Las hermanas Materassi - Aldo Palazzeschi - E-Book

Las hermanas Materassi E-Book

Aldo Palazzeschi

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Beschreibung

Teresa y Carolina Materassi son dos hermanas en la cincuentena que siempre han estado juntas y que se ganan desahogadamente la vida como bordadoras y costureras de lencería fina en un pueblito a las afueras de Florencia. Por sus manos pasan los ajuares de todas las muchachas casaderas de las buenas familias de los contornos; su fama de excelentes artesanas les ha granjeado la prosperidad de su negocio, el incesante desfile de las señoras de la aristocracia y la curia florentinas, e incluso una audiencia con el Papa. No siempre fue así. Las Materassi tuvieron que cargar desde jovencitas con las consecuencias de tener un padre derrochador y consentido que dilapidó el patrimonio familiar. Sólo contaron con su talento y su capacidad de sacrificio para responder a los acreedores y mantener la heredad, convertida ahora en un santuario de trabajo y de virtud. Pero su abnegación y su renuncia las han convertido también en dos seres exiliados de la vida. En este régimen ordenado, que en ocasiones parece una habitación cerrada a cal y canto, cae como un rayo un joven sobrino, Remo, cuyo cuidado les confía otra hermana que acaba de morir lejos de la familia. La vitalidad, el misterio, la alegre irresponsabilidad y, sobre todo, la belleza del muchacho provocan un vuelco catártico en la vida de las hermanas, y el contrapunto entre ambas formas de estar en el mundo dará lugar a momentos que destilan una sutil e incesante comicidad. Un narrador punzante y burlón relata la fascinación de las mujeres por el hermoso adolescente, que despierta en ellas una agitación que parecía extinguida y las arrastra a una huida hacia adelante con un sustancioso viraje final y humor, un acerado juego de espejos psicológico siempre suspendido en el filo entre la risa y la melancolía, la ironía y la compasión. Plena de modernidad y definida por André Gide como la mejor novela italiana de su época, Las hermanas Materassi consagró a Aldo Palazzeschi, una de las figuras más interesantes de las vanguardias italianas de la primera mitad del siglo XX.

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Seitenzahl: 503

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LARGO RECORRIDO, 173

Aldo Palazzeschi

LAS HERMANAS MATERASSI

TRADUCCIÓN DE EMILIO-GERMÁN MUÑIZ

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: mayo de 2022

TÍTULO ORIGINAL:Sorelle Materassi

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

MAQUETACIÓN: Grafime

La presente publicación ha sido beneficiaria de una de las ayudas a la Edición convocadas por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura.

© 2001 Arnoldo Mondadori Editore S.p.A., Milano. 2018 Mondadori Libri S.p.A., Milano

© de la traducción, Emilio-Germán Muñiz, 2022

© de esta edición, Editorial Periférica, 2022. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-18838-36-1

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

SANTA MARIA A COVERCIANO

Para los que no conocen Florencia o la conocen poco, a la escapada y de paso, diré que es una ciudad de enorme encanto y belleza, estrechamente rodeada de colinas de exquisita armonía. No se vaya a creer que este estrechamente significa que los pobres habitantes de la ciudad tienen que levantar la nariz para ver el cielo como si se hallara en el fondo de un pozo, todo lo contrario, y aún le añadiría un dulcemente, que considero de lo más apropiado, puesto que las colinas descienden de manera gradual, desde las más altas, que reciben el nombre de montes y cuya altura anda rondando los mil metros, hasta los leves y singulares montículos, que no sobrepasan los cincuenta o cien metros. También diré que la colina frontera a la ciudad, cerniéndose en picado sobre ella, sólo por un lado y en un breve trecho, da lugar a una verdadera balconada a la que uno se asoma con indescriptible placer. Se llega hasta allí por medio de unas escalinatas:

Per le scalee che si fero ad etadech’era sicuro ‘l quaderno e la doga.

Por si alguno no hubiera entendido, cabe explicar que este modo original de tratar de falsarios y ladrones a los propios contemporáneos es también costumbre florentina, y nosotros, que no caeremos jamás en la audacia de contradecir al divino maestro, admitimos que lo sean y seguimos adelante. Escalinatas, pues, o calles tan empinadas que su solo nombre basta para que nos hagamos cargo de sus características: costa Scarpuccia, erta Canina, rampe di San Niccolò… La colina de enfrente a la que acabamos de referirnos es la parte del Viale dei Colli que se prolonga hasta el Piazzale Michelangiolo, que muchos habrán oído nombrar, aunque no lo hayan visto, o del que tendrán una idea gracias a las fotografías y a las tarjetas postales.

Así pues, por este motivo entre la ciudad y sus colinas median extensiones llanas más o menos amplias que llegan a separarla de ellas dos o tres kilómetros, algunas veces menos, algunas veces más.

He dicho de exquisita armonía porque lo primero que salta a la vista del espectador, por distraído, mediocre o indiferente que sea, es la silueta de las colinas, que si se ha contemplado una vez resulta difícil de olvidar. Esta armonía tiene su origen en irregularidades tan insólitas que sólo pueden ser obra del azar: sublime significado que intenta poner de relieve el aroma de milagro y de misterio con que pronunciamos esta palabra, queriendo expresar, para ser más claros, que cuando el azar es el arquitecto se quedan admirados todos los arquitectos de la tierra. Son irregularidades imprevistas que nadie sabría corregir, ni aumentar, ni menguar; que no caen jamás en lo triste, ni en lo hórrido, ni en lo romántico, ni en lo sensual, ni en lo nostálgico; que conservan un tono luminoso y claro de señorío y elegancia, de belleza urbana.

Si en un principio los arquitectos terrenales se quedaron admirados ante la maestría demostrada por el referido azar, me apresuraré a añadir que, después de haberla observado bien, no se quedaron con las manos en los bolsillos, sino que sacaron de ese ejercicio tanto aliento y sabiduría para sumar a su audacia, que es obligado afirmar que todo cuanto es fruto del azar multiplicó su belleza por obra de los hombres, ya que es un valor inestimable de estas colinas estar sembradas de villas, de castillos levantados en los parajes más sugestivos, mirando en todas direcciones, de todas las épocas y estilos, que no alteran en ningún momento su armonía, rodeados de parques y jardines que, en lugar de crear una atmósfera de irrealidad, de ensueño o de fábula, logran darnos la ilusión de la realidad más sencilla, de intimidad doméstica, de nobleza segura, de sobriedad y sabiduría, de modestia, por más que las proporciones vuelvan ilusorio el empeño de esconder su poderío, y todo ello gracias a un toque de adustez y de refinamiento. A las grandes villas y a los castillos se unen las villas más pequeñas, los villorrios, las casas, los caseríos, las aldeas y aldehuelas que los altibajos del terreno permiten apreciar en un conjunto que vuelve insaciable al observador a causa de lo inagotable de los descubrimientos y lo llevan de manera natural a la conclusión de que el segundo artífice, porque amó tanto y comprendió tan profundamente al primero, logró apoderarse de su secreto hasta tal punto que ahora todo parece obra suya: del hombre, sí, que está siempre en todo cuanto aparece a nuestra vista, el hombre en su expresión más elevada y más digna.

Siempre que tuve ocasión de acompañar a extranjeros o italianos de otras regiones hasta estas cimas, ninguno era capaz, ante tal variedad de panoramas, sensaciones y estímulos, de decir algo distinto a ¡hermosa!, ¡hermosa!, ¡hermosa!, palabra que repetían en multitud de tonos. Alguna vez la decían entre dientes, pues se comprendía que quien así se expresaba albergaba otra palabra en su corazón y, al igual que todos los enamorados, incapaces de admitir que una belleza supere la del propio amor, la simple sospecha los hacía turbarse un instante; esa palabra producía en la memoria y en el comprensible orgullo un coro agradabilísimo, o mejor: una sinfonía discordante y de tan exquisita armonía como las colinas de Florencia.

