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Las hazañas de Chelo es el relato íntimo del protagonista que recupera los detalles de su infancia feliz en el Chaco formoseño para entenderse en el hombre que es hoy. Relatado a modo de misceláneas (dos materias distintas que se mezclan para dar lugar a una tercera), Las hazañas de Chelo van dejando entrever un modo de escritura que busca sanar para conectarnos con lo más poderoso de la naturaleza humana. Vivir en plenitud con la naturaleza, pero también con uno mismo. Alcanzar la planitud con el "ser" y después con ese "yo" que tenemos en lo profundo. Despertar la flama de la vida, a la vida, puede ser un camino muy difícil pero no es imposible. Se trata de tirar de los hilos correctos, de buscar en las sombras, de recordar lo que tenemos dentro, y darle a una nueva oportunidad. A través de los recuerdos Marcelo Morel va enlazando la historia de su infancia con el proceso de escritura que dio lugar a Las hazañas de Chelo. Detallista, íntimo, por momentos alegre y en otros, lleno de la tristeza de la vida, cada cuadro, cada escena que lo componen da cuenta de un proceso de sanación y de encuentro consigo mismo. Las páginas en blanco de un cuaderno. La amistad incondicional de Bruce, el perro del protagonista ya adulto. La fortaleza necesaria para salir adelante. El recuerdo de la infancia feliz de un niño en el chaco formoseño. El impulso de la vida que lucha por salir. Las misceláneas como mezcla de dos cosas para dar una nueva: de todo eso y mucho más se trata Las hazañas de Chelo. Un relato intimista que nos lleva de la mano a recorrer con entusiasmo y asombro el monte del interior de Formosa y nos propone la escritura como vía de acceso a nuestra memoria más emotiva.
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Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2019
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Morel, Anibal Marcelo
Las hazañas de Chelo : un niño que conoció la felicidad / Anibal Marcelo Morel. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.
124 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-384-2
1. Microrrelatos. 2. Autoayuda. 3. Superación Personal. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2019. Marcelo Morel.
© 2019. Tinta Libre Ediciones.
Para Hilda, a quien recuerdo con su voz clara y la risa amorosa, siempre dispuesta a recibirme tras mis aventuras.
A Marina, Silvia y Manuela, mis hermanas tan queridas.
Mi madre, adorada maestra del alma
El monte
Prólogo
Las hazañas de Chelo son las memorias infantiles de un autor que recupera de su más tierna infancia la fuerza necesaria para superar las vicisitudes de la vida. De una fuerza arrolladora, el relato intimista de las aventuras y hazañas de un niño de cuatro años en el chaco formoseño nos conecta con la fibra más sensible de la naturaleza humana.
Escritos a modo de misceláneas, cada relato es un canto a la vida y una reflexión acera del sentido que cada uno de nosotros tiene en este mundo.
Chelo nos invita a ser libres, a ver más allá de las apariencias y de nosotros mismos, a confiar en nuestra capacidad de crear, de resolver, de conectar. Chelo rescata el ser interior como fuerza primordial. Es la luz al final del túnel. La oportunidad que se abre con cada día.
El relato se ha pensado como misceláneas porque las historias no siguen un orden cronológico, aunque todas ellas están entrelazadas. Pueden leerse por separado o como un continuo. En todo caso y de cualquiera de las dos formas, cada aventura es una mirada intensa sobre el porvenir y el deseo de vivir.
Chelo, como los personajes de Mark Twain que tanto admira Marcelo Morel, hace un viaje que transforma su inocencia en un aprendizaje. Y cada uno de sus relatos tira de un hilo sutil para explicar y comprender al Marcelo de hoy.
Hay también una propuesta de escritura a lo largo del relato: una mirada de compasión y de ternura, pero sobre todo de confianza en uno mismo. Marcelo Morel apuesta a la construcción de un ser íntegro que, nutrido de la felicidad de los años primeros, pueda inaugurar formas novedosas de conectarse con los demás y consigo mismo.
Las hazañas de Chelo son, finalmente, una invitación a animarse: animarse a escribir, animarse a encontrarse con uno mismo, animarse a descubrir en el niño que fuimos la fuerza necesaria para erigir el adulto que queremos ser.
