Letras, amor y pactos - Annie Fischer - E-Book

Letras, amor y pactos E-Book

Annie Fischer

0,0
3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Se puede conseguir la armonía entre el trabajo, el amor y la autenticidad?   La exitosa editora Ana Le Blanc es conocida por su personalidad perfeccionista y por ocultar cuidadosamente sus emociones tras una fachada impecable. Sin embargo, todo cambia cuando Taylor Mc Sullivan, el carismático manager de su hermano, el famoso músico Daniel Sproll, entra en su vida. A pesar de su resistencia a los juegos y las complicaciones emocionales, Ana se siente cada vez más atraída por Taylor. Él parece tener la habilidad de descifrar el lenguaje que ella tanto se ha esforzado por ocultar. Con su personalidad medida y cautivante, Taylor está dispuesto a desafiar las barreras de Ana y hacer que se enfrente a su lado más auténtico. Con el telón de fondo de la industria editorial y la escena musical, Ana y Taylor se adentran en un torbellino de emociones y secretos y su relación pasa de ser un mero encuentro profesional a una intensa conexión personal. Ana lucha por mantener su control mientras Taylor está decidido a desentrañar cada capa de su alma y desbloquear sus verdaderos sentimientos. Juntos, exploran el mundo de las letras y los negocios, descubriendo que el amor puede surgir en los lugares menos esperados.   No te pierdas Carreteras, amor y Rock&Roll, la historia donde empezó todo.   - Una oportunidad única de sumergirte en dos mundos apasionantes: la música y la literatura. - Un viaje de autosuperación en medio de dos mundos opuestos y, a la vez, complementarios. - Una protagonista talentosa, dedicada y apasionada por su trabajo que esconde su esencia romántica y sensible. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu románce favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 328

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2024 Paula Soledad Falcone

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Letras, amor y pactos, n.º 388 - mayo 2024

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9788410627833

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Prólogo

 

 

 

 

 

Nada es más peligroso que ese rincón oculto en sombras.

Entre latidos y susurros, ahí reposa.

Y aún más estremecedor, cuando alguien irrumpe y desbarata este sagrado refugio.

Bernardette Badaracco

 

Ana Le Blanc nunca mentía, ella reinventaba la verdad. Y eso era exactamente lo que la había llevado aquella noche a aquel local de pobre reputación de los barrios bajos de España. Menos aún escapaba, ella tomaba un camino inesperado. Y eso había hecho aquella noche, aunque sus padres adoptivos creyeran que aún estaba disfrutando de sus vacaciones en París.

Ana Le Blanc no hacía preguntas, ella exigía respuestas. Y eso era lo que había ido a hacer aquella noche, después de haber esperado durante trece años. Ni soltaba tacos, ella recitaba odas a los dioses. Y eso es lo que había murmurado durante todo el concierto que acababa de terminar.

No era un teatro porque no había sillas ni butacas, aunque tenía un pequeño escenario al fondo. Tampoco un bar porque no contaba con mesas, pero tenía una barra. El «no teatro ni bar»era oscuro, condensaba el aroma a cerveza y sudor. Estaba sobrepoblado y sucio. Un lugar que ella jamás imaginó pisar nunca. Sin embargo, allí estaba.

El calor infernal del local comenzaba a agobiarla, pero no se atrevió a quitarse la chaqueta. Las curvas de su cuerpo aún le resultaban nuevas, por lo que no se había acostumbrado a ellas. Sin lugar a dudas, si se quitaba la prenda, su figura de reloj de arena quedaría al descubierto y acapararía miradas que prefería evitar.

Claro que siempre podría activar lo que su amiga Carolina solía llamar el «escudo antitíos», que consistía en una mirada glacial, el tono seco de su voz y una postura impávida. Simple pero efectivo, y el tema estaría zanjado en un abrir y cerrar de ojos. El valiente caballero, porque jamás diría adolescente cachondo casi al borde del coma etílico, saldría huyendo como un cachorro herido.

El cabello dorado le caía hasta los hombros recto y uniforme. Sus ojos color caramelo, fijos en el largo espejo que se escondía detrás de una extensa hilera de botellas desiguales, parecían estar vigilando, pero no. Ana Le Blanc, en todo caso, supervisaba la situación. Se removió en la incómoda butaca, cruzó las piernas y se soltó el único botón de la chaqueta negra que llevaba.

Había seleccionado el atuendo con mesura. Si deseaba aparentar una reportera, debía lucir como una, y no como la joven de la alta sociedad que recién acababa el instituto que era. Un traje negro que marcaba sus largas piernas. Una camiseta blanca de tirantes por debajo para darle al atuendo un dejo de informalidad y unos tacones rojos que eran su debilidad.

—Honey,¿puedo invitarte a un trago? —preguntó una voz masculina a su lado; la joven negó con la cabeza—. Puedo llevarte a tu casa cuando esto acabe. Debes de estar perdida.

Ana se giró despacio, mientras accionaba el susodicho escudo. Abrió la boca para informar de que ella no se perdía. En todo caso, abandonaba el recorrido conocido. Sin embargo, al mirar al joven sus pensamientos se disolvieron por una fracción de segundo.