Existen en estos parajes, como dije hace poco, tramos de llanura que nos acompañan y que nosotros, en nuestros paseos o de visita, a pie, en tranvía o en automóvil, ignoramos o recorremos mirando al frente, hacia arriba, teniendo como fondo nuestra meta, en lo alto el objetivo final, casi incómodos porque el trecho llano es demasiado largo y porque nos separa de aquélla, aunque sea por poco tiempo. Se entiende que esta zona es una parte secundaria y descuidada, si bien no prescindible, sin importancia en el reino de la belleza; olvidada, resignada a soportar pasos que se dirigen a otra parte. Nadie se propone atravesarla como no sea por necesidad: está poblada únicamente de villas y de casas, de aldeas y de aldehuelas de aspecto pacífico y dócil. Habiendo renunciado a imponer sus propios encantos, observa el trasiego con tolerancia y resignación bien educadas, hasta con una pizca de aburrimiento, y muestra de tanto en tanto, al agotársele la paciencia, un gesto de desdén o de rebeldía, superando su aburrimiento con el trabajo y sacando de éste fuerzas para soportarlo.

Hay que decir también, y no por ser más claros, sino para plasmar mejor mediante una imagen la situación referida, que si en esta tierra la colina ocupa el puesto de señora, y casi siempre de verdadera señora, de princesa, la llanura ocupa el de sierva, el de camarera o doncella; y que el más benévolo y cortés de los caminantes tiene para ella esa cordialidad condescendiente que se emplea con la persona que se encarga de abrir la puerta cuando alguien va a visitar a su señora o, en el mejor de los casos, ocupa el puesto de la dama de compañía que mantiene su propio rango con dignidad y compostura sin permitirse emitir juicio, a la par que exterioriza una admiración ingenua y entrecierra apenas los ojos o tuerce un poco la boca ante la enorme cantidad de polvo que se ve obligada a tragar de la mañana a la noche por culpa de su señora, y ante el barrizal que semejante trasiego produce delante de su casa, el cual le salpica de lodo la puerta de arriba abajo; y, finalmente, algunas veces ocupa el puesto de la mendicante que suplica a sus pies.

Daré aquí algunos nombres de estas colinas, susceptibles de demostrar, mejor que las palabras, esta evidencia: Bellosguardo, y téngase en cuenta que hay muchas otras desde las cuales el panorama es todavía más hermoso; Il Gelsomino, Giramonte, Il Poggio Imperiale, Torre del Gallo,San Gersolè, Settignano, Fiesole, Vincigliata y Castel di Poggio, Montebeni, Il Poggio delle Tortore, Montiloro, L’Apparita y L’Incontro, Monte Asinario, Il giogo, Monte Morello… Obsérvense, en cambio, los nombres de la llanura: Rifredi, Le Caldine, Le Panche, Peretola, Legnaia, Soffiano, Petriòlo, Borzzi, Campi, Quarto, Quinto, Sesto… Hasta la fantasía más pedestre se esfuma: parecen los nombres castrados de la imaginación.

Todos los honores y los méritos, todas las libertades y muchas licencias son para la señora; a ella se le permiten los caprichos y los volantes, variedad de penachos, abundancia de adornos, por cuya causa se sacrifica al placer de la contemplación toda utilidad material; y sería en vano pedirle, por su altivez y por la naturaleza de su carácter, que se vuelva útil para algo que no sea el puro goce visual que, por otra parte, no es tan poca cosa, lo cual la vuelve orgullosa en sumo grado.

Vegetación tortuosa y tal vez torturada por un íntimo y persistente por qué; vegetación nerviosa, histérica, enjuta, ascética, que mira al cielo con ojos profundos o muestra una desnudez como la de Cristo sobre la cruz. Jamás una crasitud despreocupada, bonachona, jamás una felicidad muscular o epidérmica.

Dominante, contenida, insolente y altiva, ni siquiera se le pasa por la cabeza mirar a la sierva o le lanza una ojeada de soslayo, una mirada de conmiseración cuya única finalidad es desairarla, una mirada de la que solamente surge su indudable e inalcanzable superioridad.

Por su parte, la pobre sierva la mira desde abajo, entrecerrando los ojos, como si no se diera cuenta del trato poco respetuoso, y permanece con la cabeza baja para no hacerse mala sangre observando lo poco sutil, lo vanidosa, lo caprichosa y casquivana que es aquella señora: se reduce a sus propias virtudes mostrándose paciente, laboriosa, sumisa. Es a ella a quien corresponde preparar las largas hileras de coles y alcachofas, las lechugas, los nabos, los pepinos, las berenjenas y los calabacines, los tiernos guisantes, los sabrosos espárragos, todo lo que la otra devora en sus villas habitadas por gente rica, en sus tabernas siempre llenas y de gran reputación; a ella le toca ingeniárselas de la mañana a la noche para que crezcan de buen ver y sabrosas todas estas delicias; y, por si a la tierra no le bastara con inundarse de agua sin tregua, la otra le hace llegar ciertos desechos, que no son precisamente perfumados y de los que se libra con gusto por cuanto para ella meramente son porquería que hace desaparecer con un gesto de disgusto, «¡abajo!», en tanto que la pobrecilla los está esperando como un don de la Providencia por los beneficios que le traen. Así pues, además de bajar la vista por resignación y de cerrar la boca por prudencia, también le toca de vez en vez taparse la nariz para no sentir el hedor: todos los agujeros ha de taparse la desvalida para complacer a la perfumadísima señora. Eso sin contar con lo que ocurre durante las tormentas. Una se retuerce, frunce el ceño, resopla, se rebela, amenaza, impreca, grita, hace mil aspavientos; pero, cuando pasa la tempestad, se repone enseguida, se reacomoda, luce fresca y despejada, alegre, y, al cabo de media hora, está más hermosa que antes. La otra, en cambio, se distiende, se empapa, se ensancha para recibirla, abre su regazo para acoger todos los desagües, que a duras penas es capaz de absorber, y queda fangosa toda una semana.

Es precisamente en uno de estos pueblecillos de menor importancia que trato de describiros donde ocurren los hechos que voy a relatar aquí.

Santa Maria a Coverciano no es ni tan siquiera un pueblecillo, sino una aldea, y por tal se entiende un núcleo habitado que no constituye por sí mismo una entidad administrativa, pero que permanece unido espiritualmente a una parroquia.

En rigor podría decirse que es un esbozo de pueblo. En un cruce de caminos se forma una especie de plaza asimétrica a la que da un convento franciscano rodeado de muros muy altos. En una esquina, bajo un pequeño techo rústico, puede verse la imagen de san Francisco tallada en mármol y una lápida recordatoria de que en aquel convento se conserva, desde hace siglos, el hábito del santo. A continuación, se levanta una villa que siempre está cerrada, cercada por una tapia circular, muy retirada y totalmente rodeada de plantas enormes, como si fuera una vieja dama en su poltrona, con amplia falda y cofia. Delante, casi dando al camino, se levanta una villita moderna, coquetona, insolentuela, que mira como una nuera petulante y desdeñosa a la suegra austera y gruñona, metiéndole por los ojos las rosas de una verja blanca que sirve más para destacarla que para esconderla. Arrinconada en un flanco de la villa, se alza una iglesita con un pequeño pórtico de un solo arco, que nos invita desde su rincón al idilio de la fe con discreción y dulzura.

