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Una recopilación de cuentos que coge las creencias más arraigadas y sobrenaturales de nuestro país para crear relatos terroríficos y bellos. Legendarium IV. Vampiros aquelarres y fuerzas del mal se sumerge en nuestras más atávicas creencias, en los mitos más aterradores y en nuestras leyendas más extendidas sobre el más allá. Estos relatos escritos por José Luis Cantos Martínez, Cristina Puig, David Marugán, Elena Montagud, José Alberto Arias Pereira, Mikel Rodríguez y Julián Sánchez recogen historias plagadas de vampiros, curas magos, almas en pena o espíritus malignos, todos ellos pertenecientes a nuestro imaginario popular. La chica de la curva o las caras de Bélmez, encuentran su lugar en el último volumen de esta terrorífica colección.Rubén Serrano y Javier Pellicer vuelven a compilar una nueva antología de promesas y de escritores reconocidos en los foros de literatura fantástica nacional. Esta vez no ciñen su criterio a acotaciones espaciales y nos muestran curiosidades como el primer relato sobre lugares mágicos del País Vasco o un relato que recoge varias leyendas todas ellas sobre presencias femeninas fantasmagóricas. Apegados muchos de ellos al género fantástico clásico, otros se sitúan más cerca de la anécdota personal e incluso del breve artículo periodístico pues también hay relatos basados en hechos reales. Razones para comprar la obra: - Las historias contenidas en la obra mezclan leyendas tradicionales con leyendas urbanas actuales y con casos reales pero que aún no se han resuelto. - El estilo de los relatos es variado y, por ello, se ajusta a los intereses de cualquier tipo de lector. - Tras cada relato se incluye un texto breve con las motivaciones de los autores para elegir las leyendas que cada uno de ellos trata. - Tanto los compiladores como los autores pertenecen a numerosas asociaciones y revistas de literatura fantástica y han publicado tanto novelas como relatos de terror.
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Seitenzahl: 278
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Legendarium IV
Vampiros, aquelarres y fuerzas del mal
ANTOLOGÍA COMPILADA POR
JAVIER PELLICER Y RUBÉN SERRANO
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Colección: Tombooktu Fantasía y Terror
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Titulo: Legendarium IV
Autores: ©2012 José Luis Cantos Martínez, ©2012 Cristina Puig Argente, ©2012 Elena Montagud, ©2012 Jose Alberto Arias Pereira, ©2012 Mikel Rodríguez Álvarez, ©2012 Julián Sánchez Caramazana
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN Papel: 978-84-15747-12-3
ISBN Impresión bajo demanda: 978-84-9967-429-2
ISBN Digital: 978-84-9967-404-9
Fecha de publicación: Octubre 2012
Realización ePub: produccioneditorial.com
Índice
Portada
Portada interior
Créditos
Prólogo
El ataúd
La Atalaya de las Almas
El cura mago de Bargota
Una parca labor
Las Caras de Bélmez
¡Umbrales!
Las damas del lago
Sobre los autores
Fragmento de Legendarium I
Fragmento de Legendarium II
Fragmento de Legendarium III
Contraportada
Prólogo
Un legendarium o legendario es un compendio de leyendas, es decir, un repertorio de esas historias fantásticas o imaginadas que se cuentan como si hubieran ocurrido de verdad y que forman parte de la cultura popular. La leyenda es una narración tradicional que incluye elementos ficticios, a menudo sobrenaturales, la cual se transmite de generación en generación, sufriendo con frecuencia en ese proceso supresiones, añadidos y modificaciones, especialmente para adaptarse al espacio y el tiempo al que pertenecen el narrador y su audiencia.
La leyenda suele estar ligada a un elemento preciso, que se integra en el mundo cotidiano o la historia de la comunidad a la que pertenece. A diferencia del cuento, la leyenda sucede habitualmente en un lugar y un tiempo reales, reconocibles por el oyente o lector, aunque eso no quita para que se incluyan elementos fantásticos.
Las leyendas nacen con el hombre primitivo y su necesidad de dar una explicación a los misterios del universo de una forma inteligible para su mentalidad. Con tal fin, aparecieron leyendas que eran expresiones de las creencias y sentimientos humanos, y no una mera invención recreativa. Al igual que los mitos, tenían un sentido religioso. No se relataban para entretener ni divertir, sino para transmitir un conocimiento fundamental.
Fruto de la invención de un individuo, las leyendas eran adoptadas posteriormente por otros y ampliadas con nuevos detalles para llenar los huecos. Si se extendían y eran importadas por otros pueblos, se adaptaban a su medio hasta acabar considerándose como propias.
