Las multitudes argentinas - José María Ramos Mejía - E-Book

Las multitudes argentinas E-Book

José María Ramos Mejía

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Beschreibung

Las multitudes argentinas (1899), de José María Ramos Mejía, es un estudio de psicología colectiva influido por Psychologie des foules, de Le Bon. A partir de un sociologismo evolucionista, Ramos analiza la dimensión social y política de la inmigración masiva y la gobernabilidad de las masas, y aplica los preceptos positivistas a la historia social. "Las obras de Ramos Mejía (Argentina, 1842-1914), Juan Agustín García (Argentina, 1862-1923) y Jorge Basadre (Perú, 1903-1980) abrieron el camino hacia una nueva historia de Hispanoamérica, hacia una historia social. Tienen las virtudes y los defectos de toda obra fundacional: imprecisión terminológica, manejo de conceptos determinados por las corrientes de la época. Los historiadores que no las tuvieron en cuenta pasaron por alto una riqueza que a ellos mismos les hubiera correspondido rectificar, acrecentar y perfilar. Esa omisión es aún recuperable. Pero la recuperación solo es posible cuando se tenga una visión transparente de nuestro pasado cultural y de nuestra historia, es decir, una visión que no solo censure y que cuando lo haga no confunda la censura con la condena; una visión que no crea que la generosidad en la apreciación de una obra del pasado es necesariamente apología o ignorancia de la última moda. Las creaciones literarias y científicas son inevitablemente efímeras, pero el reconocimiento de la fugacidad no puede inducir a creer que lo que es pasado para una o dos generaciones carece de suscitaciones para las generaciones posteriores, de las que se supone que tienen una perspectiva más amplia." Rafael Gutiérrez Girardot

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2019

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José María Ramos Mejía

Las multitudes argentinas

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Las multitudes argentinas.

© 2024, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN rústica: 978-84-9007-691-0.

ISBN ebook: 978-84-9007-389-6.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

Prefacio del autor 9

Capítulo I. Biología de la multitud 11

Capítulo II. El hombre de las multitudes durante el virreinato 19

Capítulo III. Las primeras multitudes 42

Capítulo IV. Las multitudes de la emancipación 68

Capítulo V. La obra militar de las multitudes de la emancipación 92

Capítulo VI. La multitud de las tiranías 118

Capítulo VII. La multitud de los tiempos modernos 159

Capítulo VIII. La multitud de los tiempos modernos (conclusión) 176

Libros a la carta 193

Brevísima presentación

La vida

José María Ramos Mejía (Buenos Aires, 1849-1914). Argentina.

Historiador, sociólogo y psiquiatra, nació en Buenos Aires en 1849, hijo del coronel Matías Ramos Mejía y Francisca Madero; y creció en la estancia familiar durante la dictadura de Rosas.

Ramos estudió medicina, promoviendo cambios en los estándares académicos y se graduó en 1879, con una tesis titulada Apuntes clínicos sobre traumatismo cerebral. Por entonces trabajó en la Universidad de Buenos Aires, y dirigió la recién creada cátedra de patología nerviosa en 1887. Allí estudió las patologías mentales, siendo considerado uno de los primeros investigadores argentinos de la psiquiatría. Ramos fue asimismo vicepresidente de la comisión municipal de Buenos Aires en 1882, primer director de la Asistencia pública en 1883, jefe del Departamento nacional de higiene entre 1893 y 1899, y presidente del Consejo nacional de educación.

Su primer libro La neurosis de los hombres destacados de la historia de la Argentina, fue publicado en 1887, e influyó historiadores como José Ingenieros, Lucio López y Luis Agote.

Entre sus obras destacan La neurosis de los hombres célebres en la historia (1878), una serie de biografías psicológicas en las que analiza los cimientos científicos de la neurosis; Las multitudes argentinas (1899); Los simuladores de talento (1905) y La locura en la historia (1905).

Como historiador, Ramos rechazó analizar la historia a través de las elites o personas clave, y se centró en los grupos sociales. Ramos incluyó el análisis frenológico de los pueblos históricos, como parte de una tendencia de los historiadores positivistas que combinaban la historia y la ciencia.

Prefacio del autor

Este libro es la introducción de otro titulado Rosas y su tiempo. Pienso que, para conocer a fondo la tiranía, es menester estudiar las muchedumbres de donde salió, como para comprender a estas, preciso es también tomarlas de cuerpo entero, es decir, estudiarlas desde que se delinean en la Colonia y el Virreinato hasta nuestros días, que cobran un nuevo aspecto. Esta es la razón de los dos capítulos finales, complemento necesario para conseguir la impresión de conjunto. Mirando con esa amplitud el tan decantado período de nuestra breve historia política, la visión mental periférica adquiere más ancho diámetro, y al abarcarlo tan de bulto, ese hecho trascendental en los anales del Río de la Plata, obtiene el relieve de una percepción estereoscópica, tomando su ubicación lógica y su natural función en la histórica de nuestro desenvolvimiento político. La función de la plebe argentina es tan importante como vaga y oscura todavía. La hemos condenado sin oírla, mal aconsejados por ese antropomorfismo histórico-político, que nos obliga a asimilar a una persona o figura histórica exclusivamente, las fuerzas ciegas que discurren en las entrañas de la sociedad y que cumplen su destino sin odios ni cariños. Que haya colaborado o producido hechos condenables, no quiere decir que fuera menos eficaz como agente de remotos beneficios en la economía de este organismo; que no por ser social o político deja de tener, como todos, una fisiología, en la que los agentes tóxicos que guarda en su seno, si bien producen acciones nocivas, dejan, a veces, detrás, un beneficio que se aprecia más tarde. Habría que decir como Shakespeare en su Enrique V: «There is some soul of goodness in things evil, would men observingly distil it out», etc. El virus que destruye y mata es susceptible de curar, y la enfermedad, que consume a los organismos valetudinarios puede despertar en los tejidos vigorosos la vida que dormita en la inercia de un intercambio lento y apocado por la falta de naturales estímulos. Como ya lo ha dicho la Fisiología: favorables o nocivos, según la circunstancia de su empleo, medicamentos o venenos, según las dosis, tal es la función de los virus conocidos, tal es también, como trataremos de demostrarlo, la de las multitudes en la historia del Río de la Plata.