Un poco más arriba de la villita, y también frente a ella, hay un bloque de casas que forman un cuadrado semejante al de los conventos –convento laico éste–, cerrado por un largo muro que corre paralelo al camino, interrumpido solamente por un enorme portón de madera cuyo único fin es permanecer cerrado, pues los habitantes se sirven de una puerta diminuta que se abre a un flanco del portón y cuyo destino es permanecer siempre abierta, como si se tratara de un portillo del que se ha extraviado la llave. El fondo de esta edificación es una casa de tres plantas que tiene mucho de colmena, como todas las casas de la gente pobre, y los lados del cuadrado, que unen el fondo con el frente que da al camino, estrechos y largos, constan únicamente de dos plantas. Enseguida salta a la vista que la construcción se levantó en varias etapas, y que el cuerpo sur es bastante más antiguo y de estilo diferente, con una arquitectura más señorial, y no sólo en lo que se refiere a los detalles ornamentales, sino también porque todas sus ventanas dan a los campos, al mediodía, en dirección a Florencia, en lugar de mirar al patio interior, como las demás; al patio le da la espalda desdeñosamente, dejándole sólo una ventana que ilumina un corredor trasero, ventana que se diría abierta para observar con discreción. Esta parte privilegiada, la primera que encontramos, dispone de una entrada especial desde el camino, una verja blanca siempre entreabierta y muy comida ya por la herrumbre.

La carretera principal que, atravesando por en medio estas construcciones, forma la plaza que hemos descrito conduce desde Florencia a Ponte, a Mensola y a Settignano y recibe el nombre de camino Settignanese; la otra, menos importante, que pasa entre la villa y el convento de los franciscanos, lleva a Maiano, a sus canteras y a sus magníficas villas. Sobresale un castillo auténtico que se llama Poggio Gherardo.

Los lugareños y los que tienen familiaridad con él lo llaman simplemente Santa Maria; las gentes de la ciudad, en cambio, más evolucionadas y menos cercanas, Coverciano, sin más. No se crea por ello que existe una escisión entre masones y clericales, Dios no lo quiera: las diferencias de denominación revelan la indiferencia de unos, así como la intimidad y el amor de otros.

Si bien ésta es la mejor manera posible de describir el emplazamiento de esta aldea, debo agregar que se encuentra entre dos arroyos: el Africo y el Mensola, que descienden, el primero de Fiesole, y el segundo, de Vincigliata. Son arroyuelos en los que la luna y el sol hacen brillar apenas un hilo de plata o de oro nacido entre las hierbas; pero que, cuando estalla la tormenta, se vuelven de pronto rumorosos, amenazadores, turbulentos, se enfurecen y se desbordan con el ímpetu de la juventud para, al cabo de una hora, quedarse en nada, exactamente igual que los niños que, fatigados tras mucho ajetreo, caen dormidos.

No es por casualidad por lo que he nombrado estos dos arroyos y ahora diré por qué. Es un orgullo para estas colinas recordar cuántos personajes importantes de la historia, príncipes y reyes, poetas, científicos, artistas, propios y extranjeros, las habitaron, llegados en busca de reposo o de inspiración, de olvido, de fuerza creadora, de serenidad o de evasión, de refugio del pasado o de vigor para el porvenir, de asilo tanto en la alegría como en el dolor…; pero esta dimensión es tan amplia que el espacio del que disponemos aquí no nos permite ir más allá. Por eso diré solamente que entre estos dos arroyos estaba, al parecer, la casa donde Giovanni Boccaccio vivió su Decamerón, o tal vez lo soñó todo y lo escribió allí, no se sabe a ciencia cierta: nadie está en condiciones de afirmar con precisión cuál fue el lugar exacto, razón por la que existen en esta zona un gran número de casas de Boccaccio que se mantienen firmes en su reivindicación, y no se puede decir que ninguna tenga intención de ceder ante la otra, ni ante las refutaciones más innegables, ni por la vaguedad de tal atribución. Hacen bien en no ceder. Les perdonamos esta tenacidad secular e incluso la mala fe: tienen derecho a coronar con ese nombre sus casas o sus villas, del mismo modo en que hoy quiero coronar con él esta historia, que se desarrolla a sus pies, con un saludo reverente de humilde y lejano nieto.

«Todas las estrellas del lado de Oriente habían desaparecido ya, menos una, la que nosotros llamamos Lucifer, que lucía aún en la blanquecina aurora, cuando el mayordomo, que ya estaba en pie, se dirigió al valle de las mujeres con un gran carro para disponer allí todas las cosas según las órdenes y recomendaciones que le había dado su señor. El rey no tardó mucho en levantarse después de la partida, despertado por el estrépito del carro y de las bestias de tiro, y, cuando se hubo levantado, hizo levantarse también a las mujeres y a los niños. Despuntaban apenas los rayos del sol cuando todos se pusieron en camino. Jamás como aquella mañana les había parecido oír cantar tan alegremente a los ruiseñores y a los demás pájaros. Esos cantos los acompañaron a lo largo de todo el trayecto hasta el valle de las mujeres, donde muchos más los recibieron, y a ellos les pareció que se alegraban de su venida. Tras recorrer y admirar de nuevo el valle, se les antojó más hermoso que el día anterior por lo mucho que aquella hora favorecería su belleza. Después de haber desayunado con buen vino y confites, empezaron a cantar para que los pájaros no los aventajaran en el canto, y el valle repetía sus mismas canciones, a las que los pájaros, como si no quisieran que los vencieran, agregaban nuevas y dulces notas. Pero, cuando llegó la hora del almuerzo, siguiendo los deseos del rey, extendieron las mesas a la sombra de los frondosos árboles de gran belleza que bordeaban el pequeño y encantador lago, y todos fueron a sentarse. Mientras comían observaban la evolución de nutridos bancos de peces que nadaban en las aguas del lago, lo cual era motivo no sólo para mirar, sino también para razonar. Mas, cuando el almuerzo tocó a su fin, una vez recogidas las mesas y las viandas, empezaron a cantar aún más alegres que antes. Después, con licencia del rey, quien quiso pudo retirarse a dormir a alguno de los lechos tendidos en diferentes lugares del valle, todos cubiertos y cerrados con sargas francesas y tapices; y quien no quiso aceptó de los otros sus goces acostumbrados según le placiera. Pero, cuando todos se hubieron levantado, como fuera la hora de empezar con los relatos de acuerdo con los deseos del rey, sentados todos cerca del lago, no lejos de donde habían comido, y, tras mandar que extendieran los tapices, el rey ordenó a Emilia que comenzara. Ésta, muy alegre, empezó así su historia con una sonrisa…»

Deambulando por estos parajes y sonriendo con una pizca de escepticismo por lo que se refiere a la autenticidad de la casa en litigio, concediendo legitimidad a todas por su noble aspiración y por su amor, leyendo sobre una placa de mármol, en Ponte a Mensola, el título «Sociedad Recreativa Giovanni Boccaccio», me dan ganas de entrar, ¿para ver qué? ¡Qué manera de buscar mis ojos con insistencia entre los cipreses y los olivos algo que no se ve! ¿Qué? Como quien busca hierbas milagrosas, todos mis sentidos buscan ávidamente entre los brezos, las retamas y los arrayanes el lugar donde se esconde maese Giovanni, si es que no se perdió la semilla, tu purísima alegría.

LAS HERMANAS MATERASSI

Luego de haber descrito lo mejor que he podido el paisaje circundante, os iré dando cuenta de las cosas que, a primera vista, atraen nuestra curiosidad mientras observamos ese conglomerado de casas que se llama Santa Maria a Coverciano.

