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El ser humano ha destruido el planeta y la extinción de la especie resulta inminente. La gente llana, harta y desesperada, se rebela de forma violenta contra todo tipo de poder. La anarquía se extiende por todos los rincones de la Tierra. La profecía de Aviamotola se ha cumplido. Con el caos y la barbarie las bandas toman el control y los mejores pistoleros alcanzan la fama siendo muy cotizados. Sin embargo, el ser humano que ha exterminado también ha creado; al cabo de los siglos ha engendrado humanoides a su imagen y semejanza, revestidos no solo de inteligencia artificial sino también de consciencia. Algunos los consideran como los descendientes del ser humano, únicos que serán capaces de explorar el espacio exterior en busca de nuevos mundos; otros, en cambio, supremacistas y especistas en sentido amplio, quieren aniquilarlos. En medio de todo ello, donde aparecen personajes singulares y extraordinarios en un universo de presagios y fantasía, surge una historia de amor, de pasión, sentimientos y emociones, pero también de dudas y decisiones. ¿Es el mundo en el que habitamos, real o virtual? ¿Qué es real y qué irreal o aparente? ¿Será posible el amor profundo entre un humano y un humanoide? ¿Hasta dónde pueden llegar los sentimientos? ¿Hay límites? Un impresionante relato de un mundo perdido cargado de sensualidad, magia y musicalidad.
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Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2021
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LASLLAMASDE LA SECUOYA
LASLLAMASDE LA SECUOYA
JOSÉ LUIS VÉLAZ
Primera edición: septiembre 2021
© Las llamas de la secuoya
© Jose Luis Vélaz Negueruela
Imagen de portada:
best-wallpapers.net
Dibujos de portada y contraportada:
Yaisa Vélaz
Edita: Ulzama ediciones.
Maquetación e impresión: Ulzama Digital.
ISBN eBook: 978-84-124219-2-7
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Fue una suposición tan nítida, tan convincente,
que la identificó como un presagio.
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad
Preludio
I
Cuando el mundo todavía era mundo y aún se podía vivir en él, los árboles crecían hacia el sol, los riachuelos conducían aguas cristalinas y verdes praderas se perfilaban en los acantilados que asomaban a las grandes extensiones de la mar en una exuberante explosión de vida y naturaleza; hasta que el comportamiento, en una abyecta ceguera, de la especie humana acabara por destruirlo. Sin pesares, sin remordimiento. Lenta y estúpidamente.
No solo, desde su misma génesis, el ser humano había puesto su empeño en liquidar a sus propios congéneres, a aquellos que sentía diferentes o que simplemente le molestaban, evanecían su soberbia o vetaban sus intereses sino, además, a la misma naturaleza que le permitía vivir a la que en lugar de proteger y cuidar la utilizaba de forma irresponsable, cercenando sus recursos de manera contraria a las más elementales reglas naturales por la inmediatez de un provecho vacuo e inmediato en contra de su propia esencia. Ni la religión ni el ordenamiento cívico jurídico con que se habían dotado las distintas civilizaciones habían hecho posible detener la llegada de un anunciado caos.
Y el caos, así por fin, no tardó en llegar.
Tras la Tercera Guerra Mundial, que había irrumpido de manera muy similar a las anteriores, y en especial a la Primera, aunque con diferentes protagonistas iniciales, y antes de que llegara un armisticio, la gente llana, harta y desesperada, se había rebelado de manera muy violenta contra toda forma de poder y de liderazgo militar y religioso, pero también de forma seguida, sin solución de continuidad, contra todo tipo de dirigentes políticos primero y sindicales después, a quienes achacaban la culpa de todos los males de la humanidad por su incapacidad para resolver, sus ansias de poder en aras de acrecentar su propia vanidad y altanería y por sus reiteradas y falsas promesas incumplidas. Hordas de individuos anónimos indisciplinados que armados de fusiles y bayonetas surgían de los propios ejércitos matando a sus jefes y oficiales, se adueñaron de las calles sobrepasando a policías y a otros supuestos encargados del orden establecido, quienes acababan muriendo o uniéndose a las hordas salvajes, hasta que secuestraban y luego, sin tan siquiera seguir el ritual que a veces un juicio, aunque fuere sumarísimo, parecía justificar, daban muerte a los dirigentes, empezando por reyes, emperadores, presidentes y jefes de gobierno y siguiendo en orden descendente hasta quienesquiera que osaran mantener cualquier forma de jerarquía o se arrogaran algún tipo de representatividad.
