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Proyecto Manhattan crea un escenario polifónico donde conviven distintas voces vinculadas a la creación de la bomba atómica. Por medio de una serie de monólogos intercalados, este texto híbrido toma elementos de la dramaturgia para rescatar y subrayar el papel que tuvieron distintas mujeres en el Proyecto Manhattan. En este coro se escuchan las voces de Jean Tatlock (psiquiatra, suicida y antigua pareja de Robert Oppenheimer, el creador de la bomba), la de Kitty Oppenheimer (esposa de Robert, madre de sus hijos), la delas mujeres de Oak Ridge (un grupo de trabajadoras que, sin saberlo, contribuyeron al desarrollo del arma nuclear) y la de Leona Woods (física y única mujer involucrada en la construcción del primer reactor nuclear del mundo). Alrededor del punto cero de la detonación de una instantánea muerte masiva circulan las voces que, desde las sombras, observaron su nacimiento.
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Seitenzahl: 59
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Proyecto Manhattan
México, primera edición, diciembre de 2020 Proyecto Manhattan © Elisa Díaz Castelo 2020
D.R. © 2020 Ediciones Antílope S. de R.L. de C.V. Alumnos 11, col. San Miguel Chapultepec, alcaldía Miguel Hidalgo, 11850, Ciudad de México, México www.edicionesantilope.com
DISEÑO Y FORMACIÓNPriscila Vanneuville
IMAGEN DE PORTADA E INTERIORES:Toma aérea del impacto de la Prueba Trinity, 28 horas tras la primera explosión de la historia de un arma nuclear, realizada el 16 de julio de 1945 en White Sands, Nuevo México. U.S. Department of Energy, National Nuclear Security Administration, Nevada Site Office. Tomada de Wikimedia Commons.
ISBN: 978-607-8504-85-5 Impreso en México
Edición realizada con el apoyo de la Secretaría de Cultura a través del Apoyo a Instituciones Estatales de Cultura (AIEC) 2020
¿Qué más es posible? Después de nosotros, el dios salvaje. WILLIAM BUTLER YEATS
ROBERT OPPENHEIMER: cita versos en sánscrito. Estuvo a cargo de construir la bomba atómica.
KITTY OPPENHEIMER: esposa de Robert Oppenheimer. De niña le gustaban los caballos. Ahora tiene demasiada sed.
JEAN TATLOCK: psiquiatra, comunista, suicida. Fue la pareja de Robert durante muchos años y se siguieron viendo en secreto después del matrimonio de él, hasta la muerte de ella.
LAS MUJERES DE OAK RIDGE: un grupo de chicas muy jóvenes que contrató un empresario para trabajar en una fábrica. Sin decirles lo que estaban haciendo les enseñó a aislar el isótopo de uranio para construir la bomba atómica.
LEONA WOODS: lo suyo son los deportes, la ecología, la radioactividad. La única mujer involucrada en la construcción y el funcionamiento del reactor nuclear en Chicago. Estuvo presente cuando se logró la reacción en cadena.
I. (EN EL CONTINENTE AMERICANO. EN LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA. EN NUEVO MÉXICO. EN LO QUE ALGUNA VEZ FUE TERRITORIO MEXICANO. EN LA TIERRA QUE RECORRIERON LOS NAVAJO, DONDE HACE MILES DE AÑOS SE ASENTARON LOS CLOVIS. EN EL DESIERTO. CERCA DE LAS MONTAÑAS. EN LOS ALREDEDORES DEL PUNTO CERO. EN EL CENTRO MISMO DE LA BOMBA. ROMPIMIENTO. BAMBALINAS. EN EL LUGAR EXACTO. AQUÍ.)
(Amanece el calor: es el personaje central en primer plano. Quienes han conocido la nieve, el agua de una presa honda, lo olvidan todo ahora. Hay simetrías y materiales oblicuos. El tema de lo horizontal y la luz que lo intersecta. Figuras. Será domingo por la luz tan transparente. Lunes por la resignación que se respira. Jueves por el aire de vidrio de la espera. A lo lejos, tercer plano derecha, líneas en profusión y simetrías, en centro izquierda un horizonte cauto que se horma a los límites de nuestro humilde escenario.)
(El desierto es una habitación pintada de amarillo. Tres paredes y un hombre que al hablar hace sombra.)
Estoy harto. Siempre preguntan lo mismo. Soy una cinta rayada que repite ese instante limpio a la mitad del desierto.