Pero el término legenda no aparecería hasta la Edad Media, y sería para designar las vidas de santos, más o menos fantaseadas, que habían de «ser leídas» en los círculos monásticos. Y sólo más tarde, con el romanticismo, se identificaría la leyenda y su formación popular con su particular idea de la historia, entendida esta como «manifestación del espíritu de un pueblo que ennoblece su edad heroica».
En la actualidad, la leyenda constituye un género narrativo concreto que actualiza —o inventa— una mentira literaria preexistente.
Las leyendas son testimonio vivo de la historia y del saber popular que integran el acervo folclórico.
Hay temas recurrentes dentro de las leyendas, que se repiten en relatos de diferentes culturas, como es el caso del diablo, los tesoros o determinado tipo de personaje, sufriendo algunas variaciones en su contenido.
En el caso concreto de las leyendas en España, estas mezclan tradiciones muy disímiles, de procedencia celta, ibérica, romana, visigoda, judía, árabe... Por ello, se trata de uno de nuestros más importantes bienes culturales, herencia de la memoria de un pueblo multicultural como es el español.
La abundancia y variedad de las leyendas de nuestro país es tal que sería absolutamente imposible recogerlas todas en un único volumen. No obstante, diferentes autores hemos querido hacer nuestro particular homenaje al legendarium español a través de diferentes relatos basados en leyendas tradicionales de nuestra piel de toro.
Así, en el presente trabajo ofrecemos nuestras propias versiones —y visiones— de diversas historias pertenecientes a diferentes regiones de España, recogidas de punta a punta, desde Cataluña hasta Andalucía y desde Galicia hasta Baleares, abocándonos no sólo a las leyendas populares sino también a aquellas narraciones que se escuchan cotidianamente en la ciudad. Y es que también hemos querido tocar alguna que otra leyenda urbana, esas historias que forman parte del folclore contemporáneo y que, a pesar de contener elementos sobrenaturales o inverosímiles (generalmente emparentados con algún tipo de superstición), se presentan como crónica de hechos reales sucedidos en la actualidad.
Con todo ello hemos compilado una antología de relatos que pretende seguir alimentando el imaginario popular con historias fabulosas, cargadas de misterio. Pero, a diferencia de las auténticas leyendas, las nuestras no pretenden explicar nada ni están al servicio de las creencias de la sociedad. Sólo buscan proporcionar una nueva vuelta de tuerca a algún tema ya existente, trastocando deliberadamente la historia original en la que se asienta para dar paso a una nueva versión. Y todo ello con un fin meramente recreativo, para entretener y divertir al lector con nuevas «mentiras» literarias que, sin embargo, recobran el verdadero origen etimológico de la palabra leyenda: obras para ser leídas.
En este pequeño muestrario hay historias de fantasmas y espíritus atormentados, de brujas y vampiros, de seres malvados, de lugares encantados y sucesos sobrenaturales, de misterio y horror, de amores imposibles… Son relatos fantasiosos cargados de elementos imaginativos, cubiertos de matices y siempre adornados con el fino velo de la fantasía, en los que cada autor, abriendo la puerta a la inventiva, ha sabido dotar a su texto de su impronta personal. Esa es la magia de la literatura.
Ojalá que estas narraciones sobrevivan igualmente al paso del tiempo y, algún día, sean también leyenda.
Hasta entonces, sólo esperamos que las disfrutéis.
Javier Pellicer y Rubén Serrano
El ataúd
José Luis Cantos Martínez
Cartagena, 10 de enero de 1903
Pedrico, el zagal de los Martínez, me miró de hito en hito, el pelo alborotado bajo la gorra de pana y las manos resguardadas en las axilas. La mañana había despertado muy fría.
—¿Un ataúd, José? ¿Has dicho un ataúd?
Reí al ver la expresión de asombro en su rostro lampiño. Era un chico vivaracho e impresionable al que su padre —muy buen amigo mío— puso bajo mi tutela a fin de que aprendiera un poco el oficio de carromatero. «Poco hay que aprender…», le había dicho yo a su padre, «…únicamente a guiar a las bestias». Lo cierto es que el chaval me echaba una mano cuando era necesario cargar peso, en el aseo de los corceles y, lo más importante, me hacía buena compañía en los viajes más largos. Y este era el mayor de cuantos se me habían encargado. Debo confesar que, en un principio, el encargo no me dio buena espina, pero en los tiempos que corren nadie desestima un céntimo.
—Sí, Pedrico, un ataúd.
—¿Alguna vez has llevado uno en el carro?
—He llevado tantas cosas —reí—. No, nunca uno de esos. Y no creas que me hace mucha gracia, pero no hay que hacerle ascos al trabajo.
El chico pareció comprender, tiritó y devolvió la mirada al camino.
Los cascos de los caballos resonaron hasta que llegamos a la zona más bulliciosa del puerto, donde barcos enormes atracaban llenando el cielo encapotado con sus bocanadas de humo negro. El mugido de las bocinas y la algarabía del gentío que circulaba trayendo y llevando la mercancía nos engulló sin que nos diéramos cuenta. Al llegar al muelle indicado, tiré de las riendas y miré mi reloj de bolsillo.
