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Kora no se imaginaba lo que encontraría a su llegada al campamento de aquellas mujeres, supervivientes de la involución de la sociedad. Lideradas por Ivy y Joanne, aquellas a las que en la urbe llamaban "las insurrectas", habían formado un grupo con normas propias donde ella quería encajar de alguna manera, aunque en el fondo supiera que no era el mejor camino. Las leyes opresoras de las que huían habían infligido en aquellas mujeres muchas cicatrices, algunas más visibles que otras. Pero era Ivy quien más se escondía tras el dolor y el rencor hacia los hombres que le producía aquella marca que desfiguraba su rostro. ¿Cómo demostrarle que el mundo podía ser un lugar mejor? ¿Cómo romper la barrera de su cicatriz? ¿Sería suficiente encajar entre las insurrectas para conseguir el cambio definitivo que devolvería a las mujeres su lugar? La autora tenía en la cabeza el germen del personaje de Ivy desde hacía varios años, tras comenzar a leer sobre feminismo y descubrir lo equivocada que había estado con respecto a lo que significa, pero no daba con una trama que la convenciera. Pasó bastante tiempo hasta que decidió sentarse a escribir sin más y enlazar todas aquellas ideas. Con Las insurrectas: cicatrices quería dar un giro a su estilo y a la temática habitual de sus novelas.
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Seitenzahl: 352
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Nacida en el año 76 en Madrid, Lluvia Beltrán reside desde hace algo más de una década en Palma (Mallorca). De muy pequeña empezó escribiendo cuentos de aventuras, con la edad fue evolucionando hacia la novela costumbrista y, posteriormente, al género distópico de corte social. Ha publicado dos novelas, Fotografiar la lluvia y Neurogénesis, y una antología de relatos y reflexiones, Lo que encontré en un cajón. Su relato «¿Quiénes sois?» quedó tercero en un concurso de relatos de temática zombi organizado por el blog Lo que diga el zombi, y su fábula ciberpunk «Estela» forma parte de la antología de relatos de ciencia ficción Quasar 2. Colabora en el blog La novena extinción y combina su trabajo en un periódico local con labores de copywriter mientras araña horas al día para seguir escribiendo ficción.
Twitter/Instagram: @lluviapics
Kora no se imaginaba lo que encontraría a su llegada al campamento de aquellas mujeres, supervivientes de la involución de la sociedad. Lideradas por Ivy y Joanne, aquellas a las que en la urbe llamaban «las insurrectas», habían formado un grupo con normas propias donde ella quería encajar de alguna manera, aunque en el fondo supiera que no era el mejor camino. Las leyes opresoras de las que huían habían infligido en aquellas mujeres muchas cicatrices, algunas más visibles que otras. Pero era Ivy quien más se escondía tras el dolor y el rencor hacia los hombres que le producía aquella marca que desfiguraba su rostro. ¿Cómo demostrarle que el mundo podía ser un lugar mejor? ¿Cómo romper la barrera de su cicatriz? ¿Sería suficiente encajar entre las insurrectas para conseguir el cambio definitivo que devolvería a las mujeres su lugar?
Lluvia Beltrán
La autora tenía en la cabeza el germen del personaje de Ivy desde hacía varios años, tras comenzar a leer sobre feminismo y descubrir lo equivocada que había estado con respecto a lo que significa, pero no daba con una trama que la convenciera. Pasó bastante tiempo hasta que decidió sentarse a escribir sin más y enlazar todas aquellas ideas. Con Las insurrectas: cicatrices quería dar un giro a su estilo y a la temática habitual de sus novelas.
Las insurrectas: cicatrices
Lluvia Beltrán
Primera edición: noviembre de 2020
© Lluvia Beltrán, 2020
© Letras Raras Ediciones, S. L. U., 2020
© Tsukiko Kyomidzu, imagen original de portada, 2020
LES Editorial pertenece a Letras Raras Ediciones, S. L. U.
www.leseditorial.com
ISBN: 978-84-17829-31-5
IBIC: FL
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Advertencia de contenido: violencia explícita y agresiones sexuales.
A todas las mujeres que han estado, están y estarán en mi vida.
«Nos sentíamos a gusto en nuestro pellejo, gozábamos con las informaciones que nos transmitían nuestros sentidos, admirábamos nuestra mugre, cultivábamos nuestras cicatrices y no podíamos comprender aquella indignidad».
TONI MORRISON, Ojos azules
Me dispongo a comenzar este relato que probablemente no llegue a formar parte de la memoria colectiva, pues solo soy una simple lavandera que un día tuvo la loca idea de autoproclamarse cronista. Me he prometido ser fiel para dejar constancia de los acontecimientos que tuvieron lugar durante una etapa de mi vida, quizá la más dura y significativa.
Fue hace años, cuando nuestra sociedad estaba demasiado podrida como para remontar, cuando las leyes creadas por unos cuantos, en su beneficio, habían destruido nuestros sueños y libertades, y nada parecía mejorar. Todo lo contrario. La lucha se basaba sobre todo en sobrevivir. No puedo precisar el momento en el que las cosas comenzaron a cambiar, cuándo la crisis global que había empobrecido de forma paulatina a ciertos países desembocó en una pobreza generalizada que nos hizo involucionar de forma acelerada e ir perdiendo todos los derechos que habíamos ganado en las últimas décadas.
