Lazo de Sangre - Hugo Daniel Fernández Loza - E-Book

Lazo de Sangre E-Book

Hugo Daniel Fernández Loza

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Beschreibung

La eterna lucha del bien y el mal se desarrolla en la vida de un niño y su padre. Esta novela de intriga llevará al lector a la magia milenaria, a las sectas secretas, al poder oculto del ser humano y al gran conflicto de las fuerzas más poderosas del universo. El sacrificio, el amor y el dolor se mezclan para dar forma a Lazo de sangre.

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Seitenzahl: 392

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Fernández Loza, Hugo Daniel

Lazo de sangre : el conflicto de los siglos / Hugo Daniel Fernández Loza. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

350 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-622-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Fernández Loza, Hugo Daniel

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Agradecimientos

A mi hijo, la luz de mis ojos.

A Jorge, por tu apoyo desinteresado.

Y a todos los que creyeron en mí.

El sacrificio de un hombre que hará eco en la eternidad.

Lazo de sangre

El conflicto de los siglos

Introducción

—Onixte, debes recapacitar, no puedes seguirlo, no tú. La ley es santa y buena.

—¿Pero si es arbitraria como él dice? ¿Si nuestro creador es un tirano? ¿Si hay más por conocer de lo que se nos ha dado?

—¿Cómo puede ser un tirano? ¿Acaso no tienes derecho a elegir? ¿Qué hay del otro lado que amas tanto?

—Tú no lo entiendes, él es mi mentor, llevo eones con él. Desde que se me dio el aliento de vida, desde que la fuente derramó mi esencia…

—Y por esa devoción, que solo debieras tener por tu creador, ¿eres capaz de perder tu libertad?

—¿No estoy preso ahora? ¿No vives acaso sujeto a la ley? ¿No eres un esclavo de ella?

—¡No, hermano! La ley está escrita en mi interior, amo la ley, amo a mi creador y te amo a ti. No concibo en mi sabiduría vivir sin la ley. ¿Qué te ha mostrado el gran querubín que has decidido seguirlo en esta revolución? ¿Crees por un instante que seguirlo te dará más felicidad que la que encuentras en este universo lleno de armonía? Mira a tu alrededor, Onixte, ningún ser de ningún planeta está tan cerca de la fuente como nosotros, y ellos no dudan en seguir al creador. Estando dotados con la misma libertad que se nos dio a nosotros.

—No me ha mostrado nada… Lo sigo no por lo que pueda dar, sino por lo que yo pueda darle a él.

—Elegiste al señor equivocado, amado Onixte, y lo siento mucho, pero debo hacer algo antes de que Miguel los expulse al abismo.

Capítulo 1

El pequeño Ángel se encontraba agitado, las voces en su mente otra vez atormentaban su calma. La noche lo despertaba cada dos por tres con los refucilos y estruendos, parecía que el mal tiempo era cómplice de su pesadilla. Se estremecía en su cama angosta, su habitación oscura y el tic-tac del enorme reloj de pared lo llenaban de un miedo profundo. No aguantando más y bañado en el sudor de su cuerpo, se dirigió por el pasillo hacia la habitación de su madre y con un gemido la despertó.

—Mami, otra vez, otra vez pesadillas —susurró el pequeño entre dientes.

La madre, un poco confundida, levantó la mirada hacia el niño.

—¡Oh! Hijo, ven, duerme a mi lado… oraremos.

El niño se cobijó entre los brazos maternales y escuchando la suave voz de ella que le pedía a Dios por protección, se quedó dormido.

La joven madre, al ver a su hijo sumido en un sueño tranquilo, pensaba en los sucesos de la vida del pequeño. Intentaba comprender por qué tenía que pasar por todo esto una criatura. Su marido era camionero y, por suerte, lo veía una vez a la semana. Muchas veces atribuyó las pesadillas de Gabrielito a la ausencia del padre, pero mientras pasaban los años, todo empeoraba. Siempre trataba de tener una relación estable con Dios y su familia, les pedía constantemente a los pastores que oraran por el pequeño. Pero todo seguía igual, y lo peor era que el niño nunca se atrevía a decir la naturaleza de las pesadillas.

Cuando la noche llegaba a su fin y el sol brillaba obsequiando a la vida un nuevo día, el pequeño se olvidaba de sus sueños y todo seguía como si nada pasara.

Alberto, el padre de Gabriel, propuso un psicólogo para que lo tratara, pero después de meses, todo seguía igual. El psicólogo argumentaba que era normal, que los miedos infantiles desaparecerían en la adolescencia y que, si no presentaba problemas de conducta, no había de qué preocuparse. Eso decía el profesional, pero María comprendía que su hijo no era normal. Ella tenía bastante con lo que le había sucedido en su juventud para atribuirle a la casualidad los sucesos de su vida. Solo le quedaba aferrarse a Dios como medio para ahuyentar los miedos de su pasado.

Al día siguiente, cuando María despertó, notó que el colchón estaba mojado, Gabrielito se había orinado en la cama. Eso le causó sorpresa ya que jamás había sucedido. El pequeño dormía profundamente, ella se levantó intentando no despertarlo y se dirigió al comedor, tomó el teléfono y marcó el número del pastor.

El aparato sonaba y sonaba sin cesar, ella observó el reloj grande de pared y notó que eran las seis de la madrugada.

Cortó y se dirigió al gran ventanal del living que daba a las hermosas mesetas de San Luis, el sol se asomaba débilmente por el horizonte rojizo, no quedaba ni rastro de la tormenta que había azotado con fuerza al pueblo.

Con la mirada perdida en el panorama, pensaba en lo difícil que le era llevar la vida sola, echaba de menos a su marido.

Mientras hacía tiempo, se duchó y preparó café y se sumió en la lectura de la Biblia. Como a las ocho llamó nuevamente al anciano pastor de su congregación. Después de dos o tres pitidos, atendió el anciano con voz ronca y apagada, demostrando tras de sí una noche larga.

—Hola, ¿Carlos? —habló ella con un tono de voz desesperante.

—Sí. ¿María? ¿Qué le sucedió a Gabrielito esta vez? —El anciano era uno de los pocos que lo llamaba Gabriel, siempre aludía que ángeles eran muchos, pero que Gabriel era un nombre poderoso.

