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Los ángeles guardianes existen, pero no son como todos creen. Daniel, el ángel guardián de Ema, es un mal alumno, despistado y con un desinterés general por su humana. Pero cuando el padre de Ema desaparece y ella comienza la búsqueda, Daniel deberá al fin hacerse cargo de su protegida. El único problema es que ella no desea serlo. En un mundo lleno de magia, traición y misterio, Daniel y Ema tendrán que aprender que las cosas no siempre son en blanco y negro; que la gente a veces miente y que detrás de cada secreto hay uno aún más profundo. Libro X es una de las novelas ganadoras del concurso "Chicas Escritoras", el cual busca publicar obras escritas por mujeres entre 13 y 18 años que tengan un gran potencial literario
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Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2020
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¡ADVERTENCIA!
La novela que estás a punto de leer fue escrita por una chica adolescente. Sí, como leíste: ¡una chica!
Te lo advertimos, porque sabemos que mucha gente mira en menos a las chicas adolescentes. En la tele, en la música, en los espacios culturales “serios”, las chicas son el objeto de burlas, pintadas como fangirls superficiales, impulsadas por un torrente hormonal e incapaces de tener un solo pensamiento profundo.
Pero tú no eres de las personas que piensan así, ¿verdad?
Nosotras tampoco. Es más, estamos convencidas de que, contrario a lo que dictan los prejuicios, las mujeres jóvenes han sido un gran aporte para la sociedad y la cultura. Después de todo, fue una adolescente (Mary Shelley) la que fundó la literatura de ciencia ficción con su novela Frankenstein. Silenciar las voces de las mujeres jóvenes sólo sirve para mantener la desigualdad de género.
Por eso, a fines del 2017 lanzamos el concurso Chicas Escritoras, con el objetivo de descubrir chicas de entre 13 y 18 años que tuvieran mucho potencial literario. Nos llegaron decenas de manuscritos y de esos elegimos tres. Trabajamos con las chicas en la edición de sus textos, ayudándolas a conocer más sobre la industria editorial y potenciando sus capacidades escriturales, para que así pudieran ser publicadas.
La novela que tienes en tus manos es el resultado de ese proceso.
Libro X
© Emily Salther.
© Loba Ediciones Ltda.
Nueva Tajamar 481, Oficina 1403, Torre Sur
Las Condes, Santiago de Chile.
Teléfono: (56 2)32109829
www.lobaediciones.cl
Diseño y diagramación: Carolina E. Varela
Registro de propiedad intelectual: 292.866
ISBN edición impresa: 978-956-7388-08-0
ISBN edición digital: 978-956-7388-15-8
Primera edición: julio de 2019.
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
Para Liam,y la historia que no pudimos contar.
ÍNDICE
Prólogo
Primera parte
Segunda parte
Agradecimientos
PRÓLOGO
Cuentan que ELLA surgió de la luz y apareció en Tora al mismo tiempo que su hermano, ÉL, nació en la Tierra. Tora era un planeta vacío y desierto, hasta que ELLA, con el poder de su voz, creó a los ángeles y a todas las criaturas de ese mundo.
Su hermano creó a los humanos y ambos decidieron conectar la Tierra con Tora. Buscaban el equilibrio y así surgieron los ángeles protectores. En el último día de la Creación, ELLA habló:
—Ángeles, hijos míos, les tengo una tarea. Existe un mundo paralelo. Allí hay civilizaciones de humanos, seres sin alas. Son perspicaces, astutos y algunos, vengativos. Deben orientarlos en el buen camino. Si ellos caen, también lo haremos nosotros. Si logran ayudarlos, los mundos convivirán en paz. Mi tiempo ha llegado. Siempre que necesiten ayuda, estaré allí.
ELLA cerró los ojos y su cuerpo comenzó a desvanecerse. Toda su energía viajó por las rocas de la Gran Cueva, convirtiéndose en el agua que guiaría el destino de los ángeles.
Daniel
Al fin tocó la bendita campana. Adiós escuela, hola fin de semana.