Dejando a un lado las mil pequeñas y grandes cosas que lo afectan al pasar o, diríamos mejor, que no lo afectan en absoluto –de cuyo espíritu ya hemos hablado, y que a nosotros nos traen sin cuidado–, hay algo que atrae nuestra atención y que lo incumbe de verdad y muy de cerca, diríamos en el corazón, y no es sino el constante detenerse de automóviles señoriales junto a la cancela siempre entreabierta de la casa a la que ya nos hemos referido y que está destinada a centrar todas nuestras miradas. Son paradas que duran el tiempo de una visita de cortesía y no es raro que se extiendan lo que una visita de confianza, como las que se hacen unas a otras las llamadas damas de alta alcurnia. Igual que hoy puede admirarse un poderoso automóvil de lujosa carrocería, en la época de los coches de caballos se podía admirar frente a aquella cancela, pateando con brío e impaciencia, una pareja de caballos morcillos o bayos de airosa estampa, lustrosos y resplandecientes, soberbios en sus hermosos jaeces, mordiendo el freno y mostrando la boca fresca como una flor. No podrá pasar inadvertida a un ojo avezado otra observación referida a las tres clases de personas, muy distintas, que se bajan de unos modernísimos automóviles frente a esa cancela, como ayer lo hacían de las antiguas carrozas.

Unas señoras de edad madura acompañadas de una jovencita, ambas de una elegancia irreprochable acorde con su edad y su figura, y para cuya descripción poética no queda más remedio que recurrir a una imagen floral: la rosa y el capullo. Pero, si a veces la madre ostenta ese estado propio de la rosa abierta, para no salirnos del lenguaje caballeresco y cortés, la hija, habiendo llegado al término de su propia candidez, aparece como una azucena, sabedora de que lo es, por decirlo con palabras castas y suaves.

En la segunda categoría están las damas ancianas, o mejor, las viejas, sin más –viejas más por elección que por la edad–, impúdicamente feas y arrugadas, que no hacen nada por atenuar o disimular la cruel actuación de la naturaleza ni la acción inexorable del paso del tiempo sobre sus rostros y su persona, sino que, por el contrario, han anticipado la vejez corriendo muy alegres al encuentro de todas sus consecuencias catastróficas, vistiéndose con tanta modestia y sobriedad, llevando tan lejos su indiferencia por las modas en boga, que llegan a resultar ofensivas. Algunas mujeres, más que una renuncia ostentosa, acaban siendo una protesta tajante, un insulto a las demás, a las épocas y a la fascinación de la belleza y de las gracias femeninas, hasta el punto de suscitar en uno la más instintiva fascinación al verlas descender o salir de coches tan brillantes y hermosos, fascinación que sería mucho menor si se las viera trajinar al alba, cargadas con la cesta o el canasto, de la carnicería al puesto de verduras, de la tienda de comestibles a la abacería o, cargando aún más las tintas, si se las viera sacar en un determinado momento el pañuelito de una cartera ajada y mugrienta para llorar una miseria vergonzosa y decente.

Otras veces, si bien es más raro el caso, se ve descender del tranvía y traspasar la cancela a un prelado importante. Esa importancia la transmite la dignidad del porte, mezcla de circunspección y lentitud, y también un destello de seda violácea entre la sotana y el alzacuello. Asimismo, de la nada puede aparecer de repente a toda prisa un cura joven que, aparte del rosado de las mejillas, todavía es todo negro, como el abejorro.

Si os carcome en estos momentos el gusanillo de la curiosidad, está bien que os preguntéis quién puede vivir en una antigua casona de la llanura florentina, de apariencia burguesa y sencilla, que sea capaz de atraer a personajes tan notables y distintos. Enseguida se nos ocurre pensar en las exquisitas artes de la dueña de esa casa, capaz de reunir a gentes tan diversas entre sí tanto por edad como por costumbres, y capaz igualmente de provocar nuestra impaciencia y nuestra admiración.

También se da el caso de que uno de esos automóviles se detiene de golpe en las proximidades de la casa, y la dama o el chófer piden una información, siempre la misma, a un muchacho o a una jovencita que se encuentren en la calle: «¿Las hermanas Materassi? ¿Las conoces? ¿Dónde es? ¿Dónde viven?». No bien se ha pronunciado el apellido, todas las manos se alargan sin el menor asomo de duda para indicar la cancela blanca carcomida por la herrumbre, siempre entreabierta, y sobre cuyas pilastras continúan dos leones de terracota que superan en mansedumbre a todos los animales domésticos y cuyo aspecto es más bien el de dos ancianas que mantienen una conversación en una tarde estival, con las bocas devastadas y entreabiertas a causa del calor sofocante y la respiración dificultosa. ¿Y quién podría atraer a toda esa aristocracia a aquel lugar sino ellos?

Trasponiendo la cancela nos encontramos en una pequeña plazoleta a la que dan las ventanas de la casa baja y oblonga, que en su primera planta muestra cinco ventanas idénticas y con las persianas verdes, tres en el centro y dos más distanciadas; las cuatro de la planta baja lucen rejas de poca fortaleza, pintadas de blanco, que sustituyen a las persianas y que, al igual que las de la cancela, están carcomidas por la herrumbre. En el medio, al término de tres escalones de piedra roídos aquí y allá, se encuentra la puerta francesa, ovalada, provista de una enorme persiana verde que se desliza por dos rieles.

Delante de la casa, sobre un muro bajo, se encuentran dispersas unas cuantas macetas deslucidas, sin orden alguno, y se adivina que forman parte del conjunto descuidadadamente. No revelan la presencia del afecto de la dueña de esa casa, que se hace tan evidente, que les da un rostro y una voz como si fueran personas: muestran más bien el olvido que no se debe a la pobreza, sino a la ausencia de cuidados serios. A lo largo de ocho o diez metros, cercado por la pequeña pared, se extiende una parcela de tierra que ni es jardín ni es pradera, de aspecto desatendido, donde unos viejos tilos no alcanzan con su ramaje poco frondoso a privar de aire ni de luz a la casa, orientada de lleno al mediodía.

Al fondo, sin que medie ninguna otra cosa, se ve la huerta, con sus hileras de álamos escuetos sobre los que parecen abandonarse o rebelarse las vides, aferrarse tenaces o colgar desfallecientes, en unos casos, como si de brazos viriles y rudos se tratara; en otros, con la languidez y la delicadeza de las féminas, de tal manera que cualquiera de esos huertos nos traen al pensamiento el rapto de las Sabinas, que a buen seguro no pensaban todas lo mismo al sentirse apresadas.

No solamente la cancela está siempre entreabierta, incluso por la noche, echando de menos la llave que probablemente se habrá extraviado en época inmemorial, sino también la puerta francesa de la persiana verde, que, desde las primeras horas de la mañana hasta que oscurece, revela un salón a la entrada que cuenta con dos ventanas más que flanquean muy de cerca a la mencionada puerta francesa.

Es necesaria una minuciosa observación de esa sala, que es, podría decirse, el escenario fundamental, la base de nuestra modestísima acción.

Un armario de grandes dimensiones de excelente madera de nogal, adosado a la pared izquierda según se entra, muy alto y ancho aunque sin adorno alguno, podría hacer pensar, como es natural, en una habitación destinada a guardarropa. Por su parte, en la pared frontal, cerca de la ventana, una consola de nogal macizo con espejo de cuerpo entero de marco tallado nos lleva a imaginar un recibidor. A su lado, sobre la misma pared, una cómoda con tapa de mármol blanco nos trae la imagen de un dormitorio, mientras que un sofá bajo y muy amplio, parecido a una bañera y situado cerca de la pared del fondo, no nos da la impresión de estar en un cuarto de baño, sino en una salita de bienvenida con un ambiente de mucha intimidad y sencillez. Por fin, la mesa cuadrada de madera común, que ocupa el centro, enorme y con las patas torneadas, sobre la que pende del techo una antigua lámpara de petróleo rodeada de candelabros, rematados ya con tres pequeñas bombillas eléctricas, nos produce la ensoñación de una familia patriarcal de doce personas sentadas todas ante las escudillas humeantes. Por encima del sofá hay un segundo espejo con marco dorado y, sobre la cómoda, un óleo que representa una parada en el camino de Jesús, todo blanco y resplandeciente sobre un fondo verde oscuro, estremecedor, que contempla desde lo alto, pensativo y dulce, el panorama de Jerusalén. Debajo de las dos ventanas hay dos mesitas, redonda una y oval la otra.

