme con una clave mágica que señala lo que debo transitar para poder crecer: la vulnerabilidad. Mi mamá me dio la luna en Capricornio, pero también me dio este nombre.
Por primera vez hablé de estas marcas de mi infancia casi como un hallazgo científico, o una nota de interés general de cualquier revista, sin ningún reproche, sólo dando la información de las circunstancias con las que yo había tenido que lidiar, con las que mi mamá también había tenido que lidiar: un vínculo astral que nos había sellado pero que, cuatro meses antes de su muerte, habíamos logrado vencer.
Cuando el alma quiere experimentar algo lanza una imagen delante de sí, y después entra en ella. Mi luna y la de mi mamá son complementarias, nuestro ascendente es el mismo. Le diagnosticaron cáncer de mama un par de meses antes de cumplir cincuenta y nueve años y se murió diez meses después. Las estrellas son ambivalentes, por eso hablamos de estrellas buenas y estrellas malas. La compulsión de las estrellas son las pautas inconscientes con las que nacemos de acuerdo a la posición de los cuerpos celestes a la hora de nuestro nacimiento.
Desde la antigüedad y aún hoy, en algunos lugares, quizás pequeños o aislados o no bajo la misma luz que nos muestra las cosas que vemos todos los días, el objetivo de los rituales religiosos y del proceso de curación es reconducir esas pautas y romper su poder compulsivo.
Mi mamá se enfermó seis meses después de la muerte de mi abuela, su propia madre, a la que se dedicó, junto a mi tía, a cuidar durante los últimos diecisiete años de su vida. Durante más de seis meses sintió una presencia que crecía dentro de su cuerpo y no hizo nada.
La noche del día en que se murió mi mamá empecé a planear un viaje. Un viaje destinado a un lugar donde pudiera estar sola. La fantasía que repite la luna en Capricornio: la soledad le permite estar cerca de la madre. Escribo entonces sobre mi mamá y sobre la muerte de mi mamá y sobre mi propia soledad. Para eso, viajé a más de diez mil kilómetros, alquilé un departamento en un pueblo casi desconocido. Me alejé de todo para tratar de acercarme, una vez más, a mi mamá.
Llegué a Roma el doce de julio. Mientras descendíamos miré a través de la ventana del avión y la luz inmensa del sol de verano sobre el Mediterráneo se estrelló en el fondo de mi cabeza. Un barco dejaba una estela sobre el agua. Otro avión cruzaba en dirección opuesta a la nuestra. Imaginé a los pasajeros de ese vuelo. De viaje para descansar en playas del otro lado o rumbo a Madrid por obligaciones de trabajo, quizás un regreso antes de tiempo para asistir al entierro de alguien que murió de pronto, en medio de las vacaciones familiares.
En el asiento junto a mí viajaba una chica romana, una gomita de pelo le apretaba la muñeca, una marca inevitable, el avión allá afuera, aquellos pasajeros con un destino distinto y otras historias, el resto de pasajeros que van por el mundo, en barcos o aviones o trenes, en el subte en Buenos Aires, mi amiga Sofía en el metro de Barcelona, a caballo chicos en algún pueblo rumbo a la escuela, a caballo como iba mi papá a la escuela a los seis años, en el auto mi hermana que va a su trabajo desde su casa, besa a su hija y sale, ocho horas más tarde vuelve de su trabajo, entra a su casa y besa a su hija. Los recorridos humanos. Los pasillos que caminé de una terminal del aeropuerto a la otra. El avión que me dejó en Palermo. El auto en el que llegué al departamento alquilado en un pueblo junto al mar.
Pienso en la salida de la autopista, y la luz que pega sobre el cartel que indica el nombre del cementerio privado mientras mi auto desciende, es una bajada de apenas cien metros y ya desde cualquier lado puedo dar los pasos necesarios para llegar al lugar que alojará a mi mamá para siempre. Lo elegí yo misma. Abajo de los árboles. Y aunque es un jardín de verde apacible y aunque creo que ahí no está en verdad mi mamá, sino los restos del cuerpo transitorio que me dio el cuerpo transitorio con el que hoy escribo, cada vez que desciendo por esa bajada con las manos sobre el volante de mi auto, o cuando pienso en el mismo descenso pero desde un avión sobre el Mediterráneo, me pregunto si no le molestará el ruido de la autopista.
Todo eso en verdad ahora no significa nada. Lo importante es que necesito amor y estoy sola. Voy a un pueblo insólito a llorar a mi mamá. Escribo con la esperanza de curar alguna parte que, hasta el momento, permaneció inalcanzable para el remedio de las palabras de diván. Escribo para hacerme decir lo que de otro modo no soy capaz de decir. Voy a juntar las piezas o a mirar los pedazos y dejarlos reposar al sol, lejos de las miradas de quienes sólo pueden verme entera. Eso repetían el día del entierro de mi mamá: «Se te ve entera». Y yo me sentía en falta, como si la amputación que produce una muerte, la muerte de la madre, tuviese que manifestarse de forma unívoca para calmar las expectativas de todos.
