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Los líderes morales existen, pero no podemos verlos. Más aún, ante la desconfianza social predominante, en vez de creer en ellos, intentamos controlarlos a todo evento. Flanqueados por una sociedad masificada, que rinde culto a la transparencia, el control y la conectividad, los líderes se ven privados de espacios de conversión interior en que puedan forjar aquella estatura moral que nos ha permitido admirarlos a través de todos los tiempos. Este ensayo busca en las raíces filosóficas e históricas de la sociedad contemporánea las causas del actual vacío de liderazgo público, para luego esbozar una original propuesta.
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Seitenzahl: 125
Veröffentlichungsjahr: 2024
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“Líderes Morales”
Autor: Henry Boys Loeb
Editorial Conservadora S.p.A.
Badajoz 100 of. 523
Las Condes, Santiago, Chile
www.editorialconservadora.cl
Derechos reservados.
© Inscripción N° A-299915, 2019.
Registro de Propiedad Intelectual
ISBN 978-956-09169-2-1
ISBN digital 978-956-6172-28-4
Se prohíbe la reproducción parcial o total de este libro por cualquier medio, salvo autorización previa y escrita de la Editorial Conservadora S.p.A.
Editor: Benjamín Lagos Cárdenas
Portada: Marcos Gómez Olivos
Diseño y Diagramación: Carlos Merino Vial
Diagramación digital: ebooks [email protected]
A Dios, para que vuelva a regir
las estructuras temporales.
A Eduardo y Bárbara, mis padres,
líderes morales.
Prólogo
Introducción
La edad de oro
Glocalización
Confianza artificial
Los espacios de conversión
El desafío de la coherencia
Hacia la sociedad del perdón
Epílogo
Bibliografía
El texto que tenemos el agrado de presentar, calificado como ensayo por su autor, está compuesto por una introducción, un epílogo y seis capítulos denominados “La edad de oro”, “Glocalización”, “Confianza artificial”, “Los espacios de conversión”, “El desafío de la coherencia” y “Hacia la sociedad del perdón”. Como estas líneas no pretenden ser un análisis crítico del texto, no haremos un examen pormenorizado sobre la forma escogida por Henry Boys para entregar sus reflexiones e ideas acerca del tema que encabeza su libro. No obstante, es preciso señalar que, fiel al género del ensayo clásico, el autor vertebra su texto en torno a una pregunta que actúa como hilo conductor y al mismo tiempo como hipótesis de trabajo para sus reflexiones: ¿Dónde están los líderes morales que nos guiaron antaño, en una época que para muchos constituye una especie de edad de oro, como se precisa en el segundo capítulo que lleva este nombre? Se trata de una pregunta que, por una parte, recuerda aquella formulada por Manrique en las famosas coplas a la muerte de su padre: “Los infantes de Aragón, ¿qué se fizieron?”; y por otra parte parece aludir a aquel tópico literario de origen romano, y muy usado en la Edad Media, que preguntaba por quienes vivieron antes que nosotros: ¿Ubi sunt?, ¿dónde están? El lector puede recorrer el texto con la confianza de encontrar una respuesta a esta interrogante, no obstante tendrá la posibilidad de completar con sus propias reflexiones el proceso dialogal propio del ensayo. Comoquiera que sea, el autor hace uso de la libertad formal que le garantiza el género.