Capítulo I. Biología de la multitud

El estudio de la multitud en la historia de América, y particularmente en la del Río de la Plata, está aún por realizarse, y sería curioso determinar con la exactitud posible, cuál ha sido su papel en el desarrollo de nuestro organismo político, es decir, estudiar su biología, como ahora se dice, tratándose de la vida y desenvolvimiento de lo infinitamente pequeño.

La multitud, como entidad social o política, es de antigua data, aun cuando diga Le Bon que apenas hemos entrado en la era de las turbas, ya que antes, según él, solo se constituían en las horas de crisis. Posiblemente en otros pueblos no tuvieron el influjo que parecen tener hoy, que es la época de las influencias colectivas; pero si se estudia la historia, rastreando sus pasos en los acontecimientos más culminantes, se verá que su influjo está muy lejos de ser despreciable.

Por lo que a nosotros toca, hemos vivido creyendo más en la acción personal de los grandes hombres, que en la de las multitudes, cuyo perfil, por cierto bien vago y difuso en nuestros libros y leyendas, apenas se dibuja en las raras obras de algunos historiadores; sin embargo, de que en ciertas épocas, como en los primeros días del período revolucionario, fue soberana y omnipotente. Como dice Carlyle, no siempre la relación de lo que el hombre ha verificado aquí abajo, es la historia de los grandes hombres.1

Buscando en las crónicas e historias la acción de la multitud, verémosla ejercer su influencia desde que comienza en el Río de la Plata la organización de la sociedad hasta pisar los tiempos modernos. Tres puntos hay allí que estudiar con respecto a su fisiología: 1.º la multitud en sí, su organización, composición y papel en los diversos acontecimientos; 2.º los hombres que proceden de ella, y son en toda su psicología, su expresión genuina, una proyección individual de su alma y de su genio; 3.º los dominadores de la multitud, los que, surgidos o no de ella, han tenido calidades de cierto orden que les ha permitido dominarlas, dirigirlas y, a veces, transformarlas.

En determinadas circunstancias, una reunión de hombres posee caracteres nuevos y distintos de los que individual y aisladamente tiene cada uno de ellos. Por una especie de abdicación de la personalidad consciente que desaparece, diremos así, diluida y transformada, los sentimientos y las ideas de todos tienden a ponerse a un mismo nivel y diapasón, a caminar en una misma dirección, de tal manera que su organizado conjunto llega a constituir lo que se ha llamado el alma de la multitud, el alma colectiva, que, aunque transitoria, presenta caracteres bien netos y precisos. Cuando esto sucede, la colectividad se convierte en lo que, a falta de expresión mejor, el lenguaje corriente ha clasificado de turba o muchedumbre organizada, multitud psicológica, formando un solo ser sujeto a la ya conocida ley de la unidad mental de las muchedumbres.2 Cualesquiera que sean los individuos que la componen, generalmente de una misma organización mental, parecidos o no entre sí, por el género de vida que lleven, su carácter o su inteligencia, por el hecho solo de estar transformados en multitud, adquieren esa alma colectiva que los hace pensar, sentir y obrar de una manera diferente de la que pensaría y obrarían aisladamente. Hay sentimientos e ideas que no surgen o que no se transforman en acto sino en los individuos organizados así. La multitud es un ser relativamente provisional, constituido de elementos heterogéneos en cierto sentido, que por un instante se sueldan, como las células cuando constituyen un cuerpo vivo y forman al reunirse, un ser nuevo y distinto.

Hay en realidad una verdadera acomodación psíquica, lo que explica la distinta situación moral del individuo después que ha salido del encantamiento del contagio y de la sugestión que experimentaba dentro de esa prisión moral; si bien ciertas facultades están destruidas o disminuidas, otras se hallan exaltadas en un grado que rara vez se encuentra en el individuo aislado, lo que le permite lanzarse a cualquier acto con una impetuosidad que él mismo desconoce después que torna a su modesta situación de hombre común. Impetuosidad que, como se ha dicho, es más irresistible en las muchedumbres que en el sujeto, porque siendo la sugestión igual para todos, se exagera al hacerse recíproca. Por la sola circunstancia de formar parte de aquellas, el hombre desciende, a veces, muchos grados en la escala de la civilización. En tal caso, no debéis buscar ni inteligencia, ni razón, ni nada que tenga algo que ver con el quieto y sereno raciocinio, que es el privilegio del hombre reflexivo: es puro instinto, impulso vivo y agresivo, casi animalidad; por eso es, en ocasiones, generoso y heroico, pero más a menudo brutal y sensitivo.

