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Corre el año 2078. La religión ha sido derrocada del pensamiento humano predominante. Se viven con normalidad las modificaciones genéticas que han creado diversidad de sexos y géneros en personas y animales; incluso la hibridación de especies. Es cuando comienza la aventura de un anciano, quien posee, escondida, la Biblia, y decide iniciar una misión en compañía de un soldado. En su camino encuentra a un ser —¿un extraterrestre?—. Descubren que se trata de un humano evolucionado, del futuro, y quiere reparar daños del pasado. ¿Ángeles? ¿Dioses? ¿Ingenieros? Esta es una historia de fantasía, de ciencia ficción, de aventuras, de reflexiones y crítica social..., donde convergen respuestas y nuevas preguntas sobre el destino.
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2026
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La caída
EL COMIENZO
El castillo blanco
La búsqueda del libro
El presente
El reencuentro
El último viaje
DIEGO ARMANDO TORANCIO
Octubre 2025
ISBN eBook: 978-84-685-9291-6
ISBN papel: 978-84-685-9292-3
Depósito legal: M-24495-2025
Editado por Bubok Publishing S.L. [email protected]
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
A mis hijas, Antonella, Melanie y Francesca: crecieron fuertes en mi ausencia como su desafío y con temple y coraje hicieron de mi falta un impulso.
Sus logros y grandeza son la verdadera historia.
Mi conciencia es mi sombra y las miles de disculpas que nunca bastarían me acompañan en silencio.
ÍNDICE
La caída 9
EL COMIENZO. El castillo blanco 33
La búsqueda del libro 63
El presente 63
El reencuentro 105
El último viaje 177
La caída
Año 2078. Miércoles 6 de mayo, 12 p. m. «La temperatura es de 28 grados», anuncia con tono dulce la consola de voz femenina, proyectando la figura de una enfermera holográfica.
—Le deseo tenga un buen día, señor, no olvide tomar su medicamento, es esencial para su salud y bienestar —dice la enfermera de asistencia virtual programada para el cuidado y control de pacientes especiales.
El anciano gira su rostro para que note que oyó lo que acaba de comunicarle y evitar que repita el mensaje. Está sentado frente a la ventana del cuarto contemplando el día soleado; baja su cabeza y suspira, ve cómo su pecho sube y baja volviendo a su lugar. Levanta su mano y con una sonrisa triste mira su alianza, recuerda haberse casado con la mujer más hermosa que existió en su vida.
Ella era alta, de cabello oscuro como la noche, una piel morena que brillaba con el sol y sus ojos eran profundos de color café. Sus labios carnosos dibujaban una leve sonrisa hacia el costado, su figura parecía tallada por artistas. Fue su mayor logro y su más dolorosa pérdida.
Voltea nuevamente hacia la ventana, el cielo está cubierto de nubes blancas como espuma, desearía ser libre y volar como un ave.
Nota algo extraño camuflándose entre ellas; se levanta lentamente para acercarse más sin quitar su vista del objeto.
—¿Qué es eso? —se pregunta en voz alta, acomodando los lentes.
—¿Qué cosa? —responde la asistente.
Al oírla cierra sus ojos y resopla:
—Calla, máquina estúpida, no hablaba contigo. —Luego regresa la mirada y murmura—. Veo algo suspendido entre las nubes, puedo notar sus bordes, parece un espejo ovalado o más bien plateado —dice confundido, aún más bajo, intentando entender lo que ve.
—Tal vez sea un ave, un dron, una cometa, una aeronave con infinitos destinos, un prototipo personalizado —contesta la enfermera buscando respuestas en su base de datos.
No para de hablar y esto desconcentra al anciano, que muerde su labio y aprieta sus manos temblorosas. Da un repentino giro y le dice en voz alta:
—¡Ya cállate, máquina estúpida! Deja de hablar, aparato de porquería —y se toma la frente cerrando los ojos.
La consola continúa dándole ejemplos de posibles artefactos; luego se detiene, indicándole que detecta una subida en su presión y que sus latidos han aumentado, que debe relajarse y que quizá sea necesario tomar la medicación.
El anciano suspira y rápidamente se dirige a la consola, ve su forma circular flotando sobre la base magnética de carga, se detiene para pensar y, analizando, deduce su funcionamiento. Toma la consola, mientras la enfermera continúa dándole ejemplos. Tembloroso, frunce el ceño y aprieta los dientes, buscando el botón de apagado, después lo oprime fuerte. La mira y la lanza contra la pared, la hace rebotar como una pelota que se va rodando debajo de la cama.
