Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Cerrar las puertas de nuestra casa no siempre nos pone a salvo del peligro. A veces nos deja a solas con él. La indefensión se exacerba cuando la amenaza proviene de quien menos lo esperamos. Las interrogantes de siempre –¿qué hacer?, ¿dónde encontrar ayuda?– ya no tienen cabida. Las víctimas de Las lluvias de Estocolmo aprenderán, de la peor manera, que hay preguntas que tienen una sola respuesta y que no vale la pena ser formuladas. Ni la familia ni Dios habrán de ayudarles. Tendrán que enfrentar, a su modo, la violencia física, sexual y psicológica que emana a diario desde cada rincón de su hogar para hallar la manera de sobrevivir a una existencia que dista mucho de llamarse vida. En situaciones extremas, la amistad y el amor trascienden su valor sentimental y se convierten en válvula de escape. Cuando no hay de dónde asirse, una rata o una historia lejana pueden ser las mejores opciones. Eso, si antes el cielo no se rompe y la lluvia arrastra sangres y traumas.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 445
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
las lluvias de estocolmo
edgar london

UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Martín Gerardo Aguilar Sánchez
Rector
Juan Ortiz Escamilla
Secretario Académico
Lizbeth Margarita Viveros Cancino
Secretaria de Administración y Finanzas
Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora
Secretaria de Desarrollo Institucional
Agustín del Moral Tejeda
Director Editorial
Primera edición, 5 de diciembre de 2023
D. R. © Universidad Veracruzana
Dirección Editorial
Nogueira núm. 7, Centro, CP 91000
Xalapa, Veracruz, México
Tels. 228 818 59 80; 228 818 13 88
https://www.uv.mx/editorial
ISBN electrónico: 978-607-8923-80-9
Cuidado de la edición: Silverio Sánchez Rodríguez;
Maquetación e ilustración digital de forros: Diana Azucena Arriaga Viveros
Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva
Dice mamá que algunas historias no deben ser contadas. Especialmente aquellas que no aportan, al final, un mensaje positivo. Así dice, literalmente: un mensaje positivo. Con ese ensayado deje de distancia. No un final feliz. No una enseñanza o moraleja. Sino algo que salve al sujeto de cualquier asomo de maldad. Deben ser reminiscencias de sus visitas a la iglesia. Esos pedazos de vida que nos acompañan incluso después de la muerte. En recuerdos. En herencias. En nuestros peores espantos. Para mamá, todos, fuera de la familia, son sujetos. Y familia, para mamá, somos únicamente mi hermano ‒de los tres, el más chico, quizás también el más consentido‒, mi hermana mayor y yo. Claro que está ella misma. Claro que está él. Quiero decir, padre. Pero de él no voy a hablar ahora. Si hay algo peor que hablar mal de los muertos es hablar mal de quienes están a punto de morir. Por eso guardo silencio mientras acomodo la almohada bajo su cabeza y sigo, con el rabillo del ojo, la línea discontinua que describe el trabajo de su corazón desde un equipo médico. A todas luces, una descripción simplificada, simplona, aberrante casi. Sin embargo, a estas cosas una se acostumbra. Bien visto, sería el menor de sus engaños. Su corazón tiene que ser mucho más grande que un haz de luz parpadeando en un monitor. Siempre se asocia a los hombres de corazones grandes con los hombres buenos. Nunca he comprendido bien por qué. A Cristo lo dibujan muchas veces con un corazón que sangra. Es un corazón grande. Tiene espinas alrededor y, en ocasiones, fuego encima. Dice mamá que Cristo fue un hombre muy bueno, el mejor de todos. De padre no dice nada. Tampoco mi hermana. Pero yo sé bien que él tiene un corazón enorme. Lo sé porque, en las noches, cuando mi hermana deja de llorar y él abandona nuestro cuarto, escucho su latir. Tum, tum. Tum, tum. Solo un corazón gigantesco puede sonar así desde la distancia. Es más, todavía cierra la puerta y lo sigo escuchando. El tum, tum apenas es interrumpido, esporádicamente, por el ruido que hace mi hermana al tragarse sus mocos. A esas otras cosas, en cambio, una nunca se acostumbra. Creo que mi hermana un poco. Yo no. Porque yo sé, yo siempre he sabido. Del aroma insoportable de las flores, de las lluvias cómplices que arrastran por las calles la suciedad que se acumula en las casas, de los corazones henchidos de maldad, de la maldad de las historias que no deben contarse y, por supuesto, de Estocolmo. Mamá también sabe. Pero mamá está muerta. Y su voz, sin su presencia, ya no suena tan convincente como antes. Sospecho que su interés por mantener el secreto se debe a que está consciente de que él, padre, está a punto de morir y no quiere que se lleve al mundo de los muertos el desasosiego que causó entre los vivos. Mamá quiere continuar en paz. Allá, donde habitan cadáveres desconocidos y bonachones. Por eso, cada noche, en sueños que más de una vez terminan en pesadillas, me pide que guarde silencio. Que hay historias inapropiadas. Un eufemismo, diría mi hermano menor. Un modo de decir. O de no decir, por ejemplo, que el precio de su paz, en el mundo de los muertos, es la constancia de mi silencio aquí, al lado de la cama de padre, en el mundo de los vivos y los no tan vivos.
No se lo he dicho a nadie. Es algo que siento. En mi cabeza. No en mi cuerpo. Siento que soy una brizna, pero no me muevo con el viento. Me muevo con el tiempo. Sucede a veces. Justo ahora, por ejemplo, a un lado de la figura moribunda de padre. Me arrastran los recuerdos y con los recuerdos la turbulencia de los días, los minutos y también los años. Se revuelven con gracia. Y aunque, a primera vista, esta circunstancia parece un amasijo sin principio ni fin, yo sé que responde a las leyes de un caos tan exacto como impredecible. Es lo raro y es lo hermoso. Hoy soy mujer. Mañana, nuevamente, niña. Nos alternamos. Nos justificamos. Supongo que la pulcritud de los relojes no está diseñada para soportar la elocuencia de ciertas historias. Supongo, asimismo, que ciertas historias no pueden jamás ser atadas a un orden y a un único sentido del tiempo.
Empieza por el principio, me dicen, y no me atrevo. No todos los comienzos son agradables. La vida misma, por ejemplo. Un esperpento que se retuerce, manchado de sangre y de otros efluvios. También están los gritos. Y antes que los gritos, los golpes. Visto de esa forma, ese bien podría ser el inicio de mi historia, que es también la historia de mi hermano menor y de mi hermana, la mayor. Solo que ella jamás pronunciará palabra alguna. Una historia, digo, de sangre y de otros efluvios. De gritos. Muchos gritos. Y flores.
