Las preferidas de entre mis muertes - Robert Shearman - E-Book

Las preferidas de entre mis muertes E-Book

Robert Shearman

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Beschreibung

Robert Shearman, con su visión tan personal de la fantasía, nos presenta unos personajes cuyas formas de enfrentarse a la vida desnudan, de un modo singularmente cómico, ciertas formas de vivir, ciertos roles adquiridos. Y consigue que exclames: ¡qué horrible es todo esto! "Una brillante colección con una extraordinaria visión cómica. Las preferidas de entre mis muertes debería situar a Shearman junto a Roald Dahl, Douglas Adams e, incluso, Philip K. Dick, como un narrador excepcional y muy original" (Martin Jarvis) "Alejados del morbo, cada uno de estos relatos posee una comicidad extraña y una peculiar lógica interior. Aunque su humor es indudablemente gótico, también es inteligente y extrañamente emocionante, melancólico, onírico, extraordinariamente bello. Shearman plantea estos relatos desde un inusual enfoque cómico que, sin negar la oscuridad de sus historias, las transmuta en algo que las hace comprensibles a través de su singularidad". (The Metro)

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Seitenzahl: 337

Veröffentlichungsjahr: 2021

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LAS PREFERIDAS DE

ENTRE MIS MUERTES

Un libro de

Robert Shearman

Traducción

Roberto Pino Botella

Ilustración de cubierta

Juan Alberto Hernández

Corrección de galeradas

Santiago García Soláns

Cristian Arenós Rebolledo

ISBN 978-84-123051-9-7

© 2007 by Robert Shearman

© de la presente edición

La máquina que hace PING!

Primera edición Junio 2021

La máquina que hace PING!

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón

España

www.lamaquinaquehaceping.com

[email protected]

(+34).670.386.111

A mi querida esposa, Janie —mi ratoncilla—, que cuando lee las cosas raras que escribo no se echa las manos a la cabeza. Y como no sabe ni una palabra de español no tendrá ni idea de lo cariñoso que estoy siendo con ella aquí.

Espiral mortal

A primera vista, parecía una disculpa. Pero cuanto más se releía —y se releyó mucho ese día, y se revisó, y se analizó, y los gobiernos de todo el mundo hicieron declaraciones al respecto, desestimándolo primero por considerarlo un montaje, pero tomándoselo más en serio a medida que avanzaba la tarde, hasta que por la noche podrías jurar que habían estado involucrados en todo esto desde el principio—, cuanto más se leía no podías evitar sentir un poco de decepción. Era casi paternalista.

Esto es lo que decía el mensaje:

«Lo habéis entendido todo mal. Y lo sentimos, porque es culpa nuestra. Si os hubiéramos dejado las cosas más claras desde el principio, nada de esto habría pasado.

Os proporcionamos la noción de la muerte. Pensamos que os haría quedar por encima de los demás animales, que os daría una mayor perspectiva para vivir vuestras vidas de un modo fructífero, en paz y felices. Pero todo ha ido espantosamente mal, ¿no es cierto?

Estáis obsesionados con la muerte. Desde la infancia. Parece que desarrolla vuestra imaginación de una manera absolutamente enfermiza. Contáis todas las calorías de cada lata del supermercado, vais al gimnasio dos veces por semana solo para sentir que podéis retrasarla un poco más. Os inyectáis Botox en las mejillas y os ponéis bolsitas de plástico en los pechos para engañaros, para parecer más jóvenes, para sentir que la muerte aún no es una posibilidad. Y luego, cuando la muerte finalmente le acontece a algún conocido, vais a largos y aburridos funerales y os sentáis en duros bancos guardando un sombrío silencio, vestidos con ropas elegantes que pican, esperando ese vino del montón y esos rollos de salchichas. Y con la creciente certeza de que pronto será vuestro turno, los rollos de salchichas se comerán por ti.

Estáis asustados y sois infelices. No podemos culparos. ¡Veros hace que también nosotros nos sintamos mal!

Las moscas, los gusanos y las llamas saben lo que hay. Entienden que la muerte es sólo una parte del proceso. Tanto como lo son el nacimiento y la reproducción. Algo que hay que evitar cuando no es necesario, y aceptar cuando lo es. Y así, las moscas, los gusanos y las llamas tienen un mejor control de lo que se espera de ellas, para ser tan buenas moscas, gusanos y llamas como puedan ser, y no dejan que todo esa carga mortal se interponga en su camino.

Como hemos dicho, lo sentimos. Cometimos el error de ofreceros un poco de conocimiento, cuando nada de nada habría sido lo más sensato. Teníamos la esperanza de que no necesitáramos explicároslo todo, pero no os preocupéis, es culpa nuestra, no vuestra. Así que vamos a acabar con esto.

Consideramos que quitaros la noción de la muerte sería lo mejor. Pero flotaba un sentimiento general de que sería una pena volver atrás, y que ya tenemos suficientes moscas, gusanos y llamas en esas circunstancias. ¡Se nos salen por las orejas! Así que, a partir de mañana, esperad que las cosas sean de otro modo. Será un nuevo capítulo. ¡Para vosotros y para nosotros!

Y mientras tanto, por favor, aceptad nuestras disculpas por las angustias que os hemos causado».

Verás, era difícil ignorar ese tono de decepción paternalista. Sobre todo después de múltiples lecturas del mensaje. Algunos intelectuales muy conocidos aparecieron en los programas de debate, esa noche, para quejarse de que se les hubiera hablado de manera tan condescendiente con tanta nitidez.