Todos los avances sociales, tecnológicos e ideológicos se evaporaron de un manotazo. Y de nuevo, las mujeres fuimos condenadas al ostracismo, relegadas a las casas, al cuidado de las familias y a la servidumbre, convertidas en objetos... sometidas a lo que los dirigentes denominaban sin reparo alguno Ley heteropatriarcal.
Hubo mujeres que se rebelaron, muchas aunaron fuerzas y huyeron de las ciudades en busca de una vida mejor. Algunas formaron asentamientos mixtos en los que convivían en paz e igualdad. Otras decidieron luchar, sublevarse contra las nuevas leyes y ayudar a otras mujeres. Yo pertenecía a uno de esos grupos.
Lo que aquí quiero y puedo reflejar es lo que yo viví y lo que me contaron, lo que se murmuraba y lo que me confirmaron quienes lo vivieron en primera persona, pero también todo lo que descubrí gracias a los cuadernos de Ivy1, sus crónicas, sus reflexiones. Quisiera enlazar con la mayor fidelidad posible todo lo que sucedió, hilarlo, y que no caiga en el olvido. Me he permitido algunas licencias narrativas para aportar dramatismo y para hacer esos enlaces de forma coherente y comprensible, sin que haya lugar a contradicciones o juicios sin fundamento. Creo que nuestra historia merece ser narrada, porque algo así no puede ni debe olvidarse, y porque explica cómo cambió nuestra percepción de la realidad y nuestra forma de afrontarla. Quiero contaros cuál es la verdadera historia de las insurrectas.
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1. Pronunciado /ˈaɪvɪ/.
Los días en el campamento podían parecer en un principio rutinarios, sobre todo durante aquella época en la que nos habíamos asentado y las oficiantas nos sentíamos seguras desempeñando nuestras labores mientras las guardianas y las guerreras vigilaban día y noche. Fue una etapa realmente tranquila. De vez en cuando las guerreras hacían expediciones a los albores de la ciudad, en alguna ocasión incluso se adentraron en la misma en busca de víveres y posibles liberaciones, y en mucho tiempo no tuvimos baja alguna, aunque sí algún que otro susto. Ivy, como líder, tenía muy bien organizadas a sus hermanas, como ella misma nos llamaba. Se podría decir que la propia Joanne, su mano derecha, se había relajado en sus obligaciones, a juzgar por aquel ceño que había dejado de arrugarse de forma constante. Incluso había comenzado a sonreír, cosa que a Ivy le seguía costando. Aunque orgullosa del grupo y satisfecha por que cada plan saliera bien, lo máximo que dibujaba en su rostro era una media sonrisa al tiempo que asentía con la cabeza, o te miraba con intensidad a los ojos mientras posaba una de sus manos sobre tu hombro y te dedicaba alguna palabra de aliento. Su actitud, a veces ruda y desafiante, a veces benévola, nos hacía no solo admirarla, sino sobre todo respetarla.
Ivy no era su nombre real. Alguna vez la escuché decir que a fuerza de negarlo había conseguido olvidar el que le dieron al nacer, y que prefería ser conocida por aquel alias, el que ella misma había elegido, ya que con él había vuelto a emerger. En cuanto a su edad, nadie lo sabía a ciencia cierta, ni siquiera ella, al igual que nos pasaba a muchas de nosotras. La mayoría apenas sabíamos leer en aquel tiempo, y nos iba justo ser capaces de echar cálculos a la época en la que habíamos nacido, o discernir en qué década podíamos encontrarnos. En cuanto a su pasado, Ivy había decidido borrarlo a golpe de ejercicio, determinación e insurrección, pasando de ser una mera esclava como muchas de nosotras a una suerte de guerrera, llena de rencor hacia los hombres, «obsesionada con liberar a las mujeres y derrocar la dictadura heteropatriarcal», como ella misma aseguraba. Con el tiempo se habían ido apagando su afán libertador y sus ganas de cambiar el mundo, pero no así sus creencias ni su instinto protector hacia nosotras. Y estábamos convencidas de que tarde o temprano también se disiparía todo su rencor.
Ivy era alta y atlética, morena y de ojos oscuros. Aunque al principio de formar el grupo llevaba el pelo largo, pronto decidió cortárselo para que no le molestara en la lucha, pero eso sí: manteniendo largo el flequillo para poder esconder parte de su rostro, en concreto el lado izquierdo, aquel en el que una cicatriz cruzaba desde la sien hasta la barbilla. Era obvio para todas lo mucho que aquella marca avergonzaba a nuestra líder, puesto que le recordaba el infierno por el que había pasado. De este y de todo lo que se le pasaba por la cabeza, parte de sus sentimientos, de sus inquietudes y de sus planes, solo pudimos saberlo gracias a unos diarios que de forma estricta y rutinaria escribió cada día al caer la noche. Eran su bitácora y en ella analizaba lo acaecido a lo largo de la jornada, a lo que de vez en cuando añadía alguno de sus pensamientos o sensaciones. Las crónicas de Ivy comenzaban en los primeros días de insurrección, cuando Joanne y ella consiguieron liberar al primer grupo de mujeres. Así conocimos su historia, la de las dos, cómo se conocieron y cómo y por qué fundaron este campamento.
En cuanto a Joanne, poco se podía decir de ella más allá de sus rasgos físicos, más agraciados que los de su compañera. De origen oriental, era una mujer morena de ojos rasgados y grises, mirada fría y sonrisa cautivadora. Nunca quiso contarnos a fondo su historia, siempre sostuvo que su vida había empezado en el momento en el que escapó de la ciudad. Sobre sus sentimientos y su raciocinio, nuestro juicio provenía de sus propias acciones.
