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Leer sobre alfombras podría ser una sugerencia, o un imperativo, o una rutina que connota el abrigo de la lectura y la postura para disfrutar y entretenerse al calor de los cuentos. O podría referirse al microcosmos de dos relatos… Un relato expresa: "Ese sonido en tu mirada de ojos desorbitados pesa una tonelada". Quizás pueda ser una síntesis de gran parte de las lecturas, de la vida misma con sus misterios, con los sueños y con una mirada crítica a la sociedad. En esta invitación a la lectura de Leer sobre alfombras "me aseguro de tener conmigo los pliegues que necesito desplegar…". PROFESORA TERESITA BERTARELLI Leer sobre alfombras nos ofrece situaciones cotidianas que, sin previo aviso y en apenas dos palabras, se enrarecen, se vuelven amargas. Inclusive con las dosis de humor y de ternura que están dispersas a lo largo de los relatos, la sensación general que deja la lectura refulge como un cartel de neón: cautela. El misterio se entremezcla de forma simbiótica con la vida de unos personajes que no pueden verlo mientras sucede, pero que tienen los recursos para narrarlo. CONSTANZA TANNER Correctora literaria
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Seitenzahl: 167
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Padován, Amalia Lucía
Leer sobre alfombras / Amalia Lucía Padován. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
212 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-098-5
1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Padován, Amalia Lucía
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Leer sobre alfombrasCuentos
Amalia L. Padovan
Prólogo
Todo lo que vemos o imaginamos no es más que un sueño dentro de un sueño. EDGAR ALLAN POE
A sentarse con comodidad para disfrutar de Leer sobre alfombras, el primer libro de Amalia Padován. Los lectores se acercarán a 48 cuentos que exploran la ficción con lenguaje cargado de riqueza estilística, con imágenes sensoriales fuertes, con la sugerencia de la palabra poética. Es un estallido de historias que juegan con planos, capas, niveles de sentido que se adentran en mundos reales e imaginarios.
Leer sobre alfombras podría ser una sugerencia, o un imperativo, o una rutina que connota el abrigo de la lectura y la postura para disfrutar y entretenerse al calor de los cuentos. O podría referirse al microcosmos de dos relatos…
¿Cómo te miran? ¿Cómo te miraron? ¿Qué veías al mirarla o al mirarlo? ¿Quién te ayudó a mirar? ¿Qué rol juega una cámara fotográfica? ¿Y una foto?
Miradas extrañas, secretas, peligrosas, otras miradas y miradas oscuras atraviesan personajes y hechos que ven o descubren algo más allá, que saben captar lo que no todos perciben, con el temor de cuando no se conoce a quienes los rodean, con la concentración de misterio, búsquedas, engaños, con el ocultamiento para postergar la verdad… que, sin embargo, se intuye o termina por descubrirse. Y siempre la vacilación ante los peligros vivenciados en la mezcla de tiempos y expectativas.
Miradas extrañas
Guillermo Denisch
“Experto en pliegues”
La anarquía y la unidad son una sola y misma cosa, no la unidad de lo Uno, sino una más extraña unidad que solo se reclama de lo múltiple.
G. Deleuze
Nadie recuerda bien el día en que Guillermo Denisch se instaló en el pueblo. Lo hizo en un local de la galería comercial ubicada en la avenida céntrica; entre boutiques, relojerías y agencias de quiniela, brilla su chapa de bronce:
Guillermo Denisch. Experto en pliegues.
Atención de lunes a viernes de 8 a 14.
Es un hombre común, ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo. Viste trajes claros y mocasines, en la mano lleva siempre un maletín de fuelle color marrón oscuro. Lo único que lo distingue y lo hace diferente a todos son sus ojos, no por la forma o por el color sino por la mirada: un día lo encontré de frente y un solo parpadeo me sembró una semilla de curiosidad. Desde entonces, como temo a lo desconocido, al verlo de lejos cruzo de vereda.
Los comentarios son diversos: es serio, ayuda a encontrar cosas pequeñas y valiosísimas perdidas entre los pliegues de bolsillos, despliega cualquier arruga rebelde en artículos de cuero, repara abanicos antiguos, pliega y despliega toda clase de materiales; inclusive, dicen, trata las arrugas de la piel. Eso sí, nunca corta, solo pliega y despliega.Por eso debe ser que lo sigue tanto la gente.