—¿Hemos vuelto a llegar temprano, José? —se quejó el crío.
—Como siempre. Todos pueden llegar tarde; nosotros no.
—¡Pues yo me muero de frío!
—Toma —dije soltándole unos céntimos y señalándole una taberna, justo frente al muelle—. Ve y pide a la Mari que te caliente un vaso de leche. Y dile que si falta dinero, que se lo fíe al José.
El chaval saltó del carromato con la facilidad de los trece recién cumplidos y, tras esquivar a un par de portadores que no dudaron en mentarle a sus padres, se metió en la taberna.
Yo también descendí, aunque con menos gracia. Puse el morral a los caballos y me guardé las manos en los bolsillos. Sobre las hombreras de la chaqueta y mi coronilla calva sentí caer el relente de una mañana que se negaba a nacer. El salitre se me pegaba a las mejillas mientras observaba un carguero del que un grupo de hombres, rudos y malhumorados, bajaban largas cajas de madera. Sobre el casco, el nombre del barco en un idioma incomprensible.
—Gracias por su puntualidad.
La voz sonó tras de mí, afilada como un punzón helado. Un individuo espigado y grácil, de tez pálida, pómulos marcados y ojos hundidos en cuencas violetas, me dedicó una leve reverencia. Vestía un chaqué negro a rayas grises y un sombrero hongo, también negro.
—José Francisco Espinosa —me presenté estrechándole la mano.
—Tanto gusto, mi nombre es Piet Avram —tenía un acento muy marcado, paladeaba las erres y salivaba las eses, pero parecía dominar con soltura nuestra lengua—. Represento al dueño de la mercancía a transportar.
Su mano era fina, de dedos largos, pero dura y firme. Pude observar también que, tras él, cuatro hombrachos de pieles cetrinas y barbas hirsutas miraban en todas direcciones con recelo. Unos vestían sacos, otros chaqués, mas todos ellos desaliñados y llenos de lamparones.
—Una escolta —aclaró—. Debemos cuidarnos de los asaltantes. Es un camino muy largo, señor Espinosa.
Asentí con una sonrisa que me costó horrores forzar. No me agradaba la pinta de aquellos tipos.
En ese momento llegó Pedrico, relamiéndose los labios.
—Es mi ayudante —dije, pasando un brazo sobre los hombros del zagal—, un buen muchacho. Muy trabajador.
El señor Avram apenas le dedicó una mirada.
—Bien, en marcha.
—¿En marcha? —Señalé a unos hombres que, bajando por la pasarela, seguían descargando bártulos del barco atracado junto a nosotros.
El forastero me miró desde la caverna de sus ojos. Creí atisbar una sonrisa indulgente.
—Nuestra «mercancía» no desembarca hoy, señor Espinosa.
Pedrico y yo subimos al carro y seguimos a Avram hasta la zona donde se alineaban los almacenes: bloques de ladrillo sucio, ventanas reventadas y puertas de par en par como bocas cuadradas que escupían y tragaban género, personas, carros, animales… Un bucle caótico y estridente.
Llegamos al almacén número siete, un encargado rechoncho y sudoroso nos esperaba. El hombre buscó entre el fajo de papeles arrugados que llevaba en las manos y, tras hacer un par de anotaciones, saludó al extranjero con apresurada educación.
—Creíamos que nadie lo reclamaría nunca, señor. No puedo decir que no me alegre. Muchos de los trabajadores dicen que es de mal agüero conservar un ataúd vacío.
Pedrico dio un respingo a mi lado y me miró; tenía la boca abierta como un buzón.
Me llevé el dedo índice a los labios, indicándole que se callara, mientras mis tripas se retorcían inquietas.
El encargado del almacén guio a los extranjeros al interior. A nosotros se nos ordenó esperar.
—¿Un ataúd vacío? —exclamó alarmado el crío cuando se aseguró de que nadie le oiría— ¿Pa’ qué se transporta un ataúd vacío, José?
No contesté. Sentí el aire frío agarrarse a mi cuello y un comezón ardiéndome dentro del pecho. «Es una tontería», me dije mientras mordisqueaba mis labios. «Un ataúd vacío… ¿Quién paga un dineral por un ataúd vacío?». Ya me costaba creer que alguien alcanzara tal cifra para transportar a un pariente en su caja, pero vacío… Era inaudito. Me hinqué los colmillos en la carne y pronto el resabio caliente y ferroso de la sangre me llenó la boca. «Es una tontería», me repetí. «¿Acaso no te has fijado en las pintas que tiene ese tal Piet?». Era obvio que representaba a algún ricachón que podía permitirse las más disparatadas extravagancias. Me centré en el dinero; el buen pellizco que me aguardaba cuando llegásemos a Madrid. Un hilillo rojo se escapó de mis labios y lo limpié con la palma de mi mano.