Volviendo a las misiones, hubo un día en el que nuestra tranquilidad de pronto se quebró como consecuencia de una serie de nuevos allegados que a punto estuvieron de desestabilizar nuestra pequeña sociedad. Aquel fue el comienzo del cambio en el rumbo de nuestra historia, lo que rompió la monotonía y a la vez nos abrió los ojos.
Lo primero, y tal vez más determinante, fue la aparición de Kora.
Las guardianas la encontraron desorientada y en estado de shock vagando por la colina. O mejor dicho: encontraron lo que parecía un joven monje, ataviado con un poncho marrón, con la cabeza tapada y sin pertenencia alguna consigo. Martina, pupila de Joanne, fue la primera en salirle al paso y, sin darle tiempo a reaccionar o poder defenderse, noqueó a aquella especie de fraile, derribándolo y dejándolo indefenso, inmovilizado bajo su propio cuerpo. Martina imponía, por su volumen y su fuerza, también porque solía actuar con la cabeza tapada y amenazaba a sus adversarios con una lanza de madera que ella misma había fabricado. Según nos contó, sostuvo la hoja de su arma sobre el cuello de aquel monje y le preguntó quién era. Lo escuchó sollozar, y mientras esperaba su respuesta, se dio cuenta de que aquel cuello temblaba, incluso le vino un ligero olor a orín. Podía verle parte de la cara y le pareció que se trataba de un crío, el cual consiguió sollozar: «No me hagas daño, te lo suplico». Martina volvió a preguntarle quién era, pero su presa estaba tan asustada que no pudo responder con lucidez, solo alcanzaba a suplicarle por su vida.
Sin dejar de descargar todo su peso sobre aquel cuerpo, la vigilante consiguió destaparle del todo la cara, confirmó que se trataba de un joven de rasgos delicados, pelo color paja y corto, despeinado, ojos pequeños y piel sonrosada; su rostro estaba inundado de lágrimas mezcladas con restos de barro y lo que podía ser sangre. El monje trató de mirarla a los ojos al tiempo que balbuceaba. En un acto de humanidad, algo muy extremo en su caso, Martina se destapó el rostro, pensando que aquel crío tenía derecho a conocer el aspecto de quien estaba a punto de sesgarle la yugular. Los ojos de su víctima se abrieron como platos, tomó aire y aseguró algo que hizo dudar a su opresora: «Soy una mujer, soy mujer…». Martina, sin embargo, no le creyó, agarró con fuerza su lanza y le pidió que no se moviera. El intruso cerró los ojos con fuerza al tiempo que asentía y luchaba por contener el gorgoteo de sus súplicas. Aguantó estoicamente que la guardiana la manoseara de forma rápida por encima del poncho, apretando, por supuesto, la zona de su sexo lo primero. Notó las ropas húmedas y ningún bulto que le hiciera sospechar; introdujo entonces la mano por debajo del abrigo y tanteó por entre aquel ropaje, al tiempo que sin querer clavaba un poco más la punta de la lanza en el cuello de su víctima, que empezó a quejarse y a suplicar de nuevo.
En un acto impulsivo, desconcertada, Martina se levantó de un salto y retiró la lanza sin dejar de amenazarla con ella. «Tenía que comprobarlo», aseguró a modo de disculpa. Le preguntó su nombre, pero su víctima estaba tan entumecida y aún asustada que fue incapaz de responder. Nos habían lavado tanto el cerebro durante los años de obediencia al Gobierno que en aquella época estábamos llenas de antiguos clichés, como que las mujeres teníamos que reunir una serie de características físicas que nos definían, y por eso necesitábamos cerciorarnos de la forma más básica, por mucho que nos incomodara.
Martina apareció en el campamento con aquella muchacha que incluso a las demás nos pareció un eunuco a primera vista. Le había vendado los ojos con un jirón de tela para que no viera por dónde la llevaba. Se lo quitó cuando todas habíamos hecho un corrillo a su alrededor. El chico, que era una chica, parpadeó como si no pudiera ver, o como si no fuera capaz de asimilar lo que estaba sucediendo. Todas guardamos silencio y esperamos a que una de las líderes se hiciera cargo de la situación. Fue Joanne, ya que Ivy estaba en su turno de vigilancia.
Nuestra capitana llegó hasta la recién llegada, le levantó la barbilla para que la mirara a los ojos y le preguntó su nombre. «Kora», respondió la muchacha. Con voz suave y pacificadora, le pidió que le contara de dónde venía, el motivo por el que vestía como un monje y por qué parecía fingir ser un chico. Pero Kora estaba demasiado asustada aún. Todas comprendimos que necesitaba respirar, reaccionar, asimilar que su captora le había perdonado la vida por ser mujer. Joanne pidió que diéramos agua a aquella joven y un lugar donde poder descansar hasta que recuperara el aliento. Marlene, nuestra gruesa cocinera, rodeó a Kora por los hombros con sus brazos fornidos y le pidió que la acompañara. Fue ella quien le dio de beber, la lavó y cambió sus ropas empapadas de orín en su propia tienda. Marlene era la persona ideal para que la recién llegada pudiera empezar a encontrarse un poco mejor después del susto.