—Lo de siempre, pastor: pesadillas, ataques de pánico, sudor frío y esa angustia tan terrible. Se duerme sollozando.

—Mira, hija, esto es difícil… ¿sigue sin decir nada?

—No lo sé, aún no despierta… Realmente me tiene mal, anoche podía sentirle su corazón de lo fuerte que latía. ¡Tengo miedo!

—Tranquila… He estado hablando con unos hermanos de Córdoba especialistas en el tema y viajarán para aquí el lunes por la noche. Ellos quieren ver al niño.

—Pastor, me comentó que son especialistas, pero ¿en qué materia?

—En liberación… Ellos creen que algo le molesta por las noches y hay que sacarlo.

La voz de María comenzó a quebrarse, su mente no podía creer que su pequeño esté siendo aturdido por las noches por un ser del otro mundo. O demonio, como ellos le llamaban.

—He pensado que lo tengo que llevar a un psiquiatra, quizá tenga algo como esquizofrenia o similar… ¿usted cree que estos hombres podrán ayudarlo?

—Mira, hija, debemos dejarlo en las manos de Dios, porque un psiquiatra solo va a medicarlo y lo tendrá drogado toda la noche. El psicólogo no encontró problema, el psiquiatra tampoco lo hará.

—Bueno, está bien. ¿Ellos vendrán para casa?

—Sí. Es necesario que esté Alberto, que trate de pedir el día.

—Bueno, yo le aviso. ¿Qué hago estos tres días hasta el lunes?

—Lo de siempre, ora y no lo asustes.

—Gracias, pastor, que Dios lo bendiga.

—Y a ti, hija… Saluda al pequeño de mi parte.

La voz del anciano se apagó. María se quedó por unos largos minutos escuchando el tenue sonido del teléfono, con la mirada perdida en un cuadro que estaba colgado frente a ella bajo el reloj. “Venid a mí todos los que estéis trabajados y cargados que yo haré descansar. Mateo 11:28”, decía el objeto junto a un hermoso paisaje otoñal.

El pequeño se levantó, todavía medio dormido, y encontró a su madre llorando en el teléfono. Angustiado preguntó:

—¿Qué te sucede, mamita? ¿Por qué lloras? ¿Estás enojada conmigo?

Ella trató de secar sus lágrimas rápidamente y con un tono de indiferencia expresó:

—No, Angelito. ¿Por qué iba a estar enojada contigo?

El niño se miró el piyama húmedo y tocándolo le respondió:

—Por esto, mami… ¡te prometo que no me hago más pis!

—No, hijo, no me molesta que te hayas hecho pis, aunque casi salgo nadando —concluyó con una sonrisa tranquilizadora—, eso le pasa a cualquiera.

—Sí, pero… pero ¿por qué lloras?

—Ven —lo atrajo dándole un fuerte abrazo y diciéndole en el oído—: nada, hijo, nada, a veces los grandes lloramos por llorar.

El chiquillo le dio un enorme beso en la mejilla.

—Te entiendo, mami, a veces lloro y no sé por qué.

—Ángel, ve un ratito a la cama, mientras preparo las cosas para bañarte —concluyó la madre regalándole una sonrisa. El niño obedeció mientras ella preparaba las cosas para la ducha.

Luego de un par de minutos ya estaba todo listo para bañarlo, trajo al niño y lo dejó en la bañera, mientras hacía los quehaceres de la casa. Cuando estaba sacando el colchón para airearlo en el sol, encontró un objeto extraño debajo de la cama.

Era algo parecido a una daga extraña de color negro con estrías dibujadas en el mango. Por un momento se asustó, pero luego pensó que podría ser de Alberto, ya que a él le gustaba recoger lo que encontraba. Sin darle demasiada importancia al objeto, sacó el colchón y fue a buscar a Ángel con una enorme toalla blanca.

El pequeño estaba jugando dentro de la bañera. Cuando ella le indicó que se levantara, el niño mirándola de frente extendió sus pequeños brazos, ahí pudo ver en el pecho del pequeño, en la tetilla derecha, una pequeña marca en forma de cruz, como una cicatriz. Los nervios la traicionaron y no aguantó el llanto.

—¿Qué es esa marca, hijo? ¿Qué te pasó?

El niño observó su pecho y cuando la vio afirmó:

—Nada, mamá, no me duele… No sé qué me pasó…

María trató de quitarla con la esponja, pero era parte de su piel. No le quedó más remedio que abrazarlo, secarlo y cambiarlo como si nada pasara por su mente. Aunque, en realidad, todos sus pensamientos eran un caos. Recordaba, en pantallazos, la voz de un ángel en su cabeza que la guiaba en su tierna infancia, aunque estaba segura de que no era más que un invento de una nena sola.

Al anochecer habló con su marido e intentó explicarle todo por teléfono, pero Alberto no aguantó más la conversación y prometió que estaría en casa lo antes posible. Lamentablemente, le había tocado viajar a La Conquista del Desierto en Santa Cruz, y estaba muy lejos de casa. Pero prometió volver antes del lunes.

Después de hablar con Alberto, solo una cosa rondaba la mente de María: «Si la daga no es de él ni mía, ¿de quién es?». Dirigió la mirada hacia su pequeño que cenaba tranquilo.

Se acercó a él y le preguntó:

—Ángel, quiero que me mires a los ojos por un momento.

El niño la miró fijamente.

—Mamá, yo no tengo ninguna daga.

Ella le devolvió una mirada furibunda, que resaltaba sin duda su rostro blanco como la nieve.

—¿Y cómo sabes que te quiero preguntar eso?

—Porque te escuché hablar con papá… Yo no tengo nada, en serio, mamá, ¿de dónde iba a sacarla?

Ella cambió la expresión de su rostro tranquilizando al niño.

—Te creo, hijo, perdona. Sigue con tu cena.

María se dirigió hasta su habitación dispuesta a tirarla en la negra noche, pero recordó que el lunes vendrían los hombres a ver a Ángel y quizá les gustaría verla. La observó por unos instantes. Tenía símbolos extraños, era liviana y se sentía extraña con ella en la mano. Echó atrás sus pasos y regresó a cenar con su pequeño hijo.

