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¿Y SI LE DEVOLVIÉSEMOS A LA NATURALEZA LA MITAD DEL PLANETA? Los excesos de la humanidad han llevado a su límite a la Tierra. La única vía para evitar la extinción masiva pasa por despoblar la mitad del planeta, por dejar que la naturaleza restablezca progresivamente el delicado equilibrio de la flora, la fauna, el suelo y el clima. En ese territorio de frontera, durante las veinticuatro horas de una jornada decisiva, un guarda vela por que esta transición hacia lo salvaje se lleve a cabo de manera pacífica, y brega con aquellos que insisten en cruzar la línea de demarcación, con un robo inexplicable y un enigmático caballo de sueño que parece haber galopado hasta la vigilia. En un tiempo que se acaba, en un mundo que regresa a su origen, ¿qué memoria, qué huella, qué mensaje dejará para la posteridad el ser humano? Eco-thriller, distopía, western… La prosa de Sarmiento —que transita lugares apenas explorados en la narrativa reciente en español— nos habla de los límites entre lo humano y lo animal, entre lo político y lo geográfico, entre el ayer y el mañana. Una innovadora y visionaria novela con ecos de Olga Tokarczuk y Marlen Haushofer, de Edward O. Wilson y Cormac McCarthy. «Western boreal y fábula ecológica. Una novela que nos sacude como un caballo a la carrera: grave, enigmática, muy bella».RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN «Una prosa que parece poesía de tan esencial. La novela de Carolina Sarmiento me ha hecho recordar ese aforismo que señala que quien vive en la frontera tiene dos patrias y ninguna».JULIO LLAMAZARES «La sensorialidad de su estilo y la construcción del espacio nos envuelven en una bruma que nos atemoriza. Porque la conocemos».MARTA SANZ «Mirar por los ojos de Carolina Sarmiento es asomarse al abismo».ELIA BARCELÓ «Carolina Sarmiento consigue dibujar una geografía imaginaria y crear una atmósfera inquietante». TXANI RODRÍGUEZ
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Seitenzahl: 134
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Edición en formato digital: febrero de 2026
En cubierta: ilustración © Marta Amigo
© Carolina Sarmiento González, 2026
Diseño gráfico: Gloria Gauger
© Ediciones Siruela, S. A., 2026
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 979-13-88032-40-0
Conversión a formato digital: María Belloso
«En su sueño podía oír los caballos caminando entre las rocas y podía oírlos beber en la oscuridad de los charcos poco profundos donde las piedras eran suaves y rectilíneas como las piedras de antiguas ruinas y el agua goteaba de sus hocicos y sonaba como agua goteando en un pozo y en su sueño vio caballos y los caballos de su sueño se movían gravemente entre las piedras inclinadas como caballos llegados a un paraje antiguo donde había fallado una ordenación del mundo y si se había escrito algo sobre las piedras, la intemperie se lo había llevado y los caballos eran cautelosos y se movían con gran circunspección, pues llevaban en su sangre el recuerdo de este y otros lugares donde en un tiempo hubo caballos y volvería a haberlos».
CORMAC MCCARTHY, Todos los hermosos caballos
UP/CTS. Informe definitivo y acuerdos sobre gestión planetaria y límites de la Tierra
A saber: Derivado de los últimos estudios de los comités expertos en gestión planetaria, queda establecido el nivel crítico para la continuidad de la vida en la Tierra. Ante las medidas de emergencia que la perentoria intervención exige, los encargados de políticas de actuación reunidos con los representantes de todas las naciones han deliberado y evaluado los posibles riesgos y beneficios de las diferentes decisiones sobre el uso y aprovechamiento de la Tierra. Como conclusión, reunida la UP en sesión plenaria en lugar neutral, todos los representantes que figuran en la rúbrica quedan comprometidos con el Tratado de Desocupación.
TRATADO DE DESOCUPACIÓN
Disposiciones generales
1. Queda constituida la Unión de los Pueblos (en adelante UP) como órgano supremo a partir de la rúbrica del presente Tratado.
2. La adhesión a la UP es obligatoria para todos los gobiernos sin excepción.
3. Los expertos que integran el Consejo Técnico de Salvación (en adelante CTS) ostentan la competencia absoluta en el dictado de las medidas para deshabitar la mitad de la Tierra. Los nombres de los integrantes del CTS no se harán públicos por motivos de seguridad.