Avram regresó al poco, dirigía a sus hombres mientras estos subían el ataúd al carro. Los caballos relincharon cuando sintieron la nueva carga y dos grandes nubes de vapor emergieron de sus ollares. La verdad es que la caja poco tenía de ilustre. Ya me había imaginado que se trataría de un sarcófago de oro con gemas incrustadas o, al menos, una pieza de nogal pulido… Nada más lejos, el féretro no era más que varios tablones de madera mal aparejados, sin ni siquiera un triste crucifijo sobre la tapa.
Pedrico seguía mirándome, sus grandes ojos clareando bajo la gorra de pana.
—Tranquilo. Sólo es una caja vacía. —Quise hacer una broma para tranquilizar al muchacho; no fui capaz de elucubrar ninguna—. Será un viaje tranquilo.
A pesar de todo, logré sonar convincente.
Partimos aquella misma mañana, tras llenar los morrales. El itinerario era serpenteante y extraño: tomaba rodeos donde se podía atajar, tendiendo siempre a senderos rurales poco transitados. Sólo me atreví a cuestionar una vez el recorrido marcado por nuestro singular patrono.
—Cíñase a conducir el carro, morderse la lengua y cobrar al final —me espetó él con una mirada que me quitó cualquier ánimo de queja.
El primer día de viaje transcurrió calmo; quizá demasiado. Piet, al frente de la expedición, montado en un alazán, parecía no sufrir el tedio que supuraba de aquel silencio frío. Tampoco los cuatro guardaespaldas que flanqueaban el carromato en sus monturas negras y robustas.
Sólo el golpeteo de los cascos sobre la gravilla y el crujido de las ruedas del carro daban testimonio de que estábamos allí.
Al mediodía nos detuvimos en el margen del camino. El chico y yo dimos cuenta de sendos bocadillos sin ni siquiera bajarnos del carro. Avram y sus hombres, a cierta distancia de nosotros, compartieron cantimploras y pellejas de vino.
No les vi probar bocado.
El ocaso nos encontró llegando a Alhama, donde decidimos hospedarnos en una posada situada a las afueras del pueblo. Un edificio humilde, de fachada blanca, rodeado de huerta.
Nuestro esbelto patrón se internó en la posada. Al resto se nos ordenó esperar junto a la puerta. Alrededor, las montañas comenzaban a ennegrecer y la luna, redonda y clara, pintaba la fachada del caserío con luz azul. Sobre el chinarro aparecieron nuestras sombras alargadas.
Zarandeé un poco al chico, que se había quedado dormido.
Él estiró un bostezo y se frotó los ojos.
—Despierta muchacho, una cena y un jergón te esperan. —Le quité la gorra y revolví su pelo castaño. Tras un día de mutismo casi absoluto, se me hizo extraño oír mi voz.
—¡Ya era hora! —exclamó con descaro.
Bendita inocencia la del zagal: cuando tenía hambre o sueño nada le importaba, a nada temía: ni al ataúd ni al largo camino ni a la siniestra comparsa.
Al poco, Avram volvió a aparecer por la puerta, su delgada silueta acabada en bombín recortada contra el destello amarillo que emergía del interior. Al tiempo que se quitaba cadenciosamente los guantes de cuero negro, anunció que había alquilado tres habitaciones. Una para sus hombres. Una para Pedrico y para mí. Y otra para él.
—Suban el ataúd a la mía.
—¿No irá usted a dormir en él, verdad?
No sé qué me llevó a hacer tal comentario, quizá estuviera aún conmovido por la simplicidad con la que el chico había resumido la extraña jornada o puede que, inconscientemente, ardiera en deseos de quitarle hierro al asunto. No lo sé… El extranjero se limitó a devastarme con una mirada negra que me clavó al asiento del carruaje.
La cuadrilla de hombretones descargó el ataúd.
Pedrico me miró y negó con la cabeza con cierto aire condescendiente. El muy granuja me arrancó una sonrisa, pero ni con esas se libró de un buen capón.
La posada, que parecía desierta, estaba regentada por una buena mujer. Puede que algo entrada en años y carnes, pero —mi esposa, en paz descanse, me perdone— aún de muy buen ver. Doña Ana creo recordar que era su nombre. Se la veía mujer vigorosa y fuerte que, según sus palabras, se las apañaba ella solita para sacar adelante el negocio. «Yo cocino, yo limpio las cuadras, yo sirvo las mesas, yo lavo…», enumeró con los generosos pechos henchidos de orgullo.
