Las ruinas del paraíso - Óscar Osorio - E-Book

Las ruinas del paraíso E-Book

Óscar Osorio

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Beschreibung

Las formas del crimen desarrolladas durante la Violencia en Colombia alcanzaron niveles de crueldad inéditas en el país. Poco después de que el Partido Conservador llegara al poder en 1946, amplios sectores del mismo buscaron ampliar sus disminuidas bases políticas mediante la destrucción física y moral del liberalismo. En el Valle del Cauca, algunos dirigentes conservadores constituyeron y financiaron bandas de asesinos que, en asocio con policías y detectives, emprendieron campañas de homogenización conservadora a través tanto del asesinato selectivo como de masacres perpetradas en diversos lugares. Muchos de estos asesinos cometieron sus crímenes con sadismo y sevicia, ejecutando prácticas oprobiosas sobre las víctimas. De manera que lo atroz se constituyó en una característica fundamental de esta violencia y en un asunto de especial relevancia para la literatura que se ocupó del fenómeno. En este libro se hacen aproximaciones críticas a tres novelas vallecaucanas que son especialmente relevantes en este corpus: Viento seco (1953), Cóndores no entierran todos los días (1972) y Noche de pájaros (1984).

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Seitenzahl: 132

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Osorio, Óscar

Las ruinas del paraíso. La novela de la violencia en el Valle del Cauca / Oscar Osorio. -- Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2020.

112 páginas ; 22 cm. -- (Colección Artes y Humanidades - Estudios Literarios)

1. Novela colombiana - 2. Literatura colombiana - 3. Autores vallecaucanos 4. Violencia en Colombia - 5. Valle del Cauca (Colombia).

C863.44 cd 22 ed.

O81

Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal

Universidad del Valle Programa Editorial

Título: Las ruinas del Paraíso. La novela de la Violencia en el Valle del Cauca

Autor: Óscar Osorio

ISBN: 978-958-5144-50-7

ISBN-PDF: 978-958-5144-51-4

ISBN-EPUB: 978-958-5144-52-1

Colección: Artes y Humanidades-Investigación

Primera edición

Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela BarriosVicerrector de Investigaciones: Héctor Cadavid RamírezDirector del Programa Editorial: Omar J. Díaz Saldaña

© Universidad del Valle

© Óscar Osorio

Diseño de carátula y diagramación: Sara Isabel Solarte Espinosa

Fotografía de carátula: Óscar Osorio, Cementerio de Ceylán.

_______

Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por el autor.

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

PRÓLOGO

Este libro reúne tres artículos que fueron escritos en el marco de dos investigaciones aprobadas por la Universidad del Valle: “Novela y violencia en el Valle del Cauca, siglos XX y XXI” (CI 4312) y “El asesino en la literatura vallecaucana” (CI 4369). En estas investigaciones estudié novelas vallecaucanas cuyos ejes diegéticos se construyeron en relación directa con los fenómenos de violencia ocurridos en el Valle del Cauca.

Viento seco (1953) de Daniel Caicedo es una de las más importantes en el panorama de la literatura de la Violencia en Colombia.1 Esta novela tuvo mucha resonancia entre los lectores y alcanzó a lo largo de muchos años varias ediciones. No obstante su éxito literario y su lugar destacado en este corpus, los trabajos críticos sobre ella se reducen a menos de una decena.

En la primera exploración de esos textos, surgieron una serie de preguntas en torno de la manera como se interpretaba y valoraba dicha novela. El balance fue (es), por lo menos, insatisfactorio. Los estudiosos de la obra mantienen, con algunas diferencias, las líneas de interpretación señaladas por Antonio García en el prólogo a la edición de 1954. Desde ese esfuerzo crítico pionero, hay una constante en todos los trabajos sobre la novela: la acreditación de su valor testimonial y de denuncia, y la desacreditación en lo atinente a su valor literario.

Sin embargo, un análisis cuidadoso de Viento seco revela asuntos desestimados por la crítica, en lo atinente a sus aspectos formales, a su dimensión ideológica y al tratamiento literario de la violencia atroz. Los tres artículos aquí recogidos (que constituyen los capítulos de este libro) desarrollan sendos análisis en torno a estos tres temas.

