Las órdenes del amor - Doreen Roberts - E-Book

Las órdenes del amor E-Book

Doreen Roberts

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Beschreibung

El oficial de policía Tyler Jackson estaba indignado. En su opinión, el hecho de que algunas mujeres se empeñaran en ser tan fuertes como los hombres no hacía más que complicar su trabajo. Por si necesitaba que se lo confirmaran, las clases de defensa personal que se vio obligado a impartir a Megan Summers se saldaron con un brazo en cabestrillo... y ahora, se sentía obligado a ejercer de enfermero. Por supuesto, él solo estaba acatando las órdenes de sus superiores. Sus atenciones hacia Megan no tenían nada que ver con aquella preciosa sonrisa ni con sus maravillosos ojos...

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Seitenzahl: 231

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 ©

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Las ordenes del amor, n.º 1457 - mayo 2021

Título original: The Marriage Beat

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-558-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

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Capítulo 1

 

 

 

 

 

LOS PROBLEMAS», pensó Tyler Jackson, «normalmente se presentan de tres en tres». Cabe añadir que estaba tirado de espaldas sobre el duro y frío suelo de la Comisaría Central de Policía cuando se le ocurrió tan profundo pensamiento.

El porrazo que, de repente, acababa de recibir en mitad del estómago, y que lo había dejado en aquella poco elegante posición, era su problema número uno. La joven que se estaba quitando de encima de su estómago tenía toda las trazas de ser el número dos; en cuanto al número tres, prefería por ahora no pensar en cuál podría ser.

–Lo siento –dijo la mujer, sin aliento–. Cuando lo he visto, ya era demasiado tarde. ¿Cómo está?

Pues no estaba nada bien. Ella acababa de incrustarse contra él, a unos noventa por hora, lo había derribado, y se le había caído encima. Añádase que el suelo estaba muy pulimentado y, como ya se ha dicho, tremendamente duro, y el resultado es fácil de comprender. A Jackson le estaba costando recuperarse.

–Tenía muchísima prisa. Necesito ayuda.

Tyler miró desde el suelo a su atacante. Llevaba una minifalda negra y una camisa de seda color verde agua, que hacía juego con sus ojos. Unos ojos preciosos, por cierto. Tyler procuró desviar su atención de ese hecho, y concentrarse en cambio en la preocupación que se leía en ellos. Apoyándose en las manos, se puso en pie de un salto, y preguntó, un poco secamente:

–¿Cuál es el problema? ¿Le han hecho daño?

–No, estoy perfectamente. Se trata de mi bolso. Me lo ha quitado un hombre, de un tirón, y ha salido corriendo con él –lo tomó del brazo y tiró de él–. Vamos, o se escapará, si no se da usted prisa.

–Un momento, no se acelere –Tyler se soltó el brazo–. Primero, tengo que saber qué ha sucedido exactamente.

–Se lo acabo de explicar –le señaló con impaciencia la puerta–; me acaban de robar el bolso, y necesito que alguien me ayude a perseguir al ladrón, para recuperarlo. Ahora mismo.

–Lo que tiene que hacer –dijo Tyler, sacando una libreta del bolsillo– es calmarse, y explicarme dónde ha sucedido esto.

–Ha sido en la acera sur de la Avenida Park, pero ya no está allí, porque salió corriendo y se metió por una bocacalle. Pero, si va tras él, quizá pueda alcanzarlo.

La reacción instintiva de Tyler fue pasarle el caso a un compañero, al que fuera. Aquella mujer significaba problemas. No se trataba únicamente de que tuviera un pelo rubio precioso, labios sensuales, o una figura capaz de derretir a cualquiera, aunque con todo aquello ya bastara. Lo peor, sin embargo, era su forma de hablar. Si algo le había enseñado la experiencia, era a evitar a las mujeres mandonas, y ésta parecía tener la flexibilidad de una excavadora.

–¿Qué aspecto físico tenía? –preguntó, apoyando con deliberada calma el lápiz sobre el cuaderno.

