Las lágrimas de Allah - Enrique Matrán Huete - E-Book

Las lágrimas de Allah E-Book

Enrique Matrán Huete

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Beschreibung

El valí de Elvira abandona su exilio y regresa a Córdoba, ante el requerimiento inesperado del emir y la desaprobación de su consejo, que rechaza la presencia del antiguo general. Su llegada hará tambalear los cimientos de Al-Ándalus, como ya lo hiciera en el pasado, cuando un hecho insólito rompió el fuerte lazo de amistad entre ambos. Tan solo el amor de dos jóvenes, condenados a mantener su relación en secreto, pondrá en jaque las pretensiones del Emirato y hará salir a la luz la gran verdad que durante años ha permanecido silenciada. Traición, poder y ambición, corrompen la corte andalusí de Al-Hakam, tercer emir omeya, el más cruel y sanguinario que recuerdan las crónicas… Las lágrimas de Allah es una historia de ficción recreada en un episodio histórico, que aconteció en la Córdoba musulmana en el siglo IX. En ella se mezclan personajes reales con otros inventados, creándose situaciones cotidianas y conflictos dentro de la época. El autor no pretende contar cómo se desarrollaron los hechos, sino utilizar el contexto histórico para dar vida a esta historia.

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Seitenzahl: 526

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Enrique Matrán Huete

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-536-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Agradecimientos

A Laly, por su inestimable ayuda en los primeros pasos de esta andadura…

Rabhí y AbdelKrim, por aliviar mis dudas…

Y, sobre todo, a mi mujer Yolanda y mi hijo Enrique, por su infinita paciencia y comprensión…

Abderramán I. El príncipe errante

Desde el fallecimiento de Mahoma en el año 632, los omeya gobernaron durante un siglo desde su capital en Damasco, marcando así los primeros años del Islam. Con la dinastía en el Califato, la expansión del Islam fue fulgurante en Oriente medio y África: llegaron en el año 710 a la India, por el este, y hasta el estrecho de Gibraltar desde el norte de África por el oeste. El mundo musulmán estaba gobernado y regido por el califa, líder espiritual y político, puesto que ocupaba en representación del mensajero Mahoma.

A partir del año 740, muchos musulmanes empezaron a ver que los omeya no eran los gobernantes ideales, hecho que desembocó en un deterioro de su mandato. Los enfrentamientos con la dinastía rival abasida desencadenaron una rebelión sin precedentes, con continuas presiones y conflictos por hacerse con el poder, que reclamaban afirmando que su linaje descendía del profeta Mahoma.

Los omeya perecieron cuando el último califa, Marwán II, fue expulsado de la capital por los abasidas para morir finalmente en Egipto. Se aseguraron de que nunca más volvieran al poder, masacrando a todos los miembros de la familia, excepto uno: el príncipe Abderramán, que consiguió escapar de la matanza.

En su huida, se refugió con las tribus beduinas en el desierto, pero los abasidas, que eran temidos por su crueldad, le persiguieron sin tregua para acabar con él. Al no poder ocultarse empezó una huida angustiosa que duró un total de cuatro interminables años, sin un rumbo fijo, con la sola finalidad de sobrevivir. Las circunstancias le llevaron desde Egipto hasta Túnez.

Sin embargo, las confusiones por el cambio de dinastía en el Califato de Damasco produjeron un relevo de poder en el norte de África, al caer en manos de los emires y gobernantes locales de los antiguos califas omeyas. Abderramán pensó que podrían unirse a su causa, pero buscaban la independencia de manera aislada en continuas luchas internas para alzarse con el poder.

Una vez más tuvo que huir con algunos hombres fieles a su causa, y esta vez se adentró en los territorios africanos del interior con las tribus de los bereberes.

Fue en el año 755, oculto en Ceuta, cuando fijó su atención en Hispania, donde Yúsuf gobernaba Al-Ándalus aprovechando la confusión todavía existente en Damasco. Consciente de que en Hispania todavía quedaban vestigios y simpatizantes de su dinastía, Abderramán mandó un emisario a tantear el terreno, dio a conocer sus intenciones y ganó adeptos a su causa.

Desembarcó en Almuñécar en el año 756. Con el apoyo de los simpatizantes de su familia y los detractores de Yúsuf, llegó al poder y desafió al Estado islámico de Damasco controlado por los abasidas. Como solo podía haber un califa en el imperio musulmán, se proclamó emir o príncipe entre iguales.

Así nació el Emirato independiente de los omeya. A partir de entonces, su reinado seguiría un proceso paulatino de consolidación, culminado en el año 780 con el inicio de la construcción de la Gran Mezquita de Córdoba, símbolo de poder y soberanía en su mandato, que le permitió proclamarse gobernador de la península. Durante los dos siglos y medio siguientes, Córdoba se convertiría en uno de los dos centros intelectuales y de comercio más importantes del mundo…

Introducción

Qurtuba, «Córdoba musulmana». Año 818 del Emirato independiente omeya en Al-Ándalus. Al-Hakam, tercer emir de la dinastía constituida por su abuelo Abderramán I, más temido que amado por su pueblo, no dudaba en rodearse de mercenarios, traidores y renegados para enfrentar y resolver los problemas que le salían al paso. A nivel interno tuvo que sofocar varias revueltas de una parte de la población formada por alfaquíes, mozárabes y muladíes, que vivían ahogados por las continuas subidas de impuestos, y también con alzamientos entre las distintas etnias musulmanas de yemeníes, sirios y bereberes. A nivel externo, tenía que lidiar con las pretensiones del Califato de Bagdad de establecerse en Al-Ándalus. Cauto y desconfiado, él mismo supervisaba los asuntos de Estado, rodeado siempre de juristas, sabios y filósofos. Amante de la poesía, le gustaba recitar con gran elocuencia temas de amor y batallas épicas de otros tiempos.

CAPÍTULO I El retorno de Kháliq

Antes de que los primeros rayos de sol empezasen a iluminar la ciudad, el almuédano o muecín se dejaba ver en el minarete, la parte más alta de la mezquita, desde donde anunciaba la llamada a los creyentes. Su voz firme y serena, dotada de gran personalidad vocal, empezaba a cantar al-Adhán, impregnando cada rincón de la Medina. Tan solo el canto de los gorriones se distinguía entre la oración acompasada, profunda y melódica en la confesión de la fe. La suave brisa matinal empujaba el eco del intérprete, de manera sutil y delicada, los preceptos del Islam a todos los hijos de Allah. Al término de tan hermosa sinfonía espiritual, la ciudad empezaba a cobrar vida con su actividad. Las grandes puertas de acceso al recinto, en el sur de la fortaleza, se abrían al unísono, e invitaban al viajero a entrar en tan bella obra de arquitectura.

El río Guadalquivir acogía el impresionante puente romano, de dieciséis arcos y trescientos metros, la única vía para entrar en la ciudad desde el sur de la península. Fue construido en el siglo I, durante la época de dominación romana, como parte de la denominada Vía Augusta, que iba desde Roma hasta Cádiz. Se alzaba robusto y poderoso sobre el caudaloso río, hasta desembocar a las mismas puertas de la Medina, que rendía pleitesía a la magnificencia de la Córdoba omeya.

Un conjunto arquitectónico sin igual, de una belleza inusitada, que conjugaba todos sus elementos con una fastuosidad sin precedentes. La ornamentación de sus edificios ensalzaba las construcciones más notables en un deleite para los sentidos. Fachadas esculpidas y labradas a mano, con continuos relieves y formas imposibles, engalanaban las estructuras. Aparecían motivos decorativos nuevos, como el ataurique, con formas de plantas, animales, vegetales y frutos, de una riqueza y una plasticidad ornamental maravillosas.

Las columnas y los pilares se alzaban estilizados y majestuosos. Coronados por capiteles de avispero, con formas geométricas perfectas, albergaban motivos florales en un tallado minucioso de diminutos orificios en la piedra, como si de un panal de abejas se tratara. Y sobre ellos, el arco de herradura de origen visigodo era perfeccionado y estilizado con gran maestría, constituyendo una de las señas de identidad de la Corte andalusí.

Como complemento a tan magna obra de diseño y urbanismo, el agua era uno de los elementos más visibles, circulando por estanques y fuentes, mediante un sistema de canalización y distribución magistralmente definido. Los parterres y plantas exóticas, cuidadas con mimo, ensalzaban más aún el esplendor de las calles y edificios de la ciudad. En el jardín del Alcázar real, se alzaba erguida y hermosa la gran palmera que Abderramán I plantó con sus propias manos.