—Después de todo —refunfuñó uno—, ¿qué esperan? Si van a convertir los secretos de la vida y la muerte en un crucigrama, acabarán quejándose con contundencia cuando todos nos sentemos a tratar de resolverlo.

El primer mensaje había cogido, naturalmente, a todos por sorpresa. En todos los países del mundo, en cada televisión, en cada radio y en cada periódico, aparecieron esas palabras. Todas en el idioma del país en cuestión, por supuesto. Muchos estudiaron las diferentes traducciones, sólo para ver si podían encontrar algún significado oculto, pero por toda conclusión dijeron que: a) las palabras alemanas pueden ser irritantemente largas y nunca emplean una sílaba cuando pueden emplear seis, y que: b) el francés es muy romántico. Así que nadie se lució.

A la mañana siguiente todo el mundo se quedó pegado frente a la televisión. Incluso los escépticos, que insistían con terquedad en que todo era un elaborado número de magia. Esperaban, con la respiración entrecortada, ver qué trucos venían a continuación. Y en aquellos países donde el asesinato sin premeditación formaba parte de la vida cotidiana de todos, los ejecutores se sorprendieron a sí mismos conteniéndose por una vez, y sintonizando para ver si los asesinatos que ejecutaban tan despreocupadamente tenían algún significado más profundo. En Gran Bretaña, la BBC ni siquiera se molestó en preparar sus programas. Y así, cuando el segundo mensaje, finalmente, no apareció, dejando sin explicar la vida, la muerte y otros asuntos, a la BBC le pilló por sorpresa y se vio obligada a transmitir una serie de documentales de Sabiduría Normanda. En todo el mundo, la emoción dio paso a la decepción y, luego, a la ira. Es muy probable que hubiera habido disturbios en las calles, causando derramamientos de sangre y muertes, si no hubiera sucedido algo.

Así que mejor que sucediese. Por supuesto, a algunas personas les llevó un tiempo darse cuenta de que sucedió. Estaban tan atentos a la pantalla de televisión que ignoraron el ruido en el buzón, el ruido del correo diario que caía sobre la alfombra. Si se hubieran parado a pensar que todos los carteros estaban en casa, igual que ellos, quizás hubieran prestado más atención.

Los sobres eran de color marrón claro, suaves al tacto, y parecían como hechos de pergamino, como los manuscritos medievales. No llevaban sellos, y los nombres no estaban escritos a mano, estaban impresos. Había uno para cada miembro de la casa, sin distinción de que fuese joven o viejo. Dentro, cada destinatario encontraba una tarjeta con su nombre y apellidos. Y, debajo, tan claro y sin disculpa ninguna, había un breve comentario de cuándo y cómo iba a morir su destinatario. Algunos pobres desafortunados, ya fuesen ancianos u obesos, se asustaron tanto con la noticia que murieron en el acto... y la tarjeta que tenían en sus manos muertas predecía eso mismo con exactitud. A veces, la explicación era ligeramente discursiva y estaba repleta de información. Arthur James Cripps se enteró de que: «morirás dentro de catorce años y seis días, ahogado, después de haber sido tirado desde un puente por un Nissan Micra; en realidad, si el agua no acaba contigo, morirás minutos después debido a que la colisión en cuestión te destrozará los riñones». Mucha gente se enteró de que iba a morir de cáncer. Sin fruslerías, sin más detalles, sin contexto. La palabra «cáncer» en la tarjeta lo decía todo, como si quién la tecleó se hubiera aburrido tanto de martillar la palabra tan a menudo que se le comían las ganas por pasar a muertes más interesantes, en otros lugares.

Las emisiones de Sabiduría Normanda se interrumpieron, y las noticias se centraron en los buzones. El conocimiento por anticipado era algo espantoso, peor que consultar los resultados de un examen o el estado de la cuenta bancaria después de unas vacaciones particularmente caras. Los progenitores de familias numerosas tuvieron que pasar por esa tortura una y otra vez, obligados a enfrentarse a lo que les sucedería, no sólo a ellos, sino también a su descendencia. Y si bien, necesariamente, algunos se horrorizaron ante las malas noticias (una niña de doce años que iba a morir de meningitis, una niña de tres años cuyo destino final sería ser secuestrada al salir de la escuela, unos siete años más tarde, para ser violada y estrangulada y cuyo cuerpo nunca se encontraría), la mayoría se fue a la cama, esa noche, con cierta tranquilidad. Al menos, ahora lo sabían. Puede que sólo les quedara un mes, un año, cincuenta años, pero al menos lo sabían. De hecho, las ventas de cigarrillos casi se triplicaron de la noche a la mañana, ya que tanto los fumadores como los no fumadores se percataron de que todo el esfuerzo por no poner la salud en riesgo era, ahora, innecesario. Si no te iba a matar, ¿por qué no retomarlo? Y si te iba a matar, bueno... estaba predeterminado, ¿no? Además, podías disfrutar mientras durasen tus pulmones.

La única persona que no se tranquilizó fue Henry Peter Clifford.

Harry nunca pensó que fuese una persona especialmente importante. Incluso en sus momentos arrogantes o prepotentes (los cuales, en su opinión, habían sido pocos y ya quedaban lejos) tan solo se había visto impelido a describirse a sí mismo como alguien mejor que la media. Asumió con naturalidad, en esa fatídica mañana, que su sobre, simplemente, aún no había llegado. Eso no era nada nuevo para Harry, sus tarjetas de felicitación de cumpleaños siempre llegaban tarde, sólo recibía postales cuando todos los demás ya habían recibido las suyas. Su esposa Mary leyó su propio destino con manos temblorosas, y lo único que él podía pensar era que, probablemente, tendría que esperar hasta mañana para pasar por lo mismo. Pero al día siguiente tampoco llegó ningún sobre para él, ni al otro día. El mundo había cambiado ligeramente, pero para Harry todo parecía, más o menos, seguir igual.