Nos hizo pasar a un pequeño salón de paredes encaladas y sillas de madera y esparto, con una chimenea de leña crujiendo en una esquina. Pedrico y yo tomamos asiento junto al fuego.
Avram apareció minutos después para, con insulsa deferencia, anunciarnos que él y sus hombres se retiraban a sus aposentos.
—Reanudaremos la marcha antes del amanecer, señor Espinosa —dictaminó antes de dedicarnos una floritura con el bombín—. Buenas noches.
Su presencia adusta apenas consiguió inquietarme esta vez ya que casi de inmediato apareció doña Ana con dos raciones de estofado y una jarra de vino.
—¿Puedo? —me preguntó el chaval con las pupilas brillando al candor de las llamas.
—Bueeeno. Pero sólo una copa, que luego tu padre me riñe.
Comimos, bebimos —el chico una, yo tres o cuatro— y reímos. Doña Ana nos acompañó parte de la velada, e hicimos buenas migas. Por primera vez desde que saliéramos de Cartagena, ninguna inquietud agitaba mi corazón.
Aquella noche dormí profundamente.
Antes del alba, Avram nos despertó entre voces y palmadas como un sargento que levanta a la tropa. Ni un mal desayuno nos permitió.
Aún restregándome el sueño de los ojos, me vestí y, junto al chico, bajé al establo para enyugar las monturas y esperar a que cargasen el ataúd.
Mientras nos alejábamos de la posada, con el cielo ya herido de luz, casi ni me extrañó que doña Ana no apareciera para despedirse. «Estará durmiendo», pensé entre bostezos, «es duro sacar una posada adelante, doña Ana debe estar muerta de sueño».
Almería, 13 de enero de 1903
Encontramos a la chica al poco de llegar a Almería. Llevaba un largo vestido negro y una chaqueta de lana marrón. Botines con la puntera rota y un manto cubriéndole la piel lechosa y la melena atezada. Además, aunque se esforzara por ello, le era imposible ocultar su embarazo. «Siete meses», pensé viéndola al borde del camino.
—Por favor. Por favor, señor… —suplicó correteando a duras penas junto al corcel de Avram, quien, desde lo alto, la observaba con una espeluznante mezcla de indiferencia y deseo—. Por favor, señor, voy a Madrid, ¿pueden llevarme? Por favor, voy a…
Cuando se puso a la altura del carro y recitó el mismo ruego, no me quedó más que detenerme y dejarla subir.
Aunque pueda parecerlo, mi gesto no lo motivó el afán de desafiar la autoridad del foráneo, simplemente se me encogió el corazón al ver a la moza esforzándose por seguir nuestro paso. Era guapa, no pasaría de los veinte y en el brillo cristalino de sus grandes ojos se leía que estaba desesperada. A mi alrededor, los escoltas murmuraron en su idioma y alguno escupió una carcajada. Los sentí intercambiando miradas con Piet. El más alto de todos, con la cabeza afeitada a navaja y una barba negra y rala ensuciando su rostro anguloso, parecía poner especial interés en ella.
Para mi sorpresa, Avram no pareció contrariado cuando me vio ayudar a la chica a trepar al carromato. Con una risa discreta y una orden en su arameo particular, zanjó el asunto. Los hombres acallaron sus miradas y el silencio regresó al camino como una saeta invisible.
—Hola —saludó el zagal alcanzándole a la muchacha un mendrugo de pan que sacó de su zurrón—. Me llamo Pedro.
—Gracias. Yo, Cecilia.
Sonreí inconsciente de que, en un viaje plagado de decisiones nefastas, acababa de tomar una más.
Me he escapado —nos contó algo más tarde, mientras cenábamos.
Nos hospedábamos en una gran casa rural en mitad del campo almeriense. Los arrendatarios —una familia de trabajadores de una almazara situada junto a la casa— acogían a viajeros a cambio de unos céntimos.
Tras varias jornadas de viaje, Pedrico y yo nos habíamos acostumbrado por completo al extraño ritual que deparaba cada alto en el camino: descargar el ataúd, subirlo a la habitación de Piet, asear un poco las monturas y guardar el carro. Por eso, no pudimos evitar reírnos de la expresión de Cecilia y del resto de los congregados en el salón cuando los extranjeros portaron el ataúd escaleras arriba. Más aún, nos tronchamos cuando le dijimos a la muchacha que, en realidad, la caja estaba vacía.
La chica vaciló unos segundos, mas terminó por unirse a nosotros con una risa tímida y sincera.
Más tarde nos contó detalles de su huida. Al parecer, estaba prometida con un chico de su pueblo, Pulpí. Según ella, un mozo atento y bueno… Tan bueno que a veces pecaba de tonto. La observé mientras con sus dedos blancos mordisqueaba un ala de pollo, bebiendo a pequeños sorbos el agua, y lo vi claro: la muchacha amaba a aquel hombre, lo amaba con locura. Sólo estaba asustada por su futuro; por lo que crecía en su vientre. Sonreí en silencio y recuerdo apostar contra mí mismo a que el chico no tardaría en aparecer de rodillas y con un ramo de promesas.