–Mediría como uno setenta y cinco, era delgado. Llevaba pantalones vaqueros y una chaqueta oscura –hizo una pausa, entrecerró los ojos para concentrarse, y siguió–. Con el pelo oscuro, largo y sucio, sin afeitar. Creo que no le vendría mal una ducha. Lo reconoceré en cuanto le ponga la vista encima. Dése prisa, por favor –en su voz se percibió una nota de desesperación–. No puedo quedarme sin el bolso; no me lo puedo permitir. Toda mi vida está ahí dentro.

Aquella muestra de vulnerabilidad le hizo más mella. Se trataba de una persona que estaba en un apuro, y su deber era ayudarla. A fin de cuentas, se dijo, cuando chocaron, él salía a la calle, así que volvió a tomar las llaves de su coche, y se dirigió a la puerta. Ya había bajado la mitad de la escalinata cuando ella lo alcanzó.

–Espere un momento, que voy con usted –le anunció, y su tono dejaba claro que lo desafiaba a negarse.

Aunque eso era precisamente lo que le apetecía, al ver su expresión de ansiedad, cambió de idea.

–De acuerdo. Podrá indicarme por dónde se fue.

La condujo al patio trasero del edificio, revisó rápidamente el coche patrulla, y le abrió la puerta delantera derecha.

–Suba.

Tuvo un momento de vacilación, pero se sentó en el asiento del copiloto, cubriéndose las rodillas con las manos, muy formalita, mientras él se ponía al volante con la sensación, que no habría podido justificar, de que estaba a punto de producirse una catástrofe. Puso la radio en marcha y comunicó que partía.

–Mi apellido es Jackson –dijo, mientras ponía en marcha el automóvil–. Me parece que no he oído su nombre.

–Me llamo Megan Summers, oficial Jackson.

–Muy bien, Megan, ¿dónde me dijo que había sucedido esto?

–En la acera sur de la avenida Park, casi esquina a la calle Clay –iba sentada completamente rígida en el asiento, siempre tapándose las rodillas que su minifalda dejaba al descubierto–. Yo fui detrás de él mientras siguió corriendo por la avenida, pero, al torcer por una bocacalle, lo perdí de vista.

–¿Así que lo persiguió? –preguntó Tyler, con cara de pocos amigos–. No debió hacer eso. Ninguna víctima, ni ninguna otra persona debe nunca perseguir a un criminal. Siempre hay que dar por supuesto que irá armado, y que estará dispuesto a utilizar la fuerza.

–Yo no tenía intención de detenerlo. Lo único que quería era averiguar hacia dónde iba.

–Es igual de peligroso. Si se da cuenta de que lo van siguiendo, puede volverse y disparar, simplemente para entorpecer la persecución. Como sistema para hacerse matar, es casi infalible.

–No soy una niña –le respondió con tono de rebeldía–. Puedo andar sola por las calles.

–Señora –le dijo, con una sonrisa–, no hay ninguna mujer que pueda andar sola por determinadas calles, y muy pocos hombres, si a eso vamos.

–Estamos en Portland, capital de Oregón –le dijo, en un tono que revelaba el poco efecto que le hacían sus admoniciones–. Habla usted como si estuviéramos en los barrios bajos de alguna gran ciudad.

–Cuando el que tiene enfrente es un hombre perseguido, con un arma, lo mismo daría que estuviera en un parque de atracciones –frenó al llegar a un semáforo en rojo, y se volvió para mirarla con gran severidad–. La bala la mataría igual, en cualquier parte.

–Bueno, me parece que está usted exagerando –contestó, levantando la barbilla–. Yo no vi ningún arma. No me estaba arriesgando tanto.

Él tenía sus dudas. Estaba viendo confirmado todo lo que le había parecido instintivamente. Esa mujer iba a traer problemas. No había nada más peligrosos que una mujer vulnerable, que se cree invencible, y que no está dispuesta a atender a razones. Era evidente que la señora Summers no llevaba bien que nadie le dijera lo que le convenía. Ya había conocido mujeres así –la verdad es que había estado casado con una, y el que ese matrimonio hubiese terminado en desastre no hacía más que confirmar que tenía motivos para pensar como lo hacía.

–Vamos a recorrer un poco la zona –dijo, renunciando a continuar con aquella discusión por el momento, y acercándose a la acera–, pero no creo que esté por aquí todavía.