Tomándose el rostro respira profundo, vuelve a inhalar una bocanada de aire y apoyado en la pared comienza a reírse de sí mismo, de su comportamiento. Mirando dónde fue a parar la consola, recuerda que es un regalo de su hija.
«Qué estúpido soy —se dice—, mi hija se enfadará si nota que la golpeé. Pero ella tiene la culpa, no dejaba de hablar, parecía un loro parlanchín; ahora me siento culpable, maldita sea. ¿Qué me sucede? ¿Qué creí haber visto? La estúpida máquina tiene razón, qué otra cosa puede ser».
Se ríe, arrepentido por lo que acaba de hacer. Se arrodilla para mirar debajo de la cama y ve que está cerca. Se siente contento.
«Se ve bien —piensa—, no pasó nada por aquí». Se acomoda en el piso con la cabeza reposada en la cama, después estira su brazo con la vista en dirección a la pared, se concentra esperando tocarla.
De repente, en la habitación entra una luz enceguecedora que desvanece las sombras de los muebles, como si el sol bajara a su ventana. Asustado, se queda inmóvil, sus ojos se abren cada vez más al ver pasar las formas sombrías que recorren la pared frente a él. Con su mano aún bajo la cama no quiere voltear. Siente un pánico paralizante.
Un estruendo, seguido de un temblor, le hace retraer la cabeza y cierra los ojos por reflejo de la explosión. Los vidrios de las ventanas estallan, esparciéndose por el cuarto. Se abraza con ambas manos, sus oídos zumban un pitido continuo dejándolo aturdido, parpadea varias veces sintiendo la agitación y soplones de aire salen de su nariz.
Se reincorpora y ve el suelo lleno de trocitos de vidrios, hojas y polvo. Se acerca para saber qué sucedió fuera, hay humo por todos lados y fuego detrás de las casas de enfrente. Siente vibrar el suelo bajo sus pies; aturdido, solo escucha sus latidos y respiración.
Ve gente aterrada corriendo por todos lados queriendo huir, los autos pasan esquivando a las personas, los rostros con miedo llorando como niños.
La mujer de la casa de enfrente, joven y peculiar, con rasgos felinos, vestida a la moda, pero toda sucia y despeinada, lo mira con la boca abierta sosteniendo a su hijo en brazos. No puede oírla, supone que grita pidiendo ayuda. Un hombre pasa junto a ellos y los toma a ambos, voltea para verlo, entonces nota que también tiene rasgos felinos, como un tigre blanco. Su traje fino está empolvado, en su mirada se ve el horror; juntos corren en total desconcierto. Todos tropiezan y se ignoran unos a otros.
Su corazón late fuerte, se siente mareado, confundido, se agarra de la pared, agitado, respira profundo e intenta calmarse. Despacio se dirige a la puerta que está al final del cuarto, piensa salir y buscar ayuda; primero ingresa al baño, se mira al espejo y contempla el terror en su rostro; se mira, como viendo a un extraño. Se lava con abundante agua y nota un leve temblor, entonces recuerda que no tomó su medicación. Busca las pastillas en el botiquín tras el espejo y las pone en su boca.
Se da cuenta de que aún no escucha, que solo oye los resoplos de aire por la nariz. En ese momento advierte que las sombras se mueven y desvanecen dentro del cuarto, la luz entrando y recorriendo las paredes del baño. Otra vez se mira en el espejo, está espantado, los ojos se le salen del rostro. Sabe que es una réplica de lo sucedido, gira rápido y de un golpe cierra la puerta, la sostiene mientras la luz se cuela por los bordes de la madera.
Sobreviene un temblor fuerte, acompañado de una ráfaga de calor; por el orificio de la llave siente pasar un soplido que quema sus dedos que sostienen el picaporte, en sus tobillos también siente el calor que pasa por debajo. Tiembla todo el piso y las luces se apagan. Sigue sin oír, solo escucha su respiración como un eco de su interior y un pitido constante, sus ojos contemplan la oscuridad y, sosteniendo con firmeza la puerta, rompe en llanto, dejando su cuerpo caer. Luego entra en un profundo sueño.
