Las infinitas noches de Úrsula - Úrsula Herrera - E-Book

Las infinitas noches de Úrsula E-Book

Úrsula Herrera

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Beschreibung

Las infinitas noches de Úrsula está compuesto de tres partes. Las dos primeras son una sucesión de relatos breves cuyas voces y personajes resuenan de unos a otros, y están teñidos por una fuerte carga erótica y sensual que a ratos transita por el humor y la picardía, y a veces por una emotividad de sentimientos profundos. La tercera parte es una novela corta. En ella, Úrsula, su protagonista, parte de viaje a un país exótico, donde entablará una relación especial con Kadir, el atractivo guía turístico que ha contratado. Mientras, Halil, el hombre con quien mantiene una relación indefinida en su ciudad, tendrá que hacer frente a sus propios fantasmas y tomar una decisión respecto al rumbo que desea darle a su vida.

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Seitenzahl: 145

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Las infinitas noches de Úrsula está compuesto de tres partes. Las dos primeras son una sucesión de relatos breves cuyas voces y personajes resuenan de unos a otros, y están teñidos por una fuerte carga erótica y sensual que a ratos transita por el humor y la picardía, y a veces por una emotividad de sentimientos profundos. La tercera parte es una novela corta. En ella, Úrsula, su protagonista, parte de viaje a un país exótico, donde entablará una relación especial con Kadir, el atractivo guía turístico que ha contratado. Mientras, Halil, el hombre con quien mantiene una relación indefinida en su ciudad, tendrá que hacer frente a sus propios fantasmas y tomar una decisión respecto al rumbo que desea darle a su vida.

Las infinitas noches de Úrsula

Úrsula Herrera

www.edicionesoblicuas.com

Las infinitas noches de Úrsula

© 2023, Úrsula Herrera

© 2023, Ediciones Oblicuas

EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª

08870 Sitges (Barcelona)

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19805-22-5

ISBN edición papel: 978-84-19805-21-8

Edición: 2023

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: Mayte Henríquez

Fotografía de contraportada: Gloria Jerez

Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

www.edicionesoblicuas.com

Contenido

Prólogo a ciegas

LAS INFINITAS…

¿Has visto al orden por aquí?

¿La pasión se elige o te elige?

Tiempo sin tiempo hasta llegar a ti

Tu mundo, mi mundo y el nuestro

Un placer ser agua

El baño se inunda porque nos desbordamos los dos

Y fumé…

Mi mente deslumbrada

El sol nos visita

Mis libros, mis palabras, tus buenos días

El sexo se convierte en sentimiento, ¿o es al revés?

Fin de libro, comienzo de otro capítulo

¿Estamos equivocados?

¿Quién se fue? ¿Quién se quedó?

… NOCHES DE…

Mi noche por un sueño roto

El sueño roto de mi noche

Roto mi sueño

El insomne cumpleaños

Mis demonios insomnes

(Des)conocidos al final de la noche

Noche con final desconocido

… ÚRSULA

Mis deseadas vacaciones

Halil

Kadir

Otro despertar

Mi vasta soledad

Úrsula

Cuando flotar se hace posible

Mi masculino contra mi femenino

Donde habitan las hadas

El comienzo por el fin

Regreso porque regresamos

Llamada hacia el cambio

Mi noche presente

Mi Pasado

Yo, Presente

Futuro

La autora

Siempre, por y para: Úrsula, Victoriano y Chichi.

La otra madre de esta criatura, mi musa: Mayte Henríquez.

Y, por último, mi promesa: dedicado a K.