No era otro valiente caballero, era un hombre. Un hombre con el cabello rubio peinado con dedicación, en un traje costoso y entallado que remarcaba su altura y su ancha espalda, y con un par de ojos marrones que brillaban entre preocupados y expectantes.

Cuando se sobrepuso a la sorpresa, a aquellos labios apenas curvados (como si no se atreviera a sonreír del todo, solo Dios sabía qué podía suceder si esos labios carnosos dibujaban una sonrisa completa) y al hormigueo que nació en su vientre para escurrirse por todo el cuerpo hasta morir en la planta de los pies, habló:

—No, gracias, y no me llames honey —ordenó, se volvió a girar y elevó el mentón.

Disimuló la sonrisa que parecía querer escaparse de sus labios, porque casi era capaz de ver los rayos paralizantes de su artilugio imaginario para salir de ella e impactar directo en él, casi podía oler el aroma a ego herido. Su escudo era infalible.

Ana Le Blanc no ligaba en un bar, ella tenía pretendientes, y aquel hombre no parecía tener intenciones a largo plazo ni compartir su estatus.

Pero lo que Ana no sabía era que aquel joven gozaba de una fortuna igual o superior a la que ella heredaría, ni que tenía un posgrado en comunicaciones de Harvard, pero, sobre todo, lo que ella ignoraba por completo es que ese hombre no tenía por costumbre abordar a ninguna mujer, porque ellas lo hacían. Él había pasado más de la mitad de la noche observándola y la otra mitad pensando en cómo conquistarla. Existía algo en ella que no cuadraba con ninguna de sus estrategias. Había algo en la forma en que la joven se retorcía los dedos por detrás de la espalda que le había tocado una fibra distinta, una mirada nostálgica que parecía jamás abandonarla y unas piernas de muerte.

—Sweety, ¿viniste a escuchar a la banda? —Al ver que no respondía continuó—: Puedo hacer que los conozcas.

No fue la afirmación lo que captó su atención; ni su voz, que estaba a medio camino entre la seducción y el desafío, y que reverberó en su mente, sino su insistencia.

Se obligó a mantenerse quieta, aunque por la forma tan intensa en que la observaba solo deseaba removerse en el asiento. Sus ojos parecían no solo ser capaces de atravesar su «repelente para tíos», sino que además podían leer cada uno de sus pensamientos más ocultos.

—Tampoco sweety. ¿Y cómo harías eso? —preguntó y se recordó respirar.

—Cutie? —arriesgó el joven divertido, extendió la mano y rozó los nudillos blancos de la mano con la que Ana se aferraba a la bebida.

A medida que el hombre iba dibujando suaves círculos, Ana sentía que su piel fría comenzaba a templarse. Con el semblante impávido, al que llevaba años adoctrinando en el arte de ocultar sus verdaderas emociones, se forzó a no retirar la mano.

—No te creo.

—Soy un hombre de hechos. Acompáñame y verás —repuso el joven.

Ana Le Blanc no creía en la suerte, ella trabajaba sin descanso y forjaba su propio destino, es por ello que la invitación le resultaba fraudulenta. Más relajada, ahora que él había retirado la mano y la mantenía en el bolsillo de su pantalón pinzado, diseccionó las posibilidades.

—Primero quiero que me digas exactamente por dónde me llevarás.

—Darling, aunque no lo creas, no estoy aquí para hacer beneficencia. Si quieres conocerlos pues en marcha —dijo y aplaudió—, de otro modo tú te lo pierdes.

El tiempo o la suerte se le estaban acabando. Lo sabía. Si iba a aceptar o rechazar la oferta ese era el momento. Lo examinó en busca de algún indicio, pero solo se encontró con aquellos ojos; sin embargo, existía algo en ellos que le generaba confianza.

Esa fue la primera vez que Ana Le Blanc saltó al vacío sin una red de contención, que confió a ciegas en un completo extraño. Tal vez fuese porque había algo en aquella mirada que le daba confianza o quizás porque tal era su deseo por esclarecer parte de su pasado que dejó de pensar con claridad.

—De acuerdo.

Le dio otro sorbo a la bebida y se obligó a impedir que el asco se reflejara en su rostro. Sin darse cuenta, aceptó la mano que el hombre le ofrecía y bajó del taburete. La joven no supo si fue por culpa de su escueta tolerancia alcohólica, el contacto de aquella mano suave o la exhaustiva mirada que le dedicó a sus piernas lo que le produjo un suave mareo mientras un cosquilleo desorientado deambulaba por su brazo.

Luego, con naturalidad, el hombre le sonrió, entrelazó sus manos y tiró de ella. Ana abrió la boca para decirle que nadie tiraba de Ana Le Blanc, sino que los hombres la invitaban a caminar; sin embargo, al encontrar el contacto tan incómodo como agradable, no dijo nada.

—¿A quién te gustaría conocer? A las chicas como tú les suele gustar Zack —dijo mientras caminaba esquivando espectadores en medio de la pista de baile que aguardaban por la siguiente banda.

