Las vías - Austin Roca - E-Book

Las vías E-Book

Austin Roca

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LA INFANCIA ES UNA DE LAS MEJORES EPOCAS DE NUESTRAS VIDAS O ASÍ DEBERIA DE SER. TE INVITO A CONOCER LA HISTORIA DE RODRIGO QUE TAMBIEN ES LA MIA. ...

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Seitenzahl: 216

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Austin Roca

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-633-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A ti, güelita, gracias por tanto habiéndote entregado tan poco.

Prólogo

La infancia es una de las mejores épocas de nuestras vidas así debería de ser. Durante nuestros primeros años dependemos de nuestros padres y del círculo familiar para crear vínculos afectivos, recibir cariño, comprensión, acompañarnos y guiarnos en la dura tarea del crecimiento personal.

Querido lector, estás ante la historia de mi vida. En ella se refleja cómo apenas tuve ese cariño tan importante por parte de mis padres, como poco a poco fui convirtiéndome primero en un niño y mas tarde en un adolescente retraído e infeliz, como nadie se dio cuenta de la deriva que iba tomando mi vida y como una horrible enfermedad entró en nuestro hogar precipitando todo esto.

Déjame acompañarte por el tortuoso camino que he tenido que transitar al ahondar en lo más profundo de mi subconsciente, y rescartar uno a uno sentimientos y vivencias traumáticas que creía enterradas para siempre.

.

«Todo duele más cuando no sabes por qué te hieren».

.

«El acoso escolar comienza como una pequeña bola de nieve que se deja rodar y al final nadie sabe cómo detener».

.

CAPÍTULO 1 Los cambios siempre son a mejor, o no

Enjuto, bajito, tímido y gafotas, así era mi yo de nueve años a principios de septiembre de 1989, cuando mi madre me dejaba a los pies de aquel enorme portón verde de hierro donde nos agolpábamos cientos de niños y niñas en el primer día de colegio.

Las Merceditas era un colegio concertado situado en uno de los barrios obreros de la periferia de la ciudad. Era el mismo colegio al que había acudido mi madre en la década de los setenta y al cual habían decidido mis padres que debía ir yo.

—Verás cómo haces un montón de amigos nuevos —intentaba animarme mi madre mientras apoyaba su mano en mi hombro.

—Pero yo ya tenía amigos, no sé por qué no puedo seguir yendo al otro cole —intenté explicarle—; además, soy el único que va en pantalones cortos y con medias, todos se van a reír de mí.

—¡Estás guapísimo, no seas tonto! —dijo ella muy convencida de sus argumentos.

No olvidemos que, para una madre, su hijo es el más guapo del mundo.

Este colegio religioso tenía instaurado el uso de uniforme para todos los alumnos: falda plisada, camisa blanca y jersey azul marino para ellas y camisa blanca, jersey azul marino, pantalón gris corto o largo para ellos.

Mi madre había decidido que su hijo iría mucho más guapo con un pantalón corto y medias hasta las rodillas.

El más guapo no sé si sería, pero el que más frío pasaba en invierno, eso seguro.

Se despidió de mí con un beso y yo me acerque aún más al portón. Me temblaban las rodillas. Acostumbrado a mi colegio de pueblo, aquello era como estar en otro planeta.

Sonó la sirena atronadora y el gran portón comenzó a abrirse despacio como las enormes fauces de un monstruo marino dispuesto a engullir a los incautos que osasen acercarse a él.

De repente empujones, golpes, codazos y cientos de gargantas gritando al unísono. Entre todo ese bullicio, me veo atrapado y arrastrado por un mar de niños que avanza sin saber muy bien hacia dónde me dirijo.

«Ya no hay marcha atrás», pensé. Apenas veía más allá de la mochila que tenía delante. Intento buscar a mi madre entre la multitud para poder despedirme, pero solo consigo girar un poco la cabeza.

—Adiós, mam... —La corriente es tan fuerte y yo soy aún tan bajito que ni veo ni me ven, así que me resigno y me dejo arrastrar por aquel tsunami infantil que me conduce sin remedio hacia las fauces abiertas de aquel monstruo marino.

¡Kabooommm! El gran portón se cerró tras nosotros. Ese sonido retumbó en mi pequeña cabeza sin comprender hasta qué punto mi vida empezaría a cambiar para siempre.