—¡Señor Soler!
Me quedé de piedra ante el grito de la directora. Mis compañeros se miraron entre ellos y rieron mientras se marchaban a la fiesta de esa noche. Idiotas.
Di vuelta y planté en mi rostro esa sonrisa que deleitaba a todas las chicas.
—Melissa, un gusto verte —dije, intentando ser amable.
Me fulminó con la mirada.
—Muestre algo de respeto ante mí, jovencito. Necesito hablar con usted sobre temas importantes.
Mi piel se erizó. Me iba a expulsar, lo veía venir. Mis plumas bajaron su brillo. Esto no iba a terminar bien.
—Usted sabe que en la Central de Comunicaciones nos encargamos de…
—Cuidar a nuestros protegidos —terminé por ella para hacer esto corto, poniendo mis ojos en blanco. Si me expulsaban, que sea rápido.
Asintió.
—A todos los ángeles guardianes se les designa un humano aleatoriamente a los 6 años —fruncí el ceño. ¿A dónde quería llegar? Esta historia me la sabía de memoria —. Y usted también tiene una protegida.
—Lo sé —bufé—. Se llama Ema. ¿Algo más?
Clavó sus ojos marrones en mí y estos soltaron chispas doradas, como siempre ocurría cuando estaba molesta. Era odioso que perteneciéramos al mismo clan.
—También debe saber que los ángeles guardianes se ponen en contacto con sus protegidos si estos empiezan a ir por el camino de los ángeles caídos —asentí, recordaba a la perfección el exámen que había aprobado apenas sobre este tema: en estos casos el protegido puede sufrir, tener depresión o incluso suicidarse. Nuestro deber es evitarlo para que la humanidad persista. Los ángeles guardianes se comunican con sus protegidos a través de las esferas en la Central de Comunicación ubicada en la ciudad y en casos extremos, viajan a la Tierra cuando esta persona corre peligro—. Lo sé, es lo que nos repiten todos los días. ¿A dónde quiere llegar?
Sacó una nota de su abrigo. Tenía una dirección escrita a puño y letra.
—Nos hemos percatado que su protegida está investigando furtivamente el paradero de su padre, el reconocido arqueólogo Díaz —se me erizaron los bellos de la nuca. ¿Por eso nunca me habían dejado saber quién era el papá de mi protegida? ¿Era ese Díaz? —. Ya debe saber en qué se está metiendo y no podemos dejar que continúe. Si los caídos la descubren, no tendrá escapatoria. Confío en usted, Señor Soler.
Comenzaba a irse. Guardé el papel en mi bolsillo y la tomé por el brazo. Me miró extrañada.
—¿Qué ocurre con mis clases? —pregunté. No es que me importaran, pero debía enterarme de todo.
—No asistirá hasta que todo vuelva a estar como antes. Tómelo como unas «vacaciones».
—¿Es broma?
—No. Está listo. Aunque no rinda bien académicamente, sigue siendo un ángel guardián, un protector y eso supera todos sus deberes y responsabilidades de la escuela.
Sonreí de oreja a oreja. A veces ser hijo del gobernador tenía sus beneficios.
—Gracias.
—Ahora váyase. Tendrá un cuarto en la Central de Comunicaciones. Estará en una sala con una esfera que le permitirá hablar con su protegida a través del pensamiento. Sólo podrá salir tres horas al día para sus necesidades básicas y para darnos reportes. ¡Sin errores! ¿Está claro?
Le guiñé un ojo y sonreí. Me di la vuelta y extendí mis alas.
Allá voy, Ema.
CAPÍTULO 1
—¡Díaz!
Mi cabeza rebotó contra el banco y gemí de dolor mientras me sobaba la frente. La clase entera estalló en risas. Maldición, me había quedado dormida y ahora el profesor de historia estaba furioso. Si las miradas mataran ya estaría bajo tierra.
—¿Escuchó algo de lo que dije en toda la clase? —preguntó exasperado.