Ana sabía bien que Zack era el guitarrista.

—He venido a entrevistar a Daniel Sproll.

El hombre se detuvo en seco, se giró y la observó. Luego sonrió y negó con la cabeza.

—No sabes mentir. Voy a hacerte un favor y decirte que no eres su tipo, así que no te lo tomes como algo personal.

—¿Y qué tipo soy?

—Las que tienen aires de condesa suiza.

—¿Disculpa?

El joven volvió a tirar de ella y en un suspiro Ana se encontró envuelta entre sus brazos. Percibió su calor y su fuerza. Por un momento, se perdió en aquel mar de chocolate que la observaba dispuesto a tentarla. Presa del miedo y la excitación se recordó respirar. Con una sonrisa, el joven acortó la poca distancia que había entre ambos hasta detenerse justo frente a los labios anhelantes de Ana. Ella juraría que casi podía escuchar su respiración agitarse, oler su aroma, sentir su contacto. Sin pensarlo cerró los ojos y esperó esa conexión que ya le palpitaba por el vientre hasta llegar a la mente en forma de fuegos artificiales, cuando su cuerpo se estremeció ante el deseo dilatado. El joven bajó la cabeza y recorrió con la nariz perezosamente su cuello haciéndola estremecer aún más.

—Your highness, hueles a Chanel. El pedigrí no es algo fácil de ocultar —le susurró al oído para apartarla con la misma brusquedad con la que la había acercado.

De no haber estado sujeta de la mano del hombre y abriéndose paso nuevamente entre la clientela, Ana hubiese tropezado con sus propios pies. Sus pensamientos eran un tropel de opiniones dispares e incoherentes.

Cuando llegaron al extremo del lugar, se detuvieron justo al lado de donde comenzaba el escenario. El hombre corrió un pesado cortinado, abrió una puerta y empezó a descender una estrecha y empinada escalera. Fue allí que sus sentidos se despabilaron. Estaba con un extraño que parecía ser capaz de derribar cada uno de sus muros en un sitio espeluznante. La imagen del pasillo repleto de desconocidos la inquietó aún más y, aunque se esforzó por evitarlo, un escalofrío la atravesó y la obligó a estremecerse. El movimiento involuntario replicó en el brazo del joven.

—¿Acaso tienes miedo, my lady? —preguntó él tras detenerse en medio de la escalera, girar la cabeza y observarla.

—No.

—Si vas a continuar rompiendo las reglas, más vale que aprendas a mentir.

—Cállate —ordenó, pues sabía que si él comenzaba a hablar, su mente se convertiría nuevamente en un pantano.

Ana notó como la orden tajante producía un cambio en el hombre. La tranquilidad se convirtió en diversión y la distensión en excitación.

—Me gusta cuando echas por la borda esos modales —anunció y se giró por completo. Al estar unos peldaños más abajo, ambos rostros quedaron a la misma altura—. Pongámoslos a prueba.

—Tengo un botón antipánico —aseguró Ana muy consciente del peligro y tras comprender que su «bendito escudo repelente de tíos» no servía de nada con aquel hombre.

—Algo me dice que en unos segundos no lo encontrarás en tu bolso. —Y se inclinó sobre ella.

Ana no se movió cuando él buscó su boca, tan solo abrió los ojos y se aferró a la baranda para no perder el equilibrio. El beso fue agradable, suave y húmedo, sin embargo, no se permitió disfrutarlo. Nadie le robaba un beso a Ana Le Blanc.

—Tal vez me equivoqué contigo —dijo él tras apartarse unos segundos—, o eres una novata.

Ana Le Blanc no era novata, ella era la experta en todo lo que se proponía. Y por ese motivo, fue que lo tomó de la nuca, lo atrajo y se juró enseñarle el arte de besar.

Primero dejó que sus bocas se conocieran, que descubrieran sus sabores. Ese hombre sabía a menta y olía a madera. Ella buscó su lengua y disfrutó del contraste de texturas. La suavidad de sus labios y la aspereza de su lengua. Cuando el joven torció la cabeza y le enmarcó la cara con sus manos, el beso se tornó salvaje y desenfrenado, mientras decenas de cometas planeaban en su vientre creando un mareo vertiginoso. Ella dejó de ser capaz de instruir, apenas pudo seguirle el ritmo. Se olvidó de que estaba en medio de una escalera, casi recostada sobre ella y besando a un completo extraño. Solo supo que se sintió arrastrada a una tempestad de demandas y exigencias. Notó que sus piernas se volvían inestables y su respiración agitada. Sin darse cuenta como para poder reprimirlo, un gemido se escurrió de su interior; el sonido nació de un lugar que ni siquiera sabía que poseía. Aquel hombre era capaz de hacerla delirar de pasión si se lo proponía.

El beso duró un instante. Un instante donde la joven se perdió y descubrió a la mujer. Un instante en el que dejó de ser Ana Le Blanc y simplemente fue ella, en su versión más íntima y verdadera. Un instante que accionó algo que no pudo descifrar, pero que no quería contener.