* * *

—¿Y si nos mudamos a Oviedo? —Mi madre lanzó esa pregunta tanteando el terreno y esperando a ver qué decía mi padre—. Allí viven nuestros padres y nos podrían echar una mano con los niños.

—¿Qué hacemos con el colegio? —respondió mi padre; él no lo veía tan claro en un primer momento.

—Podemos matricular a Rodrigo en el mismo colegio al que fui yo, Las Merceditas, y hacer lo mismo con su hermana cuando termine la guardería. Un colegio de monjas siempre es garantía de buena educación —intentó convencerlo mi madre—; yo tengo muy buenos recuerdos de los años que pasé allí.

Y así fue como de la noche a la mañana pasé de jugar con mis amigos a las chapas, las canicas, al escondite y hacer vueltas ciclistas por el pueblo a encerrarme en un piso de ochenta metros cuadrados, privado de una libertad de la que no fui consciente hasta muchos años después.

Ese barrio para mí era un ente hostil, los coches dominaban todo y en mi bloque no había niños, aquello prometía.

—Papá, esta casa no me gusta, no tengo amigos y no puedo salir a jugar a la calle —intenté argumentarle—, ¿por qué hemos venido a vivir aquí?

—Ya te lo hemos explicado, Rodrigo, mamá y yo trabajamos en esta ciudad y ahora no tendremos que recorrer tantos kilómetros para ir a trabajar. Además, los abuelos están cerca y podrás verlos más a menudo.

—¡¡Este sitio es una mierda!! —dije enfurecido y, tras dar un portazo, me encerré en la habitación que compartía con mi hermana.

CAPÍTULO 2 Este no es tu sitio

—¡Alumnos de primero, por aquí, los de quinto seguidme¡—dijo una señora que me resultaba muy extraña. Llevaba una bata blanca como las profesoras de mi antiguo colegio, pero sobre la cabeza una sábana de color gris que le tapaba todo el pelo y solo dejaba asomar un pequeño mechón en la parte superior de la frente.

Las profesoras navegaban entre el mar de niños que habían quedado atrapados tras el portón, con la agilidad con la que un pescador selecciona sus mejores capturas, ellas iban moviendo a los niños empujándolos por la cabeza de una fila a otra de entre la multitud que había en aquel patio.

No sabía a dónde acudir, para mí todo era demasiado confuso, así que decidí esperar a ser capturado y confiar en que ese primer día pasase a la mayor velocidad posible.

Tras la vorágine inicial, todos los alumnos fueron ubicados en sus respectivos cursos, salvo un pequeño grupo de niños, entre los que me encontraba yo.

Dos profesoras se acercaron a nosotros.

—¿A qué curso corresponden estos niños? —le preguntó una de ellas.

Un levantamiento de hombros fue lo que recibió como respuesta.

—Estos, que parecen los más pequeños, me los llevo a Infantil, estos otros a Primaria. Avisa a dirección y luego ya nos informarán del curso al que deben ir —dijo la profesora de la sábana en la cabeza.

Y así de golpe y porrazo es como me vi en una cola rodeado de otros pequeños compañeros. Estábamos listos para subir a las clases y empezar la andadura en mi nuevo colegio.

Las Merceditas era una institución fundada en 1942 y ocupaba una manzana completa de aquel barrio de la periferia de mi ciudad.

Una mole de cuatro alturas, dividida en dos alas y en cuyo centro se alzaba una iglesia de grandes dimensiones. Las tres primeras plantas servían para ubicar las aulas, estancias del profesorado, comedor, gimnasio y salón de actos. En la azotea se encontraban las habitaciones de las monjas, de parte del profesorado y miembros de la congregación que, además, se encargaban del comedor y el mantenimiento del colegio.

El patio se dividía en dos, en la parte de abajo estaban tanto las canchas de fútbol como las de baloncesto y era el destinado a los cursos de Primaria y BUP. Ascendiendo unas escaleras se llegaba a otro pequeño patio, el que utilizaban los niños de Infantil, y en esa zona del colegio es en la que me encontraba yo en ese momento.

—Hola, me llamo Jorge.

—Yo Rodrigo —dije.

—¿Jugamos al pilla-pilla? —le pregunté.

Así de sencillo es como comienzan las amistades cuando uno es un niño, no hace falta nada más. Saltamos a los columpios y empezamos a escalar por aquella estructura metálica oxidada y desconchada, que seguro que era la misma en la que había jugado mi madre cuando venía al colegio.