Si el hombre moderno de las sociedades europeas, que aislado es culto y moderado, se muestra tan bárbaro cuando constituye muchedumbre, ya os imagináis cómo serían las multitudes americanas formadas por ese elemento más instintivo y violento, más sujeto a los entusiasmos y a los heroísmos de los seres primitivos. Si la muchedumbre europea es tan impresionable y sensorial, tan imaginativa, hasta dejarse frecuentemente arrastrar a la verificación de actos contra sus propios intereses y sus hábitos conocidos, ¡qué no serían estas nuestras informes colectividades, sin el secreto freno de la fuerza de inercia que da la civilización acumulada inconscientemente en el cerebro! Todos los que, con más o menos igual estructura, se sienten dominados por una misma idea o sentimiento, tienden a juntarse arrastrados hacia un mismo lugar, hasta a una misma calle, como si la automática orientación del impulso los gobernara; a proferir las mismas palabras, y lo que es aún más curioso, hasta afectar iguales actitudes, verificar gestos parecidos, cual si un hilo eléctrico uniera los músculos de todos los rostros. La emoción provoca el automatismo. Bajo la influencia de un estado de ánimo penoso o alegre, la actitud del cuerpo se modifica y tiende generalmente a ponerse en flexión, en el primer caso, y en extensión en el segundo. Los músculos del rostro, que son los que están más próximos a los centros nerviosos cerebrales, y que por este hecho reciben rápidamente el influjo, son los más expresivos en su automatismo.3

Basta para comprobarlo analizar las fisonomías de las personas fotografiadas instantáneamente, cuando constituyen muchedumbre, y cuando la emoción de un hecho inesperado las sorprende. Se comprueba por ese medio que los mismos músculos de la cara funcionan al propio tiempo, en el mismo décimo de segundo, en todos los espectadores de una gran multitud sujetos a análogas emociones y aun a pesar de su visible heterogeneidad.4

El automatismo provocado por las emociones vivas es más o menos acentuado, según el grado del desenvolvimiento mental, y necesariamente de su perfeccionamiento nervioso. La vida refleja es el privilegio, si así puede llamarse, de los cerebros primitivos y elementales.

Bajo la acción de un proceso psicológico cualquiera, un número dado de individuos que tengan igual predisposición, experimenta el mismo impulso; una misma idea surge, inesperada al parecer, un mismo sentimiento les conmueve la sensibilidad, llevándolos en parecidas direcciones.

Producido un hecho político o social, grande o pequeño, se sienten solicitados por una secreta tendencia a buscarse para sentir y moverse en común, como si el uno necesitara del complemento del otro; moléculas dispersas antes y que, por obra de esa muchas veces insignificante conmoción, van rápidamente a confundirse en virtud de la inexplicada y misteriosa afinidad que hace tantas cosas grandes en el orden orgánico de la vida. Consumida la fuerza acumulada en sus receptáculos motores y sensitivos, o llenado el propósito que los unía, el encanto se rompe, la separación se opera, y los que antes habían sido casi hermanos se miran con indiferencia al día siguiente, o se rechazan, como si se sorprendieran de haberse visto alguna vez unidos por cualquier lazo. No hay más vínculo entre ellos que el transitorio, aunque vigoroso, que los ha juntado en la comunidad del impulso general y que los puede llevar hasta el heroísmo o hasta el crimen, cuando conservan la cohesión y resistencia, que es la dureza en los cuerpos. Por peculiares motivos de organización mental, ese grupo de personas se siente más conmovido que otro por el prurito de la acción; posee una mayor tendencia a transformar en movimiento una idea; las cosas morales, lo encuentran más susceptible, y el menor acontecimiento, el más leve rumor, que a otros halla indiferentes, lo arroja a él en la vivísima procuración del sonámbulo motor. Constituyen los principales núcleos de la multitud: los sensitivos, los neuróticos, los individuos cuyos nervios solo necesitan que la sensación les roce apenas la superficie, para vibrar en un prolongado gemido de dolor o en la vigorosa impulsividad, que es la característica de todas las muchedumbres.

Por eso estas son impresionables y veleidosas como las mujeres apasionadas, puro inconsciente; fogosas, pero llenas de luz fugaz; amantes ante todo de la sensación violenta, del color vivo, de la música ruidosa, del hombre bello y de las grandes estaturas; porque la multitud es sensual, arrebatada y llena de lujuria para el placer de los sentidos. No raciocina, siente. Es poco inteligente, razona mal, pero imagina mucho y deforme; todo lo quiere grande, ampuloso, porque vive en un perpetuo gongorismo moral, ampliando y magnificándolo todo en proporciones megalomaníacas. Enamorada de la leyenda de cuyo color vive, todo se convierte entre sus manos en cuento de hadas o en fantasías vesánicas; no porque tenga una sensibilidad artística o facultades estéticas exigentes, sino porque careciendo del contrapeso de las funciones superiores del espíritu, todo lo entrega a la sensación y a la tendencia de supersticiosa grandeza, en el sentido bajo de extensión y superficie, que es lo que concibe su imaginación susceptible.