—Last chance —susurró él en su oído—: ¿un trago, un aventón hasta tu casa o un camerino vacío solo para nosotros?

El cerebro tan entrenado de Ana funcionaba lento y oxidado. Una voz dentro de ella rogó por el camerino, sin embargo, tragó con fuerza y acalló esa voz, como siempre hacía. Tenía la garganta seca, y su mirada se perdió en las orejas enrojecidas del joven producto de la excitación. Logró negar con la cabeza mientras que este se irguió, le dio un tirón a la manga de su camisa y terminó de descender.

Atravesaron el pasillo esquivando músicos, trastos e instrumentos musicales.

—My queen —dijo el hombre tras detenerse en la tercera puerta de la izquierda con una sonrisa tan atractiva que ella estuvo a punto de suspirar.

Él se inclinó, le besó la mano y abrió la puerta.

Ana aún tenía la cabeza embotada y el pulso por las nubes. Le llevó unos segundos regresar a la realidad y al asunto que la había llevado allí. En medio del camerino la banda celebraba el éxito del concierto sentados en un círculo rodeados de bebidas y mujeres.

Vio al hombre, que minutos atrás había desbaratado sus pensamientos, acercarse a un chico con el cabello despeinado inclinado sobre una mesa, jugando al póker, bajo la mirada embobada de dos jovencitas.

Se obligó a erguir los hombros y recordar la verdad reversionada que iba a decir en cuanto estuviese a solas con Daniel Sproll, el cantante deLos Muchachos de Antes, la banda emergente en España y hermano al que llevaba trece años sin ver.

Cuando el cantante levantó la vista y sus miradas se encontraron, ella supo que ya la había reconocido. Amortiguó un nuevo escalofrío mientras que por detrás de la espalda se retorcía los dedos.

Le vio abrir la boca para luego cerrarla, ponerse de pie y caminar hasta ella. Con una furia que no se molestó en ocultar, la tomó del hombro y la sacó de allí.

Dani abrió una puerta adyacente y en silencio entraron a otro, pero mucho más pequeño, camerino.

—¿Qué diablos haces aquí? —preguntó Dani.

—Bueno, supongo que no es necesario que me presente —dijo, y con un movimiento brusco se soltó de él.

—Ana, podría reconocerte entre una multitud.

Tras oírle decir su nombre sintió como un aguijón de dolor le perforaba el pecho.

—Pensé que después de tantos años tal vez no me reconocerías. —Cuando oyó su voz débil y aniñada, obligó a Ana Le Blanc a regresar y tomar el timón que había soltado en el incidente de la escalera— . Solo he venido a robarte un minuto. —Carraspeó antes de volver a hablar—. ¿Por qué?

—¿Cómo?

—¿Por qué nunca me buscaste? —preguntó con la frente en alto y los hombros tensos.

Su hermano la estudió durante unos segundos, como si de algún modo no estuviera seguro de la respuesta; vio la duda revolotear en sus ojos celestes. Luego, metió las manos en los bolsillos y finalmente se rindió ante una verdad que ya no podía ocultar.

—Lo hice, y cuando por fin te encontré, entendí que eras feliz. Al fin y al cabo, no tenía nada que ofrecerte.

—Eso es bastante discutible —dijo, y sin esperar respuesta, continuó—: ¿Alguna vez pensaste en mí?

—Mira este lugar —le pidió y extendió los brazos como si intentara abarcar el espacio—. Aún sigo sin tener nada más que ofrecerte. Sigo sin ser nadie, sin tener nada. Creo que lo mejor es que regreses a tu casa; tus padres deben de estar preocupados por ti.

—Vine en busca de respuestas y no me iré sin ellas.

—¿Qué es lo que quieres saber?

Fue solo hace un par de años que logró comprender que aquellos sueños recurrentes eran en realidad recuerdos.

—¿Por qué nos separamos? ¿Qué sucedió en realidad?

—No lo sé. Mis recuerdos son algo borrosos. Solo tengo destellos de ellos y no me fío de ninguno. No sé si son verdaderos o solo la imaginación de un niño.

La información la dejó inquieta. Esperaba que esa noche pusiera fin a las dudas y preguntas; sin embargo, su hermano parecía estar tan perdido como ella.

—Ahora —continuó Dani—, si deseas seguir disfrutando del piso en Madrid donde vives o asistir a la Universidad de Cambridge en la que comenzarás en unas semanas, será mejor que regreses.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Porque, como te dije, me alejé, pero siempre estuve pendiente de ti.

—¿Por qué te alejaste? ¿Cuándo sucedió?

—No lo sé. Y Jack…, mi padre, el hombre que me cuidó —dijo con evidente torpeza—, murió hace unos años. Pero algo muy dentro de mí siempre supo que no debía acercarme a ti, quizás porque no quería hacerte recordar momentos dolorosos, aunque no estoy seguro de lo que recuerdas y lo que no. O quizás… No sé, Ana. Sinceramente, no lo sé, y realmente no quiero revivir todo eso. Creo que lo mejor es que te vayas y dejemos el pasado donde pertenece: en el pasado.