En una charla en una librería, días antes de irme, quise decir «duelo» y pronuncié «vuelo». Mientras descendemos sobre el aeropuerto veo camiones de bomberos de formas extrañas, con caras anfibias, narices chatas, frentes desmedidas, camiones como ballenas que cargan en su interior miles de litros de agua. Hay gente que dedica su vida entera a diseñar y construir camiones de bomberos y los lugares aledaños desde donde bombear agua, hay hombres y mujeres que se aseguran de que todo esté preparado para el instante en que se desencadene la explosión.
Hace tres días que estoy en Sicilia. Me enamoré del pueblo polvoriento, casi en ruinas, silencioso, excepto por la calle principal donde se nuclean los bares. Aún no fui a la iglesia, ni al castillo sobre el mar que da nombre al pueblo. Sí remonté una montaña en una Vespa para mirar el puerto iluminado tocando el mar de noche, me llevaron a recorrer playas de acantilados maravillosos, cené en la terraza de una casa que mira sobre el mar y la montaña, dejé que me cocinaran la cena.
El tiempo del duelo puede experimentarse como la permanencia en una isla cubierta de niebla. Así puede estar la mente, confusa, errante aunque atada a un peso de hierro en una zona sin respuestas. Hay quienes pasan por alto este proceso, siguen la rutina, se levantan, van a trabajar, hablan del asunto con cadencia administrativa. Pero en silencio la falta los inundará.
Yo no estoy hecha para mirar hacia otro lado.
Era un viernes de fines de julio pero había humedad y el sol levantaba calor del asfalto. Tres días antes mi hermana me había llamado por teléfono. Yo estaba en una clase. Salí al pasillo para atender pero un impulso hizo que me llevara todas mis cosas, como si supiera de antemano que lo que mi hermana iba a contarme me impediría volver a la clase, prestar atención, que la vida siguiera como hasta entonces.
Florencia es pediatra y trabaja en el hospital en el que mi mamá eligió atenderse. Gracias a eso había podido acceder a los resultados de la biopsia antes que nadie. Antes que el médico de mi mamá, antes que ella misma. Me confirmó lo que de algún modo ya sabíamos: el tumor era maligno, y de un subtipo particularmente agresivo.
A lo largo de los meses y de las progresivas malas noticias que iban entregando los estudios de laboratorio e imágenes, mi hermana y yo siempre compartimos esta suerte de primicias. No lo comentábamos con nadie más. Esa ventaja nos daba dos o tres días para prepararnos, para asentar el golpe, nos sostenía en el núcleo seguro que habíamos construido con los años y que era nuestro diálogo de hermanas.
Después la noticia salía al mundo y entonces llegaban los comentarios de todos, el silencio invariable de mi papá, cómo decirle a mi hermano la verdad pero con énfasis en la esperanza, buscar las palabras para no agravar su sufrimiento. Desde el día del turno con la ginecóloga que le ordenó los primeros estudios supe que mi mamá se iba a morir en poco tiempo.
Hay muchas cosas que son así. Corazonadas, intuición. Cosas que sabemos del mundo y sobre todo de nuestros más cercanos sin necesidad de pruebas o señales. Con el embarazo de mi hermana me pasó lo mismo. Imaginé que Florencia me enviaba una foto de un test de embarazo que daba positivo, y se lo comenté a mi compañero de entonces. Al día siguiente fuimos a su casa, almorzamos, tomábamos café cuando mi hermana me extendió su celular con la excusa de que me quería mostrar unas fotos de nuestra infancia. Pasé las imágenes que ya conocía hasta que en la pantalla apareció un test de embarazo con las dos líneas cruzadas que formaban un signo positivo. Ella se lo había hecho esa misma mañana.
Jung llama a estos eventos «sincronicidades» y sostiene que son una posibilidad de esclarecimiento. Los escépticos pueden catalogarlos como simples coincidencias. A mí me gusta pensar en una suerte de lenguaje que se construye cuando se tiene la suficiente intimidad con alguien, la clase de intimidad que brinda haber habitado el cuerpo del otro o venir del mismo cuerpo.
El viernes del diagnóstico mi mamá fue al hospital y escuchó de boca de su oncólogo lo que sus hijas ya sabíamos. Las primarias de las elecciones legislativas eran el mes siguiente y yo era candidata en mi pueblo. Estaba de recorrida por el barrio en donde nací, a dos cuadras de la casa del pediatra de mi infancia, un consultorio improvisado entre la cochera y un escritorio de un chalet de lo que en ese momento era una zona residencial a cuarenta kilómetros de la ciudad.
Caminábamos hablando con los vecinos. Yo sabía que mi mamá ya sabía, pero extendí la actividad lo más que pude. Le mandé un mensaje en el que decía que iba a pasar a verla después del mediodía. Cuando la actividad de campaña terminó fui a almorzar sola a una cafetería cerca de la casa de mis padres, la misma casa en la que yo había vivido hasta los diecisiete años.
Pensé en qué se suponía que debía decirle, imaginé el momento, el de siempre: entrar a la casa, ella en la cocina, las manos apoyadas en la isla de mármol del centro o de espaldas sobre las hornallas. Era obligatorio, tenía que abrazarla. Un gesto que no era usual entre nosotras, un gesto del que casi no tenía recuerdos.