No sé si ya lo dije. Padre tiene una florería. Imagino que sigue siendo suya, aunque ahora esté postrado en una cama. Aún no decidimos qué hacer con ella. Es un ejercicio inédito para mi conciencia de mujer. De niña era más fácil lidiar con los asuntos de la tienda. Una sola ley, un solo pacto: padre decide, yo obedezco.
La tienda abre muy temprano. A las seis de la mañana ya están dispuestas las tarimas y acomodados los ramos. También encendemos el espectacular de la entrada. Es un espectacular muy feo que padre y mi hermano menor hicieron con una manguera transparente rellena de lucecitas led, de esas que se usan para iluminar los arbolitos de navidad en las casas, pero que mamá nos prohibió usar porque, asegura, Nuestro Señor Jesucristo debe ser venerado en los corazones y no en pinos y en regalos mundanos. Que esas son obras del diablo, dice.
La cuestión es que, desde las seis de la mañana, cuando el alba no rompe todavía la quietud del horizonte, la gente que pasa por la calle puede leer Violeta sobre la entrada principal. Así se llama el negocio. Y no porque vendamos flores sino porque es el nombre de mamá. De haber sido un taller mecánico también se habría llamado Violeta.
Al inicio, antes incluso del inicio de esta historia, me gustaba fantasear con ese detalle. Padre no era padre y mamá asistía a una secundaria en lugar de a la iglesia. Él iba a verla con sus amigos. Seguramente, en bicicleta. Una cerca metálica los separaba. Entonces metían sus dedos por entre los agujeros y se tocaban. Y reían. Esa es la parte más difícil. Me cuesta verlos reír. Pero apuesto a que lo hicieron. Con la cerca de por medio y después, cuando mamá cruzó esa misma cerca y se escapó para vivir con él. Lo vi en una película. La gente ríe un montón en situaciones de máxima tensión. Es una risita entrecortada. De nervios, de miedo, de no sé qué, pero ríen.
No tuvieron una boda bonita. Ni siquiera la aprobación de sus padres. Bastó un abogado y un par de testigos que ni ellos conocían.
Mamá no pierde la oportunidad de recordárnoslo cuando la escasez acecha la casa, que es un día sí y otro también. No se quejen, exige. Su padre y yo empezamos sin nada y miren, obra de Dios. Ahí abre los brazos y da media vuelta a su alrededor. Su pose es exagerada. Claro que nosotros no miramos. No hace falta. Es una casa pequeña que se hace aún más pequeña cuando funciona como negocio. Nada que presumir. Creo que lo único que realmente atesoran es ese cartel: Violeta. Una especie de tótem que evolucionó desde letras de cartón hasta una manguera con luces led. Les recuerda de dónde vienen, quiénes eran. Lo adoran y le temen. No por lo que fueron sino por lo que son.
A mi hermana no le gusta que piense así. No le gusta casi nada de lo que yo digo de padre o mamá. Son nuestros padres, replica. De haber querido, cuando éramos bebés nos habrían puesto una almohada en la cara hasta asfixiarnos. Pero no lo hicieron. Y no lo hicieron porque nos aman. Eso dice y cada vez que lo dice evita mirarme de frente. En cambio, gesticula mucho. Quizás para compensar la ausencia de una mirada que me obligue a creerle. Cada día se parece más a mamá. Temo que en cualquier momento suelte que todo lo que a ella le sucede es obra de Dios. Y espero que no lo haga porque yo sé que Dios no tiene nada que ver en esto. Ni tampoco el diablo. Son cosas de padre, que es mucho peor.
Mi hermano menor es experto en figuras retóricas. Metáforas, sinécdoques, elipsis, antítesis, hipérboles, sinonimias se deslizan por sus labios con la misma naturalidad con que mamá nombra santos y vaticina plagas y castigos divinos. Al principio me costaba mucho mencionarlas. Los nombres se me enredaban en la lengua y me irritaba la naturalidad con que mi hermano menor las trataba. No lo hacía como un maestro de escuela. Nada de solemnidades ni de tono académico. Más bien con la espontaneidad de quien rememora una vieja amistad. Cada vez que tiene una oportunidad las saca a pasear. Y, si la oportunidad no aparece, la crea, la fuerza.
Entonces pienso en padre. No digo que mi hermano menor imite a padre. Digo que presenta sus figuras retóricas igual a cómo padre presenta a mi hermana en sociedad. Es la mayor, dice, y hace un gesto con la cabeza para que ella extienda la mano hacia el desconocido. Mi hermana obedece. Ahí casi siempre le dicen que es toda una mujercita. Y muy bien portada, agrega padre, y con el brazo la estrecha a su cuerpo. Mi hermana ni asiente ni sonríe, pero tampoco se desprende del abrazo. Deja que el apretón estruje su frágil anatomía. Yo no sé cómo aguanta ‒no ahí; a fin de cuentas, es una escena que se reproduce pocas veces porque pocas son también las personas que nos visitan, sino después‒. Padre no es alto, pero lo que le falta en estatura le sobra en obesidad. Las camisas rara vez cubren la circunferencia de su panza. El ombligo se le asoma, intermitente, por encima del pantalón. Y, a pesar de ello, mi hermana aguanta.
Aún no alcanza la mayoría de edad y ya es el orgullo de mamá. Comienza a vestir como ella. Colores oscuros. De preferencia negro o gris. Faldas por debajo de las rodillas y blusas con mangas que le cubren los brazos hasta las muñecas. El cabello recogido. No se lo corta. Tampoco lo luce. Yo le digo que lo lleve suelto, que lo adorne con flores y abalorios. Si algo me encanta de mi hermana es justamente su cabello. Tupido, más canela que café, sin ser verdaderamente lacio, las ondas caen suaves hasta la mitad de su espalda. De niña lo dejaba juguetear con la brisa. Ya no. Se lo cepilla al salir del baño. Y apenas se seca lo envuelve en una redecilla sobre la cabeza No sé si padre tuvo algo que ver. O las miradas de padre. La realidad es que mamá pronto se percató de que ni las faldas largas ni los peinados impolutos ni los colores oscuros podrían ocultar las curvas que matizaban el cuerpo de mi hermana y encendía la lascivia en los hombres.
Es la maldición que persigue a todas las mujeres y la vara con que somos medidas, asegura mamá. Nuestro comportamiento fuera de casa es evaluado constantemente por los ojos bondadosos y firmes de Dios y puesto a prueba por el Maligno. De nosotras depende conservar la pureza del cuerpo que es la materia que protege al espíritu. Si el cuerpo se corrompe, el espíritu queda indefenso.