La anarquía se había extendido por todos los países de la Tierra impetuosamente, y como si de un virus sin remedio se tratara, se había expandido de manera casi simultánea pues al poco ya no quedaba un solo lugar donde se mantuvieran organizaciones, de cualquier clase que fueran, como hasta entonces se habían conocido. Las fronteras quedaron rotas, abiertas y despejadas mientras turbas alocadas linchaban y cometían todo tipo de tropelías contra cualquier manifestación de poder fuera o no uniformado. Era como si al ser humano, de pronto, se le hubiera olvidado llorar.
Todo había comenzado en Gran Bretaña donde un primer conato de insurrección espontánea en el seno de su Ejército, sin apenas eco mediático, se extendió de manera fulminante cuando iban a ser procesados los causantes convirtiéndose en un estallido de ira irreflexivo y tenaz, que acabó con la vida de su primer ministro tras un inmenso reguero de sangre. Como un acto reflejo, un brote de similares características estalló en el continente europeo y luego en Estados Unidos, Rusia, China, en el resto de Europa, de Asia y América, en África y en Oceanía; en fin, tanto en Oriente como en Occidente, en el hemisferio norte como en el sur, no quedando pues, lugar en el mundo que se librara de la citada explosión.
La falta de esperanza en el futuro en medio de un planeta acabado cuyos recursos agotados resultaban insuficientes, desertizado, sin apenas agua aprovechable pues no llovía —y cuando lo hacía era de tal manera que solo provocaba daños irreparables—; fenómenos meteorológicos devastadores, naturaleza muerta, ciudades enterradas bajo desechos y detritus, islas de plásticos en medio del océano que habían acabado con casi toda la vida marina, aniquiladoras pandemias y guerras interminables sin conocerse muy bien a quiénes favorecían, habían hecho mucho tiempo antes que la raza humana desistiera de tener descendencia.
Por otro lado, la longevidad de las gentes que lograban salir indemnes de las citadas plagas y calamidades, había convertido en jóvenes a las personas con la edad que en otros tiempos eran consideradas ancianas, lo que unido a la escasa labor reproductora de la especie humana había hecho ascender la edad media de una forma alarmante. Hacía mucho tiempo que las personas pasivas habían superado a las activas y los sistemas públicos de pensiones no tardaron en quebrar. Los políticos, a pesar de las advertencias, reaccionaron tarde y mal, con una visión cortoplacista, diseñando sistemas impositivos para financiar las pensiones, lo que a su vez causaba grandes desequilibrios en el mercado, hasta que devino el crac.
En esta situación se estaba cuando, como de forma mimética en todos los lugares de la Tierra, explosionó la ira de los pueblos y los soldados, alentados por ingentes masas alteradas de ciudadanos hastiados, quebraron su disciplina pasando por las armas a sus superiores para luego atentar contra cualquier símbolo que representara el orden establecido. Gobernantes y políticos de cualquier ideología eran linchados y ejecutados, mas también, poco después, las hordas se encaminaban a los palacios de justicia donde vigilantes y funcionarios se sumaban a las masas alteradas prendiendo fuego a los edificios y dando muerte a fiscales, jueces, magistrados y a cualquiera que se les interpusiera; y al observar a periodistas haciendo su trabajo, retrasmitiendo la algarada, gritaban: «¡A la prensa!», y fue entonces cuando raudas las tropelías se dirigieron a las principales sedes de los medios de comunicación, pero estos se consumían ya entre las llamas causadas por sus propios empleados. Al mismo tiempo las puertas de las cárceles, todas hacinadas, se abrían y los presos salían alborozados mientras en medio de la euforia entonaban gritos de libertad.
El mundo se había vuelto loco.
La profecía de Aviamotola se había cumplido.