Al oeste de la gran metrópolis se encontraba la musara, una gran extensión verde que acogía las grandes huertas y zonas de plantación para aprovisionar a la población. Las nuevas técnicas de regadío implantadas por los árabes constituían una revolución para el sector agrícola.

Se incorporaron productos nuevos, como el arroz, cítricos, frutos secos, plantas de plátano, dátiles, alcachofas, espárragos, árboles de coco y, por supuesto, las especias, muy presentes en la gastronomía, como el azafrán, jengibre, canela, sésamo, anís y nuez moscada: un reclamo importante en el resto de Europa y uno de los pilares del comercio omeya.

*

La actividad recobraba su pulso una vez acabada la llamada a la oración. Era un ir y venir incesante de personas atareadas en un entramado de calles pintorescas y bulliciosas, donde se podía adquirir cualquier producto, y también contratar personas especializadas en los distintos oficios como eran carpinteros, aserradores, sastres, médicos, escribanos, curtidores y un sinfín de artesanos.

Don Julián, como cada mañana, no se demoró en transitar la zona para atender sus negocios y emprender otros. Le gustaba recorrer los puestos, ver el género, visitar a los mercaderes y sobre todo relacionarse socialmente.

Llevaba el oficio en la sangre. Descendiente de una de las familias de comerciantes venecianos más importantes de la época, su abuelo, don Luca de Bravenza, había llegado a la Corte de Toledo para afianzar una de las vías principales de comercio de la España visigoda en el año 710. En la Corte toledana se enamoró de una joven cristiana, doña Leonor, sobrina del gobernador de Talavera, a la que tomó por esposa.

Sus deseos de partir a la península itálica se vieron truncados por la inestabilidad política durante el reinado del rey Rodrigo y la incursión musulmana de Tarik y Muza en el año 711. No dudó en acogerse al estatuto legal de la Dimma —protección otorgada por el Islam, mediante la cual, la comunidad musulmana concedía hospitalidad y protección a miembros de otras religiones monoteístas con un libro sagrado, ahl-Kitáb—. A cambio, estos debían cumplir una serie de obligaciones a modo de impuestos y acatar la dominación musulmana.

El Veneciano, como así lo llamaban, era un hombre de recursos, inteligente y culto. Dominaba varias lenguas, hablaba latín y griego, y se defendía con el árabe, ya que su actividad como marino y comerciante le había llevado por todo el Mediterráneo occidental. Pronto empezó a desplegar todo su buen hacer y experiencia entre el gremio de los mercaderes. Mantenía sus contactos en los distintos puertos marítimos y, aunque no podía cruzar ciertos pasos fronterizos para cerrar acuerdos por el veto musulmán, lo hacía a través de correspondencia o mediación de otros. En unos pocos años su posición se consolidó de manera notable, ya no trabajaba para otros como intermediario. Don Luca tenía su propia estructura mercantil en Toledo, centro neurálgico de entrada y salida de mercancías y una de las ciudades más importantes del interior de la península. En poco más de una década, estaba a cargo de un tercio de los negocios que se producían en Toledo. A la edad de treinta y siete años llegó su único hijo, Gonzalo (quien sería padre de don Julián).

Don Luca le procuró la mejor educación, contrató los mejores matemáticos, filósofos y profesores cualificados de la época. Cuando el joven Gonzalo era un adolescente, su padre empezó a enseñarle el oficio, le acompañaba en cada subasta, en cada trato, en la fijación de precios. Aprendió de la maestría de su padre y se convirtió en un joven ambicioso, de gran proyección y determinación.

Tras la muerte de su progenitor en el año 750, puso su mirada en Córdoba, consciente de las oportunidades que la gran capital ofrecía, pero su condición de mozárabe no ayudaba para abrirse paso en un gremio hermético y enteramente musulmán, que le excluía cada vez que intentaba hacerse un hueco entre los mercaderes cordobeses. Tuvieron que transcurrir dieciséis años, cuando Abderramán I empezó la ampliación territorial de la ciudad con la construcción de nuevos arrabales —barrios ubicados a las afueras de la medina—, y tuvo que dotar de infraestructura y solidez al comercio, artesanía, manufactura y cualquier oficio que las gentes llegadas de otros lugares pudieran desempeñar. Gonzalo no dudó ante la llamada del emir en instalarse en uno de los barrios más prósperos y de mayor influencia, el arrabal de Saqunda. Así fue como la familia Bravenza desembarcó en Córdoba, cuando el pequeño Julián contaba seis años de edad. Con el paso de los años se convertiría por derecho propio en un tayr, uno de los grandes comerciantes de Córdoba.

Mantenía su cultura, religión y costumbres dentro del estatus legal de los dimmíes como mozárabe, no creyente en el Islam. Era no solo tolerado sino también respetado, y contaba con ciertas coberturas legales que, debido a su posición, eran mucho más amplias respecto al pago de impuestos de obligado cumplimiento. El resto de comerciantes y mercaderes tenía buena relación con él, y la autoridad islámica veía con buenos ojos la actividad mercantil, primero porque era uno de los pilares fundamentales de su economía y segundo porque su propio profeta, Mahoma, también fue comerciante antes de la llamada de Allah a la Revelación.

Como todas las mañanas, don Julián pasó por la freiduría del zoco para tomar uno de sus dulces favoritos, los pestiños de miel, y mientras saboreaba tan delicioso manjar, vio cómo se acercaba Harid, el almotacén, la persona encargada de velar por el buen funcionamiento del zoco: la designación de los puestos, calidad del género y fijación de precios. Mantenían una relación de fuerte amistad desde su juventud, cuando empezaron a trabajar juntos en una de las mayores alianzas mercantiles de Córdoba.

—Ten cuidado con los pestiños… el fajín ya empieza a resentirse.

—Tienes razón, pero no puedo evitarlo, es una tentación para mi paladar. —Don Julián se chupaba los dedos embadurnados en miel—. Ahora llevo una vida menos agitada desde que mi hijo se encarga de los negocios —comentó con cierta resignación.

—Por cierto, hace días que no lo veo… ¿ha regresado ya?

—Partió la semana pasada a Qartayannat, «Cartagena». Estamos esperando la llegada de las naves mercantiles desde Génova. Quiso ir él a supervisarlo todo, ya lo conoces.

—Te veo preocupado, ¿ocurre algo? —preguntó Harid intrigado.

—Antes de que partiera, recibimos noticias de saqueos por parte de piratas bereberes en el Mediterráneo a otras embarcaciones procedentes de Egipto. No sabemos aún qué suerte han sufrido las nuestras —contestó con gesto serio.

—Siempre dispones de información privilegiada, y en estos tiempos, esa información te da una ventaja considerable sobre el resto, amigo mío —expresó el almotacén con cierto asombro.

—Como bien sabes, nuestras embarcaciones enarbolan la bandera de mi familia. Después de tres generaciones, nuestro apellido sigue teniendo cierto prestigio en las vías marítimas —detalló—. Los continuos conflictos internos y las turbulencias políticas con los imperios emergentes dificultan cada vez más las expediciones, y eso aumenta los costes considerablemente —se resignaba el comerciante cristiano.

—Tan pesimista como siempre, no tienes remedio, Julián. —Harid negó con la cabeza.

—¿Pesimista dices? La subida continuada de impuestos hace que las gentes apenas tengan para salir adelante, y en nuestro caso, el incremento de tasas recaudatorias es cada vez más asfixiante —se lamentaba con hartazgo—. Son momentos muy delicados, Harid, tú mejor que nadie deberías saberlo —le reprochó—. La inestabilidad es cada vez mayor y nuestro emir no hace más que acrecentarla. El arrabal está cada vez más agitado y temo lo peor —expresó con voz temblorosa—. Acuérdate de lo que pasó hace unos años y cuál fue la respuesta de tu señor.

El comerciante cristiano recordaba con gran pesar y amargura lo ocurrido en el arrabal de Saqunda en el año 805, cuando un grupo de vecinos, formado por alfaquíes —intérpretes de leyes, y teólogos—, culparon al emir de excederse en los impuestos, alejarse de la ortodoxia religiosa, y actuar de manera déspota y cruel. Al-Hakam ejecutó a setenta y dos personas, entre ellos, algunos notables alfaquíes y comerciantes, amigos de la familia de don Julián.