Abrí la boca para decir alguna respuesta vaga, pero fui salvada, literalmente, por la campana. Recogí mi cuaderno de dibujos y lo cerré, cansada de lidiar todos los días con el mismo tema. Leticia y Micaela me interceptaron apenas abandoné mi puesto.
—¿Estás bien? —Leti me observaba haciendo una mueca.
Acomodé la mochila en mi hombro y asentí incómoda, pasando el cuaderno bajo mi brazo. Micaela mecía su pelo, era su forma de hacerte saber que estaba molesta. Me lanzó una mirada tajante.
—Ema, ¡ya basta! Has estado toda la semana con la cabeza en otra parte, durmiéndote en clases y garabateando tonteras —soltó.
—Son dibujos —me defendí.
—No te estamos criticando —intervino Leti—, sólo que nos preocupas.
Las observé en silencio. Las conocía de toda la vida; siempre habíamos sido las tres. Micaela y Leticia eran hermanas, aunque no lo parecían en absoluto. Leti era morena, de ojos cafés y pelo negro que siempre llevaba en una cola, mientras que Micaela lo tenía castaño con reflejos rojizos y ojos verdes. La primera era más tímida y sutil, a diferencia de Mica, que era testaruda y realista. La soñadora y la lógica.
Di un paso hacia atrás y ajusté la tira de mi mochila.
—Estoy bien, chicas, es sólo que no he dormido bien estos días.
No parecieron convencidas, pero no me presionaron más. Sabían que no serviría de nada. Leti apoyó su mano en mi hombro, obligándome a mirarla.
—Cualquier cosa, puedes contar con nosotras —dijo en voz baja, antes de irse tras su hermana.
Observé como desaparecían entre el mar de estudiantes que se dirigían hacia la salida y suspiré. Le eché una mirada de reojo a mi cuaderno y decidí marcharme cuanto antes.
Tenía muchas cosas que hacer.
—¡Ema! ¿En qué estás? ¡Aún no vienes a almorzar y tu perro te está esperando!
Bajé antes de que gritara más fuerte. Recién había llegado y la señora Carmen ya me estaba retando. Un buen olor a pasta inundó mi nariz apenas llegué al primer piso, logrando que destensara mis hombros un momento. Capitán corrió desde la cocina a saludarme.
—Hola, hermoso —lo saludé.
Me agaché para quedar a la altura de su cabeza y, sin darme tiempo para apartarme, lamió mi cara. Pocas veces la señora Carmen me dejaba entrar a mi pastor alemán todo sucio, pero dado que estaba histérica por la desaparición de mi papá y lo poco que sabíamos, ahora permitía que durmiera adentro y nos hiciera compañía.
—¡Capitán! —me quejé. Se detuvo y quité su baba con la manga de mi suéter antes de hablar—. ¿Vino algún detective hoy? —susurré.
Ladró y movió la cola repetidas veces, dándome a entender que sí. Fue hasta la ventana y se quedó estático mirando hacia la casa del frente. Afuera había una patrulla de la Policía De Investigaciones, con un oficial en el asiento del conductor viendo algo en su teléfono, mientras el otro hablaba con una vecina.
Mordí mi lengua para no soltar una maldición. ¿Así esperaban encontrar a mi papá? ¿Preguntando casa por casa? Gruñí y me dirigí hacia la cocina.
—¿Dónde está mi pequeño ángel? —preguntó la señora Carmen sirviendo la pasta mientras me daba la espalda, permitiéndome ver el tomate que llevaba hecho en su pelo cobrizo.
Puse los ojos en blanco.
—No me llamas así hace años —comenté, tomando asiento en la mesa.
Se encogió de hombros.
—¿Cómo va la escuela?
Sabía que intentaba conversar como si fuera un día cualquiera, en el que mi papá se habría atrasado en la oficina y comíamos los tres juntos. Un día donde no teníamos que preocuparnos de nada más que saber qué comeríamos de postre.
