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"Mal acostumbrados a la moderación de una literatura argentina correctamente administrada y que ha llegado a su masa crítica de autocontrol, la escritura mutante de Farrés avanza impiadosamente hacia un Afuera esquizofrénico. Las series infinitas es la formulación extrema de ese proyecto de aniquilación. Su fatalismo alucinatorio encuentra su abyecta parentela en contra-epopeyas de nuestro tiempo como Fanged Noumena de Nick Land, Cyclonopedia de Reza Negarestani o La casa de hojas de Mark Z. Danielewski. Novela absolutamente descomunal, cima y sima del proyecto farresco, entre un borgeanismo hiperbólico y un mataderismo aceleracionista, la novela entra en variaciones aberrantes y anomalías inhumanas. Con su revolución virósica, su anarquismo cósmico y su Gran Poema de la Muerte, define una épica y una mística del horror, un mapa psicótico del futuro. Su mecanismo en bucle, desplegado como un Aleph morboso hacia el colapso de lo humano, resulta imposible de desactivar, incluso después de su lectura. Como una fase de la interminable máquina narrativa de uno de los mayores proyectos de escritura que existe en la literatura en este momento, Las series infinitas tendría que leerse entre esas grandes bestias esquizofrénicas afectas a la anomalía ontológica y el vértigo entrópico, como El arcoíris de la gravedad, La casa de hojas, Almuerzo al desnudo, Tadeys, la Trilogía Involuntaria, Los sorias o la trilogía VALIS" (Agustín Conde De Boeck).
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Veröffentlichungsjahr: 2023
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A Natacha, ella sabe por qué
–el porque sí de las fiestas inútiles–
Yo digo «Viva la revolución!" como diría ¡Viva la destrucción! ;Viva la penitencia! ¡Viva el castigo! ;Viva la muerte! Sería feliz no sólo como víctima; no me desagradaría actuar como verdugo: ¡así sabría lo que es la revolución desde ambos lados! Todos nosotros tenemos en la sangre el espíritu republicano como tenemos la sífilis en los huesos; tenemos una infección democrática y una sifilítica.
Ch. Baudelaire
Toda identidad es una cárcel.
M. Foucault
Me preguntaste una y mil veces por Claudio Scherer y nunca pude ni supe cómo explicarte quién era Claudio Scherer. Si te lo hubiese contado no me hubieras creído y me habrías tratado de loca, pero si entonces callé fue porque cabía la posibilidad cierta de que vos mismo fueras Claudio Scherer.
¿Me equivoqué?, ¿le hice daño a la única persona que estaba conmigo para cuidarme de mí misma? Ahora ya no tiene importancia, y si vos sos Claudio, aun así, voy a darme el lujo de resguardar en mi memoria a Axel Santana y aferrarme a la ilusión de estar escribiendo para vos y contarte finalmente lo que querías saber. Quizás así puedas recobrar lo que perdiste y devolvernos lo que el otro nos robó.
El tiempo pasó y los recuerdos se dispersan, pero tengo que empezar por algún lugar y no hay mejor lugar que cualquier lugar. Empiezo entonces por un sueño que callo, pero del que desperté como si media docena de guardavidas me hubieran rescatado del océano y tirada sobre la arena de la playa me devolvieran la vida luego de una recuperación cardiovascular. Intenté serenarme, definir lo que había soñado, establecer alguna lógica, alcanzar alguna narración, pero las imágenes se me deshacían en un enchastre mental. Los sueños con Claudio siempre se llevaban algo de mí y me dejaban con la sensación constante de haber sido vejada.
Tomé la carpeta donde escribía aquellos sueños y fui a la cocina. Tenía que ser dura y estricta para recuperar lo que había soñado, pero un rato más tarde, ya vencida, hice lo que me había prometido no hacer: encendí la computadora, abrí el mail. Aun sabiendo que una vez más Claudio había escrito por mí lo que se me escapaba como si en verdad fuera él el que habitara mi mente y viviera mis sueños robándome lo más propio, lo leí todo de un tirón.
¿Cómo podía saber con tal grado de detalle lo que yo había soñado, lo que debería haber sido mío y de nadie más? A medida que mis ojos se deslizaban a través de las palabras, las imágenes que había soñado volvían a hacerse presentes en mi memoria. Los pedacitos sueltos de cada escena volvían a unirse armando la película mental que había creído olvidar y al terminar de leer no tenía dudas de que había soñado lo que el otro me contaba.
Quería convencerme de que aquello era una trampa que yo misma me estaba montando, acaso influenciada por el relato de Claudio, que mi memoria reconfiguraba el sueño para entregarme una versión falsa y hacerme creer que había soñado con aquello, sin embargo, no podía abandonar la radicalidad de las imágenes recordadas.
Ni siquiera lo había visto una sola vez en mi vida cuando, hacía unas semanas atrás, recibí el primer llamado telefónico. Le pregunté quién era y me respondió que era el amante de mi esposo. Decía que lo veía mal, que le preocupaba lo que entendía como una fase depresiva. Era cierto, Roby cada vez pintaba menos y más se alejaba de los circuitos de exposiciones, pero lo que le interesaba a Claudio no era mi esposo sino tender sus redes a mi alrededor. Me invitó a vernos un par de veces, salir a comer, tomar una copa por ahí. Mi respuesta siempre fue negativa. No pensaba tener la más mínima relación con el amante de mi esposo, pero a cada rechazo, Claudio parecía obsesionarse más. De las propuestas para encontrarnos pasó al hostigamiento. Primero se trataron de mensajes privados en Facebook. Cada uno detallaba partes de mi vida, dónde había nacido, quiénes habían sido mis padres, a qué escuela había ido, en qué universidad había estudiado, listas con los nombres de amigos que yo misma había olvidado, departamentos donde viví, lugares en los que trabajé. Cada mensaje terminaba siempre con las mismas palabras: “¿Te das cuenta que tenemos que encontrarnos? Ni tu esposo sabe tantas cosas sobre vos. Te juro que vale pena”.
Del repaso minucioso sobre mi vida pasó al registro de cada uno de mis movimientos. Mensajes en el whatsapp y en el mail, audios en el celular, todos dejaban registro de dónde me encontraba, lo que estaba haciendo o con quién estaba hablando. Sonaba el celular y leía: “Ahora estás caminando por Callao hacia la esquina de Corrientes”, “Ahora estás comprando en la librería Antígona y el libro que tenés en tu mano izquierda es Luminoso de Greg Egan”, “Ahora estás tomando un café negro en el bar de Santa Fe y Pueyrredón y la chica que te acompaña se llama Sofía”. Invariablemente, levantaba la vista y daba vueltas sobre mis pies buscando a Claudio o alguien que me observara y trabajara para él. Aquello empezó a darme miedo. Pensaba que Claudio debía trabajar para los Servicios de Inteligencia, la policía o quién fuera que tuviera la posibilidad y los medios para seguirme a donde fuera.
Le conté a Roby lo que me estaba pasando, con el suficiente tino como para no dar el nombre de Claudio y que pensara que se trataba de celos de mi parte. Le pregunté si tenía idea de quién podía estar siguiéndome de ese modo pero Roby intentó quitarle importancia al asunto. Quise ir con cuidado preguntándole si alguno de sus amantes podía estar detrás de aquello. Me dijo que no y recién entonces le pregunté por Claudio.