–Tenemos que dar con él. No puedo consentir que se quede con mi bolso.

–¿Hay algún otro detalle que recuerde del ladrón?

–Ya se lo he contado todo.

–Entonces, vuélvamelo a contar –y fue escuchando la descripción que nuevamente le daba mientras recorría con la vista ambas aceras.

–Dejé de verlo cuando giró por esa calle –le dijo ella, indicando con la mano la esquina en cuestión, ocupada en ese momento por un camión enorme, que salía marcha atrás de una zona de descarga.

Tyler esperó a que el camión completase la maniobra, y después giró. Ya había pasado la hora punta del almuerzo, pero quedaban suficientes personas circulando por las aceras para que resultara problemático identificar al ladrón.

–Dudo mucho que vayamos a encontrarlo ahora –le dijo, una vez recorridas varias manzanas–. Ha tenido tiempo de sobra para desaparecer.

–Habrá algo que pueda usted hacer –le dijo Megan, muy molesta–. ¿No puede pedir ayuda, o lo que sea?

La verdad es que él no había contado en ningún momento con poder localizar de ese modo al sospechoso. Había pasado demasiado tiempo, y no eran sitios para esconderse lo que faltaba en aquella zona. Con los datos disponibles, se había hecho todo lo posible, y no le hizo ninguna gracia que ella diera por supuesto que no hacía bien su trabajo.

–He hecho todo lo posible, por ahora –contestó, sin alterarse–. He investigado en el lugar de los hechos. Ahora volveremos a la comisaría para que presente la denuncia. Le pasaré a usted unas fotografías, a ver si puede identificar al sospechoso.

–Y, mientras tanto –el antagonismo que había en su voz era inconfundible–, estará por ahí, gastándose mi dinero. Además, yo ya tendría que estar de vuelta en el trabajo. Ya me he tomado mucho más tiempo del permitido.

–Estoy seguro de que lo entenderán, cuando les explique la situación.

El semáforo se puso en verde, y arrancaron, pero, al hacerlo, el oficial Jackson vio cómo cerraba los puños su acompañante, y notó, simultáneamente, que no llevaba alianza.

–Con una denuncia no se va a conseguir que aparezca mi bolso. Yo prefiero seguir buscando a ese tipo.

–Y arriesgando su vida. Por no hablar de las vidas de las demás personas que pudieran encontrarse en la línea de fuego. Le sugiero que deje el trabajo policial para las personas que contamos con cualificación para hacerlo.

Empezó a decirle algo, y se calló de repente. Luego siguió, menos impetuosamente:

–Me temo que no tengo tiempo para trámites. ¿Me puede dejar aquí mismo? Muchas gracias.

–Bien, señora Summers –dijo, lentamente, dándose perfecta cuenta del esfuerzo que acababa de hacer para controlarse. Casi le daba pena–. Me temo que tengo que insistir. Se ha cometido un delito, y mi deber es hacer todo lo posible para detener al culpable. Si tiene el más mínimo interés por recuperar lo robado, le sugiero que colabore conmigo. Le doy mi palabra de que me daré toda la prisa posible.

Ella se volvió a echar hacia atrás en el asiento, con tanta fuerza que chocó contra el hombro del conductor. No dijo, sin embargo, nada, y él tuvo la satisfacción de tener la última palabra. Por ahora.

Megan mantenía el mismo silencio furioso cuando llegaron a la comisaría. En su mente, había establecido que el oficial Jackson tenía que ser el policía más autoritario, arrogante y despótico de todo el Cuerpo. También era suerte, haber ido a dar con alguien así. Tuvo que entrar detrás de él en una sala llena de mesas con personas trabajando, y de ruido, enfadándose más con cada paso que daba.

La verdad es que era una auténtica lástima, que un hombre tan guapo tuviera que ser tan estúpido. Era alto, pero no demasiado, algo menos de uno ochenta, pero tenía un tipo atlético, de esos que exigen muchísimo entrenamiento. No pudo evitar observar lo bien que le sentaban los pantalones del uniforme, aunque levantó la vista de inmediato. Tenía el pelo oscuro y liso. Llevaba todavía las gafas de sol que se había puesto para conducir, pero recordaba el color de sus ojos, entre azul y gris, cuando la miraba desde el suelo.