No crean que todo lo que se dice es bueno. También he escuchado que lo que Guillermo Denisch hace es puro cuento: “Desplegar, no despliega nada, las arrugas son pliegues y con una plancha caliente y vapor desaparecen. Y eso de encontrar tesoros en un pliegue, que se lo cuenten a otro, porque al fin y al cabo las arrugas de la piel no te las sacan ni con cirugía estética; los años son los años”. Este fue el comentario que hizo una señora cincuentona en la confitería de la esquina.
Lo cierto es que las colas frente al local de Guillermo Denisch son cada vez más largas. Ha extendido el horario de atención hasta las veinte. Cuando se retira, al atardecer, se lo ve cansado, con la ropa arrugada y los hombros caídos.
Yo sigo mirándolo de lejos y desde atrás. No me animo a enfrentarlo. Sin embargo, pasan los días y la curiosidad me carcome, no me conforman ya las opiniones ni las historias de los que han ido a su consultorio. Me pliego y me repliego, doy vueltas en la cama, anoche no he dormido.
Son las ocho menos cuarto y soy el quinto en la fila para ver a Guillermo Denisch, experto en pliegues. Mientras espero mi turno, me aseguro de tener conmigo los pliegues que necesito desplegar con su ayuda.
Auras
Brilla el sol, cientos de veraneantes saltan las olas, las sombrillas multicolores se esparcen por la costa, unos castillos de arena se levantan, otros se desmoronan. Al fondo se elevan varias hileras de edificios.
Junto al horizonte, el mar se balancea y refleja un cielo con pocas nubes. Tres niños caminan por la playa. Avanzan de la mano. Son dos niños y una niña. El más pequeño va al medio, su cabeza es una canasta de rulos dorados y sus ojos azules están enrojecidos. Los dos más grandes visten sendas camisas blancas y van descalzos. La niña, de cabello largo y castaño, mira a su alrededor, busca atentamente; el agua los salpica, la gente no repara en ellos. De pronto, el pequeño desprende sus manos y corre al encuentro de una mujer rubia.
—¡Mami! —Se abrazan, lloran, ríen.
El niño se vuelve para señalar a sus amigos, que ya no están. Alrededor todos visten de colores, ninguno de blanco. Ahora, de la mano de su madre, mira hacia atrás esperando que aparezcan; se agacha, recoge un caracol rosado a medio enterrar en la arena, se lo pone junto al oído y sonríe, corre unos metros hacia el agua y lo deja flotar. Entonces, los ve alejarse y agita sus brazos en señal de despedida, su madre lo imita.
Seis horas antes, desde el balcón del octavo piso de un edificio, la mujer rubia le dice a su hijo:
—Martín, es muy temprano. ¡A la cama otro rato! ¡En vacaciones se duerme hasta tarde!
—Mami, allá están mis amigos. ¿Los ves? Allá, en el mar.
—En un rato bajamos a la playa para que puedas jugar. ¿Qué tienes en la mano?
—Un caracol. Ellos me lo dejaron al lado de la almohada.
—Bueno, a veces uno sueña cosas.
—¡No soñé! Ellos me van a llevar a conocer el fondo del mar.
—Papi te va a llevar en barco a pescar. Nadie puede ir al fondo del mar.
—Sí, los buzos y los submarinos.
—Claro, pero la gente como nosotros no puede.
—Mis amigos pueden.
Ambos se duermen.
Cuando la mujer despierta, se sobresalta:
—¡Juan Pablo, Juan Pablo! ¡Martín no está! Lo he buscado por todo el departamento. Te dije que alquiláramos una casa con patio. ¡Odio este gentío! ¡Estas no son vacaciones!
—¡Martín, Martín! —Se asoma el padre por el balcón, sale al pasillo, toca a las puertas de los vecinos. No saben nada, nadie lo ha visto.
—Ana, te escuché cuando te acostaste con él, muy temprano. ¿Se levantó sin que te dieras cuenta?
—¡Ahora yo tengo la culpa! ¡Vos y tu trabajo, tus celulares y tus reuniones! Nunca debí haberte hecho caso. El nene necesita aire libre, amigos, ¡y aquí estamos encerrados como en casa!
—No es momento de reproches. Me voy a la policía, tendrán que hacer algo.
—Yo también voy.
—¡No! Quedate por si vuelve. No sueltes el celular. Estaremos comunicados.
Ana se viste y camina por los pasillos. Desde el departamento de enfrente, alguien la mira.
—Abra, abra. ¿Tiene a mi bebé?