—¿Y yo no puedo opinar en esto?

La furia la cegó. Sus padres y su hermano habían tomado una decisión sobre ella y jamás ninguno la consultó. Había llegado allí con la esperanza de que sus padres no supiesen de la existencia de Dani y que él no la recordase. En cambio, todos habían labrado una vida para ella sin siquiera ella estar al tanto.

—No. Aún eres demasiado pequeña para saber lo que te conviene.

—¡Prosperidad para ti y los tuyos! —gritó.

—¿Qué?

—¡Que te den! No te atrevas a volver a jugar conmigo al papel de hermano mayor. Te estaré por siempre agradecida de haberme sacado de las garras de esa mujer, pero no te atrevas nunca más a decidir por mí, ni a creer saber lo que es mejor para mí.

Lo que realmente le apetecía era correr, pero Ana Le Blanc, que aún la observaba desde el umbral, no se lo perdonaría jamás, así que se limitó a girar y abrir la puerta para salir de una vez por todas del lugar y de la vida de su hermano.

—¡Joder! Espera un condenado minuto —exigió Dani, y ella volvió a sentir la mano de él sobre el brazo—. Tienes razón, déjame pensar en algo.

—Aquí no hay nada que pensar —aseguró y volvió a soltarse.

—Sigues siendo terca —reconoció con una repentina ternura—. Ven, déjame que te invite a una gaseosa y puedas comprobar que sigo siendo un cabronazo.

La fugaz mirada cargada de cariño la sobrecogió, dejándola sin aliento mientras algunos reproches se evaporaban con ese par de ojos azules que la observaban como si aún fuese una niña de cinco años con un oso de peluche andrajoso entre las manos.

Supo que desde aquella noche en adelante nada sería lo mismo. Ella no sería la misma. Desde aquella noche en adelante Ana Le Blanc comenzaba a morir, y sería una muerte lenta y dolorosa. Pero lo que no sabía era que ese hombre, el que había besado en la escalera, despertando deseos mentolados, sería el verdugo. Ese hombre, del que no sabía nada, ni siquiera su nombre, sería el encargado de dar la estocada que pusiese fin a Ana Le Blanc.

Capítulo uno

 

 

 

 

 

El recuerdo se filtró entre sus dedos en busca de un fantasma en su cama vacía.

El recuerdo se infiltró en su mente, convirtiendo la realidad en una fantasía oscura.

El recuerdo se deslizó por sus venas como un veneno.

Ninguna otra supo como ella.

Ninguna otra era ella.

Belén Fernández

 

 

ANA

 

La alarma de su viejo despertador sonó. Ana se colocó el pincel en la boca, buscó un trapo para limpiarse las manos y se quitó los auriculares. Tomó unos pasos de distancia y examinó con ojo crítico su obra. Satisfecha, dejó el pincel en un frasco con aguarrás.

Necesitaba que el lienzo se secase para luego agregar nuevas pinceladas. No deseaba que los colores se mezclaran, quería que fueran capas de tonalidades.

Llevaba el pelo dorado sostenido por un lápiz con el que había marcado los bordes, una camiseta dos tallas más grande de un viejo amigo y un amplio pantalón color arena. Tenía el cuerpo entero salpicado de colores, sudor y rebosante de energía.

Si alguien entraba al estudio en aquel momento, no reconocería a la impecable vicepresidenta de Le Blanc Ediciones; ni siquiera se asemejaba a la desalmada editora treintañera o a la perfecta hija adoptiva de Sandro y Helena Le Blanc. No. Allí estaba Ana, la creativa y bohemia pintora.

Tal vez esa fuese su versión más auténtica u otra de sus facetas. Sin estar segura de la respuesta, guardó los óleos, cerró la ventana del cuarto y echó llave a la puerta. Ese era su secreto, uno que aún no estaba lista para desvelar. Uno que incluso para ella aún resultaba inverosímil.

Con energías renovadas fue al cuarto de baño, recubierto de mármol italiano, se quitó la ropa, la colocó en una bolsa y se metió bajo la ducha. Dejó que el agua se llevase sus ganas de seguir creando, que sus dedos acalambrados dejasen de buscar un pincel, lápiz u óleos para expresar lo que su interior aún anhelaba plasmar. Había disfrutado de cinco horas ininterrumpidas para pintar, y eso la llenaba de gozo. Aunque tenía que reconocer que se había convertido en una adicción. Sus sesiones parecían ser siempre demasiado cortas. Quería más tiempo para explorar ese aspecto de su ser, más lienzos blancos en los que pudiese expresar sentimientos, deseos y sueños que no sabía que albergaba. Pero comprendía que tenía obligaciones y responsabilidades con un mundo que desconocía por completo aquella pasión, y no iba a defraudarlos.

Cuando salió, cubrió su esbelto cuerpo de cremas francesas y dejó que estas se fundiesen en su piel blanca con ayuda del aire primaveral, que se colaba por los grandes ventanales abiertos. Luego, buscó el atuendo indicado para recibir, como cada sábado, a Carolina, a quien consideraba casi una hermana, y a Belén, una joven que estaba a medio camino entre ser solo una clienta cercana y convertirse en una nueva amiga.