Sentía que hubiera sucedido aquello. Tenía tanta prisa por encontrar un policía que la ayudara, que había dado la vuelta a la esquina sin pensar que podía venir otra persona. Se había incrustado contra él, y la verdad es que se tenía que haber llevado un buen golpe. Y luego se había resbalado y ambos habían acabado en el suelo, pero él había amortiguado su propia caída, así que, una vez más, debía de haber llevado la peor parte, con diferencia. Tenía un recuerdo vívido de la dureza de su cuerpo, debajo del suyo. El oficial Jackson la condujo hasta una mesa, situada en un rincón de la oficina.

–Siéntese, señora Summers –le dijo, a la vez que le indicaba una silla frente a dicha mesa.

–Gracias –se sentó al borde de la silla, y recorrió con la mirada una hilera de certificados que había colgados en la pared, detrás de la mesa. También había fotos. En una de ellas vio al propio Jackson, dándole la mano a otro oficial de policía.

–Bueno, vamos a ver –se sentó a su mesa, y abrió un cajón–. Empezaremos con su nombre, dirección y número de teléfono –sacó el cuaderno que llevaba en el bolsillo, y lo dejó encima de la mesa. Megan le dio sus datos, percatándose al hacerlo de que todos sus documentos de identificación habían desaparecido con el bolso. Carnet de conducir, tarjeta de la Seguridad Social, tarjetas de crédito, por supuesto…

–Tengo que llamar, para anular mis tarjetas de crédito –dijo de repente, interrumpiendo la pregunta que él le estaba haciendo.

–A su debido tiempo. ¿Dónde trabaja?

–En la agencia de viajes Stairways Travel Agency. Por lo menos, allí trabajaba todavía esta mañana.

Él dejó pasar el comentario, y tomó nota en su cuaderno.

–¿A qué hora sucedieron los hechos?

–Hará una hora –dirigió la mirada al reloj que había en la pared, sobre la cabeza del policía–; ya le ha dado tiempo de sacar el máximo autorizado en cada una de mis tarjetas.

–Pero usted no estará obligada a afrontar el descubierto –repuso Tyler Jackson.

–Hay una franquicia de cincuenta dólares, que sí tengo que pagar yo, y, sumadas todas, va a ser un pico.

Ante aquello, no le quedó más remedio que permitirle que hiciera las llamadas necesarias. Cuando estaba terminando, se acordó de un nuevo contratiempo, y le preguntó:

–¿Cómo voy a entrar en mi apartamento, sin las llaves?

–Seguro que el encargado tendrá una llave de repuesto. ¿Me puede volver a describir al hombre que le robó el bolso?

Ella lo volvió a describir, a toda velocidad, y con enfado creciente. Se estaba tomando todo con mucha tranquilidad, pensaba, teniendo en cuenta que había sido víctima de un ataque a plena luz del día, en una calle del centro. Al oficial Jackson no le parecería una emergencia, puesto que no era a él a quien le habían robado, ni a quien, dicho sea de paso, le estaban dando nulas esperanzas de recuperar lo robado.

Las preguntas parecían no tener fin, ni tampoco demasiado sentido. Megan iba contestándolas, sin dejar de mirar el reloj, cada vez más impaciente y con mayor frustración. Le iba a hacer falta mucha suerte para tener un trabajo al que regresar cuando acabara aquello, si aquel incompetente no dejaba pronto de preguntar bobadas. Era muy difícil concentrarse en aquella sala tan ruidosa, donde no paraban de sonar teléfonos y parecía que todos hablaban al mismo tiempo, separados por mamparas no muy altas. Había un policía enorme de pie, apoyado en el umbral de una puerta, no muy lejos de ellos, que no le quitaba ojo, como si estuviera pendiente de la conversación.

–¿Cuánto llevaba en efectivo? –le preguntó Tyler Jackson, bolígrafo en mano.

–¿Y qué más da? –la paciencia de Megan se había agotado– A estas alturas, ya se habrá volatilizado todo, ¿no? ¿Algo de esto va a servir para que recupere el bolso, o lo que quede de él?