Los días que siguieron fueron normales, Ángel no presentó más ataques nocturnos y María pudo descansar tranquila.

Eran las ocho de la mañana del día lunes cuando llegó Alberto, el sol resplandecía y las chicharras anunciaban un día muy caluroso. Él vestía una remera formal mangas corta de color claro y un pantalón cremita. Era un hombre robusto de grandes ojos negros y piel trigueña.

Cuando entró, su amada lo estaba esperando con unos mates espectaculares, costumbre que traía de Córdoba su provincia natal. Su hermoso pelo ondulado jugaba con sus hombros perfectos, vestía de verano, con una remera clara y un pantalón bahiano floreado. Cada vez que se veían era un reencuentro memorable, el amor en los azules ojos de ella se veía ferviente como hace ocho años cuando lo conoció, y él, a pesar del cansancio de su cuerpo, seguía con la pasión y el deseo plasmado en cada palmo de su rostro, como en los años de su juventud.

Ella, sin apuros, lo encontró en la puerta y besándolo fuerte le dio la cálida bienvenida. El pequeño fruto de su amor todavía descansaba plácidamente en su habitación. Alberto, sin perder el tiempo, se dirigió hacía el cuarto del niño y lo observó por unos minutos. Su forma de descansar lo llenaba de una ternura inexplicable, esa que tanto necesitaba en las largas noches de viaje.

Se acercó a él, posó un beso en la mejilla y comentó para sus adentros: «Pequeño Ángel, ¿cuándo será el día que puedas dormir así, como hoy, siempre?». Como si el niño hubiese escuchado sus pensamientos o el beso que descansaba sobre él pesara lo suficiente para despertarlo, abrió sus enormes ojos color miel y con una sonrisa, esa que solo los niños pueden regalar, le preguntó:

—Papi, viniste… ¿Qué me trajiste de regalo?

María, que contemplaba la escena desde la puerta, largó una carcajada por el interés infantil de su pequeño hijo. Quizás porque esa petición acercaba al pequeño niño a ser normal. Correr, saltar, comer mucho, bañarse poco, reír, llorar, encapricharse, estar interesado por lo que puede recibir, andar con las mejillas sucias y tener un cierto interés por los juguetes electrónicos, eso es lo que hace normal a un niño, se repetía día y noche para sus adentros, pero Ángel era distinto, sí que lo era. En vez de correr, saltar y jugar con tierra, leía la Biblia; de ser un niño inquieto y distraído a ser un niño ausente y muy atento a la demanda de los demás; en vez atraerle los juguetes electrónicos, era amante de las lecturas que leía su madre. Él no solía andar sucio, al contrario, se lavaba el rostro constantemente y pedía ser bañado todos los días. Por este motivo María se alegró al escuchar el interés de un regalo que el niño reclamaba a su padre, porque era normal, aunque todo lo otro siguiera así, como un pequeño índigo en una familia cristiana.

El niño se le colgó del brazo al padre y este lo llevó al comedor donde desayunaron juntos en familia. Muchas veces Alberto lamentaba su trabajo, cuando se encontraba solo con su conciencia en una larga y oscura carretera.

El día que nació Ángel, él estaba dejando mercadería en Chile; cuando el pequeño dio su primer paso, estaba en las costas de Neuquén y cuando perdió su primer diente, hace muy poco tiempo, estaba en Jujuy. Pero la realidad era que el trabajo era bien pago, no le hacía faltar nada a su familia. Cuando conoció a María en la iglesia del pueblo, se enamoró desde el primer día. Una flor bellísima, de una buena familia cordobesa que venía huyendo de la política militar en Córdoba.

Su relación de noviazgo fue muy corta, antes del año ya venía en camino el pequeño Ángel Gabriel. Le pusieron el nombre de ese ángel mensajero en petición del anciano pastor, decía que era un nombre que le quedaría muy bien y que haría historia. Alberto, si bien era religioso, no lo suficiente como para creer en el poder de los nombres; para él llamarlo Marcos como su padre estaría bien, pero se dejó llevar por su esposa y al fin el pequeño Ángel Gabriel Guiraldes había nacido.

El calor que hizo en el día, sobre los 39 grados centígrados, llevó a la familia a pasar la tarde a la costa del arroyo. Ángel amaba esas cosas tan sencillas, le encantaba nadar en baja profundidad y estar bajo los árboles conversando con el viento.

Una tormenta que se armó de repente en el cielo veraniego hizo que regresaran temprano. A las cinco de la tarde el cielo estaba oscuro, con unos relámpagos que anunciaban esas tormentas que hacían desastres en la provincia.

Eran como las siete de la tarde cuando llegaron los hermanos de la iglesia junto con el anciano pastor, la tormenta seguía en disputa de largar o no la furia cargada en sus negras nubes.

Eran tres los que acompañaban al anciano. Uno de ellos, como se presentó ante la familia, se llamaba Martín Lavalle, profesor superior de Teología, un hombre delgado con cara de estudioso. El otro, Lucas Bracamonte, un autodidacta especializado en leyendas místicas, y por último Juan Roter, un hombre robusto que poseía un semblante de paz que tranquilizaba a la familia de este grupo paranormal al que debían enfrentarse por la salud espiritual de su hijo.

María, muy servicial como de costumbre, preparó café para todos, mientras tomaban asiento en el living.

Una vez acomodado el grupo en sus respectivos lugares, Martín, el profesor, preguntó:

—Bien, Alberto, ya estamos aquí. ¿Dónde se encuentra su hijo?

Alberto le respondió preocupado:

—Está durmiendo, hace un par de horas vinimos del arroyo y está cansado.

—Mejor, ya iremos a verlo nosotros —concluyó Martín regalándole al preocupado padre una sonrisa poco ensayada.

—Mire, hermano, usted sabrá que nosotros somos evangélicos pentecostales y no hacemos nada raro, o sea, perdón por la expresión, nada que esté prohibido en la Biblia. —Mostró Alberto un profundo temor a Dios. En ese momento se metió en la conversación Juan.

—Sí, hermano, lo sabemos, nosotros creemos lo mismo que usted, pero tenemos en cuenta algunas otras cosas que podrían ayudar a su hijo a salir del problema.