«Ya está más tranquila y quiere hablar contigo», avisó la cocinera a Joanne algo más tarde.
Según el relato de Kora, había vivido hasta hacía poco bajo la protección de su padre, quien en absoluto había querido acatar las leyes imperantes, deseando que su hija fuera libre y decidiera su propio destino; por eso, la había criado como a un muchacho ante los ojos de los demás. El plan había funcionado, hasta que un vecino descubrió que bajo aquella ropa había comenzado a desarrollarse el cuerpo de una mujer. Entonces alertó a los comandos patrulla. El progenitor, en un intento desesperado por evitar que se llevaran a su hija, huyó con ella hacia la zona marginal de la ciudad, en donde creyó que los vagabundos podrían ayudarles a esconderse. No encontraron ayuda alguna, nadie quería arriesgar su vida y menos por una desconocida. Acabaron escondidos en el sótano de una iglesia abandonada, donde hallaron algunas ropas roídas, las mismas con las que Martina la había encontrado. Su padre le hizo prometer que haría todo lo posible por mantenerse a salvo, que huiría hacia las colinas, le habló de que allí se ocultaban grupos de mujeres que vivían en clandestinidad y que podrían ayudarla. Él quería la libertad para ella, y para eso estaba dispuesto a arriesgar su propia vida. Así lo hizo, a pesar de las súplicas y el llanto de su hija. El hombre salió de su escondite y trató de despistar a las patrullas para que ella pudiera huir sin mirar atrás.
Según Joanne, Kora le relató todo aquel episodio con aparente entereza, hasta que dudosa por la suerte que había podido correr su padre, se derrumbó de nuevo y le suplicó que la ayudara.
—Escucha, hermana, sé que estás preocupada por lo que haya podido pasarle, pero nosotras no podemos hacer nada por él. No podemos ir a rescatarlo, esto no funciona así, no voy a arriesgar la vida de mis guerreras por un varón. En cambio, podemos ayudar a que cumplas tu promesa de sobrevivir, te acogeremos hasta que estés recuperada y puedas decidir entre buscar otro lugar, otro grupo nómada, o unirte a nosotras.
Kora no respondió al instante. Tras unos segundos, asintió y dijo con voz ronca: «Me recuperaré y seré yo quien vuelva a por él».
A Joanne no le gustó en absoluto su afirmación, pero pensó que era libre de emprender su propia lucha.
Cuando Ivy volvió al campamento y tuvo conocimiento de lo sucedido, insistió en ver a la recién llegada y explicarle cuál era nuestra situación, lo que hacía nuestro grupo y por qué ella no encajaba si su fin era regresar a la ciudad para ayudar a su padre. Nuestra líder rechazaba todo aquello que pudiera poner en peligro lo más mínimo nuestra estabilidad.
Según el testimonio de Marlene, Kora agachó la mirada al ver a Ivy entrar en escena, asustada, impresionada tal vez por su presencia, y fue incapaz de mirarla a la cara mientras ella le hablaba, solo asintió y acató todo lo que le dijo.
Frente a frente, la muchacha le llegaba a la líder a la altura de la nariz, pero tener la cabeza gacha le hacía parecer más pequeña, indefensa y atemorizada si cabe. Ivy odiaba que una mujer le manifestara aquel desasosiego aun cuando se mostraba dispuesta a ayudarla. Porque para ella era un desprecio a su voluntad liberadora.
La mujer estuvo segura de que a la joven le había impresionado la cicatriz de su rostro, que tal vez había pensado de ella que era una especie de monstruo al que no se le podía llevar la contraria. Era lo que solía pasar. A todas nos había pasado al primer contacto con ella. No es que pensáramos que fuera un monstruo, como ella creía, sino que aquella cicatriz nos hacía temerla, sospechando que su carácter pudiera ir acorde a su deformidad.
Sabiendo de sus intenciones de volver a la ciudad una vez hubiera recuperado las fuerzas, Ivy le explicó que el grupo se mantenía a salvo a base de confianza, respeto y lucha, que nunca nos pondría en peligro por varón alguno, y que si lo que quería era regresar a por su padre, le podríamos proporcionar algunos víveres y agua para su propia supervivencia, pero que no la ayudaríamos. Kora acató.
No sé en qué momento la muchacha cambió de opinión con respecto a su lucha interna.
Kora se unió a las oficiantas mientras se recuperaba de sus heridas externas y tomaba fuerzas para enfrentarse a las internas. Nos aseguró que no conocía oficio alguno, que no sabía en qué podría ser buena, así que nos estuvo ayudando a cada una, esforzándose por igual en cada tarea: desde la siembra hasta la cocina, pasando por la limpieza o incluso las curas. Durante unos días pasó de mano en mano, siempre obediente, siempre dispuesta a colaborar y a aprender, como una esponja. Y a todas las oficiantas nos gustó su carácter tranquilo y su predisposición. Yo la observaba esforzarse por aprender de cada una de nosotras, buscando tal vez su lugar en aquel mundo, deseando dejar de ser la niña que había permanecido oculta para comenzar a ser alguien instruido y útil, para poder desenvolverse en la vida. A todas nos miraba a los ojos con humildad y trataba de sonreírnos, nos hablaba con voz suave, cada vez más segura de sí misma.