Vestida, peinada y maquillada, se dirigió a la cocina. No le gustaba cocinar, pero, como tantas otras cosas que prefería evitar, sabía cómo hacerlo a la perfección. Buscó en el móvil la receta que tenía en mente y meticulosamente siguió las instrucciones hasta convertir el conjunto de ingredientes incongruentes en un plato francés. Al cabo de veinte minutos exactos, Ana colocó un tartar de salmón que serviría como aperitivo en la nevera. Luego, preparó minisuflés de mozzarella y champiñón.

Buscó en su bodega personal un Muscat seco blanco que, según su opinión, iba a la perfección con los platos. Por si acaso introdujo unas cuantas gaseosas y algunas cervezas en el frigorífico.

Colocó un mantel blanco y la vajilla griega que su madre había comprado para ella, ubicó los cubiertos adecuados para cada plato cuando su teléfono vibró y de inmediato lo atendió.

—Ana, no está. No está aquí.—La voz desesperada de su hermano la destrozó—. Creo que la perdí. ¡Joder, Ana! ¿Qué voy a hacer? Es como si la tierra se la hubiese tragado.

Notó el amor y el desconsuelo en sus palabras, percibió el dolor y la frustración en la respiración agitada, y aunque los hizo propios, pues cuando se trataba de Dani, su hermano, también se trataba de ella, cerró los ojos y dejó que su mente se pusiese en funcionamiento. Apartó los sentimientos y las irrefrenables ganas que tenía de ir al cuarto y pintar aquella sensación, tan viva como desoladora, que corría por sus venas. Entonces, oyó la voz de la razón; ella siempre era sabia y sensata. Cuando la idea estuvo clara en su mente, habló:

—Dani, tienes que pensar. ¿Cuál es el último lugar en la tierra donde puede estar? ¿Dónde no la buscarías nunca?

Confiaba en que su hermano, Daniel Sproll, el gran cantautor español, fuese capaz de saber dónde podría estar su exasistente y amor perdido. Pensó en el malentendido: él había desconfiado de ella, claro que la historia de ambos los había marcado lo suficiente como para comprender aquel error.

Un segundo, meditó Ana. Un segundo de ira y escepticismo bastó para alejar a Mia. El mismo segundo que Dani no le dio a la joven para explicarse. Un segundo bastó para echar por la borda un amor.

Su lado romántico, al que en escasas ocasiones dejaba emerger, aseguró que cuando dos personas estaban destinadas, podían encontrarse aunque estuviesen a millas de distancia, simplemente sucedía así. Mágico, enigmático y certero.

—Vale, creo que lo sé. Sí, sí. Tengo que irme. Gracias, Ana.

—De nada.

La comunicación se cortó y en sus labios resonó un «Te quiero» que sentía, pero que no pronunció. Aunque la relación se había fortalecido en los últimos meses, y sobre todo en la última semana, donde ella lo había ayudado a aniquilar una futura primicia sobre el secreto de ambos. Sabía que ni ella estaba lista para decirlo en voz alta ni él para escucharlo.

El timbre sonó, y Ana salió de entre la bruma de viejos recuerdos para abrir la puerta.

—¡Madre mía, qué día!

Ana agarró el trípode y el pesado bolso con los equipos de fotografía que colgaba del hombro de Carolina. Le vio atravesar su casa con ese andar despreocupado que la caracterizaba. Llevaba una simple camiseta con Darth Vader en el centro y un par de shorts, y estaba segura de que había hecho girar varias cabezas en el día. Rozaba el metro ochenta, pelirroja y de piernas bien contorneadas. Tenía una carrera en ascenso como fotógrafa, un metabolismo envidiable, un humor ocurrente y una predisposición a enredos amorosos épicos.

—Ana, no sabes lo que ha sido la sesión de esta tarde —se quejó y se quitó las zapatillas—. Dos tías raquíticas, semidesnudas, con una sola expresión facial y dos buenas poses discutiendo por quién ocupaba la parte derecha de la toma.

—¿Y por qué discutían por semejante trivialidad?

—¡Vaya uno a saber! —Se sentó en una de las sillas y colocó los pies en otra—. El caso es que me vi tentada a sentarlas sobre mis rodillas y darles unos cuantos azotes.

Ana dejó escapar una carcajada. Podía esperar eso y mucho más de ella.

—Si lo has hecho, dime que por lo menos ambas eran mayores de edad —dijo Ana, y buscó el vino.

—Te juro que me picaban las manos, pero no. Les coloqué undónut en cada mano y les dije que necesitaba unas tomas de ellas comiendo. Al cabo de un cuarto de hora, cada una tenía cerca de medio kilo de azúcar en el organismo y una actitud mucho más relajada y divertida.

—Chapó —la felicitó Ana.

—Gracias. Esto —levantó la copa recién servida— fue lo que me mantuvo cuerda el resto de la tarde.