Por eso rara vez nos permite salir solas de casa. A menos que sea para visitar a un vecino cercano, buscar flores y yerbajos al cauce del río o ir al almacén, calle arriba, donde compramos las bisuterías que requiere nuestro negocio. Mamá es muy estricta en eso. Yo, de corazón, trato de comprenderla. Asimilar sus palabras es más fácil que reconocer las figuras retóricas de mi hermano. Frases sencillas y dolidas. Mezcla de versículos bíblicos y líneas de boleros.
Aun así, no entiendo. No puedo. Nos alerta sobre los peligros del exterior. De las mujeres que son seducidas por Samael y siguen los malos pasos de Lilith. De la verborrea embaucadora de los hombres. Hombres que solo quieren una cosa. Cuando dice “cosa” se lleva una mano a la entrepierna y con la otra señala a la ventana. Allá están, dice. Allá caen las incautas. Y mientras más lo repite, menos comprendo. Observo a mi hermana que la observa y asiente en repetidas ocasiones con la cabeza. Entonces soy yo quien cierra los ojos y le pide a Dios que esa noche no suceda nada con mi hermana, con su cabello que se desparrama sobre el colchón, libre al fin, entre grito y grito, y que si algo sucede sea con Samael o Belial, pero no con padre. No otra vez. Y a veces Dios me concede el pedido. Y a veces no.
Lo curioso es que las violetas son de las pocas flores que no vendemos. Son bastante fáciles de cultivar, pero nuestro proveedor no las maneja. Padre en alguna ocasión les dedicó un espacio en el patio trasero para tratar de equilibrar el déficit y aunque se dieron algunos retoños no llegaron a madurar. No por falta de abono ni de cuidado pues yo misma las regaba concienzudamente. El problema fue que coincidió con la compra de un cerdo para fin de año y el animal terminó por devorar todo a su paso, violetas incluidas. Tampoco es que vendamos muchas flores. El negocio es pequeño, pero afortunadamente el pueblo también lo es y la competencia brilla por su ausencia. Aun así, no falta quien llega pidiendo un ramo de violetas. Imagino que para el buqué de una novia o para usarlo en un té con que tratar problemas de estómago. No importa. Yo le digo que no tenemos y ladeo la cabeza. Es un gesto efectivo. Se me antoja incluso conciliador. Me ha funcionado siempre. Y siempre también los afectados voltean a ver el letrero que da nombre a la florería.
Hay quien hace algún comentario que pretende ser chistoso. Otros simplemente se encogen de hombros. Reconozco sus propósitos. Hacer notar lo obvio de la contradicción. Una florería que se llama Violeta y que no vende violetas. Igual me quedo viéndolos con una sonrisa fingida. Pocos, muy pocos de ellos, entenderán que esa aparente contradicción es el menor de los problemas de nuestro anuncio espectacular.
El cartel tiene algo incómodo entre la “e” y la “t”. Hace un giro raro porque la manguera no se dobló correctamente y las lucecitas led acentúan la mutación. El efecto no es perceptible a primera vista, pero si alguien presta mayor atención puede discernir un trazo muy parecido a una “n”. Violenta en lugar de Violeta, se alcanza a leer.
Creo que fui yo misma quien lo descubrí. Venía de la escuela y quién sabe si por la luz del sol o por la inclinación del camino que lleva a casa pude notarlo. No sé si ya lo dije. Nuestra casa queda al fondo de una pendiente bastante pronunciada. La gente que vive en los alrededores le llama “la loma”. Así y ya. Tú les indicas la dirección del negocio y te contestan: ah, en la loma. A mamá no le gusta que le llamen de esa forma. No es el nombre de nuestro barrio ni de nuestra calle. Aunque sí es una loma, y tan inclinada que para nosotros anochece antes que para el resto de la cuadra. El sol se pone justo al final de la calle, por donde se deja entrever el almacén de don Rigoberto, que es como la mitad del recorrido de la casa a la escuela. Y, si alguien viene caminando pendiente abajo, por la acera del frente, se ve clarito clarito el trazo impensado de esa “n”. Violenta. Un anuncio acaso más certero que el de Violeta.
Porque, pregunto yo, ¿qué respeto le tenemos a esa clase de flores cuando dejamos que un cerdo se las coma? Un cerdo que, para colmo, ni siquiera nosotros nos comimos después, porque mamá dijo que era carne impura, que no de balde el Señor permitió que los habitaran demonios antes de ahogarlos en el mar de Galilea. Padre sí comió, pero padre no cuenta.
Violenta, le digo a mi hermana y la tomo del brazo y la obligo a cruzar la calle. Mira, le digo. Lee. Y ella demora en reaccionar. Lee, le vuelvo a decir. ¿Qué dice? Mi hermana balbucea al inicio. Casi no se le entiende. ¿Qué dice?, ¿qué dice? Violenta, suelta al fin. Y yo me río a carcajadas. Ella no. Ella se queda muy seria. Al principio no adivino la razón de su ceño fruncido. Estamos condenados, asevera. Yo dejo de reír. La veo correr de vuelta a la casa. Entonces recuerdo algo que dijo el cura Evaristo en la iglesia. Bueno, recuerdo a medias. De hecho, casi no recuerdo. Mamá sí. Mamá no olvida nada de la iglesia ni de los sermones de nuestro reverendo, ni de la ropa que lucen las mujeres que se persignan bajo la imagen del Altísimo. Mujerzuelas todas, las llama en secreto.
Persigo a mi hermana que busca a mamá. Luego mi hermana me persigue a mí que también busco a mamá. No está en la casa. Hay que esperar más de media hora para que aparezca, junto con padre y un nuevo lote de flores. Crisantemos, gladiolos, lirios y azucenas, perfectas para funerales. Mi hermana intenta tomar la delantera, pero padre le pide que lo ayude a acomodar la mercancía. Tiene que estar lista para mañana temprano. Ella se va resignada y yo puedo acercarme, tranquila, hasta donde está mamá. No le cuento lo del trazo y la “n” en nuestro espectacular improvisado. Eso lo hará más tarde mi hermana. Mi duda es otra. ¿Cómo era aquello de los designios y la Providencia? Ella no disimula su asombro. Sabe que no soy muy dada a ir a la iglesia. Si voy es porque me obligan. Quién sabe qué conclusiones habrá sacado, pero hace una mueca que pudiera tomarse por sonrisa breve y lejana. Los designios de la Providencia son inescrutables, responde al fin. No agrego palabra. ¿Para qué? Otra vez, estoy completamente en desacuerdo.
Tuve un solo novio en toda mi vida. Se llamaba Pedro. Era bajito, más flaco que apuesto. Sus ojillos buscaban juntarse en un ángulo inusual para la mayoría de las personas que yo había conocido. Muy cercanos a la parte superior de la nariz. Ojillos achinados. Timoratos. Esa peculiaridad le imprimía un aire de inseguridad que a mí me encantaba. Igual a un ratoncillo asustado. Aun cuando a mí no me agradan particularmente los ratones. Solía ser bueno conmigo. Nada original, solo bueno. Se esforzaba mucho por agradarme. Creo que por eso permití que me besara.