El Gobierno estableció, rápidamente, una serie de centros de ayuda para hacer frente a la crisis, por lo que al cuarto día en que Harry aún no se había enterado de cuándo iba a morir, cogió el autobús para ir a la oficina de asesoramiento al ciudadano. Ahora, las calles eran mucho más peligrosas; los coches circulaban a toda velocidad, pues sabían muy bien que no iban a sufrir un trágico accidente, y los peatones circulaban con una impunidad similar. El conductor del autobús lanzó su vehículo de ocho toneladas de metal rojo colina abajo con la certeza de que no se jugaba nada, mientras Harry se agarraba al asiento para evitar salir despedido por el pasillo. Únicamente deseaba estar a salvo.

Había una cola sorprendentemente larga en el centro de ayuda, lo cual le animó un poco. A pesar de la larga espera que tendría que soportar, le tranquilizó el pensar que otros también estaban sufriendo complicaciones. Pero resultó que estas personas de la cola sólo buscaban asesoramiento sobre el duelo por unas muertes que aún no habían ocurrido. De hecho, la rubia bastante sosa de detrás del mostrador le indicó a Harry que él era la única persona que no había recibido un sobre de defunción.

—Bueno, ¿qué puedo hacer al respecto? —preguntó Harry, y ella se encogió de hombros como si el descuido fuera, de alguna manera, culpa de él—. ¿Hay alguien a quien pueda escribir? —la mujer le dijo que como nadie sabía de dónde habían salido los sobres, no había nada que ella pudiera hacer—. Pero si no sabéis nada de todo esto, ¿por qué habéis creado un centro de ayuda? —la mujer se encogió de hombros otra vez, y llamó al siguiente de la cola.

—¿Puede que la haya perdido por ahí? —le dijo su secretaria alegremente—. Que cayera por detrás de los cojines del sofá o algo así. A mí siempre me pasa eso —la secretaria le dijo todo esto con alegría, pues sabía que su propia muerte, dentro de sesenta y siete años, sería indolora. Moriría agónicamente por un fallo cardiaco en un congreso sexual junto a un chico sudamericano mucho más joven que ella—. Debería mirar debajo de los cojines otra vez —dijo, lo cual no le fue de mucha ayuda.

El problema era que todos parecían compartir el escepticismo de la secretaria, y lo expresaban con mucha menos cortesía. Al principio se mostraron perplejos por las escandalosas afirmaciones de Harry de que no tenía ningún sobre. Se había quedado fuera de ese milagro global que los había cambiado a todos, como si fuese el único que todavía afirmaba que el mundo era plano cuando todos los demás habían aceptado que era una puta esfera, muchas gracias. Entonces se enfadaban pensando que estaba intentando llamar la atención.

—¿Por qué no has recibido un sobre? ¿Qué te hace tan especial?

Normalmente, Harry no pensaba de esa manera, para nada; al contrario, se preguntaba por qué el universo lo consideraba tan insignificante como para ser el único a quien ignorar. Se preguntó, a lo lejos, si le gustaba más la idea de ser señalado por ser la persona más importante del mundo, o por ser el menos importante. Y decidió que no le gustaba demasiado ninguna de las dos cosas, francamente.

—Me temo que tengo que prescindir de ti —le dijo su jefe—. Ya sabes, no ha sido decisión mía. Pero tengo jefes, y ellos tienen jefes, y, ya sabes... —sonrió—. Ya sabes cómo funciona esto.

Hubo cierta controversia sobre el derecho que tenían los empresarios a conocer la esperanza de vida de sus empleados. Las empresas argumentaban que, sin duda, era relevante el hecho de que pudieran esperar que su personal siguiera prestando un buen servicio, o que tuvieran que adaptarse al hecho de que cayeran muertos a diestra y siniestra. En las entrevistas de trabajo, los que no llegarían a ser empleados perdían frente a los candidatos que podían demostrar que tenían la longevidad de su parte, y los que ya trabajaban se encontraron con que sus jefes preferían deshacerse de ellos rápidamente antes de otorgarles costosos seguros médicos. El gobierno dijo algo poco comprometido sobre la ley de protección de datos y la confidencialidad de los empleados, pero también que cualquier organización tiene derecho a esperar que sus empleados sean productivos por completo. Nada de todo esto ayudó mucho a nadie. Cuando a Harry se le pidió, por primera, vez que mostrara su sobre de defunción en el trabajo, el hecho de que no pudiera hacerlo se interpretó como que tenía algo terrible, contagioso y, sin duda, funesto, que ocultar.

Su jefe le mostró otra de esas sonrisas.

—En verdad, tienes suerte —dijo—. Dejar este trabajo es lo mejor que te puede pasar. Diviértete. Disfruta el resto de tu vida. Ojalá yo pudiera —añadió con aparente pesar—, pero parece que a este viejo que hace tic-tac le quedan otros cuarenta y siete años. ¡Puta mierda! —extendió la mano para darle un buen adiós a Harry y, a su pesar, Harry se la estrechó.

Más tarde, esa noche, su esposa le dijo que se marchaba.

—Puedo conseguir otro trabajo —dijo Harry—. Nada importante, lo sé. Pero hay muchos trabajos temporales, a ellos no les importa si desapareces o no. Podemos conseguir que esto funcione, Mary.