—¡Cuidado, Julián! —exclamó Harid mirando a su alrededor—, te conozco bien y sé el sentido con el que pronuncias tus palabras, pero en otros oídos podrían ser motivo de tu decapitación. —Alzó la voz—. No eres alguien que pase desapercibido, amigo mío. Has amasado fortuna, bienes y una gran estructura a través de tu familia con el paso de los años, pero la realidad es que no formáis parte de la umma —comunidad musulmana—, y empezáis a ser demasiado visibles —prosiguió el almotacén algo más moderado—. Las arcas están vacías por las continuas insurrecciones internas y guerras con los reinos cristianos del norte —dijo mientras se alejaban de la calle principal donde estaban.

—¿Qué intentas decirme? —preguntó el comerciante con cierto recelo.

—Lo que trato de decirte, es, que si acogéis «nuestra religión y costumbres» muladíes, vuestra situación cambiará: quedaréis exentos de la mayoría de los impuestos que os imponen. Es hora de que te plantees la conversión, sabías que este momento llegaría, no es la primera vez que lo hablamos.

—Por el amor de Dios, Harid, ¿sabes lo que me pides? Eso sería como traicionarme a mí mismo, renegar de mi familia, de mi propia existencia y de mi propio Dios… y ¿qué pensaría mi hijo? —entonó indignado.

—No te lo pido, tan solo te lo sugiero. Es la única opción que tienes para resolver tus problemas. Dificultades ha habido siempre, revueltas y exaltación. Es cierto que a nuestro señor Al-Hakam nunca le ha temblado la mano, ni ha tenido escrúpulos a la hora de solucionar problemas, pero se rumorea que se avecinan cambios importantes de Estado. Sé paciente, mi tenaz amigo; cuando Rodrigo esté de vuelta, hablaremos.

Harid se marchó a atender sus obligaciones, y don Julián permaneció inmóvil con la mirada perdida. Pensaba en las palabras de su amigo el almotacén, hasta que una voz le hizo despertar del ensimismamiento en que estaba sumido.

—¡Han llegado! ¡Han llegado! —El mercader cristiano reaccionó al ver correr al pequeño Anís hacia él.

Anís era el hijo de Hixem, hombre de confianza y uno de los almacenistas que la familia tenía en el litoral donde descargaban la mercancía y procedían a distribuirla después del pago de tasas a las autoridades musulmanas. El pequeño mozalbete llegó exhausto hasta él, correspondencia en mano. Con cierta ansiedad, don Julián empezó a leer la carta. Estaba escrita de puño y letra por su hijo.

—¡Alabado sea Dios! —exclamó aliviado—. Han llegado todas las embarcaciones, no pueden ser mejores noticias. Mañana llegarán Rodrigo y tu padre. Vamos a casa, estoy seguro de que estarás hambriento.

*

En el Alcázar, Al-Hakam despachaba con su Consejo de Estado. La decisión tomada por el emir caía como un jarro de agua fría, y el rechazo no se hizo esperar. El háyib, primer ministro y mano derecha del emir, no dudó en alzar la voz.

—Mi señor, os lo ruego, recapacitad; no esperábamos una decisión así. ¿Acaso no hay hombres cualificados en Qurtuba para asesorar a vuestro hijo? Entenderéis que la elección del príncipe deja al margen a este Consejo, y silencia su voz en favor de un hombre que lleva exiliado veinticuatro años. ¿Por qué? ¿Qué motivos le han empujado a tomar una decisión así?

El despliegue dialéctico del primer consejero mostraba sus dudas y malestar por sentirse excluido. Con gesto serio y mirada penetrante, el emir se levantó de su estrado y dio por terminada la reunión de Estado, no sin antes dirigirse al primer consejero.

—Entiendo vuestras dudas, háyib, pero la decisión está tomada. Acataréis la voluntad del príncipe, que es la mía. Nada más tengo que decir.

Al-Hakam se retiró, y con él sus ministros. La gran estancia omeya empezó a despejarse, hasta quedar solo el primer consejero. Hombre de mediana estatura, vestía ropa holgada y de colores oscuros para disimular su corpulencia. Lucía una barba espesa y desaliñada que dejaba crecer, para cubrir su cara rechoncha y una prominente papada.

Un casquete de fieltro, que quedaba demasiado ajustado, ceñía su cabeza. Debajo del tocado partían varias arrugas, anchas y marcadas, que coqueteaban con dos cejas pobladas, todo ello acompañado de una mirada incómoda y sibilina.

—Duro revés habéis sufrido, pero lo que deberíais preguntaros es cómo lo ha encajado el emir. Todos sabemos que la decisión del príncipe no es del agrado de su padre y, sin embargo, la ha aceptado.

—Siempre tan oportuno, Isthar —respondió incomodado ante la presencia del hakim del emir, médico de la familia omeya.

La imagen deslucida y grotesca del háyib contrastaba con el refinamiento y elegancia del hakim, que lucía una vestimenta de colores pastel, y unas babuchas de punta retorcida con bordados plateados.

—No sé qué detesto más, vuestras incisivas palabras o la vestimenta que portáis —contestó con repulsa la mano derecha del emir.

—Las palabras, como mi vestimenta, las utilizo como creo oportuno, y permitidme que os diga, que no habéis sido muy hábil al cuestionar a nuestro señor —respondió con voz serena.

—¡Sabéis tan bien como yo que detrás de esta farsa hay algo más! No me preocupa el emir, es de su hijo del que no me fío. Dos meses de ausencia, sin que nadie sepa dónde ha estado, y a su regreso nos encontramos con este agravio. Me resulta extraño que, dada la relación y cercanía que tenéis con el príncipe, no sepáis absolutamente nada —interpeló con desconfianza—. Todavía me pregunto cómo se os permite la entrada al Consejo, cuando no formáis parte de él; deberíais estar con vuestros brebajes y ungüentos —concluyó con desdén.

—Mis brebajes y ungüentos, como burlonamente los llamáis, son mi trabajo en el campo de la medicina, disciplina que practico entre otras muchas. Y a vuestra pregunta, os diré que, en ausencia del príncipe, soy sus ojos y sus oídos. No conozco los motivos que han empujado a mi señor a ausentarse durante este tiempo, pero de algo estoy seguro, y es por qué no os ha elegido para este cometido. Demasiada ambición atesoráis. El príncipe necesita lealtad y principios —respondió con temple y firmeza.

Las palabras vertidas con dureza por parte del hakim hicieron revolverse al primer consejero y responder en tono amenazador.

—¡Cuidado, Isthar! No os conviene poneros en mi contra, sería una pena que tuvieseis que salir de Qurtuba, para practicar vuestra disciplina entre la muchedumbre. Sois los ojos y oídos del príncipe, es cierto, pero yo soy la mano derecha del emir, no lo olvidéis —advirtió en tono amenazador mientras se retiraba.

*

Al-Hakam se dirigió presto a la sala principal de recepción custodiada por los soldados de su guardia, llamados al-jurs, «los silenciosos». El emir, cauto y desconfiado, escogió él mismo a su guardia personal para la custodia del Alcázar, formada por mercenarios extranjeros. El Alcázar omeya contaba con más de cuatrocientas estancias, jardines, baños, despachos oficiales, galerías, pasillos, viviendas destinadas al servicio, y un acceso en alto, que enlazaba con la mezquita, llamado el sabat, usado por el emir para llegar a la sala de oración. Todo ello custodiado por su guardia, con fuerzas de caballería en la misma entrada del recinto, que hacían de su morada una fortaleza inexpugnable.

—El valí de Elvira, Kháliq ibn Mubárak ha llegado, gran príncipe. Se ha dispuesto todo como ordenasteis —anunció el visir, jefe de protocolo y personal.

—Hacedle pasar, cerrad las puertas y que nadie nos moleste —ordenó el emir con voz firme y autoritaria.

Ante la atenta mirada del emir, una figura entró desde el exterior con paso firme y acompasado. La vestimenta militar de gala le confería un porte autoritario, imponente y notable. A sus cincuenta y cinco años, Kháliq ibn Mubárak conservaba una complexión fuerte y estilizada, con una estatura que superaba la media. Su mirada, seria y solemne ensalzaba la presencia del antiguo general. A medida que se acercaba hasta su señor, un escalofrío empezó a recorrer su cuerpo, algo inusual en un hombre de su experiencia y posición.