II
Sin dirigentes y sin orden pronto comenzaría la barbarie. En un principio los bancos y otros establecimientos fueron saqueados, la propiedad privada asaltada y los automóviles y otros bienes robados. En medio de la vorágine y la marabunta se multiplicaban las agresiones sexuales que de todo tipo se producían por doquier, sin tapujos, sin ocultarse, sin vergüenza, allí mismo, fuera sobre el capó de vehículos calcinados o sobre el putrefacto suelo de las ciudades corrompidas y ante ojos de transeúntes que ya no se horrorizaban y a los que todo les daba igual; como ocurría cuando veían imágenes, que también se producían a plena luz del día, de humanos yaciendo sobre el asfalto urbano satisfaciendo sus instintos carnales animales. La imagen de hombres y mujeres convertidos en crueles fieras en medio de edificios en ruinas y desolación se había ya propagado por todo el planeta. Así que al poco tiempo las armas se convirtieron en el mejor medio de defensa —y contra más sofisticadas mejor—, de modo que por las peligrosas calles de las ciudades arrasadas las gentes iban pertrechadas hasta los dientes, mostrando al filo de sus caderas brillantes armas de fuego colgadas del rancio cuero del cinto de sus cartucheras.
Por todo ello enseguida comenzaron a surgir personas especializadas en el uso de las modernas pistolas que con rapidez y maestría lucían —en medio de las urbes, entre apuestas desaforadas y ante duelos surgidos por retos suscitados por mínimas provocaciones—, sus artes para matar. Los mejores pistoleros en poco tiempo se hicieron muy cotizados, no obstante era tal la rapidez con la que crecían en su fama y valoración como el corto tiempo que les duraba, pues cuando llegaban a la cima siempre aparecía el rival que los superaba en esos duelos a muerte. Sin embargo, mientras tanto, los mejores y más rápidos eran contratados por personas que podían pagar sus servicios. Así, los más potentados, se cubrieron con un gran número de pistoleros y guardaespaldas para custodiar su seguridad.
Pero pronto muchos individuos, como en todas las épocas y circunstancias, comenzaron a aprovecharse de las debilidades del sistema, en este caso antisistema, para lograr sus intereses, sin miramientos de ninguna clase, por lo que no tardaron en aparecer peligrosas bandas mafiosas y criminales, en las que las mentes más perversas reunían a su alrededor a despiadados matones capaces de desenfundar sus revólveres a gran velocidad. Las rivalidades entre las bandas no tardaron en llegar y en autoliquidarse con continuos ajustes de cuentas; sin embargo, las que prevalecían cada vez se hacían más grandes y poderosas e imponían sus normas. Normas, al fin y al cabo, como aquellas contra las que poco antes el ser humano se había rebelado, solo que aún más injustas y arbitrarias.
III
El paso de los milenios había significado un imparable y enorme desarrollo tanto en lo científico como en lo tecnológico al contrario de lo sucedido en el campo de la moral, en el que apenas nada había cambiado desde la misma prehistoria.
Ante tanta exasperación y a las puertas de su inminente extinción, el homo sapiens parecía estar a punto de lograr que al final de su evolución biológica fuera sucedido por otro ser creado por él mismo, como si de una transformación, ahora digital, se tratara, capaz de adaptarse a los nuevos tiempos que habrían de llegar.
Quizá sin que en verdad fuera absolutamente consciente de sus futuras consecuencias, había creado la inteligencia artificial. Lenta pero sin pausa, al cabo de muchas generaciones, de simples programas surgidos por la necesidad de ayuda se habían creado máquinas con verdaderas redes neuronales artificiales que habían llegado a su cénit cuando estas fueron capaces de aprender y evolucionar por sí solas.
Las máquinas inteligentes habían comenzado a servir a los humanos en todo tipo de tareas: desde las científicas a las de entretenimiento, pasando por las domésticas y de desarrollo de tareas profesionales. Con el tiempo, el ser humano quiso que también, en su aspecto físico, se parecieran a él. Incluso que les reconfortara en su soledad, aquella a la que las redes sociales, ya extinguidas, no habían hecho sino reforzarla. Y comenzaron a comprarse humanoides con texturas y formas semejantes a las del ser humano, con el carácter que los individuos solicitaban para que satisficieran sus íntimas necesidades o curaran sus carencias afectivas. Y comenzaron así a generarse parejas mixtas formadas por humanos y humanoides.