—Señora, yo no tengo nada. Me enteré de que su hijo desapareció. —La atiende un hombre alto, delgado, canoso, con arrugas profundas y voz calma.
—Disculpe. Estoy muy alterada. Nadie lo ha visto.
—Pase. Soy fotógrafo, quiero mostrarle algo.
—No, no. Puede volver en cualquier momento. Además, mi esposo… Tengo que estar atenta. Disculpe.
—No piense mal. Ayer lo vi, a su hijito, con una chica y un chico un poco más grandes que él.
—Martín tiene cuatro recién cumplidos.
—Estoy haciendo una investigación y trabajo desde mi ventana. Esta foto la saqué ayer a la tarde. ¿El de los rulos es él? —Y le extiende una fotografía.
—Sí. ¡Era cierto! Me habló de sus amigos. ¿Conoce a esos chicos?
—No. ¿Nota el aura a su alrededor?
—Son raros. Vestidos de blanco, están juntando caracoles. Martín tenía uno esta mañana. ¿No es un truco de su máquina?
—Le aseguro que no. Llévela. Tal vez le sirva.
Suena el celular. Es su esposo.
—Ana, la policía está buscando por todos lados, en la playa, en el centro y en cada edificio. Esperame ahí.
—No. Me voy a buscarlo; ya sé dónde está.
—Ana, quedate y esperame. No hagamos más locuras.
Ella no le contesta, aprieta la foto y sale.
No ve a nadie; por el lugar pululan personas felices, las oye reír, gritar, jugar. Ella solamente busca dos figuras vestidas de blanco y a su pequeño. Sube a los espigones, lo llama, mira mar adentro; no está loca, su hijo está allí. ¿Por qué no le creyó?
Abatida vuelve a la playa, camina, llora y mira la foto. ¿Serán las lágrimas? Sí, un aura rodea el cuerpo de los chicos. Cae de rodillas en la arena. Entonces lo escucha.
—¡Mami!
—¡Hijito!
Se abrazan fuerte, lloran, ríen. El niño se vuelve para señalar a sus amigos. Ya no están. Alrededor todos visten de colores, ninguno de blanco. Ahora de la mano de su madre Martín mira hacia atrás, los ve a lo lejos, se agacha, recoge un caracol rosado a medio enterrar en la arena, se lo pone al oído y sonríe, corre unos metros hacia el agua y lo deja flotar. Agita sus brazos en señal de despedida, y su madre lo imita.
Esa misma noche parten hacia una casa en otra playa. Desde una ventana del edificio, alguien los observa.
En el auto Martín dibujó peces de colores, caracoles, plantas acuáticas y patas de rana.
Los días que siguen son tranquilos. Ana no pierde de vista a Martín, que juega con chicos vecinos, vestidos con mallas coloridas; patean pelotas y hacen castillos de arena. Mientras, hojea el diario. Vuelve la página. Reconoce el rostro en un artículo pequeño, de pocas líneas: Investigan el aura de las personas. Avanzan los estudios a través de nuevas tecnologías. Podría tratarse de un descubrimiento revolucionario. Solo seres con las características adecuadas estarían en condiciones de detectar vidas en mundos paralelos.
La casa de piedra
Una joven busca trabajo en los avisos del diario. Subraya algunos para contactarse luego. Llama su atención, en otra página, un recorte que ofrece casas a un euro en un pueblo llamado Bajas Piedras. De chica escuchaba cosas como “el que busca encuentra” o “siempre hay algo nuevo debajo de cada piedra”, y decide gastar sus ahorros en el viaje hacia esas casas. Está cansada de buscar y no encontrar, y harta de tropezar con obstáculos en todas sus iniciativas.
En el tren, su mente organiza la nueva vida en el pueblo de Bajas Piedras.
La casa es vieja, de piedra, en medio de la nada. El poblado más cercano queda a varios kilómetros. Inútilmente, busca bajo las rocas con mucho esfuerzo: raíces, semillas y plantas autóctonas para rodear la vivienda. Logra sobrevivir unos meses con la venta de las manualidades que lleva a la feria de los domingos.
Harta de tropezar y de romper zapatos de tanto caminar, comienza a tirar piedras al aire con fuerza, con rabia acumulada. De pronto, escucha el griterío de gente que se acerca y la insulta: “Déjalas para los que buscamos debajo de ellas”. Se encierra en su casa asustada. Temblando se apoya en una de las paredes, y una piedra cede. Aparece una habitación con lámparas de bronce, una chimenea encendida y sillones confortables, sin puertas. La piedra que movió no está. Es todo de madera.