La cena transcurrió algo más entretenida que otras noches. A eso de las diez hubo una trifulca entre ebrios que luego se saldó con una ovación disimulada y un cante. Para las once y cuarto apenas quedábamos nosotros y los hijos de los dueños, que se afanaban en limpiar los restos de bebida y comida de las mesas y el suelo.
Acompañamos a Cecilia a su cuarto —Avram tuvo el detalle de alquilar uno exclusivamente para ella— y, cuando fui a darle las buenas noches, la muchacha me sorprendió con un abrazo fugaz.
—Gracias, muchas gracias —susurró en mi regazo.
No supe cómo reaccionar. Torpemente le devolví el abrazo y fui al catre.
—Es guapa, ¿verdad? —preguntó Pedrico cuando, ya en nuestra habitación, apagué la lámpara y quedamos a oscuras.
—Calla y duerme, niño.
Las dulces manos del vino tiraban de mí hundiéndome en el lecho, mas me fue difícil conciliar el sueño; los perros que custodiaban la casa ladraron hasta bien entrada la madrugada.
Será algún tipo de fiebre —supuso el padre de la familia que regentaba la casa. Pero sus hombros caídos y su manera de sobarse la coronilla desprendían algo más que incredulidad.
Pedrico y Cecilia me ayudaban a cargar en el carro los petates llenos con nuestras ropas y víveres. Mientras, yo escuchaba al pobre hombre: cinco cerdos se le habían muerto durante la noche.
—Es extraño —inferí—, no parecían enfermos cuando recogí a los caballos.
Me dedicó un aspaviento resignado.
—Son cosas que pasan —concedió con un largo suspiro.
Abandonamos la casa con un sol inesperado pendiendo del cielo.
Los extranjeros se rascaban las ojeras.
Cecilia abrazaba su vientre henchido de vida.
Estábamos otra vez en marcha.
Cuenca, 17 de enero de 1903
Avram insistió en que esa noche durmiéramos a la intemperie. Lo cierto es que Cuenca quedaba aún lejos y la noche ya cerraba sobre nuestras cabezas. Pero me preocupaba que Cecilia, en su estado, durmiera al raso y bajo la humedad que empezaba a cuajarse.
—No pasa nada, José —me tranquilizó, arrebujada bajo una manta que le habíamos prestado y mecida por el vaivén del carro—. Estaré bien junto a un fuego.
Una hora más tarde, acampábamos en una explanada que nacía junto al camino. Atamos los caballos junto a un grupo de hayas cercano a una charca donde las bestias pudieron abrevarse.
Pedrico ayudó a Cecilia a bajar del carro y yo eché una mano a los hombres con los bártulos. Ocurrió entonces algo raro. Piet profirió una orden que puso firme a su grupo. Los hombres intercambiaron murmullos y se dispusieron a bajar el ataúd. Por lo visto, el caprichoso extranjero quería descansar cerca de la caja. Yo, que me hallaba de pie sobre el carro, no dudé en obedecer; ya estaba más que escarmentado por contrariar las manías del hombrecillo del bombín. Así que, pensando que hacía lo correcto, me agaché, agarré el ataúd y me dispuse a levantarlo.
—¡NO!
El grito de Avram me heló la sangre y detuvo la noche.
—No se preocupe, señor Espinosa —terció recuperando la compostura, pero manteniendo un atisbo amenazador en su voz—, mis hombres se encargarán.
Pedrico, que también se había quedado de piedra ante el alarido, me miró con los ojos muy abiertos. Cecilia, con un pequeño fardo de ramas secas entre los brazos, se mordía el labio inferior.
Tardé unos segundos en reaccionar, en volver a este mundo. Un escalofrío me retorció el espinazo. Sentí los ojos negros de los guardaespaldas clavándoseme en el alma como puñales sañudos.
—Disculpe…, señor —dije soltando la caja y, lentamente, regresando a la posición erguida.
No me quitó ojo de encima hasta que descendí del carromato. Momento en que rompió a reír con una carcajada aguda, sardónica…, la más turbadora que he escuchado nunca. Como la de un niño endemoniado.
—Tranquilo, señor Espinosa. Sólo ha sido un error —pudo decir entre risotada y risotada—. Errar es humano. Tranquilo. No tengo intención de desollarle por ello.
Estiré mis labios ateridos y casi conseguí sonreír.