La lengua no, le dije. Y él obedeció. No le molestaba obedecer constantemente cada uno de mis caprichos. Estiró sus labios, cerró los ojillos de ratón y acercó su rostro al mío. Su pose me encantó. Entre enamorada y ridícula. Juntamos nuestras bocas. Sentí la carnosidad de sus labios presionando levemente los míos. Permanecimos así tres o cuatro segundos. Luego lo empujé hacia atrás. Aunque él respetó mi exigencia, yo todo el tiempo mantuve mis labios firmes y apretados para evitar que su lengua invadiera mi boca.
¿Te gustó?, me preguntó. No lo hizo directamente. Miraba hacia otro lado. O a lo mejor era yo quien miraba sus zapatos desgastados cuando preguntó. No recuerdo bien ¿Te gustó? Yo me encogí de hombros. Pensé que había sido grosera. El empujón, primero. La respuesta inocua, después. A él le pareció bien. Entonces somos novios, dijo, y agarró mi mano derecha. Yo creía que ya lo éramos. Dejé que sus dedos se mantuvieran sobre los míos. Me propinaban pequeños apretones a intervalos imposibles de adivinar. Nerviosismo, intuí. También carraspeaba mucho. Yo me concentré en su mano que intentaba en vano abarcar la mía. Eran dedos muy flacos. Más flacos que los de mi hermano menor. Te quiero mucho, soltó de pronto. No le creí y juro que él tampoco lo creyó. Sin embargo, ambos concordamos en que era una frase apropiada.
A padre no le va a gustar. Eso no lo dije. No lo dije porque algunas verdades no necesitan ser dichas. Caen por sí solas. Como un puño cerrado a medianoche. Como los ojos de mi hermana las pocas veces que me ve cuando tiene a padre encima. Es una verdad que yo no he visto. Y ahí está. Yo pego mi rostro a la pared y así la veo. La pared me traiciona. Se convierte en un gran espejo. Mientras más pego mi nariz a ella, mejor la veo. La siento. Su dolor. Su rabia. Su desasosiego. Su apatía. Su tristeza. En ese orden estricto. Cada estado regulado por el curso de la acción. Y la acción acotada por un tiempo que no le debe nada a las manecillas del reloj. Un tiempo propio, acorde a las exigencias de padre y sordo a las súplicas de mi hermana. Se extiende cuando debiera recortarse. Inicia de nuevo cuando debiera parar. El tiempo también le da la espalda a mi hermana. El tiempo la traiciona. Yo la traiciono.
Mi hermano menor asegura que los tum, tum de los latidos de padre en mi cabeza son otra figura retórica. También las náuseas que me produce el olor de las flores. Hipérbole, sentencia. Sensaciones que mi cabeza recrea o exagera. Que no están. Que yo las hago estar. En realidad, yo solo lo observo. No lo escucho con el detenimiento que espera. No puedo, aunque quisiera.
Cada vez que habla así me pregunto cómo es posible que un niño sepa tanto. Es el más joven de la casa y, por mucho, el más inteligente. Deben ser sus libros. Cuando padre entra a la habitación, no importa si es por la noche o durante la siesta obligada de los domingos, mamá sube el volumen de la radio, yo me volteo hacia la pared y mi hermano se pone a estudiar. No estudia con pasión. Lo hace con miedo y rencor. Supongo que habitar su propio cuarto tiene esa ventaja. En el nuestro no podría. Al menos no mientras todo sucede. Quizás después, cuando mi hermana empieza de nuevo a tragar mocos. Y, aun así, no estoy segura. Al marcharse padre algo cambia en la habitación. Es el aire. Demasiada… ¿cómo decirlo? … presencia. Padre se ha ido, pero está. Debe ser el olor de las flores que lo persigue por doquier e impregna cada cosa que toca. Mi propia hermana, por ejemplo. Apesta a rosas marchitas.
Más argumentos para reforzar la teoría de mi hermano menor que ahora me cuenta una historia. Es una historia que escribió otro hombre. Uno muerto. Acaso debo decir que mi hermano siente una sugestiva inclinación por los autores muertos. Lo descubrí en los libros de su pequeña biblioteca personal. Todos, sin excepción, recogen fecha de nacimiento y defunción de sus firmantes.
La historia en cuestión es sobre un corazón que delata a un asesino. No recuerdo los detalles. Apenas que el corazón no dejaba de latir desde el lugar donde se encontraba oculto el cadáver de la víctima: un viejo con ojos de buitre. Los policías no lo escuchaban. Solo el asesino. Al final, llega la confesión inaudita a causa del tum, tum del corazón delator. Se me antoja una comparación absurda, forzada por las intenciones de mi hermano menor. ¿Por qué habría de asustarme el corazón de un muerto? Los muertos divagan en paz. Aquí y allá. Son seres sencillos. Nobles casi. Si padre estuviera muerto, mi hermana no tragaría mocos, mi hermano no estudiaría tanto y yo no querría contar esta historia.
Quizás por eso no me asustan los libros de mi hermano. Porque están escritos por muertos. Lo detengo, iluminada por una idea nueva. Deberías leer algo escrito por alguien. Él me devuelve la mirada al borde de la indignación. Y, antes que riposte, agrego: alguien vivo. ¿Entiendes? Deja a los muertos disfrutar en santa paz.
Me hubiera gustado que Lorenza fuese mi madre. Al menos, cuando recién la conocí. Lorenza era mi vecina, y cuando estábamos a solas le gustaba que la llamara Blancanieves. Ese fue nuestro primer secreto, aunque no nos hubiera molestado compartir los muchos otros.
Si alguien se ubica frente a mi casa, la suya, que ya no es suya, más bien es de nadie, queda a la izquierda. Separada apenas por un pasillo donde padre solía amontonar las cajas de flores marchitas u hojas y tallos sobrantes que, en algún momento, iban a parar a la basura.
La casa de Lorenza es más pequeña que la nuestra, a pesar de que cuenta con dos pisos y, de lejos, este detalle pueda mover a confusión. Sin embargo, apenas alguien rebasa el umbral, se topa con un minúsculo recibidor que Lorenza toma por sala y, de inmediato, con la escalera que da al segundo piso. Apenas queda espacio para la cocinita. El cuarto y el baño se ubican arriba. No hay alacena ni armarios. Pareciera como si un arquitecto hubiera dispuesto habitaciones en el tronco de un árbol. Todo reducido y exacto. Quizás por eso, también más acogedor. Vale decir que las pasiones de Lorenza se reducían a dos en el mundo: preparar postres y criar gatos. Tenía siete y nunca vi a ninguno meterse en la cocina a pesar de los intensos y cautivadores olores que de allí salían.
