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Exploración y juego, laboratorio de formas, Las fuerzas débiles condensa en su interior dos voces engarzadas que ensayan distintas versiones de un mismo tema. La mecánica es en apariencia simple: hay una idea que, arrojada al aire enrarecido de la página, se fisiona dividiéndose en dos poemas independientes, uno a cargo de Elisa Díaz Castelo y, otro, de Adalber Salas Hernández. Si bien Las fuerzas débiles toca varios asuntos relacionados con la ciencia, en especial con la astronomía y la física, los poemas que lo conforman no se limitan a estos ámbitos del conocimiento. Este libro bifronte parte de una convicción compartida por sus autores: la poesía es una forma de conocer el mundo, tan legítima e indispensable como las llamadas ciencias duras. Como éstas, tiene sus métodos, sus teorías y sus pruebas. Armados con la certeza del asombro, Díaz Castelo y Salas Hernández se arrojan a esta exploración.
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Seitenzahl: 65
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Primera edición: febrero, 2024
© Elisa Díaz Castelo y Adalber Salas Hernández, 2024
© Vaso Roto Ediciones, 2024
España
C/ Alcalá 85, 7.º izda.
28009 Madrid
www.vasoroto.com
Grabado de cubierta: Víctor Ramírez
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
ISBN: 978-84-19693-50-1
eISBN: 979-13-87604-25-7
IBIC: DCF
Depósito Legal: M-1911-2024
Elisa Díaz Castelo Adalber Salas Hernández
El síntoma aparece por la noche, trata
de no hacer ruido al entrar en mi cuarto
pero escucho sus huesos cariados
armarse contra mi desvelo.
Se sienta al borde de mi cama y habla
en el lenguaje de los animales extintos.
Su corazón, acompasado al mío,
late en un semitono más amargo.
Me enseña cómo lograr que rimen
las cosas inciertas y produce
un coloquio de termómetros.
Enciendo la lámpara: se rompe
la oscuridad de un lado al otro.
El síntoma estornuda en el envés del codo.
Toca el comienzo de mi vestido y el perfil
de las cosas enojadas. Yo lo desgloso lento
y a pesar de la luz. Y así pasan las horas,
la calavera rota de las horas.
Me explica al oído mi huella de carbono.
Mi sombra arde de fiebre,
mis manos germinan cientos de dedos
y me lastima el principio de las cosas.
El síntoma se disminuye
y duerme. Pensar que no supe nunca
que estaba ciega hasta que vi
al síntoma sentarse a un lado mío.
Nunca supe hasta ahora que me abriga
el aliento que exhalaron por la noche
mis ancestros dormidos. Hoy
soy epílogo, hoy soy carcasa. El hambre
apoya su mano fría contra mi vientre.
Entro y salgo de las habitaciones.
El síntoma está triste: le devuelvo la ruta
que había empezado a trazar con el meñique.
Mis cicatrices cambian de color cuando me toca.
Nadie cree que lo nuestro es sólo mío.
El síntoma pelea como una lámpara pelea
con la noche. Es un criador de ataúdes.
El síntoma crece si cierro los ojos, si trato
de seguir con vida. No es
nada del otro mundo. Es
el olor de un estanque rojo, el llanto
de una madre primeriza y me pide
que lo detenga porque podría caerse.
El síntoma es el padre de los peores animales.
Hoy tengo el síntoma. Hoy
el síntoma me tiene. Soy una incógnita
que el silencio despeja, una fruta
en la última hora de la tarde.
[EDC]
Despierto con un dolor agudo en la pierna.
Lleva varios días allí, casi tímido; es
la primera vez que me saca de la cama.
Pero no me saca realmente: comprendo
al intentar levantarme que no podré caminar
hasta el baño. Es un dolor delgado, pulido,
una navaja que se ha ido enterrando
poco a poco en mi pantorrilla. A su alrededor,
los músculos pesan como bolsas
de tierra. Intento caminar. No costaba tanto
ayer; no costaba tanto hace una semana.
Cuesta mucho más. Las bolsas de tierra
se han roto y todo se ha derramado y ahora
algo ha ido creciendo allí. Algo germinó,
echó sus raíces sordas entre la tibia
y el peroné. Observo mi pierna bajo la luz
ojerosa del baño. La palpo. Está hinchada,
madura, cítrica, a punto de abrirse. Adentro
hay un fruto, lo sé, que me entumece la carne.