—Disculpe, es que esto me da un poco de miedo —respondió Alberto mostrando arrepentimiento en su voz, no tenía intenciones de ponerse en contra, confiaba mucho en el pastor y si él los había traído, debía confiar en ellos también. En eso venía María con la daga en la mano, se la dio a Martín diciendo:

—Esta daga la encontré bajo mi cama después de que Ángel soñó, hace tres días. No tenemos idea de dónde salió.

Martín la tomó en sus manos y cerró los ojos. Comenzó a temblar y su rostro parecía percibir cruces de energía. El resto del grupo apoyó sus manos en él y comenzaron a orar en voz baja. Alberto se arrodilló junto a María y acompañaron a los hermanos en oración. Luego de unos minutos, Martín le preguntó a María:

—¿Alguna vez el niño habló en lenguas? O sea ¿en xenolalia?

—No que nosotros sepamos.

—Bien —continuó el profesor—, esta daga contiene mucha energía, parece ser una herramienta del otro mundo, mis conocimientos no alcanzan a explicar cómo llegó aquí, pero seguro nuestro amigo y hermano Lucas podrá ayudarnos.

El joven muchacho miró la daga y luego a la familia.

—Aparentemente esta es una daga utilizada por los ángeles, buenos y malos. Según cuentan las leyendas, los destinos del hombre convergen en un destino común para ellos mismos. O sea, mi destino, de una forma muy estrecha, está conectado con un japonés que está en la otra mitad del mundo. Entre todos formamos la raza humana, su presente, su pasado y su futuro. Para concluir cualquier acción del dharma necesitamos herramientas, que pueden ser desde un pico y pala, un camión o un automóvil, cualquier cosa de este plano. Pero cuando el destino de un hombre interfiere también en el destino del cosmos, o sea también el otro plano “espiritual”, necesitamos herramientas de ese mundo.

»Por ejemplo, se cree en la lanza del destino que es la que incrustó el costado de Cristo, también se cree en una varita mágica o azhemei, en el anillo del rey Salomón o tal vez en las lágrimas del Getsemaní. Todo indica que para realizar el “destino” que involucre el otro mundo se necesita una herramienta. Es lo que puedo decir sobre esta daga. La peculiaridad del símbolo que tiene esculpido indica que es de alguien importante. ¿Qué hace acá? No lo sé, pero les aconsejo que me la den para que yo la guarde lejos del niño.

Alberto y María se miraron, luego asintieron. Lucas guardó la daga en su bolso. Alberto pensó unos segundos y le preguntó:

—Había escuchado sobre la lanza del destino y también algo de las runas del rey Salomón y su anillo, pero ¿lágrimas de Getsemaní?

—Sí —dijo Lucas—, cuentan las historias parabíbilicas que cuando Jesús lloró en el Getsemaní tuvo la mayor angustia que puede sufrir un ser. Ese llanto que quedó plasmado en las escrituras, el Señor sufrió no por su muerte, sino por el tremendo peso del pecado de la historia. El dolor de cada ser humano le provocó hematidrosis, que sudara sangre y llorara, una condición muy extraña que se da cuando alguien sufre mucha angustia. Pedro, luego de quedarse dormido cuando Jesús les había pedido que velaran por él, se sintió muy mal y dicen las leyendas que caminando encontró siete pequeñas piedras rojas, en forma de gotas de sangre. Pudo sentir el poder de esas piedras y las ocultó en distintos artefactos.

»El poder que tienen las lágrimas de Getsemaní, dicen, es inimaginable, para el bien o para el mal. Cuando Pedro supo la responsabilidad que tenía en sus manos, la ocultó. Dicen que el Santo Grial artúrico tenía una; la cruz esvástica que Hitler tenía como colgante era otra. En fin, así como esta daga, cada artefacto esotérico tiene poder y esta belleza es muy poderosa —concluyó Lucas.

Alberto y María quedaron absortos con la historia de las lágrimas de Getsemaní y algo incrédulos, por supuesto.

—Bien, es suficiente por ahora —aseveró Martín—, es hora de ver al niño. —En cuanto terminó esa palabra, un trueno sonó con toda su potencia, estremeciendo hasta los huesos de los presentes.

Todos se levantaron y fueron al cuarto, el pequeño estaba sudando y se movía de un lado para el otro. Su rostro cambiaba de expresión, como si por su mente cruzaran imágenes horrorosas. Martín miró hacia los padres del niño.

—Está en ustedes ver esto, les aconsejo que no lo hagan, esperen en el living.

Alberto y María no tenían intenciones de dejar a su hijo, negaron con el rostro la petición del profesor. Hicieron un círculo alrededor de la cama, se tomaron de las manos. Juan, desde un costado, posó una mano en la frente del niño, Martín, del otro lado, puso su mano libre en el pecho del pequeño y comenzaron a orar en voz alta.

En ese momento la tormenta descargó toda su furia, la luz se cortó y el pequeño niño comenzó a llorar a gritos. Su voz se entrecortaba, cambiaba de forma y se hacía de grave a aguda, en lapsos muy cortos de tiempo.

Alberto corrió chocando con las cosas y trajo una vela encendida. La cara del niño cambiaba junto con su voz, Martín, con un tono firme gritó:

—¡¿Cuál es tu nombre?! ¡¿Cuál es tu nombre?!

El pequeño se agarraba con todas sus fuerzas el pecho, justo en la reciente cicatriz, pero no pronunciaba palabras claras. En eso desgarró su ropa y la cicatriz de su pecho comenzó a marcarse con más intensidad, mientras Martín repetía lo mismo. El niño se desmayó por completo.

María y Alberto lloraban pidiendo a Dios misericordia. Martín y Juan sacaron sus manos del cuerpo del niño y oraron en voz baja. El anciano pastor acercó su rostro al del pequeño y con un soplido murmuró:

—Estamos listos… Habla, fiat verita pereat mundus (hágase la verdad, aunque perezca el mundo).

Luego de decir esas palabras, Ángel se sentó bruscamente, abrió sus ojos, que ya no eran los marroncitos de antes, ahora tenían un color grisáceo resplandeciente. El pequeño comenzó a hablar con voz de trueno.