Si recorremos el contenido de este ensayo en orden de aparición, constataremos que la introducción escruta los cambios que han experimentado los valores por los cuales se rige la juventud. Para Boys, la Revolución Francesa sería el momento que marca un antes y un después en la cosmovisión occidental, pues implicó un cambio profundo en la forma como el ser humano se percibe a sí mismo y su rol en la existencia. Ella dio origen a la desacralización del monarca como metáfora de la rebelión contra Dios y contra la idea de un orden absoluto supra-democrático. El complemento del cambio de códigos, naturaleza y cosmovisión es la globalización, favorecida por la tecnología que a su vez presenta dilemas éticos, para cuya resolución no se cuenta con herramientas adecuadas. En este contexto, el foco de conflicto reside en el rol de los adultos respecto de los jóvenes, del que se constata un exceso de horizontalidad, individualismos extremos y egoístas que han ocasionado el síndrome de Peter Pan. Por otra parte, se ha producido un reemplazo de la interpersonalidad por la virtualidad en la comunicación social, que ha engendrado personajes solitarios, incapaces de empatizar con la debilidad ajena: jóvenes que no saben lidiar con el fracaso y la fragilidad propia. El lamentable resultado es una sociedad sin norte, una renuncia cultural occidental a la trascendencia, y la emergencia de productos del intelecto humano concebidos como medios que se han transformado en deidades todopoderosas, como la democracia participativa o la transparencia de las instituciones públicas. El “hombre, medida de todas las cosas”, que ha reemplazado a “Dios, medida de todas las cosas”, es incapaz de conmensurar, explicar y dotar de sentido a las preguntas básicas que experimenta. Así, el siglo XXI es un verdadero campo de concentración digital al que ingresamos voluntariamente. En él, los guardias se llaman followers y las redes sociales son los muros digitales que nos aíslan. Nación y familia han sido reemplazados por otros espacios de encuentro ineficaces para aplacar la soledad del individuo. El sombrío panorama es completado por la falta de comunidades reales, que no tienen posibilidad de competir con las virtuales, y falta de líderes morales que nos ayuden a salir de la crisis. En esta introducción se formula la pregunta que vertebra el ensayo a modo de diagnóstico e hipótesis: ¿a dónde fueron a parar aquellos líderes ejemplares? ¿Por qué no regresan?
El capítulo “La edad de oro” es un intento por desmontar el tópico de la nostalgia por los buenos tiempos pasados. Los buenos políticos, los líderes morales dignos de admiración, solo existen en los libros de historia, y lo mismo sucede con la Iglesia, con el Papa y las autoridades eclesiásticas. Esta forma de nostalgia obedecería a un fenómeno psicológico llamado fading affect bias: el desaparecimiento más rápido de los recuerdos negativos que de los positivos en nuestra memoria; de ahí la idealización del pasado. Pero el autor sostiene, parafraseando a Neruda, que nosotros los de entonces seguimos siendo los mismos; que los líderes morales no se han esfumado, sino que nosotros no podemos verlos.
El siguiente capítulo (“Glocalización”) postula que la globalización y el exceso de información nos han saturado de dolor. Tenemos una capacidad limitada para lidiar con el dolor, por lo cual nos hemos ido insensibilizando, y hemos transitado hacia la globalización de la indiferencia, pues necesitamos priorizar y atender el dolor del prójimo, el que está más próximo a nosotros. Por otra parte, se ha producido una vulgarización de los dilemas morales, de modo que todo se moraliza sin distinción de jerarquía, produciéndose una nivelación entre moral y moralina emocional. Entonces, cuesta encontrar a los líderes debido a estos fenómenos, atribuibles a nosotros, no a ellos: indiferencia e insensibilidad globalizadas; la moralina que todo lo corroe; el narcicismo que nos convierte en seres desconfiados. Ellos existen, pero no podemos verlos, y si pudiéramos, desconfiaríamos.
El capítulo “Confianza artificial” retoma este último punto a partir de la afirmación de que el cambio de cosmovisión provocado por la Revolución Francesa llevó desde la sociedad cristiana de la protección existencial a la sociedad posmoderna de la desprotección existencial. Esta, a su vez, ha llevado a elaborar un sucedáneo de la protección denominado transparencia: no podemos confiar en los demás, entonces conozcamos sus movimientos, controlémoslos, pero el resultado es uno muy diferente: la búsqueda de aprobación de todos, menos de sí mismo, lo que conduce a una sociedad narcisista. En otras palabras, la sociedad posmoderna hizo realidad la popular frase de Lenin: la confianza es buena, el control mejor. En estas circunstancias, de encontrar un líder moral, seguramente querríamos controlarlo.