No era la primera vez que estaba en la Corte andalusí, ya que, en tiempos, fue general destacado bajo las órdenes del padre de Al-Hakam, el entonces emir Hisham I, quien le encargó la tarea de formar e instruir a su hijo para sucederle cuando llegara el momento. Al encontrarse de nuevo en ese lugar, los recuerdos e imágenes volvían a su mente a un ritmo vertiginoso.

A medida que se acercaba a su señor, recordaba con angustia y gran pesar aquel fatídico día en el que los cimientos de Al-Ándalus y la sucesión se tambalearon, y la relación entre ambos se deterioró. ¿Cómo le recibiría Al-Hakam? ¿Acaso los años no deberían haber suavizado las desavenencias causadas por aquel insólito incidente? O quizás, por el contrario ¿se habían acrecentado? ¿Qué hombre encontraría? Todas esas preguntas atormentaron sin descanso a Kháliq ibn Mubárak, desde el momento en que recibió la orden de volver a Córdoba. Un requerimiento inesperado que lo llenó de incertidumbre.

Habían pasado años, a lo largo de los cuales el valí de Elvira pidió audiencia varias veces, todas ellas rechazadas por el emir, que negaba su presencia y la entrada a la gran ciudad. Pero el momento más doloroso, fue cuando Al-Hakam prohibió a su antiguo maestro la entrada a Córdoba para el funeral de su padre.

—Gran príncipe, en qué os puedo servir —expresó con voz enérgica, inclinándose hacia su señor.

—Levantaos, mi buen muealam —maestro—, permitid que este antiguo talab —alumno— os salude como merecéis.

La voz de Al-Hakam se tornó serena, tranquila, entrañable ante la presencia de su antiguo maestro. La expresión corporal del emir se relajó. Hombre alto, delgado y erguido con mirada penetrante y el ceño fruncido, cambió de manera espontánea al acercarse a su viejo mentor.

—¡Bienvenido a Qurtuba, valí! Ha pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos —exclamó con mirada penetrante.

—Así es, gran príncipe —contestó sin variar ni un ápice la postura mantenida ante su señor.

—Tenéis la misma rectitud de siempre, Kháliq, prescindid de las formas y hablemos tranquilamente, mi erudito amigo.

En ese instante en que el emir dio licencia a su súbdito, el valí de Elvira recompuso la figura hasta encontrar la mirada de su señor, desconcertante y perturbadora. Hablaron durante un buen rato, recordaron tiempos pasados y anécdotas. El tiempo pareció detenerse para Al-Hakam, que estaba relajado, sosegado e imprevisiblemente soltaba alguna tímida carcajada, en ocasiones forzada y delirante, en otras, acompañada de una mirada desafiante que helaba la sangre, lo cual descolocaba al valí de Elvira. La personalidad y conducta mostradas por el emir, poco o nada tenían que ver con las de aquel joven que su maestro recordaba con admiración, y que estaba llamado a ser el máximo exponente de rectitud y sabiduría, el líder absoluto que su pueblo necesitaba.

—Dejemos las anécdotas para otro momento. Os preguntaréis cuál es el motivo de vuestra presencia en Qurtuba.

El valí de Elvira volvió a sentir incertidumbre y nerviosismo, todo su cuerpo se tensó ante la pregunta de Al-Hakam sin saber qué contestar…

—Estáis aquí por cuestiones de Estado. Estoy cansado, hastiado de tanto batallar. Los acontecimientos se precipitan, los problemas y las decisiones se suceden de manera continuada, sin respiro, sin tregua, llevándome a la extenuación. Sé que me queda poco tiempo, Kháliq. A estas alturas no confío en nadie, salvo en mi hijo. Pienso en mi padre, y los problemas a los que tuvo que hacer frente, y sobre todo en mi abuelo, el Gran Abderramán y me pregunto… ¿Qué habrían hecho ellos? ¿Cómo hubiesen actuado? ¿Acaso no he estado a la altura? ¿Cómo me juzgará la historia? Esa es la gran pregunta que me persigue y atormenta…

Sin duda no era el recibimiento que el valí esperaba por parte del emir, quien parecía hundido y atormentado. ¿Acaso había olvidado su antiguo alumno el momento en el que sus vidas se separaron de manera tan trágica? O por el contrario, ¿estaban ocultas en su actitud y en aquella confesión las verdaderas intenciones del emir? «No seré yo quien mencione el aciago desenlace que provocó la ruptura de nuestra amistad» pensó de inmediato el valí de Elvira mientras analizaba la situación en la que se encontraba.

—Las decisiones tomadas y la manera de llevarlas a cabo no siempre traen consigo la solución al problema, gran príncipe. Las grandes responsabilidades solo están a la altura de los elegidos. ¿Acaso lo habéis olvidado? Los grandes hombres de la historia también tuvieron que soportar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad. La condición humana nos hace imperfectos, pero tenemos que saber afrontarlo, reconocerlo y aprender de los errores. ¿Acaso Mahoma nunca se equivocó? ¡Por Allah! ¡Sois el emir! ¡Sobreponeos! ¡No penséis en cómo os juzgará la historia! ¡Pensad en vuestro hijo, y qué va a recoger cuando os suceda!

La reprimenda firme y rotunda de Kháliq dejó al emir perplejo y en silencio durante unos instantes hasta que reaccionó…

—¡Cómo osáis hablarme así! ¡Estáis ante el emir! —gritó en un arranque de cólera.

—Podéis castigarme, e incluso quitarme la vida, pero no voy a consentir ver a mi señor compadeciéndose de sí mismo delante de su súbdito.

Al-Hakam se recompuso de inmediato ante las palabras sinceras de su antiguo mentor.

—Mi padre no se equivocó al elegiros. Levantaos —ordenó con voz conciliadora.

La conducta del emir era imprevisible, descolocaba y ponía a prueba al valí de Elvira, que asistía estupefacto al carácter irascible y cambiante por momentos del hombre que una vez estuvo bajo su tutela.

—La razón de que estéis aquí es mi hijo. El joven príncipe es un hombre totalmente capacitado, Kháliq, más y mejor de lo que yo lo estaba a su edad, y ha llegado el momento que me suceda. Está todo dispuesto —afirmó.

—¿Está preparado, mi señor?

—Nunca se está del todo preparado, eso es algo que he aprendido durante todos estos años. No deseo que mi hijo reciba un legado dañado por las decisiones erróneas de su padre —musitó cabizbajo—, quizá no he sabido rodearme de las personas adecuadas… Pero las circunstancias internas y externas tampoco han ayudado. Soy consciente de la situación actual, de los problemas, y no quiero que mi hijo los herede —se sinceró con desasosiego.

—Entiendo, señor. ¿Qué proponéis?

—En primer lugar, ya he dispuesto vuestro nuevo nombramiento como gran cadí de Qurtuba. —Mandatario que impartía justicia en todos los territorios musulmanes de acuerdo con las leyes religiosas establecidas, siendo ejemplo de conducta, honradez y moralidad con un alto dominio de las leyes del Corán.

—Es un gran honor, mi señor, pero… ¿Porqué yo? ¿Qué méritos tengo para desempeñar tan digno cargo? —preguntó sorprendido ante su nuevo nombramiento.

—Reunís todas las cualidades para desempeñar el cargo, sois una persona respetada con gran dignidad y, sin lugar a dudas, el pueblo acogerá de buen grado el nombramiento. Necesito que mi hijo esté rodeado de fieles consejeros y tenga el mejor asesoramiento.

—Quizá no sea del agrado del joven príncipe, ni cumpla sus expectativas —comentó Kháliq con cierta preocupación.

—¡Fui yo quien os eligió! —Una voz clara y firme contestó con autoridad la pregunta del nuevo cadí, desde el fondo de la estancia. Al volverse, vio la figura altiva del príncipe Abderramán II. Kháliq se inclinó ante el futuro emir—. Levantaos, cadí. Me complace veros en Qurtuba. Apenas habéis tenido tiempo para descansar del viaje. Disculpad a mi padre por la premura de este encuentro, pero estaba tan impaciente por veros que no pudo esperar —excusó a su padre.

—Soy yo quien debe disculparse por no haber llegado antes —repuso con firmeza.

—¿Son de vuestro agrado las estancias donde estáis alojados? Hemos habilitado el ala sur del Alcázar, es la más soleada —comentó complacido, ante la rectitud del cadí—. Si echáis algo en falta, no dudéis en solicitarlo. Tenéis personal de servicio para atender a vuestra familia. Sentíos como en vuestra propia casa.