El sueño del anciano:
Corriendo mira sus manos, nota su piel suave y firme, es un jovencito. Se detiene y le quita el juguete a un niño más pequeño que está jugando sentado en el piso, volando su avioncito de un lado a otro; ve cómo estalla en llanto arrugando su carita con la boca abierta llamando a su madre. La madre sale de la cocina asustada, soltando lo que tenía en las manos, apresurada para socorrerlo.
La ve quitarse el delantal, dejándolo caer a un lado, buscando el llanto y el llamado del pequeño.
Apenado por ella intenta detenerla, alza las manos diciéndole que no se preocupe, que todo está bien; la mujer se detiene y él nota cómo cambia su rostro, frunce el ceño y los labios. Por detrás ve que el niño lo señala, indicando su culpabilidad, la madre lo toma del brazo, sabe que algo malo hizo, pero no pregunta y él tampoco se defiende. A pasos largos, casi colgando, trata de seguirla y salen por la puerta trasera que da al patio del fondo.
Ve a un hombre robusto, con bigotes anchos y anteojos, sentado en un banco de tronco leyendo un libro bajo la sombra de un gran limonero. Lo lleva frente a él, lo suelta, como entregándolo, el hombre alza la vista entre sus anteojos y con voz gruesa pregunta:
—¿Qué sucede?
En sus manos sostiene un libro peculiar de tapa aterciopelada color marrón claro y hojas con bordes dorados. En medio hay una trencita de cintas rojas y doradas.
Cierra el libro, marcando con el dedo para no perder la lectura, y vuelve a preguntar, mirando con decepción al joven:
—¿Qué pasó?
—Peleaba con su hermano pequeño, lo hizo llorar —responde la mujer.
El hombre deja el libro y se quita los lentes, luego se levanta del banco y mirándolo a los ojos con el ceño fruncido lo agarra del brazo, alzándolo, dejando sus talones suspendidos del suelo. Le da unos golpes de palma en el trasero, él aprieta sus manos con fuerza y cierra los ojos; siente un fuerte dolor que entumece su piel con un calor que recorre su cuerpo. Después su padre lo sienta junto a él y lo hace leer en voz alta.
En el sueño se cuelan imágenes: su padre, su madre y hermanos arrodillados con las manos juntas y sus cabezas gachas; su padre en un altar, alzando el libro; la gente del lugar con sus manos también en alto.
Se despierta asustado y sudando, ve su pecho subiendo y bajando; desorientado, escucha sonidos. En la ventanilla del baño las luces parpadean y nota que oscureció, a lo lejos se oyen sirenas que se alejan rápidamente
«Puedo oír, puedo oír», repite tocando sus orejas; se levanta lentamente adolorido, con un movimiento de hombros hace sonar los huesos de su espalda, abre la puerta del baño y sale asomando de a poco su cabeza; la ventana está obstruida por algo gris oscuro. Apenas rayos de luz que ingresan de los bordes dándole un poco de iluminación al cuarto y a los objetos que están desparramados. Voltea a su izquierda y mira hacia el final del cuarto.
No tengas miedo, viejo estúpido, murmura acercándose a la puerta que da al pasillo vacío, con tierra, cenizas y pedazos de escombros. Sale caminando lentamente y sintiendo escalofríos.
«¿Qué fue lo que sucedió aquí?, ¿acaso estamos en guerra, fuimos atacados o fue un atentado terrorista?», se pregunta, mirando hacia atrás.
Piensa que debería volver por un abrigo, pero teme regresar a su cuarto, quiere salir del lugar e ir a la casa de su hija; ve las otras puertas abiertas, vacías, al llegar a la tercera nota que el techo está caído y las piernas del ocupante sobresalen entre los escombros.
«Oh, por Dios, ¿ese era William?», se dice en voz alta, tapando su boca con la mano mientras la tibia lágrima recorre sus dedos. Sigue caminando hasta que encuentra al final del pasillo, en dirección a la puerta de salida, una pila de cuerpos quemados, un escenario de película de horror. Cierra sus ojos porque nunca ha visto nada parecido, solo una duda capta su atención y lo llena de coraje: «¿Cómo estará mi hija?».
Aplaca todo miedo y levanta el rostro para llenarse de fuerzas e ignorar los cadáveres calcinados que no puede identificar. Todos se ven iguales con su piel carbonizada, cabezas negras sin cabello, ni un rostro conocido, quizá alguno de los amigos con los que jugaba a las cartas o las enfermeras, pero no puede distinguirlos. El crujir de los vidrios lo asusta.