–Probablemente, no.

–¿Y, entonces, por qué estamos perdiendo el tiempo? Ya podríamos haber dado con aquel tipo, si hubiéramos seguido buscándolo en la calle, en lugar de escribir toda esta información inútil.

–A usted podrá parecerle inútil, señora Summers –dijo Jackson, y su mirada azul reflejaba una cierta hostilidad–, pero, para hacer nuestro trabajo, nos hacen falta todos los detalles. Si nos hubiéramos quedado a buscar a ese hombre, incluso si lo hubiéramos encontrado y detenido, tampoco podría garantizarle que iba a poder acusarlo. Hay que llevar a cabo todos los trámites, siempre.

Megan estaba empezando a darse cuenta de la enormidad de la pérdida que había sufrido. A estas alturas, probablemente, le habrían vaciado las cuentas, lo cual significaba, además, que los bancos devolverían cheques extendidos por ella, y tendría que dar explicaciones, amén de más formularios que rellenar y más llamadas telefónicas que hacer. Miró con ira a Tyler Jackson, como si fuera todo culpa suya.

–Me parece que no se da usted cuenta de lo que significa haber perdido toda la documentación, aparte del desastre financiero.

–Comprendo que esté usted molesta, pero, por desgracia, cosas así suceden de vez en cuando. ¿No tiene usted parientes, que puedan echarle una mano?

–Mi madre vive en la otra punta de la ciudad, y tiene sus propios problemas. No pienso cargarla con los míos.

–Bueno, no está mal. Hay mucha gente que no cuenta ni siquiera con eso.

Entre los cuales, cabía suponer, figuraba él, dedujo Megan de la amargura que rezumaba su comentario. Había vuelto a enfrascarse en su cuaderno, y movía la cabeza, como si sus propias palabras lo hubieran molestado.

–Me gustaría sugerirle que cambie las cerraduras de su casa, por precaución. Quizá le interesara, además, aprender defensa personal. La policía da cursos cada dos meses. Con eso tal vez se libraría de hurtos parecidos.

Megan abrió la boca para contestarle con acritud, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Después de todo, a lo mejor no era mala idea. Lo consideró un momento.

–De acuerdo, ¿cómo hago para inscribirme?

Al policía parecía haberlo tomado desprevenido por completo la pregunta. Se la quedó mirando, sin expresión, un rato, y luego echó una ojeada a un calendario que había colgado en la pared.

–Me parece que va a tener que esperar hasta el otoño; ahora mismo, los cursos están completos.

–¿Jackson? ¿Puedo hablar con usted un momento?

La orden, porque aquella pregunta era una orden, procedía del policía grandón que estaba de pie. Tyler lo miró y asintió con la cabeza.

–Vuelvo ahora mismo –le dijo a Megan–. Tendrá que firmarme un par de impresos, antes de marcharse.

Exasperada por la nueva demora, Megan vio a los dos hombres desaparecer por la puerta junto a la que se encontraba el otro policía. Estaba empezando a darle la sensación de que nunca conseguiría salir de aquella sala. Volvió a mirar las paredes, y se acercó a examinar más de cerca la fotografía que le había llamado antes la atención. En ella, Tyler Jackson estaba recibiendo una condecoración por su valor. Debía de haberse tomado hacía unos cuantos años, porque el policía aparecía mucho más joven, sonriendo a su superior, y ella había empezado a dudar que aquel hombre supiera sonreír. Tenía un aspecto muy diferente en aquella fotografía, más alegre, y bastante más atractivo, sin el entrecejo permanentemente fruncido. Los certificados colgados en las paredes probaban que Jackson había arriesgado su vida más de una vez. A pesar de su irritación, Megan empezaba a sentir admiración por aquel policía tan adusto. Sentía debilidad por los hombres fuertes y responsables, aunque no es que hubiera conocido a muchos a lo largo de su vida. No cabía duda de que Tyler Jackson era un hombre valiente, y ella empezó a preguntarse cómo se habría producido la transformación de aquel agradable joven en el policía cínico y antipático que, al parecer, era actualmente. La verdad era, pensó al volver a sentarse, que, si no hubiera sido por la molesta costumbre que tenía de darle a ella órdenes como si fuera una chiquilla, en lugar de una mujer de casi treinta años, podría haber sentido tentaciones de conocerlo más a fondo.

