Las flores quemadas - Rodrigo Ayarza - E-Book

Las flores quemadas E-Book

Rodrigo Ayarza

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Beschreibung

"¿Obedecer? No hay cosa que deteste más. Si tan solo pudiera mirar a los ojos y decirle lo que siento". Kranzu llega a la ciudad y la detiene el Storka, el líder de la banda ultra racista, quien en forma arbitraria traza une línea en el suelo. Esa Imposición simboliza un grito de odio, esa línea se vuelve el relato ensordecedor de una sola historia. Es así como Kranzu y otros personajes a partir de Las flores quemadas descubren que sus relatos no sean silenciados. Pero ¿qué y cuánto están dispuestos a perder? Ellos eligen arriegarse, van hacia el otro lado de la línea. Sigámoslos.

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Seitenzahl: 83

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Las flores quemadas - Narrativas noviolentas.

Rodrigo Ayarza

ISBN: 978-84-19611-19-2

1ª edición, abril de 2022.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Estas flores quemadas, que quieren salirse de los muros,

están dedicadas para Nadia, Tadeo y Maite. Y para los cómplices

de estas narrativas noviolentas, Luis y Silvia.

Construcción de situaciones y personajes para las ilustraciones: Rodrigo Ayarza y Martín Milán. Ilustraciones realizadas

por Martín Milán.

Las líneas que no se pueden cruzar

Kranzu y Endetas

—No hay nada —gritó Kranzu.

—No hay nada, no hay nada —insistí.

Alarmados, corrimos a toda prisa. Cuando llegamos no lo podíamos creer —cuenta Endetas—. Pudimos verlo con nuestros propios ojos: allí, donde debían estar los cultivos, no había nada, tan solo agujeros perdidos. Avanzamos, y a los pocos kilómetros descubrimos que las minas eran nidos vacíos, ya no había nadie, en ninguna parte, ni en los galpones de animales, ni en los muelles, ni en las barcazas de pesca. Nada.

Los que quedábamos decidimos enfrentar esa dura realidad. Kranzu, sin importar nada más en el mundo, fue la primera en abalanzarse hacia aquel vacío. La seguimos, la perdíamos y la volvíamos a encontrar en aquellos entreverados senderos. Bordeamos el esqueleto de un río que, vilipendiado por el fuego, pedía clemencia. Después, nos acompañó la transformación de un mundo superado por otro mundo peor, hasta que llegamos a la planicie y allí comprobamos que era el lugar en donde una forma extraña del mismísimo desierto imploraba ser temida.

Incrédulos, percibimos que el humo de lo que habían sido los cultivos flotaba en el aire y que no llegaban graznidos de pájaros ni sonidos de otros animales, tan solo ruido y olor a metralla. Lo que veíamos era un hostil vacío transformado en la imposibilidad de algo. Era la primera vez que lográbamos pisar su piel, el suelo que en forma cruda, tal vez forajida, nos definió como forasteros. No pertenecíamos ni siquiera a ese lugar olvidado. Una niña cayó derribada de espaldas en la arena, mientras apretaba los puños y lanzaba un grito de dolor, Kranzu intentó ayudarla, pero fue imposible. Comprobó cómo los tallos moribundos de la vegetación extinguida, convertidos en cenizas, le quemaban las plantas de los pies.

Los que aún teníamos fuerza corrimos desesperados. Veíamos con nuestros propios ojos flotar el humo de unas cenizas moribundas, tiramos manotazos pero tan solo hacíamos jirones a esos trozos de posibilidades que se nos escurrían entre las manos. Y fue así como descubrimos que las cenizas habían profanado nuestras aldeas.

***

En forma traidora y perversa el ruido a metralla se hacía, lenta y persistentemente, de los brazos de los más jóvenes, que uno a uno caían en aquella procesión. Kranzu, Endetas y muchos otros sobreviven en una región en donde el valor de sus vidas está por debajo de lo que podríamos imaginar. Grupos armados dominan el territorio, el tráfico de armas ocupa ahora los galpones donde antes concurrían a estudiar. El único lugar al que pertenecieron ahora está muriendo bajo el fuego. Es su futuro el que agoniza, su futuro transformado en cenizas yace allí, doblegándolos, haciéndolos caer, dándoles la espalda. Y esto no huele bien. Aceptar esta realidad es lo peor que les puede pasar, pero también ser expulsados es lo más bajo, el menosprecio que los deja sin aliento.

Los expertos en desollar pieles siguen buscándonos —cuenta Endetas—. Muchos jóvenes yacen derribados, de espaldas en la arena. Kranzu choca con las cenizas, las llamas lamen su piel y huye del lugar. El ardor le impide escapar con rapidez. Se refugia en el último lugar de todos, donde las líneas en el horizonte comienzan a despedazarse.

Algunos, logramos alcanzarla. Alzamos la vista, a más de doscientos metros vemos que aún existe una posibilidad de salir de ahí. Buscamos en las orillas esa oportunidad. Pero nos acercamos y descubrimos lo insoportable. Comprobamos que en las orillas agonizan agujereadas muchas de las barcazas que nos sacarían del lugar.

Veo que Kranzu intenta llegar a la orilla pero la mortecina luz del horizonte cae en sus ojos, mientras que yo aprieto los puños y, al igual que muchos, también lanzo un grito de dolor.

Kranzu, toca mi piel, me han herido.

—¿Qué miras? —le pregunto.

Ella se asusta al ver mi cuerpo, “son profundas las heridas, Endetas”, me dice Kranzu. Logra quitarme una esquirla de metralla que se me había adherido a la piel.