La ilusión, que es la gran deformadora de las cosas, y la alucinación, que es capaz de crear mundos de la nada, aun en el cerebro más palurdo, son a menudo el recipiente en que terminan sus exaltaciones peculiares. Lo que toma entre sus dedos es para achatarlo, estirarlo, deformarlo; por eso veis que de un clavo es capaz de hacer una espada, de una escoba una cruz, y de un vulgar canturriador un Macías enamorado y doliente. Cuenta Stendhal en su libro L’Amour, que en las minas de sal de Salzburgo, los muchachos arrojan en las profundidades de los socavones la rama de un árbol deshojado por el invierno; dos o tres meses después la retiran cubierta de cristalizaciones brillantes, como si algún artista misterioso hubiera transformado aquel palo inerte en feérica fantasía. ¿No encontráis viva analogía en el trabajo de cristalización y arborescencia brillante que produce algunas veces la muchedumbre sobre la pobre rama de la mediocridad y de la inepcia? ¿En las propiedades y virtudes que atribuye al tartufo, en el ropaje de brillantes colores con que viste los cuerpos desnudos y maculados? ¿En este arte, en fin, con que coloca coronas en cabezas que han usado sombrero, lujosas armaduras en cuerpos osteomalásicos que solo han llevado harapos o raídas levitas? Yo tengo mi teoría respecto de la composición de la multitud. Me parece que se necesitan especiales aptitudes morales e intelectuales, una peculiar estructura para alinearse en sus filas, para identificarse con ella, sobre todo. Difiero en eso de Le Bon y de otros, que piensan que puede constituirla aquel señor Todo-el-Mundo de que hablaba Bonet, cualquiera que sea su composición cerebral. Es cierto que en determinados casos sucede, pero por lo que a nosotros respecta, la regla general es que esté constituida por individuos anónimos; sin que esto quiera decir que en contados casos, personas de cierto nivel, convertidas en multitud, no obrasen como tal, según se verá en el curso de este estudio. Individuos sin nombre representativo en ningún sentido, sin fisonomía moral propia: el número de la sala de hospital, el hombre de la designación usual en la milicia, ese es su elemento. El verdadero hombre de la multitud, ha sido entre nosotros, el individuo humilde, de conciencia equívoca, de inteligencia vaga y poco aguda, de sistema nervioso relativamente rudimentario e ineducado, que percibe por el sentimiento, que piensa con el corazón y a veces con el vientre: en suma el hombre cuya mentalidad superior evoluciona lentamente, quedando reducida su vida cerebral a las facultades sensitivas. Un hombre instruido, es decir, que ha almacenado instrucción, puede permanecer hombre de la multitud toda su vida si no ha tenido fuerzas internas para evolucionar. Se ha quedado exclusivamente sensitivo, y sensitivo grosso modo, que no hay que confundir con el sensitivo en el sentido artístico, que es sinónimo de delicadeza, de rapidez y sutilidad de percepción, y de regularidad de intercambio con los aparatos de arriba.

Para que haya multitud, es menester que exista, pues, comunidad de estructura, cierta facilidad de contagio, favorecida por analogías fisiológicas, cierta inminencia moral, para que producida una impresión, todos la reciban con igual intensidad y trascendencia. Tal es la razón por la cual se observa que, sin necesidad de contacto material, se establece entre sus componentes la rápida uniformidad, el análogo y general impulso que los reúne y, como dije ya, los lleva a la acción, en una dirección común a un mismo punto, y tal vez, sin sospecharlo, por el mismo camino. Ahora, cuando en un ambiente propicio hay contacto material, roce de sus valencias morales, entonces su fuerza de expansión estalla como una mezcla explosiva, y la multitud se organiza más formidable y amenazadora. Tiene así la homogeneidad de una orquesta: de todas esas voces reunidas, con sus timbres diferentes sin significación particular, «surge la voz de un solo ser que canta su sentimiento y que truena su pasión vibrante o su odio agresivo».

¿Por qué la multitud será alternativamente bárbara o heroica, sanguinaria o piadosa a la vez? ¿Por qué una misma muchedumbre, y en virtud de qué causas que [se] nos escapan, es aquí temeraria y arrojada, allá pusilánime y cobarde...? Debe pasar en ella algo de lo que acontece en los cuerpos: que sus propiedades resultan de la arquitectura de las moléculas: disimetrías morales, análogas a las moleculares descubiertas por Pasteur. Los ácidos tártricos, para tomar el primer ejemplo que viene a la pluma, son cuatro; todos poseen iguales propiedades químicas y físicas, los productos de descomposición y la estructura son completamente idénticos, y sin embargo, uno desvía la luz polarizada a la derecha, otro hacia la izquierda, el tercero es inactivo, pero puede desdoblarse en los dos primeros, y el último también es inactivo y no puede desdoblarse. Le Bel y Van ’t Hoff explicaron el hecho con precisión diciendo que las disimetrías de las sustancias dependían de la diversa colocación de los átomos que constituyen sus moléculas.

Los hombres también se combinan para formar la multitud, como las moléculas para constituir los cuerpos. Existe, indudablemente, una atomicidad moral, como la capacidad de saturación de los átomos que limita sus valencias. Hay hombres de poca afinidad, que viven, o como el águila lejos de la tierra, o como un misántropo lejos de la sociedad: no se refunden o asocian con nadie, o lo hacen con muy pocos; su atomicidad es escasa, porque se saturan pronto. Las últimas partículas de los cuerpos, que llamamos átomos, no tienen todas el mismo valor de combinación; un átomo de potasio, por ejemplo, se une a uno de cloro, para formar un cloruro; uno de plomo toma dos de cloro; y uno de antimonio toma tres y puede tomar hasta cinco. Esta aptitud diversa que presentan los cuerpos simples para formar combinaciones más o menos complejas con otro cuerpo simple, y que debe ser considerada como una propiedad particular, la tienen los hombres entre sí para atraerse y asociarse de cierta peculiar manera.

A ese hombre de las multitudes deberíamos más bien llamarle el hombre-carbono, porque en el orden político o social desempeña, por su fuerza de afinidad, las funciones de aquel en la mecánica de los cuerpos orgánicos. La afinidad del carbono por su congénere, tal es la causa de la variedad infinita, de la multitud inmensa de transformaciones del carbono, como la del hombre por sus iguales, para formar simples grupos unas veces, verdaderas multitudes, otras. Nadie posee como él la facultad matriz del elemento carbono, esa facultad que tienen sus átomos de unirse y remacharse los unos a los otros, para engendrar organismos tan variables en su forma, en sus dimensiones, en su solidez.5 El calor de la pasión, la irritabilidad que despierta un sentimiento herido, el ardiente estímulo de la lucha, aumentan su afinidad y las valencias del contagio, como un flujo de chispas eléctricas o el efluvio de la descarga oscura puede determinar combinaciones entre átomos que permanecen sin acción los unos sobre los otros, en las condiciones ordinarias.

Esa es, en brevísimo resumen, la fisonomía de la multitud. Más adelante haremos ampliaciones que son indispensables y que completarán su interesante biología.