Introducción
La libertad está ahí fuera, solo hay que cruzar los muros que nosotros mismos construimos.
Philip Anthony Hopkins- Ethan Powell - Instinto (1999)
En Las hazañas de Chelo me propongo narrar parte de mi infancia y lo feliz que fui.
Quiero contarles, lectores, cómo surge la idea de escribir mi primer libro. Un espacio de escritura y reflexión en el que recopilo todo lo sucedido en el transcurso de mi niñez, entre los cinco y los seis años.
El motor que me impulsó fue el fantasma de la tristeza y la soledad que llevaba en mi interior. Una tarde, sentado y completamente solo, apenas acompañado por la naturaleza del lugar, la nieve, el ver las montañas a lo lejos, la poca luz que se reflejaba sobre ellas… Me sentí desesperado, a punto de perder la razón, como un animal enjaulado. Caminaba de un lado a otro, sentía que algo iba a estallar dentro de mí. Me apoyé en la mesa, y, mirando a lo lejos por la ventana, pensé que esa situación no me podría vencer. Debo revertir el cuadro, pero ¡cómo lo hago! Observaba mi interior, mi lugar y me sumergía cada vez más en la soledad. Sentí un gran vacío, ganas de correr sin rumbo y gritar con todas mis fuerzas. Temí estar volviéndome loco ante tanta soledad.
Es verdad que, en aquellos días de tanta pesadumbre, pasaba mi vida por una situación desagradable.
Estaba en todas esas cavilaciones, cuando en un momento, siento en mi pierna la pata de mi amigo inseparable. Con los ojos llenos de lágrimas, miré a Bruce, mi perro labrador negro. Parecía que el corazón estallaría dentro de mí. Y es que en los momentos de tanta desesperación la mente juega una mala pasada… A mí no me va a vencer; algo tengo que hacer para recuperarme y lo voy a lograr. Las emociones y las palabras, la fuerza de la vida, se agolpaban dentro de mí y querían salir, como un río, como el niño libre, descalzo y sin remera, que alguna vez fui.
Durante mucho tiempo me había sentido tan solo y decepcionado, por todo lo que me había pasado, que ya no creía en nadie. La soledad sería mi solución. Llevaba dentro de mí la rabia del mundo. Me tiré al piso, me abracé a mi amigo y comencé a llorar, pegado a él. Era el único, capaz, que entendería mi tristeza. Cuando me desahogué, me sentí más tranquilo. Y fue entonces, ahí, que vi al otro extremo de la mesa, un cuaderno en blanco, de tapas blandas… Lo arrimé hacia mí, tomé una birome y me dije: Comenzaré a escribir todo lo bueno que me ha sucedido en la vida. Voy a remontarme hasta esos hechos y de esa forma exteriorizaré todo lo que me molesta en el alma y en el espíritu.
Entonces, lo primero que vino a mi mente y de forma automática fue mi infancia: la niñez feliz de Chelo, mi perra, mis amigos. Sin darme cuenta, había empezado a escribir. Volcaba en esas hojas blancas, con furia, mi historia; y a medida que escribía me serenaba. Pero a la vez me fortalecía, cada vez más. Hasta que empecé a reír solo y miraba a mi amigo Bruce. Sentí que eso —escribir, sentir el dolor y luego poder reír— daba resultado como terapia. Así tomé la decisión de llegar cada día y, después de cenar, ponerme a escribir.
Vivo en un colectivo al que modifique para instalarme lejos de la ciudad. Vivía solo, casi como un ermitaño, el único contacto que tenía con la gente era cuando iba a trabajar.
Al salir del trabajo y llegar a mi lugar, ¡eso sí que era perfecto! Tomaba el colectivo en la esquina del hospital, bajaba al finalizar el recorrido y caminaba diez kilómetros hasta mi hogar... Pero lo que más me complacía y me fortalecía el alma, hasta hacerme reír casi a carcajadas, era llegar a mi colectivo rojo.