—Ángel, te he mecido en mis brazos antes de la fundación del mundo para ser lo que eres y lo que algún día serás. Guárdame temor por sobre todas las cosas y serás recompensado por el legado de tu vida. Infinita es mi misericordia y grande mi bondad. Guarda fuerzas, Ángel Gabriel Guiraldes, para que, cuando llegue el día que el hilo de plata encadene a la humanidad al borde del precipicio, tengas el valor de cortarlo. Todo sacrificio tiene recompensa; yo, EL ALFA Y EL OMEGA, no soy deudor de nadie.

El niño dirigió una mirada inexpresiva hacia los presentes y continuó:

—Ustedes ya cumplieron su misión, ahora váyanse y veneren por los siglos de los siglos. —Luego miró a los padres de Ángel diciendo—: Guardianes del niño, les digo que he mirado su corazón, lo he formado del polvo de mi voluntad y los he elegido, sigan mis mandamientos hasta el final de su corta vida y al pequeño déjenlo dormir por dos soles y una luna sin molestarlo y todo habrá terminado. Y jamás le digan lo que en el presente pasó, porque su futuro lo buscará conforme a la elección de su corazón. Hasta pronto, hijos míos.

Luego del trance, el niño se sumió en un profundo sueño mientras el ambiente se llenaba de un perfume precioso. La paz llenó el corazón de todos y, sin decir palabra alguna, se marcharon dispuestos a no volver jamás.

Cuando se fueron, los guardianes del niño —como así los había nombrado el ser— se marcharon a descansar llevados por la paz del alma.

Capítulo 2

El sol pegaba de lleno en el rostro del anciano papa en el patio de la antigua basílica constantiniana.

—Su eminencia, este es el pequeño del que habla todo el pueblo —dijo un joven sacerdote acercándose cautelosamente a Gregorio que tomaba sol en el jardín trasero de la Basílica de San Pedro. El anciano entreabrió los ojos y observó al niño que estaba tomado de la mano del joven.

—¿Cómo te llamas, pequeño?

El chico estaba asustado, sus ojos de un gris penetrante le helaron la sangre al viejo sacerdote. Hizo un ademán con las manos y respondió:

—Laurence, señor.

—Levántate la ropa, Laurence, quiero ver tu pecho.

El niño miró al joven sacerdote buscando su aprobación, este asintió animándole. Desató su precario jubón de una tela tosca y seca. Se lo quitó quedando completamente desnudo. El viejo sacerdote se puso de pie más rápido que las apariencias de viejo decrépito podrían dictar. De un paso se acercó y se inclinó frente al pecho del niño.

—Padre celestial, es él —proclamó en voz alta.

—¿Seguro, padre? —quiso saber el sacerdote.

—¡Sí, claro que sí! Vengo soñando con esa cruz acostada hace meses, y todo lo que se dice del niño. ¿Cuántos años se calcula que tiene?

—Con el padre Alexander creemos que tiene como 14 años.

—Y míralo, ni vellos tiene, ¿de cuánto aparenta? ¿6 o 7? Es indiscutible, no es normal. —Miró nuevamente al niño y dijo—: Que le den de comer y un buen baño, luego hablaré con él, quiero que traigan al sacerdote que lo crio.

—Es imposible, mi eminencia, una desgracia ocurrió. Al recibir su carta, fuimos a verlo y lo hallamos muerto, el niño dice que fueron sombras de la pared. —Hizo un ademán con la mano insinuando que el pequeño estaba algo loco.

—No, hermano, este niño, tiene muchas cosas, menos locura. Si dijo sombras, es porque sombras fueron.

Cuando terminó la conversación se llevaron al chico. El soberano de la reciente comunidad católica se arrodilló como pudo e imploró: “Padre celestial, soy tu siervo, el legado de Pedro, te adoro y te pido la bendición, muéstrame en visión el futuro de este niño, qué debo hacer”.

En ese instante sintió que se entumecía su mente, los ojos le pesaban e imágenes sin sentido gobernaron su razón. Abrió los ojos, estaba en una playa extraña, un viento tibio soplaba en su rostro, era de noche y el cielo estaba despejado.

—¿Dónde estoy? —dijo mirando las estrellas. Cientos de constelaciones se le presentaban como un lienzo maravilloso.

—Hijo mío, he escuchado la petición de tu corazón y he decidido dar claridad a tus dudas. —La voz sonaba de todos los rincones de aquel extraño lugar.

—Yo no hablo con fantasmas, demando verte, si no ¿cómo sabré si es verdad tu orden?

El viejo se puso firme frente al mar, sintió un escalofrío que atravesó su espalda y un rayo brillante lo encegueció. Cuando fue recuperando la vista, frente a él estaba un ser de aspecto poderoso, como un hombre, pero alto, fuerte, vestía una túnica blanca y un cinturón dorado donde colgaba una espada preciosa.

—¿Quién eres? —demandó Gregorio con un admirable valor—. ¿Dónde estoy?

—Soy el arcángel Uriel, encargado de este cuadrante del universo. —El ángel extendió una mano señalando las estrellas del cielo—. He venido a decirte lo que debes hacer con el pequeño.

El viejo papa caminó lentamente hacia el mar, el aire tibio y el aroma a madreselvas lo llenaban de una paz que jamás había sentido. Miles de interrogantes invadían su mente, haciendo caso omiso a la declaración del ángel, Gregorio preguntó:

—¿Estoy en el cielo?

—No, hermano, es un planeta pequeño, es como la Tierra, pero solo la vida vegetal se ha desarrollado, es muy joven.

—¿Hay vida fuera de nuestro mundo? —inquirió el viejo, embelesado por la preciosura de las estrellas.

—Claro, la Tierra es un planeta menor del cuadrante Serberico, pero es la mayor creación de mi padre. Son sus predilectos, por ustedes murió, y ahora el remanente corre peligro y tú eres parte de la salvación. Debes proteger al niño, arma una Orden que lo eduque en las más diversas artes de combate, hazlo un guerrero, ocúltalo del mundo.

—¿Para qué hay que prepararlo, señor? Cuando me acerqué a él, sentí mucha maldad, mucho dolor… Le temo.