El ser humano en su azorada progresión, aunque se había destruido a sí mismo y se encontraba al borde de su extinción, había logrado crear, sin embargo, unos seres que revestidos, a su mejor imagen y semejanza externa, no eran sino máquinas programadas cada vez más capacitadas para cualquier actividad. Estos robots humanoides se habían ido perfeccionando hasta el punto de llegar al hito más crucial: eran capaces por sí mismos de aprender, mejorar y reprogramarse para cualquier objetivo; esto es, ya no necesitaban al ingeniero humano para programarlos. Pero lo más fundamental llegó cuando ya no solo fueron poseedores de inteligencia, sino también de consciencia.
A diferencia de la especie humana su cerebro no solo era más rápido y ágil, sino que su fortaleza, en todos los aspectos, era superior y en especial, al no ser una especie animal, no tenían las necesidades de estos: respirar, comer, beber, dormir, ni estaban expuestos a las múltiples enfermedades humanas, ni a su envejecimiento y muerte. Eran capaces no solo de actualizarse por sí mismos, sino que lograban que generaciones o versiones posteriores superaran las anteriores, tanto en fines como en capacidades, y tan solo necesitaban para su supervivencia un mínimo consumo de energía, la cual habían logrado no solo disminuir; sino además, que fuera proveída de distintas opciones de fuentes de fácil accesibilidad, como las que provenían directamente del sol, del viento e incluso, en otros casos, de los más insospechados recursos naturales.
Muy resistentes y fuertes, casi inexpugnables, capaces de superar enormes cambios de temperaturas, no conocían el agotamiento ni el dolor. Su inteligencia hacía tiempo que había superado en mucho a la humana; basada en el raciocinio los hacía capaces de resolver cualquier problema y juzgar, sin condicionados prejuicios, de forma lógica, o sea exacta y justa. A diferencia también de los humanos carecían de ciertas tendencias emocionales y quizás por ello, de todos los pecados capitales que habían acabado con la especie; pues, en su caso, primaba el razonamiento lógico; así que en lo único que se parecían a aquellos, pues así lo había deseado el hombre, era en su aspecto exterior, que estaba hecho a imagen y semejanza del de los humanos, como seres tridimensionales con todos sus atributos, en unos casos masculinos y en otros femeninos; y claro está, habían superado todos los estándares de belleza y formas establecidos por sus propios creadores. Algo que tampoco, llegado el caso necesario, sería concluyente, puesto que podían ser capaces de adaptar nuevas apariencias, incluso en cuanto al tegumento que formaba la epidermis de su piel de aspecto humano, constituida con micro sensores en sus poros que conectados con su mente hacían las veces del cuerpo biológico.
La paradoja era que ahora se encontraban mezclados con estos, sin que en principio, aparente y externamente, fuera posible detectar si determinado individuo era humano o humanoide. Incluso para lograr tal similitud, las nuevas generaciones de estos últimos mantenían sistemas artificiales para poder comer o beber si lo deseaban, pudiendo así acompañar a los humanos en sus propios hábitos, pasar desapercibidos o infiltrarse en sus propios grupos y, por supuesto, siendo capaces de emitir valoradas opiniones sobre el gusto o el sabor de lo ingerido.
Mucha gente veía en ellos el futuro de la humanidad. En un momento en el que faltaba la esperanza por la continuidad de la especie, precisamente —decían—, esta vendría a través de la máquina poderosa que habían creado a su imagen y semejanza, pero sin las debilidades humanas y con un cerebro portentoso que ya podía superar al orgánico de las personas. Eran pues, para ellos, realmente sus propios descendientes. Sin embargo otros, como siempre ocurre, supremacistas y especistas en sentido amplio, recelaban y los veían con el odio de ser diferentes, inferiores y en clara competencia a sus intereses por lo que estaban dispuestos a destruirlos.
Y entonces, sucedió
1
Los habitantes de la Tierra habitaban en inmensas ciudades sucias y miserables, aisladas entre grandes extensiones de tierra infértil y desértica — donde esparcidos se amontonaban vertederos con millones de toneladas de escombros y residuos— o del mar contaminado. Una espesa capa de partículas mezclada con el aire hacía que los sobrevivientes vivieran de forma permanente entre tinieblas. Dentro de una nebulosa gris y sombría, donde multitud de cuervos grandes, una de las pocas especies animales que aún subsistían, bien emplazados entre la putrefacción y la decadencia, controlaban los movimientos de las gentes y los desechos de estas, mientras analizaban, con fina destreza, el momento oportuno para alimentarse lanzándose hacia sus presas.