—Nunca te dije que Claudio y yo fuéramos amantes, no sé de dónde sacás eso. Habíamos quedado en que no nos metíamos con las cosas del otro.
—Tenés razón, solo que no entiendo por qué me están persiguiendo —le respondí comprendiendo entonces que frente a la obsesión de Claudio me encontraba sola.
Durante un tiempo los mensajes y los llamados cesaron. Pensé que acaso Roby había hecho mención a nuestra conversación y el otro había retrocedido, pero me equivocaba al pensar que Claudio podía retroceder ante algo. Volvió a llamarme, volvió a invitarme a salir y conocernos “cara a cara”. Le respondí de nuevo que con un amante de mi marido no quería tener ninguna relación y colgué el teléfono. Entonces comenzó la etapa más extraña. Si antes los mensajes describían mi vida exterior y dejaban suponer que alguien me estaba persiguiendo, ahora parecía que Claudio había penetrado en mi alma y se había quedado a vivir allí dentro. Así, sus mensajes comenzaron a describir cada uno de mis sueños; solo se trataba de despertar, tomar el celular y encontrar la descripción más exacta y detallada de lo que yo misma había soñado hacía solo unos instantes.
A veces los recordaba claramente y me sorprendía que Claudio pudiera narrarlos como si él mismo los hubiera soñado por mí o conmigo. Otras veces despertaba sin recordar nada, pero con solo leer los mensajes del otro, de pronto, las imágenes se hacían en mi mente y me encontraba recordando lo que había querido olvidar.
Para no dejarme influir y que fuera él el que me indujera a reconstruir mis sueños, me impuse la tarea de escribir en una carpeta lo que recordaba haber soñado apenas despertaba. Pero lo que yo escribía en mi carpeta resultaba exactamente igual a lo que Claudio describía en los mensajes que me enviaba. Incluso puedo asegurar que sus narraciones eran más vívidas que las mías, resaltando detalles que se me escapaban o dándole un orden más claro a lo que, por mi parte, solo era confusión.
Así el miedo ante Claudio fue mezclándose con la fascinación. Me sentía ultrajada pero a la vez deslumbrada, la tentación de llamarlo y preguntarle cómo era posible que supiera lo que yo soñaba me perseguía todo el tiempo. Solo se trataba de olvidarme del asunto, no volver a leer los mensajes ni escuchar los audios en el celular, pero no podía abandonar la idea de que Claudio sabía más cosas de mí que yo misma. Había luchado contra el deseo de saber quién era, cómo podía inmiscuirse en mi mente y vivir mis sueños, pero finalmente se había vuelto el centro de todas mis ideas, el agujero mental alrededor del cual daba vueltas.
Esa mañana visité a Roby y pronto comprendería que la historia del sueño de aquella noche no había terminado allí. Hacía un buen tiempo que no entraba en la sala que Roby usaba de estudio y taller. Unas diez telas y sus bastidores se apoyaban en los atriles distribuidos a lo largo de la sala. Me sorprendió entonces encontrarme con las imágenes de lo que yo misma había soñado horas antes.
No se trataba de una mera semejanza, la correspondencia entre los cuadros y mis sueños era absoluta. Ahora Roby los había pintado para mí. ¿También él había tenido las mismas alucinaciones oníricas y las había pintado como un modo de exorcismo?
Me respondió que sí, los cuadros habían surgido de un sueño recurrente. Me confesó que el hombre y la mujer que estaban haciendo el amor éramos Claudio y yo.
Aseguró que no lo veía desde hacía un tiempo. Le pregunté por qué. Le tembló la voz, quiso desviar el tema y terminó repitiendo una y otra vez la palabra humillación. Quise saber a qué se refería con tales humillaciones. Dio algunas vueltas esquivando el tema y terminó haciendo alusión a ciertas escenas ante las que prefería retroceder.
Me negué yo también a ahondar en esas cuestiones, pero tampoco podía dejar de esbozar ciertos bocetos mentales, imágenes confusas que no valían sino como señales de mis propias fantasías. ¿Cuántas veces había deseado que Roby encontrara a aquel que lo desarmara y sometiera? ¿No había sido yo la que había fantaseado una y mil veces con la aparición de alguien como Claudio?
Mientras lo escuchaba, me detuve una vez más frente a las telas en las que había pintado mi propio sueño. Claudio aparecía en cada cuadro siempre con diferentes rostros como si no tuviera ninguno y a la vez pudiera encarnarlos a todos. Abrazada a su cuerpo desnudo, me encontraba haciéndole el amor en diferentes posiciones.
—Hablame de estos cuadros. Dijiste que lo habías soñado.
—No sé qué querés que te cuente.
—Los sueños son un modo del deseo.
—Esa es una frase hecha, una tontería.
—Pero yo hablo en serio, ¿es lo que de verdad querés?, ¿que me acueste con Claudio?
—No lo sé, Emi. Es solo un sueño.
—¿Es tu sueño o el de Claudio? —esgrimí sin medias vueltas.
—Ya no puedo distinguirlo —respondió Roby.
—Me estuvo siguiendo. Una vez te dije que me escribía detallando dónde estaba y qué hacía. No quisiste escucharme. Los llamados no cesaron. Me envía mensajes invitándome a salir. Me da miedo, se comporta como un alienado.
—Hacé lo que vos quieras. No me va a importar que veas a Claudio.
—No sé si lo decís vos o te mandó a decírmelo.
—Si fuera así, no habría diferencia.
Fue entonces que sonó el ringtone de mi celular. Lo había dejado en la mesa de la cocina. Dejé que la musiquita sonara durante unos minutos. Me quedé mirando a Roby. Se había acercado a las latas de pintura y con un pincel en la mano se había enfrascado en la contemplación de sus cuadros. Me daba la espalda y solo veía su brazo derecho moverse en dirección a la tela. Fui a la cocina. Atendí el teléfono. Era Claudio.
Al otro día nos encontramos en el hotel donde entonces vivía. Me sorprendió el lugar, no esperaba que siendo un simple médico viviera con semejante nivel de gasto. Se trataba de un hotel de lujo, a una cuadra del puerto de Olivos, frente al río. Habitaba desde hacía unos meses una suite en el último piso. Al acercarme a la recepción, me informaron que me estaba esperando en la pileta climatizada del quinto. Las paredes del lugar eran de vidrio y dejaban ver la ciudad a la derecha, el puerto a la izquierda y hacia el frente los barquitos que se deslizaban en el horizonte. El vapor de la pileta se alzaba hacia el techo y desde allí descendía llenándolo todo de una bruma espesa. Estábamos solos, Claudio estaba nadando. Me quedé parada en el borde observando la perfección de sus movimientos introduciendo las brazadas en el agua lenta y suavemente sin salpicar una sola gota. Al llegar a la punta emergió del agua y me saludó moviendo la mano. Señaló algo a mi costado y al darme vuelta encontré sobre la reposera un traje de baño y en la mesita que estaba a su lado una copa con un trago de color verde con unas hojas de menta que la coronaban. Tomé un poco, me desvestí, me puse la bikini y me tiré al agua.