Ante la singular apariencia de esa sala enciclopédica no resultaría fácil avanzar pronósticos ni conjeturas si no fuera porque algo muy evidente nos viene a revelar de golpe su verdadera esencia. Encima del sofá, al igual que sobre las mesas, la consola y la cómoda, desperdigadas por las poltronas y las sillas bajas que completan el mobiliario, por las cajas, cajitas y cajones, por todos los lugares donde haya posibilidad de dejar algo, siempre se ve lo mismo: telas, muselinas, velos, crespones, tules, cordones, cordoncillos, cintas, sedas, la mayoría blancas o de colores tenues, de colores vivos la menor parte, todo ello en retazos, trozos, piezas enteras, a cuadros y a listas, extendidas o amontonadas. Y, por si no bastaran los abundantes muebles de dimensiones respetables, en el espacio alrededor de la mesa e incluso en la pared que permanece libre, hay bastidores irritados de cara a la pared, o en exposición con gesto altanero, en todas direcciones y de todos los tamaños, y en cada uno de ellos hay tensada una tela blanca de especial consideración; entre todas le dan a la estancia un aire de escenario antes o después del espectáculo, en tanto que a nosotros nos revelan, sin que haya lugar a dudas, la presencia de bordadoras activas y profesionales. Pero, a fin de precisar mejor la cualificación que les he otorgado, y aunque el bordado sea su verdadera especialidad, por la que gozan de una fama muy extendida y de una sólida reputación, diré que las hermanas Materassi son oficialmente costureras de ropa blanca, tal como se lee en el membrete de sus facturas:

HERMANAS MATERASSI

Costureras de ropa blanca - Ajuares de novia

Las hermanas se encuentran cerca de aquella puerta francesa siempre abierta en la estación cálida o detrás de las ventanas cerradas y al amor de un braserillo para calentarse los pies durante la estación fría, una frente a la otra, inclinadas sobre el telar, alzando la cabeza y acercándose para pedir asentimiento y ponerse de acuerdo, ocupadas desde las primeras horas de la mañana hasta el oscurecer, acercando a los respectivos bastidores dos potentísimas lámparas que encienden apenas se debilita la luz del sol, lámparas que durante el día penden altas como frutos sobre sus cabezas; en pie junto a la inmensa mesa, arrugando la frente sobre el camino seguro de las tijeras, dirigiendo el pensamiento en el momento de cortar, sentadas, con la cabeza baja, a las dos mesitas próximas a las ventanas para diseñar.

En el momento de iniciarse este relato, Teresa y Carolina, las dos hermanas Materassi, estaban juntas desde hacía cincuenta años –se llevaban uno de diferencia–, o mejor, para ser más exactos, estaban a caballo, porque el cincuenta estaba entre las dos.

Teresa, de complexión fuerte y casi alta, era una mujer vigorosa, voluntariosa y, aunque su expresión y sus ademanes a menudo revelaran fatiga, escondían siempre aburrimiento. Sus cabellos, que todavía eran de un negro brillante y lucían peinados con sencillez, siguiendo prácticamente la curva del cráneo, hacían resaltar aquí y allá algunas hebras blancas que se espesaban en las sienes. Los ojos negros, grandes y muy hundidos, estaban circundados por oscuras ojeras que se esfumaban en la piel del rostro, que se había vuelto árida más que marchita y, de aceitunada, había pasado a grisácea, empolvada. Todo en ella ponía de manifiesto el esfuerzo de una existencia difícil y valerosa, además de una feminidad soterrada como una alegría efímera o como un lujo que no podía permitirse, que afloraba sólo en contados y fugaces momentos de descanso y que ya no llegaba por necesidad, sino por un estrictísimo hábito de pensamiento y de trabajo que se había convertido en regla. En esa mujer resaltaba, más que la fuerza física, la fuerza moral que la sostenía.

Al contrario de su hermana, Carolina había conservado intacta su feminidad externa, que, al marchitarse el cuerpo y a causa de la vida de aislamiento, se había ido acentuando, haciéndose más rara, hasta volverse languidez o zalamería. Por más que apenas lo fuera, parecía más joven que su hermana, más delicada, pero sobre todo más flexible, e incluso bajo el peso del trabajo incesante conservaba una elasticidad serpentina y a menudo cedía al deseo de abrazarse a la vida, de palpar alguna parte de su cuerpo, de sentirse, de echarse sobre algo para abandonarse por completo, dándose una frescura ilusoria y precaria. Por eso cada acto o expresión suyos parecían prendidos con alfileres. Especialmente cuando llegaba alguien, se movía toda, se contorsionaba, y tanto más cuanto más importante era la persona; mientras que su hermana miraba cara a cara al visitante, sin altanería, pero con la seguridad de quien está acostumbrado a escuchar con atención, a comprender con rapidez y a hacerse entender. Carolina hacía como las flores sobre sus tallos cuando por la mañana aparece el sol o cuando se recomponen después de los embates de la tempestad. Esa artificiosa elasticidad corporal hacía que se la considerara frágil, a pesar de que era muy fuerte, parecida a esos arbustos que a causa de su capacidad para replegarse sin límites no hay viento que los pueda desgajar. Tenía el cabello castaño con reflejos dorados, abundante, fino y, además, largo. No lo llevaba peinado de ninguna manera especial: era rebelde e inquieto, y a veces se lo colocaba en su sitio con gestos de una gracia afectada y lánguida. Aunque las hebras plateadas eran más abundantes en su cabeza que en la de su hermana, sólo era posible darse cuenta observándola muy de cerca; aun así, la plata nueva se confundía con el oro viejo. Los ojos, muy claros, que ya no eran celestes sino del color del espliego, aparecían como dos discos empalidecidos, carentes de fuerza de atracción, no expresaban ni el más mínimo deseo, y su mirada sin profundidad, acompañada por la sonrisa de labios carnosos de su dueña, producía la impresión de que ésta se estuviera contemplando en un espejo, refrenando la complacencia de su belleza y su superioridad no por modestia, sino para gozarla por completo. Su rostro era pálido y de aspecto enfermizo a consecuencia de la fatiga. Además de esa feminidad exterior que la diferenciaba de su hermana, también parecía más joven que ella, no obstante tener sólo un año menos que la otra.

El azar y, más que éste, las vicisitudes de la vida –o las de la familia–, para ser más exactos, habían querido que permanecieran indisolublemente unidas y solteras para enfrentarse a la ruina, ante la que primero se erigieron como un muro de contención y después se convirtieron en el sostén de una reconstrucción digna del mayor encomio.

La parte del edificio que habitaban era una antigua casa señorial campesina, no precisamente una villa ni una casa que pudiera decirse de gente pobre, y eso tanto por la amplitud como por la disposición de las habitaciones. A continuación, si bien tenía la entrada por una cancela separada que daba a un camino secundario, se levantaban los cobertizos y los establos del campesino que tenía a su cargo una finca de considerables proporciones y de gran productividad, propiedad asimismo de las dos hermanas. Sobre la parte de la calle principal, en el interior de las paredes conventuales, las dos alas edificadas, a las que nos hemos referido ya, formaban un vasto patio, una de cuyas fronteras era la parte posterior de la casa. En el centro había un pozo. Las viviendas eran humildes, pero tenían buen aspecto; estaban habitadas por catorce familias de escasos recursos, aunque gente digna y de bien: pequeños comerciantes, empleados de poca monta, obreros de ingresos medios, gentes todas ellas en las que no se observaban ni la indigencia ni el desorden.