1 Carlyle, On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History, 1840, lectura 1, pág. 1, edición popular.

2 Gustave Le Bon, Psychologie des foules, París, F. Alcan, 1895.

3 M. Ph. Tissieu, La fatigue chez les débiles nerveux.

4 Edouard Cuyer, Expressions de la physionomie.

5 A. Wurtz, La théorie atomique, 1879.

Capítulo II. El hombre de las multitudes durante el virreinato

Del esfuerzo aislado y anónimo, va a surgir por suave evolución, durante el Virreinato, la multitud, entidad colectiva, y de ella los ejércitos de la Independencia, y el pueblo de la futura república; como del reptil salió el pájaro altivo en las edades remotas de la vida, el noble caballo del hipparion de tres dedos y éste, a su vez, del deforme arquiterium.

Habría que hacer, y sería sugestiva, una historia de los encadenamientos políticos y sociales, como existe ya de los encadenamientos animales, que Albert Gaudri ha demostrado entre los mamíferos de los tiempos geológicos y los de nuestros días; por ese mismo procedimiento veríamos cómo surgen las grandes ideas, a veces de un sencillo sentimiento que en el principio de la vida, apenas si es simple superstición en la conciencia del pueblo primitivo.

La idea de la independencia no nació en la mente como una inspiración o una sorpresa; esas cosas no caen inesperadamente como un aerolito. Un período más o menos largo de acomodación orgánica precede a la completa evolución de eso que, como era lógico, fue un sentimiento más que una idea, si se tiene presente el bajo nivel de cultura de los pueblos. Hasta que la multitud no toma cuerpo, no tiene conciencia de lo que la agita: es un simple prurito de moverse sin orientación fija, de ir contra alguien, de gritar, de hablar, de protestar como si la empujaran de adentro. Mientras la inteligencia duerme, los centros motores parecen irritados. Para pintar su situación moral, me viene el recuerdo de algo parecido a los primeros tiempos de la concepción de una primípara: conciencia confusa de lo que pasa en su ser, ausencia de un sentimiento claro de los fenómenos profundos que se operan en las entrañas, acompañados del vago malestar que anuncia cambios, aspiraciones y deseos exóticos en su índole.

De cuando en cuando estalla, y un levantamiento aislado interrumpe el silencio del Virreinato. ¿Qué quiere?... ¿Independencia? No. Apenas fustigar a los alcaldes y corregidores, estirar esa musculatura que va engrosando demasiado, y luego retirarse tranquilamente a su escondite a continuar la oscura labor, el trabajo anónimo y monótono con que enriquece las cajas del Estado y satisface a medias la voracidad de los encomenderos. La multitud, en un principio, no hace sino perfilarse, moviendo sus miembros dispersos, ensayando sus fuerzas en la inocencia de todos esos tumultos, asonadas locales sin trascendencia, y por los motivos fútiles que la inducen. El pretexto es un escándalo social, la reposición de un cura que no ha solicitado su ayuda, la antipatía platónica a un corregidor, o un motín de estudiantes que conmueve a la docta Chuquisaca; pero en realidad la causa es otra; el pensamiento se va nutriendo, y como las facultades de investigación son escasas en la infancia, cualquiera idea o sentimiento tiende inmediatamente a transformarse en acto: la niñez es bulliciosa y obedece sin saberlo, aun en sus juegos más inocentes, a ideas o sentimientos larvales que van dibujando tendencias definitivas. La muchedumbre que apedrea en 1795 las ventanas del fiscal Escovedo, en Arequipa, cediendo a un sentimiento de burla, es incoherente todavía; apenas si es turba más que multitud. Sin embargo, obedece a ese vivísimo impulso que produce sentimientos en formación, pero todavía demasiado embrionarios para llegar a la conciencia y determinar estados de ánimos definitivos.

Ningún caudillo la incita; es anónima y acéfala todavía. Sola se va formando, sola crece por el propio movimiento de su nutrición, que tiende a hacerse voraz, hasta que por la asociación de los elementos dispersos, que discurren todavía aislados, surja el alma definitiva. En los primeros tiempos es masa informe, aunque palpitante de vida, como el excelso Sarcode de Oken o el Bathybius hoeckeliano, de tan sensacional aparición y que representaba, según el autor de la Creación natural, la aurora de la vida orgánica.

Cuando los necesite creará sus ídolos o sus meneurs, con ese colosal poder de ilusión y de fecundidad deformativa que le conocéis.

Pero antes de ser entidad colectiva, se le ve ser individuo aislado, que una que otra vez se organiza en grupo primero y luego en turba amorfa. Comienza a manifestarse bajo una forma, por cierto digna de estudio, ese hombre de la multitud, especie de encarnación de un pensamiento creador, como diría el místico de Luis Agassiz; y experimenta en su camino avatares interesantes por muchos conceptos. En su estado primitivo es brujo, adivino, embaucador, fraile apóstata y libre-pensador. Ese es su origen, la unidad; como quien diría la célula primera, el grumo aislado de protoplasma. Un rasgo moral que constituye su carácter peculiar indestructible se abre paso entre las sombras de su personalidad brumosa: es siempre protestante contra toda autoridad, es heterodoxo político y religioso a su modo, es sin variar independiente e insurrecto.

Individuos aislados, pululan abundantemente en los pueblecitos miserables de indios y mestizos; en el Alto y Bajo Perú y en la Argentina. La Inquisición de Lima los persigue tenazmente con el fuego y el tormento. Pero ellos le resisten con su audacia de ignorantes, su analgesia de primitivos y, como si los animara la confusa visión de un porvenir remoto mucho mejor, continúan su extraña contumacia.