Nadamos un rato sin decirnos nada. En un momento, al salir del agua lo encontré de pie sobre el borde de la pileta mirándome nadar. Fue aquella la primera vez que vi su rostro. Me arriesgo a decir que físicamente era hermoso; su cuerpo fuerte, sus músculos marcados, la sonrisa en la boca y el pelo negro despeinado por el agua lo transformaban en una figura impactante. Se tiró de nuevo a la pileta, dimos unas brazadas más y luego me invitó a terminar el trago en la reposera.
Sabía que estaba montando todo ese artificio de la seducción de modo premeditado solo para embelesarme. De repente me sentí una tonta que desde el primer instante me estaba dejando llevar hacia donde él quería y me resistí. Enumeré todas las fases de su hostigamiento. Mencioné los mails que me había enviado repasando mi vida como si hubiera investigado hasta el último rincón de mi pasado. Lo traté de demente y lo amenacé con denunciarlo si volvía a enviarme esos mensajes en los que describía dónde, con quién estaba y qué hacía. Lo tildé de idiota escribiéndome esos textos en los que pretendía contarme lo que yo había soñado —claro está que no hice mención a que lo que describía en cada mensaje era absolutamente cierto.
Claudio escuchaba y sorbía de la pajita de su trago jugando a hacer ruido. Cuando terminé de increparlo, se limitó a decir “Ah, eso, sí, entiendo, creo que deberías tomarlo como un modo de halagarte”.
Estuve a punto de insultarlo, pero enseguida cambió de tema y ya no me dio oportunidad para nada más. De pronto se puso a hablar de la enfermedad de Roby. Dijo que ese era el motivo por el que me había invitado a encontrarnos. Estaba preocupado por el que llamó “su amigo”, lo veía desmejorado como si hubiera avejentado treinta años en solo unos meses y le asustaba el hecho de que no quisiera tratarse. Se explayó en lo que entendía como síntomas pero en ningún momento nombró la enfermedad ni yo le pregunté qué sabía de aquello.
El rumbo de la conversación me desconcertó. Había imaginado una escena de erotismo más o menos solapado en la que intentaría abordarme de todos los modos posibles, y sin embargo me encontraba con alguien que turbado por el estado de salud de su amigo había decidido hablar conmigo para determinar lo que teníamos que hacer. Me sentí desfasada, como si hubiera sido yo la que había fantaseado con él, la que lo había perseguido y escrito aquellos mensajes de textos, la que había querido seducirlo haciendo gala de ciertos poderes de vidente que me permitían vivir sus sueños.
Me preguntó si no me molestaba que él ayudara en lo que pudiera y se hiciera cargo al menos de llevar a Roby a un especialista conocido suyo. Subrayó que no quería pasar por encima mío y por eso había necesitado verme. Le dije que sí, que no había problema, y entonces Claudio se levantó de la reposera, me pidió disculpas dado que se tenía que retirar. Eso fue todo. Me dio un beso en la mejilla y con la toalla rodeándole el cuello se marchó dejándome sola frente al río, la luna partiéndolo en dos y las luces de la ciudad que a lo lejos comenzaban a titilar.
Recién entonces comprendía lo que Roby me había querido decir cuando hacía referencia a las humillaciones a las que el otro lo había sometido. Lo acababa de hacer conmigo, me había acosado y perseguido durante meses y también acorralado metiéndose dentro de mis sueños y no tenía una mínima explicación para darme. Me levanté enfurecida. Lo vi acercándose a la puerta de salida y le grité que no me tratara como una estúpida.
De algún modo que a mí misma se me escapaba, me había ganado: un rato después ya estábamos tomando unos tragos en un bar sobre la avenida Maipú. Habló de su trabajo relacionado con laboratorios dedicados al desarrollo de nuevas drogas y me hizo reír contándome anécdotas de los tipos con los que negociaba. En ningún momento volvió sobre la enfermedad de Roby ni me dejó preguntarle algo sobre el tema, tampoco encontré resquicio para que me explicara cómo hacía para adivinar lo que yo soñaba. Terminados los tragos, me llevó a un restaurante del centro. Esa noche hicimos el amor en un hotel de Puerto Madero. Al despertar, Claudio ya no estaba. Me había dejado una nota. Se disculpaba por haber tenido que marcharse y me pedía remediarlo encontrándonos dos días después en un bar de Córdoba y Maipú. Lo odiaba y a la vez sabía que detrás de ese odio se dibujaba un deseo loco de conocerlo.
Dos días después, junto a la ventana que daba hacia la avenida, me senté en una de las mesas del bar esperándolo a la hora en que me había escrito. Claudio llegó media hora tarde. Pero el que entonces entró al bar y se sentó frente mío, no era Claudio. Antes de que pudiera yo decir algo, se disculpó por haberme dejado sola la noche anterior en el hotel de Puerto Madero. No entendía nada, me sentía mareada y consternada. Ese hombre no era Claudio y a la vez estaba completamente segura que era él.
Tenía el pelo canoso con luminosidades azuladas, los ojos grandes y de color verde, la tez blanca y los labios carnosos. Me dijo que estaba hermosa, que el vestido que había elegido me hacía resplandecer. No sabía yo cómo encarar la situación. Él hablaba de nuestro encuentro anterior, la pileta del hotel, lo bien que me había quedado el traje de baño, el trago que nos habíamos tomado en el bar de la avenida Maipú, la comida del restaurante al que me había invitado e insinuó algunas cosas sobre la noche de sexo que nos habíamos dado, mientras tanto yo no dejaba de mirar sus ojos antes negros, ahora verdes, su piel antes tersa y ahora surcada por dos líneas que potenciaban sus facciones, sus labios antes discretos y ahora jugosos, su pelo negro ahora canoso.
Los dos, el Claudio que había sido la vez anterior y el que ahora se presentaba en aquel bar, eran apuestos, seductores, elegantes. Los dos, a pesar de las diferencias evidentes, remitían a un mismo modo de estar en el mundo, ocupar los espacios e imponerle a todo lo que lo rodeaba el imperativo de señalar su presencia. Incluso el tono de voz era distinto, sin embargo, la forma de hablar, ni lenta ni apresurada, sino manteniendo siempre una constante rítmica, dejaba entrever la misma cadencia musical. Sus gestos, el modo de mover las manos y mirarme clavando sus ojos en los míos cada vez que hablaba, definían detrás de las diferencias de aquellos dos hombres una misma invariante. Claudio seguía siendo el mismo, como si los otros dos fueran modalidades de sí mismo.
Recordé entonces una telenovela que veía mi madre cuando yo era chica. No me acordaba si el actor que tenía el papel del protagonista había muerto o simplemente no le habían renovado el contrato, pero para darle continuidad a la serie contrataron de urgencia a otro actor que no se parecía al anterior en lo más mínimo. La telenovela continuó como si nada hubiera pasado, todos sabían que se trataba de otra persona pero los viejos actores hicieron como si no registraran la diferencia y lo trataron como siempre. Incluso mi madre y me imagino que los demás televidentes también, aceptaron el cambio y no les pareció raro que el hombre que habían acompañado en sus derroteros durante meses, ya no fuera el mismo. ¿Eran las ganas de mi madre y de los espectadores en general lo que producía el efecto de continuidad o era la magia de esos dos actores que interpretando el mismo papel creaban el efecto de ser una sola y misma persona?