La manera en la que el joven príncipe hablaba, gesticulaba, y se movía por la sala, poco o nada tenía que ver con la de su padre. Era un hombre alto, bello y fornido, de pelo rubio y ojos azules, rasgos característicos de los omeya, más propios de los germanos que de sus raíces semitas. Pausado a la hora de hablar y con un tono de voz equilibrado, dejó impresionado al cadí de Córdoba.

—Sois muy generoso.

Como si estuviera en un segundo plano ante la presencia de su hijo, Al-Hakam vio el momento de retirarse.

—Os dejo a solas para que podáis hablar. ¡Doy gracias a Allah por este día! —exclamó con júbilo—. Aquí empieza tu camino, hijo mío —expresó con orgullo—. Mañana al término de al-Adhan —llamada a la oración—, venid a verme, cadí, ya sabéis dónde —comentó sin apartar la mirada de su antiguo mentor que de inmediato comprendió el significado de aquellas palabras y lo que ese encuentro iba a suponer.

Al-Hakam le había citado en la sala Al-Badí —el Creador—, la estancia donde antaño maestro y alumno empezaban sus responsabilidades al terminar la primera oración del día y, también, la estancia donde se vieron por última vez.

—Vuestra llegada ha causado revuelo, el pueblo os tiene en muy alta estima. Sois una persona querida y respetada, vuestro nuevo nombramiento será bien acogido.

—Una parte importante de mi vida transcurrió aquí. Nunca imaginé que el destino me traería de vuelta, en esta nueva andadura, que intuyo no será fácil —comentó el cadí todavía desconcertado por las palabras que le había dedicado el emir antes de retirarse.

—Sois un hombre de una agudeza excepcional —manifestó el príncipe con agrado—. Tres cosas os pido, cadí: confianza, sinceridad y determinación, aun cuando las circunstancias sean adversas.

—Mi lealtad está por encima de mi propia vida —expresó con rotundidad, inclinándose ante el príncipe.

—Por hoy es suficiente, los asuntos de Estado pueden esperar a mañana. Necesito que descanséis, pero antes de retiraros, habladme de vuestra familia. Tengo entendido que vuestros hijos os han acompañado.

—Así es, mi príncipe. Mansúr, mi primogénito, es el jefe de mi guardia. Es un joven altamente cualificado con una buena formación militar y mi hombre de confianza. Sus principios y valores están a la altura de su puesto y condición —respondió con orgullo de padre.

—Estamos en un momento de transición, y como tal, los cambios son necesarios. No conozco aún a vuestro hijo, pero estoy seguro de que tendrá un lugar destacado aquí, entre nosotros. Y luego está vuestra hija, habladme de ella.

—Anbar es la alegría de mi vida. Ella es la que impulsa mi corazón cada día. Es una joven maravillosa, llena de vitalidad y generosa con su pueblo. Siempre dispuesta, pendiente de los más necesitados. Cuando las gentes de Elvira se enteraron de su marcha quedaron muy tristes. Me recuerda mucho a su madre… tiene sus mismos ojos y el mismo carácter. No es fácil crecer sin el amor de su madre, que falleció en el parto, mi señor.

—Cuánto lo lamento, los designios de Allah ponen a prueba nuestra fe, en los momentos de mayor dificultad —expresó con fervor—, no era mi intención entristeceros. Retiraos, id con vuestros hijos y descansad, mi buen cadí. Mañana nos reuniremos aquí. Os haré llamar.

CAPÍTULO II El edicto

Atardecía en Saqunda. El sol teñía las nubes de un color rojizo, que se reflejaba en el caudaloso Guadalquivir. Su cauce, vasto y caprichoso, serpenteaba en torno al arrabal en un gran meandro. Saqunda se asentó como el mayor barrio de Córdoba fuera de la muralla que protegía la medina. Con una superficie de veintidós mil metros cuadrados, era el hogar de cerca de veinte mil personas, entre artesanos y comerciantes, quienes únicamente podían acceder a la ciudad a través del gran puente romano que comunicaba ambos emplazamientos.

—Se oyen gritos fuera —se sobresaltó Anís.

Don Julián salió presto y encontró al pequeño en el zaguán de la casa, algo inquieto por el alboroto que venía de la calle.

—Ve adentro y no salgas hasta que regrese —ordenó al muchacho.

Al abrir la puerta vio un excesivo revuelo en las calles. Los vecinos, indignados, gritaban y maldecían, angustiados por las noticias que llegaban en el nuevo edicto del emir.

—Qué va a ser de nosotros, no podemos hacer frente a nuevos impuestos. Esto es un abuso, es desmedido —se lamentaban impotentes, entre sollozos.

Don Julián recorrió las calles empedradas, todavía resbaladizas por la lluvia que había caído por la mañana, hasta llegar a la plaza principal del arrabal, donde el griterío de los vecinos y el malestar eran más evidentes. La tensión iba en aumento y, según avanzaba entre la muchedumbre, empezó a notar cómo el grueso del gentío empezaba a agolparse e impedía su avance. Una columna de la guardia negra del emir acordonó la plaza e hizo retroceder a la muchedumbre. El viejo mercader apenas podía moverse y, en un instante, se vio arrastrado por la inercia de la contención. En un momento de máxima tensión, uno de los guardias fue agredido con una piedra en la cabeza. El fuerte impacto hizo que cayera fulminado. La respuesta de la guardia no se hizo esperar.

El caos y el pánico no tardaron en llegar. La gente corría despavorida ante la respuesta brutal de la milicia árabe, liderada por Abdel Ben Yusuf, caudillo de Córdoba y jefe de la guardia negra del emir, que golpeaba a todo aquel que encontraba a su paso sin escrúpulo alguno.

Pasados unos minutos, la plaza se despejó, dejando un panorama desolador. Un centenar de heridos diseminados por el empedrado y varios detenidos fue el balance de aquella trágica tarde.

Don Julián pudo escabullirse por uno de los callejones, herido y angustiado, hasta llegar a la casa escuela de Abbú I Aziz, el cual no dudó en abrirle.

—¡Por Allah, estáis herido! —exclamó el alfaquí con preocupación, mientras ayudaba a don Julián a entrar.

—Gracias, maestro Abbú, es solo un pequeño corte en el brazo y alguna magulladura —respondió aún sin resuello.

—Pasad, mi buen amigo, mi sirviente os curará.

Abbú I Aziz era uno de los grandes alfaquíes de Córdoba, teólogo e intérprete de las leyes del Corán y la Sunna para su aplicación en la jurisprudencia islámica. A pesar de haber sido asesor destacado en tiempos de Hisham I, su comunidad era rechazada por su hijo Al-Hakam, quien no veía con buenos ojos que se le cuestionara por alejarse de los caminos ortodoxos de la doctrina, y por su política impositiva de continuas subidas de impuestos.

—Son tiempos terribles los que nos toca vivir, Julián —expresó el sabio maestro con lamento y resignación—. El nuevo edicto del emir es prueba de ello. A mí y a mis hermanos nos detesta, nos odia, no quiere que seamos la voz del entendimiento. Su padre nos dio poder para reforzar y preservar los valores de nuestra religión, por todos y para todos. Su corazón se ha envilecido, no respeta nada, ni a su propio pueblo. La llama que encendió hace unos años empieza de nuevo a avivarse con mayor virulencia, y lo que hoy ha sucedido así lo demuestra —comentó con la voz quebrada.

El anciano extendió el brazo y entregó a don Julián un pergamino todavía mojado con salpicaduras de sangre.

—El nuevo edicto de Al-Hakam, firmado de su puño y letra, con la sangre de nuestros hermanos. Uno de mis sirvientes lo ha traído —dijo con pesadumbre y lágrimas en los ojos.

—¡No puede ser! Es más del doble de lo que ya pagamos —exclamó con rabia e indignación el comerciante.

—En pocos días se efectuará un primer pago por la mitad del valor, y el resto, al término del año. Todo aquel que no cumpla con sus obligaciones, será castigado, y en el mejor de los casos condenado al exilio —explicó el anciano llevándose las manos a la cabeza.

—¿Qué podemos hacer, mi buen maestro? Tú eres hombre sabio e influyente en la comunidad musulmana. —Don Julián se desesperaba con el edicto entre sus manos.