Jorge y yo estábamos en el curso equivocado, pero eso aún no lo sabíamos. Habían pasado al menos dos horas desde que habíamos entrado al colegio por primera vez y todavía nadie se había percatado de que no nos encontrábamos en el curso correcto.

Tras el recreo regresamos a la clase, estaba llena de dibujos, con mesas circulares donde nos sentábamos por grupos y donde había colores, cuentos e infinidad de cosas que estimulaban a un niño con tan solo verlas. Me recordaba a la clase de mi antiguo colegio.

Me encontraba enfrascado realizando una tarea de escritura cuando la puerta de la clase se abrió y tras ella apareció otra profesora, joven, esbelta y con voz dulce que se dirigió a la clase.

—Rodrigo y Jorge, por favor recoged vuestras cosas y acompañadme. —Aquella profesora había aparecido para llevarnos a algún otro sitio.

—¿A dónde nos llevan? —pregunté algo confuso.

No entendía nada, así que recogí mi pequeña mochila y acompañé a la profesora que nos conduciría a un lugar que marcaría para siempre mi estancia en el colegio.

Fuimos guiados por la profesora a través de los pasillos, bajamos y subimos escaleras dejando atrás la colorida y alegre zona de Infantil para dirigirnos a otra ala, una menos amable para los niños en la que todas las paredes tenían cuadros de imágenes religiosas, algo que era la primera vez que veía, y si nunca has visto a un señor clavado a una madera, pues sí, impresiona bastante.

La zona a la que nos llevaban era la que estaba destinada a los niños de Primaria y cursos superiores. El acceso era diferente al de los niños más pequeños del colegio, todo era más sobrio, más lóbrego y para mí era como estar visitando las entrañas de una casa encantada.

Encaramos el que sería el pasillo donde estaba nuestra clase. Largo, muy largo, casi infinito. Los zapatos de la profesora retumbaban en el silencio y su acelerado paso no ayudaba a que mi corazón dejara de latir desbocado a punto de salírseme por la boca. Una boca seca como el esparto, uno de los primeros síntomas que me acompañarían a lo largo de mi vida adulta: cuando estoy nervioso, la lengua se me pega al paladar y apenas puedo articular palabra.

Llegamos al final, sobre la puerta un pequeño cartel rezaba «3º B»; la joven profesora giró el picaporte y entramos en la clase.

—Buenos días, madre Marga, estos dos niños pertenecen a este curso, han pasado toda la mañana en Infantil y por fin hemos conseguido ubicarlos en la clase que les corresponde —dijo con voz firme.

Me sorprendió mucho que la llamase «madre», «¿serán madre e hija?», pensé aún sorprendido por la curiosa forma de vestir de una parte de las profesoras del colegio. Porque allí solo había mujeres, unas con sábanas en la cabeza y otras sin ellas, con la excepción del profesor de gimnasia, ese era el único hombre de Las Merceditas.

Antes de aquel día yo jamás había tenido contacto con una monja, no recuerdo que mis padres me explicasen a qué clase de colegio iba a ir y qué tipo de educación recibiría. Yo estaba acostumbrado a un colegio público de pueblo, el cambio iba a ser radical, no estaba preparado y de eso ya me di cuenta el primer día.

Jorge y yo nos situamos sobre una tarima elevada que cubría todo el ancho de la clase, sobre ella estaba la mesa de la profesora y una pizarra que era imposible abarcar con la mirada desde nuestro ángulo.

—Perfecto, con ellos ya son treinta y ocho los alumnos totales de la clase —dijo la primera profesora que tuve en los inicios de Las Merceditas.

Ese no iba a ser el número total de niños en aquel curso, llegamos a ser incluso cuarenta y dos, os podéis imaginar qué tipo de atención podría recibir un niño que fuese un poco rezagado con semejante número de alumnos por clase, lo que a la postre lastraría mi futuro académico.

El portón verde se volvió a abrir y la marea de niños recorrió el mismo camino, pero en sentido inverso. A lo lejos, en la esquina de la acera que nos llevaba a casa, mi madre me esperaba con una enorme sonrisa. Su pelo largo, rubio y rizado brillaba al sol. Agité la mano para que me pudiese ver y me respondió con el mismo gesto. Sorteé, no sin dificultad, la marabunta de niños y madres para salir corriendo hacia ella que ya me esperaba agachada con los brazos abiertos para darme un achuchón.