—No, no podemos —dijo Mary. Y le contó que cuando tuvo el sobre de defunción en su mano, asustada por abrirlo y averiguar cuánto tiempo le quedaba, se hizo una promesa. Si sólo tengo un par de años, pensó, si eso es todo lo que me queda, entonces me voy de aquí. No voy a desperdiciar más la vida. Porque sólo andamos por aquí una vez, y se me está escurriendo entre los dedos. Debería estar escalando montañas, explorando desiertos, buceando y durmiendo con gente que funciona sabiendo lo que hay. Ese será el regalo que me haga. Si tengo dos años o menos, dejaré a Harry.

—Pero —señaló Harry con delicadeza—, no te quedan dos años. Te quedan treinta y ocho. El cáncer no te pillará hasta dentro de treinta y ocho años.

—Lo sé —dijo Mary—. Y me sentí muy frustrada. Entonces, me di cuenta. Si estoy tan frustrada que prefiero estar muerta antes que vivir contigo, entonces no debería vivir contigo. Adiós, Harry.

No pudo rebatir eso.

Mary no era una mujer despiadada. Comprendió que Harry no sería capaz de ganar dinero con facilidad, mientras que para ella, gracias a su estado vigoroso y aún no cancerígeno, el mundo era una ostra. Le dejó la casa y mucho dinero. También le dejó el gato, lo que a Harry le pareció una lástima, ya que nunca le había gustado mucho. Mary le dijo que quería empezar el resto de su vida lo antes posible, y se fue por la mañana. Y, por supuesto, mucha gente de aquí y de allá siguió el ejemplo de Mary. Aquellos que se dieron cuenta de que el final estaba a la vista decidieron que esta era su última oportunidad de ver mundo. Miles de ancianos ingleses volaron a América, y miles de ancianos americanos volaron a Inglaterra, de forma que, al final del día, más o menos el mismo número de enfermos y moribundos deambulaban por las calles de ambos países, sólo que con otro acento. Con su típica habilidad, Disney decidió explotar esta nueva tendencia del turismo del fin de la vida. Usaron un lema: «Haz que el final de tu vida sea el momento de tu vida», el cual tenía cierto atractivo. Si podías demostrar que te quedaban tres meses o menos, tenías derecho a descuentos en todos los parques temáticos, y a tratamiento VIP una vez que pasabas los tornos. Había una cola especial para los casi muertos. Un Mickey Mouse o Goofy, del tamaño de un hombre y sobriamente vestido, les mostraba con respeto los recorridos. Resulta que la iniciativa tuvo tanto éxito que la cola de los casi muertos era, a menudo, más larga que la ordinaria, pero eso no importaba, los poseedores de esas entradas seguían sintiendo que se les daba un trato especial. Y la asistencia aumentó aún más cuando los ancianos, que siempre habían jurado que ser centrifugados por el aire en una montaña rusa sería su muerte, se percataron de ahora tenían pruebas concretas de que, de hecho, no lo sería.

Harry no tenía muchas ganas de visitar Disneyland, aunque si su tiempo fuera a acabarse pronto, seguro que hubiera querido irse a algún lado. Pero no podía permitirse unas vacaciones. Los subsidios de desempleo no habían sido exactamente abolidos, pero era difícil justificar por qué se debía dar una ayuda cuando el sobre de defunción mostraba que quedaban otros saludables cincuenta años por delante y que no se estaba a punto de morir en la miseria. Y todo intento de Harry por conseguir dinero se frustraba ante la ausencia de ese sobre. Así que, cuando una mañana llegó, a través del buzón, Harry se puso contentísimo.

Al principio no pudo creer que de verdad estuviera ahí. Había perdido la esperanza de que apareciera en algún momento. Pero no había duda, ese color marrón que no se encontraba en ninguna otra parte, la suavidad al tacto.

Lo abrió a toda prisa. No le importaba cuándo o cómo moriría. Mientras tuviera pruebas de que, de hecho, finalmente moriría.

Ponía estampado:

«HENRY PETER CLIFFORD»

Y abajo, tipografiado:

«Esperando más información».

Harry lo miró fijamente. No se podía creer lo que veía. Le dio la vuelta a la tarjeta, esperando algo más. Algo que le dijera que era una broma, que no se preocupara, que iba a ser empalado en una estaca de madera esa misma tarde, cualquier cosa. Pero en vez de eso, con bolígrafo, alguien había escrito: «Perdón por los incombenientes».

A medida que pasaba el día, mientras hacía las cosas habituales: desayunar, ponerle comida al gato, ver la televisión por la tarde, Harry se preguntaba si esa disculpa garabateada podría ser, incluso, la letra de Dios. Sin embargo, seguramente, no. Seguro que usaría a uno de sus subordinados, algún santo, o ángel, o vicario, o a alguien. Siempre imaginó que la letra de una divinidad sería un poco más ornamentada. Y que sería capaz de escribir correctamente la palabra «inconvenientes».

A la mañana siguiente pensó que podría haber otro sobre, como continuación del último. No lo había. Pero llamaron a la puerta.

Lo primero que vio Harry fue el sobre, y no el hombre que lo sostenía.

—Creo que debería leer esto —dijo, y se lo mostró a Harry con nerviosismo.

Ansioso, Harry leyó el nombre en la parte superior, y se decepcionó al instante.

—Jeffrey Allan White. Ese no soy yo.

—No, soy yo —dijo Jeffrey Allan White.

—No entiendo nada —contestó Harry. Le ofreció la tarjeta al señor White para que la recuperara.

—Ese no soy yo —repitió inútilmente.

—Por favor —dijo Jeffrey—, lea el resto.

