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"A Eva no le podían aplicar las bastardas reglas ancestrales Alfa; a una extranjera había que esclavizarla sutilmente con el rigor de las costumbres religiosas y sociales. Había que utilizar aquello que la había atraído hasta ese lugar y cegarla hasta dejarla inconsciente." ¿Cuántos siglos más serían necesarios para acabar con esta cruel realidad? Las Silenciadas relata las vidas esclavas y libres de las mujeres de oriente a través de la perspectiva de Eva, una occidental de alma viajera, protagonista y testigo de vivir en una cultura dominada por los Alfa. Los relatos de las mujeres que conocerá y sus vivencias, harán que ella planee escapar definitivamente de su esposo y de ese mundo, para así recuperar su voz femenina y recorrer el camino de la liberación. Desde un presente libre, la respuesta a su misión de vida aparecerá con claridad. En ese camino descubrirá el poder de la estirpe del ave fénix, y el verdadero significado de su nombre. Este descubrimiento hará posible que acepte los innumerables sufrimientos a lo largo de su vida. ¿Qué ocultaban los Alfa sobre el sometimiento femenino? ¿Podrá Eva al imperio de los oscuros lobos y ganarle a la muerte y alcanzar la tan ansiada Voz de la libertad?
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Seitenzahl: 109
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Celina Beltramone.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Dettoni, Lucía Belén
Las silenciadas / Lucía Belén Dettoni. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
94 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-580-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Psicodrama. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Dettoni, Lucía Belén
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Al hombre y al amor de mi vida, mi padre,
al ser universal que me ampara,
a mi hermana del alma,
a mi ser de luz,
a ese incondicional hombre
al que le agradezco la libertad
y a todas Las Silenciadas del mundo.
LAS SILENCIADAS
La verdad oculta de los Alfa
PRÓLOGO
Ser un personaje silenciado a lo largo de la vida requiere de una extraordinaria fuerza personal para sobrevivir y ganarle a la muerte una vez alcanzada la tan ansiada voz de la libertad. Y no existe diferencia entre la ficción y la realidad.
Las Silenciadas es un relato femenino que llevará al lector a identificarse con alguna de las historias o parte de ellas y quizás las tome como propias hasta el punto de revivir situaciones traumáticas de sometimiento femenino que sean también de liberación a través de la ficción y así poder sanar. Es una narración que se deslizará todo el tiempo entre lo ficcional y lo real por lo que el lector deberá saber, cuando así lo quiera, trazar ese límite que a veces se suspende porque siempre detrás de todo existirá lo que no se dice sobre el maltrato, el ultraje, el abuso, la religión, la cultura, la sociedad y la tradición.
A esas mujeres que fui, les pido perdón y hoy me acepto y me amo tal cual soy.
AGRADECIMIENTOS
A mi padre, por enseñarme a ser esta mujer que soy y demostrarme que los lazos más puros son los del corazón.
A mi hermana del alma, por ser parte de mí y mi otro yo.
A mis amigas mosqueteras, por enseñarme a vivir y a no desistir jamás.
A la hermosa mujer que me dio la vida y a la extraordinaria mujer que me llamó “hija”.
A todas Las Silenciadas, por confiarme sus vidas y darme la misión de ser su Voz.
A mi ser de luz, por guiarme y acompañarme siempre desde la pureza.
Al hombre que incondicionalmente siempre estuvo en mi vida y estará en mi corazón.
A todas aquellas maravillosas personas que fueron mis pequeños grandes maestros en esta vida.
A las mujeres de mis vidas pasadas y a la presente.
RELATOSDE VIDAS PASADAS ESCLAVAS
Siendo consciente de que pondrían siempre su Voz en duda, aun así y soportando la carga social, tomó papel y lápiz para narrar sus historias de vida.
Eligió escribir el relato alejándose de sí misma para poder observar lo que su mano iría forjando y denunciando. No era una escritura más, era el acontecer de una mujer que, como tantas otras Silenciadas, había tomado el control de sus días y quería darle paso a la verdad.
A esa verdad que duele, que sangra por el maltrato, que sobrevive extenuada de tanta injusticia y que había logrado escapar de una realidad ajena a su mundo. Esa verdad que muchas veces se escondió en el útero vacío y se llenó de sexo por mandato del público Alfa. Y una de las tantas verdades era que decían haber alcanzado la iluminación y el ser espiritual, pero permitían que solo los Alfa fueran hombres santos.