No le importa. Es cierto: debajo de cada piedra hay algo nuevo, hay que saber buscar. Se acuesta en el sillón y se duerme.
En otro tiempo y otro lugar, no muy lejanos, otra chica busca trabajo en los avisos del diario. Enfoca la vista en un anuncio:
Busco muchacha con ambiciones y buena presencia para trabajos manuales. Dirigirse a casilla de correos 666, Casa de Piedra.
Temblor
La primera bocanada de aire de la mañana era trabada y epiléptica. Empezaba el día estrujando las sábanas, pero ya acostumbrada, me abrazaba a la almohada y hundía la cabeza en las plumas.
Mentira de dos,Flor Monfort
La despierta el movimiento ondulante de un temblor. Son muy frecuentes en la zona de montaña donde vive Isabel. Sin embargo, no pasa, y un ruido que viene de las entrañas de la tierra la llena de espanto. Siente el calor agobiante, la piel pegajosa, la garganta seca y la negrura de la noche. Llama a su perro: “Batuque, Batuque”. «Pobre animal», piensa, «el susto lo debe haber espantado. Él siempre está conmigo». “¡Batuque!”.
A cada paso se tambalea; a tientas, busca los objetos conocidos. La mesa y las sillas se estrellan contra las paredes. Una grieta se abre bajo sus pies. Alguien la sujeta de la cintura y ambos caen hacia atrás, y se golpean las espaldas contra algo duro.
—¿Quién es? —pregunta Isabel—. Está tan oscuro que no lo distingo.
—No voy a hacerle daño. ¡Se abrió una grieta! —responde el hombre—. El terremoto dejó sin luz a todo el pueblo.
—Pero ¿quién es usted? ¡Batuque! —vuelve a llamar.
—No me tenga miedo. Aquí está lleno de agujeros. No nos podemos mover de este rincón.
Ella extiende los brazos y posa su mano sobre una piel húmeda y tibia. La tierra ha dejado de temblar, y se encienden las luces.
En Isabel se han desarrollado el resto de los sentidos de manera tal que ve con el olfato, con el tacto y con los oídos. Además, se esfuerza más que nunca para que este hombre no sepa de su ceguera.
—Usted está sangrando —le dice.
—Sí. Escuche, son sirenas, vienen a socorrernos.
Ella sigue viendo con sus yemas. Nota el frío del metal en la cintura de él, es un revólver.
—¡No diga nada! ¡No soy un delincuente, me defendí porque me atacaron los perros!
Desde afuera llegan sonidos de vehículos y de gente que se mueve.
—¿Hay alguien allí? —pregunta una voz ronca seguida de ladridos.
—¡Sí, por aquí! —responde Isabel—. ¡Cuidado con las grietas!
Despiertan en un hospital de campaña. Ella, en su oscuridad, sabe que ha amanecido porque siente el calor del sol. A tientas busca al hombre que la ha salvado.
Las réplicas del terremoto se hacen sentir.
—¡Señorita! Si está bien, la llevaremos a su casa —le dice una enfermera que la toma del brazo y la conduce hacia un claro donde alguien, sobre un escritorio improvisado, toma datos de quienes se recuperan.
Encuentra taperas y astillas, olor a azufre y desolación. Se mueve hasta encontrar a través del roce de su cuerpo un tronco y se sienta. Se sorprende al sentir que los mismos brazos la sujetan de la cintura.
—¿Es usted el hombre que me salvó de las grietas? Como estaba tan oscuro no lo vi, por eso le pregunto.
—Podría ayudarla a reconstruir todo esto, si usted quiere.
—Estoy sola, pero sé defenderme —le contesta Isabel con voz firme, y dirige sus ojos hacia él como si lo viera.
—Solo sería por un tiempo. No quiero mentirle, el día del terremoto maté a un perro que atacó a mi hijo. Ahora él está en el hospital.
Isabel se aparta bruscamente. Vuelve a llamar: “¡Batuque, Batuque!”.
Aparece su perro, que le salta sobre el pecho y le lame la cara; se confunden lágrimas y babas. Isabel percibe que el animal también se refriega y salta, feliz, alrededor del hombre. Entonces, sabe que ha llegado el momento de dejarse ayudar. Necesita sentirse acompañada, quiere ver más allá de donde alcanzan sus manos. Y le contesta:
—Bueno, acepto, hasta que nos recuperemos.