«¿Habrá algo o alguien que note que estoy con vida y quiera arrebatármela?», se pregunta. Aún se escuchan explosiones; al llegar al borde del cordón puede ver las casas de enfrente a oscuras y con los techos rotos. Autos chocados por todos lados. A lo lejos las luces se reflejan en las nubes incendiadas.
Recuerda los documentales nazis donde matan con crueldad, y piensa que a un soldado frío no le importaría matarlo. Cuando mira hacia atrás ve que en el asilo se estrelló una aeronave militar de su país y es lo que causó el derrumbe, la cola está sobre su ventana, pequeñas explosiones con chispas saltan de ella e iluminan una silueta que está dentro. Se acerca a observar.
«Si está vivo, me encontraré más seguro y a salvo con un militar a mi lado», piensa mientras camina temeroso a la aeronave destrozada. Con su brazo quita la tierra para ver la cabina, un hombre con su casco colgando y amarrado con los arneses continúa adentro.
«¡Hola, hola! ¿Estás vivo? ¿Puedes oírme?», grita, dando golpes para llamar su atención.
Cree que mueve la cabeza, aunque no está seguro; baja a buscar algo entre los escombros y restos para hacer palanca, pero una fuerte explosión de aire lo hace caer: es la cabina, que arroja su techo a un lado de la calle.
Rápidamente se levanta y ve que el hombre no puede quitarse el casco, se encuentra desorientado y débil con sus manos entorpecidas; pisando los escombros se mete junto a él.
«Espera, muchacho, quédate tranquilo, yo te ayudo, qué alegría que estés bien», le dice sonriendo, a la vez que intenta quitar un casco que jamás ha visto y, por lo tanto, no conoce su sistema.
«Tenemos mucho de que hablar —continúa—. ¿Qué carajos está pasando aquí, contra qué nos enfrentamos, con quién estamos en guerra? Chinos, japoneses, nazis, rusos, porque los noticieros no dijeron nada, maldita sea, solo informan estupideces. ¡Quién quiere saber del clima cuando está en guerra!».
Otro chispazo explosivo lo asusta, retrayendo su cabeza y subiendo sus hombros. Decide abrir los arneses y sacarlo por si explota la máquina.
Pulsa el botón y se sueltan, dejándolo caer hacia delante, rápidamente pone la mano en su pecho para sostenerlo, tomándolo bajo sus brazos con mucho esfuerzo; le toma tiempo levantarlo, hasta que lo apoya en el borde de la cabina y apenado le dice que debe dejarlo caer.
Luego lo arrastra hasta alejarse de la aeronave destruida y lo esconde entre los arbustos. Mira hacia el asilo, sabe que necesita ropa de abrigo, mantas, agua y comida para sobrevivir; ya no está solo. Se arma de coraje y vuelve a entrar a pasos ligeros esquivando cuerpos. Va a su cuarto y toma lo necesario, también la consola, por las dudas, luego se dirige a la cocina, al entrar observa que las verduras quedaron cortadas en rebanadas listas para cocinarse.
«Quizá si no me hubiese retrasado también estaría junto al montón de cuerpos cerca de la puerta», piensa. Las lágrimas nuevamente bordean sus párpados, se siente impotente; mira sus manos arrugadas y temblorosas.
Tiene que encontrar la manera de ayudar al piloto para que pueda encontrar a su hija. Seca sus mejillas arrugadas y continúa con su plan. Carga en su bolso latas de atún, arvejas, lentejas, algunas frutas frescas, botellas de agua, panes frescos y bandejas de carne congelada, después sale rápidamente.
Pasa tembloroso junto a los muertos, deseando llegar pronto a la salida, pero tropieza con la pierna de uno de ellos, cayendo encima de dos que están abrazados. Grita desesperado, siente el crujir de la piel quemada que se parte soltando pus y sangre.
Apoyado sobre sus brazos hace un esfuerzo enorme para levantarse, pero las pieles se corren y se desprenden, quedando pegadas a sus manos. Le recuerda a la piel de un pollo cocido, esa imagen recorre su mente y explota en llanto. Se levanta como puede y sale de allí manchado con sangre y un negro carbonizado.
Escucha el ruido de los vidrios rotos bajo sus pies y pierde la estabilidad. Su cuerpo comienza a caer hasta que golpea contra el suelo, al igual que su cabeza. Sobreviene un momento de calma y silencio, su mirada fija queda mirando el cielo oscuro repleto de estrellas. El latir de su corazón se oye claro, cada latido va disminuyendo hasta que se pierde en un profundo sueño.