4. Queda constituido un cuerpo de guardas fronterizos. Serán la máxima autoridad del emplazamiento.
5. El CTS revisará periódicamente la situación de los territorios desocupados. En función de los resultados se valorará una reinserción controlada transcurridos cien años.
6. Es obligatoria la didáctica del Tratado en centros escolares y de trabajo, a través de los medios de comunicación y de charlas públicas.
7. Se crea el Día de la Salvación en memoria del atentado.
Medidas
1. Se despoblarán las islas, territorios extremos y fronteras bélicas indicados por el CTS.
2. Las regiones afectadas tienen un periodo de diez años para su total desmantelamiento. En caso de que cumplido el plazo aún queden habitantes en la zona estos serán evacuados a un lugar más propicio.
3. Se reubicará y dotará de una renta universal a los afectados por la reorganización territorial. Se favorecerá la unidad familiar de los evacuados.
4. La población que desee permanecer en los enclaves señalados adquiere el deber de participar en la limpieza. A cambio se asegura su manutención. En caso de abandono o fallecimiento sus viviendas y enseres serán destruidos y reciclados.
5. Se decreta la eliminación de cualquiera de las industrias declaradas como contaminantes.
6. El patrimonio de dichas industrias será requisado por la UP para financiar la operación.
7. Se prohíbe la construcción en las zonas desocupadas. Cualquier reforma deberá ser justificada ante el CTS y aprobada por dicho órgano.
8. Queda prohibido tener hijos en las regiones afectadas.
9. En la mitad habitada del planeta, hasta nueva disposición, queda prohibido concebir más de un hijo por unidad familiar.
10. Queda prohibida la pesca en ríos, mares y lagos de todo el mundo.
11. Queda prohibida la caza y la tala en las zonas desocupadas.
12. Las poblaciones que incumplan el tratado serán erradicadas por vía urgente.
Sueño mucho. O tal vez sueñe igual que todo el mundo, pero recuerdo más de lo que querría. Y eso es un problema, sobre todo en este momento. El deshielo de los años, eso ha de ser. Cargados, viscosos, con su zumbido y su sed, desconfío de ellos como antes lo hacía de los mosquitos. La sangre está llena de información y los sueños la absorben. Se saltan todos los controles, son cuervos en desbandada, y no tengo defensa cuando deciden lanzarse en picado y arrastrarme con sus garras hasta los pozos donde se enturbia la memoria. Quién puede frenar su ataque, cómo. A veces me despierto lleno de plumas, así lo siento, pero de esas cosas no se habla. No te sinceras sobre el monstruo que tú mismo has creado. Son ya demasiadas las horas rendido al capricho de esas aves. Incluso acabados los sueños, continúan graznándome al oído. Por eso los anoto: para arrancármelos.
Esta mañana, nada más despertar, tomé el cuaderno. Lo tengo junto a la cama para reducir al mínimo el tiempo de traslado de los sueños a la página. Anotarlos siempre me calma. Pero lo de hoy es distinto.
Al abrirlo, me encontré una fotografía. No sé durante cuánto tiempo estuve mirándola hasta que me atreví a cogerla. Era una imagen de mi último sueño, el que todavía me removía la sangre. La sostuve entre las manos como a un cachorro recién nacido. Repasé con el dedo su perímetro para cerciorarme de que era real, y el surco en mi yema tardó en desaparecer. La piel delata; estaba despierto. Quién y cómo había traspasado una frontera imposible para deslizarse en mi cabeza, para fotografiarme el inconsciente. Ni un pálpito, ni una intuición, solo una posibilidad que descarté de inmediato: no podía haberla hecho yo. La acerqué, y al inspirar, me alcanzó su olor a químicos. Los sueños no huelen, pero tal vez los fantasmas sí. Pensé en Aki. Era su caballo, salvaje y hermoso, el que galopaba en mi sueño. Y allí estaba ahora. Un instante onírico, un robo retratado en blanco y negro.