Esa realidad me parecía una escena lejana, casi inalcanzable. Diez días atrás había despertado y mi papá no estaba en casa. Se fue sin dejar siquiera una nota indicando que estaba bien o que había tenido que quedarse toda la noche arreglando algún problema en la CN, la empresa de cosméticos naturales en la que trabajaba desde que tenía memoria.
—Bien, como siempre —respondí despistada, esparciendo queso rallado sobre los fideos.
Ella no dijo nada al respecto. Debía intuir lo que pensaba, después de todo, yo era un libro abierto para la señora Carmen.
Los minutos corrieron. La señora Carmen recogió sus cosas y apuré lo que me quedaba. Dejé el plato y traté de salir de la forma más natural posible.
—¿Qué harás ahora? —me preguntó mientras lavaba los cubiertos.
Tragué saliva y le di la espalda.
—Eh… tengo tarea —y con esa excusa desaparecí por las escaleras.
Cerré la puerta con delicadeza para que mi cuidadora no comenzara a sacar conclusiones precipitadas. Miré la fotografía que tenía enmarcada de mi papá y yo.
Era antigua. Debía tener seis años cuando la señora Carmen nos la sacó. Yo sostenía orgullosa mi diploma, mostrando mi medalla de primer lugar en una exposición de arte infantil. Mi papá me tenía sentada en sus hombros, riendo complacido. Vi que en esa época su pelo negro se mantenía arreglado con cuidado. Vestía unos jeans desgastados y una camisa de cuadros azul; sus ojos grises brillaban orgullosos, haciendo que mi pobre corazón se encogiera y un nudo se apretara en mi garganta.
Pegué mi frente a la fotografía y cerré los ojos.
—Prometo encontrarte —susurré.
Los rasguños de Capitán sonaron fuera de mi pieza y supe que ya era la hora. Dejé la foto y guardé el alambre en mi bolsillo, respirando profundamente antes de salir donde mi perro me esperaba.
Esto es lo correcto, me recordé.
Salí a la penumbra del pasillo y comencé a bajar las escaleras con sigilo.
Vamos, no tenía que pensármelo tanto.
Corté las cintas que advertían «PROHIBIDO EL PASO»y empujé hacia un lado la tabla que habían dejado los policías en la entrada del despacho de mi papá.
El pequeño cuarto se encontraba al final del pasillo principal, en frente de la habitación de mi cuidadora. Era su tierra santa y nadie que no fuera él podía acceder. Y sí, cuando era pequeña lo había intentado innumerables veces, pero siempre terminaba pillándome. ¿Por qué se me prohibía el paso? Porque Ricardo Díaz se caracterizaba por ser una persona extremadamente reservada respecto a su pasado. Podía ser simpático, trabajador y cariñoso, pero su pasado —sobre todo su relación con mi mamá— era tabú.
Siempre decía que «yo no debía hurgar en cosas ajenas», pero ante mi insaciable curiosidad, terminó echándole llave las veinticuatro horas del día. No sabía qué tipo de cosas escondía allí y la duda sólo fue creciendo conforme pasaba el tiempo. Pero ahora todas las respuestas que anhelaba estaban a un par de pasos.
No me extrañó que mis piernas temblaran. Cuando era niña pasaba tardes enteras ingeniando la forma de sorprender a mi papá y entrar a su despacho y ahora, luego de ocho años, estaba adentro.
Di pasos inseguros en la penumbra. Los únicos muebles que habían eran una estantería que iba del piso hasta el techo y un escritorio repleto de papeles desordenados, acompañado de una silla a la que le faltaba una rueda. Un papel con estadísticas de venta de la empresa colgaba de la pared. Captó mi atención la ventana con maderas clavadas y que no hubiera un foco en la lámpara del techo. Prendí la linterna de mi teléfono. Capitán olfateó los frascos del estante, estornudando por el polvo que los cubría. Había un sinfín de cosas raras y animales disecados.