En el primero, “En torno a la dimensión literaria de Viento seco”, propongo tres claves de lectura nuevas para aproximarnos a la novela de Caicedo: la presencia de imágenes poéticas en una prosa dominada por el realismo descarnado, la inversión cronológica de los hechos centrales y la compleja estructura del relato. En lo atinente a lo primero, algunos críticos señalaron la inconveniencia de esas irrupciones líricas, pero no se preocuparon por indagar su función en la propuesta escritural de Caicedo. En cuanto a lo segundo, dicha inversión cronológica fue anotada solo en uno de los estudios, pero se adjudicó a una imprecisión temporal derivada del relato histórico y no se entendió que esta inversión obedecía a una estrategia narrativa de fundamental importancia tanto en el diseño argumental de la novela como en los efectos que se proponía el autor generar en el lector. En relación con lo tercero, la estructura no fue examinada por la crítica y ahí reside quizás su más lamentable falencia. Viento seco se despliega en una precisa arquitectura de paralelismos y simetrías, cuya compleja estructura remite a la estructura de Lamentaciones de Jeremías (que aparece como primer epígrafe de la novela) y, por esta vía, contribuye a consolidar el proyecto político-religioso que define tanto la interpretación de la Violencia como las intenciones proselitistas de la novela. Con este análisis se evidencia también que el autor buscó a través de esos procedimientos textuales la dignidad estética de su obra y que, independiente de la valoración de su éxito o fracaso en este propósito, estos esfuerzos autoriales deberían llevar a revisar la fácil conclusión de su exclusivo valor testimonial o de denuncia.

El segundo capítulo, “Proselitismo y violencia en Viento seco”, indaga la dimensión político-religiosa de una novela que la crítica ha valorado positivamente en cuanto testimonio de los hechos atroces de la Violencia política de la mitad del siglo XX colombiano y denuncia de sus responsables. Sin embargo, es por el modo de representación de esos hechos que la misma crítica le ha negado su valor literario, es como consecuencia de su realismo descarnado (empeñado en la repetición detallada de las formas del crimen y la reiteración excesiva de escenas de crueldad) que la ha sancionado negativamente por su dimensión estética. Sin embargo, más que un registro burdo de esos hechos, Viento seco es un proyecto narrativo orientado por una visión político-religiosa de la Violencia. Este capítulo examina los mecanismos textuales esenciales en la definición de este programa ideológico literario y propone una lectura que devela la estrategia proselitista que define su programa narrativo.

El tercer capítulo, “Pájaros atroces en la novela vallecaucana”, es un análisis comparativo de las novelas Viento seco, Cóndores no entierran todos los días (1972) de Gustavo Álvarez Gardeazábal y Noche de pájaros (1984) de Arturo Álape, las cuales ficcionalizan la campaña criminal del Partido Conservador en el Valle del Cauca a finales de la década del cuarenta del siglo pasado. La novela de Álape no fue muy conocida y no se ha producido más que un trabajo crítico sobre ella, pero la novela de Álvarez Gardeazábal contó con amplia circulación y aceptación, múltiples ediciones y reimpresiones, y mayor atención de la crítica. Al contrario de lo ocurrido con Viento seco, Cóndores no entierran todos los días fue considerada, en general, como una de las mejores novelas de la Violencia en Colombia y se reconocieron y aplaudieron sus méritos literarios. En este capítulo, procuro dilucidar, a través del análisis de los tipos de asesinos, las formas del crimen y el tratamiento literario de la crueldad en dichas obras, los procedimientos textuales con los cuales estas se aproximan al fenómeno de una violencia cuyo elemento sustancial es la atrocidad.

Viento seco es una respuesta angustiada a la atrocidad de la Violencia, pero es también un programa narrativo orientado al servicio de una causa política. La estética de la crueldad y el maniqueísmo que define su poética se explica tanto en la necesidad de registrar unos hechos muy cruentos como en ese proselitismo que la orienta ideológicamente. No obstante esto, es ostensible el esfuerzo del autor por armonizar esas precoerciones con el tratamiento literario de la violencia atroz, de darle dignidad literaria a su obra. Esto debería, al menos, suscitar la atención de la crítica. No ha sido así. La descalificación generalizada de cualquier valor más allá del testimonio y la denuncia se volvieron norma y ha sido el punto de partida de otras aproximaciones críticas a la novela.