—Señora, este perro nos defendió de la jauría. Ellos presienten, ven antes que las personas. Me estaba esperando en la puerta del hospital y lo seguí hasta su casa. ¿Quién le dice que no iba en busca de ayuda para su ama?
Con la cabeza apoyada en la falda de Isabel, Batuque parece sonreír. «Si supieran que yo también me asusté y me costó tanto encontrarte, Isabel», dice el perro en lenguaje mudo de los acompasados movimientos de su cola.
La calesita
Resulta que en el planeta del Principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas.
El Principito, Antoine de Saint-Exupéry
Mi tío, mi tía —hermana de mi padre, a la que recuerdo como una mujer sin sonrisa—, mi prima mayor y su hermanito, el insoportable rubio de ojos celestes, vinieron a buscarme una tarde de domingo. Me esperaban sentados en laBaturénegra.
Salí con mi mamá a la puerta, llevaba puesto mi vestido nuevo y mis zapatos blancos. Aún hoy disfruto eligiendo zapatos.
Era feliz como una reina en su carruaje. Los tres niños nos sentamos en la parte de atrás: mágicamente se abría y aparecían los asientos (era el baúl).
Nos llevaron al parque de diversiones que se instaló por un tiempo en el pueblo. Creí que llegaría a un lugar encantado, con luces, con juegos que me harían reír, correr; creí que me darían cosas ricas para comer y tomar. Poco me duró el encanto; en el viaje, el pequeño demonio de ojos azules me tiró de las trenzas, quiso ensuciarme el vestido y me pisó los zapatos. Me dieron ganas de llorar.
Paramos en medio de una polvareda a orillas de la acequia sin agua, y mi tío me alzó para bajarme de la Baturé. Nos tomamos de la mano y a los regordetes dedos de mi tía, con la severa consigna de no separarnos porque había mucha gente y nos podíamos perder.
Así fue. Había muchas personas grandes, muy altas; no podía verles las caras, y los otros niños nos atropellaban. La música chillona de la calesita, del tiovivo, de los mostradores del tiro al blanco, me enloqueció. La desilusión me pegó como una pedrada en el pecho.
Subimos a la calesita. Los caballitos y los patitos que subían y bajaban eran como monstruos que se reían de mí, estaba mareada, tenía náuseas y no paraba de girar. Cuando por fin se detuvo, mi prima saltó y yo la seguí a tientas. No encontraba caras conocidas, desesperada buscaba a mis tíos. Debo haber llorado. En el recuerdo me queda el silencio del desamparo.
No sé si fueron minutos u horas. Alguien me levantó y vi aparecer la figura de mi tío, que me recibía en sus brazos; luego, el alivio del encuentro.
Desde entonces me aterra el silencio de no entender las palabras.
Praga
Íbamos rumbo a Praga. Eran los últimos días de julio, lo recuerdo porque hacía calor. A través de las ventanillas del tren, nos maravillaban los paisajes del Elba y las orillas con distintas tonalidades de verde, casas pintorescas, de vez en cuando una barca y a lo lejos, entre las lomas, cúpulas blancas.
Llegamos a la terminal entre el bullicio de voces guturales e inentendibles. Decidimos caminar. Nos quedaríamos un día y una noche, probaríamos el sabor del asombro en cada calle desconocida.
Yo había cumplido treinta años y mi compañero tenía uno menos, veintinueve. Nos habíamos conocido en un congreso sobre historia del arte en Córdoba, hacía dos años. Yo preparaba mi tesis para graduarme en Ciencias de la Comunicación y él era un arquitecto recién recibido. Ninguno de los dos había convivido anteriormente con ninguna pareja. Fue de a poco, como se arma un rompecabezas. Alquilamos un departamento en Buenos Aires, en pleno centro, Callao y Santa Fe; nos gustaba el trajinar de la ciudad, la gente, los espectáculos, y disfrutábamos los domingos y feriados en Tigre o paseando por San Telmo. Él consiguió trabajo en un estudio de arquitectura, y yo era redactora en una empresa de relaciones públicas.
Desde el principio le advertí de mi sonambulismo y mis pesadillas, de las que despertaba agitada y a veces temblando de miedo.
—Mientras no me mates —me dijo un día Emilio.
—Nunca me hagas ese chiste —me enojé.
—¿Por qué, Leticia?
—No sé. A veces ni me acuerdo de lo que sueño —le contesté cortante.