Observé asqueada una colección de insectos que no conocía, clavados con alfileres en marcos de fotos. Los que más repulsión me dieron fue una mosca con diez patas; arañas con piel de serpiente y una rana del tamaño de mi dedo pulgar con ojos de diferentes colores. Aparté la mirada con el estómago revuelto. Atribuí aquello a la pasión que mi papá había tenido en su juventud cuando estudió arqueología y su rara obsesión por los animales extraños. Una de las pocas cosas que sabía de su época veinteañera. ¿Pero para qué guardaba todo esto?
Hojeé los papeles que había sobre su escritorio, pero sólo hablaban de contratos con clientes influyentes. Uno que firmaba como Aurum era el que más se repetía. Devolví los documentos a su sitio.
La luz del teléfono iluminó una fotografía de dos personas abrazadas en una puesta de sol. Me picó la curiosidad y la tomé con cuidado. Le quité el polvo contra mi pantalón y por poco dejo caer el celular.
Era una foto de mis padres.
Conteniendo la respiración, registré el contorno de ambas personas. Por la oscuridad de su pelo, mi papá debe haber estado en sus treintas, al igual que ella, Rousse… Tenía pelo castaño, más lacio que el mío y lo llevaba suelto al viento. Aunque tenía una chaqueta puesta, podía percibir que era delgada y que tenía un parecido a mí. Descansaba su cabeza en el hombro de él, relajada. Llegué a pensar que podría estar dormida.
Cerré los ojos, aguantando las repentinas ganas de llorar. La foto no me dejaba ver su rostro, pero intuía que era hermosa. ¿Así era mi mamá? Ricardo quiso que no hubiese fotos de ella en casa, porque le era muy doloroso recordarla. La señora Carmen había sido testigo de su romance, pero también guardaba secretos. Nunca me permitieron ver una foto de ella o indagar mucho sobre el tema.
Permanecí inmóvil, aferrando la foto contra mi pecho, como si de esa manera pudiera estar entre ellos en ese abrazo. Pero la fantasía no duró mucho. Un vidrio se quebró detrás de mí y salté. Giré rápido, sólo para encontrar a mi perro con la cola gacha y el hocico cubierto de cenizas grisáceas. El frasco que las contenía se encontraba desparramado en mil pedazos.
—Capitán —le reñí.
Bajó la cabeza, arrepentido.
Suspiré y guardé la foto en mi bolsillo antes de limpiar un poco el desastre que había hecho mi mascota. Dejé el teléfono en el suelo y con sumo cuidado moví todos los vidrios a un lado, evitando cortarme. Capitán ladró y tapé su boca de inmediato.
—¿Estás loco? La señora Carmen puede despertarse —susurré molesta.
Sus ojos viajaron tras de mí y volteé para encontrar un libro en el suelo. Encaré a mi perro de nuevo.
—¿También tiraste un libro?
Su cola se mantuvo gacha.
Apreté los labios y sentí las puntas de mis dedos hormiguear. Si la señora Carmen despertaba y me descubría… ¡ufff!, no volvería a salir de mi pieza hasta cumplir veinte.
Tomé el libro y hojeé su contenido, pero estaba escrito con signos indescifrables. Pasé las hojas más rápido, hasta que una fotografía cayó de entre las páginas. Me agaché para recogerla y mi corazón bombeó con fuerza. Era otra foto de mis papás, sólo que esta vez estaban en el desierto, en lo que parecía ser una investigación arqueológica. Ambos se veían muy jóvenes. Mi papá señalaba un mapa con mucha concentración, ignorando el hecho que tenía la cara con dibujos hechos con plumón, mientras que Rousse intentaba reprimir la risa. Sostuve la imagen con las manos temblorosas, conmovida por conocer algo más sobre ellos.
La luz del cuarto de la señora Carmen se filtró bajo su puerta e iluminó una parte del pasillo. Supe que si se levantaba y salía al pasillo estaría frita. Agarré la foto y pasé el libro bajo mi brazo. Apagué la linterna de mi teléfono mientras Capitán se iba a mi pieza sin hacer ruido.
Subí los escalones de dos en dos cuando mi cuidadora salió de su habitación. Apuré el paso y entré a mi cuarto antes de que me viera. Recosté la espalda contra la puerta y pegué el libro a mi pecho.