Recuerdo haberme enojado con mi mamá, cómo podía comportarse como una tonta y continuar mirando la telenovela cuando de modo tan cínico le habían cambiado el actor sin explicarle nada. A ella no parecía importarle, seguía embelesada frente a la pantalla como desde el primer día. Lo cierto es que en aquella oportunidad estaba yo viviendo lo mismo que le había pasado a mi madre con su telenovela. ¿Qué hacía escuchando a ese hombre que se hacía llamar Claudio y repetía el mismo guión que Claudio también habría repetido, cuando sabía que eran actores diferentes?
Me habían cambiado al protagonista de la novela, nada me explicaron pero pretendían de mí que continuara haciendo como que no me daba cuenta. Y sin embargo, por otro lado, ¿quién era Claudio?, ¿cuál de los dos era el verdadero?
Esas cosas pensaba, mientras el otro hablaba con el mozo y le pedía un café para cada uno, pensaba que si los dos eran actores que representaban a Claudio era porque en verdad ninguno de los dos era Claudio. Pero entonces, tal como en la telenovela de mi madre, Claudio en sí mismo no existía, no era más que un ente ideal, una creación literaria o un efecto del guión, lo que permitía que cualquiera pudiera darle cuerpo. Aquellos dos solo se limitaban a encarnar y así darle espesor a lo que solo vivía como pura virtualidad. Pero al igual que mi madre, ¿no estaba empezando a enamorarme de una ficción?
Desde entonces, durante un rato, lo puse a prueba. Lo hice hablar sobre algunos detalles de lo que habíamos hecho. Le pregunté sobre su relación con Roby, ¿cómo hacía para vivir en el hotel donde nos habíamos encontrado? Respondió a cada ítem con un grado de detalle que a mí misma se me escapaba. Había aprendido el guión como si fuera su propia biografía, incluso tenía el mismo poder de envolverme con las palabras haciéndome mecer sobre la superficie de la musiquita pegadiza que el otro ya había usado conmigo hacía dos días atrás.
¿Era yo la que empezaba a desvariar? Si eran dos personas diferentes, tenían la extraordinaria capacidad actoral de mantener el mismo personaje, pero acaso ¿no era yo la que me había hecho una idea errónea de la figura de Claudio? Tanto lo había soñado, tanto lo había imaginado que quizás mis fantasías me acorralaban en mi propio atolladero. Cada vez que Claudio aparecía en mis sueños siempre lo hacía como personas diferentes, una vez rubio, otra vez morocho, en unas más alto, en otras más bajo. Incluso me había pasado con los cuadros en que Roby lo había pintado, la primera vez me pareció una cosa, la segunda vez ya era otra. Quizás habituada a estas transformaciones, era yo la que ahora que finalmente lo había conocido le imponía la lógica onírica con la que tantas veces lo había perseguido dándole un rostro y luego otro y luego otro. Lo miraba y lo miraba y buscaba no solo las semejanzas y las diferencias entre el hombre apuesto que tenía sentado delante mío y el otro con el que me había encamado hacía dos noches, sino también con las distintas figuras de Claudio que había soñado.
Repito la misma pregunta, ¿era yo la que empezaba a desvariar? No lo sé, acaso quería saber hasta dónde el otro era capaz de seguir con aquella farsa. Al terminar el café, me preguntó si tenía tiempo para pasear. Me invitó a pasar la noche en una cabaña que un amigo suyo tenía en una isla del Delta. Me dijo que antes lo acompañara a un lugar a un par de cuadras de donde estábamos para recoger algunas cosas.
Tenía el auto estacionado en una cochera. Después de un par de cuadras estacionamos en doble fila en la avenida Santa Fe a media cuadra de Callao. Me pidió que lo esperara en el auto, descendió y se metió dentro de una joyería. Los empleados lo atendieron como si fuera el dueño del lugar. Lo vi sacar un manojo de plata de la caja y algo de una vitrina. Si se trataba de la misma persona, volvió a sorprenderme el mundo lujoso en el que se movía. Apenas volvió al auto, me tomó la mano y dejó en la palma una gargantilla y unos pendientes. Dijo que me quedaban perfectos con el vestido que llevaba puesto. Le pregunté si la joyería le pertenecía, me respondió que no, el dueño era un conocido suyo que le debía algunos favores. Arrancó el auto, miré la gargantilla y los pendientes, eran de oro y tenían incrustaciones de rubí que, ciertamente, combinaban perfectos con mi vestido rojo.
Tardamos una hora en llegar al embarcadero, cercano al centro de Tigre. La cabaña se encontraba a una media hora de lancha. Alrededor no había más que selva, barro y mosquitos. El río se apresuraba llevándose los camalotes enredados en los pilares del pequeño viejo muelle que dormitaba en la entrada del terreno con las patas en el agua. Llovió casi todo el día. Hicimos el amor la mayor parte del tiempo. Si la primera vez que lo había visto me había impactado la diferencia entre este segundo Claudio y el primero, con el paso de las horas y su concentración absoluta en hacerle brotar a mi cuerpo una música llena de flujos y temperaturas e intensidades, se fue borrando el desfasaje entre uno y otro. Había creado una intimidad tan abrazadora que su cuerpo, su rostro y sus ojos se me transformaron en un paisaje mental que hasta las mismas disonancias se volvían parte de nuestra melodía carnal.
Esa noche dormí solo un par de horas, recuerdo haber soñado estar montada sobre el lomo de un pez enorme que rompía las olas dando saltos llevándome hacia altamar. Al despertar, Claudio me esperaba con un café caliente junto a la ventana, mirando la lluvia caer sobre el río. Todavía de espaldas a mí, me preguntó si los peces eran los animales que más me gustaban. Enseguida relacioné sus palabras con el sueño que había tenido. Le pregunté cómo lo hacía, cómo era posible que pudiera adivinar mis sueños.
Me habló de ejercicios espirituales. No habló de nada. Solo escapó de la cuestión diciendo que los sueños eran entidades viajeras, animales etéreos que se movían empujados por la resonancia de una persona sobre otra. Le pregunté qué significaba eso. Las personas resuenan, respondió, cada uno es como una piedra arrojada a un lago formando ondulaciones que se desplazan sobre la superficie aun cuando la piedra haya desaparecido. Los sueños eran esas ondulaciones que chocaban unas con otras, se superponían y armaban en conjunto una constelación infinita. Le dije que solo se trataba de metáforas pobres e insistí para que me aclarara la cuestión. Enseguida cambió de tema y me dejó claro que no quería explicarme nada.
Quedamos en volver a vernos el viernes de esa semana en el mismo bar donde nos habíamos encontrado antes. Durante esos días de espera no dejaba de pensar en Claudio, todo lo que había pasado se me transformaba en un enigma ante el que no podía avanzar.
Primero los sueños. Claudio había rechazado cualquier posibilidad de hablar sobre el tema reduciendo la cuestión a poesía barata. Si pretendía guardar su secreto, no tenía medios para hacer algo contra ello.
Luego la transformación del primer Claudio en el segundo Claudio. Había asumido que acaso había sido yo la que hipnotizada por los sueños y la fantasía le daba a uno la máscara del otro, sin embargo, la diferencia entre ellos, al menos en mi memoria, seguía siendo tan radical que me dejaba sin palabras. Si se había tratado de una farsa, un mal chiste en el que uno se había hecho pasar por el otro para juntarse después y reírse de mí, les había salido tan bien que superaba el chiste y lo transformaba en una magia.