Los embaucadores e iluminados, que abundan allí donde el candor y la credulidad proverbial de las masas primitivas les sirve de limo fecundo, irritan la imaginación, aguzan el temperamento impresionable y dan a los nervios de aquellos hombres coloniales una susceptibilidad que favorece la recíproca sugestión. El ejercicio de una común sensibilidad y de un isocronismo intelectual acentuado, aunque modesto, constituirá más tarde el alma de la insurrección. Tomemos entre la turba de nombres propios, los más sugestivos que traen los Anales de la Inquisición de Lima y veremos cómo andaba de revuelo el ánimo en aquellos días. La Petrona Saavedra, mestiza de Huancavélica, que se dice enviada de Luzbel, y que llena con sus anécdotas la constante atención de lugares y caseríos, conjuntamente con los sortilegios de Feliciana Canale, natural del Tucumán, los de la mestiza doña Catalina de la Torre y la nueva religión de don José de la Cruz y Coca, marqués de Saavedra,6 dan una idea del estado de la imaginación popular. Vagamente sospechan todos, la sujeción espiritual o temporal y van contra ella por instinto, como contra un fantasma. Aunque por medios disparatados, y con la forma extravagante de la brujería y de la nigromancia, realizan tal vez su obra de precursores grotescos.

Esa ambulante pululación de hechiceros, astrólogos, judiciarios, nigrománticos, casi todos nativos, contribuía de un modo evidente a exaltar el alma de las poblaciones. Por cierto que es extraordinario el número de individuos de esta clase que castigó la Inquisición del Perú; se cuentan por cientos, y es digno de notarse que a la par que hablaban de cuentos de amor y hacían sus hechizos, encantamientos y «cercos eróticos», en sus sortilegios mezclaban incitaciones a la desobediencia, y tendían a despertar en la plebe el sentimiento de una suficiencia profética de fuerzas, toda vez que bastábales invocar al diablo, o a algún santo de su devoción, para salir airosos de sus escabrosas aventuras.

Cualquiera que fuera su estupidez, poseían con todo, cierto espíritu audaz de independencia, porque hacían a sabiendas cosas expresamente prohibidas y brutalmente castigadas por el Santo Oficio; se burlaban de él, y retenían con insolencia sugestiva y «audacia sin igual», todos «los tratados, índices, cartapacios, memoriales y papeles impresos o de mano que trataran de cualquier manera de estas ciencias».7 Muchas personas, decía el terrible edicto de la Inquisición de Lima del año 1659, «menospreciando las penas y censuras de los dichos edictos y catálogos, retienen dichos libros y papeles, lo que es causa a que crezcan estos excesos y el atrevimiento y audacia de las dichas personas».8 A pesar de la amenaza del tormento y de la hoguera, cuya aplicación seguía en aumento, y de la excomunión mayor tatae sentetniae trina canonica monitione praemisa, los rebeldes aumentaban, y en ciertas épocas la herejía queda reducida a las prácticas de esta extraña resistencia al poder religioso y temporal establecido.9

Y lo sugestivo que tiene ese hecho es que era el arriero el héroe de tan bizarras aventuras, o el marinero, el soldado, el vecino oscuro, el humilde fraile, cuando más, que encarnaba eso que podríamos llamar espíritu de rebeldía, con una insistencia creciente que se multiplica y difunde como el contagio epidémico, o como la mancha de aceite, para recordar una vulgar comparación, pero más pintoresca. Sorprende el desparpajo y la incredulidad con que ese hombre anónimo y oscuro trata las cosas más graves del dogma. Allí no más, a las barbas del inquisidor, cebado en el perfume del quemadero, se le dice a un vendedor ambulante de imágenes: mostradme acá esas bellaquerías,10 y se coloca alrededor de una carta de excomunión, una sarta de estiércol a la puerta misma de la catedral.11

¡Cómo han cambiado los tiempos! exclama alarmado el inquisidor Antonio Gutiérrez de Ulloa en carta que escribe al virrey. Palabras «malsonantes dichas con demasiada libertad» vibran con sospechosa frecuencia a sus oídos, y un venticello acentuado de libertad espiritual viene de aquel diabólico Río de la Plata, «patria de herejes y judaizantes».12 De repente ese espíritu de rebelión se amortigua o se interrumpe, y como uno de esos hilos de agua cristalina que discurren por la pendiente y que luego de ocultarse penetrando en el corazón de la montaña surgen de nuevo inesperados pero más anchos y voluminosos, así parece que en el curso de los siglos entrara aquél en la tierra patria a recibir sus fluidos jugosos y brotar a la superficie para no perderse jamás. Pedro Ferreyra, un vil arriero anónimo, tan ignorante como supondréis, dice y lo sostiene en el tormento, «que el estado de los casados es el más perfecto, y que se limpiaría el culo con las excomuniones» (textual).13 Luis Fragoso es otro protestante, confitero, «testimoniado de que impedía a sus dependientes que fueran a misa». Otro desconocido dice de un fraile enfermo: «mas que se muera y que se lo lleve el diablo a él y a cuanto fraile hay en el mundo: para qué son frailes que no son menester».