El diagnóstico anterior no acaba aquí, sino que es complementado en el próximo capítulo (“Los espacios de conversión”) en que el autor señala la diferencia entre el tiempo presente y el de nuestros antepasados en cuanto a la velocidad con que se descubren y hacen públicos los errores personales, incluidos los de los líderes morales. Vivimos en una civilización de la simultaneidad de la imagen, representada en la fotografía, frente al antiguo retrato que permitía la corrección o el disimulo de las imperfecciones, cuestión que hoy resulta imposible por el carácter instantáneo de las imágenes. Entonces, los líderes morales no cuentan hoy en día con espacios de conversión, vale decir, con un tiempo prudente para reparar sus faltas, pues la vida transcurre como una suerte de documental permanente, de reality show; en ella los líderes morales se han transformado en patrimonio público sin espacios autónomos para su privacidad y esto los ha aislado de la vida social cotidiana. Ante tal panorama, una salida podría consistir en evolucionar desde una sociedad que todo lo conoce, controla y condena, a una que sea capaz de perdonar, de ser empática con el error ajeno y que lo conciba como un proceso natural de aprendizaje. Se trataría de encontrar la ecuación justa entre la importancia de la virtud individual y la misericordia a nivel social.
En el capítulo “El desafío de la coherencia”, Boys sostiene, en una especie de breve recapitulación de las principales ideas ya expuestas, que “solo quienes conquistan la coherencia por medio de la búsqueda denodada del bien moral, mediante un camino de conversión constante y fecundo, que comienza en el reconocimiento de sus propias limitaciones y termina en el reconocimiento de la necesidad imperiosa de Dios y de la virtud objetiva como criterio finalista de juicio, se convierten en […] líderes morales del pueblo”. Sin conversión interior, el líder pierde aquella estatura moral que nos permite admirarlo, puesto que solo mediante este proceso de conversión se conquista la coherencia de vida por la que clama la ciudadanía.
Entonces, ¿qué hacer para recuperar a estos líderes morales que no podemos ver y que, si los viéramos, desconfiaríamos de ellos y querríamos controlar? En el título del último capítulo del ensayo (“Hacia la sociedad del perdón”) se postula la respuesta que nos ofrece el autor a la luz de lo que expresó San Alberto Hurtado en su libro Un disparo a la eternidad: “El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los escarnece, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo”. Entonces, se hace necesario cambiar la dinámica actual de la sociedad farisea de la hipocresía por una más sana, inserta en la sociedad del perdón, que reconozca nuestras limitaciones, falibilidades y nuestra condición pecadora, dado que como humanidad tenemos el privilegio único de poder ejercer nuestra libertad y optar entre el bien y el mal.
Esperamos que este valioso ensayo sobre los líderes morales que, como postula Henry Boys, se han sustraído a nuestra vista por nuestras propias falencias, sea una ocasión propicia de reflexión para todos nosotros, especialmente para quienes tenemos la responsabilidad y la hermosa misión de guiar a nuestras juventudes por el camino del bien, la verdad y la belleza a la luz del Evangelio.
Dr. Ignacio Sánchez Díaz
Rector
Pontificia Universidad Católica de Chile
Desde tiempos inmemoriales, en la juventud se ha fraguado la esperanza de los pueblos. El padre descubre en los ojos de su hijo recién nacido un sinnúmero de posibilidades, sueños y parabienes, en tanto observa un alma prístina, libre de los pesados bultos que el tiempo y la humanidad suelen cargar sobre las espaldas de quien camina por el derrotero de la vida. Su hijo recién nacido lo contempla con su mirada cristalina, repleta de amor, confianza y ternura, encontrando en un hombre débil y derrotado por sus propias caídas el mejor refugio para dar sus primeros pasos. Así, los jóvenes representan la esperanza, al tiempo que los adultos el liderazgo, la protección y el ejemplo. Pero la sociedad actual pareciera mostrar una realidad diferente.