El viernes de esa semana me preparé para volver a encontrarlo. Estaba dispuesta a acorralarlo hasta que me explicara lo que estaba pasando aun cuando aquello pudiera significar reducirlo todo a mi propia alienación. Prefería ser yo la que se enfrentara al hecho de estar toda rota a que fuera el mundo el que se hubiera roto y no supiera cómo.
Un taxi me dejó en la otra esquina del bar, sobre la vereda de enfrente. Al acercarme lo vi sentado junto a la ventana, en la misma mesa que habíamos compartido antes. Sentí un alivio oceánico al verlo y encontrarme con que el que allí me esperaba era Claudio y ningún otro que presentándose como un tercer Claudio lo acelerara todo hacia mi propio desastre. Se trataba del mismo Claudio que me había llevado a la cabaña de la Isla del Tigre, por lo que bien podía desechar la idea monstruosa de haber estado con uno y luego con otro. Siempre se había tratado del mismo, me dije, solo se había tratado de las trampas que yo misma me había tendido.
Me senté frente suyo, entonces me sorprendió el estado de decrepitud disimulada de la que antes no me había detenido. Manchas rojas salpicaban sus cachetes y unas sombras negras asolaban en derredor de sus ojos. Algo le había pasado durante esos dos días que no nos habíamos visto. Sin embargo, la sorpresa mayor no era mía, sino, al parecer, la de Claudio que me miraba como buscando alguna respuesta al hecho de haberlo besado y haberme sentado en su mesa. Miré a un lado y hacia otro, giré sobre mí misma buscando yo también el motivo de su sorpresa. Al girar de nuevo hacia el frente, vi la correa de una cartera de mujer pasando por encima del respaldo de la silla que estaba a mi lado. Le pregunté de quién era la cartera.
—Disculpame, pero me parece que me estás confundiendo con otra persona —dijo Claudio con una seriedad que lindaba el enfado.
—Habíamos quedado que nos encontrábamos acá mismo —respondí con fastidio.
—Debe haber alguna confusión, la verdad es que no te conozco por lo que difícilmente hayamos quedado en encontrarnos.
No supe qué hacer, me quedé mirándolo, buscando en su rostro algo que desnudara la farsa. “No sé lo que está pasando, por qué me estás haciendo esto”, se me ocurrió decir como un modo de defenderme.
Claudio insistió en que no me conocía, y cuando estuve a punto de insultarlo, la mujer que imaginé dueña de la cartera se paró a su lado apoyando su mano izquierda sobre el hombro derecho de él. Alcé la vista y nuestras miradas se cruzaron. Automáticamente me puse de pie, corrí la silla y me dirigí a la mujer pidiéndole disculpas por el mal entendido.
Salí del bar con una bola espesa de pelos, bilis y carne pútrida amasándose en mi garganta. Nunca había odiado tanto a una persona como en aquel instante, pensando que había sido Claudio el que me había rechazado. Sin embargo, a solo cinco o seis pasos de la puerta, sonó mi celular. Se trataba de un mensaje de Claudio. Leí entonces: “Perdoname, Emi. Habíamos quedado en vernos, pero no llego, ¿podemos encontrarnos a la noche? Te voy a estar esperando en el bar de la esquina de Defensa y México a las 20 hs. Dame otra chance, ¿sí?”.
Me di vuelta hacia la ventana donde Claudio o ese hombre al que yo había confundido con Claudio, continuaba sentado charlando con la mujer de la cartera, acaso riéndose o comentando lo que había sucedido. No podía ser él quien me envió el mensaje. Sin embargo, el mensaje había llegado en el momento en que salí del bar, con la precisión exacta de alguien que me estuviera siguiendo.
Un rato más tarde, llegué a la hora que Claudio me había citado no sin la sensación de que estaba jugando conmigo y yo como una tonta me dejaba llevar. El bar estaba lleno de gente, las mesas todas ocupadas. Me senté en un taburete junto a la barra y me dediqué a repasar el cuadro general buscando a Claudio con la mirada. No lo encontré por ningún lado. Seguramente se le había hecho tarde otra vez. Me pedí una cerveza para acompañar el paso de las agujas del reloj. No pasó demasiado tiempo para que entonces se sentara a mi lado un chico de nombre Martín con el que había estado de novia durante un tiempo hacía ya unos cuantos años atrás. Ya ni recordaba por qué habíamos roto la relación ni tampoco por qué la habíamos comenzado. Lo cierto es que se sentó a mi lado, pidió un trago y se puso a conversar de sus cosas como si yo lo hubiera invitado. Me contó que seguía trabajando en un boliche de la zona en el que tantas veces habíamos ido a bailar y habló un rato de amigos que teníamos en común suponiendo que aquello me interesaba en algo. Cuando me preguntó por mis cosas le dije que estaba esperando a mi pareja. Creí que con aquello se daría cuenta que no tenía ganas de continuar la charla pero no le dio la menor importancia y para peor se puso a recordar la relación que habíamos tenido. Me preguntó si me acordaba del viaje que habíamos hecho a Camboriú y volvió a contar anécdotas de nuestro noviazgo que no debían tener otro destino que el más miserable de los olvidos. Entre tanto Claudio no venía y tan pesado se puso Martín que finalmente decidí que unas ganas incontrolables de orinar me empujaran al baño. Le di un beso apurado en la mejilla y lo dejé plantado.
Sin embargo, al regresar, Martín continuaba en la barra haciéndome señas con los brazos en alto y pronto comprendí mi torpeza al ver que la cartera que tenía en su mano derecha era la que yo misma me había olvidado. Tuve que volver a su lado con el peor de los ánimos. Decidida a poner punto final a nuestro encuentro, tomé la punta de la cartera y me di vuelta, pero Martín no soltó la cartera, me agarró del brazo y me empujó hacia su pecho. A punto de sacármelo de encima con un cachetazo, de pronto, cambió el tono de voz y junto a mi oído me reclamó imperativo: “que feo que todavía no te des cuenta quién soy”.
Sus palabras me desacomodaron. Aquel que me inquiría seguía siendo Martín, pero ya no era él. Algo en su mirada, cierto modo de mover la boca juntando los labios hacia delante, cierto resplandor indefinido me ponía de frente a un acto de magia del que no podía identificar el artilugio.
—No me mires así. Te muestro lo que soy, si no me importaras no lo haría, pero soy esto y me arriesgo a que lo veas y decidas qué hacer —agregó sin dar más vueltas.
—No sé con quién estoy hablando —me salió responderle.
—¿Hace falta que te lo diga?
—Me citaste esta tarde en un bar. Estabas con otra mujer, dijiste que no me conocías, que no sabías quién era —respondí a su reproche con otro que ponía las cosas en su lugar.
—Sabés que ese otro no era yo —dijo Claudio y fue aquella la primera vez que revelaba sino el contenido al menos la forma vacía de su secreto.
—Lo único que sé es que te estás riendo de mí.
—Si algo no estoy haciendo es riéndome de nadie y menos de vos. Te cité en aquel bar para que vieras al otro y comprendas lo que me pasa. No te lo podía decir, nunca me hubieras creído si no lo hubieras visto por tu cuenta.
—No sé, Claudio, creo que me estoy volviendo loca, no termino de entender nada.
—No hay mucho que entender.