Había estado cerca.
CAPÍTULO 2
«Ema…».
Me senté de golpe en mi cama y miré a Capitán con los ojos desorbitados y la respiración agitada.
—¿Escuchaste eso? —le pregunté.
Ladeó su cabeza peluda, mirándome. Casi parecía preguntarse de qué diablos hablaba.
Suspiré y me levanté.
—No importa, voy al baño.
Capitán siguió con la vista mi recorrido. Cerré despacio la puerta del baño y recargué mi cuerpo en el lavamanos. Aprecié mi desaliñado reflejo en el espejo. Dos ojos grises manchados con un toque de dorado me devolvieron la mirada. Tenía ojeras muy marcadas y creí estar más pálida. Necesitaba dormir.
Prendí la llave y tiré agua a mi rostro. Volví a mirarme. Estaba horrible.
El sonido de un cojín al caer hizo que frunciera el ceño. Debió ser Capitán, pensé de inmediato, secando mis manos con la toalla. Otro más cayó. O tal vez no…
Abrí un poco la puerta, lo suficiente para visualizar todo mi cuarto, pero no había nadie. Bajé la vista y encontré al pastor alemán, dándome la espalda y gruñéndole a la nada.
Enarqué una ceja.
—Capitán —lo llamé susurrando, pero no se movió de su posición.
Tenía el pelaje engrifado, con dos almohadones a un lado de él. Respiré cada vez más rápido. Si no había un ladrón, tal vez había una rata… sólo que nunca habíamos tenido una plaga de esas cosas por aquí.
—¿Es una rata? —pregunté, pero parecía no escucharme.
La verdad es que nunca vi una en la vida real, pero en ciencias nos hablaron de las enfermedades que podían transmitir; y sus pequeños ojitos junto con sus dientes me causaban escalofríos.
Seguí la mirada de mi perro que estaba enfocada en mi cama. Debatí si acercarme o no, pero terminé haciéndolo de todos modos. Revisé todo, pero no encontré nada. Lo que haya tirado los almohadones debía encontrarse lejos.
Decidí sentarme en mi cama un momento para pensar. No sabía qué bicho había picado a mi perro para enojarlo tanto, pero quería dormir bien. En unas horas más tendría escuela. Me acosté y cerré los ojos, dispuesta a descansar, pero mi felicidad no duró demasiado. Capitán comenzó a morder la nada y a correr de un lado a otro, gruñendo.
—¿Qué te pasa? —inquirí.
Maldije cuando comprendí que no iba a hacerme caso. Me levanté y lo encaré, molesta.
—Para de correr, pareces loco. Quiero dormir, ¿sí?
Movió su cabeza hacia un lado, para ver detrás de mí y volver a gruñir.
—¡Quieto! ¡No hay nada ahí!
Se preparó para saltar, por lo que me coloqué delante de él para detenerlo.
—Te lo voy a demostrar —retrocedí con lentitud, sin apartar mi mirada de la suya y comencé a tantear el espacio—. Ves que no… —, un aire cálido envolvió mi mano y recorrió todo mi brazo, como si hubiera un cuerpo. Pegué un salto y el grito se atoró en mi garganta —… ¿hay nada?
Desvié mi vista hacia mi perro que miraba fijamente algo que estaba al lado mío. Mis cortinas se movieron y sentí un aire gélido ingresar a mi pieza, pero todo el lado derecho de mi cuerpo estaba caliente. Como si hubiera alguien más.
Di un paso atrás, con escalofríos recorriendo mi espalda.
—¿Sabes qué, Capitán? —hablé, rozando la histeria—. Voy a dormir, sí, eso voy a hacer, porque estoy cansada y tengo que ir al colegio en unas horas más.
Di pasos largos y rápidos hasta mi cama y una vez bajo las mantas, intenté calmar mi respiración.
—Espera, ¡¿piensas dejarme con esa cosa?! —preguntó una voz dentro de mi cabeza.