No estará de más dedicar algunas líneas a describir esa propiedad sabiamente construida, obra del abuelo paterno de las hermanas de nuestro relato, que en su época había sido administrador de las fincas rústicas de una familia noble. En las posesiones de esta familia, y con los ahorros reunidos gracias a una vida sobria y laboriosa, había comprado en principio la propia casa con sus tierras de labranza, en donde estableció su residencia. El producto de los labrantíos le permitió construir a los lados, en tres etapas, el enorme caserón para arrendar, haciendo de todo ello una posesión agradable y singular.

Sucedió, sin embargo, que el único hijo del rico campesino íntegro y laborioso, el padre de nuestra bordadoras, no siguió las huellas de la sabiduría y el espíritu constructivo paternos, sino que se empeñó en seguir caminos muy dispares; y esto, entiéndase bien, no sólo con el beneplácito o la permisividad de su progenitor, sino incluso, podría decirse, con su íntima y no confesada complacencia. Al haberse criado en un entorno de abundancia y bienestar, que cada vez fueron a más durante su dorada juventud, representaba toda la alegría y el orgullo del antiguo administrador, que había tenido aquel único hijo en la edad madura, hijo único al que había tenido la ambición al mismo tiempo que la debilidad de ver crecer de otra manera, exactamente al revés de como había vivido él, que se había privado hasta la tiranía de todo placer mundano. Lo había hecho como si la virtud no fuera un principio para quien la había ejercitado siempre, y así su hijo creció frívolo, negligente, caprichoso, derrochador, sin voluntad para trabajar. A medida que se iba haciendo hombre, estaba cada vez más ávido de todos los atractivos que podía ofrecerle su época. Casi puede decirse que se había establecido una competencia entre hijo y padre, el primero gastando y el segundo pagando. Y, cuanto más reprobable era la conducta del primero, tanto más parecía embargar al segundo un secreto placer inconfesable. El fin llegó con la muerte del padre, que en los últimos años de su existencia supo comprender la magnitud del error cometido, pero ya era incapaz de poner coto a los desmanes del hijo. Éste murió en la plenitud de su vida, convertido en una ruina tras cinco años de tristes padecimientos debidos a una enfermedad irreversible ocasionada por sus propios desórdenes, y dejó a su mujer, que lo sobrevivió muy poco tiempo, y a cuatro hijas con la propiedad tan gravada por deudas e hipotecas que resultaba poco menos que imposible que la familia pudiera seguir teniendo en ella su morada.

La vida licenciosa y disoluta del padre, así como el dolor callado de la madre –una criatura bondadosa y sumisa que había llevado una penosa vida de renuncia y humillación hasta quedar inmersa en una tristeza inexorable–, hizo que las niñas crecieran juiciosas y tranquilas, enfrentadas a la dureza de la vida, a sus luchas, cargadas de dolor, laboriosas, carentes de toda aspiración de goce. Era como si no tuvieran otro afán que el de reparar los males paternos moral y materialmente.

Próximo ya el fin, apurando los últimos instantes de la existencia, el hombre, que se había vuelto iracundo por su ruina, sin haber encontrado en el fondo de su alma una palabra de consuelo ni de resignación, cuando se encontraba ya en los dominios de la muerte y se había hecho la oscuridad en sus pupilas, gritó a su mujer al tiempo que la espantaba de su cabecera: «¡Puta, eres tú la que me quitas la luz!». Fue el adiós del marido y del padre.

Desde jovencitas, Teresa y Carolina habían asistido juntas en Florencia al taller de una famosa maestra de lencería fina y habían mostrado desde el primer momento un don para el corte la primera de ellas, y para el diseño y el bordado la segunda. Así las cosas, al poco de haber cumplido los veinte años, se establecieron en su casa para comenzar una nueva vida que les permitió atender las necesidades de su progenitor enfermo y arruinado, al tiempo que detenían al borde del precipicio el destino de la familia. Todavía no habían cumplido los treinta cuando murió su padre, momento en que ellas ya habían entrado con firmeza en la vía de ascenso hacia la posición que las llevaría a convertirse en ejemplo y motivo de asombro para los demás, y a sentir una íntima y legítima satisfacción de sí mismas.

Cuando se quedaron solas, tras algunos años de trabajo sin concederse ni un respiro, ayudadas por los consejos de una persona generosa y desinteresada, pudieron iniciar mediante un primer esfuerzo, el más difícil sin duda, el levantamiento de las hipotecas que pesaban sobre la casa y sus tierras de labranza. Fue una liberación que, tras aquel primer paso, les resultó cada vez más fácil y rápida hasta volver a tomar posesión de todas las propiedades de manera automática.

La costurera propiamente dicha era Teresa, que estaba considerada en aquella época la mejor de la ciudad en su género. Tanto era así que, pese a encontrarse tan a trasmano, todos acudían a ella, que tenía que rechazar trabajo continuamente. No había jovencita de familia noble o rica, hija de industrial o comerciante, que no deseara tener en su ajuar por lo menos algunas piezas salidas de aquellas manos que se habían hecho célebres, y eso si no podían conseguir el ajuar completo. Los ajuares se encargaban, pues, con un año y hasta con dos de antelación, y no se aceptaba trabajo alguno que no viniera con seis meses por delante. Lo más sorprendente de todo era comprobar cómo las modas llegaban sin dilación a un remoto y modesto rincón campesino, y cómo en el taller de aquella habitación singular dos mujeres, cuyos cuerpos no sugerían ni la más vaga ni remota sospecha de moda y de elegancia, aceptaban las novedades, las criticaban, las valoraban, las recreaban y las corregían con una finísima intuición de la oportunidad y del buen gusto.

Carolina bordaba en blanco ayudando a su hermana en los trabajos más voluminosos y de beneficios más rápidos, habiendo logrado su trabajo una gracia y finura tales, un virtuosismo tan asombroso en su especialidad, como para dejar perplejo al crítico más exigente. No había en el mundo ni un solo punto que le fuera desconocido y que no supiera ejecutar o que, habiéndolo visto una vez, le resultara imposible reproducir, hasta el extremo de que podía reparar encajes, mantillas antiguas y bordados de todas las épocas. Del mismo modo en que su hermana era la voluntad, la mente ordenadora, Carolina era la artista. Al igual que su hermana había demostrado desde los primeros años de su adolescencia aptitudes para el corte y la costura de la ropa blanca, Carolina había sobresalido por su habilidad para la decoración, su fantasía para el diseño, su sensibilidad para el color. La especialidad en que más destacaba era en el bordado en seda y oro: ornamentos sagrados, lábaros, estandartes y banderas. Así se explica la aparición en aquella cancela de sacerdotes y beatas de alcurnia, que descendían de sus automóviles cuando había que hacer una donación a la iglesia, un presente a un obispo o a un cardenal. En esas ocasiones surgían tales prodigios que podrían compararse ventajosamente con los mejores ejemplares expuestos en las vitrinas de museos y galerías, y de los que nuestra bordadora había hecho un minucioso y agudo estudio desde su adolescencia. En las ocasiones en que Carolina tenía que terminar un trabajo, un ornamento sacerdotal, un estandarte, una bandera patria, Teresa dejaba a un lado los camisones y las enaguas, echaba mano también de la seda, el oro y la plata, y ayudaba a su hermana con la sumisión de una aprendiza, de una ejecutante; lo propio hacía Carolina en lo relativo a los modelos y a la hechura con los que debían entonar los adornos cuando ayudaba a su hermana en un ajuar importante.