Y Harry lo hizo. Y después la volvió a leer. Miró fijamente a Jeffrey durante unos instantes, y vio a un hombre de unos cincuenta años, un poco desaliñado, más bajo que la media, regordete y tan asustado como él.

—¿Puedo entrar? —preguntó Jeffrey. Harry asintió y se echó a un lado.

Harry no sabía qué hacer con su visitante misterioso. Lo condujo a la cocina. Sin decir nada, le indicó que se sentara. Jeffrey sonrió torpemente en agradecimiento. El gato estaba emocionado porque alguien nuevo estuviera en la casa, y saltó al regazo de Jeffrey.

—Lo siento —dijo Harry—. ¿Le gustan los gatos...?

—Soy un poco alérgico —respondió Jeffrey—. Pero ya da igual.

—¿Quiere algo de beber?

—Estoy bien, gracias.

—¿Un café o un té...?

—Un café entonces, gracias.

—Solo tengo descafeinado...

—Un descafeinado está bien.

—¿Con Leche?

—Sí. Gracias.

Ambos guardaron silencio mientras Harry preparaba la cafetera. No fue hasta que el agua estuvo a punto de hervir que Harry pensó que debía decir algo.

—Pero ni siquiera le conozco.

—No, ya lo sé.

—Pero yo no… entonces, ¿por qué...?

Jeffrey sonrió, pero era la sonrisa nerviosa de quien no tenía respuesta alguna.

—Gracias —dijo mientras se tomaba el café—. Gracias, está bueno —añadió.

—¿Para qué ha venido? —le preguntó Harry—. Quiero decir, yo me hubiera marchado.

—Pero, en realidad, ¿a dónde podría irme?

Harry se encogió de hombros.

—Bueno... A cualquier parte.

—Casi no vengo —dijo Jeffrey en voz baja—. Cuando me enteré de cómo iba a morir... casi me río, era tan preciso. Mi esposa es una de las que tienen cáncer, ¿cómo puede evitar eso? Pero si sabes que vas a morir a manos de Henry Clifford en el número 23 de Sycamore Gardens, el 16 de septiembre, parece una cosa muy fácil de evitar. Si me hubiera preguntado la semana pasada —dijo mientras le daba un trago a su café, aún demasiado caliente—, le habría dicho que este era el último lugar del mundo al que hubiera ido.

Harry esperó pacientemente a que Jeffrey continuara hablando. Jeffrey no podía mirarle a los ojos, miraba al suelo.

—Pero si no fuera verdad, si pudiera evitarlo, entonces nada tendría sentido, ¿verdad? ¿No es así? No sé si puedo seguir con eso presente. No estoy seguro de poder hacer frente al mañana, cuando en realidad supongo que, para empezar, no vaya a ver ese mañana. ¿Todo esto para qué? Mi hijo —añadió—. Mi hijo y yo nunca nos hemos llevado bien, no habíamos hablado desde hacía años. Cuando se enteró de que yo iba a morir volvió a ponerse en contacto conmigo. Hemos estado yendo al pub. Charlando. Como amigos. No como familia, sino como amigos —miró a Harry, implorante—. Tiene que ayudarme. Tiene que hacerlo. Aquí pone —y agitó despacio el sobre frente a Harry—, pone que lo hace aquí mismo.

—No sé ni cómo apuñalar a alguien. No sé si puedo hacerlo —silencio—. Quiero decir, es el hecho de clavarlo... creo que podría hacerlo si tuviera que dispararle, ya sabe, a distancia...

—Aquí pone «apuñalamiento».

—Sí, ya lo sé.

Ambos se acabaron el café.

—Quizás —sugirió Jeffrey al final—, podría simplemente sostener el cuchillo. Y yo podría correr hacia él.

—Bueno —dijo Harry—. Podríamos intentarlo.

Tanto Harry como Jeffrey estaban temblando cuando Harry abrió el cajón de la cocina y miró los cuchillos.

—¿Tiene alguna preferencia, o...?

—Mejor coja uno que esté bien afilado —dijo Jeffrey.

La primera vez que Jeffrey corrió hacia el cuchillo de Harry, Jeffrey mantuvo los ojos cerrados. El problema fue que Harry hizo lo mismo. Así que no chocaron correctamente, y lo más grave que Jeffrey sufrió fue un corte en el brazo.

—Ouch —dijo Jeffrey.

—Lo siento —dijo Harry.

—De ninguna manera puede ser esto mortal —dijo Jeffrey—. Deberíamos intentarlo otra vez.

Esta vez Jeffrey, al menos, mantuvo los ojos abiertos. Harry lo intentó, pero en el momento del impacto no pudo evitar acobardarse.

Así que todo lo que sintió fue el cuerpo de Jeffrey gimoteando sobre el suyo, y una extraña succión mientras extraía el cuchillo. Cuando Harry se atrevió a mirar, quedó horrorizado al ver que había sangre por todas partes, en sus manos, en el suelo y, por supuesto, en el vientre de Jeffrey, que era por donde había entrado el cuchillo.

—Lo siento —dijo Harry—. Lo siento. ¿Le duele?

Jeffrey estaba tendido en el suelo, sollozando, agarrándose la herida.

—Otra vez —dijo—. Otra vez.

Harry miró toda esa sangre, el rostro agonizante de Jeffrey, y se puso nervioso. Se fue a toda prisa, cerrando la puerta de la cocina una vez hubo salido.

Una hora más tarde, abrió la puerta despacio, como si no quisiera despertar a su invitado.

—Jeffrey —susurró—. ¿Aún está vivo?