—¿Qué tal tu primer día, cariño? —me dijo tras darme un gran beso en la mejilla.

—Me lo he pasado superbién, he hecho un amigo, he jugado en unos columpios supergrandes del patio, he visitado el colegio, he pintado... —le solté de forma atropellada.

Rompió a reír, me cogió de la mano y emprendimos el camino de vuelta a casa mientras le seguía contando las aventuras de mi primer día.

CAPÍTULO 3 Debes guardar silencio

Los primeros días supusieron un verdadero choque con respecto a mi anterior colegio, el trato del profesorado, las instalaciones y ante todo la disciplina no terminaba de gustarme nada.

—Mamá, no me gusta este colegio —le dije mientras acababa de peinarme.

—¿Por qué? —me preguntó distraída.

—El colegio no tiene colores, no es alegre, no se puede hablar en clase y las profesoras con las sábanas en la cabeza me regañan todo el rato.

—Monjas, Rodrigo, se llaman monjas —me corrigió.

—Las monjas se pasan el día regañando y me dan miedo —le contesté.

—Bueno, verás cómo te acabas acostumbrando. Yo fui al mismo colegio y aunque hay un poco más de disciplina, te va a venir muy bien, además aprenderás cosas sobre la religión católica y podrás hacer la comunión dentro de unos años —intentó argumentarme sin éxito.

—¿La comunión? —pregunté.

—Sí, es una fiesta que celebran los niños cristianos cuando se hacen mayores. Te vistes de marinero y se celebra un gran banquete con toda la familia, además hay regalos —me dijo guiñándome un ojo.

Un disfraz, una fiesta y regalos, tampoco debía de ser tan malo después de todo, pensé.

—¿Ya estás listo? Rápido que voy a llegar tarde al trabajo —me apuró mientras terminaba de echarme la colonia.

La estancia que se hacía llamar «aula» estaba poblada de decenas de cabecitas que miraban con ojos atónitos a sus dos nuevos compañeros de clase.

Un crucifijo de madera ubicado sobre el encerado presidía la clase y, junto a él, una foto muy descolorida de una mujer con cara de pena que más adelante averiguaría que se trataba de la Virgen María.

Mis primeros días de adaptación al colegio, a un nuevo curso y a un nuevo sistema educativo que giraba en torno a la religión no empezaron con buen pie. La ubicación de los alumnos dentro de las aulas se realizaba por orden alfabético y, en mi caso, con un apellido cuya inicial era de las últimas del alfabeto, me avocaba al final de la clase.

—¡Rodrigo, es la quinta vez que te tengo que llamar la atención! En clase se debe permanecer en silencio, no debes hablar con tus compañeros —dijo la profesora, muy molesta.

Esa firme disciplina del silencio era nueva para mí y en la primera semana de colegio me tuvieron que cambiar de sitio en varias ocasiones.

—¡Siéntate aquí y no quiero tener que volver a regañarte más! —volvió a espetarme la monja.

Abrí mi pupitre, recogí mis cosas. Una vez más me deslicé por el pasillo al borde del llanto hasta la primera fila, junto a la mesa de la profesora que con un rictus serio, esperaba a que acabara de colocarlo todo para poder continuar la clase.

—¡Date prisa, estás demorando a tus compañeros! —me increpó.

Riiinnnggggg. El timbre del recreo con su sonido metálico y estridente resonaba como una llamada de liberación para mí, necesitaba salir de allí y buscar refugio en el único lugar en el que me sentía seguro dentro de aquellos muros.

—Niños, todos en fila y en silencio, vamos a bajar al patio —anunció la profesora.

Todas las clases de aquel ala bajábamos las escaleras que conducían al patio. Cientos de pequeñas pisadas retumbaban al unísono en un acorde marcial.

El nerviosismo de los niños se hacía más patente con el último giro de escalera, hasta el punto de que ya era imposible detener la marea que explotaba en una vorágine de gritos, risas y carreras tras cruzar el umbral de la puerta del patio.

—¡Tú la llevas! —le decía un niño a otro mientras salían corriendo.

—¡Mario, chuta ya, no seas chupón! —Un poco más allá varios niños jugaban al balón en la pista de fútbol.

—Marta, ¿de qué es tu bocadillo? —dijo Julio.

—Creo que de chorizo.