Con estos asedios a Viento seco y el análisis comparativo de esta con las novelas de Álape y Álvarez Gardeazábal pretendo ofrecer nuevos insumos para su interpretación y valoración, y contribuir en la búsqueda de una mejor comprensión de la novela de la violencia en el Valle del Cauca y, por ende, de la novela de la violencia en Colombia.

ÍNDICE

Capítulo 1En torno a la dimensión literaria de Viento seco

Un consenso crítico

Aspectos formales

Recursos poéticos

Inversión cronológica

Estructura

Capítulo 2Proselitismo y violencia en Viento seco

Las claves de Antonio García

Nuevas claves de interpretación

Clave 1: El realismo Brutal

Clave 2: La Violencia como hecho político-religioso

Clave 3: La restauración de la justicia: el proyecto político de Viento seco

Capítulo 3Pájaros atroces en la novela vallecaucana

Contexto socio-histórico

El relato ficcional de la Violencia

El Viento seco de la violencia atroz

Noche de pájaros en carros fantasmas

Cóndores no entierran todos los días y la verdad histórica

El tratamiento literario de la violencia atroz

Bibliografía

Notas al pie

CAPÍTULO 1

EN TORNO A LA DIMENSIÓN LITERARIA DE VIENTO SECO

Viento seco (1953) de Daniel Caicedo narra los acontecimientos ocurridos en octubre de 1949, a raíz del proyecto de conservatización del Valle del Cauca. Este proyecto genocida fue organizado por sectores radicales del Partido Conservador con el propósito de conseguir la homogenización política de las poblaciones cordilleranas del Valle del Cauca:

Este es el sentido de la consigna dada por los dirigentes conservadores a “El Cóndor” de convertir la Cordillera Occidental en la “Cordillera Azul” (...) En octubre de 1949 se llevaron a cabo las masacres y persecuciones liberales de Trujillo, Riofrío, Ceilán, Bolívar, Barragán, Vijes y Yotoco; meses atrás, cuando Borrero Olano no era todavía gobernador, visitó a “El Cóndor” en Tuluá, en compañía del doctor Ramírez Moreno, para legitimar su jefatura de muerte, ganada enfermizamente el 9 de abril con armas, dinero y el respaldo de un sector del Partido Conservador (Betancourt y García 126).2

La novela focaliza dos hechos de especial transcendencia en este intento de homogenización política de la zona: la masacre de la Casa Liberal en Cali y la masacre de Ceylán. Además de estas matanzas, la última parte se dedica a la acción de las bandas liberales en el norte del Valle y la ilusión del proyecto guerrillero de los Llanos Orientales.

La crítica ha examinado la relación de la novela con ese contexto social, señalando con insistencia su carácter testimonial y de denuncia, pero no ha dedicado ninguna atención a los asuntos formales o a sus búsquedas estéticas. De hecho, se ha impuesto una descalificación generalizada y a priori de cualquier valor literario; se ha señalado, incluso, que al autor no le interesa ningún procedimiento textual tendiente a esa dignificación estética; se ha omitido cualquier análisis respecto de su compleja arquitectura textual y el diseño de su programa narrativo. Respecto de esto, solo se ha multiplicado el juicio lapidario que la considera, sin atenuantes, como una mala novela.

Aunque no me interesa proponer juicios de valor respecto del estatuto literario de Viento seco y no voy a incurrir en el fácil expediente de calificarla de buena, regular o mala, debo señalar desde ya que la novela adolece de algunas muy evidentes debilidades en la configuración de la trama, en la construcción de sus personajes e, incluso, en la artesanía de la prosa. Debo destacar también que, no obstante ello, tiene grandes logros en su diseño estructural y en la elaboración de su programa narrativo. Sin embargo, estos últimos han pasado inadvertidos por la crítica y no han sido considerados a la hora de formular la condena repetida.

En este capítulo haré un análisis de Viento seco en lo atinente a estos aspectos y ofreceré claves de lectura nuevas.