Un puño aturdido. Una piedra blanda. Fruto,
fruto ciego sin semilla.
Hundo los dedos en la piel, rebusco, quiero
sacarlo, abrirlo. Exponerlo al brillo poroso de la lámpara.
Pronto, mareados por el olor,
vendrán los insectos.
[ASH]
quisieron hacerte creer en el cuerpo · te dijeron que era sólido ·
te dieron el tacto · ese don impune · y los metros de piel
y los kilos de órganos · pero corta
un trozo de madera · pero levanta una piedra ·
pero mira tu mano a contraluz ·
los neutrinos están por todas partes · atraviesan
fronteras y murallas · sus años son de luz
y están oscuros · no se detienen por nadie ·
y creen más en tu sombra que en tu cuerpo ·
vértigo · de raíces oscuras · vienen
del inicio del universo y de las grandes
estrellas que explotan · y del centro del sol ·
no eres nada para ellos · ni rostro · ni nombre
los neutrinos no te notan · viajan a contracuerpo ·
y todo lo que para ti era sólido para ellos ·
no te preocupes · apenas los perturbas ·
eres tan permeable · aunque quisiste de niña
cerrarte como un puño · lo cierto es que ahora ·
y todo el tiempo · eres tan aire ·
eres habitada · eres lugar de paso ·
una basílica que la luz atraviesa
indiferente · eres · un verbo transitivo
que ni a carne llega · ni a llaga ·
tu cuerpo · horadado
reino de las fuerzas débiles ·
durante tanto tiempo no pudimos · detectarlos ·
pero somos animales de fe · y les creímos
bajo montañas · en minas · debajo de kilómetros de hielo
erigimos enormes catedrales · o cárceles ·
para pedirles que se queden · para engatusar
a esos diminutos dioses de bolsillo · les construimos
complejas trampas para apresarlos · pero ellos ·
noli me tangere · pero ellos · wilde for to hold ·
sólo a veces la luz · que ellos dejaban · al desaparecer ·
pero eso no nos detuvo · estamos acostumbrados
a amar lo que no sabe amarnos de vuelta · a buscar
lo que está en todos lados · pero se nos escapa ·
(los neutrinos también tienen tres aspectos · existen en tres
emanaciones distintas · estados cuánticos · o sabores ·
los neutrinos también caminan sobre el agua) ·
porque se escapan · queremos apresarlos · somos
añorantes cazadores de partículas · fiebre de huecos ·
queremos retenerlos · porque el amor es un deporte violento ·
porque sabemos amar lo que se nos escapa · lo que no
se detiene en nosotros · lo que no
sabe mirarnos · iglesias · iglesias para un dios que no se detiene
ante la belleza ni ante el plomo
[EDC]
Los fantasmas son los últimos
en escuchar el reloj.
Minutero o alarma o campana,
el sonido les queda lejos;
nadie sabe si es demasiado
lento o si cuando llega
el repique ellos ya
han desaparecido.
Nacen cuando un sol revienta
como un caballo cansado.
Se meten donde nadie
los llama; están en las plazas
y en las nebulosas, en las casas
abandonadas y bajo la tierra
de planetas borrosos. Están
en esas galaxias que se alejan
como órganos en busca de un cuerpo.
Aun así, es muy difícil atraparlos;
los fantasmas nunca se quedan
quietos. No se dejan tentar con azúcar
o aceite, no se detienen a beber
un poco de agua para el camino.
Pero a veces se tropiezan: un brillo
los distrae, pierden el pie,
equivocan el paso.
Entonces es posible ver
que no son del todo transparentes,
que no atraviesan sin más
la materia irreflexiva:
llevan algo consigo,
un contrabando, un memento
de su vida pasada,
una pelota que les perteneció,
un bolígrafo, un zapato sin
su par, un cuaderno en blanco,
un hígado, un peluche, uñas
o un diente, uno solo, como
un juguete viejo. Algunos
de ellos son memoriosos:
recuerdan los primeros
dos o tres animales de la luz.
No sabemos, cuando llegue
la hora tuerta, la hora última,
cómo se enterarán, qué reloj
les alcanzará con la noticia
cuando llegue la hora
de todos los muertos, todos
los vivos y todos
los que están por vivir.
[ASH]