Parpadeé atontada, con el corazón bombeando como si hubiera corrido una maratón. El miedo hizo temblar mis manos y me abracé para sentirme protegida.
Traté de tranquilizarme pensando que podría ser el viento. Cerré los ojos y finalmente me quedé dormida por el cansancio, aboliendo mis inquietudes.
CAPÍTULO 3
El despertador comenzó a sonar.
Coloqué la almohada sobre mi cabeza y gruñí, intentando volver a dormir, pero el volumen aumentó, cada vez más insistente.
—¿No piensas callarlo? ¡Taladra mi cerebro! —se quejó una voz en mi cabeza.
Abrí los ojos de golpe y respiré rápido. Salí de las mantas y miré mi cuarto con el corazón en la boca.
—¿Quién está ahí? —pregunté por impulso.
—¡Ema, tu desayuno se enfría! —me avisó a gritos la señora Carmen desde la cocina.
Miré con precaución hacia todos lados, pero no había nadie en la pieza. Con manos temblorosas, apagué la alarma, tomé impulso y me levanté, lista para ir a ducharme.
Apuré el paso, preguntándome qué podría estar ocurriendo conmigo. Abrí la llave y fue cuando estaba quitándome el jabón del cuerpo, que la duda me asaltó:
¿Estaba loca?
Un escalofrío descendió por mi columna vertebral, haciéndome consciente de lo que conllevaba. Quizás se debía a la falta de sueño…
—¿Es en serio? ¿Te lo crees si quiera?
Esa voz… ¿y si me atormentaba para toda la vida? ¿Y si nunca me recuperaba de esto? Un nudo se formó en mi garganta y meneé la cabeza. Imposible. No estaba loca, sólo debía dormir más.
Resbalé dentro de la ducha, corté el agua de inmediato y me sostuve contra la pared de azulejos. Tomé rápidas respiraciones por la boca, asustada. ¿Qué pasaría conmigo?
—Oye, no es tan malo —habló de nuevo la voz, esta vez más clara, haciendo que me diera cuenta de que era masculina.
Salí de la ducha a toda prisa y envolví mi cuerpo en la toalla. Pasé mi mano por el espejo, para quitar el vapor y verme. Tenía el cabello pegado a los costados de la cara y gotas de agua en las pestañas, pero por lo demás, seguía siendo yo, la Ema de siempre.
Cerré la boca y decidí vestirme cuanto antes para salir de allí. Porque yo no estaba loca… ¿verdad?
—¡Perdiste mi goma, Leti! —dijo Mica, furiosa.
—¡Que yo no fui Micaela! Se te debió quedar en la casa —gritó su hermana, sin apartar la mirada del dibujo que le presentaría a la profesora de arte.
—Pfff, debería buscar bajo su asiento. ¿No crees? —habló la voz dentro de mi cabeza.
Entorné los ojos y recargué con dureza el lápiz que estaba utilizando para dibujar. La punta se rompió y estropeé los ojos dorados que estaba creando.
—No estoy loca. No estoy loca —me repetí en voz baja, mientras las hermanas se lanzaban miradas de odio.
—¿Vieron el entrenamiento de los futbolistas ayer? ¡Estaban para comérselos! —chilló con ojos brillantes Mica, mientras cambiábamos nuestros cuadernos en los casilleros. Al parecer, la chica había encontrado la goma debajo de su silla y ambas volvían a estar como antes.
Leti soltó una risa ante la emoción de su hermana, pero yo sólo me limité a cambiar mis cosas.
Continuaron hablando, creyendo que las escuchaba. Sólo podía pensar en lo que estaba pasando con mi mente. Tal vez investigar sobre mi papá por las noches no era buena idea… pero no podía parar ahora. Debía descubrir qué cosas escondía ese libro y buscar de nuevo en su despacho cuando la señora Carmen durmiera.
—¿No crees que estás un poco obsesionada? —cuestionó la voz de mi cabeza.
Un sudor frío bajó por mi cuello y mis manos temblaron. Cerré mi casillero de golpe.
No estaba loca. No lo estaba.