Acaso tenía razón, no había mucho que entender. Claudio era uno y el otro y quizás tantos otros que ni siquiera me podía hacer una idea.
De un sorbo tomé el trago hasta dejar el fondo del vaso vacío. La impresión de estar frente a un hombre que no era nunca el mismo sino siempre otro, me imponía una vorágine mental que no alcanzaba articulación. En todo caso, ¿tenía algún rostro, un rostro propio que respondiera a la persona de Claudio Scherer, o su condena era ser cualquiera y con ello también ser nadie?, ¿cómo era exactamente la transformación?, ¿podía volver a ser Claudio, solo Claudio, y mostrarme quién era en realidad? Eso era lo que quería preguntarle y no encontraba el modo de definir, sin embargo, ¿cómo preguntar aquello sin caer y reducirlo todo al absurdo de un lenguaje que no encontraba ni encuentra el modo de nombrar lo que nunca es del todo lo que es, ni deja de ser lo que no es?
No podía pensar con claridad, sus palabras resonaban en mí y me llevaban de paseo por mil lugares diferentes. Le dije que necesitaba respirar, salir de aquel lugar y hablar un poco más tranquilos. Caminamos un rato por las calles de San Telmo. En un momento le pregunté por Martín, ¿era el verdadero Martín el que había conversado conmigo en el bar antes de que yo fuera al baño, y luego al regresar a la barra Claudio había tomado el lugar del otro?
Sus carcajadas me hicieron temblar. Le pregunté de qué se reía. “¿Creés en serio que tengo un arreglo con ese chico, que primero aparece él y después yo lo suplanto? No me rebajés a eso, yo no trabajo de doble de nadie, ni siquiera conozco a tu Martín”.
¿No lo conocía?, ¿no tenía un acuerdo con él para aparecer primero uno y después el otro?, pero entonces ¿cómo sabía que había estado de novia con aquel chico, que habíamos viajado a Camboriú y todo lo que me había contado de nuestros recuerdos y los amigos que habíamos tenido en común?
Me preguntó si de verdad lo quería saber y entonces nos encaminamos hacia el boliche donde trabajaba el otro. La fila de los que pretendían entrar se extendía desde la puerta hasta la esquina. No necesitamos hacer ninguna cola. Nos presentamos en la entrada y Claudio haciéndose pasar por el otro se detuvo a hablar con los patovicas de la puerta. Saludó a unos y a otros y entramos al boliche como si fuera nuestra casa. Una vez dentro, nos detuvimos un rato en una de las barras, charlamos con el barman como si Claudio lo conociera de toda la vida mientras tomábamos unos tragos sin pagar un centavo. Bailamos en una pista y en otra, nos paseamos por todos los recovecos del lugar y a cada paso nos encontramos con amigos por todas partes. El nombre de Martín en la boca de aquellos hombres, la familiaridad con la que lo trataban, me devolvía a la mirada del mundo sobre nosotros. Para ellos, el que estaba allí no era Claudio, sus miradas de algún modo me lo sustraían y me obligaban a tratarlo como si fuera Martín. La escena forzaba un pliegue en la superficie de las cosas donde podíamos escondernos de todos mientras actuábamos lo que no éramos. Desde entonces esa carga la llevaría donde fuere, yo guardaba el secreto de Claudio, el hecho de que él viviera como trasfondo y núcleo detrás del rostro y la existencia de todos aquellos en los que encarnaba. El mundo podía llamarlo Martín, Juan o Norberto, yo en cambio sabía quién era aquel que era todos y luchaba para no convertirse en nadie.
Esa noche terminamos en mi departamento haciéndonos el amor con los restos de nosotros mismos. Al despertar le pedí que no se fuera, le propuse compartir el departamento e intentar como pareja alguna normalidad. Al otro día trajo un bolso azul y desinflado que colgaba de su hombro derecho y contenía todas sus propiedades, es decir casi ninguna, solo un par de bagatelas —al menos es lo que entonces pensé.
Al principio, resultó maravilloso. Claudio venía a mostrarme un mundo del que no me hubiera imaginado ser capaz de vivir. Lo acompañé en sus andanzas y nos divertimos a morir. Vivimos dos semanas en la suite del quinto piso del hotel de Olivos, bajo el nombre de Juan Steiner. En el hotel ni siquiera dudaron cuando Claudio se hizo pasar por el otro. Nos dimos entonces unas vacaciones de lujo usando la pileta del hotel, tomando daiquiri, champan francés y comiendo los mejores platos de la cocina; todo sin pagar un peso. Simplemente un día nos marchamos y a nadie le pareció extraño que un cliente como Juan Steiner se retirara de la suite. Luego de aquello, Claudio me sorprendió una mañana encarnando a Norberto Díaz, el hombre de canas azuladas con quien antes me había encontrado en el bar de Córdoba y Maipú. Esa vez me llevó a la joyería de la que el otro era el dueño. Entramos al lugar como si fuera nuestra casa y mientras Claudio hablaba con los empleados y sacaba plata de la caja, yo me dedicaba a contemplar las joyas de las vitrinas. Asegurados los billetes en su bolsillo, se paró al lado mío y juntos elegimos un anillo de oro con incrustaciones de jade, una gargantillas, unos pendientes y hasta una peineta que hacía juego. Esa vez volvimos a usar la cabaña que Norberto Díaz tenía en una de las islas del Delta y estiramos nuestras vacaciones unas dos semanas más.
Pronto me quedó claro cómo vivía Claudio. Lo que debía ser su condena la transformaba en su ganancia, se hacía pasar por los otros para robarles dinero y usarles las propiedades. Entiendo que esos otros estaban al tanto de la existencia de Claudio y que aceptaban lo que hacía. Quería pensar que de algún modo era el pacto tácito, Claudio guardaba silencio acerca de algo que se me escapaba y ellos le permitían gozar de algunos beneficios económicos durante algunos lapsos de tiempo. Siempre que hacíamos estas cosas me preguntaba qué pasaría si nos cruzáramos o vieran a Claudio junto a alguno de los dobles que encarnaba. Esto me atemorizaba y también me excitaba. Un día finalmente ocurrió y pronto comprendí que en verdad eran ellos, los dobles de Claudio, los que le tenían el suficiente miedo como para retroceder y ocultarse. ¿Extorsión?, ¿chantaje?, no lo sé, en todo caso a cambio de silencio no pagaban sino con un poco de paranoia, algunos billetes de vez en cuando y el uso moderado y eventual de algunas de sus propiedades.
Lo cierto es que aquellas andanzas sumaron a la fascinación que sentía por Claudio. Nunca había conocido a nadie igual, caminaba todo el tiempo por la cuerda floja de sí mismo con la elegancia y el aplomo de un dandy que parecía ver a sus semejantes como si su tiempo fuera otro, no el instante pasajero de los hombres sino el tiempo de la montaña, los océanos o las constelaciones celestes. Parecía tener la capacidad de ver la totalidad de cada una de las cosas en las que se detenía, la red de relaciones, el nexo íntimo que las unía, y contemplar así no solo la cara de la realidad que se le presentaba sino también su reverso, como si pudiera ver el rostro de alguien y a la vez la espalda y el dorso izquierdo y derecho, y verlo desde arriba y verlo desde abajo, todo en un mismo instante, todas las perspectivas desde una sola perspectiva.