La moderna Yridia se componía de siete enormes distritos, algunos de ellos muy peligrosos, y en el denominado Cuarto Distrito se concentraban gran parte de oficinas y centros de trabajo, combinados con salones de ocio y diversión. Allí se encontraba uno de los más concurridos, el Kiux, con barras circulares al aire libre que daban acceso a una zona disco, con asientos y tumbonas alrededor de mesas que se iluminaban al son de la música rock y donde, en cada uno de sus extremos, algunas gentes se agolpaban observando una especie de carrusel que daba vueltas, mostrando a hermosas go-gos humanoides contorneándose al ritmo trepidante de la música, al tiempo que se desvestían con seductores movimientos. En el extremo opuesto, eran otras personas las que rodeaban, mirando con curiosidad, humanoides con atributos masculinos en semejantes actitudes danzarinas sensuales. Luego, en ambos casos, los humanos que lo querían reservaban, en la pantalla de un expendedor, cita con los humanoides deseados para pasar con ellos un rato de relax.
Antonio, ese día, había salido antes de su trabajo en el IMAX, un centro de innovación y desarrollo en tecnología médica. A pesar de su formación universitaria en Física, desde el comienzo de su actividad laboral, se había reconvertido en el campo de la ingeniería informática. Aunque de aparente edad indistinta tenía treinta y dos años, recién cumplidos. Vivía solo, en un apartamento del Cuarto Distrito. La soledad había sido siempre una constante en su vida. Cuando tenía siete años, su padre tuvo que desaparecer por un tiempo que acabó siendo indefinido. Poco después, su madre moría tras el nacimiento de una hermana que nunca llegó a conocer al ser entregada a alguien sin dejar rastro alguno. Su abuela materna se hizo cargo de él hasta que un día, cuando contaba con dieciséis, cogió una mochila, la llenó con una nube de sueños, y se marchó a la búsqueda de lo desconocido. Un año más tarde se encontró con su padre, muy enfermo, quien le habló de su vida, del amor por su madre, y le transmitió un secreto encerrado en una cajita de teca.
Cuando Antonio llegó al Kiux, vio a su amigo Pedro sentado y apoyado en una de las barras leyendo unos documentos con atención.
—¿Cómo puedes concentrarte con esta música estridente? —preguntó Antonio.
Pedro lo miró de soslayo, haciendo un gesto indescifrable. Antonio pidió una consumición y se puso a su lado. Luego dijo aquel:
—Me acabo de asociar a los STF. Estos son los documentos. Debemos hacer algo para salvar el futuro. Tú deberías hacer lo mismo. Sabes que la única esperanza son los humanoides.
Antonio asintió seriamente con la cabeza, al tiempo que se llevaba la consumición a la boca.
—¿Y entonces a qué esperas? ¿Por qué no me acompañas a alguna de las reuniones en la sede del distrito? Verás la importancia de hacer algo.
—Está bien. Me avisas —dijo Antonio. Luego este se levantó con su vaso, hizo un gesto a su amigo y se fue hacia los salones donde los bellos humanoides hacían estriptis, ante miradas complacidas que tomaban nota y luego reservaban el escarceo que dejaban pagado por adelantado. Tras ver el masculino fue al femenino. En ambos ocurría lo mismo.