—Ema, ¿estás bien?
Miré a Leticia, quien me observaba preocupada.
—No, yo sólo… estoy estresada por la prueba de ciencias.
Mica giró la cabeza fuera de su casillero y rió con sorna.
—Sí, claro, y yo aprobé matemáticas. El día que te preocupe una prueba te festejaré por ser normal —se burló.
Volvió a reír, pero esta vez de su propia comparación. En cambio, Leti mantuvo su mirada en mí unos segundos más, analizándome con cuidado.
—¿Es impresión mía o tus ojos se ven más raros de lo normal? —dijo.
Mica arqueó una ceja. Les di la espalda sin decir una palabra y fui a los baños, donde me recargué en los lavamanos para mirarme la cara.
—Debes dejar el tema de tu papá —concluyó la voz.
Apreté los labios con fuerza, hasta que estos fueron una fina línea.
—Soy una persona cuerda, las voces no existen y voy a estar bien. Sólo debo dormir un poco más —aprecié el color de mis ojos y le di la razón a Leti, estaban más raros de los normal. Suspiré y dejé que el pelo cayera sobre mi cara—. Voy a estar bien —repetí, sólo que esta vez, no lo dije tan segura.
CAPÍTULO 4
Esa misma tarde estaba dispuesta a buscar respuestas. Comí a toda prisa y me encerré en mi pieza para trazar un plan de búsqueda. Opté por darle una segunda revisión al despacho de mi papá, aprovechando que la señora Carmen había ido a la comisaría porque le entregarían el primer informe del caso.
—Van muy lento —le comenté a Capitán, mientras bajábamos las escaleras—. Entre recaudar información, validarla y recién comenzar con búsquedas concretas se pierde mucho tiempo y algo me dice que mi papá está en problemas serios.
Ladró, de acuerdo conmigo.
En el despacho encontré dos cuadernos con anotaciones de mi papá que me llamaron la atención. Los tomé y volví a mi cuarto, para comenzar a leerlos.
Cinco horas habían pasado (la señora Carmen había vuelto hace dos de la comisaría) y aún no hallaba nada bueno. Iba en el segundo cuaderno de mi papá, pero éste también hablaba solamente de coordenadas, nombres, religiones antiguas y artefactos que habían encontrado con su equipo.
Estaba por rendirme, cuando una frase llamó mi atención.
Me está mirando…
Fruncí el ceño y acerqué el rostro al papel.
No, no puede ser, ¿verdad? Es muy guapa. ¡Viene hacia aquí! ¿Qué hago? ¿La saludo o me callo? ¿Le sonrío o finjo estar ocupado?
Y la anotación acabó allí, escrita con letra corrida. Supuse que la escribió apurado, o más bien, nervioso. La intriga comenzó a carcomer mi cerebro. Di vuelta a la página, ansiosa por saber más sobre la mujer de la que hablaba.
¡Trabajará conmigo hasta acabar la investigación del desierto! No lo puedo creer… Tiene una personalidad impresionante, es muy risueña y parece encantadora. ¿Por qué sigo escribiendo? Como sea, ¡se llama Rousse!
Solté el cuaderno. ¿Mi mamá también había estudiado arqueología? ¿Ese fue el primer pensamiento de mi papá al conocerla?
Alcé la vista del cuaderno para cruzar una mirada con mi perro.
—Capitán… —no pude decir más palabras. Un calor reconfortante inundó mi interior y me picó la nariz—. Mis papás se conocieron en una investigación en el desierto, ¿puedes creerlo?
Una carcajada escapó de mi garganta y mi perro se levantó del borde de la cama para lengüetear mi cara. Parecía feliz.
Leí el resto de las hojas que quedaban, pero no decían nada. Ni siquiera rebelaban una pista de su paradero. Bajé de nuevo, comprobando que la señora Carmen ya estuviera durmiendo y me llevé los papeles de su escritorio.
—Ema, déjalo ya. Los detectives encontrarán a tu padre. Ya son las tres de la mañana. Necesitas descansar.