Ya he dicho que todos los días rechazaban trabajo o lo aceptaban sin límite de tiempo. Nunca habían querido formar una escuela, o mejor todavía, como todos deseaban, trasladarse a Florencia e instalar un gran taller. A excepción de alguna jovencita, por lo regular inquilina suya y a la que habían admitido de favor enseñándole como si fuera de la familia, o de una vieja artesana de confianza a la que hacían venir en los casos, no habían buscado ninguna otra ayuda. En cuanto a lo de trasladarse a Florencia, ni siquiera lo habían pensado, ya que la gente iba a buscarlas allí donde habían nacido, donde habían vivido siempre. En esto residía el secreto principal de su éxito: todo el trabajo era producto de sus manos expertas, punto por punto, resultaba irreprochable y no tenía altibajos, lo cual representaba para las hermanas una fatiga sin fin.

En épocas pasadas se contaban entre su clientela algunas mantenidas de fama –cuando todavía existía este género de relaciones– muy ostentosas, una especie que he omitido a propósito juzgándola heterogénea, irregular, si bien óptima para nuestras hermanas, puesto que las damas en cuestión hacían enormes derroches en lencería finísima sin reparar en gastos por cuanto sus entradas de dinero eran fáciles y muy abundantes. ¿Seguirán existiendo las mantenidas hoy día? ¿Las cocottes? Es una pregunta que nos hacemos porque ya no las vemos. Quizá, quién sabe… Pero, alcanzadas unas condiciones razonables, únicamente utilitarias, ya no destacan como entonces: cambian los tiempos, cambian las costumbres. También puede ser que quienes las mantienen, por el hecho de gastar poco con ellas, no estén tan empeñados en lucirlas. En aquellas proporciones de ostentación representan el fruto de otra época. Se había dado el caso de que en el salón-taller y almacén se encontraron con alguna de ellas la dama, la beata y hasta el sacerdote; éstos, a buscar los atavíos del espíritu; aquélla, los de la frágil carne que, para resaltar su fragilidad, los exigía fragilísimos, transparentes, sin más. En tales circunstancias Teresa había permanecido impasible, dueña y señora, sin perder jamás de vista un aspecto: los intereses de su negocio. En esos casos excepcionales, Carolina estaba ausente en todo momento, como si los demás estuvieran allí con el único fin de admirarla. La dama del encuentro se había mostrado evasiva, altanera, distraída y, sobre todo, miope, con una miopía tan acentuada que ni siquiera se dio cuenta de la presencia de aquella cosa insignificante que era la otra clienta que estaba a su lado. Por el contrario, la beata se había cerrado sobre sí misma de golpe, como hace el erizo al menor ruido, convertida en una bola de espinas, que es lo mismo que decir que desapareció. Y el sacerdote, pensando tal vez que el Señor le tocaría el corazón un día, la había mirado con benevolencia en previsión de esa mudanza.

Algunos encuentros formaban un capítulo aparte en la historia de nuestras hermanas.

Pero el capítulo principal era sin duda alguna un viaje a Roma que en su tiempo fue un acontecimiento capaz de revolucionar a toda la comarca: el pueblo entero de Santa Maria no habló de otra cosa durante muchos meses.

Después de haber realizado una casulla para un cardenal de la Curia, casulla que había causado gran admiración incluso en las antecámaras de Su Santidad, las dos hermanas fueron informadas por intermedio del cardenal arzobispo de Florencia de que el Santo Padre las recibiría en audiencia privada junto con un reducido número de personas.

Esa noticia causó gran revuelo entre los vecinos. Desde el párroco hasta el último feligrés, todos acudieron a la puerta francesa donde las mujeres continuaban trabajando, con su imaginación totalmente ocupada en el viaje. «¡Las Materassi van a Roma! ¡Las recibe el Papa!» Todos querían saber si era cierto, si iban a ir y cuándo; pero, sobre todo, cómo se iban a vestir, pues todos sabían que para ser admitidos ante la presencia del Papa se necesita una vestimenta especial. Incluso la inconmovible Teresa había perdido por aquellas fechas la calma, que había conquistado y conservado a costa de tantos sacrificios. Carolina sufrió una crisis de llanto y hasta podría decirse que de miedo. Presentía que en el último momento las piernas no la sostendrían e iría a Roma tan sólo para caer desvanecida. Tenía pesadillas, había perdido el sueño, el apetito y hasta las ganas de trabajar. Para sustraerse a tanto desfallecimiento decidieron hacerle un presente al Papa: una magnífica estola en la que trabajaron juntas, sin parar ni un momento, viviendo a todas horas en una conmoción opresiva durante los días que las separaban de la fecha de partida.

Carolina hizo un diseño de belleza austera, clásica diríase, que culminaba en la banda derecha con un Cristo en la cruz y, en la izquierda, con un san Pedro en el acto de consagrar la hostia.

Durante todo un mes las mujeres y las chicas de la vecindad no hablaron de otra cosa que no fuera la estola y la visita. ¿Serían capaces de concluirla aun trabajando todo el día y buena parte de la noche? ¿Cómo quedaría el Cristo? ¿Y la sangre de las heridas? Y casi todo el mundo debió de estar pendiente de lo más difícil: la realización del rostro de san Pedro, con las manos sosteniendo la hostia a la altura del pecho en el instante divino.

Puede decirse con toda razón que aquella estola representó la obra maestra de las hermanas.

A causa de la gran tensión, Carolina adelgazó tres kilos en un mes. Cuando, concluidos el Cristo en un lateral y el santo de enormes ojos claros mirando al cielo en el otro, puso sus manos en la hostia, que por ser un disco totalmente blanco podía hacer pesada la figura del segundo plano, estática y compacta, la propia bordadora adquirió una ligereza incorpórea al pasar los hilos, hasta tal punto que la hostia se fue formando con la suavidad de un vapor que se expande.

Acompañadas por un prelado de Florencia, junto con diez o doce devotos más, en una mañana de junio, con un sol resonante en el cielo de un azul profundo, parejo, temblando como palomas espantadas y bamboleándose sobre un pequeño carruaje que daba tumbos sobre los adoquines de la plaza como si se desplazara por las piedras de un río; vestidas de negro y con un velo sobre la frente, se aproximaban anonadadas al palacio apostólico y, cuanto más se acercaban, tanto más se sentían engullidas por las fauces imponentes de aquella mole.

Entraron a la vez que otro grupo conducido asimismo por un prelado, y también se les unieron algunos sacerdotes que iban solos. En total no llegaban a cincuenta. Los pasaron a todos al salón de las Bendiciones, donde debían esperar a que se abriera la puerta por la que aparecería el Pontífice y hacia la que miraban todos conteniendo la respiración.

Poco después la puerta se abrió con tanta facilidad que pareciera que fuese de cartón, y un rayo de luz solar se coló por la rendija desde la otra sala. En ese instante apareció Su Santidad, tan leve como Carolina había logrado que fuera la hostia entre los dedos de san Pedro. Se trataba de Pío X, y la fecha, el mes de junio que precedió a la conflagración europea; a los pocos días aquel corazón piadoso dejaría de latir. El santo anciano, con un mechón de cabellos plateados escapándosele del solideo, la cara rosada y sonriente de amor paterno, totalmente vestido de blanco, empezó a pasar por delante de sus visitantes, que se hallaban arrodillados formando un semicírculo, dedicando algunas palabras a cada uno en particular e impartiéndoles la suprema bendición terrenal. Cuando el prelado le dijo que aquéllas eran las dos bordadoras de Florencia autoras de la estola que Su Santidad había recibido como presente, el Pontífice cogió con ternura entre sus manos las de las dos mujeres para mirarlas, diciéndoles: «Excelente, excelente; muy bien». Las pobrecillas, arrodilladas, sólo acertaron a llorar; pero Teresa, habiendo recobrado la capacidad de articular, quebrada por los sollozos, encontró fuerzas mientras el Santo Padre les acariciaba la frente impartiéndoles la bendición apostólica para decir emocionada: «¡Por el alma de nuestro padre! ¡Por el alma de nuestra madre!». El Pontífice, acentuando la sonrisa, asentía con la cabeza porque Teresa, una vez que había roto el hielo, daba muestras de seguir adelante: «¡Para nuestra hermana de Ancona! ¡Para la de Florencia! ¡Para todos los habitantes de nuestro pueblo!». El Pontífice seguía asintiendo para hacer comprender que la bendición los alcanzaba a todos ellos. Carolina, que no había sido capaz de abrir la boca, pero que había oído con gran asombro lo que su hermana se había atrevido a pedir, en cuanto pudo articular una palabra explotó: «¡Niobe!». A esto el Pontífice, sonriendo de una manera más abierta hasta mostrar su boca privada de algunos dientes, le respondió cogiendo entre las manos la cara de Carolina: «Para todos, para todos», y siguió su recorrido.