—Mi influencia se acabó cuando a mis hermanos y a mí nos echaron del Consejo de Estado. El miedo reina en Qurtuba, nadie osa contradecir al emir, ni tan siquiera sus más allegados. ¿Me preguntas qué podemos hacer?… Resignarnos, y que Allah nos asista —respondió derrumbado.

—¡Ya basta! —irrumpió alterado Amrús I Aziz, nieto del alfaquí—. No podemos permanecer impasibles ante el atropello continuo al que nos someten. El emir es una hiena salvaje que se alimenta de nuestro trabajo, de nuestras propias vidas, sin importarle nada su pueblo. Es el gobernante más vil y sanguinario de nuestra historia, y ha llegado el momento de sublevarnos —clamó indignado sin dejar de hacer aspavientos.

—¿Es que acaso quieres acabar como tu padre, Amrús? No sigas sus pasos, te lo ruego, o traerás de nuevo la desgracia a tu familia —le reprochó el anciano.

—Mi padre fue asesinado por defender sus creencias y su fe, la misma que debería proteger el emir. Prefiero morir defendiendo nuestra fe, que vivir pisoteado por un tirano. Somos muchos los que pensamos así, abuelo, y no solo musulmanes, también muladíes y mozárabes, como vuestro hijo —dijo dirigiéndose al comerciante cristiano, que quedó con la cabeza agachada…

—¡Ya basta, Amrús! —El anciano se levantó irritado, lo que exacerbó más aún la actitud de su nieto.

—Vuestras vidas han tenido su recorrido, pero las nuestras tienen todavía un largo camino por recorrer… ¡La sangre de nuestros hermanos que derramó Al-Hakam pide justicia, y por Allah que la habrá! —exclamó altivo y amenazante mientras se retiraba.

El anciano quedó apesadumbrado por la rebeldía de su nieto, y don Julián pensativo y preocupado por las circunstancias.

—Quédate el tiempo que precises, mi buen amigo, estás en tu casa.

—Agradezco tu hospitalidad, pero debo volver. Empieza a anochecer y el pequeño Anís está solo —respondió con gesto serio.

Don Julián aceleró la marcha por las estrechas y desiertas calles. Miraba a todos lados con temor, en cada bocacalle, en cada callejón por donde pasaba. El silencio era abrumador, helaba la sangre, nunca había sentido nada parecido. Por fin llegó a su casa. La puerta de entrada al zaguán estaba ligeramente abierta. Dudó por un instante, estaba seguro de haberla cerrado al salir. Un escalofrío recorrió su maltrecho cuerpo al ver una sombra al final de la sala, su corazón se aceleró…

—¡Padre, soy yo, Rodrigo! ¡Por Dios, está herido!

—¡Rodrigo, hijo mío! ¿Cuándo has venido? Te esperaba mañana. —Respiró aliviado al verlo—. ¿Y el pequeño Anís, está bien?

—Sí, está dentro con su padre. Hixem y yo adelantamos la marcha con parte del cargamento más ligero. El resto llegará mañana. Pero… contadme, ¿qué ha pasado? —preguntó preocupado, mientras acompañaba a su padre al interior, donde estaban el pequeño Anís, dormido, y su padre.

Angustiado, el comerciante empezó a contarles lo sucedido. No daban crédito a las palabras de don Julián, quien todavía nervioso se emocionaba en su relato.

—¡Perro sarraceno! ¡Que Allah lo engulla y se pudra en el infierno! —gritó Rodrigo, furioso.

—¡Cálmate, hijo!

—¿Cómo puede decirme que me calme? —Rodrigo estaba tan alterado que Anís se despertó con sus gritos.

—Hixem, ¿puedes acostar al pequeño y dejarnos solos? Quiero hablar con mi hijo.

Rodrigo ayudó a su padre a sentarse. Le estremecía verle derrotado y cansado por todo lo vivido aquel día. No tardó en prepararle algunas viandas que habían sobrado del viaje.

—Mirad, os he traído vino. Bebed, os sentará bien.

El viejo mercader cogió el cuenco con las dos manos y bebió a pequeños sorbos, con la mirada perdida. Quedó en silencio unos instantes, hasta que no pudo más y se desmoronó.

—¡Cuánto echo de menos a tu madre! ¿Por qué se la tuvo que llevar el Señor tan pronto? Cuando me quise dar cuenta, su enfermedad ya se había apoderado de ella, y no pude hacer nada, solo llorar su pérdida. Si hubiese estado más tiempo a su lado, seguramente estaría con nosotros. —Su voz, entrecortada por la emoción y el sentimiento de culpa, acabó en un profundo mar de lágrimas.

—No se atormente más, padre, hizo todo lo posible, estuvo a su lado hasta el último momento. Tiene que descansar y reponerse, lo demás puede esperar. Mañana hablaremos y tomaremos la mejor decisión, no se preocupe —dijo Rodrigo con voz suave y tranquilizadora.

—¡Cuánto te pareces a ella! ¡Qué orgullosa estaría de ti!

Rodrigo retiró las maltrechas sandalias de los pies de su padre y lo arropó frente al calor del brasero de barro cocido, que alimentaba con unos pedazos de carbón. El cansancio hizo mella enseguida en el viejo mercader y el sueño se apoderó de él.

Rodrigo pensaba en lo que había sucedido y en la situación en la que se encontraban. Sin duda alguna, venían tiempos difíciles, y el margen de maniobra era muy escaso. Él sabía que no podían negarse a pagar lo exigido, pero las continuas imposiciones por parte del emir dificultaban cada vez más su actividad. Sin embargo, lo que más le preocupaba era su padre. Los trágicos acontecimientos mermaban más aún su salud, que ya empezó a resentirse cuando falleció su esposa.

Fue en ese momento cuando Rodrigo cogió las riendas del negocio. Era joven, audaz, con talento. Se relacionaba incluso mejor que su padre, pero no sentía el arraigo de una tierra que le era hostil. Siempre tenía puesta su mirada lejos de Córdoba, lejos de la dominación musulmana. Deseaba irse lejos de allí, regresar a sus orígenes, aunque nunca se lo dijo a su padre. Nunca encontró el momento. El deseo de emprender una nueva vida cobraba ahora más fuerza que nunca. «No hay nada que me ate a esta tierra».

CAPÍTULO III Alianzas

La ciudad descansaba de una jornada pródiga en hechos. La fortaleza se blindaba y cerraba todos sus accesos con el inicio de la primera guardia de la noche. Los soldados del emir se posicionaban estratégicamente en todo el recinto. Apenas eran visibles, bajo la luz del fuego llameante de las antorchas diseminadas por la Medina. Con su vestimenta negra, los al-jurs custodiaban la inexpugnable ciudad omeya. La noche dejaba caer su manto oscuro ante la atenta mirada de la gran dama blanca, que lucía en un cielo estrellado, mermada su plenitud. El río Guadalquivir la seducía, para que su influjo quedara reflejado en el caudaloso cauce, como protagonistas de una historia en Las mil y una noches. La dulce monotonía de tan bella estampa se vio interrumpida por una sombra que se deslizaba por la margen izquierda del río hasta alcanzar la otra orilla. Con paso ligero, la misteriosa figura alcanzó un risco y detuvo su marcha a la entrada de una pequeña cueva.

—¡Llegáis tarde, caudillo! —reverberó una voz siniestra acompañada de unas pisadas desde el interior de la caverna, hasta que se hizo visible la figura de Abd al-Quasar, líder bereber de la milicia rebelde.

—No es fácil salir de Qurtuba sin ser visto —respondió Ben Yusuf.

—Mucho arriesgáis en este encuentro para darme una información tan relevante. Me pregunto qué beneficios sacáis al ayudarme, para financiar nuestra lucha contra tu señor —dijo Abd al-Quasar con desprecio.

—¡El beneficio de la inestabilidad! —exclamó con altanería Ben Yusuf—. Al-Hakam tiene varios frentes abiertos que debe sofocar, y no voy a permitir que eso suceda. Su mandato se acaba y la sucesión es un hecho innegable. Abderramán empieza a tomar el relevo para sucederle, pero cuanto más revuelo, exaltación y desconcierto haya, más difícil le será gestionar un Estado inestable. Yo soy caudillo de Córdoba, jefe de la guardia negra del emir, y así ha de seguir siendo —proclamó con autosuficiencia y desprecio.

—Sin duda sois un hombre leal, ambicioso y sin escrúpulos, caudillo, merecida fama tenéis.