—¡Debes hacer lo que te digo! El mismo Luzbel lo envió para crear terror y hacer que el hombre pierda la fe en Dios. Permití que suceda, dejé que pase por la fuente para encargarte esta misión. Tu corazón es noble y sé que encontrarás luz en la oscuridad del niño. Un mal mayor nacerá en la Tierra, debes entrenarlo para que, en el momento justo, venza a la sombra que encadenará a la inocencia más pura. Lo dejo en tus manos.

Gregorio miró el rostro del ángel, sus ojos poderosos, la bondad y el amor que emanaba.

—Pero, padre, estoy viejo y cansado, las dolencias de mi cuerpo me acompañan día y noche, espero con ansias mi descanso.

El ángel inclinó su rostro, apoyó su mano en la cabellera del anciano y una energía azulada le cubrió el cuerpo. Gregorio sintió el poder recorrer sus entrañas, la energía vital en sus venas y, de repente, todo desapareció.

Se encontraba acostado en su cama, parecía que muchos años de su vida se habían esfumado, el poder vigoroso de la juventud volvía a latir en su pecho. Tenía una misión, un propósito y daría su vida para cumplirlo.

—¡Ya despertó! Padre Alessio, su santidad abrió los ojos, ¡gracias al cielo! —gritó un joven sacerdote que estaba de guardia en el cuarto del viejo papa. En ese instante, Alessio entró corriendo.

—Santidad, ¿está usted bien? Nos tenía a todos derrumbados en la más penosa flagelación.

El papa se levantó del camastro y exclamó:

—No es para tanto, fue solo un desmayo.

Alessio lo miró sorprendido.

—Hace 30 días que está dormido, eminencia, desde que vio al niño en el patio trasero. Fui a buscarlo y lo encontré tirado. De inmediato nos dimos cuenta de que había sido por culpa del satán que habita en el niño.

El viejo pegó un brinco exaltado, sintió terror al pensar lo que le habrían hecho al niño acusado de herejía.

—¡¿Qué le hicieron al niño?! ¡¿Qué le hicieron?! —Alessio hizo unos pasos para atrás aterrorizado por la furia reflejada en los ojos del viejo papa. Con la voz temblorosa exclamó:

—Fue Antonio, nos dijo que debíamos atarlo en el sótano y azotarlo hasta que usted despierte. No se imagina el poder que tiene esa criatura, parece sacada del mismo infierno. Entre diez hombres no podían sujetarlo, es el diablo en persona. Padre, le ruego que se calme y descanse un poco.

El viejo enfurecido agarró al sacerdote de la túnica y gritó:

—¡No me calmo nada! Era tu responsabilidad el niño y si algo le pasó, todos ustedes caerán al más vil pozo de miseria. ¡Llévame con él ahora!

Ambos salieron del recinto rumbo al sótano. Era un lugar húmedo y oscuro, antiguamente usado por los romanos como calabozo para los cristianos.

Cuando llegaron el lugar estaba en silencio, el papa encendió una antorcha y buscó al pequeño en la oscuridad, había olor a desechos, a sangre, a tortura y dolor. Alumbró hacia los rincones y observó unas cadenas colgadas de la pared, el niño no estaba. Gregorio miró hacia Alessio y dijo:

—¿Dónde está?

El rostro del joven sacerdote estaba pálido de miedo, solo atinó a decir:

—¡Jesús santo! Cúbrenos en tu sangre. —Y comenzó a rezar el Padrenuestro.

En ese instante el niño apareció frente a ambos, estaba desnudo, cubierto con su propio excremento y sangre en todo su cuerpo, pero sus ojos, en esos ojos se veía el poder de la más oscura ira.

—Mi niño, ven, nadie nunca te hará daño, ven conmigo.

Cuando Gregorio hizo un paso hacia el pequeño, este corrió a una velocidad increíble empujando al anciano contra la pared y con un solo golpe enterró su manito en el ombligo de Alessio. El sacerdote cayó de rodillas.

Laurence lo observó, sentía la tibieza de la sangre en sus manos, podía oler el miedo que el hombre expulsaba. Sentía que estaba mal lo que hacía, el padre Alessandro le había enseñado a poner la otra mejilla, pero había cosas que para él no tenían perdón, y si lo tenían, no era él quien lo daría, para eso estaba Dios en los cielos. Quitó su mano y observó cómo el sacerdote, que tanto daño le había causado, agonizaba en el suelo. Luego, un enorme peso se le fue de encima, la oscuridad que lo había poseído se disipaba y solo le quedaba la culpa. Cayó de rodillas y lloró. Tocó el rostro del Alessio y, en llanto, dijo:

—Lo siento, no quise hacerlo, ustedes me obligaron, yo no quiero estar acá.

Levantándose lentamente, Gregorio se le acercó.

—Ven, pequeño, ven conmigo, no te haré daño. —El niño corrió hacia el papa y lo abrazó. A Gregorio se le llenó el corazón de piedad y, arrodillándose, lo cubrió con su túnica. El niño se separó un poco para mirar el rostro del viejo sacerdote y tocándose el pecho dijo:

—Hay algo malo en mí, la sombra no me deja, dice que soy su hijo y debo obedecer.

—No, pequeño, no importa tu naturaleza, estás provisto de un alma y puedes elegir, yo te enseñaré a controlar esa maldad que hay en ti. ¿Sabes qué, pequeño?

El niño lo miró interrogante, el viejo hizo una pausa observando el cuerpo del padre Alessio y continuó:

—El mal no solo está en ti, está en todos, en Alessio también estaba y ese mismo mal lo consumió, no debió hacerte daño.

El niño lo miró a los ojos y dijo:

—Su santidad, ¿en ti está el mal también?

—Claro, hijo, ¡claro que sí! Solo que yo no lo dejo salir mucho. Ahora ven, ordenaré que te bañen y cambien, no debes estar así, como un animalito, después de todo eres un guerrero.

El niño miró nuevamente el cadáver y dijo:

—¿Qué haremos con él?

—Deja todo en mis manos, mientras viva no te harán daño y solamente te confiaré en las manos de mis más leales adeptos.