—¿Me lo cambias?, el mío es de mortadela.

Todos los niños parecían tener su sitio, unos tras las pelotas, las niñas hacían grupitos para jugar a la comba o a la goma, otros se sentaban en corrillo intercambiándose cromos de Oliver y Benji o de los Caballeros del Zodiaco y yo, aún dentro de mi pequeña burbuja, acudí al único lugar que me daba seguridad en aquel lugar hostil.

Me dirigí hacia el lateral del patio, ascendí los escalones que dividían ambas zonas del colegio y me volví a encaramar a la estructura metálica en la que jugaban los niños más pequeños del colegio.

Pasaron días o quizás semanas, pero como si de puntualidad británica se tratara, a las once y media de la mañana, durante el tiempo del recreo, seguía acudiendo allí, entre sus oxidadas barras me sentía a salvo.

El silencio era una de las normas más estrictas de la institución, recorrer las estancias del colegio debía realizarse así.

La disciplina era férrea en ese y otros aspectos del día a día académico. Los niños entrábamos en la dinámica propia de un convento donde la vida que llevaban las monjas se fusionaba durante las horas lectivas y donde primaba más el comportamiento a las necesidades de aprendizaje de los alumnos.

Mucha disciplina y muchos niños por clase, un cóctel explosivo donde los malos estudiantes o aquellos con problemas de aprendizaje pasaban a ser un molesto estorbo para el normal desarrollo del curso y terminaban arrinconados en un sistema educativo que no permitía margen para el error.

Poca o nula motivación en el colegio y en casa, caldo de cultivo para un desastre que no solo fue escolar y que, aún a día de hoy, no he sido capaz de superar.

CAPÍTULO 4 La familia

Mi padre se crio en un pueblo a las afueras de la ciudad, recibió una educación severa en el colegio de curas que tenía la fábrica en la que trabajaba mi abuelo.

La vida en aquel pueblo pudo ser igual a la de cualquier otro de la década de los sesenta o setenta: los niños, tras la salida del colegio y en vacaciones estivales, eran utilizados como herramientas de trabajo, ayudando con los animales y con las tareas del campo. Había que ordeñar las vacas, limpiar las cuadras, preparar la huerta, segar la hierba... No había tiempo para demasiados juegos y menos aún para que los padres dedicasen tiempo a sus hijos o se preocupasen en exceso por los asuntos del colegio, la supervivencia de la familia dependía del trabajo común.

Las muestras de cariño que recibió se podrían contar con los dedos de una mano. Mis abuelos eran austeros en el reparto de amor hacia sus dos hijos, pero al varón de la familia se le criaba de una forma más severa que a las mujeres y, en el caso de sus padres, mi abuela era la que llevaba la voz cantante de la crianza. Dirigía la casa y todas las tareas del campo, era la matriarca de la familia, adusta y distante incluso con sus propios hijos. Con un carácter muy arisco e incapaz de mostrar amor hacia los que la rodeaban, crio a mi padre en un ambiente carente de cariño y afecto. Años más tarde él repetiría, como un espejo, aquella conducta con sus hijos.

Aunque la vida en el pueblo era muy dura, mis abuelos habían conseguido hacerse con gran cantidad de fincas para la labranza, algunas de ellas obtenidas de herencia familiar y otras compradas con mucho sacrificio.

La economía española experimentó lo que se conoció en aquella época como «el milagro económico». Durante la década de los años setenta, las familias comenzaron a tener dinero no solo para comprar los bienes de primera necesidad, sino también para prosperar socialmente.

Mis abuelos aprovecharon ese despegue de la economía nacional para hacer buenos negocios con fincas que, o bien ya no utilizaban o estaban baldías, lo que les reportó un buen colchón económico.

Se dieron cuenta de que la única forma de prosperar y de que sus hijos se labrasen un futuro era trasladándose a la ciudad y dejando atrás un pueblo que cada vez era menos productivo.

Una vez instalados en Oviedo mi padre completó sus estudios de formación profesional y entró a trabajar en una fábrica como aprendiz de tornero fresador.

* * *

—¡Esa chica no me gusta nada para ti, tú puedes aspirar a mucho más!

—¡A mí me gusta y pienso casarme con ella! —dijo a voz en grito mi padre.