—Por favor —dijo Jeffrey, y su voz era gutural ahora—, acabe conmigo.

Harry se lo quedó mirando fijamente. Y entonces:

—¡No! —le dijo al gato, cuando este se adentró en la cocina y comenzó a lamer la sangre con curiosidad—. ¡Fuera de aquí, vamos! ¡Fuera! Voy a cerrar la puerta —le dijo Harry a Jeffrey con delicadeza—. Le dejo con lo suyo —Harry intentó ver televisión, pero le costaba concentrarse. Más tarde, esa misma noche, volvió para ver cómo lo estaba llevando Jeffrey. Jeffrey no podía hablar, pero le miraba con grandes ojos llenos de desesperación. Harry dudó. Entonces agarró un pesado rodillo, se situó sobre su víctima y le apuntó a la cabeza.

—No —dijo Jeffrey—. Apuñalamiento. Pone que es por apuñalamiento. —Y Harry se volvió a marchar, decidido a ver lo que fuera que echaran por la tele, y a intentar concentrarse en ello.

Poco antes de medianoche Harry afrontó el hecho de ir a la cocina otra vez. Sintió alivio al ver que Jeffrey estaba, por fin, muerto. Y que había muerto el 16 de septiembre, aunque el proceso había tardado más de lo que ninguno de los dos había previsto. Harry miró a los ojos a Jeffrey, como si tratara de encontrar alguna verdad en su muerte, pero todo lo que vio fue una mirada vidriosa. Pensó que tenía que mover el cuerpo. Pero se dio cuenta de que, con todo lo que se había preocupado por su muerte, no había pensado, ni por un momento, en lo que debería hacer después. Y entonces decidió irse a la cama, y afrontar ese problema por la mañana. Al fin y al cabo, Jeffrey Allan White no iba a irse por ahí.

Esa noche Harry durmió mejor de lo que creía que cualquier asesino tenía derecho a dormir. Tan profundamente, de hecho, que sólo se despertó por unos frenéticos golpes en la puerta, la cual abrió con el pijama puesto, tan adormilado que, por un momento, se olvidó del cadáver que había en el suelo de la cocina.

Afuera había cinco personas, cada una de ellas sostenía un sobre de defunción.

—No —dijo—. No, no, no —y les cerró la puerta en las narices.

Pero no se fueron. Estaban mirando a la muerte cara a cara. Estaban asustados, pero todos ellos sabían que su vida tenía que acabar de alguna manera, y el destino había elegido que fuese a manos de Harry Clifford. El gato se excitó mucho cuando Harry le presentó a todos, uno por uno en la sala de estar y, con el corazón apesadumbrado, leyó las espeluznantes palabras que estaban dentro de su suaves sobrecitos marrones.

Dos fueron por ahogamiento, que Harry llevó a cabo en la bañera, uno después del otro. Al arrastrar los cadáveres hinchados hacia el dormitorio de Mary, descubrió lo pesados que se volvían los cuerpos al llenarse de agua. A otro le clavó en la cabeza una plancha eléctrica, y puesto que Mary había sido la encargada de resolver todo durante su matrimonio, Harry tardó media hora en encontrar el armario en el que la había guardado. Tuvo que realizar otro apuñalamiento, pero éste fue más rápido que el del día anterior; Harry había aprendido a mantener los ojos abiertos. Y tuvo que realizar un ahorcamiento, lo cual les causó, a Harry y a su víctima, un sinfín de problemas.

—¿Has traído una cuerda? —le preguntó Harry.

—No sabía que iba a necesitar una —contestó el tímido adolescente, sonrojándose a través de un muro de granos.

—No tengo ninguna cuerda —le dijo Harry—. Si quieres que te cuelgue, lo menos que puedes hacer es traer tu propio material.

Al final decidieron que quitarían las cortinas de la ducha, las atarían firmemente alrededor del cuello del joven y, con un poco de cuidado, lo colgaría de la barandilla de las escaleras hasta que expirara. Después Harry bajó el cuerpo, lo arrastró hasta el dormitorio de Mary y lo puso junto a las otras cinco personas que ya había matado. La habitación de Mary le parecía el mejor lugar para todos estos desconocidos; era una estancia que le había dado pocos motivos para que la visitara durante los dos últimos años de su matrimonio, desde que Mary le preguntó si él podía trasladarse a la habitación de invitados. Observó su obra un momento, los seis cuerpos tendidos en la cama de Mary, junto al tocador donde ella solía maquillarse y peinarse. Luego, sin dudarlo, cerró la puerta firmemente, fue a su habitación, empacó una mochila y se marchó.

Al día siguiente caminaba por los acantilados de la costa de Cornualles, mirando como el mar rompía contra las rocas. Empezó a sentirse normal, humano. Saludó educadamente a los transeúntes, logró sonreír, como si él también hubiera salido a dar un paseo sin cargar con preocupaciones. Un anciano de aspecto amable que paseaba a su perro jack russell le dio los buenos días.

—Buenos días —dijo Harry.

—¿De vacaciones? —le preguntó el viejo.

—Sí —dijo Harry—. Creo que sí. No lo sé. A lo mejor — dijo con determinación—, viviré aquí. Sí.

—Bueno, es una zona preciosa del país. Siempre me ha encantado, de mayor y de pequeño. Tengo que decirle —dijo el viejo de un modo reservado—, que creo que se supone que tiene que empujarme y tirarme por el acantilado —y sacó el sobre que así lo atestiguaba—. Lo siento —dijo con auténtica simpatía—. Entiendo que esto pueda perturbar su paseo.