Pasaron dos largos años de aquel evento, el niño seguía aparentando ser más pequeño que la edad que tenía como si toda su biología estuviera estancada. La Iglesia miraba con recelo al niño que no se desprendía ni de día ni de noche de la santidad; si bien había huérfanos por toda Roma, la atención de Gregorio hacia el pequeño Laurence levantaba comentarios oscuros sobre la procedencia del niño. Las malas lenguas decían que era su hijo no reconocido; otros, más leales, aseguraban que era un sobrino perdido, nadie todavía sabía el gran legado que pesaba en los hombros del papa.

Una tarde de invierno, mientras Gregorio le enseñaba a Laurence las profecías de Isaías, llegó de la misión el obispo Agustín Canterbury, amigo íntimo del papa y misionero de alma. Era el encargado de evangelizar Inglaterra y enviar evangelizadores al resto del mundo.

—Amado padre —dijo Agustín besando el anillo de Pedro—, he venido en cuanto recibí su mensaje.

—Me alegro de que estés aquí, déjame presentarte a Laurence.

Agustín miró extrañado al niño, sabía que su amigo era el ser más piadoso que había conocido, pero que un niño estuviera en sus aposentos le resultó extraño. Miró a los ojos azules casi grises del pequeño y recordó aquella vez que Gregorio había visto a unos esclavos de rubias cabelleras y ojos azules. Ese día, lleno de piedad, había proclamado “parecen ángeles” y luego había concluido “no son esclavos, son almas” otorgándoles la libertad.

—Hola, niño, ve a jugar afuera, así converso con su santidad. —El jovencito miró a Gregorio, este hizo una mueca de aceptación.

—Ve, pero no te alejes mucho —sentenció Gregorio mirando a Laurence. Luego preguntó a su amigo—: ¿Cómo va la misión, querido mío?

—Excelente, su eminencia, hemos limpiado los altares profanos y están restaurados para nuestro Dios, como lo ordenaste. He enviado evangelizadores a cubrir el mayor territorio posible y en una de las expediciones al sur de Etiopía encontramos un templo extraordinario, oculto en los más profundo de la selva. Unas tribus salvajes nos impedían el paso, pero luego algo extraordinario sucedió: cuando el jefe de la tribu observó la cruz del estandarte se inclinó en reverencia y nos dejó pasar.

—¿El emperador Justiniano sabe de ese lugar?

—No, mi santidad, aún no he dicho nada, primero necesitaba verlo a usted, ya que en las paredes de ese templo había símbolos levemente familiares, como si fuera una cruz acostada, algunas vasijas de oro y una pintura como de siete seres angelicales. Cada uno portaba una daga y parecían custodiar una fuente de agua. Lo que más extrañó al obispo Santino, el encargado de la expedición, es que una daga de las que se veían en el mural estaba encerrada en una caja de oro macizo. Cuando un soldado de la Orden quiso sacarla del templo, un rayo lo fulminó.

Gregorio se quedó en silencio unos minutos.

—Sé que parece una locura, pero Santino es de suma confianza y fiel devoto a su santidad —concluyó Agustín.

—Lo que dices, amado hermano, no es novedoso para mí, he visto a uno de los ángeles que ese mural describe, y sé quién es dueño de esa daga.

Agustín se quedó mirándolo unos segundos, hasta que el anciano papa salió al pasillo y con un grito llamó a Laurence. El niño apareció de inmediato.

—Pequeño, quiero que le muestres el pecho al obispo.

El niño levantó su túnica, en su pecho derecho estaba la cruz acostada. Agustín sacó de su manto la carta que le había enviado el padre Santino donde podía verse el símbolo encontrado en el templo.

—Es el mismo —dijo con la voz entrecortada.

—¿Qué pasa, padre? —preguntó el niño.

—Nada, pequeño, ve a jugar de nuevo —dijo Gregorio.

Mientras el niño salía del cuarto, el obispo Agustín preguntó:

—Por Cristo, ¿cómo es posible? ¿Quién es ese niño?

El papa se pasó una hora contándole sus sueños y la visión del ángel. Le contó todo, incluso la muerte de Alessio y el lento, casi imperceptible, crecimiento del niño. El padre Agustín escuchaba con asombro. Luego de concluir, Gregorio dijo:

—Debemos preparar al niño para que luche contra la oscuridad, sin importar el tiempo que nos lleve. Y el niño debe viajar de inmediato a ese templo y tú debes ir con él.

—Sin duda, santísimo, pero ¿qué haremos?

—Es necesario que formemos una logia en el más cuidado secreto, que nadie conozca el paradero del niño. Viaja hacia el templo y entrénenlo, armaremos aquí una escuela donde seleccionaremos a los que serán sus maestros.

—¿Bajo qué nombre tendremos la logia?

Gregorio miró el libro de las revelaciones de Juan y dijo:

—Apocalypsis Christi.

Pasaron meses en la preparación del viaje, Gregorio le pidió a Justiniano un pequeño séquito de 40 soldados, los más calificados y adeptos al cristianismo, con la excusa de evangelizar África y, por supuesto, extender los dominios romanos.

—Ven, Laurence, necesito que caminemos juntos.

El pequeño, que parecía no haber crecido ni un centímetro desde aquel verano que llegó con el padre Alessio, correteó alrededor, jugueteando como el niño que al fin y al cabo era.

—Necesito que confíes en mí, ¿puedes hacerlo?

—Claro, padre, siempre voy a confiar en ti.

—Debes hacer un viaje lejos, muy lejos y quizás nunca más vuelvas.

El niño lo miró deteniéndose un segundo.

—¡Claro! No tengo miedo a las sombras si estás conmigo. ¿Cuándo nos vamos?

El viejo papa se arrodilló frente al pequeño diciendo:

—No, hijo, al viaje lo harás con el padre Agustín, yo no pudo dejar Roma, pero te prometo que él te cuidará como si fuera yo.

El niño sintió un ardor profundo en el pecho, las sombras querían apoderarse de él nuevamente, miró el rostro del anciano y en sus ojos vio compasión, observó el amor que sentía, podía percibir el dolor que le causaba alejarse de él, como si fuera su propio hijo el que se marchaba para no volver. La ira que sentía disminuyó, abrió con fuerza sus brazos y rodeó el rostro del anciano diciéndole al oído:

—Estaré bien, padre, gracias por demostrarme que no soy solamente un monstruo.