Cuando terminaba de cocer algún platillo, Lorenza lo dejaba en el alféizar de la ventana hasta que se enfriara. Así la conocí. Así, mejor dicho, me conoció. O sea, seguramente ya me había visto antes, caminando por la acera o recogiendo las cajas del pasillo que separaba nuestras casas, pero no con el cuello estirado al máximo para que mi nariz absorbiera lo más posible el aroma que emanaba desde la ventana de su cocina.
Era fácil distinguir una cacerola completa, todavía humeante. ¡Ven!, me gritó, a la par que con su mano cubierta por un guante enorme hacía gestos para que entrara. Yo demoré en reaccionar. Mamá estaba apostada en el portal y fue testigo de la invitación. Crucé mi mirada de Lorenza ‒que entonces no sabía que se llamaba Lorenza ni mucho menos que le gustaba hacerse nombrar Blancanieves‒ a mamá, en espera de su aprobación. Mamá me observó otro par de segundos, luego volteó su rostro, calle arriba, por donde debía aparecer padre con el nuevo encargo de flores.
Para mí resultó suficiente. Dando brinquitos salvé los seis o siete metros que me llevaban hasta la puerta de la vecina. Ni siquiera tuve necesidad de tocar. Lorenza ya abría. Lo recuerdo muy bien. Apenas entré, la puerta se cerró detrás de mí y supe, no sé cómo, que otra vida era posible y que se escondía allí, agazapada entre olores dulzones y pelos de gato.
Le conté a mi hermana sobre Pedro. Ella nunca ha tenido novio y nunca lo tendrá. No ha dicho que las cosas sean así, pero así han de ser. Todos lo sabemos. Si padre se entera, la mata. A ella y al novio. El único hombre que puede estar a solas con mi hermana es don Jacinto, su profesor de piano, y lograrlo no fue cosa fácil. Por padre, no por el pobre don Jacinto, a quien basta con verlo una vez para convencernos de que sería incapaz de hacerle daño a una mosca, así sea de esas moscas que, a la hora del almuerzo, cuando el sol pega fuerte y el calor se hace insoportable, andan revoloteando por encima de la comida y terminan ahogándose en tu sopa. Nada de eso.
Para empezar, don Jacinto ya supera los sesenta años y todos en el pueblo dicen que la vida ha sido muy dura con él. Es para creerse, al menos por su físico. Alto, carga con una joroba que le da un aspecto rarísimo. Como de tortuga en dos patas. Una impresión que se refuerza con su andar lento y desacompasado. No me sorprendería que tuviera un pie más corto que el otro. Pero ¿cómo saberlo? No es cuestión de llegar y decirle, eh, don Jacinto, me deja medirle sus pies. Que esas cosas se suponen y ya. Por si no bastara, su rostro tampoco lo ayuda mucho, lleno de arrugas. Y sus ojos, enormes, saltones, parecen estar siempre con gesto de asombro. De susto, dice mamá, a quien esos defectos, lejos de molestarle, le agradaron desde un principio.
Ella sueña con ver a mi hermana tocando el órgano ‒que no es un piano, pero a los efectos da igual‒ para el coro de la iglesia. Me lo dice por las noches. Con su voz que no ha cambiado nada a pesar de llevar casi seis años muerta. Ha escuchado el cantar de los ángeles. Bellísimo, dice. Es que son ángeles, mamá. Bellísimo, bellísimo, y no sale de esa nota. Que mamá siempre ha sido muy exagerada y la muerte no se lo ha bajado ni un ápice. Sospecho que son de esas cosas que nos acompañan a dondequiera que vayamos. No importa si al almacén por más flores o a la tumba con las flores encima. Y es que no son las cosas que cambian las que deben preocuparnos, sino las otras. Las que se mantienen estáticas mientras nosotros nos movemos. Con suerte se convierten en lastre. A veces, en algo peor. Una causa predefinida para consecuencias indeseables, por ejemplo.
En ese sentido, padre parecía inamovible. Nada de piano. Nada de hombres. No para su hija favorita. Si acaso para esta, decía con su dedo índice señalándome, a ver si se le quita lo marimacha. Mamá no daba su brazo a torcer, pero tampoco contradecía directamente a padre. Que la sabiduría del matrimonio no se encuentra en los libros de tu hermano, aseguraba. Te la ganas a base de mamadas y trancazos. Entonces olvidaba por completo los discursos del cura y la palabra de Dios. Nunca se lo hice notar. El miedo a perder el mínimo de estima que todavía ella me reservaba contenía cualquier asomo de bravata.
Tampoco averigüé cuál de las dos opciones utilizó para convencer a padre de visitar a don Jacinto por primera vez, aunque no fue difícil adivinarlo. Esa noche padre no acudió a nuestro cuarto y, a la mañana siguiente, el rostro de mamá no estaba cubierto con aquel talco blanco al que recurría, a modo de maquillaje, para disimular sus moretones más recientes.
Desde muy temprano, todavía sin abrir la puerta de su cuarto, nos alentaba con gritos para que nos apuráramos. El anuncio de la florería estaba apagado y el cartel de “Cerrado” se leía desde el exterior. Cuando aparecí, mi hermano menor ya nos esperaba. Estaba ataviado con un traje que le quedaba al menos dos tallas cortas, sin duda alguna donación de un cliente satisfecho. Las mangas dejaban al descubierto sus muñecas huesudas, y el pantalón terminaba un par de centímetros por encima de sus tobillos. Los calcetines iban asegurados por unos elásticos extras y los zapatos eran los de la escuela, concienzudamente boleados.
Mi hermana tampoco tardó mucho en aparecer. Me había dejado sola en el dormitorio para irse a cambiar al baño y, apenas surgió, la razón de su misterio y gazmoñería quedó descubierta. No vestía sus atuendos grises, cada día más comunes en ella y que poco o nada la hacían lucir. Llevaba, en cambio, un vestido ajado, ligeramente azul, que, de lejos, casi podía tomarse por nuevo. Aun así, la verdad, con todo y la pulcritud de los preparativos, nada de eso me habría llamado tanto la atención si no hubiera sido por mamá. Y no fueron sus atuendos ‒padre no le permitía vestir otra cosa que faldas hasta la altura de los tobillos‒ ni el ligerísimo aroma que perfumaba las protuberancias de su clavícula, justo ahí, donde iniciaba su cuello de mujer devota. Nada de eso. Fue la melodía. Mamá silbaba.