Harry lo empujó hacia el precipicio, y su cuerpo cayó dando vueltas, rebotando contra las rocas. Ninguno de ellos sabía muy bien qué harían con el perrito, así que el viejo lo había tirado por el despeñadero antes de caer él.

—Me quería, lo sé —le había dicho con lágrimas en los ojos—. Es lo que él hubiera querido.

Si estos sobres de defunción iban a seguir a Harry a donde fuera, dedujo que mejor volver a casa y vivir con comodidad. El gato estaba contento, no le habían dado de comer durante casi un día y estaba hambriento. Y la gente siguió acudiendo. A veces se contaban hasta veinte por la mañana, temblando de miedo, agarrados a sus pequeñas sentencias de muerte.

—Está bien —les decía con calma, relajado—. Lo haremos bien. No hay nada que temer.

A medida que pasaban las semanas y los cadáveres comenzaron a acumularse en el dormitorio de su ex mujer, se dio cuenta de lo que esto..., de lo que todas estas muertes significaban… Realmente, no había nada que temer. Si había encontrado un propósito en la vida, al fin, después de tantos años de no molestarse en mirar, entonces eso era todo. Podía encargarse de que estas pobres almas se alejaran de este mundo mortal de la forma más humana y compasiva posible.

Decidió cobrarles, a sus víctimas, una pequeña cuota. Estaban demasiado ansiosos por pagar, se daban cuenta de que no iban a poder llevarse dinero con ellos. Y con ese dinero compró montones de analgésicos, los más fuertes que se podían comprar sin receta. Al fin y al cabo, si tienes que salir de este mundo debido a que un martillo te hace picadillo, es poco probable que unas aspirinas sirvan de algo en ese caso. Pero Harry se dio cuenta de que era una ayuda psicológica, que sus pacientes sentían que era una operación mucho más profesional.

—Gracias, doctor —le dijo uno agradecido justo antes de que Harry lo golpeara con una cacerola. Y Harry sintió un indescriptible orgullo.

Incluso contrató a una secretaria para que se ocupara de todos ellos, para asegurarse de poder ocuparse de ellos a su debido tiempo y en orden. Seleccionó a la secretaria que le había atendido aquella vez, la que se alegró al saber que moriría en manos de un compañero sexual. Ya no estaba tan luminosa y alegre.

—Ni siquiera he olido el sexo en años —se quejó—. ¿Y si este tío de dentro de sesenta y siete años es el siguiente encuentro sexual que vaya a tener? Es un error —concluyó con una sabiduría que Harry no esperaba de ella— ver en tu forma de morir una explicación de cómo vives. El hecho de que vaya a morir follándome a un brasileño no significa que sea una gran amante. La muerte es sólo una más de las cosas que suceden.

Y entonces, un día, de repente, todo se acabó.

—Hoy es un día tranquilo —le dijo la secretaria a Harry cuando a mediodía todavía nadie había llamado a la puerta. Pero también había sido una semana tranquila. A finales de mes, sin pacientes que llamaran, Harry le pagó. Ella dijo que lamentaba que el trabajo hubiera terminado.

—Siento que estábamos haciendo algo bueno.

Harry le dijo que él también lo sentía.

Pero, sorprendentemente, más triste aún estaba el gato. El pequeño pelirrojo atigrado había sido un gran amigo de todas las víctimas de Harry, pues logró que estos dejaran de pensar en la operación que tenían por delante. Había disfrutado desfilando por la sala de espera esas mañanas, echándole un ojo a todos los recién llegados, y dejándose acariciar y mimar, evitando que se montaran alborotos. Ahora el gato miraba por la ventana, observando a cualquiera que caminara por la calle, visiblemente decaído por la decepción cuando el transeúnte no se detenía en la casa. El pelaje del gato se volvió mate y áspero, ya no se lavaba a sí mismo. No le interesaba comer, no le interesaba nada. Empezó a languidecer.

Harry vio que su gato se estaba muriendo. Y le pareció una tremenda crueldad no saber exactamente cuándo iba a morir el gato, cuándo iba a dejar de sufrir. El gato yacía, apático, mirándolo con ojos suplicantes. Harry reconoció la mirada; era la misma expresión que había visto en la de Jeffrey White cuando murió desangrado en la cocina hacía unos meses.

Harry acunó al gato en brazos y le mesó el pelaje. El gato nunca le había gustado, y al gato nunca le había gustado mucho él, pero ahora le ronroneaba a Harry, y Harry estaba emocionado. El gato emitió un enorme suspiro que resonó por todo su delgado cuerpo, y luego emitió el más suave de los maullidos. Harry sabía que no había nadie más compasivo que él para acabar con la vida del pobre gato, y el gato también lo sabía, lo había visto incontables veces en esta misma casa. Porque Harry era el mayor asesino del mundo, y era especial, y por eso lo habían elegido, por eso no podía morir, por eso no lo dejaban morir, tenía un trabajo que hacer. Le retorció el cuello al gato, tan rápido que el gato no se dio ni cuenta. Y llevó su pequeño y frágil cuerpo a la habitación de Mary, y lo dejó junto a los demás cadáveres.

Y entonces se sentó y lloró. No había llorado por ninguna de esas muertes, no había tenido tiempo. Pero ahora lloraba, y lloró hasta quedarse dormido.

La mañana siguiente empezó cuando oyó algo en la puerta. Todavía adormecido en el sillón, se puso de pie de un salto. Preparado para recibir a otro cliente, para poner en práctica sus conocimientos con amable delicadeza.

Pero, en cambio, tirado en el felpudo, encontró un sobre color marrón oscuro.