—Tan solo queda una última esperanza —insisto.

Al fin surge en el río la sombra del Traf quien viene a rescatarnos.

En la orilla escucho desesperado al Traf, sabe que tenemos que irnos ya.

Kranzu y otros logran subir a la barcaza. “Endetas, vamos”, insiste el Traf, “¡sube de una vez!”, grita. Cuando escuchamos en el fondo de la noche un fuerte estruendo. Nuestros cuerpos se deshacen, caen flácidos, el mío choca con la orilla, el de ellos choca contra unos granos desparramados en las tablas de la embarcación.

Intento trepar una vez más pero fracaso, los disparos comienzan a caer cerca de donde estamos, mi brazo no resiste. Kranzu toma mi mano, siento que me roza otra vez una munición, ésta me lastima con violencia, no hay más nada que hacer, reconozco la derrota, no puedo trepar, mis pies se hunden en la arena. No hay tiempo —dice el Traf—, hace todo lo posible para que suba de una vez, me tira una cuerda, pero no la atrapo. Tiene que elegir, no puede perder a todos y esa elección lo lleva a empujar con uno de los remos la arena del fondo para salir de la orilla. Kranzu no me quiere soltar, ni yo a ella, y le digo desesperado:

—¡Cuídate! Busca a Pixyad, él te dirá dónde encontrar a Isti. Si quieres sobrevivir, ¡encuéntralos! Busca a Pixyad…

El Traf descubre la sombra de unos que vienen a buscarme, sabe que es ahora o nunca y se aparta de la orilla, mientras mis pies se hunden aún más, me suelto de la mano de Kranzu.

El Storka: un perro rabioso que le ladra a su cola

Un hiriente arpón escarba lo que va quedando de cielo.

El arpón intenta incrustarse en la tabla de la barcaza, pero esta no cede ante la hostilidad del insensible, que insiste. Las viejas tablas resisten y, como los colmillos de una fiera hambrienta que persigue su presa, logran prenderse al muelle.

Quien las maltrató mira al joven de la barcaza:

—¿Y el viejo que guiaba?, ¿es cierto que ha muerto? —Y sin esperar respuesta piensa que es muy extraño que no se hayan ido al fondo con él.

El del arpón no se equivoca, en esas tablas había llegado de niño a la ciudad. Reconoce cómo cruje la madera cuando se la trata con rudeza. Luego agarra al chico del cuello y le pregunta:

—¿Qué buscas por estos lados del mundo? ¿Qué se te perdió…?

—El diablo está desocupado, yo le quité el trabajo, sabes que me teme —le dice el Storka, y se le ríe, inmediatamente impacta el farol contra una lona que cubre parte del contrabando.

—¿Qué hay para mí? —insiste—: Vino, tabaco, lo mismo de siempre —sentencia, y de un salto, trepa a la parte más alta de la embarcación y como un zorro que roba huevos de un nido incrusta el arpón en unos sacos, los perfora y descubre el pequeño elixir—. ¡¿Por qué no me lo has revelado antes?! —canturrea—. ¡Vaya premio! ¿En dónde hay más? —Se impacienta.

—Pierdes el tiempo —le dice el joven Traf.

—Escucha con atención, jamás pierdo el tiempo, difícil que puedas sobrevivir sin que te cubra, me quedaré con estas en forma de pago. —Y mientras dice esto, un irritante sonido desgarra los tímpanos del Traf.

Al Storka tan solo le eriza el lomo.

—Al fin han caído —dice.

«¿Tendrán lo que busco?», se pregunta el Storka, y se larga del lugar dando unas pisadas que no hacen otra cosa que clavarse como estacas en el frío muelle. El Traf lo ve alejarse y, sin saber por qué, en forma abrupta y desconociendo el peligro, decide ir tras él.

Lo seguí. Debo decir que se extiende una espesa niebla, la luz se pierde y vuelvo a toparme con la silueta del tipejo del arpón, que, al otro lado de la plaza, él solo se trenza en una pelea callejera contra tres. El farol de la plaza ilumina parte del brazo de quien robó mi mercancía y observo que de su mano sobresale la punta del arpón, que acerca al cuello de uno que está en el suelo y con tono amenazante escucho que le dice: «¿Y los otros, en dónde están esas flores quemadas? (forma despectiva como llaman a los jóvenes de la frontera)» Escucho un grito, hirió a uno, y cuando otro intenta detenerlo recibe unas patadas del bravucón: «Hasta acá llegaron», les dice.

Muy molesto por no haber obtenido lo que buscaba, veo que el maldito viene hacia donde estoy. La forma brusca en que se mueve lo hace ver más temerario. Espero lo peor, pero tan solo me hace una seña, que me vaya. Como se imaginarán, no me quedo con ganas de recuperar lo que me quitó, obedezco y me largo.

Y ahora, lo único que falta, un sobresalto más, alguien me toca el hombro. Me doy vuelta.

Y tal como había dicho Endetas, Pixyad nos encontró.

—¿Lo has visto?

—Sí —me responde Pixyad—. Tranquilízate, acá las noches son siempre así.

—¿Lo conoces? —le pregunto.

Asiente moviendo la cabeza.

—En este barrio no alcanza con saber cuidarse —insiste Pixyad.

—¿Quién es este al que tanto temen todos?

—Lo conocemos como el Storka.

Pixyad me cuenta que nunca ha visto a alguien así, que solo con su mirada te enseña que puedes comenzar a sufrir.