Con la única con la que aún no era capaz de soltarse era con Ivy. Cada vez que nuestra líder aparecía o se acercaba a ella, Kora agachaba la mirada y se mostraba nerviosa, le respondía con monosílabos y titubeos. Ivy no comprendía el motivo, por qué le infundía tanto temor. ¿Tal vez porque era la jefa? Joanne, sin embargo, no ejercía ese mismo influjo aunque también la respetara.
Una vez le pregunté por qué temía a Ivy. Kora me miró con nerviosismo y me aseguró que había oído hablar de ella. «La mujer del rostro desfigurado», dijo, y sus palabras se me clavaron en lo más hondo del corazón, porque sabía lo que aquella cicatriz significaba para Ivy: era mucho más que una marca en la cara, era como una estaca clavada en su corazón, lo que le recordaba su tormentoso pasado y le impedía olvidar.
—Todos tenemos cicatrices, unas más visibles que otras —le dije a Kora—, eso no nos convierte en monstruos.
—Yo no pienso que ella sea un monstruo —se defendió ella, aparentemente ofendida—. Para mí es el símbolo de la lucha. Pero no puedo evitar temerla.
Sus palabras volvieron a impresionarme. Creo que nunca antes había escuchado a nadie decir que Ivy representara nuestra lucha más allá de los límites del campamento.
La animé a acercarse a ella, a aprender de su experiencia, a ganarse su confianza.
Tal vez por eso Kora dio un paso más y empezó a hablar con nuestra orientadora: Lynn. La muchacha quería ser útil en el grupo, mucho más de lo que podía ser como oficianta, quería avanzar, hacerse fuerte ya no solo psicológicamente, sino sobre todo a nivel físico. Quería entrenarse y aprender a luchar. Lynn intuía que el fin último era sentirse lo suficientemente preparada para regresar a la ciudad y buscar a su padre, pero a priori lo que Kora pretendía era convertirse en guerrera. «Todo ha de seguir un proceso —le dijo la orientadora—, sobre todo en quienes no tenéis una formación previa. Primero has de entrenar la mente y luego el cuerpo». Kora acató las reglas, una vez más.
Lynn le enseñó a relajarse, a meditar, a concentrarse y escuchar. Le enseñó primero cómo poder ser guardiana, siempre observando, siempre al acecho, guardando la calma, prestando atención a las señales visuales y acústicas. Kora era una buena alumna gracias a su espíritu sosegado y su carácter abierto.
Poco a poco, la orientadora le fue enseñando estiramientos que acompañaban a la meditación, aquello que hacía años algunas habían conocido como yoga. Los estiramientos y ejercicios de equilibrio comenzaron a dar paso poco a poco a otros de resistencia y al entrenamiento para fortalecer el cuerpo.
Para poder dar un paso más, Kora necesitaba la ayuda de alguna guerrera que pudiera enseñarle el manejo de las armas al tiempo que se ejercitaba. Le asignaron como tutora a Puck, la pupila de Ivy, que solía utilizar un arco como arma de defensa y también el bastón: una lanza o estaca larga toda de madera tallada por cada guerrera para uso propio.
Desde el principio, a la muchacha le amedrentó un poco aquella mujer, su actitud lúgubre y su semblante firme y serio, muy parecido al de la líder. Debió de creer que estaban de algún modo emparentadas, ya que si no hubiera sido porque en el linaje no se asemejaban en nada —Puck era una mujer racializada de piel tostada y rasgos árabes—, Ivy y ella podrían haber pasado por hermanas a juzgar por sus temperamentos. A Kora pareció achantarle que fuera su tutora, porque aparte de incomodarle su talante le imponía su aspecto: aquella nariz prominente y el pelo y ojos oscuros como el carbón, el cuerpo un poco musculado como consecuencia del continuo ejercicio, y, sobre todo, el hecho de que llevaba el lado izquierdo de la cabeza rapado, dejando que el resto de la melena cayera hacia el otro lado sin ocultar su rostro. Puck parecía una salvaje.
El sentimiento de rechazo fue mutuo, en el caso de la guerrera debido a que se negaba a adoptar el rol de mentora, más aún con alguien con un aspecto tan frágil. Además, no parecían entenderse demasiado: Puck era parca en palabras y muy áspera en el trato, a veces incluso antipática, le costaba confiar en las personas, y su supuesta discípula necesitaba algo más de paciencia y calidez.
Ante las quejas de Puck por la torpeza de la muchacha, fue Ivy quien decidió hacerse cargo de su enseñanza, tal vez porque necesitaba romper ese muro que las separaba, que Kora perdiera el miedo sin perderle el respeto. Debió de ser una cuenta personal, por orgullo, o tal vez porque desde el principio hubo algo de la joven que atrajo a la capitana. Algo asociado a la necesidad de protegerla.
Kora, aferrada a su incapacidad de sostener la mirada de la líder, parecía impresionada por que esta quisiera entrenarla personalmente, y al mismo tiempo la enorgulleció. Sabía que si lo hacía bien, si aprendía, se convertiría en su discípula. Nadie mejor que Ivy para ser mentora. Por algo era la adalid.
A Ivy en un principio le frustró que aquella muchacha le hablara sin mirarla, que siguiera sus consejos sin rechistar como si tuviera miedo de hacerlo. Odiaba infundir temor a sus propias hermanas. Solo quería ser un monstruo para aquellos que debían temerla: los varones opresores, como decía ella. Por eso su empeño no estuvo centrado solo en enseñarle a Kora la defensa personal y el manejo de algún arma, sino que también se esforzó por ganarse su confianza y su mirada.