Cuando salió a la calle muy concurrida no pudo dejar de mirar, aun disimuladamente, a una singular mujer que denotaba cierta clase, en todos sus aspectos y que se había adelantado, solicitando el cambio del semáforo, a través de un ligero movimiento de muñeca, donde lucía un bonito brazalete de vivos colores verdes y dorados, que contenía una microcomputadora incorporada. En cuanto aquel tornó de color la mujer se apresuró a cruzar la vía. Antonio siguió tras sus pasos, ahora sí, deleitando su mirada en las finas curvas que el conjunto de pantalón negro de poliamida, muy ajustado, y una corta chaqueta sin botonadura, por la que se desprendía una larga cabellera lisa muy rubia, pronunciaba ante su vista. Casualidad, la mujer que había acelerado el paso, giró al llegar a la acera a su derecha, el camino hacia donde Antonio se dirigía, hasta que unos metros más adelante se paró ante una moto voladora. Sacó un casco de un cofre y mientras se lo colocaba, ajustándose el cabello, dos jóvenes con camisetas negras bajo largas capas, también del color de la noche, y la imagen de un dragón alado blanco al dorso, que dejaban entrever cintos de doble pistolera, se acercaron bruscamente a la mujer, uno la agarró fuertemente del brazo con intención de llevársela, mientras el otro vigilaba con sonrisa complaciente y brazos cruzados. Antonio, al ver la actitud de los hombres, gritó:
—¡¿Qué hacen?!
Los hombres se volvieron hacia él, y el de la sonrisa cambió su gesto por uno de pocos amigos. Como el otro seguía forzando y zarandeando a la chica, arrastrándola por el pelo, Antonio lo empujó dándole un fuerte puñetazo en la mejilla. El que ya no sonreía sacó un largo cuchillo de la parte de atrás de su cinturón con intención de clavárselo, pero Antonio reaccionó con rapidez esquivándolo en parte, pues el afilado filo del cuchillo rasgó su americana, lo que no impidió que perdiera la estabilidad y cayera al suelo, y pronto comenzara a brotar con fluidez la sangre de su brazo, al tiempo que agarraba la pierna de su agresor haciéndolo caer. Entonces, el que sujetaba a la chica, la soltó por un instante, desenfundó su revólver y cuando apuntando a la cabeza de Antonio se disponía a disparar, cayó abatido por los tiros de una pequeña pistola que la mujer había sacado del interior de su chaquetilla. Tampoco le dio opción al otro a que usara su arma, que ya había sacado, pues antes le descerrajó un certero disparo que acabó con él. Aún seguía perplejo Antonio tumbado en el suelo, cuando ella vio que unos hombres, con semejantes atuendos al de los asaltantes, salían desde un bar cercano corriendo hacia ellos empuñando sus pistolas en la mano.
—Rápido, si quiere seguir con vida —dijo ella.
Le cogió de la mano. Le ayudó a levantarse y le alentó para que se sentara en el asiento posterior de su moto. Pulsó el botón de arranque, unas pequeñas alas se desplegaron y en unos segundos volaban entre los altos edificios de la avenida, en dirección al helipuerto del hospital universitario.
Un camillero les esperaba. Al poco de dejarse caer en la camilla Antonio perdió el sentido. La herida era muy profunda y había perdido mucha sangre.
2
La habitación era lúgubre, aunque por el amplio ventanal los rayos pálidos del sol, apaciguados por la capa de la contaminación ambiental, como si fueran crepusculares, penetraban disminuidos acariciando las sábanas que cubrían a Antonio. A su derecha, una pequeña mesilla con una finísima tableta electrónica enrollable y un lánguido florero alargado que sostenía una rosa artificial. Un poco más allá, un desgastado sillón oscuro vacío. Observó cómo caía el suero, gota a gota, por el tubo que tenía conectado a su brazo izquierdo mientras el otro lo mantenía totalmente vendado.
Entonces hizo un esfuerzo por recordar y revivir en su mente la sucesión de hechos hasta llegar al lugar y a la situación en que se encontraba. Vagamente comenzó a evocar los últimos momentos de su consciencia. La atractiva chica rubia. Los matones pistoleros de largas capas negras. La pelea y… ¡no podía ser!, recordaba cómo ella se había cargado a esos hombres. Luego se había subido a su moto voladora… la llegada al hospital…
En ese momento un hombre con bata blanca y un nombre inscrito en la misma, que Antonio no pudo leer, acompañado de una mujer vestida de enfermera, abrieron la puerta de la habitación y se acercaron al borde de su lecho.
—¿Cómo estás? —le preguntó el médico.
—Bien. Un poco mareado quizás.
—Es normal. Tenías un buen corte. Un poco más y hubiera sido tarde. Has tenido suerte. Conseguimos detener la hemorragia y restablecer tus constantes vitales. En unos días estarás restablecido. ¿Quieres llamar o que llamemos a alguien?