Aki, susurré, y su nombre sonó muy distinto a cuando lo llamaba entonces. La emoción viste las palabras: mismas letras y, sin embargo, otro canto. Así que levanté el cuaderno e hice atropelladamente lo de siempre, convertir con urgencia el sueño en tinta para hacerlo sucumbir. Esto fue lo que anoté:
Primero solo un golpe insistente. Bum. Bum. Después me alcanzó un relincho. Alargué el cuello y lo vi. Estampaba la cabeza contra las puertas de un remolque. Embestidas, cañonazos. Yo estaba sentado en la mecedora del porche sin más acción que la del balanceo. No moverse, pero al mismo tiempo moverse, el estímulo está servido. Sentado bajo el cielo, a expensas de la noche, contemplaba el intento de aquel caballo por huir del remolque. Me alcanzaba su furia como un látigo. Cada impacto rebotaba también en mi pecho. Era algo compartido. Tras varios intentos, las puertas se abrieron con un estallido, el animal dio un salto y, de inmediato, echó a galopar. Seguí su ascenso por la ladera. Parecía interminable la curvatura de la Tierra. Un carrusel, y sobre su giro, un caballo que huye convertido en juguete. Observaba fascinado su carrera, su belleza, su velocidad, su empeño contra el viento. Y, de repente, transformada la mirada en imán, se plantó frente a mi casa. Salí a su encuentro y sin ningún temor le acaricié el lomo. Era el caballo de Aki. Entendí en el acto su mensaje. Juntos de nuevo, al fin, me dijo. Y repetí su mensaje en voz alta, me apropié de él. Me abracé a su cuello y mientras nos mecíamos juntos, de improviso me mordió en el hombro. El animal se había transformado en una bestia, en un emisario del mal.
La intensidad del dolor me despertó. Humillado, saboreando algo parecido a la traición, me senté al borde de la cama y me quité la camiseta de un tirón. Ni una marca. Sin embargo, un dolor fantasma persistía; una inquietante morfología de la nada. Cerré el cuaderno con la fotografía del caballo soñado dentro. Hoy es el primer día de algo que ignoro.
Que en ese almacén no habría más que hierros era lo esperable, pero lo insólito se cuela hasta en los desguaces. Si somos apasionantes es porque escapamos a lo predecible. El carnicero había escondido la herencia bajo los muelles de una cosechadora, y eso atenta directamente contra la lógica. Pero yo ya no cuestiono esas cosas. He aprendido, igual que todos, que la única ciencia exacta es el desengaño.
Recibí su llamada ayer a la hora a la que antes comenzaban los trabajos oficiales. Puntual como un patrón que controla a sus empleados, el teléfono sonó con estridencia. En una casa habitada por una única persona cualquier ruido es una amenaza. Estaba tumbado en la cama, con los ojos abiertos y las manos detrás de la cabeza. La mente lejos y el cuerpo en reposo. Empiezo a mejorar, pero temo que la recuperación no sea completa. Quedarme cojo sería un castigo. El timbrazo rompió un momento precioso, el carbonero estaba trinando y yo lo escuchaba como un regalo, porque son pocos y se esconden. Cuando era niño llenaba libretas con dibujos de los pájaros que avistaba. Este ejemplar, tal vez descendiente de aquellos de la infancia, me invita a la evasión desde una zarza cercana. Son tan leves, tan insignificantes sus huesos cuando los recojo del suelo para tirarlos a la fosa. Primero fue la tala y después el río. Los hemos dejado sin cobijo y con el agua envenenada. Muchos no han regresado de sus migraciones. Puede que se hayan perdido en su viaje o que sepan que la taiga ya no es segura. Enfrentaron el viento y la intemperie, pero caen sobre la tierra blandos como el algodón. Frágiles y fuertes, igual que las personas más valiosas.
El teléfono extinguió definitivamente la voz del carbonero, no se daba por vencido quien fuera que me requiriese, así que alargué el brazo para contestar. El carnicero hablaba bajo, rápido, con vergüenza o indecisión, no era un tono urgente de auxilio. Mencionó de corrido la maleta, el almacén, el dinero. Tras un silencio compartido, le dije que lo había anotado todo, que haría unas llamadas y volveríamos a hablar más tarde. Como un cuchillo romo, la voz del carnicero me rogó que me acercara hasta el almacén. Pero aun sin filo un cuchillo sigue siendo un arma. Quería hablar cara a cara, dijo. Y colgó.
Me costó desprenderme del pijama, asearme, ponerme el uniforme y salir de la ensoñación de pájaros y zarzas. Miré los esquís, pero los descarté de inmediato. Hace unos años no me lo hubiera pensado, pero ahora hay tramos sin nieve y en invierno no queda otra que caminar. Sé que todavía no estoy preparado, aún no es el momento de poner a prueba el pie.