Había pintado el colectivo en el que vivía de rojo, a propósito, para verlo desde lejos y que no se confundiese entre la oscuridad y la nieve.
Unos metros antes silbaba y al momento se perfilaba una imagen negra que se acercaba corriendo sobre la nieve y entre las matas: mi amigo inseparable de cuatro patas, Bruce. Su sola presencia me hacía feliz.
Ese silencio del día y las noches con faroles fueron el mundo y la clave de mi inspiración.
Estas circunstancias despertaron en mí la pasión por la escritura: casi sin darme cuenta, había encontrado algo que tenía dormido. Quisiera, mis lectores, que Uds. también puedan probar esta alternativa, como una herramienta que quiero compartir. Mediante mi relato, hacerles saber que todo se puede si se quiere, que nada es imposible para el ser-yo-humano, un yo íntimo y personal que todos tenemos escondido, muy en lo profundo de nuestro ser.
Nadie busca ese yo porque no nos han enseñado el camino para salir de la desesperación y la angustia. En segundos podemos tomar una determinación para bien o para mal. Yo les propongo esta guía, como la de un mentor que nos lleva hacia un sendero de luz. No hablo de la luz en sentido religioso, sino de la luz de nuestro interior, de la sabiduría. Tan solo tenemos que buscar esa fuerza que tenemos dentro, en el interior de nosotros mismos. Fuerza de la que no nos damos cuenta. Está en el espíritu interno ¡vive! despiértenlo. Como el chi de los chinos…
Se preguntarán cómo lo hallaremos, ¡cómo! Cuando conseguimos la paz interior nos sentimos invadidos por ese espíritu de sabiduría y bienestar que todos buscamos. Cuando no lo tenemos, nos sentimos afligidos, sin estímulos, casi al borde del precipicio o de la locura.
Quienes lo han perdido todo (desde el ser hasta la familia) sienten que no tienen ya la esencia de la vida, el bienestar. Quizás los vicios y adicciones nos pueden hacer perder todo. El vacío de la vida no distingue clases sociales. Cuestiones que están latentes, y que solo esperan la mínima debilidad del yo, nos golpean por dentro, con un bate, sin lástima, hasta destruir nuestro ser.
Hay que tener mucha voluntad para hacer ese cambio interno, el cambio que tanto hemos esperado. Cuando ninguna terapia ha dado resultado, nos queda la sensación de que es muy difícil salir de debajo de ese inmenso manto. Pero una vez que se lo logra, se encuentra la plenitud en el ser y se mira la vida desde otro punto de vista, se adora la naturaleza y todo el entorno. Lo que nos rodea ya no es nuestro enemigo, porque ya no está el enemigo interno que nos corrompía.
El proceso de escritura
Sepan, mis queridos lectores, que no soy literario ni tengo estudios en lenguas, ni postgrado, ni religión alguna. Pero sí he necesitado contar mis vivencias. A medida que vayan sumergiéndose en lo que les cuento descubrirán, por sí solos, cuál fue el motivo de mi existencia, cuál es mi ahora, y del por qué decidí cambiar.
Soy profesional de enfermería. Durante años he asistido a las personas, sin embargo, yo no me podía curar ni había podido ser asistido. Ya estaba por abandonarme al precipicio. Llegué a creer que así estaría mucho mejor. Gracias a Bruce, amigo inseparable y el mismo que está hoy aquí conmigo, salí adelante. Siempre tendré una deuda inmensamente infinita hacia él.
Siempre había querido escribir todo lo referente a mi vida. Hoy, finalmente, lo hago con una orientación didáctica, para que el que lea estas memorias se sienta identificado y vea que hay una alternativa y que no todo está perdido.
Les propongo un relato de mi vida, de cómo ser feliz como lo soy hoy. Haremos un recorrido por mis primeros años y la lucha interna para determinar si debía escribir o no esos recuerdos. Nuestra vida se configura a partir de nuestros vínculos primeros. Puedo ver en mi relación con Bruce el recuerdo nunca olvidado de mi perra Diana. De la misma manera, en mi soledad de hoy encuentro al niño feliz que fui, el que recorría el monte de Formosa y cada tarde volvía a casa lleno de nuevas aventuras.