Antonio se quedó pensativo durante un instante… Sonrió para sus adentros recordando a su compañero de apartamento. Le echaría en falta, en especial por la comida, pero aun sin él estaba seguro de que sabría sobrevivir.
—No. Gracias.
—Bueno. Volveré a pasar mañana a esta hora. Si necesitas algo pulsas ahí —dijo señalando un pulsador que caía al borde de la mesilla.
Estaban ya en la puerta, cuando Antonio, de repente, se volvió para decir:
—Perdonen. Me trajo una señorita. ¿Saben qué ha sido de ella?
El médico miró a la enfermera que hizo un gesto de desconocer cualquier cosa sobre la concreta pregunta.
—No. Quizás en recepción…
—¿El camillero?
—Podría ser.
—¿Serían tan amables de contactar con él?
El médico volvió a mirar a la enfermera quien contestó:
—Ya preguntaré. A ver quién estaba de guardia. No sé si será fácil, pues hay bastantes en cada turno que cambian además de actividad a diario. Lo intento —volvió a repetir con una forzada sonrisa, cerrando la puerta de la habitación.
Antonio pensó que tanto el médico como la enfermera serían humanoides. Hacía décadas que venían ocupando la mayor parte de las plazas de personal sanitario en clínicas y hospitales pues habían demostrado ser muy idóneos para ello, luego le sobrevino la imagen de aquella misteriosa mujer y dudó de que pudiera volver a contactar con ella.
Al día siguiente le dieron el alta y a pesar de las gestiones para obtener algún conocimiento sobre la mujer que le había llevado al hospital, no obtuvo ninguna satisfacción.
Al llegar a su apartamento, antes de abrir la puerta, tuvo un presentimiento, o quizá no fuera tal sino que los detalles le inducían a pensar que algo extraño había sucedido: marcas de pisadas, el felpudo desplazado, un olor… Colocó el dedo índice en la pequeña pantalla y la puerta se abrió. Todo se hallaba movido. En general solía tenerlo ciertamente desordenado, pero los cajones y armarios al menos acostumbraba a conservarlos en su sitio, con la ropa apilada, y ahora se hallaba todo desparramado por el suelo, como si alguien hubiera buscado algo en los rincones más recónditos. Al fondo, desde otra habitación, le llegó el sonido suave de un dulce gemido de su compañero y entonces vio que venía hacia él, silencioso, con unos ojos que resplandecían entre el negro pelaje y la cola ligeramente levantada:
—¡Atila! Oh… ¿Qué ha sucedido?
El meloso gatito se acercó maullando hacia él. Lo acarició y luego levantó la vista mirando el salvaje aspecto en el que habían dejado su apartamento. ¿Quién o quiénes podrían haber sido? ¿Cómo habrían podido acceder burlando el sistema de seguridad? No tenía enemigos, o al menos eso pensaba. Procuraba no meterse en líos. En una pantalla introdujo unas claves para ver lo que habían captado las cámaras del interior. Curiosamente no se veía ningún movimiento. El mobiliario estaba como lo dejó, sin embargo, entre las 18:03 y las 18:47 del día anterior desaparece la imagen y es suplida por un barrido, luego vuelve la visibilidad con todo revuelto.
En ese instante recordó algo, dejó a Atila y fue asustado y precipitado directamente al cuarto de baño. Allí, tras el inodoro metió la mano, dio unos toquecitos con el pulgar en un punto concreto, como si se tratara de una clave en morse y finalmente pudo levantar una baldosa. Sopló con relajada satisfacción al palpar la cajita de madera de teca. La sacó. Dentro se hallaba lo que buscaba: el papiro enrollado, el trozo de pergamino que conformaba un cuadrado de veinte centímetros de lado, y un collar de bronce tallado en oro con determinadas inscripciones en latín. Además, un sobre contenía tres tarjetas con direcciones; numeradas del 1 al 3.
Había llegado el momento, pensó. No lo podía demorar más. Retuvo mentalmente el domicilio de la tarjeta número 1, a nombre de un tal Sylnius; introdujo la cajita en su mochila y salió precipitadamente a la calle.