UN CONSENSO CRÍTICO

En Colombia se han producido cientos de novelas en las cuales el tema de la violencia es central. Ello, por supuesto, se debe a que hemos pasado por tres escenarios de violencia generalizada que han dejado millones de víctimas y que han marcado a varias generaciones de colombianos. En esta tradición literaria, la novelística sobre la Violencia de los años cincuenta y sesenta es quizá la más prolífica, dejando más de un centenar de obras. En dos artículos anteriores, propongo una división de dicha narrativa en cuatro grupos.3Viento seco es la más importante y la más conocida del primer grupo, cuyas características describo así:

El hecho histórico prima sobre el hecho literario. Se trata de textos testimoniales y/o de denuncia, en los que la inmediatez de los sucesos, el dolor reciente o la rabia viva, y la urgencia del testimonio difumina la intención literaria. Los personajes son ahogados por la necesidad de la denuncia y los novelistas concentran en ellos todo el dolor y la ignominia, son como un crisol en el que el escritor va vaciando todas las aberraciones e injusticias de la violencia. Algunos de estos escritores entran a la literatura solo una vez para dejar ese testimonio de su experiencia (Osorio, “Siete estudios” 105).4

El resultado de esta primacía de lo histórico sobre lo literario y la falta de distanciamiento de los autores de la novelística de este primer grupo generó una literatura que la crítica valoró negativamente en su dimensión estética y ese juicio se extendió a toda la narrativa de la Violencia.

Viento seco fue una de las novelas más visibles de dicha literatura y sobre ella se construyó un consenso crítico que la condenó como una “mala novela” y que condujo a que se desestimara a priori una indagación rigurosa sobre sus recursos formales. Una lectura de los trabajos críticos dedicados a la obra deja constancia de esa valoración negativa y de la desatención de la crítica por su estructura y por su programa narrativo.

Gabriel García Márquez (1959) afirmó que “quienes han leído todas las novelas de la violencia que se escribieron en Colombia, parecen de acuerdo en que todas son malas y hay que confiar en que estén secretamente de acuerdo con ellos algunos de sus propios autores” (286). Ya había advertido Antonio García (1954) que Viento seco, por su vocación testimonial, prescindía de “refinamientos verbales, elaboración literaria” (19) y Gustavo Álvarez Gardeazábal (1970) que era “un esfuerzo, desgraciadamente fallido literariamente” (“La novelística” 55). Laura Restrepo (1976) desarrolló un poco más la idea de Antonio García (1954) y afirmó que en la novela “se rechaza lo que se consideran sofisticaciones y primores superfluos del quehacer literario, por entendérselos como mecanismos para aprestigiar y maquillar una realidad corrompida y negativa, que el autor busca, por el contrario, mostrar en toda la desnudez de su fealdad y su degradación social y humana” (128). En esa misma dirección, Luis Iván Bedoya y Augusto Escobar (1980) plantearon que “a este valor documental se opone la precariedad de la elaboración literaria, que hace de ésta, como de otras muchas novelas sobre la violencia, prácticamente simples colecciones de crónicas de muertes” (43). Álvaro Pineda Botero (2001) sostiene que “su poca elaboración literaria, la falta de caracterización de los personajes, el lenguaje crudo y sin creatividad la condenan desde la perspectiva literaria” (123). Ryukichi Terao (2003) listó una serie de problemas de construcción argumentales y concluyó que “Viento seco es una obra mal elaborada como novela” (55). Kevin García (2012) la sancionó como una “infortunada realización estética” (114) y señaló, como Terao (2003), algunas de sus fallas más ostensibles.

Antonio García (1954) y Restrepo (1976) encontraron que esa precariedad era el resultado del desinterés y rechazo por estas cosas de la literatura que resultaban superfluas ante el horror de la realidad que sirve de referente a la ficción novelesca. Los demás críticos simplemente desestimaron su valor artístico, pero fue García Márquez (1959) quien acertó en la explicación de las razones de esta falta de tino de las novelas de la Violencia: “Ninguno de los señores que escribieron novelas de la violencia por haberla visto, tenía según parece suficiente experiencia literaria para componer un testimonio con una cierta validez, después de reponerse del atolondramiento que con razón le produjo el impacto” (286).

Juan Gabriel Vásquez (2009) llevó al extremo esta argumentación al decir que es ese parasitismo de lo histórico el que arruina esas novelas de la violencia: “Contar cosas que ya se saben es cometer el pecado de la redundancia, el peor pecado que puede cometer un novelista, el pecado que cometieron los novelistas de la Violencia hace medio siglo” (107).