—¿Por qué no levantas la cara cuando te hablo? —la interpeló en una de las primeras sesiones de entrenamiento. Y Kora sostuvo su mirada durante varios segundos, para después dejar caer de nuevo la cabeza y encogerse de hombros—. Debes respetarme, pero no temerme, no voy a hacerte daño, a no ser que me des motivos para desconfiar de ti. Para llegar a ser una de nosotras, convertirte en guerrera y acompañarnos, debes ganarte nuestra confianza, y para eso necesito poder ver tu alma. No puedo confiar en ti si no me dejas mirarte a los ojos y conocerte.
Kora luchó por estar a la altura de las circunstancias, a nivel físico y también a nivel emocional. Para cualquier persona es complicado, incluso temeroso a veces, dejar que alguien llegue tan lejos para tratar de conocerte, eso nos hace vulnerables, pero en el caso del grupo era necesario. Nuestras capitanas debían conocernos, adentrarse en nuestras almas, como decía Ivy, porque solo así se podía generar aquel clima de confianza que mantenía unido al grupo. Era la base sobre la que se asentaba nuestra supervivencia, la de todas.
Un día cualquiera en el campamento podía resultar tedioso, más para las guerreras que para las oficiantas. Cuando no se había organizado ninguna expedición o ningún ataque, la tranquilidad y la normalidad se asentaban junto a nosotras como si fuéramos un mero poblado de refugiadas luchando por sobrevivir. Ya nos habíamos acostumbrado a este tipo de rutina, a los roles que desempeñaba cada una y la estabilidad conjunta que eso nos proporcionaba. Por eso agradecíamos el tedio de que un día sucediera a otro sin grandes novedades, porque era señal de que todo estaba bien y en su sitio.
Las oficiantas, la base de la pirámide y el grupo más numeroso, éramos quienes organizábamos y poníamos orden en las necesidades básicas: comer, dormir, hacer nuestras necesidades, limpiar y gozar de buena salud. En general, casi todas sabíamos hacer un poco de todo, a excepción del tema sanitario, del que se encargaba Meli. El resto del grupo lo conformaban una orientadora, varias guardianas y guerreras, y nuestras capitanas.
Tanto Ivy como Joanne, aparte de ejercer de líderes y organizadoras, llevaban implícito el rol de guerreras y en ocasiones el de guardianas. A Joanne le gustaba desempeñar a veces el papel de orientadora y ser ella quien encabezara las sesiones de meditación, respiración y estiramientos, algo que no se le daba muy bien a Ivy, demasiado inquieta para este menester. Las líderes no solían ayudar o ejercer como oficiantas, aunque a Ivy le gustaba pasar tiempo con Meli para que le enseñara los gajes del oficio. Decía que eso le podía servir para realizar los primeros auxilios en caso de una expedición o ataque en los que hubiera heridas, aparte de que se trataba de una especie de cuenta pendiente que rumiaba desde hacía años: estaba convencida de que si hubiese sabido cómo coserse en su momento, la cicatriz de su rostro hubiera sido menos pronunciada. Aquella marca había sido una herida carnal abierta durante mucho tiempo a la que le había costado cicatrizar, ya que la falta de cuidados adecuados y las continuas palizas la habían hecho sangrar y supurar constantemente. Ahora, por fortuna, ya nunca le daba problemas en ese sentido, por mucho que mentalmente la herida se abriera cada vez que veía su reflejo o le picara la cicatriz. Era algo que Ivy no conseguía superar, a pesar de que el resto del grupo ya no éramos capaces de apreciar aquella marca porque habíamos asumido su apariencia física.
Creo que en el fondo todas éramos conscientes de nuestras propias cicatrices aunque algunas fueran más visibles que otras, o a pesar de que algunas se hacían notar en forma de secuela física, como le sucedía a Ivy. Habíamos tratado de normalizar todo aquello para que quedara en un simple recuerdo que nos impidiera olvidar que nuestra lucha era sobrevivir y ayudar a otras mujeres. No queríamos que fueran heridas abiertas, sino precisamente huellas, y que ninguna de ellas nos dificultara ser felices dentro de la infelicidad que podía suponer el tiempo que nos había tocado vivir.
A Ivy todo esto le costaba. Sin embargo, en aquellos días vivía algo más tranquila que en épocas anteriores, se podía decir que tenía una buena racha y estaba en paz consigo misma. Por eso, a todas nos preocupó que la actitud de Kora pudiera desestabilizar nuevamente la serenidad física y emocional de nuestra líder. Su conducta mohína y sumisa ante ella, su reticencia a mirarla a los ojos y el ímpetu por aprender rápido generaba ansiedad en Ivy, según dejó constancia en sus diarios. En ellos eran notables las ganas que tenía de confraternizar con la muchacha. Para ella, según sus propias palabras, no solo se trataba de un reto, sino, y sobre todo, una forma de ser útil y dejar un legado beneficioso para las mujeres más jóvenes. Le exasperaba recordar la situación de las que aún vivían en la gran ciudad o en los municipios más poblados de los alrededores, todo aquello por lo que debían pasar y padecer. Se sentía muy impotente ante las leyes discriminatorias y machistas, porque por muchas rebeldes y muchas safistas, amazonas o artemisas que, como nosotras, hubieran organizado sus propios grupos y lucharan contra la dictadura heteropatriarcal, aún quedaba un gran escollo por delante: derrocar al Gobierno y fulminar a aquellos partidos que les apoyaban. Solo así sería posible conseguir una igualdad y poner fin a los abusos y a la esclavitud. Y era muy consciente de lo complicado que resultaba hacerlo con un grupo tan pequeño como el nuestro, pero le reconfortaba ver cómo íbamos creciendo y cómo cada mujer que llegaba hasta el campamento decidía quedarse con nosotras. Por eso mismo necesitaba y ansiaba llegar hasta Kora, conseguir que confiara en ella y que se dejara enseñar de forma pausada pero tajante.