Ana abrió la puerta en cuanto oyó pasos del otro lado. La joven, que lucía más como una niña que como una mujer de casi treinta años, se apartó el tupido flequillo moreno al verla. Un par de ojos grandes color caramelo, enmarcados por unas gafas de montura negra, le sonrieron tímidamente.

—Ana, gracias por la invitación.

—Es un placer. Entra, Caro ya está aquí.

La recién llegada entró con algo de inseguridad, pero su vieja amiga desplegó su magia y, a los pocos minutos, ambas conversaban con naturalidad como si se conociesen de toda la vida.

Los temas se sucedieron, del mismo modo en que la comida y las bebidas fueron disminuyendo a toda velocidad.

Ana dejó sobre la mesa tres tarros de helado que había comprado y se puso de pie para ir a buscar dónde servirlos, pero en cuanto vio que sus dos invitadas comían directamente de ellos, se quedó sentada, cogió un tarro para ella y le dio un bocado de limón. Solo un bocado.

Miro a las dos jóvenes y sonrió. Fue entonces cuando por un momento se relajó y se recordó que estar con sus amigas solo una vez por semana no era suficiente. Disfrutaba de su compañía, de las charlas de chicas, de los comentarios desfachatados de Caro y la torpeza de Belén. Ahora que sabía que sus dos amigas de algún modo se complementaban, se dijo que no esperaría otra semana para volver a reunirse.

No le molestaban las presiones y los apuros de su trabajo, en absoluto. Además, siempre se hacía un espacio en su agenda para disfrutar de un par de horas en el cuarto con llave, pero aquello… era diferente. Las risas, las anécdotas, los chismes eran vivir más que solo su vida.

—Los escritores me generáis mucha admiración, tenéis tanta creatividad… —le dijo Caro a Belén entre suspiros y llenando por cuarta vez la copa de vino.

—La fotografía también es una actividad creativa —aseguró Belén con la boca llena.

—Sí y no. El objeto ya está allí, solo tienes que saber buscar, encontrar el encuadre, el momento, y clic. Lo capturas. En cambio, tú creas algo de la nada. ¿De dónde sacas la inspiración? ¿Cómo surgió esta última idea?

—Bueno, para ser sincera, todo comenzó cuando conocí a Daniel Sproll —confesó entre la vergüenza y la excitación.

—¡Oh, vaya! Un hombre así inspira a cualquiera. —Caro miró a Ana con complicidad.

Solo un puñado de personas sabían su relación con el cantante, y la fotógrafa era una de las pocas.

—Uff. En persona no sabes lo que es. ¡Madre mía! Tiene esos ojos que parecen ser capaces de leer tus fantasías más oscuras y convertirlas en realidad. Si mal no recuerdo, hasta me hice un poco de pipí —reconoció Belén.

Caro dejó escapar una sonora carcajada mientras Ana la observaba incrédula con la boca entreabierta.

—Ana, ¿tú no conoces a Daniel Sproll? ¿O era al buen mozo de Taylor? —preguntó la pelirroja, divertida.

La anfitriona frunció el ceño con disimulo. Sabía lo mucho que a su amiga le gustaba ponerla en aprietos e intentar hacerla sudar porque sabía muy bien lo que tan solo oír aquel nombre le generaba, pero Ana Le Blanc jamás sudaba. En cambio, sonrió y asintió. Mientras, en su mente guardaba silencioa diestro y siniestro junto con la imagen de Taylor con las orejas enrojecidas por aquel beso.

—Sí, los conozco a ambos. —Carraspeó un par de veces antes de volver a hablar, pues de pronto tenía la garganta seca y el pulso acelerado—. Pero creo que de momento Daniel Sproll no está disponible.

—Pues habla con Taylor, su mánager.

—No, no es necesario. No quiero que te tomes molestias —dijo la escritora, y extendió la mano para tocar la mano de Ana, pero en el camino derribó la copa de vino—. ¡Oh! Lo siento mucho, en serio. —Se apuró por colocar un paño y absorber el vino derramado—. Seguro que compraste este bonito mantel en la India, tejido por niños ciegos albinos y sin manos, y aquí vengo yo a destruir un trabajo que pudo ser enmarcado y guardado para la posteridad. O, peor aún, tal vez fue de tu tatarabuela…

—Tranquila, lo compré hace años en Macy’s.

Con una sonrisa sincera calmó los nervios de la joven escritora.

—A mí me parece una idea maravillosa. Invita a Taylor a tomar una copa y charla con él. Tal vez lo convenzas para que le presente a Belén algún otro cantante para que ella se documente y termine de vaciar su vejiga —dijo Caro entre carcajadas—. Es un hombre muy agradable y terriblemente atractivo —aclaró, con los ojos achispados por la bebida y la idea—. Aunque a mí, de esa banda de supertíos buenorros, me pone James.

—A ti te ponen todos los tíos —intervino Ana.