La escuchamos apenas abrió la puerta de su dormitorio. El sonido disipó incluso la figura de padre, que se había negado a acompañarnos, y nos intimidaba desde el fondo con un gesto hosco, por no decir feroz. Aquel silbido inaudito terminó por estremecerme. Me pareció hermoso. Extraordinario y hermoso. Aunque más hermoso que extraordinario. Como un milagro bien merecido. Y no era para menos. Fuera de la iglesia, nunca había escuchado a mamá tararear una canción, menos silbar. Y nunca más lo volvería a hacer.
Los siete gatos personificaban a los siete enanos y, por supuesto, Lorenza era Blancanieves. No tardé en llamarla así apenas entramos en confianza. Que, supongo, es una manera de decir que la llamé así desde el primer día, tras la primera risa compartida. Lorenza, justo es decirlo, guardaba para mí la sonrisa más bonita del mundo. Franca, abierta, de quien no tiene secreto alguno que esconder o, mejor aún, de quien sabe cómo esconderlo tan bien que no percibe el lugar que ocupa en su vida.
Mis visitas a su casa se tornaron frecuentes. Una hora, a veces dos, dependiendo de las ventas en el negocio. Los días flojos, esos en que los clientes se asomaban a cuentagotas o, de plano, no aparecían y padre se las apañaba solo, se volvieron para mí días de diversión. Una vez que ponía los pies en casa de Lorenza y la puerta se cerraba, nos comportábamos como niñas. A ella nunca le molestó ser diez o quince años mayor que yo ‒la verdad, nunca le pregunté su edad‒. Y a mí tampoco me cohibió que lo fuera.
Jugábamos a tontería y media. Nos perseguíamos por la escalera. Asustábamos a sus gatos, usualmente dóciles hasta la estupidez. Nos dábamos de almohadazos sobre la cama. Preparábamos dulces juntas.
Al inicio, para que me dieran permiso, iba con la excusa de probar un buen postre que, en no pocas ocasiones, también compartía a la hora de la cena con mi hermana, mi hermano menor, mamá y padre. Luego, bajo el cobijo de un nuevo hábito, las excusas vinieron sobrando. Especialmente los domingos. Eran el mejor día de la semana. Mejor que las salidas al centro del pueblo. Mejor que los encuentros furtivos con Pedro. Uno y cada uno, los mejores de mi vida. Y cuando digo domingo, digo domingo después de la iglesia y antes de la cena. Entre una y otra, gozaba de cinco, a veces seis horas de completa libertad.
Para garantizar ese espacio saldaba con prontitud mis deberes en la florería durante la mañana. Me arreglaba sin remilgos poco antes de las doce en punto y luego tragaba en silencio cada segundo que el padre Evaristo deshojaba desde el púlpito, prediciendo catástrofes y enumerando pecados que mamá secundaba con un amén lastimoso. El único momento difícil del domingo no era, como pudieran pensar, abandonar la casa de Lorenza. Para entonces ya me había divertido bastante y ella siempre buscaba la forma de que la despedida tuviera un matiz de continuación que me encantaba. No, no. Nada de eso. Lo realmente desesperante era cubrir el trayecto de la iglesia a la casa.
Si dejaba entrever mi impaciencia, padre, por ser padre, podía negarme la salida esa tarde; pero, si me mostraba demasiado solícita y obediente, mamá sospecharía que algo me traía entre manos. Así que caminaba despacio, los nervios en tensión, con cara de mosquita muerta y cierto aire de a mí qué me importa. La combinación perfecta que todavía tenía que coronar, en casa, con diez o quince minutos de aparente aburrimiento antes de preguntar, como quien se interesa por el clima del día siguiente, ¿puedo ir a casa de Lorenza? Por lo general recibía un sí. De mamá. De padre, no. La función de padre era negar, jamás asentir. Sus consentimientos llegaban en forma de silencio. Entonces yo me dirigía a la puerta bajo la mirada reprobadora de mi hermana que no se tragaba mi actuación. Y todavía salía con el miedo prendido a mi espalda. Miedo a que en el último segundo me llamaran. Me dijeran: espera, debes hacer esto o aquello.
Pero nada sucedía y yo, apenas cerraba la puerta, echaba a correr hacia la casa de Lorenza y entraba sin anunciarme porque sabía que ese pedazo de mundo ya me esperaba y, de alguna manera, también me pertenecía. Los pasteles, los gatos, y Lorenza que me recibía siempre con un “hola, minina”, sin sermones, ni amenazas ni ropas oscuras. Si acaso con sus guantes de cocinera y un abrazo que olía más que a amiga y más que a madre. Olía a refugio, a fuego tibio. A hogar.
Para una mujer, no hay espejo más cruel que otra mujer. Eso me lo enseñó Pedro. No como lo enseñaría un maestro de matemáticas ni nada parecido. Lo hizo a su manera, que es la manera de cualquier hombre lujurioso. Queriendo tocar aquí. Queriendo besar allá. Y entre toque y beso te colma de palabras bonitas. ¡Qué linda estás! ¡Qué rico hueles! ¡Me encantan tus piernas! El tipo de cosas que una sabe que dicen porque buscan lo que buscan, pero ante las que no puedes evitar sentirte agasajada. Las mujeres somos mucho más exigentes sobre nuestro aspecto que los hombres y, al mismo tiempo, somos mucho más tolerantes con sus mentiras. Se trata de una combinación fatal que, tarde o temprano, y casi siempre es temprano, nos arrastra al desencanto.
A mí el conjunto entero me recuerda un trago fuerte de alcohol. Al principio raspa, luego embelesa y, al otro día, si le sigues y le sigues, te duele la cabeza. Y yo, con Pedro, seguía y seguía. No estaba enamorada, eh. Tampoco hay que exagerar. Solo que sus ojitos ratoneros terminaron por parecerme simpáticos y, la verdad, de alguna manera intuía que su presencia me mantenía a salvo de los fanatismos religiosos de mamá.
Bueno, de mamá y de mi hermana. Era esta quien me preocupaba. Los únicos hombres con quienes mi hermana interactuaba eran nuestro cura y don Jacinto. Y, puedo jurarlo con la mano sobre la Biblia, los dos juntos no llenaban siquiera la pobre masculinidad de mi Pedro. Y lo de pobre es por tamaño y volumen, no por enjundia. Que energía le sobraba y ganas ni se diga. Porque se pegaba y se pegaba. E intentaba e intentaba. Y me regalaba palabras bonitas. Las mismas palabras que le urgían a mi hermana. Mentiras de sabor dulzón. Mentiras que mantienen a raya a Dios. Las precisas para que lo dejara besar. Y lo dejara tocar. Y, a veces, solo a veces, yo miraba a otro lado. Y ya saben, lo dejaba tocar. Sin mirarlo, lo dejaba.
Nadie sabe de dónde vino don Jacinto, pero las malas lenguas aseguran que llegó al pueblo huyendo de un mal de amores. Si eso les parece cotilleo y habladurías de la chusma, créanme que otras lenguas resultaban todavía peores. Huyendo de un mal de colon, alegaban.