La libertad del alma era concedida únicamente a los hombres ya que los vientres estaban manchados de pecado desde el primer segundo de existencia hasta el último suspiro. Si tan ascendida estaba el alma, ¿por qué condenaban a la mujer a la vergüenza de la mendicidad, de la prostitución, de la esclavitud familiar y social, del suicidio, del aborto, del ultraje y de la vejación a través de los siglos?
En medio de ese interrogante, vino a su memoria la vez que le dio su cigarrillo a una mujer de la calle sumida en la pobreza. Se acercó y le dijo que se lo daba solo a ella por ser la única mujer entre los oscuros lobos. Únicamente pudo hacer eso y se retiró para contemplarla a lo lejos. Observó que hubo poder en el instante en el que sus labios tocaron y desprendieron el humo. Había desafiado a todos y a cada uno de ellos, aunque solo hubiera durado poco tiempo.
Ella comprendió que había sobrepasado los límites y las personas del mercado ya la juzgaban como a una extranjera irrespetuosa y de mala vida. Primero, por haberse acercado a una mujer de la calle que estaba pagando su karma y no se permitía que nadie la ayudara y segundo, porque estaba prohibido que el sexo femenino fumara en público.
Esto sería el comienzo de la rebeldía forastera en un mundo con leyes creadas por y para la supervivencia de los Alfa con el afán de aplastar todo intento de libre albedrío femenino.
Sabía que su Voz luchaba contra una cultura machista milenaria y los dardos sangrientos y envenenados se podían sentir apenas pronunció las palabras “Lo que no se dice sobre…”, así ya se había condenado al exilio moral de por vida. Ahora entendía que ser mujer en ese lugar la había convertido en más fuerte. Ya tenía el alma rota y comprendía el poder de las palabras que le habían cortado la piel por los látigos Alfa que dominaban su mundo, el mundo de las mujeres silenciadas.
Durante mucho tiempo, dio su aviso para intentar salvar a tantas otras de su padecimiento, pero recibió amenazas. Su corazón latía desesperadamente porque recordaba el dolor y la angustia. Aquellas voces que intentaron por siglos ocultar lo que realmente sucedía, ahora estaban en pie de guerra con ella. Querían destruirla, desaparecerla, manipular su grito de libertad. La verdad estaba próxima a encontrar la luz y las oscuras voces Alfa la rodeaban cual oscuros lobos hambrientos esperando que la muerte por agonía llegara para así devorarla.
Esa vez que alzó su voz, pudo sentir en cada palabra de resistencia las miradas de reconocimiento de ellas. No era una heroína, era una fémina que reclamaba ser tratada como un ser humano. Aquellas mujeres sentían que, por primera vez, ese grito las llenaba de fuerzas, al fin una Silenciada había hablado y se había atrevido a contradecir a un Alfa.
Asumió que ellas iban a apoyarla pues sus ojos buscaban el alivio de haber hecho las cosas bien pero solo recibió consejos milenarios machistas que ocultaban la verdad de esa cultura. Ninguna la defendió. Los oscuros lobos estaban esperando que alguna víctima intentara escapar para desgarrar el cuerpo desesperado y sediento de libertad.
La querían callar, deseaban que desapareciera de ese lugar. Ella era la Voz que amenazaba a los Alfa porque sabían que decía la verdad. La rodeaban como sombras, como almas en pena carcomiendo su espíritu libre, le hablaban al oído hasta en los sueños y la vigilaban desde el corazón. No podía escapar de allí, todavía no. Necesitaba soportar las injusticias y padecer el dolor de sus alas y sus huesos rotos en aquel lugar sumido por la humedad, la suciedad y el olor a condimentos que le revolvían su ser.
Los ojos de la habitación estaban con candados y las temidas anguilas estaban apostadas en las rejas esperando el más leve toque para cobrar vida y advertirle, mediante un choque de electricidad, que no saldría hasta que domaran su femineidad rebelde.
Podía ver desde arriba a los oscuros lobos acechando las calles, inundando con su olor Alfa cada rincón de ese lugar que para ellos era infinito. Ella solo se soñaba libre, se secaba las lágrimas y esperaba que la noche se hiciera día para tener la posibilidad de volver a creer en sí misma.
Sin más remedio y por un tiempo, tuvo que adaptarse a las reglas para tratar de sobrevivir, lo había aprendido de las Silenciadas. Si quería estar protegida, debía aceptar que en ese mundo las cosas funcionaban así. Con el dolor de saber que eso no era lo correcto, optó por dejar de comer y ceder su plato. Por derecho, le correspondía a la mujer con más jerarquía, según la edad y el estatus social, comer lo que quisiera y cuanto deseara.