—Desde luego, pero James tiene algo. —Se removió en la silla con una sonrisa juguetona—. No sé, lo encuentro tan sexi que cada vez que lo veo en algún concierto o la tele me pongo en modo gata en celo. Ya sabes: se me eriza el vello, la sangre me hierve y quiero empezar a maullar para que me tome sobre la batería. —Belén estalló en una carcajada y Ana negó con la cabeza mientras se tapaba los ojos—. No, me corrijo: James es de los tíos con los que te lo montas en un viejo Chevy de tres puertas, en el que no cabes pero estás tan cachonda que te importa una mierda. Solo quieres hacerlo.

—¿Y Taylor cómo es?

La pelirroja dibujó una sonrisa pícara dirigida a Ana, pero la anfitriona se quedó sin palabras. ¿Qué podía decir de él? ¿Que tenía la sonrisa más seductora que jamás vio? ¿Que tenía una de esas miradas que cautivaban y quedabas prendida a sus ojos, perdiendo la noción del tiempo? ¿O que sus besos eran una dulce tortura mientras sus manos te dejaban jadeando por horas?

—Si no estuviese algo borracha —comenzó a explicar Caro al ver que Ana permanecía callada y rígida como una estatua— y tan cansada, te buscaría una fotografía de él. Digamos que si Dani tiene pinta de ser el malote que te arrincona en medio de un pub de reputación dudosa y James, el del viejo Chevy, el que te mete mano en cada semáforo hasta llegar a un descampado, Taylor sería el tipo de hombre que te desviste en un hotel cinco estrellas y bebe de tu cuerpo una botella de champán.

Ana tragó con fuerza, pues su amiga no podía haber estado más equivocada. Los recuerdos mentolados de aquel beso clandestino aún la recorrían por las noches y la perseguían algunas mañanas. Las manos le comenzaron a temblar y el corazón le dio un respingo, como si de algún modo hubiese estado durmiendo, para, ahora, despertar y galopar aturdido.

Apartó de inmediato la detallada imagen de su mente. Le costó un par de intentos, pero finalmente lo logró, pues llevaba años disciplinando sus pensamientos y sus fantasías, sobre todo las relacionadas con el representante de su hermano.

—Creo que ha sido una de mis mejores ideas en todo el año. Consíguele a Belén un cantante y a mí una cita con James. No, no, con su número de teléfono me conformo. Yo me encargo del resto.

—¿En serio serías capaz de llamar a un tío e invitarlo a cenar? —preguntó Belén casi en un susurro como si tuviese miedo de que alguien más pudiese oírla.

—Ay, Belén. Ahora que somos amigas, me aseguraré de cambiar tu vida. Estamos en el siglo XXI. Las mujeres al poder.

—¿Y qué le dirías?

—¿A James? Qué NO le diría.

Ana sonrió, aunque su mente estaba alejada de las clases particulares de Caro a Belén sobre cómo ligar con hombres, porque sabía que ahora estaba obligada a invitarle a una copa a Taylor y ver si podía ayudar a Belén con la documentación para su nueva novela. Una cosa era lidiar con pensamientos lujuriosos y otra muy distinta tener frente a ella al hombre que convertía su piel en un lienzo de ardientes y oscuros deseos.

 

 

TAYLOR

 

Taylor Mc Sullivan era el representante de Daniel Sproll, estrella de rock. Un empresario consolidado en la industria musical y un hombre codiciado entre las mujeres.

Se consideraba un hombre listo, o por lo menos en lo que a las mujeres y los negocios se refería. Sabía leerlos a ambos con facilidad, podía entenderlos, descubrir qué es lo que buscaban o esperaban de él y convertirlo en realidad.

Por cortesía de sus padres había pasado la mitad de su temprana vida entre aeropuertos, la aldea de Ramuín y Nueva York. Gracias a ellos era dos hombres en un solo cuerpo, un dueto de personalidad e identidades. En él no existían matices. Las cosas, la vida y las decisiones eran blancas o negras.

Con Sophie Jones, su madre y una de las cantantes de ópera más reconocidas en Estados Unidos, todo era corazones y arrumacos; entrega y devoción. De ella adquirió la sociabilidad, aprendió que el amor se entrega sin medidas ni miramientos. Pero para Taylor, el gran legado de su madre era la música. Lo ayudó a desarrollar un oído depurado y un heterogéneo gusto musical. No hubo nada que su madre no le dio o le negó.

En cambio, su padre, Jack Mc Sullivan, el escritor de novelas oscuras y ganador de varios premios, lo educó con principios completamente diferentes: los hechos. Lo ayudó a cultivar un corazón fuerte y leal. Le demostró que para poder alcanzar algo debía trabajar sin descanso. Lo adoctrinó sobre una musicalidad singular: la de las palabras escritas, la importancia de su significado implícito y tácito y la cadencia en ellas. Pero para él, la inmensa herencia de su padre fue su hermano Daniel Sproll. Le enseñó sin decir una palabra que el amor también era sacrificio y lealtad.

Y de ambos adquirió el deseo de grandes sueños. Aspiraciones que iban más allá de administrar la vida profesional de Daniel Sproll; pero sabía mantener a raya esos anhelos, pues para él primero estaba la sangre o, mejor dicho, el corazón, porque a los dos jóvenes los unía una vida juntos, no la genética y luego todo el resto.