—¡Cuidado, Quasar! Sujeta tu lengua bereber o mi cimitarra te la cortará dejándote mudo para siempre —amenazó acercándose al jefe rebelde espada en mano.

—¡Lo admito, tenéis coraje! Pero nada impide a mis hombres ensartarte con un simple gesto. ¿Acaso pensabas que había venido solo? —Quasar se volvió levantando su mano sin dejar de mirar al caudillo, que escuchó el sonido de varios arcos tensando su cordaje. De inmediato, los hombres del bereber lo rodearon.

—No esperaba menos de quién se autoproclama caíd y líder del pueblo bereber —reconoció el caudillo sin variar su actitud desafiante.

—Sé quién eres, y no me importan cuáles son tus métodos, ni los motivos que te empujan a traicionar a tu señor. Cada uno tenemos nuestra propia causa. Tú quieres mantener tu posición, y yo que se haga justicia. ¿Acaso ha olvidado el emir que de no ser por nuestro pueblo la dinastía omeya no habría prosperado? A cambio fuimos marginados y nos dieron las peores tierras, lejos de los valles fértiles. No pararé hasta que se nos reconozca y haga justicia. —Escupió al suelo con odio.

—¡Dejemos ya de lamentarnos y hablemos! Para eso estamos aquí —repuso Ben Yusuf con voz más pausada, al ver la reacción del temible bereber.

La postura de Quasar se relajó. Sus hombres bajaron los arcos y empezaron a retroceder hasta ocultarse por completo.

—Mañana a media tarde está prevista la llegada de un gran cargamento que salió hace unos días de Qartayannat. Lino, algodón, metales, especias y maderas nobles entre otros. Sin duda un buen botín para tu causa. Por cierto… ¿Cómo lo vais a transportar? —preguntó con cierta curiosidad.

—Os creía más hábil, caudillo. Mi intención no es apoderarme de todo el cargamento. Cogeremos parte de la mercancía, pero el resto lo destruiremos. ¿Qué importancia tendría perpetrar un robo sin más? ¿A quién se lo atribuiría tu señor? ¡Quiero que toda Qurtuba sepa qué Abd al-Quasar se ha adentrado en los dominios del emir! —proclamó con arrogancia e ira en sus ojos—. Tú mismo lo has dicho, Yusuf: el beneficio de la inestabilidad, ambos ganamos —concluyó su ambicioso plan.

El líder bereber y su nuevo aliado abandonaron la reunión clandestina, a la espera de poder asestar el zarpazo como dos alimañas sedientas de sangre.

*

Mientras, en el ala sur del Alcázar, una visita oscura envolvía el sueño del cadí. Se presentó inesperada y asfixiante para atormentar sin piedad la conciencia de un hombre que luchaba por liberarse de los fantasmas del pasado. La imagen era siempre la misma: una mujer con el rostro difuminado pedía ayuda con desesperación. A medida que su voz languidecía, el rostro tomaba forma hasta ser visibles en él, el espanto, horror y sufrimiento que atravesaba. El cadí se despertó angustiado, con un sobresalto.

—¡Padre, padre! ¿Os encontráis bien? —Mansúr irrumpió en la habitación, preocupado—. He oído gritos, ¿a quién llamabais? —preguntó intrigado al ver el estado en el que se encontraba su padre.

—Tranquilo, estoy bien… solo ha sido un mal sueño —contestó sudoroso con la voz entrecortada—. Los últimos días han sido demasiado intensos, no te preocupes —insistió para tranquilizar a su hijo.

—¿Quién es Zoraida, padre? No hacíais más que gritar su nombre.

—Ya empieza a amanecer… ordena que me preparen el baño —evitó responder a su hijo.

Mansúr quedó descolocado ante la evasiva de su padre y el nerviosismo que desprendía, algo inusual en un hombre de su posición. Lejos de desistir, retomó la conversación.

—Desde que salimos de Elvira vuestra actitud ha cambiado, no sois el mismo, os veo distante y ausente por momentos. ¿Qué os preocupa? No me digáis que es por el nuevo nombramiento. Os conozco demasiado bien. Sé que hay algo que os inquieta desde hace tiempo y no contáis. Siempre habéis evitado hablar de ciertas cuestiones relacionadas con el emir.

El cadí de Córdoba recibió como un jarro de agua fría las inesperadas palabras de su hijo, que con gran determinación y tenacidad insistía para obtener algunas respuestas. Quedó mudo por unos instantes. Después respondió:

—Veo que hay ciertas cosas que no puedo ocultarte, pero de ser reveladas, os pondrían en peligro a tu hermana y a ti. Mi silencio, por ahora, es la mayor garantía para que estéis a salvo —comentó ante el asombro de su primogénito.

—¿Qué os atormenta? Podéis confiar en mí —susurró en voz baja cogiendo su mano.

—Necesito que estés a mi lado más que nunca, y sobre todo que estés muy pendiente de tu hermana.

—¿Por qué os empeñáis en dejarme al margen? Ya no soy un niño, no me tratéis como tal. ¡No puedo serviros si no me decís qué es lo que ocurre! —exclamó contrariado ante el hermetismo de su padre.

—Son tiempos convulsos. La sucesión se ha puesto en marcha, y el príncipe ha pedido al emir que sea yo quien esté a su lado para asesorarlo —comentó con cierta preocupación.

—Es un gran honor, padre. No entiendo vuestro recelo.

—No es de Abderramán de quien no me fío, es de su padre, Al-Hakam. Poco o nada queda ya del joven que recuerdo. Se ha convertido en un gobernante cruel y sanguinario. Su corazón se ha oscurecido y, en parte, me siento culpable por ello.

—¿Os sentís culpable? ¡Por qué! —La frustración de Mansúr iba en aumento.

—¡No preguntes más! —exclamó tajante—. Es todo lo que puedo decirte por ahora. De momento, hasta que no sepamos qué quieren llevar a cabo, tendrás que ser paciente y confiar en mí, y lo más importante, hacerte cargo de tu hermana. Por cierto, ¿dónde está?

—No os preocupéis, Anbar fue temprano a las caballerizas. Ella misma quiso dar de comer y cepillar a Jalima, ya sabéis cómo es —contestó decepcionado al no gozar de la confianza de su padre.

—Eso es lo que me preocupa. Tu hermana no es como las jóvenes de su edad. Es demasiado inquieta, como un espíritu libre e indomable, y Qurtuba no es Elvira. Son momentos delicados los que atravesamos. Tienes que estar muy pendiente de ella —expresó con inquietud.

—Soy consciente. Anoche hablamos, y en cierto modo le transmití esas palabras. Ella es responsable y comprensiva, aunque su naturaleza sea distinta a la que corresponde a su posición. Sé que no le defraudará, pero no podemos pedirle que se quede en palacio como un gorrioncillo enjaulado, pues sabéis, como yo, que se marchitaría. Además —añadió—, ella quiere pediros algo…

—¡Padre! —Una voz suave y cálida llegó desde el corredor principal.

—¡Alabado sea Allah! Me tenías preocupado. Desde que llegamos ayer no he vuelto a verte. —Kháliq cambió de inmediato al ver a su hija, que quedó sorprendido ante lo que sus ojos le mostraban.

La hija del cadí iluminaba el corredor a su paso. Una túnica de color lapislázuli ceñida a su cintura con finos hilos dorados ensalzaba su belleza natural, y hacía languidecer la rica decoración de la estancia. Un pañuelo de color púrpura cubría su cabeza con elegancia. El fino velo de seda ocultaba su rostro dejando al descubierto los ojos de la joven, ligeramente almendrados, con una mirada tan cálida y profunda que cautivaría al mismísimo Nilo. Su padre quedó inmóvil al admirar la belleza de su hija, y una lágrima contenida escapó por su rostro. Se acercó a ella, cogió su mano y la besó con profusión.

—Hija mía, eres el vivo retrato de tu madre. No esperaba verte así, qué feliz me haces.

Anbar miró con ternura a su padre. Extendió los brazos y secó las lágrimas de sus mejillas con tal dulzura, que Mansúr quedó conmovido al contemplar aquel momento de amor y sinceridad entre ambos.

—No debéis preocuparos por mí, estad tranquilo. Soy la hija del cadí de Qurtuba, no hallaréis en mí conducta inapropiada que os pueda avergonzar y comprometeros —expresó con firmeza ante la atenta y orgullosa mirada de su padre—. Quisiera pediros algo…

—Decidme, mi niña —respondió con voz suave e indulgente, consciente de que, fuese lo que fuese, no podría negárselo.