La verdad es una. Durante todo el tiempo que me tocó compartir con don Jacinto, primero a causa de las visitas de mi hermana a sus clases de piano y, más tarde, como parte de las cruzadas evangélicas que ambos lanzaron en el pueblo, jamás le conocí aventura alguna, ni con mujeres ni mucho menos con hombres.
Comprendo que mi palabra no pasa de ser un simple criterio. Don Jacinto se caracterizaba por ser una persona sumamente discreta, y cualquier amorío furtivo ‒de arriesgarlo‒ lo hubiese mantenido en absoluto secreto. Pero ya reza el dicho: “pueblo chiquito, infierno grande” y el nuestro, en muchos sentidos, podía considerarse la caldera misma del diablo. Allí la gente se enteraba de lo que es; y de lo que no es, también.
Que se le notaba lo afeminado, se le notaba. ¿Cómo negarlo? Ahora, si sus ademanes delicados se debían a su exagerada cultura o a tratos sodomitas, solo Dios sabrá. Y, para ser sincera, poco importa. Basta ubicar a un hombre refinado en medio de campesinos analfabetos, rancheros cargados de pistolas y lavanderas viperinas para que su suerte esté echada.
En pocas palabras, a don Jacinto nadie lo sacó de maricón. Para colmo, su llegada al pueblo ‒noche pletórica de versos y de tempestades, gustaba declamar él mismo‒ coincidió con el suicidio de Severino, en La Colada, un caserío a cosa de sesenta kilómetros del nuestro y lugar de tránsito para viajar a la capital.
Resulta que el tal Severino sostenía un lejano parentesco con don Rigoberto, el dueño del almacén ubicado al final de nuestra calle, justo en la punta de la loma. Si era sobrino segundo o primo tercero, jamás quedó aclarado. El vínculo familiar terminó por rebajarse a conocido de niño, cuando la gente se enteró de que Severino había pasado una soga por su cuello tras ser abandonado, no por una mujer, sino por un hombre.
¡Escándalo del bueno! Y en su nota suicida ‒se rumora‒ echaba pestes a la gente que no lo dejó vivir en paz, a la par que perdonaba al origen de su desdicha… ¡Esta es la mejor parte! Aquel, cuya sola mención servía para embriagarlo con el aroma de las flores. La frase no es literal, aunque intenta serlo. ¿Acaso hacía falta más? Un forastero con nombre de liliácea desafía rayos y lluvia para alojarse en un caserío de mala muerte, horas después de que otro forastero, en un caserío vecino, se mata en nombre de un amor secreto y condenado.
Sí, ya sé. Nada concluyente, pero en un pueblo como el nuestro, las pruebas venían sobrando, siempre y cuando los indicios resultaran atractivos y suficientes. Y si alguien piensa en la policía, delira. A duras penas contábamos con Celestino y su ayudante de turno. La única guardia del rancho. Con tanto malandro suelto, ladrones de ganado y violadores de vírgenes, a los suicidas no se les atendía. Si eran maricones, menos.
El asalto al banco de Estocolmo era, por mucho, la historia preferida de mi hermano menor.
Y como nadie en casa ‒que no fuera yo‒ ni en la escuela ni en nuestra cuadra le prestaba atención, solía contármela una y otra vez. A veces completa; a veces pedazos sueltos, según el tiempo y su ánimo. Que alguien pudiera pensar ¡uf, qué fastidio! por la repetidera, pero en realidad no. Mi hermano menor tenía una forma muy peculiar de narrar las historias cuando realmente le gustaban.
Para empezar, hablaba rapidísimo. Soltaba las palabras en ráfagas, alzando la voz, casi gritando en aquellas escenas que le parecían más emocionantes y forzando pausas para crear suspenso en otros momentos que, si no fuera justamente por esas detenciones estratégicas, habrían sido punto menos que aburridos. Sobra aclarar que él no inventó el asalto. Sin duda, lo sacó de alguno de sus libros. Bueno, si me pongo muy estricta, debo aclarar que ninguno de los libros era realmente suyo. Padre jamás habría gastado un centavo en comprarlos y a mamá, salvo la Biblia, no le importaba ningún otro título. Eran de la biblioteca de la escuela, donde la encargada le había dado rienda suelta para sacar los que quisiera, a sabiendas de que ningún otro chamaco o chamaca del pueblo se interesaba por la lectura.
El punto es que, según mi hermano menor, aquello de Estocolmo había sucedido en verdad muchos años atrás. Y a mí me maravillaba la existencia de un lugar con tanto frío y gente que hablaba un idioma diferente al nuestro y al inglés que me querían meter en la cabeza los maestros, aunque no había forma de que me entrara. Pero, especialmente, y por encima de toditas las cosas, Estocolmo era un lugar lejísimos, donde los tipos malos se dedicaban a robar bancos, fuera de sus casas, y no a joder familiares, dentro de las suyas. Lástima que sus nombres se me confundieran. A pesar de haberlos escuchado un montón de veces.
El primero, el que empezó todo el lío, era un tal Olsson. Ese llegó con pistolas, metralleta y no sé si también una grabadora de las de antes o algo para poner música porque, en cierto momento, no me pregunten cuándo, solo recuerdo que fue al inicio del asalto, obligó a cantar a un policía al que sorprendió intentando pasarse de listo. Y lo creo de cabo a rabo, eh. Que con una pistola apuntando a la cabeza yo cantaría hasta el Himno Nacional. Y el policía no cantó el himno, pero cantó algo de Elvis Presley. Así, sus compañeros oficiales, apostados afuera del banco, lo podrían escuchar. Imagino que para hacerles saber que se encontraba bien. Bueno, bien no. Si acaso, vivo.
Ahí mi hermano menor siempre decía: ¡Qué loco!, ¿no?, y luego retomaba el hilo de la narración, donde la mejor parte la ponían los rehenes. Eran tres o cuatro. Me parece que cuatro. Da igual, porque de ellos nada más me interesa una: Kristin, que yo prefiero llamar Cristina, por mi tía muerta, y también un poco para no sentirme incómoda comiéndome esa última ‘a’. Si la omito me da la sensación de cena sin postre. Lo cual, además, es irónico que lo diga yo, pues, con suerte una vez al año veía un postre ‒los de Lorenza no cuentan‒ servido a la mesa.
El asunto es que Olsson hizo lo que hacen todos los secuestradores: exigirle a la policía resolverle sus demandas. Más armas, chalecos antibalas y, lo principal, que sacaran de la cárcel y le trajeran a otro criminal amigo suyo, Olofsson. ¿Ven por qué me confundo? Olsson, Oloffson. Que tampoco son manías únicas de Estocolmo. En la punta de la loma viven dos hermanos, Alonso y Alfonso, que vienen a ser más o menos lo mismo. Por los nombres, no por lo criminal. Ya bastante zonzos son.