Lo recogió con humildad. Y lo abrió. Y lo leyó.

Ponía estampado:

«HENRY PETER CLIFFORD»

Y, debajo, sólo una palabra:

«Cáncer».

Y eso fue todo. Ni siquiera una fecha. Ni siquiera el reconocimiento de que debería haber habido una fecha. Sólo esta palabra, esta muerte cotidiana, esta muerte trivial, riéndose de él.

Le dio la vuelta a la tarjeta. Y, con la misma letra que ya había visto antes, escrito con bolígrafo: «Perdón. Se nos perdió detrás del cojín del sofá».

Harry suspiró. Guardó la tarjeta en el sobre para que no se perdiese, y la depositó suavemente sobre la mesa del salón. Se preguntó qué debería hacer durante el resto del día, durante el resto de su vida. No se le ocurrió nada.

Así que se fue arriba a la cama. Corrió las cortinas. Y, tendido a oscuras, se exploró el cuerpo en busca de un bulto.

Perfecta

Tanya no se sorprendía a menudo. No es que no reaccionara a las cosas que la rodeaban. De hecho, reaccionaba muy bien y mostraba interés, preocupación y, tan solo si tocaba, una verdadera alegría que podía derretirte el corazón. Pero rara vez se sorprendía. Así que, cuando sus padres le dijeron que iban a ir a la playa aquel día, y que iba a ser su día, su día especial, un regalo para ella, sus ojos se abrieron de par en par, y su mandíbula, atónita... En fin, sus padres no pudieron dejar de asombrarse, igual que ella.

—Pero si no es ni mi cumpleaños —dijo Tanya—. Es dentro de seis semanas.

—Ya, lo sabemos —le dijo su papi.

—Y aunque fuese mi cumpleaños, sólo cumpliría nueve años —dijo Tanya—. Tampoco es que sea un hito particularmente significativo.

Ladeó la cabeza hacia sus cariñosos padres, y continuó pensativa:

—Es muy generoso por vuestra parte, pero ¿estáis seguros de que no queréis replanteároslo?

Y mami y papi sonrieron y le dijeron que no hacía falta volver a pensarlo. Tanya dudaba, la mayoría de las cosas que sentía, en esa infancia suya que ella sabía admitir y que consideraba buena, mejoraban con un poco de reflexión. Y papi le dijo que, si eso la hacía sentir mejor, que supiera que él y su madre habían pensado mucho en el asunto, en privado, antes de abordar el tema con ella, y que estaban absolutamente seguros de que un día en el mar era lo que querían ofrecerle a su querida hija. Y Tanya se rio, les dio un abrazo, y les dijo que, en ese caso, estaba más que feliz de aceptarlo.

—¿Cómo vamos a ir? —preguntó ella.

—Yo puedo conducir —dijo papi—. O podríamos ir en tren.

—Oh, creo que mejor en tren —dijo mami—. De ese modo papi no tendrá que hacer nada, será un día divertido para todos.

Y papi se rio y dijo que apenas consideraba el conducir como hacer algo, y que estaba encantado de hacerlo, pero que pensaba que un viaje en tren sería una novedad agradable, aunque todo dependía de Tanya, era su día, su decisión. Y Tanya dijo que ir en tren le encantaría, que siempre disfrutaba los viajes en tren; también disfrutaba siempre los viajes en coche, pero el tren lo disfrutaba igual o, incluso, más.

Dicho esto, ni siquiera el corto trayecto hasta la estación de tren fue sencillo. Era un sábado, y la ciudad estaba llena de gente que iba de compras. Cuando finalmente salieron de la circunvalación rumbo a la estación, se encontraron con que el aparcamiento estaba lleno.

—Mirad eso —dijo papi—. Mirad ese coche. Ha aparcado en dos plazas. Puto idiota, puto cabrón egoísta —Tanya no dijo nada porque no le gustaba que su padre dijera palabrotas. Y papi echó humo durante diez minutos, hasta que quedó libre un sitio. Estaba ajustadísimo, pero todos podrían salir del coche, siempre y cuando expulsasen todo el aire. Papi se animó al instante—. ¡Margate, allá vamos! —dijo.

El hombre de la taquilla les dijo que acababan de perder el tren.

—Bueno, ¿cuánto falta para el próximo? —preguntó papi.

—Una hora —dijo el hombre—. Lo siento —no parecía muy compungido—. ¿Quieren los billetes o no? —y papi los compró, igualmente, con mala cara.

Mami estaba molesta.

—Oh, por el amor de Dios —dijo—. Si hubiéramos salido un poco antes...

—Pensaba que no habría tanto tráfico —dijo papi.

—Siempre hay mucho tráfico los sábados —dijo mami.

—Por eso nunca salgo los sábados —dijo papi con sequedad—. Así que no lo podría haber sabido, ¿verdad?

—Da igual —dijo Tanya.

—Pero una hora entera menos en Margate —dijo mami.

—No importa. Podemos pasarlo bien igual. Siempre y cuando estemos todos juntos. Juguemos a veo-veo. Os gusta el veo-veo, ¿no? Empiezo yo.

Y así se sentaron en unos duros bancos y jugaron. Y Tanya tuvo razón, fue divertido. Porque Tanya era muy buena en el veo-veo, empezaba con palabras fáciles como «Andén» o «Tren», pero pronto retó a sus padres con «Conector» y «Remolcador». Al poco tiempo estaban otra vez de buen humor, y la espera pasó volando. Y antes de que se dieran cuenta, se encontraron en el tren rumbo a la costa.

—¡Margate, allá vamos! —dijo papi.