El sueño del anciano:
Se mira los brazos, fuertes y firmes, sin arrugas, los brazos de un hombre adulto. Está sentado en una mesa con el desayuno listo, a su lado hay una hermosa mujer con el cabello recogido. Contempla su belleza reflejada por los rayos de sol que entran por la ventana; ella lo toma de la mano y nota que llevan la misma alianza. Su corazón late de alegría al darse cuenta de que es su esposa, alza su mirada para verle el rostro y ella gira para verlo también, con lágrimas en los ojos le pregunta qué van a hacer, por qué sucede eso, señalando el televisor.
En el noticiero, un reportaje en vivo parte en varios cuadros la imagen en simultáneo. Han realizado allanamientos rescatando niños y niñas de ambos sexos que eran explotados sexualmente en iglesias, donde habían sido llevados para una mejor educación. Fueron arrebatados a sus padres con promesas de una mejor vida para evitar que terminaran en las calles. También encontraron documentos e información de todos los involucrados, entre ellos fuerzas policiales municipales y jueces. El equipo militar que intervino recibió la información por correo con videos aberrantes de abusos, cómo eran entregados y las personas que asistían. Esto alarmó al gobernador, y viendo que involucraba a diferentes provincias y a algunos gobernadores y jefes de policía, el presidente declaró el poder del país en favor de la fuerza militar, anunciando un toque de queda y prohibiendo toda actividad religiosa.
Todos están abrazados frente al televisor, y él puede notar que afuera ya es de noche.
El noticiero muestra la quema de libros e imágenes religiosas. Las familias y personas que apoyan el reclamo exigen la ejecución de los curas y monjas involucrados; queman templos e iglesias, algunos que se oponen terminan lastimados. Hay fuego, sangre y muerte por todos lados.
Varias provincias y países se adhieren, prohibiendo la religión en su totalidad; declaran que es blasfemia, que fue creada para manipular a los humanos y controlarlos, y piden la colaboración para denunciar cualquier elemento o junta religiosa.
La mujer llora en su hombro, desconsolada. Le dice que todo lo que les enseñó a ella y a los niños fue una completa mentira. Que ya no sabe en qué creer, se siente una estúpida por rezar cada mañana por la familia. Arranca su cadenita dorada con crucifijo y la arroja al fuego de la chimenea, después estalla en un grito para desahogarse.
¡Malditos desgraciados, que se pudran todos! Rompe en pedazos una imagen de yeso mientras él la mira apenado e intenta tranquilizarla; la abraza con fuerza para detenerla.
De repente oye un golpe fuerte que viene de la puerta de entrada, por el orificio puede ver que son los militares que ya entran y lo toman por la fuerza, reduciéndolo.
Arrodillado, pregunta por su mujer, forcejea para soltarse en tanto le piden que se calme y le gritan exigiendo que les diga si tiene algún objeto religioso más. En ese momento ve aparecer a su mujer con el libro grande y negro que le regaló su padre antes de morir. Nota que a ella nadie la detiene, al contrario, estrechan su mano y le agradecen por haber llamado. Se queda helado al ver lo que pasa, una lágrima cae, la mujer apenada lo ve con ojos vidriosos, mueve sus labios en silencio, él puede leer las disculpas y deja caer su cabeza.
Se despierta asustado y agitado, se reincorpora lentamente agarrándose la cabeza por el fuerte golpe, queda sentado en el piso, toca su cara y siente la mano húmeda, había olvidado que estaban manchadas con sangre. Le provoca repetidas arcadas, hasta que vomita en el piso, se limpia la boca con el hombro evitando tocarse. Recuerda que había una canilla en la entrada, corre hacia ella para lavarse con abundante agua, incluso la cabeza. Deja salir su llanto desconsolado, pero intenta tranquilizarse respirando hondo una y otra vez; se acuerda del piloto y lo ve inmóvil donde lo dejó, se arrodilla junto a él y lo toca para hablarle suavemente.
Como el muchacho no reacciona, comienza a darle sacudones con intensidad; de repente el joven mueve sus manos y las apoya en el suelo, después estira su cuello hacia ambos lados mientras el anciano lo sostiene.