 

 

El capitán Richard Stewart siempre se había interesado por la vida personal de sus hombres. Creía firmemente que, para ser un buen policía, a un hombre le hacía falta contar con un hogar feliz y estable. Creía, no menos firmemente, que la vida personal de Tyler Jackson estaba, por decirlo suavemente, bastante alejada de ese ideal. Si no estaba mal informado, Tyler vivía solo en un estudio diminuto, se alimentaba básicamente de comida basura, y no dormía lo suficiente. Apenas se le veía sonreír, y, que el capitán recordara, nunca había contado un solo chiste a sus compañeros. En otras palabras, la vida de Tyler Jackson era una porquería, y el capitán Stewart se temía muy mucho que, cualquier día, eso le llevaría a una falta de concentración que podría costarle a Tyler la vida. Lo que el oficial Jackson necesitaba, en resumidas cuentas, y siempre según el criterio de su superior, era una esposa, o novia, que le conviniera, alguien con temperamento suficiente para hacerle frente y obligarlo a cuidarse. No era, claro, que el capitán hubiera decidido que Megan era la mujer adecuada, pero se trataba de una joven de buen ver, que parecía una dama, y, además, bastante cabezota. Así que, mientras ellos mantenían su tensa entrevista profesional, en la mente del capitán, que los observaba, arraigaba la convicción de que entre ambos existía una chispa. Por pura responsabilidad y devoción al deber, pues, el capitán Richard Stewart decidió echarle una manita al destino –digámoslo así–, empujando a ambos en la dirección correcta. Por eso había llamado a Tyler Jackson a su despacho. Tyler, que estaba todavía alterado por su intercambio de opiniones con Megan Summers, se sentó delante de la mesa del jefe, observándolo con precaución. No era nada frecuente que tuviera que entrar allí, y estaba intentando hacer memoria de en qué podía haber metido la pata recientemente.

–Jackson –dijo Richard Stewart, cruzando las manos sobre su voluminoso estómago–, me ha parecido que la joven a la que está atendiendo preguntaba por un curso de defensa personal. Tyler asintió, preguntándose a qué vendría ese interés.

–Ya le he dicho que, actualmente, las clases están completas.

–Eso he oído –dijo el capitán, recostándose en su sillón, e inspeccionando el techo–. Parece una joven muy independiente.

–Sí, señor –repuso Tyler, haciendo una mueca–. Mucho.

–En cuyo caso, creo que le harán mucha falta esas clases. Son las mujeres independientes las que se meten en problemas.

–Eso, desde luego –murmuró Tyler–. Le he sugerido que se matricule en el curso en septiembre.

–Ah – aquello parecía tener un asombroso interés para el capitán–, en tal caso, Jackson, quizá lo mejor fuera tomar medidas especiales para esta joven.

–¿Qué entiende usted por «medidas especiales»? –preguntó Tyler, cada vez más escamado.

–Creo, oficial Jackson –el capitán había dejado de pasear la vista por su oficina, y miraba ahora directamente a Tyler, y hablaba con extraordinaria claridad–, que debería empezar las clases inmediatamente.

–Pero si las clases están llenas –Tyler lo miraba de hito en hito–. Además, los cursos están más que empezados. Los monitores no podrían ocuparse de la señora Summers, si empezara el curso ahora.

–Exactamente; motivo por el cual creo que debería recibir clases particulares.

–¿Clases particulares? Pero si…

–Y que usted debería impartírselas.

Tyler dio una doble patada al suelo al rebotar en su asiento

–¿Qué? ¿Por qué yo? ¿Está usted chalado… –y, ante el cambio de expresión del capitán, Tyler añadió, rápidamente– …, señor?

–No, no estoy «chalado» –repuso Stewart, con paciencia–. Lo único que me parece es que esa joven estaría mucho más segura si estuviera capacitada para defenderse en caso de necesidad.

–No hay duda, pero… podrá esperar hasta el otoño, ¿no?