Si en una familia el mayor era el Alfa, la misma estaba bendecida; por el contrario, si era una mujer, ella debía ejercer la autoridad o autoritarismo, en la mayoría de los casos, como si hubiera nacido para ser un oscuro lobo.
Se esperaba que la misma dominara y manejara a la familia teniendo en cuenta los sabios y los sagrados principios escritos que reglamentaban el accionar diario. Esto le concedía un poder absoluto sobre la vida de los sujetos que solo podía ser cuestionado por un Alfa. Por lo tanto, todo era cuestión de haber nacido con la ventaja de tener un miembro fálico entre las piernas o tener una edad avanzada que inspirara respeto.
Desde ese momento, en el que le explicaron este reglamento, tuvo dos opciones: sentir la incomodidad en su estómago por la falta de alimento y padecer el dolor por las noches o saciar su hambre con lo que dejaran y encontrara en sus rondas nocturnas cuando el Alfa y su séquito de esclavas estuvieran dormidos o entretenidos lejos de ella. Sabía que no merecía esa circunstancia y no podía arriesgarse a correr peligro, no podía enfrentarse, no se podía permitir el abandono. Alguien siempre la estaba vigilando, esperando que se equivocara para castigarla y demostrarle que haber nacido mujer se pagaba con la vida.
Muchas veces intentó hablar con aquella mujer que se encargaba de las tareas de la limpieza en la casa, pero hasta estaba prohibido dirigirle la palabra. Nunca pudo pronunciar su nombre ya que para su lengua era difícil hacerlo correctamente y por más que hizo grandes intentos por grabárselo y decirlo, no pudo. Se limitó a consultarles a otros sobre la vida de esa joven que cada día acudía a los hogares de los Alfa para limpiar la suciedad que todos producían. Tenían la asquerosa costumbre de comer o hacer sus tareas diarias y arrojar al suelo de la vivienda todo desecho que originaban porque había alguien destinado siempre para higienizar.
Si alguna de las otras esclavas intentaba limpiar algo por más mínimo que fuera, sería interrumpida en el intento pues no existía nada más denigrante que hacer la tarea de aquella mujer. Estaba reglamentado que según el origen de la casta cada ser de allí tendría su labor hasta que muriera. Por lo tanto, la casta más baja siempre trabajaría en la higiene de las personas que pertenecieran a un rango más alto y en algunos casos se convertirían en parias que jamás serían palpables por ningún otro ser humano más que los pertenecientes a su rango social.
Esto llevaba a que su cuerpo y su cabeza jamás superaran la altura de las personas. Entonces, la limpieza de los pisos se realizaba en cuclillas desde el barrido hasta la higiene con agua y con trapo. Mientras lo hacía, a veces sucedía que los mismos individuos del hogar iban ensuciando a su paso y ella debía volver a repasar lo que antes estaba limpio.
Si el calzado se encontraba en el mismo lugar en donde se estaba limpiando, solo la fémina esclava que higienizaba debía moverlo, no estaba bien visto que alguno la ayudara. Todos se quedaban sentados cual reyes y cortesanos observando el trabajo esclavo que se sucedía ante sus ojos. Ante esto, Eva no pudo con sus principios de crianza liberal y se levantó del sofá, se arrodilló y acomodó sus zapatos sobre la mesa. Durante esos instantes en los que duró la acción en su conjunto, los ojos sorprendidos de todos se quedaron estupefactos y la reprendieron a viva voz.
Ella miró confundida a la joven que aún permanecía en cuclillas y el mensaje que le envió su mirada fue que jamás volviera a hacerlo, aunque su intención hubiera sido buena. Luego de esto, esa mujer ignoró completamente a Eva para que nunca se produjera un hecho de ayuda o solidaridad femenina porque sabía que estaba rompiendo con las reglas de la casta. Aunque las acciones hubieran sido conducidas por el buen corazón, no estaba permitido romperlas ya que las consecuencias recaerían sobre la esclava de la limpieza.
¿Qué verdad se ocultaba detrás de esta realidad que supuestamente estaba prohibida por los derechos humanos? ¿Qué es lo que no se decía y para qué? ¿Qué tan inteligentes y manipuladores habían sido los dioses para justificar esta realidad a través de la divinidad de la palabra sagrada? La verdad que había descubierto Eva era que aquellos que habían creado a nivel jurídico leyes para la prohibición de las castas y los trabajos inhumanos, eran los mismos que sostenían este injusto sistema ya que poseían en sus hogares a los impalpables de la sociedad.