Una mestiza, natural de Potosí, protesta ante el Santo Oficio «que violar el sexto mandamiento no es pecado»; un soldado, mestizo también (porque son todos nativos los revoltosos), proclama que no hay Dios, porque si hubiera Dios, etc., etc.;14 el llamado Juárez de Ávila, de igual condición social es «testificado ante el Santo Oficio de ciertas palabras que dixo en menosprecio de la excomunión y censura de la Iglesia»,15 y por fin, ya no es posible vaciar aquí los Anales del Santo Oficio de Lima, que están repletos de casos análogos, terminaremos la lista con el de Diego Arenas, un labrador, a quien habiéndole pedido el párroco su cédula de excomunión, so pena de poner su nombre en la tablilla de los excomulgados, dijo «que eso no le daba tres cuartos o tres castañetas».16

Ese pequeño esfuerzo se pierde en las sombras de su modestia, pero es semilla fecunda: es el microscópico protozoario, que unido a otros muchos constituye en la sucesión de los tiempos geológicos, las inmensas montañas, cuyo origen conmovió tanto la discreta serenidad de los geólogos y de los naturalistas de otro tiempo. El hombre de la multitud, no por aparecer tan aislado en ese período histórico, tiene menos importancia que ese grano de trigo, de cuya multiplicación ¡cuántas veces no depende la paz y el bienestar de las naciones! Tenía como él en su seno diminuto el elixir fecundo de la vida, el secreto de prolongarla, por lo menos, con el concurso de algo análogo a las fuerzas que lleva aquél al organismo.

Es el espíritu de rebelión, confuso y oscuro todavía, que se deja sentir en esa forma indeterminada en el alma de la muchedumbre, niña aún. Nadie habla, ni en sueños siquiera, de la independencia política, idea muy remota en la mente todavía sumisa de la plebe. Pero el espíritu, por ese medio, se va habituando a la lucha, adquiere agilidades para moverse y aprende a tomar la allure desenvuelta de la libertad. Es como la primera faz de la idea de la independencia, que ellos mismos no saben que llevan en su seno al estado de ovulaciones, esperando que el tiempo, segura incubadora de las ideas, acabe su obra. Hoy es en forma tan extravagante que se manifiesta el espíritu de rebelión, tan audaz, que desafía los horrores de la hoguera y los dolores del tormento; mañana tomará otra en la sublevación de ese bello Túpac Amaru, hasta que hecho hombre surja en el cabildo abierto del 25 de mayo. Los brujos y nigrománticos que rebajan el brazo de la Inquisición de Lima, en número tan crecido que la historia le dedica muchas páginas, ¿no tendrán un lugar al lado de los antecesores de la independencia americana? Entre la disparatada prosopopeya de su juerga, se abre paso un espíritu libre y a veces altivo; dentro de la exótica exuberancia de palabras inventadas por el delirio de aquellos embaucadores sui géneris, mitad profetas y mitad apóstoles, los vocablos que significan libertad, independencia, etc., etc.; parece que pugnaran por surgir por encima de sus conjuros extravagantes.17 El hecho solo de mirar frente a frente al Santo Oficio, constituye un acto de altiva independencia; será un limo lleno de gérmenes, que irá aumentando con el dolor, y que infiltrándose en el alma adolescente de la multitud despertará fuerzas virtuales, concurriendo a formarla.

Enseñábase en aquella época en carne propia cómo se manoseaban las coronas y las tiaras; era hasta cierto punto levantar las polleras del terrible santón, para mostrar que en vez de miembros, tenía pajas y rellenos hechizos, y que si el brujo humilde podía asumir ante el formidable poder tan irrespetuosa actitud, ¡qué no haría el hombre libre cuando se creyera mayor de edad y apto para ser independiente! Entre las causas más célebres de la Inquisición del Perú, despierta viva curiosidad la de un fraile limeño, llamado Francisco de la Cruz, que encarna, como pocos, ese espíritu tenaz de protesta. Mandado comparecer en audiencia, y «en preguntándole cómo se hallaba, dijo cantidad de palabras feas contra el Santo Oficio y otras nefandas y deshonestísimas». Por este estilo siguió disertando largamente «acerca de la Iglesia del Papa y del nuevo reino que había de fundarse en el Perú».18 Vense cosas extrañas en esos oscurísimos procesos: frases sueltas, ideas truncas, sentimientos que despedazados al quererse exteriorizar, solo han dejado a la luz trozos incompletos que hay que descifrar cuidadosamente. Encontraréis tal vez cosas inesperadas, si procediendo con un espíritu crítico adelgazado, y que os aleje de los peligros de conjeturas pueriles, hojeáis los pesados mamotretos judiciales. Ese fraile, que aun so pena de excomunión mayor ipso facto incurriendo, hablaba y comunicaba con doña María Pizarro, su amante, tiene un valor admirable para sostener sus nebulosas visiones de un nuevo reino; para no sujetarse «sino al Sumo Pontífice» desconociendo el poder de la Inquisición; para apelar «para quien con derecho pudiere y debiere»,19 y por fin para decir en las barbas de aquellos frailes obtusos y sanguinarios que «la Iglesia había errado en las letanías»,20 que San Gregorio decía necedades y, por fin, nada menos: «que los cristianos no están obligados a creer en el misterio de la Encarnación». Ese otro humildísimo franciscano Luis López, es también singular e interesante ejemplo de tan tenaz sentimiento, el abolengo más remoto de la idea de la independencia. Las inclinaciones insistentes a solicitar y fecundar sus hijas de confesión, no son sino una expresión interesante de ese vigor con que profesaban opiniones políticas heréticas y anticipadas en demasía. Asombradísimo y alarmado don Francisco de Toledo, el inquisidor más escrupuloso y de mejor olfato que ha tenido Lima, escribía al rey en carta de fecha 27 de noviembre de 1579,21 que entre los papeles que le tomó el Santo Oficio había escrito «contra el derecho que V. M. tiene allá y sus ministros acá tenemos; el cual habiéndose visto por los inquisidores y entendiendo tocar a V. M. y al dueño y gobierno de estos reinos y al daño que sembrar y persuadir semejantes opiniones suele causar en esta tierra tan amiga de novedades», y más adelante «V. M. mandará ver la libertad con que algunos de éstos tratan las cosas de vuestro real servicio y la ambición y soberbia de que siempre me pareció tener alguna parte este clérigo como que quería meter la mano y tratar de vuestros reales derechos».22 Asimismo, le hacía cargos el fiscal, de cartas y papeles en donde se vaciaban doctrinas alarmantes, «escriptos, decía, de su propia letra en el cual habla y apunta cosas muy graves contra su majestad, contra los obispos y prelados de la Iglesia, contra su estado religioso y contra su propia orden y religión, contra el Virrey y la Audiencia».