Acudí, escuché y, claro está, fingí creer lo que me contaba. Un robo en nuestras circunstancias es un sinsentido. Ha desaparecido una maleta. De cuero granate y hebillas doradas, llena de billetes. Lo guardé por si la niña iba a la universidad, menuda estupidez, ¿verdad?, dice. Ante un hombre que llora no se puede hacer nada y, menos, ante este. Sus frases nunca son completas y se salta las normas de la gramática como un preescolar. Podríamos pensar que su educación ha sido insuficiente o que es tímido, pero algo hay en su titubeo, en su mirada perdida y en sus comentarios inseguros sobre asuntos que no vienen a cuento que apuntan a algo más hondo. Dudo si sus lágrimas se deben a la frustración del dinero perdido. Su falta de elocuencia no ayuda. ¿Sospechas de alguien?, ¿sabían en el pueblo lo de la maleta?, pregunto. Mira hacia abajo y niega con la cabeza. ¿Seguro?, insisto, y asiente aún con la mirada en el suelo. Se embrolla hablando de la siembra, de los jornaleros, de la caza. Habla de otros tiempos. No entiendo qué pretende, así que anoto la cantidad, la ubicación, las características y mis propias dudas. ¿Sabía la hija?, ¿sabía la mujer?, continúo. A ambas responde nervioso que no, y que, aunque vivan lejos, no deben enterarse, que hace tiempo que no se comunican, que por favor no las llame para esto. Su llanto se apaga para dar paso a la amenaza contenida en unos puños apretados. Parece el gesto de un mal actor. Puede que la frustración hiera más que la pena.
No les digas nada. Ni a ellas ni a nadie del pueblo. Jefe, tienes que investigarlo en silencio y tienes que cogerlos. Por eso te he hecho venir, para que me lo jures en persona, dice. Yo solo asiento con la cabeza para que me suelte cuanto antes el brazo que me aprieta mientras repite: ¡Júramelo! Apártate, no me toques, me digo sin mirarle a los ojos. Hay pensamientos que atraviesan el espacio y la carne. Y me suelta.
Esta vez no hay seguro que cubra su torpeza. Le describo la burocracia a seguir, el registro formal de su denuncia, el proceso abierto. Le recuerdo también su compromiso de comunicármelo si recuerda algo nuevo. Por mi parte, debería hablar con la muchacha y también con la mujer. Entrometerme en su cotidianeidad con preguntas incómodas. Sospechar, ser odiado. Pero al mismo tiempo ser cómplice, que el hombre crea que no he traicionado su confianza cuando aparezca por su carnicería. También tendré que llamar a los vecinos del almacén. Es importante no asustar al niño, sonreír y ponerme a su altura, por poco que me guste mirarlo a los ojos. A los padres siempre les relaja que se contemple a sus vástagos. Su sueño de huerta y granja es solo el principio, en breve querrán más. Porque si ese niño ha nacido es que confían en un cambio. El dinero, aunque de nada nos vale aquí, no crece de la tierra. Han de contar con algún plan o estar muy locos para tener descendencia en este pueblo.
Mi primer impulso es creer que fue un forastero quien redujo a eslabones la gruesa cadena de hierro, pero soy consciente de mi autoengaño. El otro, el extraño, es tan solo alguien pendiente de conocer. El riesgo está más cerca, en lo próximo, y aquí no somos ni diez vecinos. Una vez tejida la red de confianza del sé quién eres, del conozco tu nombre, tu aspecto y tu casa, aparece la trampa de la cotidianidad. Que haya venido alguien de fuera a robar es una posibilidad peregrina; apenas recibimos visitas y estas son bajo petición. Necesitan mi permiso. Así que, quien haya sido, es del pueblo.
Observo despacio la escena. No hay nada más forzado, ni ventanas ni cerraduras rotas, solo trozos de cadena como migas de pan esparcidas para cazar a un ratón. De cerca, la cosechadora no revela más que antiguas manchas de grasa y restos de hierba seca. La hipótesis de que sea un vecino o incluso que el propio carnicero trate de enredarme es tan incómoda como el instinto que me susurra que esas son las líneas a seguir. ¿Tanta sed de dinero a estas alturas? ¿Para qué, si no es más que papel del pasado, si aquí no quedan más que viejos sin tiempo y sin deseo?