Y acaso eso mismo era lo que él me hacía vivir. Cada día era una aventura nueva junto a un hombre que físicamente era cada vez un hombre diferente. Un día, joven, vital, sexualmente apabullante; al otro día, maduro, elegante, sexualmente experimentado. Y sin embargo, cada noche, me parecía no estar con uno de todos los que él mismo era sino con todos a la vez, como si se diera el lujo y con ello me otorgara la gracia de hacer el amor no con un hombre determinado sino con todos los hombres de los que él era capaz.
Nos divertíamos yendo siempre al mismo restaurante, una noche Claudio se presentaba con el rostro de un hombre y a la otra noche con el de otro, y luego también con el de un tercero más. Inventábamos escenas en las que me recriminaba a los gritos el haber estado con otro tipo y en la cima de sus celos, llamaba a los mozos y les exigía responderle con quién había estado yo la noche anterior. Los mozos se ponían pálidos y no sabían que decir. Pero a la semana siguiente, volvíamos al restaurante y Claudio se presentaba con el disfraz de otros amantes y luego con el del esposo celoso. Volvía a gritarme, volvía a llamar a los mozos que ya hartos de tanta ceguera le terminaban detallando cada uno de los tipos con los que me aparecía en el lugar.
También jugaba a ponerse celoso de los otros que él mismo era, y entonces me recriminaba que me gustara estar más con uno que con el otro. Yo le seguía el juego y al principio se lo negaba y luego le confesaba que sí, que tenía un amante que era mucho mejor que él, y entonces Claudio me castigaba negándose durante semanas a volver a encarnar en este otro. Solo se trataba de un juego de pareja pero no sé si en el fondo Claudio no se tomaba en serio la cuestión y de verdad se ponía celoso, lo cierto es que me encantaba verlo así y si estaba con uno no dejaba de hablarle del otro, de las cosas que me hacía y de lo bien que lo pasábamos. El que entonces Claudio encarnaba jugaba a enfadarse conmigo, me amenazaba con perseguirlo y encontrarlo. Le escribía mensajes exhortándolo a que me dejara si no quería pasarla mal; al otro día mi amante encontraba el mensaje y volvía a subir la apuesta escribiendo otro. Esto nos llevó a una idea superadora. El amante que él mismo encarnaba decidió filmar las relaciones sexuales que tenía conmigo y dejarlas a la vista del otro. Insisto, no sé si Claudio jugaba o de verdad se ponía celoso de los otros que él mismo era, pero ver la filmación en la que su mujer se encamaba con otro hombre lo enfurecía tanto como también lo excitaba infinitamente.
Así transcurrieron los primeros meses, apabullada por una vorágine de transformaciones que me llevaban del cielo al infierno y del infierno al cielo, manteniéndome siempre en el borde de cada uno. Y sin embargo, la paranoia me perseguía. ¿No estaban jugando conmigo?, no uno ni dos ni tres sino una conjuración de hombres que sosteniendo sus diferencias físicas decían ser el mismo hombre. ¿No había entrado yo en el juego sin saber que lo que se jugaba era mi buen juicio? Una conjura, una orden, un Sindicato Universal y Popular de Hombres que se habían destinado a usarme para la risa compartida. Al fin y al cabo, no conocía a Claudio en cuanto tal, sino concretamente a un conjunto de hombres diferentes que en distintos momentos decían ser Claudio.
Al tiempo ya estaba imaginándolos reunidos, contándose unos a otros en una mesa de bar cómo les había ido a cada uno con la loca fácil de Emilia. De allí a saberme la puta regalada de una cofradía del engaño había solo un paso. No me podía sacar del cuerpo la mugre viscosa y la sensación de ser vejada en cada encuentro. Llegué incluso a perseguir a Claudio en la calle, esperando, no sé, que se encontrara con Alejandro Freire, con Martín Azúa, con Norberto Díaz y los otros. Sus pasos me llevaron a ningún lado. De un modo u otro, en una esquina, en el subte, en la multitud que iba y venía por las calles, siempre lo perdía.
Pero la idea insistía. Acaso Claudio Scherer era solo el nombre que el Sindicato de Hombres Conjurados Contra Emilia Para Usar A Emilia Y Cogerse A Emilia Y Reírse De Emilia había inventado como contraseña para que cada socio de la Orden accediera a ella. O bien, no existía ningún Sindicato de Hombres Contra Emilia y Claudio Scherer era un hombre de carne y huesos como cualquier otro pero que tuvo la idea de facilitarle a sus amigos y conocidos la cifra y el código para pasar un rato con la chica fácil a la que no le importaba acostarse con todos si cada uno la convencía de ser Claudio Scherer.
Me había comprometido hasta el fondo de mi ser con el destino de ese hombre y a la vez me sentía la chica más tonta del mundo. Estafada, ultrajada, vejada, abusada, violada. Y sin embargo, nada de ello estaba claro. No podía enjuiciar a Claudio ni continuar azotándome a mí misma por algo que solo pasaba en mi cabeza. No poseía ninguna prueba de nada, por lo que debía defenderme de mi paranoia, que es un modo de decir que tenía que defenderme de mí misma. Lo cierto es que el tiempo de embrujo había pasado y si no quería desbarrancar en mis propios desvaríos, tenía que ganar un suelo firme donde pisar y comprender quién era Claudio, a quién le estaba entregando mi vida.
Un anclaje, alguna verdad acerca de quién era Claudio, eso necesitaba, y fue entonces que una noche me ofreció la visión que sin saberlo había estado esperando y que nunca más quise volver a enfrentar. Acaso sabía lo que se tramaba en mi interior, quizás intuía mis sospechas y quiso borrarlas de una vez y para siempre. Lo cierto es que jamás había visto las transformaciones de Claudio; en general, era él el que controlaba el proceso a voluntad y no sabía cómo lo hacía ni qué pasaba cuando aquello sucedía porque entonces se encerraba en el baño o simplemente aparecía en el departamento bajo el aspecto de una nueva encarnación. La noche de la que estoy hablando, hacíamos el amor en el dormitorio del departamento y el rostro del hombre que me penetraba era el de aquel que alguna vez había conocido con el nombre de un tal Alejandro Freire. De pronto, vi sus pómulos brillar y deshacerse como si un leproso estuviera encima mío y pedacitos de su carne cayeran sobre mi cara. Una serie de convulsiones parecieron electrocutar su cuerpo; su columna vertebral vibraba y los espasmos hacían que su pecho golpeara contra el mío. Por los agujeros que habían quedado de la carne que se había desprendido de su rostro, emergieron una multitud de bichos microscópicos, pequeñísimos gusanos deformes que a toda velocidad armaban y desarmaban conjuntos gelatinosos y membranas ácidas como si miles de burbujas de carne sanguinolenta entraran en ebullición. Su cara era el campo de batalla de la vida subterránea, la pura materia borboteando en un caos informe.