El piloto toca a un costado del casco para quitárselo. Con el rostro despejado puede verse que es un muchacho de unos treinta años, de cabello corto oscuro. Deja el casco a un lado, respira hondo y pregunta cómo llegó hasta ahí. El anciano le responde que fue él quien lo ayudó.
El joven le relata que lo último que recuerda son naves disparándose entre sí, se acercaba a una de ellas realizando maniobras evasivas, la tenía en la mira y cuando estaba a punto de dispararle oyó un fuerte estruendo y una luz blanca de inmediato, se dio cuenta de que los alcanzó un rayo a ambos. Observó en ese preciso momento cómo el cielo se abrió en dos, lo dejó sin energía y se apagó toda la cabina. Sintió la corriente pasar por su cuerpo, todo se volvió silencioso y se vio caer entre parpadeos; solo repasa imágenes de llamas, aunque está seguro de que cayeron juntos. Pregunta, entonces, por la otra nave.
El anciano le responde que no sabe, que no la ve por allí, que se quede tranquilo, pero el piloto le dice que deben encontrarlo y capturarlo hasta que lleguen los refuerzos, llevarlo al cuartel. Se levanta tambaleándose y se dirige a su aeronave con el anciano detrás de él.
Mira cómo recarga su arma, preparado para continuar con la guerra. Piensa de qué manera convencerlo para que lo ayude a buscar a su hija.
El piloto nota su mirada temerosa, le agradece por su valentía al salvarlo. Luego toma un radio comunicador e intenta llamar a la base, pero está apagado, lo golpea varias veces y lo lanza a la calle maldiciendo. Le pide al anciano un teléfono que no tiene. Ahora es el hombre el que le pide un favor: encontrar a su hija. El piloto asiente, aunque le explica que deben encontrar provisiones. Escucha la voz de su salvador indicándole el lugar donde dejó el bolso tirado con las cosas recogidas.
Desenfunda su arma para ingresar al asilo con pasos sigilosos en posición de combate.
El anciano espera asustado por las instrucciones de vigía que debe seguir. Las calles están oscuras, se oyen explosiones a lo lejos y disparos de ametralladoras; cuanta más atención pone, más claras se oyen las detonaciones. De repente tocan su brazo y gira espantado, pero es el piloto, que ha regresado. Tapa su boca para que no grite y lo abraza para tranquilizarlo.
A continuación le indica que deben encontrar la otra nave y entender qué está sucediendo.
Observa que una de las casas de enfrente tiene un lado derrumbado por un golpe. Se acercan al patio trasero y ven a la nave estrellada. Lo curioso es que no está destrozada, no se ve ningún daño, parece intacta, a diferencia de la del piloto. Es de un color plata brillante, tiene forma ovalada, sin motores ni propulsores a la vista.
El piloto está sorprendido por la máquina. Deja el bolso con las provisiones en el piso y camina con su arma sin bajar la guardia, atento sube a los escombros mientras el anciano se oculta por temor a lo que pueda ocurrir.
Le hace señas al hombre de que encontró la cabina. Nota un parabrisas de tono plateado, puede distinguir el metal y el vidrio, no ha visto nada igual; recoge una barra de acero y comienza a palanquear los bordes, al llegar al costado donde finalizaba el parabrisas ve una cavidad y mete su mano lentamente, no sabe si alguien está esperando para salir o si está apuntando con un arma desde adentro. Hace un sonido audible y el parabrisas se parte en dos, al mismo tiempo se hace a un lado listo para disparar; de un salto se pone frente a la cabina, apuntando atento a cualquier movimiento.
Hay pura oscuridad, su ocupante casi no se distingue, tiene un traje de cuero ajustado, se ve muy delgado, con un casco muy grande en proporción a su cuerpo. Todo lo que observa es de gran tecnología, no tiene palancas como su aeronave, al parecer en la butaca están los controles de dirección, una especie de sensor de manos, planos con marcas de dedos en ambos lados.
El anciano le pregunta si está con vida. El joven le responde que aún no sabe. Se agacha y toma rápido una piedra para no perderlo de vista, luego la lanza contra el casco del ocupante. La figura se mueve desorientada, poniendo sus manos al frente. El piloto no puede creer lo que ve: un rostro de grandes ojos, un ser de otro planeta. Parecía una especie de marciano, como los que relatan en televisión.
Se ajusta a la descripción de pequeños hombrecitos cabezones; piensa que quizá imitaron el mito para causar desconcierto y temor. Aterrado, no deja de apuntarlo.