Cuando da comienzo este relato tenían las hermanas cincuenta años y corría exactamente el año 1918. Llegadas a la cumbre de su vida profesional y de todas sus aspiraciones tanto secretas como confesadas, y habiendo recobrado años atrás la posesión total de sus bienes, con cuyas rentas podrían vivir desahogadamente, seguían trabajando con la misma fiebre que en las horas aciagas y, no habiéndose planteado nunca una vida diferente, parecía que no hubieran reparado en el milagro que habían obrado sus frágiles dedos y en que reconquistar la serenidad y una posición bien ganada no constituyese su meta. Habían llegado al extremo de acumular dinero sin ni siquiera advertirlo, sin darse cuenta de su valor ni sentir pasión por él, y los ingresos monetarios les llegaban tanto por el lado del trabajo como por el de las rentas, de todo lo cual no gastaban ni un céntimo. Diríase que ahora, atadas a su carro, era el trabajo el que las arrastraba, sin que pudieran soltarse; era algo en lo que nunca habían pensado, como tampoco habían pensado jamás en abandonar aquella forma de vivir, en moderar el ritmo para gozar de un instante de reposo, de bienestar y de alegría, en concederse un descanso, una distracción, en hacer un pequeño viaje, en proseguir un trabajo menos intenso y apremiante: su dureza era su esencia misma, el medio convertido en fin. Si les hubiera cruzado por la mente este pensamiento se habrían sentido frente al vacío, infelices por primera vez, y casi todo habría terminado al lograr el objetivo, se habrían encontrado con un puñado de moscas.

En el salón descrito estaba todo: en el caos de piezas de tela, de sedas, de velos, de encajes, de lienzos y de bastidores, de cajas, de tijeras y de agujas. También estaba en los automóviles señoriales que se detenían ante su puerta, en aquellas visitas de gente rica e importante, en sus recomendaciones y súplicas para que se atendieran sus pedidos. Marchaban a aquel ritmo de una manera continua, acelerando en lugar de moderar, podría decirse. Ésta era su meta, y en ella habían olvidado el mundo y se habían olvidado de ser mujeres. Eran dos jovencitas petrificadas de cuya feminidad sólo el observador experimentado podía identificar las huellas, relámpagos repentinos y vagos que surgían como fuegos fatuos entre las cenizas para volver a ellas tras la pálida y falaz aparición.

Con Teresa y Carolina habitaba una hermana más joven, Giselda, respectivamente catorce y quince años menor que ellas, que había vivido el drama justo al revés. De las cuatro hermanas era la más agraciada e incluso se diría que resultaba hermosa. No había conocido el período oscuro del desorden familiar debido a su corta edad, que la eximió de los sufrimientos correspondientes. Empezó a vivir cuando ya sus hermanas, solas en el mundo, habían iniciado victoriosamente la reconstrucción de la existencia familiar. No había aprendido oficio práctico alguno porque sus hermanas habían preferido no ocuparse de ella en lugar de restar tiempo a sus labores; tampoco solicitaban su ayuda por más que se encontraran agobiadas, ya fuera porque no quedaban conformes con lo que era capaz de hacer, ya para sentirse ellas mismas omnipotentes. Se sonreían bonachonamente ante su torpeza y sólo le hacían encargos de poca monta, de los de andar de un lado para otro: ir a Florencia para cumplir encargos y hacer compras; visitar a los proveedores y clientes, entregar los trabajos terminados, recabar y transportar las materias primas y recoger los recados, cosas todas ellas que Giselda realizaba a la perfección por su ductilidad, inteligencia y vivacidad. Las dos hermanas nunca habían sentido celos ni de su juventud ni de su aspecto agraciado, por haberla considerado siempre más una hija que una hermana, orgullosas de este sentimiento y de la generosidad que le demostraban. Así fue hasta que un hecho, imprevisto para aquellos dos seres exiliados de la vida y, sin embargo, natural, trocó de golpe los sentimientos amorosos en celos y desconfianza.

Giselda tenía veinte años y se encontraba en la plenitud de su ardor juvenil cuando un buen día comunicó a sus hermanas que se había comprometido y que deseaba casarse. Levantando la cabeza del bastidor, ambas cruzaron unas miradas estupefactas, perplejas y desorientadas, sin haber mirado todavía a su hermana, como si se tratara del anuncio de la cosa más inverosímil y, en definitiva, más desagradable. Se había prometido con un joven de la alta sociedad, según decía ella, rico, buen mozo y elegante, que iría a casa a solicitar oficialmente su mano a la familia. Esa noticia, dicha con cierto aire de triunfo y de provocación por parte de la chica, bastó para que entre las tres mujeres se abriera un abismo de hielo: había sembrado la semilla de una rivalidad que germinaría para mantenerse viva de ahí en adelante. Habiendo descubierto Giselda con su instinto femenino el rencor mal disimulado que animaba a sus hermanas, adoptó el tono seguro y de superioridad que le daba su victoria, en lugar de mostrarse dócil para aquietarlas, de quitar importancia al asunto a los ojos de ellas presentándolo ensombrecido de temores, de incertidumbre, mostrándose débil y pidiendo consejo o protección. Así pues, los sentimientos de una lograron recrudecer los de las otras, y éstas, a su vez, los de aquélla con los suyos; acabaron explotando las discrepancias y la discordia tan pronto como se supo que el tal joven, rico, apuesto, elegante y de la mejor sociedad, era el individuo menos indicado para que pudiera salir adelante un matrimonio y para sentar las bases de una futura familia. Es decir, que se trataba de un sujeto poco recomendable que había dado ya pruebas elocuentes de indignidad, que era disoluto, prepotente, incapaz de hacer algo serio, que había llevado siempre una existencia libertina y carente de escrúpulos y para el cual el matrimonio no podía ser sino una nueva aventura. Todos los informes que recibieron resultaron negativos. Sin embargo, como ya dijimos antes, las relaciones afectivas entre las tres mujeres se habían agriado sobremanera, y, cuando las hermanas, vencido ya aquel inconfesable antagonismo de mujeres, la aconsejaron con el corazón en la mano teniendo como único objetivo la conveniencia de la más joven, poniendo por delante los sufrimientos y penalidades de los que habían sido testigos y víctimas desde la infancia por haberles deparado la suerte un mal hombre como padre, Giselda tomó los amorosos consejos por simples y evidentes celos, que, con el fin de salir triunfadoras, trataban de encubrir bajo la apariencia de la prevención y de la experiencia a causa del odio que allá, muy en el fondo, sentían las solteronas por la muchacha feliz. Además, ese prometido no estaba en las condiciones del padre de las tres hermanas, que había tenido un padre dispuesto por encima de todo a sostener la vida disoluta de su hijo y aun a su muerte le había dejado un sustancioso capital que liquidar. En el caso que nos ocupa, la familia lo había abandonado a su suerte después de incontables luchas y sufrimientos.