—Gracias a ti, hijo, por darme un propósito mayor que mi vida.

Laurence fue preso de un gran asombro al observar la jungla espesa y la entrada al templo. Era una construcción antiquísima, hecha de bloques de arena compacta, cortados con una precisión poco antes vista. Soldados romanos custodiaban la entrada junto al obispo Santino que estaba a cargo. Montañas altas rodeaban el templo y un serpenteante arroyuelo de aguas cristalinas lo cruzaba.

Cuando el niño fue llevado a la cúpula del templo observó los dibujos de las paredes que contaban una historia que le resultaba vagamente familiar. Siete seres rodeando una fuente, un ser sin rostro formando soles, lo que parecía ser un niño como él con una bola de energía en las manos, y el símbolo que él llevaba en su pecho.

—Ven, niño, te mostraré lo que serán tus aposentos —dijo el padre Agustín tomándole la mano.

Lo llevó a un habitáculo espacioso, más de lo que él había tenido nunca, un camastro y una pequeña mesa de madera. El piso era de una piedra lisa y suave, las paredes tenían una terminación que parecía de metal. Un enorme ventanal con celosías de madera daba hacia el arroyuelo. Todo era lujo para los ojos del niño, que no había probado más que pobreza y dolor desde que tenía memoria.

Mientras transcurrían los días, el alboroto en el templo se calmó y le presentaron a Laurence a su primer maestro. Un soldado romano oriundo de Esparta. Como buen espartano, era de cuerpo esculpido, grandes pectorales, músculos y cicatrices por todo lo visible.

—Hola, niño, soy Orestes, seré tu mentor en el arte del combate.

El niño lo observó detenidamente, podía ver en sus manos la sangre de las batallas, las vidas que se habían llevado. Tuvo miedo, y no a que le hicieran daño, sino a que la sombra gobierne su mente y controle su cuerpo. Pensó en Gregorio, en el amor que sentía por su santidad.

—Hola, soy Laurence, a su servicio, señor. —El niño inclinó el rostro. En ese instante el soldado le pegó una bofetada con la mano al revés causando que dé un giro cayendo de rodillas en el césped.

—¡Primera lección! Nunca, jamás, bajes la mirada ante nadie. Todos pueden ser tu enemigo y un puño puede ser una espada y esa espada rebanarte el cuello. ¡¿Entiendes?!

Laurence sintió el ardor en su mejilla, miró el suelo, levantó la mirada y observó al soldado. Las cicatrices en el rostro, los ojos negros y profundos, sintió la ira que quería gobernarlo. Pudo ver que detrás del soldado estaba Agustín junto a Santino, y comprendió que debía aceptar la lección, hacerlo por la Orden, por Gregorio. Se puso de pie diciendo:

—¡Sí, señor!

—Segunda lección, siempre espera lo peor, de todos. Desconfía y solo así permanecerás vivo. Ahora, ven, vamos así te curas el rostro.

En cuanto el niño se le acercó, el soldado intentó darle una bofetada aún más fuerte que la anterior, pero esta vez Laurence detuvo su mano con su pequeño brazo. La fuerza del impacto apenas lo movió. El soldado abrió los ojos, sorprendido, y quiso golpearlo con la otra mano tirando un puño frontal. El niño lo esquivó agachándose a una velocidad sorprendente, pero en ese instante el soldado hizo un giro tirando una patada baja que dio de lleno en el rostro del pequeño. El golpe lo tumbó, pero se levantó sonriendo. Orestes le devolvió una sonrisa cómplice.

—Eres sorprendente, niño…, y aprendes muy rápido.

—Gracias, señor.

El entrenamiento era duro. Todos los días al asomar el sol lo despertaba Orestes siempre de una forma distinta, a veces con agua del arroyo, otras a punta de espada o saltándole encima. Eso le enseñó a Laurence a dormir con un ojo abierto atento a cada movimiento y sonido de la noche. Y, sobre todo, a cultivar la paciencia, ya que Orestes siempre era injusto, él tenía las llaves de su cuarto dejándolo en una gran desventaja ya que al niño ni lo dejaban ir al baño durante la noche.

Cuando se terminaba la hora del entrenamiento, cerca del mediodía, un monje tibetano llamado Jetusn le ensañaba destrezas físicas, escalaban, le ponía trampas y le ensañaba a desactivarlas. Al anochecer, Santino le enseñaba filosofía y matemáticas. Ese entrenamiento cíclico duró mucho tiempo, el niño aprendía de forma eficaz cada una de las disciplinas que le enseñaban.

Una tarde, antes que Agustín emprenda el regreso a Roma, hablando con Santino propuso las reglas que marcarían la vida de Laurence para siempre.

—Santino, querido hermano, debemos ocultarle el tiempo al niño. Ya han pasado cinco años desde que se entrena en el templo, y hemos visto el prodigio de su poder, pero no ha crecido más que uno o dos centímetros. Se volverá loco si sabe que todos envejecemos y morimos menos él.

—Pero ¿qué haremos?

—Cambiaremos cada diez años a sus maestros, y tú, viejo amigo, debes preparar a tu sucesor en lo que resta de 15 años a partir de ahora. He notado a tu siervo Leoncio, inicia una casta con él y entrénalo para que presida la logia. Cuando el tiempo transcurra, haz que se llegue a mujer y tenga un hijo, y entrénenlo para que sea su sucesor, como los Levi, sean ellos el nexo entre la Iglesia y la Orden.

»La biología del niño es retrasada, pero con el transcurrir del tiempo eventualmente será un hombre y muy poderoso. Debemos ser cautelosos. La Iglesia ha confiado el mundo entero en manos de la Orden, ¡no podemos fallar!

Agustín le entregó un pergamino con las normas de la logia, los códigos secretos que debían mantener el nexo con la Iglesia romana. Santino tomó el rollo, con el más profundo respeto y con la voz pasiva que tanto lo caracterizaba dijo:

—¡Sí, maestro! Todo está en las manos del Señor.

—Antes de que mi caravana parta, debo hablar con el niño, tráelo.

Al cabo de unos minutos llegó Santino con Laurence a su lado, Agustín hizo una seña para que los deje solos.

—Ven, pequeño, quiero que me acompañes, debo enseñarte algo.