–No me lo parece.

Tyler estaba persuadido de que el capitán debía de tener algún motivo ulterior para ordenarle lo que le estaba ordenando, siempre con una severa expresión profesional, pero no entendía en absoluto de qué podía tratarse. Se aclaró la garganta.

–Lo siento, capitán, me gustaría colaborar, pero tengo un horario muy apretado. No dispongo de tiempo para dar clases de defensa personal a nadie en este preciso momento. Quizá más adelante…

Había ocasiones en que la expresión del capitán Stewart podía llegar a ser verdaderamente torva, y ese preciso momento era una de tales ocasiones.

–He dicho «ahora», Jackson. Le sugiero que haga un hueco.

–Pero… –Tyler hizo un último y desesperado intento.

–Y es una orden.

Tyler tuvo que apretar los labios para impedir que se le escapara un juramento. Dejó transcurrir uno o dos segundos, y consiguió responder, en voz baja:

–Sí, señor.

Ya se dirigía hacia la puerta, cuando el capitán volvió a llamarlo:

–Jackson.

Aguardó, con la mano en el picaporte.

–Esta semana, Jackson. Nada de más adelante.

–Sí, señor –Tyler consiguió decirlo, sin abrir demasiado la boca. Al salir, cerró la puerta con algo más de energía de la necesaria. El capitán estaba perdiendo la cabeza. ¿Clases particulares de defensa personal? ¿De dónde se suponía que iba a sacar tiempo para darlas? Pero, ¿ por qué tenía que perder el poco tiempo libre de que disponía haciendo llaves con aquella contribuyente que, por un lado, no tenía más que quejas de la policía, y, por otro, tenía aspecto de partirse si se le ponía un dedo encima? Sólo de pensar en tener que tirar al suelo a Megan Summers, se ponía malo. Pero, el pensar encima que tenía que enseñar a Megan Summers a tirarlo a él, era intolerable. Y lo último de lo último, tuvo que admitir Tyler, muy a su pesar, arrastrándose, más que caminando, de vuelta a su mesa, era que, por un breve instante, cuando Megan Summers se había levantado de encima de él, había notado una respuesta bastante inequívoca en una parte de su anatomía que llevaba mucho tiempo inactiva. Así que ya se había manifestado el problema número tres. Y ése, para Tyler, era, con diferencia, el peor de todos. Si iba a tener que pasarse las próximas seis u ocho semanas haciendo ejercicios cuerpo a cuerpo con una mujer que le producía semejantes reacciones, aquello iba a ser un desastre.

Al aparecer el oficial Jackson, Megan lo miró expectante. Traía una expresión todavía más adusta de lo habitual. Era evidente que no le habían dado buenas noticias, así que decidió prudentemente no abrir el pico de momento.

Una vez acomodado de nuevo tras su mesa, se quedó mirando el cuaderno tanto tiempo que Megan, intranquila, empezó a sospechar que lo que le habían dicho tenía algo que ver con el robo de su bolso. Ya estaba a punto de preguntarle algo, cuando lo vio arrancar una hoja del bloc, al tiempo que la miraba, con una expresión tan truculenta que se olvidó de lo que iba a decirle.

–Lea esto, y firme aquí –le dijo, secamente, colocando la hoja delante de ella.

La leyó sin entender nada, consciente de que él la observaba con la expresión que seguramente llevaría a los funerales, y que, naturalmente, le produjo una gran inquietud. Le temblaba un poco la mano al firmar, cosa que hizo rápidamente, devolviéndole el papel.

–¿Me puedo ir ya?

–Dentro de un momento –le respondió, y siguió mirando la dichosa hoja como si nunca la hubiera visto. La estaba poniendo negra. Era obvio que algo lo tenía atenazado, y parecía tener que ver con ella, pero no se podía pasar la tarde allí sentada, esperando a que se decidiera a comunicárselo.

–Oficial Jackson…

–Señora Summers…

Habían hablado los dos al tiempo, y Megan se calló, aguardando.

–Señora Summers –dijo Tyler Jackson–, se me ha autorizado a ofrecerle clases particulares de defensa personal, que empezarían de inmediato.