Prólogo a ciegas

Las luciérnagas son seres fascinantes, tienen ese no sé qué de efecto hipnotizador que hace que nos quedemos embobados persiguiendo la estela de sus danzas caprichosas. Este primer párrafo no estaría del todo mal si yo estuviera acostumbrada a ver luciérnagas, pero, a decir verdad, solo en una ocasión tuve la oportunidad de verlas… Al menos esas, las de los bosques y los lagos. Sin embargo, el trabajo que tengo por delante me ha hecho entender que existe otro tipo de luciérnagas, unas que iluminan de tal forma que hacen que la noche casi se confunda con el día de tanta luz que son capaces de regalar. Los relatos que siguen a continuación son estelas regaladas por una de esas luciérnagas. Me gusta pensar que se llama Úrsula, pero quién sabe, también podría llamarse Fabiola, aunque a quién le importa. A quién le importa cuánto de Úrsula y cuándo de Fabiola puede haber en esa luciérnaga rutilante y dadivosa. Lo que sí es cierto es que tanto Úrsula como Fabiola son nombres de mujer, como tantos otros nombres cuyas propietarias arrastraron en sus bailes más gozosos y en sus caídas más abismales; en sus recovecos más íntimos y en los deseos que permitieron dejarlos explorar. Sé que Úrsula, mi luciérnaga Úrsula, nos va a regalar historias exquisitas, porque sé que es capaz de cartografiar el cielo en busca de estrellas nuevas y reconvertirlo en un mapa del cuerpo más deseado, en un mapa del tesoro oculto en la isla más ignota del océano de las pasiones y los sentidos. Úrsula, mi luciérnaga Úrsula, me ha pedido un prólogo a ciegas, sin saber a qué precede, ni conocer de lo que habla. Pero poca ceguera puedo tener con semejante chorro de luz apartando las penumbras, tanto que si me descuido acaba por encandilarme y, sí, entonces iría a ciegas, pero se trataría de una ceguera reveladora, que no veladora. Por eso hay que seguir su estela en las páginas que siguen… Dejarse enredar en ese dechado luminiscente de manos, risas, olores, calores, lenguas, cabellos, miradas, sabores, éxtasis, susurros, piernas, jadeos, agua, planetas, volcanes, montes, diosas, jabones, fregonas, fresas, infinitos, lunares, cigarrillos, vientos, lágrimas…, amor, o dos amores… Úrsula, mi luciérnaga Úrsula, danza incansable como una Isadora eterna, regando de luz sus noches infinitas… y las nuestras.

Mayte Henríquez

LAS INFINITAS…

Quien busque el infinito que cierre los ojos.

La insoportable levedad del ser.

Milan Kundera

¿Has visto al orden por aquí?

Miré el desorden a mi alrededor.

—Exquisito caos —pensé.

Observé que las pocas puntas de las sábanas que quedaban en el colchón estaban luchando por no resbalar de la cama. Busqué alguna almohada donde posar mi cabello alborotado, pero solo encontré el bulto amorfo del edredón en una esquina cual boxeador en espera de comenzar el siguiente round. Sentí cosquillas en mi pantorrilla, estiré la mano para palpar lo que me estaba tocando, saqué de debajo de mis piernas su pantalón vaquero que perdía bastante encanto sin estar enfundado en su cuerpo. Una vuelta más de reconocimiento por la habitación me confirmaba que la mañana comenzaba sin orden, en apariencia.

—Por mucho que me lave el rostro, no sé si se me quitará la cara de dormido hasta bien entrada la noche. —Sonreí por la apreciación tan aguda de mí mismo.

Me levanté de la cama o campo de batalla, según se mire, liviano. Pensé en ir a trabajar, pero mis ganas querían seguir estando en la habitación del fondo de la casa.

De regreso al cuarto, por el pasillo, tropecé con el sujetador de esa loca maravillosa que cuando me desperté estaba arrugando mis pantalones para dejarlos en el suelo. Miré el sostén y nunca imaginé que un trozo de tela me hiciese reír espontáneamente. Lo dejé en el sillón. En la mayoría de las ocasiones, actuábamos de manera opuesta: mientras ella dejaba mi ropa en el suelo, yo recogía la suya del mismo lugar.

—Voy a estirar un poco la bajera, por lo menos para tapar algo este colchón. Aunque si lo pienso, hasta desentonaría con la decoración desorganizada del dormitorio. —Reí porque sinceramente era lo único que podía hacer.

—¿Haciendo ejercicio desde buena mañana? ¿Estiramientos? —le pregunté con ironía a esa mujer desinquieta.

—¡Ja! ¡Buenos días! Si no tuvieses la manía de llegar y deshacer la cama como si no hubiese día de mañana, tal vez yo me despertaría plácidamente sin necesidad de ejercitarme —me contestó con cierto sarcasmo.

Curiosa forma de saludar al nuevo día.

¿La pasión se elige o te elige?

He quedado con Katia para almorzar, es una de esas amigas que ves cuando ella decide mirar su teléfono y devolverte tus llamadas perdidas; es un encanto, por eso siempre insisto para vernos, pero hoy tendré que anular el almuerzo, está claro que el mediodía me quiere solo para él. Me ha llegado un lote de manuscritos para examinar, corregir y editar. Es un trabajo que se me ha acumulado desde hace unos días y que me está absorbiendo muchas horas, pero estar entre escritos revisando las palabras, frases, intenciones de quien las escribió, para darles un toque más certero, me encanta. Voy a llamar a Katia para decirle que no será posible nuestro encuentro. Un toque, dos toques, tres toques… Infinitos toques que suenan en mi oído…

—Esta niña no utiliza su móvil. —Le dejo el mensaje y ya está.