¿Cómo decir la bomba? ¿Cómo contarles? Siempre les invento algo nuevo, les cito al Bhagavad Gita: soy yo, les digo, el destructor de mundos, me he vuelto
la muerte y les sonrío. Les cuento: fue la lumbre de mil soles que al mismo tiempo incendian la madrugada negra. Y ellos me miran como niños
ávidos y envidiosos. La verdad, una sola palabra pasó por mi mente: funcionó. Funcionó, mientras me escaldaba la luz y el desierto
se convertía en vidrio, funcionó, mientras hacía de las suyas el uranio, sus isótopos y ese estallido tenso
como la inhalación de un dios, funcionó. Mirar el exterminio y sentir el orgullo de un padre.
(Se trata de ROBERT OPPENHEIMER , un hombre sin pies ni cabeza. Viste un traje gris y sostiene arena en sus puños cerrados. La suelta de a poco sobre el escenario y mira tras de sí el camino que deja. Se hinca y comienza a barrerla con las manos. Llueve arena, tanta que se cubre todo el piso. ROBERT se detiene en el centro, se sienta sobre su soledad y canta el himno de los Estados Unidos. Se apagan las luces poco a poco. Silencio. Se encienden de golpe, blancas, huecas. El hombre está desnudo en la misma postura. La arena se ha convertido en una plancha de vidrio verde: trinitita.)
La bomba es una boca que dice puro ruido. Con su puño furioso, Dios golpea tres veces mi corazón de uranio enriquecido.
Todavía sigo allí, la vida me detuvo en el instante, soy siempre todavía el momento quieto de la bomba. En la mitad más parca de la noche
aún veo el brillo anestesiado de ese fuego. Prendió sangre mi fuego, tuve la vida entera en un segundo. ¿Cuándo voy a curarme
de ese ruido?
(ROBERT viste su traje gris, su desmemoria. Empieza a recorrer el escenario y mira hacia el piso con esmero, como quien busca un objeto pequeño: una moneda, un alfiler o arete, la autoestima.)
Tengo frío. Necesito un cigarro. La medida obstinada de sus cinco minutos de ceniza y silencio. El permiso
de empezar desde adentro a acabarme. Y a veces en mi boca también el nombre de ella, encendido, Jean,
una carpa dorada, cinco escamas de lumbre, que no dejo escapar, que nunca digo. Era como las otras. Sin embargo,
apelada la bomba, ella era más brillante. Andaba siempre a prisa, su voz en las afueras de su cuerpo exacto la envolvía.
Desde la oficina aprendí a reconocer sus pasos: alumbraban los pasillos grises de mi tedio. Me supe pronto su boca de memoria.
(Un segundo hombre, idéntico a ROBERT, sale del flanco izquierdo al escenario y, en la misma actitud de concentrada urgencia, lo recorre mirando al piso. Sale un tercer, un cuarto, un quinto Robert, hasta que son tantos que no queda espacio vacío. Se mueven rápido, de forma azarosa, logran, aunque parezca imposible, no tocarse. Nunca se miran.)
Pero era casi idéntica a las otras: fumaba cigarrillos a espaldas de su padre, coleccionaba pequeñas cicatrices
y se pintaba las uñas de los pies con el nombre de su muerte bajo el brazo. Procuraba en el sexo jamás cerrar los ojos.
Desnudos sobre las sábanas, devueltas las voces a sus cuerpos, hablábamos sobre la violencia ínfima de la fisión atómica. Comíamos una manzana,
que yo dividía en dos con mis pulgares. Todo radica, explicaba, en golpear con fuerza suficiente la materia,
la estructura esdrújula del átomo. En la alquimia, a fin de cuentas, más vale fuerza que maña.
La llamaba de cariño mi radical libre. Ella citaba a Kropotkin de memoria, en su boca germinaba la raíz griega del anarquismo.
Más de una vez, en un arranque, estuvimos a punto de casarnos. Nos previno Marx y también Engels,
nuestros santos patrones. Ahora lo agradezco. Estaba loca. En resumen, era como las otras, pero tenía los ojos amarillos.
El precipicio sin fondo de la rutina se abrió entre nosotros. Me buscó tanto que su cuerpo perdió filo. En su boca
mi nombre se apagó como una vela sin aire. No sé si me arrepiento. Es verdad, a veces recuerdo los botones de perla de una blusa que usaba,