Mientras una náusea de guiso de fideos mostacholes del mes pasado recubierto por una manta de pelos blancos y pequeñitas larvas histéricas burbujeaba en mi pecho, el caos carnal fue encontrando en su rostro el modo de alguna definición. Cuando los tejidos fueron regenerándose, las velocidades de la materia se volvieron locas y una intensidad multiforme hizo que las facciones de Claudio mostraran todas sus posibilidades en un mismo instante, entonces vi en su rostro el rostro de Norberto Díaz y a la vez ese rostro era el de Martín y también el de Juan Steiner y este último era el rostro de Roby y allí vi mi propio rostro y mi rostro era el de un chico negro llamado Miguel con el que había estado de novia hacía unos años y este a su vez era el de otra encarnación de Claudio llamado Alejandro Freire pero entonces se dio un giro inesperado y de pronto los rostros que yo había reconocido como aquellos de los que Claudio se hacía pasar dieron lugar a la contemplación cuasi mística de lo que a mí misma se me escapaba y entonces vi rostros jóvenes y avejentados, rostros de niños recién nacidos y rostros descompuestos de promisorios cadáveres, vi rostros asiáticos y semitas, negros y pálidos, indígenas y africanos, deformes y hermosos, ojos que eran azules y a la vez verdes y marrones y violetas, claros y oscuros, luminosos y opacos, que me miraban ofrendando el horror de una devastación y la serenidad de un paisaje quieto, rostros que me hablaban de un tiempo geológico y traían esbozos metalizados de un futuro tecnológico, rostros de mujeres acechadas y de la barbarie en sus ojos, andróginos míticos, andróginos cyborgs, travestis, travestidos, enfermos, incompletos, amputados, tajeados, inconclusos, y entre todos ellos ninguno que fuera el rostro de Claudio, al menos, uno que me mostrara con certeza que esa era la cara del hombre al que amaba.
Mi temor ya no respondía a los conjurados en el Sindicato Popular de Hombres Contra Emilia, sino al hecho concreto de haberme vuelto loca. ¿No había sido aquella visión un brote psicótico del que había despertado con el gusto del ultramundo en la boca? ¿Un sueño, una pesadilla, una simple y dura alucinación? Al otro día, apenas me levanté de la cama, le dije que necesitaba conocerlo tal como había sido. Tenía miedo de que detrás de todas aquellas visiones y versiones de Claudio no existiera nadie. Sabía que sin Claudio, sin modelo original solo me esperaba el desvarío. Sin Claudio no había versiones ni copias desviadas, sino solo diferentes hombres confabulados en robarme todo equilibrio mental. Yo quería a Claudio, a ningún otro. Me respondió que ya no podía regresar a su rostro. Había abandonado toda esperanza de hacerlo y su peor tormento era olvidar por completo quién había sido.
¿Mentía?, ¿seguía con el juego?, ¿qué cosas le diría a los otros cuando se juntaran en el bar a hablar de lo que esa noche le hicieron a Emilia? Le pedí que me contara su vida antes de empezar a ser todos esos otros en los que vivía. No tenía para contar más que lo que se puede decir de cualquiera. Insistí con que me mostrara fotos del que había sido antes de perder el rostro. No quería perderlo. No quería dejarlo caer en el infierno que mi cerebro estaba creando para él. Lo dudó durante unos instantes pero finalmente sacó de su bolso tres fotos que tenía debajo de todo. Era lo único que le había quedado, el resto lo había perdido en la maratón de transformaciones a la que se había condenado.
Una de ellas era la de un chico de unos quince años, ojos marrones, pelo color castaño, flaco, facciones bien definidas. Otra foto lo mostraba a los veinticinco años un poco más gordo, no mucho, pero su cara tendía a un ovalo en el que la nariz y los ojos parecían implantados y la boca un tajo que le habían hecho a los fines de alimentarse y respirar. En la tercera foto, su rostro volvía a la delgadez anterior ganando una palidez extrema y algunas arrugas que se tejían como telas de araña alrededor de sus ojos.
La diferencia entre la persona que veía en las fotos y esta otra que hacía un rato me había hecho el amor, era terrorífica. Claudio prefirió no verlas y se mantuvo en silencio. Quise entender su decisión, pero en el fondo me enojaba su desidia. Parecía haber abandonado el esfuerzo de sostener algún relato de quien había sido, ni tenía ganas de ninguna narración que uniera las imágenes sueltas y les diera algún sentido. En todo caso, su pasado pendía del hilo delgado de sus propios cuentos y a él ya no le importaban los cuentos.
Ante su desgano, le exigí que cada tarde nos concentráramos en alguna escena que recordara para tomar algunas notas y a partir de ellas dibujar lo que me contaba. Decenas de bocetos fueron llenando el departamento, pero lo extraño era que cada vez que Claudio me contaba algo de su pasado, las versiones eran siempre diferentes. Pensé si no me lo hacía a propósito. El monstruo jugaba con Emilia. Al monstruo no hay que darle ninguna oportunidad. Y sin embargo necesitaba darle no una chance sino mi vida. Lo cierto es que el recuerdo de sus padres, los lugares y paisajes que recordaba, eran contradictorios y en el mejor de los casos se superponían en un fractal ridículo en el que cada dibujo no era más que una pieza de un rompecabezas sin figura que armar y solo destinado al mal humor de un esquizofrénico radical.
Si es que no jugaba conmigo, su memoria debía ser muchas, tantas como las de todos aquellos en los que encarnaba. Acaso la tensión a la que lo sometía, el imperativo de mostrarme quién en verdad era, lo obligó a tomar una distancia que se nos volvió insalvable. A veces desaparecía durante días. Yo no dejaba de pensar si la visión de la simultaneidad aterradora que había visto hacía unas noches atrás, había sido cierta o solo la primera fisura del abismo en el que caía. Cuando volvía al departamento, la distancia entre los dos no se acortaba, pero me pareció ver que el proceso se le escapaba de las manos y de modo autónomo el fondo genético de su ser biológico se reconstituía bajo una nueva forma. Claudio tenía el suficiente cuidado de preverlo y cuando se estaba por iniciar se ocultaba durante lapsos que iban de apenas unos diez minutos a otros que duraban casi una hora. Entre tanto yo no dejaba de pensar si verdaderamente no me había vuelto loca inventándome un monstruo de mil caras para mi uso privado. Cuando regresaba de las transformaciones —si es que existía alguna transformación y no se trataba de hombres diferentes— volvía a mostrarse ausente y demolido como si regresara de la muerte, quebrado y exhausto como si hubiera sobrevivido a un terremoto orgánico de larvas que hubieran emergido a la superficie carnal. Debía sentirse un monstruo, pero no hablaba de ello, solo buscaba cierta serenidad e intimidad para luego de unos minutos volver a ser el de siempre. Aunque el “Claudio de siempre” acaso era solo un invento mío.
Fue entonces que comenzó a escribir y el tiempo que se tomaba para ello era un modo de suspender nuestra vida compartida. Se sentaba junto a la ventana y mientras lo hacía parecía disolverse en el humo de los cigarros que fumaba uno tras otros con la ansiedad de quien estuviera fumándose el tiempo. Aquellos papeles terminaron siendo el territorio prohibido, allí no podía ingresar sino al costo de una profanación. ¿Escribía en ellos su pasado y gozaba del hecho de mantenerme fuera? Su vida seguía siendo un secreto y no dejaba de preguntarme si podía aceptar su silencio y vivir con todos los que él era. ¿Por qué debía importarme tanto que Claudio fuera Alguien?, ¿por qué no asumir que el hombre al que yo amaba era Nadie? En todo caso, sino era nadie debía ser todos aquellos con los que había convivido desde el primer momento, sin pasado común ni unidad alguna. Entonces, ¿por qué no podía aceptarlo?