3
Se dirigió hacia una parada cercana de autobús. Al doblar la embocadura por la que afluía a la avenida de la parada vio que pasaba el 44, el bus rojo que necesitaba coger. Echó a correr, tenía que cruzar al otro lado pero la circulación terrestre de vehículos era demasiado densa. Justo cuando se acercaba a la parte trasera del autobús doble articulado, este se incorporaba para salir. Lo llamó desesperadamente. Casi consigue agarrarse al saliente de la puerta. Se quedó mirando cómo partía, jurando. Los ojos de la gente de la parte posterior del bus, que iba repleto, contemplaban la escena con apatía. No podía echar tampoco la culpa a ningún conductor. No lo había, eran vehículos autónomos. Todavía estaba observando cómo se alejaba cuando una enorme explosión hacía saltar por los aires el autobús articulado. Fue tal la liberación de energía de la presión, acompañada de un potente estruendo, que Antonio sintió que el suelo se movía con el mismo efecto que el causado por un terremoto. El ruido de la explosión enmudeció los gritos de pánico y al color rojo de los múltiples segmentos de la carrocería del autobús, se unió el de la sangre de los humanos que iban en su interior así como la de los que se encontraban en un radio de más de doscientos metros. Algún edificio colindante se vino abajo.
Antonio se llevó las manos a la cabeza. ¡Se había salvado por haber perdido el bus por centímetros! Las ambulancias aéreas comenzaban a llegar a la zona que había quedado devastada. Salió a una calle paralela y se puso a caminar hacia donde se dirigía. Observó su dispositivo móvil: tenía cinco kilómetros de distancia. Comenzó a andar guiado por el navegador. Tenía tiempo, no obstante pensó que si veía pasar un taxi lo cogería.
Cuando aún no había llegado a mitad del recorrido se encontró en medio de dos grupos de manifestantes que habían comenzado a pegarse, a lanzarse piedras y como la trifulca subía gradualmente de tono, comenzaron a oírse disparos, gritos, carreras, algunos cuerpos quedaban tendidos en el asfalto. Antonio tuvo que tirarse al suelo protegido por un vehículo calcinado que yacía aparcado. En cuanto pudo se lanzó a la carrera hacia un lugar más seguro procurando evitar el altercado. Poco después, en una bocacalle, vio que pasaba un taxi libre. Le hizo señal de que parara, pero siguió de largo. Continuó andando hasta que por fin llegó al Mars II Club.
Por fuera tenía aspecto de ser un verdadero antro. Fuertemente vigilado por gorilas, con la cabeza rasurada en su totalidad y tatuada con la testa de una pantera negra de ojos brillantes y agresivos colmillos en la parte superior del cráneo, con rifles automáticos, situados en todos los recovecos alrededor del local. Se dirigió a la taquilla blindada. Era necesario sacar un billete para entrar que dentro podía canjear por una consumición. En la misma entrada, un hombre que parecía ser el encargado de la vigilancia, rifle en bandolera, le dijo que levantara los brazos y tras un gesto otro lo cacheó minuciosamente, luego le pasaron, rodeando su cuerpo, un detector especial y para terminar tuvo que atravesar por el arco de un escáner. Una vez dentro se dirigió a la barra donde servían hombres en bañador y mujeres en toples. Por los grandes bafles retumbaba la segunda parte de Another Brick in the Wall de Pink Floyd y las imágenes del vídeo se reproducían entre las rústicas piedras que conformaban las paredes en una especie de caverna. Preguntó por la persona que buscaba. El barman lo miró sorprendido, con atención: «¿De parte de quién?», —dijo con sequedad—. Antonio se identificó y aquel se dirigió a otro, vestido con traje y pajarita, que se encontraba al fondo de la barra, y entonces pudo ver cómo este al escuchar lo que el barman le transmitía dirigía su vista hacía él, con cara de pocos amigos, y luego llamaba por un teléfono sin dejar de mirarle mientras hablaba.
—Quiere seguirme, por favor.
Una sonriente señorita, también vestida, se había acercado por detrás. Antonio la siguió hasta un garito escondido en un sótano al que había que acceder por un laberinto y traspasar distintas puertas blindadas con sus respectivas claves digitales.