Lo propio sucedió en otras ciudades del virreinato. Porque el frailecriollo colonial era esencialmente insurrecto, por naturaleza y hasta por necesidades de su ministerio. Al principio es independiente del poder civil; más por antagonismo de supuestas jerarquías y orgullo, que por obedecer a un propósito político. Pero de todos modos lo es y concurre a soliviantar las tendencias de las masas y a dar pábulo a la idea de insurrección. En Lima es profeta nigromante y apóstol clarividente, como se ha visto; en Buenos Aires, donde aparece siempre como rival nato de toda autoridad seglar, francamente independiente y revolucionario. Hablando de ellos dice García en su Régimen colonial,23 «son orgullosos, se sienten superiores y saben que por su inteligencia, moralidad y su ideal de la vida no admiten comparación con el funcionario real más o menos corrompido, regularmente cohechable». En otra parte agrega: «el fraile es agresivo e insolente con los funcionarios reales, porque los desprecia».24 Los padres Parra y Miranda,25 hablan también de la vida independiente del fraile colonial.

Desde el púlpito, el franciscano anónimo azuzaba las pasiones contra las providencias del gobierno con frases indiscretas y poco meditadas.26 De esta manera, observa el virrey, «las determinaciones del gobierno se hacían el asunto común de las conversaciones y, en cierto modo, de una popular inquietud, viniendo a ser su predicación no de paz sino de guerra y sedición». Por otra parte, estaba acostumbrado a mandar entre los indios, a vivir solo, satisfecho de sí mismo y de su vida. Ese fraile volandero, es un heterodoxo político y un revoltoso, inconsciente por lo general, si se quiere, pero al fin insurrecto; comunicativo y contagioso, sobre todo, porque está en diario e íntimo contacto con la masa popular, y distribuye ese espíritu de rebelión en el ánimo necesariamente predispuesto del criollo matrero y peleador. Hablo naturalmente del fraile anónimo, del fraile multitud, que discurre por siglos en la baja, aunque noble medianía, como otro hombre-carbono, sin ascender jamás a los altos puestos o a la conquista final de un nombre que lo consagre persona en la superficie visible. Recogiendo yerbas medicinales en los campos, porque son también herbolarios metódicos27 y curanderos clarividentes, catequizando indio o estudiando sus lenguas enrevesadas y a veces impenetrables, predican con el ejemplo, cuando no lo hacen con la palabra, esa independencia de todo poder temporal que fue limo activo del instinto de la independencia política. Todavía, cuando el viajero moderno atraviesa una de esas ciudades argentinas del norte, encuentra en algún fraile provinciano genuino, al descendiente medio degenerado de tan peculiar misionero; rastro sobreviviente de una estructura extinguida.

De alma aventurera, pero mansa, mezclábase a las multitudes insurrectas y las animaba al combate y a la muerte heroica. El bello y escaso representante que aún sobrevive, es un tipo particular del monje de convento mediterráneo, que no conocemos en la capital, habituados al hombre sensual y vegetativo que puebla nuestros claustros, poco nacionales todavía. Un fraile animado de cierto género de piedad mundana, que le permite rozarse con el pueblo en la franca y fácil cordialidad que la mojigatería de otro convento prohibiría solemnemente. Hombre ingenuo, de espirituales inocentadas que la tonada sabrosa colorea, y que nuestra refinada malicia tomaría a veces como liviandades de su desvergüenza, cuando no son más que las recias invectivas, arrojadas, por su índole franca y transparente, sobre el vicio sorprendido por la perspicacia suya. Hay mucha gracia en ese rabelesianismo de sabor provinciano que anima su lenguaje exótico, en ese tipo que se despide para siempre ahuyentado por la natural evolución; yo lo he conocido y penetrado en mi niñez, y me parecía verle surgir como una dulce materialización del espíritu argentino de otras épocas, en el cuerpo enjuto y tras el rostro tostado del místico herbolario, que a pie recorría todavía el inmenso valle o la empinada cuesta confesando, comulgando, bautizando y evangelizando a su modo; o que sobre el lomo de la paciente mula, que así y todo volaba por la ladera y los llanos, bajo las hincaduras de su acicate grosero, iba de rancho en rancho recogiendo el diezmo escaso que le asignaba bondadosamente la multitud de aquellos pagos, vestal supersticiosa de una tradición que el tiempo va borrando, como el aire y la lluvia las inscripciones de los monumentos modestos que consagraban nuestro civismo.

El hombre terrible para el Santo Oficio y para la meticulosidad siempre alarmada de los virreyes, era el hombre de la multitud argentina. No sé qué rara impresión les causaba; parecían experimentar la vaga sensación de un peligro remoto, porque pasaban el tiempo mirando a la frontera, y en perpetua y vigilante actitud defensiva. Estaban convencidos de que Buenos Aires era el vivero prolífico de herejes, del libre examen y de aquel espíritu de rebelión que tejía, diremos así, apresuradamente, su red misteriosa con hilos que parecían flotar alados en la atmósfera. Guiados por instinto previsor de la animalidad, dirigían la vista y el oído hacia aquí, de donde les llegaba como ecos de ruidos subterráneos, el rumor de la tormenta. El suave perfume de la tierra mojada por las primeras gotas de la lluvia, transformábase, para su olfato torpe, en áspera sensación de sangre, y las brisas sanas que cantaban en el aire salmos de vida y de luz, les irritaban los pulmones, acostumbrados a otras atmósferas menos oxigenadas.