Lo más complicado venía del hecho de que Kora no fuera como ninguna de nosotras. Ella no tenía aquellas cicatrices internas. Había sido educada bajo la protección de un padre comprensivo y generoso, había sido autodidacta y había aprendido gracias a los libros y a la paciencia de su progenitor. Según le contó a Ivy, en su casa había, oculta, una extensa biblioteca donde había podido disfrutar de algunos libros escritos por mujeres, a pesar de que estuvieran prohibidos. Sus padres habían conseguido salvar ciertos títulos femeninos y feministas de la quema. Por eso estaba muy concienciada con la lucha por la igualdad, por eso y por el clima de temor al ir creciendo, porque cada vez le había sido más complicado ocultar su verdadero género. Sin embargo, eso no había provocado en ella ningún sentimiento de misandria o androfobia. En definitiva, para Ivy su constante apoyo y empatía hacia los hombres era un escollo en su instrucción.
No termino de conectar con Kora, y sé que no es solo su culpa, por que no me mire directamente o por que no se sincere del todo con nosotras. Hay algo en ella que me inquieta. Creo que es su actitud demasiado complaciente. Saber que ha tenido una vida cómoda que le hace ser así de sociable no ayuda. En el fondo parece compadecerse de todas y cada una de nosotras. O quizás es solo su escudo, tal vez tenga miedo de empatizar demasiado, sentirse una de las nuestras, porque realmente no lo es. No puede compararse a ninguna de mis hermanas. Aun así quiero darle una oportunidad. Toda mujer debe tenerla. Y creo que esta chica tiene potencial para aprender a defenderse, parece fuerte, y se muestra interesada y abierta. Aunque aún puedo oler su miedo.
¿Miedo a qué? ¿A mí? No termino de entenderlo, no le he dado motivos. Vale, muchas hermanas dicen que al principio imponen mi aspecto y mi actitud. Pero creo que ya le he dado suficientes muestras de que puede confiar en mí.
Me desconcierta también su mirada, resbaladiza a veces, en ocasiones rebelde, pero humilde al mismo tiempo. No me gusta que no me deje observarla a través de ella, no consigo mantenerla más de dos segundos seguidos. No sé si es rechazo, temor o que oculta algo. Sea lo que sea, necesito que alguna de nosotras consiga adentrarse en su interior, conectar con ella, porque ni Joanne ni yo terminamos de fiarnos.
Creo que se abrirá con alguna de las oficiantas. Parece haber hecho buenas migas con Marlene. Le pediré que le tire de la lengua.
Mientras tanto, voy a continuar con mi compromiso de entrenarla, aunque, como cree Joanne, acabe yéndose tras adquirir los conocimientos y la fuerza suficientes.
Hoy he salido con ella por la montaña. Quería que entabláramos conversación, que me contara cómo están las cosas por la ciudad, lo que ha vivido, lo que ha oído. Mientras, le he enseñado a fabricarse su propio bastón defensivo y algún puñal.
Kora tiene las manos pequeñas. Nos ha costado encontrar una rama que pudiera irle bien, con el diámetro perfecto para que pueda agarrarla con fuerza. Nos hemos sentado frente a frente. Le he explicado cómo pulir la rama sin dejar la superficie demasiado lisa, para que no se le resbale, y ella ha seguido sin rechistar mis instrucciones. Me ha parecido bastante hábil.
He aprovechado su ensimismamiento para observarla. Me resulta curioso que al primer golpe de vista parezca un varón, pero su rostro es fino, alargado, y sus facciones son afeminadas. Basta con observarla con un poco de atención para darse cuenta de que solo es una cría con el pelo corto. ¿Cuántos años tendrá? Aún no ha querido decirnos su edad, tal vez no la sepa, como muchas de nosotras.
Me gusta de ella, y al mismo tiempo me preocupa, que sepa leer. Me gusta porque me ha demostrado que tiene algo de cultura, que conoce la historia, que se ha informado sobre cómo eran antes las cosas. Me ha asegurado además que su padre guarda algunos libros escritos por mujeres. Cuán necesaria es la literatura femenina para que no se olvide la historia. Y me preocupa, sí, que pueda leer mis crónicas, que sea capaz de apuntar cosas, ¿y si se lleva información que utilizar como moneda de cambio en caso de necesidad?
Intento no pensar en ello, no ponerme en lo peor. Para eso ya está Joanne, que últimamente está bastante negativa, no sé qué le pasa. Pero tampoco bajo la guardia, aún tiene que demostrarnos su lealtad.
Creo que con Kora podré hablar de lo que también yo leí cuando pude, de lo que recuerdo. Necesito que me hable de esa literatura escrita por mujeres. Eso me da esperanzas.
Pero mientras, lo que quiero saber es su vivencia.