Cuando más concentrada estaba en las labores de mi trabajo suena el teléfono captando parte de mi atención. Creo que es ella para responderme al mensaje, aunque lo que encuentro al mirar la pantalla del móvil es el nombre de ese hombre que provoca terremotos en mi cuerpo.

—¿Sí? —contesto.

—Hola, ¿ocupada? —me pregunta.

—Sí. ¿Habíamos quedado y se me olvidó? —Mi memoria es cada vez menos fiable.

—No —se ríe—. He tenido una semana bastante liada, sin apenas tiempo, y ahora que he parado un momento quería saber de ti. ¿Cómo estás? —Su voz suena risueña.

—Bien, con el hocico metido entre escritos. Es un proyecto para entregar ayer y yo tampoco he dispuesto de tiempo para casi nada más que leer, escribir, volver a leer y volver a escribir. ¿Y tú qué tal?

—Con ganas de dormir, muy cansado, tú también sabes cómo va esto, muchas horas de trabajo y pocas de descanso.

—Ahora que sabemos que seguimos vivos debo continuar —sentencié.

—Muy bien. La dejo, señorita, para que siga viviendo entre sus letras. Por cierto, ¿te apetece una ducha esta noche?

Tiempo sin tiempo hasta llegar a ti

Casi me puedo dormir de pie. Llevo una semana trabajando, a todo tren, sin parar. Empiezo a pensar que solo trabajo. Menos mal que mi oficio me apasiona para pasar por alto tanto cansancio. La impresión de libros es bastante meticulosa, la maquinaria hay que tratarla con delicadeza y los detalles son muy importantes.

Es media tarde y esta noche quedé con los amigos, pero no sé hasta qué punto deseo salir por ahí de juerga y trasnochar.

Mi cuerpo lo que realmente desea es una ducha larga. Pienso en ella. En la ducha ya no.

Voy a llamarla. ¿A quién no le apetece un buen baño?

Después de tantos días sin saber de mí y ni siquiera me lanza una sola palabra de reproche o desdén. Haré lo posible por llegar cuanto antes a su casa esta noche y hacerla disfrutar de una ducha relajante.

Tu mundo, mi mundo y el nuestro

Estoy derrotada, tengo ganas de llegar a casa y descansar. No sé si ha sido buena idea la de quedar esta noche; si mi boca no tuviese vida propia cuando habla con él, igual podría decir que no alguna que otra vez. En fin, voy a ir recogiendo. Me va apeteciendo llegar a casa, encender el termo y esperar a este hombre tan especial, nadie dice que no deba descansar.

Me queda nada para acabar con esta impresión. Le doy diez minutos más y una muerte fulminante. Sin darme cuenta me ha cogido la noche, además quiero llegar a su casa cuanto antes, porque cuando la puerta se cierra tras de mí, lo que encuentro es un mundo repleto de preguntas sorprendentes y locura con forma femenina; deseo oír cómo se cierra esa puerta.

Listo, paro la maquinaria y enciendo la mía.

Un placer ser agua

Soy agua, sé exactamente mi cometido en este mundo, la de hidratar y asear a los seres vivos. A veces, me he visto envuelta en otras opciones más pintorescas, aunque eso no será lo que cuente hoy, ¿o sí?

Esta noche estoy esperando que ella venga a darse su ducha. La he escuchado entrar en casa y encender el termo. En el interior de este artefacto cojo unos grados de calor como para dejar quemado al mismo sol. Escucho el timbre, oigo cómo habla otra persona y hasta diría que puedo escuchar algunos pensamientos de mi preciosa compañera respecto a esa otra voz, pero eso significaría tener superpoderes y, a día de hoy, creo que no tengo.

Ya viene. Abre el grifo, me deja correr durante un instante, espera que salga caliente, me mezcla con la fría, busca la tibieza y se mete conmigo en la bañera. Me agrada cómo me trata y me respeta esta mujer. Se deleita conmigo, me deja que resbale por todo su cuerpo sin impedir mi caída libre hacía sus pies. Me considera el bálsamo milagroso que la deja despojada de cualquier sensación negativa o pesada de su alma. Me cautiva que sea capaz de ver más allá de lo puro práctico de mi misión. Me encanta su capacidad de comunicarse conmigo sin palabras, aunque, a veces, se le ha escapado alguna que otra afirmación muy sensual. No me utiliza; me vive, me toca, me mira, me saborea. Formamos una combinación tan perfecta que, en ocasiones, me gustaría decirle que para mí representa lo mismo que yo represento para ella; un elemento básico que al contacto mutuo se vuelven elementos mágicos.