Este ha sido el mejor modo de expresar mis sentimientos. De forma suelta y con facilidad, llenar de palabras las páginas en blanco sirvió para canalizar mi angustia y esclarecer mis sentimientos reprimidos. Sin embargo, no dejo de lado que lo que también me motivó y dio impulso para seguir escribiendo fue una entrevista que tuve con una profesional en Psiquiatría. Fui por recomendación de mi novia, porque le había contado lo que me había sucedido. Tal vez ella pensó que lo necesitaba, pero no entendió que yo ya era otra persona y que sí se podía cambiar. Habían pasado casi dos años de soledad.
En medio de la charla con la profesional le manifesté que me gustaba escribir y que hacerlo me fortalecía. El impulso de escribir es cada vez más fuerte que yo. Del mismo modo que ahora lo es contar lo que me ha sucedido y cómo comenzó mi rehabilitación.
Como bien saben, ustedes lectores, hay bibliografía de sobra acerca de cómo iniciarse o comenzar a escribir, todas con diferentes modalidades de trabajo y niveles de introducción. Yo les propongo hacerlo a mi manera: sin tener en cuentas esas normas. De por sí soy habitué de romper las reglas y esta vez no habría de ser la excepción.
Los animo a leer las hazañas de Chelo para que cada uno de ustedes pueda también recuperar las hazañas individuales que los llevaron a ser quien son.
Las hazañas de Chelo
Misceláneas de una infancia
Mi origen
En primer lugar, relataré una pequeña reseña acerca de quién soy a partir de mis orígenes. Esta es una autobiografía, sin ficciones, llena de las vivencias reales de un niño feliz. Entonces:
¿Quién es Chelo?
Soy de la provincia de Misiones, de un pueblo llamado Oberá. “Oberá” es un nombre de origen guaraní y significa «lo que brilla». Ahí es donde nací. Me llaman por mi apodo: Chelo. Soy de contextura pequeña, muy flaco, de cabello medio rubio, un tono de pelo al que en mi zona le dicen trigueño.
Provengo de una familia muy humilde. Mi padre no terminó la secundaria, cursaba en la Escuela Industrial. La completó de adulto. Se destaca en todo, porque es un hombre polifacético, «un hombre orquesta» como les dicen en lunfardo. Sabe de todo, aunque nunca se dedicó a nada en exclusividad. Tampoco nunca tuvo un trabajo estable y esa fue siempre la razón por la que hubo que emigrar a otras provincias…
Mis abuelos paternos eran mezcla de turcos y brasileños. El abuelo trabajaba en la Cooperativa del pueblo, en Oberá. Casi podríamos decir que fue el fundador de la Cooperativa, además de ser uno de los pobladores más antiguos. También se dedicaba a la albañilería. Mi abuela no tenía estudios y se ocupó siempre de las tareas del hogar y del cuidado de los animales, los patos, las gallinas.
Mamá, de profesión docente, estudió en el mismo pueblo, pero había nacido en la provincia de Catamarca, Santa María. La suya era una familia de clase media, con gran afinidad por la música folclórica. El papá de mamá, Adolfo, había nacido en la ciudad de Corrientes. Un hombre muy estudioso y sobre todo estricto en las costumbres, casi militar, yo diría. El abuelo Adolfo trabajaba como jefe de Correos del pueblo. Así fue como mamá conoció a papá en Oberá. Mi abuela Nelly terminó la primaria de grande, fue el abuelo el que la ayudó a que terminase.
Conociendo mi pueblo
Mi pueblo, como todos los pueblos, se distingue de los demás en mi memoria y en mi corazón. A Oberá se la conoce porque cada año se realiza la Fiesta Provincial del Inmigrante. La zona es un auténtico crisol de razas: colonias suizas, alemanas, polacas, japonesas, brasileñas, turcas, entre otras. Las calles de Oberá están empedradas, lo que le da un estilo muy particular. Como a toda Misiones, el color rojo de la tierra la vuelve inconfundiblemente misionera, como las subidas y bajadas, los relieves que la atraviesan y que no son más que cerros…
Mi infancia