—Me gustaría visitar el gran zoco… recorrer sus calles, ver sus gentes, la diversidad cultural de Qurtuba, y también, visitar los telares. Necesito renovar el vestuario, padre. Me hace tanta ilusión estar aquí, aunque… echo de menos salir al campo y montar a Jalima.

—Ya me ha dicho tu hermano que fuiste temprano a cepillarla y darle de comer. Eso puede hacerlo el servicio, hija, recuerda que ya no estás en Elvira.

—Ya lo sé, pero ella me echa de menos y yo también.

—Está bien, lo arreglaré para que vayas acompañada al zoco con alguien de confianza. En cuanto a salir a montar con Jalima, vuestro hermano os acompañará. Pero antes debo informar de vuestra actividad, no olvidéis que sois la hija del gran cadí —respondió con una leve sonrisa de complicidad.

El rostro de la joven se iluminó de inmediato, y se fundió en un sentido abrazo con su padre. Kháliq volvió la mirada a su hijo y se dirigió a él.

—Ten muy presente lo que te he dicho, no lo olvides —insistió con gesto serio—. Ahora debo dejaros, el emir me espera.

*

En al arrabal, Rodrigo y su padre estaban a punto de recibir una visita inesperada.

—¿Cómo os encontráis? Habéis tenido calentura esta noche. Dejadme ver cómo tenéis la herida.

—Gracias, hijo, estoy mejor. No te preocupes. Los años son implacables, mi cuerpo ya no responde como antes —dijo con resignación—. Por cierto, ¿dónde están Hixem y el pequeño?

—Han ido a preparar la llegada del cargamento. Hixem y yo iremos esta tarde a su encuentro. A estas horas habrán salido ya de Medina Bahiga —Priego de Córdoba—.

De repente, escucharon golpes insistentes en la puerta. El miedo se apoderó de don Julián. Rodrigo hizo un gesto para que mantuviera la calma. Se dirigió al exterior y echó mano de una daga que tenía oculta detrás del fajín…

—¡Julián, Julián! Soy yo, Harid.

—Por el amor de Dios, vas a tirar la puerta —le reprochó su insistencia mientras abría.

—¡Rodrigo, muchacho! Alabado sea Allah. ¿Cómo está tu padre? —preguntó con preocupación.

—Está dentro, todavía magullado y con algo de calentura.

—¡Harid!, qué alegría verte.

—Toda Qurtuba habla de lo sucedido ayer en el arrabal. He venido nada más enterarme.

—Aquí lo tienes —dijo Rodrigo con repulsa, mostrándole las nuevas imposiciones del emir, edicto en mano.

—No me mires así —Harid advirtió el odio en su mirada—. Entiendo tu rabia, pero son momentos de mantener la calma y ser prudentes. Tu padre es como un hermano para mí. Somos amigos desde la infancia, aunque nuestras religiones y situación sean distintas. Nunca haría nada para perjudicaros y lo sabes bien.

—Os dejo a solas para que podáis hablar. Voy a preparar a Rigel, esta tarde salimos al encuentro del cargamento. Te veo en la alhóndiga —almacén o cobertizo destinado a guardar la mercancía— del zoco a media mañana, antes de partir.

—No te preocupes, estará todo preparado. Yo me ocupo de tu padre.

Rodrigo salió, y quedaron a solas.

—Disculpa a mi hijo, Harid, es temperamental como lo éramos nosotros a su edad, ¿recuerdas? —susurró con añoranza.

—No hay nada que disculpar. Rodrigo es responsable y sensato, pero no es fácil manejar una situación así. Ahora escúchame… no tengo mucho tiempo. —El nerviosismo que Harid mostraba llamó la atención del mercader cristiano.

—¿Ocurre algo? —preguntó al ver la inquietud que mostraba.

—Hay algo que debes sa… saber —tartamudeó nervioso.

—¡Por Dios, Harid, cálmate! —le reprochó con mal genio.

—Se ha producido un cambio importante en la cúpula de Estado. Ha habido un nuevo nombramiento: Kháliq ibn Mubárak es el nuevo cadí de Qurtuba.

—No puede ser, después de tantos años. —Don Julián se levantó como un resorte—. ¿Por qué ahora, Harid? ¿Por qué ha regresado? ¿Acaso el emir…?

—El emir no ha tenido nada que ver. Ha sido el joven príncipe quien lo ha elegido como asesor y consejero de cara a la sucesión. Nunca pensé que Kháliq ibn Mubárak regresaría —comentó sorprendido—, lo que me lleva a pensar…

—¿Qué intentas decirme? —le interrumpió don Julián con repulsa.

—Lo que me preocupa, es… ¿qué pasará cuando él y Al-Hakam se vuelvan a encontrar? Hay heridas que nunca terminan de cicatrizar —respondió con cara de circunstancia.

—¡Todo debe seguir como hasta ahora! —exclamó con rabia el mercader cristiano.

—Por Allah, cálmate —intentó tranquilizarle—. Sabes tan bien como yo, que cabe la posibilidad de que el pasado llame a nuestra puerta, y será entonces cuando...

—¡Jamás! ¡Me oyes! ¡Eso nunca! —gritó fuera de sí.

—Entiendo tus sentimientos, pero llegado el momento debe saberse la verdad.

—¿Qué verdad? ¿La tuya, o la del nuevo cadí? ¿Sabes lo que eso supondría en estos momentos? —Mostró su enfado con crispación—. Recuerdo aquel día como si fuese hoy mismo, cuando viniste a mí, aterrado sin saber qué hacer, ni adónde ir… Fueron meses de angustia, miedo e incertidumbre. Tuvimos que trasladarnos al interior para ocultarla, pusiste en peligro mi vida y la de mi mujer, ¿acaso lo has olvidado? No puedo maldecir ni bendecir ese día…

El silenció reinó por unos instantes. Ambos quedaron pensativos sin dejar de mirarse. Pesaroso por sus palabras, Harid se sinceró.

—Cómo olvidarlo, amigo mío. Nunca podré agradecerte lo suficiente el sacrificio que tuvisteis que hacer. Solo nosotros conocemos esta gran verdad, y por lo que a mí respecta seguirá igual, pero no puedo garantizar que las viejas heridas entre ambos no vuelvan a abrirse. Siempre estaré a tu lado pase lo que pase.

—Lo sé, Harid —contestó el comerciante, cabizbajo.

—Tengo que irme. He sido convocado a una reunión como consejero de Estado para el comercio. El joven príncipe quiere revitalizar nuevamente el comercio. Mandaré dos de mis sirvientes para que te atiendan mientras Rodrigo esté fuera. Volveré en cuanto me sea posible. Descansa y confía en mí.

Harid se marchó, y don Julián quedó abatido, ensimismado en sus pensamientos. Intentaba asimilar las noticias que su amigo el almotacén traía de Córdoba. La represión vivida el día anterior y la nueva tasa impositiva pasaban a un segundo plano, carentes de importancia ahora, ante el regreso de Kháliq ibn Mubárak.

Mientras, en el cobertizo trasero, Rodrigo daba de comer a Rigel, preocupado por la situación en que se encontraban. Antes de marchar tuvo un encuentro con su padre.

—Tengo que salir, he quedado con Hixem en la alhóndiga —comentó preocupado al ver su estado.

—Estoy mejor, hijo. No quiero ser una carga para ti en estos momentos, no te preocupes.

—¡Por el amor de Dios, padre! No sois ninguna carga. No quiero marcharme y dejaros solo en vuestro estado, eso es todo.

—¿Qué te ocurre? Últimamente estás muy callado y la tensión se nota en tu rostro. Te conozco bien, hijo, y sé que hay algo que no me cuentas.

Rodrigo lo miró, suspiró y se sentó a su lado.

—Estoy cansado, padre… cansado de vivir con miedo, con incertidumbre, sin saber si habrá un mañana. No somos dueños de nuestras vidas. Las decisiones que tomamos están siempre condicionadas por el temor a las posibles represalias. Somos una minoría cada vez más diezmada en manos de los conquistadores musulmanes. ¿Acaso no lo veis? —preguntó con desasosiego.

—Claro que lo veo, hijo, pero hay que seguir hacia delante sin perder la esperanza.

—¿Esperanza, decís? ¿Qué clase de esperanza podemos albergar en manos de quienes nos esclavizan y maltratan?