Pues quién te dice que los cuatro rehenes y los dos criminales se metieron casi una semana encerrados en el banco, conviviendo entre ellos, intimando y hasta quemando dinero para bajarle al frío. Y ¿adivina qué pasó? Esa era una de las pausas dramáticas de mi hermano menor. Y, por supuesto que yo sabía, luego de tantas veces de haber escuchado la historia, lo que venía a continuación, pero igual le respondía: No sé, ¿qué pasó? Pues que Kristin terminó enamorándose del segundo criminal, de Olofsson. ¡Y hasta lo ayudó! Entonces yo abría mucho los ojos y la boca ‒eso le encantaba a mi hermanito‒ y le soltaba: ¡En serio! Y él que sí, y se besaba el pulgar de su puño cerrado en señal de verdad inviolable. Como te lo cuento. La víctima se enamoró de su captor. La buena del malo. Caperucita del lobo. ¡Qué loco!, ¿no?
Recuerdo la primera vez que Lorenza me besó. Fue un domingo, por supuesto. Yo había sufrido amargamente la perorata del padre Evaristo, especialmente pesimista en la misa de aquel mediodía, y, por si no bastara, de regreso en casa, tuve que ayudar a mamá a cambiarle el agua a unos pedidos de tulipanes que estaban comprometidos, a primera hora, para el día siguiente. Llegué a pensar que esa tarde no tendría mi pedazo de libertad, cuando la ocasión surgió de la nada, como sucede siempre con las mejores ocasiones.
Padre anunció que lo ocupaban no sé qué asuntos fuera del pueblo y necesitaba a mi hermano para solventarlos. Mamá ya había quedado con el señor don Jacinto, a propósito de una clase de piano a la que mi hermana se ausentó y que necesitaba recuperar. Podía haberlas acompañado, pero ambas estaban conscientes de que mi comportamiento iba a hacerse insoportable. Si, de por sí, a duras penas me soportaban durante las sesiones ordinarias, arrastrarme un domingo a presenciar cómo mi hermana destrozaba las melodías de compositores clásicos era igual a compartir un estanque con un tiburón hambriento. ¿Por qué mejor no aprovechas y visitas a Lorenza?, sugirió mi madre. Desde aquí se huelen sus pasteles, acotó, suerte y nos regala uno.
Yo intenté mantener mi rictus inamovible y demostrar la mayor ecuanimidad posible. Ni modo, repliqué ‒mientras pasaba por un lado de mi madre para que me escuchara‒, de los males el menor. Ella hizo gesto de que el universo se le cerraba a causa de su hija cascarrabias y yo, para mis adentros, sentí el horizonte abrirse y tenderse a mis pies. Creo que tardé menos de cinco segundos en salvar la distancia que me separaba de la casa de mi amiga. Abrí la puerta sin atreverme ni por un instante a mirar hacia atrás.
Hola, exclamé al entrar, y nadie respondió. Mi amiga no se hallaba en la sala, echada en el sofá entre sus gatos. Algo que acostumbraba hacer a diario. Tampoco en la cocina, si bien humeaban ya un par de pastelillos desde el alféizar de la ventana. Sin duda, los mismos que había visto, olfateado o adivinado, ¿quién sabe?, mi madre desde nuestro hogar. Lorenza tenía que estar en algún lugar. No iba a marcharse y dejar la puerta sin seguro. Además, a esa hora usualmente me esperaba.
La llamé en voz alta. Primero, Lorenza. Después, Blancanieves. No obtuve respuesta ni del piso inferior ni del segundo, donde estaban los cuartos. Me decidí a subir. Noté en mi estómago ese vacío extraño como cuando Pedro quería tocarme y yo hacía como que me resistía sin resistirme en realidad. No era exactamente miedo, era aprensión. Mezcla de incertidumbre y nerviosismo por lo que estaba a punto de suceder y que con Pedro nunca dejé que estallara al final.
Ascendí, despacio. A cada escalón salvado miraba hacia arriba. A la derecha. A la izquierda. Nada ni nadie aparecía. No pude evitar recordar esas películas donde el suspenso daba paso a un terror desmedido. Con Lorenza me equivoqué. Es más. Puedo asegurar que con Lorenza solo cometí dos errores en mi vida. Ese fue uno de ellos. Lo que tomé por una broma de mal gusto, se convirtió en alegría y suave sorpresa.
Al ganar el piso superior, a la entrada del primer cuarto, se encontraba ella. Y debo confesarlo, la magia de su risa me cautivó antes que su atuendo. Y no se trataba de cualquier atuendo. Era el disfraz exacto de Blancanieves. Lo reconocía, sin dificultad, como cualquier jovencita de mi edad.
La falda amarilla, secundada por la blusa azul, de mangas bombachas y el cuello esbelto, medio tieso, que le imprimía un aire aristocrático. Lorenza no había olvidado el detalle de atarse su cabellera con un lazo rojo, idéntico al de los dibujos animados. Pero fue su sonrisa lo mejor del regalo. No se parecía en nada a la carcajada espontánea con que premiaba nuestras ocurrencias. Sus dientes se dejaban entrever con timidez. Y los labios, no es exageración mía, temblaban. Por primera vez la descubrí pendiente de mi aprobación. Sus ojazos enormes, vacilantes. Por primera vez, también, yo pasé a ser la mayor de las dos.
Solo me fallaron los zapatos, dijo para quebrar el embeleso en que me había sumido. Sacó uno de sus pies por debajo de la falda. Iba descalza. Estás preciosa, o algo así, murmuré. ¿Te gusta?, preguntó, al tiempo que extendía la falda hacia los lados y ensayaba un giro para mostrar cada ángulo del vestido. Asentí con la boca abierta. Antes, cuando tenía más o menos tu edad, me encantaba disfrazarme así y pasaba horas frente al espejo. A veces hasta dormía con el vestido. Era otro, claro. Este lo alquilé para ti. ¿Para mí?, susurré. Ella asintió sin abandonar su sonrisa. ¿No te gustaría probártelo? Se acercó a mí. Somos casi del mismo tamaño.
Era verdad. Su cuerpo, grácil y menudo, apenas superaba al mío por un par de centímetros. Yo no supe qué decir. Me tentaba la vanidad de lucir aquel vestido de fantasía, pero me asustaba la idea de que no me sentara o, mucho peor, de que de alguna manera impensable lo fuera a estropear. Vamos, no seas tímida. Lorenza me tomó del brazo y me introdujo a su cuarto. Ayúdame con el cierre. Me dio la espalda y descansó su barbilla sobre el pecho para dejar la nuca al descubierto y facilitar la operación.