¡Anda! Aquí está, la voz que oí antes. Se ha metido con nosotras en la ducha un hombre. ¡Míralo!, rompiendo la conversación tan estupenda que teníamos ella y yo. Espera…, coge la alcachofa…, seguro que mojará su propio cuerpo y dejará tullida de frío a mi húmeda compañera.

¡Ja! Pues sí que me he llevado una sorpresa. Mira por dónde la moja, primero rociando su preciosa espalda mientras una de sus manos la zigzaguea con lentitud. Le da la vuelta, ¡bandido!, con una mirada furtiva, entre no sé qué hago aquí y te voy a beber hasta dejarte seca, ha ido a por el gel de baño; pone un poco en la palma de su mano y aquí, ya no sé qué hacer, empiezo a pensar que estorbo. Se la coloca en el cuello de mi preciada dama, comienza a dar círculos por toda la garganta hasta llegar al escote, generando espuma brillante y con olor a deseo, pasa entre sus senos girando como un verdadero artista de saltos mortales, llega a su ombligo, rodea su cintura, la mano se le escabulle hacia una de las nalgas de mi mujer encantadora, se rozan sus ansías, las de él mucho más evidente físicamente que las de ella, y cuando me doy cuenta, concentra todo mi caudal entre las piernas de esta fémina complacida mientras me escurro por sus muslos, arrastrando las pequeñas burbujas agonizantes del gel que no luchan por sobrevivir.

Si dentro del termo mis temperaturas eran infernales, en este momento una supernova se sentiría algo avergonzada de lo poco que calienta comparada conmigo.

¡Es maravilloso este hombre! Es capaz de fluir conmigo con franqueza, casi se fusiona con mi movimiento, para luego transmitirle al cuerpo de mi bella inquilina de bañera todo un cúmulo de sensaciones capaces de hacerla levitar sobre mis aguas. Ella es agua, yo soy agua, él es agua. Todos seguimos el ritmo, no paramos, no hay obstáculos, solo senderos por donde circular, caídas libres desde cataratas gigantescas o serenos paseos a orillas de un río. Hasta que sus cuerpos me avisan de que han llegado a la desembocadura que los hará integrarse al mar. Ella se estira, yo continúo rociándola, él la estrecha hacia su cuerpo con un golpe seco que lo deja quieto, mi bella mujer lo abraza. Por mi parte sigo sin parar, aunque ellos ya no se mueven. Los observo, se sonríen, se acarician levemente, me usan para salpicarse divertidos y me siento plena con ellos.

Lo miro de reojo, reconozco que no me gustó este hombre cuando lo vi, pero ahora tengo que decir que no me importaría volver a compartir ducha con él.

Ella cierra el grifo. Goteo un poco por la alcachofa, son lágrimas por dejar de mojarla, sin embargo, esta vez, son de puro placer por haberlos humedecido.

Esta es una de mis muchas historias. Un placer ser agua.

El baño se inunda porque nos desbordamos los dos

—¡Hemos inundado el baño, sale agua hasta por la puerta! —grito, mientras busco una esquina de la alfombra, que esté seca, donde posar mis pies. Lo logro, me seco y, acto seguido, tiro mi toalla al suelo para absorber parte del manantial del líquido de la vida que sale por la puerta en dirección al pasillo.

Después de unos minutos la toalla está chorreando, el suelo sigue mojado y ¿él?, ¿dónde está él?

Me asomo al pasillo y lo encuentro tranquilamente en el comedor envuelto en su toalla. ¡Mira qué bien! Cómo si con él no fuera el asunto de la inundación.

—¿Has acabado de secarte? —le pregunto.

—Sí —me contesta con expresión confusa.

—Pues con tu permiso me llevo la toalla para seguir achicando agua del suelo del baño —le explico, por si no es obvio para lo que quiero su toalla.

—Increíble, en pleno siglo veinte uno y tú secando el baño con toallas.

—Perdona, ¿estás por casualidad criticándome? Porque que yo sepa para criticar uno debería primero implicarse, cosa que tú no estás haciendo, así que, si me permites, voy a seguir con mi labor.

—Solo digo que existen las fregonas para estos menesteres, pero vamos, a lo mejor es un invento demasiado revolucionario para ti.

Me resulta graciosa la situación, su cara de eterno pícaro, la forma de ladear su sonrisa socarrona; y menos mal que es así porque, si no, utilizaría la fregona para darle con ella en toda su cocorota.

—Me vuelvo al baño, si no le molesta al señorito.

—Por supuesto, como si estuvieses en tu casa.

—No me gusta tu actitud. —Esta vez soy yo la que saca su lado gamberro, a ver cómo le sienta al señor.