Me ha hablado sin mirarme. Eso me ha molestado, pero he tratado de no transmitírselo. Sé que tengo que conseguir que se abra a mí. Que mantenga su mirada llegará con el tiempo, estoy segura. Me ha contado que todo lo que sabe es por las enseñanzas de su padre y por los libros que él guardaba a buen recaudo en el sótano de la vivienda. Parece ser que vivían en una casa de una planta a las afueras de la ciudad. Me ha dado la sensación de que evitaba hablar de su madre, así que no he querido insistirle. También tengo la sospecha de que calla algo, pero no quiero hurgar en su vida, no tengo derecho a meter el dedo en la llaga. Me ha contado que fue criada y educada por su padre y presentada como varón de puertas para fuera las pocas veces que salió del hogar. De pequeña no parecían temer que fuera descubierta, pero a medida que fue creciendo, y que su cuerpo se desarrolló, empezó a enclaustrarse en la casa.
¿Qué les diría el padre a los vecinos? ¿Cómo justificaría la repentina desaparición de aquel hijo? ¿O acaso nadie le preguntó?
«No sé cuántas horas al día me pasaba leyendo —me ha dicho, aunque no exactamente con estas palabras; solo transcribo lo que recuerdo—, leía novelas y también manuales, libros de texto y todo eso. Y por las noches, dejaba volar la imaginación, creyendo que el mundo podría mejorar, que si había más personas como yo, podríamos cambiar las cosas. Estaba convencida de que, al igual que una de aquellas escritoras aseguraba en uno de los libros, para ser libre necesitaba ganar un sueldo y tener una habitación propia».
Me gusta cómo habla, cómo se expresa, me gusta que tenga inquietudes y que crea en la lucha, en que las cosas pueden cambiar. No tanto que use un masculino genérico. Porque la libertad vendrá de la mano de las mujeres.
Cuando le he preguntado cómo recuerda la ciudad, me ha asegurado que la evoca tranquila pero tensa. Siendo pequeña, cuando aún podía pasear por las calles, había podido palpar la opresión a la que se veían sometidas las mujeres. Había crecido con eso, sí, pero no era lo que su padre le había enseñado.
«Él me contó que hace mucho tiempo las cosas eran diferentes, que se llegó a establecer casi una igualdad entre géneros, pero que los hombres siempre se sintieron amenazados por el avance intelectual y profesional de las mujeres. Que por eso, en cuanto pudieron, algunos sectores comenzaron a hacer campañas contra la liberación de la mujer, asegurando que quitaban puestos de trabajo».
«El índice de paro era muy alto —le he explicado yo—, fue una de las muchas excusas que adujeron para apoyar sus estúpidas teorías misóginas. Yo tengo un leve recuerdo. Tú no debías ni de haber nacido, porque todo se fue a la mierda siendo yo muy pequeña».
Le he contado cómo poco a poco aquellos grupos misóginos comenzaron a ganar cada vez más adeptos gracias al populismo y al miedo que estaban metiendo. Por supuesto, un miedo infundado que no era real. Hicieron una suerte de revolución silenciosa, tramando formas de relegar de nuevo a las mujeres al hogar de una forma lo más sutil posible. Creo que todo esto Kora ya lo sabía por boca de su padre, pero aun así he querido compartir con ella mis conocimientos. Parece que no estaba al tanto de los detalles.
Nunca he escrito nada sobre mí en estos cuadernos, creo que no es importante en realidad quién fui de pequeña o adolescente, solo qué me ha traído hasta aquí. Y por supuesto, nuestro día a día. Solo soy un medio de información, por si estos cuadernos sirven para algo en un futuro. Sin embargo, hoy me apetecía exponer mis impresiones sobre Kora y los recuerdos que me ha evocado hablar con ella.
Tengo un vago recuerdo de mi madre yendo a trabajar. Me dejaba con mi abuela. Pero después, de pronto, empezó a quedarse en casa. Y siempre estaba de mal humor, se quejaba constantemente, y aunque mi abuela trataba de evitar que yo escuchara nada de aquello, me fui enterando poco a poco de que habían empezado a recortarse algunos derechos de las mujeres, entre ellos el del trabajo, en pro de una mayor oferta para los cabezas de familia, entendiendo que estos siempre eran los patriarcas. Yo era muy pequeña para comprender nada de aquello. Con el tiempo fui consciente de la magnitud de aquellos primeros recortes. El problema no fue el populismo ni aquellos grupos misóginos, el verdadero problema fue la llegada al poder de uno de los partidos más radicales y autoritarios, de una forma seguramente fraudulenta. Hacía décadas que ostentaban el poder y, poco a poco, habían ido imponiendo unas reformas cada vez más represivas sobre todo para las mujeres.
Le he contado que la estructura político-social había cambiado con los años, que se había erigido una especie de pirámide, en cuya base estaban los Cazadores, herederos de aquellos primeros grupos sectarios populistas, que ahora se dedicaban a hacer batidas de forma voluntaria en busca de «ovejas descarriadas», como alguna vez escuché decir, o de nómadas. Kora se ha mostrado sorprendida por el tema de los Cazadores. Lo que sí ha asegurado conocer es la existencia de pueblos de antiguos nómadas. Según ella, en algunos conviven hombres y mujeres y están permitidos —esos asentamientos— mientras respeten el orden y se dediquen a trabajar el campo y a aumentar la población. Yo dudo que así sea, dudo que ningún cazador haya arrasado ese tipo de poblados, o lo que es peor: que haya llegado algún depredador en busca de mujeres.