—¡Por encima de mi cadáver! Si sois unos muertos de hambre, ¿qué pensáis, que os vamos a mantener tu padre y yo? Tú aún eres mozo aprendiz y ella..., ¿a qué se dedica ella? —le soltó mi abuela enfadada.

—Está terminando los estudios de Secretariado y yo ya tengo un sueldo bueno como para mantenernos a los dos —le respondió él.

—Cuando te vayas a la mili se te pasará toda esta locura y lo verás todo con más perspectiva.

—Me da igual lo que digas, pienso casarme con ella y no te estoy pidiendo permiso, solo te estoy informando. —Y zanjó la conversación saliendo de casa con un portazo.

El trato entre mi padre y mi abuela era frío y distante. En ocasiones parecía que no fuesen madre e hijo. Él la llamaba por su nombre de pila, jamás escuché que se dirigiese a ella como mamá, ni tan siquiera como madre. En esa rama de mi familia el amor brillaba por su ausencia, el trato era aséptico y frío como la mesa de un quirófano.

La chispa entre mis padres surgió enseguida, lo que viene siendo un flechazo.

Aunque mi abuela paterna seguía en sus trece, mis padres tenían más que decidido el paso que iban a dar y creció en ella una animadversión enfermiza con mi madre. Se le había metido entre ceja y ceja que solo quería estar con mi padre por el dinero, que no había amor, solo interés. Ese odio fue creciendo con los años y, aunque se toleraban, jamás fue una relación cordial.

Con tan solo diecinueve años mis padres se casaron por la Iglesia en una ceremonia sencilla y austera en la parroquia cercana a la barriada de mamá.

La mili, el as que mi abuela creía que tenía guardado en la manga para que mi padre se olvidara de ella, no le sirvió. El tan ansiado servicio militar que debería hacer durante nueve meses no llegó a concretarse, los que tenían un as en la manga eran mis padres.

Por aquel entonces si un hombre en edad de acudir a cumplir con la patria estaba casado con hijos y el único sustento económico era él, quedaba exento; y paso a paso eso fue lo que sucedió, primero se casaron y después mi madre se quedó embarazada de mí. Con tan solo veinte años ya eran padres y yo nací en los albores de la década de los años ochenta.

Mi padre cumplió la amenaza que le había hecho a su madre, pensaba hacer lo que le diera la gana. La relación entre ellos se volvió aún más fría y distante. Mi llegada en lugar de unirlos los separó aún mas.

Mi madre provenía de una familia humilde, compuesta por tres hermanos, en la que ella era la más pequeña de los tres.

Vivían a las afueras, en una barriada como muchas que se construyeron de carácter social durante esa época. Aún hoy se puede ver la placa que luce sobre el portal: «Ministerio de Vivienda», edificio construido al amparo del régimen de viviendas de protección oficial junto al yugo y las flechas que representaban al partido político Falange Española al que pertenecía el dictador Francisco Franco.

La barriada construida a finales de los años sesenta se encontraba a las faldas de un pequeño monte. Compuesta por ocho bloques, conformaba un barrio alejado del resto de la ciudad, confiriéndole un aire de pequeño pueblo independiente. Disponía de una minúscula panadería y una tienda que surtía de casi todo. Allí es donde, además de bienes de primera necesidad, los niños nos surtíamos de helados, gominolas y sobres sorpresa con vaqueros o unidades de combate de la Segunda Guerra Mundial.

La disposición de los bloques había dejado grandes patios interiores en los que los niños jugaban en total libertad, no existía ese pánico que hoy día tienen los padres por dejar sin vigilancia a sus hijos, fuimos una generación más libre y, por qué no decirlo, en ese aspecto más feliz. Los coches eran un lujo para los habitantes de aquella barriada.

—¡Abuela, ya estamos aquí! —grité desde la calle.

Ella saludaba de forma efusiva desde la ventana con una gran sonrisa en la cara, le encantaba que la llamara a gritos incluso antes de tocar el timbre. Decía que estaba muy orgullosa de sus nietos y quería que todo el barrio supiese que habíamos llegado.

El bloque donde vivian mis abuelos tenía cuatro plantas, la construcción era sencilla con un pequeño portal en el que apenas cabian los buzones que nos daban la bienvenida.

Los escalones eran pequeños, los saltaba de dos en dos y me plantaba en el descansillo del cuarto piso sin apenas darme cuenta. Mi abuela ya me espera para darme un gran beso sonoro: «Muaaaa».

—¡Jolín, güelita! —