Por un lado, observamos cómo la juventud ha ido cambiando los valores por los cuales se rige. Importantes códigos morales propios de la sociedad cristiano-occidental, tales como el respeto al prójimo, el principio de autoridad, la primacía de la familia, la pro-creación como principal aporte a la sociedad, el cuidado de las formas y su estrecha vinculación con el fondo, el sentido de responsabilidad, el valor de la palabra empeñada, la virilidad y la femineidad como presupuestos de una vinculación sana entre el hombre y la mujer, la búsqueda del ocio empleando medios adecuados o las necesarias instancias de socialización y vivencia comunitaria, han sido reemplazados por nuevos códigos, obtenidos como un producto de los movimientos políticos, sociales, culturales e ideológicos de los últimos trescientos años. En efecto, la Revolución Francesa marcó un antes y un después en la cosmovisión occidental puesto que, como bien describe Weaver, implicó un cambio profundo en la forma cómo el ser humano se percibió a sí mismo y redefinió su rol en la existencia, cristalizando un proceso ideológico que remonta sus orígenes a los albores de la ilustración:
“La cuestión clave a debatir es si existe una fuente de lo verdadero por encima del hombre e independiente de su voluntad, y de la respuesta a esta disyuntiva depende el punto de vista que adoptemos ante la naturaleza y destino de la humanidad (…) El rechazo de toda experiencia trascendental entraña, a su vez, inevitablemente y por más que siempre se encuentre algún modo de evitarlo, el rechazo de la verdad. Y una vez que se ha rechazado la verdad objetiva, ya no hay modo de librarse del relativismo del «hombre, medida de todas las cosas» (…) Como tan profundo cambio en las creencias acaba envolviendo la totalidad de las ideas, no tardó mucho en aparecer una nueva doctrina de la naturaleza”1.
Siguiendo el lúcido análisis de Weaver, ¿cómo se explica el impacto transformador de la Revolución Francesa en la cosmovisión cristiano-occidental? Hay que partir señalando que en la Francia pre-rrevolucionaria religión y gobierno se encontraban estrechamente vinculados. “Es imposible hablar de la religión católica bajo el Antiguo Régimen sin nombrar a la monarquía. La religión católica no se concibe sin la monarquía y a la inversa. Así, la monarquía francesa es fundamentalmente cristiana y católica. El rey de Francia no puede profesar otra religión. Este principio de catolicismo es tan antiguo como la monarquía misma. (…) Esta alianza, que dura desde hace trece siglos, se sella con el bautismo de Clodoveo en el año 496 y se renueva con la consagración del rey al comienzo de cada reinado. En el curso de la ceremonia, el monarca recibe los óleos sagrados que le confieren las virtudes de un príncipe cristiano. Durante las unciones, la Iglesia ruega por el rey a fin de que alcance la salvación eterna, y el rey jura comportarse como un príncipe cristiano, es decir, justo, equitativo”2.
Concluye Chartier: “En la Francia del siglo XVIII, lo que prepara la revolución es (…) un profundo movimiento de indiferencia frente a las enseñanzas, las prescripciones y las instituciones del cristianismo”3. Los revolucionarios franceses quisieron acabar con el poder del rey y, para conseguirlo, tuvieron que abolir el principio monárquico, esto es, la idea de organización social que justificaba el poder absoluto del monarca. Tal principio se encontraba compuesto por dos clases de poderes: el fáctico y el moral. Mediante el primero, que en la antigua Roma era llamado potestas, los reyes justificaban su permanencia en el trono controlando la milicia y amenazando, a filo de espada, la integridad de todo quien se atreviera a desafiarles. No era viable que una revuelta les derrocara, en tanto ellos las diluían antes de que cobraran la suficiente fuerza. En virtud del segundo, denominado auctoritas por los romanos, el reinado se basaba en un fundamento ético, en una estructura de valores que generaba admiración y respeto por parte del pueblo, quienes concebían al monarca como su monarca