Mientras escribo estas palabras me asalta la duda de si muchas de las cosas que narro ocurrieron en realidad o si mi imaginación, movida por el horror profundo que me provocan tales memorias, me hace maquinar detalles escabrosos que nunca tuvieron lugar. Ya sea por una cosa o por otra, cuando rememoro aquella noche tengo la convicción de que noté algo extraño durante las fracciones de segundo que sostuve el ataúd entre mis manos. Vive Dios, que sentí como si la caja pesara demasiado para estar vacía… Deseo con todas mis fuerzas que tal certeza sólo sea una mala jugarreta de mi mente atormentada.
La cena fue silenciosa y escueta: una hogaza de pan y rodajas de jamón seco que fueron pasando de unas manos a otras. Hasta Avram —que rara vez se dignaba a comer en presencia del resto— se unió al grupo y compartió el yantar. Fue la primera vez que lo vi masticar en todo el viaje. También se mostró muy hablador, casi nervioso, con una sonrisa oscura y permanente que parpadeaba frente a los chasquidos del fuego. Con su acento silbante, nos habló de Rumanía, su lejana tierra: de la niebla, el frío y los Cárpatos encrespando el horizonte. Según él, la noche le evocaba imágenes de su patria y de los días en la mansión de su señor.
Me sentí incómodo al pensar cómo había podido yo viajar tantos días sin saber lo más mínimo de aquellos hombres; centrándome únicamente en la paga. Oyéndole hablar, deseé que la cosa hubiera seguido así.
—¿Una mansión? —exclamó Pedrico, con la boca llena de migas.
Él, Cecilia y yo nos apretábamos al otro lado de la hoguera, frente a Avram y sus hombres, por lo que no creo que se percatasen del codazo discreto pero contundente que le arreé al chaval. «La madre que lo parió», pensé, «basta llenarle el estómago y todo le parece maravilloso».
Avram nos estudió por encima de las llamas. Su sonrisa perfecta se me antojó hostil. Depredadora. Los cuatro berracos masticaban y bebían ruidosamente —eso sí, de sus propias pellejas; no de la nuestra—. Intercambiaban sus consabidas miradas, de las que se servían para hablar sin decir nada. De vez en cuando, un par de ojos ladinos se centraban en Cecilia y una furia correosa me trepaba por la garganta.
—Oh, sí, chico; una mansión. Más grande y bella de lo que puedas imaginar.
—Su jefe debe tener mucho parné —Pedrico acompañó su sentencia alzando una mano y acariciándose la yema del índice con la del pulgar—. ¿Para qué quiere su señor un ataúd vacío?
Lo soltó así, sin más… El muy majadero.
Cecilia se atragantó con algo y se apresuró a beber un poco de vino.
—¡Pedro! —le recriminé.
El rumano, sin embargo, parecía muy divertido por las ocurrencias del zagal.
—No lo sé, chico, no lo sé —mintió, y lo turbador no fue lo evidente del embuste, sino lo poco que le importaba a Avram sonar persuasivo—. Quizás lo que para ti es una mísera caja, para mi señor sea un preciado tesoro. Ya sabes cómo son los ricos de caprichosos —rió—. No es de extrañar, como dicen en mi tierra: banul este ochiul dracului.
Sus hombres, bajo las barbas descuidadas, sonrieron y asintieron a su alrededor.
—¿Qué significa? —me sorprendió oír la voz de Cecilia, agarrada con expectación a la bota de vino.
Avram guardó un silencio que dedicó exclusivamente a ensartarme con sus pupilas que refulgían en el interior de las cuencas.
—El dinero es el ojo del diablo.
Cada día estoy más agradecido por haberte encontrado —le confesé más tarde.
Excepto dos de los escoltas que, sentados junto al ataúd, montaban guardia; todos dormían.
—Creo que haces que todo parezca un poco más normal —reconocí.
Cecilia se puso colorada; pude notarlo aunque su rostro apenas estuviera iluminado por las ascuas de la hoguera. Miró a Pedrico que, bajo una manta de lana, roncaba a mi lado.
—Le haces bien al chaval. Se ha encariñado contigo.
—Deja de darme las gracias —habló de repente—. Soy yo la que debería daros la murga con agradecimientos… Me recogisteis.
—No podíamos dejarte en tu… bueno, en tu estado.
Pude verla abrazar el bulto que le crecía bajo la ropa.
—Gracias.
Hubo un silencio que tomé prestado para mascar cada uno de mis pensamientos: Piet, el ataúd, la extraña travesía, Cecilia y su bebé… Habíamos compartido varios días de viaje, me pareció un buen momento para preguntárselo.
—¿Qué harás cuando lleguemos a Madrid? ¿Tienes…?
—Tengo familiares allí —atajó, obviamente incómoda.
No me importó. Aunque suene egoísta, me creía en total derecho de pedir explicaciones, al fin y al cabo, lo que pudiera ocurrirle era en gran parte responsabilidad mía.
—Mis tíos… —explicó al fin, reticente—. Pero no saben que voy para allá.
—¿Y el padre de la criatura?
No le había vuelto a preguntar por él desde la primera noche que habíamos cenado juntos. Su silencio al respecto y la forma tristona con la que tendía a mirar el camino que íbamos dejando atrás no hicieron más que corroborar todas mis conjeturas.
Al poco, cayó rendida… la pobre. Me gustaría decir que yo también cedí al sueño, mas me fue imposible echar siquiera una cabezada. Los dos hombres que Avram había apostado para que velaran mientras los demás descansábamos, lejos de serenarme, me inquietaban en extremo. Pasé la noche así, fingiendo un descanso al que me opuse, con los ojos entrecerrados pero sin apartar la vista de aquel par de hombres que, en silencio, sonreían.
Villamanrique de Tajo, 19 de enero de 1903
Me entristecía pensar que, con toda probabilidad, aquella sería la última noche que pasaríamos con Cecilia. Nos acercábamos a Madrid, al día siguiente entregaríamos nuestra maldita carga y ella iría con sus tíos. Sin embargo, un sentimiento me sobrecogía más allá de la pena: la esperanza de dar por concluido aquel viaje tan extraño.
Villamanrique crecía en mitad del valle del Tajo. Desde la distancia no parecía más que varias docenas de casas blancas desperdigadas junto al cuerpo manso del río que bajaba, ancho y verde, desde el horizonte hasta nosotros. Muy a lo lejos, donde el Tajo se volvía estrecho y era surcado por puentes, podía intuirse el telón grisáceo de la capital. Cuando vi a Pedrico secarse una lagrimilla —como ya he comentado, el zagal se había encariñado con Cecilia—, le revolví el pelo y le di un abrazo, y en sus ojos vi que, aunque le doliera, también se alegraba de estar tan cerca de nuestro destino.
Caía la tarde cuando llegamos a Villamanrique. El pueblo gozaba de una vitalidad que no se intuía desde fuera. Las calles sinuosas eran recorridas de arriba abajo por jóvenes, ancianos y algún que otro coche de paseo.
Nos hospedamos en un hostal situado al principio de una larga vía empedrada. El joven matrimonio que lo llevaba nos acogió con una hospitalidad candorosa, y no hizo ninguna pregunta cuando los hombres de Piet descargaron el ataúd y lo subieron a la estancia de su patrón. Fue inevitable llamar la atención de los transeúntes, pero hasta en eso el pueblo mostró una comprensión y un recato envidiables.
Tras pagar la noche y acicalar un poco a las bestias, pensé que era buena oportunidad para dar una vuelta por el pueblo. Cecilia y Pedro agradecerían estar durante unas horas con otras personas que no fueran Avram y los suyos. Por supuesto, advertí al elegante foráneo de nuestra intención. No puso ninguna pega, se limitó a sonreírme con una de sus muecas perfectamente ensayadas y a señalarme la hora a la que saldríamos por la mañana y el número de nuestras habitaciones —había alquilado una de las dos plantas del hostal, con sus cinco habitaciones, exclusivamente para nosotros.
—¿No les apetece acompañarnos? —pregunté por pura cortesía ya que, en mis adentros, lo último que deseaba era caminar junto a aquella panda de extranjeros hoscos.
—No se preocupe —me dijo—. Mucho me temo que los muchachos y yo iremos pronto a la cama, ha sido un día largo.
Le agradecí, una vez más, la deferencia que mostraba hacia la muchacha pues, como había sucedido en todos los hospedajes desde que Cecilia se nos uniera, alquilaba una habitación sólo para ella.
—¡Qué menos, señor Espinosa! —me dijo dándome una palmada en el hombro—. Me sorprenden sus ocurrencias, amigo, cualquiera diría que usted piensa que soy un monstruo.
Oír aquello me desconcertó sobremanera. Quedé completamente mudo e, inconscientemente, mis ojos fueron a clavarse en su sonrisa, aquel par de hileras de dientecillos blancos, puntiagudos y extremadamente juntos.
—Es broma, es broma. No se apure —su risa disonante me recorrió la espina dorsal y aleteó calle arriba, como el canto de un pájaro.
Bufé un suspiro y, con muy poca gracia, incliné levemente la cabeza.
Cuando nos despedimos —Pedrico, el muy inconsciente, agitó la mano hacia Avram como si se despidiera de su primo—, y aún con aquella sensación incómoda que me habían dejado las palabras del rumano, miré con disimulo mi reloj de bolsillo: las seis de la tarde. Hora temprana para dormir, pensé.
El grito de Cecilia me sacó de mi recogimiento.
¡Castañas asadas! —exclamó tirando del brazo del zagal, quien reía como hacía mucho que no lo oía, y señalando el puesto situado a unos treinta metros, bajo una nube de humo blanco.
